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The Marx Revival

“Scornful neglect and intemperate hostility, haughty dismissal and marginal course adoption, selective co-optation and selective bowdlerization: these are some of the strategies of establishment intellectuals over the years in response to the challenger of the thinker born 204 years ago in Trier. Yet, here we are near the beginning of the third decade of the 21st century, and it sometimes seems that Karl Marx’s ideas have never been as topical, or as commanding of respect and interest, as they are today.” —Marcello Musto, from the Preface, The Marx Revival

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Josefina L. Martínez, Ctxt. Contexto y Acción

Tomando café con Marx
Una ola de sindicalización recorre los Starbucks de EE.UU., donde el 70% de la fuerza laboral son mujeres y un 48,2% son personas racializadas o de pueblos nativos

Poco antes del 8 de marzo, un artículo del Washington Post titulaba de forma sugerente: “Más tiendas de Starbucks quieren sindicalizarse. Mujeres y trabajadores no binaries están liderando la campaña”. Desde entonces, un centenar de tiendas de Starbucks han iniciado el proceso de sindicalización en Estados Unidos. Es una verdadera ola de sindicalismo desde abajo, diverso y militante, que no se veía en ese país desde los años 60 o incluso la década de los 30. ¿Y habéis visto los rostros de esta nueva clase obrera? Son muchas mujeres, personas LGTBI+, negras, latinas, africanas o asiáticas, con un promedio de edad de 20 o 22 años. La llaman generación “U”, por “Union” (sindicato). La rabia acumulada durante la pandemia por la falta de protocolos seguros, horarios flexibles que no permiten planificar la vida, una inflación que se come el salario, la imposibilidad de pagar un alquiler o poder estudiar, crearon un clima propicio para esta primavera de asociacionismo.

La chispa se encendió en diciembre en Búfalo, cuando la primera tienda de café logró sindicalizarse después de una huelga. En un país donde el neoliberalismo arrasó con la afiliación sindical durante décadas, encuestas como la de Gallup indican que actualmente casi el 70% de la población norteamericana ve de forma favorable a los sindicatos (un porcentaje que alcanza el 80% entre personas de 18 a 34 años).

Según un informe de la empresa Starbucks, el 70% de la fuerza laboral en sus tiendas norteamericanas son mujeres y un 48,2% son personas negras, de pueblos nativos o “personas de color”. Esto explica que sean ellas las que están al frente de esta lucha. Activistas que han sido impactadas por el movimiento feminista y las huelgas de mujeres, por la insurgencia del Black Lives Matter, las reivindicaciones del colectivo LGTBI y el movimiento ecologista de los últimos años. Es el caso de Jaz Brisack, una joven estudiante que, inspirada por los discursos del socialista Eugene Debs, fundador de la Industrial Workers of the World (IWW), se lanzó a organizar a sus compañeras de trabajo de forma clandestina en el Starbucks de Búfalo hace más de un año.

Un proceso igual de profundo se vive en algunos almacenes de Amazon, donde activistas como Chris Smalls o Angelika Maldonado han logrado organizar con mucho esfuerzo una campaña militante que ha derrotado al Goliat de la logística mundial. En el almacén de Staten Island, con 8.000 trabajadores, se ha formado el nuevo sindicato Amazon Labor Union (ALU) superando todos los obstáculos puestos por la empresa. Jimena Mendoza, editora de Left Voice en Nueva York, explica lo inédito de estos procesos de organización que “empezaron a fomentar muchísimo la unidad interracial y crearon redes dentro del almacén. Lo que han dicho los organizadores es que para algunas de las tácticas que emplearon se inspiraron en las del movimiento obrero de los años treinta, en las huelgas del acero, por ejemplo, y también utilizaron una práctica combativa”.

Eleanor Marx en Chicago

A fines del siglo XIX, el movimiento obrero norteamericano estaba en ebullición. Anarquistas y socialistas promovían la organización de nuevos sindicatos para luchar contra las agotadoras jornadas de diez o catorce horas en las fábricas y talleres. El 1 de mayo de ese año, la Federación Americana del Trabajo había convocado una jornada de protesta para exigir las 8 horas. 8 horas para trabajar, 8 horas para descansar y 8 horas para vivir. En esa lucha por la vida más allá del trabajo, estallaron en todo el país más de 5.000 huelgas. En Chicago, el 3 de mayo las manifestaciones fueron reprimidas, con el saldo de varios obreros muertos y gran cantidad de heridos. Como respuesta, los sindicatos convocaron una masiva concentración en la plaza Haymarket, a la que acudieron miles de trabajadores. La policía cargó nuevamente y, en medio de la confusión, un desconocido arrojó una bomba contra los uniformados. De forma inmediata, la policía descargó ráfagas hacia la multitud y desató una caza de brujas contra socialistas y anarquistas.

August Spies, Mihael Schwab, Adolph Fisher, George Engel, Louis Lingg, Albert Parsons, Samuel Fielden y Oscar Neebe fueron sometidos a un juicio fraudulento y orquestado. El montaje judicial fue escandaloso y se inició una campaña internacional por la liberación de los presos, algunos de los cuales ni siquiera habían estado en la manifestación. En noviembre de ese año Spies, Engel, Fisher y Parsons fueron ahorcados. Louis Lingg se había suicidado en prisión pocos días antes. En su funeral marcharon por las calles de Chicago más de 25.000 trabajadores. Los otros encausados pasaron varios años en prisión hasta que la farsa del juicio y las mentirosas acusaciones fueron desmentidas y recobraron la libertad. En honor a los “Mártires de Chicago”, se fijó el 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores.

Eleanor Marx, la hija menor de Karl Marx, había llegado a Estados Unidos en agosto de ese año, cuando la campaña por la liberación de los detenidos en Chicago estaba en pleno apogeo. En cada discurso que hizo en diferentes ciudades exigió su libertad. En la gira, se interesó en especial por la situación de las mujeres trabajadoras en Estados Unidos, investigando sobre sus condiciones laborales. El trabajo en las fábricas textiles y la industria del tabaco era degradante y precario. En muchos casos, las mujeres y sus familias dormían en el mismo lugar de trabajo. La explotación infantil era otra marca de nacimiento del pujante capitalismo norteamericano.

Eleanor Marx destacó en aquellos años por su papel como organizadora en Inglaterra, agrupando a aquellos entre los más explotados y oprimidos de la clase: las mujeres y trabajadores precarios no calificados. Sectores que eran considerados “inorganizables” por las cúpulas de los sindicatos. Y al mismo tiempo que apoyaba huelgas por salarios y por la reducción de la jornada laboral para conseguir una vida más allá del trabajo, promovía la lucha de fondo por terminar con el trabajo asalariado como tal.

Hace unas semanas se publicó en castellano ¡Trabajadores del mundo, uníos! (Bellaterra, 2022), una antología con escritos y documentos de la Primera Internacional fundada por Marx y Engels. La edición, prologada por Marcello Musto, permite acercarse a una historia viva de la primera organización mundial de la clase trabajadora. Muestra que su influencia crecía al calor de su intervención y apoyo a las luchas de trabajadores y trabajadoras en varios países, al mismo tiempo que se planteaba como objetivo acabar con toda forma de opresión y explotación.

Un siglo y medio después, las condiciones laborales en muchos centros de trabajo se asemejan más a aquellas del siglo XIX que a las promesas de “libertad” y “prosperidad” que el capitalismo aseguraba traer. Grandes multinacionales como Amazon y Starbucks invierten millones de dólares en campañas antisindicales, contratando a bufetes de abogados y consultoras para evitar que se formen nuevos sindicatos. Más cerca, también en España muchas empresas imponen un veto a la organización sindical mediante despidos y persecuciones, tal como lo viene denunciando la Plataforma de Represaliadxs Sindicales, que agrupa casos de diferentes centros de trabajo. O como pudimos ver hace unos meses en Cádiz, cuando el gobierno “progre” envió una tanqueta contra los huelguistas del metal.

A pocos días del 1 de mayo, frente a tantos que dieron por muerta a la clase obrera, bien vale decir: ¡larga vida a la clase obrera! Dirigir la mirada hacia lo que ocurre en las tiendas de Starbucks y los almacenes de Amazon, pero también hacia el campo andaluz, donde se organizan las jornaleras de Huelva, o hacia los suelos que limpian las trabajadoras del Guggenheim en Bilbao. Allí se encuentra una clase obrera feminizada, diversa y racializada dando pasos en su organización, en la lucha y en la solidaridad más allá de las fronteras. Y si los capitalistas siguen utilizando las mismas técnicas de represión antisindical que sus antepasados, lxs trabajadorxs también tienen el desafío de aprender de su propia historia de luchas y revoluciones. Claro que no todo siempre será igual. Hoy Eleanor Marx se sentaría a conspirar sobre cómo organizar una huelga con una joven trabajadora queer en Nueva York o con una jornalera marroquí. Y tomarían un café machiatto, claro está.

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Josefina L. Martínez, La Izquierda Diario

“¡Trabajadores del mundo, uníos!” reúne documentos y resoluciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) en sus diferentes Congresos.

El libro, compilado por Marcello Musto, fue publicado en castellano en 2022 por Bellaterra. [1]

Hasta el momento, la edición más completa de documentos y actas de los Congresos de la AIT en castellano era la antología de Jacques Freymond. [2] Una obra exhaustiva, publicada en 1973 en dos tomos que suman casi 1200 páginas. Sin embargo, estaba agotada hace tiempo, por lo que muchos de esos escritos eran de difícil acceso. De ahí que sea una muy buena noticia la publicación de esta nueva antología que recupera muchos de los debates en el seno de la Internacional. El libro reúne minutas y documentos del Consejo General de la AIT con sede en Londres dirigido por Marx, junto con registros de intervenciones de diferentes delegados en los Congresos y Conferencias de la AIT entre 1866 y 1872 (incluye también documentos posteriores). En algunos casos se trata de materiales inéditos en castellano (24 resoluciones e intervenciones sobre un total de 80 fueron traducidas por primera vez).

Después de una detallada introducción por parte de Musto, los documentos ocupan casi 300 páginas y están organizados temáticamente en varias partes: 1) El discurso inaugural, 2) El programa político, 3) El trabajo, 4) Sindicatos y huelgas, 5) El movimiento y el crédito cooperativo, 6) Sobre la herencia, 7) La propiedad colectiva y el Estado, 8) Educación, 9) La Comuna de París, 10) El internacionalismo y la oposición a la guerra, 11) La cuestión irlandesa, 12) Sobre los Estados Unidos y 13) Organización política.

Musto destaca que la compilación responde a una meta precisa: “mostrar la forma económica y política de la sociedad futura que buscaban alcanzar los miembros de la Internacional”. La selección tiene el objetivo -explica- de destacar algunos puntos clave del debate teórico-político entre las diferentes tendencias y agrupamientos al interior de la Internacional. En particular entre los mutualistas proudhonianos, los comunistas afines a Marx y los anarquistas influenciados por Bakunin.

Es un aporte, también, la hipótesis que plantea acerca de las dimensiones organizativas de la Internacional a través de los años. En base a distintas fuentes, Musto elabora una serie de datos de afiliaciones a las secciones de la internacional, señalando los que habrían sido años de mayor auge en cada país. En su pico más alto, la Internacional habría alcanzado unos 150.000 afiliados, de los cuales 50.000 se encontraban en Inglaterra, más de 30.000 entre Francia y Bélgica, 30.000 en España, 25.000 en Italia, más de 10.000 en Alemania, unos cuantos miles en el resto de los países europeos y cerca de 4.000 en Estados Unidos. Estas cifras eran considerables para aquel momento, más teniendo en cuenta que en varios países se perseguía a los miembros de la Internacional o eran organizaciones ilegales. Desde el punto de vista de su composición, la Asociación afiliaba tanto a sindicatos como a asociaciones políticas o individuos. En el caso de Inglaterra, la presencia sindical era mayoritaria, mientras que en Francia y Bélgica se combinaba la afiliación sindical con la presencia de múltiples agrupamientos socialistas y mutualistas.

No pretendemos aquí dar cuenta de todos los hitos de la historia de la Internacional ni el conjunto de los debates que aborda Musto en la introducción. Nos gustaría destacar algunos ejes que pueden tener especial interés para la actualidad: la polémica de Marx con el sindicalismo y el cooperativismo, los debates sobre el Estado y la Comuna con el anarquismo y la cuestión de la organización y el partido mundial.

Sindicalismo, mutualismo y socialismo

La historia de la Internacional no se puede separar de la del movimiento obrero de su época. Desde su fundación el 28 de septiembre de 1864 en el Saint Martin’s Hall de Londres, la organización crece en influencia, al calor del desarrollo de importantes procesos huelguísticos. Trabajadores en huelga se dirigen a la Internacional para solicitar apoyo en sus luchas o se afilian a la misma, como es el caso de los obreros y obreras ovalistas de Lyon o los mineros de Fuveau. [3] Muchos trabajadores y trabajadoras apoyan la Internacional como un espacio para la coordinación entre obreros de diferentes países, con el fin de evitar que las patronales quiebren las huelgas, como intentaban hacerlo una y otra vez, contratando mano de obra extranjera. Esa búsqueda de una solidaridad de clase elemental a través de las fronteras se encuentra en los orígenes de la Internacional.

En los primeros años, se producen debates sobre la cuestión sindical y las huelgas, ya que algunos grupos se oponían a la lucha sindical. Esto será combatido desde el inicio por Marx y Engels. Al mismo tiempo, los documentos muestran la tensión constante con los sectores sindicalistas (en especial los dirigentes sindicales ingleses) que tienden a posiciones “economicistas”. Es decir, que querían restringir la organización a actuar como una plataforma de solidaridad activa con las luchas salariales, por la reducción de la jornada o mejores condiciones laborales, sin inmiscuirse en el terreno político. Por su parte, los sectores afines a Marx y Engels defienden una perspectiva política que tiene como objetivo la emancipación completa de la clase trabajadora y todos los oprimidos.

Otro gran foco del debate se produce con los mutualistas, que durante los primeros años eran una tendencia mayoritaria en la sección francesa y tenían peso en otras. Los seguidores de Proudhon promovían la expansión de cooperativas de producción y consumo, que serían financiadas por bancos cooperativos. De este modo, pronosticaban una paulatina superación de los elementos “negativos” de la sociedad capitalista, evitando el choque entre clases. Estaban en contra de impulsar huelgas (y mucho menos revoluciones) y eran claramente un ala moderada de la Internacional. Musto explica que “Marx desempeñó indudablemente un papel clave en la lucha para reducir la influencia de Proudhon en la Internacional. Sus ideas fueron claves para el desarrollo teórico de sus dirigentes y mostró una notable capacidad para afirmarlas ganando cada conflicto importante en la organización.” [4]

El Manifiesto inaugural, redactado por Marx, señalaba en este sentido que “el trabajo asalariado, como en sus días el trabajo esclavo y el trabajo del siervo, es solamente una forma social transitoria y subordinada, destinada a desaparecer frente al trabajo asociado”. Pero la experiencia de lucha de los años previos mostraba que “para poder liberar a las masas obreras, el cooperativismo necesita desarrollarse a escala nacional y contar con medios nacionales”. Algo que será resistido por los capitalistas, ya que “los señores de la tierra y los señores del capital emplearán siempre sus privilegios políticos en defender y perpetuar sus monopolios económicos.” “De ahí que el gran deber de las clases obreras sea conquistar el poder político”, concluye. [5]

También en polémica con el mutualismo, Marx había redactado las Instrucciones sobre diversos problemas a los delegados del Consejo Central provisional de 1866:

Para convertir la producción social en un sistema amplio y armónico de libre trabajo cooperativo, son necesarios cambios generales de carácter social, cambios que afecten a las condiciones generales de la sociedad y que solo podrán llevarse a cabo mediante el traspaso del poder organizado de la sociedad, es decir, del poder del Estado, desde las manos de los capitalistas y terratenientes a las manos de los productores mismos. [6]

La derrota de los mutualistas en la Internacional se terminará plasmando en las resoluciones del Congreso de Bruselas en septiembre de 1868, con la introducción de una serie de artículos programáticos que apuntan a la socialización de los medios de producción estratégicos, como las minas, los medios de transporte, los canales, carreteras, telégrafos junto con la gran propiedad agrícola. El Congreso proponía que esas propiedades colectivas fueran concedidas a asociaciones de trabajadores para “garantizar a la sociedad el funcionamiento racional y científico de los ferrocarriles, etcétera, a un precio tan próximo como sea posible a los gastos del trabajador.” Cabe destacar que las resoluciones incluían también la cuestión del medioambiente:

Considerando que el abandono de las forestas a individuos privados causa la destrucción de los bosques necesarios para la conservación de los manantiales, y, evidentemente, de la buena calidad del suelo, así como la salud y las vidas de la población, el Congreso piensa que los bosques deben seguir siendo propiedad de la sociedad. [7]

La Comuna y la cuestión del Estado

Las definiciones sobre el Estado se concretan a partir de la experiencia de La Comuna de Paris de 1871. A partir de entonces se establece mucho más claramente una delimitación estratégica no solo con los mutualistas sino también con los anarquistas o “autonomistas” seguidores de Bakunin.

Marx escribe en La Lucha de clases en Francia que “la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está y a servirse de ella para sus propios fines”. La Comuna se constituye en base a representantes electos, que podían ser revocados en cualquier momento, como un órgano a la vez ejecutivo y legislativo. Suprime el ejército permanente y la policía y decreta la separación de la Iglesia del Estado. En ese sentido La Comuna “quiebra el poder estatal moderno”. Su verdadero secreto estaba en que era “esencialmente un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación del trabajo.” [8] Por primera vez en la historia, señala Marx, simples obreros se atreven a desafiar los principios del orden burgués y muestran que podían llevar adelante su propio gobierno. Por eso “el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia” y toda la fuerza de la represión estatal capitalista se descarga sobre la comuna roja.

En la parte de la antología dedicada a “La propiedad colectiva y el Estado” se encuentran varios documentos interesantes que ilustran esta lucha política y teórica con los anarquistas en el seno de la Internacional después de la Comuna. Entre ellos, un extracto del texto escrito por Marx, Engels y Lafargue en polémica con Bakunin. [9] Después de plantear que este se proponía derrotar a un “Estado abstracto”, los autores polemizan con su idea de que es igual una república burguesa que un Estado revolucionario. Y apuntan que la experiencia de la Comuna de Lyon muestra lo fallido de la doctrina de Bakunin. Señalan, de forma irónica, que por más que los anarquistas proclamara la “abolición del Estado por decreto”, el Estado real, materializado en dos compañías de guardias nacionales, bastó para “obligar a Bakunin a salir corriendo hacia Ginebra”.

La ruptura con Bakunin se formaliza en el Congreso de la Haya (1872) donde se resuelve su separación de la Internacional, una vez constatadas las diferencias y la formación, por parte de los seguidores de Bakunin, de una organización paralela dentro de la Internacional que buscaba restringir sus objetivos. Su idea de un comunismo “sin transición” resultaba muy radical en su retórica, pero en realidad era un ataque directo a la necesidad una política revolucionaria por parte de la clase obrera.

En las resoluciones del Congreso de Saint-Imier, convocado por los grupos afines a Bakunin después del Congreso de La Haya, se afirmará que “toda organización política no puede ser otra cosa que la organización de la dominación, para beneficio de una clase y en detrimento de las masas; y que, si el proletariado buscaba tomar el poder se convertiría en una clase dominante y explotadora.” [10] Una condena absoluta a cualquier intento de la clase obrera por tomar el poder político que, por lo tanto, la condenaba a la impotencia de aceptar el estatus quo actual. Entre Marx y Bakunin había posiciones irreconciliables en lo que hacía a los objetivos, los métodos y las fuerzas sociales de la revolución tal como puede apreciarse en la serie de documentos publicados en la antología referidos a la organización política.

Por último, aunque se trata de una selección acotada, son también de gran interés los textos reunidos en la parte dedicada al debate sobre Irlanda y Estados Unidos. Estos muestran la posición internacionalista de Marx y Engels contra la opresión nacional, contra la esclavitud y el racismo. Sobre la cuestión de la mujer, aparecen algunas resoluciones, como la que plantea la formación de secciones de mujeres obreras y el documento “Sobre la emancipación e independencia de la mujer” presentado por algunos delegados al Congreso de Ginebra. Aunque sobre este tema la compilación de Freymond es un poco más completa, ya que reproduce los debates entre los diferentes delegados sobre el tema.

Una Internacional para una nueva clase obrera

Marcello Musto cierra la introducción del libro señalando las condiciones actuales donde se combinan crisis económicas, sociales y ecológicas, una creciente brecha social entre ricos y una mayoría empobrecida, así como vientos de guerra. Desde su punto de vista, esto plantea a la clase trabajadora la “urgente necesidad de reorganizarse sobre la base de dos características fundamentales de la Internacional: la multiplicidad de su estructura y el radicalismo de sus objetivos” y señala que para hacer frente a los desafíos del presente la nueva Internacional debe ser “plural y anticapitalista”.

En este punto, si partimos del hecho de que la composición social y cultural de la clase trabajadora es mucho más heterogénea que en el pasado (una clase obrera más extendida internacionalmente, feminizada, racializada y diversa) no podemos más que coincidir en que sus organizaciones tienen que expresar esa pluralidad. Basta mirar las novedosas experiencias de la clase obrera norteamericana, donde una nueva ola de sindicalismo desde abajo es protagonizada por jóvenes trabajadores y trabajadoras negras, latinas y LGTBI. Sectores en los que han tenido gran impacto movimientos sociales como el feminista o el Black Lives Matter.

Sin embargo, es necesario señalar también que la experiencia de más de 150 años de la clase obrera desde la fundación de la Primera Internacional plantea una articulación muy diferente entre sindicatos, consejos obreros y partidos revolucionarios, que la que podía haber en época de Marx. A comienzos del siglo XX irrumpieron nuevas experiencias de autoorganización, como fueron los consejos obreros o soviets, que permitieron expresar la pluralidad social y política de la clase trabajadora, a la vez que permitían mantener una libertad de tendencias políticas en su seno. Al mismo tiempo, la delimitación estratégica que comenzó en época de Marx con el anarquismo o las tendencias autonomistas, se enriquece en el siglo XX con las experiencias de las grandes revoluciones de la clase obrera, pero también con las múltiples traiciones de la socialdemocracia y el estalinismo. De todas estas lecciones no podemos hacer borrón y cuenta nueva. Se trata de experiencias y luchas políticas, que, junto a las conclusiones de la lucha de clases más actual, forman las bases para reorganizar ese partido internacional de la revolución socialista que necesitamos con tanta urgencia.

NOTAS AL PIE

[1] Originalmente fue publicado en inglés en el año 2015 por Bloomsbury con motivo de los 150 años de la fundación de la AIT.

[2] Jacques Freymond, La Primera Internacional, Tomos I y II, Ediciones Zero, 1973, Bilbao. Publicada originalmente en francés en 1962 con el título La première Internationale, una colección de textos dirigida por Jacques Freymond, compilados por Henri Burgelin, Knut Langfeld y Miklós Molnár.

[3] Jaques Freymond, La Primera Internacional, Ediciones Zero, 1973, Bilbao

[4] Ver Introducción, en: Marcello Musto (Ed.); ¡Trabajadores del mundo, uníos!, Bellaterra, 2022.

[5] Karl Marx, Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores, octubre de 1864. En: Marcello Musto (Ed.); ¡Trabajadores del mundo, uníos!, Bellaterra, 2022.

[6] Citado en Marcello Musto (Ed.); ídem.

[7] Resoluciones del Congreso de Bruselas (1868), VVAA, en: Marcello Musto, ídem.

[8] Karl Marx, Sobre la Comuna de París (Fragmentos de “La lucha de clases en Francia…”), en: Marcello Musto, ídem.

[9] Marx, Engels, Lafargue; La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de Trabajadores, publicado en francés en agosto de 1873.

[10] Ídem

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Marx, Marxism and the Question of Eurocentrism