Marxismo 21. Historia reciente y retos contemporáneos de la izquierda radical Europea

I. El final de “el socialismo real existente”
Después de 1989, como resultado de turbulencias estructurales y políticas, y de grandes transformaciones económicas, un proceso de restauración capitalista tuvo severas repercusiones sociales a escala global.

En Europa, las fuerzas anticapitalistas encontraron que su influencia estaba siendo sacudida irresistiblemente: se volvió cada vez más y más difícil para ellas organizar y liderar luchas sociales, y la izquierda, en su conjunto, perdió ideológicamente las posiciones hegemónicas que había ganado después de 1968 en áreas claves de muchas culturas nacionales.

La derrota también fue evidente a nivel electoral. Desde 1980 en adelante, los partidos que estaban unidos alrededor de la idea del Eurocomunismo, así como aquellos que seguían fuertemente atados a Moscú, sufrieron un agudo declive en términos de respaldo, lo que se convirtió en una verdadera colisión después de la implosión de la Unión Soviética. El mismo destino afectó también a varios de los grupos de la Nueva Izquierda y de los partidos trotskystas.

Comenzó pues una fase de reconstrucción en la que nuevas formaciones políticas emergieron con regularidad a través del reagrupamiento de elementos anticapitalistas todavía existentes. Esta diversidad organizacional habilitó a las fuerzas tradicionales de la izquierda para abrirse a los movimientos ecológicos, feministas y por la paz que habían surgido en las décadas previas. La Izquierda Unida en España, creada en 1986, fue pionera en este sentido. Iniciativas similares tomaron forma más tarde en Portugal (en donde, en 1987, se creó la Coalición Democrática Unitaria); en Dinamarca (Lista Unida/Rojo-Verde, en 1989); en Finlandia (Alianza de Izquierda, en 1990) y en Italia y Grecia, en 1991, cuando nacieron el Partido Comunista de Refundación y Synaspismos (coalición de los movimientos de izquierda y ecologistas).

En otros países, sin embargo, hubo intentos (algunos meramente cosméticos) de renovar los partidos que habían existido antes de la caída del Muro de Berlín. En 1989, después de la fundación de la República Checa, fue proclamado el Partido Comunista de Bohemia y Moravia, y, en 1990, apareció en Alemania el Partido del Socialismo Democrático, reemplazando al Partido Socialista Unificado de Alemania que había gobernado la República Democrática Alemana desde 1949. También en 1990, en Suecia, el Partido de Izquierda (los comunistas) adoptó posiciones más moderadas y eliminó el nombre “comunista” de su denominación.

Estos nuevos partidos, así como otros que no cambiaron sus nombres, lograron retener una presencia política en sus respectivos escenarios nacionales. Junto con movimientos sociales y fuerzas sindicales progresistas, contribuyeron a la intensa resistencia contra las políticas neoliberales después de 1993, cuando el Tratado de Maastricht se hizo efectivo y definió rígidos parámetros monetarios para nuevos países que pretendían ingresar a la Unión Europea.

II. En el momento de la “tercera vía”
A mediados de los 90, animadas por huelgas y grandes protestas en contra de sus respectivos gobiernos (Berlusconi y Dani en Italia, Juppe in Francia, González y Aznar en España), algunas fuerzas de la izquierda radical alcanzaron incluso modestos éxitos electorales. La Izquierda Unida obtuvo el 13.4 por ciento en las elecciones europeas de 1994; el Partido de Comunista de Refundación 8.5 por ciento en las elecciones nacionales de 1996 y el Partido Comunista Francés 10 por ciento en las elecciones parlamentarias de 1997. Al mismo tiempo, éstos incrementaron su número de miembros y su presencia a nivel local y en los lugares de trabajo. En 1994, se formó el Grupo Unido Europeo en el Parlamento Europeo, el cual, después de su fusión con algunos partidos escandinavos, cambió su nombre a Izquierda Europea Unida/ Izquierda Verde Nórdica (GUE/NGL).

Por el otro lado, con el ascenso de Tony Blair como líder del Partido Laborista (1994) y como primer ministro del Reino Unido (1997-2007), se despejó el camino para un profundo cambio en la ideología y el programa de la Internacional Socialista. La “Tercera Vía” de Blair (de hecho una aceptación supina del mantra neoliberal enmascarado por la vacua exaltación de “lo nuevo”) fue apoyada en varios grados y formas por los gobiernos de Gerhard Schröder en Alemania (canciller socialdemócrata de 1998 a 2005), Romano Prodi en Italia (cabeza de coaliciones de centro-izquierda y primer ministro de 1996 a 1998 y de 2006 a 2008) y José Sócrates en Portugal (primer ministro del Partido Socialista de 2005-2011) (De Waele et al., 2013).

En nombre de las “futuras generaciones” (quienes, mientras tanto, serían privadas del derecho al trabajo), e inspirados por la adopción de la UE del Tratado de Lisboa en 2000, estos gobiernos pusieron en marcha una serie de contrarreformas económicas para erosionar el modelo social europeo. Muchas regiones de Europa del sur vieron la reducción de lo que quedaba del Estado de bienestar, así como ataques al sistema de pensiones, la privatización de la educación, cortes drásticos en la financiación de la investigación y el desarrollo y barreras efectivas a un nuevo paquete de políticas industriales.

En lo que tiene que ver con la política económica es difícil detectar algo más que diferencias marginales entre gobiernos socialdemócratas y regímenes conservadores en el poder en ese momento. En efecto, en muchos casos, “los socialistas” o administradores de centro-izquierda fueron más eficientes en la implementación del proyecto neoliberal que otros sectores, pues los sindicatos, cada vez menos y menos representativos de la capas sociales más débiles, encontraron las decisiones del gobierno más aceptables por cuenta de la vieja creencia ilusoria de que éste era “amigable” con el movimiento obrero.

A pesar de todo esto, muchos partidos de la izquierda radical europea se aliaron con fuerzas socialdemócratas, ya fuese para prevenir un gobierno de derecha o para evitar el aislamiento que la lógica del “voto táctico” les generaría. En la siguiente década y media, el Partido Comunista de Refundación en Italia (1996-98 y 2006-08), el Partido Comunista en Francia (1997-2002), la Izquierda Unida en España (2004-08) y el Partido Socialista de Noruega (2005-13) apoyaron en su totalidad o tenían ministros en gobiernos de centro-izquierda. Y recientemente, la Alianza de Izquierda (2011-14) y el Partido Socialista del Pueblo (2011-15) han asumido responsabilidades gubernamentales en Finlandia y Dinamarca respectivamente.

El viento neoliberal que sopló sin resistencia desde la península ibérica hacia Rusia, junto con la ausencia de movimientos sociales robustos capaces de moldear acciones gubernamentales en una dirección socialista, fue evidentemente una constelación negativa para los partidos radicales de izquierda. Esta no logró extraer ninguna ganancia social significativa que corriera en contra de los lineamientos económicos; todo lo que pudieron lograr fue paliativos débiles ocasionales. Más a menudo, tuvieron que tragarse una píldora amarga y votar por medidas en contra de los cuales habían prometido la más acérrima oposición.

Aún así, los resultados en las urnas electorales fueron desastrosos en todas partes. En las elecciones presidenciales de 2007, los comunistas franceses obtuvieron menos del 2 por ciento de la votación, y en el año siguiente, con un porcentaje de votación de tan sólo el 3.8 por ciento, la Izquierda Unida tocó fondo en España. En Italia, por primera vez en la historia de la República, los comunistas quedaron por fuera del parlamento, obteniendo un triste total de 3.1 por ciento y solo bajo el ala de la Izquierda Arcoíris.

III. Contra la austeridad
Mientras tanto, una de las crisis financieras más grandes de la historia estalló en los Estados Unidos de América, y por virtud de su debilidad, toda Europa tembló gracias a los vientos de la recesión. A medida que la galopante deuda pública incrementaba los peligros de insolvencia, muchos países tuvieron que acudir a créditos de la así llamada Troika, conformada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. A los países en riesgo de mora les fueron ofrecidos préstamos a cambio de la introducción de rígidas políticas de austeridad, a pesar de que las medidas de “reestructuración” de mitad de los años 90 parecían bastante restringidas.

El propio término “reforma estructural” sufrió una transformación semántica radical. Originalmente, en el vocabulario del movimiento de los trabajadores, indicaba mejoras lentas pero estables de las condiciones sociales, pero ahora era sinónimo de una profunda erosión del Estado de bienestar, bajo el dictado del Banco Central Europeo. El efecto fue el retorno al voraz capitalismo del siglo XIX.

Este fue el escenario para una terrible recesión de la cual Europa todavía no se repone y que, en el presente, lidia con el espectro de la deflación. Una fuerte presión hacia abajo de los salarios ha acompañado la caída del PBI, y el desempleo ha alcanzado niveles nunca antes registrados desde la Segunda Guerra Mundial.

Para usar palabras otrora flagrantes y, sin embargo, más aplicables ahora que nunca, se trata de la lucha de clases; una lucha de cases que está siendo sopesada por las clases dominantes contra las clases subalternas, en los centros con el capitalismo más desarrollado, así como en las periferias de la economía mundial, en la que la explotación de la fuerza de trabajo está en su punto más extremo y los países están siendo despiadadamente despojados de sus más preciados recursos naturales. Esto ha conducido a un inmenso crecimiento de las inequidades y a una mayor redistribución de la riqueza a favor de los sectores más ricos de la sociedad. Las relaciones sociales han atravesado profundos cambios, encabezados por la seguridad laboral, la competencia entre los trabajadores, la comercialización de cada esfera de la vida, y guerras sociales entre las capas más empobrecidas de la población.

Al mismo tiempo, la crisis en Europa se ha propagado rápidamente al mundo de la política. En los últimos veinte años, poderes con capacidad de decisión han sido transferidos cada vez más de la esfera política a la económica; la economía ahora domina a la política, y es constantemente retratada como un ámbito distinto no susceptible al cambio, que fija la agenda y se asegura de que las decisiones clave estén por fuera del control popular.

Lo que solía ser visto no hace mucho tiempo como un espacio para la actividad política es ahora gobernado por pseudoimperativos económicos, los cuales, detrás de la máscara ideológica con la cual pretenden ser no-políticos, presentan de hecho una estructura altamente política, una forma peligrosamente autoritaria y un contenido totalmente reaccionario. El caso ilustrativo más emblemático es el Tratado sobre Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria (TSCG): el “convenio fiscal”, como es ampliamente conocido, que introdujo la obligación de formular presupuestos balanceados en los países de la UE. Esto significa que cada Estado miembro se compromete a cumplir, dentro del espacio de veinte años, con las disposiciones del Tratado de Maastricht de 1993, según el cual la deuda pública no debe exceder el límite del 60 por ciento del PBI.

Al construir una muralla para impedir a los parlamentos nacionales la toma de decisiones sobre objetivos político-económicos, el TSCG sirve, pues, para minar el Estado social en los países de la UE más fuertemente endeudados, y amenaza con profundizar, aún más, la actual recesión. La transición del sistema electoral proporcional hacia uno basado en su mayoría en “bonos” de un tipo o del otro, así como las tendencias antidemocráticas que buscaban fortalecer más el poder ejecutivo frente al poder legislativo, habían hecho ya mella en el carácter representativo de los parlamentos nacionales. Pero esta última transferencia de poder del parlamento al mercado y sus instituciones oligárquicas es el impedimento más grave para la democracia en nuestros tiempos. Esto demuestra que el capitalismo está entrando en una profunda crisis de consenso y es incompatible con la democracia.

Esta dañina uniformidad de los dos programas políticos y objetivos económicos, confirmada por la administración socialista de Hollande en Francia, elegida en 2012, ha ayudado a producir un segundo cambio (después del de 1989) en el contexto político europeo. En medio del crecimiento de la hostilidad pública frente a la tecnocracia burocrática de Bruselas, hemos visto altos niveles de abstencionismo, la emergencia de movimientos neopopulistas y euroescépticos, y un crecimiento significativo de partidos xenófobos de la extrema derecha.

IV. La izquierda plural y los nuevos retos del presente
De otro lado, la izquierda radical ha continuado reagrupándose en nuevas formaciones pluralistas que involucran a un amplio abanico de fuerzas, un modelo que en los últimos quince años se ha extendido a la mayor parte de Europa y que se está volviendo rápidamente dominante. En 1999, el bloque de izquierda de Portugal unió a las fuerzas más importantes del Partido Comunista, y en el mismo año la fundación de La Izquierda marcó un nuevo comienzo en Luxemburgo. En 2004, Synaspismos y toda una gama de fuerzas anticapitalistas en Grecia se unieron para formar la Coalición de la Izquierda Radical, SYRIZA (aunque su fusión como partido de facto se dio hasta 2012). La salida de militantes del Partido Socialdemócrata de Alemania y del Partido Socialista en Francia, que pronto tomaron posiciones a la izquierda de las dirigencias comunistas del Partido del Socialismo Democrático y del Partido Comunista Francés, favoreció el nacimiento de La Izquierda (en Alemania) en 2007 y del Frente de Izquierda (en Francia) en 2009. También en Francia, la fusión de la Liga Comunista Revolucionaria en 2009 en el Nuevo Partido Anti-Capitalista puede ser vista como parte de la misma exigencia a las fuerzas radicales de la izquierda tradicional europea para que confrontaran nuevas contradicciones sociales y se abrieran a nuevas generaciones de militantes.

También en Italia, en el mismo año, fueron fundadas la Izquierda Ecológica y Libertad (unión de tres componentes: el ala moderada del Partido Comunista de Refundación, un grupo disidente de la Izquierda Democrática y algunos ecologistas) y la Federación de Izquierda (una alianza entre el Partido Comunista de Refundación y tres movimientos más pequeños).

Un camino similar se intentó seguir en Inglaterra, con la fundación del Partido del Respeto en 2004, pero los resultados allí fueron mucho menos favorables. La tendencia llegó incluso hasta el Bósforo, en donde activistas kurdos se reunieron con varios movimientos de la izquierda turca en el Partido Democrático del Pueblo; éste se ha convertido rápidamente en la cuarta fuerza política del país.

El año 2014 vio emerger a la Izquierda Unida y a Podemos en España. El último es un caso particularmente especial, pues afirma ir más allá del espacio tradicional de un partido de izquierda. No obstante, después de participar en las elecciones europeas por primera vez en 2014, se unió al GUE/NGL. El ejemplo más reciente de esta tendencia fue la creación de la Izquierda Unida en Polonia en julio de 2015 [1].

El modelo es ciertamente muy distinto al modelo monolítico del partido democrático centralista del movimiento comunista del siglo XX. Pero a pesar de que ha abarcado a la mayoría de las fuerzas de la izquierda radical europea, restringiendo su fragmentación y estimulando su avance (de manera más notable en el caso de SYRIZA en Grecia), esto no significa que la nueva forma organizacional haya resuelto los problemas políticos.

El problemático resultado de las negociaciones entre Alexis Tsipras, líder de SYRIZA y primer ministro de Grecia, y otros primer ministros y presidentes de la eurozona, que impusieron el tercer paquete de “rescate” financiero a Grecia en julio de 2015, ha mostrado que cuando una fuerza no conformista de gobierno logra ganar las elecciones con una plataforma alternativa, las instituciones europeas intervienen para prevenir cualquier ruptura en el modelo socioeconómico dominante.

Se ha hecho incluso más claro que, a pesar de la esperanza que sienten aquellos que piensan que un gran cambio en España es posible y de la importante e inesperada elección de Jeremy Corbyn como líder del Partido del Trabajo en Inglaterra, la Unión Europea no se puede reformar desde adentro. La izquierda europea anticapitalista debe rediscutir su programa, con seriedad y con urgencia, comenzando con la pregunta central sobre la moneda única y la necesidad de realizar campañas y movilizaciones transnacionales más frecuentes y resolutas.

 

Traducción del inglés: Nathalia Hernández Vidal

 

[1] Para la encuesta de la fuerza europea de la izquierda radical véase la publicación online Daiber et al. (2012), y más recientemente el número especial de la Revista Socialism and Democracy, vol. 29, N.° 3, 2015, editada por Babak Amini, titulado The Radical Left in Europe (La Izquierda Radical en Europa).

Journal:

Izquierda

Pub Info:

Vol. 2016, n. 61, pp. 26-33

Reference:

Available in:

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