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Totalidad de la producción y alienación en Marx

1. La concepción de la producción en la “Introducción” de 1857
A pesar de su carácter provisional y el corto período de composición (apenas una semana), la llamada “Introducción” de 1857 contiene el pronunciamiento más extenso y detallado que Marx haya realizado sobre cuestiones epistemológicas relacionadas con la producción. Con observaciones sobre el empleo y la articulación de categorías teóricas, esas páginas contienen una serie de formulaciones esenciales. De acuerdo con su estilo, Marx alternó en la “Introducción” entre la exposición de sus propias ideas y la crítica a sus oponentes teóricos. El texto está dividido en cuatro secciones:

  1. Producción en general.
  2. Relación general entre producción, distribución, intercambio y consumo.
  3. El método de la economía política.
  4. Medios (fuerzas) de producción y relaciones de producción, relaciones de producción y relaciones de circulación, etcétera.

La primera parte de este artículo tratará la concepción de producción de Marx expuesta en las dos primeras secciones de este texto, mientras que la segunda parte presentará la concepción de alienación de Marx. La primera sección comienza con una declaración de intenciones, especificando inmediatamente el campo de estudio y señalando el criterio histórico: “El objeto ante nosotros a considerar, en primer término, la producción material. Individuos productores en sociedad –o sea la producción de los individuos socialmente determinada– es naturalmente el punto de partida”. El objetivo polémico de Marx eran “las robinsonadas del siglo XVIII”, el mito de Robinson Crusoe como el paradigma del homo oeconomicus, o la proyección de fenómenos típicos de la era burguesa a todas las demás sociedades que han existido desde los primeros tiempos. Tales concepciones representaban el carácter social de la producción como una constante en cualquier proceso laboral, no como una peculiaridad de las relaciones capitalistas. Del mismo modo, la sociedad civil (bürgerliche Gesellschaft), cuya emergencia en el siglo XVIII había creado las condiciones a través de las cuales el “individuo aparece como desprendido de los lazos naturales, etc., que en las épocas históricas precedentes hacen de él una parte integrante de un conglomerado humano determinado y circunscripto”, fue retratado como siempre existiendo.

En realidad, el individuo aislado simplemente no existía antes de la época capitalista. Como lo expresó Marx en otro pasaje de Grundrisse: “Originalmente aparece como un ser genénico, ser tribal, animal gregario”. Esta dimensión colectiva es la condición para la apropiación de la tierra, “el gran taller, el arsenal que proporciona tanto los medios y como el material de trabajo, como también la sede, la base de la comunidad [Basis des Gemeinwesens]”. En presencia de estas relaciones primarias, la actividad de los seres humanos está directamente vinculada a la tierra; existe una “unidad natural del trabajo con sus presupuestos materiales”, y el individuo vive en simbiosis con otros como él. Del mismo modo, en todas las formas económicas posteriores basadas en la agricultura, donde el objetivo es crear valores de uso y aún no valores de cambio, la relación del individuo con “las condiciones objetivas de su trabajo está mediada por su presencia como miembro de la comuna”; él siempre es solo un eslabón en la cadena. En este sentido, Marx escribe en la “Introducción”:

Cuanto más lejos nos remontamos en la historia, tanto más aparece el individuo –y por consiguiente también el individuo productor– como dependiente [unselbstständig] y formando parte de un todo mayor: en una manera aún más natural, de la familia y de esa familia ampliada que es la tribu [Stamm]; más tarde, de las comunidades en sus distintas formas, resultado del antagonismo y de la fusión de las tribus.

Consideraciones similares aparecen en El capital, vol. I. Aquí, al hablar de “la Edad Media europea, envuelta en la oscuridad”, Marx argumenta que “en lugar del hombre independiente, encontramos a todos dependientes, siervos y señores, vasallos y soberanos, laicos y clérigos. La dependencia personal aquí caracteriza las relaciones sociales de producción tanto como las otras esferas de la vida organizadas sobre la base de esa producción” (MECW 35: 88). Y, cuando examinó la génesis del intercambio de productos, recordó que comenzó con contactos entre diferentes familias, tribus o comunidades, “porque, al comienzo de la civilización, no son individuos privados sino familias, tribus, etc., quienes se encuentran sobre una base independiente” (MECW 35: 357). Por lo tanto, si el horizonte era el vínculo primordial de la consanguinidad o el nexo medieval del señorío y el vasallaje, los individuos vivían en medio de “relaciones de producción limitadas [bornirter Productionsverhältnisse]”, unidas entre sí por lazos recíprocos.

Los economistas clásicos invirtieron esta realidad, sobre la base de lo que Marx consideraba fantasías con inspiración en la ley natural. En particular, Adam Smith había descripto una condición primaria en la que los individuos no solo existían, sino que eran capaces de producir fuera de la sociedad. Una división del trabajo dentro de las tribus de cazadores y pastores supuestamente había logrado la especialización de los oficios: la mayor destreza de una persona en el diseño de arcos y flechas, por ejemplo, o en la construcción de cabañas de madera, la había convertido en una especie de armero o carpintero, y la seguridad de poder intercambiar la parte no consumida del producto del trabajo de uno por el excedente de los demás “alienta a cada hombre a que se aplique a una ocupación particular”. David Ricardo fue culpable de un anacronismo similar cuando concibió la relación entre los cazadores y los pescadores en las primeras etapas de la sociedad como un intercambio entre los propietarios de los productos básicos en función del tiempo de trabajo objetivado en ellos.

De esta manera, Smith y Ricardo representaban un producto altamente desarrollado de la sociedad en la que vivían –el individuo burgués aislado– como si fuera una manifestación espontánea de la naturaleza. Lo que surgió de las páginas de sus obras fue un individuo mitológico e intemporal, un “postulado de la naturaleza”, cuyas relaciones sociales eran siempre las mismas y cuyo comportamiento económico tenía un carácter antropológico sin historia. Según Marx, los intérpretes de cada nueva época histórica se han engañado regularmente a sí mismos acerca de que las características más distintivas de su propia época han estado presentes desde tiempos inmemoriales.

Marx argumentó en cambio que “la producción de un individuo aislado fuera de la sociedad […] es tan absurdo como lo es el desarrollo del lenguaje sin individuos que viven juntos y hablan entre sí”. Y, contra quienes describieron al individuo aislado del siglo XVIII como el arquetipo de la naturaleza humana, “no como un resultado histórico sino como el punto de partida de la historia”, sostuvo que tal individuo surgió solo con las relaciones sociales más altamente desarrolladas. Marx no estaba totalmente en desacuerdo con que el hombre era un ζώον πολιτικόν (zoon politikon), un animal social, pero insistió en que era “un animal que solo puede individualizarse en medio de la sociedad”. Así, dado que la sociedad civil había surgido solo con el mundo moderno, el trabajador asalariado libre de la época capitalista había aparecido solo después de un largo proceso histórico. Él era, de hecho, “el producto en un lado de la disolución de las formas feudales de la sociedad, en el otro lado de las nuevas fuerzas de producción desarrolladas desde el siglo XVI”. Si Marx sintió la necesidad de repetir un punto que consideraba demasiado evidente, era solo porque las obras de Henry Charles Carey, Frédéric Bastiat y Pierre-Joseph Proudhon lo habían planteado para su discusión en los veinte años anteriores. Después de esbozar la génesis del individuo capitalista y demostrar que la producción moderna se ajusta solo a “una etapa definitiva de desarrollo social-producción por individuos sociales”, Marx señala un segundo requisito teórico: exponer la mistificación practicada por los economistas con respecto al concepto “producción en general” (Produktion im Allgemeinem). Esta es una abstracción, una categoría que no existe en ninguna etapa concreta de la realidad. Sin embargo, dado que “todas las épocas de producción tienen ciertos rasgos comunes, características comunes” (gemeinsame Bestimmungen), Marx reconoce que “la producción en general es una abstracción racional en la medida en que realmente resalta y fija el elemento común”, lo que ahorra repeticiones sin sentido para el estudioso que se compromete a reproducir la realidad a través del pensamiento.

Aunque la definición de los elementos generales de la producción se “segmenta muchas veces y se divide en diferentes determinaciones”, algunas de las cuales “pertenecen a todas las épocas, otras a solo unas pocas”, sin duda hay, entre sus componentes universales, trabajo humano y material proporcionado por la naturaleza. Porque, sin un sujeto productor y un objeto trabajado, no podría haber producción en absoluto. Pero los economistas introdujeron un tercer requisito general previo de la producción: “[U]n stock, previamente acumulado, de los productos de la mano de obra anterior”, es decir, capital. La crítica de este último elemento fue esencial para Marx, para revelar lo que él consideraba una limitación fundamental de los economistas. También le parecía evidente que no era posible la producción sin un instrumento de trabajo, aunque solo fuera la mano humana, o sin trabajo pasado acumulado, aunque solo fuera en forma de ejercicios repetitivos del hombre primitivo. Sin embargo, aunque estuvo de acuerdo en que el capital era mano de obra pasada y un instrumento de producción, no llegó a la conclusión, como Smith, Ricardo y Mill, de que siempre existió.

El punto se expone con mayor detalle en otra sección de los Grundrisse, donde la concepción del capital como “eterna” se ve como una forma de tratarlo solo como materia, sin tener en cuenta su esencial “determinación formal” (Formbestimmung). De acuerdo con esto, “el capital habría existido en todas las formas de la sociedad, lo que es cabalmente ahistórico […] El brazo, y sobre todo la mano, serían pues capital. El capital sería un nuevo nombre para una cosa tan vieja como el género humano, ya que todo tipo de trabajo, incluso el menos desarrollado, la caza, la pesca, etc., presupone que se utilice el producto del trabajo precedente como medio para el trabajo vivo e inmediato […] Si de este modo se hace abstracción de la forma determinada del capital y solo se pone el énfasis en el contenido […] nada más fácil, naturalmente, que demostrar que el capital es una condición necesaria de toda producción humana. Se aporta la prueba correspondiente mediante la abstracción [Abstraktion] de los aspectos específicos que hacen del capital momento de una etapa histórica, particularmente desarrollada, de la producción humana. [Moment einer besonders entwickelten historischen Stufe der menschlichen Production]”.

De hecho, Marx ya había criticado la falta de sentido histórico de los economistas en Miseria de la filosofía:

Los economistas tienen un método singular de procedimiento. Solo hay dos tipos de instituciones para ellos, unas artificiales y otras naturales. Las instituciones del feudalismo son artificiales, las de la burguesía son naturales. En esto se parecen a los teólogos, quienes también establecen dos tipos de religión. Toda religión que no es de ellos es una invención de los hombres, mientras que la suya es una emanación de Dios. Cuando los economistas dicen que las relaciones actuales –las relaciones de producción burguesa– son naturales, dan a entender que se trata de relaciones en las que se crea riqueza y se desarrollan fuerzas productivas de conformidad con las leyes de la naturaleza. Por consiguiente, estas relaciones son leyes naturales independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que siempre deben gobernar la sociedad. Por lo tanto, ha habido historia, pero ya no la hay. (MECW 6: 174)

Para que esto sea plausible, los economistas describieron las circunstancias históricas antes del nacimiento del modo de producción capitalista como “resultados de su presencia” con sus propias características. Como Marx lo pone en el Grundrisse:

Los economistas burgueses, que consideran al capital como una forma productiva eterna y conforme a la naturaleza (no a la historia), tratan siempre de justificarlo tomando las condiciones de su devenir por las condiciones de su realización actual. Es decir, tratan de hacer pasar los momentos en los que el capitalista practica la apropiación como no-capitalista, porque tan solo deviene tal, por las mismas condiciones en las que se apropia como capitalista.

Desde un punto de vista histórico, la profunda diferencia entre Marx y los economistas clásicos es que, en su opinión, “el capital no comenzó el mundo desde el principio, sino que encontró la producción y los productos ya presentes, antes de subyugarlos bajo su proceso”. Porque “las nuevas fuerzas productivas y las relaciones de producción no se desarrollan de la nada, ni caen del cielo, ni del seno de la Idea puesta a-sí-misma; sino interiormente y en contra del desarrollo existente de la producción y las relaciones de propiedad tradicionales heredadas”. Del mismo modo, la circunstancia por la cual los sujetos productores se separan de los medios de producción, que permite al capitalista encontrar trabajadores sin propiedades capaces de realizar trabajo abstracto (el requisito necesario para el intercambio entre capital y trabajo vivo), es el resultado de un proceso que los economistas cubren con silencio, la que “forma la historia de los orígenes del capital y el trabajo asalariado”.

Numerosos pasajes en los Grundrisse critican la forma en que los economistas retratan las realidades históricas como naturales. Es evidente para Marx, por ejemplo, que el dinero es un producto de la historia: “[S]er dinero no es un atributo natural del oro y la plata”, sino solo una determinación que adquieren primero en un momento preciso de desarrollo social. Lo mismo se aplica al crédito. Según Marx, pedir y tomar préstamos fue un fenómeno común a muchas civilizaciones, como lo fue la usura, pero “no constituyen más crédito que el trabajo que constituye el trabajo industrial o el trabajo asalariado libre. Y el crédito como una relación esencial y desarrollada de producción aparece históricamente solo en circulación basada en capital”. Los precios y el intercambio también existían en la sociedad antigua, “pero la creciente determinación de la primera por los costos de producción, así como el creciente dominio de la segunda sobre todas las relaciones de producción, solo se desarrollan plenamente […] en la sociedad burguesa, la sociedad de libre competencia”, o “lo que Adam Smith, en la verdadera manera del siglo XVIII, pone en el período prehistórico, el período que precede a la historia, es más bien un producto de la historia”. Además, al igual que criticó a los economistas por su falta de sentido histórico, Marx se burló de Proudhon y de todos los socialistas que pensaban que el trabajo productivo de valor de cambio podría existir sin convertirse en trabajo asalariado, que el valor de cambio podría existir sin convertirse en capital, o que podría haber capital sin capitalistas.

El principal objetivo de Marx en las páginas iniciales de la “Introducción” es, por lo tanto, afirmar la especificidad histórica del modo de producción capitalista: demostrar, como volvería a afirmar en El capital, vol. III, que “no es un modo absoluto de producción” sino “simplemente histórico, transitorio” (MECW 37: 240).

Este punto de vista implica una forma diferente de ver muchas preguntas, incluido el proceso laboral y sus diversas características. En los Grundrisse, Marx escribió que “los economistas burgueses están tan encerrados dentro de las nociones que pertenecen a una etapa histórica específica del desarrollo social que la necesidad de la objetivación de los poderes del trabajo social les parece inseparable de la necesidad de su alienación”. Marx repetidamente cuestionó esta presentación de las formas específicas del modo de producción capitalista como si fueran constantes del proceso de producción como tal. Retratar el trabajo asalariado no como una relación distintiva de una forma histórica de producción particular, sino como una realidad universal de la existencia económica del hombre, implicaba que la explotación y la alienación siempre habían existido y siempre seguirían existiendo.

La evasión de la especificidad de la producción capitalista, por lo tanto, tuvo consecuencias tanto epistemológicas como políticas. Por un lado, impidió la comprensión de los niveles históricos concretos de producción; por otro lado, al definir las condiciones actuales como inalteradas e inmutables, presentó la producción capitalista como la producción en general y las relaciones sociales burguesas como relaciones humanas naturales. En consecuencia, la crítica de Marx a las teorías de los economistas tenía un doble valor. Además de subrayar que una caracterización histórica era indispensable para comprender la realidad, tenía el objetivo político preciso de contrarrestar el dogma de la inmutabilidad del modo de producción capitalista. Una demostración de la historicidad del orden capitalista también sería prueba de su carácter transitorio y de la posibilidad de su eliminación.

Un eco de las ideas contenidas en esta primera parte de la “Introducción” se puede encontrar en las páginas finales del tercer libro de El capital, donde Marx escribe que “la identificación del proceso de producción social con el simple proceso laboral” es una “confusión” (MECW 37: 870). Pues, “en la medida en que el proceso laboral es únicamente un proceso entre hombre y naturaleza, sus elementos simples siguen siendo comunes a todas las formas sociales de desarrollo. Pero cada forma histórica específica de este proceso desarrolla aún más sus fundamentos materiales y formas sociales. Cada vez que se alcanza una cierta etapa de madurez, la forma histórica específica se descarta y deja paso a una superior” (ídem).

El capitalismo no es la única etapa en la historia humana, ni es la última. Marx prevé que será sucedido por una organización de la sociedad basada en la “producción comunitaria” (gemeinschaftliche Produktion), en la que el producto laboral es “desde el principio directamente general”.

2. La producción como totalidad
En las páginas siguientes de la “Introducción”, Marx pasa a una consideración más profunda de la producción y comienza con la siguiente definición: “Toda producción es apropiación [Aneignung] de la naturaleza por parte de un individuo dentro y a través de una forma específica de sociedad [bestimmten Gesellschaftsform]”. No hubo “producción en general”, ya que se dividió en agricultura, ganadería, manufactura y otras ramas, pero tampoco podría considerarse como “solo una producción particular”. Más bien, fue “siempre un cierto cuerpo social [Gesellschaftskörper], un sujeto social [gesellschaftliches], activo en una totalidad mayor o más escasa de ramas de producción”.

Aquí nuevamente Marx desarrolló sus argumentos a través de un encuentro crítico con los principales exponentes de la teoría económica. Los que eran sus contemporáneos habían adquirido la costumbre de presentar su trabajo con una sección sobre las condiciones generales de producción y las circunstancias que, en mayor o menor grado, aumentaron la productividad en diversas sociedades. Para Marx, sin embargo, tales teorías preliminares establecieron “tautologías superficiales” y, en el caso de John Stuart Mill, fueron diseñados para presentar la producción “como encerrada en leyes naturales eternas e independientes de la historia” y las relaciones burguesas como “leyes naturales inviolables sobre las cuales se funda la sociedad en abstracto”. Según Mill, “las leyes y condiciones de la producción de la riqueza comparten el carácter de las verdades físicas […] No es así con la distribución de la riqueza. Esa es una cuestión de instituciones humanas únicamente”. Marx consideró esto una “desgarramiento burdo de la producción y distribución y de su relación real”, ya que, como lo expresó en otras partes de los Grundrisse, “las leyes y condiciones” de la producción de la riqueza y las leyes de la “distribución de la riqueza” son las mismas leyes bajo diferentes formas, y ambas cambian, pasan por el mismo proceso histórico; son como tales solo “momentos de un proceso histórico”.

Después de señalar estos puntos, Marx continúa en la segunda sección de la “Introducción” y examina la relación general de la producción con la distribución, el intercambio y el consumo. Esta división de la economía política había sido hecha por James Mill, quien había usado estas cuatro categorías como encabezados de los cuatro capítulos que componen su libro de 1821 Elementos de economía política y, antes de él, en 1803, por Jean-Baptiste Say, quien había dividido su Traité d’économie politique en tres libros sobre la producción, distribución y consumo de riqueza.
Marx reconstruyó la interconexión entre las cuatro rúbricas en términos lógicos, de acuerdo con el esquema de universalidad-particularidad-individualidad de Hegel: “Producción, distribución, intercambio y distribución forman un silogismo regular; la producción es la universalidad, distribución e intercambio, la particularidad, y el consumo la individualidad en la que todo se une”. En otras palabras, la producción era el punto de partida de la actividad humana, la distribución y el intercambio eran el doble punto intermedio –la primera era la mediación operada por la sociedad, el segundo por el individuo– y el consumo se convertía en el punto final. Sin embargo, como esto era solo una “coherencia superficial”, Marx deseaba analizar más profundamente cómo se correlacionaban las cuatro esferas entre sí.

Su primer objeto de investigación fue la relación entre producción y consumo, que explicó como una de identidad inmediata: “la producción es consumo” y “el consumo es producción”. Con la ayuda del principio toda determinación es una negación de Baruch Spinoza, demostró que la producción también era consumo, en la medida en que el acto productivo agotaba los poderes del individuo y las materias primas. De hecho, los economistas ya habían resaltado este aspecto con sus términos “consumo productivo” y diferenciado esto de “producción consuntiva”. Esto último ocurrió solo después de que el producto fue distribuido, reingresando a la esfera de la reproducción y constituyendo el “consumo adecuado”. En el consumo productivo “el productor se objetiva”, mientras que en la producción de consumo “el objeto que ha creado se personifica”.

Otra característica de la identidad de producción y consumo era discernible en el “movimiento mediador” recíproco que se desarrolló entre ellos. El consumo le da al producto su “último acabado” y, al estimular la propensión a producir, “crea la necesidad de una nueva producción”. Del mismo modo, la producción proporciona no solo el objeto de consumo, sino también “una necesidad del material”. Una vez que se deja atrás la etapa de inmediatez natural, el objeto mismo genera la necesidad: “La producción no solo crea un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”, es decir, un consumidor. Entonces, “la producción produce consumo (1) creando el material para ello; (2) determinando la forma de consumo, y (3) creando los productos, inicialmente planteados por él como objetos, en la forma de una necesidad sentida por el consumidor. Produce así el objeto de consumo, la forma de consumo y el motivo del consumo”.
Para recapitular: hay un proceso de identidad inmediata entre producción y consumo; estos también se median entre sí y se crean entre sí a medida que se realizan. Sin embargo, Marx pensó que era un error considerar a los dos como idénticos, como lo hicieron Say y Proudhon, por ejemplo. Porque, en último análisis, “el consumo como necesidad es el mismo momento interno de la actividad productiva”” .

Luego, Marx analiza la relación entre producción y distribución. La distribución, escribe, es el vínculo entre producción y consumo, y “de acuerdo con las leyes sociales” determina qué parte de los productos se debe a los productores. Los economistas lo presentan como una esfera autónoma de la producción, de modo que en sus tratados las categorías económicas siempre se plantean de manera dual. La tierra, el trabajo y el capital figuran en la producción como agentes de distribución, mientras que en la distribución, en forma de renta del suelo, salarios y ganancias, aparecen como fuentes de ingresos. Marx se opone a esta división, que considera ilusoria y errónea, ya que la forma de distribución “no es un arreglo arbitrario, que podría ser diferente; es, más bien, postulado por la forma de producción misma”. En la “Introducción” expresa su pensamiento de la siguiente manera:

Un individuo que participa en la producción bajo la forma de trabajo asalariado, participa en los productos bajo la forma de salarios, en los resultados de la producción. La estructura de la distribución está completamente determinada por la organización de la producción. La distribución es ella misma un producto de la producción, no solo en lo que se refiere al objeto, solamente pueden distribuirse los resultados de la producción, sino también en lo que se refiere a la forma, ya que el modo determinado de participación en la producción determina las formas particulares de la distribución, el modo bajo el cual se participa en la distribución. Es del todo una ilusión ubicar la tierra en la producción, la renta del suelo en la distribución, etcétera.

Quienes vieron la distribución como autónoma de la producción la concibieron como una mera distribución de productos. En realidad, incluía dos fenómenos importantes que eran anteriores a la producción: distribución de los instrumentos de producción y distribución de los miembros de la sociedad entre varios tipos de producción, o lo que Marx definió como “subsunción de los individuos bajo relaciones específicas de producción”. Estos dos fenómenos significaron que, en algunos casos históricos, por ejemplo, cuando un pueblo conquistador somete a los vencidos al trabajo esclavo, o cuando una redivisión de propiedades terratenientes da lugar a un nuevo tipo de producción –“la distribución es no estructurada y determinada por la producción, sino más bien lo contrario, producción por distribución”–. Los dos estaban estrechamente vinculados entre sí, ya que, como lo expresa Marx en otra parte de Grundrisse, “estos modos de distribución son las relaciones de producción en sí, pero sub especie distributionis”. Por lo tanto, en palabras de la “Introducción”, “examinar la producción sin tener en cuenta esta distribución interna dentro de ella es obviamente una abstracción vacía”.

El vínculo entre producción y distribución, tal como lo concibió Marx, arroja luz no solo su aversión a la forma en que John Stuart Mill separó rígidamente los dos, sino también su aprecio por Ricardo por haber planteado la necesidad de “comprender la estructura social específica de producción moderna”. El economista inglés sostuvo que “determinar las leyes que regulan esta distribución es el principal problema en la economía política”, y por lo tanto hizo de la distribución uno de sus principales objetos de estudio, ya que “concibió las formas de distribución como la expresión más específica dentro de la cual se lanzan los agentes de producción de una sociedad dada”. Para Marx, también, la distribución no era reducible al acto a través del cual las partes del excedente se distribuían entre los miembros de la sociedad; fue un elemento decisivo del ciclo productivo completo. Sin embargo, esta convicción no anuló su tesis de que la producción siempre fue el factor principal dentro del proceso de producción en su conjunto:

La pregunta de la relación entre esta distribución y la producción que determina pertenece evidentemente a la producción misma […] Producción sí tiene sus determinantes y precondiciones, que forman sus momentos. Al principio pueden aparecer como espontáneos, naturales. Pero por el proceso de producción en sí mismo, se transforman de naturales en históricamente determinantes, y si aparecen en una época como presuposiciones naturales de producción, son su producto histórico para otra.

Para Marx, entonces, aunque la distribución de los instrumentos de producción y los miembros de la sociedad entre las diversas ramas productivas “aparece como una presuposición del nuevo período de producción, esto es […] a su vez un producto de producción, no solo de producción histórica en general, sino del modo histórico específico de producción”.

Cuando Marx examinó por última vez la relación entre producción e intercambio, también consideró que este último era parte del primero. No solo el “intercambio de actividades y habilidades” entre la fuerza laboral y las materias primas necesarias para preparar el producto terminado era una parte integral de la producción; el intercambio entre distribuidores también estaba totalmente determinado por la producción y constituía una “actividad productora”. El intercambio se vuelve autónomo de la producción solo en la fase en que “el producto se intercambia directamente por consumo”. Aun así, sin embargo, su intensidad, escala y características están determinadas por el desarrollo y la estructura de la producción, de modo que “en todos sus momentos […] el intercambio aparece como directamente comprendido en la producción o determinado por él” .

Al final de su análisis de la relación de la producción con la distribución, el intercambio y el consumo, Marx saca dos conclusiones: 1) la producción debe considerarse como una totalidad, y 2) la producción como una rama particular dentro de la totalidad predomina sobre los otros elementos. Sobre el primer punto, escribe: “La conclusión a la que llegamos no es que producción, distribución, intercambio y consumo sean idénticos, sino que todos forman los miembros de una totalidad, distinciones dentro de una unidad”. Empleando el concepto hegeliano de totalidad, Marx agudizó un instrumento teórico, más efectivo que los procesos limitados de abstracción utilizados por los economistas; uno capaz de mostrar, a través de la acción recíproca entre partes de la totalidad, que el concreto era una unidad diferenciada de determinaciones y relaciones plurales, y que las cuatro rúbricas separadas de los economistas eran arbitrarias e inútiles para comprender las relaciones económicas reales. En la concepción de Marx, sin embargo, la definición de producción como una totalidad orgánica no apuntaba a un todo estructurado y autorregulado dentro del cual la uniformidad siempre estaba garantizada entre sus diversas ramas. Por el contrario, como escribió en una sección de Grundrisse que trata el mismo argumento: los momentos individuales de producción “pueden encontrarse o no, equilibrarse, corresponder entre sí. La necesidad interna de los momentos que van de la mano, y su existencia indiferente e independiente entre sí, ya son una base de contradicciones”. Marx argumentó que siempre era necesario analizar estas contradicciones en relación con la producción capitalista (no la producción en general), que no era en absoluto “la forma absoluta para el desarrollo de las fuerzas de producción”, como proclamaron los economistas, pero tenía su “contradicción fundamental” en la sobreproducción.

La segunda conclusión de Marx hizo de la producción el “momento predominante” (übergreifendes Moment) sobre las otras partes de la “totalidad de la producción” (Totalität der Produktion). Era el “punto de partida real” (Ausgangspunkt), desde el cual “el proceso siempre vuelve a comenzar de nuevo”, por lo que “una producción definida determina un consumo, distribución e intercambio definidos, así como relaciones definidas entre estos diferentes momentos”. Pero tal predominio no canceló la importancia de los otros momentos, ni su influencia en la producción. La dimensión del consumo, las transformaciones de la distribución y el tamaño de la esfera de intercambio, o del mercado, fueron factores que definieron e impactaron conjuntamente en la producción.

Aquí, nuevamente, las ideas de Marx tenían un valor tanto teórico como político. En oposición a otros socialistas de su tiempo, que sostenían que era posible revolucionar las relaciones de producción prevalecientes transformando el instrumento de circulación, argumentó Marx que esto demostraba claramente el “malentendido” de estos acerca de “las conexiones internas entre las relaciones de producción de distribución y de circulación”. Porque no solo un cambio en la forma del dinero dejaría inalteradas las relaciones de producción y las demás relaciones sociales determinadas por ellos; también resultaría una tontería, ya que la circulación podría cambiar solo junto con un cambio en las relaciones de producción. Marx estaba convencido de que “el mal de la sociedad burguesa no debe remediarse «transformando» a los bancos o fundando un «sistema monetario»” racional, ni a través de paliativos insípidos como la concesión de crédito gratuito, ni a través de la quimera del giro trabajadores en capitalistas. La cuestión central seguía siendo la superación del trabajo asalariado y, en primer lugar, la producción.

3. Alienación: de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 a El capital
La superación del trabajo asalariado estaba estrictamente relacionada con otro concepto clave para Marx: la alienación. El evento decisivo que finalmente revolucionó la difusión del concepto de alienación fue la aparición, en 1932, de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, un texto inédito de la juventud de Marx. Rápidamente se convirtió en uno de los escritos filosóficos más ampliamente traducidos, circulados y discutidos del siglo XX, revelando el papel central que Marx le había dado a la teoría de la alienación durante un período importante para la formación de su pensamiento económico: el descubrimiento de la economía política. Porque, con su categoría de trabajo enajenado (entfremdete Arbeit), Marx no solo amplió el problema de la alienación de la esfera filosófica, religiosa y política a la esfera económica de la producción material; también demostró que la esfera económica era esencial para comprender y superar la alienación en las otras esferas. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, la alienación se presenta como el fenómeno a través del cual el producto laboral confronta al trabajo “como algo extraño, como un poder independiente del productor”. Para Marx, “la alienación [Entäusserung] del trabajador en su producto significa no solo que su trabajo se convierte en un objeto, una existencia externa, sino que existe fuera de él, independientemente de él y ajeno a él, y comienza a confrontarlo como un poder autónomo; que la vida que ha otorgado al objeto lo confronta como hostil y ajeno”.

Junto con esta definición general, Marx enumeró cuatro formas en que el trabajador se aliena en la sociedad burguesa: 1) del producto de su trabajo, que se convierte en “un objeto extraño que tiene poder sobre él”; 2) de su actividad laboral, que percibe como “dirigida contra sí mismo”, como si “no le perteneciera”; 3) del “ser de la especie del hombre”, que se transforma en “un ser ajeno a él”, y 4) de otros seres humanos, y en relación con su trabajo y el objeto de su trabajo.

Para Marx, en contraste con Hegel, la alienación no coincidía con la objetivación como tal, sino con un fenómeno particular dentro de una forma precisa de economía: es decir, el trabajo asalariado y la transformación de productos laborales en objetos que se oponen a los productores. La diferencia política entre estas dos posiciones es enorme. Mientras que Hegel presentaba la alienación como una manifestación ontológica del trabajo, Marx la concibió como característica de una época de producción particular, la capitalista, y pensó que sería posible superarla mediante “la emancipación de la sociedad de la propiedad privada”. En los cuadernos que contienen extractos de los Elementos de economía política de James Mill estableció puntos similares:

El trabajo sería la libre expresión y, por lo tanto, el disfrute de la vida. En el marco de la propiedad privada, es la alienación de la vida, ya que trabajo para vivir, para procurarme los medios de vida. Mi trabajo no es la vida. Además, en mi trabajo se afirmaría el carácter específico de mi individualidad porque sería mi vida individual. El trabajo sería auténtico, activo, propiedad. En el marco de la propiedad privada, mi individualidad se ha alejado hasta el punto en que detesto esta actividad, es una tortura para mí. De hecho, no es más que la apariencia de actividad y por eso es solo un trabajo forzado que se me impone, no a través de una necesidad interna sino a través de una necesidad arbitraria externa.

Entonces, incluso en estos primeros escritos fragmentarios y a veces vacilantes, Marx siempre discutió la alienación desde un punto de vista histórico, no natural. En la segunda mitad de la década de 1840, Marx ya no hacía uso frecuente del término “alienación”; las principales excepciones fueron su primer libro, La Sagrada Familia (1845), escrito junto con Engels, donde aparece en algunas polémicas contra Bruno y Edgar Bauer, y un pasaje en La ideología alemana (1845-1846), también escrito con Engels. Una vez que abandonó la idea de publicar La ideología alemana, volvió a la teoría de la alienación en Trabajo asalariado y capital, una colección de artículos basados en conferencias que dio en la Liga Alemana de los Trabajadores en Bruselas en 1847, pero el término en sí no aparecería en ellos, porque habría tenido un marco demasiado abstracto para su público objetivo. En estos textos escribió que el trabajo asalariado no entra en la “actividad de vida propia” del trabajador, sino que representa un “sacrificio de su vida”. La fuerza de trabajo es una mercancía que el trabajador se ve obligado a vender “para vivir”, y “el producto de su actividad [no] es el objeto de su actividad” (MECW 9: 202):

[E]l trabajador, que durante doce horas teje, hace girar, perfora, da vueltas, construye, palas, rompe piedras, porta carga, etc., ¿considera estas doce horas de tejido, hilado, perforación, torneado, construcción, palear, romper piedras como una manifestación de su vida, como vida? Por el contrario, la vida comienza para él donde estas actividades cesan, en la mesa, en la casa pública, en la cama. Las doce horas de trabajo, por otro lado, no tienen significado para él como tejer, hilar, perforar, etc., sino como ganancias, que lo llevan a la mesa, a la casa pública, a la cama. Si el gusano de seda girara para continuar su existencia como oruga, sería un trabajador asalariado completo. (MECW 9: 203)

Hasta finales de la década de 1850 no había más referencias a la teoría de la alienación en el trabajo de Marx. Tras la derrota de las revoluciones de 1848, se vio obligado a exiliarse en Londres; una vez allí, concentró todas sus energías en el estudio de la economía política y, aparte de algunas obras cortas con un tema histórico, no publicó otro libro. Sin embargo, cuando comenzó a escribir sobre economía nuevamente, en los Fundamentos de la crítica de la economía política (más conocido como Grundrisse), más de una vez usó el término “alienación”. Este texto recordaba en muchos aspectos los análisis de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, aunque casi una década de estudios en la Biblioteca Británica le habían permitido profundizarlos considerablemente:

El carácter social de la actividad, así como la forma social del producto, y la participación de los individuos en la producción aquí aparecen como algo extraño y objetivo, confrontando a los individuos, no como su relación entre sí, sino como su subordinación a la relación, funciones que subsisten independientemente de ellas y que surgen de colisiones entre individuos mutuamente indiferentes. El intercambio general de actividades y productos, que se ha convertido en una condición vital para cada individuo, su interconexión mutua, aquí aparece como algo ajeno para ellos, autónomo, como una cosa. En el valor de cambio, la conexión social entre personas se transforma en una relación social entre las cosas; capacidad personal en riqueza objetiva.

La explicación de la alienación en los Grundrisse, entonces, se enriquece con una mayor comprensión de las categorías económicas y con un análisis social más riguroso. El vínculo que establece entre la alienación y el valor de cambio es un aspecto importante de esto. Y, en uno de los pasajes más deslumbrantes sobre este fenómeno de la sociedad moderna, Marx vincula la alienación con la oposición entre el capital y la “fuerza de trabajo viva”:

Las condiciones objetivas del trabajo vivo aparecen como valores separados e independientes [verselbständigte] frente a la capacidad del trabajo vivo como ser subjetivo […] Las condiciones objetivas de la capacidad laboral viva se presuponen como teniendo una existencia independiente de ella, como la objetividad de un sujeto distinto de vivir la capacidad laboral y oponerse independientemente a ella; la reproducción y realización, es decir, la expansión de estas condiciones objetivas, es, por ende, al mismo tiempo, su propia reproducción y nueva producción, como la riqueza de un sujeto ajeno que se opone indiferente e independientemente a la capacidad laboral. Lo que se reproduce y produce de nuevo no es solo la presencia de estas condiciones objetivas de trabajo vivo, sino también su presencia como valores independientes, es decir, valores pertenecientes a un sujeto ajeno, que confrontan esta capacidad de trabajo vivo. Las condiciones objetivas del trabajo alcanzan una existencia subjetiva frente a la capacidad de trabajo vivo: el capital se convierte en capitalista.

Los Grundrisse no fue el único texto de la madurez de Marx en presentar un relato sobre la alienación. Cinco años después de su composición, los “Resultados del proceso inmediato de producción”, también conocido como El capital, volumen 1, libro 1, capítulo VI inédito (1863-1864), trajeron los análisis económicos y políticos de la alienación más estrechamente juntos. “El dominio del capitalista sobre el trabajador”, escribió Marx, “es el dominio de las cosas sobre el hombre, del trabajo muerto sobre los vivos, del producto sobre el productor” (MECW 35: 990). En la sociedad capitalista, en virtud de “la transposición de la productividad social del trabajo en los atributos materiales del capital” (ibíd.: 1058), existe una verdadera “personificación de las cosas y reificación de las personas”, creando la apariencia de que “las condiciones materiales del trabajo no están sujetas al trabajador, sino a él” (ibíd.: 1054). En realidad, argumentó:

El capital no es una cosa, como tampoco lo es el dinero. En el capital, como en el dinero, ciertas relaciones sociales específicas de producción entre las personas aparecen como relaciones de las cosas con las personas, o bien ciertas relaciones sociales aparecen como las propiedades naturales de las cosas en la sociedad. Sin una clase que dependa de los salarios, en el momento en que los individuos se confrontan entre sí como personas libres, no puede haber producción de plusvalía; sin la producción de plusvalía no puede haber producción capitalista y, por lo tanto, ¡no hay capital ni capitalista! El capital y el trabajo asalariado (es así que designamos el trabajo del trabajador que vende su propia fuerza de trabajo) solo expresan dos aspectos de la misma relación. El dinero no puede convertirse en capital a menos que se cambie por mano de obra, una mercancía vendida por el propio trabajador. Por el contrario, el trabajo solo puede ser trabajo asalariado cuando sus propias condiciones materiales lo confrontan como poderes autónomos, propiedad ajena, valor existente para sí mismo y para mantenerse, en resumen, como capital. Si el capital en sus aspectos materiales, es decir, en los valores de uso en los que tiene su ser, debe depender para su existencia de las condiciones materiales del trabajo, estas condiciones materiales también deben, por el lado formal, confrontar el trabajo como poderes autónomos ajenos, como valor –trabajo objetivado– que trata el trabajo vivo como un mero medio para mantenerse y aumentar. (MECW 35: 1005)

En el modo de producción capitalista, el trabajo humano se convierte en un instrumento del proceso de valorización del capital que, “al incorporar la fuerza de trabajo vivo en los constituyentes materiales del capital […] se convierte en un monstruo animado y […] comienza a actuar «como si fuera consumido por amor»” (MECW 35: 1007). Este mecanismo sigue expandiéndose en escala, hasta que la cooperación en el proceso de producción, los descubrimientos científicos y el despliegue de maquinaria, todos ellos procesos sociales que pertenecen al colectivo, se convierten en fuerzas del capital que aparecen como sus propiedades naturales, confrontando a los trabajadores en el proceso de producción en la forma del orden capitalista:

Las fuerzas productivas […] desarrolladas [por] el trabajo social […] aparecen como las fuerzas productivas del capitalismo […] Unidad colectiva en la co-operación, combinación en la división del trabajo, el uso de las fuerzas de la naturaleza y las ciencias, de los productos del trabajo, como maquinaria: todo esto confronta a los trabajadores individuales como algo ajeno, objetivo, confeccionado, existente sin su intervención, y con frecuencia incluso hostil a ellos. Todos aparecen simplemente como las formas prevalecientes de los instrumentos del trabajo. Como objetos son independientes de los trabajadores a los que dominan. Aunque el taller es, en cierta medida, el producto de la combinación de los trabajadores, de toda su inteligencia y parecerá estar incorporada en el capitalista o sus secuestradores, y los trabajadores se enfrentan a las funciones del capital que vive en el capitalista. (MECW 35: 1054)

A través de este proceso, el capital se convierte en algo “altamente misterioso”. “Las condiciones de trabajo se acumulan frente al trabajador como fuerzas sociales, y asumen una forma capitalizada” (MECW, 35: 1056). A partir de la década de 1960, la difusión de El capital, volumen I, libro 1, capítulo VI, inédito, y, sobre todo, de los Grundrisse allanó el camino para una concepción de la alienación diferente de la que entonces era hegemónica en sociología y psicología. Era una concepción orientada a la superación de la alienación en la práctica, a la acción política de los movimientos sociales, los partidos y los sindicatos para cambiar las condiciones de trabajo y de vida de la clase trabajadora. La publicación de lo que (después de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 en la década de 1930) puede considerarse como la “segunda generación” de los escritos de Marx sobre la alienación, por lo tanto, proporcionó no solo una base teórica coherente para nuevos estudios de la alienación, sino sobre todo una plataforma ideológica anticapitalista para el extraordinario movimiento político y social que explotó en el mundo durante esos años. La alienación abandonó los libros de filósofos y las salas de conferencias de las universidades, salió a la calle y al espacio de las luchas de los trabajadores, y se convirtió en una crítica de la sociedad burguesa en general.

4. Fetichismo de la mercancía y desalienación
Uno de los mejores relatos de alienación de Marx está contenido en la famosa sección de El capital sobre “El fetichismo de la mercancía y su secreto” donde muestra que en la sociedad capitalista las personas están dominadas por los productos que han creado. Aquí, las relaciones entre ellos aparecen no “como relaciones sociales directas entre personas […] sino como relaciones materiales entre personas y relaciones sociales entre cosas” (MECW 35: 166).

El carácter misterioso de la forma mercantil consiste […] en el hecho de que la mercancía refleja el carácter social del trabajo propio de los hombres como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades socionaturales de estas cosas. Por lo tanto, también refleja la relación social de los productores con la suma total de trabajo como una relación social entre los objetos, una relación que existe aparte y fuera de los productores. Por medio de este quid pro quo [sustitución] los productos del trabajo se convierten en mercancías, cosas sensibles que son al mismo tiempo suprasensibles o sociales […] Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es solo la relación social determinada existente entre aquellos. Para, por lo tanto, encontrar una analogía, debemos volar al reino nebuloso de la religión. Allí, los productos del cerebro humano aparecen como figuras autónomas dotadas de una vida propia, que entablan relaciones tanto entre sí como con el género humano. Así es en el mundo de los productos básicos con los productos de las manos de los hombres. A esto lo llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo tan pronto como se producen como mercancías y, por lo tanto, es inseparable de la producción de mercancías. (MECW, 35: 164 s.)

Dos elementos en esta definición marcan una línea divisoria clara entre la concepción de alienación de Marx y la que sostienen la mayoría de los otros autores que hemos estado discutiendo. Primero, Marx concibe el fetichismo no como un problema individual sino como un fenómeno social, no como un asunto de la mente sino como un poder real, una forma particular de dominación, que se establece en la economía de mercado como resultado de la transformación de los objetos en sujetos. Por esta razón, su análisis de la alienación no se limita a la inquietud de mujeres y hombres individuales, sino que se extiende a los procesos sociales y las actividades productivas subyacentes. Segundo, para Marx el fetichismo se manifiesta en una realidad histórica precisa de la producción, la realidad del trabajo asalariado; no es parte de la relación entre las personas y las cosas como tales, sino más bien de la relación entre el hombre y un tipo particular de objetividad: la forma de la mercancía.

En la sociedad burguesa, las cualidades y relaciones humanas se convierten en cualidades y relaciones entre las cosas. Esta teoría de lo que Lukács llamaría reificación ilustra la alienación desde el punto de vista de las relaciones humanas, mientras que el concepto de fetichismo lo trata en relación con las mercancías. Para quienes niegan que una teoría de la alienación esté presente en el trabajo maduro de Marx, debemos enfatizar que el fetichismo de las mercancías no reemplazó la alienación sino que fue solo un aspecto.

Sin embargo, el avance teórico de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 a El capital y sus materiales relacionados no consiste solo en la mayor precisión de su explicación de la alienación. También hay una reformulación de las medidas que Marx considera necesarias para superarla. Mientras que en 1844 había argumentado que los seres humanos eliminarían la alienación aboliendo la producción privada y la división del trabajo, el camino hacia una sociedad libre de alienación era mucho más complicado en El capital y sus manuscritos preparatorios. Marx sostuvo que el capitalismo era un sistema en el cual los trabajadores estaban sujetos al capital y las condiciones que imponía. Sin embargo, había creado las bases para una sociedad más avanzada y, al generalizar sus beneficios, la humanidad podría progresar más rápido a lo largo del camino de desarrollo social que había abierto. Según Marx, un sistema que produjo una enorme acumulación de riqueza para unos pocos y privación y explotación para la masa general de trabajadores debe ser reemplazado por “una asociación de hombres libres, trabajando con los medios de producción en común y gastando sus muchas formas diferentes de fuerza de trabajo en plena autoconciencia como una sola fuerza de trabajo social” (MECW 35: 171). Este tipo de producción diferiría del trabajo asalariado porque colocaría sus factores determinantes bajo la gobernanza colectiva, asumiría un carácter general inmediato y convertiría el trabajo en una verdadera actividad social. Esta fue una concepción de la sociedad en el polo opuesto de la “guerra de todos contra todos” de Thomas Hobbes, y su creación no requirió un proceso meramente político, sino que necesariamente implicaría la transformación de la esfera de la producción. Pero tal cambio en el proceso laboral tenía sus límites:

La libertad, en esta esfera, puede consistir solo en esto, que el hombre socializado, los productores asociados, gobiernen el metabolismo humano con la naturaleza de una manera racional, llevándolo bajo su control colectivo en lugar de ser dominado por él como un poder ciego; para lograrlo con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas y apropiadas para su naturaleza humana. (MECW 35: 959)

Este sistema de producción poscapitalista, junto con el progreso científico-tecnológico y la consiguiente reducción de la jornada laboral, crea la posibilidad de una nueva formación social en la que el trabajo coercitivo, enajenado impuesto por el capital y sujeto a sus leyes se reemplaza gradualmente con actividad consciente y creativa más allá del yugo de la necesidad, y en la cual las relaciones sociales completas toman el lugar del intercambio aleatorio e indiferenciado dictado por las leyes de las mercancías y el dinero. Ya no es el reino de la libertad para el capital sino el reino de la verdadera libertad humana.

 

Traducción del inglés: Roberto Vargas Muñoz

 

Referencias
1. Karl Marx, Grundrisse: Foundations of the critique of political economy (rough draft), Harmondsworth, Penguin, 1973, p. 13.
2. Ibíd., p. 83.
3. Véase Ian Watt, “Robinson Crusoe as a myth”, Essays in Criticism, 1 (2), 1951: 95-119.
4. Karl Marx, Grundrisse, p. 83.
5. Ibíd., p. 496.
6. Ibíd., p. 472.
7. Véase ibíd., p. 471.
8. Véase ibíd., pp. 471-513. Marx trató estos temas en detalle en la sección de los Grundrisse dedicada a “Formas que preceden a la producción capitalista”.
9. Ibíd., p. 486.
10. Ibíd., p. 84. Esta concepción de una matriz aristotélica, la familia que precede al nacimiento de la aldea, se repite en El capital, vol. I, pero luego se dijo que Marx se había alejado de él. Friedrich Engels señaló en una nota a la tercera edición alemana de 1883: “[E]l estudio posterior muy minucioso de las condiciones primitivas del hombre condujo al autor [por ejemplo Marx] a la conclusión de que no fue la familia la que originalmente se convirtió en la tribu, sino que, por el contrario, la tribu era la forma primitiva y espontáneamente desarrollada de asociación humana, sobre la base de la relación de sangre, que a partir del primer desprendimiento incipiente de los lazos tribales, se desarrollaron las muchas y diversas formas de la familia” (MECW 35: 356). Engels se refería a los estudios de historia antigua realizados por él mismo en ese momento y por Marx durante los últimos años de su vida. Los principales textos que leyó o resumió en sus cuadernos antropológicos, que aún no se han publicado, fueron Researches into the Early History of Mankind and the Development of Civilization de Edward Burnett Tylor, Ancient Society de Lewis Henry Morgan, The Aryan Village in India and Ceylon de John Budd Phear, Además, conferencias sobre la historia temprana de las instituciones por Henry Summer Maine y The Origin of Civilization and the Primitive Condition de John Lubbock.
11. Karl Marx, Grundrisse, p. 162. Esta dependencia mutua no debe confundirse con la que se establece entre los individuos en el modo de producción capitalista: el primero es el producto de la naturaleza, el último de la historia. En el capitalismo, la independencia individual se combina con una dependencia social expresada en la división del trabajo (véase Karl Marx, “Original text of the second and the beginning of the third chapter of A Contribution to the Critique of Political Economy”, en MECW 29: 465). En esta etapa de producción, el carácter social de la actividad se presenta no como una simple relación de individuos entre sí “sino como su subordinación a relaciones que subsisten independientemente de ellos y que surgen de colisiones entre individuos mutuamente indiferentes. El intercambio general de actividades y productos, que se ha convertido en una condición vital para cada individuo, su interconexión mutua, aquí aparece como algo extraño para ellos, autónomo, como una cosa” (Karl Marx, Grundrisse, p. 157).
12. Adam Smith, The Wealth of Nations, Londres, Methuen, 1961, vol. 1, p. 19.
13. David Ricardo, The Principles of Political Economy and Taxation, Londres, J. M. Dent & Sons, 1973, p. 15; MECW 29: 300.
14. Véase Karl Marx, Grundrisse, p. 83.
15. El economista que, en opinión de Marx, había evitado esta ingenua suposición fue James Steuart. Marx comentó sobre numerosos pasajes del trabajo principal de Steuart –Una investigación sobre los principios de la economía política– en un cuaderno que llenó con extractos de él en la primavera de 1851 (Karl Marx, “Exzerpte aus James Steuart: An inquiry into the principles of political economy”, en MEGA IV/8: 304, 312-325, 332-349, 373-380, 400-401, 405-408, 429-445).
16. Karl Marx, Grundrisse, p. 84. En otra parte de los Grundrisse, Marx declaró que “un individuo aislado no podía tener más propiedades en la tierra y en el suelo de las que podía hablar” (p. 485); y que el lenguaje “como producto de un individuo es imposible. Lo mismo vale para la propiedad” (p. 490).
17. Ibíd., p. 83.
18. Ídem.
19. Ibíd., p. 83.
20. Ibíd., p. 85.
21. Véase ídem.
22. John Stuart Mill, Principles of Political Economy, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1965, vol. I, p. 55.
23. Karl Marx, Grundrisse, p. 257 s.
24. Karl Marx, Grundrisse, p. 460.
25. Ídem.
26. Ibíd., p. 675.
27. Ibíd., p. 278.
28. Ibíd., p. 489
29. Ibíd., p. 239.
30. Ibíd., p. 535.
31. Ibíd., p. 156.
32. Ibíd., p. 248.
33. Karl Marx, Grundrisse, p. 832.
34. Karl Marx, Grundrisse, p. 172.
35. Ibíd., p. 87.
36. Ibíd., p. 86.
37. Ídem.
38. Ibíd., p. 87.
39. John Stuart Mill, Principles of Political Economy, p. 199. Estas declaraciones despertaron el interés de Marx, y en septiembre de 1850 escribió notas sobre ellas en uno de sus cuadernos de extractos. Sin embargo, algunas líneas más adelante, Mill rechazó en parte su afirmación categórica, aunque no en el sentido de una historización de la producción. “La distribución”, escribió, “depende de las leyes y costumbres de la sociedad”, y dado que estas son el producto de “las opiniones y los sentimientos de la humanidad”, en sí mismas, no son más que “consecuencias de las leyes fundamentales de la naturaleza humana”, las leyes de distribución “son tan poco arbitrarias y tienen tanto el carácter de las leyes físicas como las leyes de la producción” (ibíd., p. 200). Sus “Observaciones preliminares” al principio del libro pueden ofrecer una posible síntesis: “[A] diferencia de las leyes de producción, las de distribución son en parte de la institución humana: ya que la forma en que se distribuye la riqueza en una sociedad determinada depende de los estatutos o usos prevalecientes en ellos.” (ibíd., p. 21).
40. Karl Marx, Grundrisse, p. 87.
41. Ibíd., p. 832. Por lo tanto, aquellos como Mill que consideran las relaciones de producción como eternas y solo sus formas de distribución como históricas “muestra que no entienden ni lo uno ni lo otro” (ibíd., p. 758).
42. Marx conocía muy bien ambos textos: estaban entre las primeras obras de economía política que estudió, y copió muchos extractos de ellos en sus cuadernos.
43. Georg W. F. Hegel, Science of Logic, Londres, George Allen & Unwin, 1969, p. 666 s.
44. Karl Marx, Grundrisse, p. 89.
45. Baruch Spinoza, “Letter to Jarig Jellis, 2 June 1674”, en On the Improvement of the Understanding and Other Works, Nueva York, Dover, 1955, p. 370.
46. Karl Marx, Grundrisse, p. 90 s.
47. Ibíd., p. 91.
48. Ibíd., p. 92.
49. Ídem.
50. Ibíd., p. 94
51. Ídem.
52. Ibíd., p. 594.
53. Ibíd., p. 95.
54. Ibíd., p. 96.
55. Ídem.
56. Ídem.
57. Ibíd., p. 832.
58. Ibíd., p. 96.
59. David Ricardo, The Principles of Political Economy, p. 3.
60. Karl Marx, Grundrisse, p. 96.
61. Ibíd., p. 97. [Traducción basada en las modificaciones del autor. N. del T.]
62. Ibíd., p. 98.
63. Ídem.
64. Ibíd., p. 99.
65. “[P]orque lo verdadero solo es desarrollándose dentro de sí como concreto y tomándose y reteniéndose todo junto en unidad, es decir, solo es como totalidad, y solamente mediante la distinción y determinación de sus distinciones puede ser la necesidad de ellas y la libertad del todo” (Georg W. F. Hegel, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften im Grundrisse, en Gesammelte Werke, 5, Hamburgo, Meiner, 2001, § 14).
66. Stuart Hall, “Marx’s notes on method: A «reading» of the «1857 Introduction»”, Cultural Studies, 17 (2), 2003: 127.
67. Karl Marx, Grundrisse, p. 415.
68. Ibíd., p. 86.
69. Ibíd., p. 94.
70. Ibíd., p. 99.
71. Ibíd., p. 122.
72. Ibíd., p. 134.
73. Karl Marx, Economic and Philosophical Manuscripts (1844), en Early Writings, Londres, Penguin, 1992, p. 324.
74. Ibíd., p. 327. Para una descripción de la tipología de alienación de cuatro partes de Marx, véase Bertell Ollman, Alienation, Nueva York, Cambridge University Press, 1971, pp. 136-152.
75. Ibíd., p. 330.
76. Karl Marx, Economic and Philosophical Manuscripts (1844), p. 333.
77. Karl Marx, “Excerpts from James Mill’s Elements of Political Economy”, en Early Writings, p. 278.
78. Ver El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia y Revelaciones sobre la historia diplomática del siglo XVIII.
79. Karl Marx, Grundrisse, p. 157.
80. Ibíd., p. 461 s.
81. Véase Adam Schaff, Alienation as a Social Phenomenon, Oxford, Pergamon Press, 1980, p. 81.

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Ariadna Trillas, Alternativas Económicas

Oímos hablar a menudo del fin de la vida en el planeta, pero no del fin del capitalismo.
¿Qué pensaría Karl Marx de la evolución del capitalismo de nuestros días? Crisis ecológica, retos migratorios, revolución feminista, transformaciones del trabajo… La raíz de estos grandes temas se confunde con el propio sistema económico que, de forma acaparadora, gobierna el mundo, y que, inestable, viaja de crisis en crisis propiciando la desigualdad. De ahí que tenga sentido acercarse al pensador que lo puso en cuestión, por mucho que los sistemas comunistas de la antigua URSS y sus regímenes satélites derivaran en un experimento finalmente fallido.
El sociólogo Marcello Musto lleva años batallando por la recuperación del pensamiento marxista. Y Musto es quien coordina esta obra coral, traducida al catalán por Lourdes Bigorra, con clara vocación pedagógica. Es una buena guía tanto para neófitos como para quien quiera aproximarse a Marx a la luz de interpretaciones actualizadas.

 

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150 años de El capital francés

‘Le Capital’ representó la primera puerta de acceso a la obra de Marx para lectores de varios países.
En febrero de 1867, después de más de dos décadas de trabajo hercúleo, Marx finalmente pudo darle a su amigo Friedrich Engels la tan esperada noticia de que había terminado la primera parte de su crítica a la economía política. Posteriormente, Marx viajó de Londres a Hamburgo para entregar el manuscrito del Volumen I (“El proceso de producción del capital”) de su magnum opus y, de acuerdo con su editor Otto Meissner, se decidió que El Capital se presentaría en tres partes. Rebosante de satisfacción, Marx escribió que la publicación de su libro era, “sin duda, el misil más terrible que se haya lanzado hasta ahora contra las cabezas de la burguesía”.

A pesar del largo trabajo de redacción antes de 1867, la estructura de El Capital se ampliaría considerablemente en los años siguientes, y el Volumen I también continuó absorbiendo energías significativas por parte de Marx, incluso después de su publicación. Uno de los ejemplos más evidentes de este compromiso fue la traducción francesa de El Capital publicada en 44 entregas entre 1872 y 1875. Este volumen no era una mera traducción, sino una versión ‘totalmente revisada por el autor’ en la que Marx también profundizó el apartado sobre el proceso de acumulación del capital, y desarrolló mejor sus ideas sobre la distinción entre ‘concentración’ y ‘centralización’ del capital.

Además, al revisar la traducción, Marx decidió introducir algunas adiciones y modificaciones. En la posdata de Le Capital, no dudó en atribuirle “un valor científico independiente del original” y afirmó que la nueva versión “debería ser consultada incluso por lectores familiarizados con el libro en alemán”. El punto más interesante, especialmente por su valor político, se refiere a la tendencia histórica de la producción capitalista. Si en la edición anterior de El Capital Marx había escrito que “el país más desarrollado industrialmente se limita a mostrar a los menos desarrollados la imagen de su propio futuro”, en la versión francesa las palabras en cursiva fueron sustituidas por “a los que les siguen en el ascenso de la escala de la industrialización”. Esta aclaración limitó la tendencia del desarrollo capitalista exclusivamente a los países occidentales que ya estaban industrializados.

Ahora era plenamente consciente de que el esquema de progresión lineal a través de los “modos de producción asiático, antiguo, feudal y el moderno modo de producción burgués”, que había perfilado en el Prefacio a Una contribución a la crítica de la economía política, en 1859, era inadecuado para comprender el movimiento de la historia y que, en efecto, era aconsejable alejarse de cualquier filosofía de la historia. No vio el desarrollo histórico en términos de un progreso lineal inquebrantable hacia un fin predefinido. La concepción multilineal más pronunciada que Marx desarrolló en sus últimos años lo llevó a mirar aún más atentamente las especificidades históricas y la desigualdad del desarrollo político y económico en diferentes países y contextos sociales. Este enfoque ciertamente incrementó las dificultades a las que se enfrentó en el ya accidentado curso de completar el segundo y tercer volumen de El Capital. En la última década de su vida, Marx emprendió investigaciones exhaustivas de sociedades fuera de Europa y se expresó sin ambigüedades contra los estragos del colonialismo. Es un error sugerir lo contrario. Marx criticó a los pensadores que, al tiempo que destacaban las consecuencias destructivas del colonialismo, utilizaban categorías propias del contexto europeo en su análisis de las áreas periféricas del globo. Advirtió varias veces contra aquellos incapaces de observar las distinciones necesarias entre los fenómenos y, especialmente después de sus avances teóricos en la década de 1870, desconfiaba mucho a la hora de transferir categorías interpretativas a campos históricos o geográficos completamente diferentes. Todo esto es más claro gracias a Le Capital.

En una carta de 1878, en la que Marx sopesaba los aspectos positivos y negativos de la edición francesa, le escribió a Danielson que contenía “muchos cambios y adiciones importantes”, pero que “también se había visto obligado a veces —principalmente en el primer capítulo— a simplificar el asunto”. Engels era de esta opinión y no incluyó todos los cambios hechos por Marx en la cuarta edición alemana de El Capital que publicó en 1890, siete años después de la muerte de Marx.

Le Capital tuvo una importancia considerable para la difusión de la obra de Marx en todo el mundo. Se utilizó para la traducción de muchos extractos a varios idiomas, el primero en inglés, por ejemplo. De manera más general, Le Capital representó la primera puerta de acceso a la obra de Marx para lectores de varios países. La primera traducción al italiano —publicada entre 1882 y 1884— se hizo directamente de la edición francesa, al igual que la traducción aparecida en Grecia, en 1927. En el caso del español, Le Capital permitió sacar algunas ediciones parciales y dos traducciones completas: una en Madrid, en 1967, y otra en Buenos Aires, en 1973. Dado que el francés era más conocido que el alemán, fue gracias a esta versión que la crítica de la economía política de Marx pudo llegar a muchos países de Hispanoamérica más rápidamente. Casi lo mismo ocurría con los países de habla portuguesa. En el mismo Portugal, El Capital circuló solo a través de la pequeña cantidad de copias disponibles en francés, hasta que apareció una versión abreviada en portugués poco antes de la caída de la dictadura de Salazar. En general, a los activistas políticos e investigadores tanto en Portugal como en Brasil les resultó más fácil acercarse a la obra de Marx a través de la traducción al francés que la original. Las pocas copias que llegaron a los países africanos de habla portuguesa también estaban en ese idioma.

El colonialismo también dio forma en parte a los mecanismos por los cuales El Capital estuvo disponible en el mundo árabe. Mientras que en Egipto e Irak fue el inglés el idioma que más se utilizó en la difusión de la cultura europea, la edición francesa desempeñó un papel más destacado en otros lugares, especialmente en Argelia, que en la década de 1960 fue un centro importante para facilitar la circulación de ideas marxistas en los “países no alineados”. La importancia de Le Capital se extendió también a Asia, como lo demuestra el hecho de que la primera traducción vietnamita del Volumen I, publicado entre 1959 y 1960, se realizó a partir de la edición francesa.

Esta, además de ser consultada a menudo por traductores de todo el mundo y ser cotejada con la edición de 1890 publicada por Engels, que se convirtió en la versión estándar de Das Kapital, la traducción francesa ha servido de base para traducciones completas de El Capital a ocho idiomas. Ciento cincuenta años después de su primera publicación, continúa siendo una fuente de debate estimulante entre académicos y activistas interesados en la crítica de Marx al capitalismo.
En una carta a su antiguo camarada Friedrich Adolph Sorge, el propio Marx comentó que con Le Capital había “consumido tanto [de su] tiempo que no volvería a colaborar de ninguna manera en una traducción”. Eso es exactamente lo que sucedió. El esfuerzo y las molestias necesarios para producir la mejor versión francesa posible fueron realmente notables. Pero podemos decir que fueron bien recompensados. Le Capital ha tenido una circulación significativa, y los añadidos y cambios realizados por Marx, durante la revisión de su traducción, contribuyeron a la dimensión anticolonial y universal de El Capital que está siendo ampliamente reconocida hoy en día gracias a algunas de las más novedosas y perspicaces contribuciones en los estudios de Marx.

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Cuando Marx tradujo El Capital al francés

En febrero de 1867, después de más de dos décadas de trabajo hercúleo, Marx finalmente pudo darle a su amigo Friedrich Engels la tan esperada noticia de que había terminado la primera parte de su crítica a la economía política. Posteriormente, Marx viajó de Londres a Hamburgo para entregar el manuscrito del Volumen I (“El proceso de producción del capital”) de su magnum opus y, de acuerdo con su editor Otto Meissner, se decidió que El Capital se presentaría en tres partes. Rebosante de satisfacción, Marx escribió que la publicación de su libro era, “sin duda, el misil más terrible que se haya lanzado hasta ahora contra las cabezas de la burguesía”.

A pesar del largo trabajo de redacción antes de 1867, la estructura de El Capital se ampliaría considerablemente en los años siguientes, y el Volumen I también continuó absorbiendo energías significativas por parte de Marx, incluso después de su publicación. Uno de los ejemplos más evidentes de este compromiso fue la traducción francesa de El Capital publicada en 44 entregas entre 1872 y 1875. Este volumen no era una mera traducción, sino una versión ‘totalmente revisada por el autor’ en la que Marx también profundizó el apartado sobre el proceso de acumulación del capital, y desarrolló mejor sus ideas sobre la distinción entre ‘concentración’ y ‘centralización’ del capital.

La búsqueda de la versión definitiva del Volumen I

Tras algunas interrupciones debido a su mala salud, y de un período de intensa actividad política de la Asociación Internacional de Trabajadores, Marx se puso a trabajar en una nueva edición de El Capital, Volumen I, a principios de la década de 1870. Insatisfecho con la forma en que había expuesto la teoría del valor, pasó diciembre de 1871 y enero de 1872 reescribiendo lo que había publicado en 1867. En 1872 salió una reimpresión de Das Kapital que incluía los cambios efectuados por Marx. Ese año fue especialmente importante para la difusión de El Capital, ya que vio aparecer también las traducciones al ruso y al francés. Esta fue encomendada a Joseph Roy, que previamente había traducido algunos textos del filósofo alemán Ludwig Feuerbach, y apareció en entregas gracias al editor Maurice Lachâtre. La primera se publicó hace 150 años, el 17 de septiembre.

Marx estuvo de acuerdo en que sería bueno publicar una “edición popular barata”. “Aplaudo tu idea de publicar la traducción […] en entregas periódicas”, escribió. “De esta forma, el libro será más accesible a la clase trabajadora y para mí esa consideración supera cualquier otra”, argumentó con su editor. Consciente, sin embargo, de que había un ‘reverso’ de la moneda, anticipó que el ‘método de análisis’ que había usado ‘haría ardua para algunos la lectura de los primeros capítulos’, y que los lectores podrían ‘desanimarse’ si eran ‘incapaces de seguir adelante al comenzar’. No creía que pudiera hacer nada en relación con esta “desventaja”, “aparte de alertar y advertir a los lectores preocupados por la verdad. No existe un camino real hacia el aprendizaje y los únicos que tienen alguna posibilidad de alcanzar sus picos iluminados por el sol son aquellos que no temen agotarse mientras suben los empinados caminos ascendentes”.

Al final, Marx tuvo que dedicar mucho más tiempo a la traducción de lo que inicialmente había planeado para la corrección de las pruebas. Como escribió al economista ruso Nikolai Danielson, Roy “a menudo traducía demasiado literalmente” y le obligaba a “reescribir pasajes completos en francés, para hacerlos más aceptables al público francés”. A principios de ese mes, su hija Jenny le había dicho al amigo de la familia Ludwig Kugelmann que su padre estaba “obligado a hacer innumerables correcciones”, reescribiendo “no solo oraciones completas sino páginas enteras”. Posteriormente, Engels escribió en una línea similar a Kugelmann que la traducción francesa había resultado ser un “verdadero tormento” para Marx y que “más o menos tuvo que reescribir todo desde el principio”.

Además, al revisar la traducción, Marx decidió introducir algunas adiciones y modificaciones. En la posdata de Le Capital, no dudó en atribuirle “un valor científico independiente del original” y afirmó que la nueva versión “debería ser consultada incluso por lectores familiarizados con el libro en alemán”. El punto más interesante, especialmente por su valor político, se refiere a la tendencia histórica de la producción capitalista. Si en la edición anterior de El Capital Marx había escrito que “el país más desarrollado industrialmente se limita a mostrar a los menos desarrollados la imagen de su propio futuro”, en la versión francesa las palabras en cursiva fueron sustituidas por “a los que les síguen en el ascenso de la escala de la industrialización”. Esta aclaración limitó la tendencia del desarrollo capitalista exclusivamente a los países occidentales que ya estaban industrializados.

Ahora era plenamente consciente de que el esquema de progresión lineal a través de los “modos de producción asiático, antiguo, feudal y el moderno modo de producción burgués”, que había perfilado en el Prefacio a Una contribución a la crítica de la economía política, en 1859, era inadecuado para comprender el movimiento de la historia y que, en efecto, era aconsejable alejarse de cualquier filosofía de la historia. No vio el desarrollo histórico en términos de un progreso lineal inquebrantable hacia un fin predefinido. La concepción multilineal más pronunciada que Marx desarrolló en sus últimos años lo llevó a mirar aún más atentamente las especificidades históricas y la desigualdad del desarrollo político y económico en diferentes países y contextos sociales. Este enfoque ciertamente incrementó las dificultades a las que se enfrentó en el ya accidentado curso de completar el segundo y tercer volumen de El Capital. En la última década de su vida, Marx emprendió investigaciones exhaustivas de sociedades fuera de Europa y se expresó sin ambigüedades contra los estragos del colonialismo. Es un error sugerir lo contrario. Marx criticó a los pensadores que, al tiempo que destacaban las consecuencias destructivas del colonialismo, utilizaban categorías propias del contexto europeo en su análisis de las áreas periféricas del globo. Advirtió varias veces contra aquellos incapaces de observar las distinciones necesarias entre los fenómenos y, especialmente después de sus avances teóricos en la década de 1870, desconfiaba mucho a la hora de transferir categorías interpretativas a campos históricos o geográficos completamente diferentes. Todo esto es más claro gracias a Le Capital.

En una carta de 1878, en la que Marx sopesaba los aspectos positivos y negativos de la edición francesa, le escribió a Danielson que contenía “muchos cambios y adiciones importantes”, pero que “también se había visto obligado a veces -principalmente en el primer capítulo – a simplificar el asunto”. Engels era de esta opinión y no incluyó todos los cambios hechos por Marx en la cuarta edición alemana de El Capital que publicó en 1890, siete años después de la muerte de Marx. Marx no pudo terminar una revisión final de El Capital, Volumen I que incluyera las correcciones y añadidos con los que pretendía mejorar su libro. De hecho, ni la edición francesa de 1872-75, ni la tercera edición alemana –que se publicó en 1881–, pueden considerarse la versión definitiva que a Marx le hubiera gustado que fuera.

Marx a través de Le Capital

Le Capital tuvo una importancia considerable para la difusión de la obra de Marx en todo el mundo. Se utilizó para la traducción de muchos extractos a varios idiomas, el primero en inglés, por ejemplo. De manera más general, Le Capital representó la primera puerta de acceso a la obra de Marx para lectores de varios países. La primera traducción al italiano –publicada entre 1882 y 1884– se hizo directamente de la edición francesa, al igual que la traducción aparecida en Grecia, en 1927. En el caso del español, Le Capital permitió sacar algunas ediciones parciales y dos traducciones completas: una en Madrid, en 1967, y otra en Buenos Aires, en 1973. Dado que el francés era más conocido que el alemán, fue gracias a esta versión que la crítica de la economía política de Marx pudo llegar a muchos países de Hispanoamérica más rápidamente. Casi lo mismo ocurría con los países de habla portuguesa. En el mismo Portugal, El Capital circuló solo a través de la pequeña cantidad de copias disponibles en francés, hasta que apareció una versión abreviada en portugués poco antes de la caída de la dictadura de Salazar. En general, a los activistas políticos e investigadores tanto en Portugal como en Brasil les resultó más fácil acercarse a la obra de Marx a través de la traducción al francés que la original. Las pocas copias que llegaron a los países africanos de habla portuguesa también estaban en ese idioma.

El colonialismo también dio forma en parte a los mecanismos por los cuales El Capital estuvo disponible en el mundo árabe. Mientras que en Egipto e Irak fue el inglés el idioma que más se utilizó en la difusión de la cultura europea, la edición francesa desempeñó un papel más destacado en otros lugares, especialmente en Argelia, que en la década de 1960 fue un centro importante para facilitar la circulación de ideas marxistas en los “países no alineados”. La importancia de Le Capital se extendió también a Asia, como lo demuestra el hecho de que la primera traducción vietnamita del Volumen I, publicado entre 1959 y 1960, se realizó a partir de la edición francesa.

Esta, además de ser consultada a menudo por traductores de todo el mundo y ser cotejada con la edición de 1890 publicada por Engels, que se convirtió en la versión estándar de Das Kapital, la traducción francesa ha servido de base para traducciones completas de El Capital a ocho idiomas. Ciento cincuenta años después de su primera publicación, continúa siendo una fuente de debate estimulante entre académicos y activistas interesados ​​en la crítica de Marx al capitalismo.

En una carta a su antiguo camarada Friedrich Adolph Sorge, el propio Marx comentó que con Le Capital había “consumido tanto [de su] tiempo que no volvería a colaborar de ninguna manera en una traducción”. Eso es exactamente lo que sucedió. El esfuerzo y las molestias necesarios para producir la mejor versión francesa posible fueron realmente notables. Pero podemos decir que fueron bien recompensados. Le Capital ha tenido una circulación significativa, y los añadidos y cambios realizados por Marx, durante la revisión de su traducción, contribuyeron a la dimensión anticolonial y universal de El Capital que está siendo ampliamente reconocida hoy en día gracias a algunas de las más novedosas y perspicaces contribuciones en los estudios de Marx.

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Grundrisse | con Marcello Musto (Talk)

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El fin del gobierno italiano explicado por Karl Marx

Muy pocos saben que, entre los muchos temas a los que dedicó su interés, Karl Marx también se ocupó de la crítica a los llamados “gobiernos técnicos”. En calidad de periodista del York Tribune, uno de los diarios con mayor difusión de su tiempo, Marx observó los acontecimientos político-institucionales que llevaron al nacimiento de uno de los primeros casos de “gobierno técnico” de la historia: el gabinete Aberdeen –que estuvo en el gobierno de Inglaterra desde diciembre de 1852 hasta enero de 1855.

El análisis de Marx se caracterizó por la sagacidad y el sarcasmo. El Times celebró el acontecimiento como signo del ingreso de Inglaterra “a una época en la que el espíritu de partido está destinado a desaparecer y en la que solamente el genio, la experiencia, la laboriosidad y el patriotismo darán derecho al acceso a los cargos públicos”. El periódico londinense pidió para el gabinete Aberdeen el apoyo de los “hombres de todas las tendencias”, porque “sus principios exigen el consenso y el apoyo universales”. Argumentos similares se utilizaron en febrero de 2021, cuando Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo, se convirtió en primer ministro de Italia.

El coro de aprobación en torno a Draghi, exgobernador del Banco de Italia entre 2006 y 2011, y expresidente del Banco Central Europeo, entre 2011 y 2019, se asemeja al del Times en 1852. Todos los órganos de prensa conservadores y liberales, incluidos los de la izquierda moderada, se han unido en una cruzada contra los “irresponsables partidos políticos” y a favor del “salvador” Draghi.
En un artículo de 1853, Un gobierno decrépito. Perspectivas del gabinete de coalición, Marx se burló de la pretensión del Times de calificar de “técnicos” a los representantes del poder dominante que tenían una agenda eminentemente política. Lo que el principal periódico británico consideraba un modelo moderno y convincente era una farsa para él. Cuando el Times anunció “un ministerio compuesto enteramente por personajes nuevos, jóvenes y prometedores”, Marx declaró que “el mundo quedará un tanto estupefacto al enterarse de que la nueva era de la historia está a punto de ser inaugurada nada menos que por gastados y decrépitos octogenarios, burócratas que han venido participando en casi todos los gobiernos habidos y por haber desde fines del siglo pasado, asiduos de gabinete doblemente muertos, por edad y por usura, y sólo con artificio mantenidos con vida”.

Junto a los juicios sobre las personas hubo otros, de mayor interés, sobre sus políticas. Marx se preguntó: “Cuando nos promete la desaparición total de las luchas entre los partidos, incluso la desaparición de los partidos mismos, ¿qué quiere decir el Times?” La cuestión es, desgraciadamente, demasiado actual hoy en día. La separación entre lo “económico” y lo “político”, que diferencia al capitalismo de modos de producir que lo precedieron, parece haber llegado a su clímax. La economía no sólo domina la política, estableciendo su agenda y dando forma a sus decisiones, sino que se encuentra fuera de su jurisdicción y control democrático, hasta el punto de que un cambio de gobierno ya no cambia las direcciones de la política económica y social. Esas deben ser inmutables.

La traslación de la esfera política a la economía

En los últimos treinta años, el poder de decisión ha pasado de la esfera política a la económica. Determinadas opciones políticas se han transformado en imperativos económicos que disfrazan un proyecto altamente reaccionario tras una máscara ideológica apolítica. La traslación de una parte de la esfera política a la economía, como un ámbito separado e impermeable a las demandas sociales, y el paso del poder de los parlamentos –ya suficientemente vaciados de valor representativo por los sistemas electorales mayoritarios y por la revisión autoritaria de la relación entre poder ejecutivo y poder legislativo– a los mercados y a sus oligarquías constituyen serios obstáculos para la democracia en nuestro tiempo. Las calificaciones de Standard & Poor’s o las señales procedentes de Wall Street –esos enormes fetiches de la sociedad contemporánea– valen harto más que la voluntad popular. En el mejor de los casos, el poder político puede intervenir en la economía (a veces las clases dominantes lo necesitan para mitigar las destrucciones generadas por la anarquía del capitalismo y la violencia de sus crisis), pero sin que sea posible discutir las reglas de esa intervención, ni mucho menos las opciones de fondo.
Un representante destacado de esta política fue el exprimer ministro italiano Draghi, que durante 17 meses lideró una coalición muy amplia que incluía al Partido Democrático, a su viejo enemigo Silvio Berlusconi, a los populistas del Movimiento Cinco Estrellas y al partido de extrema derecha Liga Norte. Detrás de la fachada del término “gobierno técnico” –o como se dice del “gobierno de los mejores” o del “gobierno de todos los talentos”– se esconde la suspensión de la política. Este fenómeno no es nuevo en Italia. Desde el final de la Primera República, ha habido numerosos gobiernos con liderazgo “técnico” o sin representantes de partidos políticos. Entre ellos, el gobierno de Azeglio Ciampi, previamente gobernador del Banco de Italia durante quince años, de 1993 a 1994 (y posteriormente elegido para el cargo de Presidente de la República de 1999 a 2006); el gobierno de Lamberto Dini, antiguo director general del Banco de Italia, tras una larga carrera en el Fondo Monetario Internacional, en 1995-1996; y el gobierno de Mario Monti, excomisario europeo de Competencia con experiencia previa relevante en la Comisión Trilateral del Grupo Rockefeller, el comité directivo del Grupo Bilderberg y como asesor internacional de Goldman Sachs, de 2011 a 2013.

En los últimos años, se ha llegado a sostener que no se deben convocar nuevas elecciones tras una crisis política; la política debe ceder todo el control a la economía. En otro artículo de 1853, Operaciones de gobierno, Marx afirmó que “el gobierno de coalición (‘técnico’) representa la impotencia del poder político en un momento de transición”. Los gobiernos ya no discuten qué orientación económica tomar. Ahora las orientaciones económicas hacen nacer a los gobiernos.
En Europa se ha repetido el mantra neoliberal de que, para restablecer la “confianza” de los mercados, era necesario avanzar rápidamente por el camino de las “reformas estructurales”, una expresión que ahora se utiliza como sinónimo de devastación social, es decir: reducción de salarios, revisión de los derechos laborales en materia de contratación y despido, aumento de la edad de jubilación y privatizaciones a gran escala. Los nuevos “gobiernos técnicos”, encabezados por individuos con antecedentes en algunas de las instituciones económicas más responsables de la crisis económica, han seguido este camino, afirmando que lo hacen “por el bien del país” y “el bienestar de las generaciones futuras”. Además, el poder económico y los grandes medios de comunicación han intentado silenciar a cualquier voz disonante del coro.

Draghi ya no es el primer ministro italiano. Su mayoría ha implosionado debido a los diferentes intereses de los partidos que le apoyaban e Italia irá a elecciones anticipadas el 25 de septiembre. Si la izquierda no quiere desaparecer, debe tener el valor de proponer las respuestas radicales necesarias para salir de la crisis. Los últimos que pueden llevar adelante una agenda política ecológica y socialmente transformadora son los “técnicos” –en realidad muy políticos– como el banquero Mario Draghi. No se le echará de menos.

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Una reevaluación de los Cuadernos antropológicos de Marx

Entre diciembre de 1880 y junio de 1881, los intereses de estudio de Marx fueron absorbidos también por otra disciplina: la antropología. Marx comenzó a profundizar en ésta gracias al libro La sociedad antigua [1877], del antropólogo estadounidense Lewis Morgan (1818-1881), recibído, dos años después de su publicación, del etnógrafo ruso Maxim Kovaleivskij (1851-1916), quien lo había llevado consigo en un viaje de regreso desde Norteamérica.

La lectura de este texto, sobre el que Marx se concentró con particular atención – le impactó, sobre todo, la importancia que Morgan había atribuido a la producción y a los factores técnicos como precondición del desarrollo del progreso social -, se reveló determinante al punto de alentarlo a redactar un compendio de cien densas páginas. Éstas componen la parte principal de los denominados Cuadernos antropológicos. En su interior figuran también extractos de otros volúmenes: Java, o como administrar una colonia [1861], de James Money (1818-1890), abogado y experto conocedor de Indonesia; La aldea aria en la India y Ceilán [1880], de John Phear (1825-1905), presidente de la Corte Suprema de Sri Lanka; y Lecciones sobre la historia antigua de las instituciones [1875], del historiador Henry Maine (1822-1888), llegando a un total que comprendía más de cien hojas . Las comparaciones entre las teorías de estos autores, avanzadas por Marx en sus compendios, permiten suponer que la redacción de todo este material habría sido completada en un período relativamente breve y que, sobre esta base, estaría la voluntad de realizar un estudio exhaustivo de la materia.

En el curso de sus investigaciones precedentes, Marx había realizado ya un examen de las formas socio-económicas del pasado, a cuyo respecto desplegó numerosos comentarios en la primera parte del manuscrito La ideología alemana, en la larga sección titulada “Formas que preceden a la producción capitalista” , contenida en los Grundisse [1857-1858], y también en el primer volumen de El Capital. En 1879, mediante el estudio del libro de Kovalevkeij, La propiedad comunal de la tierra [1879], Marx había vuelto otra vez sobre este tema. Ello se convirtió, sin embargo, en materia de estudio profundo y actualizado tan sólo con la escritura de los Cuadernos antropológicos.

Las investigaciones que acompañaron su redacción fueron emprendidas con la meta precisa de acrecentar sus conocimientos acerca de períodos históricos, áreas geográficas y temáticas consideradas fundamentales para poder seguir con su proyecto de crítica de la economía política. Por añadidura, estas indagaciones permitieron a Marx adquirir información particularizada sobre las características sociales y las instituciones del pasado más remoto, que no estaban aún en su posesión cuando había redactado los manuscritos y obras en los años cincuenta y sesenta. Aquellas, finalmente, fueron actualizadas con las teorías de los más eminentes estudiosos del campo, contemporáneos a él.

Marx se dedicó a este estudio, muy dispuesto en términos de energía, en el mismo período en el que todavía ambicionaba con completar el segundo volumen de El Capital . No se ocupó de la antropología por mera curiosidad intelectual, aunque sí con una intención exquisitamente teórico política. Quería reconstruir, sobre la base de un correcto conocimiento histórico, la secuencia con la cual, verosímilmente, en el curso del tiempo, se habían sucedido los diferentes modos de producción. Ésta le servía también para dar fundamentos históricos más sólidos a la posible transformación de tipo comunista de la sociedad .

Persiguiendo este objetivo, en la escritura de los Cuadernos antropológicos, Marx redactó extensos resúmenes y anotaciones interesantes sobre la prehistoria, sobre el desarrollo de los vínculos familiares, sobre la condición de las mujeres, sobre el origen de las relaciones de propiedad, sobre las prácticas comunitarias existentes en las sociedades precapitalistas, sobre la formación y la naturaleza del poder estatal, sobre el rol del individuo e incluso otras cuestiones más actuales a su época como, por ejemplo, las connotaciones racistas de algunos antropólogos y los efectos del colonialismo.

Sobre el tema específico de la prehistoria y del desarrollo de los lazos familiares, Marx obtuvo así muchas indicaciones útiles del pensamiento de Morgan que, como señaló Henry Hyndman: “cuando [… las tesis expuestas en] La sociedad antigua demostr[aron a Marx], de modo convincente, que era la gens , y no la familia, la unidad social del antiguo sistema tribal y de la sociedad de los orígenes, [él] modificó inmediatamente su opinión anterior” .
Precisamente fueron las investigaciones antropológicas de Morgan sobre la estructura social de las poblaciones primitivas las que le permitieron superar los límites de las interpretaciones tradicionales respecto los sistemas de parentela; entre ellas, la que propusiera el historiador Barhold Niebuhr (1776-1831), en la Historia romana [1811-12].

Morgan había aclarado, sobre todo, y a contracorriente de todas las hipótesis precedentes, que se había cometido un gran error cuando se había sostenido que la gens fuese «posterior en el tiempo a la familia monógama» y que esta fuese el resultado de «un conglomerado de familias» . En sus estudios sobre la prehistoria de la humanidad y de las sociedades antiguas, él había arribado, luego, a una conclusión de gran interés para Marx. La familia patriarcal no era considerada como la unidad de base originaria de la sociedad, sino como una forma de organización social que apareció posteriormente y más reciente de lo que generalmente se tenía en cuenta. Aquella “era demasiado débil como como organización para hacer frente por sí sola a las vicisitudes de la vida”. Mucho más plausible era suponer la presencia de una forma como aquella adoptada por los aborígenes de América, la familia sindiásmica, “practicando el principio del comunismo en su modo de vivir” .

Marx criticó, en cambio, a Maine, con quien estaba en constante polémica en las páginas de sus resúmenes. En su libro, Lecciones sobre la historia antigua de las instituciones, él había concebido, “la familia privada [… como la] base de la que proceden el sept y el clan, etc.” . El desacuerdo de Marx con este intento de mover hacia atrás las agujas de la historia, transfiriendo la época victoriana a la prehistoria, lo llevó a afirmar que “EI señor Maine, como buen zoquete inglés, no parte de la gens sino del patriarca, que luego se convierte en jefe, etc. Estupideces” . En su confrontación, incrementó la crítica socarrona: “Maine, después de todo, no se puede quitar de la cabeza la familia privada inglesa” ; “Maine traslada su familia ‘patriarcal’ romana al mismo comienzo de las cosas” . Las demoliciones de Marx no se ahorran mucho para otro de los autores leídos, Phear, de quien dice: “El burro de él lo basa todo en la familia privada” .

En cuanto a Morgan, Marx encontró estimulantes también sus contrastaciones referidas al concepto de familia, desde el momento que en su “significado original” la palabra “familia” – familia contenía la misma raíz de famulus (siervo) – “no tenía relación con la pareja unirla en matrimonio o con sus hijos, sino con el conjunto de esclavos y servidores que trabajaban para su mantenimiento y se hallaban bajo la autoridad del paterfamilias” . Al respecto, Marx anotó:

La familia moderna encierra en germen no sólo el servitus (esclavitud) sino también la servidumbre, pues se halla ligada de antemano a servicios agrícolas. Es la miniatura de todos los antagonismos que se despliegan posteriormente en la sociedad y su Estado […] la familia monógama presupone siempre, para poder existir aislada autónomamente, una clase de servidores que originariamente en todas partes fueron directamente esclavos .

También en otro punto de sus resúmenes, añadiendo una consideración propia, Marx escribió que la acumulación de riqueza se halla “inevitablemente unido con la familia monógama, una vez que se da la propiedad privada de casas, tierras, rebaños” . De hecho, como se indicaba en El Manifiesto del partido comunista, ésta representaba el punto de partida de la historia como “historia de la lucha de clases” .

En El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado [1884], libro definido por su autor “la ejecución de un testamento” y que quería ser “un modesto sustituto de lo que [su] amigo” , no había podido llevar a término, Engels completó el análisis realizado por Marx, en los Cuadernos antropológicos, afirmando que la monogamia representaba el

Esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria. En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1848 por Marx y por mí, encuentro esta frase: “La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos” Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia (…) es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual podemos estudiar ya la naturaleza de las contradicciones y de los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad .

También Marx, por otro lado, había prestado gran atención a las consideraciones de Morgan sobre la paridad entre los sexos. Éstas afirman que las sociedades antiguas fueron más progresivas en cuanto al tratamiento y a los comportamientos hacia las mujeres. A propósito, Marx transcribió aquellas partes del libro de Morgan en las que había observado que, con los Griegos, “el cambio de la descendencia por línea femenina a la masculina [fue] perjudicial para la posición y derechos de la mujer y madre”. El antropólogo norteamericano había agregado que en la Antigua Grecia “predominó […] un principio, difícil de encontrar entre los salvajes, de egoísmo calculado por parte de los hombres, que tendía a menguar la estimación de la mujer”. Morgan evaluó negativamente el modelo social griego. Los Griegos “siguieron siendo bárbaros en el apogeo de su civilización en el tratamiento del sexo femenino; educación superficial de éste, [… y] su inferioridad le era inculcada como un principio, hasta el punto de que llegó a ser aceptada como un hecho por las mujeres mismas”. Pensando en contraste con los mitos del mundo clásico, Marx agregó un agudo comentario suyo: “la situación de las diosas del Olimpo muestra reminiscencias de una posición anterior de las mujeres. Más libre e influyente. La ansiosa de poder Juno, la diosa de la sabiduría que nace de la cabeza de Zeus, etc..” .

De la lectura de Morgan, Marx extrajo inspiración también sobre otro tema de importancia significativa: el origen de las relaciones de propiedad. El famoso antropólogo, de hecho, había establecido una relación de causalidad entre los distintos tipos de estructura de parentesco y las formas económico-sociales. Según Morgan, en la historia occidental las razones de la afirmación del sistema descriptivo,-es decir, aquel en el que los consanguíneos están descritos y la relación de parentesco de cada persona es más específica (los consanguíneos son “el hijo del padre, del hermano del padre, y del hijo del hermano del padre”)-, y de la decadencia, en cambio, del clasificatorio -en el que los consanguíneos están reagrupados en categorías sin el grado “de cercanía o lejanía del ego” sea tomado en consideración (“mis propios hermanos y los hijos de los hermanos de mi padre son todos hermanos míos por igual”)-, debían vincularse con el desarrollo de la propiedad y del Estado .

En el libro de Morgan, dividido en cuatro partes, aquella sobre el “Desarrollo de la idea de familia” (III) estaba puesta después de las secciones sobre el “Desarrollo de la inteligencia mediante inventos y descubrimientos (I)”, del “Desarrollo de la idea de gobierno” (II), y antes del “El desarrollo de la idea de propiedad.” (IV). Marx invirtió el orden de los temas: I. inventos, II. familia, III. propiedad y IV. gobierno, para así hacer más evidente las conexiones entre los dos últimos.

Morgan afirmó que, a propósito del “principio aristocrático”, a pesar de que “la riqueza y el rango”, se justificasen, desde hace millones de años, “sobre la justicia y la inteligencia”, había “pocas dudas caben respecto a […] las clases privilegiadas, […] no ha dejado de mostrar el carácter oneroso (burdensome) de su acción opresiva para la sociedad”.

En una de las páginas finales de La sociedad antigua, copiada casi por entero por Marx, dedicada a las consecuencias distorsionadas que la propiedad podía llegar a generar, se encuentran expresados algunos conceptos que lo impactaron profundamente:

Desde el comienzo de la civilización, el desarrollo de la propiedad ha sido tan gigantesco, sus formas tan diversamente articuladas, sus usos tan continuamente ampliados, y su administración (management) tan hábil para hacer valer los intereses de los propietarios, que se convertido para el pueblo en una fuerza incontrolable…La mente humana se siente desconcertada ante su propia creación. Llegará el día, sin embargo, en que el intelecto humano se eleve hasta dominar la propiedad, redefiniendo las relaciones entre el Estado y la propiedad, de la cual éste es el protector, así como de las obligaciones y limitaciones de los derechos de los propietarios. Los intereses de la sociedad preceden a los del individuos y el problema es establecer una relación justa y armónica entre estos dos. Morgan se negaba a creer que “el destino final del género humano” debiera ser el mero “afán de riquezas” y lanzó, en este sentido, una severa advertencia:

La disolución social amenaza claramente ser la terminación de una empresa de la cual la propiedad es el fin y la meta, pues dicha empresa contiene los elementos de su propia destrucción. La democracia, en el gobierno, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de derechos y privilegios y la educación universal anticipan el próximo plano más elevado de la sociedad, al cual la experiencia, el intelecto y el saber tienden firmemente. Será (un nivel superior de la sociedad) una resurrección, en forma más elevada, de la libertad, igualdad y fraternidad de las antiguas gentes .

La civilización “burguesa” no sería, por tanto, la última etapa de la humanidad, sino que representaba, también ésta, una época transitoria. Si ésta había surgido, al final de dos prolongadas épocas definidas (en los términos en boga en aquel tiempo, “estado salvaje” y “estado barbárico”), sucesivamente con la abolición de las formas comunitarias de organización social (implosionadas luego de la acumulación de propiedad y de riquezas), la aparición de las clases sociales y el Estado, entonces, la prehistoria y la historia estaban destinadas a encontrarse nuevamente .

Morgan consideró las sociedades antiguas muy democráticas y solidarias. En relación a la sociedad del presente, se limitó a una declaración optimisma acerca del progreso de la humanidad, sin invocar la necesidad de la lucha política. Marx, por su parte, no hipotetizó como solución la redención socialista del “mito del buen salvaje”. De hecho, nunca tuvo esperanzas en el regreso al pasado, sino, como había agregado copiando el libro de Morgan, auspiciaba, en cambio, el avenir de “un nivel superior de la sociedad” , basada en sobre una nueva forma de producción y un modo distinto de consumo. Ésta, además, no surgiría gracias a una evolución mecánica de la historia, sino tan sólo a través de la lucha consciente de las trabajadoras y los trabajadores.

De los textos de antropología Marx leyó, al final, todo lo relacionado al origen y las funciones del Estado. A través de los extractos de Morgan, recapituló el papel desarrollado por esta institución en la fase de transición de la barbarie a la civilización ; mientras, con los apuntes tomados del texto de Maine, se dedicó al análisis de las relaciones entre individuo y Estado . En continuidad con sus más significativas elaboraciones al respecto, desde De la crítica de la filosofía hegeliana del derecho público [1843] a La guerra civil en Francia [1871] , también en los Cuadernos antropológicos Marx representó al Estado como un poder de servidumbre social, una fuerza que impide la plena emancipación del individuo. En las notas redactadas en 1881, insistió sobre el carácter parasitario y transitorio del Estado y, refiriéndose a Maine, precisó:

Maine ignora algo mucho más profundo: que incluso la existencia, aparentemente suprema e independiente, del Estado, no es más que una apariencia, y que el Estado en todas sus formas es una excrecencia de la sociedad. Incluso su apariencia no se presenta hasta que la sociedad ha alcanzado un cierto grado de desarrollo y desaparece[rá] de nuevo en cuanto la sociedad llegue a un nivel hasta ahora inalcanzado.

Luego de la crítica hacia la institución política, Marx continuó con aquella hacia la condición de los hombres, en circunstancias históricamente dadas. Para Marx, de hecho, la formación de la sociedad civilizada, con la consiguiente transición de un régimen de la propiedad común a una individual, “genera una individualidad aún unilateral [¿así llega a destacarse unilateralmente la individualidad?]” .

Si la “verdadera naturaleza “del Estado” se muestra sólo cuando” viene analizado “el contenido [o sea] los intereses “del Estado”, esto muestra que estos “son comunes a ciertos grupos sociales, […son] intereses de clase”. Para Marx se trata de un “Estado que presupone “las clases””. Por tanto, la individualidad que existe en este tipo de sociedad “es una individualidad de clase”, que “se basan todos en última instancia, en condiciones económicas” .

En los Cuadernos antropológicos, Marx desarrolló no pocas observaciones respecto a otro tema, que le fuera sugerido por un lenguaje lleno de definiciones discriminatorias usado por aquellos que estaba estudiando: las connotaciones racistas utilizadas por los antropólogos . El rechazo de Marx hacia esa ideología fue categórico y sus comentarios contra los autores que se expresaron de ese modo fueron cáusticos. Cuando, por ejemplo, Maine usó epítetos discriminatorios, Marx comentó decisivamente: “Pero esto no tiene sentido!”. Recurrentes, más aún, fueron las expresiones del tipo: “¡que el diablo se lleve a esta jerga “aria”!”.

Finalmente, mediante los libros Java, o como administrar una colonia, de Money, y La villa aria en la India y Ceylan de Phear, Marx estudió los efectos negativos de la presencia europea en Asia. En lo que concierne al primer texto, Marx, para nada interesado en las opiniones políticas de su autor, encontró útiles, sin embargo, la información detallada relativa al comercio que la obra contenía . Una aproximación similar tuvo con el escrito de Phear, del cual privilegió los datos que éste reportó sobre el estado de Bengala en la India, ignorando las débiles construcciones teóricas.

Los autores leídos y compendiados por Marx en los Cuadernos antropológicos habían sido todos influenciados, aunque con matices distintos, por la concepción evolucionista imperante en el tiempo y algunos de ellos incluso eran convencidos sostenedores de la superioridad de la civilización burguesa. Un análisi de los Cuadernos antropológicos muestra, de manera evidente, que Marx no sufrió influencia alguna de parte de sus impostaciones ideológicas.
Las teorías del progreso, hegemónicas en el siglo diecinueve, muy difundidas también entre antropólogos y etnólogos, postulaban que el curso de los eventos seguiría a un recorrido ya dado, debido a factores externos a la acción humana, que procedería en estadios sucesivos concatenados entre ellos, y que tenía como única e igual meta el mundo capitalista.

En el lapso de pocos años, con la llegada de la Segunda Internacional, también entre las filas del movimiento obrero tomó cuerpo la ingenua convicción del progreso automático de la historia. La única variante respecto de la versión burguesa fue la previsión de una última etapa que vendría seguida luego del “colapso” del sistema capitalista, automáticamente destinado al ocaso: el advenimiento del socialismo (¡por añadidura, a continuación, definido como “marxista”!) . Este análisis, más allá de ser epistemológicamente errado, produjo una suerte de pasividad fatalista, que se transformó en un factor de estabilidad para el orden existente y en debilitamiento para la acción social y política del proletariado.

Dicha posición considerada por varios “científica”, ponía en común aquella ya afirmada de origen burgués y la otra que comenzaba a emerger también en el frente socialista, Marx supo oponerse sin ceder a las sirenas que anunciaban el curso inequívoco de la historia conservando su enfoque característico: complejo, versátil y multiforme.

Si, en presencia de tantos oráculos darwinistas, Marx pareció ser un autor incierto y vacilante , por el contrario, supo huir de la trampa del determinismo económico en la que cayeron, en cambio, muchos de sus seguidores y de sus presuntos continuadores, a quienes se les imputó una de las peores caracterizaciones del “marxismo”, más allá de la sideral distancia de los propósitos respecto a los cuales consideraban inspirarse.

En los manuscritos, en los cuadernos de apuntes, en las cartas dirigidas a los compañeros y a los militantes que estaban en contacto con él, y además en las intervenciones públicas, que eran definitivamente pocas a causa de tantos dramas familiares y el ocaso de sus fuerzas físicas, Marx continuó su investigación para reconstruir la compleja historia del pasaje de las formas de las sociedades antiguas al capitalismo .

De las investigaciones realizadas sobre los textos de antropología que leyó y sintetizó, sacó la conclusión de que el progreso humano había procedido más rápidamente en las épocas en las que se habían ampliado las fuentes de subsitencia, comenzando con el nacimiento de la agricultura. Hizo acopio de las informaciones históricas y de los datos recogidos, pero no compartió los rígidos esquemas sobre la ineluctable sucesión de determinados estadíos de la historia humana.

Rechazó las rígidas representaciones que vinculaban los cambios sociales solamente a las transformaciones económicas. Marx defendió, en cambio, la especificidad de las condiciones históricas, las múltiples posibilidades que el curso del tiempo ofrecía y la centralidad de la intervención humana por modificar la existencia y marcar el cambio . Fueron éstas las características sobresalientes de la elaboración teórica del último Marx.

 

Bibliografia
MUSTO, MARCELLO (2016), L’ultimo Marx, 1881-1883. Saggio di biografia intellettuale, Roma: Donzelli, 2016.
MUSTO, MARCELLO (Ed. 2018), Biografia intellettuale e politica 1857-1883, Torino: Einaudi, 2018.
MUSTO, MARCELLO (Ed. 2018), Los Grundrisse de Karl Marx. Fundamentos de la crítica de la economía política 150 años después, Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 2018.
MUSTO, MARCELLO (2019), “Introduction: The Unfinished Critique of Capital”, in Marcello Musto (Ed.), Marx’s Capital after 150 Years: Critique and Alternative to Capitalism, London-New York: Routledge, 2019, pp. 1-35.
MUSTO, MARCELLO (2020), Karl Marx, 1881-1883. El último viaje del Moro, México, D.F.: Siglo XXI, 2020
MUSTO, MARCELLO (2020), “New Profiles of Marx after the Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA²)”, Contemporary Sociology, vol. 49 (2020), n. 4: 407-419.
MUSTO, MARCELLO (2020), “Communism”, in Marcello Musto (Ed.), The Marx Revival: Key Concepts and New Critical Interpretations, Cambridge: Cambridge University Press, 2020, pp. 24-50.

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Salvador Medina Ramírez, Río Arriba

Gheorghe Stoica menciona que en la Rumania comunista de Nicolae Ceausescu las directrices del partido demandaban que toda obra cultural mencionase primero la obra del líder antes que la de Marx, Engels y Lenin. De hecho, el estudio de la obra de Marx era muy escaso durante esa época, y a partir de la caída de Ceausescu prácticamente desapareció. “[E]l olvido profundo de Ceausescu y la expiación del neoliberalismo comparten un sorprendente hecho absurdo: en ninguno de los dos periodos se lee a Marx”. [1]

Esta terrible situación no es única a Rumania; la obra de Marx suele ser mal interpretada, a lo menos, o de plano manipulada por distintos espectros políticos: desde el estalinismo que establecía su propia interpretación monolítica del marxismo hasta la mala caricaturización que hacen liberales y autores de derecha de su obra en todo el mundo con el fin de desprestigiar o suplantar al marxismo. El resultado es que todos hablen de Marx sin conocerlo, sin leer ni estudiar su obra. El ejemplo de Thomas Pikkety es sorprendente, que titula su obra más conocida, El Capital en el siglo XXI, como reminiscencia del El Capital de Marx, sin siquiera haberlo leído. (New Republic, 5/5/2014).

Habría que aclarar primero que Marx fue muy prolífico. Desde su juventud hasta su fallecimiento escribió reportajes periodísticos, correspondencia, obras, y muchos materiales aún inéditos. Dejó asentadas sus reflexiones y la evolución de su teoría. En buena medida, la falta de conocimiento de toda la obra de Marx se debe a su escasa difusión en otros idiomas, incluyendo traducciones parciales, malas o poco accesibles.

Entre todos los materiales escritos por Marx, destacan los Fundamentos de la crítica de la economía política, mejor conocidos como Grundrisse (palabra alemana que designa esbozo o planos). Estos consisten en ocho cuadernos, escritos entre 1857-1858, donde Marx trata una gran cantidad de temas —algunos retomados en El Capital (en 1867)— por lo que se suele mencionar, erradamente, que estos cuadernillos fueron solamente el borrador de su magna obra.

La difusión de los mismos fue tardía debido a la negligencia y descuido del que fueron objeto los manuscritos originales. Estos fueron publicados por completo hasta 1939, en alemán, en medio de la Segunda Guerra Mundial, por lo que fueron poco difundidos. Fue hasta su reimpresión en 1953 que comenzarían a difundirse y a traducirse gradualmente, alcanzando 22 ediciones en diferentes idiomas. Su difusión inauguró nuevas interpretaciones del marxismo, enfrentando a las existentes hasta la década de 1960, pues es el primer gran análisis de la economía política donde expuso su método crítico de estudio y la complejidad del su pensamiento. También realizó una gran variedad de análisis que no desarrolla posteriormente, pero que permiten el surgimiento de nuevas avenidas interpretativas. Un ejemplo de ellas es la de John Bellamy Foster, quien por medio de estas notas ofrece una crítica marxista al impacto ecológico generado por el capitalismo. Incluso, Negri [2] menciona que en los Grundrisse puede detectarse el núcleo dinámico del pensamiento de Marx, tanto en su lógica histórica, como en su proyecto revolucionario. Por ello, tienen un gran valor para el estudio del autor, el enriquecimiento del marxismo y de su proyecto político.

Para conmemorar el 150 aniversario de estas notas, Marcello Musto editó y compiló una serie de textos en 2008 bajo el título Los Grundrisse de Karl Marx. Fundamentos de la crítica de la economía política 150 años después, traducido al español en 2018. El libro, en su versión original en inglés, se divide en tres partes, con escritos de 31 autores de distintas nacionalidades, incluyendo un prólogo del historiador británico Eric Hobsbawm.

La parte inicial, titulada Interpretaciones críticas de los Grundrisse, consta de ocho capítulos que tratan las interpretaciones de conceptos clave desarrollados a partir de esta obra. Sobre el método de producción de los Grundrisse escribe el mismo Marcelo Musto; sobre el concepto valor escribe Christoph Lieber; Terrel Craver desarrolla una discusión sobre la alienación; sobre el plusvalor escribe Enrique Dussel; Ellen Meikisins desarrolla una discusión sobre las formas de producción precapitalistas, enfatizando que para Marx los procesos históricos no están determinados; John Bellamy Foster escribe sobre las contradicciones ecológicas del capitalismo; Iring Fetshcer desarrolla la emancipación en una sociedad comunista; y Moishe Postpone realiza una reflexión entre las similitudes y diferencias de El Capital y los Grundrisse. Así, esta primera parte muestra la gran riqueza teórica de los Grundrisse para la discusión crítica.

La segunda parte del libro es de carácter histórico. En tres capítulos, busca contextualizar los Grundrisse históricamente. Específicamente, el primer capítulo, escrita por Musto, recrea la vida de Marx en este momento. Mientras los siguientes dos capítulos escritos por Michael R. Krätke, se enfocan en su trabajo periodístico y resalta cómo la crisis económica mundial de 1857-1958, la primera de su tipo, fue el impulso clave en la escritura de los Grundrisse, pues sin la escritura de los manuscritos referente a esta crisis probablemente jamás se hubieran desarrollado los primeros.

La tercera parte trata sobre la recepción de los Grundrisse en diferentes partes del mundo. Este es un trabajo monumental y colaborativo; con 12 capítulos y 11 autores, da cuenta de todas las traducciones que se han realizado y las discusiones teóricas que se desarrollaron en distintas naciones. Esto muestra el impacto que han tenido en el mundo después de más de 100 años de su escritura: traducidos a 32 idiomas e impresos al menos medio millón de ejemplares, constituyendo una gran difusión tomando en cuenta su carácter de estudios personales de Marx. Los Grundrisse tuvieron una buena recepción en Europa en la década de 1970, como parte de las revueltas estudiantiles, mientras que en el bloque soviético no sucedió lo mismo debido a las líneas de interpretación oficial del marxismo.

La edición en español, sobre la cual trata esta reseña, tiene dos capítulos adicionales desarrollados por Musto. Resultan una gran contribución para comprender los Grundrisse, conforme la tradición del mismo Marx de agregar material adicional en las traducciones de El Capital. El primer material extra es una introducción sobre el proceso que siguió Marx para escribirlos, una adición de un texto publicado originalmente en italiano. Mientras el segundo material se trata de un texto inédito, que trata sobre la vida de Marx y el enorme esfuerzo físico y mental, debido a las penurias económicas y de salud por las que pasaba, que realizó para escribir el libro primero de El Capital.

Ahora bien, un tema fundamental que resaltar tanto de los Grundrisse como de la publicación de Musto son los lentos ritmos de su traducción y difusión en español. [3] Los primeros tardaron casi 20 años en ser traducidos al español, mientras la obra de Musto tardó diez años. De acuerdo con Pedro Ribas y Rafael Pla León (capítulo 19) la primera traducción completa de los Grundrisse fue en 1971, en Cuba, basada en la versión francesa de dos años antes que fue poco conocida fuera de la isla. Le siguió la Argentina de Siglo XXI (1971-1976) basada en la publicación alemana de 1953 y rusa de 1968-1969. Teniendo otras tres traducciones en los siguientes años (Alberto Corazón en 1972, Crítica en 1997 y Fondo de Cultura Económica en 1985). Sin embargo, no profundizan en el debate que se generó en ninguno de los países, a diferencia de la sección dedicada a Alemania y a Francia.

Esto probablemente se deba a que realmente hubo un escaso debate. Por ejemplo, en México, posterior a la década de 1970, los temas más discutidos en el marxismo en México tenían que ver con Gramsci, Althusser, la transición de México al capitalismo y la teoría de la dependencia, así como las líneas ortodoxas marxistas. [4] Destaca por ejemplo la obra de Enrique Dussel [5] por ser el primer texto en español dedicado a su estudio a detalle, así como uno de los pocos a nivel internacional.

En el caso de la obra de Musto, que originalmente fue publicada en inglés en 2008, por la editorial Routledge, la traducción llegó diez años después, gracias a la iniciativa de la Universidad Nacional de Colombia y al Fondo de Cultura Económica, aprovechando el marco de la conmemoración de los 150 años de El Capital en 2017 y los 200 años del nacimiento de Marx en 2018.

De esta última, los tiempos pueden ser tomados como un mal menor, debido a las contribuciones adicionales contenidos en la traducción al español. Sin embargo, en un momento en que tanto las posibilidades técnicas y las capacidades humanas lo permiten, así como la urgencia que hay para la renovación de marxismo en América Latina y España, y por su puesto en el mundo, es fundamental recuperar el estudio de Marx. Esto nos permitirá superar los dogmatismos y su caricaturización del marxismo, y comprender críticamente las crisis del capitalismo actual en aras de hacerle frente.

Finalmente, tomando en cuenta las grandes desigualdades económicas en la región, no es posible que todos accedan a las versiones en otros idiomas o puedan comprenderlas por la barrera del idioma. Habrá así que encontrar la manera de traducir otras obras clave al español y en ediciones accesibles. [6] La difusión del conocimiento es necesario para el avance y emancipación de la humanidad.

[1] Musto, Marcello. (ed.) (2018 [2008]). Los Grundrisse de Karl Marx. Fundamentos de la Crítica de la Economía Política 150 años después. Bogotá: Fondo de Cultura Económica (FCE), Universidad Nacional de Colombia.

[2] Negri, Antonio. (2014). “Review of Karl Marx’s Grundrisse: Foundations of the Critique of Critical Economy 150 Years Later”. Rethinking Marxism. Pags 427-433. https://doi.org/10.1080/08935696.2014.917848

[3] Una difusión y traducción rápida, si se compara con la traducción portuguesa de los Grundrisse se realizaría hasta 2011.

[4] Illiades, Carlos (2018). El marxismo en México. Una historia Intelectual. México: Taurus.

[5] Dussel, Enirque (1985). La producción teórica de Marx. Un comentario a los Grundrisse, México: S.XXI.

[6] Por citar un ejemplo, no existe una traducción completa de los Manuscritos de 1863-1865 de Marx, como asienta Carlos Herrera y Fabiola Flores (2017).

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El desmantelamiento de la OTAN es un requisito fundamental de la democracia

La guerra en Ucrania comenzo hace cuatro meses. Segun la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, ya ha causado la muerte de mas de 4.500 civiles y ha obligado a casi cinco millones de personas a abandonar sus hogares y convertirse en refugiados. Estas cifras no incluyen las muertes de militares -al menos 10.000 ucranianos y probablemente mas en el lado ruso- ni los muchos millones de personas desplazadas dentro de Ucrania. La invasion a Ucrania ha provocado la destruccion masiva de ciudades e infraestructuras civiles que tardaran generaciones en reconstruirse, asf como importantes crimenes de guerra, como los cometidos durante el asedio de Mariupol, perpetrados por las tropas rusas.
Con el objetivo de hacer un repaso de lo sucedido desde el inicio de la guerra, reflexionar sobre el papel de la OTAN y plantear posibles escenarios futuros, he llevado a cabo una mesa redonda con tres estudiosos de la tradicion marxista reconocidos internacionalmente: Etienne Balibar (EB), Silvia Federici (SF) y Michael Lowy (ML).

Marcello Musto (MM): La invasion rusa de Ucrania ha devuelto a Europa la brutalidad de la guerra y ha situado al mundo frente al dilema de como responder al ataque a la soberama ucraniana.

ML: Esta brutal invasion de Ucrania, con su serie de bombardeos de ciudades, con miles de vfctimas civiles, entre ellas ancianos y ninos, no tiene ninguna justificacion.

EB: La guerra que tiene lugar ante nuestros ojos es “total”. Es una guerra de destruccion y de terror llevada a cabo por el ejercito de un pais vecino mas poderoso, cuyo gobierno quiere enrolarlo en una aventura imperialista sin vuelta atras. El imperativo urgente e inmediato es que la resistencia de los ucranianos se mantenga, y que para ello sea y se sienta realmente apoyada por acciones y no por simples sentimientos. “Esperar a ver que pasa” no es una opcion.

MM: Junto a la justificada resistencia ucraniana, esta la cuestion igualmente critica del modo en que Europa puede evitar ser considerada una parte activa en la guerra y en su lugar contribuir, en la medida de lo posible, a una iniciativa diplomatica para poner fin al conflicto armado. De ahf la exigencia de una parte importante de la opinion publica -a pesar de la retorica belicosa de los ultimos cuatro meses- de que Europa no participe en la guerra. Se trata, en primer lugar, de evitar aun mas sufrimiento a la poblacion ucraniana. Porque el peligro es que, ya martirizada por el ejercito ruso, la nacion se convierta en un campamento militar que reciba armas de la OTAN y libre una prolongada guerra en nombre de quienes en Washington esperan un debilitamiento permanente de Rusia. Si esto ocurriera, el conflicto ina mas alla de la plena y legftima defensa de la soberama ucraniana. Los que denunciaron la peligrosa espiral de guerra que seguiria a los envfos de armas pesadas a Ucrania por supuesto no desean abandonar a su poblacion al podeno militar de Rusia. El “no alineamiento” no significa neutralidad o equidistancia, como han sugerido diversas caricaturas determinantes. Es una alternativa diplomatica concreta. Esto implica sopesar cuidadosamente cualquier accion en funcion de si favorece al objetivo clave en la situacion actual: es decir, abrir negociaciones crefbles para restablecer la paz.

SF: No hay ningun dilema. Hay que condenar la guerra de Rusia contra Ucrania. Nada puede justificar la destruccion de ciudades, la matanza de inocentes, el terror en el que se ven obligados a vivir miles de personas. En este acto de agresion se ha violado mucho mas que la soberama. Sin embargo, tambien debemos condenar las numerosas maniobras con las que EE. UU. y la OTAN han contribuido a fomentar esta guerra, y la decision de EE. UU. y la UE de enviar armas a Ucrania, lo que prolongara la guerra indefinidamente. El envfo de armas es especialmente censurable si se tiene en cuenta que la invasion rusa podna haberse detenido si EE. UU. hubiera dado a Rusia la garantia de que la OTAN no se extendena hasta sus fronteras.

MM: Desde el comienzo de la guerra, uno de los principales puntos de discusion ha sido el tipo de ayuda que se debfa proporcionar a los ucranianos para que se defendieran de la agresion rusa, pero sin generar las condiciones que llevanan a una destruccion aun mayor en Ucrania y a una expansion del conflicto a nivel internacional. Entre las cuestiones controvertidas estaba la conveniencia de enviar armas al Gobierno ucraniano. ^Cuales son, en su opinion, las decisiones que hay que tomar para garantizar el menor numero de vfctimas en Ucrania y evitar una mayor escalada?

ML: Se pueden hacer muchas criticas a la Ucrania actual: la falta de democracia, la opresion de la minoria rusoparlante, el “occidentalismo” y muchas otras. Pero no se puede negar al pueblo ucraniano su derecho a defenderse de la invasion rusa de su territorio en un brutal y criminal desprecio del derecho de las naciones a la autodeterminacion

EB: Yo diria que la guerra de los ucranianos contra la invasion rusa es una “guerra justa”, en el sentido amplio del termino. Soy muy consciente de que se trata de una consideracion cuestionable, y de que su larga historia en Occidente no ha estado exenta de manipulaciones e hipocresias, o de ilusiones desastrosas, pero no veo otro termino adecuado. Por lo tanto, me lo apropio especificando que una guerra “justa” es aquella en la que no basta con reconocer la legitimidad de los que se defienden de la agresion -el criterio del derecho internacional-, sino que es necesario comprometerse con su bando. Y que es una guerra en la que incluso aquellos, como yo, para quienes toda guerra -o toda guerra hoy, en el estado actual del mundo- es inaceptable o desastrosa, no tienen la opcion de permanecer pasivos. Porque la consecuencia de ello seria aun peor. Por lo tanto, no me siento entusiasmado, pero elijo: contra Putin. No empecemos a jugar de nuevo a la “no intervencion”. De todos modos, la UE ya esta involucrada en la guerra. Aunque no envie tropas, esta entregando armas, y creo que es correcto que lo haga. Es una forma de intervencion.

MM: Entiendo el espiritu de una parte de estas observaciones, pero yo me centraria mas en la necesidad de evitar una conflagracion general y, por lo tanto, en la necesidad urgente de alcanzar un acuerdo de paz. Cuanto mas tiempo pase, mayores seran los riesgos de una nueva expansion de la guerra. Nadie esta pensando en mirar hacia otro lado e ignorar lo que esta ocurriendo en Ucrania. Pero tenemos que darnos cuenta de que cuando esta implicada una potencia nuclear como Rusia, sin ningun movimiento de paz importante activo alli, es ilusorio pensar que se puede “ganar” la guerra contra Putin. El 9 de mayo Estados Unidos aprobo la Ley de Prestamo de Defensa de la Democracia de Ucrania: un paquete de mas de 40.000 millones de dolares en ayuda militar y financiera a Ucrania. Es una suma descomunal, y parece disenada para financiar una guerra prolongada. Los suministros de armamento cada vez mayores y Estados Unidos y la OTAN animan a Zelenski a seguir aplazando las tan necesarias conversaciones con el Gobierno ruso. Ademas, dado que las armas enviadas en muchas guerras en el pasado han sido utilizadas posteriormente por otros para fines diferentes, parece razonable preguntarse si estos envios solo serviran para expulsar a las fuerzas rusas del territorio ucraniano.

SF: Creo que la mejor medida seria que Estados Unidos y la UE dieran a Rusia la garantia de que Ucrania no entrara en la OTAN. Por desgracia no hay interes en buscar una

solucion. Muchos en la estructura de poder militar y politico de EE. UU. han estado defendiendo y preparando una confrontacion con Rusia durante anos. Y la guerra se utiliza ahora convenientemente para justificar un enorme aumento de la extraccion de petroleo y dejar de lado toda preocupacion por el calentamiento global. Tambien estamos asistiendo a una transferencia de miles de millones de dolares al complejo industrial militar de Estados Unidos. La paz no llegara con una escalada de los combates.

MM: Hablemos de las reacciones de la izquierda ante la invasion rusa. Algunas organizaciones, aunque solo una pequena minoria, cometieron un gran error politico al negarse a condenar claramente la “operacion militar especial” de Rusia, un error que, aparte de todo lo demas, hara que cualquier denuncia de futuros actos de agresion por parte de la OTAN, u otros, parezca menos crefble. Refleja una vision ideologicamente cegada que es incapaz de concebir la polftica de otra manera que no sea unidimensional, como si todas las cuestiones geopolfticas tuvieran que ser evaluadas unicamente en terminos de intentar debilitar a Estados Unidos. Al mismo tiempo, demasiados miembros de la izquierda han cedido a la tentacion de convertirse, directa o indirectamente, en cobeligerantes en esta guerra. Creo que, cuando no se oponen a la guerra, las fuerzas progresistas pierden una parte esencial de su razon de ser y acaban tragandose la ideologfa del campo contrario.

ML: Desafortunadamente, en America Latina, importantes fuerzas de la izquierda, y gobiernos como el venezolano, se han puesto del lado de Putin, o se han limitado a una especie de postura “neutral” -como Lula, el lfder del Partido de los Trabajadores en
Brasil-. La eleccion para la izquierda es entre el derecho de los pueblos a la autodeterminacion -como sostema Lenin- y el derecho de los imperios a invadir e intentar anexionarse otros pafses. No se pueden tener las dos cosas porque son opciones irreconciliables.

SF: En EE. UU., portavoces de movimientos a favor de la justicia social y organizaciones feministas como Code Pink han condenado la agresion rusa. Sin embargo, se ha observado que la defensa de la democracia por parte de EE. UU. y de la OTAN es bastante selectiva, teniendo en cuenta el historial de la OTAN y de EE. UU. en Afganistan, Yemen y las operaciones de Africom en el Sahel. Ciertamente es una pena que la izquierda institucional -empezando por Ocasio-Cortez- haya apoyado el envfo de armas a Ucrania. Tambien me gustana que los medios de comunicacion radicales fueran mas inquisitivos respecto a lo que nos cuentan a nivel institucional. Por ejemplo, ^por que “Africa se muere de hambre” por la guerra de Ucrania? ^Que polfticas internacionales han hecho que los pafses africanos dependan de los cereales ucranianos? ^Por que no se menciona el acaparamiento masivo de tierras a manos de empresas internacionales, lo que ha llevado a muchos a hablar de una “nueva lucha por Africa”?

MM: A pesar del aumento del apoyo a la OTAN tras la invasion rusa de Ucrania – demostrado por la peticion formal de Finlandia y Suecia de unirse a esta organizacion¬es necesario trabajar mas para que la opinion publica no vea la mayor y mas agresiva maquina de guerra del mundo (la OTAN) como la solucion a los problemas de seguridad global. En esta historia, la OTAN ha demostrado una vez mas ser una organizacion peligrosa que, en su afan de expansion y de dominacion unipolar, sirve para alimentar las tensiones que conducen a la guerra en el mundo. Sin embargo, hay algo paradojico. Casi cuatro meses despues del inicio de esta guerra podemos afirmar con toda seguridad que Putin no solo se equivoco en su estrategia militar, sino que acabo fortaleciendo -incluso desde el punto de vista del consenso internacional- al enemigo cuya esfera de influencia queria limitar: la OTAN.

ML: La OTAN es un monstruo polftico-militar generado por la Guerra Fria y su desmantelamiento es un requisito fundamental de la democracia. Desgraciadamente, la criminal invasion rusa de Ucrania ha resucitado a la OTAN. Suecia y Finlandia han decidido ahora unirse a ella. Hay un gran numero de tropas estadounidenses desplegadas en Europa. Alemania, que hace dos anos se negaba a ampliar su presupuesto militar a pesar de la brutal presion de Trump, recientemente ha decidido invertir 100.000 millones de euros en rearme. Putin ha salvado a la OTAN de su lento declive, quiza de su desaparicion.

SF: Es preocupante que la guerra de Rusia contra Ucrania haya provocado una gran amnesia acerca del expansionismo de la OTAN y el apoyo a la polftica imperialista de la UE y EE. UU. Los ejemplos del desprecio total y constitucional de la OTAN hacia la democracia que ahora pretende defender son demasiados para contarlos. No creo que la OTAN estuviera moribunda antes de la invasion rusa de Ucrania. Su marcha por Europa del Este y su presencia en Africa demuestran lo contrario.

MM: Esta amnesia parece haber afectado a muchas fuerzas de la izquierda en el gobierno. Revirtiendo sus principios historicos, la mayona parlamentaria de la Alianza de la Izquierda en Finlandia voto recientemente a favor de la adhesion a la OTAN. Esta conducta polftica subordinada ha castigado a los partidos de izquierda muchas veces en el pasado, incluso en las urnas, en cuanto ha surgido la ocasion.

EB: Cuanto mas asciende la OTAN como sistema de seguridad, mas decae la ONU. En Kosovo, Libia y, sobre todo en 2013, en Irak, el objetivo de Estados Unidos y de la OTAN a su paso era degradar la capacidad de mediar, regular e impartir justicia internacional de la ONU.

MM: Terminemos con lo que ustedes creen que sera el curso de la guerra y cuales son los posibles escenarios futuros.

EB: No se puede ser mas que extremadamente pesimista sobre los acontecimientos que se avecinan. Yo mismo lo soy y creo que las posibilidades de evitar el desastre son muy remotas. Hay al menos tres razones para pensar asL En primer lugar, es probable que se produzca una escalada, sobre todo si la resistencia a la invasion consigue mantenerse; y no puede detenerse en las armas “convencionales”, cuya frontera con las “armas de destruccion masiva” se ha vuelto muy difusa. En segundo lugar, si la guerra termina con un “resultado”, sera desastrosa en cualquier caso. Por supuesto, sera desastroso si Putin logra sus objetivos aplastando al pueblo ucraniano y a traves del estimulo que esto supone para empresas similares; o tambien si se ve obligado a detenerse y retirarse, con un retorno a la polftica de bloques en la que entonces el mundo quedara congelado. Cualquiera de estos resultados provocara un estallido de nacionalismo y odio que durara mucho tiempo. En tercer lugar, la guerra y sus secuelas frenan la movilizacion del planeta contra la catastrofe climatica; de hecho, contribuyen a precipitarla

SF: Yo tambien soy pesimista. Estados Unidos y otros pa^ses de la OTAN no tienen ninguna intencion de asegurar a Rusia que la OTAN no extendera su alcance hasta las fronteras de Rusia. Por lo tanto, la guerra continuara con consecuencias desastrosas para Ucrania, Rusia y mas alla. En los proximos meses veremos como se veran afectados otros pa^ses europeos. No puedo imaginar otros escenarios futuros que no sean la extension del estado de guerra permanente que ya es una realidad en tantas partes del mundo y, una vez mas, el desvfo de recursos muy necesarios para apoyar la reproduccion social hacia fines destructivos.

MM: Yo tambien tengo la sensacion de que la guerra no se detendra pronto. Una paz “imperfecta” pero inmediata sin duda seria preferible a la prolongacion de las hostilidades, pero demasiadas fuerzas sobre el terreno estan trabajando para que el desenlace sea distinto. Cada vez que un jefe de Estado declara que “apoyaremos a Ucrania hasta que salga victoriosa”, la perspectiva de las negociaciones se aleja aun mas. Sin embargo, creo que es mas probable que nos dirijamos a una continuacion indefinida de la guerra, con las tropas rusas enfrentandose a un ejercito ucraniano reabastecido y apoyado indirectamente por la OTAN. La izquierda debena luchar energicamente por una solucion diplomatica y contra el aumento del gasto militar, cuyo coste recaera sobre el mundo laboral y provocara una nueva crisis economica y social. Si esto es lo que va a ocurrir, los partidos que saldran ganando son los de extrema derecha que hoy en dfa estan dejando su impronta en el debate politico europeo.

ML: Para proponer un objetivo mas ambicioso, en terminos positivos, dina que deberiamos imaginar otra Europa y otra Rusia, libres de sus oligarqmas parasitarias capitalistas. La maxima de Jaures “el capitalismo lleva a la guerra como la nube a la tormenta” esta mas vigente que nunca. Solo en otra Europa, desde el Atlantico hasta los Urales -postcapitalista, social y ecologica- se puede asegurar la paz y la justicia. ^Es este escenario posible? Depende de cada uno de nosotros.

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Francisco T. Sobrino, Herramienta. Revista de Debate y Crítica Marxista

El escritor argentino Luis Franco, definió a Karl Marx como “el hombre que sacó la filosofía de las academias y la puso en los puños del mundo”. En otras palabras, Marcello Musto afirma que “pocos hombres han conmovido al mundo como lo hizo Marx”, y que su pensamiento inspiró los programas y estatutos de todas las organizaciones políticas y sindicales del movimiento obrero en casi todo el mundo. Sin embargo, para el autor, ya en el siglo XIX habían surgido intentos para convertir sus teorías en una ideología rígida y dogmática. Lo que ayudó a consolidar esta transformación de las teorías de Marx fueron las formas en que sus ideas llegaron al público lector, debido a la reducida impresión de sus principales obras, y a las consiguientes difusión de resúmenes y compendios truncados, y a que cuando falleció, fragmentos de algunos sus textos fueron reformados por quienes los conservaban, debido al estado incompleto de muchos de sus manuscritos. Esta especie de “manuales”, aunque ayudaba a difundir sus ideas mundialmente, distorsionaba su complejo pensamiento, convirtiéndolo en una versión teóricamente empobrecida de su verdadero pensamiento..
Surgió así, entre 1889 y 1914, una doctrina esquemática, que interpretaba en forma evolucionista y económicamente determinista la historia humana, conocida como el “marxismo de la II Internacional” que creía ingenuamente en el progreso automático de la historia, y por lo tanto el “inevitable” reemplazo del capitalismo por el socialismo, pero incapaz de comprender los acontecimientos reales, que al alejarse de una praxis revolucionaria, creó una suerte de pasividad fatalista que –contradictoriamente -contribuía a la estabilidad del orden social existente, pues creía en la teoría del colapso inminente de la sociedad burguesa, y era considerada como la esencia fundamental del “socialismo científico”. El marxismo ruso, que en el siglo XX jugó un papel fundamental a partir de la revolución, popularizando en todo el mundo el pensamiento de Marx, siguió esa forma vulgarizada, aún con mayor rigidez. A pesar de los conflictos ideológicos de esa época, muchos de los elementos teóricos de la II Internacional se transmitieron así a la matriz cultural de la III Internacional.
La degradación del pensamiento de Marx culminó en la interpretación del llamado marxismo-leninismo, bajo la forma del “Diamat” (materialismo dialéctico) al estilo soviético, que copió acríticamente la gran mayoría de los partidos marxistas-leninistas” de todo el mundo. La teoría perdió su función como una guía para la acción revolucionaria y pasó a ser su justificación, siguiendo los intereses nacionales de la Unión Soviética. Este verdadero catecismo ideológico interpretó dogmáticamente los textos de Marx. Si bien con la revolución soviética el marxismo disfrutó así de una gran expansión en lugares y clases sociales a los que hasta entonces no había llegado, consistió más en manuales, guías y antologías partidarias que en los textos del propio Marx. Al ser distorsionado su pensamiento, ante los ojos de toda la humanidad, él mismo pasó a ser identificado con esas maniobras. Su teoría pasó a ser un conjunto de versículos al estilo de la biblia. Los responsables políticos de esas manipulaciones lo transformaron en el presunto progenitor de la nueva sociedad. A pesar de su afirmación de que “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los trabajadores mismos”, quedó como el responsable de una ideología que daba primacía a las vanguardias y partidos políticos como dirigentes de la revolución.
Sea por las disputas teóricas o por eventos políticos, el interés en su obra ha fluctuado con el tiempo y Musto reconoce que también ha pasado por períodos indiscutibles de declinación. Desde la “crisis del marxismo”, la disolución de la II Internacional, los debates sobre las contradicciones de la teoría económica de Marx hasta la implosión del “socialismo realmente existente”. Pero siempre ha habido un “regreso a Marx”. Declarado muerto luego de la caída del muro de Berlín, Marx se convierte otra vez en el centro de un interés generalizado, pues su pensamiento se basa en una permanente capacidad para explicar el presente, y sigue siendo un instrumento indispensable para comprenderlo y transformarlo.
Frente a la crisis de la sociedad capitalista y las profundas contradicciones que la atraviesan, este autor al que se había desechado luego de 1989, está siendo considerado nuevamente y se lo vuelve a interrogar. La literatura secundaria sobre el pensador nacido en la ciudad de Tréveris, casi agotada hace pocos años, está resurgiendo en muchos países, en los formatos de nuevos estudios y folletos en distintos idiomas, así como conferencias internacionales, cursos universitarios y seminarios. En especial desde el comienzo de la crisis económica internacional en 2008, académicos teóricos de economía vuelven a apoyarse en sus análisis sobre la inestabilidad del capitalismo. Finalmente, aunque en forma tímida y confusa, para Musto se está haciendo sentir en la política una nueva demanda por Marx; desde Latinoamérica hasta el movimiento de la globalización alternativa. Y en estos mismos días, la invasión rusa a Ucrania ha generado un reverdecer de las polémicas entre las corrientes que se reivindican seguidoras del marxismo.
Con ese objetivo, Musto en su introducción, acompañada de una clara y necesaria exposición de los problemas actuales que aquejan al sistema capitalista a nivel mundial una útil tabla cronológica de los escritos más importantes de Marx. El autor reflexiona sobre el cambio luego de la caída del muro de Berlin, a partir del cual Marx dejó de ser como “una esfinge tallada en piedra que protege al grisáceo socialismo realmente existente del siglo XX”, pero que aún así sería un error creer que se pueda confinar su legado teórico y político a un pasado que ya no tenía nada que ver con los conflictos de la actualidad.
Ejemplo de la actualidad que tiene para Marcelo Musto en nuestros días la obra de Marx y que reafirma el valor de su pensamiento es la continuación de la MEGA2 (Marx-Engels Gesamtausgabe) una proyecto que había comenzado antes de la 2da. Guerra Mundial y se había detenido entonces, donde participan académicos de varias competencias disciplinarias de muchos países, articulado en cuatro secciones: la primera incluye todas las obras, artículos y borradores (excluido El capital); la segunda incluye El capital y sus estudios preliminares a partir de 1857; la tercera está dedicada a la correspondencia; y la cuarta incluye extractos, anotaciones y comentarios al margen. De los 114 volúmenes proyectados, ya se han publicado 53; cada uno de los cuales consiste en 2 libros: el texto más el aparato crítico, que contiene los índices y muchas notas adicionales. Esta empresa tiene gran importancia para Musto, si consideramos que gran parte de los manuscritos de Marx, de su voluminosa correspondencia e inmensa montaña de extractos y anotaciones que acostumbraba a hacer mientras leía, nunca se han publicado.
Este libro incluye, en su Primera Parte, “La relectura de Marx en 2015”, a conocidos autores marxistas que estudian y desarrollan, a partir de sus diferentes lecturas de Marx. sus opiniones sobre diversos temas de la actualidad. Creemos importante detallar los distintos trabajos y a sus autores::
*Kevin B. Anderson, “No sólo el capital y la clase: Marx sobre las sociedades no occidentales, el nacionalismo y la etnicidad”;
* Paresh Chattopadhyay, “El mito del socialismo del siglo XX y la permanente relevancia de Karl Marx”;
* Michael Lebowitz, “¡Cambiemos al sistema, no a sus barreras!”;
* George Comninel, “Marx, la teoría social y la sociedad humana”;
*Victor Wallis, “El ‘mal menor’ como argumento y táctica, desde Marx hasta el presente”
* Ricardo Antunes, “Marx y las formas actuales de la alienación: las cosificaciones inocentes y las cosificaciones extrañadas”;
* Terrel Carver que , “Marx y el género”
* Richard D. Wolf, “El redescubrimiento de Marx en la crisis capitalista”,
* Meiksins Wood. “El capitalismo universal”,
* Y el propio Marcello Musto, “Revisitando la concepción de la alienación en Marx”.
La Segunda Parte del libro está dedicada a la “recepción global de Marx hoy”, y se refiere a las distintas recepciones del pensamiento de Marx en los diversos países o regiones, con referencias a las distintas situaciones que han atravesado los intelectuales y los partidos o movimientos que se reivindican marxistas. y la situación de los mismos en este temprano siglo XXI. En esta parte hay elementos interesantes, como las comparaciones (o contrastes) entre las diferentes formas de la “recepción” del pensamiento de Marx, así como los cambios en Rusia y los países de Europa Oriental y Asia que surgieron luego de la implosión soviética, o los dramáticos cambios acaecidos a partir de la “Reforma y Apertura” en la República Popular China.
En suma, nos encontramos con un libro que, como ha dicho el profesor Bertell Ollman, de la Universidad de Nueva York, “es útil para comprender por qué Marx fue elegido el pensador más grande del último milenio en una encuesta de la BBC”.

 

[1] Marcelo Musto: La Marx-Engels Gesamtausgabe (MEGA2) y nos nuevos rostros de Karl Marx

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El pensamiento socialista y el antimilitarismo

Estamos a casi tres meses de la invasión rusa a Ucrania y la guerra no muestra signos de estar cesando. Y mientras sigue, la ciencia política continuará informando sobre las motivaciones ideológicas, políticas, económicas e incluso psicológicas que movilizan a la guerra, como ha hecho durante mucho tiempo.

Sin embargo, existe una larga y rica tradición alternativa para comprender los conflictos bélicos que se remonta al siglo XIX y a la Primera Internacional: la oposición política y teórica de la izquierda al militarismo. Esta perspectiva aporta recursos para entender los orígenes de la guerra bajo el capitalismo al tiempo que ayuda a los izquierdistas a mantener nuestra clara oposición a ella.

Las causas económicas de la guerra
En los debates de la Primera Internacional, César de Paepe, uno de los dirigentes más importantes, formuló una tesis que se convirtió en la posición clásica del movimiento obrero sobre el tema, a saber, que las guerras son inevitables bajo el régimen de producción capitalista. En la sociedad contemporánea no es la ambición de los monarcas ni la de otros individuos la que provoca las guerras: es el modelo socioeconómico dominante.

Por otra parte, el movimiento socialista también dejó en claro cuáles son las porciones de la población que sufren más las consecuencias nefastas de la guerra. En el congreso de la Internacional celebrado en 1868, los delegados aprobaron una moción que convocaba a los trabajadores a buscar «la abolición final de toda guerra» porque eran ellos los que terminarían pagando —económicamente o con su propia sangre— las decisiones de las clases dominantes y de los gobiernos que las representaban. Como afirma uno de los textos presentado por la Asociación Internacional de Trabajadores en el Congreso de la Paz de Génova, celebrado en septiembre de 1867: «Para terminar con la guerra, no alcanza con terminar con los ejércitos, sino que se necesita cambiar la organización social en dirección a una distribución de la producción cada vez más equitativa».

La enseñanza del movimiento obrero, que tuvo enormes consecuencias civilizatorias, hunde sus raíces en la creencia de que toda guerra debe ser considerada una «guerra civil», es decir, un choque violento entre trabajadores que carecen de los medios necesarios que garantizan su supervivencia. La clase obrera, argumentaban los representantes del movimiento, debía actuar resueltamente contra toda guerra, resistiendo el reclutamiento y haciendo huelgas. Fue en este contexto que el internacionalismo se convirtió en la bandera de una sociedad futura, un ideal según el cual, si ponía fin al capitalismo y a la competencia entre Estados burgueses en el mercado mundial, la sociedad eliminaría la causa principal de la guerra.

Entre los precursores del socialismo, Claude Henri de Saint-Simon adoptó una posición decisiva, tanto contra la guerra como contra el conflicto social en general, pues consideraba que ambos eran obstáculos en el progreso de la producción industrial. Karl Marx no dejó ningún escrito donde desarrolle su concepción —fragmentaria y a veces contradictoria— de la guerra, ni estableció pautas de acción que definieran los márgenes de una posición política correcta ante este tipo de conflictos. Cuando tuvo que elegir entre bandos opuestos, la única constante fue su oposición a la Rusia zarista, a la que consideraba como la vanguardia de la contrarrevolución y como una de las principales barreras para la emancipación de la clase obrera.

Aunque en El capital argumentó que la violencia era una potencia económica, «la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva», no pensaba que la guerra pudiera convertirse en un atajo que llevara a la trasformación revolucionaria de la sociedad, y dedicó gran parte de su actividad política a comprometer a los trabajadores con el principio de la solidaridad internacional. Como también argumentó Friedrich Engels, los trabajadores debían actuar con resolución en sus propios países para evitar que la propaganda de un enemigo externo sosegara la lucha obrera. En una de sus cartas, Engels destacó el poder ideológico del patriotismo y el retraso de la revolución proletaria que provocaban las oleadas de chauvinismo. Además, en el Anti-Dühring (1878), después de analizar los efectos del desarrollo de armas cada vez más mortíferas, declaró que la tarea del socialismo era «hacer volar por los aires el militarismo y todos los ejércitos permanentes».

La guerra era una cuestión tan importante para Friedrich Engels, que este terminó dedicándole uno de sus últimos escritos. En «¿Es posible que Europa deponga las armas?» notó que hacía más de veinticinco años que cada potencia intentaba superar militarmente a sus rivales. Eso había conducido a una producción de armamento sin precedente y colocaba el Viejo Mundo ante la posibilidad de «una guerra de destrucción de magnitudes nunca antes vistas». Según el coautor del Manifiesto del Partído Comunista (1848), «el sistema de ejércitos permanentes llega a tales extremos en toda Europa que debe, o bien provocar una catástrofe económica en los pueblos que enfrentan el enorme gasto militar que implica, o bien degenerar en una guerra de exterminio generalizada».

En su análisis, Engels no dejó de destacar que los Estados mantenían a los ejércitos permanentes tanto por motivos políticos internos como por motivos militares externos. De hecho, afirmó que que los ejércitos estaban hechos para «brindar protección, no tanto contra el enemigo externo, como contra el interno», su fin principal era la represión de las luchas obreras y del proletariado en general. Como los costos de la guerra recaían principalmente, por medio de los impuestos y del reclutamiento, sobre las espaldas de los sectores populares, el movimiento obrero debía luchar por la «reducción gradual de los plazos del servicio [militar] mediante un tratado internacional» y por el desarme como única «garantía de paz» efectiva.

Experimentos y colapso
No pasó mucho tiempo hasta que este debate teórico pacífico se convirtió en el asunto político más apremiante de la época. Los representantes del movimiento obrero tuvieron que oponerse concretamente a la guerra en muchas ocasiones. En el conflicto franco-prusiano de 1870 (que antecedió a la Comuna de París), Wilhelm Liebknecht y August Bebel, diputados socialdemócratas, condenaron los objetivos anexionistas de la Alemania de Bismarck y votaron contra los créditos de guerra. Su decisión de «rechazar el proyecto de ley que concedía más fondos para continuar la guerra» los llevó a cumplir una condena a prisión de dos años por alta traición, pero también sirvió para mostrarle a la clase obrera una forma alternativa de intervenir en la crisis.
Mientras las principales potencias europeas continuaban con su expansión imperialista, la polémica sobre la guerra adquiría cada vez más peso en los debates de la Segunda Internacional. Una resolución adoptada durante el congreso fundacional había consagrado la paz como «precondición necesaria de toda emancipación obrera». Cuando la Weltpolitik —la agresiva política de la Alemania imperial, que buscaba incrementar su poder en la arena internacional— empezó a modificar la configuración geopolítica, los principios antimilitaristas fortalecieron sus raíces en el movimiento obrero y acrecentaron su influencia en los debates sobre conflictos armados. La izquierda dejó de pensar que la guerra era un fenómeno que abría oportunidades revolucionarias y anunciaba el colapso del sistema (idea que remontaba a la máxima de Robespierre, «Ninguna revolución sin revolución»). En cambio, empezó a concebirla como un peligro y a temer las consecuencias penosas que tenía sobre el proletariado: hambre, miseria y desempleo.
La resolución «Sobre militarismo y conflictos internacionales», adoptada por la Segunda Internacional en el Congreso de Stuttgart de 1907, recapitulaba todos los puntos clave que a esa altura se habían convertido en la herencia común del movimiento obrero. Destacaban el voto contra los presupuestos que incrementaban el gasto militar, la antipatía frente a los ejércitos permanentes y la preferencia por un sistema de milicias populares. Con el paso de los años, la Segunda Internacional perdió poco a poco su compromiso con una política de acción pacífica y la mayoría de los partidos socialistas europeos terminaron apoyando la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias fueron desastrosas. Con la idea de que no había que dejar que los capitalistas monopolizaran los «beneficios del progreso», el movimiento obrero llegó a compartir los objetivos expansionistas de las clases dominantes y hundió sus pies en el pantano de la ideología nacionalista. La Segunda Internacional demostró ser completamente impotente frente al conflicto y fracasó en uno de sus objetivos principales: la conservación de la paz.
Rosa Luxemburgo y Vladimir Lenin fueron quienes se opusieron más firmemente a la guerra. Luxemburgo amplió la comprensión teórica de la izquierda y mostró que el militarismo era una aspecto clave del Estado. Dando muestras de una convicción y coherencia con pocos parangones en el movimiento comunista, argumentó que la consigna «¡Guerra contra la guerra!» debía convertirse en la «piedra angular de la política de la clase obrera». Como escribió en La crisis de la socialdemocracia, la Segunda Internacional había estallado porque no había logrado que el proletariado aplicara en todos los países «una táctica y una acción comunes». De ahí en adelante, el «objetivo principal» del proletariado debía ser «luchar contra el imperialismo y evitar toda conflagración, en tiempos de paz y en tiempos de guerra».
En El socialismo y la guerra, igual que en muchos otros textos escritos durante la Primera Guerra Mundial, Lenin tuvo el mérito de identificar dos cuestiones fundamentales. La primera concernía a la «falsificación histórica» mediante la cual la burguesía intentaba atribuir un «sentido progresivo de liberación nacional» a lo que en realidad eran guerras de «saqueo», llevadas a cabo con el único objetivo de decidir cuál de los países beligerantes tendría derecho a oprimir a más pueblos extranjeros, incrementando así las desigualdades del capitalismo. La segunda era el enmascaramiento de las contradicciones en el que incurrían los reformistas, que habían dejado de lado la lucha de clases con la intención de «morder un poco de las ganancias que sus burguesías nacionales obtenían del pillaje de otros países». La tesis más famosa de este panfleto —que los revolucionarios debían «convertir la guerra imperialista en una guerra civil»— implicaba que aquellos que realmente querían una «paz democrática duradera» debían llevar a cabo «una guerra civil contra sus gobiernos y contra la burguesía». Lenin estaba convencido de una idea que la historia terminó refutando: que toda lucha de clases conducida de manera consistente en tiempos de guerra suscitaría «inevitablemente» el espíritu revolucionario entre las masas.

Líneas de demarcación
La Primera Guerra Mundial no solo produjo divisiones en la Segunda Internacional: también enfrentó a distintas tendencias en el interior del movimiento anarquista. En un artículo publicado poco tiempo después del estallido de la guerra, Piotr Kropotkin escribió que «la tarea de cualquier persona que confíe mínimamente en la idea de progreso humano es aplastar la invasión alemana de Europa Occidental». Esta declaración, en la que muchos leyeron la enunciación de los principios por los que había luchado toda su vida, era un intento de ir más allá del lema de la «huelga general contra la guerra», que había sido ignorado por las masas obreras, y de evitar la degradación general de la política europea que resultaría de la victoria alemana. Según Kropotkin, la parálisis de los antimilitaristas contribuiría indirectamente con los planes de conquista de los invasores, y esa situación terminaría obstaculizando todavía más la lucha por la revolución social.

En respuesta a Kropotkin, el anarquista italiano Enrico Malatesta argumentó que, aunque él no era un pacifista y pensaba que era legítimo tomar las armas en una guerra de liberación, la guerra mundial no era una lucha «por el bien común contra el enemigo común», como decía la burguesía, sino que simplemente era otro ejemplo de sometimiento de la clase obrera. Malatesta sabía que «la victoria alemana seguramente conllevaría el triunfo del militarismo, pero que el triunfo de los aliados garantizaría la dominación ruso-británica en toda Europa y Asia».

En el Manifiesto de los dieciséis, Kropotkin planteó la necesidad de «resistir a un agresor que representa la destrucción de todas nuestras expectativas de liberación». Argumentó que la victoria de la Triple Entente contra Alemania representaba el mal menor y atentaba menos contra las libertades existentes. Del otro lado, Malatesta y los compañeros con los que firmó el manifiesto antiguerra de la Internacional Anarquista, declararon: «Es imposible establecer una distinción entre guerras ofensivas y guerras defensivas».

Además, añadieron que «Ninguno de los países beligerantes tiene derecho de reivindicar la civilización, del mismo modo que ninguno puede afirmar que actúa en defensa propia». La Primera Guerra Mundial, insistían, era un episodio más en el conflicto entre los capitalistas de las distintas potencias imperialistas que se desarrollaba a expensas de la clase obrera. Malatesta, Emma Goldman, Ferdinand Nieuwenthuis y la enorme mayoría del movimiento anarquista estaban convencidos de que apoyar a los gobiernos burgueses era un error imperdonable. En cambio, proponían la reivindicación «ni un hombre ni un centavo para el ejército», rechazando firmemente cualquier respaldo indirecto a la guerra.

Las actitudes frente a la guerra también despertaron debates en el movimiento feminista. La necesidad de reemplazar a los hombres en empleos que durante largos años habían sido un monopolio masculino, alentó la propagación de una ideología chauvinista en buena parte del recién nacido movimiento sufragista. Algunas de sus dirigentes llegaron a exigir leyes que habilitaran el reclutamiento de las mujeres en las fuerzas armadas. La exposición de la hipocresía de los gobiernos —que bajo la excusa de que el enemigo estaba a las puertas de la ciudad, utilizaban la guerra para eliminar reformas sociales fundamentales— fue uno de los logros más importantes de Rosa Luxemburgo. Ella y Clara Zetkin, Aleksandra Kolontái y Sylvia Pankhurst fueron las primeras en aventurarse con lucidez y coraje en el camino que enseñó a las generaciones venideras la relación que guardan la lucha contra el militarismo y la lucha contra el patriarcado. Más tarde, el rechazo de la guerra se convirtió en una parte distintiva del Día Internacional de la Mujer y la oposición contra los presupuestos de guerra cada vez que hubo un nuevo conflicto se convirtió en una constante de las muchas plataformas del movimiento feminista internacional.

Los medios inadecuados afectan a los fines
La profunda fractura entre revolucionarios y reformistas creció hasta convertirse en un abismo estratégico después del nacimiento de la Unión Soviética. El movimiento comunista mundial tomó a la Unión Soviética como un punto de referencia de la revolución proletaria internacional, aunque en Moscú estaba empezando a desarrollarse la teoría del «socialismo en un solo país». De acuerdo con la perspectiva que habían sostenido Bujarin y Stalin en los años 1920, la prioridad absoluta del movimiento comunista debía ser la consolidación del socialismo en Rusia.

El crecimiento del dogmatismo ideológico de los años 1920 y 1930 terminó imposibilitando toda alianza de la Internacional Comunista (1919-1943) y de los partidos socialdemócratas y socialistas europeos contra el militarismo. La única excepción a este dogmatismo fue la de León Trotski, que convocó a un frente único antifascista en oposición a la línea oficial de Moscú, cuya posición era que «todos los partidos de Alemania —desde los nazis hasta los socialdemócratas— no son más que variedades de fascismo y están desarrollando el mismo programa».

El apoyo a la guerra de los partidos que estaban construyendo la Internacional Obrera y Socialista (1923-1940) hizo que perdieran crédito a ojos de los comunistas. La idea leninista de «convertir la guerra imperialista en guerra civil» todavía encontraba eco en Moscú, donde muchos políticos y teóricos pensaban que era inevitable que se produjera un «nuevo 1914». Por lo tanto, ambos bandos estaban más concentrados en pensar qué hacer en caso de que irrumpiera una nueva guerra que en evitar que eso sucediera.

Las reivindicaciones y las declaraciones de principios diferían sustancialmente en cuanto a las expectativas y a la acción política. Entre las voces críticas del campo comunista estaban las de Nikolái Bujarin, que proponía la reivindicación «lucha por la paz» y que estaba convencido de que la paz era «uno de los temas clave del mundo contemporáneo», y la de Gueorgi Dimitrov, que argumentaba que no todas las grandes potencias tenían la misma responsabilidad en la guerra y apostaba a un acercamiento con los partidos reformistas para construir un amplio frente popular. Ambos puntos de vista contrastaban con la letanía de la ortodoxia soviética que, lejos de actualizar el análisis teórico, repetía que la responsabilidad por el riesgo de guerra recaía equitativamente y sin ninguna distinción sobre todas las potencias imperialistas.

La posición de Mao Tse-Tung era bastante diferente. En Sobre la guerra prolongada (1938), respaldándose en su experiencia a la cabeza del movimiento de liberación contra la invasión japonesa, escribió que las «guerras justas» —en las que los comunistas deben participar activamente— estaban «dotadas de un poder tremendo, capaz de transformar muchas cosas o de allanar el camino que conduce a su transformación». La estrategia propuesta por Mao era «oponer una guerra justa a una guerra injusta» y «continuar la guerra hasta alcanzar su objetivo político». Los argumentos a favor de la «omnipotencia de la guerra revolucionaria» son recurrentes en Guerra y estrategia (1938), donde el dirigente chino escribe que «solo con las armas es posible transformar todo el mundo» y que «la toma del poder por la fuerza armada, la liquidación del problema por medio de la guerra, es el objetivo principal y la forma de revolución más elevada».

La escalada de la violencia del frente nazi-fascista, en su país de origen y en el extranjero, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, crearon un escenario todavía más oscuro que el de la guerra de 1914-1918. Después de que, en 1941, las tropas de Hitler atacaron la Unión Soviética, la Gran Guerra Patria que culminó con la derrota del nazismo se convirtió en un elemento tan importante de la unidad nacional rusa que sobrevivió a la caída del Muro de Berlín y sigue vigente en la actualidad.

Con la repartición resultante de la posguerra, que segmentó el mundo en dos bloques, Iósif Stalin pretendió mostrar que el objetivo principal del movimiento comunista internacional era proteger a la Unión Soviética. Uno de los pilares centrales de esa política fue la creación de un área de defensa que incluía a ocho países de Europa Oriental. Durante el mismo período, la Doctrina Truman marcó el surgimiento de un nuevo tipo de guerra: la Guerra Fría. Con su apoyo a las fuerzas anticomunistas en Grecia, el Plan Marsall (1948) y la creación de la OTAN (1949), Estados Unidos se hizo con un bastión fundamental contra el avance de las fuerzas progresistas en Europa Occidental. La Unión Soviética respondió con el Pacto de Varsovia (1955). Esta configuración condujo a una enorme carrera armamentística que implicó, aun cuando el recuerdo de Hiroshima y Nagasaki todavía estaba fresco, la proliferación de armas nucleares.

A partir de 1961, bajo dirección de Nikita Jrushchov, la Unión Soviética adoptó un nuevo rumbo político que terminó siendo conocido como la «coexistencia pacífica». Se suponía que este giro, con el énfasis en la no intervención y el respeto de la soberanía nacional, además de la cooperación con los países capitalistas, serviría para evitar el riesgo de una tercera guerra mundial (cuya plausibilidad dejó en claro la crisis de los misiles cubana de 1962), y fortalecería el argumento de que la guerra no era inevitable.

Sin embargo, el programa de cooperación constructiva no apuntaba solamente a Estados Unidos y a los países del «socialismo realmente existente». En 1956 la Unión Soviética había aplastado una revuelta en Hungría y los partidos comunistas de Europa Occidental, no solo no habían condenado la intervención militar, sino que la habían justificado en nombre de la seguridad del bloque socialista. Por ejemplo, Palmiro Togliatti, secretario del Partido Comunista Italiano, dijo: «Apoyamos nuestro propio campo aun cuando esté cometiendo un error». La mayoría de los que compartieron esta posición terminaron arrepintiéndose amargamente a los pocos años, cuando comprendieron los efectos devastadores de la operación soviética.

Y en 1968, en el punto más álgido de la coexistencia pacífica, se repitieron hechos similares en Checoslovaquia. Frente a las reivindicaciones de democratización de la «Primavera de Praga», el politburó del Partido Comunista de la Unión Soviética decidió unánimemente enviar al país medio millón de soldados y miles de tanques. Leonid Brézhnev explicó esta acción haciendo referencia a lo que denominaba la «soberanía limitada» de los países firmantes del Pacto de Varsovia: «Cuando fuerzas hostiles al socialismo intentan torcer el desarrollo de un país socialista hacia el capitalismo, el problema no solo concierne al país en cuestión, sino a todos los países socialistas». De acuerdo con esta lógica antidemocrática, la definición de lo que era y no era «socialismo» quedaba sujeta al arbitrio de los líderes soviéticos.

Pero esta vez los críticos de la izquierda tuvieron más visibilidad y representaron la voluntad de la mayoría. A pesar de que casi todos los partidos comunistas, incluso el chino, y todas las fuerzas de la «nueva izquierda» desaprobaban las acciones comunistas, los rusos no retrocedieron y concretaron el proceso que denominaron «normalización». La Unión Soviética siguió destinando una parte considerable de sus recursos económicos al gasto militar y reforzó así una cultura autoritaria a nivel social. De esa manera, perdió para siempre la buena voluntad del movimiento por la paz, que creció todavía más con las movilizaciones extraordinarias contra la guerra de Vietnam.

Una de las guerras más importantes de la década siguiente comenzó con la invasión soviética de Afganistán. En 1979, el Ejército Rojo volvió a convertirse en el instrumento de la política exterior moscovita, que siguió reivindicando el derecho a intervenir en lo que definía como su propia «zona de seguridad». Una mala decisión terminó convirtiéndose en una aventura agotadora que se extendió por más de diez años y causó muchas muertes y el exilio de millones de refugiados. En esta ocasión, el movimiento comunista internacional fue mucho menos reticente de lo que había sido en relación con las invasiones soviéticas de Hungría y Checoslovaquia. Sin embargo, la nueva guerra terminó exponiendo todavía más ante la opinión pública internacional la división entre el «socialismo realmente existente» y la alternativa política que defendía la paz y se oponía al militarismo.

Tomadas en su conjunto, estas intervenciones militares no solo representaban un atentado contra toda política de reducción del armamento, sino que desacreditaban y debilitaban el socialismo a nivel mundial, además de atentar contra su autoridad en materia de guerra. La Unión Soviética empezó a ser concebida cada vez más como una potencia imperial similar a los Estados Unidos, que, desde el inicio de la Guerra Fría, habían respaldado, más o menos secretamente, golpes de Estado, y habían colaborado con el derrocamiento de gobiernos democráticamente electos en más de veinte países. Como si no fuera suficiente, las «guerras socialistas» de 1977-1979 entre Camboya y Vietnam, y China y Vietnam (que estallaron en el contexto del conflicto sino-soviético) disiparon toda posibilidad «marxista-leninista» de atribuir la responsabilidad de la guerra exclusivamente a los desequilibrios del capitalismo.

Ser de izquierda es estar contra la guerra
El final de la Guerra Fría no conllevó el final de la guerra. Muchas de las intervenciones militares que realizó Estados Unidos en los últimos veinticinco años —a veces definidas absurdamente, sin mandato de las Naciones Unidas, como «humanitarias»— demuestran que la división bipolar del mundo entre dos superpotencias no cedió paso a la época de libertad y progreso que prometía el mantra neoliberal del Nuevo Orden Mundial. En ese mismo contexto, muchas fuerzas políticas que reivindican los valores de la izquierda terminaron participando de varias guerras. Desde Kosovo hasta Irak y Afganistán —por mencionar solo las guerras principales de la OTAN desde la caída del Muro de Berlín—, las fuerzas en cuestión respaldaron conflictos armados y difuminaron así la línea que las separaba de la derecha.

La guerra ruso-ucraniana pone de nuevo a la izquierda frente al dilema de tomar posición cuando la soberanía de un país está bajo amenaza. No condenar la invasión de Rusia a Ucrania es un error político que hace que muchos gobiernos de izquierda estén perdiendo credibilidad y que debilitará cualquier denuncia contra los ataques de Estados Unidos en el futuro. Como le escribió Marx a Lasalle n 1869, «en política exterior, clichés como “reaccionario” y “revolucionario” tienen poco que ofrecer», y una política «subjetivamente reaccionaria [puede terminar siendo] una política exterior objetivamente revolucionaria». Pero las fuerzas de izquierda deberían haber aprendido del siglo pasado que las alianzas con el «enemigo del enemigo» suelen llevar a acuerdos poco productivos, especialmente cuando el frente progresivo es el más débil en términos políticos, el que está más desorientado y el que cuenta con menos apoyo de masas.

Retomando las palabras que Lenin escribió en «La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación»: «La circunstancia de que la lucha por la libertad nacional contra una potencia imperialista pueda ser aprovechada, en determinadas condiciones, por otra “gran” potencia en beneficio de sus finalidades, igualmente imperialistas, no puede obligar a la socialdemocracia a renunciar al reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación». Más allá de los intereses geopolíticos y de las intrigas que suelen jugar en estos casos, las fuerzas de la izquierda sostuvieron históricamente el principio de la autodeterminación nacional y defendieron el derecho de los Estados individuales a establecer sus propias fronteras en función de la voluntad expresa de sus poblaciones.

La izquierda se opuso a las guerras y a las «anexiones» porque era consciente de que estas conducen a conflictos dramáticos entre los obreros del país dominante y los obreros del país oprimido, y terminan creando condiciones propicias para que ambos se unan a sus burguesías nacionales considerando que sus hermanos de clase son sus enemigos. En «Resultados de la discusión sobre la autodeterminación», Lenin escribió: «Si una revolución socialista triunfara en Petrogrado, Berlín y Varsovia, el gobierno socialista polaco, igual que los gobiernos socialistas ruso y alemán, deberían renunciar a la “retención forzada” de, pongamos por caso, los ucranianos que estuvieran dentro de las fronteras del Estado polaco».

Entonces, ¿por qué actuar distinto cuando se trata del gobierno nacionalista de Vladimir Putin?

Por otro lado, muchas personas de izquierda ceden a la tentación de convertirse —directa o indirectamente— en beligerantes, alimentando una nueva «Unión Sagrada» (expresión acuñada en 1914, cuando, apenas iniciada la Primera Guerra Mundial, la izquierda francesa decidió respaldar la participación del gobierno en el conflicto). La historia muestra que, cuando no se oponen a la guerra, las fuerzas progresistas pierden una parte fundamental de su razón de ser y terminan empantanándose en la ideología del campo opuesto. Esto sucede cada vez que los partidos de izquierda convierten su participación en el gobierno en una vara para medir su acción política, como hicieron los comunistas italianos cuando apoyaron las intervenciones de la OTAN en Kosovo y Afganistán, o como hace hoy Unidas Podemos, que suma su voz al coro unánime de todo el arco parlamentario español, en favor del envío armas al ejército ucraniano.

Bonaparte no es democracia
En los años 1850, Marx redactó una serie de artículos brillantes sobre la Guerra de Crimea que contienen muchos paralelos interesantes y útiles con el presente. En Revelaciones sobre la historia diplomática secreta del siglo XVIII (1857), refiriéndose al gran monarca moscovita del siglo XV —el que unificó Rusia y sentó las bases de su autocracia—, Marx dijo: «Basta reemplazar una serie de nombres y fechas por otros y quedará claro que las políticas de Iván III […] y las de la Rusia contemporánea no solo son similares, sino que son idénticas».

En otro texto de 1854, esta vez haciendo referencia a la guerra de Crimea y en contra de los demócratas liberales que exaltaban la coalición antirrusa, Marx escribió: «Es un error definir la guerra contra Rusia como una guerra entre la libertad y el despotismo. Además del hecho de que, si ese fuera el caso, la libertad estaría representada paradójicamente en la figura de Bonaparte, el objeto explícito de la guerra es el sostenimiento […] de los tratados de Viena, los mismos que anulan la libertad y la independencia de las naciones». Si reemplazamos a Bonaparte por los Estados Unidos de América y a los tratados de Viena por la OTAN, la observación parece pertinente frente a los hechos actuales.

El pensamiento de quienes se oponen al nacionalismo ruso y al ucraniano, como así también a la expansión de la OTAN, no expresa ninguna indecisión política ni ambigüedad teórica. Durante las últimas semanas, muchos especialistas explicaron pacientemente las raíces del conflicto (que no se reduce en absoluto a la barbarie de la invasión rusa), y está claro que la posición de no alineación es el modo más efectivo de terminar pronto con la guerra y garantizar que se cobre la menor cantidad de vidas posible. No es cuestión de comportarse como esa «alma bella» empapada de idealismo abstracto que Hegel consideraba incapaz de enfrentar las contradicciones mundanas de la realidad. Por el contrario: el punto está en hacer real el único antídoto verdadero contra la expansión ilimitada de la guerra. Son incesantes las voces que convocan a incrementar el gasto militar y reclutar más jóvenes, o las que, como el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, suponen que la tarea de Europa es proveer a Ucrania de las «armas necesarias para la guerra». En contraste a esas posiciones, es necesario promover acciones diplomáticas fundadas en dos principios: el cese de la violencia y la neutralidad de la Ucrania independiente.

A pesar de que la OTAN ganó mucho apoyo con la invasión rusa, es necesario poner un gran empeño en garantizar que la opinión pública no termine postulando que la máquina de guerra más importante y agresiva del mundo —la OTAN— es la solución a los problemas de la seguridad mundial. Debemos mostrar que es una organización ineficaz y peligrosa que, con su impulso a la expansión y a la dominación unipolar, alimenta las tensiones que conducen a la multiplicación de las guerras en todo el mundo.

En El socialismo y la guerra, Lenin argumenta que los marxistas se distinguen de los pacifistas y de los anarquistas porque «consideran que es históricamente necesario (desde el punto de vista del materialismo dialéctico [¡sic!] de Marx) estudiar cada guerra por separado». Más adelante, dice que: «A pesar de todos los horrores, atrocidades, aflicciones y sufrimiento que acompañan inevitablemente a todas las guerras, en la historia hubo algunas que fueron progresivas, es decir, beneficiaron el desarrollo de la humanidad».

Pero aun si hubo un momento en que esa tesis tenía sentido, es una estupidez repetirla en el caso de las sociedades contemporáneas, donde pululan las armas de destrucción masiva. Rara vez una guerra —que no debe ser confundida con una revolución— tuvo el efecto democratizador que esperaban los teóricos del socialismo. En efecto, con frecuencia demostraron ser el peor modo de hacer una revolución, tanto a causa de sus costos humanos como de la destrucción de las fuerzas productivas que implican. Las guerras diseminan una ideología violenta, que se combina muchas veces con los sentimientos nacionalistas que dividieron históricamente al movimiento obrero. Muy pocas veces fomentan prácticas de autogestión y democracia directa. En cambio, suelen incrementar el poder de las instituciones autoritarias. Esta es una lección que la izquierda moderada tampoco debería olvidar.

En uno de los fragmentos más ricos de Reflexiones sobre la guerra (1933), Simone Weil se pregunta si es posible que «una revolución evite la guerra». Desde su punto de vista, es una «posibilidad frágil», pero es la única que tenemos si no queremos «perder toda esperanza». La guerra revolucionaria suele convertirse en la «tumba de la revolución» porque los «ciudadanos en armas no pueden hacer la guerra sin que haya también un aparato de control, la presión policial, una justicia de excepción y castigos por deserción». Más que cualquier otro fenómeno social, la guerra intensifica los aparatos militar, burocrático y policial. «Lleva a la desaparición total del individuo frente a la burocracia estatal». Por lo tanto, «si la guerra no termina inmediata y permanentemente […] el resultado solo será una de esas revoluciones que, como decía Marx, perfeccionan el aparato de Estado en vez de destruirlo», o, más claro todavía, «implicará incluso prolongar bajo otra forma el régimen que queremos eliminar». Entonces, en caso de guerra, «debemos elegir entre obstruir el funcionamiento de una máquina militar en la que nosotros mismos somos los engranajes, o ayudar a que esa máquina aplaste ciegamente vidas humanas».

Para la izquierda, la guerra no puede ser «la continuación de la política por otros medios», según afirma la célebre fórmula de Clausewitz. En realidad, la guerra solo certifica el fracaso de la política. Si la izquierda desea volver a ser hegemónica y está dispuesta a servirse virtuosamente de su historia, debe escribir con tinta indeleble en sus banderas las consignas «Antimilitarismo» y «¡No a la guerra!».

 

Traducción: Valentín Huarte

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La izquierda y la guerra

Mientras que la ciencia política indaga las motivaciones ideológicas, políticas, económicas e incluso psicológicas que movilizan a la guerra, uno de los aportes más convincentes de la teoría socialista está en haber sacado a luz el nexo que vincula la multiplicación de las guerras con el desarrollo del capitalismo.
En los debates de la Primera Internacional, César de Paepe, uno de los dirigentes más importantes, formuló una tesis que se convirtió en la posición clásica del movimiento obrero sobre el tema, a saber, que las guerras son inevitables bajo un régimen de producción capitalista. En la sociedad contemporánea no es la ambición de los monarcas ni la de otros individuos la que provocan las guerras: es el modelo socioeconómico dominante. La enseñanza del movimiento obrero, que tuvo enormes consecuencias civilizatorias, surgió de la creencia en que toda guerra debía ser considerada una «guerra civil», es decir, un choque violento entre trabajadores que carecen de los medios necesarios que garantizan su supervivencia.

Karl Marx no dejó ningún escrito donde desarrolle su concepción —fragmentaria y a veces contradictoria— de la guerra, ni estableció pautas de acción que definieran los márgenes de una posición política correcta ante este tipo de conflictos. Aunque en El capital argumentó que la violencia era una potencia económica, «la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva», no pensaba que la guerra pudiera convertirse en un atajo que llevara a la transformación revolucionaria de la sociedad, y dedicó gran parte de su actividad política a comprometer a los trabajadores con el principio de la solidaridad internacional.

En cambio, la guerra era una cuestión tan importante para Friedrich Engels, que este terminó dedicándole uno de sus últimos escritos. En «¿Es posible que Europa deponga las armas?» notó que hacía más de veinticinco años que cada potencia intentaba superar militarmente a sus rivales. Eso había conducido a una producción de armamento sin precedente y colocaba el Viejo Mundo ante la posibilidad de «una guerra de destrucción de magnitudes nunca antes vistas». Según Engels, «el sistema de ejércitos permanentes llega a tales extremos en toda Europa que debe, o bien provocar una catástrofe económica en los pueblos que enfrentan el enorme gasto militar que implica, o bien degenerar en una guerra de exterminio generalizada». En su análisis, Engels no dejó de destacar que los Estados mantenían a los ejércitos permanentes tanto por motivos políticos internos como por motivos militares externos. De hecho, afirmó que que los ejércitos estaban hechos para «brindar protección, no tanto contra el enemigo externo, como contra el interno», y el desarrollo de sus instrumentos y de sus habilidades tenía por fin principal la represión de las luchas obreras y del proletariado en general. Como los costos de la guerra recaían principalmente, por medio de los impuestos y del reclutamiento, sobre las espaldas de los sectores populares, el movimiento obrero debía luchar por la «reducción gradual de los plazos del servicio [militar] mediante un tratado internacional» y por el desarme como única «garantía de paz» efectiva.

Experimentos y colapso
No pasó mucho tiempo hasta que este debate teórico pacífico se convirtió en el asunto político más apremiante de la época. Los representantes del movimiento obrero tuvieron que oponerse concretamente a la guerra en muchas ocasiones. En el conflicto franco-prusiano de 1870 (que antecedió a la Comuna de París), Wilhelm Liebknecht y August Bebel, diputados socialdemócratas, condenaron los objetivos anexionistas de la Alemania de Bismarck y votaron contra los créditos de guerra. Su decisión de «rechazar el proyecto de ley que concedía más fondos para continuar la guerra» los llevó a cumplir una condena a prisión de dos años por alta traición, pero también sirvió para mostrarle a la clase obrera una forma alternativa de intervenir en la crisis.

Mientras las principales potencias europeas continuaban con su expansión imperialista, la polémica sobre la guerra adquiría cada vez más peso en los debates de la Segunda Internacional. Una resolución adoptada durante el congreso fundacional había consagrado la paz como «precondición necesaria de toda emancipación obrera». Cuando la Weltpolitik —la agresiva política de la Alemania imperial, que buscaba incrementar su poder en la arena internacional— empezó a modificar la configuración geopolítica, los principios antimilitaristas fortalecieron sus raíces en el movimiento obrero y acrecentaron su influencia en los debates sobre conflictos armados. La izquierda dejó de pensar que la guerra era un fenómeno que abría oportunidades revolucionarias y anunciaba el colapso del sistema (idea que remontaba a la máxima de Robespierre, «Ninguna revolución sin revolución»). En cambio, empezó a concebirla como un peligro y a temer las consecuencias penosas que tenía sobre el proletariado: hambre, miseria y desempleo.

La resolución «Sobre militarismo y conflictos internacionales», adoptada por la Segunda Internacional en el Congreso de Stuttgart de 1907, recapitulaba todos los puntos clave que a esa altura se habían convertido en la herencia común del movimiento obrero. Destacaban el voto contra los presupuestos que incrementaban el gasto militar, la antipatía frente a los ejércitos permanentes y la preferencia por un sistema de milicias populares. Con el paso de los años, la Segunda Internacional perdió poco a poco su compromiso con una política de acción pacífica y la mayoría de los partidos socialistas europeos terminaron apoyando la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias fueron desastrosas. Con la idea de que no había que dejar que los capitalistas monopolizaran los «beneficios del progreso», el movimiento obrero llegó a compartir los objetivos expansionistas de las clases dominantes y hundió sus pies en el pantano de la ideología nacionalista. La Segunda Internacional demostró ser completamente impotente frente al conflicto y fracasó en uno de sus objetivos principales: la conservación de la paz.

Rosa Luxemburgo y Vladimir Lenin fueron quienes se opusieron más firmemente a la guerra. Luxemburgo amplió la comprensión teórica de la izquierda y mostró que el militarismo era una aspecto clave del Estado. Dando muestras de una convicción y coherencia con pocos parangones en el movimiento comunista, argumentó que la consigna «¡Guerra contra la guerra!» debía convertirse en la «piedra angular de la política de la clase obrera». Como escribió en La crisis de la socialdemocracia, la Segunda Internacional había estallado porque no había logrado que el proletariado aplicara en todos los países «una táctica y una acción comunes». De ahí en adelante, el «objetivo principal» del proletariado debía ser «luchar contra el imperialismo y evitar toda conflagración, en tiempos de paz y en tiempos de guerra».

En El socialismo y la guerra, igual que en muchos otros textos escritos durante la Primera Guerra Mundial, Lenin tuvo el mérito de identificar dos cuestiones fundamentales. La primera concernía a la «falsificación histórica» mediante la cual la burguesía intentaba atribuir un «sentido progresivo de liberación nacional» a lo que en realidad eran guerras de «saqueo», llevadas a cabo con el único objetivo de decidir cuál de los países beligerantes tendría derecho a oprimir a más pueblos extranjeros, incrementando así las desigualdades del capitalismo. La segunda era el enmascaramiento de las contradicciones en el que incurrían los reformistas, que habían dejado de lado la lucha de clases con la intención de «morder un poco de las ganancias que sus burguesías nacionales obtenían del pillaje de otros países». La tesis más famosa de este panfleto —que los revolucionarios debían «convertir la guerra imperialista en una guerra civil»— implicaba que aquellos que realmente querían una «paz democrática duradera» debían llevar a cabo «una guerra civil contra sus gobiernos y contra la burguesía». Lenin estaba convencido de una idea que la historia terminó refutando: que toda lucha de clases conducida de manera consistente en tiempos de guerra suscitaría «inevitablemente» el espíritu revolucionario entre las masas.

Líneas de demarcación
La Primera Guerra Mundial no solo produjo divisiones en la Segunda Internacional: también enfrentó a distintas tendencias en el interior del movimiento anarquista. En un artículo publicado poco tiempo después del estallido de la guerra, Piotr Kropotkin escribió que «la tarea de cualquier persona que confíe mínimamente en la idea de progreso humano es aplastar la invasión alemana de Europa Occidental». En respuesta a Kropotkin, el anarquista italiano Enrico Malatesta argumentó que «la victoria alemana seguramente conllevaría el triunfo del militarismo, pero que el triunfo de los aliados garantizaría la dominación ruso-británica en toda Europa y Asia».

En el Manifiesto de los dieciséis, Kropotkin planteó la necesidad de «resistir a un agresor que representa la destrucción de todas nuestras expectativas de liberación». Argumentó que, aun si no dejaba de atentar contra las libertades existentes, la victoria de la Triple Entente contra Alemania representaba el mal menor. Del otro lado, Malatesta y los compañeros que firmaron con él El manifiesto antiguerra de la Internacional Anarquista, declararon: «Es imposible establecer una distinción entre guerras ofensivas y guerras defensivas». Además, añadieron que «Ninguno de los países beligerantes tiene derecho de reivindicar la civilización, igual que ninguno puede afirmar que actúa en defensa propia».

Las actitudes frente a la guerra también despertaron debates en el movimiento feminista. La necesidad de reemplazar a los hombres en empleos que durante largos años habían sido un monopolio masculino, alentó la propagación de una ideología chauvinista en buena parte del recién nacido movimiento sufragista. La exposición de la hipocresía de los gobiernos —que bajo la excusa de que el enemigo estaba a las puertas de la ciudad, utilizaban la guerra para eliminar reformas sociales fundamentales— fue uno de los logros más importantes de Rosa Luxemburgo y de las comunistas feministas de aquella época. Fueron las primeras en aventurarse con lucidez y coraje en el camino que enseñó a las generaciones venideras la relación que guardan la lucha contra el militarismo y la lucha contra el patriarcado. Más tarde, el rechazo de la guerra se convirtió en una parte distintiva del Día Internacional de la Mujer y la oposición contra los presupuestos de guerra cada vez que hubo un nuevo conflicto se convirtió en una constante de las muchas plataformas del movimiento feminista internacional.

La escalada de la violencia del frente nazi-fascista, en su país de origen y en el extranjero, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, crearon un escenario todavía más oscuro que el de la guerra de 1914-1918. Después de que, en 1941, las tropas de Hitler atacaron la Unión Soviética, la Gran Guerra Patria que culminó con la derrota del nazismo se convirtió en un elemento tan importante de la unidad nacional rusa que sobrevivió a la caída del Muro de Berlín y sigue vigente en la actualidad.

Con la repartición resultante de la posguerra, que segmentó el mundo en dos bloques, Iósif Stalin pretendió mostrar que el objetivo principal del movimiento comunista internacional era proteger a la Unión Soviética. Uno de los pilares centrales de esa política fue la creación de un área de defensa que incluía a ocho países de Europa Oriental. A partir de 1961, bajo dirección de Nikita Jrushchov, la Unión Soviética adoptó un nuevo rumbo político que terminó siendo conocido como la «coexistencia pacífica». Sin embargo, el programa de cooperación constructiva no apuntaba solamente a Estados Unidos y a los países del «socialismo realmente existente». En 1956, la Unión Soviética había aplastado brutalmente la Revolución húngara. Y en 1968 hizo lo mismo en Checoslovaquia. Frente a las reivindicaciones de democratización de la «Primavera de Praga», el politburó del Partido Comunista de la Unión Soviética decidió unánimemente enviar al país medio millón de soldados y miles de tanques. Leonid Brézhnev explicó esta acción haciendo referencia a lo que denominaba la «soberanía limitada» de los países firmantes del Pacto de Varsovia: «Cuando fuerzas hostiles al socialismo intentan torcer el desarrollo de un país socialista hacia el capitalismo, el problema no solo concierne al país en cuestión, sino a todos los países socialistas». De acuerdo con esta lógica antidemocrática, la definición de lo que era y no era «socialismo» quedaba sujeta al arbitrio de los líderes soviéticos.

En 1979, con la invasión de Afganistán, el Ejército Rojo volvió a convertirse en el instrumento de la política exterior moscovita, que siguió reivindicando el derecho a intervenir en lo que definía como su propia «zona de seguridad». Estas intervenciones militares no solo representaban un atentado contra toda política de reducción del armamento, sino que desacreditaban y debilitaban el socialismo a nivel mundial. La Unión Soviética empezó a ser concebida cada vez más como una potencia imperial que actuaba de forma similar a los Estados Unidos, que, desde el inicio de la Guerra Fría, habían respaldado, más o menos secretamente, golpes de Estado, y habían colaborado con el derrocamiento de gobiernos democráticamente electos en más de veinte países.

Ser de izquierda es estar contra la guerra
El fin de la Guerra Fría no mermó la magnitud de la interferencia de las potencias en los asuntos internos de otros países, ni tampoco conllevó un aumento de la libertad de todos los pueblos a la hora de elegir el régimen político bajo el que viven. La guerra ruso-ucraniana pone de nuevo a la izquierda frente al dilema de tomar posición cuando la soberanía de un país es puesta bajo amenaza. El gobierno de Venezuela comete un error al no condenar la invasión de Rusia a Ucrania y hace que pierdan credibilidad sus denuncias contra posibles ataques de Estados Unidos en el futuro. Retomando las palabras que Lenin escribió en «La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación»: «La circunstancia de que la lucha por la libertad nacional contra una potencia imperialista pueda ser aprovechada, en determinadas condiciones, por otra “gran” potencia en beneficio de sus finalidades, igualmente imperialistas, no puede obligar a la socialdemocracia a renunciar al reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación». Más allá de los intereses geopolíticos y de las intrigas que suelen jugar en estos casos, las fuerzas de la izquierda sostuvieron históricamente el principio de la autodeterminación nacional y defendieron el derecho de los Estados individuales a establecer sus propias fronteras en función de la voluntad expresa de sus poblaciones. En «Resultados de la discusión sobre la autodeterminación», Lenin escribió: «Si una revolución socialista triunfara en Petrogrado, Berlín y Varsovia, el gobierno socialista polaco, igual que los gobiernos socialistas ruso y polaco, deberían renunciar a la “retención forzada” de, pongamos por caso, los ucranianos que estuvieran dentro de las fronteras del Estado polaco». Entonces, ¿por qué actuar distinto cuando se trata del gobierno nacionalista de Vladimir Putin?

Muchas personas de izquierda ceden a la tentación de convertirse —directa o indirectamente— en beligerantes, alimentando una nueva «Unión Sagrada». Pero hoy esa posición solo sirve a los fines de borrar la distinción entre atlantismo y pacifismo. La historia muestra que, cuando no se oponen a la guerra, las fuerzas progresistas pierden una parte fundamental de su razón de ser y terminan empantanándose en la ideología del campo opuesto. Esto sucede cada vez que los partidos de izquierda convierten su participación en el gobierno en una vara para medir su acción política, como hicieron los comunistas italianos cuando apoyaron las intervenciones de la OTAN en Kosovo y Afganistán, o como hace hoy Unidas Podemos, que suma su voz al coro unánime de todo el arco parlamentario español, en favor del envío de armas al ejército ucraniano.

Bonaparte no es democracia
En 1854, Marx, haciendo referencia a la guerra de Crimea y en contra de los demócratas liberales que exaltaban la coalición antirrusa, escribió: «Es un error definir la guerra contra Rusia como una guerra entre la libertad y el despotismo. Además del hecho de que, si ese fuera el caso, la libertad estaría representada paradójicamente en la figura de Bonaparte, el objeto explícito de la guerra es el sostenimiento […] de los tratados de Viena, los mismos que anulan la libertad y la independencia de las naciones». Si reemplazamos a Bonaparte por los Estados Unidos de América y a los tratados de Viena por la OTAN, la observación parece pertinente frente a los hechos actuales.

El pensamiento de quienes se oponen al nacionalismo ruso y al ucraniano, como así también a la expansión de la OTAN, no expresa ninguna indecisión política ni ambigüedad teórica. Durante las últimas semanas, muchos especialistas explicaron pacientemente las raíces del conflicto (que no se reduce en absoluto a la barbarie de la invasión rusa), y está claro que la posición de no alineación es el modo más efectivo de terminar pronto con la guerra y garantizar que se cobre la menor cantidad de vidas posible. Es necesario promover acciones diplomáticas fundadas en dos principios: el cese de la violencia y la neutralidad de la Ucrania independiente.

A pesar de que la OTAN ganó mucho apoyo con la invasión rusa, es necesario poner un gran empeño en garantizar que la opinión pública no termine postulando que la máquina de guerra más importante y agresiva del mundo —la OTAN— es la solución a los problemas de la seguridad mundial. Debemos mostrar que es una organización ineficaz y peligrosa que, con su impulso a la expansión y a la dominación unipolar, alimenta las tensiones que conducen a la multiplicación de las guerras en todo el mundo.

Para la izquierda, la guerra no puede ser «la continuación de la política por otros medios», según afirma la célebre fórmula de Clausewitz. En realidad, la guerra solo certifica el fracaso de la política. Si la izquierda desea volver a ser hegemónica y está dispuesta a servirse virtuosamente de su historia, debe escribir con tinta indeleble en sus banderas las consignas «Antimilitarismo» y «¡No a la guerra!».

 

Traducción: Valentín Huarte

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Militarismo y cultura de guerra en la URSS y Rusia

La escalada de violencia del frente nazi-fascista en la década de 1930 provocó el estallido de la Segunda Guerra Mundial y creó un escenario aún más nefasto que el que destruyó Europa entre 1914 y 1918. Después de que las tropas de Hitler atacaran la Unión Soviética en 1941, Joseph Stalin convocó a una Gran Guerra Patriótica que finalizó el 9 de mayo con la derrota de Alemania, Italia y Japón. Esta fecha se convirtió en un elemento tan central de la unidad nacional rusa que sobrevivió a la caída del Muro de Berlín y perdura hasta nuestros días. Bajo el pretexto de la lucha contra el nazismo, se oculta, hoy más que nunca, una peligrosa ideología nacionalista y militarista.

Guerra fría y carrera de armamentos

Con la división del mundo en dos bloques después de la guerra, los líderes del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) decidieron que la tarea principal del movimiento comunista internacional era salvaguardar la existencia de la Unión Soviética. En el mismo período, la Doctrina Truman marcó el advenimiento de un nuevo tipo de guerra: la Guerra Fría. Con su apoyo a las fuerzas anticomunistas en Grecia, el Plan Marshall (1948) y la creación de la OTAN (1949), los Estados Unidos de América contribuyeron a evitar el avance de las fuerzas progresistas en Europa Occidental. La Unión Soviética respondió con el Pacto de Varsovia (1955). Esta configuración condujo a una gran carrera armamentista que, a pesar del recuerdo aun fresco de Hiroshima y Nagasaki, también implicó una proliferación de pruebas de bombas nucleares.

Con el giro político decidido por Nikita Khrushchev en 1961, la Unión Soviética inició un período de “coexistencia pacífica”. Se suponía que este cambio, con su énfasis en la no injerencia y el respeto por la soberanía nacional, así como la cooperación económica con los países capitalistas, evitaría el peligro de una tercera guerra mundial (que la crisis de los misiles cubanos mostró ser una posibilidad en 1962) y apoyaría el argumento de que la guerra no era inevitable. Sin embargo, este intento de cooperación constructiva estuvo lleno de contradicciones.

En 1956, la Unión Soviética ya había aplastado violentamente una sublevación en Hungría. Los partidos comunistas de Europa Occidental no condenaron sino que justificaron la intervención militar en nombre de la protección del bloque socialista y Palmiro Togliatti, el secretario del Partido Comunista Italiano, declaró: “estamos con nuestro lado incluso cuando comete un error”. . La mayoría de los que compartían esta posición lo lamentaron amargamente en años posteriores, cuando comprendieron los devastadores efectos de la operación soviética. Acontecimientos similares tuvieron lugar en el apogeo de la coexistencia pacífica, en 1968, en Checoslovaquia. El Politburó del PCUS envía medio millón de soldados y miles de tanques para reprimir las exigencias de democratización de la “Primavera de Praga”. Esta vez los críticos de la izquierda fueron más abiertos e incluso representaron a la mayoría. Sin embargo, aunque la desaprobación de la acción soviética fue expresada no solo por los movimientos de la Nueva Izquierda, sino también por la mayoría de los partidos comunistas, incluido el chino, los rusos no retrocedieron sino que llevaron a cabo un proceso que llamaron “normalización”. La Unión Soviética siguió destinando una parte importante de sus recursos económicos al gasto militar, lo que contribuyó a reforzar una cultura autoritaria en la sociedad. De esta manera, perdió para siempre la simpatia del movimiento por la paz, que se había hecho aún más grande a través de las extraordinarias movilizaciones contra la guerra de Vietnam.

Otro poder imperial

Una de las guerras más importantes de la década siguiente comenzó con la invasión soviética de Afganistán. En 1979, el Ejército Rojo volvió a convertirse en un importante instrumento de la política exterior rusa, que siguió reclamando el derecho a intervenir en “su zona de seguridad”. La desafortunada decisión se convirtió en una aventura agotadora que se prolongó durante más de diez años, provocando un gran número de muertos y creando millones de refugiados. En esta ocasión, el movimiento comunista internacional se mostró mucho menos reticente que en anteriores invasiones soviéticas. Sin embargo, esta nueva guerra reveló aún más claramente a la opinión pública internacional la división entre el “socialismo realmente existente” y una alternativa política basada en la paz y la oposición al militarismo.

Tomadas en su conjunto, estas intervenciones militares dificultaron una reducción general de armamentos y sirvieron para desacreditar al socialismo. La Unión Soviética fue vista cada vez más como una potencia imperial que actuaba de una manera no muy diferente a la de Estados Unidos, que, desde el comienzo de la Guerra Fría, había respaldado golpes de estado más o menos en secreto y ayudado a derrocar gobiernos elegidos democráticamente en más de veinte países de todo el mundo. Por último, las “guerras socialistas” de 1977-1979 entre Camboya y Vietnam y entre China y Vietnam, en el contexto del conflicto chino-soviético, disiparon cualquier influencia de la ideología “marxista-leninista” (ya alejada de los cimientos originales establecidos por Karl Marx y Friedrich Engels) a la hora de atribuir la guerra exclusivamente a los desequilibrios económicos del capitalismo.

Marx contra la Rusia contrarrevolucionaria

Marx no desarrolló en ninguno de sus escritos una teoría coherente de la guerra, ni planteó pautas sobre la actitud correcta a tomar frente a ella. Sin embargo, cuando eligió entre campos opuestos, su única constante fue su oposición a la Rusia zarista, que vio como la vanguardia de la contrarrevolución y una de las principales barreras para la emancipación de la clase trabajadora.

En sus Revelaciones de la historia diplomática del siglo XVIII –un libro publicado por Marx en 1857 pero nunca traducido en la Unión Soviética–, al hablar de Iván III, el agresivo monarca moscovita del siglo XV que unificó Rusia y sentó las bases de su autocracia, afirmó: “solo se necesita reemplazar una serie de nombres y fechas con otros y queda claro que las políticas de Iván III, y las de Rusia hoy, no son simplemente similares sino idénticas”. Desafortunadamente, estas observaciones parecen escritas para hoy, en relación con la invasión rusa de Ucrania.

Las guerras difunden una ideología de violencia, a menudo combinada con los sentimientos nacionalistas que han desgarrado al movimiento obrero. Raramente favorecen las prácticas de la democracia, pero aumentan en cambio el poder de las instituciones autoritarias. Las guerras engrosan el aparato militar, burocrático y policial. Conducen a la anulación de la sociedad ante la burocracia estatal. En Reflexiones sobre la guerra, la filósofa Simone Weil argumentó que: “cualquiera que sea el nombre que tome —fascismo, democracia o dictadura del proletariado—, el principal enemigo sigue siendo el aparato administrativo, policial y militar; no el enemigo al otro lado de la frontera, que es nuestro enemigo sólo en la medida en que es enemigo de nuestros hermanos y hermanas, sino el que dice ser nuestro defensor mientras nos convierte en sus esclavos”. Esta es una lección dramática que la izquierda nunca debería olvidar.