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International conference brings top Marx scholars to York University

An international conference focused on Karl Marx’s Capital on its 150th anniversary will be held at York University this spring.

The conference, “Marx’s Capital after 150 Years Years: Critique and Alternative to Capitalism,” will take place from May 24 to 26 at the Keele campus. York University will host to the world’s top scholars, including Immanuel Wallerstein, senior research scholar at Yale University; Saskia Sassen, the Robert S. Lynd Professor of Sociology at Columbia University; renowned French scholar Étienne Balibar; British Professor Bob Jessop; York University sociology Professors Himani Bannerji and Marcello Musto; and many more.

“This conference is an unprecedented opportunity for scholars and the public to explore Marx from a variety of perspectives,” says Musto, who is the conference organizer.

“Marx’s Capital was published in 1867 and this year there will be dozens of conferences that will celebrate one of the most –famous and most translated – book ever written. The conference that will take place at York University is by far the biggest in the world, with the participation of 30 prestigious speakers from more than 10 countries,” says Musto. “The professors invited will not only discuss, and in some cases update, Marx’s critique of capitalism; they will also critically present the profile of alternative society conceived by Marx and will explain why his ideas are still so relevant and useful for us today.”

The conference is structured in nine plenary sessions and around several major themes. Among the themes explored are new interpretations of Capital in light of ecology, non-European societies and gender, the contemporary relevance of Capital, re-reading Capital as an incomplete project after the new critical edition of Marx’s complete work (MEGA²), and the global dissemination and reception of Capital. The presenters will critically reconsider Marx’s magnum opus as a work that continues to provide an effective framework for understanding the nature of capitalism and the transformations of our times.

After the eruption of the international financial crisis in 2008, Marx’s Capital received renewed academic and popular attention. Leading newspapers throughout the world discussed again the contemporary relevance of its pages. Faced with a deep new crisis of capitalism, many are now looking to an author who in the past was often wrongly associated with the “actually existing socialism” and who was too hastily dismissed after the fall of the Berlin Wall.

For many scholars today, Marx’s analyses are resonating more strongly than they did in his own time. This international conference will bring together a cohort of the world’s leading sociologists, political theorists, economists and philosophers, from diverse fields with the aim of offering diverse scholarly perspectives and critical insights into the principal contradictions of contemporary capitalism and, in so doing, point to alternative economic and social models.

Everyone is welcome and admission is free.

For more information on the conference, including the conference program, visit http://www.marxcollegium.org/.

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Reviews

Jaime Ortega Reyna, Andamios

Una vieja anécdota —probablemente falsa— nos servirá como intro- ducción para reseñar la última compilación que ha hecho Marcello Musto a propósito del filósofo de la “Tesis XI” titulada De regreso a Marx.

En la anécdota, un periodista francés le pregunta al histórico líder de la revolución China, el presidente Mao Tse-Tung, a su paso por París, sobre el alcance histórico de la Revolución francesa (aquella que tradicionalmente ubicamos en 1789): Mao responde que es aún muy pronto para saberlo.

De la misma manera en que Mao refería con mesura cualquier jui- cio sobre un acontecimiento lejano, quizá nosotros debamos también hacer lo mismo a propósito de “los regresos a Marx”. Justamente por- que han sido múltiples no podemos sino marcar desde un horizonte situado (el de América Latina) un distanciamiento con respecto a una hipótesis muy recurrente: que hemos vuelto a Marx a partir de la crisis económica de 2008. Lo marcamos por varias razones, la primera de ellas es que limitar la influencia de Marx a partir de un acontecimiento “económico” nos parece que limita las posibilidades del análisis de su obra y lo reduce a un hecho típicamente “derrumbista”, es decir, ajeno a la historia concreta de los pueblos; la segunda y más importante es que en América Latina al menos desde 1998-1999 (con el triunfo de Hugo Chávez) lentamente su nombre comenzó a ser reivindicado en el plano político y de alternativas de construcción de un orden social distinto al imperante. Mientras que en el norte global importantes pero inconexas protestas (ayer en Madrid y Nueva York, hoy en París) han posibilitado debilmente hablar de otro ordenamiento societal en nuestro continente, con todas las limitaciones imaginables, hemos asistido al ascenso de movimientos sociales que han devenido experiencias con- cretas de gestión de lo público y lo común, así como de la ocupación de gobierno de los Estados: revoluciones democráticas de los pueblos, efectivas, vigorosas, complejas y contradictorias, es decir, vivas. Esta di- ferencia la marcamos justamente porque pensamos que Marx ha sido, y es, un inspirador oculto de más de una de las grandes revueltas que han permitido abrir tímidas grietas en la muralla capitalista, al menos desde este nuestro lugar de enunciación.

Marcada esta diferencia podemos efectivamente trazar grandes rutas por las que avanza el Regreso a Marx, que nos presenta un conjunto muy variado y sugerente de autores. La compilación podemos dividirla artificialmente en tres segmentos. El primero va sobre temas clásicos del marxismo, uno segundo busca encarar el marxismo frente a nuevos problemas y un tercero busca dar un sucinto panorama de la produc- ción marxista alrededor del mundo.

Dentro del primer segmento podemos encontrar los textos de Mar- cello Musto y de Ricardo Antunes, que vuelven sobre el problema de la enajenación, uno para desarrollarlo en su versión clásica por el joven Marx y el otro para intentar poner al día esa noción en nuestro con- texto. Este tema es central para los desarrollos del marxismo durante el siglo xx, y ahora en condiciones de nuevas ediciones y de la publi- cación de inéditos es posible decir cosas nuevas. Es el fin del texto de Musto, quien busca desentrañar los sentidos del uso de alienación, así como algunas de las versiones que circularon en el siglo xx. Como se sabe, aquella noción causó muchos problemas para el marxismo que aspiraba a ser un conocimiento científico, pues seguía anudada a una noción bastante frágil de “esencia humana” supuestamente perdida ante el desarrollo del capitalismo. Junto a ella podemos ubicar otros temas clásicos en la literatura marxista que se desarrollan en variadas y sugerentes direcciones, por ejemplo, el tema de la libertad humana y el desarrollo de las capacidades, que se expone en un texto de George Comninel. Temas clásicos que vuelven y son planteados en nuevas condiciones, las de nuestro siglo xxi.

Un segundo segmento busca ampliar la mirada sobre temas que podríamos considerar “novedosos”. Por ejemplo, se incluye un texto de Kevin Anderson, un estudioso de habla inglesa, sobre el problema de la etnicidad y la manera en que Marx enfocó los procesos en “los márgenes” del centro capitalista. Aquí cabe destacar una continuidad no siempre dicha entre las formulaciones del grupo Pasado y Presente y José Aricó, que dispuso en español el material necesario para superar una lectura eurocéntrica de Marx. También Terrel Carver se avoca a desentrañar la manera en que Marx recibió la problemática del género: se trata de un esfuerzo filológico muy serio por demostrar que Marx no hizo caso omi- so de la situación de las mujeres en la sociedad capitalista. Por su parte, Michael Lebowitz busca establecer una estrategia radical que no apunte sólo a cambios menores del “sistema”. La recientemente fallecida Mei- kisis Wood abordó el tema de la “universalidad del capital”, que desde su punto de vista, apenas la hemos visto completarse en su totalidad, lo cual hace (al decir de ella) más actual el pensamiento de Marx con respecto al siglo xix o incluso al xx.

El último segmento busca dimensionar la producción del marxismo en el mundo, y es sin duda muy rico. En él se exploran brevemente las producciones en América Latina y España, el mundo de habla inglesa, Francia, Brasil, Italia, Japón, Corea, China y Rusia. Sin duda los textos podrán ser criticables desde el punto geográfico del que se coloque: podrán faltar obras, revistas no serán mencionadas, encuentros habrán sido poco visibilizados, etcétera; sin embargo, se trata de un esfuerzo importante, que permite ampliar miradas reducidas o provincianas, tan comunes en los medios académicos, particularmente europeos y estadounidenses, que suelen mirarse sólo a ellos mismos como la úni- ca producción relevante. Es necesario que la crítica se haga a partir de producciones que enriquezcan los panoramas presentados de manera breve. Los lectores encontrarán una gran riqueza temática, de autores, de obras y de revistas, destacamos la que refiere a Brasil, por la capa- cidad de síntesis que hacen los autores, y la colaboración de Jan Hoff sobre Alemania, que además de exponer argumentos de los debates teóricos ha sido autor de un importante libro (sólo en idioma alemán) sobre la historia del marxismo a nivel global, que será necesario tra- ducir pronto.

El conjunto de los diez trabajos que se presentan puede ser la base para futuras investigaciones, que coloquen en el centro las producciones en torno a Marx más que al marxismo, aunque difícilmente se pudieran separar en algunos casos, como en Italia con Gramsci, o en Francia con Althusser.

Indudablemente el conjunto del libro es un aporte para tejer las coordenadas actuales de discusión sobre Marx, pero también a partir de él. Su obra sigue siendo catalizadora de reflexiones y de creación de hipótesis, algunas vuelven sobre temas complejos, que han sido seria- mente cuestionados por el pensamiento filosófico y científico (como el de la enajenación) y otras siguen siendo aportes fundamentales (como el caso de los “límites naturales”). Marx sigue movilizando la imagina- ción de los que se arriesgan a plantear, tanto en planos epistemológicos como prácticos, posibilidades de un orden social distinto. El cruce entre la investigación y la práctica ha marcado derroteros y temas a profundizar, provocando con ello necesarias tensiones con la obra del filósofo del siglo xix que cimbró toda la historia del siglo xx y quizá aún pueda seguir acechando nuestras realidades.

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Journal Articles

Le dernier voyage de Marx

Le 2 décembre 1881 mourait d’un cancer du foie Jenny von Westphalen, la femme qui, pendant toute son existence, avait été aux cotés de Marx et en avait partagé les affres et la passion politique. Ce fut pour ce dernier une perte fatale.

Ainsi, à la douleur morale causée par la perte de sa femme, vint s’ajouter la douleur physique. Pendant le mois d’octobre, en effet, Marx fut frappé par une bronchite virulente qui engendra une grave pleurésie. Sa santé devint alors si précaire que, comme il l’avoua à son ami, l’économiste russe Nikolaï Danielson, dans un des moments les plus critiques il fut « sur le point de tourner le dos à ce monde de malheurs [1]. »

À cette époque Marx était en train de préparer une vaste chronologie des principaux événements politiques, sociaux et économiques de l’histoire mondiale. Entre fin 1880 et début 1881, il s’était plongé dans La société archaïque de Lewis Morgan (1887) ;Java : du gouvernement d’une colonie (1861) de James Money ; Le village aryen en Inde et à Ceylan (1880) de John Phear ; ainsi que l’Histoire de l’origine des institutions (1875) de Henry Maine, rédigeant, comme à son habitude, des synthèses de chaque ouvrage. Un peu plus tard, dans un autre cahier rédigé en 1882, il avait retranscrit des pages choisies de La condition primitive de l’Homme de John Lubbock[2]. En outre, à partir de 1881, Marx recommença aussi à s’occuper de mathématiques, discipline avec laquelle il avait déjà eu occasion de se mesurer à plusieurs reprises. Il concentra son attention sur le calcul différentiel, sujet qu’il avait probablement jugé intéressant pour mettre à l’épreuve sa méthode d’analyse sociale.

LE RETOUR À L’HISTOIRE
Toutefois, entre l’automne 1881 et l’hiver 1882, il allait consacrer l’essentiel de son énergie intellectuelle aux études historiques. Dans ce cadre, il conçut une chronologie critique dans laquelle il répertoria, année par année, les plus importants événements historiques depuis le premier siècle de notre ère, en en résumant les causes et les traits marquants. Il s’agissait de la même méthode déjà employée dans la rédaction de ses Notes sur l’histoire indienne (664-1858) [3] , rédigées entre l’automne 1879 et l’été 1880, à partir du livre de Robert Sewell, Histoire analytique de l’Inde (1870) [4]. Ainsi il entendait, une fois de plus, mettre ses conceptions à l’épreuve des événements réels ayant marqué le sort de l’humanité. Dès lors, il ne se focalisa pas uniquement sur les mutations productives, mais concentra son attention sur la question fondamentale du développement de l’État moderne, par-delà tout déterminisme économique[5].

Pour ce faire, Marx eut recours, à côté de quelques références mineures dont il n’est pas fait mention dans ses notes, essentiellement à deux livres. Le premier, Histoire des peuples d’Italie (1825) de l’italien Carlo Botta, publié en français en trois volumes ; le second, Histoire mondiale à l’usage du peuple allemand (1844-57) de Friedrich Schlosser, paru à Francfort, en 18 volumes, ouvrage qui connut à l’époque un grand succès et une diffusion importante. À partir de ces deux ouvrages, Marx remplit deux cahiers. Les résumés, interrompus parfois par de courts commentaires critiques, ont été rédigés par Marx en allemand, en anglais et en français [6].

Dans le premier cahier, il procéda à la classification, par ordre chronologique et sur un total de 143 pages rédigées, de certains événements majeurs ayant eu lieu entre 91 avant notre ère et 1370. Il prit comme point de départ l’histoire de la Rome antique, pour passer ensuite à la chute de l’empire romain, en passant par l’importance historique de Charlemagne, le rôle de Byzance, les républiques maritimes italiennes, le développement du féodalisme, les croisades, ainsi qu’une description des califats de Bagdad et de Mossoul. Dans le deuxième cahier, qui compte 145 pages, avec des notes allant de 1308 à 1469, le sujet principal porte sur les progrès économiques ayant eu lieu en Italie [7] et la situation politique et économique en Allemagne entre le XIVe et le XVe siècle ; alors que, dans le troisième cahier, au cours de 141 pages couvrant la période 1470-1580, Marx s’occupe du conflit entre la France et l’Espagne, de la République florentine à l’époque de Jérôme Savonarole et de la réforme protestante introduite par Luther. Enfin, dans le quatrième cahier, se composant de 117 pages, il résume la grande quantité de conflits religieux intervenus en Europe entre 1577 et 1648 [8].

À coté de ces quatre cahiers, où figurent des extraits des ouvrages de Botta et Schlosser, Marx en rédigea un cinquième, que l’on peut considérer remonter à la même époque et sur la même ligne de recherche. Dans ce dernier cahier, à partir de l’ Histoire de la République de Florence (1875) de l’Italien Gino Capponi, il rédigea les notices concernant la période allant de 1135 à 1433, alors qu’il rédigea la section relative à la période 1449-1485 à partir de l’ouvrage Histoire du peuple anglais (1877) de John Richard Green. Sa santé chancelante ne lui permit pas de faire davantage, et ses notes s’arrêtent donc à la paix de Westphalie de 1648, c’est-à-dire aux traités qui mirent fin à la guerre de Trente Ans.
Quand enfin ses conditions de santé s’améliorèrent, il fut nécessaire de prendre toutes mesures utiles pour prévenir une rechute [9]. Ainsi, accompagné par sa fille Eleanor, Marx se déplaça à Ventnor, localité de l’île de Wight au climat doux, où il avait déjà séjourné à plusieurs reprises par le passé et qui paraissait adaptée aux circonstances. Il y resta pendant les deux premières semaines de 1882.

Pour pouvoir se balader, sans trop de difficultés, et être par là même « moins dépendant des aléas du climat », il fut obligé de porter « en cas de besoin » un respirateur, qu’il compara à « une muselière [10] ». Même dans de telles circonstances, Marx ne renonça jamais à l’ironie, avouant à sa fille Laura que la véhémence avec laquelle, en Allemagne, les journaux bourgeois avaient annoncé sa « mort, ou tout de même son imminence inéluctable » l’avait « beaucoup amusé [11] ».

Malgré son très mauvais état physique, il continuait à suivre de près les principaux événements de l’actualité politique. Suite à un discours du chancelier allemand devant le Parlement, au cours duquel Bismarck n’avait pas pu ignorer la profonde méfiance avec laquelle les travailleurs avaient accueilli les propositions du gouvernement, il écrivit à Engels : « je considère comme une grande victoire, non seulement pour l’Allemagne mais aussi pour l’étranger, le fait que Bismarck ait avoué devant leReichstag que les ouvriers se fichent de son socialisme d’État [12] ».

Malheureusement sa bronchite devint néanmoins chronique et, une fois de retour à Londres, le séjour dans un lieu chaud devint indispensable, afin d’envisager une guérison complète. L’île de Wight n’avait pas fait l’affaire. Gibraltar n’était pas envisageable, car pour y entrer, il aurait dû exhiber un passeport dont il était précisément démuni en sa qualité d’apatride. L’Empire de Bismarck était, quant à lui, sous la neige, et toujours interdit à Marx, alors que l’Italie n’était pas non plus envisageable car, comme le formula Engels : « la première ordonnance pour les convalescents est celle d’éviter d’être embêtés par la police [13] ».
Avec l’aide de leur médecin commun, Bryan Donkin, et de Paul Lafargue, le gendre de Marx, Engels persuada ce dernier de se rendre à Alger, ville réputée à l’époque parmi les personnes qui, en Angleterre, pouvaient se permettre de s’y rendre afin d’échapper aux rigueurs de l’hiver [14].

Marx quitta Londres le 9 février et, sur le chemin vers la Méditerranée, s’arrêta à Argenteuil, un faubourg de Paris où vivait sa fille aînée Jenny. Après avoir traversé la France en train, il parvint à Marseille le 17 février. Là, il acheta un billet pour le premier navire en partance pour l’Afrique[15] et, le lendemain, par un froid après-midi d’hiver, il fit la queue avec les autres voyageurs, dans le port de Marseille, en attendant de s’embarquer. Il avait avec lui deux valises remplies d’habits chauds, de médicaments et quelques livres. Le bateau Said quitta le port à cinq heures de l’après-midi en direction d’Alger, où Marx demeura pendant 72 jours, seule période de sa vie passée loin de l’Europe [16].

LE VOYAGE À ALGER ET LES REFLEXIONS SUR LE MONDE ARABE
Marx parvint à destination, après une traversée orageuse de 34 heures, le 20 février. Le lendemain, il annonça à Engels que son « corpus delicti a[vait] atterri à Alger gelé jusqu’à la moëlle ».

Il s’installa à l’Hôtel-Pension Victoria, dans la zone du Mustapha supérieur. Depuis sa chambre, située idéalement avec la vue sur le port d’un côté et les montagnes de Kabylie à l’horizon de l’autre, il jouissait d’une « situation magnifique », avec la possibilité d’apprécier le « merveilleux mélange européo-africain [17] ».

La seule personne connaissant l’identité de ce monsieur polyglotte qui venait de débarquer était Albert Fermé, juge de paix et disciple de Charles Fourier, arrivé à Alger en 1870 après une période d’emprisonnement en raison de son opposition au Second Empire en France. Il fut le seul compagnon de Marx et son guide dans ses explorations, toujours prêt à répondre à ses curiosités concernant ce monde inconnu.

Malheureusement, au fil des jours, la santé de Marx ne s’améliora guère. Il était toujours torturé par la bronchite et par une toux intarissable qui l’empêchait de dormir. Pire, le climat pluvieux et humide dans lequel baignait Alger à cette époque de l’année favorisa une nouvelle attaque de pleurite. Alger était frappée par le pire hiver depuis dix ans, et Marx écrivit à Engels : « la seule différence entre ma tenue à Alger et celle que je portais sur l’île de Wight est que j’ai pu remplacer mon manteau de rhinocéros par un manteau plus léger ». Au point qu’il envisagea de se déplacer 400 km plus au sud, à Biskra, un village aux portes du Sahara, mais son mauvais état de santé le dissuada d’entreprendre un tel voyage.

Il entama alors un long cycle de traitements. Il fut pris en charge par le meilleur médecin d’Alger, le docteur Stéphan, qui lui fit une ordonnance à base d’arséniate de sodium et d’un sirop mélangeant des opiacés et de la codéine, censés lui permettre de dormir la nuit. Le même médecin lui imposa de réduire au minimum les efforts physiques et de ne s’atteler à « aucun genre de travail intellectuel, sauf un peu de lecture distrayante ». Pourtant, le 6 mars, sa toux s’aggrava, provoquant des hémorragies à plusieurs reprises. Il lui fut dès lors interdit de sortir de l’hôtel et même de converser : « à présent, la paix, la solitude et le silence sont pour moi une obligation civique ». « Au moins – écrivit-il à Engels – le docteur Stéphan, tout comme mon cher docteur Donkin [à Londres], n’a pas oublié le cognac ».

La thérapie la plus douloureuse fut celle consistant en une série de dix vésicatoires, que Marx parvint à réaliser grâce à l’aide chanceuse d’un autre patient, un jeune pharmacien. Après une série d’applications de collodion sur la poitrine autant que sur le dos, et l’incision des vessies ainsi obtenues, M. Casthelaz parvint à lui extraire, petit à petit, le liquide en excès dans les poumons.

Très mal à point, Marx commençait à regretter le choix d’un tel voyage. Il se plaignit, auprès de son gendre Lafargue, du fait que « depuis le départ de Marseille », sur la côte d’Azur, l’autre destination qu’il avait envisagée, il avait fait « un temps absolument splendide » [18]. Dans la deuxième moitié du mois de mars il avoua à Jenny : « avec cette expédition, folle et malavisée, j’ai recouvré exactement le même état de santé qu’avant le départ » de Londres. Il précisa avoir nourri beaucoup de doutes sur un voyage aussi lointain, mais Engels et Donkin avaient été « partisans tout feu tout flamme pour l’Afrique, sans bien se renseigner ni l’un ni l’autre [19] ». À son avis, « il eut été préférable de se renseigner avant de s’aventurer dans une telle «chasse aux oies sauvages* [20] ».

Le 20 mars il annonça à Lafargue la suspension momentanée du traitement, car, aussi bien sur le thorax que sur les épaules, il ne lui restait plus aucune partie étanche. Son corps lui rappelait la vision d’« un champ de melons en miniature ». Toutefois, il retrouvait « petit à petit » le sommeil, ce qui le soulageait énormément : « qui n’a pas connu d’insomnies ne saurait éprouver la bienfaisante sensation que l’on a quand la peur des nuits passées sans sommeil finit par reculer [21] ».

Néanmoins son essoufflement allait s’accroître avec l’éclosion nocturne des vessies, l’obligation de rester pansé, et l’interdiction absolue de se gratter. Ayant appris, à la lecture des bulletins météo, qu’après son départ le temps en France « avait été splendide », et repensant à l’idée originelle d’une guérison rapide, Marx écrivit à Engels qu’« un homme ne devrait jamais se leurrer avec des visions trop optimistes ». Car, malheureusement, pour « un esprit sain dans un corps sain il a[vait] encore du travail[22] ».

Mais ses douleurs n’étaient pas uniquement d’ordre physique. Il souffrait également de solitude, comme le prouvent ces mots adressés à sa fille Jenny : « Il n’y aurait rien de plus enchanteur que la ville d’Alger, ni surtout que la campagne aux abords de l’été, (…) j’aurais une impression de Mille et une Nuits – me supposant en bonne santé, si j’avais autour de moi tous ceux que j’aime (sans oublier surtout les petits-fils) [23] ». Dans une lettre envoyée juste après, il avoua que ça lui aurait bien plu d’assister à l’émerveillement de Johnny, son premier neveu, devant « des Maures, des Arabes, des Berbères, des Turcs, des Nègres, bref toute cette tour de Babel et leurs costumes (souvent poétiques), ce monde oriental où se mêlent des Français ‘policés’ et de tristes Anglais [24] ».

À Engels, son camarade avec lequel il avait l’habitude de tout partager, il avoua éprouver « une profonde mélancolie, tout comme le grand Don Quichotte ». Sa pensée revenait constamment à la perte de sa compagne : « tu sais que peu de gens répugnent plus que moi aux démonstrations sentimentales ; ce serait mentir toutefois que de ne pas avouer que ma pensée est essentiellement occupée par le souvenir de ma femme, cette part du meilleur de ma vie ! » [25]. Ce qui parvenait à le distraire de sa douleur était toutefois le spectacle de la nature environnante. Ainsi il pouvait déclarer : « je n’arrive jamais à me lasser de contempler la mer de ma galerie », et être enchanté par « l’admirable clarté de la baie sous la lune [26] ».

Marx était profondément affligé par l’astreinte à s’abstenir de toute activité intellectuelle. Depuis le début de ses pérégrinations il s’était montré tout à fait conscient qu’un tel voyage allait « comporter une énorme perte de temps », mais il s’y était fait, après avoir réalisé que sa « satanée maladie endommage l’esprit même du malade [27] ».
Il écrivit à Jenny que, à Alger, « toute activité de travail était à exclure », même la correction du Capital en vue de la troisième édition allemande. Concernant la situation politique, il se borna à lire les nouvelles télégraphiques rapportées par le journal local, Le Petit Colon, et par le seul petit journal ouvrier qui lui parvenait du Vieux Continent, L’Égalité, à propos duquel il put dire, avec son sarcasme habituel, qu’ « on ne pouvait pas le considérer vraiment comme un journal ».

La correspondance du printemps 1882 montre son « désir de mener une vie active et cesser ce stupide métier d’invalide [28] », histoire d’en finir avec cette existence « vide, inutile et en outre chère ! [29] » Il avoua à Lafargue avoir été tellement occupé à ne rien faire qu’il s’était « senti proche de l’imbécillité[30] ». Témoignages qui semblent trahir sa crainte de ne pas pouvoir revenir à son existence habituelle.

L’enchaînement de toutes ces déconvenues empêcha Marx de comprendre en profondeur la réalité algérienne, et a fortiori d’étudier de près, comme l’avait souhaité Engels, le statut de « la propriété collective chez les Arabes ». Marx s’était déjà intéressé à la question foncière en Algérie sous la domination française pendant ses études d’ethnologie, d’histoire de la propriété foncière et des sociétés précapitalistes, menées à partir de 1879. Il avait recopié, dans un de ses cahiers, certains passages concernant l’importance de la propriété commune avant l’arrivée des colonisateurs français, et des changements introduits par ces derniers, à partir du livre de l’historien russe Maxime Kovalevsky, intitulé La propriété rurale commune. Raisons, processus et conséquences de sa décomposition :

La formation de la propriété privée de la terre (aux yeux du bourgeois français) est une condition nécessaire pour le progrès de l’ensemble de la sphère politique et sociale. Le maintien de la propriété commune, en tant que « forme qui soutient les tendances communistes dans les esprits » (Débats à l’Assemblée nationale, 1873), est dangereux, aussi bien pour la colonie que pour la patrie. La distribution de la propriété aux différents clans est vivement encouragée, voire ordonnée : tout d’abord en tant que moyen pour affaiblir les tribus soumises, lesquelles, néanmoins, sont constamment tentées par la révolte et, en deuxième lieu, en tant que seule façon pour envisager le transfert ultérieur de la propriété foncière des natifs aux colonisateurs. Il s’agit de la même politique appliquée par les Français ailleurs et sous d’autres régimes (…) Le but étant toujours le même : la destruction de la propriété collective indigène et sa transformation en objet de libre échange, ce qui facilite son passage ultime entre les mains des colonisateurs français [31].

Le projet de loi sur la situation algérienne, présenté au Parlement par le député de la gauche républicaine Jules Warnier, et approuvé en 1873, avait pour but « l’expropriation des populations natives par les colonisateurs européens et les spéculateurs ». L’outrecuidance française fut proche du « vol explicite », au moyen de la transformation en « propriété gouvernementale » de toutes les terres en friche réservées à l’usage commun parmi les indigènes. Un tel processus visait en outre un autre résultat : annihiler tout risque de résistance de la part des populations locales. Toujours en citant Kovalevsky, Marx nota dans ses cahiers :

La fondation de la propriété privée et l’installation des colonisateurs européens parmi les clans arabes (…) deviendra le moyen le plus efficace pour accélérer le processus de dissolution de l’union entre clans (…) L’expropriation des Arabes poursuivie par la loi [visait] : I) à procurer le plus de terres possible aux Français et II) à arracher les Arabes de leurs liens traditionnels à la terre, afin de briser la force fondamentale de l’union clanique, et, avec elle, tout risque de rébellion [32].

Cette « individualisation de la propriété foncière » aurait donc engendré non seulement un énorme avantage économique aux envahisseurs, mais aurait également permis « un objectif politique (…) : détruire les bases de la société en question[33] ». À ce propos, le 22 février 1882, le journal algérien L’Akhbar ( Les Nouvelles) avait publié un article qui documentait les injustices du système ainsi conçu. À cette époque, chaque citoyen français pouvait acquérir, en théorie, 100 hectares de terrain en Algérie, qu’il pouvait revendre par la suite à un indigène pour la somme de 40.000 francs. En moyenne, les colons revendaient une parcelle de terre payée entre 20 et 30 francs pour 300 francs.

Son mauvais état de santé empêcha Marx de se pencher sur ces questions, et personne ne lui signala l’article susmentionné. En tout cas, sa soif de connaissance restait intacte, même dans de telles circonstances. Il commença donc par explorer la zone autour de son hôtel, où était en cours un vaste chantier de reconstruction des habitations, en remarquant que « bien que les ouvriers qu’on emploie à ces travaux soient des gens d’ici, ils sont pris de fièvre. Ainsi, une partie de leur salaire consiste-t-elle en une dose quotidienne de quinine, qui leur est fournie par les entrepreneurs[34] ».

Parmi les observations qu’il parvint à résumer dans les seize lettres rédigées sur la rive méridionale de la Méditerranée [35], parfois marquées par une vision encore partiellement coloniale, les plus significatives concernent les relations sociales entre musulmans.

Après avoir été profondément frappé par l’allure des Arabes, à propos desquels il remarque que « le plus misérable des Maures surpasse le plus grand comédien d’Europe dans l’art de se draper dans son capot et de prendre une attitude pleine de naturel, de grâce et de dignité » [36], ainsi que le mélange entre classes sociales, alors que, vers la moitié du mois d’avril, il raconta à sa fille Laura avoir vu certains Arabes habillés « avec recherche, et même richement », jouant aux cartes avec d’autres portant des chemises « en lambeaux et en loques ». Pour un « vrai Musulman », ajouta-t-il :

La chance et la malchance ne sauraient établir une vraie différence entre fils de Mahomet. Cela n’influe pas sur l’égalité absolue qu’ils établissent dans leurs relations sociales. Ce n’est que lorsqu’ils sont démoralisés qu’ils prennent conscience de ces différences ; en ce qui concerne la haine envers les chrétiens et l’espoir de remporter enfin la victoire sur ces infidèles, leurs hommes politiques considèrent à juste titre ce sentiment et la pratique de l’égalité absolue (non du confort ou de la position, mais de la personnalité) comme quelque chose qui les incite à maintenir vivante la première et ne pas renoncer au second (et pourtant ils sont fichus sans un mouvement révolutionnaire) [37].

Marx s’étonna par ailleurs de la quasi-absence de l’État :

Dans aucune autre ville qui soit en même temps le siège du gouvernement central il n’existe un tel laisser- faire, laisser-passer ; la police est réduite au strict minimum, sans-gêne public inouï, c’est l’élément maure qui a introduit ces mœurs. Les musulmans en réalité n’acceptent pas la subordination. Ils ne sont ni sujets ni administrés, ils ne reconnaissent nulle autorité excepté sur les questions politiques, ce qui provoque de la part des Européens un grave malentendu [38].

Enfin, Marx s’attaqua violemment aux abus de ces derniers, aux provocations répétées des colonisateurs, sans oublier « l’arrogance impudente, la prétention, la rage vengeresse et la cruauté digne d’un Moloch » de ces derniers face au moindre acte de rébellion de la population locale, et soulignant le fait que, concernant les dommages produits par les grandes puissances dans l’histoire des occupations coloniales, « les Britanniques et les Hollandais dépassent largement les Français ». Concernant Alger, il relata à Engels le témoignage de son ami Fermé, qui, pendant sa carrière de juge de paix, avait vu appliquer « régulièrement une sorte de torture (…), du fait de la police (…) afin d’extorquer des aveux aux Arabes », exactement « comme chez les Anglais en Inde », ajouta-t-il. Le juge Fermé lui avait raconté ceci :

Quand par exemple une bande d’Arabes commet un meurtre, presque toujours pour voler, et qu’au bout de quelques temps les véritables auteurs ont été pincés, jugés et décapités, cette expiation ne suffit pas à la famille des colons lésés. Elle exige au minimum qu’on coupe un peu la tête à une demi-douzaine d’Arabes innocents (…) partout où un colon s’installe ou simplement séjourne pour ses affaires au milieu de « races inférieures », en général il se considère comme plus intouchable que le beau Guillaume 1 er [39].

Marx revint sur le sujet dans une autre occasion, en relatant à Engels une brutalité perpétrée par les autorités françaises à l’égard d’ « un pauvre voleur, un pauvre assassin professionnel d’Arabe ». À la veille de son exécution, « il découvre qu’on ne va pas le fusiller mais le guillotiner ! Et cela en violation de ce qui était convenu ! De la promesse faite ! Et en dépit de l’accord passé… » En outre :

Ses parents, comme les Français l’ont autorisé jusqu’ici, attendent qu’on leur livre le corps et la tête, de façon à recoudre la seconde au premier, et à enterrer ensuite « le tout ». Que non ! Hurlement et malédiction et vacarme ; l’autorité française a refusé, pour la première fois et catégoriquement ! À présent, si le tronc arrive au paradis, Mahomet va demander : où as-tu perdu la tête ? Ou encore, comment la tête a-t-elle tué le tronc ? Tu n’es pas digne d’entrer au paradis ! Retourne donc chez ces chiens de chrétiens ! Et les parents de se lamenter [40].

Après deux mois de souffrances, l’état de Marx s’améliora enfin, et il put rentrer en France. Avant son départ, il fit part à Engels d’une dernière surprise : « à cause du soleil je me suis débarrassé de ma barbe de prophète et de ma perruque, mais (comme mes filles me préfèrent avec) je me suis fait photographier avant de sacrifier ma chevelure sur l’autel d’un barbier algérois »[41]. C’est à cette occasion qu’on prit le dernier cliché de Marx. Une image fort éloignée du profil granitique qu’on retrouve dans les statues qui occupaient les places des capitales du « socialisme réel », par lequel le pouvoir préféra le représenter. Ses moustaches, tout comme ses idées, n’avaient pas perdu le teint de la jeunesse, et son visage, par-delà les difficultés de la vie, demeurait débonnaire, modeste et souriant.

UN RÉPUBLICAIN DANS LA PRINCIPAUTÉ
Le mauvais temps n’avait pas fini de persécuter Marx. Au cours de ses « dernières journées africaines » [42] sa santé fut mise à rude épreuve par l’arrivée du sirocco, et son voyage vers Marseille, où il débarqua le 5 mai – jour de son soixante-quatrième anniversaire – fut également fort agité. Il raconta à la fille Eleanor comment la traversée avait en effet eu lieu dans de très mauvaises conditions : « une violente tempête qui a fait de ma cabine (…) un antre ouvert à tous vents ». Ces nouvelles tracasseries furent nuisibles pour Marx, car, comme il le dit avec son sarcasme habituel, elles « détraquaient plus ou moins de nouveau ma machine », l’obligeant, dès qu’il parvint à Monte- Carlo, à se remettre « entre les mains d’unesculape[43] ».

Son nouveau médecin fut un certain Kunemann, excellent praticien originaire d’Alsace, spécialiste en maladies pulmonaires [44]. Malheureusement, ce dernier constata que la bronchite était devenue chronique et que, à la « grande frayeur » de Marx, « la pleurésie était là de nouveau [45] ». Les déplacements s’étaient révélés, une fois de plus, nuisibles. Il fut donc nécessaire de pratiquer à nouveau, entre les 9 et 30 mai, quatre traitements vésicatoires.

Ne pouvant pas repartir dans un tel état, Marx resta trois semaines dans la Principauté. Ses descriptions du milieu qui l’entourait combinent la perspicacité à la critique sociale. Il s’amusa à comparer Monte-Carlo à Gérolstein, le minuscule État imaginaire dans lequel Jacques Offenbach avait mis en scène La Grande-Duchesse de Gérolstein. Le tableau le plus éloquent d’une telle réalité, il le réserva à sa fille Eleanor, dans une lettre écrite peu avant son départ :

À la table d’hôte, dans les cafés, on parle à voix haute ou basse, presque uniquement des tables de roulette et de trente-et-quarante. Tantôt par exemple une jeune dame russe – la femme d’un diplomate et agent russe (…) – gagne 100 frs et en perd 6000, tantôt un autre joueur n’a même plus l’argent du voyage de retour ; d’autres gaspillent la fortune de toute une famille ; très rares sont ceux qui profitent de ce vol – je veux parler des joueurs – et parmi eux il s’agit presque exclusivement de gens riches. Il ne saurait être question ici de calcul rationnel, etc., à peine si, à partir de calculs de probabilité, on peut s’attendre à bénéficier du « hasard », à condition de pouvoir risquer des sommes rondelettes [46].

La frénésie qu’on respirait dans l’air ne se limitait pas aux salles de jeu ou aux heures du soir, elle gagnait aussi bien l’ensemble de la ville et les journées de ses visiteurs. Près du Casino on trouvait par exemple :

Un kiosque ; chaque jour un placard attire le regard, pas imprimé, manuscrit, signé des initiales de l’auteur ; pour 600 frs il vous révèle, noir sur blanc, les secrets de la science : comment, avec 1000 frs., gagner des millions aux tables de roulette et de trente-et-quarante. Les victimes de cet attrape-nigaud ne sont pas rares non plus. De fait, la majorité des joueurs et des joueuses croit qu’il existe une science de ce qui n’est que jeu de hasard. Devant le Café de Paris, ces messieurs et dames sont assis en face du magnifique jardin qui appartient au casino ou sur les bancs ; des tables (imprimées) à la main, la tête penchée en avant ils griffonnent et se livrent à des calculs ; ou encore l’un d’eux explique sentencieusement à son voisin « le système » qu’il préfère ; s’il vaut mieux se fier à la loi des « séries », etc. On croirait avoir devant soi les pensionnaires d’un asile de fous.
Bref, pour Marx il était clair que « la base économique de Monaco-Gérolstein c’est le casino. Si on le fermait demain, Monaco-Gérolstein à la trappe – tous fichus ! ». Et il ajouta que, en l’absence de ce dernier, « Nice aussi – ce monde de gens distingués et d’aventuriers qui la peuple en hiver – ne pourrait (…) rester ce centre à la mode qu’elle est (…) Et, avec tout ça, quel jeu d’enfant ce casino, comparé à la bourse ! »

Après le dernier traitement vésicatoire, le Dr Kunemann congédia Marx en l’autorisant à reprendre le voyage, tout en lui suggérant « de séjourner quelques jours à Cannes, étant donné que le séchage des plaies de [son] dos l’exigeait ». À peu près quatre mois après son départ, le 7 juin, Marx put ainsi monter dans le train qui l’amena, le lendemain, chez sa fille à Argenteuil.

Suite à son arrivée à Argenteuil, Marx compara son existence à celle d’un « détenu en liberté surveillée », car, au même titre qu’un prisonnier de cette sorte, il devait à chaque fois « se présenter chez le médecin le plus proche de son lieu de séjour [47] ». Le docteur de la famille Longuet connaissait Marx fort bien et lui conseilla d’« essayer pendant quelques semaines les eaux sulfureuses d’Enghien-Les-Bains [48] », pas loin de Paris, où il pourrait également consulter le Dr Feugier.

Pour cela, il dut néanmoins attendre que les beaux jours reviennent, au début du mois de juillet. Avec son sarcasme coutumier il décrit alors à Engels les traitements auxquels il se soumet, dans ces termes :

Dans la salle des inhalations, l’air est dense de vapeurs sulfureuses ; on n’y reste que pendant 30 à 40 minutes ; toutes les cinq minutes, assis à une table spéciale, on aspire de la vapeur chargée de soufre pulvérisé (…). Tout le monde est enveloppé de la tête aux pieds avec de la gomme élastique, on dirait des momies ; à la suite de quoi l’on marche, les uns derrière les autres, autour de la table, version innocente de l’Enfer dantesque[49].

La routine des soins thermaux fut agrémentée par le temps passé en compagnie de sa fille, sa famille et en particulier avec les petits-enfants. Au retour d’Enghien-les-Bains, après s’être reposé un peu, Marx allait régulièrement, au cours de l’après-midi, « se promener et faire des courses avec les enfants, avec des conséquences pour l’ouïe et la vue (sans parler de l’intellect) bien plus nocives que la pratique du Hegel de la Phénoménologie ».

Par la suite les médecins français lui suggérèrent de se rendre sur le lac de Genève « d’où nous viennent des nouvelles météorologiques favorables », dans l’espoir que « les dernières traces du (…) catarrhe bronchique puissent disparaître spontanément [50] ». Cette fois-ci, ne pouvant s’exposer « tout seul aux risques du voyage » il fut accompagné par sa fille Laura, à laquelle Marx rappela – se comparant à l’ismaélien Rashid ad-Din Sinan (1132/1135-1192), le chef de la secte des Assassins, qui occupa une fonction importante pendant la troisième croisade – qu’il était de son devoir d’« accompagner le Vieux de la Montagne » [51].

La première étape du voyage, entreprise uniquement en journée afin d’« éviter tout facteur de rechute [52] », fut Lausanne, sur le chemin pour Vevey. Depuis cette petite ville Marx écrivit à Engels que la toux perdurait, mais aussi que les choses se déroulaient pour le mieux : « on vit au pays de Cocagne [53] ». La compagnie de son ami lui manquait grandement, et il tenta de le persuader de le rejoindre depuis Londres. Mais celui-ci était avant tout préoccupé par des problèmes pratiques, afin de continuer à garantir à Marx les soins nécessaires. Ce dernier comprit la situation et exprima sa gratitude dans ces termes : « l’altruisme dont tu fais preuve à mon égard est incroyable et j’en ai souvent honte, silencieusement [54] ».

Après son retour chez Laura à Paris, à la fin du mois, Marx rencontra à nouveau le docteur pour lui demander « la permission de traverser la Manche [55] ». Le médecin le trouva « fort mieux [et…] presque libéré du catarrhe ». Toutefois, il lui ordonna de ne pas rester « à Londres plus de quinze jours, trois semaines au maximum, seulement si le temps est très bon (…) La campagne d’hiver [aurait dû…] commencer tôt, dans l’île de Wight ». En tous cas, rajouta ironiquement Marx en écrivant à son ami en Angleterre, « si le gouvernement français était informé de ma présence ici, probablement je serais renvoyé, même sans la permission du docteur Dourlen [56] ».

LES DERNIERS TRAVAUX
À Londres les journées passèrent vite. Le 9 octobre Marx écrivit à sa fille Laura que la toux demeurait « gênante [57] », et qu’il était donc nécessaire d’essayer de « s’en libérer entièrement avant de tenter d’être parfaitement efficace ». L’arrivée de l’automne apporta l’humidité et le brouillard. Ce qui poussa le docteur Donkin à conseiller à Marx de se déplacer à nouveau sur l’île de Wight.

Dans ces conditions, et après cette « longue période d’éclipse intellectuelle[58] », Marx jugea impossible de s’atteler à la troisième édition allemande du Capital. Le 14 décembre il écrivit à sa fille Laura que, « depuis à peu près deux semaines, un cathare trachéal » le contraignait « à rester à domicile ». Il précisait qu’il vivait « en ermite : je ne vois personne, à l’exception du Dr Williamson [59] », lequel, en raison du temps « très humide et pluvieux », lui avait interdit de sortir [60].

En dépit de toute cette adversité, Marx ne cessa pas, dans la mesure du possible, de commenter les événements les plus actuels et les positions des dirigeants du mouvement ouvrier. À ce propos il se dit « contrarié » par l’usage d’une « certaine phraséologie ultra-révolutionnaire que j’ai toujours jugée ‘vide’, une spécialité que les nôtres feraient mieux de laisser aux anarchistes, qui sont en réalité les piliers de l’ordre existant, et non pas les créateurs du désordre [61] ».

De la même, il ne tarit pas d’éloges pour ceux qui se montrèrent en mesure de conserver une position de classe autonome, et signala l’absolue nécessité, pour les travailleurs, de s’opposer aux institutions et à la rhétorique de l’État. Lorsque par exemple le président du Congrès des Coopératives et député Joseph Cowen – que Marx tenait pour « le meilleur parmi les parlementaires anglais » – justifia l’invasion de l’Égypte par l’Angleterre[62], il fit part à sa fille Eleanor de sa plus totale désapprobation.

D’abord il s’en prit au gouvernement anglais : « Joli travail ! On pourrait difficilement trouver d’exemple plus effronté de l’hypocrisie chrétienne que cette ‘conquête’ de l’Égypte, une occupation en règle en temps de paix ! ». Il s’en prit en outre à Cowen qui, dans un discours public du 8 janvier 1883, à Newcastle, avait exprimé son admiration pour cette « action héroïque [et] la splendeur du (…) défilé militaire » et « avait souri, avec complaisance, face au tableau enchanteur de toutes ces bases militaires fortifiées entre l’Atlantique et l’Océan indien, auxquelles s’ajoutait maintenant cet empire ‘afro-britannique’ allant du delta du Nil à la région du Cap ». C’était là le « style anglais », caractérisé par « l’intérêt pour la ‘patrie’ ».

Aux yeux de Marx, en matière de politique étrangère, Cowen était l’exemple typique de « ces pauvres bourgeois britanniques qui, tout en se chagrinant, assumaient toujours davantage de ‘responsabilités’ afin de remplir leur mission historique, tout en protestant, en vain, contre celle-ci [63] ». Il s’intéressa également à l’aspect économique de l’événement, comme le montrent les huit pages d’extraits rédigés à partir de l’article Egyptian Finance de Michael George Mulhall (1836-1900) publié dans la livraison d’octobre de la revue londonienne The Contemporary Review [64].

Jusqu’à la fin, donc, Marx livra bataille, avec un zèle inflexible, aux deux nations qu’il avait toujours tenues pour responsables de la réaction en Europe : le Royaume-Uni et la Russie. À cette dernière il consacra toujours une grande attention, en particulier après avoir appris à lire l’alphabet cyrillique en 1869, et il ne se démentit pas non plus entre la fin de 1881 et l’automne 1882, comme le prouvent deux de ses derniers cahiers qui montrent l’intérêt de Marx pour les mutations qui touchent la Russie[65]. En particulier Marx étudia les ouvrages russes qui venaient de paraître et concernant les nouvelles relations socio-économiques engendrées par la réforme agraire de 1861, qui avait abrogé le servage. Parmi les livres résumés par Marx on dénombre Les paysans à l’époque de l’impératrice Catherine II (1881) de Vassili Semevskii (1848-1916), Les artels en Russie (1881) d’Andrej Isaev (1851-1924), La terre commune rurale dans la province d’Archange (1882) de Gerard Minejko (1832-1888) et Le destin du capitalisme en Russie (1882) de Vasilij Voroncov (1847-1918), à côté d’ouvrages plus anciens comme La question paysanne à l’époque d’Alexandre II (1862) d’Aleksander Skerebickij (1827-1902) et En périphérie et dans la capitale (1870) de Fedor Elenev (1827-1902), édité sous le pseudonyme Skaldin.

A cette même époque certains articles parus à Saint-Pétersbourg avaient fait état de « la grande fortune de [ses] théories dans ce pays ». Il s’en félicita vivement, car, comme il le dit à sa fille Laura : « nulle part ailleurs mon succès me réjouit autant. Cela me donne le plaisir de nuire à une puissance qui, avec l’Angleterre, est le rempart de l’ancienne société [66] ».

Marx ne fut pas en mesure de suivre de près les développements du mouvement prolétarien européen, ni de poursuivre son œuvre scientifique. Et cela malgré tous ses efforts pour se rétablir et reprendre le travail, qui l’avaient poussé à demander à sa fille Eleanor – lui rendant visite pour le jour de l’an – de lui apporter certains livres : « apporte-moi la Physiologie, celle de [Johannes] Ranke, et aussi cet horrible petit livre de [Edward] Freeman (1823-1892) [Histoire de l’Europe, 1876], car il remplace ma table chronologique [67] », alors que l’instabilité de sa santé et ses soucis pour l’état de santé de sa fille Jenny, qui venait de s’aggraver, contribuèrent à le replonger dans le désespoir.

Et ce fut la mort de sa fille aînée qui effaça définitivement tout espoir d’un rétablissement. Le 11 janvier Jenny mourait d’un cancer de la vessie. La nouvelle acheva un homme déjà gravement malade et éprouvé par une vie de privations. Le témoignage d’Eleanor sur ce moment pénible est irremplaçable :

On avait reçu par télégramme la nouvelle de la mort de Jenny, et je partis alors immédiatement pour Ventnor. J’en ai vécu des heures tristes, mais jamais comme celle-là. Je savais apporter à mon père son arrêt de mort. Pendant les longues heures de ce voyage angoissant, je me torturais la cervelle en réfléchissant à la manière de lui annoncer la nouvelle. Mais ce ne fut pas nécessaire ; mon visage parla à ma place. Le Maure s’exclama tout de suite : ‘notre petite Jenny est morte !’ et m’ordonna de partir immédiatement pour Paris, pour aider à garder les enfants. Je voulais rester, mais il ne toléra pas d’objections [68].

Le 13 janvier, donc, Marx s’apprêta à son tour à rentrer chez lui. Avant de quitter l’île de Wight, il confia au Dr Williamson la raison pour laquelle il avait soudainement décidé de rentrer à Londres : « la terrible nouvelle de la mort de ma fille aînée ». Ce fut à cette occasion qu’il écrivit ses derniers mots couchés sur papier : « je trouve un peu de soulagement dans un affreux mal au crâne. La douleur physique est le seul ‘étourdissement’ possible contre la douleur morale [69] ».

Traduit de l’italien par Livio Boni

Références
1. Karl Marx à Nikolaï Danielson, le 13 décembre 1881 (en absence d’une édition française complète de la correspondance de Marx, nous traduisons, en indiquant, ici comme par la suite, les références à l’édition italienne utilisée par l’auteur : Marx Karl, Engels Friedrich, Lettere 1880-1883, Genova, Lotta Comunista, 2008. Les traductions ont été systématiquement confrontées à l’allemand avec les Marx Engels Werke (Berlin-RDA, Dietz Verlag, 1962) (NDT).
2. Cf. Krader Lawrence, The Ethnological Notebooks of Karl Marx, Van Gorcum, Assen, 1972 (Le volume n’inclut pas les extraits de l’ouvrage de Money).
3. L’édition la plus récente de ces dernières étant Marx Karl, Notes on Indian History, Honolulu, Press of the Pacific, 2001.
4. Nous traduisons ici les titres des ouvrages en français consultés par Marx pour une meilleure compréhension (NDT).
5. Cf. Krätke Michael, « Marx und die Weltgeschichte »,Beiträge zur Marx-Engels Forschung. Neue Folge, 2014-2015, pp. 133-177. L’auteur affirme que Marx entendait un tel processus comme « le développement, dans son ensemble, du commerce, de l’agriculture, de l’industrie minière, du système fiscal et des infrastructures » (p. 176).
6. Dans la correspondance de Marx ne figure aucune référence à ces études, ce qui rend difficile leur datation. Les éditeurs du dix-neuvième volume des Marx Engels Werke optèrent pour leur encadrement temporel « entre la fin de 1881 et la fin de 1882 » (pp. 621-622), ce qui reste fort vague. On peut émettre l’hypothèse que ces cahiers remontent aux deux seules phases d’activité intellectuelle de Marx pendant les 18 derniers mois de sa vie, se déroulant l’une et l’autre entre Londres et l’île de Wight, période allant de l’automne de 1881 au 9 février 1882 et à celle du début octobre 1882 au 12 janvier 1883. On peut tout à fait exclure que Marx ait travaillé à sa chronologie historique pendant les huit mois de 1882 passés entre la France, l’Algérie et la Suisse.
7. Dans son essai « Marx und die Weltgeschichte », Krätke, propose une excellente synthèse du contenu de l’ensemble de ces cahiers, et affirme par ailleurs que Marx voyait « dans le développement économique des cités-États italiennes à la fin du XIIIe siècle le début du capitalisme moderne » (p. 162).
8. La seule partie de ces manuscrits ayant été publiée est celle, correspondant à une ample section du quatrième cahier, qui figure dans Marx Karl, Engels Friedrich, Über Deutschland und die deutsche Arbeiterbewegung, Berlin, Dietz, 1953, pp. 285-516.
9. Cf. Friedrich Engels à Karl Marx, 8 janvier 1882, in Marx K.- Engels F., Lettere 1880-1883, op. cit., p. 141.
10. Karl Marx à Friedrich Engels, 5 janvier 1882, op. cit., p. 138.
11. Lettre de Karl Marx à Laura Lafargue, 4 janvier 1882, op. cit., p. 137.
12. Karl Marx à Friedrich Engels, 15 janvier 1882, op. cit., p. 147.
13. Friedrich. Engels à Eduard Bernstein, 25 janvier 1882, op. cit., p. 150.
14. Voir Badia Gilbert, « Marx en Algérie », in Marx Karl, Lettres d’Alger et la Côte d’Azur, trad. de G. Badia, Paris, Le Temps de Cerises, 1997, p. 17.
15. Karl Marx à Friedrich Engels, 17 février 1882 : « pas question de passeport ou de choses de cette sorte. Sur le billet ne figurent que le prénom et le nom du passager » (op. cit., p. 160)
16. Les biographes de Marx n’ont jamais accordé une grande importance à ce voyage dans la capitale algérienne. Dans le volume de Vesper Marlene, Marx in Algier (Bonn, Pahl-Rugestein, 1995) on reconstruit par contre, en détail, tout moindre événement qui accompagna le séjour à Alger. Signalons en outre la récente et succincte publication de Krysmanski Hans Jürgen, Die letzte Reise des Karl Marx, Frankfurt am Main, 2014, conçue en tant que scénario pour un film qui n’a jamais vu le jour, faute de financements.
17. Karl Marx à Friedrich Engels, 1er mars 1882, in Marx Karl, Lettres d’Alger…, op. cit., pp. 46-47.
18. Karl Marx à Paul Lafargue, 20 mars 1882, op. cit., p. 56.
19. Karl Marx à Jenny Longuet, 16 mars 1882, op. cit., p. 52.
20. En français dans le texte. Karl Marx à Jenny Longuet, 27 mars 1882, op. cit., p. 58.
21. Karl Marx à Paul Lafargue, 20 mars 1882, op. cit., p. 56.
22. Karl Marx à Friedrich Engels, 28-31 mars 1882, op. cit., pp. 60-63.
23. Karl Marx à Jenny Longuet, 16 mars 1882, op. cit., p. 52.
24. Karl Marx à Jenny Longuet, 27 mars 1882, op. cit., pp. 59-60.
25. Karl Marx à Friedrich Engels, 1er mars 1882, op. cit., p. 48.
26. Karl Marx à Friedrich Engels, 4 avril 1882, op. cit., p. 62.
27. Karl Marx à Petr Lavrov, 25 janvier 1882, in Marx Karl, Engels Friedrich, Lettere 1880-1883, op. cit., p. 148.
28. Karl Marx à Jenny Longuet, 6 avril 1882, op. cit., p. 65.
29. Karl Marx à Friedrich Engels, 20 mai 1882, op. cit., p. 100.
30. Voir Paul Lafargue à Friedrich Engels, 19 juin 1882, in Engels Friedrich, Lafargue Paul and Laura, Correspondence, vol. I (1868-1886), Moscou, Foreign Languages Publishing House, 1959, p. 87.
31. Marx Karl, Excerpts from M. Kovalevskij, Obschinnoe Zemlevladenie, in Krader Lawrence, The Asiatic Mode of Production. Sources, Development and Critique in the Writings of Karl Marx , Assen, Van Gorcum, 1975, p. 405. Les mots entre parenthèses sont rajoutés per Marx. Les notes remontent à 1879.
32. Op. cit. , pp. 411, 408 et 412.
33. Op. cit. , p. 412.
34. Marx Karl, Lettres d’Alger et de côte d’Azur, op. cit., p . 54.
35. Ce chiffre se base uniquement sur les lettres qui nous sont parvenues. En réalité, leur nombre est plus important, car certaines ont été malheureusement perdues. Voir Marx Eleanor in Enzensberger Hans Magnus, Colloqui con Marx e Engels, Torino, Einaudi, 1977.
36. Karl Marx à Jenny Longuet, 6 avril 1882, in Marx Karl, Lettres d’Alger et de côte d’Azur, op. cit., p. 67.
37. Karl Marx à Laura Lafargue, 14 avril 1882, op. cit., p. 78.
38. Karl Marx à Laura Lafargue, 13 avril 1882, op. cit., p. 73.
39. Karl Marx à Friedrich Engels, 8 avril 1882, op. cit., p. 71.
40. Karl Marx à Friedrich Engels, 18 avril 1882, op. cit., pp. 83-84.
41. Karl Marx à Friedrich Engels, 28 avril 1882, op. cit., p. 85.
42. Karl Marx à Friedrich Engels, 8 mai 1882, op. cit., p. 92.
43. Karl Marx à Eleanor Marx, 28 mai 1882, op. cit., p. 104.
44. Karl Marx à Friedrich Engels, 5 juin 1882, op. cit., p. 109.
45. Karl Marx à Friedrich Engels, 20 mai 1882, op. cit., p. 98.
46. Karl Marx à Eleanor Marx, 28 mai 1882, op. cit., pp. 105-106
47. Karl Marx à Friedrich Engels, 9 juin 1882, op. cit., p. 218.
48. Ibidem.
49. Karl Marx à Friedrich Engels, 4 juillet 1882, op. cit., p. 230.
50. Karl Marx à Friedrich Engels, 21 août 1882, op. cit., p. 218. Entre-temps, Engels écrit à Jenny : « on a quand même toutes les raisons d’être satisfaits des améliorations intervenues, compte tenu du climat hostile qui l’a constamment persécuté, et des trois pleurésies, dont deux graves (…). Encore un peu de soins à Enghien ou à Cauterets, afin d’éliminer les résidus de la bronchite, et un séjour climatique sur les Alpes ou les Pyrénées, vont le remettre en état et lui permettre de reprendre le travail » (Friedrich Engels à Jenny Longuet, 27 août 1882, op. cit., pp. 248-249).
51. Karl Marx à Laura Lafargue, 17 juin 1882, op. cit., p. 220.
52. Karl Marx à Friedrich Engels, 21 août 1882, op. cit., p. 243.
53. Karl Marx à Friedrich Engels, 4 septembre 1882, op. cit., 250.
54. Karl Marx à Friedrich Engels, 16 septembre 1882, op. cit., p. 257.
55. Karl Marx à Friedrich Engels, 28 septembre 1882, op. cit., p. 265.
56. Karl Marx à Friedrich Engels, 30 septembre 1882, op. cit., pp. 265-266.
57. Karl Marx à Laura Lafargue, 9 octobre 1882, op. cit., p. 267.
58. Karl Marx à Friedrich Engels, 8 novembre 1882, op. cit., pp. 286-287.
59. Karl Marx à Laura Lafargue, 14 décembre 1882, op. cit., p. 311.
60. Karl Marx à Friedrich Engels, 18 décembre 1882, op. cit., p. 319.
61. Karl Marx à Laura Lafargue, 14 décembre 1882, op. cit., p. 311.
62. Marx se referait à la guerre anglo-égyptienne pendant laquelle, en 1882, les forces égyptiennes, commandées par Ahmad Urabi s’opposèrent aux troupes anglaises. La guerre se termina avec la bataille de Tell al-Kebir (13-14 septembre 1882), qui signa la fin de la révolte d’Urabi, commencée en 1879. Le résultat en fut l’établissement d’un protectorat anglais sur l’Égypte.
63. Karl Marx à Eleanor Marx, 8 janvier 1883, in Karl Marx-Friedrich Engels, Lettere 1880-1883, op. cit., pp. 332-333.
64. Voir IISG Karl Marx-Friedrich Engels Papers, B 168, pp. 11-18.
65. Voir IISG, Karl Marx – Friedrich Engels Papers, A 113 et B 167. Ce dernier cahier contient en outre la liste « russe dans mes étagères », c’est-à-dire un répertoire des publications en russe dans sa bibliothèque personnelle, ce qui laisse deviner qu’il aurait eu l’intention de revenir sur le sujet, s’il en avait eu le temps et la force nécessaires.
66. Karl Marx à Laura Lafargue, 14 décembre 1882, in Marx Karl, Engels Friedrich, Lettere 1880-1883, op. cit., p. 311.
67. Karl Marx à Eleanor Marx, 23 décembre 1882, op. cit., p. 326. Marx se réfère ici à la table chronologique de l’histoire mondiale qu’il avait commencé à rédiger à l’automne 1881.
68. Le témoignage est inclus dans le volume d’Hans Magnus Enzensberger, Colloqui con Marx e Engels, op. cit., p. 453.
69. Karl Marx à James Williamson, 13 janvier 1883, op. cit., p. 335.

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Antonio Oliva, Archivos

La obra de investigación, edición y difusión sobre la producción marxia-na, realizada por el filósofo y cientista político italiano Marcello Musto, es notable.

Abocado a un trabajo de exhumación, que trasciende ampliamente lo biográfico, y de relectura, no sólo en relación a las obras más conocidas de Marx sino también a los laberínticos avatares de edición de cada una de ellas a lo largo de dos siglos, Musto es hoy uno de los marxólogos con mayor herramental crítico para hablarnos de lo que podríamos llamar a esta altura “la ancha alameda de las relecturas de Marx a escala global”. Desde que los clásicos libros de Marx comenzaron a difundirse en el último cuarto del siglo XIX, la obra tuvo una difusión internacional (Marx, como Hobsbawm ha señalado hace ya muchos años, es uno de los pocos pensadores que ha sido traducido a todos los idiomas y dialectos del globo), y quizá sea este comienzo del siglo XXI cuando la obra no sólo ha ganado en extensión (en cantidad de lectores y lectoras) sino también en profundidad y actualidad de reflexión a escala mundial. Y es en este punto donde el nuevo libro editado y compilado por Marcello Musto tiene algo que ofrecer.

En efecto, De regreso a Marx es un libro colectivo que parece recordarnos, ensayo tras ensayo, que a la obra marxiana no se vuelve siempre desde un mismo punto de arranque, sino que cada relectura supone un debate político en juego y de interpretación que acompaña el movimiento real de las fuerzas sociales que pretenden emanciparse, en cada etapa del sistema capitalista. Y como consigna la introducción del mismo Musto, en esta etapa, abierta luego del derrumbe de los estados comunistas de Europa centro-oriental y de la URSS, y también de la inconmensurable reacción capitalista que le siguió a escala planetaria, la relectura y redescubrimiento de la obra de Marx se ha despojado de ciertos lastres de interpretación política como la lectura finisecular socialdemócrata y la censura estalinista, que nos permite hoy llegar a la obra desde un lugar políticamente mucho más desprejuiciado.

Con estas premisas, recordemos que los textos de Marcello Musto y de varios de los autores que participan del articulado del libro (Kevin Anderson, Paresh Chattopadhyay, Michael Lebowitz, Ricardo Antunes, Ellen Meiksins Wood o Terrell Carver) no son los primeros textos colectivos en los que par-ticipan. De hecho, en los últimos quince años una nueva modalidad apunta a descartar la obra de “autor” en el campo del marxismo y reemplazarla por trabajos que intentan pluralizar los alcances del pensamiento marxiano con resultados político-científicos dispares, pero dejando de lado la apropiación individual del resultado de los análisis. Así, el mismo Marcello Musto también participó y compiló un trabajo colectivo: Tras las huellas de un fantasma: La actualidad de Karl Marx (en 2005 en italiano y en 2011 en español). A su vez, varios de los ensayistas de De regreso a Marx, se han adscripto al proyecto Marx-Engels Gesamtausgabe 2 (MEGA 2), que siguiendo los pasos del proyecto del MEGA 1 iniciado por Riazanov en la Unión Soviética, se ha propuesto desde 2004, ahora con sede en Berlín, reeditar, prologar y exhumar la obra completa de Marx en diferentes etapas y con ediciones de alto contenido crítico.

El trabajo que nos ofrece la compilación de Marcello Musto está organi-zado en dos cuerpos, uno que escarba en las profundidades de los “temas actuales de Marx”, es decir el nomenclador de aspectos donde la obra mar-xiana todavía es útil para interpretar problemas actuales del capitalismo y su perspectiva emancipadora: las interpretaciones actualizadas de un Marx pensado por fuera de los países occidentales; la pertinencia o no de las lecturas socialistas y comunistas del sigo XX de la obra de Marx con respecto a la sociedad socialista futura; la necesidad de una lectura de Marx, en clave de una crítica de la economía política socialista que nos permita no mover “las barreras” del capitalismo actual, sino abolirlo; los desarrollos inquietantes que todavía nos propone el descubrimiento de la alienación por parte de un “Marx joven”; las posibles articulaciones teórico-políticas que podríamos encontrar en Marx para pensar socialismo y perspectiva de género; los persistentes llamados de atención sobre todo desde el Marx de los Grundrisse, a pensar las “crisis” del sistema vividas y analizadas por él, pero también a pensar las “crisis” contemporáneas dese la óptica de Marx; finalmente, la universalidad, como premisa ad hoc para comparar el pen-samiento de Marx con el de otros revolucionarios y pensadores.

Un segundo momento del trabajo de Musto, mucho más escueto pero también mucho menos pretencioso, contiene la intención política de balan-cear el alcance geográfico de la difusión desprejuiciada de Marx a lo largo de distintas experiencias nacionales o regionales. El mapa contiene un breve ensayo de Francisco Sobrino sobre la difusión de Marx en América Hispana (e incluye a España), en el que destaca brevemente la entrada de Marx en los diferentes países latinoamericanos desde fines del siglo XIX hasta la fecha, pero destacando sobre todo las publicaciones de los últi-mos años. Dicho texto ofrece un completo recorrido de análisis, aunque no una periodización sobre las etapas de difusión de Marx, las cuales podrían haber sido esbozadas, más allá de la carencia de espacio, para destacar las características salientes de cada una de ellas. Por su parte, Brasil, el mundo anglófono, Francia, Alemania, Italia, Rusia, China, Corea del Sur y Japón tienen también un espacio para la difusión de “sus” Marx respectivos, donde el carácter marcadamente político y no tan solo de estrategias “cul-turales de mercado” o de un ilusorio objetivismo denominado actualmente “historia de las ideas”, se traslucen en las diferentes experiencias de llegada y ampliación de la obra de Marx en dichas regiones.

Finalmente, De Regreso a Marx, es un texto que tiene sus zonas de va-cancia para todos aquellos que entienden que la historia de la difusión de la obra de Marx y de los “marxismos” (entendiéndolos como los concibe una vez más Eric Hobsbawm) no puede estar desgajada de las nutritivas luchas que, acompañando las del movimiento obrero y los trabajadores a lo largo de dos siglos, significó incorporar la obra marxiana, también para poder ir, ante nuevas realidades, más allá del pensamiento de Marx. En efecto, el trabajo compilado por Marcello Musto parece en algún punto llegar a una tierra incógnita, casi desconocida y en algunos trabajos de un persistente “no pasado” de lectura de la obra Marx. Así, los “marxismos”, que abogaron por comprender, criticar y ampliar el análisis de la realidad desde la piedra fundacional del Moro de Tréveris, parecen en el libro quedar confinados a un generalísimo colectivo de “los que lo deformaron” en los siglos pasados. Ojalá nuevas obras que incluyan lo mejor de esos “marxismos” (siempre en disputa como el movimiento real mismo) del pensamiento de Marx puedan ingresar a este tipo de balances indispensables.

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Christopher Araujo, Marx and Philosophy. Review of Books

Notwithstanding their commemorative subtitles, the Marcello Musto edited Workers Unite! The International 150 Years Later is quite different from his Karl Marx’s Grundrisse: Foundations of the Critique of Political Economy 150 Years Later.

Published in 2008, the latter is a collection of essays on the significance of Marx’s ‘Rough Draft’ by a series of contemporary scholars, including Arthur, Foster and Carver.

In contrast, Workers Unite! is an anthology of excerpts from primary sources by various members of the International Working Men’s Association, including Marx, de Paepe and Bakunin. It provides an accessible sample of speeches, reports, addresses and propaganda issued by the General Council, Congresses, sections and delegates of the International. The selection of primary documents sheds light on the most significant debates within the IWMA, and Musto’s introduction attempts to situate these within the context of both the historical and theoretical development of the organization as a whole.

Part 1 contains excerpts from the Inaugural Address. Part 2 highlights resolutions adopted at the Geneva and Brussels Congresses ‒ the latter marking the demise of Proudhonism and turn toward ‘collectivism’ (see Document 3). As Musto elaborates, the mutualists held that ‘economic emancipation’ could be achieved by establishing a ‘People’s Bank’ which would lend credit at cost (19). Part 5 contains several excerpts from a mutualist report on credit, portions of which were written by the leader of the Proudhonist camp, Tolain (D25). He regarded such measures as sufficient to enable workers to build alternative structures of power outside of the apparatuses of the State. During the early years of the IWMA, the mutualists wielded their considerable weight in obstinately opposing ‘state intervention in any field’, the use of the ‘strike as a weapon’ and ‘socialization of the land’ (19-20).

The selections in Part 3 touch upon questions such as the length of the working-day and female labour. It also contains several documents on the effects of machinery upon the worker, including an interesting speech by Marx (D7), as well as reports by the anti-Bakuninist Eugene Steens (D8) and the mutualist convert to anarchism Pierre Fluse (D9). All three highlight the emancipatory potential of machinery, as well as its dehumanizing reality when concentrated in the hands of the capitalist. In a bourgeois economy, Marx argues, the introduction of machinery only serves to lengthen the working-day and depress wages, leaving the worker ‘physically deteriorated’; in a higher form of society, it would enable an increase in free-time for ‘mental culture’ (103). Freed from the confines of capitalism, Steens likewise suggests that machinery would ‘render life sweeter’ through a ‘constant diminishing of the hours of labour’, facilitating the ‘full emancipation of the worker’ (109).

Part 4 pertains to issues about the efficacy and significance of trade unions, with important pieces by Marx (D12), the anarchist Jean Louis Pindy (D17), as well as the syndicalist and communard Eugene Hins (D18). While cautioning against the reformism inherent in many unions, Marx characterizes these modes in the organized struggle against capital as ‘engender[ing] the material conditions and social forms necessary for an economical reconstruction of society’ (121). In a similar vein, we find Pindy referring to the IWMA as providing the outlines for the ‘commune of the future’, i.e., a ‘federation of free producers’ (133-4).

Another prominent name encountered for the first time in Part 4 is Cesar de Paepe, who, aside from Marx, arguably exerted the greatest influence over the theoretical development of the International (18). He appropriated mutualist ideas about credit (D23), but, as we learn subsequently in Parts 7 and 8, he also broke with them and the anarchists on the question of the State (D39, 45) and the collectivization of land (D33, 36). According to Musto, de Paepe, on account of this eclecticism, was initially able to play a ‘mediating role’ between Marx and the Proudhonists (42). Although he later joined the autonomist International, he opposed its abstentionism and advocated for a Lassallean Volksstaat (D41) against Bakunin (D78) and Guillaume (D40, 76). Also appearing in Part 7 is the Critique of Bakunin’s Politics, an excerpt from a text composed by Marx, Engels and Lafargue (D38). I suggest these documents be read alongside those in Part 13. This gives us a sample of reports and essays by Marx, Engels, Sorge, Guillaume and Bakunin which speak to this rift between the anarchists and communists over working-class parties, the State and the political emancipation of the proletariat.

Part 6 contains a short, but interesting, exchange between Marx and Bakunin on the abolition of the right of inheritance (D29-31). The will of the latter ultimately prevailed, making Marx’s report the ‘first report of the GC not approved at an IWMA Congress’ (162).

Parts 9 through 12 turn the reader’s attention toward the formation of an IWMA foreign policy. Parts 11 and 12 focus on the Irish and American questions, with the majority of the excerpts written by Marx. Part 9 contains selections from Marx’s The Civil War in France, and the documents in Part 10 give us an outline of the anti-war views entertained by key figures of the International. Although there is also a speech by the great turncoat of the Paris Commune, Tolain (D51), the most influential position was formulated by de Paepe (D49-50). As Musto notes, his views ‘became the classical position of the workers’ movement: that wars are inevitable in a capitalist system’ (18). Marx’s Addresses on the Franco-Prussian War are also highlighted in Part 10 of Workers Unite! (D54-55). After the Paris Commune, Marx’s ‘top priority’ in the IWMA was to ‘help the workers’ movement express an independent position, far from the nationalist rhetoric of the time’ (29). This is why, Musto suggests, he commended the leaders of the Social Democratic Workers Party (Liebknecht and Babel) for being the only two parliamentarians to vote against the war budget which funded the invasion of France (30).

At the end of Workers Unite!, I was left wondering just how well it satisfies one of its stated aims of being accessible to a non-academic audience. While Musto’s introduction provides a balanced historical synopsis, it does not provide an adequate account of the theoretical positions of the individuals behind the primary documents. Each of the excerpts contains a short biographical footnote on its author(s), but these, too, are often bereft of the relevant information required to allow non-scholarly readers to situate the debates between the various factions of the association within their appropriate theoretical context.

Notwithstanding this shortcoming, the value of the sourcebook is considerable for those interested in the philosophical development and historical practice of the IWMA. Of the 80 primary documents, 33 have never been published in English before (xvi). Both Musto’s otherwise erudite introduction, and his selection of excerpts, give us a glimpse into the life of the first International which ultimately challenges orthodox interpretations of the role which Marx played in shaping its outlook.

His introduction dispels the myth that the organization was as numerous, well-financed or influential as both its proponents and opponents claimed at the time (6-9). It also questions the still all-too commonplace assumption that the IWMA was ideologically cohesive, and that it was dominated by Marx either organizationally or theoretically (3-4, 6). Rather, Musto repeatedly emphasizes that it was a diffuse body, both philosophically and structurally (13, 19, 21). It was composed of British trade unionists, Owenites and reformers, Belgian syndicalists, French mutualists, Italians influenced by Mazzini and later Garibaldi, as well as Spanish and French anarchists led by Bakunin. Throughout all the phases of its development, the Marxist camp was arguably always in a minority. That he was able to ‘secure peaceful coexistence of all these currents’, and around a ‘programme so distant from the approaches with which each has started out’, was ‘Marx’s great accomplishment’ (4).

As such, Musto underscores that wherever consensus was forged on the social, political and economic questions of the day, it was, at times, due to Marx out-manoeuvering or convincing his opponents. More often, they came to acknowledge his foresight by the pure persuasion of events. Musto contends that such was the case with the decline of the mutualism. It was the ‘workers themselves’ who, ‘more forcefully than any theoretical discussion’, were ‘sidelining Proudhonian doctrines’. The ‘proliferation of strikes’ and self-organization of the workers ‘convinced the mutualists of the error of their conceptions’, especially on the ‘need to socialize the land and industry’ (20-21). From the Brussels to the Basel Congresses, he argues that these movements virtually ‘eradicated Proudhonism’ (23). Hence, on issues such as credit and land ownership, Marx eventually won the day. Quoting the words of Eccarius, Musto argues that, in these instances, Marx was just ‘the right man in the right place’ (5).

At other times, however, Musto stresses Marx’s strategic missteps, especially during the intrigues with the autonomist factions of the International. The ‘victory’ over abstentionism at the London Conference ‘proved to be ephemeral’ because Marx was unaware of the ‘grave repercussions’ he had set into motion (38). Thereafter, whenever consensus was formed among competing factions, it was often in direct opposition to him. Yet, according to Musto, even Marx’s organizational failures, like his successes, only hastened the force of events. Marx’s ‘miscalculation’, beginning with his support for Vailliant’s Blanquist Resolution IX in London, only ‘accelerated the crisis of the organization’ (41).

As a whole, Musto’s even-handed introduction, and his selection of primary documents, leaves us with an impression very different from the orthodox conception of the ideological make-up of the IWMA and the part Marx played in shaping it. Workers Unite! illustrates that Marx was not a rigid dogmatist whose ostensibly authoritarian personality stubbornly refused to bend on doctrinal principles. As Musto puts it, the ‘orthodox Soviet view of Marx’s role in the International’ would have us believe he ‘mechanically applied’ a political philosophy worked-out within the ‘confines of his study’ (6). On the contrary, Marx’s organizational experiences in the association ‒ especially with issues around national liberation, and the Paris Commune ‒ enriched his vision of socialism. But Musto is also right that those experiences did confirm something essential to some of his earliest political writings: if only the workers of the world would unite, they might cast off their chains.

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Marie Gouze, Diciotto Brumaio

Al tempo stesso troppo onore e troppo torto

Sto leggendo un fitto volumetto di Marcello Musto, L’ultimo Marx (1881-1883), Donzelli, 2016. Dovrebbe essere letto soprattutto da coloro che – come scrivevo recentemente – Marx più che conoscerlo di prima mano preferiscono farselo raccontare.

A me viene utile perché in esso trovo riassunta una questione che avevo in mente di affrontare brevemente in un post a riguardo di una certa affermazione contenuta in un pamphlet di Luciano Canfora. Nulla di che.

All’inizio del libro di Musto trovo una considerazione: la scarsa attenzione dedicata dai maggiori editori italiani alla traduzione degli scritti marxiani. Soggiungo a mia volta l’ars topiaria, per così dire, alla quale è sottoposta la barba del grande vecchio da parte di gente che parla di Marx a vanvera, non si sa se più spesso in malafede o solo per ignoranza e insipienza. Scrive Musto che negli ultimi dieci anni in Italia, “nonostante la rilevante produzione teorica e l’ampia diffusione dei suoi testi avvenuta nel Novecento”, gli studi su Marx sono “stati alquanto marginali, se confrontati con lo scenario internazionale”. Non c’è dubbio.

Del lavoro di Musto m’interessa qui mettere a fuoco un argomento in particolare, ossia la controversia sullo sviluppo del capitalismo in Russia, per dimostrare, con un esempio conciso, a quale trattamento viene vergognosamente sottoposto abitualmente il pensiero e l’opera di Marx. Mi riferisco, nella fattispecie, ad alcune frasette contenute nel pamphlet di Luciano Canfora, laddove il professore della Magna Grecia scrive:

L’orizzonte di Marx ed Engels era essenzialmente europeo-occidentale. Già la Russia per loro era remota e poco nota: fu Vera Zasulič a far comprendere a Marx la peculiarità della comune contadina russa (La schiavitù del capitale, p. 80).

In risposta prendo a prestito, per comodità e precisione nell’esposizione, le parole di Marcello Musto:

[…] Marx non manifestò mai alcuna volontà di prefigurare come dovesse essere il socialismo […]. Ciò nonostante, egli si trovò a dover fare i conti con la tesi, erroneamente attribuitagli, della fatalità storica del modo di produzione borghese. La controversia sulla prospettiva dello sviluppo del capitalismo in Russia ne è un chiara testimonianza.

Nel novembre del 1877, Marx aveva preparato una lunga lettera per la redazione della Otečestvennye Zapiski [Annali Patrii], con la quale si era prefissato di replicare all’articolo (Karl Marx davanti al tribunale del signor Zukovskij) del critico letterario e sociologo Nikolaj Michajlovskij (1842-1904), sul futuro della comune (obščina) agricola. La missiva fu rielaborata un paio di volte, ma, alla fine, essa fu lasciata in minuta, con i segni di alcune cancellature. La lettera non fu mai spedita, ma conteneva interessanti anticipazioni delle argomentazioni che Marx usò, successivamente nella risposta a Vera Zasulič.

In una serie di saggi, Michajlovskij aveva sollevato una questione, seppure con sfumature diverse, molto simile a quella che, quattro anni più tardi avrebbe riproposto a Zasulič. Per quest’ultima il nodo da sciogliere era connesso alle ripercussioni che i possibili mutamenti della comune rurale avrebbero determinato sull’attività di propaganda del movimento socialista. Michajlovskij dibatteva, più teoricamente intorno alle differenti tesi esistenti sul futuro dell’obščina […].

Pertanto, poiché Marx detestava l’ambiguità teorica, con la lettera alla redazione della Otečestvennye Zapiski, volle “parlare senza giri di parole” ed esprimere le conclusioni alle quali era giunto dopo molti anni di studio. Iniziò con questa frase, poi cancellata nel manoscritto: “se la Russia continua sulla strada imboccata nel 1861, perderà la più bella occasione che la storia abbia mai offerto a un popolo, per subire, invece, tutte le fatali peripezie del regime capitalista”.

Dunque, ben prima di ricevere la famosa lettera di Vera Zasulič, Marx ebbe ad occuparsi della questione dell’obščina, ed è anzi vero che la questione fu prospettata a Marx, nei suoi termini più pregnanti, da Michajlovskij. Rilevo tale fatto per mettere in luce con quanta nonchalance Canfora abbia liquidato tale argomento storiografico e scientifico.

Altre notizie e considerazioni assai pregevoli sono a tale riguardo offerte da Musco al cui lavoro rimando il lettore.

Quanto al fatto che Marx ed Engels ponessero attenzione ad “un orizzonte essenzialmente europeo-occidentale”, come sostiene Canfora, è il caso di rilevare che per Marx oggetto d’indagine è “il modo capitalistico di produzione e i rapporti di produzione e di scambio che gli corrispondono”. A quell’epoca, l’Europa occidentale, in modo particolare l’Inghilterra, erano di tale oggetto d’indagine la “sede classica”. È pertanto ovvio che tale “orizzonte” storicamente sviluppato del capitalismo fosse posto da Marx al centro della sua analisi e della costruzione della sua teoria.

Se Canfora si fosse preso la briga di leggere la lettera di Marx alla redazione della Otečestvennye Zapiski, avrebbe rilevato parecchie cose davvero essenziali scritte da Marx ed egli non avrebbe potuto scrivere ciò che ha scritto nel suo pamphlet. Per esempio avrebbe letto questo passo, rivolto a Michajlovskij ma che s’attaglia anche allo stesso Canfora:

… deve ad ogni costo trasformare il mio schizzo storico della genesi del capitalismo nell’Europa occidentale in una teoria storico-filosofica del percorso universale fatalmente imposto a tutti i popoli, indipendentemente dalle circostanze storiche in cui si trovano posti, per giungere alla fine alla formazione economica che assicura assieme al più grande impulso delle forze produttive del lavoro sociale lo sviluppo più integrale di ogni produttore individuale. Ma io gli chiedo scusa. È farmi al tempo stesso troppo onore e troppo torto (Marx-Engels, Lettere 1874-1879, ed. Lotta comunista, p. 235).

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Luigi Candreva, Azioni Parallele. Quaderni D’aria

Marcello Musto, L’ultimo Marx

Il 30 marzo 1911, Giolitti dichiarava alla Camera che “Carlo Marx è stato mandato in soffitta”.

Da un secolo a questa parte, il vecchio Moro è stato mandato in soffitta più volte. Ultima, finora, in occasione della fine dell’Urss e dei paesi satelliti, tra il 1989 e il 1991, con la quale è stata dichiarata anche la fine del “comunismo”, oltre che, con una certa esagerazione, della storia.

Ma evidentemente in quella soffitta Marx non si sente a proprio agio, tanto da esserne ogni volta ridisceso. La recente crisi del capitalismo ha mostrato quanto le analisi del filosofo di Treviri siano necessarie alla comprensione del mondo presente. Il capitalismo del nuovo millennio, nonostante le sue mutazioni, presenta la stessa faccia feroce di quello ottocentesco: sfruttamento della forza lavoro, concorrenza spietata tra Stati, lotta per i mercati, crisi e guerre. Discesa dalla soffitta, la critica corrosiva e scientifica di Marx soffia ancora. Ce lo ricorda, in questo ultimo lavoro, anche Marcello Musto, professore di Sociologia teorica presso la York University di Toronto, studioso da oltre un decennio del pensiero marxista e collaboratore, tra gli altri, della Marx-Engels-Gesamtausgabe 2, l’edizione storico – critica delle opere complete di Marx ed Engels.

Il lavoro di Musto si concentra sull’ultimo periodo di vita di Marx, dal 1881 al 1883, apparentemente un Marx minore e fuori dagli schemi ai quali siamo abituati, soprattutto frutto della canonizzazione avvenuta in epoca staliniana. La biografia intellettuale si intreccia con gli avvenimenti politici di questi anni e con vicende personali drammatiche, dalla morte dell’adorata moglie Jenny von Westphalen, nel dicembre del 1881, a quella della figlia Jenny, avvenuta l’11 gennaio del 1883. Due anni contrassegnati da una salute malferma e difficoltà finanziarie, superate solo grazie all’aiuto dell’amico e compagno di lotte Engels; anni di studio e di approfondimento che in vari casi precisano e sviluppano ulteriormente le ricerche precedenti. E’ il caso, ad esempio, della ripresa dei lavori matematici o dei Quaderni antropologici, che mostrano l’interesse di Marx per le società precapitalistiche, e approfondiscono gli studi già delineati nei Grundrisse. I Quaderni servirono poi a Engels per il suo L’origine della famiglia, della proprietà privata e dello Stato, come spiega l’amico di Marx nella prefazione alla prima edizione del 1884, parlandone di un “lascito ereditario” del compagno estinto.

In particolare l’interesse di Marx sulle forme di produzione non capitalistiche è il frutto dello scambio con i rivoluzionari russi, tra i quali Vera Zasulič, che ne chiedevano l’opinione sulle possibilità di passaggio in Russia al socialismo, in assenza delle condizioni che avevano permesso lo sviluppo del capitalismo in Occidente. Marx ribadisce il carattere metodologico del Capitale, nel quale non intendeva delineare una futura via univoca mondiale di sviluppo, ma affrontare esclusivamente l’evoluzione del capitalismo nell’Europa occidentale. Avendo ormai il capitalismo sorpassato la fase dello sviluppo nazionale, sarebbe stato impossibile pensare che tutti gli Stati dovessero pedissequamente ripercorrere le tappe che avevano condotto alla Rivoluzione industriale e alla Rivoluzione francese, con una borghesia autoctona in grado di compiere la propria rivoluzione democratico – borghese. Anzi, non escludeva che lo sviluppo del socialismo in Russia potesse basarsi su forme moderne del modello arcaico di proprietà collettiva, come l’Obščina. La novità di questo ragionamento consisteva nell’apertura alla possibilità teorica che il socialismo, in condizioni determinate, si sarebbe potuto realizzare seguendo itinerari inediti rispetto allo sviluppo dell’Europa occidentale, contrariamente a quello che ritenevano i marxisti russi, come Plechanov o i “marxisti legali”, mentre alcuni importanti esponenti del populismo, che attribuivano a Marx le posizioni dei suoi sostenitori in Russia, come Michajlovskij usavano quest’argomentazione in chiave polemica antimarxista. Le pagine del libro di Musto restituiscono dunque un Marx problematico, assolutamente scevro da ogni schematismo, che tra i tormenti della vita privata, delle malattie e degli stenti, non rinuncia a osservare la realtà: si aggiorna in permanenza e, se necessario, modifica o precisa i suoi precedenti punti di vista. Ma non fu solo la Russia oggetto dell’attenzione del Moro: pur nella malattia, che lo costringeva a volte settimane a letto, non cessò di studiare e appuntare scrupolosamente opere storiche, concentrando il suo interesse soprattutto sulle società precapitalistiche, sulle forme di transizione dall’antichità al feudalesimo e dal feudalesimo al capitalismo e sullo sviluppo ineguale e combinato che individuava nello sfruttamento coloniale dell’Asia e dell’Africa.

L’occasione per approfondire sul campo le sue ricerche gli è fornita dall’unico viaggio compiuto fuori d’Europa, allo scopo di curare i problemi respiratori che lo tormentavano ormai da anni. Consigliato da Engels, Paul Lafargue e dal dottor Donkin, Marx decise infine di trascorrere un periodo di convalescenza ad Algeri, dove giunse il 20 febbraio 1882. Tuttavia, a causa del clima umido e piovoso, ne trasse pochi benefici. Come osserva Musto, questo viaggio ha destato poca attenzione tra i biografi di Marx. Eppure i settantadue giorni africani, di cui ci restano 16 lettere, gli servirono per approfondire usi e costumi della popolazione musulmana in generale e algerina in particolare, alla cui questione aveva dedicato una certa attenzione un decennio prima.

Le ultime settimane della vita di Marx sono ricostruite grazie alla testimonianza dei famigliari e alla corrispondenza con Engels. Tormentato dalla pleurite e dalla tosse che non gli dava tregua, si spense serenamente il 14 marzo 1883 nella sua casa di Londra, poco dopo l’arrivo di Engels che ce ne riporta testimonianza in una lettera a Sorge.

Pur nella ricostruzione rigorosa degli ultimi due anni di ricerche e studi del fondatore del socialismo scientifico, che caratterizzano il suo lavoro, Marcello Musto, con una prosa piacevole e godibile, lontana dallo stile accademico, non nasconde l’empatia per la vicenda umana di Karl Marx e la solidarietà per la sua prospettiva politica: “la completa emancipazione delle lavoratrici e dei lavoratori, di tutto il mondo, dal dominio del capitale” (p. 132).

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Annibale C. Raineri, PalermoGrad. La crisi vista dal Sud

L’ultimo Marx e noi

Nel 2016 Donzelli ha pubblicato il libro di Marcello Musto L’ultimo Marx 1881-1883. Saggio di biografia intellettuale. Vale la pena soffermarcisi.

Come chiarito dal sottotitolo, si tratta di un saggio di biografia intellettuale, che si avvale della gran mole di materiali che negli ultimi anni sono divenuti accessibili e che, secondo Musto, modificano l’immagine del vissuto e del pensiero di Marx fin ora consolidata.

Anzitutto biografia: Musto ci consegna l’immagine di Marx uomo negli ultimi tre anni della sua vita, alle prese con le sofferenze, i dolori e le (poche) gioie che quegli anni gli hanno concesso, ma che conserva la sua umanità nonostante il destino ostile, che lo perseguita financo con un’avversione climatica che fiacca il corpo malato. Marx affronta questo destino con lo spirito tenace di un combattente, che continua a tenere per le vicende più ampie della storia dell’umanità, nonostante viva, soggettivamente e non solo oggettivamente, una condizione di isolamento anche e specialmente nei confronti di quelli che dovrebbero essere i suoi più affini solidali, la frastagliata famiglia del movimento socialista nella penultima decade dell’Ottocento.

Resterebbe deluso chi cercasse in questo libro l’approfondimento teorico delle questioni irrisolte nell’ultima ricerca di Marx. Tuttavia il volume ci offre lo spunto per ridefinire la prospettiva nella quale dovrebbero collocarsi coloro che alle opere e alla vita di Marx continuano a fare riferimento, prendendo a testimone il lavorio cui lo stesso Marx sottopose il proprio pensiero, cercando nuovi orizzonti a partire dai quali superare l’impasse in cui si era trovata tanto la pratica che la teoria del “marxismo”.

Caratteristica di questo periodo è l’estremo ampliamento dell’ambito delle ricerche di Marx, nonostante il succedersi dei drammi familiari, l’aggravarsi delle sue condizioni di salute, e l’urgenza interiore di completare l’opera cui aveva dedicato la sua vita, Il capitale, e alla quale assegnava un ruolo fondamentale («Emblematicamente, quando proprio nel 1881 Marx fu interrogato da Karl Kautsky, circa l’opportunità di un’edizione completa dei suoi testi, egli rispose causticamente: – Questi dovrebbero prima di tutto essere scritti.», p. 78)
Provo a indicare i punti che mi sembrano essenziali:
1. l’approfondimento delle scoperte in ambito antropologico, cui si dedica con intensità negli anni 1881-82;
2. la ripresa della ricerca storiografica di lunga durata;
3. la ferma opposizione all’oppressione coloniale in India, Egitto e Algeria ed il sostegno alla lotta di liberazione dell’Irlanda;
4. l’attenzione per la conoscenza delle forme di proprietà comune pre-capitalistica, non solo dal punto di vista storico, ma anche nei processi a lui contemporanei di esistenza/trasformazione delle forme di proprietà comune e di organizzazione politico-sociale non statuale (in particolare per le trasformazioni che vive la comune rurale in Russia, ma anche per le forme economiche e politiche non borghese-privatistiche né statuali del mondo islamico, con cui ha occasione di entrare in contatto grazie al suo viaggio in Algeria alla ricerca – fallita – di un clima più mite, secondo l’indicazione sanitaria).

Marx si era occupato delle formazioni sociali precapitalistiche sin dagli anni Cinquanta, tornandovi alla fine degli anni Settanta. Ma perché tornarvi, dedicando a tali studi non solo di storia economica, ma propriamente antropologici, un tale dispendio di tempo, in un’epoca in cui per ragioni di salute le sue energie erano ridotte? perché dedicarvi tanto tempo e tante energie in un periodo in cui sente così acutamente il peso del non essere riuscito a chiudere gli studi sul Capitale e a darne una versione completa e per lui appagante? La risposta di Marcello Musto, con cui mi sento di convenire, è che «questo gli serviva anche per dare delle fondamenta storiche più solide alla possibile trasformazione di tipo comunista della società» (p. 21). È questo un punto al quale sono particolarmente interessato: mentre Marx continua a cercare di descrivere la dinamica strutturale del modo di produzione capitalistico, e quindi la logica cui sono sottoposte le società in cui esso domina, si affaccia al suo pensiero l’ipotesi (certo non pienamente cosciente, ma tuttavia fortemente operante in lui) che il fondamento di una società comunistica deve in qualche modo essere connesso a un piano più di fondo dell’essere umano, per scorgere il quale è necessaria una visione più ampia e profonda, che abbracci l’insieme della storia del genere umano, e che comprenda le vicende storiche del capitalismo e del suo superamento con lo sguardo dell’antropologo, che cerca di individuare le logiche di funzionamento delle società in quanto umane (significativo è l’interesse di Marx per le strutture familiari), e, insieme, con lo sguardo dello storico di lunga durata, che descrive i molti modi in cui queste logiche si sono trasformate nel corso dei secoli e dei millenni. In questo modo la “rettifica” che Marx opera nel suo laboratorio intellettuale negli ultimi tre anni lo ricollega all’intera sua ricerca, e a quell’esordio così straordinario che fu il primo emergere del suo pensiero: i Manoscritti del ’44 e l’idea radicale di comunismo.

Musto, ripercorrendo i materiali di questi ultimi anni dell’opera di Marx, ed in particolare le lettere, che acquistano un ruolo decisivo per comprendere il profilo del Moro in questo squarcio di esistenza, conclude che il confronto con gli studiosi a lui contemporanei di antropologia, combinato con l’approfondimento delle sue ricerche storiche (fra l’autunno del 1881 e l’inverno del 1882 destinò gran parte delle sue energie intellettuali agli studi storici, ripercorrendo la storia mondiale a partire dal I secolo a. C.) portarono Marx a differenziarsi nettamente da una interpretazione della storia in senso evoluzionistico-darwinistico (prevalente fra gli antropologi dell’epoca), «conservando il suo caratteristico approccio: complesso, duttile e multiforme (…) non condivise i rigidi schemi sull’ineluttabile successione di determinati stadi della storia umana (e) respinse le rigide rappresentazioni che legavano i mutamenti sociali alle sole trasformazioni economiche. Marx difese, invece, la specificità delle condizioni storiche, le molteplici possibilità che il corso del tempo offriva e la centralità dell’intervento umano per modificare l’esistente e realizzare il cambiamento» (pp. 29-30). Dalla lettura del libro di Musso emerge come questo più articolato sguardo teorico alla storia umana, che incrina l’eurocentrismo della sua precedente elaborazione teorica, sia connesso ad un diverso approccio alla questione coloniale (complice l’attenzione ai fatti di attualità e le relazioni intrattenute con i soggetti che in esse promuovevano le lotte ai colonialismi): se negli anni Cinquanta l’accento di Marx era rivolto essenzialmente all’opera di “civilizzazione” che la dominazione coloniale realizzava, nei primi anni Ottanta prevale la consapevolezza di quanto il dominio coloniale con la sua opera abbia spinto i popoli indigeni non in avanti, ma indietro, in particolare attraverso la distruzione degli istituti comunitari (dalla distruzione della proprietà comune alle connesse forme sociali e politiche non statuali, tanto in riferimento alla politica coloniale inglese, p. 65, che francese, p. 109); senza peraltro con ciò mitizzare le società precapitalistiche.

Questo diverso modo di intendere lo sviluppo storico appare in tutta evidenza nella controversia sullo sviluppo del capitalismo in Russia, o, più esattamente, sul ruolo che la comune rurale russa (l’istituto tradizionale della obščina) avrebbe potuto avere nella prospettiva di un processo rivoluzionario in senso socialista. È forse il capitolo teoricamente più pregnante. Marcello Musso descrive la trasformazione della posizione di Marx sulla Russia, considerata per lungo tempo «uno dei principali ostacoli all’emancipazione della classe lavoratrice» e vista adesso come il luogo che presentava le condizioni più propizie per una rivoluzione. Musso sottolinea come la Russia era diventata progressivamente sempre più importante nello studio di Marx, portandolo ad imparare il russo per approfondire la conoscenza storica e l’attualità di quel paese. Tale centralità viene a coincidere, nel 1881, con i suoi studi antropologici, facendogli vedere con altri occhi la questione che divideva allora il movimento rivoluzionario russo: da un lato coloro che si consideravano (o tali si sarebbero definiti di lì a poco) “marxisti”, che ritenevano necessaria la rapida dissoluzione della comune rurale russa al fine di permettere il rapido sviluppo del capitalismo, ritenuto premessa necessaria per la successiva rivoluzione socialista; e dall’altro i populisti che al contrario vedevano nella permanenza della comune una possibile base su cui costruire la prospettiva socialista. Contrariamente a quanto ci si sarebbe potuto aspettare sulla base dei suoi scritti precedenti, Marx condivideva le posizioni di questi populisti “di sinistra”. Con molta nettezza Marx afferma, contraddicendo la lettera dei suoi scritti, che la storia del mondo non deve ripercorrere le strade che lui ha descritto nelle analisi storiche dedicate allo sviluppo capitalistico dell’Europa occidentale (ed in particolare dell’Inghilterra), e che sono possibili, e perfino auspicabili, percorsi alternativi, quali quelli che sarebbero potuti derivare dallo sviluppo dellaobščina come germe di una futura società comunista (p. 63).

Nel 2001, intervenendo nel dibattito sulla globalizzazione aperto da Luigi Cavallaro sul “manifesto”, avevo ripercorso la posizione marxiana in merito alla possibilità di un processo rivoluzionario che avesse nell’antichissimo istituto della obščina – insieme economico, politico e sociale – la propria base, sottolineando come quella posizione marxiana, ma non marxista, potesse essere per noi fonte di orientamento per l’oggi. Ne riporto qualche passaggio.

Di fronte al conflitto fra la potenza dissolutrice del denaro nella sua funzione di capitale – che irrompe sulla scena di un paese non ancora pienamente sviluppato – e le preesistenti formazioni sociali di tipo comunistico, quindi non ancora assoggettate agli “automatismi del mercato” e alla conseguente atomizzazione delle relazioni sociali, Marx riteneva possibile una pratica che né si attestasse su posizioni “reazionarie” di difesa dei vecchi istituti né accettasse come inevitabile pagare i “prezzi della modernizzazione capitalistica”. Anzi, riteneva Marx, proprio il carattere pubblico e comunitario di tali istituti li rendeva soggetti fondamentali nella lotta per il superamento della società borghese, avendo qualcosa da insegnare ai soggetti il cui orizzonte di vita è costituito dai “paesi ancora asserviti dal regime capitalistico” .

La possibilità di questo nuovo sviluppo storico si fondava, per Marx, sulla contemporaneità fra la esistenza di antichi istituti comunitari e lo sviluppo del modo di produzione capitalistico sulla cui base si sono sviluppati tanto i processi di universalizzazione delle relazioni sociali quanto l’emergere del valore della individualità con la connessa idea moderna di libertà: «se la rivoluzione russa diverrà il segnale di una rivoluzione proletaria in Occidente, in modo che le due rivoluzioni si completino a vicenda, allora l’odierna proprietà comune della terra in Russia potrà servire come punto di partenza ad uno sviluppo in senso comunistico» (Prefazione alla edizione russa del Manifesto, del 21 gennaio 1882).

Se, come spesso ci ricorda Cavallaro, il nodo che abbiamo da sciogliere è quello di superare/sopprimere il dominio del denaro (capitale) nella determinazione del quanto, come e cosa produrre, è altrettanto vero che questo compito, che segna per le sue dimensioni una intera epoca storica, non può essere ridotto alla definizione di una autorità centrale a (livello planetario), ma ci riconsegna il problema della invenzione e costruzione di percorsi decisori pubblici e democratici, non (più) mutuabili dalle esperienze degli stati nazionali, senza ovviamente con ciò volere demonizzare le esperienze del Novecento, né darne una rappresentazione caricaturale, come troppo spesso capita di leggere. Questa invenzione storica, anche di articolazioni istituzionali, oltre che economiche e sociali, può essere solo il prodotto di un movimento in cui cooperino creativamente tutti i soggetti che già oggi fanno pratica (contraddittoria quanto si vuole) di relazioni sociali non mercantili e non autoritarie. [1]

Queste considerazioni ci fanno comprendere come l’affermazione del vecchio Marx: «Quel che è certo è che io non sono marxista», sia più di una semplice battuta, e sia invece il frutto di un ripensamento su questioni fondamentali, anche se spesso poste nella forma di una mera reinterpretazione dei propri testi piuttosto che di una loro smentita (mai fatta).

Sul cambio di prospettiva realizzatosi nel pensiero di Marx negli anni Ottanta aveva insistito molto Enrique Dussel ( El último Marx (1863-1882) y la liberacion latinoamericana [1990], ed. it. L’ultimo Marx, manifestolibri 2009), che nel capitolo finale, Dall’ultimo Marx all’America Latina, mostra come la concezione unilaterale della storia universale abbia dominato il pensiero di Marx fino alla pubblicazione del primo libro del Capitale, per essere poi abbandonata alla fine degli anni Sessanta anche in relazione ai rapporti sempre più significativi con i rivoluzionari russi di tendenza populista. Dussell legge il cambio di prospettiva dell’ultimo Marx – in opposizione alla continuità engelsiana – anche confrontandosi con Rosa Luxemburg, nella prospettiva della costruzione di un diverso orizzonte etico-politico dell’agire, che colga l’importanza della dimensione popolare e nazionale, cui Marx avrebbe iniziato a guardare proprio seguendo con partecipazione quanto accadeva in Irlanda e ripensando con diversi occhi la questione contadina. Da queste letture marxiane Enrique Dussel può quindi ricavare ispirazione per l’orientamento nell’azione politico-sociale in America Latina, dove il modello europeo di movimento socialista sarebbe privo di prospettive.

Rispetto al testo di Dussel, il recente volume di Marcello Musto (a parte diversità di accenti, che comunque non mi sembra modifichino l’essenziale, se non per uno sguardo accademico e museale all’opera di Marx) ci offre una visione più ampia della vita intellettuale dell’ultimo Marx. Da essa emerge con forza la testimonianza (quanto di più prezioso ci lasciano i suoi ultimi anni) di una ricostruzione unitaria dell’intero suo lavorio privo di attese dottrinarie. Ma soprattutto, confrontata con i compiti cui siamo oggi chiamati, ci impone la consapevolezza che l’unico orizzonte sensato dentro cui pensare la parola comunismo è quello che pone al centro della sua costituzione la dimensione antropologica, l’ essere umano in quanto tale, cogliendo le sue vicissitudini non solo nella lunga storia della modernità (sin dal suo esordio, vedi le interpretazioni radicali della riforma protestante), ma specialmente nella lunghissima storia della nostra umanità, che, per tempi cronologicamente maggioritari e antropologicamente costitutivi, ha visto nel comune l’ambito primario dello svolgersi della sua esistenza.

​[1] L’articolo, pubblicato l’11.9.2001, è ancora reperibile nel web col titoloLe comuni rurali: Marx censurato. L’attentato alle Torri gemelle interruppe il dibattito per ovvie ragioni politiche e giornalistiche. L’intero dibattito è stato poi pubblicato nel 2002 da Deriveapprodi in appendice a Karl Marx, Discorso sul libero scambio.

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Benedetto Vecchi, Il Manifesto

Una condivisione di pensiero critico

Cento anni separano il presente da un «evento» che ha cambiato il corso della Storia.

Un secolo dove la speranza di una trasformazione radicale del vivere in società si è nutrita dell’immaginario di uomini e donne senza voce che prendevano la parola e sovvertivano gli assetti di potere. Era il coronamento di quella rivoluzione che Karl Marx aveva inseguito per tutta la sua vita. Soltanto che il filosofo di Treviri l’aveva vista possibile in altri paesi da quella dove accadde. Soltanto in tempi recenti studi sull’Ultimo Marx (il titolo del volume di Marcello Musto per Donzelli) hanno messo in evidenza come, stanco e con il corpo segnato da anni di studio e condizione precarie, si interessasse alla formazione sociale russa, intravedendo anche in quell’immenso territorio possibilità di una rivoluzione.

La rivoluzione d’ottobre aveva comunque cambiato il corso della storia. Solo un giovane Antonio Gramsci diede un titolo «ambivalente» per qualificare la Rivoluzion. Era «La rivoluzione contro il Capitale», alludendo al fatto che la presa del Palazzo d’Inverno poteva essere letta sia come una rivoluzione contro il Capitale, ma anche come esito diverso da quello previsto dall’autore del Capitale. Una ambivalenza potente che apriva la strada a inedite opzioni politiche.

DI QUELL’ESPERIENZA rimane ormai ben poco. Da una parte c’è chi chi la demonizza come l’avvio di un progetto autoritario di imporre con la violenza un mutamento antropologico – l’uomo nuovo – contrario alla natura umana. Dall’altra una diffusa nostalgia di quell’ordine politico e sociale sovietico da contrapporre alla miseria del presente. Due atteggiamenti opposti, ma tuttavia speculari nel rifiuto di ogni possibile cambiamento dell’esistente. Crollato il Muro di Berlino rimaneva solo il capitalismo a plasmare la vita sociale. Per i «nostalgici», invece, ogni movimento, esperienza politica radicale del presente è niente rispetto alla grandiosità dell’Ottobre sovietico. Il nichilismo e l’antipolitica a sinistra hanno radici in questo rifiuto a vedere la ricchezza del possibile.

Il convegno e la mostra romane che si aprono a Roma la prossima settimana vogliono passare indenni nel passare tra la Scilla della demonizzazione e il Cariddi della nostalgia, forti di una platea di relatori – e di artisti – che in tutti questi anni hanno ripensato Marx e, in misura minore Lenin, senza nulla concedere a una lettura consolatoria e canonica. Ognuno lo ha fatto in solitudine oppure in sintonia con il movimenti sociali che hanno scandito la vita planetaria in questi anni che ci separano dal crollo del Muro di Berlino. Ma nessuno ha dato vita a una «scuola».

LA DECLINAZIONE plurale del marxismo e del comunismo consegna un corpus teorico articolato, differenziato, ma niente affatto crepuscolare. Tra i relatori invitati ci sono teorici che hanno messo Marx sottosopra per metterlo a verifica in un capitalismo divenuto mondiale. E come è cambiato il processo produttivo, intendendo con questo non solo il lavoro vivo, ma anche la circolazione delle merci e il ruolo preponderante della finanza, mutate sono anche le forme politiche. Insomma, gli appuntamenti romani possono essere considerati come una platea di chi in questi ultimi anni «del nostro scontento» ha continuato a produrre teoria. La condivisione del sapere non è solo propedeutica alla sua diffusione, ma può aprire nuovi percorsi di ricerca.

L’eterogeneità dei punti di vista può risultare un limite. Può infatti risultare un occasione dove più che una sinfonia, l’esito sia la declamazione di cose già lette e scritte. Ma come in ogni concerto, quel che conta è seguire la partitura. Quella che emerge dal nutrito programma di questo convegno è una partitura ambiziosa e niente affatto neutrale. La posta in gioco, infatti, è una rinnovata e pungente critica dell’economia politica. Per vedere se le basi di tale obiettivo saranno state gettate, ci sarà tempo e modo. Quel che è evidente è che da parte degli organizzatori non ci siano preclusioni e che la pratica scelta sia quella dell’ascolto. D’altronde che il marxismo e il comunismo dovessero essere declinati al plurale lo aveva già scritto, a mo’ di introduzione di un’opera dimenticata ma tuttavia ancora fertile, era stato lo storico inglese Eric Hobsbawmn, quando nel primo volume della Storia del marxismo pubblicata da Einaudi invitava ad abbandonare i lidi sicuri del già noto per inoltrarsi nel mare in subbuglio di quel capitalismo in via di mutazione. Ma anche questa è storia passata, anche se di un passato prossimo.

Nelle pagine che seguono ci sono solo frammenti di quanto verrà presentato a Roma. Ma interessanti sono le quaestiones che saranno affrontate e di come sono state affrontate da parte degli intervistati o di chi ha mandato il suo contributo per iscritto.

Il decalogo dei temi scelti è però chiaro.

GLOBALIZZAZIONE, nuova divisione internazionale del lavoro, mutamento della composizione sociale del lavoro vivo. La mobilità e il diritto di fuga esercitato dai migranti. Il conflitto tra i sessi, non rinchiudibile nella gabbia delle pari opportunità o di un emancipazionismo che taglierebbe fuori gran parte dell’altra metà del cielo. La Rete come «incarnazione» di una pervasiva società del controllo, ma anche come spazio pubblico attraversato dai conflitti sociali e di classe. Ma anche sinonimo di quello che in ambito anglosassone viene chiamato platform capitalism, cioè di tutte le società, imprese che puntano a valorizzare, capitalisticamente, la circolazione e distribuzione delle merci. Già questi primi elementi lasciano intravedere la matassa da sbrogliare. E se a questo si aggiunge le quaetiones inerenti il Politico il rischio di paralisi è massimo. Ma anche in questo caso, elementi, brandelli di sapere critico possono essere condivisi.

LA CRISI della rappresentanza ovviamente occupa un posto d’onore. Ma anche crisi delle forme di governance elaborate e messi in campo in questi anni com forme di governo mondiale. E dunque rapporto tra globale e locale, mentre le geografie dell’imperialismo vedono emergere nella scena mondiale paesi come l’India, la Cina, la Russia, il Brasile e il Sud Africa. Nei workshop ci sono inoltre appuntamenti dedicati al neomunicipalismo, alle tante forme di mutalismo autogestito, come obbligato campo di intervento politica da parte dei movimenti sociali variamente invitati a portare il loro contributo.

Un ampio carnet, quindi. L’interesse per questo di un giornale come «il manifesto» non è occasionale. Sono quaestuiones che nel fare un giornale politico hanno il sapore della contingenza e della cronaca quotidiana. Questo, per il momento, è il nostro contributo alla riuscita dell’appuntamento. Ci sarà tempo e luogo per verificare se la talpa del pensiero critico ha ben scavato.

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Social Movements

This course deals with the developments of some of the most significant international social movements from the end of Ancien Régime to the fall of Berlin Wall (1789-1989). These include social movements that were formed around the French Revolution, the Revolutions of 1848, the Paris Commune, the birth of Soviet Union, the Chinese Revolution, the anticolonialist process in Asia, Africa and Latin America, the protests of 1968, as well as Socialist Feminism. These movements will be critically analysed, both in terms of history of ideas and of their major socio-political characteristics.
This course is taught in weekly seminars. Attendance is strongly recommended and students are expected to participate actively in class discussion.

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Social Movements: Theory and Practice

This course deals with the developments of some of the most significant international social movements from the end of Ancien Régime to the fall of Berlin Wall (1789-1989). These include social movements that were formed around the French Revolution, the Revolutions of 1848, the Paris Commune, the birth of Soviet Union, the Chinese Revolution, the anticolonialist movement, and the protests of 1968. These movements will be critically analysed, both in terms of history of ideas and of their major socio-political characteristics.

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Alfio Neri, Carmilla. Letteratura, immaginario e cultura d’opposizione

Da cinquant’anni mancava un’introduzione ai Grundrisse. Oggi finalmente abbiamo un testo che ci permette di affrontare iLineamenti fondamentali di critica dell’economia politica.

I Grundrisse sono un testo enormemente difficile sotto tutti punti di vista. Sono appunti non destinati alla pubblicazione che offrono problemi di lettura colossali. Tuttavia, dietro la loro forma contorta, essi percorrono vie analitiche molto originali non sempre sfruttate.

La storia dei Grundrisse è fortunosa. Rimasti nascosti per un secolo, pubblicati durante la Seconda Guerra Mondiale, divennero noti dopo la prima ristampa tedesca del 1953. Negli anni cinquanta non furono quasi letti e solo in seguito furono recepiti come possibile alternativa al dogmatismo dell’ortodossia sovietica. Assieme agli scritti di Gramsci e ai manoscritti economico-filosofici del 1844, i Grundrisse aprirono la via alla possibilità di un nuovo marxismo critico di cui vi era un enorme bisogno teorico.

Nonostante il loro importante apporto concettuale, i Grundrisse non furono recepiti subito. Una ragione stava nelle loro enormi difficoltà di comprensione. Il testo non era destinato alla pubblicazione e questo lo si vede ancora benissimo. Adesso, dopo cinquant’anni, finalmente abbiamo un’opera che ci permette un approccio critico. Di questo lavoro, così prezioso e così inattuale, dobbiamo ringraziare il curatore, Marcello Musto. La sua opera di analisi storico-filologico-concettuale è di un’utilità straordinaria.

Il lavoro si articola in tre parti: nella prima vi sono le interpretazioni critiche dei Grundrisse; nella seconda le vicende di Marx al tempo della loro stesura; nella terza c’è la storia straordinaria della loro diffusione e recezione.

I saggi della raccolta, che comprende i contributi di 32 autori, permettono di affrontare i testi marxiani a strati, procedendo per gradi. Il lavoro è pensato per affrontare percorsi concettuali differenti e per focalizzare tematiche analitiche differenziate. Per questi motivi, mi permetto di segnalare una serie di percorsi di lettura di questo libro. Ne rimangono comunque molti altri che, per brevità, non riporto ma che, non per questo, sono meno importanti.

La porta d’ingresso dei Grundrisse è l’ Introduzione del 1857 . In questo scritto Marx afferma chiaramente che la filiera Produzione/Distribuzione/Scambio/Consumo va intesa come una totalità. Non esistono individui isolati che lavorano separatamente, così come non esistono individui separati che parlano fra loro lingue private. Analogamente il processo di produzione va inteso come una totalità organica e storico-sociale. Questi concetti sono resi (più) comprensibili dall’attento saggio di Musto Storia, produzione e metodo nella Introduzione del 1857 1 .

Un intervento centrale è quello di Carver sull’alienazione 2 . Lo segnalo perché dimostra la continuità fra il concetto di alienazione presente nel giovane Marx e il concetto di sfruttamento del Marx maturo. La dimostrazione di questa continuità di temi, fa tramontare definitivamente l’interpretazione di Althusser imperniata sull’ipotesi di una cesura epistemologica fra il giovane Marx e il Marx maturo 3 .

Un altro contributo rilevante riguarda le Forme che precedono la produzione capitalistica. Questa sezione, in passato pubblicata separatamente dagli Editori Riuniti, è illuminata dal saggio di Ellen Meiksins Wood 4 . L’autrice evidenzia i contributi storiografici degli ultimi decenni, rileva come Marx, mentre sviluppa la sua analisi storico-sociale, diventi sempre meno determinista, dimostra in modo convincente che la sequenza Modo di Produzione Asiatico-Classico-Feudale-Capitalistico non ha alcun valore teleologico.

Il cuore incandescente del dibattito teorico è però incentrato sulla teoria del Valore. Questo concetto è analizzato, ricostruito e riconfrontato con la tarda modernità nell’importante saggio di Postone 5 , forse il più importante dell’intera raccolta. Si tratta di un saggio che, per quanto sembri un commento esegetico, in realtà è l’abbozzo di un orizzonte marxiano di superamento dell’ortodossia marxista.

In questo momento, questo libro è il miglior approccio possibile alla lettura dei Grundrisse 6 . I saggi guardano al futuro e non hanno un’ottica antiquaria o nostalgica. Capiamoci, il passato si è ormai dileguato. Quello che conta è guardare al futuro.

Nota: Sono liberamente scaricabili qui l’indice del libro, il retro di copertina, la premessa di M. Musto, l’introduzione di Eric Hobsbawm e il saggio di M. Musto Diffusione e recezione dei Grundrisse nel mondo.

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Alessandro Visalli, Nella fertilità cresce il tempo

Marcello Musto, “L’ultimo Marx”

Marcello Musto è di Marx in qualche modo uno specialista, attualmente visiting professor di sociologia teorica a Toronto, presso la York University, nel 2103 ha pubblicato “Ripensare Marx e i marxismi” (una presentazione qui), oltre ad una serie di antologie e volumi collettanei sullo stesso tema che sono stati tradotti in venti lingue.

In questo libro l’autore focalizza gli ultimi due anni di vita del grande tedesco. Per certi versi, come vedremo, anni sorprendenti.

Prima di entrare nella lettura del testo definiamo meglio il contesto. In questa intervista l’autore inquadra la sua visione (certamente militante) del momento nel quale i suoi studi sullo scrittore di Treviri si inquadrano.

Occorre anche dire che di Marx ci siamo occupati leggendo il saggio monografico di Nicolao Merker, un altro grande specialista recentemente scomparso, “Karl Marx”. Quella di Merker è una lettura sistematica per fasi della vita, della formazione, delle prime lotte ed esperienze nel contesto del liberalismo radicale ed il giornalismo politico, l’avvio della riflessione economica, l’incontro con i grandi momenti della cultura del suo tempo, Rousseau, Montesquieu, Machiavelli, Hamilton, Tocqueville, Beaumont ed il rovesciamento materialistico di Hegel (lo spacciare come essenza ciò che semplicemente è), e finalmente a partire dal 1843 l’incontro a Parigi con la riflessione socialista (ed anarchica), ma anche con la critica radicale della religione di Feuerbach e le riflessioni di Hess sulla natura del denaro. Ne la “Questione ebraica” Marx supera l’impostazione liberale per chiamare alla necessità di una emancipazione che non sia solo politica, e comincia ad emergere l’idea, al momento ancora confusa (ma in ultima istanza sempre poco definita) di una “emancipazione umana generale” per la quale serve una classe generale che non può essere identificata se non nel proletariato. Obiettivo deve essere l’emancipazione dell’uomo. Proudhon e Bakunin sono le sue frequentazioni di questo periodo, e le vicende storiche del turbolento periodo che precede il 1848 sono lo snodo nel quale si forma la sua concezione della lotta politica e della rivoluzione stessa (a partire dalla fallita rivolta dei tessitori slesiani del 1845). Come dell’idea (astratta riflessione che è altro dal concreto farsi dell’azione) del “comunismo” come “reale appropriazione dell’umana essenza da parte dell’uomo e per l’uomo” ( Manoscritti, 1844).

Nell’esilio, prima a Bruxelles e poi a Londra, muoiono a Marx tre figli (Edgar, otto anni, Guido e Franziska, di pochi mesi) per le difficoltà economiche e ambientali. Credo che nessuno passerebbe indenne una simile prova. Il suo pensiero si radicalizza, viene formulata (in alcune lettere e nel “Diciotto brumaio di Luigi Napoleone” la tesi che la classe operaia deve imporre una sua “dittatura”. E più in generale le tesi secondo le quali le classi sociali sono legate alle fasi di produzione, che la lotta tra queste porta alla dittatura della classe più generale (il proletariato), e che questa ultima fase apre alla dissoluzione di tutte le classi. È, in questi primi anni cinquanta, la tesi che prevarrà nella vulgata comunista.

I dieci anni successivi sono impegnati nella redazione del “Capitale”, la cui prima edizione è del 1867. L’antinomia centrale è che la produzione ha un carattere sociale, deriva dal lavoro complessivo della società, dell’accumulo della propria sapienza, e dal lavoro comune dell’umano, mentre il suo plusvalore viene catturato per sé, e reso privato, dal proprietario dei capitali che sono stati impiegati. Si ha qui uno scontro di diritti, tra i quali alla fine deve decidere la forza (M., p.112). Questa forza, sostiene viene coltivata dallo stesso capitale:

“la produzione capitalistica genera essa stessa, con l’ineluttabilità di un processo naturale, la propria negazione. È la negazione della negazione. E questa non ristabilisce la proprietà privata, ma invece la proprietà individuale fondata sulla conquista dell’era capitalista, sulla cooperazione e sul possesso collettivo della terra e dei mezzi di produzione prodotti dal lavoro stesso ” (corsivi di Marx, Il Capitale, p.826).

Attraverso l’analisi generale ed astratta della forma del valore, della merce quale in ultima analisi lavoro umano oggettivizzato (per cui solo la produzione con applicazione di lavoro umano, e non la circolazione crea realmente valore), Marx vede, in sostanza, all’opera costrizioni sistemiche che prendono i singoli lavoratori (o capitalisti), incarnate nella “libera concorrenza”, ovvero nelle leggi immanenti del mercato concorrenziale, e che agiscono come forze esterne sul singolo. Non è questione morale, non si tratta dunque di dire che “la proprietà è un furto” (Proudhon), ma di una morfologia storico-sociale concreta, derivante dal processo di autovalorizzazione intrinseco del capitale in quanto tale. Nel cap. VIII si legge quindi che qui si tratta di uno scontro non tra “buoni” e “cattivi”, o tra diritti contro furti, ma di “diritto contro diritto” (ivi, p.269). Entrambi i diritti (quello del lavoratore che cerca di appropriarsi del frutto oggettivato del suo lavoro, o nel caso di ridurre la propria giornata lavorativa) sia del datore di lavoro (che cerca di estrarne il più possibile, o nel caso di estenderla) si scontrano sul piano fattuale. Sono eguali, e deve decidere la forza. La forza delle due classi contrapposte. Lo scontro dipende interamente dalla situazione oggettiva delle classi sociali per come si configurano storicamente i rapporti di produzione (che, naturalmente, implicano dimensioni sia materiali sia spirituali).

“Come capitalista, egli è soltanto capitale personificato. La sua anima è l’anima del capitale. il capitale ha un unico istinto vitale, l’istinto cioè di valorizzarsi, di creare plusvalore, di assorbire con la sua parte costante, che sono i mezzi di produzione, la massa di pluslavoro più grande possibile. … Qui ha dunque luogo una antinomia: diritto contro diritto, entrambi consacrati dalla legge dello scambio delle merci. Fra diritti uguali decide la forza. Così nella storia della produzione capitalistica la regolazione della giornata lavorativa [o la sua remunerazione] si presenta come lotta per i limiti – lotta fra il capitalista collettivo, cioè la classe dei capitalisti, e l’operaio collettivo, cioè la classe operaia ” (Marx p.269).

Il vero limite nella produzione capitalistica è per Marx in qualche modo il capitale stesso, cioè il fatto che “ la produzione capitalistica è il capitale stesso”. Che, cioè, “la produzione è solo produzione per il capitale”, e non invece “ per la continua estensione del processo vitale per la società dei produttori” , per la quale cui i mezzi di produzione sono solo mezzi, e non scopo. Questo motivo attraversa l’intera critica di Marx, sin dagli scritti giovanili, il “fine ampio”, il pieno sviluppo delle forze produttive (ricordando l’accezione ampia del termine), nella pratica della società capitalista, va in conflitto con il “fine ristretto” che è la valorizzazione del capitale esistente. Ma questo “fine ristretto”, che è davanti agli occhi di ogni singolo capitalista, lo costringe con il suo potere sistemico.

Ci sono qui, come sostiene Honneth in “ L’idea di socialismo ” tre motivi strutturanti e divenuti problematici:

– Che per superare l’antinomia bisogna superare in effetti il meccanismo del mercato , cioè l’economia di mercato che critica per i suoi effetti disumanizzanti sin dagli anni giovanili;

– Che i moventi per ottenere questo effetto, contrapponendo forza a forza, siano in effetti già contenuti nei rapporti sociali esistenti ;

– Che quindi la trasformazione si compirà per necessità storica, attraverso una sorta di progressivo allargamento (idea già contenuta nel “ Manifesto del Partito comunista”) e quindi un miglioramento rettilineo della storia umana, effetto delle lotte di classe, e, forse soprattutto, attraverso lo sviluppo storico dei modi di produzione e della tecnica che va in direzione sia di un sempre maggiore padroneggiamento della natura, sia dello sviluppo sociale verso la società dell’abbondanza.

Queste idee le oggi troviamo, in forma fossile, dove sembrerebbe insospettato. In qualche modo ispirano oggi i più entusiasti cantori della mondializzazione e dei suoi destini progressivi. E buona parte dell’horror vacui che prende anche i critici , messi davanti alla prospettiva di un suo “ripiegamento” (come si trova a dire Bersani ) si riesce a spiegare in funzione di una mancata riflessione su questi presupposti. La storia sembra naturalmente diretta all’allargamento; l’entrata in campo da protagonisti dei paesi ex poveri (ammessi alla tavola dello sfruttamento capitalistico) sembra dunque un progresso indiscutibile. Un esito della razionalizzazione, con l’uscita di parte dell’umanità dalle tenebre delle forme produttive precapitaliste.

La mondializzazione stessa, nel momento in cui è connessa all’esito di dinamiche evolutive tecnologiche (cioè allo sviluppo di pacchetti di tecnologie abilitanti scambi ad un diverso livello di potenza, e dunque di capacità di costringere entro la propria logica) è presa per una tappa verso la società dell’abbondanza (e qui persino uno come Mason, nel suo interessante “Postcapitalismo ”, cammina su questo ambiguo crinale).

Ci sono, peraltro, tracce abbondanti di questo scivolamento nel Marx del “ Capitale”, in particolare nella parte curata da Engels (che contribuisce fortemente a rendere lineare un pensiero che non lo è affatto), nella quale sembra diventare indispensabile che il superamento derivi dalla piena estensione e sviluppo delle forze produttive. Un’idea contenuta già nel 1846 nell’”Ideologia Tedesca”, infatti che questo è “un presupposto pratico assolutamente necessario anche perché senza di esso si generalizzerebbe soltanto la miseria, e quindi col bisogno ricomincerebbe anche il conflitto per il necessario, e tornerebbe per forza tutta la vecchia merda” (ivi., p.34). E’ contenuta, ma in forma “pratica”, non “teorica”.

Invece scrive lo stesso Marx nel quarantottesimo capitolo del Terzo Libro, che se “il regno della libertà comincia soltanto là dove cessa il lavoro determinato dalla necessità e dalla finalità esterna” (p.933) esso, però, “si trova per sua natura oltre la sfera della produzione materiale vera e propria”. Nella reciproca espansione di bisogni e capacità produttive, la libertà infatti può darsi solo se “l’uomo socializzato, cioè i produttori associati” regolano “razionalmente” il loro “ricambio organico con la natura, lo portano sotto il loro comune controllo, invece di essere da esso dominati come da una forza cieca”. Ciò implica “ che essi eseguono il loro compito con il minore possibile impiego di energia e nelle condizioni più adeguate alla loro natura umana e più degne di essa ”. Insomma, a partire dalla riduzione della giornata lavorativa, che è “condizione fondamentale” di tutto ciò, sul vecchio “regno della necessità” quanto più ridotto ed efficiente possibile, sorge il “regno della libertà”, che è “lo sviluppo delle capacità umane, fine a se stesso”.

Questo è il problema più acuto che una riflessione sull’ultimo Marx può aiutare a definire: è necessario per giungere al “regno della libertà”, per l’uomo, distruggere nel fuoco della tecnica e sopravanzare seguendo la logica dell’autodispiegarsi della capacità produttiva le forme di vita che sono attualmente presenti, ed i rapporti sociali che le contraddistinguono?

Abbiamo visto che Axel Honneth propone un movimento alternativo, nel quale (anche in una originale rilettura del movimento dialettico hegeliano) si tratta invece di considerare le sfere delle relazioni personali, di quelle economiche e della sfera pubblica politica come internamente relazionate le une alle altre, rispettando le proprie specifiche norme e senza gerarchie predefinite, ma in qualche modo convergendo sulla terza per garantire la riproduzione ordinata della società. Il reciproco adattamento deve avvenire, cioè, intorno a sfere pubbliche nelle quali, in modo approfondito e attento alle specificità, le questioni bisognose di regolazione e le relative soggettività in cerca di riconoscimento possano essere poste e accolte. Il luogo dove questo accade, in prima battuta, è lo Stato-nazione.

Ma per vedere cosa avrebbe da dire il vecchio Marx su quest’intreccio di questioni leggiamo ora la ricostruzione che ne fa Musto. L’ultima riflessione del sofferente, vecchio, combattente si intreccia intorno a due temi che si intersecano: gli studi antropologici, che compie sul lavoro di Lewis Morgan , un etnologo ed antropologo americano che a lungo studiò e visse con le popolazioni indiane, che gli interessava per tentare di ricostruire non in astratto ma nel concreto degli studi empirici disponibili la sequenza di costruzione dei differenti modi di produzione.

Quindici anni dopo la pubblicazione del primo libro del Capitale, e mentre scrive le bozze del secondo e terzo, il problema era per lui aperto. Dalle annotazioni di Marx al libro di Morgan, dove questo giudicava la società borghese limitata e quelle primitive solidali e democratiche, si registra l’auspicio di “un tipo di società superiore”, che però recupera ad un altro livello le caratteristiche positive delle antiche collettività. Una nuova forma di produzione e di consumo, che non può sorgere in base ad una evoluzione meccanica, ma attraverso la lotta cosciente delle lavoratrici e dei lavoratori (Musto, p.27).

Mi pare interessante riportare il passo di Morgan annotato:

“la dissoluzione della società promette di essere l’unico possibile risultato di un corso storico in cui la proprietà e la ricchezza continuassero ad essere il fine e l’obiettivo dell’umanità; questo perché un cosiffatto corso storico contiene in sé gli elementi dell’autodistruzione. Democrazia nel governo, fratellanza nei rapporti sociali, eguaglianza dei diritti e privilegi, e istruzione per tutti senza discriminazioni: così ci dobbiamo prefigurare quella futura condizione della società verso cui ci spingono, costantemente, l’esperienza, l’intelligenza e le conoscenze finora accumulate. Sarà (un tipo di società superiore) un ritorno, in forma superiore, della libertà, dell’eguaglianza e della fraternità delle antiche gentes”.

Certo anche l’ultimo Marx, nella tessitura complessa dei molti interessi di ricerca che attraversano la sua opera, si dedica (anzi, con rinnovata lena) agli studi matematici (calcolo infinitesimale ed integrale) stendendo anche un trattatello, che lo portano ad arditi paralleli del tutto nello spirito del tempo. Se, infatti, “non è possibile risolvere un’equazione che non racchiuda nei suoi termini gli elementi della soluzione”, (risposta a Ferdinand Nieuwenhuis) anche “un governo socialista non giunge alla guida di un paese senza che le circostanze siano arrivate al punto che egli possa, prima di ogni altra cosa, prendere le misure atte a intimidire la massa dei borghesi e conseguire così, il primo obiettivo, il tempo per l’azione efficace”. Naturalmente quali siano dipende “in tutto e per tutto dalle reali condizioni storiche in cui bisognerà agire”. Non bisogna “distrarsi dalla lotta presente” anticipando dottrinariamente esiti futuri, e “fare riferimento alle condizioni immediate e reali di questa o quella nazione specifica”.

Mentre si occupava, come sempre, dell’attualità (ad esempio della crisi iniziata nel 1873 ed ancora in corso, o dell’esito del sovrainvestimento finanziario derivante dal ciclo ferroviario) pronostica una futura sollevazione in India, per uno sfruttamento coloniale che “grida vendetta”.

Ma una delle vicende più importanti la incontra quando la rivoluzionaria russa Vera Zasulic gli mandò nel 1881 una lettera sulla quale Marx lavorò a lungo. In essa veniva chiesto se la “comune rurale” sia una formazione sociale in grado di svilupparsi sulla strada del socialismo, ovvero di essere “la base di una produzione e distribuzione di prodotti su basi collettivistiche”, oppure se questa tradizionale formazione russa (creata a metà dell’ottocento dalla dissoluzione della forma sociale della servitù della gleba), che è anche nota anche come “Mir”, sia destinata ad essere soppiantata da “più avanzate” formazioni storico-sociali, passando per le quali, alla fine si arriverà al socialismo per via della maturazione delle relative condizioni.

La rivoluzionaria russa (che pure condannò la rivoluzione d’ottobre proprio giudicandola “prematura”) all’epoca faceva parte della formazione populista “ Ripartizione nera ” (cui aderivano Plechanovm Aksel’rod ed altri) che poi confluì nel marxismo spostando il focus dell’azione dai contadini agli operai (fondando “ Emancipazione del lavoro ”, fondato nel 1883) già da come pone la domanda chiaramente propende per la prima opzione. Ma c’è chi giudica la comune rurale una forma arcaica della storia, condannata in quanto tale a perire.

La domanda è, in altre parole, se le forme comunitarie precapitaliste, in quanto tali, dovessero essere considerate residui storici, condannati dalla sua logica inesorabile di progressiva efficientazione e messa in connessione.

Durante questa discussione Marx chiarisce un punto preliminare della massima importanza: nei numerosi punti in cui nella sua opera (dagli scritti giovanili al “Capitale”) aveva sempre sottolineato la funzione progressiva di liberazione delle energie condotta dalla borghesia, dal modo di produzione industriale e dello stesso capitalismo (Musto ne fa un breve riepilogo a pa. 57-60), egli stava in effetti descrivendo il caso storico concreto “del percorso seguito dall’ordine economico capitalista per uscire dal grembo dell’ordine economico feudale”. Dunque era riferito solo all’Europa occidentale. In essa lo sviluppo delle forze produttive, e la concentrazione del lavoro (con l’esproprio delle condizioni diffuse di produzione preesistenti che ne è il presupposto) in pochi luoghi, avviava la dinamica tante volte descritta che crea le condizioni della futura socializzazione. Ma questo era solo “uno schizzo storico della genesi del capitalismo nell’Europa occidentale”, non “ una teoria storico-filosofica del percorso universale fatalmente imposto a tutti i popoli, indipendentemente dalle circostanze storiche in cui si trovano i posti ” (Karl Marx, alla redazione della Otecestevennye Zapiski, cit. p.61).

Una simile “teoria storico-filosofica” avrebbe infatti solo una “virtù suprema”, quella di essere “sovrastorica”.

Tre settimane di lavoro intenso portano a tre lunghe bozze ed una minuta della lettera finale, in francese, nelle quali, ribadisce la limitazione dei suoi precedenti abbozzi storici al caso dell’Europa occidentale ed afferma con forza che i casi non possono confrontarsi. La comune agricola russa è aperta due possibilità, o prevale “l’elemento della proprietà privata sull’elemento collettivo” o il contrario. Dipenderà dalle circostanze. Il fatto che la Russia sia nella possibilità di trarre esempio, ispirazione e sostegno dalla produzione capitalistica, che nel frattempo si è comunque sviluppata (al prezzo di grandissimi sofferenze) nell’Europa occidentale, rende possibile, anzi, che “ appropriandosi dei risultati positivi di questo modo di produzione, essa si trovi, dunque, in grado di sviluppare e trasformare, invece di distruggere, la forma ancora arcaica della sua comune rurale ” (p.66).

In questo caso, senza passare sotto le forche caudine del sistema capitalistico, i contadini ne potrebbero utilizzare ed integrare le acquisizioni positive. Così come non è necessario superare tutte le fasi tecnologiche (dal telaio meccanico, a quello a vapore, poi ai bastimenti a vapore, poi le ferrovie, e via dicendo) od organizzative (prima le fiere, poi le borse merci, poi le banche, le società per azioni, …) per impostare un sistema economico avendole davanti pronte tutte.

Dunque le comuni agricole in effetti rappresentavano il potenziale di “un primo raggruppamento sociale di uomini liberi, non strettamente vincolati da rapporti di parentela”. In altre parole, queste avrebbero potuto essere in qualche modo rivoluzionate (superando gli elementi individualisti e l’isolamento premoderno che le caratterizzava) non dal capitalismo ma dal socialismo. Ovvero essere meccanizzate (“soppiantare gradualmente l’agricoltura parcellizzata con l’agricoltura combinata con l’impiego delle macchine”) ed organizzare il lavoro cooperativo su larga scala, fondandosi sull’esistente proprietà comune della terra. Riprendendo temi presentati anche dal suo ex amico Bakunin (ed in seguiti ripresi venti anni dopo da Tolstoj) Marx immagina anche che si possa passare a forme di autogoverno.

La comune è, insomma, il possibile “fulcro della rivoluzione sociale in Russia”.

Nel resto del libro, in alcuni commoventi capitoli, Musto descrive i tormenti del “vecchio Nick”, che resosi conto dell’essere la rivoluzione un processo lungo e complesso, affronta l’ultima giostra della vita che gli destina dolori non redimibili. La morte della moglie ed il declino delle sue facoltà fisiche ormai inarrestabile.

Il 14 marzo 1883, alle 14.45, assistito dal suo amico Engles, Karl Marx muore.

Abbiamo visto che Michéa, in “ I misteri della sinistra ” qualifica come “zoccolo duro di tutte le concezioni borghesi del mondo”, quella metafisica del “progresso” che definisce la storia dal punto di una “teoria storico-filosofica” e non manca di avere profonde radici anche in buona parte del movimento socialista e in alcuni stessi scritti di Marx (ma soprattutto di Engels). Questo “operatore filosofico”, in seguito, si irrigidisce nelle opera di Plekhanov o di Kautsky e, rinforzando la matrice positivista e scientista, conduce a quegli esiti aporetici che sia Honneth come il Trentin che abbiamo già letto denunciano. Si tratta dell’idea che il “metodo di produzione capitalista” (cioè, nella versione novecentesca, il fordismo ed il taylorismo, oggi il postfordismo della flessibilizzazione e mobilitazione di ogni risorsa, quindi le forme della mondializzazione) sia sempre nella sostanza una forma della ragione, e dunque sia una “tappa storicamente necessaria” verso il pieno dispiegarsi di qualsiasi, futura, società liberata.

È la forma che prende oggi il mito della crescita illimitata, e della portata emancipante della tecnologia.

Passa in secondo piano allora la critica, pur così presente nel primo Marx, ed in diverse correnti proto socialiste, della reificazione dell’uomo nei processi produttivi. Si può ad esempio vedere alcuni brani del “Manoscritti Economico filosofici del 44”, sull’ estraneazione del lavoro , oppure della “Critica al programma di Gotha” in questo commento ad un post di Milanovic sul superamento del denaro per effetto della riduzione tendenziale dei costi marginali, o, ancora, su un tema vicino un commento al “frammento delle macchine” nei Grundisse.

Nascono infine così anche quelle visioni dell’emancipazione come rottura e liberazione da ogni vincolo, in primo luogo comunitario nelle quali ancora molti sono impegnati.

Sarebbe utile, almeno, non arruolare Marx in questa battaglia: lui era più complesso ed interessante di così.