Created: Tuesday, 26 March 2019 16:20 | Rate this article
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Retorno al Marx Político

Nacido en Cochabamba, en el año 1962, Álvaro García Linera se acercó desde muy joven al marxismo y a las luchas del pueblo aymara.

Al mudarse a México, en donde realizó estudios en matemáticas, fue influenciado a inicios de los años ochenta por los movimientos guerrilleros guatemaltecos que luchaban en favor de los indígenas. Posteriormente, a su regreso a Bolivia, se encuentra entre los fundadores del Ejército Guerrillero Túpac Katari, una organización política que unía los principios marxistas de la lucha de clase con aquellos kataristas en favor de la emancipación de la comunidad indígena. Después de haber sido detenido de 1992 a 1997 en una cárcel de máxima seguridad, se convierte en docente de sociología y en un intelectual influyente. Tras su adhesión al Movimiento al Socialismo de Evo Morales, desde 2006, Linera ha sido Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia. Entre sus muchas obras figura La potencia plebeya (2008).

1) Su compromiso político se distingue por la conciencia de que gran parte de las organizaciones comunistas latinoamericanas, al no ser capaces de hablar con la mayoría de las clases populares, estaban destinadas a una mera función testimonial. En Bolivia, por ejemplo, apelar al marxismo-leninismo más esquemático y económico, impidió reconocer - y poner en el centro de su acción política - la peculiaridad de la cuestión indígena. Las poblaciones nativas fueron asimiladas como una masa campesina indistinta "pequeñoburguesa", desprovista de potencial revolucionario. ¿Cómo se dio cuenta que era necesario construir una izquierda radicalmente diferente de la que existía hasta entonces?

Porque era una realidad que gritaba a diario que el mundo de la riqueza, de los cuidados se levantaba sobre el trabajo y la dominación de las mayorías indígenas. Los alimentos los producen los campesinos indígenas; los edificios y casas los construyen los obreros indígenas; el comercio lo realizan los indígenas, las calles las limpian los indígenas, incluso el cuidado de los hijos y la limpieza de las casas  de las clases medias y las elites la hacen los indígenas; pero la izquierda tradicional era ciega a esta realidad porque solo le interesaba el clásico obrero de gran industria, disciplinado, organizado y despojado de cualquier identidad étnica distinta a la de las dirigencias políticas urbanas. Ciertamente el obrero de gran industria es un sector importante en la generación de la riqueza minera, y la fuerza sindical es una de sus conquistas, pero se trataba de un sector minoritario en medio de un mar de trabajadores indígenas discriminados por su identidad, marginados por su idioma propio y aun mucho más explotados que los primeros.
Se trataba posiblemente de una “ceguera de clase”, porque buena parte de la intelligentsia de izquierda había sido educada en hogares donde los indígenas siempre habían sido una tupida pero silenciosa fuerza de trabajo doméstica. Y claro, estas heredadas relaciones coloniales de dominación, algún rato tenían que explotar. Eso sucedió a fines de los años 70s cuando impresionantes movilizaciones indígenas aymaras estallaron frente a la dictadura y a los propios gobiernos democráticos que recién se instauraban. Y lo hicieron con su propio mando, de comunidades campesinas confederadas, su propio idioma, su propia simbología, sus propios héroes e historia reivindicada con orgullo frente a todos. E incluso, diferenciándose del mando obrero organizado y proponiendo un tipo de país anclado en la comunidad y  bajo conducción indígena.

Fue un momento de revelación social. Yo era un estudiante de colegio con inclinaciones sociales, pero quedé impactado por la fuerza telúrica de esta insurgencia colectiva indígena; además vi asombrado el renacer de odios y miedo atávicos de unas élites y clases medias culpables, que cada noche miraban a los cerros a la espera de divisar antorchas indígenas que anunciaran el cerco a las ciudades; o la sospecha de alguna conspiración de sus propias empleadas del hogar cuando hablaban entre ellas en idioma aymara.


Y entonces estaba claro que lo que la izquierda clásica me decía sobre las luchas sociales en Bolivia, reducida a obreros y burgueses, era parcial e insostenible. Había que incorporar la temática campesina, indígena y, sobre todo comunitaria agraria, pues en el campo la comunidad de propiedad de tierra es la base de la organización social. Además había que comprender la temática étnica-nacional de pueblos oprimidos para comprender a esos hombres y mujeres, la mayoría del país, que reivindicaban otra historia, hablaban otro idioma distinto al castellano, y con ello, otra manera de entender y ubicarse en el mundo.
El marxismo, de manual y esquematismos flojos, me resultó insuficiente; así que fui a buscar por mi cuenta a otros autores, de ideología indianista, a otros marxistas y a otro Marx que me hablara de estas hibrideces sociales. Y en el camino, hallé al Marx que habla y aprende sobre las luchas coloniales, al Marx que habla sobre la comunidad agraria, que va y viene para intentar redondear la temática de las naciones oprimidas.
 Se trata de un Marx de los márgenes, más plural, más de preguntas que dé respuestas que a la vez, con el tiempo, me permitieron releer de otra manera, El Capital, Los Grundrisse, los Manuscritos 1861-1863 y hallar en ellos componentes de la lógica genética del capitalismo que otros autores no habían comprendido.         

2) El tema de la complejidad de la transformación social que ha caracterizado su reflexión política y su militancia, se ha convertido, con el paso del tiempo, en una discusión esencial para todas las fuerzas progresistas. Anulada la perspectiva del proletariado como la única fuerza capaz de derribar el capitalismo y disuelto el mito de la vanguardia revolucionaria, ¿a partir de dónde debería comenzar nuevamente la izquierda?

El problema que la izquierda tradicional ha tenido con el proletariado, es que ha confundido el concepto de condición obrera con una forma histórico-especifica del trabajo asalariado. El obrero de gran industria, portador del conocimiento productivo, articulado en una red de disciplinas internas basada en la transición de saberes productivos, por tanto sindicalizado y agrupado territorialmente en barrios, fue una etapa de la proletarización de la fuerza de trabajo. Él fue el constructor de toda una cultura obrera de gran impacto social, el de la lucha por la sindicalización y democratización del poder político, en algunos casos por vía revolucionaria, y por ello, el sujeto realizador del ideario de las izquierdas del siglo XX.
Es una forma de proletariado que se fue gestando desde mediados del siglo XIX en la forma en que se organizaba internamente la administración de los saberes laborales y en la manera de reproducción abaratada, concentrada, de la fuerza de trabajo. Marx retrata de una manera maravillosa esta forma-obrero que, con modificaciones técnicas se mantuvo hasta los años 70s del siglo XX.


Pero a medida que su fuerza colectiva socio-política crecía, tanto más cara era para el capitalismo en su conjunto la reproducción de esa fuerza de trabajo. Ya no se trataba solo del salario, de los servicios básicos y el transporte,  sino de la educación, la salud, la jubilación, la casa, etc., es decir el conjunto de nuevos derechos que vinieron de la mano con la ciudadanía sindical del siglo XX.
 Y entonces ¿cómo se reencausa la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, motor de la civilización capitalista? Abaratando costos laborales, introduciendo tecnologías que ayuden a re-subordinar el trabajo  y expandiendo territorialmente la forma de producción capitalista a otros confines del mundo. Y eso es lo que sucedió entre los años 70 hasta hoy.
El resultado es el desmantelamiento del welfare-state, (o ciudadanía sindical), poniendo costos a los servicios, a la educación, a la salud, etc. En segundo lugar disolviendo la organización obrera, desconcentrando fábricas, externalizando procesos, desindicalizando a los trabajadores, precarizando el tiempo laboral, trasladando a otros países, con fuerza laboral más barata, las industrias; e innovando técnicas que le devuelvan a la patronal la gestión de los saberes, tiempos y disciplinas laborales; sistema automático de máquinas, software industrial, robotización, etc.
 El resultado es una gigantesca obrerizacion planetaria de la fuerza de trabajo pero una disolución  de todas las anteriores estructuras territoriales, barriales, sindicales funcionales, temáticas y políticas. Nuevamente como no sucedía desde inicios del siglo XIX, la condición obrera ha vuelto a ser una condición de-el capital y para-el-capital. Y lo es de una manera tal que el mundo obrero está complejizado, hibridizado, nomadizado y desterritorializado.
No es que no hay mundo obrero. De hecho nunca ha habido tantos obreros y obreras en el mundo y en cada país del mundo. Toda absolutamente toda actividad humana se ha mercantilizado, es decir, se ha remunerizado, es decir, obrerizado. Todo, absolutamente se pone en movimiento por la acción de múltiples formas de trabajo humano. Industria, agricultura, transporte, servicios, educación, salud, carreteras, hoteles, restaurantes, distracción, cuidados, sofware, guerras, hasta los centros de alta tecnología y ciencia etc., todo requiere de la acción del trabajo-vivo, simple, calificado, especializado, científico, pero trabajo-vivo remunerado. Pero todo acontece como si no hubiera obreros.
 En realidad a medida que todo se ha ido mercantilizando todos nos hemos ido obrerizando, solo que no lo vivimos como tal, no lo imaginamos como tal. La legitimación de la dominación es tan fuerte que todos viven su condición asalariada como emprendurismo,  como auto empleo, como profesionalización, etc., pero en realidad el 99% de todas las personas, cualquiera sea el trabajo que desempeñan, forman parte de esta irradiación molecular del trabajo asalariado planetario.
Ya no hay sindicato, o son muy débiles y minoritarios; ya no hay barrios obreros, ya no hay cultura obrera territorializada. Pero eso no significa que ya no haya asalariados ni obreros. De hecho, la condición obrera se ha universalizado y por primera vez es una condición material planetaria. Lo primero es lo que deja perplejo a la mayoría de las izquierdas porque no comprenden lo segundo, es decir, el movimiento material e histórico de la formación de las clases en las nuevas circunstancias.
Acostumbrados a actuar en función de la vieja identidad territorial, su disolución se les antoja como la disolución de la clase. Y entonces los cantos sobre el “fin del proletariado”, el “fin de los grandes relatos”, se les presenta como una linda canción acorde con “el fin de la historia” de la mano de la globalización como destino humano.
Otros entienden la reorganización del trabajo planetario, pero lo reducen a una abstracción, a una nube sin espesor ni experiencia de construcción corporal.
Y es que las clases, las identidades, los colectivos de movilización no son abstracciones: son modos de experiencia corporal colectiva del mundo que se las construye capilarmente y que así como hace 100 años tomó formas contingentes, hoy lo está haciendo nuevamente por rutas y causes impensados, sorprendentes y muy diferentes a los anteriores.
No debemos confundir el concepto de clase social, un modo de clasificar estadísticamente a personas por sus propiedades, sus recursos, modos de acceder a la riqueza, etc., de la forma concreta en que las personas se agrupan realmente en función de afinidades electivas, lugares de residencia, problemáticas que les afectan, marcos culturales comunes, etc. Esta es el movimiento real de la construcción movilizada de las clases y de manera excepcional va a coincidir con las convergencias de los datos estadísticos.
Esta nueva “clase obrera” hoy, y posiblemente por un buen tiempo, mayoritariamente no se agrupa por centro de trabajo o problemática laboral, Aun no tiene fuerza organizativa para ello. Tiende a hacerlo por temática social (servicios básicos, transporte, impuestos, reconocimiento, educación, tarifas de servicios, etc.) y halla en conglomerados territoriales social y laboralmente más plurales una mejor posibilidad de unificarse, de movilizarse sin riesgo de despido o sanción laboral. No se moviliza bajo la forma clásica y esperada de la acción obrera centralizada y condensada, pero lo hace bajo formas sociales anfibias donde se entremezclan oficios diversos, lugares de residencias diferentes, temáticas transversales, y bajo formas asociativas eventuales, flexibles, fluidas y cambiantes. Son formas nuevas de acción colectiva de trabajadores, pero no se identifican como obreros. Es más, en muchos casos más que su identidad laboral, lo que reivindican son sus otras identidades complementarias: usuarios, región, estudio, etc. Pero son formas de acción colectiva de trabajadores.
Y en vez de reprocharles que no lo están haciendo como antes y exigirles como “deben hacerlo”, la izquierda debe estar atenta a esta hibridez, a este abigarramiento de lo social, para en primer lugar comprenderlas; luego apuntalarlas, para reforzarlas, y ayudar a articularlas con otras formas de acción colectivas igualmente complejas, a nivel, local, nacional, internacional, etc.
La construcción de las nuevas formas de acción colectiva obreras y de las nuevas formas de identidad obreras requerirá aún de varias décadas hasta que se vayan decantando en formas más estables y eficientes. La fuerza de transformación social transitará por ahora por estas formas hibridas, mimetizadas y contingentes de lo popular en acción. No esperemos de manera inmediata estructuras de identidad fuerte.  Solo la lucha, y en la lucha social se van construyendo las propias formas de lucha de la nueva condición obrera. El sujeto del cambio sigue siendo el trabajo vivo, el trabajador que vende su fuerza de trabajo de múltiples maneras mestizas; pero las formas organizativas, los discursos, la identidad, la propia auto referencia de si, claramente será muy diferentes a las que conocimos en el siglo XX.       

3) Usted cita a menudo a Antonio Gramsci. ¿Qué importancia tuvo este pensador para el desarrollo de sus decisiones políticas?

Es un autor decisivo en la construcción de mis reflexiones. Lo leí desde muy joven, en el colegio, en tiempos en que los textos de Gramsci, Althusser u O. Bauer, circulaban intermitentemente, entre golpe de estado militar y elecciones, en los pasillos universitarios. Desde entonces se me presentó como el autor que abría la ventana de un cuarto atestado de personas que fuman desesperadamente. Frente a los textos centrados en la economía y en formulaciones filosóficas centradas en la estética de las palabras más que en la realidad que representan, Gramsci te habla del lenguaje, la literatura, la educación, la religión, el sentido común, etc., temas, todos ellos, aparentemente secundarios, pero que en realidad forma la trama real de la cotidianidad de las personas que es donde se forman sus percepciones y disposiciones colectivas.
Desde entonces siempre vuelvo regularmente a leerlo, y cada vez me dice cosas nuevas especialmente sobre cómo se construyen las representaciones sociales de las estructuras de dominación duraderas que guían  o inhiben los comportamientos colectivos o, lo que el llama, la formación molecular del Estado. La renovación del marxismo mundial tiene en Gramsci a un pensador indispensable.

4) En los últimos cuatro años, los gobiernos que han estado en el poder en casi toda Sudamérica, se han inspirado en ideologías reaccionarias y han propuesto nuevamente una agenda económica neoliberal. La elección de Jair Bolsonaro en Brasil es un ejemplo flagrante de este fenómeno. ¿Este giro hacia la derecha está destinado a durar por mucho tiempo?

El gran problema de la derecha mundial es que hoy se ha quedado sin relato de futuro, sin horizonte de época. Hasta hace una década, tras el derrumbe de la URSS, la humanidad, incluidas las clases subalternas, creyeron y apostaron por un destino: libre mercado, privatizaciones, globalización. Parecía que la humanidad había llegado a su destino y solo había que corregir aspectos administrativos y de temporalidad para alcanzar ese objetivo final.
Hoy ese destino final ha estallado por los aires: los  Estados que ayer propugnaban la liturgia del libre mercado,  hoy construyen murallas frente a las mercancías y los migrantes como si fueran modernos señores feudales. Los privatizadores de ayer hoy apelan al vilipendiado Estado para salvar sus deudas. Los globalizadores que nos hablaban de un mundo al fin unificado, hoy se aferran al pretexto de la “seguridad continental” para impedir policialmente su evidente derrota tecnológica. Los liberales se han vuelto proteccionistas; los comunistas se han vuelto globalizadores, y la economía que se presenta como más eficiente está bajo la regulación del Estado. Es un caos planetario.
Pero esto significa que el mundo ha perdido sentido de futuro; es decir, las clases y países dominantes carecen hoy de un horizonte de futuro capaz de articular expectativas y adhesiones populares duraderas. Así como estrepitoso para las izquierdas fue el fracaso de la URSS, hoy para las derechas mundiales lo es  la decepción de la ideología globalista. Y entonces las nuevas derechas  en América Latina y el mundo que serán: ¿globalizadoras?, ¿proteccionistas?; ¿privatizadoras?, ¿estatalistas?, ni ellas lo saben. Hoy son un mar de confusión y miradas cortoplacistas. No representan un futuro en el cual depositar las expectativas de largo aliento de la sociedad. Y si son algo, son la constatación del incremento de las  injusticias, de las desigualdades y sufrimientos colectivos.  
La derecha no es ya un horizonte de época. El futuro palpable para las nuevas generaciones  es la angustia de la incertidumbre. Quiere decir que la historia nuevamente está abierta y son posibles nuevas oleadas progresistas que vayan más allá de lo que se hizo en la anterior década. Es en esa indeterminación, cuando pueden surgir propuestas alternativas de sociedad, predisposiciones colectivas y morales a buscar nuevos  horizontes de época fundados en la participación real de la gente y la superación sostenida de las injusticias sociales.
Esta es la gran tarea de las nuevas izquierdas: sobre la ruinas de los límites y errores de las izquierdas del siglo XX; sobre la frustración de la ideología globalista neoliberal; ayudar a crear un nuevo horizonte de época humana fundado en las cosas concretas que las personas padecen, en las cosas concretas que ellas mismas comienzan imaginar cómo posibilidad de nuevo destino. Un nuevo principio de esperanza, no importa el nombre que le pongamos, que enarbole la igualdad social, la universalidad de derechos y capacidades, la libertad social como fundamento de la autodeterminación colectiva, desde la familia, la fábrica, el centro de trabajo y estudio,  la región, el país y el mundo.