La Izquierda Radical Europea Después de 1989: Balances y Perspectivas

I. El fin del “socialismo real”
La caída del Muro de Berlín determinó un profundo cambio en el escenario político europeo.
La implosión de los regímenes del bloque soviético, que se habían vuelto con el tiempo cada vez más represivos y burocráticos, tuvo la consecuencia positiva de liberar al comunismo del “socialismo real” –que había representado su degeneración– y de devolverlo a la lucha por la emancipación de las clases obreras.
Sin embargo, después de 1989, por el efecto de una convulsión del cuadro político y de relevantes transformaciones económicas, se desplegó un proceso de restauración capitalista que provocó durísimas repercusiones sociales a escala global. También en Europa, las fuerzas anticapitalistas atestiguaron cómo se redujo, inexorablemente, su protagonismo en la sociedad. Estas se encontraron, de hecho, con la enorme dificultad de organizar y orientar las luchas sociales y, por el lado ideológico, la izquierda en su conjunto perdió el rol hegemónico conquistado después de 1968 en la cultura de muchos países.
Tal retroceso se manifestó también en las elecciones. A partir de los años ochenta, tanto los partidos congregados en torno a las ideas del eurocomunismo[1], como aquellos aún fuertemente vinculados a las directrices de Moscú [2], sufrieron una grave disminución de consensos, que se convirtió, apenas después del final de la Unión Soviética, en un evidente colapso. Las diversas agrupaciones de la nueva izquierda y los partidos trotskistas corrieron la misma suerte [3].
Comenzó, sucesivamente, una fase de reconstrucción, en el transcurso de la cual surgieron, a menudo a través de procesos federativos entre varios de los componentes anticapitalistas que habían sobrevivido, nuevas formaciones políticas. Esto permitió a las fuerzas tradicionales de la izquierda abrirse también a movimientos ecologistas, feministas y pacifistas, nacidos en los dos decenios anteriores. Izquierda Unida (IU) en España, creada en 1986, fue la precursora de este proceso. Más tarde, iniciativas análogas alcanzaron la madurez en Portugal, donde, en 1987, nació la Coalición Democrática Unitaria (CDU); en Dinamarca, en 1989, con la Lista Unitaria – Los Rojos-Verdes (Enhl., Ø); en Finlandia, en 1990, con la Alianza de Izquierda (VAS), y en Italia y en Grecia, en 1991, cuando fueron fundados el Partito de la Refundación Comunista (PRC) y Synaspismós (SYN – Coalición de la Izquierda, de los Movimientos y de la Ecología). Varias fueron las modalidades organizativas a través de las cuales se definieron las nuevas congregaciones. Los partidos que le dieron forma a la Izquierda Unida –entre ellos el Partido Comunista de España– conservaron su existencia; la Coalición Democrática Unitaria en Portugal fungió sólo como lista electoral, mientras que el Partido de la Refundación Comunista en Italia y Synaspismós en Grecia se constituyeron como un nuevo y unitario sujeto político.
En otros países, en cambio, se procedió a un intento de renovación, a veces casi sólo de fachada, de los partidos que existían antes de la caída del Muro de Berlín. En 1989, después de la fundación de la República Checa, fue creado el Partido Comunista de Bohemia y Moravia (KSČM); mientras que en 1990, en Alemania, nació el Partido del Socialismo Democrático (PDS), heredero del Partido de Unidad Socialista de Alemania (PSUA), que ejerció el gobierno de la República Democrática Alemana desde 1949. Durante el mismo año, en Suecia el Partido de la Izquierda – Comunistas (V) asumió orientaciones más moderadas y eliminó la palabra “Comunistas” de sus iniciales.

II. El fracaso de las experiencias gubernamentales
Estos nuevos partidos, de la misma manera que aquellos que no habían cambiado su denominación, lograron conservar una cierta presencia política en sus respectivos escenarios nacionales y contribuyeron, junto con los movimientos sociales y las fuerzas sindicales progresistas, a la lucha contra las políticas neoliberales, intensificadas por la entrada en vigor, en 1993, del Tratado de Maastricht, en virtud del cual habían sido establecidos parámetros monetarios para el ingreso de los distintos países a la Unión Europea.
En 1994, fue creado el grupo de la Izquierda Unitaria Europea del Parlamento Europeo que, un año después, siguiendo la adhesión de algunos partidos escandinavos, modificó su nombre para convertirse en Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica (GUE/NGL).
Además, a mediados de los años noventa, algunas fuerzas políticas de la izquierda radical, favorecidas por las huelgas y las grandes manifestaciones de plaza contra los gobiernos de Berlusconi y Dini en Italia, Juppé en Francia y González y Aznar en España, obtuvieron de hecho discretas afirmaciones electorales. La Izquierda Unida conquistó el 13,4% en las europeas de 1994; el Partido de la Refundación Comunista alcanzó el 8,5% de los votos en las elecciones italianas de 1996; el Partido Comunista Francés rozó el 10% en las legislativas de 1997. De la mano con lo anterior, estos partidos registraron un incremento del número de inscritos y una ampliación de su presencia en los territorios y en los puestos de trabajo.
En esta fase de consolidación la excepción fue la de los partidos de los países del Este europeo, en los cuales, si se excluye la anomalía del Partido Comunista de Bohemia y Moravia, la herencia de las dictaduras “comunistas” de la posguerra no hizo posible –y aún hoy impide– el desarrollo de un proceso de renacimiento de las fuerzas de la izquierda.
Con el comienzo del siglo, se difundió por cada rincón del globo un amplio y políticamente heterogéneo movimiento de lucha contra la globalización neoliberal. Ya desde finales de los años noventa, colectivos autoorganizados, sindicatos de base, asociaciones, partidos anticapitalistas y organizaciones no gubernamentales habían promovido numerosas protestas masivas con ocasión de las periódicas cumbres internacionales del G8, del Fondo Monetario Internacional, de la Organización Mundial del Comercio y del Foro Económico Mundial (WEF) de Davos, Suiza. Los sucesivos nacimientos del Foro Social Mundial (FSM), Brasil 2001, y del Foro Social Europeo (ESF) favorecieron una discusión más abierta sobre la elaboración de políticas alternativas a las dominantes.
Mientras tanto, en el frente de la socialdemocracia, el advenimiento de Tony Blair, que guió el Labour Party desde 1994 y fue primer ministro del Reino Unido de 1997 a 2007, le allanó el camino a un profundo cambio ideológico y programático de la Internacional Socialista [4]. Su “Tercera Vía”, evidente adhesión al mantra liberal, disimulada con una exaltación vacía de lo “nuevo”, fue bienvenida y sostenida, con matices y modalidades diversas, por los gobiernos de Gerhard Schröder, canciller del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) de 1998 a 2005 [5], y de José Sócrates, primer ministro del Partido Socialista Portugués (PS), de 2005 a 2011 [6]. También Romano Prodi, presidente del Consejo italiano, a la cabeza de coaliciones de centro-izquierda de 1996 a 1998 y de 2006 a 2008, compartió muchos de los temas propuestos por Blair y se expresó a favor de la búsqueda de una “nueva vía”.
En nombre del “futuro de las próximas generaciones”, estos ejecutivos, inspirados por la Estrategia de Lisboa, el programa económico aprobado, en 2000, por los gobiernos de los países de la Unión Europea, dieron rienda suelta, casi del mismo modo que los de centro-derecha, a contrarreformas económicas que devastaron el modelo social europeo. De hecho, estos encaminaron, con inflexibilidad, fuertes recortes del gasto público, precarizaron las relaciones laborales (limitando las tutelas legislativas y empeorando las condiciones generales), pusieron en práctica políticas de “moderación” salarial y liberalizaron los mercados y los servicios, como sostenía la desastrosa “directiva Bolkestein” de 2006. La Agenda 2010, particularmente el Plan Hartz IV de Schröder, en Alemania, constituyó el ejemplo probatorio de tales elecciones desafortunadas.
En muchos países del sur de Europa, la situación fue ulteriormente agravada por el redimensionamiento de algunas garantías fundamentales del welfare state –comenzando por los ataques al sistema de pensiones–, por ulteriores cesiones masivas del patrimonio público, por procesos de privatización de la educación, por la drástica reducción de las becas para la investigación y la innovación y, finalmente, por la ausencia de políticas industriales eficaces. Estas medidas también fueron asumidas por Konstantinos Simitis (1996-2004) en Grecia, Massimo D’Alema (1998-2000) en Italia y José Zapatero (2004-2011) en España.
También en Europa del Este las elecciones fueron análogas. Los gobiernos socialistas de Leszek Miller (2001-2004) en Polonia y de Ferenc Gyurcsány (2004-2010) en Hungría estuvieron entre los más fieles secuaces del neoliberalismo y aplicaron grandes recortes al gasto público. De tal modo, éstos se deshicieron del consenso de la clase obrera y de los estratos más pobres de la población, al punto de que hoy en día las fuerzas de la Internacional Socialista ocupan una posición del todo marginal en ambos países.
Con respecto a las direcciones de la política económica es difícil rastrear diferencias, solo totalmente marginales, entre la actuación de los ejecutivos socialistas y la de los gobiernos conservadores en función durante el mismo período. Más bien, en muchos casos los partidos socialdemócratas, o las coaliciones de centro-izquierda, resultaron aún más funcionales para el proyecto neoliberal. Sus decisiones, de hecho, captaron más fácilmente el consentimiento por parte de las organizaciones sindicales, guiadas por la vieja, tan ilusoria, lógica del “gobierno amigo”. Con el tiempo, la decisión de adoptar un modelo de concertación y de baja conflictividad hizo a los sindicatos cada vez menos representativos de los sectores sociales más débiles.
Las medidas asumidas en política exterior siguieron con la misma dirección de discontinuidad con el pasado. En 1999, de hecho, fue el gobierno guiado por los Demócratas de Izquierda (DS), los herederos del viejo Partido Comunista Italiano, el que autorizó la segunda intervención militar de la historia italiana después de 1945: los bombardeos de la OTAN en Kosovo, sensación en la prensa también por el uso de proyectiles de uranio empobrecido. En 2003, los laboristas ingleses apoyaron en primera línea al republicano George W. Bush en la Segunda Guerra del Golfo contra el “Estado canalla” iraquí, falsamente acusado de posesión de armas de destrucción masiva[7]. Durante estos dos conflictos, ninguna fuerza del socialismo europeo se opuso a la intervención en Afganistán, a los devastadores “efectos colaterales” que éste trajo a la población y, más en general, a la campaña Enduring Freedom (“libertad duradera”) promovida por el gobierno de los Estados Unidos de América.
Finalmente, también la cuestión ecológica fue relegada a menudo a declaraciones de principios, que casi nunca se tradujeron en intervenciones legislativas eficaces para resolver los principales problemas ambientales. A esto contribuyó el desenvolvimiento moderado de gran parte de los partidos verdes que, decidiendo formar alianzas de gobierno tanto con las fuerzas de la derecha como con las de la izquierda, se volvieron partidos “post-ideológicos” y abandonaron la batalla en contra del modo de producción existente.
La metamorfosis de la socialdemocracia europea, sucedida por la anticrítica adhesión al capitalismo y a todos los principios del liberalismo, demostró que los acontecimientos de 1989 habían sacudido no sólo al campo comunista sino también a las fuerzas socialistas. En efecto, éstas habían renunciado a cualquier función reformadora; es decir, a la característica principal que las había distinguido después de la Segunda Guerra Mundial, cuando recomendaban, por ejemplo, la intervención estatal en la economía. A pesar del profundo cambio neoliberal de la Internacional Socialista muchos partidos de la izquierda radical europea se aliaron con las fuerzas socialdemócratas como consecuencia de la legítima preocupación de impedir el nacimiento de gobiernos de derecha que habrían empeorado, aún más, las condiciones de vida de los jóvenes, los trabajadores y los pensionados, o para evitar el aislamiento y el miedo de ser castigados por la lógica del “voto útil”. Con pocos años de diferencia el Partido de la Refundación Comunista en Italia (1996-98 y 2006-8), el Partido Comunista Francés en Francia (1997-2002), Izquierda Unida en España (2004-2008) y el Partido de la Izquierda Socialista (SV) en Noruega [8] (2005-13) ingresaron a las mayorías parlamentarias de los gobiernos de centro-izquierda o incluso aceptaron la guía de algunos ministerios. Más recientemente, también la Alianza de Izquierda en Finlandia (2011-2014) y el Partido Popular Socialista de Dinamarca (2011-2015) adquirieron responsabilidades de gobierno.
Tal elección de fondo, sin embargo, ya había sido utilizada en modo consistente a nivel local, prescindiendo, a menudo, de una confrontación programática seria con las fuerzas políticas con las cuales se aprobaban los acuerdos de coalición[9].
El ventarrón liberal que soplaba sin nada que lo contrarrestara desde la península ibérica hasta Rusia y, sobre todo, la ausencia de grandes movimientos sociales que hubieran podido condicionar las acciones de los gobiernos encabezados por socialistas representaban, evidentemente, dos advertencias negativas para los partidos de la izquierda radical. Por otra parte, llamados a presidir, con representantes propios, ministerios poco relevantes (como en el caso de Francia e Italia), o valiéndose solamente de grupos parlamentarios restringidos (como en España), las relaciones de poder que éstos lograron establecer al interior de los ejecutivos por ellos sostenidos fueron muy débiles.
Por lo tanto, las izquierdas anticapitalistas no lograron hacerse con ninguna conquista social significativa, con excepción de algún blando paliativo por alguna ligera contradicción con las directrices económicas de fondo. Por el contrario, con mayor frecuencia tuvieron que “besar el sapo” y votar medidas contra las cuales habían prometido con anterioridad la más intransigente oposición. Guiados por parlamentarios y por líderes locales seleccionados basándose en la acrítica fidelidad a la línea política del grupo dirigente, estos partidos fueron absorbidos por las elecciones de los gobiernos a los que apoyaban y vieron cómo se consumó una lenta pero constante ruptura con sus propias bases, que derivó en una consiguiente pérdida de credibilidad y consenso entre quienes habían votado por ellos.
Los resultados electorales sucesivos a su participación en el gobierno fueron, de hecho, desastrosos por doquier. En las presidenciales de 2007, los comunistas franceses obtuvieron menos del 2% de los votos. El año siguiente Izquierda Unida en España tocó fondo, con el 3,8%, llegando a su mínimo histórico y, por primera vez en la historia republicana, los comunistas fueron excluidos del parlamento italiano, con el desolador porcentaje de 3,1, alcanzado, además, bajo la insignia de la más amplia coalición de la Izquierda Arcoíris [10].

III. En los tiempos de la dictadura de la Troika
En el transcurso de 2007, los Estados Unidos de América fueron golpeados por una de las crisis financieras más graves de la historia, que involucró, bastante temprano, también a Europa, haciéndola caer en una durísima recesión.
A causa del considerable aumento de la deuda pública y del consiguiente peligro de insolvencia, muchos países tuvieron que recurrir a los préstamos de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, es decir, la llamada Troika. Los créditos para las naciones con riesgo de default fueron concedidos a cambio de la introducción de inflexibles políticas de austeridad, frente a las que las de por sí pesadas reestructuraciones de los años noventa parecieron intervenciones superficiales. Desde el año 2008, fueron realizados en el área de la Unión Europea 13 programas de salvamento (bailout programs): en Hungría (2008-10), en Letonia (2008-11) [11] y tres en Rumania (2009-15), a los cuales se suman los tres de Grecia (2010-2018), el de Irlanda (2010-2013), el de Portugal (2011-14), los dos de Chipre (2011-2016) y el de España (2012-2013), implementados al interior de la Eurozona.
La misma expresión “reformas estructurales” terminó sufriendo una transformación semántica. El término, que había pertenecido al léxico del movimiento obrero para indicar el lento pero progresivo mejoramiento de las condiciones sociales, se convirtió, por el contrario, en sinónimo de la destrucción del welfare state. Estas pseudoreformas, en realidad verdaderas involuciones, acabaron con muchísimas conquistas del pasado y restablecieron condiciones legislativas y económicas que recuerdan a las del capitalismo rapaz de los años 1800.
Dentro de este marco se abrió un terrible ciclo recesivo del cual Europa no ha salido todavía y que, por el momento, la ve luchar con el fantasma de la deflación. El fuerte recorte de salarios determinó la caída de la demanda, con la consiguiente disminución del producto interno bruto, y el desempleo alcanzó niveles nunca registrados en la segunda posguerra.
De 2007 a 2014, este último pasó del 8,4% al 26,5% en Grecia, del 8,2% al 24,5% en España, del 6,1% al 12,7 en Italia y del 9,1% al 14,1% en Portugal. En 2014, la falta de trabajo para una generación entera de jóvenes alcanzó niveles epidémicos: 24,1% en Francia, 34,7% en Portugal, 42,7% en Italia, 52,4% en Grecia y 53,2% en España. De hecho, el número de jóvenes de estos países que fueron obligados a emigrar [12] asciende a más de un millón –se trata a menudo de aquellos más calificados y que poseen una mayor instrucción–.
Estamos en presencia de una nueva modalidad de lucha de clase conducida con gran resolución por las clases dominantes contra las subalternas, cuya resistencia fue, a menudo, apenas débil, desordenada y fragmentada [13]. Esto ocurrió tanto en los centros capitalistas más desarrollados, donde la reducción de los derechos de los trabajadores alcanzó niveles impensables hace treinta años, como en las periferias del mundo, donde las empresas, muchas veces multinacionales, explotaron de formas extremas la mano de obra y siguen robándole al territorio sus preciosos recursos naturales.
Estos procesos generaron un enrome incremento de las desigualdades y una significativa redistribución de las riquezas a favor de la parte más rica del planeta. Las relaciones sociales mismas cambiaron profundamente con la impronta de una precariedad incontestada hacia una extrema competitividad entre los trabajadores, hacia la mercantilización de cualquier ámbito de la existencia, hacia la guerra social entre los sectores más pobres y hacia un nuevo y más invasivo capitalismo, que corrompe las conciencias y las vidas de manera inédita.
La crisis en Europa se transfirió rápidamente incluso a la dimensión política. Durante los últimos veinte años el poder de decisión transitó cada vez más desde la esfera política hacia la económica. La economía se ha convertido en un ámbito separado e inmodificable que asume las decisiones más importantes, cada vez más alejadas del control democrático. Aquellas que, en un tiempo no muy lejano, eran consideradas posibles acciones políticas se convirtieron hasta hoy en incontestables imperativos económicos que, tras la máscara ideológica de lo apolítico, esconden, por el contrario, un arraigo peligrosamente autoritario y un contenido totalmente reaccionario.
El caso más emblemático es el del Tratado sobre la estabilidad, coordinación y gobernanza en la unión económica monetaria. Puesto en vigor en 2013, el fiscal compact, como se lo denomina generalmente, impuso la introducción del vínculo del presupuesto de equilibrio en las Constituciones de los países de la Unión Europea. Esto significa que cada nación asumió la obligación de reincidir, en el arco de veinte años, en los parámetros establecidos por el Tratado de Maastricht de 1993. Es decir, asumieron la obligación de que su deuda pública no debe superar el umbral del 60% del producto interno bruto. Esta relación, según las estadísticas de 2014, está actualmente en el 92% en la zona Euro (incluidos el 74,4%de Alemania y el 89,4% del Reino Unido, único país, junto a la República Checa, que no suscribió el acuerdo), con los picos máximos de Bélgica al 106,5%, Portugal al 130,2%, Italia al 132% y Grecia al 177%.
Tal decisión es un muro erigido para impedir a cada parlamento, también a los futuros, adoptar decisiones autónomas sobre las direcciones a tomar en términos de política económica. Esta conlleva a la destrucción del Estado social en los países más endeudados y, en la fase económica actual, corre el riesgo de agravar, aún más, la recesión. En el interior de esta ofensiva más general, inspirándose en algunos países anglosajones, en Francia, a partir de 2007, y en Italia, en 2011, se introdujeron nuevas figuras, encargadas de “racionalizar” el gasto público: los comisarios para la spending review. Las medidas propuestas por éstos, en vez de reducir el derroche, como había sido anunciado, provocaron una reducción de la cantidad y calidad de los servicios.
La etapa posterior a este diseño prevé la Asociación Transatlántica para el Comercio y las Inversiones (TTIP), un acuerdo entre la Unión Europea y los Estados Unidos de América, alrededor del cual está en curso una negociación reservadísima, encaminada a la ulterior desregulación de los intercambios comerciales, a la primacía del beneficio de las empresas sobre el interés general y al consiguiente aumento de la competencia a la baja, que generará nuevas reducciones salariales y menores derechos para los trabajadores.
La transición de poder desde los parlamentos –ya vaciados de su valor representativo por las modificaciones aportadas a los sistemas electorales en sentido mayoritario, así como de revisiones, siempre menos democráticas, de la relación entre poder ejecutivo y legislativo– hacia las instituciones oligárquicas internacionales, cuyas directivas neoliberales favorecen el dominio incondicional del mercado, constituye el más grave ataque al ordenamiento democrático de nuestro tiempo [14]. Revela la cara de un capitalismo con una grave crisis de consenso, e incompatible con la democracia.
Sin embargo, en los pocos referendos convocados después de la aprobación del Tratado de Maastricht, las elecciones de los poderes tecnocráticos dominantes en Europa a menudo fueron vencidas por el voto popular. Acaeció en Francia y en Holanda, en 2005, con respecto al Tratado sobre la Constitución Europea [15]; y, sucesivamente, también en Irlanda, en 2008, en relación con el Tratado de Lisboa [16].
Los índices de la bolsa, las calificaciones de las agencias de rating, el spread entre las tasas sobre los títulos estatales, son gigantescos fetiches de la sociedad contemporánea que han adquirido mayor valor que la voluntad popular. Las decisiones que más dañan a las masas son presentadas como necesidades imprescindibles para “restablecer la confianza” de los mercados.
En el mejor de los casos, la política es convocada para sostener a la economía, como sucedió, después de 2008, tanto en los Estados Unidos de América como en Europa, cuando fueron realizados los rescates de los bancos. Los representantes de la gran finanza tuvieron la necesidad de intervenir políticamente para mitigar la devastación producida por la más reciente crisis de capital, pero éstos se negaron a discutir nuevamente las reglas y los lineamientos económicos de fondo.
Ni siquiera la alternancia entre gobiernos de centro-derecha y de centro-izquierda modificó las directrices económico-sociales, ya que es la economía la que determina, siempre más, el nacimiento, la composición y la finalidad de los ejecutivos que alcanzan el poder. Si, en el pasado, esto se realizaba a través de las grandes cantidades de dinero destinadas por “los poderes fuertes” a gobiernos y partidos para controlarlos y mediante el condicionamiento de los medios de comunicación masivos, en el siglo XXI esto sucede, por el contrario, por decreto de las instituciones internacionales.
Dicho fenómeno quedó demostrado con mayor evidencia con la temporada de los “gobiernos técnicos”. En el transcurso de una semana –entre el 11 y el 16 de noviembre de 2011– Lucas Papademos y Mario Monti, intachables representantes del poder económico dominante (el primero había sido vicepresidente del Banco Central Europeo de 2002 a 2010), fueron nombrados, sin el filtro de las elecciones, primeros ministros de Grecia e Italia. Papademos estuvo a cargo sólo siete meses, mientras que Monti, debido al apoyo determinante del Partido Democrático (PD), por un año y medio. Erigidos como los adalides de la austeridad, éstos introdujeron drásticos recortes del gasto y ulteriores sacrificios sociales.
Sus experiencias políticas resultaron breves, dado que ambos fueron drásticamente derrotados apenas se le restituyó la palabra a los electores, pero la actuación de sus gobiernos se mostró mortífera por las decisiones tomadas en el plano económico y, tal vez más, a causa del vulnus democrático generado por la modalidad de sus investiduras.
Algunas fuerzas de la Internacional Socialista emprendieron en estos años un camino que tuvo un resultado similar al de los “gobiernos técnicos”. Armadas con la convicción ideológica de que no existe alternativa al neoliberalismo –así la crisis de 2008 haya mostrado los desastres que éste había tenido la capacidad de producir y a pesar de que, en la otra costa del Atlántico, la administración Obama, con el American recovery and reinvestment Act de 2009, hubiera tomado un camino diferente–, éstas se aliaron con las fuerzas del Partido Popular Europeo (EPP), el grupo que recoge los partidos europeos de centro-derecha, lo que modificó acríticamente sus principales directrices económico-sociales.
El prototipo de dicha tendencia fue la Große Koalition en Alemania, el acuerdo a través del cual el Partido Socialdemócrata Alemán, al apoyar de 2005 a 2009 y de 2013 hasta hoy a la canciller Angela Merkel, prácticamente renunció a la propia autonomía.
Otros experimentos de “unidad nacional” surgieron en Europa meridional. En Grecia, de 2012 a 2015, el Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK) y, durante un período, también la Izquierda Democrática (DIMAR), apoyaron al primer ministro del partido Nueva Democracia (ND), Antonis Samaras. En Italia, después de las elecciones de 2013, el Partido Democrático se hizo con el gobierno –guiado por su vicesecretario, Enrico Letta– junto con la coalición de centro-derecha Il Popolo delle Libertà (El Pueblo de las Libertades) (PdL), comandado por Silvio Berlusconi. En 2014, lo relevó el joven rottamatore neoblairiano Matteo Renzi, quien desmantela para recuperar lo utilizable, y forma un gobierno, hoy todavía a cargo, con la Nuova Centrodestra (Nueva Centroderecha) (NCD) –formado por un grupo salido del movimiento de Berlusconi– y estrechó con este último un acuerdo sobre algunas “reformas” significativas a nivel electoral y constitucional.
Con la elección de Jean-Claude Juncker [17] como presidente de la Comisión Europea, la gran coalición entre el Partido Popular Europeo y el grupo de la Alianza Progresista de los Socialistas y los Demócratas (S&D) también gobierna las principales instituciones de la Unión Europea.

IV. Antipolítica, populismo y xenofobia
La sustancial y nociva uniformidad de los partidos en sus directrices políticas y en sus decisiones económicas, confirmada, por último, también por las políticas llevadas a cabo en Francia, a partir de 2012, durante la presidencia de François Hollande y, más generalmente, la creciente hostilidad de gran parte de la opinión pública contra la tecnocracia de Bruselas, contribuyeron a la producción de un nuevo gran cambio –el segundo después del de 1989– en el contexto político europeo.
En el transcurso de los últimos años se desarrollaron por doquier en el viejo continente sentimientos de profunda aversión hacia todo lo que tiene que ver con política, convertida en sinónimo de la ocupación, fin en sí misma, del poder, y no, al contrario, de empeño e interés colectivo por cambiar la sociedad, como había sucedido en los años sesenta y setenta.
En muchos países esta ola de antipolítica también abrumó a las fuerzas de la izquierda radical, consideradas como responsables, sobre todo a causa de las mediocres experiencias de gobierno, de haberse adaptado al contexto existente y de haber abandonado progresivamente las instancias antagonistas que antes las habían acompañado.
Significativas son las alteraciones en las relaciones de fuerza presentes en el interior del panorama europeo. Bipartidismos consolidados como el español o el griego, países en los cuales, después del fin de las dictaduras, la suma de las fuerzas socialistas y de centro-derecha habían alcanzado constantemente cerca de las tres cuartos del electorado, implosionaron. Al parecer, la misma suerte le tocó al bipolarismo italiano y francés, por efecto del cual, en las últimas décadas se había dado puntualmente una constante división de los votos entre las formaciones de centro-derecha y centro-izquierda. Por otra parte, los tres grupos políticos principales del Parlamento Europeo elegido en 2009 –es decir, el Partido Popular Europeo, la Alianza Progresista de los Socialistas y de los Demócratas y la Alianza de los Demócratas y los Liberales por Europa (ALDE)– perdieron más del 13% de sus parlamentarios en las elecciones de 2014.
El panorama político-electoral se modificó debido al incremento del abstencionismo, el nacimiento de formaciones populistas, el avance significativo de las fuerzas de extrema derecha y, en algunos contextos, la consolidación de una alternativa de izquierda a las políticas neoliberales.
El primero de estos fenómenos encuentra su explicación principal en el creciente alejamiento de los partidos políticos. Tal tendencia se manifestó, en los países más diversos, en la ocasión de las elecciones legislativas. En Francia, el número de votantes descendió del 67,9% en 1997 al 57,2% en 2013[18]; en Alemania del 84,3% en 1987 al 71,5% en 2013; en el Reino Unido del 77,7% en 1992 al 66,1% en 2015; en Italia del 87,3% en 1992 al 72,2% en 2013; en Portugal del 71,5% en 1987 al 57% en 2015; en Grecia del 76,6% en 2004 al 56,5% en 2015, y, en Polonia, con ocasión de las elecciones presidenciales, del 64,7% en 1995 al 48,9% en 2015.
El porcentaje de ciudadanos que se acercaron a las urnas también disminuyó en las elecciones del Parlamento Europeo: del 62% en 1979 al 42,6% en las últimas consultas[19]. Este dato refleja el progresivo desinterés por una institución que representa un modelo de Europa siempre más tecnocrático y menos político.
Montando la ola antieuropeísta, en los últimos años también surgieron nuevos movimientos políticos, autodeclarados como “post-ideológicos”, que tuvieron como idea guía la genérica denuncia de la corrupción del sistema o el mito de la democracia online, como garantía de la participación política desde abajo y como alternativa a la practicada en los partidos políticos.
Sobre la base de estos principios, en 2006, fue fundado casi al unísono en Suecia y Alemania el Partido Pirata (PP). Tres años después, éste alcanzó el 7,1% en las elecciones europeas en el país escandinavo y el 2% en las elecciones por el Bundestag. En 2012, este partido se constituyó también en Islandia, donde obtuvo un 5,1% de los votos en las elecciones de 2013. Porcentajes significativos, si se considera su limitado programa político, pero irrisorios si se comparan con los del Movimento 5 Stelle (Movimiento 5 Estrellas – M5S), al cual le dio vida, en 2009, el humorista Beppe Grillo y que se convirtió, en las primeras elecciones generales a las que se presentó, en la primera fuerza política italiana con el 25,5% de los votos.
En 2013, nació en Berlín la Alternativa para Alemania (AfD) que, gracias al creciente euroescepticismo, recogió el 4,7% en las elecciones federales de 2013, el 7% en las europeas del año siguiente y entre el 12% y el 24% en la elección estatales de marzo de 2016. En 2014, fue el turno de El Río (TP) en Grecia, que logró el 6,6% en las europeas y el 4,1% en las siguientes elecciones políticas, y el desarrollo, a escala nacional, de Ciudadanos (C’s) –movimiento fundado en Cataluña en 2006–, con el 3,2% en las europeas, velozmente duplicado en las administrativas de 2015, con el 6,6% de las preferencias totales. En las recientes presidenciales de Polonia, finalmente, el cantante Pawel Kukiz, populista de derecha, obtuvo el 21,3% de los votos. Su movimiento político, Kukiz’15, se convirtió en la tercera fuerza política del país con el 8,8% de los votos en las legislativas de octubre de 2015.
Durante el mismo período, formaciones que existían hacía tiempo lograron significativas afirmaciones sobre análogas plataformas políticas. El caso más llamativo es el del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) que, combinando populismo, nacionalismo y xenofobia, se convirtió, con el 26,6%, en la primera fuerza en las últimas elecciones europeas al otro lado de la Mancha y alcanzó el 12,6% en las elecciones políticas de 2015. En el parlamento europeo, los elegidos del Partido por la Independencia del Reino Unido hicieron coalición con el Movimiento 5 Estrellas, formando el grupo Europa de la Libertad y de la Democracia Directa (EFDD).
Incluso en Suiza, las elecciones de octubre de 2015 fueron ganadas con el 29,4% de los votos –el mejor resultado desde siempre– por el Partido del Pueblo Suizo-Unión Democrática de Centro (SVP-UDC). Aunque el nombre dejaría entrever otra cosa, se trata de una formación de ultraderecha xenófoba y antieuropeista, que se distinguió en el pasado por haber promovido un referendo, aprobado en 2009, sobre la prohibición de la construcción de nuevos alminares en el país.
Por otro lado, en muchos países europeos, cuando los efectos de la crisis económica comenzaron a hacerse sentir con todo su peso, partidos xenófobos, nacionalistas o aparentemente neofascistas vieron crecer enormemente sus consensos. En algunos casos, éstos cambiaron su discurso político, sustituyendo la clásica división entre derecha e izquierda por la de una nueva lucha en acto dentro de la sociedad contemporánea: aquella que Marine Le Pen definió como el conflicto “entre lo alto y lo bajo” [20]. Dentro de esta nueva polarización, éstos se hicieron candidatos para representar esta última parte, el pueblo, contra el establishment, es decir, las fuerzas que se alternaron durante un buen tiempo en el gobierno y contra las élites que favorecen la omnipotencia del libre mercado.
Incluso la tendencia ideológica de estos movimientos políticos cambió. El componente racista fue, en muchos casos, puesto en segundo plano con respecto a las temáticas económicas. La oposición a las ya ciegas y restrictivas políticas sobre la inmigración puestas en práctica por la Unión Europea se reforzó haciendo hincapié en la guerra entre pobres, incluso por encima de la discriminación basada en el color de piel o el credo religioso. En un contexto de desempleo masivo y de grave conflicto social, la xenofobia se fermentó mediante una propaganda según la cual los inmigrantes le roban el trabajo a los trabajadores locales, quienes serían, de otro modo, privilegiados en materia de ocupación, servicios sociales y derechos [21].
Este cambio de ruta seguramente influyó en el resultado del Frente Nacional que, bajo la guía de Le Pen, alcanzó el 17,9% en las elecciones presidenciales de 2012, antes de convertirse, con el 24,8% de los votos, en el primer partido político francés [22] en las consultas europeas de 2014 y de conseguir el 25,2% en las administrativas de 2015. También la Lega Nord (Liga Norte) en Italia ha sufrido una notable metamorfosis. Nacida en 1989 reivindicando la independencia de Padania (o, a partir de 1996, su sucesión), se convirtió, en los últimos tiempos, en un partido nacional, cuya plataforma política antieuro y antiinmigrantes ha constituido la premisa del proceso de alianza con las principales fuerzas herederas del fascismo. Recientemente, su consenso electoral aumentó considerablemente, hasta el punto de convertirse en las elecciones administrativas de 2015 en la primera organización de centro-derecha italiana, superando a Forza Italia, el partido de Silvio Berlusconi.
En Francia y en Italia, algunas fortalezas históricas del voto obrero y comunista se modificaron para convertirse en estables bases electorales de estas dos fuerzas. La reciente coalición, con sede europea, entre el Frente Nacional y la Liga Norte hizo posible, en junio de 2015, el nacimiento del grupo Europa de las Naciones y de la Libertad (ENL) en el europarlamento de Bruselas. De éste hacen parte consolidados partidos políticos que, apoyados por otras organizaciones menores, claman, desde hace tiempo, por la salida del euro, la revisión de los tratados sobre inmigración y el retorno de la soberanía nacional. Entre los más representativos están Interés Flamenco en Bélgica (VB); el Partido de la Libertad Austriaco (FPÖ), que alcanzó el 20,5% en las elecciones políticas de 2013, el 19,7% en las europeas de 2014, el 30,8% en las comunales de Viena de 2015 y el 35.1% en el primero turno de las presidenciales de abril 2016; el Partido por la Libertad (PVV) holandés, formado en 2006, que recogió el 13,3% en las europeas. Estos últimos dos partidos alcanzaron la tercera posición en sus respectivos países.
Las fuerzas de extrema derecha entraron en diversos grupos del europarlamento y, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, lograron avances relevantes incluso en otras regiones de Europa. En toda Escandinavia, por ejemplo, éstas se constituyen como una realidad ya bastante consolidada y también como la orientación ideológica que ha registrado el mayor éxito electoral.
En la patria por excelencia del “modelo nórdico”, los Demócratas Suecos (SD), nacidos en 1988 mediante la fusión de diversos grupos neonazis de la época, se convirtieron, con el 12,8% de los votos, en el tercer partido más votado en las elecciones legislativas de 2014. En Europa éstos están aliados con el Partido por la Independencia del Reino Unido.
En Dinamarca y Finlandia, dos partidos fundados en 1995 y ambos adherentes al Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), que históricamente ha sido guiado por el Partido Conservador (CP) británico, alcanzaron resultados aún más sorprendentes, convirtiéndose en la segunda fuerza política en sus respectivos países. Suscitando el estupor general, el Partido Popular Danés (DPP) fue, con un 26,6% de los votos, el movimiento político más votado en las últimas elecciones europeas. Tal éxito fue confirmado en las legislativas de 2015, después de las cuales, con el 21,1% de las preferencias, entró en la mayoría de gobierno. Después de las recientes elecciones de 2015, también subieron a los escaños del gobierno de Helsinki los Verdaderos Finlandeses (PS), con el 17,6% de los votos.
Finalmente, en Noruega, con el 16,3% de los votos, llegó por primera vez al gobierno el Partido del Progreso (FrP), de visión política igualmente reaccionaria, que ya había conseguido el 22,9% en 2009.
La notoria y casi uniforme afirmación de estos partidos, en una región donde las organizaciones del movimiento obrero ejercieron una indiscutida hegemonía por un largo tiempo, se hizo posible porque los partidos de extrema derecha se apropiaron de temáticas y batallas que en el pasado correspondían a la izquierda, tanto socialdemócrata como comunista. El maquillaje de la simbología política (los Demócratas Suecos sustituyeron, por ejemplo, la llama, a menudo usada por movimientos fascistas, con una tranquilizadora flor de campo con los colores nacionales) y el advenimiento de líderes jóvenes y hábiles comunicándose con los medios fueron factores útiles, pero no fundamentales.
El avance de la derecha se dio no sólo utilizando clásicas campañas reaccionarias, como aquellas contra la globalización, la llegada de nuevos solicitantes de asilo y el espectro de la “islamización” de la sociedad. En la base de su éxito estuvo, sobre todo, la reivindicación de políticas, tradicionalmente de izquierda, a favor del Estado social, justo cuando los socialdemócratas optaban por recortes del gasto público y la izquierda radical estaba maniatada por el apoyo o la participación directa en los gobiernos. Se trata, sin embargo, de un diferente tipo de welfare. Ya no es universal, inclusivo y solidario, como el del pasado, sino que se basa en un principio diferente –que algunos académicos han incluido en la categoría de welfare nationalism–, el cual consiste en proporcionar derechos y servicios exclusivamente a los miembros de la preexistente comunidad nacional.
Al gran consenso recibido en las zonas rurales y de provincia, a menudo despobladas o con índices de desempleo récord a causa de la crisis económica, la extrema derecha escandinava ha añadido el de una parte significativa de la clase obrera, la cual ha cedido al chantaje de “inmigración o Estado social”.
Incluso en diversos países del Este europeo la derecha radical consiguió reorganizarse después del fin de los regímenes prosoviéticos. La unión Nacional del Ataque (ATAKA) en Bulgaria, el Partido Eslovaco Nacional (SNS) y el Partido Grande Rumania (PRM) son algunas de las fuerzas políticas que a menudo obtienen buenos resultados y eligen representantes propios en el parlamento.
En Polonia, el partido de la derecha populista Derecho y Justicia (PiS) venció en las presidenciales de mayo de 2015 y después obtuvo, gracias al 37,6% de los votos en las legislativas de octubre de 2015, la primera mayoría absoluta conseguida en el parlamento por una única fuerza política después del final de la Guerra Fría. A diferencia de los frecuentes llamados de atención al nacionalismo y a los valores religiosos más conservadores, el programa económico de Derecho y Justicia se centró en la promesa de aumentar la inversión social, mejorar el nivel de los salarios y disminuir la edad de pensión. Una plataforma de izquierda, en un país donde la izquierda anticapitalista no existe y la socialdemócrata está confinada a una participación minoritaria después de haber golpeado con sus políticas a los estratos sociales más débiles.
En esta zona de Europa, sin embargo, el caso más alarmante es el de Hungría. Después de la introducción de severas medidas de austeridad lanzadas por el gobierno del Partido Socialista Húngaro, en deferencia a las imposiciones de la Troika, y después de la grave crisis de deflación desencadenada por éstas, alcanzó el poder la Unión Cívica Húngara-Fidesz (adherente al Partido Popular Europeo). Después de haber depurado la magistratura y haber puesto bajo control los medios masivos de comunicación, el gobierno instauró en 2012 una nueva Constitución de connotaciones autoritarias y extraña a los principios propios del Estado de derecho. Junto a tan peligrosa realidad, a partir de 2010, el Movimiento por una Hungría Mejor (Jobbik) se convirtió en el tercer partido del país, alcanzando el 20,5% en las elecciones de 2014. A diferencia de las fuerzas presentes en Europa occidental y Escandinavia, Jobbik representa el clásico ejemplo –hoy en día dominante en el Este– de formaciones de extrema derecha, que insisten en utilizar el odio hacia las minorías (en particular la Rom), el antisemitismo y el anticomunismo como principales instrumentos de propaganda y acción.
Completan, finalmente, este panorama diversas organizaciones neonazis esparcidas por varias zonas de Europa. Dos de éstas obtuvieron buenos resultados. El Partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD) conquistó una presencia institucional en dos parlamentos regionales, alcanzó el 1,5% en las elecciones de 2013 y eligió un eurodiputado en 2014. Alba Dorada, en Grecia, recogió el 9,4% en las europeas de 2014 y el 7% en las elecciones de 2015, afirmándose, en ambos casos, como la tercera fuerza política del país[23].
Durante estos años, pues, los partidos políticos de derecha populista, nacionalista o neofascista han ampliado definitivamente su consenso casi por doquier en Europa. En muchas ocasiones estuvieron en capacidad de hegemonizar el debate político y, en algunos casos, aliándose con fuerzas de la derecha más moderada, fueron capaces de hacerse con el gobierno. Se trata de una epidemia muy preocupante, a la cual no se puede pensar en responder sin haber combatido el virus que la generó: la letanía neoliberal hoy tan en boga en Bruselas.
No obstante, tanto en Grecia como en las regiones orientales de Alemania, éstos tuvieron resultados inferiores a los que habrían podido obtener; mientras que en España, Portugal y República Checa, algunos de los lugares donde la izquierda comunista mantuvo un consistente arraigo social y desarrolló, con el transcurso de los años, una coherente política de oposición, no se dieron las condiciones para su renacimiento.

V. La nueva geografía política de la izquierda radical europea
La crisis económica y política que atraviesa Europa ha provocado, aparte del avance de fuerzas populistas, xenófobas y de extrema derecha, grandes luchas de resistencia y manifestaciones de protesta contra las medidas de austeridad impuestas por la Comisión Europea y llevadas a cabo por los gobiernos nacionales.
Esto ha favorecido, sobre todo en la parte meridional del continente, el renacer de fuerzas radicales de izquierda, así como su considerable éxito electoral. Grecia, España, Portugal, así como Irlanda y, en menor medida, otros países, han sido el teatro de imponentes movilizaciones masivas contra las políticas neoliberales. En Grecia, a partir de 2010, se declararon más de 40 huelgas generales.
En España, el 15 de mayo de 2011, tuvo inicio una gran rebelión, en la cual participaron millones de ciudadanos y de la que surgió el movimiento después definido con el nombre de Indignados. Los manifestantes alcanzaron a ocupar, durante unas buenas cuatro semanas, la Puerta del Sol, la plaza principal de Madrid. Pocos días después, una contraparte análoga despegó en Atenas, en la Plaza Syntagma. En ambos países, estas luchas sociales, de hecho, crearon las premisas para la sucesiva consolidación de las fuerzas de izquierda.
Por otra parte, sin embargo, las organizaciones sindicales, aun cuando estaban favorecidas por un bagaje común –en los países europeos las medidas adoptadas después de la crisis causaron los mismos desastres sociales–, no tuvieron la voluntad política ni para construir una plataforma reivindicativa única, ni para articular una serie de movilizaciones a escala continental. La única excepción parcial está representada por la huelga general, proclamada el 14 de noviembre de 2012, en España, Italia, Portugal, Chipre y Malta, también apoyado por iniciativas de solidaridad en Francia, Grecia y Bélgica.
Durante este período, en la orilla política, la izquierda anticapitalista persistió en su proceso de reconstrucción y de recomposición de las fuerzas de campo. Nacieron, de hecho, nuevas formaciones inspiradas por el pluralismo y capaces de juntar el más amplio abanico de sujetos políticos, garantizando, al mismo tiempo, una mayor democracia interna a través del principio de “una cabeza un voto”.
Ya en 1999, surgieron el Bloque de Izquierda (BE) en Portugal, en el cual habían confluido las fuerzas más significativas que se encontraban a la izquierda del Partido Comunista Portugués, y La Izquierda (DL) en Luxemburgo. En 2004, fue el turno de la Izquierda Radical (SYRIZA), la alianza entre Synaspismós y otras numerosas fuerzas anticapitalistas griegas, que solo hasta 2012 se constituyó como partido único.
En mayo de 2004 fue fundado el Partido de la Izquierda Europea, dentro del cual, inicialmente, se asociaron 15 partidos entre comunistas, socialistas y ecologistas, con el intento de construir un sujeto político alrededor de un programa común de las principales fuerzas de la izquierda antagonista en el continente. Actualmente hacen parte de éste organizaciones políticas de veinte países[24]. Dicha agrupación fue precedida, pocos meses antes, por la creación de la Alianza de la Izquierda Verde Nórdica, en la cual confluían siete partidos de Europa septentrional.
Junto a la mayor coalición del Partido de la Izquierda Europea, existía, además, la Izquierda Anticapitalista Europea (EACL), una formación menor, nacida en 2000, en la cual habían confluido más de 30 partidos trotskistas, a menudo de reducidas dimensiones. Sus principales promotores fueron el Bloque de Izquierda en Portugal, la Izquierda Unitaria-Los Rojo-Verdes en Dinamarca y el Nuevo Partido Anticapitalista en Francia. En el parlamento europeo, los representantes de estas fuerzas adhirieron al grupo de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica [25].
Algunos años después, la salida, casi contemporánea, de los componentes más radicales del Partido Socialdemócrata Alemán y del Partido Socialista (PS) francés[26] –que asumieron rápidamente posiciones más hacia la izquierda que los grupos dirigentes del Partido del Socialismo Democrático, en Alemania, y del Partido Comunista Francés– favoreció el nacimiento, en 2007, de La Izquierda (DL) en Alemania y, en 2008, del Frente de Izquierda (FdG) en Francia. En este último país, la transformación, en 2009, de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) en Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) puede ser explicada según la misma exigencia, advertida también por las fuerzas más típicamente clasistas del comunismo europeo, de poner en el centro de la propia iniciativa política a las nuevas contradicciones, cada vez más relevantes, generadas por la exclusión social y la necesidad de abrirse a una generación más joven de militantes.
Al mismo tiempo, nacieron en Italia Izquierda Ecología y Libertad (SEL), en la cual el componente moderado del Partido de la Refundación Comunista se fusionó con un grupo de disidentes de los Demócratas de Izquierda y la Federación de la Izquierda (FdS), una alianza entre el Partido de la Refundación Comunista y otros movimientos políticos menores. En Suiza un proceso similar se dio en 2010, con la fundación de La Izquierda (AL).
El mismo camino fue tomado en Inglaterra, pero con resultado adverso, primero con el Partido del Respeto, en 2004, y después con la Izquierda Unida (LU), en 2013. También al otro lado del Bósforo, se emprendió el mismo proceso. En 2012, el movimiento kurdo se asoció con varias organizaciones de la izquierda turca para fundar el Partido Democrático del Pueblo (HDP), que se convertiría rápidamente en la cuarta fuerza de Turquía con el 10,7% en las elecciones de noviembre de 2015 [27].
En 2014 surgieron Izquierda Unida (ZL), en Eslovenia, y Podemos, en España, caso del todo particular porque nació con ambiciones de trascender la tradicional definición de partido de izquierda. Esta última formación, no obstante, después de haberse presentado por primera vez a las elecciones europeas, también adhirió al grupo de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica. En octubre de 2015, finalmente, en Irlanda fue fundada la coalición electoral Alianza Antiausteridad-Pueblo antes que Beneficio (AAA-PBP), que le puso fin al largo conflicto entre el Partido Socialista (PS) y la Alianza Pueblo Antes que Beneficio (APBP) [28].
El modelo plural –tan diferente del partido monolítico, inspirado por el principio del centralismo democrático, utilizado por el movimiento comunista del siglo XX– se extendió, velozmente, por la mayoría de las fuerzas de izquierda radical europea. Los experimentos más exitosos no fueron tanto los procesos federativos que se limitaron a una mera reunificación de pequeños grupos y organizaciones ya existentes, sino las recomposiciones que fueron guiadas, en cambio, por la necesidad de incluir aquella vasta y dispersa red de subjetividades sociales, capaces de articular diferentes prácticas de conflicto. Esta elección se mostró como la vencedora en cuanto logró atraer nuevas fuerzas, incluyendo jóvenes y reconquistando militantes desilusionados, y favoreció, finalmente, la consolidación electoral de los nuevos partidos generados.
De hecho, en las elecciones alemanas de 2009, La Izquierda conquistó el 11,9%, el triple de lo que obtuvo el Partido del Socialismo Democrático siete años antes (4%). En 2012, el candidato del Frente de Izquierda en las presidenciales francesas, Mélenchon, alcanzó el 11,1% de los votos, realizando el mejor resultado jamás conseguido, desde 1981, por una fuerza a la izquierda del Partido Socialista. En el mismo año, comenzó la veloz escalada de Syriza, que tocó el 16,8% en las elecciones de mayo y el 26,9% en las de junio, antes de conquistar como fuerza mayoritaria –36,3%– el gobierno, en enero de 2015 (evento inédito, desde la segunda posguerra, para un partido anticapitalista en Europa [29]).
Excelentes resultados fueron conseguidos también en la península ibérica, donde, en las consultas europeas de 2014 la Izquierda Plural española (una nueva coalición electoral guiada por Izquierda Unida) superó el 10% y Podemos el 8%. En las elecciones políticas portuguesas de octubre de 2015, por otro lado, la Coalición Democrática Unitaria totalizó el 8,3% de los votos y el Bloque de Izquierda, con el 10,2%, consiguió el mejor resultado de su historia, convirtiéndose en la tercera fuerza política lusitana.
Experimentos de izquierda plural –siempre, al fin y al cabo, caracterizada por una clara plataforma política antiliberal–, rindieron frutos incluso en algunas elecciones administrativas. Lo demostraron los resultados regionales franceses de 2010 en Limousin, cuando la coalición Frente de la Izquierda y Nuevo Partido Anticapitalista alcanzó el 19,1% en la segunda vuelta, y las recientes municipales en España, donde las listas Ahora Madrid y Barcelona en Comú, en las cuales confluyeron Izquierda Unida y Podemos, conquistaron los dos municipios más importantes del país. En ambos casos, amplias alianzas, nacidas por el impulso protagónico de las bases, permitieron superar las diferencias existentes entre los grupos dirigentes a nivel nacional.
Entre los resultados electorales más considerables, conseguidos en la última década por la izquierda radical, también se encuentran los obtenidos por partidos que decidieron no disolverse para fundirse con otras fuerzas políticas. Notables fueron, de hecho, la consolidación del Partido Socialista (PS) en Holanda –16,6% en 2006)–, sobre la estela de la oposición al referendo contra el Tratado sobre la Constitución Europea, y el éxito del Partido Progresista de los Trabajadores (AKEL) en Chipre, cuyo secretario general, Demetris Christofias, resultó vencedor en las elecciones presidenciales de 2009 (33,2% en la primera vuelta y 53,3% en la segunda). Su mandato se destacó, sin embargo, por una clamorosa derrota: la incapacidad de ponerle fin al conflicto que divide la isla desde 1974 y la expresa sujeción, en materia económica, con respecto a las imposiciones de la Troika.
A la sacudida de la geografía de la izquierda europea contribuyó otro evento, imprevisible hasta hace algunos años. Después de las elecciones primarias de septiembre de 2015, el 59,5% de los militantes ingleses del Partido Laborista eligió a Jeremy Corbyn como nuevo líder de la organización. Donde hacía veinte años se sentaba Tony Blair, tomó asiento un declarado anticapitalista, el secretario más hacia la izquierda en la historia del partido británico. Esta extraordinaria novedad, que hasta hace pocos años habría sido incluso menos previsible que la conquista del gobierno griego por parte de Syriza, representa un significativo ejemplo del despertar de la izquierda. que la conquista del gobierno griego por parte de Syriza, representa un significativo ejemplo del despertar de la izquierda.fra
Más allá de los varios casos de partidos nacionales, el avance general de la izquierda radical también fue confirmado con ocasión de las últimas elecciones europeas. El número de votos recogidos por ésta fue de 12.981.378, equivalente al 8% del total, con un aumento de 1.885.574 preferencias con respecto a 2009 [30].
Incluso tomando en consideración el dato de los elegidos, la formación de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica representa la quinta fuerza política del Parlamento Europeo (en 2009 era la séptima) con el 6,9% de los diputados, equivalente a 52 parlamentarios ssa2 parlamentariosiputados, equivalente da Verde Ncon un aumento de 1.885.574 preferencias con respecto a 2009la izquierda.fra [31]. Esta se encuentra por detrás del Partido Popular Europeo (29,4%), la Alianza Progresista de los Socialistas y los Demócratas (25,4%), el Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (9,3%), la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (8,9%); pero prevalece por sobre los Verdes-Alianza Libre Europea (6,6%), Europa de las Libertades y de la Democracia Directa (6,4%) y Europa de las Naciones y la Libertad (5,2%).
Sin embargo, estos resultados positivos están empañados por algunos elementos negativos. De hecho, en muchos países de Europa oriental la izquierda radical detenta una posición todavía marginal, sino totalmente minoritaria[32]. También está alejada de luchas sociales, está privada de arraigo en los territorios y en las organizaciones sindicales, es desconocida para las generaciones jóvenes y está puntualmente atravesada por sectarismos autolesivos de desgarradoras divisiones internas. En otras palabras, no tiene, por el momento, ninguna perspectiva de desarrollo.
Dicha situación se ha repetido en las elecciones. En seis naciones –Polonia, Rumania, Hungría, Bulgaria, Bosnia-Herzegovina, Estonia– la izquierda radical recogió menos del 1% de los votos, mientras que en otras, como Croacia, Eslovaquia, Lituania y Letonia ha alcanzado resultados poco superiores. Ésta sigue siendo muy débil también en Austria, Bélgica y Suiza, mientras que en Serbia se la identifica todavía con el Partido Socialista de Serbia, guiado por largo tiempo por Slobodan Milošević.
Estamos en presencia, pues, de una realidad heterogénea. En los países de la península ibérica y del Mediterráneo –con la excepción de Italia–, en los últimos años la izquierda radical se expandió significativamente. En Grecia, España, Portugal o Chipre sus fuerzas se consolidaron de forma estable y son reconocidas en el grupo de los principales actores políticos en los respectivos contextos nacionales. También en Francia, por otro lado, ésta conquistó un discreto rol social y político. Mientras que, en Irlanda, el nacionalismo republicano y progresista, aunque moderado, de Nosotros Mismos (Sinn Fein – SF), que alcanzó el 22,8% de los votos en las europeas de 2014, plantó cara al avance de las fuerzas conservadoras.
En Europa central, la izquierda radical logró conservar una buena fuerza electoral en Holanda y Alemania –así a los buenos resultados en las urnas no correspondan significativos conflictos sociales–, pero su peso es limitado en otras partes. En los países nórdicos defendió la fuerza sobre la cual se apoyó después de 1989 (electoralmente alrededor del 10%), pero se mostró incapaz de atraer el difuso descontento popular, capturado, casi en su totalidad, por los partidos de derecha.
El problema principal de la izquierda antagonista sigue estando, por ahora, en el Este, donde, con la excepción del Partido Comunista de Bohemia y Moravia en República Checa y de Izquierda Unida en Eslovenia, ésta es casi inexistente e incapaz de trascender el espectro del “socialismo real”. Dadas las circunstancias, la expansión de la Unión Europea hacia el Levante ha movido definitivamente hacia la derecha el baricentro político del continente, como dan cuenta las rígidas posiciones extremistas asumidas por los gobiernos de Europa oriental durante la reciente crisis en Grecia y frente a la llegada de los pueblos fugados de los teatros bélicos.

VI. ¿Más allá del recinto de la Eurozona?
La transformación de los partidos de la izquierda radical en organizaciones más amplias y pluralistas ha demostrado ser una receta útil para reducir su preexistente fragmentación, pero no es que haya resuelto los problemas de naturaleza política.
En Grecia, después del nacimiento del gobierno de Alexis Tsipras, Syriza tenía la intención de llevar a cabo una ruptura con las políticas de austeridad adoptadas por todos los ejecutivos de centro-izquierda, “técnicos” o de centro-derecha que se alternaron el poder desde 2010. No obstante, a causa de la enorme deuda pública del Estado helénico, la concreta actuación de esta movida fue inmediatamente subordinada a una negociación con los acreedores internacionales.
Después de cinco meses de extenuantes negociaciones –durante las cuales el Banco Central Europeo dejó de desembolsar crédito al Banco Central de Atenas, determinando la parálisis de las sucursales bancarias griegas–, los líderes de la Eurozona impusieron al gobierno griego un nuevo plan de rescate, en el cual se insertaron todas las medidas económicas contra los cuales Syriza había expresado precedentemente su más férrea oposición. De 2010 en adelante, el espectro de las fuerzas políticas que aceptaron los memorandos de Bruselas fue amplísimo. De derecha a izquierda, fueron doblegados por la inexorable lógica de la austeridad: Nueva Democracia, los Griegos Independientes (ANEL), El Río, la Izquierda Democrática, el Movimiento Socialista Panhelénico y, finalmente, incluso Syriza [33].
Ni siquiera la vigorosa respuesta al referendo que consultaba sobre las propuestas de la Troika, convocado el 5 de julio de 2015 –respecto al cual el 61,3% de los griegos había manifestado su desacuerdo–, sirvió para determinar una salida diferente.
Para evitar la salida de la Eurozona, el gobierno de Tsipras permitió ulteriores sacrificios sociales, considerables privatizaciones del patrimonio público –que sería puesto en venta como mercancía en liquidación– y, más generalmente, un conjunto de medidas de austeridad funcionales solamente para los planes de los acreedores internacionales y no, en cambio, para el desarrollo de la economía del país [34].
Por otra parte, la salida de Grecia de la Eurozona, hipótesis prefigurada por algunos sólo con la expiración de las negociaciones con el Eurogrupo, habría catapultado al país hacia una condición de caos económico y profunda recesión. Una elección de tal magnitud habría tenido que ser preparada con tiempo, acompañada de una escrupulosa valoración de todos los escenarios que habrían podido abrirse y de una rigurosa programación de todas las contramedidas a adoptar. Sobre todo, ésta habría tenido que ser apoyada por el convencido sostén de una extensa formación de fuerzas sociales y políticas. Sin esta imprescindible presunción, la autarquía económica, en cuyo marco Grecia habría sido condenada a resistir durante un tiempo difícilmente determinable, habría podido abrir un espacio político todavía más grande para los neofascistas de Alba Dorada.
El resultado de las negociaciones entre el gobierno de Tsipras y el Eurogrupo hizo evidente el hecho de que, cuando un partido de izquierda gana las elecciones y quiere llevar a cabo políticas económicas alternativas a las dominantes, las instituciones de Bruselas están listas para impedir que tal cosa ocurra. Si, a partir de los años noventa, la aceleración incontestada del credo neoliberal, por parte de las fuerzas de la socialdemocracia europea, tuvo como consecuencia la homologación de los programas de éstos últimos y de los de los partidos de centro-derecha, hoy, en cambio, cuando un partido de la izquierda radical alcanza el poder, la Troika misma es la que interviene para evitar la alternancia de los ejecutivos contrarios a sus directrices económicas. Ganar en las elecciones ya no es suficiente. La Unión Europea se ha convertido en el baluarte del capitalismo neoliberal.
Después de estos episodios, se suscitó una profunda reflexión colectiva –a partir de la cuestión de la oportunidad de conservar a cualquier costo la moneda única– para comprender cuáles serían los caminos idóneos para ponerle punto final a las políticas económicas en vigor, sin abandonar, al mismo tiempo, la perspectiva de lograr una nueva y diferente unión política europea.
Actualmente, la posición mayoritaria entre los partidos de la izquierda radical sigue siendo la de quienes sostienen, en continuidad con las posiciones asumidas durante los últimos años, que todavía es posible modificar las políticas europeas en el contexto existente, es decir, sin romper la unión monetaria alcanzada en 2002 con la entrada en vigor del euro.
A la cabeza de esta iniciativa está Syriza que, aunque tuvo la ocasión, después de haber alcanzado el gobierno, de elaborar y llevar a cabo soluciones alternativas –a pesar de haber estado bajo presión de las instituciones europeas, las cuales propendían por bloquear cualquier cambio– nunca consideró la opción de la “Grexit”. En septiembre de 2015, alcanzando el 35,5% de los votos, Tsipras venció en las elecciones anticipadas, promovidas por él después del conflicto surgido con la parte de su partido contraria a la puesta en marcha de las medidas contempladas en el memorando, y regresó al gobierno con un grupo parlamentario cohesionado y ya no más expuesto al riesgo de disidencias internas.
Syriza, entonces, no obstante el aumento del abstencionismo (7% mayor con respecto a las elecciones de ocho meses antes), y la reducción del número de votantes (unos 600.000 menos) con respecto al referendo de julio, logró conservar el consenso de una parte significativa del pueblo griego. Sin embargo, la confianza que éste le volvió a dar prontamente será puesta a prueba por los efectos de los recortes impuestos por el Eurogrupo. No sería descabellado prever la emergencia de escenarios aún más inciertos que el actual.
La estrategia de Syriza para evitar la hemorragia de consensos sufrida por todas las otras fuerzas políticas que, en el pasado, han llevado a cabo los anteriores “programas de rescate” de la Troika, parece tener dos direcciones. El gobierno griego tratará de reorganizar una sustancial reducción de la deuda pública con el objetivo de evitar el comienzo de un nuevo ciclo deflacionario. Por otro lado, buscará introducir una agenda paralela a la impuesta por Bruselas, con la cual pueda poner en práctica algunas medidas de redistribución social capaces de limitar los efectos del memorando.
A la luz de lo acaecido en 2015, se puede afirmar objetivamente que se trata de una misión casi imposible. De cualquier modo, después de la experiencia del gobierno de Tsipras resulta evidente que, frente a la probable negativa de las instituciones europeas con respecto a la reestructuración de la deuda, es menester prepararse para responder previendo incluso el posible abandono de la Eurozona. Sin embargo, sería errado considerar tal hipótesis como la solución a todos los males.
Aparte de Syriza, la opción de reformar la Unión Europea dentro del actual escenario, es compartida por la mayoría de las principales fuerzas del Partido de Izquierda Europea, entre las cuales están La Izquierda en Alemania, el Partido Comunista Francés y la Izquierda Unida española. En este bloque se sitúa también Podemos, cuyo grupo dirigente se declaró convencido de que si al gobierno griego se le unieran otros dispuestos a romper con las políticas de austeridad impuestas por la Troika podría abrirse un espacio para acabar con algo que parece, hoy, tan inalterable. El resultado de las recientes elecciones en Portugal –que le asignó la mayoría a una alianza del todo impensable hasta hace poco, constituida por el Partido Socialista, el Bloque de Izquierda y la Coalición Democrática Unida[35]– parece haber reforzado dicha esperanza.
Sin embargo, para otros, la “crisis griega” –que, en realidad, es una crisis tanto de la democracia como del capitalismo neoliberal– parece comprobar, en cambio, el carácter irreformable de este modelo de Unión Europea. No tanto por las actuales relaciones de poder presentes en su interior, cada vez más desfavorables a las fuerzas anticapitalistas, que le siguen a la expansión hacia el Este, sino, por el contrario, por su arquitectura general. Los inflexibles parámetros económicos impuestos, de manera creciente, a partir del Tratado de Maastricht, han reducido inevitablemente, o en algunos casos casi anulado, las bastante más complejas y compuestas exigencias de la política.
En los últimos 25 años, las políticas neoliberales, cubiertas por un engañoso manto tecnocrático y no ideológico, han triunfado por doquier en Europa, asestando duros golpes a su modelo de welfare state. Los Estados nacionales se han encontrado con la privación gradual de algunos instrumentos de dirección político-económica, que habrían sido indispensables para llevar a cabo programas de inversión pública con miras a cambiar el curso de la crisis. Finalmente, se consolidó la práctica antidemocrática –que se consolida hasta el punto de parecer natural– de asumir decisiones de gran relevancia sin contar con la aprobación popular.
Por lo tanto, en los últimos meses, la fila de quienes consideran ilusoria la posibilidad de democratizar la Eurozona, aunque expresan una posición que sigue siendo minoritaria, han aumentado notablemente. Junto a las fuerzas de la izquierda radical tradicionalmente euroescépticas, como el Partido Comunista Portugués, el Partido Comunista de Grecia o, en Escandinavia, la Lista unitaria – Los Rojo-Verdes en Dinamarca, se encuentra Unidad Popular (LE). Nacida en Atenas en agosto de 2015, en su interior confluyeron muchos ex dirigentes y ex militantes de Syriza, contrarios a las decisiones de Tsipras de aceptar las imposiciones del Eurogrupo. Esta formación, favorable al regreso del dracma, quedó fuera del parlamento helénico, después de haber conseguido sólo el 2,8% de los votos en las últimas elecciones.
Por otra parte, diversos intelectuales y dirigentes políticos han manifestado explícitamente su posición contraria al euro [36]. Lafontaine, por ejemplo, propuso un retorno, en forma flexible, al Sistema Monetario Europeo (SME), es decir, al acuerdo, en vigor antes de que existiera el euro, que preveía una fluctuación controlada de los valores de varias monedas nacionales. El esfuerzo de encontrar soluciones inmediatas para ponerle fin al período de austeridad, donde se manifiesten nuevas e inaceptables coerciones, como aquellas ejercidas sobre Grecia, debe, sin embargo, contemplar todas sus implicaciones posibles. En el plano simbólico, el regreso al viejo sistema monetario podría ser percibido como un primer paso hacia la desaceleración del proyecto de unidad europea, mientras que en el plano político podría constituir un peligroso detonador de la ventaja de las fuerzas de la derecha populista.
Junto a las dos formaciones más claramente a favor y en contra de la “democratización del euro”, existe un área, más bien amplia, que vacilaría al proporcionar una respuesta clara a la pregunta: “¿Qué hacer si mañana sucediera en otro país lo que sucedió en Grecia?”. Si bien se ha convertido en una preocupación común que, en el futuro, otros partidos o coaliciones de gobierno puedan estar sujetos al chantaje sufrido por Syriza, por otro lado, sin embargo, también está bastante difundido el temor de que, eclipsando la salida de la Eurozona, la izquierda anticapitalista no tendría en cuenta el consenso de amplios sectores de la población, alarmados por la inestabilidad económica y por la pérdida de poder adquisitivo de salarios y pensiones que conllevaría la inflación. Un típico ejemplo de esta incertidumbre está representado por los cambios de parecer de los últimos años del Bloque de Izquierda en Portugal y del Partido Socialista en Holanda.
El reciente llamado de “Un plan B en Europa”, promovido por Mélenchon [37], aunque esté lleno de contradicciones y opacidades, está destinado a estimular ulteriormente la discusión. En este documento, en el cual la intromisión de la Unión Europea en Grecia se estigmatiza como todo un “golpe de Estado”, se propuso dar vida a una conferencia internacional permanente, con el objetivo de poner a punto las modalidades para poder disponer, cuando sea necesario, de un sistema monetario alternativo al basado en el euro [38]. Si, en los próximos meses, también otras fuerzas sociales, partidos e intelectuales se juntan alrededor de este objetivo, en el futuro el clamor por salir del euro podría no ser más la bandera de la derecha populista.
Por lo tanto, el conflicto desencadenado dentro de Syriza podría reproducirse en otras partes. Algo que demuestra lo anterior, en este momento, son las fibrilaciones internas del Frente de Izquierda en Francia y en La Izquierda en Alemania. Para la izquierda radical europea, pues, podría concretarse el riesgo de una nueva etapa de divisiones. Tal condición revela los límites de la forma plural que las fuerzas antagonistas se han procurado en los últimos años, que consisten en una falta de definición programática. De hecho, la diversidad de posiciones y de culturas políticas existente dentro de las varias organizaciones que le han dado vida a estas nuevas coaliciones requeriría un difícil, pero no imposible, acuerdo puntual sobre las estrategias a implementar.
Ulteriores tensiones recorren la izquierda radical europea también con respecto a la relación que debe tenerse con las fuerzas socialdemócratas. El problema, que se presenta tanto a nivel municipal como regional, involucra la constante incertidumbre sobre la conveniencia de la participación de experiencias de gobierno en alianza con éstas. El riesgo concreto es el de desempeñar un rol subalterno, aceptando, como en el pasado, compromisos “desde abajo” que dilapidarían el consenso hasta ahora conquistado y que le dejarían a las derechas populistas el monopolio de la oposición social.
La hipótesis del gobierno debe, por lo tanto, ser tenida en cuenta solo y solo si hay condiciones para llevar a cabo un programa económico en clara discontinuidad con las políticas de austeridad impuestas durante la última década. Tomar decisiones diferentes significaría no haber atesorado las lecciones de los años pasados, cuando la participación de los partidos de la izquierda radical en los ejecutivos moderados, de impronta socialista, comprometió su credibilidad dentro de la clase trabajadora, los movimientos sociales y los estratos sociales más débiles.
De frente a una tasa de desempleo que, en muchos países, se muestra con niveles nunca alcanzados durante la segunda posguerra, se vuelve prioridad el lanzamiento de un gran plan para el trabajo, sustentado por inversiones públicas, que tenga como principio guía el desarrollo sostenible. Éste deberá estar acompañado por un claro cambio de tendencia con respecto a la precarización de contratos, que ha distinguido a todas las últimas reformas del mercado laboral, y por la introducción de una ley que indique un mínimo salarial bajo el cual no se pueda descender. Estas medidas podrían restituir a las generaciones jóvenes la posibilidad de organizar su propio futuro.
Deberían ser puestas en marcha, además, la reducción del horario de trabajo y la reducción de la edad de pensión. Mediante estas acciones se restablecerían algunos elementos de justicia social, necesarios para derrocar la impronta neoliberal que constantemente ha aumentado el reparto desigual de la riqueza producida.
Para hacer frente a la dramática emergencia ocupacional, los partidos de la izquierda radical deberán hacer aprobar, en todos los países donde aún no existan, medidas aptas para instaurar un rédito de ciudadanía y algunas primordiales formas de asistencia a los estratos menos favorecidos –desde el derecho a la vivienda, hasta los subsidios de transporte o el derecho a la educación gratuita–, para, así, contrastar la pobreza y la cada vez más difundida exclusión social.
Paralelamente, se vuelve imprescindible darle un vuelco a los procesos de privatización que han caracterizado la contrarrevolución de las últimas décadas, restituyendo a la propiedad pública y al control universal todos aquellos bienes comunes que pasaron de ser servicios para la colectividad a medios de generación de ganancias para pocos. La propuesta de Corbyn con respecto al retorno a la nacionalización del sistema ferroviario inglés, así como la necesidad de invertir, por doquier en Europa, significativos recursos en la escuela y en la universidad pública, muestran la dirección justa.
Con respecto a los recursos necesarios para financiar tales reformas, éstos podrían ser obtenidos de los ingresos que deriven de la introducción de una tasa sobre los capitales y de un impuesto sobre las actividades no productivas de las grandes empresas, así como sobre las transacciones y los réditos financieros. Es evidente que, para realizar este plan, se considera como primer acto necesario la promoción de un referendo derogatorio del fiscal compact, para, así, acabar con los vínculos impuestos por la Troika. También sería muy importante impedir la aprobación de la Asociación Transatlántica para el Comercio y las Inversiones, cuya operatividad sólo empeoraría la situación [39].
A escala continental, una verdadera alternativa es concebible solo si una amplia coalición de fuerzas políticas y sociales es capaz de imponer un diálogo europeo para la reestructuración de la deuda pública.
Este escenario podrá ser realidad únicamente si la izquierda radical desarrolla, con más determinación y continuidad, campañas políticas y movilizaciones transnacionales, comenzando por el repudio a la guerra y la xenofobia, cuestión todavía más decisiva después de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, y sosteniendo la extensión de todos los derechos sociales y civiles a los migrantes que llegan a territorio europeo.
Una política alternativa no da pie a atajos. No basta, en realidad, con encomendarse a líderes carismáticos, pero tampoco la debilidad de los partidos de hoy en día justifica su destrucción por parte de las instituciones del Estado [40]. Es menester dar forma a nuevas organizaciones –porque la izquierda necesita de éstas tanto como las necesitó en los años noventa–, que gocen de una presencia capilar en los puestos de trabajo, que propendan por la reunificación de las luchas, nunca tan fragmentadas como lo están hoy, y a unas clases trabajadoras y subalternas que, mediante sus estructuras territoriales, sean capaces de dar respuestas inmediatas, incluso antes de las mejoras generales introducidas por ley, a los dramáticos problemas causados por la pobreza y la exclusión social. Esto puede darse incluso reutilizando algunas formas de resistencia y solidaridad social aplicadas por el movimiento obrero en otros momentos históricos.
Se tendrán que redefinir, además, nuevas prioridades, en particular la puesta en práctica de una auténtica paridad de género y la minuciosa y concienzuda formación política de los militantes más jóvenes, teniendo como punto de referencia, en una época en la que la democracia es rehén de organismos tecnocráticos, la promoción de la participación desde abajo y la evolución del conflicto social.
Las iniciativas de la izquierda radical que en verdad pueden aspirar a cambiar el curso de los eventos tienen por delante una única vía: la de la reconstrucción de un nuevo bloque social capaz de dar vida a una oposición de masas a las políticas introducidas por el Tratado de Maastricht y, por consiguiente, de cambiar radicalmente las directrices económicas que hoy dominan en Europa.

 

References
[1] Desde 1989, éstos se asociaron dentro del grupo de la Izquierda Unitaria Europea (Group for the European United Left) del Parlamento Europeo, del cual formaron parte el Partido Comunista Italiano (PCI), el Partido Comunista Español (PCE), la Izquierda Griega (EAR) y el Partido Popular Socialista (SF) en Dinamarca.
[2] Al interior del Parlamento Europeo, éstos últimos, a partir de 1989, se unieron en el grupo Coalición de las Izquierdas (Left Unity), compuesto por el Partido Comunista Francés (PCF), el Partido Comunista Portugués (PCP), el Partido Comunista de Grecia (KKE) y el Partido de los Trabajadores (WP) de Irlanda.
[3] El más significativo de éstos últimos fue Lucha Obrera (LO) en Francia.
[4] El gobierno en cabeza de Lionel Jospin, en Francia, que introdujo la reducción del horario de trabajo de 35 horas semanales, fue la excepción a tal tendencia. En España, el gobierno de Zapatero siguió las mismas políticas neoliberales en vigor en los otros países europeos y fue golpeado por los efectos de la crisis económica. Sin embargo, aprobó importantes reformas en temas de derechos civiles. Para un análisis completo de las varias tendencias del reformismo europeo véase Jean-Michel de Waele, Fabien Escalona, Mathieu Vieira (eds.), The Palgrave Handbook of Social Democracy in the European Union , Basingstoke: Palgrave Macmillan, 2013.
[5] Cfr. Anthony Blair and Gerhard Schröder, Europe: The Third Way – die Neue Mitte, London/Berlin, Labour Party/SPD, 1999.
[6] Tariq Ali ha enmarcado esta nueva disposición de partidos de la izquierda moderada europea en un fenómeno más complejo, al cual le ha dado el nombre de “extremismo de centro”. Cfr. The Extreme Centre: A Warning, London: Verso, 2015.
[7] El 18 de octubre de 2015 el periódico conservador de Londres The Mail on Sunday publicó un documento secreto (“Secret/Noforn”), fechado el 28 de marzo de 2002, gracias al cual fue posible constatar que el primer ministro inglés, mientras, en público, se declaraba empeñado en buscarle una solución diplomática a la crisis, había ofrecido, ya un año antes del comienzo del segundo conflicto iraquí, su ayuda al presidente norteamericano para convencer a la opinión pública mundial de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva que nunca fueron halladas. Cfr. http://www.dailymail.co.uk/news/article-3277402/Smoking-gun-emails-reveal-Blair-s-deal-blood-George-Bush-Iraq-war-forged-YEAR-invasion-started.html
[8] Esta formación adhirió a la Alianza de la Izquierda Verde Nórdica y no al grupo Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica del Europarlamento.
[9] La misma decisión, a la que le siguió como resultado una partición de los votos, también fue tomada por La Izquierda en Alemania durante el gobierno del Partido Socialdemócrata Alemán en el Land de Brandemburgo, donde descendió del 27,2% en 2009 al 18,6% en 2014 y, en el pasado, también en el de la capital, Berlín, donde disminuyó del 22,6% en 2001 al 11,6% en 2011. Actualmente, también el Partido Socialista en Holanda gobierna seis de las doce provincias que componen el país, en algunos casos en coalición con los partidos de centro-derecha y dejando al Partido del Trabajo (PvdA), miembro de la Internacional Socialista, en la oposición.
[10] En Dinamarca, el Partido Popular Socialista tocó el 13% en 2007, antes de precipitarse, después de una movida política moderada y progubernamental, al actual 4,2%. Tal cambio también fue acompañado por el pasaje del grupo de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica al Partido Verde Europeo, que fue acordado en el congreso nacional de esta organización en 2008.
[11] Letonia adoptó el euro a partir del 1 de enero de 2014.
[12] El Instituto Nacional de Estadística Portugués calculó que, de 2010 a 2014, al menos 200.000 personas dejaron el país. En España el Instituto Nacional de Estadística contó al menos 133.000 jóvenes migrantes entre 2008 y 2013. En Italia, por otro lado, se contaron al menos 136.000 jóvenes que viajaron al exterior entre 2010 y 2014. En realidad, estas estimaciones son muy inferiores a los números reales. En cambio, no existen datos relativos a Grecia, donde la Autoridad Estadística Helénica no registra la migración juvenil.
[13] Como afirmó emblemáticamente, en 2006, Warren Buffet, el inversionista y magnate estadounidense: “está en curso una lucha de clases, es verdad, pero mi clase, la clase de los ricos, es la que está haciendo la guerra. Y la estamos ganando”. La cita de Buffet está contenida en la entrevista expedida a Ben Stein, In Class Warfare, Guess Which Class Is Winning, publicada en The New York Times el 26/11/2006.
[14] Sobre la relación entre capitalismo y democracia, tema alrededor del cual se ha generado en los últimos años una vasta literatura, véase Ellen Meiksins Wood, Democracy Against Capitalism, London: Cambridge University Press, 1995.
[15] Aprobado sólo en España y en Luxemburgo, el proceso de ratificación de este tratado encalló justo después de estos dos rechazos.
[16] También el referendo consultivo promovido en Grecia, en julio de 2015, por el gobierno de Alexis Tsipras expresó un ruidoso no con respecto a las políticas de Bruselas.
[17] Ex primer ministro de Luxemburgo. Durante su mandato, Juncker favoreció a más de trescientas multinacionales que utilizaban las condiciones especiales del régimen fiscal de su país.
[18] Se recuerda que en las elecciones presidenciales, las más importantes del país, la participación fue bastante superior, como lo comprueba la afluencia del 79,4% alcanzada en 2012.
[19] En muchos países del Este hubo picos bajísimos: Eslovaquia 13%, República Checa 18,2%, Eslovenia 24,5%, Croacia 25,2%, Hungría 28,9%. A éstos se les une el 33,6% de Portugal y el 35,6% del Reino Unido, cfr. http://www.europarl.europa.eu/pdf/elections_results/review.pdf
[20] Marine Le Pen después de las elecciones municipales de marzo de 2014.
[21] Se trata de un viejo eslogan xenófobo de Jean-Marie Le Pen: “los franceses primero”, cfr. Les français d’abord, Paris: Carrère-Michel Lafon, 1984.
[22] A partir de las elecciones políticas de 2012, el Frente Nacional se presenta al interior de una coalición más amplia que tomó el nombre de Rassemblement Bleu Marine (Reunión “Aguamarina”) (RBM).
[23] Para una indagación sobre las fuerzas de la ultraderecha europea, véase el volumen a cargo de Andrea Mammone, Emmanuel Godin y Brian Jenkins, Mapping the Extreme Right in Contemporary Europe, London: Routledge, 2012.
[24] Para un elenco de las fuerzas que componen el Partido de la Izquierda Europea cfr. http://www.european-left.org/about-el/member-parties
[25] Por el contrario, no forman parte las formaciones de la Iniciativa de los Partidos Comunistas y de los Trabajadores (INITIATIVE), fundada en 2013, que comprende, a excepción del Partido Comunista de Grecia, su fuerza principal, 29 minúsculas formaciones ortodoxas y estalinistas.
[26] El manifiesto Trabajo y Justicia Social – La Alternativa Electoral (WASG) de Oskar Lafontaine fue constituido en 2005 y la fundación del Partido de Izquierda (PG), guiado por Jean-Luc Mélenchon, fue anunciada en noviembre de 2008 (el congreso fundacional se celebró en febrero de 2009).
[27] En las elecciones de junio de 2015, antes del inicio de la escalada de violencia y de atentados desencadenada por el presidente Recep Erdoğan, el resultado (13,1%) fue incluso más notorio.
[28] Un mapa de las fuerzas de la izquierda radical europea está contenida en la publicación a cura de Birgit Daiber, Cornelia Hildebrandt, Anna Strienthorst, From Revolution to Coalition: Radical Left Parties in Europe , Berlin: Rosa Luxemburg Foundation, 2012; y, más recientemente, en el número especial, a cura de Babak Amini, de la revistaSocialism and Democracy, vol. 29, nr. 3, 2015, titulado The Radical Left in Europe.
[29] Con excepción del pequeño Estado de Chipre, donde el Partido Progresista de los Trabajadores (AKEL) alcanzó el gobierno en 2009.
[30] Desafortunadamente, todos los datos que circulan con respecto a los resultados electorales –también aquellos oficiales difundidos por la Unión Europea– se refieren a los porcentajes relativos al número de los diputados elegidos y no a los del número de los votos reales recibidos. Entre las pocas y loables excepciones a esta práctica se encuentra el ensayo de Paolo Chiocchetti, “The Radical Left at the 2014 European Parliament election: A First Assessment”, incluido en la publicación online a cura de Cornelia Hildebrandt, Situation on the Left in Europe after the EU Elections: New Challenges , Berlin: Rosa Luxemburg Stiftung, 2014.
[31] A éstos se les suman otros dos eurodiputados elegidos de las filas del Partido Comunista de Grecia y que, por lo tanto, no adhieren al grupo GUE/NGL.
[32] Se observa que los elegidos al Parlamento Europeo del GUE/NGL provienen sólo de la mitad de los 28 países que componen la Unión Europea.
[33] El célebre eslogan de la primera ministra inglesa Margaret Tatcher –”no hay alternativa”– continúa materializándose, como un espectro, incluso después de treinta años.
[34] A propósito, véase el documento colectivo Preliminary Report, a cura del Truth Committee on Public Debt, la comisión establecida el 4 de abril de 2015 por iniciativa del ex presidente del parlamento griego Zoe Konstantopoulou: http://cadtm.org/IMG/pdf/Report.pdf. Hace pocas semanas, el nuevo gobierno de Syriza decidió eliminar este importante reporte del sitio oficial del parlamento griego.
[35] En Portugal, después de la Revolución de los Claveles y la instauración de la República, los socialistas nunca habían negociado con fuerzas políticas a su izquierda.
[36] Junto a los autores que empujan desde hace tiempo en esta dirección –entre las varias publicaciones disponibles, se recurre a Jacques Sapir, Faut-il sortir de l’Euro?, Paris: Le Seuil, 2012; y Heiner Flassbeck and Costas Lapavitsas, Against the Troika: Crisis and Austerity in the Eurozone, London: Verso, 2015–, hubo durante las últimas semanas varias intervenciones en la misma dirección. En una entrevista al famoso semanario alemán Der Spiegel, titulada “Krise in Griechenland: Lafontaine fordert Ende des Euro”, publicada el 11de julio de 2015, Lafontaine se adelantó declarando que “el euro ha caído”. En Italia el prestigioso sociólogo Luciano Gallino, recientemente desaparecido, publicó en La Repubblica, con fecha 22 de septiembre de 2015, un artículo con el título “Por qué Italia puede y debe salir del euro”. También en Portugal, e incluso antes de la crisis griega, el influyente Francisco Louçã, que durante doce años fue el principal dirigente del Bloque de Izquierda, despu. entre el 14 y el 15 de noviembreipal dirigenteocipal, 29 mintiva de los Partidos Comunistas y de los Trabajadores (INITIATIVE) és de haber publicado, junto con Joao Ferreira do Amaral, el volumen A Solução Novo Escudo, Alfragide: Lua de Papel, 2014, expresó posiciones siempre más críticas con respecto a la situación presente, cfr. su artículo “Sair ou não sair do euro”, publicado el 27 de febrero de 2015 en el periódico Publico.
[37] Los otros cuatro firmantes fueron Oskar Lafontaine, el ex ministro de las finanzas griego Yanis Varoufakis, Zoe Konstantopoulou y el italiano Stefano Fassina.
[38] La primera reunión se llevó a cabo en París entre el 14 y el 15 de noviembre.
[39] Significativa, en este sentido, fue la gran manifestación del 10 de octubre de 2015, en la que se vio desfilar por Berlín a 250.000 personas contrarias a este acuerdo comercial.
[40] Cuando se hizo con el poder, en enero de 2015, Syriza obtuvo casi 2.250.000 votos, pero el número de sus inscritos rondaba sólo los 36.000. Después de asumir la responsabilidad de gobierno, las decisiones democráticamente tomadas por el partido griego fueron repetidamente reformadas o ignoradas.

Journal:

Espacio Critico

Pub Info:

Vol. 2016, n. 23, 30-48

Reference:

ISSN: 1794-8193

Available in:

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp