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Presentación de libro “Karl Marx 1881-1883. El último viaje del moro”

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Karl Marx 1881-1883. El último viaje del moro (Book launch)

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Las investigaciones tardías de Marx sobre los países no europeos

1. Introducción
El examen de los estudios finales de Karl Marx, que prácticamente no han sido explorados, desmiente el mito de que Marx dejó de escribir en sus últimos años.
El período final del trabajo de Marx sin duda fue difícil, pero también fue de gran importancia teórica. A finales de la década de 1870, Marx no solo continuó su trabajo de investigación, sino que lo amplió a nuevas disciplinas. Es más, Marx estudió nuevos conflictos políticos (como la lucha del movimiento populista ruso después de la abolición de la servidumbre de la gleba, o la oposición a la opresión colonialista en la India, Egipto y Argelia), nuevas cuestiones teóricas (tales como las formas de propiedad comunal en las sociedades precapitalistas o la posibilidad de revolución socialista en los países desarrollados de manera no capitalista) y nuevas zonas geográficas (como Rusia, la India o el norte de África). A este período pertenecen no solo sus últimos manuscritos inconclusos sobre El capital sino también varios estudios de la propiedad comunal rural, en particular los pasajes que tratan de la obra de Maksim Kovalevski (1879-80) y el célebre análisis de la obschina en Rusia. Además, Marx escribió los Cuadernos etnológicos (1880-81) y realizó una profunda inmersión final en la historia, en particular la historia de la India y de Europa. Haber investigado todas estas cuestiones le permitió desarrollar conceptos más matizados influidos por las particularidades de los países fuera de la Europa occidental.
Además, este capítulo desafía la duradera y errónea representación de Marx como un pensador economicista y eurocéntrico interesado únicamente en la lucha de clases. Esto permite a los lectores repensar las ideas de Marx a la luz de comentarios tardíos sobre la antropología, las sociedades no occidentales y la crítica del colonialismo europeo, y señala cómo Marx evadió la trampa del determinismo económico en la que cayeron muchos de sus seguidores. Por el contrario, Marx resaltó la especificidad de las condiciones históricas y la centralidad de la intervención humana a la hora de moldear la realidad y posibilitar el cambio.
A pesar de que los estudios teóricos intensivos lo absorbían por completo, Marx nunca dejó de interesarse por los sucesos políticos y económicos internacionales de su época. Además de leer los principales periódicos «burgueses», recibía y leía con regularidad la prensa de clase trabajadora alemana y francesa. Siempre curioso, se mantenía al tanto de lo que ocurría en el mundo. A menudo, su correspondencia con importantes figuras políticas e intelectuales de diversos países le proporcionaba nuevos estímulos y un conocimiento más profundo de una amplia gama de temas.

2. La propiedad de la tierra en los países colonizados
En septiembre de 1879, Marx adquirió y leyó en ruso, con gran interés, Propiedad común de la tierra: Las causas, el curso y las consecuencias de su declive (1879) de Maksim Kovalevski (1851-1916). Los extractos que compiló mayormente provenían de las partes del libro que abordaban la propiedad de la tierra en los países sometidos a la dominación extranjera. Marx resumió las diversas formas en que los españoles en Latinoamérica, los británicos en la India y los franceses en Argelia habían regulado los derechos de posesión.
Al considerar estas tres zonas geográficas, las primeras reflexiones de Marx tuvieron que ver con las civilizaciones precolombinas. Marx observó que, en el comienzo de los imperios azteca e inca, «la población rural mantuvo la propiedad común de la tierra como antes, pero al mismo tiempo tuvo que resignar parte de sus ingresos para efectuar los pagos correspondientes a sus gobernantes». Según Kovalevski, este proceso sentó «las bases del desarrollo de los latifundios a expensas de los intereses propietarios de aquellos que eran dueños de la tierra comunal. Y la llegada de los españoles no hizo más que acelerar la disolución de la tierra comunal». Las terribles consecuencias de su imperio colonial fueron repudiadas tanto por Kovalevski—la «original política de exterminio de los pieles rojas»—como por Marx, que añadió de puño y letra: «después de haber saqueado el oro que encontraron allí, los [españoles] condenaron a los indios a trabajar en las minas». Al final de esta selección de extractos, Marx observó que «la supervivencia (en gran medida) de la comuna rural» se debió, en parte, al hecho de que, «a diferencia de [lo ocurrido] en las Indias Orientales británicas, no existía legislación colonial que regulara la posibilidad de que los integrantes de los clanes vendieran sus tierras».
Más de la mitad de los extractos de Kovalevski de Marx versan sobre la dominación británica de la India. Marx prestó especial atención a la partes del libro que rastreaban formas de propiedad común de la tierra en la India contemporánea, así como también en los tiempos de los rajás hindúes. Utilizando el texto de Kovalevski, observó que la dimensión colectiva permaneció viva incluso después de la parcelización introducida por los británicos: «siguen existiendo entre estos átomos algunas conexiones que guardan una relación distante con los antiguos grupos de propietarios de tierras de las aldeas». A pesar de la hostilidad que compartían respecto del colonialismo británico, Marx se mostró crítico de algunos aspectos del recorrido histórico de Kovalevski, que erróneamente proyectaban los parámetros del contexto europeo en la India. En una serie de comentarios breves pero detallados, Marx le reprochó haber homogeneizado dos fenómenos distintos. Porque, si bien «la distribución de puestos—de ningún modo exclusiva del feudalismo, como demuestra Roma—y la commendatio [existieron] en la India», ello no quería decir que el «feudalismo, tal como se lo conoció en Europa occidental», se hubiese desarrollado allí. Para Marx, Kovalevski había dejado de lado el importante hecho de que la «servidumbre de la gleba» esencial para el feudalismo no existió en la India. Además, dado que «de acuerdo con la ley india, el poder del gobernante no [estaba] sujeto a la repartición entre los hijos varones, [se] obstruyó una gran fuente de feudalismo al estilo europeo». En suma, Marx se mostró muy escéptico ante la posibilidad de transferir categorías de interpretación entre contextos geográficos e históricos completamente diferentes. Más adelante, integró las perspectivas más completas que derivó del texto de Kovalevski mediante su estudio de otros trabajos sobre la historia de la India.
Por último, para el caso de Argelia, Marx no dejó de resaltar la importancia de la propiedad común de la tierra antes de la llegada de los colonos franceses, ni de los cambios que ellos introdujeron. Copió de Kovalevski: «La formación de la propiedad privada de la tierra (a los ojos de los burgueses franceses) es una condición necesaria para que se produzca el progreso en la esfera sociopolítica. La preservación de la propiedad comunal como forma que fomenta las tendencias comunistas en las mentes resulta peligrosa tanto para la colonia como para la metrópolis». Marx también seleccionó los siguientes puntos de Propiedad común de la tierra: Las causas, el curso y las consecuencias de su declive:
…se fomenta e incluso se prescribe la distribución de las posesiones de los clanes, en primer lugar con miras a debilitar a las tribus subyugadas donde nunca falta el impulso de rebelarse; y, en segundo lugar, como única manera de profundizar el traspaso de la propiedad de la tierra de las manos de los nativos a las de los colonizadores. Los franceses han aplicado esta misma política en todos sus regímenes. (…) El objetivo siempre es el mismo: la destrucción de la propiedad colectiva indígena y su transformación en un objeto de libre compra y venta, y por este medio se pretende facilitar su paso a manos de los colonizadores franceses.
En cuanto a la legislación para Argelia propuesta por el republicano de izquierda Jules Warnier (1826-1899) y promulgada en 1873, Marx coincidió con la postura de Kovalevski, que afirmó que el único propósito de dicha medida fue la «expropiación de la tierra de la población nativa por parte de los colonizadores y especuladores europeos». La afronta de los franceses llegó al extremo del «robo propiamente dicho»: la conversión en «propiedad del gobierno» de todas las tierras sin cultivar que hasta entonces los nativos administraban en común. Dicho proceso estaba diseñado para producir otro importante resultado: la eliminación del peligro de resistencia por parte de la población local. Una vez más, en palabras de Kovalevski, Marx señaló:
…la fundación de la propiedad privada y el asentamiento de los colonizadores europeos entre los clanes árabes [se transformaría] en la manera más efectiva de acelerar el proceso de disolución de las uniones entre los clanes. (…) La expropiación de los árabes que buscaba la ley tenía dos objetivos: 1) otorgarles a los franceses la mayor cantidad de tierra posible; y (2) despojar a los árabes de sus lazos naturales con la tierra para destruir la fuerza que les quedaba a las uniones entre los clanes, que así quedarían disueltas, y por consiguiente se disolvería todo riesgo de rebelión..
Marx comentó que este tipo de «individualización de la propiedad de la tierra» no solo había asegurado a los invasores altísimos márgenes económicos sino que además había cumplido «una meta política (…): destruir los cimientos de esta sociedad».
La selección de ideas realizada por Marx, sumada a las escasas pero directas palabras de repudio de las políticas coloniales europeas que añadió a los extractos de Kovalevski, demuestran que se rehusaba a creer que tanto la sociedad india como la argelina estaban destinadas a seguir el mismo camino de desarrollo observado en Europa. A diferencia de Kovalevski, que consideraba que la propiedad de la tierra seguiría los pasos del ejemplo europeo como si de una ley natural se tratase, avanzando, en todas partes, de lo comunal a lo privado, Marx sostenía que, en algunos casos, la propiedad colectiva podría perdurar y que definitivamente no desaparecería a causa de una especie de inevitabilidad histórica.
Después de haber estudiado las formas de la propiedad de la tierra en la India mediante la atenta lectura de la obra de Kovalevski, del otoño de 1879 al verano de 1880 Marx compiló una serie de Cuadernos sobre la historia de la India (664-1858). Dichos compendios, que abarcan más de mil años de historia, fueron extraídos de varios libros, en particular de la Historia analítica de la India (1870), de Robert Sewell (1845-1925), y la Historia de la India (1841) de Mountstuart Elphinstone.
Marx dividió sus notas en cuatro períodos. El primer conjunto comprendía una cronología más bien básica desde la conquista musulmana, que comenzó con la primera penetración árabe en 664, hasta principios del siglo XVI. El segundo conjunto trataba el Imperio mogol, establecido en 1526 por Zahīr ud-Dīn Muhammad y que perduró hasta 1761; también contenía un panorama muy breve de las invasiones extranjeras sufridas por la India y un esquema de cuatro páginas de la actividad mercantil europea entre 1497 y 1702. Del libro de Sewell, Marx transcribió algunos puntos específicos que concernían a Murshid Quli Khan (1660-1727), el primer nabab de Bengala y el arquitecto de un nuevo sistema impositivo, que Marx describió como «un sistema de extorsión y opresión inescrupulosa que creó un amplio excedente [a partir de] los impuestos de Bengala que debidamente se enviaban a Delhi». Según Quli Khan, esa fue la fuente de ganancias que mantuvo a flote el Imperio mogol entero.
El tercer conjunto de notas, que es el más cuantioso, abarca el período de 1725 a 1822, referido a la presencia de la Compañía Británica de las Indias Orientales. En este caso, Marx no se limitó a transcribir los principales sucesos, nombres y fechas, sino que siguió con mayor detalle el curso de los sucesos históricos, en particular aquellos relativos a la dominación británica de la India. El cuarto y último conjunto de notas se aboca a la revuelta de los cipayos en 1857 y el colapso de la Compañía Británica de las Indias Orientales el año siguiente.
En las Notas sobre la historia de la India (664-1858), Marx les dedicó muy poco espacio a sus reflexiones personales, pero sus anotaciones marginales aportan pistas importantes sobre su opinión. Solía describir a los invasores con términos como «perros británicos», «usurpadores», «hipócritas ingleses» o «intrusos ingleses». En cambio, siempre acompañó la lucha de la resistencia india con expresiones de solidaridad. No es casual que Marx reemplazara sistemáticamente el término de Sewell, «amotinados», por la palabra «insurgentes». Su franco repudio del colonialismo europeo resulta inequívoco.
Marx también sostuvo un punto de vista similar en su correspondencia. En una carta escrita a Nikolái Danielson en febrero de 1881, Marx comentó los principales sucesos que estaban teniendo lugar en la India y llegó a predecir que «al gobierno británico le esperaban complicaciones serias o incluso un estallido generalizado». El grado de explotación se había vuelto más y más intolerable:
Lo que los ingleses les sustraen cada año en términos de rentas, dividendos de ferrocarriles inútiles para los hindúes, pensiones para militares y funcionarios civiles, para Afganistán y otras guerras, etcétera, etcétera: lo que les quitan sin ningún equivalente y aparte de todo aquello de lo que se apropian todos los años en la India, contando únicamente el valor de los bienes que los habitantes de la India tienen que enviar a Inglaterra gratuitamente cada año, ¡equivale a una suma mayor al total de los ingresos de 60 millones de trabajadores agrícolas e industriales de la India! ¡Este es un proceso de sangría feroz! ¡Los años de hambruna se acumulan y llegan a una magnitud hasta ahora insospechada en Europa! Existe una verdadera conspiración en la cual cooperan los hindúes y los musulmanes; el gobierno británico es consciente de que se está «cocinando» algo, pero estas personas superficiales (me refiero a los hombres del gobierno), anquilosados por sus propias formas parlamentarias de hablar y pensar, ¡ni siquiera desean percibir con claridad, es decir, tomar conciencia de la total magnitud del peligro inminente! Engañar a los demás y por ese mismo medio engañarse a uno mismo: ¡de eso se trata, en síntesis, la sabiduría parlamentaria! ¡Tanto mejor!
Por último, Marx se ocupó de Australia y se interesó especialmente por la organización social de sus comunidades aborígenes. A partir de «Relato de Australia central» (1880), del etnógrafo Richard Bennett (?), Marx adquirió los conocimientos críticos necesarios para oponerse a quienes alegaban que la sociedad aborigen no poseía leyes ni cultura propios. Además, leyó otros artículos en The Victorian Review relativos al estado de la economía de dicho país, entre ellos «El futuro del comercio australiano» (1880) y «El futuro del noreste australiano» (1880).

3. Rusia y la circunvalación del capitalismo
En sus escritos políticos, Karl Marx siempre había identificado a Rusia como uno de los principales obstáculos a la emancipación de la clase trabajadora europea. Con el transcurso del tiempo, Marx se mantuvo fiel a este juicio. Pero, en sus últimos años, comenzó a cambiar su percepción de Rusia, dado que reconoció en algunos cambios que se estaban produciendo allí posibles condiciones para una transformación social radical. De hecho, Rusia parecía más propensa a generar una revolución que Gran Bretaña, donde, en términos proporcionales, el capitalismo había creado la mayor cantidad de obreros fabriles de todo el mundo, pero a la vez, el movimiento obrero, que accedía a mejores condiciones de vida, en parte gracias a la explotación colonial, se había debilitado y había atravesado el condicionamiento negativo del reformismo sindical.
Marx observó atentamente—y recibió con gran aprobación—los movimientos campesinos rusos que precedieron a la abolición de la servidumbre de la gleba en 1861. A partir de 1870, después de haber aprendido a leer en ruso, Marx se mantuvo al tanto de los acontecimientos mediante la consulta de estadísticas y de textos más completos sobre los cambios socioeconómicos, y también mediante su correspondencia con académicos rusos destacados. Así se produjo un encuentro fundamental con la obra del escritor y filósofo socialista ruso Nikolái Chernishevski (1828-1889); Marx adquirió muchos de sus escritos, y la opinión de la principal figura del populismo ruso [Narodnichestvo] se transformó en una referencia que siempre le resultó útil para su propio análisis de los cambios sociales que se desarrollaban en Rusia. Marx consideraba «excelentes» las obras económicas de Chernishevski y, a principios de 1873, ya profesaba haberse «familiarizado con la mayor parte de sus escritos».
La lectura de Chernishevski fue, para Marx, uno de los principales incentivos para aprender ruso. Al estudiar la obra del autor que él mismo había calificado como «el gran académico y crítico ruso», Marx descubrió ideas originales acerca de la posibilidad de que, en algunas partes del mundo, el desarrollo económico circunvalase el modelo productivo capitalista y las terribles consecuencias sociales que había tenido para la clase trabajadora de Europa occidental. En particular, en su Crítica de los prejuicios filosóficos contra la propiedad comunal de la tierra (1859), Chernishevski se había preguntado «si un fenómeno social cualquiera necesariamente tiene que atravesar todos los momentos lógicos en la vida real de todas las sociedades». Su respuesta fue negativa, y así Chernishevski propuso «dos conclusiones» que ayudaron a definir las demandas políticas de los populistas rusos y a darles un fundamento científico:

  1. El estadio más alto del desarrollo coincide con su origen en términos de forma.
  2. Bajo la influencia del gran desarrollo que ha alcanzado determinado fenómeno de la vida social entre los pueblos más avanzados, el mismo fenómeno puede desarrollarse a gran velocidad en otros pueblos, y así avanzar directamente desde un estadio inferior a uno superior salteándose los momentos lógicos intermedios.

Cabe señalar que las teorías de Chernishevski diferían en gran medida de las de muchos otros pensadores eslavófilos de la época. Sin duda, él compartía con ellos la denuncia de los efectos del capitalismo y la oposición a la proletarización del trabajo rural ruso. Pero se opuso decididamente a la postura de los intelectuales aristocráticos, que ansiaban preservar las estructuras del pasado, y evitó describir la obschina como una modalidad idílica típica y exclusiva de los pueblos eslavos. Es más, no vio motivo para «enorgullecerse de la supervivencia de tales vestigios de antigüedad primitiva». Para Chernishevski, su persistencia en algunos países «solo daba fe de la lentitud y debilidad de la evolución histórica». En las relaciones agrarias, por ejemplo, «la preservación de la propiedad comunal, que en este sentido había desaparecido en otros pueblos» de ningún modo era indicio de superioridad, sino que demostraba que los rusos habían «vivido menos».
Chernishevski tenía la firme convicción de que el desarrollo de Rusia no podía progresar con independencia de los avances logrados en Europa occidental. Las características positivas de la comuna rural debían ser preservadas, pero solo podrían asegurar el bienestar de las masas campesinas si se insertaban en un contexto productivo diferente. La obschina solo podría contribuir a una etapa incipiente de la emancipación social si se transformaba en el embrión de una organización social nueva y radicalmente distinta. La propiedad comunal de la tierra tendría que ser respaldada por una modalidad colectiva de explotación agropecuaria y distribución. Es más, sin los descubrimientos científicos y las adquisiciones tecnológicas asociadas al ascenso del capitalismo, la obschina nunca se transformaría en un experimento de cooperativismo agrícola verdaderamente moderno.
Sobre esta base, los populistas plantearon dos objetivos para su programa: impedir el avance del capitalismo en Rusia y utilizar el potencial emancipatorio de las comunas rurales preexistentes. Chernishevski presentó esta posibilidad mediante una imagen impactante. «La historia», escribió, «como una abuela, le tiene muchísimo cariño a sus nietos más pequeños. A los rezagados no les da los huesos sino la médula, mientras que al tratar de romper los huesos Europa occidental se ha lastimado los dedos terriblemente».
Estudiar la obra de Chernishevski fue muy útil para Marx. En 1881, cuando su creciente interés en las formas comunales arcaicas lo llevó a estudiar a los antropólogos contemporáneos, y al tiempo que sus reflexiones trascendían sin cesar el ámbito europeo, un acontecimiento azaroso lo alentó a profundizar su estudio de Rusia.
A mediados de febrero de 1881, recibió una breve pero intensa y cautivadora carta de Vera Zasulich (1848-1919), una militante populista.
Zasulich, una gran admiradora de Marx, enfatizó que él entendería «mejor que nadie» la urgencia del problema—una «cuestión de vida o muerte» para los revolucionarios rusos—y añadió que «incluso el destino individual de nuestros revolucionarios dependía» de la respuesta de Marx. A continuación, Zasulich resumió los dos puntos de vista diferentes que habían surgido en los debates:
Por un lado, puede que la comuna rural, una vez libre de las exigencias impositivas exorbitantes, los pagos a la nobleza y la administración arbitraria, sea capaz de desarrollarse hacia el socialismo, es decir, de organizar gradualmente su producción y distribución en una modalidad colectiva. En ese caso, el socialista revolucionario debe dedicar todo su esfuerzo a la liberación y el desarrollo de la comuna.
En cambio, si la comuna está destinada a desaparecer, todo lo que le queda al socialista son cálculos, más o menos infundados, relativos a cuántas décadas harán falta para que la tierra de los campesinos rusos pase a manos de la burguesía, y cuántos siglos harán falta para que el capitalismo alcance en Rusia un nivel de desarrollo similar al que ya se logró en Europa occidental. En ese caso, su deber consistirá en ejercer actividades propagandísticas solo entre trabajadores urbanos, trabajadores que, mientras tanto, se ahogarán continuamente en la masa campesina que, después de la disolución de las comunas, se verá obligada a recorrer las calles de las ciudades grandes en busca de un salario.
Zasulich también señaló que algunos participantes del debate afirmaron que «la comuna rural es una forma arcaica condenada a desaparecer por la historia, el socialismo científico y, en resumen, por todo aquello que no amerita debate». Quienes compartían esta postura se autodenominaban los «discípulos [de Marx] por excelencia»: los «marxistas». Su principal argumento solía ser: «Marx lo dijo».
La pregunta planteada por Zasulich llegó en el momento justo, precisamente cuando a Marx lo absorbía el estudio de las comunidades precapitalistas. Así, el mensaje de Zasulich lo indujo a analizar un caso histórico real de gran relevancia contemporánea y de estrecha relación con sus intereses teóricos en esa época. La complejidad de su respuesta solo puede ser plenamente apreciada si se tiene en cuenta el contexto de sus reflexiones sobre el capitalismo y la transición al socialismo.
La convicción de que la expansión del modelo productivo capitalista es un requisito sine qua non para el nacimiento de la sociedad comunista atraviesa la totalidad de la obra de Marx.
En la sección de El capital, volumen uno, titulada «Tendencia histórica de la acumulación capitalista», Marx resumió las seis condiciones generadas por el capitalismo—en particular, por su centralización—que constituyen los prerrequisitos básicos para el nacimiento de la sociedad comunista. Son las siguientes: 1) el proceso de trabajo cooperativo; 2) los aportes científico-tecnológicos a la producción; 3) la apropiación de las fuerzas de la naturaleza por parte de producción; 4) la creación de maquinaria que los trabajadores solo pueden operar de manera conjunta; 5) la economización de todos los medios de producción; y 6) la tendencia a la creación de un mercado mundial. Para Marx:
De la mano (…) de esta expropiación de muchos capitalistas por parte de unos pocos, se producen otros acontecimientos en una escala cada vez mayor, como el crecimiento de las formas cooperativas del proceso de trabajo, la aplicación técnica y consciente de la ciencia, la cultivación metódica de la tierra, la transformación de los instrumentos de trabajo en otros únicamente utilizables de manera conjunta, la economización de todos los medios de producción mediante su uso en el trabajo combinado y socializado, la captación de todos los pueblos en la red del mercado mundial y, por ende, el carácter internacional del régimen capitalista.
Marx estaba convencido de que «los elementos [necesarios] para la conformación de una sociedad nueva» maduran junto con «las condiciones materiales y la combinación de los procesos productivos en el plano social». Dichas «premisas materiales» resultan decisivas para el logro de una «síntesis mayor a futuro», y si bien la revolución nunca surge únicamente de dinámicas económicas sino que también requiere siempre algún factor político, el advenimiento del comunismo «exige a la sociedad cierta base material, o bien un conjunto de condiciones de existencia que, a su vez, son el producto espontáneo de un largo y doloroso proceso de desarrollo».
Algunas ideas similares, que confirman la continuidad del pensamiento de Marx, se encuentran en algunos escritos breves pero significativos, de carácter político, que produjo después de El capital. Por ejemplo, en la Crítica del programa de Gotha (1875), profundizó sus argumentos sobre la necesidad de «probar de manera concreta cómo la sociedad capitalista actual por fin ha creado las condiciones materiales, etcétera, que permiten y conminan a los trabajadores a deshacer esta maldición histórica».
Marx, que nunca mostró deseos de pronosticar cómo debería ser el socialismo, tampoco afirmó nunca, en sus reflexiones sobre el capitalismo, que la sociedad humana estuviese destinada a seguir el mismo camino o atravesar las mismas etapas en todas partes. No obstante, se vio obligado a confrontar la tesis, que falsamente se le atribuía, de que la modalidad productiva burguesa constituía una inevitabilidad histórica en todo el mundo. Este punto se evidencia con claridad en la controversia sobre la posibilidad del desarrollo capitalista en Rusia.
Se presume que, en noviembre de 1877, Marx había escrito el borrador de una larga carta a la redacción de Notas patrióticas [Otechestvennye Zapiski], donde se proponía responder a un artículo sobre el futuro de la comuna rural (obschina) en Rusia—«Karl Marx ante el tribunal del Sr. Zhukovsky»—escrito por el crítico literario y sociólogo Nikolái Mijailovski. Marx reescribió la carta un par de veces, pero al final la dejó en formato borrador, con eliminaciones visibles, y nunca la mandó. Sin embargo, el texto contiene algunos interesantes adelantos de los argumentos que Marx emplearía más adelante en su respuesta a Zasulich.
En una serie de ensayos, Mijailovski había planteado una pregunta muy similar, al margen de sus sutilezas, a la que se haría Zasulich cuatro años después. Para Zasulich, el quid de la cuestión era el impacto que tendrían los posibles cambios de la comuna rural en la actividad propagandística del movimiento socialista. Mijailovski, por su parte, se interesó por discutir en un plano más teórico las diversas posturas posibles en cuanto al futuro de la obschina, que incluían desde la tesis de los economistas liberales de que Rusia simplemente tenía que deshacerse de la obschina y adoptar un régimen capitalista hasta el argumento de que la comuna podría seguir desarrollándose y evitar los efectos negativos que acarreaba el modelo productivo capitalista para la población rural.
A diferencia de Zasulich, que se acercó a Marx para conocer su opinión y para recibir indicaciones relativas a acciones concretas, Mijailovski, representante destacado del ala más moderada y liberal del populismo ruso, claramente favorecía la segunda tesis y creía que Marx prefería la primera. Zasulich escribió que los «marxistas» proclamaban que el desarrollo del capitalismo era indispensable, pero Mijailovski fue un paso más allá y afirmó que el autor de esa tesis había sido el propio Marx en El capital. Mijailovski escribió:
Todavía tenemos presentes todas estas «mutilaciones de mujeres y niños» y, desde el punto de vista de la teoría histórica de Marx, no deberíamos protestar porque ello implicaría perjudicarnos a nosotros mismos. (…) El discípulo ruso de Marx (…) ha de limitarse a ejercer el papel de observador. (…) Si realmente comparte la postura histórico-filosófica de Marx, debería complacerse de ver a los productores divorciados de los medios de producción y debería tratar este divorcio como la primera fase de un proceso inevitable cuyo resultado, a la larga, será provechoso. En otras palabras, debe aceptar la destitución de los principios inherentes a su ideal. Dicha colisión entre el sentimiento moral y la inevitabilidad histórica debe resolverse, por supuesto, a favor de la segunda.
Pero Mijailovski fue incapaz de respaldar estas afirmaciones con citas precisas y, en cambio, citó la referencia polémica a Herzen efectuada por Marx. En la carta a Otechestvennye Zapiski, Marx fue contundente al declarar que no se podía tomar su polémica con Herzen por una falsificación de sus propios juicios, o bien, como había afirmado Mijailovski, por una desestimación de «los esfuerzos del pueblo ruso por encontrar un camino de desarrollo nacional diferente al camino por el que ha avanzado y avanza todavía Europa occidental». Marx pretendía «hablar sin tapujos» y expresar las conclusiones a las que había arribado después de muchos años de estudio. Comenzó con la siguiente oración, que después tachó en el manuscrito: «si Rusia continúa por la senda que viene siguiendo desde 1861, perderá la mejor oportunidad histórica que se le haya presentado a un pueblo y atravesará todas las fatídicas vicisitudes del régimen capitalista».
La primera aclaración clave de Marx tiene que ver con las áreas a las que se había referido en su análisis. Señaló que, en la sección de El capital titulada «La acumulación “primitiva”», había intentado describir cómo «la disolución de la estructura económica de la sociedad feudal» desbloqueó los componentes de «la estructura económica de la sociedad capitalista» en «Europa occidental». Por ende, el proceso no ocurrió en todo el mundo, sino solo en el Viejo Continente.
Marx se refirió a un pasaje de la edición francesa de El capital (1872-75) donde él había afirmado que la base de la separación de los productores y los medios de producción era la «expropiación de los productores agrícolas» y había agregado que «solo en Inglaterra [se había] logrado de manera radical» pero que «todos los otros países de Europa occidental [estaban] siguiendo sus pasos».
En lo que a Rusia respecta, en la «Carta a la redacción de Otechestvennye Zapiski», Marx compartía la visión de Mijailovski de que Rusia podría «desarrollar sus propias bases históricas y así, evitando todas las torturas del régimen [capitalista], apropiarse de sus frutos de todas maneras». Pero acusó a Mijailovski de «transformar [su] relato histórico de la génesis del capitalismo en Europa occidental en una teoría histórico-filosófica del curso general que se impondría fatalmente a todos los pueblos, sin importar las circunstancias históricas en las que se encontraran».
Para continuar su argumento, Marx subrayó que, en el análisis de El capital, la tendencia histórica de la producción capitalista residía en el hecho de que «creaba los componentes de un nuevo orden económico y les otorgaba el mayor ímpetu posible a las fuerzas productivas del trabajo social y al desarrollo cabal de cada productor individual»; en rigor, «ya descansaba sobre un modelo colectivo de producción» y «no le quedaba otra alternativa que transformarse en propiedad social».
Entonces, Mijailovski solo podía aplicar este recorrido histórico a Rusia de la siguiente manera: si Rusia tendía a transformarse en «una nación capitalista como las de Europa occidental»—y, según Marx, ya había estado avanzando en esa dirección en los años anteriores—no lo lograría «sino después de haber transformado a gran parte de sus campesinos en proletarios»; más adelante, una vez subsumida dentro de la órbita del régimen capitalista, Rusia [quedaría] sujeta a sus impiadosas leyes, al igual que otros pueblos profanos».
Lo que más le molestó a Marx fue la idea de que su crítico se había propuesto «transformar [su] relato histórico de la génesis del capitalismo en Europa occidental en una teoría histórico-filosófica del curso general que se impondría fatalmente a todos los pueblos, sin importar las circunstancias históricas en las que [se encontraran] insertos». Con un toque de sarcasmo, añadió: «Pero le pido disculpas. Eso implicaría honrarme y desacreditarme demasiado a la vez».
Así, Mijailovski, que no conocía bien la postura teórica real de Marx, la criticó de tal manera que pareció anticiparse a uno de los puntos cruciales del marxismo del siglo XX, que ya se estaba propagando insidiosamente entre los seguidores de Marx en Rusia y en otras partes del mundo. La crítica de Marx a esta conceptualización resultó doblemente importante porque tuvo que ver no solo con el presente sino también con el futuro. No obstante, nunca la publicó, y la idea de que Marx consideraba al capitalismo una etapa obligatoria también para Rusia se afianzó enseguida y tuvo consecuencias serias para lo que se transformaría en el marxismo ruso.

4. La carta a Zasulich (y sus borradores)
Con su carta a Zasulich ocurrió algo similar. Durante casi tres semanas, Marx estuvo absorto en sus papeles, plenamente consciente de que tenía que responder a una pregunta teórica de gran relevancia y expresar su postura sobre una cuestión política crucial. Los frutos de su trabajo fueron cuatro borradores—tres de ellos, muy extensos y, por momentos, contradictorios—y la respuesta que, finalmente, le envió a Zasulich.
En el primero de los cuatro borradores, que es el más extenso, Marx analizó lo que consideraba el «único argumento serio» para afirmar que la «disolución de la comuna campesina rusa» sería inevitable. «Si se retrocede bastante en el tiempo, es posible encontrar diversos tipos más o menos arcaicos de propiedad comunal en toda Europa occidental; en todas partes, ha desaparecido a medida que se profundiza el progreso social. ¿Por qué Rusia sería la única excepción a ese destino?» En su respuesta, Marx repitió que «tendría en cuenta ese argumento solamente en lo que concernía a las experiencias europeas en las que se basaba». Y en cuanto a Rusia:
Para que la producción capitalista pueda establecerse e imperar en Rusia, la gran mayoría de los campesinos, es decir, del pueblo ruso, tendrán que convertirse en asalariados y, en consecuencia, sufrir la expropiación mediante la abolición previa de su propiedad comunista. Pero, en cualquier caso, ¡el precedente occidental no probaría nada de nada!
Marx no descartó la posibilidad de que la comuna rural se disolviera y concluyera su larga existencia. Pero si eso ocurriera, no sería a causa de una predestinación histórica. En referencia a quienes se autodenominaban seguidores suyos y aducían que el advenimiento del capitalismo era inevitable, Marx le comentó a Zasulich, con su sarcasmo habitual: «Los “marxistas” rusos de los que habla me resultan totalmente desconocidos. Hasta donde yo sé, los rusos con los que yo tengo trato personal tienen una visión diametralmente opuesta».
Estas referencias constantes a las experiencias occidentales estaban acompañadas de una observación política muy valiosa. Si bien a principios de los años cincuenta, en su artículo para el New-York Tribune «Futuros resultados de la dominación británica en la India» (1853), Marx había afirmado que «Inglaterra debe cumplir una doble misión en la India: una destructiva y la otra regeneradora: la aniquilación de la antigua sociedad asiática y el asentamiento de las bases materiales de la sociedad occidental en Asia», en sus reflexiones sobre Rusia se produjo un cambio de perspectiva manifiesto.
Ya en 1853, había evitado autoengañarse en cuanto a las características básicas del capitalismo; sabía bien que la burguesía nunca «había progresado sin arrastrar a los individuos y las personas por la sangre y la mugre, la miseria y la degradación». Pero también se había mostrado convencido de que, mediante el comercio mundial, el desarrollo de las fuerzas productivas y la transformación de la producción en algo científicamente capaz de dominar a las fuerzas de la naturaleza, «la industria y el comercio burgueses [habían] creado las condiciones materiales de un mundo nuevo».
Algunas lecturas superficiales o limitadas han tomado esta idea como evidencia del eurocentrismo u orientalismo de Marx, pero, en realidad, es tan solo el reflejo de la visión parcial e ingenua del colonialismo de un joven de apenas treinta y cinco años escribiendo un artículo periodístico. En ninguna parte de la obra de Marx se sugiere siquiera una distinción esencialista entre las sociedades de Oriente y Occidente.
En 1881, después de tres décadas de profunda investigación teórica y de atenta observación de los cambios de la política internacional, sin mencionar sus extensísimas sinopsis en los Cuadernos etnológicos, tenía una visión bastante diferente de la transición desde las formas comunales del pasado hasta el capitalismo. Así, al referirse a las «Indias Orientales», expresó: «Todos menos sir Henry Maine y otros de su calaña son conscientes de que la supresión de la propiedad comunal de la tierra allí no fue más que un acto de vandalismo inglés, que no llevó al progreso de los nativos, sino a su atraso». Lo único que los británicos «lograron fue arruinar la agricultura nativa y duplicar la cantidad de hambrunas y su gravedad».
En consecuencia, la obschina no estaba predestinada a sufrir el mismo destino que otras formas similares de Europa occidental en siglos anteriores, donde «la transición de una sociedad fundada en la propiedad comunal a una sociedad fundada en la propiedad privada» había sido más o menos uniforme. Ante la pregunta de si era inevitable que lo propio ocurriera en Rusia, Marx, tajante, respondió: «Para nada».
Así, para Marx, el campesinado «puede incorporar las adquisiciones positivas ideadas por el sistema capitalista sin pasar por sus horcas caudinas». En respuesta a quienes negaban la posibilidad de saltear fases y veían al capitalismo como una etapa inevitable también para Rusia, Marx se preguntó, con ironía, si Rusia había tenido que «atravesar un largo período de incubación de la industria de la ingeniería (…) para poder utilizar las máquinas, los motores a vapor, los ferrocarriles, etcétera». Del mismo modo, ¿no había sido posible «introducir, en un abrir y cerrar de ojos, el mecanismo de intercambio completo (bancos, entidades de crédito, etcétera) que Occidente había ideado a lo largo de varios siglos?»
Marx criticó el «aislamiento» de las comunas agrícolas arcaicas, puesto que, al estar encerradas en sí mismas y no tener contacto con el mundo exterior, eran, en términos políticos, la forma económica que mejor se adecuaba al reaccionario régimen zarista: «la falta de conexión entre la vida de una comuna y la de las demás, este microcosmos localizado, […] siempre da lugar al surgimiento de despotismo centralizado que supera y domina a las comunas».
Definitivamente, Marx no había alterado su complejo juicio crítico de las comunas rurales rusas, y en su análisis la importancia del desarrollo individual y la producción social permaneció intacta. No es que de pronto se haya convencido de que las comunas rurales arcaicas eran un foco de emancipación más avanzado para el individuo que las relaciones sociales que existían dentro del capitalismo. Ambas posibilidades distaban mucho de su concepción de la sociedad comunista.
En los borradores de la carta de Marx a Zasulich no existe el menor indicio del quiebre dramático con sus posturas anteriores que han detectado algunos académicos. En concordancia con sus principios teóricos, Marx no sugirió que Rusia u otros países donde el capitalismo todavía estaba infradesarrollado tuviesen que transformarse en el foco primordial de un estallido revolucionario; ni tampoco pensaba que los países con un capitalismo más atrasado estuviesen más cerca del objetivo del comunismo que aquellos caracterizados por un desarrollo productivo más avanzado. En su opinión, no se debían confundir las rebeliones o luchas por la resistencia esporádicas con el establecimiento de un nuevo orden socioeconómico basado en el comunismo. La posibilidad que él había considerado en un momento muy particular de la historia de Rusia, cuando se dieron condiciones favorables para una transformación progresiva de las comunas agrarias, no podía elevarse al estatus de modelo general.
Ni en la Argelia dominada por los franceses ni en la India británica, por ejemplo, se observaban las condiciones especiales que Chernishevski había identificado, y la Rusia de principios de la década de 1880 no podía compararse con lo que pudiese llegar a ocurrir allí en tiempos futuros. El nuevo elemento en el pensamiento de Marx consistió en una apertura teórica cada vez mayor, que le permitió considerar otros caminos posibles al socialismo que anteriormente no había tomado en serio o que había considerado inalcanzables.
Lo que escribió Marx es muy similar a lo que había escrito Chernishevski antes que él. Esta alternativa era posible y, sin duda, se adecuaba mejor al contexto socioeconómico ruso que «la actividad agropecuaria capitalizada según el modelo inglés». Pero solo podría sobrevivir si «el trabajo colectivo reemplazaba el trabajo por parcelas, el origen de la apropiación privada». Para que ello ocurriera, hacían falta dos cosas: «la necesidad económica de que se produjera semejante cambio y las condiciones materiales necesarias para hacerlo realidad». La contemporaneidad de la comuna agrícola rusa con el capitalismo en Europa le proporcionaba «todas las condiciones necesarias para el trabajo colectivo», al tiempo que la familiaridad de los campesinos con el artel facilitaría la transición hacia el «trabajo cooperativo».
Marx volvió a tratar temas similares en 1882. En enero, en el «Prefacio a la segunda edición rusa del Manifiesto del partido comunista», que coescribió con Engels, se establece un vínculo entre el destino de la comuna rural rusa y el de las luchas proletarias en Europa occidental:
En Rusia, cara a cara con el veloz desarrollo de la estafa capitalista y con los bienes raíces burgueses, que apenas están empezando a desarrollarse, observamos que más de la mitad de la tierra está en manos de los campesinos, que la administran en común. Ahora bien, la pregunta es: la obschina rusa, una forma primigenia de propiedad común de la tierra, ¿puede, a pesar de encontrarse muy debilitada, convertirse directamente en una forma superior, la propiedad común comunista? ¿O, por el contrario, primero debe atravesar el mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico de Occidente? Hoy en día, la única respuesta posible es la siguiente: si la Revolución rusa se transforma en una señal para la revolución proletaria en Occidente, de modo tal que ambas se complementen mutuamente, la propiedad común de la tierra que hoy en día se observa en Rusia podría constituir el punto de partida del desarrollo comunista.
La tesis básica que Marx ya había expresado en muchas ocasiones anteriores seguía siendo la misma, pero ahora sus ideas se relacionaban más estrechamente con el contexto histórico y con los diversos escenarios políticos que posibilitaban.
Las consideraciones de alta densidad argumental de Marx sobre el futuro de la obschina se encuentran en las antípodas de la equiparación del socialismo con las fuerzas productivas, una concepción marcada por tintes nacionalistas y simpatías colonialistas que se hizo presente en la Segunda Internacional y los partidos socialdemócratas. También difieren en gran medida del supuesto «método científico» de análisis social preponderante en el movimiento comunista internacional del siglo XX.

5. Los Extractos cronológicos y los últimos intereses políticos de la década de 1880: Una perspectiva global
Entre el otoño de 1881 y el invierno de 1882, gran parte de la energía intelectual de Marx se canalizó en los estudios históricos. Trabajó de manera intensiva en los Extractos cronológicos, una línea de tiempo comentada que registra acontecimientos globales año a año desde el primer siglo AC en adelante y resume sus causas y características principales.
Para descubrir si sus conceptos estaban bien fundamentados, Marx quería ponerlos a prueba a la luz de los grandes acontecimientos políticos, militares, económicos y tecnológicos del pasado. Hacía tiempo ya que era consciente de que el esquema de progresión lineal a lo largo de «las modalidades de producción asiáticas, antiguas, feudales y burguesas modernas» que había trazado en el Prefacio a Contribución a la crítica de la economía política (1859) resultaba totalmente inadecuado para comprender el movimiento de la historia, y entendía que, de hecho, era aconsejable alejarse de la filosofía de la historia en todas sus formas. Su frágil estado de salud le impidió reencontrarse con los manuscritos inconclusos de El capital. Probablemente haya pensado que había llegado el momento de volver a ocuparse de la historia mundial y, en particular, de una cuestión central: la relación entre el desarrollo del capitalismo y el nacimiento de los Estados modernos..
Para su cronología, Marx mayormente consultó dos textos. El primero fue la Historia de los pueblos de Italia (1825), del historiador italiano Carlo Botta (1766–1837), y el segundo fue la muy difundida y consagrada Historia mundial para el pueblo alemán (1844-57), de Friedrich Schlosser (1776-1861), que en su época había sido considerado el historiador alemán más destacado. Marx llenó cuatro gruesos cuadernos de notas sobre esas dos obras redactadas en una letra apenas legible y más pequeña de lo normal. Las tapas llevan los títulos que les dio Engels cuando se dedicó a catalogar las posesiones de su amigo: «Extractos cronológicos. I: 96 a c. 1320; II: c. 1300 a c. 1470; III: c. 1470 a c. 1580; IV: c. 1580 a c. 1648». En algunos casos, Marx agregó consideraciones críticas sobre figuras significativas o propuso su propia interpretación de sucesos históricos importantes, por lo cual podemos inferir que no estaba de acuerdo con la fe en el progreso de Schlosser y sus juicios morales. Esta reinmersión en la historia no se limitó a Europa, sino que se extendió a Asia, el Medio Oriente, el mundo islámico y América.
En el primer cuaderno dedicado a los Extractos cronológicos, y mayormente basándose en Botta, Marx llenó 143 páginas con una cronología de algunos de los principales acontecimientos ocurridos entre 91 AC y 1370 DC. Empezó por la antigua Roma y más adelante estudió la caída del Imperio romano, el surgimiento de Francia, la importancia histórica de Carlomagno (742-814), el Imperio bizantino y las diversas manifestaciones y características del feudalismo.
Marx señaló atentamente todo lo que pudiese resultarle útil a fin de analizar sistemas impositivos en diversos países y épocas. También se interesó vivamente por el significativo rol de Sicilia, ubicada en los márgenes de Europa y del mundo árabe, y por las repúblicas marítimas italianas y su importante aporte al desarrollo del capitalismo mercantil. Por último, gracias a la consulta de otros libros que lo ayudaron a integrar la información provista por Botta, Marx escribió muchas páginas de notas sobre la conquista islámica de África y Oriente, las Cruzadas y los califatos de Bagdad y Mosul.
En el segundo cuaderno, que comprende 145 páginas relativas al período que va de 1308 a 1469, Marx siguió transcribiendo notas sobre las últimas cruzadas a la «Tierra Santa». No obstante, una vez más, la parte más extensa tiene que ver con las repúblicas marítimas italianas y los avances económicos en Italia, que Marx consideraba el principio del capitalismo moderno. Basándose también en Maquiavelo, Marx resumió los principales sucesos de las luchas políticas de la República de Florencia. Al mismo tiempo, a raíz de la lectura de la Historia mundial para el pueblo alemán, de Schlosser, Marx reflexionó sobre la situación política y económica de Alemania en los siglos XIV y XV, así como también sobre la historia del Imperio mongol durante la vida de Genghis Khan y en la etapa posterior.
En el tercer cuaderno, que posee 141 páginas, Marx se ocupó de los principales conflictos políticos y religiosos entre 1470 y c. 1580. Se interesó particularmente por el choque de Francia y España, los tumultuosos conflictos dinásticos de la monarquía inglesa y la vida e influencia de Girolamo Savonarola (1452-1498). Por supuesto, también rastreó la historia de la Reforma protestante y subrayó el apoyo que recibió de la emergente clase burguesa.
Finalmente, en el último cuaderno, de 117 páginas, Marx se concentró sobre todo en los numerosos conflictos religiosos en Europa entre 1580 y 1648. La sección más larga se ocupa de Alemania antes del estallido de la guerra de los Treinta Años (1618-1648) y analiza este período en profundidad. Marx reflexionó sobre el papel del rey sueco Gustavo II Adolfo (1594-1632), el cardenal Richelieu (1585-1642) y el cardenal Mazarino (1602-1661). La sección final está dedicada a Inglaterra y describe la muerte de Isabel I (1533-1603).
Además de los cuatro cuadernos de extractos de Botta y Schlosser, Marx compiló otro cuaderno con las mismas características, contemporáneo con los demás y relacionado con la misma investigación. En este caso, basándose en la Historia de la República de Florencia (1875) de Gino Capponi (1792-1876), Marx complementó el conocimiento que ya había adquirido sobre la etapa de 1135 a 1433. También compiló algunas notas más sobre el período que va de 449 a 1485 sobre la base de la Historia del pueblo inglés (1877) de John Green (1837-1883). Sin embargo, las fluctuaciones de su estado de salud no le permitieron seguir avanzando. Sus notas se acaban en las crónicas de la Paz de Westfalia, que terminó con la guerra de los Treinta Años en 1648.
A pesar de que Europa, lógicamente, ocupa un lugar central en estos estudios, los cuatro cuadernos utilizados durante este período contienen varias referencias a países no europeos. Al igual que sus estudios económicos, la investigación de Marx no se preocupaba solo por el Viejo Continente.
Es probable que Marx haya abandonado el proyecto de completar los Extractos cronológicos debido a los graves problemas de salud que lo aquejaban; en febrero de 1882, sus amigos y sus médicos lo convencieron de visitar Argel para curarse de una bronquitis grave. Este fue el único período de su vida que pasó fuera de Europa. Hubo muchos sucesos desfavorables que impidieron que Marx lograra conocer en profundidad la realidad argelina; y—como había anticipado Engels—tampoco le fue posible estudiar las características de «la propiedad común entre los árabes». Pero Marx realizó algunas observaciones interesantes durante los 72 días que vivió cerca del margen sur del Mediterráneo. Las que realmente se destacan son las que se ocupan de las relaciones sociales entre los musulmanes. Por ejemplo, Marx se maravilló de la escasa presencia del Estado:
«En ninguna otra ciudad que constituya a la vez la sede del gobierno central existe semejante laisser faire, laisser passer; la policía se reduce a un mínimo indispensable; la falta de humillación pública no tiene parangón; el responsable de esto es el elemento morisco. Para los musulmanes la subordinación no existe; ellos no son ni “súbditos” ni “ciudadanos” [administrés]; no existe la autoridad, excepto en la política, algo que los europeos han sido completamente incapaces de entender».
Marx atacó con desprecio los maltratos violentos y las provocaciones constantes de los europeos y, en especial, su «desvergonzada arrogancia y presunción en el trato con las “razas inferiores”, [y] una espantosa obsesión al estilo Moloch con la penitencia» respecto de cualquier acto de rebelión. También enfatizó que, en la historia comparada de la ocupación colonial, «los británicos y holandeses superan a los franceses». En la propia Argel, según le informó a Engels, su amigo, el juez Fermé, a lo largo de su carrera había observado con regularidad «un tipo de tortura (…) pensada para extraer confesiones a los árabes, llevada a cabo, por supuesto, (…) por la “policía” (como los ingleses en la India)».
«Por ejemplo, cuando una pandilla árabe comete un homicidio, en general con vistas a algún robo, y con el tiempo se arresta, enjuicia y ejecuta a los malhechores correspondientes con todas las de la ley, la familia del colonizador damnificado no lo considera penitencia suficiente. Como si esto fuera poco, exigen que también se “detenga” a por lo menos media docena de árabes inocentes. (…) Cuando un colonizador europeo vive entre las “razas inferiores”, ya sea como colono o simplemente para hacer negocios, suele autopercibirse como un sujeto más inviolable que el apuesto Guillermo I».
La firme postura anticolonialista de Marx en cuanto a Argelia no constituía un caso aislado. En la guerra de 1882, donde las fuerzas egipcias comandadas por Ahmad Urabi (1841-1911) se enfrentaron a las tropas del Reino Unido, Marx no dejó de criticar a quienes fueron incapaces de sostener una postura de clase autónoma, y advirtió que era absolutamente necesario que los trabajadores se opusieran a las instituciones y la retórica del Estado. Cuando Joseph Cowen (1829-1900), legislador y presidente del Congreso Cooperativo—Marx lo consideraba «el mejor de los parlamentarios ingleses»—justificó la invasión británica de Egipto, Marx expresó su desaprobación total. Por sobre todas las cosas, despotricó contra el gobierno británico: «¡Qué bien! En rigor, no puede haber un ejemplo más flagrante de la hipocresía cristiana que la “conquista” de Egipto: ¡conquista en tiempos de paz!»
Pero Cowen, en un discurso que pronunció el 8 de enero de 1883 en Newcastle, expresó su admiración por la «proeza heroica» de los británicos y «el esplendor de nuestro despliegue militar»; y no pudo «evitar sonreír al pensar en la fascinante perspectiva de todas esas posiciones ofensivas fortificadas entre el Atlántico y el océano Índico y, por si fuera poco, un “imperio afrobritánico” desde el Delta hasta el Cabo». Así era el «estilo inglés», caracterizado por la «responsabilidad» relativa a los «intereses internos». En términos de política extranjera, concluyó Marx, Cowen representaba un ejemplo típico de «esos pobres burgueses británicos que refunfuñan cuando asumen más y más “responsabilidades” al servicio de su misión histórica, al mismo tiempo que protestan en vano contra ella».
Marx también siguió con atención el aspecto económico de lo que ocurría en Egipto, como se observa en las ocho páginas que dedicó a extractos de «Finanzas egipcias» (1882), un artículo de Michael George Mulhall (1836-1900) que apareció en el número de octubre de la Contemporary Review de Londres. Sus notas se concentraron en dos aspectos. Por un lado, documentó el chantaje financiero llevado a cabo por los acreedores anglo-alemanes después de que el virrey otomano de Egipto, Ismail Pasha (1830-1895), sumiera al país en una deuda dramática. Es más, Marx describió el opresivo sistema impositivo ideado por Ismail Pasha, que demandaba un altísimo precio a la población, y observó con particular atención y solidaridad el desplazamiento forzoso de muchos campesinos egipcios.

6. Conclusiones
En sus últimos años, Marx se ocupó en profundidad de muchas otras cuestiones que, aunque suelen ser subestimadas o incluso ignoradas por académicos dedicados a su obra, están adquiriendo una importancia crucial en la agenda política de nuestros tiempos. Entre ellas se encuentran la libertad individual en la esfera política y económica, la emancipación de los géneros, la crítica del nacionalismo, el potencial emancipador de la tecnología y las formas de propiedad colectiva no controladas por el Estado.
Asimismo, Marx emprendió estudios exhaustivos de sociedades no europeas y se expresó categóricamente en contra de la devastación del colonialismo. Es un error sugerir lo contrario. Marx criticó a los pensadores que resaltaban las consecuencias destructivas del colonialismo y al mismo tiempo aplicaban categorías específicas del contexto europeo a sus análisis de áreas periféricas. Varias veces advirtió acerca de aquellos que no respetaron las distinciones necesarias entre los fenómenos; y, en particular, después de sus avances teóricos de la década de 1870, supo desconfiar, en gran medida, de la transferencia de categorías interpretativas entre etapas históricas o áreas geográficas completamente diferentes. Hoy en día no caben dudas sobre este punto, a pesar del escepticismo que aún está en boga en ciertos sectores académicos.
Así, treinta años después de la caída del muro de Berlín, se ha vuelto posible leer a un Marx muy diferente al teórico dogmático, economicista y eurocéntrico que durante tanto tiempo se presentó ante el mundo. Los últimos avances que se han logrado en los estudios marxistas apuntan a la probabilidad de que la exégesis de su obra se vuelva más y más refinada. Desde este punto de vista, los temas que abordó Marx durante esos años ofrecen a los lectores contemporáneos un amplio marco para la reflexión sobre las preguntas urgentes de la actualidad. Durante mucho tiempo, muchos marxistas priorizaron los escritos de juventud de Marx (principalmente los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 y La ideología alemana), al tiempo que el Manifiesto del Partido Comunista siguió siendo su texto más leído y citado. No obstante, en esos escritos tempranos se encuentran muchas ideas que fueron superadas en obras posteriores. Y, sobre todo, es en El capital y en sus borradores preliminares, así como también en los estudios de sus últimos años, donde encontramos las reflexiones más valiosas sobre la crítica de la sociedad burguesa. Dichas ideas representan las últimas conclusiones a las que Marx llegó, aunque no sean las definitivas. Si se las examina con ojo crítico a la luz de los cambios ocurridos en el mundo desde su muerte, puede que todavía resulten muy útiles para la tarea de teorizar un modelo socioeconómico alternativo al capitalismo.

 

References
1. A fin de concentrarnos exclusivamente en los estudios de Marx sobre los «países no europeos», los Cuadernos etnológicos no se analizarán en este capítulo.
2. Véase Lawrence Krader, The Asiatic Mode of Production: Sources, Development and Critique in the Writings of Karl Marx (Assen: Van Gorcum, 1975), 343.
3. Karl Marx, «Exzerpte aus M. M. Kovalevskij: Obschinnoe zemlevladenie», en Karl Marx, Über Formen vorkapitalistischer Produktion. Vergleichende Studien zur Geschichte des Grundeigentums 1879-80 (Frankfurt: Campus, 1977), 28. Parte de las notas de Marx que tienen que ver con Kovalevski, que incluyen algunas de las citas provistas en el presente texto, todavía no han sido traducidas al inglés.
4. Ibid., 29.
5. Ibid., 38. Kevin Anderson, Marx at the Margins. On Nationalism, Ethnicity, and Non-Western Societies (Chicago: University of Chicago Press, 2010), ha sugerido que la diferencia con la India se debe, en parte, al hecho de que «la India fue colonizada en un período posterior por un poder capitalista avanzado, Gran Bretaña, que intentó activamente crear propiedad privada individual en las aldeas» (ibid., 223-4).
6. Marx, «Excerpts from M. M. Kovalevsky», 388; «Exzerpte aus M. M. Kovalevskij», 82. Las palabras añadidas por Marx se indican entre corchetes. Kevin Anderson, en Marx at the Margins, las relacionó con la importancia, para Marx, de las «formas comunales de la India» como «posibles focos de resistencia al colonialismo y el capital» (ibid., 233).
7. El acto por el cual un hombre libre asume una relación de dependencia (que conlleva ciertas obligaciones en términos de servicio) con un poder superior a cambio de «protección» o del reconocimiento de sus derechos de propiedad de la tierra.
8. Cf. Marx, «Excerpts from M. M. Kovalevsky», 383; «Exzerpte aus M. M. Kovalevskij», 76.
9. Ibid., 376; ibid., 69. Para leer un análisis de las posturas de Kovalevski y de ciertas diferencias con las de Marx, véase el capítulo «Kovalevsky on the Village Community and Land-ownership in the Orient», en Krader, The Asiatic Mode of Production, 190-213. Cf. Peter Hudis, «Accumulation, Imperialism, and Pre-capitalist Formations. Luxemburg and Marx on the Non-Western World», Socialist Studies VI, nro. 2 (2010): 84.
10. De acuerdo a Hans-Peter Harstick, «Einführung. Karl Marx und die zeitgenössische Verfassungsgeschichtsschreibung», en Marx, Über Formen vorkapitalistischer Produktion, Marx prefería «un análisis diferenciado de la historia europea y la asiática y dirigía su polémica (…) principalmente a aquellos que no hacían más que transponer conceptos socioestructurales del modelo de Europa occidental a las relaciones sociales de Asia o de la India» (ibid., XIII).
11. Marx, «Excerpts from M. M. Kovalevsky», 405; «Exzerpte aus M. M. Kovalevskij», 100. Las palabras que se indican entre corchetes son de Marx, mientras que las que figuran entre comillas pertenecen a los Annales de Assemblée Nationale, 1873, VIII, París, 1873, incluidos en el libro de Kovalevski.
12. Marx, «Excerpts from M. M. Kovalevsky», 405; «Exzerpte aus M. M. Kovalevskij», 100-1.
13. Ibid., 411; ibid., 107.
14. Ibid., 412; ibid., 109.
15. Ibid., 408 and 412; ibid., 103 and 108.
16. Ibid., 412; ibid., 109.
17. Según Krader en The Asiatic Mode of Production, las notas sobre Kovalevski contienen pasajes donde Marx refuta «la aplicación de la teoría de la sociedad feudal a la India y a Argelia» (ibid., 343).
18. James White, Marx and Russia: The Fate of a Doctrine (Londres: Bloomsbury, 2018), 37-40.
19. Karl Marx, Notes on Indian History (1664-1858) (Honolulú: University Press of the Pacific, 2001), 58.
20. Ibid., 165, 176, 180.
21. Ibid., 155-56, 163.
22. Ibid., 81.
23. Marx, Notes on Indian History (1664-1858), 163-4, 184.
24. Karl Marx a Nikolái Danielson, 19 de febrero de 1881, MECW, 46:63; MEW, 35:157.
25. Marx se refería a la segunda guerra de Afganistán y al sangriento conflicto en Sudáfrica conocido como la guerra anglo-zulú.
26. Ibid., 63-4; ibid.
27. Véase la información incluida en el volumen Die Bibliotheken von Karl Marx und Friedrich Engels, MEGA2, IV/32:184-7. Para leer una recreación del descubrimiento de la obra de Chernishevski por parte de Marx, véase «Entstehung und Überlieferung», en Karl Marx, Exzerpte und Notizen: Februar 1864 bis Oktober 1868, November 1869, März, April, Juni 1870, Dezember 1872, MEGA2, IV/18, 1142-4.
28. Sobre el sentido izquierdista y anticapitalista del concepto de populismo en la Rusia del siglo XIX, véase: Richard Pipes, «Narodnichestvo: A Semantic Inquiry», Slavic Review XXIII, nro. 3 (1964): 421-58. Andrzej Walicki, en Controversy Over Capitalism: Studies in the Social Philosophy of the Russian Populists (Oxford: Clarendon Press, 1969), 27, ubica el nacimiento del populismo en 1869, cercano a la fecha de publicación de las Cartas históricas (1868-1870) de Pyotr Lavrov (1823-1900), ¿Qué es el progreso? (1869) de Nikolái Mijailovski (1842-1904) y La situación de la clase obrera en Rusia (1869) de Vasili Bervi Flerovski (1829-1918).
29. Karl Marx a Sigfrid Meyer, 21 de enero de 1871, MECW, 44:105; MEW, 33:173.
30. Karl Marx a Nikolái Danielson, 18 de enero de 1873, MECW, 44: 469; MEW, 33:599.
31. Karl Marx, «Afterword to the Second German Edition», en Marx, Capital, Volume One, MECW, 35:15; «Nachwort zur zweiten Auflage», Marx, Das Kapital, Erster Band, MEW, vol. 23:21.
32. Nikolái Chernishevski, «Kritika filosofskikh preubezhdenii protiv obshchinnogo vladeniya» [Crítica de los prejuicios filosóficos sobre la propiedad comunal de la tierra], en Chernishevski, Sobranie sochinenii, vol. 4, (Moscú: Ogonyok, 1974), 467.
33. Ibid., 470; Chernyshevskii, «A Critique of Philosophical Prejudices », 182.
34. Ibid.; ibid.
35. Marx ya había planteado una crítica similar de las tesis de Herzen en «Contribución a la crítica de la economía política», MECW, 29: 275; «Zur Kritik der Politischen Ökonomie», MEW, 13: 20. Como bien señala Franco Venturi en Roots of Revolution: A History of the Populist and Socialist Movements in Nineteenth Century Russia (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1960), Chernishevski no consideraba la obshchina «una institución típicamente rusa, característica del espíritu eslavo (…) sino [un ejemplo de] la supervivencia en Rusia de formas de organización social que ya habían desaparecido en otros lugares» (ibid., 148).
36. Nikolái Chernishevski, «Kritika filosofskikh preubezhdenii», 371.
37. Para Venturi en Roots of Revolution, este punto constituyó el tema central del comentario de Chernishevski sobre la comuna campesina: «La obschina debe ser revivida y transformada por el socialismo occidental; no debe ser representada como el modelo y el símbolo de la misión rusa» (ibid., 160).
38. Walicki, en Controversy Over Capitalism, sostiene que para Chernishevski el capitalismo representaba «un gran avance respecto de las formas sociales precapitalistas»; su «enemigo número uno» no era «el capitalismo sino el atraso ruso» (ibid., 20).
39. Chernishevski, «Kritika filosofskikh preubezhdenii», 466.
40. Vera Zasulich, «A Letter to Marx», en Late Marx and the Russian Road, ed. Shanin (Londres: Routledge, 1984), 98-9.
41. Ibid.
42. Como bien observa Walicki en Controversy Over Capitalism, el estudio que hizo Marx de La sociedad antigua, de Morgan, «le permitió ver con nuevos ojos el populismo ruso, que por ese entonces representaba el intento más significativo de “encontrar lo más nuevo en lo más viejo”» (ibid. 192).
43. Karl Marx, Capital, Volumen I, MECW, 35:749; Das Kapital, Erster Band, MEW, 23:790-1.
44. Ibid., MECW, 35:750; ibid., MEW, 23:790.
45. Ibid., MECW, 35:504-5; ibid., MEW, 23:526.
46. Ibid., MECW, 35:506; ibid., MEW, 23:528.
47. Ibid., MECW, 35:90-91; ibid., MEW, 23:94.
48. Karl Marx, «Critique of the Gotha Programme», MECW, 24:83; “Kritik des Gothaer Programms”, MEW, 19:17.
49. Véase James H. Billington, Mikhailovsky and Russian Populism (Oxford: Clarendon Press, 1958).
50. De acuerdo con Walicki en Controversy Over Capitalism, «Mijailovski no negaba que los gremios y los artels rusos contemporáneos habían limitado tanto la libertad individual como la posibilidad de desarrollo individual; no obstante, él creía que las consecuencias negativas de dichas limitaciones habían sido menos peligrosas que los resultados negativos del desarrollo capitalista. (…) Mijailovski concluyó que no se justificaba en absoluto afirmar que el capitalismo había “liberado al individuo”. (…) No es exagerado afirmar que entre los autores cuyos libros más contribuyeron a que Mijailovski aprobara dicha postura, Marx fue el más importante» (ibid., 59-60).
51. Nikolái Mijailovski, «Karl Marks pered sudom g. Yu. Zhukovskogo» (Karl Marx ante el tribunal del Sr. Yu. Zhukovsky), en Mijailovski, Sochinenija, vol. IV, San Petersburgo: B. M. Vol’f, 1897, 171, citado de la traducción presente en Walicki, Controversy Over Capitalism, 146. Este artículo se ocupa de las críticas a Marx que fueron publicadas en 1877 a nombre de Yuri Zhukovsky en el periódico El Mensajero Europeo [Vestnik Evropy] y la defensa de El capital efectuada por Nikolái Sieber en Otechestvennye Zapiski. Véase Cyril Smith, Marx at the Millennium (Londres: Pluto, 1996), 53-5. En 1894, en un artículo que escribió para Russkoe Bogatsvo [Riqueza Rusa], Mijailovski volvió a enunciar los argumentos de diecisiete años atrás.
52. Marx, «Letter to Otechestvennye Zapiski», MECW, 24:196; MEW,19:107.
53. Marx, «Letter to Otechestvennye Zapiski», MECW, 24:135; MEW, 19:108.
54. Marx, Capital, MECW, 35:704-761; MEW, 23:741-802.
55. Marx, «Letter to Otechestvennye Zapiski», MECW, 24:200; MEW,19:108. Véase también Karl Marx, Le capital, Paris 1872-1875, MEGA², II/7:634. Este agregado a la edición original de 1867, que Marx introdujo cuando revisó la traducción francesa de su libro, no fue incluida por Engels en la edición alemana de 1890, que más adelante se transformó en la versión estándar para las futuras traducciones de El capital. En una nota al pie en Karl Marx, Œuvres. Économie I (París: Gallimard, 1963), Maximilien Rubel, calificó a este pasaje como «uno de los agregados importantes» (ibid., 1701, n. 1) a la parte dedicada a «La acumulación “primitiva”». La edición publicada por Engels manifiesta que la historia de la acumulación primitiva «asume formas diferentes en cada país y atraviesa varias fases en distintos órdenes de sucesión y en distintas épocas históricas. Solo en Inglaterra, que hemos tomado de ejemplo, se observa su forma clásica». Marx, Capital, MECW, 35:707; MEW, 23:744.
56. Marx, «Letter to Otechestvennye Zapiski», MECW, 24:200; MEW,19:111.
57. Marx, «Letter to Otechestvennye Zapiski», MECW, 24:200; MEW,19:108, 111.
58. Ibid., 201; ibid., MEW, 19:111.
59. Ibid.; ibid.
60. Véase Pier Paolo Poggio, L’Obščina. Comune contadina e rivoluzione in Russia (Milán: Jaca Book, 1978), 148.
61. Muchos han intentado explicar por qué Marx no publicó su réplica a Mijailovski. En 1885, cuando Engels se la envió a los editores de Severnii Vestnik, declaró que «desconocía» los motivos por los cuales no había sido publicada, Friedrich Engels, «To the Editors of the Severny Vestnik», en MECW, 26: 311. No obstante, un año antes, en una carta a Vera Zasulich, había dicho: «Esta es la réplica que él escribió; lleva el sello de un artículo pensado para la publicación en Rusia, pero él nunca la mandó a Petersburgo por miedo a que la mera mención de su nombre pusiera en riesgo la existencia del periódico que publicara su réplica». Friedrich Engels a Vera Zasulich, 6 de marzo de 1884, MECW, 47: 112. Cabe señalar que no hay pruebas de que el periódico realmente hubiese estado en peligro si hubiese publicado un texto de Marx. Sin haber realizado las comprobaciones necesarias para fundamentar su tesis, Haruki Wada, «Marx and Revolutionary Russia», en Late Marx, ed. Shanin, afirmó que «el verdadero motivo (…) más bien tuvo que ver con que Marx, después de releer su carta, detectó defectos en su crítica de Mijailovski» (ibid., 60). White, en Marx and Russia, señaló que, en el número de Otechestvennye Zapiski inmediatamente posterior al artículo de Mijailovski, Sieber reafirmó que «el proceso formulado por Marx era universalmente obligatorio» (ibid., 33). La convicción de Sieber de que «el capitalismo era un fenómeno universal observado en todas las sociedades en determinada etapa de su desarrollo» (ibid., 45) es un ejemplo revelador de cómo se percibía a Marx en Rusia.
62. Karl Marx, «Drafts of the Letter to Vera Zasulich: First Draft», MECW, 24:349; «Brief von V. I. Sassulitsch: Erster Entwurf», MEW, 19:384-5.
63. Karl Marx, «Drafts of the Letter to Vera Zasulich: Third Draft», MECW, 24:365; «Brief von V. I. Sassulitsch: Dritter Entwurf», MEW, 19:402.
64. Marx, «Second Draft», MECW, 24:361; MEW, 19:397.
65. Véase también Teodor Shanin, «Late Marx: Gods and Craftsmen», en Late Marx, ed. Shanin, 16.
66. Marx, «Second Draft», MECW, 24:361; MEW, 19: 397.
67. Karl Marx, «The Future Results of British Rule in India», MECW, 12:217-18; «Die künftigen Ergebnisse der britischen Herrschaft in Indien», MEW, 9:221.
68. Ibid., MECW, 12:221; ibid., MEW, 9:224.
69. Ibid., MECW, 12:222; ibid., MEW, 9:226.
70. Véase, por ejemplo, Edward Said, Orientalism (Londres: Routledge, 1995), 153-6. Said (1935-2003) no solo afirmó que «los análisis económicos de Marx encajan perfectamente (…) con el proyecto orientalista estándar» sino que además insinuó que dependen de «la antigua distinción entre Oriente y Occidente», (ibid., 154). En rigor, la lectura de la obra de Marx realizada por Said es unilateral y superficial. El primero en subrayar los defectos de esta interpretación fue Sadiq Jalal al-Azm (1934-2016), que, en su artículo «Orientalismo y orientalismo a la inversa», Khamsin 8 (1980), escribió: «Esta descripción de las posturas y los análisis de Marx sobre procesos y situaciones históricos complejos es una farsa. (…) No hay ninguna referencia específica a Asia o al Oriente en el corpus de Marx» (ibid., 14-15). En cuanto a «las capacidades productivas, la organización social, la ascendencia histórica, el poderío militar y el desarrollo tecnológico, (…) Marx, como todos los demás, conocía la superioridad de la Europa moderna respecto de Oriente. Pero acusarlo (…) de transformar este hecho contingente en una realidad necesaria para todos los tiempos es, ni más ni menos, absurdo» (ibid., 15-16). En la misma línea, como bien demostró Aijaz Ahmad, en In Theory: Classes, Nations, Literatures (Londres: Verso, 1992), Said «descontextualizó citas» extraídas de la obra de Marx, con escasa conciencia de lo que representaba cada pasaje en cuestión, con el único objeto de insertarlas en su «archivo orientalista» (ibid., 231, 223). Otro texto que desmiente el supuesto eurocentrismo de Marx es el de Irfan Habib, «Marx’s Perception of India», en Karl Marx on India, ed. Iqbal Husain (Nueva Delhi: Tulika, 2006), XIX-LIV. Para conocer más sobre las limitaciones de los artículos periodísticos de Marx del año 1853, véase Kolja Lindner, «Marx’s Eurocentrism: Postcolonial Studies and Marx’s Scholarship», Radical Philosophy 161 (2010): 27-41.
71. Para Eric Hobsbawm, en la introducción a Pre-Capitalist Economic Formations de Karl Marx (Londres: Lawrence & Wishart 1964), «el interés cada vez mayor de Marx por el comunalismo primitivo: su odio y su desprecio, cada vez más pronunciado, por la sociedad capitalista. (…) Parece probable que Marx, que anteriormente había visto con buenos ojos el impacto del capitalismo occidental por considerarlo una fuerza inhumana pero históricamente progresiva para las economías precapitalistas estancadas, haya comenzado a sentir cada vez más consternación por su carácter inhumano» (ibid., 50).
72. Marx, «Third Draft», MECW, 24:365; MEW, 19:402.
73. Ibid., MECW, 24:368; ibid., MEW, 19:405.
74. Ibid., MECW, 24:367; ibid., MEW, 19:405.
75. Marx, «Third Draft», MECW, 24:368; MEW, 19:405.
76. Marx, «First Draft», MECW, 24:349; MEW, 19:385.
77. Marx, «First Draft», MECW, 24:353; MEW,19:389-90.
78. Véanse las interpretaciones de Wada, «Marx and Revolutionary Russia», en Late Marx, ed. Shanin, 60, donde se argumenta que los borradores evidencian un «cambio significativo» desde la publicación de El capital en 1867. Del mismo modo, Enrique Dussel, El último Marx (1863-1882) y la liberación latinoamericana (México, D. F.: Siglo XXI, 1990) habla de un «cambio de rumbo» (pp. 260, 268-9) y Tomonaga Tairako, «Marx on Capitalist Globalization», Hitotsubashi Journal of Social Studies 35 (2003) ha afirmado que Marx «cambió su perspectiva de la revolución global llevada a cabo por la clase trabajadora» (ibid., 12). Otros autores han sugerido una lectura «tercermundista» del Marx tardío, según la cual los sujetos revolucionarios ya no son los obreros fabriles sino las masas del campo y la periferia. Para encontrar reflexiones y diversas interpretaciones de estas cuestiones, véanse Umberto Melotti, Marx and the Third World (Londres: Palgrave 1977); Kenzo Mohri, «Marx and “Underdevelopment”», Monthly Review 30/11 (1979), 32-43; y Jean Tible, Marx Selvagem (San Pablo: Autonomia Literaria 2018).
79. Véase el excelente trabajo de Marian Sawer, Marxism and the Question of the Asiatic Mode of Production (La Haya: Martinus Nijhoff, 1977), 67: «Lo que ocurrió en la década de 1870 en particular no fue que Marx haya cambiado de parecer en cuanto al carácter de las comunidades de las aldeas, ni que haya decidido que podían constituir la base del socialismo tal como eran; más bien, comenzó a contemplar la posibilidad de que a dichas comunidades las revolucionara el socialismo y no el capitalismo. (…) Parece haber considerado seriamente la esperanza de que el sistema de aldeas se pudiera incorporar a una sociedad socialista mediante la intensificación de la comunicación social y la modernización de los métodos de producción. En 1882, a Marx todavía le parecía una alternativa genuina a la desintegración total de la obshchina por el impacto del capitalismo».
80. Cf. Venturi, «Introduzione», en Venturi, Il populismo russo. Herzen, Bakunin, Cernysevskij, vol. I (Turin: Einaudi, 1972): «En definitiva, Marx terminó aceptando las ideas de Chernishevski» (ibid., XLI). Esto se asemeja a la opinión de Walicki en Controversy Over Capitalism: «El razonamiento de Marx tiene mucho en común con la Crítica de los prejuicios filosóficos contra la propiedad comunal de la tierra de Chernishevski». Si los populistas hubieran podido leer los borradores preliminares de la carta a Zasulich, «sin duda hubieran encontrado en ellos una invaluable justificación de sus esperanzas por parte de una figura con autoridad» (ibid., 189).
81. Marx, «First Draft», MECW, 24: 358; MEW, 19:391.
82. Ibid., MECW, 24:356; ibid., MEW, 19:390-1.
83. Ibid.; ibid., MEW, 19:392.
84. El artel, una forma de asociación cooperativa de origen tártaro, se basaba en los vínculos de parentesco y se ocupaba de la responsabilidad colectiva de sus integrantes para con terceros y el Estado.
85. Marx, «First Draft», MECW, 24:356; MEW, 19:389.
86. Marx y Engels, «Preface to the Second Russian Edition», MECW, 24:426; MEW, 19:296.
87. Según Walicki, Controversy Over Capitalism, el texto breve de 1882 «reafirm[ó] la tesis de que el socialismo era más factible en los países altamente desarrollados, pero al mismo tiempo [dio] por sentado que el desarrollo económico de los países atrasados podía atravesar transformaciones fundamentales por la influencia de las condiciones internacionales» (ibid., 180).
88. Karl Marx, A Contribution to the Critique of Political Economy, MECW, 29:263; Zur Kritik der Politischen Ökonomie, MEW, 13:9.
89. Véase Michael Krätke, «Marx and World History», International Review of Social History 63, nro. 1 (2018), que en su reconstrucción de estos cuatro cuadernos afirmó que Marx compiló estas notas porque creyó, durante mucho tiempo, que estaba «otorgando al movimiento socialista una sólida base sociocientífica en lugar de una filosofía política» (ibid., 92).
90. En algunos casos, el contenido de sus cuadernos difiere levemente de las fechas indicadas por Engels. La única parte que fue publicada comprende aproximadamente un sexto del total de los cuadernos tercero y cuarto, y la mayoría de las páginas se tomaron de este último. Véase Karl Marx y Friedrich Engels, Über Deutschland und die deutsche Arbeiterbewegung. Las secciones extraídas de los Extractos cronológicos se incluyen en Band 1: Von der Frühzeit bis zum 18. Jahrhundert (Berlín: Dietz, 1973): 285-516.
91. Krätke, en «Marx and World History», afirma que «Marx no dio lugar al eurocentrismo; de ninguna manera consideraba que la historia mundial fuese análoga a la “historia europea”» (ibid., 104).
92. Krätke, ibid., postuló que la caída del Estado mongol «invit[ó] a Marx a reflexionar sobre los límites del poder político en territorios vastos» (ibid., 112).
93. Véase Karl Marx y Friedrich Engels, Über Deutschland und die deutsche Arbeiterbewegung (Berlín Dietz, 1978), 424-516.
94. En «Marx and World History», Krätke manifestó que en el cuarto cuaderno de los Extractos cronológicos se observa «la solidez de Marx como científico social bien informado en cuanto a la historia, que alterna con facilidad entre el desarrollo interno de países específicos y la gran política europea e internacional sin por ello perder de vista los fundamentos económicos del todo» (ibid., 6).
95. Cf. Friedrich Engels a Eduard Bernstein, 22-25 de febrero de 1882, MECW, 46:210-1; MEW, 35:285. Sin dudas, Lafargue exageraba cuando afirmó, más adelante, que «Marx ha vuelto con la cabeza llena de África y de los árabes; aprovechó su estadía en Argel para devorar su biblioteca, y me parece que ha leído una gran cantidad de libros sobre la condición de los árabes», Paul Lafargue a Friedrich Engels, 16 de junio de 1882, en Engels, Paul y Laura Lafargue, Correspondence, 83. Como señaló Badia, es mucho más probable que Marx no haya podido «aprender demasiado sobre la situación sociopolítica de la colonia francesa», si bien sus «cartas desde Argel dan fe de su curiosidad heterogénea», en Gilbert Badia, «Marx en Algérie», en Karl Marx, Lettres d’Alger, 13.
96. Ibid., MECW, 46:238; ibid., MEW, 35:305.
97. Karl Marx a Friedrich Engels, 8 de abril de 1882, MECW, 46:234; MEW, 35:54. Marx volvió a tocar el tema en otro contexto cuando le describió a Engels la brutalidad de las autoridades francesas respecto de un «árabe pobre, sicario de profesión y culpable de robo y múltiples homicidios». A poco de ser ejecutado, el hombre se enteró de que «¡no iban a ejecutarlo con armas de fuego, sino que lo iban a guillotinar! ¡En contravención de lo pactado anteriormente!» Y eso no era todo: «Sus parientes supusieron que les devolverían el cuerpo y la cabeza para que ellos pudieran coserlos y luego enterrar el cuerpo “entero”. ¡Pero no fue así! Aullidos, palabrotas y rechinar de dientes; ¡por primera vez, las autoridades francesas se emperraron en esto! Ahora, cuando el cuerpo llegue al paraíso, Mohammed preguntará: “¿Dónde se dejó la cabeza? ¿O cómo es que la cabeza se le separó del cuerpo? No es apto para entrar al paraíso. ¡Váyase y júntese con esos perros cristianos en el infierno!” Y es por eso que sus parientes estaban tan contrariados», Karl Marx a Friedrich Engels, 18 de abril de 1882, MECW, 46:246-7; MEW, 35:57-8.
98. La guerra de 1882 concluyó con la batalla de Tel el-Kebir (13 de septiembre de 1882), que terminó con la denominada «revuelta Urabi», que había comenzado en 1879 y había permitido a los británicos establecer un protectorado en Egipto.
99. Karl Marx a Eleanor Marx, 9 de enero de 1883, MECW, 46:422-3; MEW, 35:422.
100. Karl Marx, IISH Ámsterdam, Marx-Engels Papers, B 168, 11-18. Véase David Smith, «Accumulation by Forced Migration», cuyos comentarios sobre estas notas resaltan su relevancia actual: «El único aspecto de estos acontecimientos que resulta sorprendente hoy en día es que hayan ocurrido en el siglo XIX. Lo que Marx observó e informó en el caso egipcio fue un modelo temprano de la era de la globalización actual» (ibid., próxima edición).

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Carlos Cesar Almendra, Conexão Marxista

Carlos Cesar Almendra, review of O velho Marx: uma biografia de seus últimos anos (1881-1883), Conexão Marxista, 15 October 2020.

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La relevancia de la Primera Internacional en la actualidad

En el marco de las crisis recientes del capitalismo, que han agudizado la explotación, la pobreza y las desigualdades, el legado de la organización fundada en 1864 ha recobrado relevancia y las lecciones que podemos extraer de él están más vigentes que nunca.

Los orígenes del internacionalismo
Luego de su primera reunión, celebrada el 28 de septiembre de 1864, la Asociación Internacional de Trabajadores (mejor conocida como «Primera Internacional») suscitó rápidamente polémicas en toda Europa. Haciendo de la solidaridad de clase un ideal común, inspiró a un gran número de hombres y mujeres a luchar contra la explotación. Gracias a sus acciones, los trabajadores y las trabajadoras fueron capaces de comprender con más claridad los mecanismos del modo de producción capitalista, volverse más conscientes de su propia fuerza y desarrollar formas nuevas y más avanzadas para luchar por sus derechos.

Durante el período de su fundación, la fuerza motriz más importante de la Internacional era el sindicalismo británico, cuya dirección estaba particularmente interesada en las cuestiones económicas. Luchaban para mejorar las condiciones de los trabajadores y de las trabajadoras pero sin poner en cuestión el sistema capitalista. Por lo tanto, concebían a la Internacional principalmente como un instrumento para evitar que se importara mano de obra desde el exterior durante los períodos de huelga. El segundo grupo más influyente de la Internacional durante este período eran los mutualistas, que desde hacía tiempo se habían convertido en la tendencia dominante en Francia. Siguiendo las teorías de Pierre-Joseph Proudhon, se oponían a que la clase obrera se comprometiera en cuestiones políticas y consideraban que la huelga era el arma principal en la lucha. Luego estaban los grupos comunistas, que se oponían al sistema de producción existente y defendían la necesidad de la acción política para derrocarlo. Durante este período, las filas de la Internacional estaban formadas también por un conjunto de trabajadores y trabajadoras inspirados por las teorías utópicas, y por personas exiliadas que sostenían ideas democráticas un tanto vagas y una concepción interclasista, lo cual les llevaba a definir a la Asociación como un instrumento para gestionar las demandas de liberación de las todas personas oprimidas en general. Por consiguiente, la Internacional fue, en sus comienzos, una organización en la que coexistían diferentes tradiciones políticas y la mayoría de ellas eran reformistas y no revolucionarias.

El mayor logro político de Karl Marx fue garantizar la convivencia de todas estas corrientes al interior de la organización, ordenándolas alrededor de un programa que estaba lejos de representar los enfoques con los que cada una había empezado. Su talento político le permitió reconciliar lo que en un principio parecía irreconciliable. Fue Marx quien le dio un objetivo claro a la Internacional y quien logró que adoptara un programa que, a pesar de haber estado construido claramente en torno a una perspectiva clasista, no era excluyente y se ganó el apoyo de las masas más allá de todo sectarismo. Marx fue el alma política del Consejo General (el cuerpo que gestionaba la síntesis entre las distintas tendencias y emitía las directrices que regían a toda la organización), redactó sus resoluciones principales y preparó casi todos los informes para los congresos.

Sin embargo, a pesar de la impresión que dejó en la historia la propaganda de la Unión Soviética, esta organización fue mucho más que un individuo único, incluso si era uno tan genial como Marx. Fue un movimiento social y político amplio para la emancipación de las clases trabajadoras y no, como se ha escrito con frecuencia, una «creación de Marx». Antes que nada, la Internacional fue el fruto de las luchas del movimiento obrero de los años 1860. Una de sus reglas básicas –y la que la distinguió fundamentalmente de todas las organizaciones obreras anteriores– fue «que la emancipación de las clases trabajadoras debe ser conquistada por las clases trabajadoras mismas». La perspectiva según la cual Marx aplicó mecánicamente a la etapa una teoría política forjada con anterioridad en los confines de su estudio se aleja demasiado de la realidad histórica. Marx fue esencial para la Internacional, pero la Internacional tuvo también un impacto muy importante en Marx. Involucrándose directamente en las luchas obreras, Marx encontró el estímulo para desarrollar y a veces revisar sus ideas, para poner en discusión antiguas certezas y plantearse nuevas preguntas, y para afinar su crítica del capitalismo bosquejando los trazos gruesos de una sociedad comunista.

Teorías y luchas
El final de los años sesenta y el comienzo de los setenta del siglo XIX fueron períodos durante los cuales los conflictos sociales se extendieron por toda Europa. Muchos trabajadores y trabajadoras que participaron de las protestas de aquel momento decidieron ponerse en contacto con la Internacional, cuya reputación creció rápidamente. Desde 1866 en adelante, las huelgas se intensificaron en muchos países y se convirtieron en el centro de una nueva e importante ola de movilizaciones. La Internacional fue esencial en las luchas que ganó el movimiento obrero en Francia, Bélgica y Suiza. El mismo proceso se repitió en muchos de estos conflictos: los trabajadores y las trabajadoras de otros países recaudaban fondos en apoyo a las huelgas y acordaban no aceptar el trabajo que les ofrecían los mercenarios de la industria. Como resultado, los patrones fueron forzados a comprometerse con muchas de las demandas obreras. Estos avances se vieron muy favorecidos por la difusión de los periódicos que, o bien simpatizaban con las ideas de la Internacional, o bien eran verdaderos órganos del Consejo General. Ambos contribuyeron al desarrollo de la conciencia de clase y a la rápida circulación de las noticias relacionadas con las actividades de la Internacional.
A lo largo de Europa, la Asociación desarrolló una estructura organizativa eficiente y su número de afiliaciones creció, llegando a 150 mil en el momento más álgido. A pesar de todas las dificultades vinculadas a la diversidad de nacionalidades, idiomas y culturas políticas, la Internacional se las arregló para conquistar la unidad y la coordinación efectiva de un amplio espectro de organizaciones y luchas espontáneas. Su mayor mérito fue demostrar la importancia fundamental que tenían la solidaridad de clase y la cooperación internacional.

La Internacional fue la sede de algunos de los debates más famosos del movimiento obrero, como el que opuso al comunismo con el anarquismo. Los congresos de la Internacional también fueron el lugar donde, por primera vez, una organización transnacional enorme tomó decisiones acerca de asuntos cruciales, que eran debatidos desde antes de su fundación y que en lo sucesivo se convirtieron en puntos estratégicos para los programas políticos de los movimientos socialistas de todo el mundo. Entre ellos pueden mencionarse: la función indispensable de los sindicatos, la socialización de la tierra y de los medios de producción, la importancia de participar de la contienda electoral y de hacerlo a través de partidos de la clase obrera independientes, la emancipación de las mujeres y la concepción de la guerra como un resultado inevitable del sistema capitalista.

La Internacional también extendió su influencia afuera de Europa. Al otro lado del Atlántico, inmigrantes que habían llegado durante los años previos a la fundación de la Internacional empezaron a fundar las primeras secciones en los Estados Unidos. Sin embargo, la Internacional tuvo dos defectos de nacimiento que nunca logró superar. A pesar de las exhortaciones del Consejo General de Londres, fue incapaz tanto de trascender el carácter nacionalista de muchos de sus grupos afiliados como de incluir a los trabajadores y a las trabajadoras nacidos en el «Nuevo mundo». El Comité Central de la Internacional para Norteamérica, fundado por las secciones alemana, francesa y checa en diciembre de 1870, fue el único en toda la historia de la Internacional que estuvo compuesto exclusivamente por personas «nacidas en el extranjero». El aspecto más llamativo de esta anomalía fue que la Internacional en los Estados Unidos nunca dispuso de un órgano de prensa en idioma inglés. A comienzos de los años 1870, la Internacional llegó a tener un total de cincuenta secciones y una membresía de 4000 personas, pero esto representaba a una pequeña porción de una fuerza de trabajo industrial que, solo en Norteamérica, estaba compuesta por más de dos millones de personas.

La cumbre y la crisis
El momento más importante en la historia de la Internacional coincidió con la Comuna de París. En marzo de 1871, luego del fin de la guerra franco-prusiana, los trabajadores y las trabajadoras de París se levantaron contra el nuevo gobierno de Adolphe Thiers y tomaron el poder en la ciudad. De allí en adelante, la Internacional estuvo en el centro de la tormenta y ganó mucha fama. Para el capital y las clases medias representaba una gran amenaza al orden establecido, mientras que entre las clases trabajadoras alimentaba las esperanzas de un mundo sin explotación e injusticia. El movimiento obrero tenía una enorme vitalidad y esto se volvió visible en todas partes. Creció el número de periódicos vinculados a la Internacional y creció su total de ventas. La insurrección de París fortaleció al movimiento obrero, impulsándolo a adoptar posiciones más radicales y a intensificar su militancia. Una vez más, Francia demostró que la revolución era posible, aclarando que el objetivo era construir una sociedad distinta del capitalismo, y probó también que, para llegar a este punto, los trabajadores y las trabajadoras deberían crear formas de asociación política duraderas y bien organizadas. El paso siguiente consistía, como afirmó Marx, en comprender que «el movimiento económico de la clase trabajadora y su acción política están indisolublemente unidos». Esto llevó a que la Internacional, durante la Conferencia de Londres de 1871, presionara para fundar un instrumento fundamental para el movimiento obrero moderno: el partido político. Por supuesto, debe tenerse en cuenta que la comprensión que se tenía de este instrumento era mucho más amplia que la que adoptaron las organizaciones comunistas después de la Revolución de Octubre.
Cuando la Internacional se disolvió luego del Congreso de La Haya de 1872, se había convertido en una organización muy distinta de la que había sido durante la época de su fundación: el reformismo no representaba más a la mayoría de la organización y el anticapitalismo se había convertido en la línea política de toda la Asociación (incluyendo nuevas tendencias, como el anarquismo liderado por Mikhail Bakunin). La situación general también había cambiado. La unificación de Alemania en 1871 confirmó el inicio de una nueva época, cuya forma principal de identidad territorial, legal y política era el Estado nación.

La configuración inicial de la Internacional quedó desfasada de la coyuntura en el mismo momento en el que concluyó su misión original. La tarea no era más la de coordinar y apoyar las huelgas en toda Europa ni la de exigir a los congresos que reconozcan la utilidad de los sindicatos o la necesidad de socializar la tierra y los medios de producción. Estos temas ahora eran parte de la herencia colectiva de la organización. Luego de la Comuna de París, el desafío real para el movimiento obrero se transformó en la búsqueda de una forma de organizarse para poner fin al modo de producción capitalista y derrocar las instituciones del mundo burgués.

El Internacionalismo ayer y hoy
El 156° aniversario de la Primera Internacional se desarrolla en un contexto muy diferente. Un abismo separa la esperanza de aquella época de la desconfianza que caracteriza a la nuestra, el espíritu antisistémico y la solidaridad de la Internacional de la subordinación ideológica y el individualismo de un mundo reestructurado por la competencia y la privatización neoliberal.
El mundo del trabajo sufrió una derrota histórica y la izquierda todavía se encuentra en medio de una crisis profunda. Luego de un largo período de políticas neoliberales, el sistema contra el cual los trabajadoras y las trabajadoras lucharon, logrando victorias importantes, ha vuelto a imponer condiciones de explotación similares a las del siglo XIX. Las «reformas» del mercado de trabajo –un término despojado hoy de cualquier sentido progresista que pueda haber tenido en sus orígenes– que han introducido año tras año mayor «flexibilidad» y mejores condiciones para que las empresas despidan a los trabajadores y a las trabajadoras, han creado desigualdades más profundas. Luego del colapso del bloque soviético se impusieron también otras transformaciones políticas y económicas importantes. Entre estas se cuentan los cambios sociales generados por la globalización, los desastres ecológicos ocasionados por el modo de producción imperante, una brecha creciente entre una minoría rica y explotadora y una gran mayoría empobrecida, una de las crisis más grandes de la historia del capitalismo (desatada en 2008), los tempestuosos vientos de guerra, el racismo, el chovinismo y, más recientemente, la pandemia del COVID-19.

En un contexto como este, la solidaridad de clase es algo todavía más indispensable que en el pasado. Fue Marx quien puso de relieve que la confrontación que se da al interior del pueblo trabajador, incluyendo la que enfrenta al proletariado nativo frente al extranjero (que en general sufre la discriminación), es un elemento esencial de la forma en que ejercen el poder las clases dominantes. No caben dudas de que es necesario inventar nuevas formas de organizar el conflicto social, los partidos políticos y los sindicatos, y de que no podemos reproducir esquemas utilizados hace 150 años. Pero la vieja lección de la Internacional, según la cual los trabajadores y las trabajadoras son derrotados si no logran organizar un frente único de todas las personas que sufren la explotación, sigue vigente. Si no seguimos esta enseñanza, el único escenario que cabe esperar es la guerra entre los más pobres y la competencia desenfrenada entre los individuos.

La barbarie del «orden mundial» imperante requiere que el movimiento obrero contemporáneo se reorganice urgentemente en función de dos rasgos característicos de la Internacional: la diversidad de su estructura y el radicalismo de sus objetivos. Las metas que se propuso la organización fundada en Londres en 1864 son hoy más oportunas que nunca. Para estar a la altura de los desafíos del presente, la nueva Internacional no puede evadir estos dos requisitos: pluralismo y anticapitalismo.

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Sociedades precapitalistas y países no europeos las investigaciones del último Marx (Talk)

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Luís Leiria, Esquerda.net

Uma visita aos últimos anos da vida de Marx

Alguns dos mais importantes biógrafos de Marx desvalorizaram os seus últimos anos de vida como aqueles em que a atividade intelectual já entrara num declínio, provocado pelas precárias condições de saúde.

Riazanov, por exemplo, escreveu que, de 1881 a 1883, ano da sua morte, Marx perdera a sua capacidade de trabalho criativo, embora nunca tivessem diminuído o “gosto e a capacidade de pesquisa”. Isaiah Berlin afirmou que “nos últimos dez anos de vida, […] Marx escreveu cada vez menos, e aquilo que escrevia era cada vez mais complicado e obscuro.”

O livro “Os últimos anos de Marx – uma biografia intelectual”, agora publicado em português pela editora Parsifal, contraria esta ideia e mais, apresenta-nos um Marx que mantinha a curiosidade e a capacidade de trabalho suficientes para desbravar novos caminhos e repensar ideias que pareciam inabaláveis, e isto apesar dos problemas de saúde que enfrentava.

Investigador e professor da Universidade de York, em Toronto, o italiano Marcello Musto é um dos académicos que se têm debruçado sobre o material que está a ser publicado e preparado para edição nos últimos anos. Trata-se de um novo impulso dado à publicação das obras completas de Marx e Engels, conhecida pela sigla MEGA2, de Marx-Engels-Gesamtausgabe, que foi retomada em 1998.

São milhares de páginas, que constituirão novos volumes e vão trazer ao público todos os manuscritos preparatórios de “O Capital”, novas versões de obras como “A Ideologia Alemã”, cadernos de notas (mais de 200), com resumos (compêndios) dos livros lidos por Marx, acompanhados das suas reflexões sobre eles; todas as cartas recebidas por Marx e Engels (e não só as que eles escreveram) e muitos mais materiais que, em grande parte, encontravam-se disponíveis só em alemão e por isso estavam ao alcance de “um círculo restrito de académicos”, explica Musto.

“Expulso pela porta da frente, entra pela janela das traseiras”

A retomada destas edições corresponde a um novo interesse pela obra de Karl Marx, particularmente evidente desde a grande crise financeira de 2008. “Há uma velha história sobre Marx: expulsem-no pela porta da frente, que ele volta a entrar pela janela das traseiras”, comenta Immanuel Wallerstein (1930-2019), numa entrevista publicada em anexo neste volume.

Marcelo Musto apresenta-nos o que ele chama de “biografia intelectual” dos três últimos anos da vida de Marx, prometendo complementá-la com outro trabalho sobre o mesmo período, mas exclusivamente teórico. Nesta “biografia”, o autor descreve-nos os manuscritos produzidos por Marx de 1881 a 1883, que vão desde o estudo aprofundado de novas disciplinas, como a antropologia, à releitura da teoria da transição para o socialismo suscitada por uma questão concreta apresentada por uma revolucionária russa, ao comentário político de atualidade, onde ressalta o interesse do velho revolucionário sobre países como a Irlanda e a sua luta de libertação – que recebe o apoio de Marx – ou a sua firme oposição à opressão colonial na Índia, no Egito e na Argélia.

Estes documentos, argumenta Marcello Musto, evidenciam “o oposto de um autor eurocêntrico, economicista e absorvido exclusivamente pela luta de classes”.

Os manuscritos são apresentados no seu contexto histórico e da vida de Marx, que o autor sintetiza numa curta cronologia.

O escritório de Marx

Uma curiosidade desta biografia é a descrição das condições em que Marx produziu a sua monumental obra. A escrivaninha onde ele trabalhava mal tinha espaço para o abajur verde, as folhas onde escrevia e alguns livros dos quais transcrevia as citações que lhe interessavam. Diante desta escrivaninha, havia outra mesa coberta de livros e papéis, numa aparente desordem onde, no entanto, Marx localizava com precisão e rapidez o livro ou o caderno de que necessitava. Para Marx, contava Lafargue, os livros eram “instrumentos de trabalho, não objetos de luxo. ‘São meus escravos e devem obedecer à minha vontade’, dizia. Maltratava-os sem receio […], dobrava as pontas das páginas, cobria as margens com sinais a lápis, sublinhava-os. […] Graças ao método que empregava para sublinhar, conseguia reencontrar com a maior facilidade a passagem procurada num livro”.

As paredes do escritório estavam cobertas por uma “muralha intransponível de estantes” com secções de Economia (a mais fornecida), de Teoria Política, de História e de Filosofia, e ainda uma de Literatura. Quanto a idiomas, os volumes em alemão constituíam cerca de um terço do total, ocupando as obras em inglês e em francês um quarto cada. O restante espaço era ocupado na sua maioria por livros em russo, língua que Marx aprendera a partir de 1869 “para poder estudar diretamente as obras que descreviam as transformações em curso naquele país”.

Segundo Lafargue, Marx “trabalhava caminhando. Sentava-se apenas por breves instantes, para pôr no papel aquilo em que havia pensado enquanto perambulava.” Um divã de couro propiciava o repouso depois de tantas horas debruçado na escrivaninha ou caminhando às voltas no escritório.

Contra os esquemas: o caso das comunas rurais na Rússia

Um dos capítulos mais interessantes do livro é o que se refere à discussão sobre o desenvolvimento do capitalismo na Rússia e mais especificamente à atitude dos socialistas face às comunas rurais, onde regia a propriedade comunitária pré-capitalista.

Parece tratar-se de uma discussão muito específica e de importância limitada, mas não é. Porque o que estava em causa ia muito além do destino de um tipo de propriedade arcaica e da política que os socialistas deviam ter em relação a ela. A discussão de fundo era sobre uma interpretação esquemática de Marx que, como veremos, era totalmente alheia ao seu espírito crítico, interpretação essa que defendia que todos os países seriam forçados a passar pela fatalidade histórica de uma “etapa” de desenvolvimento capitalista antes de poderem pensar em socialismo, independentemente das suas características próprias.

A questão nasceu numa carta, de fevereiro de 1881, que a revolucionária russa Vera Zasulitch enviou a Marx, pedindo-lhe uma opinião sobre o debate acerca do possível destino da comuna rural na Rússia, questão que ela considerava ser “de vida ou de morte” para os militantes russos.

O debate era resumido desta forma: de um lado, havia os que consideravam que, libertas das exigências do fisco, dos pagamentos à nobreza e da administração arbitrária, as comunas rurais poderiam desenvolver-se pela via socialista, isto é, organizar a produção e distribuição de produtos em bases coletivistas; e neste caso, “os socialistas revolucionários devem envidar todos os esforços em prol da libertação da comuna e do seu desenvolvimento”, escrevia a militante russa, partidária desta argumentação.

A ela se contrapunham os defensores da ideia de que a comuna estava destinada a perecer, engolida pelo capitalismo, passando as terras dos camponeses para as mãos da burguesia, devendo por isso os socialistas revolucionários “fazer propaganda apenas entre os trabalhadores urbanos”, sendo que os camponeses chegarão às cidades, “em decorrência da dissolução das comunas”, “em busca de salário”. Os que defendiam esta posição, explicava Zasulitch, diziam-se “marxistas” e alegavam basear-se em Marx para afirmar a inevitabilidade do perecimento da comuna rural.

Assim, a revolucionária russa pedia uma resposta em que Marx expusesse as suas ideias sobre o possível destino da comuna rural e sobre “a teoria da necessidade histórica de todos os países do mundo passarem por todas as fases da produção capitalista”.

A importância que Marx deu à questão foi tal que escreveu três esboços, todos eles muito longos, até por fim enviar a Zasulitch uma resposta mais curta. Nela, Marx negava conhecer os “marxistas” mencionados pela militante russa, adiantando que os russos seus conhecidos tinham pontos de vista “totalmente opostos” ao que ela descrevera. E esclarecia que quando dissera que ao longo da história europeia a propriedade comunal desaparecera com o crescente progresso social, ele se baseara exclusivamente nas experiências da Europa ocidental.

Uma revolução para salvar as comunas rurais

Para Marx, não era forçoso que o itinerário histórico da comuna agrícola da Rússia fosse o mesmo. Lembrando que a Rússia era “contemporânea de uma cultura superior e encontra-se ligada a um mercado mundial, no qual predomina a produção capitalista”, Marx afirmava que a comuna rural estava em condições de “incorporar as conquistas positivas realizadas pelo sistema capitalista sem passar pelas suas forcas caudinas”1

Referindo-se aos que defendiam que o capitalismo era uma etapa irrenunciável para a Rússia, Marx ironizava perguntando se a Rússia também teria de passar por um longo período de incubação da indústria mecânica para ter acesso a máquinas, barcos a vapor e ferrovias.

No caso da comuna rural russa, sustentava Marx, a questão não era de um problema a resolver, mas “pura e simplesmente de um inimigo a derrotar. Para salvar a comuna russa é preciso que haja uma revolução russa.”

No ano seguinte, Marx voltaria ao tema no Prefácio à nova edição russa do “Manifesto do Partido Comunista”, escrito junto com Engels. Neste notável texto, o destino da comuna rural é associado ao da luta proletária dos países europeus: “se a revolução russa se constituir no sinal para a revolução proletária no Ocidente, de modo que uma complemente a outra, a atual propriedade comum da terra na Rússia poderá servir de ponto de partida para uma evolução comunista”.

Anos mais tarde, em 1905, Trostsky formularia a teoria da revolução permanente, cujas origens são atribuídas a Aleksandr Parvus. Não sabemos se Trotsky conhecia a carta a Zasulitch, o que é improvável pois esta nunca terá chegado à destinatária; mas conhecia sem dúvida o Prefácio de Marx e Engels de 1882. A argumentação do revolucionário russo vai exatamente no mesmo sentido (esta última opinião é do autor destas linhas e não consta do livro que estamos a resenhar).

“Aquela estupidez do salário mínimo”

Outra curiosidade deste livro é a publicação, em apêndice, do programa da Federação do Partido dos Trabalhadores de França, escrito por Marx, por Engels e por Jules Guesde em maio de 1880 e adotado no congresso em Havre, em novembro do mesmo ano. Referindo-se a ele, Marx dizia: “… a parte económica desse documento muito breve contém – afora algumas linhas introdutórias que definem, em poucas palavras, o objetivo comunista – apenas as reivindicações que brotaram espontaneamente do seio do movimento operário. Ter feito os trabalhadores franceses descerem das suas nuvens verbais para o chão da realidade foi um passo realmente importante, ainda que a coisa tenha suscitado a indignação de todos aqueles teorizantes franceses que ganham a vida ‘fabricando nuvens’”.

A redação do programa, porém, não foi totalmente pacífica porque Marx opunha-se à reivindicação de garantia de um salário mínimo. A filha mais velha de Marx, Jenny Longuet, relatou assim a discussão entre o pai e Guesde numa carta enviada ao marido, Charles Longuet: “Em relação à questão da garantia de um salário mínimo, talvez te interesse saber que o pai fez de tudo para convencer Guesde a não o incluir no seu programa, explicando-lhe que uma medida desse tipo, caso fosse adotada, levaria ao resultado de que, com base nas leis económicas, o mínimo garantido se tornaria um máximo. Guesde, no entanto, manteve-se inflexível, alegando que assim se poderia conquistar, de todo modo, certa influência sobre a classe trabalhadora.”

Engels referiu-se à questão como “aquela estupidez do salário mínimo”, e Marx, como sempre, não poupava palavras: “Com exceção de algumas asneiras, como o salário mínimo fixado por lei, etc., que Guesde achou necessário proporcionar aos trabalhadores franceses, apesar dos nossos protestos (…)”

 

1O termo “forcas caudinas” refere-se à Batalha das Forcas Caudinas, ocorrida em 321 a.C., e é usada no sentido de derrota humilhante.

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Sociedades precapitalistas y países no europeos: Las investigaciones del último Marx

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Revisitando la concepción de la alienación en Marx

I. Introducción
La alienación puede situarse entre las teorías más relevantes y discutidas del siglo XX, y la concepción de la misma elaborada por Marx asume un rol determinante en el ámbito de las discusiones desarrolladas sobre el tema.
Sin embargo, a diferencia de lo que se podría imaginar, el curso de su afirmación no fue en absoluto lineal, y la publicación de algunos textos inéditos de Marx conteniendo reflexiones sobre la alienación, han representado hitos significativos en la transformación y propagación de esta teoría.
A lo largo de los siglos, el término alienación fue utilizado muchas veces y con diferentes significados. En el discurso teológico, designaba la distancia entre el hombre y Dios; en las teorías del contrato social, servía para indicar la pérdida de la libertad originaria del individuo; mientras que en la economía política inglesa, fue utilizado para describir a la cesión de la propiedad privada de la tierra o de la mercancía. Sin embargo, la primera exposición filosófica sistemática de la alienación sólo apareció a comienzos del siglo XIX y fue obra de G. W. F. Hegel. En La fenomenología del espíritu (1807), Hegel hizo de la misma la categoría central del mundo moderno y adoptó los términos Entäusserung (literalmente, auto-exteriorización o renunciamiento) y Entfremdung (extrañamiento, escisión) para representar el fenómeno por el cual el espíritu deviene el otro de sí mismo en la objetividad. Esta problemática fue muy importante también para los autores de la izquierda hegeliana, y para la concepción de la alienación religiosa expuesta por Feuerbach en La esencia del cristianismo (1841) – o sea, la crítica del proceso por el cual el ser humano se convence de la existencia de una divinidad imaginaria y se somete a ella – contribuyendo en forma significativa al desarrollo del concepto. Posteriormente la alienación desapareció de la reflexión filosófica, y ninguno de los principales pensadores de la segunda mitad del siglo XIX le prestó una particular atención. Hasta el mismo Marx usó raramente el término en las obras publicadas durante su vida, y el término también estuvo totalmente ausente en el marxismo de la Segunda Internacional (1889-1914).
Sin embargo, durante este período, varios autores desarrollaron conceptos que luego serían asociados con la alienación. Émile Durkheim, por ejemplo, en sus obras La división del trabajo (1893) y El suicidio (1897), utilizó el término “anomia” para indicar un conjunto de fenómenos que se manifestaban en la sociedad, en los que las normas que garantizaban la cohesión social entraban en crisis a raíz del alto desarrollo de la división del trabajo. Las tendencias sociales que han tenido lugar luego de los inmensos cambios en el proceso productivo también constituyeron el fundamento de las reflexiones de sociólogos alemanes. George Simmel, en La filosofía del dinero (1900), dedicó mucha atención al predominio de las instituciones sociales sobre los individuos y la creciente despersonalización de las relaciones humanas, mientras Max Weber, en su Economía y sociedad (1922), explicó largamente los conceptos de la “burocratización” y el “cálculo racional” en las relaciones humanas, considerándolos como la esencia del capitalismo. Pero estos autores consideraban a estos fenómenos como hechos inevitables, y sus reflexiones reflejaban el deseo de mejorar el orden social y político existente, y por cierto, no el de reemplazarlo por otro diferente.

II. El redescubrimiento de la alienación
Fue gracias a György Lukács que se redescubrió la teoría de la alienación, cuando en Historia y conciencia de clase (1923) se refirió a ciertos pasajes de El capital de Marx (1867), en particular en el párrafo dedicado al “fetichismo de la mercancía” (Der Fetsichcharakter der Ware ) e elaboró el concepto de reificación (Verdinglichung, Versachlichung) para describir el fenómeno por el que la actividad laboral se contrapone al hombre como algo objetivo e independiente, y lo domina mediante leyes autónomas y ajenas a él. Pero en los tramos fundamentales, la teoría de Lukács era todavía similar a la hegeliana, pues concebía la reificación como “un hecho estructural fundamental”. Posteriormente, luego de que la aparición de una traducción francesa [1] le diera a esta obra una gran influencia entre los estudiosos y los militantes de izquierda, Lukács decidió republicar su texto en una nueva edición con un largo prólogo autocrítico (1967), en el cual, para aclarar su posición, afirmó que “Historia y conciencia de clase sigue a Hegel en la medida que, también en este libro, identifica a la extrañación con la objetificación”. [2]
Otro autor que en la década de 1920 prestó gran atención a esta temática fue Isaak Rubin, en cuyo libro Ensayos sobre la teoría marxista del valor (1928) afirmaba que la teoría del fetichismo de la mercancía constituía “la base de todo el sistema económico de Marx, y en particular de su teoría del valor”. [3] Para este autor ruso, la reificación de las relaciones sociales de producción representaba “un fenómeno real de la economía mercantil-capitalista”, [4] y consistía en la “materialización” de las relaciones de producción, y no una simple “mistificación” o ilusión ideológica:
Esa es una de las características de la estructura económica de la sociedad contemporánea (…) El fetichismo no sólo es un fenómeno de la conciencia social, sino del ser social.” [5]
A pesar de estas lúcidas ideas, proféticas sin consideramos la época en que fueron escritas, la obra de Rubin no logró contribuir a estimular el conocimiento de la teoría de la alienación, dado que sólo fue conocida en Occidente cuando se la tradujo al inglés en 1972 (y del inglés a otros idiomas). El hecho decisivo que revolucionó finalmente la difusión del concepto de alienación fue la aparición en 1932 de los Escritos económico-filosóficos de 1844, un texto inédito, perteneciente a la producción juvenil de Marx. De este texto emerge el rol principal o de primer plano que había conferido Marx a la teoría de la alienación durante una importante fase de la formación de su concepción: la del descubrimiento de la economía política. [6] En efecto, Marx, mediante la categoría del trabajo alienado (entfremdete Arbeit), [7] no sólo desplazó la problemática de la alienación desde la esfera filosófica, religiosa y política a la económica de la producción material; sino también hizo de esta última la premisa para poder comprender y superar las primeras. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, se describe a la alienación como el fenómeno mediante el cual el producto del trabajador surge frente a este último “como un ser ajeno, como una fuerza independiente del productor”. Para Marx:
… la enajenación [Entäusserung] del trabajador en su producto significa no solo que el trabajo de aquel se convierte en un objeto, en una existencia externa, sino que también el trabajo existe fuera de él, como algo independiente, ajeno a él; se convierte en una fuerza autónoma de él: significa que aquella vida que el trabajador ha concedido al objeto se le enfrenta como algo hostil y ajeno. [8]
Junto a esta definición general, Marx enumeró cuatro diferentes tipos de alienaciones que indicaban como era alienado el trabajador en la sociedad burguesa: a) del producto de su trabajo, que deviene “un objeto ajeno que tiene poder sobre él”; b) en su actividad laboral, que él percibe como “dirigida contra sí mismo”, como si “no le perteneciera a él” [9] ; c) del “ser genérico del hombre”, que se transforma en “un ser ajeno a él”; y d) de otros seres humanos , y en relación con su trabajo y el objeto de su trabajo. [10]
Para Marx, a diferencia de Hegel, la alienación no coincidía con la objetivación como tal, sino con una precisa realidad económica y con un fenómeno específico: el trabajo asalariado y la transformación de los productos del trabajo en objetos que se contraponen a sus productores. La diferencia política entre estas dos posiciones es enorme. Contrariamente a Hegel, que había representado la alienación como una manifestación ontológica del trabajo, Marx concebía este fenómeno como la característica de una determinada época de la producción, la capitalista, considerando que era posible superarla, mediante “la emancipación de la sociedad respecto de la propiedad privada”. [11] Consideraciones análogas fueron desarrolladas en los cuadernos que contenían extractos de Elementos de economía política, de de James Mill:
El trabajo sería la manifestación libre de la vida y por consiguiente, el disfrute de la vida. Pero en el marco de la propiedad privada, eso es la alienación de la vida, pues trabajo para vivir, para procurarme los medios de vida. Mi trabajo no es vida. Más aún, en mi trabajo se afirmaría el carácter específico de mi individualidad porque sería mi vida individual. El trabajo sería pues mi auténtica y activa propiedad. Pero en las condiciones de la propiedad privada mi individualidad es alienada hasta el punto en que esta actividad me es odiosa, para mí es una tortura y sólo la apariencia de una actividad y por lo tanto solo es una actividad forzada que se me impone, no por una necesidad interna, sino por una necesidad exterior arbitraria. [12]
De este modo, aún en estos fragmentarios y a veces vacilantes textos juveniles, Marx trató a la alienación siempre desde un punto de vista histórico, nunca desde un punto de vista natural.

III. Las concepciones no marxistas de la alienación
Sin embargo, pasaría mucho tiempo antes de que se pudiera afirmar una concepción histórica, no ontológica, de la alienación. En efecto, la mayor parte de los autores que, en las primeras décadas del siglo XX, se ocupó de esta problemática, lo hacía siempre considerándola un aspecto universal de la existencia humana. Por ejemplo, en Ser y Tiempo, Martín Heidegger (1927), abordó el problema de la alienación desde un punto de vista meramente filosófico y consideró a esta realidad como una dimensión fundamental de la historia. La categoría que usó para describir la fenomenología de la alienación fue la de la “caída” (Verfallen): es decir, la tendencia a estar-ahí (Dasein), – que en la filosofía heideggeriana indica la constitución ontológica de la vida humana – a perderse en la inautenticidad y el conformismo hacia el mundo que lo circunda. Para él, “el estado de caída en el ‘mundo’ designa el absorberse en la convivencia regida por la habladuría, la curiosidad y la ambigüedad”; un territorio, por consiguiente, completamente diferente de la fábrica y de la condición obrera fabril, que se hallaba en el centro de las preocupaciones y de las elaboraciones teóricas de Marx. Además, esta condición de la “caída” no era considerada por Heidegger como una condición “mala y deplorable que, en una etapa más desarrollada de la cultura humana, pudiera quizás ser eliminada”, sino más bien como una característica ontológico-existencial, “un modo existencial de estar-en-el-mundo.” [13]
También Herbert Marcuse, que a diferencia de Heidegger conocía bien la obra de Marx, identificó la alienación con la objetivación en general, no con su manifestación en las relaciones capitalistas de producción. En un ensayo publicado en 1933, sostiene que “el carácter de ‘carga’ del trabajo” [14] no podía ser atribuido simplemente a “ciertas condiciones en la ejecución del trabajo, o sobre su condicionamiento técnico-social” [15] , sino que se debía considerar como uno de sus rasgos fundamentales:
Al trabajar, el trabajador está “en la cosa” tanto si está frente a una máquina, como desarrollando un plan técnico, tomando medidas de organización, investigando problemas científicos, o impartiendo enseñanzas, etc. En su hacer, él se deja guiar por la cosa, subordinándose y atándose a su normatividad, incluso cuando domina su objeto (…) En todo caso, el trabajador no está “consigo mismo”, (…) más bien se pone a disposición de lo-otro-que-él, está en ello, en eso-otro; incluso cuando ese hacer llena su propia vida, libremente aceptada. Esta enajenación y alienación de la existencia, (…) es por principio imposible de suprimir. [16]
Para Marcuse, por consiguiente, había una “negatividad esencial del trabajo” que él consideraba que pertenecía a “la negatividad enraizada en la entidad de la existencia humana misma.” [17] La crítica de la alienación deviene, así, una crítica de la tecnología y el trabajo en general. La superación de la alienación sólo se la consideraba posible en el momento del juego, momento en el cual el hombre podía alcanzar la libertad que se le negaba en la actividad productiva: “En un solo lanzamiento de una pelota del jugador, reside un triunfo infinitamente mayor de la libertad del ser humano sobre la objetividad que en la más grande realización de un trabajo técnico.” [18]
En Eros y civilización (1955), Marcuse tomó distancia de la concepción marxiana, de manera similar. Allí afirmó que la emancipación humana sólo podría realizarse mediante la liberación del trabajo y a través de la afirmación de la libido y el juego de las relaciones sociales. Descartaba definitivamente la posibilidad de superar la explotación mediante el nacimiento de una sociedad basada en la propiedad común de los medios de producción, puesto que el trabajo en general, no sólo el trabajo asalariado, era considerado como:
… trabajo que está al servicio de un aparato que ellos [la vasta mayoría de la población] no controlan, que opera como un poder independiente al que los individuos deben someterse si quieren vivir. Y este poder se hace más ajeno conforme la división del trabajo llega a ser más especializada. (…) Trabajan (…) enajenados (…). Porque el trabajo enajenado es la ausencia de gratificación, la negación del principio del placer.” [19]
La norma cardinal contra la que los seres humanos deberían rebelarse sería el “principio de actuación” impuesto por la sociedad. Pues, para Marcuse,
el conflicto entre la sexualidad y la civilización se despliega con este desarrollo de la dominación. Bajo el dominio del principio de actuación, el cuerpo y la mente son convertidos en instrumentos del trabajo enajenado; sólo pueden funcionar como tales instrumentos si renuncian a la libertad del sujeto-objeto libidinal que el organismo humano es y desea ser (…) El hombre existe (…) como un instrumento de la actuación enajenada. [20]
Por consiguiente, él sostiene que la producción material, aunque fuera organizada en forma justa y racional, “nunca podrá ser el campo de la libertad y la gratificación. (…) La esfera ajena al trabajo es la que define la libertad y su realización.” [21] La alternativa propuesta por Marcuse era abandonar el mito prometeico tan caro a Marx para llegar a un horizonte dionisíaco: la “liberación de Eros”. [22] A diferencia de Freud, quien había sostenido en La civilización y sus descontentos (1929) que una organización no represiva de la sociedad implicaría una regresión peligrosa del nivel de civilización alcanzado en las relaciones humanas, Marcuse estaba convencido de que, si la liberación de los instintos tuviera lugar en una “sociedad libre” tecnológicamente avanzada [23] al servicio del hombre, no sólo habría favorecido “un desarrollo del progreso” sino también creado “nuevas y durables relaciones de trabajo.” [24]
Pero sus indicaciones sobre cómo debería tomar cuerpo esta nueva sociedad fueron más bien vagas y utópicas. Marcuse terminó promoviendo la oposición al dominio tecnológico en general, por lo cual su crítica de la alienación ya no era más utilizada contra las relaciones capitalistas de producción, y comenzó a desarrollar reflexiones sobre el cambio social tan pesimistas como la de incluir a la clase obrera entre los sujetos que operaban en defensa del sistema.
La descripción de una alienación generalizada, producto de un control social invasivo y de la manipulación de las necesidades, creada por la capacidad de influencia de los medios de comunicación de masas, fue teorizada también por otros dos principales exponentes de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer y Theodor Adorno. En Dialéctica del iluminismo (1944) afirmaron que “la racionalidad técnica es hoy la racionalidad del dominio. Y el carácter forzado (…) de la sociedad alienada de sí misma.” [25] De este modo, habían puesto en evidencia que, en el capitalismo contemporáneo, incluso la esfera del tiempo del ocio, libre y alternativa al trabajo, había sido absorbida en los engranajes de la reproducción del consenso.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el concepto de la alienación también llegó al psicoanálisis. Quienes se ocuparon partieron de la teoría de Freud, por la cual, en la sociedad burguesa, el hombre está puesto ante la necesidad de elegir entre la naturaleza y la cultura, y para poder disfrutar la seguridad garantizada por la civilización debe necesariamente renunciar a sus propias pulsiones. [26] Algunos psicólogos relacionaron a la alienación con las psicosis que se manifestaban, en algunos individuos como resultado de esta conflictiva elección. Por consiguiente, toda la vasta problemática de la alienación quedaba reducida a un mero fenómeno subjetivo. El autor que más se ocupó de la alienación desde el psicoanálisis fue Erich Fromm. A diferencia de la mayoría de sus colegas, jamás separó sus manifestaciones del contexto histórico capitalista; en verdad, con sus libros La sociedad sana (1955) y El concepto del hombre en Marx (1961) se sirvió de este concepto para tratar de construir un puente entre el psicoanálisis y el marxismo. Pero asimismo, Fromm afrontó esta problemática privilegiando siempre el análisis subjetivo, y su concepción de la alienación, a la que resumió como “un modo de experiencia en el que el individuo se percibe a sí mismo como un extraño” [27] , siguió estando muy circunscripta al individuo. Además, su interpretación del concepto en Marx sólo se basó en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 y se caracterizó por una profunda incomprensión de la especificidad y la centralidad del concepto del trabajo alienado en el pensamiento de Marx. Esta laguna le impidió dar la debida importancia a la alienación objetiva (la del trabajador en el proceso laboral y respecto al producto de su trabajo) y lo llevó a sostener, precisamente por haber pasado por alto la importancia de las relaciones productivas, posiciones que parecen hasta ingenuas:
Marx creía que la clase trabajadora era la clase más enajenada (…) No previó la medida en la que la enajenación había de convertirse en la suerte de la gran mayoría de la gente (…) El empleado, el vendedor, el ejecutivo, están actualmente todavía más enajenados que el trabajador manual calificado. El funcionamiento de este último todavía depende de la expresión de ciertas cualidades personales, como la destreza, el desempeño de un trabajo digno de confianza, etc., y no se ve obligado a vender en el contrato su “personalidad”, su sonrisa, sus opiniones. [28]
Entre las principales teorías no marxistas de la alienación hay que mencionar, por último, la asociada con Jean-Paul Sartre y los existencialistas franceses. En la década de 1940, en un período caracterizado por los horrores de la guerra, de la consiguiente crisis de la conciencia y, en el panorama francés, del neohegelianismo de Alexandre Kojève [29] , el fenómeno de la alienación fue considerado como una referencia frecuente, tanto en la filosofía como en la literatura narrativa [30] . Sin embargo, también en estas circunstancias, la concepción de la alienación asume un perfil mucho más genérico que el que expuso Marx. Esa concepción se identificaba con un descontento confuso del hombre en la sociedad, con una separación entre la personalidad humana y el mundo de la experiencia, y, significativamente, como una condition humaine no eliminable. Los filósofos existencialistas no proporcionaban un origen social específico para la alienación, sino que la asimilaban con toda “facticidad” (sin duda, el fracaso de la experiencia soviética favoreció la afirmación de esta posición), concebían la alienación como un sentido genérico de la alteridad humana. En 1955, Jean Hippolyte expuso esta posición en una de las obras más significativas de esta tendencia filosófica: Ensayos sobre Marx y Hegel, del siguiente modo:
[la alienación] no parece ser reducible solamente al concepto de la alienación del hombre bajo el capitalismo, tal como la comprende Marx. Esta última sólo es un caso particular de un problema más universal de la autoconciencia humana que, no pudiendo autoconcebirse como un cogito aislado, sólo puede auto-reconocerse en un mundo que construye, en los otros yoes que reconoce y por quienes es ocasionalmente enajenado. Pero esta forma de autodescubrimiento a través del Otro, esta objetivación, siempre es más o menos una alienación, una pérdida del yo y simultáneamente un autodescubrimiento. De esta manera la objetivación y la alienación son inseparables, y su unión es simplemente la expresión de una tensión dialéctica observada en el mismo movimiento de la historia. [31]
Marx había contribuido a desarrollar una crítica del sometimiento humano, basada en el antagonismo con las relaciones capitalistas de producción. Los existencialistas, en cambio, siguieron una trayectoria opuesta, tratando de reabsorber el pensamiento de Marx, a través de aquellas partes de su obra juvenil que podían resultar más útiles para sus propias tesis, en una discusión sin una crítica histórica específica [32] y a veces meramente filosófica.

IV. El debate sobre el concepto de alienación en los escritos juveniles de Marx
En la discusión sobre la alienación que se desarrolló en Francia, se recurrió frecuentemente a la teoría de Marx. Sin embargo, en este debate, a menudo sólo se examinaban a los Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Ni siquiera se ponían en consideración los fragmentos de El capital sobre los que Lukács había construido su teoría de la reificación en los años veinte. Más aún, a algunas frases de los Manuscritos de 1844 se las separaba completamente de su contexto y eran transformadas en citas sensacionalistas que supuestamente se destinaban a demostrar la existencia de un “nuevo Marx” radicalmente diferente de lo que hasta entonces se conocía, saturado de filosofía y exento del determinismo económico que atribuían algunos críticos a El capital (a menudo, sin haberlo leído). Aunque también respetaban al manuscrito de 1844, los existencialistas franceses privilegiaron exageradamente al concepto de la autoalienación (Selbstentfremdung), o sea el fenómeno de la alienación del trabajador respecto del género humano y de otros como él – un fenómeno que Marx había tratado en sus escritos juveniles, pero siempre en relación con la alienación objetiva.
El mismo error, pero más flagrante, lo cometió una exponente del primer plano del pensamiento filosófico-político de posguerra, Hannah Arendt. En La condición humana (1958), construyó su interpretación del concepto de la alienación en Marx sólo en base a los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, y además, privilegiando, entre las tantas tipologías de la alienación que indicaba Marx, exclusivamente la subjetiva. Esto le permitía afirmar:
(…) la expropiación y la alienación del mundo coinciden, y la época moderna, en contra de las intenciones de los personajes de la obra, comenzó a alienar del mundo a ciertos estratos de la población. (…) La alienación del mundo, y no la propia alienación, como creía Marx, ha sido la marca de contraste de la edad moderna. [33]
Una demostración de su escasa familiaridad con las obras de la madurez de Marx es el hecho de que al señalar que Marx “no desconocía por completo las implicancias de la alienación del mundo en la economía capitalista”, se refería sólo a unas pocas líneas en su muy temprano artículo, “Los debates sobre la Ley acerca del robo de leña” (1842), y no a las decenas de páginas, mucho más importantes, contenidas en El capital y en los manuscritos preparatorios que precedieron a este libro. Y su sorprendente conclusión fue que “esas ocasionales consideraciones desempeñan un papel menor en su obra, que permaneció firmemente enraizada en el extremo subjetivismo de la época moderna” [34] ¿Dónde y de qué modo Marx había privilegiado la “autoalienación” en sus análisis de la sociedad capitalista? Esta cuestión sigue siendo un misterio que Arendt jamás dilucidó en sus textos.
En la década de 1960, la exégesis de la teoría de la alienación en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 se convirtió en una de las principales manzanas de la discordia en la interpretación general de la obra de Marx. Es en este período que se concibe la distinción entre dos presuntos Marx: el “joven Marx” y el “Marx maduro”. Esta oposición arbitraria y artificial era alentada por quienes preferían al Marx de las primeras obras filosóficas y por quienes opinaban que el único Marx verdadero era el Marx de El capital (entre ellos Louis Althusser y los académicos rusos). Mientras que los primeros consideraban a la teoría de la alienación en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 como la parte más importante de la crítica social de Marx, los últimos exhibían una verdadera “fobia a la alienación” y al principio trataron de minimizar su relevancia; [35] o, cuando esta estrategia no fue más posible, descartaron todo el tema de la alienación como “un pecado de juventud, un residuo de hegelianismo” [36] posteriormente abandonado por Marx. Los primeros omitieron el hecho de que la concepción de la alienación contenida en los Manuscritos de 1844 había sido escrita por un autor de 26 años, que recién emprendía sus estudios principales; los segundos en cambio se negaron a reconocer la importancia de la teoría de la alienación en Marx, aún cuando la publicación de nuevos textos inéditos evidenció que él jamás había dejado de ocuparse de ella en el curso de su vida y que esta teoría, aun con modificaciones, había conservado un lugar relevante en las principales etapas de la elaboración de su pensamiento.
Sostener, como decían muchos, que la teoría de la alienación contenida en los Manuscritos de 1844 fuese el tema central del pensamiento de Marx es una falsedad que indica solamente la escasa familiaridad con su obra por parte de los que defienden esta tesis. [37] Por el otro lado, cuando Marx volvió a ser el autor más discutido y citado en la literatura filosófica mundial, precisamente por sus páginas inéditas relativas a la alienación, el silencio de la Unión Soviética sobre esta temática, y sobre las controversias asociadas con él, ofrece un ejemplo de la utilización instrumental que se hizo de sus escritos en ese país. Pues la existencia de la alienación en la Unión Soviética y sus satélites fue simplemente negada, y a todos los textos que trataban esta problemática se los consideraba sospechosos. Según Henri Lefebvre, “en la sociedad soviética, ya no debía, ya no podía haber una cuestión de alienación. El concepto debía desaparecer, por orden superior, por razones de estado”. [38] En consecuencia, hasta los años setenta, fueron muy pocos los autores que, en el llamado “campo socialista” escribieron sobre las obras en cuestión. En fin, también algunos escritores occidentales consagrados subestimaron la complejidad del fenómeno. Es el caso de Lucien Goldmann, que se ilusiona sobre la posible superación de la alienación en las condiciones económico-sociales de la época, y en sus Recherches dialectiques (1959) sostuvo que podría desaparecer, o revertirse, gracias al mero efecto de la planificación. “La reificación es en realidad un fenómeno estrechamente ligado a la ausencia de planificación y con la producción para el mercado”; el socialismo soviético en el Este y las políticas keynesianas en Occidente traerían “el resultado de una supresión de la reificación en el primer caso, y un debilitamiento progresivo en el segundo.” [39] La historia ha mostrado la falacia de sus pronósticos.

V. El irresistible encanto de la teoría de la alienación
A partir de los años sesenta estalló una verdadera moda relativa a la teoría de la alienación y, en todo el mundo aparecieron cientos de libros y artículos sobre el tema. Fue la época de la alienación tout court. Autores diversos entre sí por su formación política y competencia disciplinaria atribuyeron la causa de este fenómeno a la mercantilización, a la excesiva especialización del trabajo, a la anomia, a la burocratización, al conformismo, al consumismo, a la pérdida de un sentido del yo, que se manifiestan en la relación con las nuevas tecnologías, e incluso al aislamiento del individuo, a la apatía, la marginalización social o étnica, y a la contaminación ambiental.
El concepto de la alienación parecía reflejar a la perfección el espíritu de la época, y constituir también el terreno del encuentro, en la elaboración de la crítica a la sociedad capitalista, entre el marxismo filosófico y antisoviético y el catolicismo más democrático y progresista. Sin embargo, la popularidad del concepto, y su aplicación indiscriminada, crearon una profunda ambigüedad terminológica. [40] De este modo, en el curso de pocos años, la alienación se convirtió en una fórmula vacía que englobaba todas las manifestaciones de la infelicidad humana, y la enorme ampliación de sus nociones generó la convicción de la existencia de un fenómeno tan extendido que parecería ser inmodificable. [41] Con el libro de Guy Debord, La sociedad del espectáculo, que luego de su aparición en 1967, pronto se convirtió en un verdadero manifiesto de crítica social para la generación de estudiantes que se rebelaban contra el sistema, la teoría de la alienación se enlazó con la crítica a la producción inmaterial. Recuperando las tesis de Horkheimer y Adorno, según las cuales en la sociedad contemporánea hasta el entretenimiento estaba siendo subsumido en la esfera de la producción del consenso con el orden social existente. Debord afirmó que en las presentes circunstancias el no-trabajo ya no podía ser considerado como una esfera diferente de la actividad productiva:
Mientras que en la fase primitiva de la acumulación capitalista “la economía política no ve en el proletariado sino al obrero” que debe recibir el mínimo indispensable para la conservación de su fuerza de trabajo, sin considerarlo jamás “en su ocio, en su humanidad”, esta posición de las ideas de la clase dominante se invierte tan pronto como el grado de abundancia alcanzado en la producción de mercancías exige una colaboración adicional del obrero. Este obrero redimido de repente del total desprecio que le notifican claramente todas las modalidades de organización y vigilancia de la producción, fuera de ésta se encuentra cada día tratado aparentemente como una persona importante, con solícita cortesía, bajo el disfraz de consumidor. Entonces el humanismo de la mercancía tiene en cuenta “el ocio y la humanidad” del trabajador, simplemente porque ahora la economía política ahora puede y debe dominar esas esferas. [42]
Para Debord, si el dominio de la economía sobre la vida social inicialmente se había manifestado mediante una “degradación del ser en el tener”, en la “fase presente” se verificaba un “deslizamiento generalizado del tener hacia el parecer.” [43] Tales reflexiones lo impulsaron a cuestionar en el centro de su análisis al mundo del espectáculo: “En la sociedad el espectáculo corresponde a una fabricación concreta de la alienación,” [44] el fenómeno mediante el cual “el principio del fetichismo de la mercancía (…) se cumple de un modo absoluto.” [45] En estas circunstancias, la alienación se afirmaba a tal punto de convertirse incluso en una experiencia entusiasmante para los individuos, los cuales, dispuestos por este nuevo opio del pueblo al consumo y a “reconocerse en las imágenes dominantes,” [46] se alejaban siempre más, al mismo tiempo, de sus propios deseos y existencia real:
El espectáculo señala el momento en que la mercancía ha alcanzado la ocupación total de la vida social (…) la producción económica moderna extiende su dictadura extensiva e intensamente (…) En este punto de la “segunda revolución industrial”, el consumo alienado se convierte para las masas, en un deber añadido a la producción alienada. [47]
Siguiendo a Debord, Jean Baudrillard también utilizó el concepto de alienación para interpretar críticamente las mutaciones sociales que intervinieron con el capitalismo maduro. En La sociedad de consumo (1970), identificó en el consumo al factor primario de la sociedad moderna, tomando así distancia de la concepción marxiana, anclada en la centralidad de la producción. Según Baudrillard, la “era del consumo”, en la que la publicidad y las encuestas de opinión creaban necesidades ficticias y consensos masivos, se convertía también en “la era de la alienación radical”.
La lógica de la mercancía se ha generalizado y hoy gobierna, no sólo al proceso del trabajo y los productos materiales, sino también la cultura en su conjunto, la sexualidad, las relaciones humanas, hasta las fantasías y las pulsiones individuales (…) Todo se vuelve espectáculo, es decir, todo se presenta, se evoca, se orquesta en imágenes, en signos, en modelos consumibles. [48]
Sin embargo, sus conclusiones políticas eran más bien confusas y pesimistas. Frente a una gran etapa de fermento social, él acusó a “los contestatarios del mayo francés” de haber caído en la trampa de “súper-reificar los objetos y el consumo dándoles un valor diabólico”; y criticó a “todos los discursos sobre la ‘alienación’, todo el escarnio del pop y el anti-arte”, por haber creado una “acusación que es parte del mito, de un mito que completan entonando el contracanto en la liturgia formal del Objeto.” [49] Así pues, alejado del marxismo, que veía en la clase obrera el sujeto social de referencia para cambiar el mundo, finalizó su libro con una apelación mesiánica, tan genérica cuanto efímera: “Habrá que esperar las irrupciones brutales y las disgregaciones súbitas que, de manera tan imprevisible pero segura, como las de mayo de 1968, terminen por desbaratar esta misa blanca.” [50]

VI. La teoría de la alienación en la sociología norteamericana
En la década de 1950, el concepto de la alienación también ingresó en el vocabulario de la sociología norteamericana. Pero el enfoque sobre el tema fue completamente diferente respecto al prevaleciente en Europa. De hecho, en la sociología convencional se volvió a tratar la alienación como una problemática inherente al ser humano individual, no a las relaciones sociales, [51] y se dirigió la búsqueda de soluciones para su superación hacia la capacidad de adaptación de los individuos al orden existente, y no hacia las prácticas colectivas para cambiar la sociedad. [52]
También en esta disciplina reinó por largo tiempo una profunda incertidumbre acerca de una definición clara y compartida. Algunos autores evaluaron este fenómeno como un proceso positivo, porque era un medio de expresión de la creatividad del hombre e inherente a la condición humana en general. [53] Otra característica difundida entre los sociólogos estadounidenses fue la de considerar a la alienación como algo que surgía de la escisión entre el individuo y la sociedad. [54] Por ejemplo, Seymour Melman identificó la alienación en la separación entre la formulación y la ejecución de las decisiones, y la consideró como un fenómeno que afectaba tanto a los obreros como a los gerentes. [55] En el artículo “Una medida de la alienación” (1957), que inauguró un debate sobre el concepto en la American Sociological Review, Gwynn Nettler empleó el instrumento de la encuesta en el intento de establecer una definición. Pero en una forma muy distante de la tradición de la rigurosa investigación sobre las condiciones laborales realizadas en el movimiento obrero, su formulación del cuestionario pareció inspirarse más en los cánones macartistas de esa época que en los cánones de la investigación científica. [56]
Nettler, de hecho, representando a las personas alienadas como sujetos guiados por “un coherente mantenimiento de una actitud hostil e impopular contra la familia, los medios de comunicación de masas, los gustos masivos, la actualidad, la educación popular, la religión tradicional y la visión teleológica de la vida, el nacionalismo y el sistema electoral” [57] , identificó la alienación con el rechazo de los principios conservadores de la sociedad estadounidense.
La pobreza conceptual presente en el panorama sociológico norteamericano cambió luego de la publicación del ensayo de Melvin Seeman “Sobre el significado de la alienación” (1959). En este breve artículo, que pronto se convirtió en una referencia obligada para todos los estudiosos de la alienación, catalogó aquellos que él consideraba que eran sus cinco formas principales: la falta de poder, la falta de significado (o sea, la dificultad del individuo para comprender los acontecimientos en los que está insertado), la carencia de normas, el aislamiento y el extrañamiento de sí mismo [58] . Este listado muestra cómo también Seeman consideraba la alienación bajo un perfil principalmente subjetivo.
Robert Blauner, en su libro Alienation and Freedom (1964), expuso el mismo punto de vista. El autor definió la alienación como “una cualidad de la experiencia personal que resulta de tipos específicos de configuraciones sociales”, [59] y también hizo pródigos esfuerzos en su investigación, que lo condujo a rastrear las causas en “el proceso del trabajo en las organizaciones gigantescas y burocracias impersonales que saturan a todas las sociedades industriales.” [60]
En el ámbito de la sociología norteamericana, por consiguiente, la alienación fue concebida como una manifestación relativa al sistema de producción industrial, prescindiendo de si éste era capitalista o socialista, y como una problemática inherente sobre todo a la conciencia humana. [61] Este enfoque finalizó colocando en los márgenes, o incluso excluyendo, al análisis de los factores histórico-sociales que determinan la alienación, produciendo una especie de hiper-psicologización del análisis de este concepto, que fue asumida también en esta disciplina, además de en la psicología. Es decir, ya no consideraba más que la alienación era una cuestión social, sino que era una patología individual cuya solución sólo incumbía a cada individuo. [62] Mientras que en la tradición marxista el concepto de la alienación representaba uno de los conceptos más incisivos del modo capitalista de producción, en la sociología sufrió un proceso de institucionalización y terminó siendo considerado como un fenómeno relativo a la falta de adaptación de los individuos a las normas sociales. De igual modo, el concepto de alienación perdió el carácter normativo que había tenido en la filosofía (aún para autores que pensaban a la alienación como un horizonte insuperable) y se transformó en un concepto no evaluativo, al cual se le había despojado el contenido crítico originario. [63]
Otro efecto de esta metamorfosis de la alienación fue su empobrecimiento teórico. De un fenómeno global, relativo a la condición laboral, social e intelectual del hombre, fue reducido a una categoría limitada, parcializada en función de las investigaciones académicas. [64] Los sociólogos estadounidenses afirmaron que esta elección metodológica permitiría liberar la investigación de la alienación de sus connotaciones políticas y conferirle una objetividad científica. En realidad, este presunto giro apolítico tenía fuertes y evidentes implicancias ideológicas, pues tras la bandera de la des-ideologización y la presunta neutralidad de los valores se ocultaba el apoyo a los valores y al orden social dominante.
La diferencia entre la concepción marxista de la alienación y la de los sociólogos estadounidenses no consistía, por consiguiente, en el hecho de que la primera era política y la segunda era científica, sino al contrario, que los teóricos marxistas sostenían valores completamente diferentes a los valores hegemónicos, mientras que los sociólogos estadounidenses sostenían los valores del orden social existente, hábilmente disfrazados como valores eternos del género humano. [65] En la sociología, por lo tanto, el concepto de alienación sufrió una verdadera distorsión y ha llegado a ser utilizado por los defensores de aquellas mismas clases sociales contra las que dicho concepto había sido dirigido durante tanto tiempo. [66]

VII. La alienación en El capital y en sus manuscritos preparatorios
Los escritos de Marx tuvieron, obviamente, un rol fundamental para quienes intentaban oponerse a la tendencia, manifestada en el ámbito de las ciencias sociales, de cambiar el sentido del concepto de la alienación. La atención puesta en la teoría de la alienación en Marx, inicialmente centrada en sus Manuscritos económico-filosóficos de 1844, se desplazó, luego de la publicación de inéditos ulteriores, sobre los nuevos textos y con eso fue posible reconstruir desarrollo de sus elaboraciones, de los escritos juveniles a El capital.
En la segunda mitad de la década de 1840, Marx no utilizó tan frecuentemente la palabra “alienación”. Con excepción de La sagrada familia (1845), escrito con la colaboración de Engels, donde el término fue utilizado en algunos pasajes polémicos sobre algunos exponentes de la izquierda hegeliana, referencias a este concepto se encuentran solamente en un largo fragmento de La ideología alemana (1845-6), también escrito en conjunto con Engels:
La división del trabajo nos brinda ya el primer ejemplo de cómo (…) los actos propios del hombre se erigen ante él en un poder ajeno y hostil, que lo sojuzga, en vez de ser él quien los domine. (…) Esta plasmación de las actividades sociales, esta consolidación de nuestros propios productos en un poder material erigido sobre nosotros, sustraído a nuestro control, que levanta una barrera ante nuestra expectativa y destruye nuestros cálculos, es uno de los momentos fundamentales que se destacan en todo el desarrollo histórico anterior. (…) El poder social, es decir, la fuerza de producción multiplicada, que nace por obra de la cooperación de los diferentes individuos bajo la acción de la división del trabajo, se les aparece a estos individuos, por no tratarse de una cooperación voluntaria, sino natural, no como un poder propio, asociado, sino como un poder ajeno, situado al margen de ellos, que no saben de dónde procede ni a dónde se dirige y que, por tanto, no pueden ya dominar, sino que recorre, por el contrario, una serie de fases y etapas de desarrollo peculiar e independiente de la voluntad y los actos de los hombres y que incluso dirige esta voluntad y estos actos. Con esta “enajenación”, para expresarnos en términos comprensibles para los filósofos, sólo puede acabarse partiendo de dos premisas prácticas. Para que se convierta en un poder “insoportable”, es decir en un poder contra el que hay que sublevarse, es necesario que engendre a una masa de la humanidad como absolutamente “desposeída” y, a la par con ello, en contradicción con un mundo existente de riquezas y de cultura, lo que presupone, en ambos casos, un incremento de la fuerza productiva, un alto grado de su desarrollo [67].
Abandonado por sus autores el proyecto de publicar este último libro, posteriormente, en Trabajo asalariado y capital, que era una colección de artículos redactados en base a los apuntes utilizados para una serie de conferencias que dio a la Liga de Trabajadores Alemanes en Bruselas en 1847, y fue enviado a la imprenta en 1849, Marx vuelve a exponer la teoría de la alienación, pero al no poder dirigirse al movimiento obrero con un concepto que habría parecido demasiado abstracto, decidió no utilizar esta palabra. Escribió que el trabajo asalariado no entraba en la “actividad vital” del obrero, sino que representaba, más bien, un momento de “sacrificio de su vida”. La fuerza de trabajo es una mercancía que el obrero está forzado a vender “para poder vivir”, y “el producto de su actividad no [era] el propósito de su actividad”: [68]
… para el obrero que teje, hila, taladra, tornea, construye, cava, machaca piedras, carga, etc., por espacio de doce horas al día, ¿son estas doce horas de tejer, hilar, taladrar, tornear, construir, cavar y machacar piedras la manifestación de su vida, su vida misma? Al contrario, para él la vida comienza allí donde terminan estas actividades, en la mesa de su casa, en el banco de la taberna, en la cama. Las doce horas de trabajo no tienen para él sentido alguno en cuanto a tejer, hilar, taladrar, etc., sino solamente como medio para ganar el dinero que le permite sentarse a la mesa o en el banco de la taberna y meterse en la cama. Si el gusano de seda hilase para ganarse el sustento como oruga, sería el auténtico obrero asalariado. [69]
En la obra de Marx no hubo más referencias a la teoría de la alienación hasta fines de la década de 1850. Luego de la derrota de las revoluciones de 1848, fue forzado a exiliarse en Londres y durante este período, para concentrar todas sus energías en el estudio de la economía política, con la excepción de algunos trabajos breves de carácter histórico, [70] no publicó ningún libro. Cuando comenzó a escribir nuevamente sobre economía, sin embargo, en los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (mejor conocidos como los Grundrisse), Marx volvió a utilizar repetidamente el concepto de alienación. Este texto recordaba, de muchas maneras, lo que se había expuesto en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, aunque, gracias a los estudios realizados mientras tanto, su análisis resultó ser mucho más profundo:
El carácter social de la actividad, así como la forma social del producto y la participación del individuo en la producción, se presentan aquí como algo ajeno y con carácter de cosa frente a los individuos; no como su estar recíprocamente relacionados, sino como su estar subordinados a relaciones que subsisten independientemente de ellos y nacen del choque de los individuos recíprocamente indiferentes. El intercambio general de las actividades y de los productos, que se ha convertido en condición de vida para cada individuo particular y es su conexión recíproca [con los otros], se presenta ante ellos mismos como algo ajeno, independiente, como una cosa. En el valor de cambio el vínculo social entre las personas se transforma en relación social entre cosas; la capacidad personal, en una capacidad de las cosas. [71]
En los Grundrisse, por consiguiente, la descripción de la alienación, adquiere un mayor espesor respecto de la realizada en los escritos juveniles, porque se enriquece con la comprensión de importantes categorías económicas y por un análisis social más riguroso. Junto al vínculo entre la alienación y el valor de cambio, entre los pasajes más brillantes que delinearon la característica de este fenómeno de la sociedad moderna figuran aquellos en los que la alienación fue puesta en relación con la contraposición entre el capital y la “fuerza viva del trabajo”:
Las condiciones objetivas del trabajo vivo se presentan como valores disociados, autónomos, frente a la capacidad viva de trabajo como existencia subjetiva; (…) las condiciones objetivas de la capacidad viva de trabajo están presupuestas como existencia autónoma frente a ella, como la objetividad de un sujeto diferenciado de la capacidad viva de trabajo y contrapuesto autónomamente a ella; la reproducción y valorización, esto es, la ampliación de estas condiciones objetivas, es al mismo tiempo, pues, la reproducción y producción nueva de esas condiciones como sujeto de la riqueza, extraño, indiferente, ante la capacidad de trabajo y contrapuesto a ella de manera autónoma. Lo que se reproduce y se produce de manera nueva no es sólo la existencia de estas condiciones objetivas del trabajo vivo, sino su existencia como valores autónomos, esto es, pertenecientes a un sujeto extraño, contrapuestos a esa capacidad viva de trabajo. Las condiciones objetivas del trabajo adquieren una existencia subjetiva frente a la capacidad viva de trabajo: del capital nace el capitalista. [72]
Los Grundrisse no fueron el único texto de la madurez de Marx en el cual la descripción de la problemática de la alienación se repite con frecuencia. Cinco años después de su redacción, de hecho, ella retornó en El capital, Libro 1, Capítulo VI, inédito (1863-4) (también conocido como los “Resultados del proceso inmediato de producción”), manuscrito en el cual el análisis económico y el análisis político de la alienación fueron puestos en una mayor relación entre ellos: “La dominación del capitalista sobre el obrero es por consiguiente la de la cosa sobre el hombre, la del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, la del producto sobre el productor”. [73] En estos proyectos preparatorios de El capital, Marx pone en evidencia que en la sociedad capitalista, mediante “la trasposición de las fuerzas productivas sociales del trabajo en las propiedades objetivas del capital,” [74] se realiza una auténtica “personificación de las cosas y reificación de las personas,” o se crea la apariencia vigente de que “los medios de producción, las condiciones objetivas de trabajo, no aparecen subsumidos en el obrero, sino éste en ellas.” [75] En realidad, en su opinión:
El capital no es una cosa, al igual que el dinero no lo es. En el capital, como en el dinero, determinadas relaciones de producción entre personas se presentan como relaciones entre cosas y personas o determinadas relaciones sociales aparecen como cualidades sociales que ciertas cosas tienen por naturaleza. Sin trabajo asalariado, ninguna producción de plusvalía, ya que los individuos se enfrentan como personas libres; sin producción de plusvalía, ninguna producción capitalista, ¡y por ende ningún capital y ningún capitalista! Capital y trabajo asalariado (así denominamos el trabajo del obrero que vende su propia capacidad laboral) no expresan otra cosa que dos factores de la misma relación. El dinero no puede transmutarse en capital si no se intercambia por capacidad de trabajo, en cuanto mercancía vendida por el propio obrero. Por lo demás, el trabajo sólo puede aparecer como trabajo asalariado cuando sus propias condiciones objetivas se le enfrentan como poderes egoístas, propiedad ajena, valor que es para sí y aferrado a sí mismo, en suma: como capital. Por lo tanto, si el capital, conforme a su aspecto material, o al valor de uso en el que existe, sólo puede consistir en las condiciones objetivas del trabajo mismo, con arreglo a su aspecto formal estas condiciones objetivas deben contraponerse como poderes ajenos, autónomos, al trabajo, esto es, deben contraponérsele como valor –trabajo objetivado – que se vincula con el trabajo vivo en cuanto simple medio de su propia conservación y acrecimiento. [76]
En el modo capitalista de producción, el trabajo humano se convierte en un instrumento del proceso de valorización del capital, el que, al “incorporarse la capacidad viva de trabajo a los componentes objetivos del capital, éste se transforma en un monstruo animado y se pone en acción ‘cual si tuviera dentro del cuerpo el amor’.” [77] Este mecanismo se expande en una escala siempre mayor, hasta que la cooperación en el proceso de producción, los descubrimientos científicos y el empleo de maquinaria – o sea los progresos sociales generales de la colectividad – se convierten en fuerzas del capital que aparecen como propiedades de eso poseído por naturaleza y se yerguen extraños frente a los trabajadores como ordenamiento capitalista:
Las fuerzas productivas del trabajo social, así desarrolladas, [aparecen] como fuerzas productivas del capital. (…) La unidad colectiva en la cooperación, la combinación en la división del trabajo, el uso de las fuerzas de la naturaleza y las ciencias, de los productos del trabajo, como la maquinaria; todos estos confrontan a los trabajadores individuales autónomamente, como un ente ajeno, objetivo, preexistente a ellos, sin y a menudo contra su concurso, como meras formas de existencia de los medios de trabajo que los dominan a ellos y de ellos son independientes, en la medida en que esas formas [son] objetivas. Y la inteligencia y voluntad del taller colectivo encarnadas en el capitalista o sus representantes (understrappers), en la medida en que ese taller colectivo está formado por la propia combinación de aquellos, [se les contraponen] como funciones del capital que vive en el capitalista. [78]
Es mediante este proceso, por consiguiente, que, según Marx, el capital se convierte en un ser “extremadamente misterioso”. Y sucede, de este modo, que “las condiciones de trabajo se acumulan ante el obrero como poderes sociales, y de esta suerte están capitalizadas.” [79] La difusión, a comienzos de la década de 1960, de El capital, Libro 1, Capítulo VI, inédito y sobre todo, de los Grundrisse [80] abrió el camino para una nueva concepción de la alienación, diferente respecto a la que hasta entonces había sido hegemónica en la sociología y la psicología, cuya comprensión se dirigía a su superación práctica, o sea a la acción política de los movimientos sociales, partidos y sindicatos para cambiar las condiciones de trabajo y de vida de la clase obrera. La publicación de lo que (luego de la aparición en la década de 1930 de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844) podría ser considerada como la “segunda generación” de los escritos de Marx sobre la alienación, proporcionaba no sólo una base teórica coherente para una nueva época de estudios sobre la alienación, sino sobre todo una plataforma ideológica anticapitalista para el extraordinario movimiento político y social que comenzaba a estallar en el mundo en ese período. Con la difusión de El capital y de sus manuscritos preparatorios, la teoría de la alienación salió de los papeles de los filósofos y las aulas universitarias, para irrumpir, a través de las luchas obreras, en las plazas y convertirse en una crítica social.

VIII. El fetichismo de la mercancía y la desalienación
Una de las mejores descripciones de la alienación realizada por Marx es la que se encuentra contenida en la célebre sección de El capital titulada “el carácter fetichista de la mercancía y su secreto”. En su interior pone en evidencia que, en la sociedad capitalista, los seres humanos son dominados por los productos que han creado y viven en un mundo en el cual las relaciones recíprocas aparecen, “no como relaciones directamente sociales entre las personas mismas, (…) sino por el contrario como relaciones propias de cosas y relaciones sociales entre las cosas”: [81]
Lo misterioso de la forma mercantil consiste (…) en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores. Es por medio de este quid pro quo como los productos del trabajo se convierten en mercancías, en cosas sensorialmente suprasensibles o sociales. (…) Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquellos. De ahí que para hallar una analogía pertinente debamos buscar amparo en las neblinosas comarcas del mundo religioso. En éste los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos de trabajo no bien se los produce como mercancías, y que es inseparable de la producción mercantil. [82]
De esta definición emergen las características particulares que trazan una clara línea divisoria entre la concepción de la alienación en Marx y la de la mayoría de los autores que hemos estado examinando en este ensayo. El fetichismo, en realidad, no fue concebido por Marx como una problemática individual; siempre fue considerado un fenómeno social. No como una manifestación del alma, sino como un poder real, una dominación concreta, que se realiza en la economía de mercado, a continuación de la transformación del objeto en sujeto. Por este motivo, Marx no limitó el análisis de la alienación al malestar de los seres humanos individuales, sino que analizó los procesos sociales que estaban en su base, y en primer lugar, la actividad productiva. Además, el fetichismo en Marx se manifiesta en una realidad histórica específica de la producción, la del trabajo asalariado; no está ligado a la relación entre la cosa en general y el ser humano, sino a la relación entre éste y un tipo determinado de objetividad: la mercancía.
En la sociedad burguesa, la propiedad y las relaciones humanas se transforman en propiedad y relaciones entre las cosas. Esta teoría de lo que, después de la formulación de Lukács se lo designó como reificación, ilustraba este fenómeno desde el punto de vista de las relaciones humanas, mientras que el concepto de fetichismo lo trataba en relación a las mercancías. A diferencia de los reclamos de quienes han negado la presencia de reflexiones sobre la alienación en la obra madura de Marx, la misma no fue sustituida por el fetichismo de la mercancía, porque éste representa sólo un aspecto particular de ella. [83]
El progreso teórico que realizó Marx respecto a la concepción de la alienación desde los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 hasta El capital no consiste, sin embargo, solamente en su descripción más precisa, sino también en una diferente y más acabada elaboración de las medidas consideradas necesarias para su superación. Si en 1844 había considerado que los seres humanos eliminarían la alienación mediante la abolición de la producción privada y la división del trabajo, en El capital y en sus manuscritos preparatorios, el camino indicado para construir una sociedad libre de la alienación se convirtió en algo mucho más complicado. Marx consideraba que el capitalismo era un sistema en el que los trabajadores estaban subyugados por el capital y sus condiciones, pero también estaba convencido del hecho que eso había creado las bases para una sociedad más avanzada, y que la humanidad podría proseguir el camino del desarrollo social generalizando los beneficios producidos por este nuevo modo de producción. Según Marx, un sistema que producía una enorme acumulación de riqueza para pocos y expoliaciones y explotación para la masa general de los trabajadores debía ser reemplazado por “una asociación de hombres libres, que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social.” [84] Este distinto tipo de producción se diferenciaría del que está basado en el trabajo asalariado porque pondría sus factores determinantes bajo el dominio colectivo, asumiendo un carácter inmediatamente general y transformando el trabajo en una verdadera actividad social. Es una concepción de la sociedad en las antípodas de la bellum omnium contra omnes de Thomas Hobbes. Y su creación no es un proceso meramente político, sino que implicaría necesariamente la transformación radical de la esfera de la producción. Como Marx escribió en los manuscritos que luego se convertirían en El capital. Crítica de la economía política. Tomo III:
La libertad, en este terreno, sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego; que lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana. [85]
Esta producción de carácter social, junto con los progresos científico tecnológicos y científicos y la consiguiente reducción de la jornada laboral, crea la posibilidad para el nacimiento de una nueva formación social, en la que el trabajo coercitivo y alienado, impuesto por el capital y sometido a sus leyes es progresivamente reemplazado por una actividad consciente y creativa no impuesta por la necesidad, y en la que las relaciones sociales plenas toman el lugar del intercambio indiferente y accidental en función de la mercancía y el dinero. [86] Ya no será más el reino de la libertad para el capital, sino el reino de la auténtica libertad humana.

 

Traducción: Francisco T. Sobrino

 

Referencias
1. Histoire et conscience de clase, trad. Kostas Axelos y Jacqueline Bois, Paris: Minuit, 1960.
2. Georg Lukács, Historia y conciencia de clase, México: Grijalbo, 1969, xxv.
3. Isaak Illich Rubin, Ensayos sobre la teoría del valor de Marx, Buenos Aires: Pasado y Presente, 1974, 53.
4. Ibíd., 76.
5. Ibíd., 108.
6. En realidad, Marx ya había usado el concepto de alienación antes de haber escrito dichos Manuscritos. En un texto publicado en el Deutsch-Französische Jahrbücher (febrero de 1844) escribió: “Una vez desenmascarada la forma sagrada que representaba la autoalienación del hombre, la primera tarea de la filosofía que se ponga al servicio de la historia, es desenmascarar esa autoalienación bajo sus formas profanas. La crítica del cielo se transforma así en crítica de la tierra, la crítica de la religión en crítica del derecho, la crítica de la teología en crítica de la política.” Karl Marx, “Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción”, en Karl Marx, Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Buenos Aires: Ediciones Nuevas, 1965, 11.
7. En los escritos de Marx se halla el término Entfremdung tanto como Entäusserung. En Hegel estos términos tenían diferentes significados, pero Marx los utiliza como si fueran sinónimos. Ver Marcella D’Abbiero, Alienazione in Hegel. Usi e significati de Entäusserung, Entfremdung, Verüsserung, Roma: Edizioni Dell’Ateneo, 1970, 25-7.
8. Karl Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, 106-7.
9. Ibíd., 110.
10. Ibíd., 114. Para una explicación de la cuádruple tipología de la alienación en Marx, ver Bertell Ollman, Alienation, Nueva York: Cambridge University Press, 1971, 136-52.
11. Karl Marx, ibíd., 118-9.
12. Karl Marx, “Excerpts From James Mill’s Elements of Political Economy, en Early Writings, 278.
13. Martín Heidegger, Ser y tiempo, www.philosophia.cl/ Escuela de Filosofía Universidad ARCIS. En el prólogo de 1967 a su reeditado libro Historia y conciencia de clase, Lukács observó que en Heidegger la alienación se convertía en un concepto políticamente inocuo, que “sublimaba una crítica de la sociedad en un problema puramente filosófico” (Lukács, xxiv). Heidegger también trató de distorsionar el significado del concepto de la alienación de Marx. En su Carta sobre el humanismo (1946), elogió a Marx porque en él la “alienación alcanza una dimensión esencial de la historia” (Martín Heidegger, “Letter on Humanism”, en Basic Writings, Londres: Routledge, 1993, 243), lo cual es una afirmación falsa porque no está presente en ninguno de los escritos de Marx.
14. Herbert Marcuse, “Acerca de los fundamentos filosóficos del concepto científico-económico del trabajo”, en Ética de la revolución, Madrid: Taurus, 1970, 35.
15. Ibíd., 22.
16. Ibíd., 35.
17. Ibíd.
18. Ibíd., 18-19.
19. Herbert Marcuse, Eros y civilización, Buenos Aires: Ariel, 1985, 54.
20. Ibíd., 55. Georges Friedmann opinaba igual, y sostenía en The Anatomy of Work (New York: Glencoe Press, 1964) que la superación de la alienación sólo era posible luego de la liberación del trabajo.
21. Marcuse, Eros y civilización, 151.
22. Ibíd., 149.
23. Ibíd., 190.
24. Ibíd., 149. Cf. la evocación de “una ‘razón libidinal’ que no sólo sea compatible sino que inclusive promueva el progreso hacia formas más altas de libertad civilizada” (186). Sobre este tema cfr. El magistral libro de Harry Braverman, Lavoro e capitale monopolístico, Einaudi, Torino 1978, en el cual el autor sigue los principios de “la visión marxista que no combate a la ciencia y la tecnología en cuanto tales, sino solo al modo en el cual son reducidas a instrumentos de dominio, con la creación, el mantenimiento y la profundización de un abismo entre las clases sociales” (ivi, pág. 6).
25. Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Dialéctica del iluminismo, Buenos Aires: Sudamericana, 1944, 147.
26. Ver Sigmund Freud, Civilisation and its Discontents, Nueva York: Norton, 1962, 62 (La civilización y sus descontentos).
27. Erich Fromm, The Sane Society, Nueva York: Fawcett, 1965, 111.
28. Erich Fromm, El concepto del hombre en Marx, México DF: F.C.E., 1978, 67. Esta incomprensión del carácter específico del trabajo alienado aparece en sus textos sobre la alienación en la década de 1960. En un ensayo publicado en 1965 dijo: “Para entender plenamente el fenómeno de la alienación (…) hay que examinar su relación con el narcisismo, la depresión, el fanatismo y la idolatría.” “La aplicación del psicoanálisis humanista a la teoría de Marx”, en Erich Fromm, ed., Humanismo socialista, Buenos Aires: Paidós, 1966, 266.
29. Ver Alexandre Kojève, Lectures on the Phenomenology of Spirit, Ithaca: Cornell University Press, 1980.
30. Cfr. Jean-Paul Sartre, La náusea, México DF: Ed.Época, s/f; y Albert Camus, El extranjero, http://www.ciudadseva.com/textos/novela/fra/camus/el_extranjero.htm .
31. Jean Hyppolite, Studies on Marx and Hegel, Nueva York/Londres: Basic Books, 1969, 88.
32. Cf. István Mészáros, Marx’s Theory of Alienation, Londres: Merlin Press, 1970, 241 ff.
33. Hannah Arendt, La condición humana, Buenos Aires: Paidós, 2009, 282-3.
34. Ibíd., 350.
35. Los directores del Instituto de Marxismo-Leninismo en Berlín hasta se las ingeniaron para excluir a los Manuscritos de 1844 de los tomos numerados de los canónicos Marx-Engels Werke, relegándolos a un tomo complementario con un tiraje más pequeño.
36. Adam Schaff, Alienation as a Social Phenomenon, Oxford: Pergamon Press, 1980, 21.
37. Cf. Daniel Bell, “The Rediscovery of Alienation: Some notes along the quest for the historical Marx”, Journal of Philosophy, vol. LVI, 24 (noviembre 1959), 933-52, que concluye: “leer este concepto como el tema central de Marx sólo es aumentar más el mito.” (935).
38. Henri Lefebvre, Obras, T. I. Crítica de la vida cotidiana, Buenos Aires: Peña Lillo, 1967, 236
39. Lucien Goldmann, Recherches dialectiques, Paris: Gallimard, 1959, 101.
40. De este modo, Richard Schacht (Alienation, Garden City: Doubleday, 1970) señaló que “casi no hay ni un aspecto de la vida contemporánea que no haya sido discutido en relación con la ‘alienación’ (lix), mientras Peter C. Ludz (“Alienation as a Concept in the Social Sciences”, reimpreso en Félix Geyer y David Schweitzer, eds., Theories of Alienation, Leiden: Martinus Nijhoff, 1976), comentaban que la “popularidad del concepto sirve para incrementar la ambigüedad terminológica existente.”(3).
41. Cf. David Schweitzer, “Alienation, De-alienation, and Change: A critical overview of current perspectives in Philosophy and the social sciences”, en Giora Shoham, ed., Alienation and Anomie Revisited, Tel Aviv: Ramot, 1982, para quien “el significado mismo de alienación frecuentemente está diluido hasta el punto de una virtual falta de sentido.” (57).
42. Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Rosario: Kolectivo Editorial “Último Recurso”, 2007, 43.
43. Ibíd., 28.
44. Ibíd., 34.
45. Ibíd., 37.
46. Ibíd., 33.
47. Ibíd., 39.
48. Jean Baudrillard, La sociedad de consumo, Madrid: Siglo XXI, 2009, 244-5.
49. Ibíd., 250-1.
50. Ibíd., 251.
51. Ver por ejemplo John Clark, “Measuring alienation within a social system”, American Sociological Review, vol. 24, N° 6 (diciembre 1959), 849-52.
52. Ver Schweitzer, “Alienation, De-alientation, and Change” (nota 40), 36-7.
53. Un buen ejemplo de esta posición es “The Inevitability of Alienation”, de Walter Kaufman, que era su introducción al libro citado previamente, Alienation de Schacht. Para Kaufman, “la vida sin alienación casi no merece ser vivida; lo que importa es incrementar la capacidad de los hombres para hacer frente a la alienación (lvi).
54. Schacht, Alienation, 155.
55. Seymour Melman, Decision-making and Productivity, Oxford: Basil Blackwell, 1958, 18, 165-6.
56. Entre las preguntas formuladas por el autor a una muestra de sujetos considerados como inclinados a la “orientación alienada”, aparecían las siguientes preguntas: “¿le gusta ver la televisión? ¿Qué piensa del nuevo modelo de los automóviles americanos? ¿Lee Reader’s Digest? (…) ¿Participa de buen grado en actividades religiosas? ¿Le interesan los deportes nacionales (fútbol, béisbol)? (“A Measure of Alienación”, American Sociological Review, vol. 22, N° 6 (diciembre 1957), (675). Nettler está convencido de que una respuesta negativa a tales preguntas constituye una prueba de alienación; y en otra parte agregaba: “que debe haber pocas dudas sobre el hecho de que esta encuesta [y sus preguntas] mide una dimensión de la alienación de nuestra sociedad.”
57. Ibíd., 674. Para demostrar su opinión, Nettler señaló que “a la pregunta, ‘¿le gustaría vivir bajo una forma de gobierno diferente a la actual?’, todos han respondido en una forma posibilista y ninguno con rechazo abierto” (674). También llegó a afirmar en la conclusión de su ensayo “que la alienación [era] correlativa con la creatividad. Se formula como hipótesis que los científicos y los artistas (…) son individuos alienados (…) que la alienación está relacionada con el altruismo [y] que su enajenación conduce al comportamiento criminal” (676-7).
58. Melvin Seeman, “On the Meaning of Alienation”, American Sociological Review, vol. 24 N° 6 (diciembre 1959), 783-91. En 1972 agregó a la lista un sexto tipo: “la alienación cultural”. (Ver Melvin Seeman, “Alienation and Engagement” en Angus Campbell y Philip E. Converse, eds., The Human Meaning of Social Change, Nueva York: Russell Sage, 1972, 467-527).
59. Robert Blauner, Alienation and Freedom, Chicago: University of Chicago Press, 1964, 15.
60. Ibíd., 3.
61. Cf. Walter R. Heinz, eds., “Changes in the Methodology of Alienation Research”, en Felix Geyer y Walter R. Heinz, eds., Alienation, Society and the Individual, New Brunswick/Londres: Transaction, 1992, 217.
62. Ver Felix Geyer y David Schweitzer, “Introduction”, en idem, eds., Theories of Alienation (nota 39), xxi-xxii, y Felix Geyer, “A General Systems Approach to Psychiatric and Sociological De-alienation”, en Giora Shoham, ed. (nota 40), 141.
63. Ver Geyer y Schweitzer, “Introduction”, xx-xxi.
64. David Schweitzer, “Fetishization of Alienation: Unpacking a Problem of Science, Knowledge, and Reified Practices in the Workplace”, in Felix Geyer, ed., Alienation, Ethnicity, and Postmodernism, Westport/Londres: Greenwood Press, 1996,23.
65. Cf. John Horton, “The Dehumanization of Anomie and Alienation: a problem in the ideology of sociology”, The British Journal of Sociology, vol. XV, N° 4 (1964), 283-300, y David Schweitzer, “Fetishization of Alienation”, 23.
66. Ver Horton, “Dehumanization”. Esta tesis la defiende orgullosamente Irving Louis Horowitz en “The Strange Career of Alienation: how a concept is transformed without permission of its founders”, en Felix Geyer, ed. (note 63), 17-19. Según Horowitz, “la alienación ahora es parte de la tradición en las ciencias sociales, en vez de una protesta social. Este cambio surgió cuando tuvimos una mayor comprensión de que los términos como estar alienado están tan cargados de valor como estar integrado. El concepto de alienación entonces “fue envuelto con conceptos de la condición humana; (…) una fuerza positiva más que una fuerza negativa. Más que considerar a la alienación como estructurada por la “enajenación” de la naturaleza esencial de un ser humano, como resultado de un cruel conjunto de exigencias industrial-capitalistas la alienación se convierte en un derecho inalienable, una fuente de energía creativa para algunos y una expresión excentricidad personal para otros” (18).
67. Marx y Engels, La ideología alemana, (Montevideo: Pueblos Unidos, 1959, págs. 33-35.
68. Karl Marx, Trabajo asalariado y capital, Buenos Aires: Anteo, 1987, 26.
69. Ibíd., 26-7.
70. El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Revelaciones concernientes al Juicio Comunista de Colonia, y Revelaciones sobre la historia diplomática secreta del siglo XVIII.
71. Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858, Buenos Aires: Siglo XXI, 1973, 84-5.
72. Ibíd., 423.
73. Karl Marx, Libro I, Capítulo VI inédito – Resultados del proceso inmediato de producción del capital, México: Siglo XXI, 1990, 20.
74. Ibíd., 101.
75. Ibíd., 96.
76. Ibíd., 38 (subrayado en el original).
77. Ibíd., 40.
78. Ibíd., 96 (subrayado en el original).
79. Ibíd., 98.
80. Ver Marcello Musto, ed., Karl Marx’s Grundrisse: Foundations of the Critique of Political Economy 150 years Later, Londres/Nueva York: Routledge, 2008, 177-280.
81. Karl Marx, El capital Tomo I, 89.
82. Ibíd., 88-9.
83. Cf. Schaff, Alienation as a Social Phenomenon, 81.
84. El capital , Tomo I, 96.
85. Karl Marx, El capital, Tomo III, 1044.
86. Por razones de espacio, se dejará para un futuro estudio la consideración de la naturaleza incompleta y parcialmente contradictoria del esbozo de Marx de una sociedad no alienada.

Bibliography
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La lezione della Prima Internazionale

Dopo la sua prima riunione, il 28 settembre 1864, l’Associazione internazionale dei lavoratori (più nota come la «Prima Internazionale») animò rapidamente passioni in tutta Europa.

Trasformò la solidarietà di classe in un ideale condiviso e spinse un gran numero di donne e uomini a lottare contro lo sfruttamento. Grazie alla sua attività, i lavoratori furono in grado di avere una comprensione più chiara dei meccanismi del modo di produzione capitalistico, diventare più consapevoli delle proprie forze e sviluppare nuove e più avanzate forme di lotta per i propri diritti.

All’inizio, l’Internazionale era un’organizzazione contenente tradizioni politiche diverse, la maggior parte delle quali riformiste piuttosto che rivoluzionarie. In origine, la forza trainante centrale era il sindacalismo britannico, i cui leader erano interessati soprattutto alle questioni economiche. Lottavano per migliorare le condizioni dei lavoratori, ma senza mettere in discussione il capitalismo. Quindi, concepirono l’Internazionale essenzialmente come strumento per impedire l’importazione di lavoratori dall’estero in caso di sciopero.

Il secondo gruppo più importante erano i mutualisti, a lungo prevalenti in Francia. In linea con le teorie di Proudhon, si opposero a ogni forma di impegno politico della classe operaia e all’uso dello sciopero come forma di lotta.

Poi c’erano i comunisti che si opponevano al sistema stesso di produzione capitalista e sostenevano la necessità di rovesciarlo. Alla sua fondazione, le file dell’Internazionale includevano anche un certo numero di lavoratori ispirati a teorie utopistiche ed esiliati con idee vagamente democratiche e concezioni trasversali alle classi che consideravano l’Internazionale uno strumento per l’emissione di appelli generali per la liberazione dei popoli oppressi.

Fu Karl Marx a conferire all’Internazionale un obiettivo chiaro e a dotarla di un programma politico non settario, ma fermamente basato sulla classe operaia, che ottenne sostegno di massa. Rifiutando il settarismo, lavorò per riunire i vari filoni dell’Internazionale. Marx era l’anima politica del Consiglio generale (l’organismo che ha elaborato una sintesi unificante delle varie tendenze e ha diffuso le linee guida per l’organizzazione nel suo insieme). Ne ha redatto tutte le risoluzioni principali e preparato quasi tutti i rapporti congressuali.

Ma l’Internazionale era, ovviamente, molto più del leader brillante che era Marx. Non è stata, come è stato spesso scritto, la «creazione di Marx». Era un movimento sociale e politico ampio per l’emancipazione delle classi lavoratrici. L’Internazionale è stata resa possibile prima di tutto dalle lotte del movimento operaio negli anni Sessanta dell’Ottocento. Una delle sue regole di base – distinzione fondamentale dalle precedenti organizzazioni sindacali – era che «l’emancipazione delle classi lavoratrici deve essere opera delle classi lavoratrici stesse».

Marx era essenziale per l’Internazionale, ma anche l’Internazionale ebbe un impatto molto positivo su Marx. Il suo coinvolgimento diretto nelle lotte operaie lo spinse a sviluppare e talvolta rivedere le proprie idee, sottoponendo vecchie certezze a discussione e ponendosi nuove domande, acuendo nel contempo la sua critica al capitalismo tracciando le grandi linee di una società comunista.

Teoria e lotta

La fine degli anni Sessanta e l’inizio degli anni Settanta dell’Ottocento furono un periodo denso di conflitti sociali in Europa. Molti dei lavoratori che avevano preso parte alle azioni di protesta decisero di prendere contatto con l’Internazionale, la cui fama si è rapidamente diffusa. Dal 1866 in poi, gli scioperi si intensificarono in molti paesi e costituirono il fulcro di una nuova e importante ondata di mobilitazioni. L’Internazionale fu fondamentale nelle lotte vinte dai lavoratori in Francia, Belgio e Svizzera. Molti di questi conflitti si muovevano nello stesso contesto: lavoratori di altri paesi raccolsero fondi a sostegno degli scioperanti e accettarono di non essere disponibili a fare lavori che li avrebbero trasformati in mercenari dell’industria. Di conseguenza, i padroni vennero costretti a scendere a compromessi su molte delle richieste degli scioperanti. Questi progressi furono supportati dalla diffusione di giornali che simpatizzavano con le idee dell’Internazionale o erano veri e propri organi del Consiglio generale. Entrambi contribuirono allo sviluppo della coscienza di classe e alla rapida circolazione delle notizie riguardanti l’attività dell’Internazionale.

In tutta Europa, l’associazione sviluppò una struttura organizzativa efficiente e vide aumentare il numero degli iscritti (150 mila nel momento di punta). Nonostante le difficoltà legate alle diverse nazionalità, lingue e culture politiche, l’Internazionale riuscì a raggiungere l’unità e il coordinamento attraverso una vasta gamma di organizzazioni e lotte spontanee. Il suo merito più grande è stato quello di dimostrare l’importanza cruciale della solidarietà di classe e della cooperazione internazionale.

L’Internazionale è stata il luogo di alcuni dei dibattiti più celebri nel movimento operaio, come quello tra comunismo e anarchia. I congressi dell’Internazionale furono anche il luogo in cui, per la prima volta, un’importante organizzazione transnazionale prese decisioni su questioni cruciali, che erano state discusse prima della sua fondazione, che successivamente divennero punti strategici nei programmi politici dei movimenti socialisti di tutto il mondo. Tra questi vi erano la funzione indispensabile dei sindacati, la socializzazione della terra e dei mezzi di produzione, l’importanza di partecipare alle elezioni e di farlo attraverso partiti indipendenti della classe operaia, l’emancipazione delle donne e la concezione della guerra come prodotto inevitabile del sistema capitalista.

L’Internazionale si diffuse anche al di fuori dell’Europa. Dall’altra parte dell’Atlantico, gli immigrati arrivati ​​negli ultimi anni cominciavano a fondare le prime sezioni dell’Internazionale negli Stati uniti, ma l’organizzazione soffriva fin dalla nascita di due handicap che non avrebbe mai superato. Nonostante le ripetute esortazioni del Consiglio generale di Londra, non fu in grado né di eliminare il carattere nazionalista dei vari gruppi affiliati né di attirare lavoratori nati nel «Nuovo Mondo». Quando le sezioni tedesca, francese e ceca fondarono il Comitato centrale dell’Internazionale per il Nord America, nel dicembre 1870, fu unico nella storia dell’Internazionale avere solo aderenti «nati all’estero». L’aspetto più sorprendente di questa anomalia è che l’Internazionale negli Stati uniti non ha mai prodotto un organo di stampa in lingua inglese. All’inizio degli anni Settanta dell’Ottocento, l’Internazionale arrivò a contare cinquanta sezioni per un totale di quattromila iscritti, ma si trattava ancora solo di una piccola porzione della forza lavoro industriale americana di oltre due milioni.

Ascesa e crisi

Il momento più significativo dell’Internazionale coincise con la Comune di Parigi. Nel marzo 1871, dopo la fine della guerra franco-prussiana, gli operai di Parigi insorsero contro il nuovo governo di Adolphe Thiers e presero il potere in città. Da quel momento, l’Internazionale sarebbe stata al centro della tempesta e raggiunse una notorietà enorme.

Per i capitalisti e le classi medie rappresentava una grande minaccia per l’ordine costituito, mentre per i lavoratori alimentava le speranze in un mondo senza sfruttamento e ingiustizia. Il movimento operaio aveva un’enorme vitalità, e questo era evidente ovunque. I quotidiani legati all’Internazionale crebbero sia nel numero che nelle vendite complessive. L’insurrezione di Parigi rafforzò il movimento operaio, spingendolo ad adottare posizioni più radicali e a intensificare la sua militanza, e la Francia dimostrò ancora una volta che la rivoluzione era possibile, questa volta con l’obiettivo di costruire nuove forme di associazione politica per i lavoratori.

Il passo successivo da compiere allora, come affermato da Marx, è stato capire che «il movimento economico della classe operaia e la sua azione politica sono indissolubilmente uniti». Ciò portò l’Internazionale, alla Conferenza di Londra del 1871, a spingere per la fondazione di uno strumento chiave del movimento operaio moderno: il partito politico, sebbene bisogna sottolineare che veniva concepito in un’accezione molto più ampia di quella adottata dopo la Rivoluzione d’Ottobre.

Quando l’Internazionale si sciolse dopo il Congresso dell’Aia del 1872, era un’organizzazione molto diversa da quella che era al momento della sua fondazione: i riformisti non ne costituivano più la maggioranza e l’anticapitalismo era diventato la posizione politica dell’intera associazione (con nuove tendenze come gli anarchici guidati da Mikhail Bakunin). Anche il quadro generale era radicalmente diverso. L’unificazione della Germania nel 1871 confermò l’inizio di una nuova era, con lo stato-nazione come forma centrale dell’identità politica, giuridica e territoriale.

La configurazione iniziale dell’Internazionale divenne così antiquata, e la sua missione originaria giunse al termine. Il compito non era più quello di preparare e organizzare il sostegno a livello europeo per gli scioperi, né convocare congressi che proclamassero l’utilità dei sindacati o la necessità di socializzare la terra e i mezzi di produzione. Queste cose facevano ormai parte del patrimonio collettivo dell’Internazionale. Dopo la Comune di Parigi, la vera sfida per il movimento operaio divenne come organizzarsi per porre fine al modo di produzione capitalistico e rovesciare le istituzioni del mondo borghese.

Il nostro internazionalismo

Il centocinquantaseiesimo anniversario della Prima Internazionale si svolge in un contesto molto diverso. Un abisso separa le speranze di quei tempi dalla disillusione che caratterizza la nostra, lo spirito antisistemico e la solidarietà dell’era dell’Internazionale dalla subordinazione ideologica e dall’individualismo di un mondo rimodellato dalla competizione neoliberale e dalla privatizzazione.

Il mondo del lavoro ha subito sconfitte epocali e la sinistra è ancora nel mezzo di una profonda crisi. Dopo decenni di politiche neoliberiste, siamo tornati a un sistema di sfruttamento, simile a quello del diciannovesimo secolo. Le «riforme» del mercato del lavoro – termine che ormai ha perso il suo significato originario progressista – hanno introdotto sempre più «flessibilità» ogni anno che passa, creando disuguaglianze sempre più profonde. Altri importanti cambiamenti politici ed economici si sono succeduti dopo il crollo del blocco sovietico. Tra questi, ci sono stati i cambiamenti sociali generati dalla globalizzazione, i disastri ecologici prodotti dall’attuale modo di produzione, il divario crescente tra i pochi ricchi sfruttatori e l’enorme maggioranza impoverita, una delle più grandi crisi economiche del capitalismo (quella scoppiata nel 2008) nella storia, i venti impetuosi della guerra, del razzismo e dello sciovinismo e, più recentemente, la pandemia Covid-19.

In questo contesto, la solidarietà di classe è tanto più indispensabile. Fu lo stesso Marx a sottolineare che la concorrenza tra lavoratori – anche tra lavoratori locali e migranti (peraltro discriminati) – è un elemento essenziale del dominio delle classi dirigenti. Certamente bisogna inventare nuovi modi di organizzare conflitti sociali, partiti politici e sindacati, poiché non possiamo riprodurre schemi usati 150 anni fa. Ma la vecchia lezione dell’Internazionale che dice che i lavoratori vengono sconfitti se non organizzano un fronte comune degli sfruttati è ancora valida. Senza di essa, il nostro unico orizzonte è una guerra tra i poveri e la concorrenza sfrenata tra gli individui.

La barbarie dell’ordine mondiale odierno impone al movimento operaio contemporaneo l’urgente necessità di riorganizzarsi sulla base di due caratteristiche chiave dell’Internazionale: la molteplicità della sua struttura e il radicalismo negli obiettivi. Gli obiettivi dell’organizzazione fondata a Londra nel 1864 sono oggi più attuali che mai. Per affrontare le sfide del presente, tuttavia, la nuova Internazionale non può eludere le esigenze gemelle del pluralismo e dell’anticapitalismo.