Month: March 2026
Jaime Pastor, Viento sur
Los estudios sobre la evolución del pensamiento de Marx en los últimos años de su vida están ayudando a conocerlo mejor, y a ello ha contribuido, sin duda, la publicación de nuevos documentos de ese periodo en la edición histórico-crítica en marcha de las obras completas de Marx (MEGA). En el comentario de Marx en los márgenes, de Kevin B. Anderson, en esta misma revista ya nos referíamos a ello[1] y mencionábamos entre esos trabajos el que lleva haciendo desde hace tiempo Marcello Musto, quien recientemente también ha editado la selección de textos El renacer de Marx. Nuevas interpretaciones y conceptos clave (Akal).
La obra que nos ocupa ahora es una buena muestra del (re)conocimiento de “el último Marx”. Además, Marcello Musto lo hace relacionando estrechamente la intensa actividad intelectual de Marx con su propia trayectoria vital y sus relaciones familiares y de amistad, en cuya correspondencia solía usar el apodo de Old Nick en lugar del más conocido de Moro. El autor recuerda los difíciles y duros momentos que vivió y sufrió, especialmente tras el fallecimiento de las dos Jenny, su compañera de vida y una de sus hijas, mientras seguía agravándose su propio estado de salud.
En el recorrido que hace este libro podemos seguir cómo Marx se va adentrando en nuevos horizontes de investigación a partir de su creciente interés por la antropología, junto a las matemáticas, como es bien conocido. Es así como podemos ir comprobando un reconocimiento de “las especificidades de las condiciones históricas” en los distintos casos que analiza, distanciándose así de la concepción unilineal de la historia, así como una mirada crítica, sin ambigüedad alguna, de las políticas coloniales europeas.
Paralelamente, esa tarea aparece estrechamente asociada a su condición de “ciudadano del mundo”, lo que le conduce a seguir de cerca los acontecimientos internacionales y a tomar posición ante ellos. Así ocurre con su preocupación por los conflictos entre trabajadores, relacionados con los diferentes procesos migratorios en Estados Unidos, al igual que ya lo había hecho respecto a Inglaterra en torno a la relación entre trabajadores ingleses e irlandeses, apelando siempre a construir la solidaridad de clase por encima de los diferentes orígenes nacionales.
Asimismo, vemos un Marx emplazado a precisar más sus ideas y propuestas por muchos de sus seguidores en torno a los objetivos por los que ha de aspirar el movimiento obrero, si bien se muestra siempre reticente a dar recetas universales. Uno de los ejemplos mencionados por Musto es la respuesta que da a la pregunta del holandés Nieuwenhuis[2] sobre cuál es su idea de la transición al comunismo, limitándose a sostener que eso no se puede definir sin tener en cuenta “las condiciones históricas en las que a cada uno le toca actuar”.
Sin embargo, tuvo que ser más concreto ante peticiones como la del socialista Jules Guesde, en mayo de 1880, para que contribuyera al programa electoral de los trabajadores franceses. En su aportación consideraba, por ejemplo, que en su preámbulo debía aparecer con claridad que “la emancipación de la clase productiva es la de todos los seres humanos, sin distinción de sexo y raza”, y en los objetivos a alcanzar incluía dentro del bloque de reivindicaciones la “supresión de la deuda pública” y “la anulación de todos los contratos de privatización de la propiedad pública (bancos, ferrocarriles, minas, etcétera)”.
Sin duda, como lamentaba su amigo Engels, ese interés por nuevos campos de investigación distrajo a Marx de su labor destinada a completar El Capital, su obra magna. Pero es que, como recuerda Musto, para Marx “la ley última del ser humano” es “¡la lucha!”, y esa tarea no podía ser ajena a su preocupación por influir en la evolución del movimiento obrero en distintas partes del mundo, especialmente en “España, Rusia, Inglaterra y Estados Unidos”, como manifestó en una entrevista en diciembre de 1878. En ella, por cierto, insistía en que había que elaborar programas adaptados a las dificultades específicas de cada país, ya que “el único punto en común es la meta final”[3].
Con todo, es la cuestión del desarrollo del capitalismo y el futuro de la comuna rural en Rusia, en torno a la que mostraba interés desde hacía tiempo (hasta el punto de aprender la lengua rusa), la que le continuó preocupando en su última etapa[4]. Lo hizo siempre en diálogo con el populismo ruso y sus principales obras (entre ellas, la de Chernishevski, por quien manifestaría una creciente admiración[5]), así como mediante la correspondencia que mantuvo con diferentes miembros de esa corriente, especialmente con Vera Zasúlich. La pregunta que ella le hizo sobre el papel que podría tener la obshchina en el camino hacia el socialismo en Rusia le obligaría a buscar una respuesta suficientemente fundamentada, siendo buena prueba de ello los sucesivos borradores que dedicó a esa tarea hasta acabar de dar con la versión, más breve, definitiva.
Marx aborda ese debate, frente a quienes como Mijailovski interpretan que pretende establecer una “teoría filosófico-histórica” general, sosteniendo que su análisis del desarrollo capitalista en Europa Occidental no tiene por qué ser extrapolable a otras regiones del mundo. Es desde ese enfoque como asume la hipótesis de que en el caso de que se abriera un proceso revolucionario en Rusia, que fuera acompañado de otro en Europa, la obshchina podría constituir una base de la nueva sociedad socialista. Su prefacio, junto con Engels, a la edición rusa de 1882 del Manifiesto del Partido Comunista sintetizaría en cierto modo esa respuesta cuando ambos sostienen que “si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podría servir de punto de partida a una evolución comunista”.
Esta hipótesis, como ya sabemos, no llegó a hacerse realidad, pero las reflexiones en torno a la misma sí permiten ver en el Marx tardío, como también comentábamos a propósito del libro antes mencionado de Kevin Anderson, su interés por la forma comuna en distintas sociedades no occidentales y su apuesta clara por una concepción multilineal de la historia, frente a la interpretación que ha perdurado en la ortodoxia dominante durante mucho tiempo, pero también entre muchos de sus críticos.
Con todo, y gracias a aportaciones como el muy documentado y riguroso trabajo de Manuel Corbera (La comuna rural rusa ¿Una vía campesina alternativa hacia el socialismo?, Sylone y viento sur), disponemos hoy de un mayor conocimiento de los orígenes y de la evolución de la obshchina o mir rusa. Corbera nos ofrece un análisis de sus fuerzas y sus debilidades, evitando tanto la mitificación como la demonización que sufrió, hasta que finalmente fuera eliminada definitivamente por Stalin en 1930 tras la colectivización forzosa del campo.
Más allá de esta controversia, el trabajo de Musto también ayuda a reconocer de nuevo la afinidad creciente que llegó a mantener Marx con el populismo ruso, no sólo en el plano teórico, sino incluso mostrando su solidaridad con la lucha de esta corriente contra el zarismo ruso. Una relación, por cierto, que, como reivindican en otra obra reciente Michael Löwy y Paul Guilibert (Marx Narodnik. Les populistes ruses, le communisme et l’avenir de la révolution), es una referencia a tener en cuenta para la necesaria reconsideración del papel de movimientos de defensa de la tierra, como los de las comunidades indígenas o los de organizaciones como el MST brasileño y Les soulévements de la terre en Francia, así como, ya desde una perspectiva histórica más general, de la forma-comuna en general, como lleva proponiendo Kristin Ross, en el marco de un proyecto ecosocialista, feminista y anticapitalista.
El 2 de diciembre de 1881 llegaría la muerte de la mujer que desde 1836 fue su compañera de vida, y al dolor por la soledad en la que se sentía Marx se uniría el empeoramiento progresivo de su salud. Fue ese motivo el que le llevó a su “último viaje” a Argel, en donde le llamó la atención el distinto tipo de relaciones sociales que observaba entre musulmanes, al mismo tiempo que denunciaba los violentos abusos de los occidentales, como lo hizo también frente a la invasión de Egipto por Gran Bretaña en 1882. Es en esa etapa cuando también manifiesta su interés por las cuestiones ambientales, en particular por los trabajos del socialista ucraniano Podolinski, quien le transmitiría su “intento de armonizar [el concepto de] plustrabajo con las actuales teorías físicas”. Un encuentro que no tendría continuidad y que para ecologistas como Martínez Alier, como recuerda Musto, fue “una ocasión fallida crucial en el diálogo entre marxismo y ecología”. Una cuestión, la de la ecología en Marx, que habría podido merecer más atención, pero que ya ha sido abordada en trabajos de otros autores, como Foster o Saïto, con puntos de vista diferentes. Fue entonces cuando también conoció el trabajo de Vasili Vorosilov, seguidor de la obra de Marx y defensor de la tesis del “privilegio del atraso”, que sería luego comentada críticamente por Rosa Luxemburg.
A comienzos de 1883, la muerte de su hija Jenny a los 38 años precedería a la de Marx el 14 de marzo de ese mismo año. Ese día, escribió su gran amigo Engels, “la humanidad se ha visto privada de una mente, la mente más importante que tenía hoy en día”.
Concluye así un trabajo que, acompañado de una cronología y de las muy necesarias notas, es de fácil lectura y cumple bien con su propósito de despertar interés en los que podemos considerar aspectos más relevantes en la vida y la obra del Marx tardío.
Jaime Pastor es politólogo y miembro de la redacción de viento sur
[1] “Descubrir la multidimensionalidad de Marx”, Jaime Pastor, viento sur, 21/05/2024,
[2]Sobre este antiguo pastor protestante, fundador de la Liga Socialdemócrata holandesa en 1878 y figura singular dentro de la Segunda Internacional que evolucionó luego hacia el anarco-comunismo me remito a mi artículo “El antimilitarismo en los orígenes del movimiento obrero. Domela Nieuwenhuis”, Archipiélago, 7, 1990.
[3] “Entrevista a Karl Marx”, en Gustave Tridon (ed.), Espiando a Marx, El Viejo Topo, 2006, pp. 75-87.
[4] Ya en la obra coordinada por Teodor Shanin pudimos leer una buena antología: El Marx tardío y la vía rusa. Marx y la periferia del capitalismo, Editorial Revolución, 1990.
[5] Algo que subrayó también Francisco Fernández Buey en Marx (sin ismos), El Viejo Topo, 1998, pp. 220-221.
En nuestro siglo han acontecido complejas transformaciones, hemos sido testigos del desarrollo vertiginoso de las ias, de nuevos conflictos internacionales, de una globalización nunca antes vista y de la presencia de una pandemia que demostró la fragilidad de nuestro modo de vida. La crítica de Karl Marx hacia el modelo de producción capitalista, no obstante, sigue presente en el imaginario colectivo de la sociedad contemporánea. El marxismo está aquí, entre nosotros, en simposios serios o en conversaciones de café, en discursos que con encono señalan una izquierda todopoderosa y corruptora, o en debates académicos que encuentran en el modelo de sociedad de clases un método viable.
Marcello Musto es consciente de la realidad que lo rodea, de su punto de enunciación. Estamos lejos del mundo bipolar disuelto tras la extinción del bloque comunista o de las revoluciones proletarias, la lucha de clases no forma más parte de los discursos político-filosóficos como lo hacía en el siglo pasado. En nuestro contexto es fácil caer en un lugar común, el de asumir que todo lo relativo a Marx ha sido superado por completo. Si bien las bases del pensamiento crítico a la sociedad capitalista están presentes en la producción intelectual de este siglo, en tópicos como el decolonialismo, la subalternidad o la necroeconomía, son pocos los autores que como Musto se centran en estudiar a Marx de manera directa. Esta obra demuestra la actualidad y riqueza teórica del pensador de Tréveris más allá de los mitos que lo rodean. La tesis nuclear de la obra es que, para estudiar a Marx, es preciso hacerlo más allá del mito que significa la figura para sus seguidores ortodoxos y para sus detractores acérrimos. Para lograr estos fines, Musto divide su texto en cuatro partes en las que presenta la obra y la labor política de Karl Marx: “La crítica de la economía política”, “La militancia política”, “Las investigaciones de la última década” y “La teoría política”. En todas las páginas hay una clara intención de objetividad, un enlace entre exposiciones, argumentos y fuentes documentales; esta rigurosidad hace que el autor a menudo aborde a Marx desde la crítica, destacando sus desatinos, algunas contradicciones, pero también distingue lo que sostuvo Marx de lo que fue interpretado por estudiosos o políticos ulteriores. Un detalle que es mejorable en la obra es el corte cronológico que se encuentra en la segunda parte del libro titulada “La militancia política”, pues retrotrae detalles que ya habían sido tratados en la primera parte, pecando en cierto grado de repetición.
Quiero señalar, a propósito del trabajo documental, que el manejo de fuentes es exhaustivo, se mueve en diferentes lenguas: alemán, italiano e inglés.
Marcello Musto consultó las siguientes fuentes: Marx-Engels-Gesamtausgabe (mega), MarxEngelsWerke (mew), Marx-Engels Collected Works (mecw), así como otras ediciones individuales de obras de Marx y bibliografía complementaria de diversas autorías. Es un gran acierto el estudio documental de los compendios antes abreviados como mega, mew y mecw, pues rescatan el soporte teórico, la relación personal e intelectual con Engels, a la vez que recuperan correcciones y adendas posteriores a Das Kapital, mismas que no siempre fueron traducidas en las versiones en español. El resultado de esta investigación es un robusto corpus documental que incluye epístolas, notas a obras leídas, cuadernos de trabajo, informes de trabajo, etcétera, así la obra no sólo es valiosa en sí misma, sino que también significa un potencial catálogo para estudiosos del marxismo, de los procesos decimonónicos y la historia de las ideas. Este buen manejo documental se expresa en un impecable aparato crítico; la mayoría de las notas al pie que son expositivas no pueden perderse de vista. Independientemente de lo que otros lectores encuentren en sus lecturas individuales, me atrevo a sostener que hay una serie de temas centrales, yo destacaría al menos tres: 1) Marx como humano detrás de las ideas, 2) Marx inmerso en su contexto, 3) La obra intelectual y política. Cada tema está presente en todo el texto y se aborda con más o menos exhaustividad, considero que el punto tres (por su título lo podemos suponer) es el tema central, pero la información que nos ofrecen los otros dos temas permite comprender la estrecha relación entre pensador-vida-obra.
Respecto al primer punto: Marx como humano detrás de las ideas, Musto expone las dificultades de salud, económicas y políticas de un condenado al exilio, pero también recoge la vida matrimonial, las buenas amistades o el toque perspicaz de “El Moro” incluso en momentos ríspidos. Si bien la biografía es rigurosa, sin atisbos novelados, a lo largo de la lectura es fácil empatizar con el apátrida que pasó sus años criticando un sistema que parece (incluso ahora) invencible. Asimismo, está presente la figura de un pensador curioso y autocrítico hasta los huesos, a menudo en perjuicio de su propio trabajo, retrasando publicaciones por su afán de perfección. En palabras de Musto: “el espíritu problemático con el que Marx escribió y continuó repensando su obra revela la enorme distancia que lo separa de la imagen de un autor dogmático, difundida tanto por muchos de sus adversarios como por un sinfín de sus supuestos seguidores” (p. 116).
En el caso del segundo punto: Marx inmerso en su contexto, situamos al pensador en distintos procesos del siglo xix, como la Guerra de Secesión, la lucha por la Independencia de Polonia, las demandas irlandesas de emancipación, la Comuna de París, la formación de un partido socialista en Alemania, la Guerra franco-prusiana o el colonialismo inglés. Estos eventos decimonónicos no sólo son valiosos como procesos que acompañaron a Marx, se exponen porque lo obligaron a repensar sus posturas, a rectificar y afinar sus teorías, reiterando así el esbozo de un Karl Marx en constante desarrollo, no dogmático. Esta imagen del pensador en constante desarrollo, circunscrito a sus condiciones, se cristaliza en la incipiente crítica de Marx hacia el colonialismo extractivista en India que devastaba paisajes sin las “bondades” de la era industrial, o el reconocimiento de la existencia de diversos caminos que llevarían a la emancipación obrera, no sólo la revolución como insistirían los marxistasleninistas del siglo XXI.
La parte más sólida de la obra está en el tercer punto que aquí se destaca: la obra intelectual y polí- tica, al respecto, Musto recorre la vida productiva del autor desde finales de la década de 1840 (a partir de su exilio) hasta la publicación del primer tomo de El Capital, en 1867 y sus posteriores correcciones (p. 109). Se construye la trayectoria de Marx como un desarrollo intelectual de preocupaciones teóricas rastreables desde los Manuscritos Económicos Filosó- ficos de 1844, pasando por los Grundrisse y hasta Das Kapital. Como todo proceso de pensamiento es un vaivén de lecturas, correcciones y de formación paulatina, asimilando conceptos de la lectura exhaustiva de economistas clásicos como Adam Smith o David Ricardo, pero también de trabajos mucho más próximos a la redacción de Das Kapital, como El origen de las especies, ensayos sobre la renta como concepto económico o textos de autores rusos que reflexionaban sobre los cambios en la propiedad eslava. Uno de los argumentos que pesan y se repiten, es que, si bien Das Kapital es la magna obra de Marx, no deja de ser un texto incompleto y debe leerse como tal. El libro segundo era débil en su aspecto teórico y el tercero estaba impublicable, si bien la labor editorial de Engels fue titánica ésta no fue conclusiva. Dicha esencia incompleta no debe verse como una tragedia, sino como la posibilidad de continuar cuestionando el papel de nuestro sistema económico, pues Marx nunca pretendió escribir un manual del buen comunista.
A propósito de la militancia política de Marx, esta estuvo circunscrita sobre todo en la Asociación Internacional de los Trabajadores entre 1864 y 1872. En ocho años pasó de ser un asistente callado a la imagen principal de la Asociación, tanto para bien al fungir como líder intelectual, como para mal, hasta ser llamado “Doctor del Terror Rojo”. Musto expone las cavilaciones de su autor en el contexto de las primeras luchas obreras organizadas, su postura frente a procesos claves del siglo xix y su rol en la última etapa de la Asociación Internacional de Trabajadores. Su labor política no dejó de ser una preocupación teórica, siempre mantuvo el anticapitalismo como base de lucha obrera, cuestión que lo llevó a polemizar con autores como Bakunin, que era enemigo del Estado en su sentido más abstracto, aunque fuera un obrero.
Para concluir, considero que la lectura de Karl Marx. Biografía intelectual y política, 1857–1883 de Marcello Musto no sólo revitaliza la figura del pensador de Tréveris. Merece ser leída para estudiar fenómenos de clase y dar respuesta a retos contemporáneos, sea complementando sus tesis más fuertes o polemizando sus enfoques, sin caer en determinismos que ni el propio Marx desearía. La obra responde a la pregunta primigenia: ¿por qué leer a Marx?, pero inevitablemente nos orilla a cuestionarnos qué hacer con el pensamiento de un autor que criticó un sistema aún vigente.
El libro es sólido y metódico, reconstruye con rigor filológico y sensibilidad histórica la trayectoria de un Marx que no es ídolo ni demonio, sino un intelectual comprometido, contradictorio, al fin y al cabo, humano. Su enfoque logra algo poco común: restituir el movimiento interno del pensamiento marxiano, mostrar sus fisuras y rectificaciones sin menoscabar su potencia crítica. En un momento en que la desigualdad global y la crisis ecológica reconfiguran las bases mismas del capitalismo, esta obra propone una lectura más allá de los mitos; la exposición de la vida y obra se hace, por así decirlo, con las fuentes en la mano. Musto, con su erudición y distancia analítica, ofrece una biografía que también es una lección metodológica: la de leer sin prejuicios, con las fuentes a la vista y con la convicción de que los clásicos deben ser criticados con método.