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Redacción, Pagina 12

Karl Marx. Biografía intelectual y política, 1857-1883, entronca la vida revolucionaria con el pensamiento filosófico del autor alemán. Pero el trabajo de Musto no cristaliza el legado marxista como un “caso cerrado” sino todo lo contrario: analiza el período citado como una etapa en la que el pensamiento de Marx se desenvolvió en estado de revisión permanente.

Valiéndose de los manuscritos de la Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA2), el autor rastrea cómo el exiliado en Londres no se limitó a la economía política inglesa. Marx se sumergió en la antropología, la historia de las comunas rurales rusas y el estudio de las sociedades no occidentales, relativizando la extendida visión eurocéntrica del progreso.

Pero más allá de la teoría, Musto nos presenta a un Marx que hacía de su pensamiento una herramienta para la intervención política. Aparece entonces también un Marx que vive y que sufre la realidad de su tiempo: desgracias familiares, penurias económicas y problemas de salud se convierten en el trasfondo material sobre el que construyó su obra monumental, la que cambió para siempre la historia de la filosofía y de la economía política: El Capital.

Un Marx cansado pero no vencido se hizo cargo así de la frase que había incluido en sus famosas Tesis sobre Feuerbach en 1845: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

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Ramsés Guerrero Arroyo, Oficio. Revista de historia e interdisciplina

En nuestro siglo han acontecido complejas transformaciones, hemos sido testigos del desarrollo vertiginoso de las ias, de nuevos conflictos internacionales, de una globalización nunca antes vista y de la presencia de una pandemia que demostró la fragilidad de nuestro modo de vida. La crítica de Karl Marx hacia el modelo de producción capitalista, no obstante, sigue presente en el imaginario colectivo de la sociedad contemporánea. El marxismo está aquí, entre nosotros, en simposios serios o en conversaciones de café, en discursos que con encono señalan una izquierda todopoderosa y corruptora, o en debates académicos que encuentran en el modelo de sociedad de clases un método viable.
Marcello Musto es consciente de la realidad que lo rodea, de su punto de enunciación. Estamos lejos del mundo bipolar disuelto tras la extinción del bloque comunista o de las revoluciones proletarias, la lucha de clases no forma más parte de los discursos político-filosóficos como lo hacía en el siglo pasado. En nuestro contexto es fácil caer en un lugar común, el de asumir que todo lo relativo a Marx ha sido superado por completo. Si bien las bases del pensamiento crítico a la sociedad capitalista están presentes en la producción intelectual de este siglo, en tópicos como el decolonialismo, la subalternidad o la necroeconomía, son pocos los autores que como Musto se centran en estudiar a Marx de manera directa. Esta obra demuestra la actualidad y riqueza teórica del pensador de Tréveris más allá de los mitos que lo rodean. La tesis nuclear de la obra es que, para estudiar a Marx, es preciso hacerlo más allá del mito que significa la figura para sus seguidores ortodoxos y para sus detractores acérrimos. Para lograr estos fines, Musto divide su texto en cuatro partes en las que presenta la obra y la labor política de Karl Marx: “La crítica de la economía política”, “La militancia política”, “Las investigaciones de la última década” y “La teoría política”. En todas las páginas hay una clara intención de objetividad, un enlace entre exposiciones, argumentos y fuentes documentales; esta rigurosidad hace que el autor a menudo aborde a Marx desde la crítica, destacando sus desatinos, algunas contradicciones, pero también distingue lo que sostuvo Marx de lo que fue interpretado por estudiosos o políticos ulteriores. Un detalle que es mejorable en la obra es el corte cronológico que se encuentra en la segunda parte del libro titulada “La militancia política”, pues retrotrae detalles que ya habían sido tratados en la primera parte, pecando en cierto grado de repetición.
Quiero señalar, a propósito del trabajo documental, que el manejo de fuentes es exhaustivo, se mueve en diferentes lenguas: alemán, italiano e inglés.
Marcello Musto consultó las siguientes fuentes: Marx-Engels-Gesamtausgabe (mega), MarxEngelsWerke (mew), Marx-Engels Collected Works (mecw), así como otras ediciones individuales de obras de Marx y bibliografía complementaria de diversas autorías. Es un gran acierto el estudio documental de los compendios antes abreviados como mega, mew y mecw, pues rescatan el soporte teórico, la relación personal e intelectual con Engels, a la vez que recuperan correcciones y adendas posteriores a Das Kapital, mismas que no siempre fueron traducidas en las versiones en español. El resultado de esta investigación es un robusto corpus documental que incluye epístolas, notas a obras leídas, cuadernos de trabajo, informes de trabajo, etcétera, así la obra no sólo es valiosa en sí misma, sino que también significa un potencial catálogo para estudiosos del marxismo, de los procesos decimonónicos y la historia de las ideas. Este buen manejo documental se expresa en un impecable aparato crítico; la mayoría de las notas al pie que son expositivas no pueden perderse de vista. Independientemente de lo que otros lectores encuentren en sus lecturas individuales, me atrevo a sostener que hay una serie de temas centrales, yo destacaría al menos tres: 1) Marx como humano detrás de las ideas, 2) Marx inmerso en su contexto, 3) La obra intelectual y política. Cada tema está presente en todo el texto y se aborda con más o menos exhaustividad, considero que el punto tres (por su título lo podemos suponer) es el tema central, pero la información que nos ofrecen los otros dos temas permite comprender la estrecha relación entre pensador-vida-obra.
Respecto al primer punto: Marx como humano detrás de las ideas, Musto expone las dificultades de salud, económicas y políticas de un condenado al exilio, pero también recoge la vida matrimonial, las buenas amistades o el toque perspicaz de “El Moro” incluso en momentos ríspidos. Si bien la biografía es rigurosa, sin atisbos novelados, a lo largo de la lectura es fácil empatizar con el apátrida que pasó sus años criticando un sistema que parece (incluso ahora) invencible. Asimismo, está presente la figura de un pensador curioso y autocrítico hasta los huesos, a menudo en perjuicio de su propio trabajo, retrasando publicaciones por su afán de perfección. En palabras de Musto: “el espíritu problemático con el que Marx escribió y continuó repensando su obra revela la enorme distancia que lo separa de la imagen de un autor dogmático, difundida tanto por muchos de sus adversarios como por un sinfín de sus supuestos seguidores” (p. 116).
En el caso del segundo punto: Marx inmerso en su contexto, situamos al pensador en distintos procesos del siglo xix, como la Guerra de Secesión, la lucha por la Independencia de Polonia, las demandas irlandesas de emancipación, la Comuna de París, la formación de un partido socialista en Alemania, la Guerra franco-prusiana o el colonialismo inglés. Estos eventos decimonónicos no sólo son valiosos como procesos que acompañaron a Marx, se exponen porque lo obligaron a repensar sus posturas, a rectificar y afinar sus teorías, reiterando así el esbozo de un Karl Marx en constante desarrollo, no dogmático. Esta imagen del pensador en constante desarrollo, circunscrito a sus condiciones, se cristaliza en la incipiente crítica de Marx hacia el colonialismo extractivista en India que devastaba paisajes sin las “bondades” de la era industrial, o el reconocimiento de la existencia de diversos caminos que llevarían a la emancipación obrera, no sólo la revolución como insistirían los marxistasleninistas del siglo XXI.
La parte más sólida de la obra está en el tercer punto que aquí se destaca: la obra intelectual y polí- tica, al respecto, Musto recorre la vida productiva del autor desde finales de la década de 1840 (a partir de su exilio) hasta la publicación del primer tomo de El Capital, en 1867 y sus posteriores correcciones (p. 109). Se construye la trayectoria de Marx como un desarrollo intelectual de preocupaciones teóricas rastreables desde los Manuscritos Económicos Filosó- ficos de 1844, pasando por los Grundrisse y hasta Das Kapital. Como todo proceso de pensamiento es un vaivén de lecturas, correcciones y de formación paulatina, asimilando conceptos de la lectura exhaustiva de economistas clásicos como Adam Smith o David Ricardo, pero también de trabajos mucho más próximos a la redacción de Das Kapital, como El origen de las especies, ensayos sobre la renta como concepto económico o textos de autores rusos que reflexionaban sobre los cambios en la propiedad eslava. Uno de los argumentos que pesan y se repiten, es que, si bien Das Kapital es la magna obra de Marx, no deja de ser un texto incompleto y debe leerse como tal. El libro segundo era débil en su aspecto teórico y el tercero estaba impublicable, si bien la labor editorial de Engels fue titánica ésta no fue conclusiva. Dicha esencia incompleta no debe verse como una tragedia, sino como la posibilidad de continuar cuestionando el papel de nuestro sistema económico, pues Marx nunca pretendió escribir un manual del buen comunista.
A propósito de la militancia política de Marx, esta estuvo circunscrita sobre todo en la Asociación Internacional de los Trabajadores entre 1864 y 1872. En ocho años pasó de ser un asistente callado a la imagen principal de la Asociación, tanto para bien al fungir como líder intelectual, como para mal, hasta ser llamado “Doctor del Terror Rojo”. Musto expone las cavilaciones de su autor en el contexto de las primeras luchas obreras organizadas, su postura frente a procesos claves del siglo xix y su rol en la última etapa de la Asociación Internacional de Trabajadores. Su labor política no dejó de ser una preocupación teórica, siempre mantuvo el anticapitalismo como base de lucha obrera, cuestión que lo llevó a polemizar con autores como Bakunin, que era enemigo del Estado en su sentido más abstracto, aunque fuera un obrero.
Para concluir, considero que la lectura de Karl Marx. Biografía intelectual y política, 1857–1883 de Marcello Musto no sólo revitaliza la figura del pensador de Tréveris. Merece ser leída para estudiar fenómenos de clase y dar respuesta a retos contemporáneos, sea complementando sus tesis más fuertes o polemizando sus enfoques, sin caer en determinismos que ni el propio Marx desearía. La obra responde a la pregunta primigenia: ¿por qué leer a Marx?, pero inevitablemente nos orilla a cuestionarnos qué hacer con el pensamiento de un autor que criticó un sistema aún vigente.
El libro es sólido y metódico, reconstruye con rigor filológico y sensibilidad histórica la trayectoria de un Marx que no es ídolo ni demonio, sino un intelectual comprometido, contradictorio, al fin y al cabo, humano. Su enfoque logra algo poco común: restituir el movimiento interno del pensamiento marxiano, mostrar sus fisuras y rectificaciones sin menoscabar su potencia crítica. En un momento en que la desigualdad global y la crisis ecológica reconfiguran las bases mismas del capitalismo, esta obra propone una lectura más allá de los mitos; la exposición de la vida y obra se hace, por así decirlo, con las fuentes en la mano. Musto, con su erudición y distancia analítica, ofrece una biografía que también es una lección metodológica: la de leer sin prejuicios, con las fuentes a la vista y con la convicción de que los clásicos deben ser criticados con método.

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Andrés Gómez, La Tercera

El italiano Marcello Musto, experto mundial en Marx, viene desarrollando una nueva lectura de la obra del pensador alemán, a partir de sus manuscritos, cartas e ingente material inédito. Musto planea que Marx, con distancia, es el pensador más citado y menos leído. “Después de 1917, la ortodoxia marxista-leninista impuso un monismo inflexible que no pudo menos que producir efectos perversos en los escritos de Marx”, escribe. Así, su obra fue censurada, desmembrada y manipulada a conveniencia. Contra la idea establecida, Musto demuestra que en sus últimos años Marx no dejó de escribir, siguió estudiando y reflexionando. En este breve período, entre 1881 y 1883, aprendió ruso para comprender a los populistas de ese país, viajó a Argel, y amplió su estudio a las secuelas ambientales del capitalismo y las devastaciones provocadas por el colonialismo.

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Lucas Lavado, El Perfil

En los tiempos que corren, acompañados de espectaculares innovaciones, cada idea y cada nuevo dato que se descubre en sus textos inéditos resisten y sobrepasan el olvido. Siguen suscitando controversias como ningún otro pensador en la historia de la cultura, incluso por aquellos que no le han leído, y quizá por eso mismo. Provoca debates incansables, inspirando la renovada explicación del cosmos y la sociedad, levantando emociones suscitadoras porque entran en el quid del mundo vivo. Leer sus escritos hace que la lectura sea un alimento que mejora el espíritu.

Marcello Musto, sociólogo de la Universidad de York en Toronto, escribe un volumen relativamente breve: Los últimos años de Karl Marx, 1881-1883, una biografía intelectual. De lectura amena, intercalada de citas breves, presenta algunos escenarios y pasajes de la azarosa vida intelectual de los últimos años del más influyente pensador político. Con claridad expositiva, hace énfasis en aspectos conmovedores desconocidos hasta hoy. Es lo que justifican autores y libros en medio de la odiosa ampulosidad.

Después de que la Editorial Riuniti publicara, entre 1972-1990, 32 volúmenes de los 50 previstos, la Editorial Lotta Comunista editó 15 volúmenes; son los que se citan y comentan generalmente. De sus manuscritos y cuadernos de apuntes han visto la luz 70 de los 114 previstos, que según el autor aún existen por poner a disposición de los lectores otros volúmenes que algún día llegarán a los lectores. Y no existe autor que tanto encono haya suscitado, sobre todo, por parte de quienes no lo han leído. Es un enigma que se va aclarando.

Este volumen de Musto nos muestra un cerebro pensante sin concesiones a las penurias, un ser humano lleno de dificultades y la salud quebrantada, pero entregado a pensar en una causa que nunca abandonó hasta sus últimos días, vividos con tesón y dignidad. Con ventanas abiertas para ver, pensar y actuar en un mundo cada vez cambiante, abriendo puertas para entender por qué cautivó a multitudes y por qué suscitó diálogos fecundos, encendidos debates y controversias inacabadas que han provocado caudales de emociones, pensamientos y acciones.

Abarca un tiempo breve que cubre los últimos años de vida, desde inicios de 1881 hasta inicios de 1883, conformado por cuatro breves capítulos: 1. Nuevos horizontes de investigación, 2. Controversias sobre el desarrollo del capitalismo en Rusia, 3. Los tormentos del Viejo Nick, 4. El último viaje del Moro. Un acercamiento precedido por una investigación seria y de primera fuente que posibilita tomar nota acerca de algunas novedades que permiten comprender una vida intelectual rica, lejos de los acartonados cercos de la ideología.

Aquejado por dificultades familiares y una enfermedad pleural irreparable, agravado por el mal tiempo, pudo sobreponerse para seguir investigando y estudiando la matemática, la física, la química, la biología, la historia, la sociología, la economía y la antropología. El cometido de toda una vida y un desmentido directo a la visión estrecha de algunos expositores marxistas pegados a recetarios y consignas. Esta preocupación y cometido de Marx recobran actualidad justamente cuando urge la evaluación de los cambios políticos, como el declive inexorable de la unipolaridad dando paso a la multipolaridad.

Y, para ser breve, hay una cuestión que es más actual y viva en el legado de Karl Marx porque atañe al núcleo motor de la investigación. Tan ausente en los manuales más acreditados de investigación científica, porque tiene que ver con el planteamiento de los problemas y las preguntas pertinentes, pasada con ligereza por los manidos manuales. Presentes en los procesos de revolución, que son procesos complejos, muy lejos de un rápido vuelco de sistema, dado que entrañan la necesaria discusión entre los conceptos y la realidad. Queda tiempo para revisar los innumerables manuscritos, la revisión de sus nuevas investigaciones, el contacto con políticos e investigadores y la visita a Argelia que le obligaron a repensar sus investigaciones y volver a revisar su estilo.

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Marx y la Primera Internacional

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Ibon Zubiaur, El Correo

La obra de Karl Marx ha dado pie a tantas y tan dispares interpretaciones que uno no esperaría grandes hallazgos. Marcello Musto empieza por recalcar algo inapelable: tras reanudarse en 1998 la edición de sus obras completas, se han añadido nada menos que 30 tomos a los 40 anteriores. Y aunque buena parte del nuevo material consta de notas, resúmenes de lecturas y correspondencia, Musto demuestra que al final de su vida Marx revisó tesis claves de su trabajo previo. Desde la portentosa erudición acumulada (leía sin descanso en los principales idiomas europeos, incluyendo el ruso, ya sobre cálculo, etnología o química agrícola), desmintió expresamente que exista un progreso histórico lineal y que toda sociedad deba atravesar las mismas fases hasta que el desarrollo de las fuerzas productivas permita una revolución y el paso al comunismo. Frente al secuestro de décadas por la ortodoxia bolchevique y las caricaturas de sus enemigos, pero también frente al desproporcionado peso que la bibliografía reciente concede a su obra temprana, Musto presenta a un Marx tardío sorprendente y bien poco dogmático, intransigente en su anticolonialismo y en reclamar la igualdad de sexos, que no dejó nunca de investigar en apoyo del movimiento obrero sin erigirse en profeta ni dictar medidas a adoptar bajo condiciones diversas. Parece haber tenido claro que lo «científico» en su socialismo era el rigor empírico de los análisis y no lo inamovible de las conclusiones.

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Álvaro Cortina, El Español

En el entorno familiar, a Karl Marx se le llamaba el Moro y Old Nick, es decir, Diablo. El especialista Marcello Musto (Nápoles, 1976), catedrático en sociología en Toronto, ha contado, con nutrido rigor de notas al pie, los últimos tres años de quien escribió El capital. Realmente, 1881, 1882 y 1883 no fueron años dichosos para él.

El desarrollo de la Asociación Internacional de los Trabajadores y las reediciones y traducciones de su citada obra magna en el curso de la década anterior le habían otorgado una cierta notoriedad al apátrida alemán afincado en Londres norte, pero no se había impuesto aún en prestigio sobre otros intelectuales socialistas o revolucionarios del tiempo, como Lassalle, Louis-Auguste Blanqui, Proudhon o Bakunin.

En el entorno familiar, a Karl Marx se le llamaba el Moro y Old Nick, es decir, Diablo. El especialista Marcello Musto (Nápoles, 1976), catedrático en sociología en Toronto, ha contado, con nutrido rigor de notas al pie, los últimos tres años de quien escribió El capital. Realmente, 1881, 1882 y 1883 no fueron años dichosos para él.

El desarrollo de la Asociación Internacional de los Trabajadores y las reediciones y traducciones de su citada obra magna en el curso de la década anterior le habían otorgado una cierta notoriedad al apátrida alemán afincado en Londres norte, pero no se había impuesto aún en prestigio sobre otros intelectuales socialistas o revolucionarios del tiempo, como Lassalle, Louis-Auguste Blanqui, Proudhon o Bakunin.

En Inglaterra, Marx “seguía siendo casi desconocido” (p. 122). En Los últimos años de Karl Marx, Musto facilita pormenores de las lecturas, viajes (sur de Francia, Montecarlo, isla de Wight, Argelia, Suiza) de este tiempo. También recuerda tres tragedias que golpearon al genio demónico, entonces emergente y declinante a partes iguales: la muerte de su esposa, de su hija y la suya propia. Pero el objeto último del trabajo es eminentemente filosófico.

El empeño principal del volumen es mostrar que Marx fue un filósofo crítico, más que dispuesto a revisar sus propias doctrinas. Según Musto, el marxismo ha olvidado, en muchas ocasiones, este espíritu. Según el exégeta, el Marx final fue un autor más empírico que apriorista.

Libros esenciales de y sobre Marx
¿Qué escribe el socialista “científico”, el políglota polímata, en este período?Los apuntes etnológicos,Los manuscritos matemáticos,Notas sobre la reforma de 1861 y sobre el consiguiente desarrollo en Rusia, el “Prólogo” a la edición rusa del Manifiesto del partido comunista, una cronología comentada de la historia universal e innumerables cartas dirigidas, entre muchos otros, a su mítico amigo y colaborador Engels.

Pues bien, según Musto (p. 116), ni la Segunda Internacional ni el mismísimo Engels (por no hablar de intérpretes posteriores) discurrieron siempre según los estrictos parámetros demarcados por Marx tras su muerte por colapso cardiaco, provocado por tuberculosis pulmonar, el 14 de marzo de 1883.

“Es sintomático que Marx nunca diera por concluido El Capital. Según Musto, no deberíamos dar carpetazo hoy a estos asuntos”

Las dos ideas principales que es preciso mencionar aquí son el fatalismo economicista y paradigma eurocéntrico. Ambas van ligadas: Marx las terminó cuestionando. Tomando como modelo las historias económicas de naciones como Inglaterra, Alemania o Francia, el joven Marx había diseñado una serie de leyes de desarrollo civilizatorio en una serie de estadios (Fase 1, Fase 2…), en la línea de las inquietudes de su siglo. Así pues, sólo advendría el movimiento final de la sinfonía (supresión de clases), tras el desarrollo del capitalismo industrial y maquinista.

Ahora bien, al parecer, el Marx posterior no creyó en la “aceptación pasiva del rumbo de la historia” (Ibid.). Más aún: “Rechazó las rígidas representaciones que ligaban los cambios sociales solamente a las transformaciones económicas.

Por el contrario, defendió las especificidades de las condiciones históricas, las múltiples posibilidades que ofrecía el paso del tiempo y el protagonismo de la intervención del hombre a la hora de modificar las condiciones existentes y hacer realidad el cambio” (p. 58).

Así, tras leer ingentes masas de papel escrito sobre historia de la propiedad, advirtió que la realidad positiva era todavía más compleja que sus teorías. ¿Nos resistiremos a recordar que, según la sabiduría popular, más sabe el Diablo por viejo que por Diablo? Es sintomático, sostiene Musto, que Marx nunca diera por concluido El capital. Según él, de ninguna manera deberíamos dar carpetazo a estos asuntos en el siglo XXI.

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Los Grundrisse de Marx. Fundamentos de la crítica

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La insólita genealogía del concepto de capitalismo

Aunque Karl Marx es considerado el principal crítico del capitalismo, rara vez utilizó este término. La palabra también estuvo ausente de los primeros grandes clásicos de la economía política. No sólo no tuvo cabida en las obras de Adam Smith y David Ricardo, sino que ni siquiera fue utilizada por John Stuart Mill, ni por la generación de economistas contemporáneos de Marx. Más bien utilizaron capital -de uso común desde el siglo XIII- y capitalismo.

El término capitalismo no apareció hasta mediados del siglo XIX. Era una palabra utilizada principalmente por quienes se oponían al orden de cosas existente y tenía una connotación mucho más política que económica. Algunos pensadores socialistas fueron los primeros en utilizar esta palabra, siempre de forma despectiva. En Francia, en una reedición de la célebre obra L’organisation du travail, Louis Blanc sostenía que la apropiación del capital -y, a través del propio capital, del poder político- estaba monopolizada por las clases acomodadas. Éstas lo concentraban en sus propias manos y restringían el acceso a él de las demás clases sociales. Lejos de pretender derribar los fundamentos económicos de la sociedad burguesa, se pronunció a favor de la «supresión del capitalismo, pero no del capital». En Alemania, el economista Albert Schäffle, burlado con el epíteto de «socialista de sillón», en su libro Capitalismo y socialismo, abogaba por reformas desde el Estado para paliar los agrios conflictos que se extendían ampliamente, debido a «la hegemonía del capitalismo».

Desde su primer uso, no hubo una definición compartida del concepto de capitalismo, y esta dificultad ni siquiera cambió más tarde, cuando el término se extendió ampliamente y ganó su popularidad. Las obras El capitalismo moderno, de Werner Sombart, y La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber, publicadas ambas a principios del siglo XX y destinadas a mostrar -a pesar de algunas diferencias- la esencia del capitalismo en el espíritu de iniciativa, en el frío cálculo racional y en la búsqueda sistemática del beneficio personal, contribuyeron en gran medida a la popularización de este término. Sin embargo, fue sobre todo gracias a la difusión de la crítica marxista de la sociedad que la palabra capitalismo -a la que la Enciclopedia Británica no dedicó una entrada hasta 1922- adquirió carta de ciudadanía en las ciencias sociales.

Además, después de haber quedado al margen, cuando no explícitamente rechazado, del discurso teórico de las principales corrientes de la economía política, fue a través de la obra de Marx que el concepto de capitalismo ganó centralidad incluso en esta disciplina. En lugar de ser concebido como sinónimo de decisiones políticas destinadas a beneficiar a las clases dominantes, a través de Marx adquirió el significado de un sistema específico de producción, basado en la propiedad privada de las fábricas y la creación de plusvalía.

La contribución involuntaria de Marx a la propagación del término «capitalismo» fue, en cierto modo, paradójica. Totalmente ausente de los libros que imprimió, incluso en sus manuscritos el término Kapitalismus se utilizó muy esporádicamente. Sólo apareció en cinco ocasiones, siempre en passant, y sin que él diera nunca una descripción específica del mismo. Probablemente, Marx consideraba que esta noción no estaba suficientemente centrada en la economía política, sino, por el contrario, vinculada a una crítica de la sociedad más moral que científica. De hecho, cuando tuvo que elegir el título de su obra magna, optó por El Capital y no por «Capitalismo».

En lugar de esta palabra, prefirió otras que consideraba más apropiadas para definir el sistema económico y social existente. En los Grundrisse, se refirió al «modo de producción del capital», mientras que unos años más tarde, a partir de los Manuscritos económicos de 1861-63, adoptó la fórmula «modo de producción capitalista». Esta expresión aparece también en el Primer Libro de El Capital, cuyo famoso incipit, de hecho, reza: «La riqueza de las sociedades en las que predomina el modo de producción capitalista se presenta como una inmensa colección de mercancías». A partir de entonces, en la traducción francesa, así como en la segunda edición alemana, del Volumen I de El Capital, Marx utilizó también la fórmula «sistema capitalista». La repitió en los borradores preliminares de la famosa carta a Vera Zasulich de 1881.

Tanto en éstos como en otros numerosos escritos sobre la crítica de la economía política, Marx no proporcionó una definición concisa y sistemática de lo que era el modo de producción capitalista. Sólo se puede comprender plenamente el modus operandi del capitalismo conectando las múltiples descripciones de su dinámica contenidas en El Capital.

En el volumen I, Marx afirmaba que «el rasgo característico de la época capitalista es el hecho de que la fuerza de trabajo adopta también la forma de una mercancía que pertenece al propio trabajador, mientras que su trabajo adopta la forma de trabajo asalariado». La diferencia crucial con el pasado es que los trabajadores no venden los productos de su trabajo -que en el capitalismo ya no son de su propiedad- sino su propio trabajo.

Para Marx, el proceso de producción capitalista se basa en la separación de la fuerza de trabajo y de las condiciones de trabajo, una condición que el capitalismo «reproduce y perpetúa» para garantizar la explotación permanente del proletariado. Este modo de producción «obliga al obrero a vender constantemente su fuerza de trabajo para vivir y permite constantemente al capitalista comprarla para enriquecerse». Además, Marx subrayó que el capitalismo difiere de todos los modos anteriores de organización productiva por otra razón peculiar. Se trata de la «unidad del proceso de trabajo y del proceso de creación de valor». Describió el proceso de producción capitalista como un modo de producción que tiene una naturaleza dual: «por un lado es un proceso de trabajo social para la fabricación de un producto, por otro lado, es un proceso de valorización del capital». Lo que impulsa el modo de producción capitalista «no es el valor de uso ni el disfrute, sino el valor de cambio y [su] multiplicación». El capitalista fue descrito por Marx como un «fanático de la valorización del valor», un ser que «obliga sin escrúpulos a la humanidad a producir por producir».

De este modo, el modo de producción capitalista genera la expansión y concentración del proletariado, junto con un nivel sin precedentes de explotación de la fuerza de trabajo.

Por último, aunque ciertamente se centraba en la economía, el análisis de Marx del sistema capitalista no se dirigía exclusivamente a las relaciones de producción, sino que constituía una crítica global de la sociedad burguesa que incluía la dimensión política, las relaciones sociales, las estructuras jurídicas y la ideología, así como las implicaciones que determinan en cada uno de los individuos. Por lo tanto, no consideraba el capital como «una cosa, sino como una relación social de producción específica, perteneciente a una formación histórica específica de la sociedad». Por tanto, no es eterno y puede ser sustituido -mediante la lucha de clases- por una organización socioeconómica diferente.

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No desestimes a Marx: su crítica del colonialismo es más relevante que nunca

Durante las últimas dos décadas, hemos sido testigos de un resurgimiento del interés en el pensamiento y la obra de Karl Marx, autor de obras filosóficas, históricas, políticas y económicas fundamentales, y, por supuesto, del Manifiesto Comunista, que es quizás el manifiesto político más popular de la historia del mundo. Este resurgimiento se debe en gran medida a las consecuencias devastadoras del neoliberalismo en todo el mundo: niveles sin precedentes de desigualdad económica, decadencia social y descontento popular, así como a la intensificación de la degradación ambiental que acerca al planeta cada vez más a un precipicio climático, y a la incapacidad de las instituciones formales de la democracia liberal para resolver esta creciente lista de problemas sociales. Pero, ¿sigue siendo Marx relevante para el panorama socioeconómico y político que caracteriza el mundo capitalista de hoy? ¿Y qué pasa con el argumento de que Marx era eurocéntrico y tenía poco o nada que decir sobre el colonialismo?

Marcello Musto, un destacado erudito marxista y profesor de sociología en la Universidad de York en Toronto, Canadá, que ha sido parte del renacimiento del interés en Marx, sostiene en una entrevista exclusiva para Truthout con C.J. Polychroniou que Marx sigue siendo muy relevante hoy en día y desacredita la afirmación de que era eurocéntrico. En la entrevista que sigue, Musto argumenta que Marx fue, de hecho, muy crítico con el impacto del colonialismo.

C.J. Polychroniou: En la última década más o menos ha habido un renovado interés en la crítica de Karl Marx al capitalismo entre los intelectuales públicos de izquierda. Sin embargo, el capitalismo ha cambiado drásticamente desde la época de Marx y la idea de que el capitalismo está destinado a autodestruirse debido a las contradicciones inherentes al funcionamiento de su propia lógica no tiene ya credibilidad intelectual. Además, la clase trabajadora hoy no solo es mucho más compleja y diversa que la clase trabajadora de la revolución industrial, sino que tampoco ha cumplido la misión histórica mundial imaginada por Marx. De hecho, fueron tales consideraciones las que dieron lugar al postmarxismo, una corriente intelectual de moda en las décadas de 1970-1990, que ataca la noción marxista de análisis de clase y menosprecia las causas materiales de la acción política radical. Pero ahora, al parecer, hay un retorno una vez más a las ideas fundamentales de Marx. ¿Cómo deberíamos explicar el renovado interés en Marx? De hecho, ¿Marx sigue siendo relevante hoy en día?

Marcello Musto: La caída del Muro de Berlín fue seguida por dos décadas de conspiración del silencio sobre la obra de Marx. En las décadas de 1990 y 2000, la atención hacia Marx era extremadamente escasa y lo mismo se puede decir de la publicación y discusión de sus escritos. El trabajo de Marx, que ya no se identifica con la odiosa función de instrumentum regni de la Unión Soviética, se convirtió en el foco de un renovado interés global en 2008, después de una de las mayores crisis económicas de la historia del capitalismo. Periódicos de prestigio, así como revistas de mucha difusión, describieron al autor de El Capital como un teórico con visión de futuro, cuya actualidad se confirmaba una vez más. Marx se convirtió, en casi todas partes, en tema de cursos universitarios y de conferencias internacionales. Sus escritos reaparecieron en los estantes de las librerías, y su interpretación del capitalismo cobró un impulso cada vez mayor.

En los últimos años, también ha habido una reconsideración de Marx como teórico político y muchos autores con puntos de vista progresistas sostienen que sus ideas siguen siendo indispensables para cualquiera que crea que es necesario construir una alternativa a la sociedad en la que vivimos. El “resurgimiento de Marx” contemporáneo no se limita solo a la crítica de Marx de la economía política, sino que también está abierto a redescubrir sus ideas políticas e interpretaciones sociológicas. Mientras tanto, muchas teorías postmarxistas han demostrado hasta que punto son falaces y han terminado aceptando los fundamentos de la sociedad existente, a pesar de que las desigualdades que la destrozan y socavan profundamente su coexistencia democrática crecen de formas cada vez más dramáticas.

Es cierto, el análisis de Marx de la clase trabajadora necesita ser reformulado, ya que se desarrolló a partir de la observación de una forma diferente de capitalismo. Sin embargo, aunque no se pueden encontrar en Marx las respuestas a muchos de nuestros problemas contemporáneos, plantea, sin embargo, las preguntas esenciales. Creo que esta es su mayor contribución hoy: nos ayuda a hacer las preguntas correctas, a identificar las principales contradicciones. Me parece que no es poca cosa. Marx todavía tiene mucho que enseñarnos. Su trabajo nos ayuda a entender mejor lo indispensable que es para repensar una alternativa al capitalismo, incluso con más urgencia hoy que en su época.

Los escritos de Marx incluyen discusiones sobre temas como la naturaleza, las migraciones y las fronteras, que recientemente han recibido una atención renovada. ¿Puedes hablar brevemente sobre el enfoque de Marx de la naturaleza y su punto de vista sobre las migraciones y las fronteras?

Marx estudió muchos temas, en el pasado a menudo subestimados, o incluso ignorados, por sus eruditos, que son de importancia crucial para la agenda política de nuestro tiempo. La relevancia que Marx asignó a la cuestión ecológica es el foco de algunos de los principales estudios dedicados a su trabajo en las últimas dos décadas. En contraste con las interpretaciones que redujeron la concepción del socialismo de Marx al mero desarrollo de las fuerzas productivas (trabajo, maquinaria y materia prima), mostró un gran interés en lo que hoy llamamos la cuestión ecológica. En repetidas ocasiones, Marx argumentó que la expansión del modo de producción capitalista aumenta no solo la explotación de la clase trabajadora, sino también el saqueo de los recursos naturales. Denunció que “todo progreso en la agricultura capitalista es un progreso en el arte, no solo de robar al trabajador, sino de robar el suelo”. En El Capital, Marx observó que la propiedad privada de la tierra por parte de los individuos es tan absurda como la propiedad privada de un ser humano por parte de otro ser humano.

Marx también estaba muy interesado en las migraciones y entre sus últimos estudios se encuentran notas sobre el pogromo que ocurrió en San Francisco en 1877 contra los migrantes chinos. Marx arremetió contra los demagogos antichinos que afirmaban que los migrantes matarían de hambre a los proletarios blancos, y contra aquellos que trataron de persuadir a la clase trabajadora para que apoyara posiciones xenófobas. Por el contrario, Marx mostró que el desplazamiento forzado del trabajo generado por el capitalismo era un componente muy importante de la explotación burguesa y que la clave para combatirlo era la solidaridad de clase entre los trabajadores, independientemente de sus orígenes o de cualquier distinción entre el trabajo local y el importado.

Una de las objeciones más frecuentes a Marx es que era eurocéntrico e incluso justificaba el colonialismo como necesario para la modernidad. Sin embargo, aunque Marx nunca desarrolló su teoría del colonialismo tan extensamente como su crítica de la economía política, condenó el gobierno británico en la India en los términos más inequívocos, por ejemplo, y criticó a aquellos que no vieron las consecuencias destructivas del colonialismo. ¿Cómo evalúas a Marx en estos temas?

El hábito de usar citas descontextualizadas de la obra de Marx data mucho antes de Orientalismo de Edward Said, un libro influyente que contribuyó al mito del supuesto eurocentrismo de Marx. Hoy en día, a menudo leo reconstrucciones de los análisis de Marx de procesos históricos muy complejos que son puras invenciones.

Ya a principios de la década de 1850, en sus artículos (cuestionados por Said) para el New-York Tribune, un periódico con el que colaboró durante más de una década, Marx no se hacía ilusiones sobre las características básicas del capitalismo. Sabía bien que la burguesía nunca había “efectuado un progreso sin arrastrar a individuos y pueblos por la sangre y la suciedad, a través de la miseria y la degradación”. Pero también estaba convencido de que, a través del comercio mundial, el desarrollo de las fuerzas productivas y la transformación de la producción en algo científicamente capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza, “la industria y el comercio burgués [crearían] las condiciones materiales de un nuevo mundo”. Estas consideraciones no reflejaban más que una visión parcial e ingenua del colonialismo por parte de un hombre de apenas 35 años de edad que escribía un artículo periodístico.

Más tarde, Marx llevó a cabo extensas investigaciones sobre las sociedades no europeas y su feroz anticolonialismo fue aún más evidente. Estas consideraciones son demasiado obvias para cualquiera que haya leído a Marx, a pesar del escepticismo en algunos círculos académicos que representan una forma extraña de decolonialización y asimilan a Marx a los pensadores liberales. Cuando Marx escribió sobre la dominación de Inglaterra en la India, afirmó que los británicos solo habían sido capaces de “destruir la agricultura nativa y duplicar el número y la intensidad de las hambrunas”. Para Marx, la supresión de la propiedad comunitaria de la tierra en la India no era más que un acto de vandalismo inglés, que empujaba a los pueblos nativos hacia atrás, desde luego no hacia adelante.

En ninguna parte de las obras de Marx hay la sugerencia de una distinción esencialista entre las sociedades de Oriente y Occidente. Y, de hecho, el anticolonialismo de Marx, en particular su capacidad para comprender las verdaderas raíces de este fenómeno, contribuye a la nueva ola contemporánea de interés en sus teorías, desde Brasil hasta Asia.

El último viaje que Karl Marx emprendió antes de morir fue a Argel. ¿Puedes destacar sus reflexiones sobre el mundo árabe y lo que pensó de la ocupación francesa de Argelia?

He contado esta historia, tan poco conocida, en mi reciente libro, Los últimos años de Karl Marx: una biografía intelectual. En el invierno de 1882, durante el último año de su vida, Marx tuvo una bronquitis severa y su médico le recomendó un período de descanso en un lugar cálido como Argel, para escapar de los rigores del invierno. Fue la única vez en su vida que viajó fuera de Europa.

Debido a su mala salud, Marx no pudo estudiar la sociedad argelina como le hubiera gustado. En 1879, ya había examinado la ocupación francesa de Argelia y había argumentado que la transferencia de la propiedad de la tierra de las manos de los nativos a las de los colonos tenía un objetivo central: “la destrucción de la propiedad colectiva indígena y su transformación en un objeto de libre compra y venta”. Marx había señalado que esta expropiación tenía dos propósitos: proporcionar a los franceses la mayor cantidad de tierra posible; y arrancar a los árabes de sus lazos naturales con la tierra, lo que implicaba extinguir cualquier peligro de rebelión. Marx comentó que este tipo de individualización de la propiedad de la tierra no solo había asegurado enormes beneficios económicos a los invasores, sino que también había logrado un objetivo político: “destruir los cimientos de la sociedad”.

Aunque Marx no pudo continuar con esta investigación, hizo una serie de observaciones interesantes sobre el mundo árabe cuando estaba en Argel. Atacó, con indignación, el abuso violento de los franceses, sus repetidos actos de provocación, su arrogancia desvergonzada, presunción y obsesión por vengarse, como Moloch frente a cada acto de rebelión de la población árabe local.

En sus cartas de Argel, Marx informó que cuando un asesinato era cometido por un grupo de árabes, generalmente con la intención de robar, y los malhechores reales eran debidamente detenidos, juzgados y ejecutados en su momento, la familia colona afectada no lo consideraba expiación suficiente. Exigía además la “inculpación” de al menos media docena de árabes inocentes: “La policía aplica una especie de tortura, para obligar a los árabes a ‘confesar’, similar a lo que hacen los británicos en la India”. Marx escribió que cuando un colono europeo habita entre aquellos que se consideran “razas inferiores”, ya sea como colono o simplemente por negocios, generalmente se considera a sí mismo incluso más inviolable que el rey. Y Marx también hizo hincapié en que, en la historia comparativa de la ocupación colonial, “los británicos y los holandeses superan a los franceses”.

¿Estas reflexiones arrojan algo de luz sobre la perspectiva general de Marx sobre el colonialismo?

Marx siempre se expresó inequívocamente en contra de los estragos del colonialismo. Es un error sugerir lo contrario, a pesar del escepticismo instrumental que está tan de moda hoy en día en ciertos sectores académicos liberales. Durante su vida, Marx observó de cerca los principales acontecimientos de la política internacional y, como podemos ver en sus escritos y cartas, expresó su firme oposición a la opresión colonial británica en la India, al colonialismo francés en Argelia y a todas las demás formas de dominación colonial. Era todo menos un eurocéntrico obsesionado solo con el conflicto de clases. Marx pensó que el estudio de nuevos conflictos políticos y las áreas geográficas de la periferia era fundamental para su crítica del sistema capitalista. Lo más importante es que siempre se puso del lado de los oprimidos contra los opresores.

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Karl Marx: un anticolonialista a favor de la liberación del pueblo árabe

“Aquí la policía aplica un tipo de tortura para obligar a los árabes a ‘confesar’, como hacen los británicos en la India”, escribió.

Marx: “El objetivo de los colonialistas es siempre el mismo: la destrucción de la propiedad colectiva indígena y su transformación en objeto de libre compra y venta”.

¿Qué hacia Marx en el Magreb?

En el invierno de 1882, en el último año de su vida, Karl Marx sufrió una severa bronquitis y su médico le recomendó un período de reposo en un lugar cálido. Se descartó Gibraltar porque Marx habría necesitado un pasaporte para entrar en el territorio y, como apátrida, no tenía uno. El imperio bismarckiano estaba cubierto de nieve y, de todos modos, todavía tenía prohibida la entrada, mientras que Italia estaba fuera de discusión, ya que, como dijo Friedrich Engels, «la primera condición en lo que respecta a los convalecientes es que no deben ser acosados por la policía».

Paul Lafargue, yerno de Marx, y Engels convencieron al paciente de dirigirse a Argel, que gozaba entonces de buena reputación entre los ingleses para escapar de los rigores del invierno. Como recordó más tarde la hija de Marx, Eleanor Marx, lo que empujó a Marx a realizar este viaje inusual fue su prioridad número uno: acabar El Capital.

Atravesó Inglaterra y Francia en tren y luego el Mediterráneo en barco. Residió en Argel 72 días y fue el único tiempo de su vida que pasó fuera de Europa. Con el paso de los días, la salud de Marx no mejoró. Su sufrimiento no era sólo físico. Se sentía muy solo después de la muerte de su esposa y le escribió a Engels que sentía “profundos ataques de profunda melancolía, como el gran Don Quijote”. Marx también echaba de menos –debido a su estado de salud– una actividad intelectual seria, siempre esencial para él.

Efectos de la introducción de la propiedad privada por parte de los colonizadores franceses

La sucesión de numerosos acontecimientos desfavorables no permitió a Marx llegar al fondo de la realidad argelina, ni le fue realmente posible estudiar las características de la propiedad común entre los árabes –una tema que le había interesado mucho unos años antes. En 1879, Marx había copiado, en uno de sus cuadernos de estudio, partes del libro del sociólogo ruso Maksim Kovalevsky, La propiedad comunal de la tierra: causas, curso y consecuencias de su decadencia. Estaban dedicadas a la importancia de la propiedad común en Argelia antes de la llegada de los colonizadores franceses, así como a las transformaciones que estos introdujeron. De Kovalevsky, Marx copió: “La formación de la propiedad privada de la tierra –a los ojos de la burguesía francesa– es una condición necesaria para todo progreso en la esfera política y social”. El mantenimiento de la propiedad comunal, «como una forma que apoya las tendencias comunistas en las mentes, es peligroso tanto para la colonia como para la patria». También le atrajeron las siguientes observaciones: “los franceses han buscado bajo todos los regímenes la transferencia de la propiedad de la tierra de manos de los nativos a las de los colonos. (…) El objetivo es siempre el mismo: la destrucción de la propiedad colectiva indígena y su transformación en objeto de libre compra y venta, y así facilitar el paso final a manos de los colonos franceses”.

En cuanto a la legislación sobre Argelia propuesta por el republicano de izquierda Jules Warnier y aprobada en 1873, Marx respaldó la afirmación de Kovalevsky de que su único propósito era “la expropiación del suelo de la población nativa por parte de los colonos y especuladores europeos”. El descaro de los franceses llegó hasta el “robo directo” o la conversión en “propiedad del gobierno” de todas las tierras baldías en común que quedaban para uso nativo. Este proceso fue diseñado para producir otro resultado importante: la eliminación del peligro de resistencia por parte de la población local. Nuevamente, a través de las palabras de Kovalevsky, Marx señaló: “el establecimiento de la propiedad privada y el asentamiento de los colonos europeos entre los clanes árabes se convertirían en los medios más poderosos para acelerar el proceso de disolución de las uniones de clanes. (…) La expropiación de los árabes prevista por la ley tenía dos objetivos: 1) proporcionar a los franceses la mayor cantidad de tierra posible; y 2) arrancar a los árabes de sus vínculos naturales con la tierra para romper las últimas fuerzas de las uniones de clanes que así se disuelven, y con ello cualquier peligro de rebelión” .

Marx comentó que este tipo de individualización de la propiedad de la tierra no sólo había asegurado enormes beneficios económicos a los invasores sino que también había logrado un «objetivo político: destruir los cimientos de esta sociedad».

Reflexiones sobre el mundo árabe

En febrero de 1882, cuando Marx estaba en Argel, un artículo en el diario local The News documentó las injusticias del sistema recién creado. Teóricamente, cualquier ciudadano francés de aquella época podía adquirir una concesión de más de 100 hectáreas de tierra argelina, sin siquiera salir de su país, y luego revenderla a un nativo por 40.000 francos. En promedio, los colonos vendieron cada parcela de tierra que habían comprado por 20 a 30 francos al precio de 300 francos.

Debido a su mala salud, Marx no pudo estudiar este asunto. Sin embargo, en las dieciséis cartas escritas por Marx que han sobrevivido (escribió más, pero se han perdido), hizo una serie de observaciones interesantes desde la orilla sur del Mediterráneo. Las que realmente destacan son las que tratan de las relaciones sociales entre musulmanes. Marx quedó profundamente impresionado por algunas características de la sociedad árabe. Para un “verdadero musulmán”, comentó: “tales accidentes, la buena o mala suerte, no diferencian a los hijos de Mahoma. La igualdad absoluta en sus relaciones sociales no se ve afectada. Al contrario, sólo cuando se corrompen toman conciencia de ello. Sus políticos, con razón, consideran importante este mismo sentimiento y práctica de la igualdad absoluta. Sin embargo, sin un movimiento revolucionario, se corromperán y arruinarán”.

En sus cartas, Marx atacó con desdén los violentos abusos y las constantes provocaciones de los europeos y, no menos importante, su “arrogancia descarada y presuntuosidad frente a las ‘razas inferiores’, [y] su espantosa obsesión, al estilo de Moloch, de expiación” de cualquier acto de rebelión. También destacó que, en la historia comparada de la ocupación colonial, “los británicos y los holandeses superan a los franceses”. Desde la propia Argel, informó a Engels que un juez progresista, Fermé, con el que se encontraba regularmente, había visto, a lo largo de su carrera, «un tipo de tortura» . (…) para extraer ‘confesiones’ de los árabes, utilizada habitualmente (como los ingleses en la India) por la policía”. Le había informado a Marx que “cuando, por ejemplo, se comete un asesinato por una banda árabe, generalmente con la intención de robar, y los verdaderos malhechores son debidamente detenidos, juzgados y ejecutados en su momento, esto no se considera suficiente” expiación por parte de la familia de colonos afectada. Exigen además «quitar de en medio» al menos media docena de árabes inocentes. (…) Cuando un colono europeo habita entre aquellos que son considerados ‘razas inferiores’, ya sea como colono o simplemente por negocios, generalmente se considera a sí mismo más inviolable incluso que el rey”.

Contra la presencia colonial británica en Egipto

De manera similar, unos meses más tarde, Marx no escatimó en criticar duramente la presencia británica en Egipto. La guerra de 1882 emprendida por las tropas del Reino Unido puso fin a la llamada revuelta de Urabi que había comenzado en 1879 y permitió a los británicos establecer un protectorado sobre Egipto. Marx estaba indignado con los progresistas que demostraron ser incapaces de mantener una posición de clase autónoma, y advirtió que era absolutamente necesario que los trabajadores se opusieran a las instituciones y la retórica del Estado.

Cuando Joseph Cowen, diputado y presidente del Congreso Cooperativo –considerado por Marx “el mejor de los parlamentarios ingleses”– justificó la invasión británica de Egipto, Marx expresó su total desaprobación.

Sobre todo, criticó al gobierno británico: “¡Muy bonito! De hecho, no podría haber un ejemplo más flagrante de hipocresía cristiana que la ‘conquista’ de Egipto: ¡conquista en medio de la paz! Pero Cowen, en un discurso pronunciado el 8 de enero de 1883 en Newcastle, expresó su admiración por la “hazaña heroica” de los británicos y el “deslumbramiento de nuestro desfile militar”; ni pudo “evitar sonreír ante la pequeña y fascinante perspectiva de todas esas posiciones ofensivas fortificadas entre el Atlántico y el Océano Índico y, además, un ‘Imperio africano-británico’ desde el Delta hasta el Cabo”. Era el “estilo inglés”, caracterizado por la “responsabilidad” por el “interés doméstico”. En política exterior, concluyó Marx, Cowen era un ejemplo típico de «esos pobres burgueses británicos, que gimen al asumir cada vez más ‘responsabilidades’ al servicio de su misión histórica, mientras protestan en vano contra ella».

Marx emprendió investigaciones exhaustivas de sociedades fuera de Europa y se expresó sin ambigüedades contra los estragos del colonialismo. Es un error sugerir lo contrario, a pesar del escepticismo instrumental tan de moda hoy en día en ciertos círculos académicos liberales.

Durante su vida, Marx observó de cerca los principales acontecimientos de la política internacional y, como podemos ver en sus escritos y cartas, en la década de 1880 expresó una firme oposición a la opresión colonial británica en la India y Egipto, así como al colonialismo francés en Argelia. Era todo menos un eurocéntrico obsesionado exclusivamente con el conflicto de clases. Marx pensó que el estudio de los nuevos conflictos políticos y las áreas geográficas periféricas era fundamental para su progresiva crítica del sistema capitalista. Lo más importante es que siempre estuvo del lado de los oprimidos contra los opresores.

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El pensamiento vivo del viejo Marx

Entrevista de Romaric Godin a Marcello Musto, autor de “Los últimos años de Karl Marx” (Les Dernières Années de Karl Marx: une biographie intellectuelle 1881-1883), una biografía intelectual del viejo Marx, entre 1881 y 1883, que permite redescubrir a un pensador en constante movimiento, más abierto a la diversidad del mundo de lo que se podría creer.

Profesor de sociología en la Universidad de York, cerca de Toronto, Canadá, Marcello Musto es uno de los investigadores más importantes de los estudios modernos sobre Marx. Este italiano de 47 años ha centrado desde hace años su investigación en los últimos años del pensador de Tréveris, con un estudio sistemático y en profundidad de los cuadernos publicados en la edición completa en alemán que todavía está en curso, la famosa “MEGA” (Marx-Engels Gesamtausgabe, obras completas de Marx y Engels publicadas en Berlín).

La MEGA ha publicado los textos de cuadernos y esboces entre 1875 y 1883 primero en 1985 y más tarde en 1999, así como diversos textos de lecturas sobre diversas ciencias naturales como la biología, la mineralogía y la agronomía en 2011. Pero estos textos han sido ignorados en gran medida por los investigadores marxistas.

Para Marcello Musto, esconden a un Marx en trabajo permanente, que corrige, enmienda, aclara y desarrolla sus ideas a la luz de nuevas ideas, nuevos intereses y la evolución de la historia. Esta realidad permite retratar a un Marx finalmente más histórico que el que conocíamos, es decir, más marxista, pero también a un Marx más abierto y complejo que el que dibuja la vulgata oficial escrita años después de su muerte.

En un libro publicado por primera vez en inglés en 2020 y que fue traducido este año por la Presses universitaires de France bajo el título Les Dernières Années de Karl Marx: une biographie intellectuelle 1881-1883 (281 páginas, 19 euros), Marcello Musto cuenta los dos últimos años de la vida del pensador. Una vida compartida entre dramas familiares, salud frágil, viajes y estudios intensos que le llevan a emborronar decenas de páginas de cuadernos.

El Marx que se describe aquí está lejos de la imagen que Occidente ha heredado a lo largo de la historia del movimiento comunista. Es un hombre en constante ebullición intelectual, que piensa en la contribución de las culturas extraeuropeas, el surgimiento del poder estadounidense y las cuestiones ecológicas, entre otras.

Marcello Musto escribió en italiano una biografía intelectual más amplia de Marx, comenzando en 1857 (Karl Marx. Biografia intellettuale e politica, 1857-1883, Einaudi, 2018, no traducida), y, en francés, una introducción a los textos de la Primera Internacional (Para leer la Primera Internacional, Ediciones sociales, 2021, 408 páginas, 17 euros). Su trabajo ha abierto el camino a otras reflexiones, como las del japonés Kohei Saito, y constituye uno de los ejes del actual redescubrimiento de Marx.

Mediapart: Durante décadas, el debate en el pensamiento marxista se centró en el “joven Marx”, los últimos años de Karl Marx fueron ampliamente olvidados, incluso después de la publicación de los nuevos volúmenes de la MEGA. ¿Cómo explicas esto?

Marcello Musto: Durante mucho tiempo, muchos investigadores pusieron en primer plano los escritos del supuesto “joven Marx”. Dado que la Segunda Guerra Mundial creó un profundo sentimiento de angustia resultante de las barbaridades del nazismo y el fascismo, el tema de la condición del individuo en la sociedad adquirió gran importancia y el interés filosófico por Marx comenzó a crecer en toda Europa. Este fenómeno fue particularmente fuerte en Francia, donde el estudio de los primeros escritos de Marx (especialmente los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 y la Ideología alemana) fue muy amplio. Henri Lefebvre argumentó que su asimilación era “el acontecimiento filosófico decisivo de la época”. En este proceso muy diverso que se extendió en la década de 1960, muchos escritores de diferentes orígenes culturales y políticos buscaron lograr una síntesis filosófica entre marxismo, hegelanismo, existencialismo y pensamiento cristiano.

El debate dio lugar a muchos escritos de mala calidad en más de un caso, retorciendo los textos de Marx para alinearlo con las convicciones políticas de quienes participaban en él. Raymond Aron ridiculizó precisamente la fascinación de algunos escritores por la oscuridad, el carácter inacabado y, a veces, contradictorio de estos escritos tempranos. En estos textos hay muchas ideas que serán mejoradas, o incluso superadas, en la obra posterior de Marx. Pero es sobre todo en El Capital y en sus borradores preliminares, así como en su investigación de los últimos años, donde se encuentran algunas de las reflexiones sobre la crítica del modo de producción capitalista que son más útiles hoy en día.

Durante mucho tiempo se ignoró la existencia de manuscritos que agrupaban las investigaciones de los últimos años de la vida de Marx, especialmente las de principios de la década de 1880, y esto impidió el conocimiento de los importantes avances que hizo allí. Por eso todos sus biógrafos dedicaron tan pocas páginas a su actividad después del fracaso de la Primera Internacional (la Asociación Internacional de Trabajadores – AIT) en 1872. Pensaron erróneamente que Marx había abandonado la idea de completar su obra y no miraron en los archivos lo que realmente hizo durante ese período (aunque la existencia de estos textos era evidente por la correspondencia).

Por lo tanto, debemos añadir que la mayoría de estos materiales son difíciles de entender. Son principalmente bocetos de ideas incluidos en cuadernos que Marx llenó con extractos de libros que estaba leyendo y las reflexiones que estas lecturas le inspiraron.

Pero si hay algunas justificaciones para tales opciones en el pasado, los nuevos materiales disponibles en la MEGA hoy y el volumen de literatura secundaria sobre el “Marx tardío” desde la década de 1970 deberían haber invertido la tendencia. Ahora bien, por el contrario, la larga biografía de Gareth Stedman Jones, Karl Marx: Greatness and Illusion (Penguin, 2016) que examina todo el período 1872-1883 como un breve epílogo, mientras dedica tres capítulos y 150 páginas al período 1845-49, es sólo un ejemplo de mala investigación. Por no hablar del deplorable libro de Jonathan Sperber, Karl Marx: hombre del siglo XIX (traducido al francés en Piranha en 2017), que simplemente ignora los últimos textos de Marx.

¿Con qué fines ha emprendido esta investigación sobre el fin de la vida de Marx?

Una de las principales razones de mi investigación es para oponerme a las malas representaciones de Marx, como autor eurocentrista, economicista y que reduciría todo a las oposiciones de clases, unas interpretaciones que están de moda hoy en día. No hace falta decir que los que defienden esta tesis nunca han leído a Marx o todavía están apegados a las interpretaciones mecanicistas que prevalecían en los libros de texto marxistas-leninistas que leyeron en su juventud.

Marx emprendió extensas investigaciones sobre las sociedades no europeas y siempre se manifestó inequívocamente contra los estragos del colonialismo. Estas consideraciones son absolutamente obvias para cualquiera que haya leído a Marx, a pesar del escepticismo de ciertos círculos académicos que lo describen como un descolonialismo extranjero y asimilan a Marx a un pensador liberal. Por ejemplo, cuando Marx escribió sobre la dominación británica en la India (después de los escritos periodísticos de la década de 1850, volverá al tema en 1881), afirmó que los colonos ingleses solo habían sido capaces de “destruir la agricultura indígena y duplicar el número y la intensidad de las hambrunas”.

En sus últimos años, Marx creyó que el desarrollo del capitalismo en todas partes no era una condición para la revolución: también podía comenzar fuera de Europa. La “ductilidad” [capacidad de deformarse sin romper – ed] teórica de Marx es muy diferente de las posiciones de algunos de sus discípulos y contribuye a la nueva ola de interés por sus teorías, desde Brasil hasta Asia.

La impresión que tenemos tras leerte es la de un trabajo muy intenso durante ese período. Pero esto no condujo ni a publicaciones ni a la redacción del segundo libro de El Capital. ¿Cómo explicar esta incapacidad de Marx para terminar su obra?

La constante mala salud de Marx, a la que se sumaron sus preocupaciones cotidianas, jugó un papel significativo en la incapacidad de Marx para finalizar parte de la investigación llevada a cabo durante sus últimos años. Pero también hay que añadir que su método riguroso y su autocrítica despiadada aumentaron las dificultades para terminar mucho de lo que había emprendido.

Ya era así cuando era más joven, cuando dejó muchos de sus manuscritos inacabados, y también ocurrió al final de su vida. Su pasión por el conocimiento permaneció intacto a lo largo del tiempo y siempre le empujó a nuevos estudios. Por esta razón, a finales de la década de 1870, se embarcó en un nuevo estudio sobre la banca y el comercio y, hasta principios de 1881, escribió nuevas versiones de diferentes partes del volumen 2 de El Capital, especialmente con respecto a un estudio que había hecho considerando que las representaciones monetarias eran solo una simple cobertura del contenido real de las relaciones monetarias.

Un ejemplo similar son los estudios que ha realizado sobre agronomía, geología y la propiedad de la tierra en Rusia y Estados Unidos. Los hizo para reelaborar completamente la sección sobre la renta de la tierra en el volumen 3 de El Capital, ya que Marx no estaba satisfecho con lo que había escrito antes. Finalmente, otras dificultades acompañaron el trabajo de revisión del volumen I, como lo demuestra el tiempo que tardó Marx en revisar la traducción francesa de Joseph Roy, publicada entre 1872 y 1875.

Además de sus estudios específicos, un gran obstáculo para la finalización de El Capital fue el hecho de que Marx profundizó su conocimiento del desarrollo económico de Rusia y Estados Unidos. Esto supuso un esfuerzo considerable, lo que hizo que su objetivo fuera aún más difícil de alcanzar. A partir de 1878, Marx estudió los informes de la Oficina de Estadísticas de Ohio y, poco después, dirigió su atención a Pensilvania y Massachusetts. Planeaba seguir las dinámicas del modo de producción capitalista a una escala más global en los volúmenes de El Capital que quedaban por escribir. Si Inglaterra fue el telón de fondo del volumen I, Estados Unidos podría haber representado un nuevo campo de observación que le hubiera permitido ampliar su trabajo.

Se centró en verificar más de cerca las formas en las que se desarrollaba el modo de producción capitalista en los diferentes contextos y períodos. Por ejemplo, Marx estaba particularmente interesado en el desarrollo de las compañías por acciones y en el impacto de la construcción de ferrocarriles en la economía. Según él, los ferrocarriles habían dado un impulso nunca antes imaginado a la concentración del capital, y esto había ocurrido en países donde el capitalismo todavía estaba subdesarrollado.

Lo mismo había sucedido con los préstamos de capital. Se había convertido en una actividad cosmopolita, que rápidamente había abrazado al mundo entero, creando una red de estafas financieras y deudas mutuas. Le tomó tiempo comprender estos fenómenos y Marx era muy consciente de la magnitud de la tarea que tenía por delante. No sólo necesitaba revisar algunas partes de sus manuscritos y mejorar su contenido, sino que se enfrentaba a una tarea aún más urgente, que era resolver los problemas teóricos que quedaban sin resolver. Sólo la energía que tenía en la década de 1850, cuando escribió los Grundrisse (y los estudios relativos a las teorías de la plusvalía), le habría permitido realizar esta nueva tarea de titán que él mismo se había impuesto.

Una de las cuestiones centrales de los dos años que describes en tu libro es la de Rusia y, más en general, el vínculo entre capitalismo y socialismo. Con la famosa carta a Véra Zassoulich de 1881, ¿Marx deja de ser eurocentrista? Y, a partir de entonces, ¿Engels no fue capaz de comprender este movimiento dentro del pensamiento de Marx?

A partir de 1870, después de aprender a leer ruso, Marx comenzó un estudio serio sobre los cambios socioeconómicos que se estaban produciendo en Rusia. Así es como conoció el trabajo de Nikolay Chernyshevsky, figura principal del “populismo” ruso (en ese momento, este término tenía una connotación de izquierda y anticapitalista). Al estudiar esta obra, Marx descubre ideas originales sobre la posibilidad de que, en algunas partes del mundo, el desarrollo económico sea capaz de superar sin tener que pasar por el modo de producción capitalista, con todas sus terribles consecuencias para la clase trabajadora en Europa Occidental.

Chernyshevsky escribió que no todos los fenómenos sociales pasaban necesariamente por todas las etapas lógicas en la vida real de las sociedades. En consecuencia, las características positivas de la comuna rural rusa (obchtchina) debían preservarse, pero solo podían garantizar el bienestar de las masas campesinas si se insertaban en un contexto productivo diferente. La obchtchina solo podía contribuir a una etapa inicial de la emancipación social si se convertía en el embrión de una nueva organización social radicalmente diferente. Sin los descubrimientos científicos y las innovaciones tecnológicas que están asociadas con el auge del capitalismo, la obchtchina nunca podría transformarse en una experiencia de cooperación agrícola moderna, un elemento relevante para una futura sociedad socialista.

Cuando Vera Zassoulich le preguntó a Marx en 1881 si la obchtchina estaba destinada a desaparecer o si podía transformarse en una forma socialista de producción, Marx defendió un punto de vista crítico del proceso de transición de las formas comunales del pasado al capitalismo. No creía que el capitalismo fuera un paso necesario para Rusia. Marx no creía que obchtchina estuviera destinada a seguir el mismo destino que los comunes del mismo tipo en Europa Occidental en los siglos anteriores, donde la transformación de la sociedad basada en la propiedad común hacia una sociedad basada en la propiedad privada había sido más o menos uniforme. Por lo tanto, la acusación de eurocentrismo (uno de los principales argumentos de quienes se oponen hoy al “retorno de Marx”) no se sostiene. Las interpretaciones unilaterales y superficiales de Marx a la Edward Said han sido desmontadas por la investigación más rigurosa de los últimos quince años.

En cuanto a Engels, creo que hacia el final de su vida fue demasiado culpable de una aceptación pasiva del curso de la historia (y de caer en la ilusión de su tendencia progresista). La duda de Marx fue reemplazada por la convicción de que, incluso en un país como Rusia, el capitalismo era un paso indispensable en el desarrollo económico. Por supuesto, Rusia estaba cambiando mucho y rápidamente. Después de todo, también por eso Marx fue muy cauteloso en su respuesta a Zassoulich y decidió publicar solo una pequeña parte de esta última. No hace falta decir que la Rusia de principios de la década de 1880 no se puede comparar con lo que se había convertido en la época de Lenin.

En su último libro, el investigador japonés Kohei Saito, que también te cita, defiende la idea de un “corte epistemológico” en la obra de Marx después de la publicación en 1867 del volumen I de “El Capital”. Un corte que cambiaría por completo su visión del socialismo. ¿Estás de acuerdo con esta idea?

No, estoy en desacuerdo. Siempre he sido escéptico sobre las interpretaciones a la Louis Althusser en las que los imaginarios “cortes” dividirían la obra de Marx en varias piezas. No hay dos o tres Marx, sino solo un autor, muy riguroso y muy crítico de sí mismo, que desarrolla constantemente sus ideas. La apertura teórica del “último” Marx que lo lleva a considerar otros caminos hacia el socialismo no debe confundirse con un cambio dramático con respecto a sus escritos anteriores.

En el pasado, autores como Haruki Wada, Enrique Dussel u otros compartieron una lectura supuestamente “tercer mundista” del último Marx, incluso sugiriendo que a partir de un determinado momento, para él, el sujeto revolucionario ya no era el trabajador de las fábricas, sino las masas del campo y de la periferia.

Marx ciertamente estaba más atento a las especificidades históricas y a las divergencias de desarrollo económico y político en diferentes contextos nacionales y sociales, y por eso sigue siendo muy útil para comprender el “Sur global”. Pero las ideas de Marx siempre han estado en completa oposición a las de personas como Alexander Herzen [1812-1870, otro pensador populista ruso que defiende un socialismo de pequeñas comunas independientes formadas por individuos libres unidos por el panslavismo – ed], por tomar solo un ejemplo. La posibilidad de una revolución en Rusia no podía inscribirse en el panslavismo, teniendo en cuenta tanto las formas necesarias de conquista del poder político como las condiciones necesarias para el nacimiento de una sociedad post-capitalista.

¿Cuál podría ser la importancia de este descubrimiento de los últimos años de Marx en el legado de su pensamiento para nuestro tiempo? ¿Por qué sigue siendo, por inacabado que sea, un pensamiento crucial para comprender nuestro tiempo?

Durante esa época, Marx ha profundizado en muchas otras cuestiones, que en el pasado han sido subestimadas e incluso ignoradas por los investigadores, que son de importancia crucial para la agenda política de nuestro tiempo. La importancia que Marx da a la cuestión ecológica está en el centro de algunos de los principales estudios dedicados a su obra en las últimas dos décadas. En numerosas ocasiones, ha denunciado el hecho de que la expansión del modo de producción capitalista no sólo aumentaba la explotación de la clase trabajadora, sino también el saqueo de los recursos naturales. En El Capital, Marx observa que, cuando el proletariado haya establecido un modo de producción comunista, la propiedad privada del planeta por parte de los individuos parecerá tan absurda como la propiedad privada de seres humanos por parte de otros seres humanos.

Marx también estaba muy interesado en la cuestión de la migración y, entre sus últimas notas, se encuentran escritos sobre el pogrom que tuvo lugar en San Francisco en 1877 contra los migrantes chinos. Marx se enfrenta a los demagogos antichinos que afirman que los migrantes “van a matar de hambre a los proletarios blancos” y contra aquellos que intentaban imponer posiciones xenófobos a la clase trabajadora. Por el contrario, Marx demostró que el movimiento forzoso del trabajo creado por el capitalismo era un componente importante de la explotación burguesa y que la clave para combatirla era la solidaridad de clase entre los trabajadores, independientemente de sus orígenes y sin distinción entre trabajo local e “importado”.

Podría continuar con muchos otros ejemplos sobre la crítica al nacionalismo, la libertad individual en la esfera económica y también la emancipación de género.

Marx todavía tiene mucho que enseñarnos y la última fase de su vida intelectual nos ayuda a comprender lo indispensable que es para repensar una alternativa al capitalismo. Y es aún más urgente hoy que en su época.

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Sociedades precapitalistas, colonialismo y países no europeos (Talk)