Categories
Journalism

Las esperanzas desoídas de la “nueva Sudáfrica”

Quienes, visitando Sudáfrica, deseen comprender los sucesos que han distinguido la dramática historia de este país no pueden prescindir del museo del apartheid.

Situado a pocos kilómetros del centro de Johannesburgo, representa uno de los lugares más significativos para emprender el viaje hacia atrás en la historia de uno de los peores casos del colonialismo europeo y, al mismo tiempo, del racismo del siglo XX. La atmosfera festiva che se respira en el exterior, por la presencia de estudiantes que, entre cantos y dulces sonrisas, antes de entrar se disponen en una fila de indumentarias y mochilas de colores, cesa bruscamente en la puerta de acceso.

Al museo no se accede en grupo. Los visitantes, estudiantes o miembros de familias son separados uno por uno en función del número del billete comprado y antes de reagruparse junto a una fotografía de Nelson Mandela, revivirán la tragedia de la segregación. Los visitantes con números pares entran por el acceso reservado a los «blancos», de quienes se recuerdan los privilegios gozados y las atrocidades cometidas en el curso de la visita, mientras los impares, en el pasillo contiguo, recorren el trayecto de la brutalidad sufrida por los negros y los de color. En la parte inicial del museo, todos siguen el mismo recorrido, pudiéndose a menudo mirar y a veces caminar juntos, pero están siempre separados por una fría reja de metal; no se tocan nunca y atraviesan relatos, documentos y experiencias de vida completamente distintas.

Racismo y apartheid

La colonización europea empezó en 1486, año en que el navegante portugués Bartolomeu Dias superó el extremo meridional de África. En 1652, algunos pioneros holandeses de extracción calvinista, dedicados a la agricultura y por ello llamados Boers (campesinos), construyeron un primer asentamiento como escala de las naves de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, la futura Ciudad del Cabo.

A principios del siglo XVIII, comenzaron a llamarse Afrikaners para distinguirse de los colonizadores ingleses llegados después de ellos; pero el suceso que sacudió la historia de esta tierra fue el descubrimiento, en 1887, de las increíbles riquezas del subsuelo. En pocos años todo cambió: antes de acabar el siglo XIX en Sudáfrica se producía más de un cuarto del oro de todo el mundo y la fama de sus diamantes preciosos no era menor. El racismo fue un elemento esencial de la cultura de la población de origen europeo y hasta el Partido Comunista (CPSA), en 1922, llamó a los mineros a la lucha por una «Sudáfrica blanca y socialista».

En abril de 1994, las televisiones de todo el mundo mostraron interminables colas de sudafricanos que, durante horas, con paciencia y orgullo, esperaban un momento largamente esperado: el primer voto y el fin de la segregación racial. Pasados veinte años se puede afirmar que las expectativas de aquellos millones de mujeres y hombres han sido incumplidas. La lucha por un país verdaderamente democrático se ha visto truncada por las políticas neoliberales adoptadas por el African National Congress. La brutal masacre de Marikana en Agosto pasado, tan similar a las matanzas en los tiempos del apartheid, donde perdieron la vida 47 mineros en huelga por el aumento de su salario (apenas 250 euros al mes después de 18 años de democracia) representa perfectamente las paradojas de esta nación.

Frente a la extraordinaria concentración de riqueza existente – un estudio reciente de Citigroup afirma que Sudáfrica posee todavía hoy el subsuelo más rico del planeta, estimando el valor de sus reservas mineras en más 2.5 billones de dólares – en la postguerra este país destacaba, excluida la población de origen europeo, por el índice de mortalidad más alto del mundo. Más de la mitad de la población de origen africano vivía confinada en los Bantustan (que cubrían apenas un 13% de la superficie), donde el poder blanco relegó – y a veces deportó – a las poblaciones locales según de la etnia de proveniencia; la otra mitad habitaba en las township, aglomeraciones de barracas que limitaban con las ciudades de los “blancos”, donde se amontonaba, sin derecho civil alguno, la fuerza de trabajo negra que sostenía la economía sudafricana. En estas zonas la miseria era extrema. Los zapatos tan solo llegaron en 1979, gracias a la Cruz Roja.

A pesar de la resolución de condena a las políticas del apartheid, votada en la ONU en 1962, el veto impuesto a la moción de 1974 por los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, potencias que se beneficiaban de las exportaciones de Sudáfrica, impidió la expulsión del país de las Naciones Unidas. De este modo, por la ruta del Cabo de Buena Esperanza, transportando más del 20% del petróleo consumido en USA y el 70% de las materias primas estratégicas (especialmente platino, cromo y manganeso) para Europa Occidental, siguieron navegando más de 2000 barcos al año y las débiles sanciones económicas aplicadas no mellaron en absoluto la economía y el régimen del National Party.

Pobreza y Neoliberalismo

En el momento de los acuerdos de paz que siguieron a la extraordinaria lucha de liberación, Sudáfrica era un país profundamente dividido. La renta per cápita de la población de origen europeo era la séptima más alta del mundo, mientras que la de la africana era la ciento veinteava. Tras la elección de Mandela y con la masificación de las ciudades por parte de la multitud de africanos liberados de los sórdidos guetos de la segregación, los “blancos” comenzaron a trasladarse a barrios residenciales lejos del centro de las ciudades, donde aún hoy viven atrincherados en lujosísimas casas, una mezcla de villas de estilo hollywoodiense y fortalezas rodeadas de alambre de espino eléctrico y guardias armados privados.

En los primeros quince años de libertad, junto a la figura carismática e internacionalmente reconocida de Mandela, ha destacado la de Thabo Mbeki. Vicepresidente del primer quinquenio y después al frente de la «nación arco iris» hasta el 2008, ha sido Mbeki quien ha definido los designios económicos del país.

En 1994, la Alliance, coalición electoral compuesta por el ANC, CPSA y el COSATU, la principal y más combativa federación sindical sudafricana con más de 1.8 millones de inscritos, puso en marcha el Programa de Reconstrucción y Desarrollo (RDP), un conjunto de medidas con el fin de crear servicios básicos, ocupación, vivienda y de la reforma de la propiedad de la tierra con objeto de reducir la injusticia social. Tan solo dos años después, el RDP fue sustituido por un nuevo plan estratégico para el Crecimiento, Empleo y Redistribución (GEAR) que debía permitir, según las promesas de Mandela y Mbeki, la llegada de inversiones extranjeras, y por tanto el bienestar general. En realidad, con el GEAR, a Sudáfrica llegaron el neoliberalismo y sus efectos devastadores.

Tras haber aceptado el pago de la deuda pública (25 mil millones $) acumulada durante la era del apartheid, para lo que fue necesario solicitar un crédito al Fondo Monetario Internacional y, por tanto, someterse a sus recetas económicas, con el GEAR. De este modo, Sudáfrica inició una ola de privatizaciones masivas; de liberalización de los intercambios para facilitar la importación de mercancías a bajísimo coste; de ingentes recortes al gasto público acompañados de pingües reducciones fiscales a todas las grandes sociedades (cuyas cargas fiscales han descendido del 48% en 1994 al actual 30%); y de desregulación del mercado. A pesar de las promesas de mayor eficiencia, de creación de nuevos puestos de trabajo y consiguiente reducción de la pobreza, estas medidas comportaron el aumento de los precios de la electricidad, agua y transporte; el abaratamiento de los salarios y la flexibilidad laboral; los recortes en el sector público, sobre todo sanidad, educación y pensiones; y el deterioro de la situación ambiental con la enorme emisión de CO2 debida a la cantidad de electricidad suministrada a las multinacionales al precio más bajo del mundo; y, en definitiva, a la financiarización de la economía con un crecimiento sin creación de puestos de trabajo (según el Economist Sudáfrica es el mercado emergente más vulnerable). Cualquier análisis serio de la actual situación socioeconómica de Sudáfrica no puede prescindir de una rigurosa reflexión crítica del GEAR y sus nefastas consecuencias.

Junto a esta «primera economía», cada vez más integrada en el mercado global y vinculada a los sectores mineros y financieros, se desarrolló una «segunda», marginal y similar a las recetas económicas del Nobel Muhammad Yunnus. Mediante la «milagrosa» transformación de los pobres en pequeños emprendedores y mediante la seductora ilusión de que los microcréditos eran la posible panacea de todos los males, esta «segunda» economía ha contribuido, también en Sudáfrica, a una despolitización de la pobreza y ha permitido la penetración del mercado en ámbitos de las relaciones sociales hasta ahora no mercantilizados. Por otra parte, la “tecnocratización” de la cuestión social, es decir la anulación de sus causas económicas y políticas, es un fenómeno cada vez más difundido.

Mbeki ha guiado esta transformación utilizando una retórica de izquierdas con tintes de nacionalismo africano. No por nada su política ha sido definida como Talk left. walk right, es decir, hablar como la izquierda y caminar hacia la derecha. Planteamiento del que no se ha distanciado Jacob Zuma, el actual presidente de Sudáfrica quien, a pesar de haber sido elegido en el 2009 por su énfasis en situarse en la izquierda del ANC, ha traicionado las expectativas de cambio auspiciadas por el COSATU y se ha distinguido por una clara continuidad con el pasado.

Una advertencia para la izquierda

La conquista de los derechos políticos ha sido un resultado importantísimo que no puede ser subestimado, menos aún en un país con la historia dramática de Sudáfrica. Con todo, el cambio prometido por la Alliance no ha abordado la cuestión social. De hecho, el ANC ha retirado de su agenda el tema de la redistribución de la riqueza y, respecto a 1994, las desigualdades han incluso aumentado (en aquel tiempo el salario de un trabajador negro correspondía al 13.5% del salario de un trabajador blanco; hoy la relación ha descendido al 13%). El aumento del descontento social en las áreas urbanas indica que la «Guerra a la pobreza», declarada por el gobierno en el 2008, también se ha perdido. El número de desempleados es superior a un cuarto de la fuerza de trabajo del país – mayor que durante los tiempos del apartheid – y el porcentaje de desempleo sería superior al 30 % si en la estimación se incluyeran los discouraged workers, es decir aquellos que han dejado de buscar ocupación. Además, medio millón de puestos de trabajo se han convertido en precarios y retribuidos con salarios inferiores, mientras que muchos de los de nueva creación están retribuidos con menos de 20 euros al mes. Este dramático cuadro ha empeorado con los efectos de la crisis, es decir a causa de la burbuja inmobiliaria (respecto a finales del siglo pasado los precios habían aumentado un 389%); del decrecimiento en los sectores mineros y manufactureros debido a la fuerte reducción de la demanda global; de la caída de las inversiones; y de la pérdida de un millón de puestos de trabajo sólo durante el 2009.

En la «nueva Sudáfrica» las injusticias heredadas del régimen segregacionista han aumentado. El nacimiento de una burguesía “negra” políticamente influyente pero económicamente débil, en suma, de otra élite predadora junto a la ya existente, ha enriquecido un grupo de hombres ligados al ANC, pero ciertamente no ha cambiado las condiciones del pueblo sudafricano. El apartheid racial se ha transformado en apartheid de clase, término hoy en día ya no de moda pero siempre de actualidad, y el fracaso de la Alliance es una advertencia para todas las izquierdas del mundo. Nos explica que también los partidos políticos de gran tradición, especialmente cuando son fuerzas gobernantes, acaban traicionando los principios reformistas si extravían su propia raíz social y dejan de ser sostenidos por movimientos de masa. Una vez más, es desde aquí, y también aprendiendo de Sudáfrica, desde donde hay que volver a empezar.

Categories
Journalism

En las minas de Potosí, el tesoro del mundo hoy olvidado

La riqueza de Potosí, ciudad de Bolivia, empezó a conocerse en 1545, cuando un grupo de conquistadores españoles se instaló para explotar el tesoro conservado en su subsuelo.

En pocas decádas la ciudad creció enormemente y, ochenta años después de su fundación, era, con sus 160.000 habitantes (más que París, Roma, Londres y Sevilla), el centro más poblado y rico de América.

Su fama recorrió el mundo entero. Se calcula que alrededor de 50.000 toneladas de plata fueron extraidas de sus minas, tantas, que habrían bastado para construir un puente hasta España. Fue la mina de plata más grande del mundo y produjo una cantidad enorme de riqueza que llegó a Europa, a lomos de lamas hasta las costas chilenas, y de aquí transportada en las bodegas de los galeones ibéricos. Para los señores de Potosí todo era de plata y el nombre de la ciudad devino sinónimo de lujo: “vale un Potosí” escribió Miguel de Cervantes en el Don Quijote de la Mancha. Por contra, las comunidades indígenas fueron esclavizadas y cuando decenas de miles de nativos comenzaron a morir por las condiciones inhumanas a que eran sometidos en las minas, los colonizadores empezaron a importar esclavos, más de 30.000, de África. El número exacto del total de muertos causados es incalculable. A buen seguro, la llegada de “la civilización europea” significó saqueo y genocidio. Tras dos siglos de explotación, la plata comenzó a escasear, quien pudo abandonó Potosí y la zona entera cayó en el olvido. En 1987, la ciudad fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco, pero, como ha escrito Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, aquí no quedaron más que los fantamas de la riqueza de antaño.

La montaña devoradora de hombres
Caminando por las calles de Potosí se advierte constantemente la presencia, inquietante como su historia, y de cualquier rincón despunta la cima de casi 4800 metros. Es el Cerro Rico, la montaña devoradora de hombres. Es imponente, rojizo, lleno de agujeros y poblado de figuras, a su vez diminutas, que se afanan en agujerearlo y van arriba y abajo transportando sus piedras preciosas a camiones.

La zona alta de la ciudad es territorio de los trabajadores. Cerca de 6.000 mineros, la cifra oscila según la coyuntura económica ligada al precio de los metales, acampan alrededor de la cima y todavía viven de sus restos. No tan solo plata, sino zinc, cobre, plomo y estaño. Trabajan de modo artesanal, con instrumentos pobres y rudimentarios, que evocan saberes antiguos. Su trabajo es, quizás, el más terrible del mundo. No sólo porqué es extenuante sino porqué mata. De improviso, puesto que no hay seguridad y no hay más remedio que confiarse a Tio, la divinidad a la que los mineros ofrecen constantemente dones para ser protegidos y asisitidos por la fortuna. Y lentamente, puesto que en las fauces del Cerro Rico cada aliento es un paso hacia la silicosis.

Las mujeres no son bienvenidas en las visceras de la montaña, donde sólo pueden acercarse las palliri, las viudas de los mineros quienes, para sobrevivir, tienen derecho a recoger las piedras que ocasionalmente caen de las carretillas que las transportan de la entrada de la mina a los camiones. Las mujeres están en el mercado, donde, junto a los otros trabajadores, van a comprar no sólo sus utensilios necesarios, sino también hojas de coca, elemento indispensable para trabajar una jornada entera a aquellas alturas, cigarrillos artesananles, que contienen eucalipto y ayudan a la respiración, y alcohol puro (96º), que se consume durante las pausas del trabajo y permite resistir en aquellas condiciones extremas.

La puerta del infierno
Visito algunos de los más de 500 agujeros abiertos a la lo largo de los siglos en el Cerro Rico, acompañado de un guia y de algunos mineros. A pesar del fuerte calor que hace fuera, después de centenares de metros, la temperatura desciende bajo cero. Diversas estalactitas obstaculizan el camino, mientras el agua, en algunos puntos, llega hasta los tobillos y entra en la botas andrajosas. Prosiguiendo, las zonas de más fácil recorrido, que se encuentran al inicio, se alternan con otras en que es necesario andar casi de rodillas, pues la galerias, de poco más de un metro de alto, se vuelven cada vez más pequeñas y angostas. Si uno se detiene, es presa del desaliento. Excepto la débil claridad emitida por la lámpara del casco, alrededor hay oscuridad total y estamos inmersos en un silencio absoluto, tan solo interrumpido por el paso de vagonetas, de una tonelada de peso, cargadas de los minerales extraidos y arrastradas, a lo largo de rieles prácticamente inservibles por el paso de los años, por cuatro trabajadores a la vez. En estos casos hay que estar atentos, buscar pasillos laterales y apretar el cuerpo contra la pared, cuanto se pueda, para facilitar el paso.

Seguimos caminando y, en pocos minutos, la temperatura aumenta vertiginosamente. Ahora es superior a cuarenta grados. La excursion térmica es mortífera. La tierra bajo los pies no está mojada, sino que es árida. El aire se vuelve pesado, falta el oxígeno. Hay polvo por todas partes, se respira y te entra en los ojos. Hay que seguir, avanzar algunas decenas de metros hasta el fondo, desde donde, ahora, se escuchan fuertes ruidos. Aquí están los picadores, los que tienen el trabajo más difícil: agujerear la pared con el barreno y romper la roca con dinamita artesanal. Trabajan semidesnudos, en condiciones terribles. Algunos utilizan auténticos ascensores hacia el infierno, descienden penosamente hasta 240 metros de profundidad, por túneles diminutos del tamaño de su propio cuerpo. En busca de una veta de zinc, estaño o plomo. Para llevar a la superficie todo lo posible y obtener la paga semanal.

De regreso, el camino es largo. El frio penetra en los huesos y se siente aun más que a la ida. Y cuando, finalmente, se vislumbra una luz lejana, la idea de la salida es un retorno a la vida. Parece que haya pasado una eternidad pero el reloj está allí, para recordar que han pasado sólo tres horas. El fuerte sol ilumina y calienta, mientras llegan otros mineros que se disponen a inicar su turno. Al mirar sus rostros, afables pero endurecidos por el trabajo, no puede uno dejar de preguntarse como es posible transcurrir cada dia en aquel infierno durante 30 años.

Una economía semicolonial
Durante décadas, el número de mineros bolivianos ha ido reduciendose significativamente y actualmente es de 70.000, el 1,5% de la población activa. Con todo, considerando que producen el 25% de las exportaciones del país, que, gracias a los mineros [“essi” – en original se refiere a los mineros. Gracias a los mineros otros 300.000 trabajadores…], otros 300.000 trabajadores trabajan en el transporte, producción de maquinaria y comercio y que constituyen uno de los sectores más combativos del proletariado, se entiende que aun representen un componente esencial de la vida económica y social del país más pobre del subcontinente.

A pesar de que Bolivia es el séptimo productor mundial de plata y plombo, su economía se caracteriza por la falta de medios de substencia adecuados. El 90% de los mineros trabajan, sin derechos ni seguridad social, en cooperativas. Sin embargo, estas realizan sólo el 20% de las extracciones y el sector está fuertemente controlado por las multinacionales extranjeras: la empresa japonesa San Cristóbal no sólo gestiona el 85% del mercado del plomo, sino que, junto a la suiza Sinchi Wayra, el 85% del zinc y, siempre con la Sinchi Wayra y con la estadounidense Panamerican Silver, también el 75% de las extracciones de plata.

Esta presencia no ha significado mejora alguna en la exploración, prueba de ello es que la mayor parte de las minas explotadas son las mismas que las del periodo colonial. Nada ha cambiado respecto a las infraestructuras, ya que el transporte de los minerales tiene lugar por la vieja red ferroviaria construida en 1892. Todavía menos se ha progresado respecto a la autonomía, pues Bolivia tan solo procesa una parte minúscula de plata y plomo y ni un gramo de zinc. Esta obligada a limitarse a la mera exportación de materias primas, a los mismos estados donde tienen su sede las empresas multinacionales que controlan el mercado.

Al país no le quedan más que las migajas de los numerosos millones de dólares de las ganancias anuales provenientes del sector, en buena medida porqué las empresas extranjeras pagan el 8% de impuestos, cifra no sólo inferior al 56% que pagaba la compañia del estado Comibol, sino también al 13.5% que pagaban los tristemente famosos “barones del estaño” en los lejanos años treinta.

Frente a esta realidad y considerados los daños ambientales y la rapiña de los recursos no renovables, es de esperar que Bolivia transite, sin titubeos, por el camino de las nacionalizaciones. Para poner fin a una economía semicolonial y pasar a una fase de modernización ecológicamente sostenible y respetuosa con las decisiones de las comunidades indígenas que viven en sus territorios.

Categories
Journalism

Lo «spettro» di Karl Marx di Marcello Musto

Con sempre maggiore frequenza, durante gli ultimi anni, reti televisive, giornali ed emittenti radiofoniche promuovono concorsi-sondaggi tra i propri ascoltatori e lettori al fine di conoscere le loro preferenze circa le più grandi personalità della storia. Puntualmente, tra lo stupore di molti, sorpresa di questi concorsi si rivela un pensatore tanto apparentemente fuori moda quanto invece ancora rilevante: Karl Marx.

L’episodio più recente di queste competizioni viene dall’Inghilterra. Nel corso di questi mesi, infatti, il programma del canale radiofonico della BBC 4 In Our Time ha organizzato un sondaggio via internet che ambisce, in base alle preferenze che saranno espresse, a designare il più grande filosofo di tutti i tempi. Dopo una prima fase di voto, conclusasi il 6 di giugno, è stata compilata la lista dei venti filosofi più votati. Le posizioni della classifica avrebbero dovute rimanere segrete per non alterare la seconda fase, quella che permette di scegliere il preferito tra i soli venti più votati. Tuttavia, il direttore del programma ha deciso di rendere note le stime parziali. Ironia della storia, in cima ad essa si trova l’autore de Il capitale. Questa notizia, che ha appassionato ancora di più gli inglesi alla competizione e che ha fatto il giro del mondo (in Italia il Corriere della Sera di ieri la ha riportata in prima pagina), ha letteralmente scatenato le reazioni di commentatori, accademici e dell’intero mondo politico anglosassone.

Si sono susseguite, così, le più svariate argomentazioni che, pur se rilasciate con la massima serietà, non mancano di apparire divertenti quando non surreali. Diversi i toni utilizzati. Ce n’è per tutti i gusti. Puerile: «lo votano perché è un vecchio con la barba bianca ed è così che la gente si immagina un filosofo»; altezzoso: «è votato da radical chic sempre più separati dalla realtà»; pedante: «in un suo libro ci sono delle citazioni sbagliate»; bigotto: «parlava tanto di comunismo, ma si comportò male con la sua cameriera»; drammatico: «è colpa sua se l’umanità nello scorso secolo ha vissuto senza libertà e tra le guerre»; biblico: «aveva una visione del mondo diabolica ed era pervaso da una malvagità altrettanto diabolica. Talvolta sembrava consapevole del fatto di star compiendo l’opera del demonio»; arrogante: «era solo un giornalista che sapeva di economia, non dovrebbe neppure partecipare alla gara». La presa di posizione più inattesa è venuta dall’Economist, sulle cui pagine è comparso un intervento dal titolo Uno spettro s’aggira per la BBC. Più che di un articolo, si tratta di un vero e proprio appello al voto per fermare Marx e la sua nuova pericolosa avanzata. Ai propri lettori, infatti, il quotidiano di Londra ha richiesto una sorta di «voto utile». Poiché John Locke ed Adam Smith, naturali riferimenti della testata, sono stati esclusi dalla top twenty e considerato che John Stuart Mill si trova tra le ultime posizioni di questa, non resta che fare la scelta più saggia: concentrare tutti i voti su David Hume, attualmente terzo in classifica.

E così, sul sito internet del giornale, si può leggere l’invito che, singolarmente, compare da diversi giorni tra le principali notizie: Help Hume beat Marx. Per un pensatore consegnato unanimemente e definitivamente all’oblio, il tutto è senz’altro molto lusinghevole. Spiace soltanto che il celebre quotidiano britannico abbia avuto una caduta di stile e, tra le argomentazioni volte a spiegare l’incredulità delle circostanze, paventi addirittura l’ipotesi di brogli ed intromissioni nel meccanismo di voto telematico (ubiquità di uno «spettro»!). Comunque vadano le cose, bisogna constatare che a distanza di oltre centocinquant’anni dal Manifesto del partito comunista, Marx è ancora capace di turbare l’aplomb del liberalismo inglese. In realtà, l’anonimo editorialista dell’Economist, se non in cattiva fede, è poco informato. Già nel 1999, infatti, un analogo sondaggio tra gli inglesi aveva affidato a Marx il titolo di maggiore pensatore del millennio. Lo scorso anno, in Germania, la televisione di stato tedesca ZDF aveva promosso il concorso Wer sind die grossten Duetschen? (Chi sono i più grandi tedeschi?). Anche in quel caso (stavolta il voto era teutonicamente controllato via e-mail ed in parte a pagamento -0.49 cents per sms e 0.24 cents per telefonata-) Marx fu la rivelazione della competizione. Con oltre 500.000 voti arrivò terzo dietro Adenauer e Lutero – ma primo in tutti i Lande dell’ex Ddr ed in quelli di Berlino, Brema ed Amburgo – e, soprattutto, al primo posto nella categoria attualità (il voto era ripartito in base a diverse caratteristiche).

Anche in Italia, infine, la recente iniziativa dell’Istituto e Museo di Storia della Scienza di Firenze, Premio Nobel alla memoria, aveva proclamato, nella disciplina «Economia», la vittoria di Marx (Adam Smith si era piazzato secondo, ma soltanto con la metà dei voti). Insomma, qualsiasi sia il campo ed a dispetto del passar degli anni, Karl Marx pare avviato a destare ulteriore interesse ed i suoi decenni di studio, volti a tentare di comprendere il mondo per poterlo trasformare, vedono sorgere nuove aspettative. Gli studiosi della sua opera, troppo poco conosciuta e spesso scambiata con quella degli epigoni, sostengono addirittura che la sua eredità teorica appartenga al futuro. Chissà. Certo la causa dell’emancipazione umana saprà ancora servirsi di lui. Le preoccupazioni dei commentatori inglesi, invece, sembrano avverare l’«anatema» di Marx che promise che la borghesia avrebbe avuto buoni motivi per ricordare i favi che lo tormentavano durante la scrittura de Il capitale. Le votazioni sono aperte a tutti e chi volesse prendervi parte può farlo, fino alla conclusione del concorso fissata per i primi di luglio, sul sito: http://www.bbc.co.uk/radio4/history/inourtime/greatest_philosopher_vote_6to10.shtml Mobilitarsi è sempre piacevole. Ma in questa circostanza facciamolo senza troppa apprensione. Per una volta godiamoci lo spettacolo dei tanti liberali in affanno ad inseguire Marx. La rinascita del loro spirito militante è una delle tante ed inaspettate virtù del Moro di Treviri.

Categories
Journalism

Correa e o Equador: prossegue a “Revolução Cidadã”

Na década de 1996-2006, as salas do Palácio Nacional de Quito assistiram a alternância brusca de sete presidentes diferentes.

Contrariando esse curso dos acontecimentos, Rafael Correa, desde que surgiu no cenário político, foi reeleito ao governo do país, pela terceira vez consecutiva e com 56% dos votos, fazendo com que o Equador viva um período de estabilidade inédito. Na verdade, ninguém, desde a segunda metade dos anos 80 do século passado, governou o país tanto tempo como ele.

A incerteza política era acompanhada pela crise econômica. Descontrolada desde o fim dos anos 90, essa crise causou uma inflação recorde (acima dos 60%) e provocou uma forte desvalorização do Sucre, moeda esta que foi posteriormente substituída (no ano 2000) pelo dólar, que continua sendo até hoje a moeda oficial do país. Estas hoje são lembranças longínquas. A pequena república andina transformou-se em um país de economia dinâmica, com uma taxa anual de crescimento superior a 7% e uma taxa de desemprego situada no ponto mais baixo da sua história. Para avaliar o que isto significa, basta lembrar que, apesar de ser um tempo de crise econômica global, quinze mil emigrantes que tinham trocado o país pela Espanha regressaram para tentar a sorte na pátria.

Essa mudança foi favorecida, entre outros fatores, pela decisão de Correa, de recusar o pagamento de uma parcela da dívida pública, que de 241 milhões de dólares em 1970 havia atingido mais de 17 bilhões em 2006. A eliminação dessa parte, classificada de ilegítima, seja por ter sido contratada fraudulentamente, seja por não haver trazido benefício algum ao povo equatoriano, possibilitou uma economia de 7 bilhões de dólares, incluídos os juros nesse total. Soma esta que, não somente evitou a adoção de uma política de austeridade fiscal e de (controle de) reformas estruturais (veja-se o caso da Grécia), mas que tornou possível o aumento do investimento social, o qual, com Correa, passou dos 12% aos 25% do orçamento público.

A mudança atingiu até mesmo um outro dogma do neoliberalismo: as privatizações. Nos últimos anos, a nacionalização de algumas empresas petrolíferas e a redefinição dos tributos das que continuam privadas, mas devem pagar ao Estado, gerou um ingresso de 2 bilhões a mais no orçamento. Fundos estes que permitiram a criação de um bônus contra a pobreza e a sustentação do programa de subsídio a pessoas pobres para pagamento de aluguel de casas populares (entre 35 e 50 dólares por mês). Numerosos equatorianos valem-se desse subsídio.

Estes resultados constituem a base da elevada participação eleitoral e do sucesso da Aliança País, partido fundado em 2006 e que detém hoje a maioria das 137 cadeiras do Parlamento equatoriano. Do outro lado, os opositores de Correa foram claramente derrotados. Guillermo Lasso, membro da Opus Dei e ex-presidente do Banco de Guayaquil (capital comercial do Equador), recebeu magros 23% dos votos e não conseguiu penetração alguma no eleitorado popular. Enquanto Alberto Acosta, no passado uma figura de proa da Aliança País, ministro de Minas e Energia em 2007, e que como presidente da Assembléia Nacional promulgou a nova Constituição da República, não foi além de 3,2%. A coalizão Unidade Plurinacional das Esquerdas, liderada por Correa, e da qual um dos participantes principais é o partido indigenista Pachakutik, não conseguiu explicar de que modo sua proposta de política econômica sustentaria o investimento social do governo, se, como pretendia, pusesse fim na política extrativista de Correa.

No entremeio, a Revolução Cidadã prossegue e o recém-eleito presidente venceu sua batalha pessoal contra a mídia conservadora, toda ela fortemente voltada contra ele. Além disso, o sucesso nas eleições dá novo estímulo vital à Aliança Bolivariana pela América (ALBA), projeto de colaboração política e econômica que abrange Venezuela, Cuba, Equador, Bolívia, Nicarágua e mais um grupo de pequenos países caribenhos. Este projeto surgiu em 2004 para se opor ao Tratado de Livre Comércio das Américas (ALCA) promovido pelos Estados Unidos. Em razão da morte de Hugo Chávez, Correa vem se afirmando como o próximo líder desse bloco e sua visibilidade internacional está aumentando, como ficou demonstrado recentemente, por ocasião do asilo político oferecido a Julian Assange, o fundador do Wikileaks, ainda hoje refugiado na embaixada equatoriana em Londres.

Apesar de propor o “Socialismo do século XXI”, Correa certamente não é um perigoso revolucionário. Sua política continuará no rumo da independência de Washington e seguirá a orientação “desenvolvimentista” dos demais governos progressistas da América Latina, dando particular atenção à redistribuição de renda. Não é pouco, nestes tempos.

Traduzido por Correio da Cidadania.

Categories
Reviews

Fernando Paz Sánchez, Iztapalapa. Revista de ciencias sociales y humanidades

En abril de 2004 varias instituciones de estudios superiores de Italia, entre otras la Universidad de Estudios de Nápoles, el Instituto di Napoli “L’ Orientale” y la Univer- sidad de Bari, organizaron un coloquio internacional sobre el tema Tras las huellas de un fantasma. La obra de Karl Marx entre la lología y la losofía.

A dicho coloquio concurrieron investigadores de Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda, China, Japón, México y, desde luego, Italia. Las ponencias presentadas por ellos fueron publicadas en 2005 en un libro que ha tenido varias ediciones y que aquí comentamos.

En el prefacio a la primera edición en español de este libro, Gabriel Vargas Lozano se cuestiona por qué tiene actualidad la obra de Marx y responde: “Por un lado, a mi juicio, en el sentido de que consideró que la tendencia a la acumulación del capital im- plica la aceleración de las contradicciones entre los que todo lo tienen y los que nada tienen; en su anticipación de la globalización de los mercados; en la conversión de la ciencia en fuerza productiva y en la profundización de los procesos de enajenación, cosi cación y deshumanización de la humanidad” (pp. 12-13).

La obra consta de tres secciones y un apéndice: en la primera sección se examinan detalles de la nueva edición histórico-crítica de las obras completas de Carlos Marx y Federico Engels, la segunda contiene los escritos referentes a la investigación actual sobre el pensamiento de Marx, y la tercera aborda El capital, la crítica incompleta.

El apéndice contiene un breve resumen de la conversación sostenida por Marcello Musto con el historiador Eric Hobsbawm acerca de la importancia actual de la obra de Marx, después de 150 años de haber escrito los fundamentos de la crítica a la economía política (los Grundrisse).

En el trabajo introductorio, escrito por Marcello Musto, se presentan, entre otras, estas consideraciones:“Pocos hombres sacudieron al mundo como Karl Marx. […] Sus ideas alteraron profundamente la losofía, la historia, la economía ([sin embargo, pese a]) la enorme difusión de sus escritos sigue sin tener una edición integral y cientí ca de sus obras” (p. 21).

En 1998 se reiniciaron los esfuerzos orientados a la publicación de las obras com- pletas de Marx y Engels (Marx-Engels-Gesamtausgabe, Mega) al considerar que los in- tentos anteriores no habían culminado la tarea o se habían desviado de la línea cientí- ca por consideraciones políticas. Esta nueva Mega consta de cuatro partes: la primera incluye todas las obras, escritos y borradores, excluyendo El capital; la segunda compren- de El capital y sus estudios preliminares, a partir de 1857; la tercera se re ere a la extensa correspondencia entre Marx y Engels, y en la cuarta guran los extractos, anotaciones y comentarios al margen. En 2005 ya se habían publicado 53 volúmenes de la nueva Mega, que se estima alcanzará un total de 114 volúmenes, cada uno de los cuales cons- tará de dos libros.

Musto ofrece un reconocimiento muy merecido a las tareas realizadas por Federico Engels para ordenar, articular y editar los volúmenes segundo y tercero de El capital, a partir de las notas de Carlos Marx. Cabe recordar que la preparación y edición del tercer volumen le signi có a Engels un esfuerzo sostenido a lo largo de un decenio (1885-1894).

Respecto a la cuarta parte de la Mega que, como se ha dicho, habrá de contener los ex- tractos, anotaciones y comentarios, se han reunido cerca de 200 cuadernos con textos que van de 1832 a 1882, escritos en alemán, griego antiguo, latín, francés, inglés, italiano, español y ruso. Los textos tocan temas muy variados: losofía, arte, religión, política, de- recho, literatura, historia, economía, política, relaciones internacionales, tecnología, matemáticas, siología, geología, mineralogía, agronomía, etnología, química y física.

Musto escribe, además, que Marx reaparece en la historia “reorientado hacia nuevos campos de conocimiento y está siendo leído en todo el mundo […] El redescubrimien- to de Marx tiene como base su persistente capacidad de explicar el presente: él continúa siendo un instrumento indispensable para comprenderlo y transformarlo” (pp. 44 y 45).

Pasemos a la primera parte del libro, compuesta por dos escritos sobre la nueva edición de las obras completas de Marx y Engels. En el primero de ellos, Manfred Neuhaus destaca el importante esfuerzo lológico realizado para dar cuerpo a la Mega y, en el segundo, Gerald Hubmann, a la luz de los textos que integran la nueva edición, discute algunas propuestas de Marx como la relación desigual del desarrollo de la produc- ción material respecto de la artística, así como la analogía entre el concepto de formación geológica y el de formación social.

La segunda sección la forman cuatro ensayos que tocan la investigación actual sobre el pensamiento de Marx, en especial los resultados de la investigación acerca de El capital y los trabajos preliminares.

Izumi Omura ofrece un relato pormenorizado de la difusión de la obra de Marx y Engels en Japón a lo largo del siglo xx. En la Universidad de Tohoku, en Sendai, el grupo de trabajo de la Mega ha establecido un banco de datos que contiene algunas de las primeras ediciones de las obras de Marx y Engels, como El capital, Miseria de la lo- sofía y el Anti-Dühring.

Wei Xiaoping describe el estado actual de la investigación sobre Marx en China. Este autor celebra que se haya podido superar el dogmatismo y que hoy se pueda estu- diar un marxismo más cientí co e independiente. Escribe Xiaoping, “algunos estudio- sos de nuestro país se han dado cuenta de que en la China actual se han replanteado la situación del mundo y las condiciones históricas sobre las cuales hablaba Marx y que, precisamente por esta razón, es muy importante estudiar su obra y su pensamiento para comprender el presente y preparar el futuro” (p. 112).

Por su parte, Marcello Musto formula un ensayo muy interesante sobre los manus- critos económicos y losó cos escritos por Carlos Marx en París, durante 1844. En ellos, Marx muestra su preocupación por la enajenación que trae consigo la forma mo- derna de producir: “la división del trabajo que considera al hombre ‘un torno, una he- rramienta […] y lo transforma en un aborto espiritual y físico” (p. 121).

El examen de estos materiales le permiten a Musto a rmar que esos manuscritos no constituyen una obra completa y acabada sino que re ejan un pensamiento en con- tinuo movimiento, cuya evolución fue muy positiva para que maduraran varias inquie- tudes de Marx en torno a la economía, la losofía y la política.

El ensayo de Guillermo Almeyra se re ere a la penetración del pensamiento de Carlos Marx en América Latina. En verdad, como el propio Marx lo reconoce, su tra- bajo sobre Latinoamérica fue poco profundo y ello se re eja en juicios ligeros y opinio- nes equivocadas o muy discutibles, por ejemplo acerca de Simón Bolívar y de México.

La parte central del trabajo de Almeyra está dedicada a la difusión del pensamiento marxista en Argentina. “En realidad −escribe− el Marx que se difundió en Argentina y en América Latina, a nes del siglo xix y en las dos primeras décadas del siglo xx tenía muy poco que ver con el pensamiento revolucionario del escritor alemán y, en lo fundamental, era un apóstol del desarrollo capitalista como premisa del indiscutible socialismo que llegaría en brazos del progreso cientí co y tecnológico” (p. 143).

La tercera parte del libro contiene seis ensayos llenos de interés: Wolfang Fritz Haug trata “El proceso de aprendizaje de Marx, en contra de corregir a Marx con Hegel”; Michael R. Krätke escribe sobre “La renovación de la economía política: donde Marx sigue siendo indiscutible”; el trabajo de Geert Reuten lleva como título “Una transus- tanciación recorre… la sustancia introversa y la forma extroversa ideal del valor en El Capital”; Christopher J. Arthur trabaja “El Capital de Marx y La Lógica de Hegel”; Enri- que Dussel analiza a “Hegel, Schelling y el plusvalor”, y Jaques Bidet titula su ensayo: “La reconstrucción metaestructural de El Capital”.

Todos estos trabajos encierran consideraciones importantes para las personas estu- diosas de la economía, la losofía y la política en su más amplio sentido, ya que estos ensayos tienen en cuenta los avances logrados con el conocimiento de primera mano de la obra de Marx y Engels.

Entre los asuntos relevantes de esta sección cabe reproducir lo siguiente: “El capital, en su totalidad (escribe Dussel), es valor que por el plusvalor es una ‘valorización del valor’. Pero esta ‘valorización’ es creación desde la nada del capital; es decir desde la fuente creadora viviente del nuevo valor: del trabajo vivo y no desde el capital. En lo con- trario consiste la pretensión fetichista del capital, en presentarse como siendo la fuente creadora del plusvalor (y de la ganancia)” (p. 225).

Jacques Bidet establece, entre otros pensamientos y re exiones muy signi cativas, que:

La “primera” contradicción del capitalismo es la que lleva el nombre de explotación: Ella no lleva inmediatamente a la relación de clase, es el objeto del marxismo clásico y se encuentra todavía hoy, con justicia, en el centro del trabajo de los economistas que se inscriben en el marxismo. La segunda contradicción opone el capital no solamente al trabajo sino también a la multitud en su conjunto. Ella se deriva del hecho de que el capitalismo no es solamente un sistema de extorsión de un sobreproducto sino más fundamentalmente una lógica del plusvalor, de la riqueza abstracta, y de que en esas condiciones cada capitalista es estimulado a acumular de este modo cada vez más poder, cualesquiera sean las consecuencias sobre los seres humanos y la naturaleza, mientras que la inclasi cable multitud, que está fuera de toda relación social exclusiva, la que inventa los valores de uso concretos y la que, por su fortaleci- miento inherente al movimiento mismo del capital, no cesa de producir, de decir y de escri- bir lo que vale [p. 236].

De las valiosas opiniones que comunicara Eric Hobsbawm a Marcello Musto, y que aparecen como apéndice, cabe reproducir las siguientes:

Ningún socialista puede renegar de las ideas de Marx, en tanto que su creencia de que el capitalismo debe ser sucedido por otra forma de sociedad está basada, no en la esperanza o en la voluntad, sino en un análisis serio del desarrollo histórico, particularmente de la era capitalista. […]

Por otro lado, Marx no regresará a la izquierda hasta que la tendencia actual entre los activistas radicales de convertir el anticapitalismo en antiglobalismo sea abandonada. La globalización existe, y a menos que ocurra un colapso de la sociedad humana es irreversible. En efecto, Marx lo reconoció como un hecho y, como internacionalista, le dio la bienvenida teóricamente. Lo que él criticó y lo que nosotros debemos criticar es el tipo de globalización producido por el capitalismo [pp. 242-243].

Para cualquier interesado en las ideas, sea un estudiante universitario o no, es patentemente claro que Marx es y seguirá siendo una de las grandes mentes losó cas y uno de los grandes analistas económicos del siglo xix y, en su máxima expresión, un maestro de una prosa apa- sionada. También es importante leer a Marx porque el mundo en el cual vivimos hoy no puede entenderse sin la in uencia que los escritos de este hombre tuvieron sobre el siglo xx. Y nalmente, deberá ser leído porque, como él mismo escribió, el mundo no puede ser cambiado de manera efectiva a menos que sea entendido, y Marx permanece como una so- berbia guía para la comprensión del mundo y los problemas a los que debemos hacer frente [p. 245].

En n, Tras las huellas de un fantasma. La actualidad de Karl Marx es un libro que debe ser leído, comentado y discutido por todos los estudiosos de las ciencias sociales y por todos aquellos interesados en conocer más de cerca el pensamiento de Carlos Marx y Federico Engels.

Categories
Journalism

Aquel Cristo latinoamericano

La mañana del 11 de Octubre de 1962, 2540 cardenales, obispos y patriarcas, provenientes de todas las partes del mundo, se disponían en una solemne fila de hábitos blancos y sotanas rojo púrpura para entrar en la Basílica de San Pedro y dar inicio a uno de los principales acontecimientos religiosos del siglo XX, destinado a cambiar la cara de la iglesia católica: el Concilio Vaticano II (CV II).

El vigésimo primero concilio ecuménico se desarrolló entre Octubre de 1962 y Diciembre de 1965, bajo los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI. Su asamblea deliberativa, la más numerosa de la historia de la iglesia, reformó la liturgia eclesiástica, introduciendo las lenguas nacionales en el rito de la misa, e inició el diálogo con las religiones no cristianas, mediante la declaración del principio de libertad religiosa. A diferencia de los concilios precedentes, el de Trento en 1545-63 y el CV I en 1869-70, surgidos de la exigencia de responder a dos eventos que habían sacudido la iglesia, las heridas que siguieron a la reforma protestante y el proceso de secularización generado por la Revolución Francesa, el CV II surgió, en cambio, de la necesidad de expresar una nueva fase pastoral, con el objetivo de revitalizar las instituciones católicas y adaptarlas mejor a las exigencias de los nuevos tiempos en curso.

La opción preferencial por los pobres

No obstante, como observan la mayoría de comentaristas, a partir de los años setenta, se interrumpieron las reformas iniciadas. Otra cosa sucedió en Sudamérica, donde las transformaciones del CV II encontraron un terreno más fértil para germinar.

En aquellos años, efectivamente, mientras en los países capitalistas más avanzados tuvo lugar un mejora de las condiciones de vida hasta para las clases trabajadoras, en América latina las desigualdades sociales aumentaron y los índices de pobreza crecieron todavía más. Guiados por la ilusoria concepción de un tiempo histórico unilineal, que debería reproducir los mismos estadios de desarrollo en todas las sociedades, expertos de diversos organismos internacionales elaboraron planes de desarrollo para el Cono Sur. En 1961, por ejemplo, la administración Kennedy promovió la Alianza para el Progreso (AP), proyecto al que fueron destinados 20 mil millones de dólares a fin de eliminar “las bases de comunismo”, peligro que se antojó aun más concreto después de la revolución castrista en Cuba. Sin embargo, la operación fue un sonado fracaso, contestada no sólo por los latifundistas locales, sino también por las compañías norteamericanas, y el periodo de la AP se caracterizó por los golpes de estado, casi todos avalados por los USA, que sumieron todo el continente en una espiral de violencia y muerte.

En este contexto, tomaron cuerpo, con distintas formas, alianzas entre los sectores más progresistas del mundo cristiano y del marxismo. Desde Camilo Torres, el famoso sacerdote desaparecido en 1966 tras haberse unido al Ejército de Liberación Nacional de Colombia, a los Cristianos por el socialismo, movimiento nacido en Chile en 1972 durante el gobierno de Salvador Allende. De la Patagonia a México surgieron grupos de fieles, a menudo comprometidos políticamente con la izquierda, que reclamaban una iglesia diferente, alejada del poder y solidaria con los más débiles.

Estas exigencias se manifestaron en el interior de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM), organismo surgido en 1955 y que celebró en Medellín, en 1968, su segundo congreso, para reorganizarse en base a las decisiones tomadas en el CV II. Este encuentro supuso un verdadero cambio para la iglesia del continente. Aun cuando el término Teología de la Liberación (TdL) no fue nunca utilizado en sus documentos finales (había sido acuñado sólo pocas semanas antes por el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez), en Medellín nació una nueva forma de hacer teología. Una iglesia popular al servicio de los pobres basada en el protagonismo de la Comunidades Eclesiásticas de Base (CEB), grupos de personas que se reunían regularmente para leer el evangelio a la luz de la propia realidad social.

En los años siguientes se sucedieron iniciativas y reuniones para delinear mejor el carácter de este cambio. El texto principal, traducido más tarde a 20 idiomas e impreso en numerosas ediciones, que puso de manifiesto los preceptos centrales de la TdL se publicó en 1971 y fue obra del mismo Gutiérrez: Teología de la liberación. Perspectivas. Según el autor, el nudo central de la TdL residía en la “opción preferencial por los pobres”, quienes irrumpían por primera vez en la iglesia erigiéndose en interlocutores privilegiados y en sujeto protagonista de una posible transformación social. Con la TdL los pobres adquirían el derecho a pensar y no solo a experimentar y practicar su fe de manera pasiva. Mediante un proceso de “concienciación”, según la célebre expresión del pedagogo brasileño Paulo Freire, se transformaban en artífices de su propia liberación, que dejaba de confiarse al mas allá para devenir objetivo concreto a perseguir en la vida terrenal. Otra innovación de la TdL consistía en servirse de los instrumentos críticos de las ciencias sociales. Se le concedió una especial importancia a la “Teoría de la dependencia”, desarrollada, entre otros, por André Gunder Frank, Fernando Henrique Cardoso y Theotonio Dos Santos, que resaltaba la relación directa entre el subdesarrollo latinoamericano y la expansión capitalista de los países industrializados. Por último, según Gutiérrez, el otro elemento decisivo de la TdL consistía en concebir la teología como un “segundo acto”, que debía siempre presuponer la participación del hombre en el proceso de liberación (“primer acto”). De este modo, el compromiso junto al hombre pasó a ser una conditio sine qua non. Si Karl Marx había escrito: “cada paso del movimiento real es más importante que una docena de programas”, Gutiérrez sostenía que “todas las teologías políticas, de la esperanza, de la liberación, de la revolución, no valen lo que un gesto de solidaridad auténtica con las clases oprimidas”.

La influencia de la TdL en las CEB, que proliferaron sobre todo en Brasil, creció en importancia. Al magisterio tradicional impartido en las parroquias, se le añadió una difusa catequesis popular en las aéreas urbanas y rurales más marginales. El centralismo eclesiástico tradicional definido por la fórmula “fuera de la iglesia no hay salvación” se transmutó en “fuera del mundo (o sea lejos de los pobres) no hay salvación”. Leonardo Boff habló de una nueva génesis eclesiástica, un renacer de la iglesia a partir de la reapropiación de la Biblia mediante ministerios laicos.

Las reacciones fueron durísimas. La tercera reunión de la CELAM (Puebla, 1979), de la que fueron excluidos todos los principales exponentes de la TdL, sancionó el cambio de tendencia. Juan Pablo II, ascendido a Papa en 1978, introdujo el evento exhortando a vigilar la “pureza de la doctrina” contra la excesiva politización del evangelio y las jerarquías eclesiásticas se precipitaron sobre las CEB, consideradas un intolerable ministerio paralelo, mientras sus relecturas de la biblia fueron definidas como cristología de la guerrilla.

A la reacción interna de la iglesia se añadió la de los USA. El Documento de Santa Fe, la plataforma política de Ronald Reagan, contenía un explicita referencia a la TdL, considerada una peligrosa “doctrina política, desviada de la creencia religiosa, con un significado antipapal y antiliberal”. La administración Reagan se caracterizó por invertir millones de dólares, en forma de intelligence y mass media, para favorecer la difusión de sectas fundamentalistas, cargadas de fanatismo religioso, en todos los países latinoamericanos con “riesgo comunista”

El desencuentro con Roma

A principios de los años ochenta se agudizó la polarización en el seno de la iglesia, pero la TdL, gracias al incesante trabajo de divulgación de textos y reflexiones iniciado en el decenio anterior, logró mantener una presencia significativa en todo el continente latinoamericano. Además, el asesinato de Oscar Romero, arzobispo de San Salvador, y la participación de algunos sacerdotes en el gobierno revolucionario sandinista de Nicaragua constituyeron dos episodios, de extrema crueldad el primero y de enorme esperanza el segundo, que dieron lugar a manifestaciones de solidaridad en todo el mundo.

A pesar de todo, los equilibrios internos del Vaticano habían cambiado. El clima de restauración se hizo evidente con la elección del conservador López Trujillo para la presidencia de la CELAM. A nivel general, Wojtyla favoreció el ascenso a las altas esferas del Vaticano de los ultrarreaccionarios del Opus Dei, organización transformada en prelado personal en 1982, es decir, una institución especial que puede evadir la autoridad de las diócesis territoriales, y las determinaciones eclesiásticas golpearon cada vez más los “elementos desafectos”.

De este modo, surgió un clima de excomulgación. En 1984, el prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (SCDF) y entonces cardenal Joseph Ratzinger publicó la Instrucción sobre algunos aspectos de la “teología de la liberación”. En este documento afirmaba que la TdL debía “ser criticada, bajo pena de graves desviaciones ideológicas, no por sus afirmaciones particulares, sino por el punto de vista de clase que adopta a priori y que actúa como principio hermenéutico determinante”. La diferencia entre las dos concepciones era abismal. Para Ratzinger, sirva como ejemplo un tema fundamental, “las múltiples esclavitudes de orden cultural, económico, social y político derivan, en definitiva, del pecado”. Para Gutiérrez, por el contrario: “el pecado nace de la explotación del hombre por el hombre, hunde sus raíces en una situación de injusticia y explotación y es imposible entender el primero sin lo segundo”.

La SCDF invitó al episcopado peruano a aislar Gutiérrez, acusado de “admitir la concepción marxista de la historia” y al episcopado brasileño a criticar a Boff, condenado a un año de silencio por sus tesis eclesiásticas declaradas “insostenibles y peligrosas para la fe”. De nada sirvieron las aclaraciones ofrecidas por los teólogos de la liberación para demostrar que Marx no era el padrino de la TdL (pantomima que ridiculizaba tanto las teorías de uno como de la otra) y que, por el contrario, el marxismo se había tomado críticamente para comprender el mundo, ya que, so pena de mistificar la realidad, después de Marx, la teología no podía permitirse infravalorar el peso de las condiciones materiales en la existencia de los individuos.

En los últimos veinte años, el capitalismo ha desplegado su incontestable hegemonía en todas las esferas de la vida social y también la religión se ha plegado a las “exigencias del mercado”. La desaparición y normalización de muchas CEB y el debilitamiento de la TdL han ido de la mano de la proliferación de fenómenos de televenta de la fe made in USA. La tentativa de refundar globalmente la religión católica desde la periferia y por parte de los condenados ha sido rechazada. Pero la crisis actual ha reabierto viejas heridas y nuevas contradicciones y el mensaje de emancipación de la “teología militante que lucha por hacer bajar a los pobres de la cruz” interroga nuevamente todas las conciencias críticas.

Categories
Journalism

Viagem a Detroit, a cidade fantasma

Um garoto solitário avança ao longo da margem da estrada que liga o aeroporto ao centro da cidade.

Veste a típica jaqueta esporte norte-americana, dessas que na parte de trás geralmente leva-se vistosamente o nome de um time de basquete ou as estrelas e listras da bandeira. No entanto, sua jaqueta continha uma palavra de cinco letras: black.

Eu me aproximo para falar e perguntar notícias sobre o lugar onde estou. Ele responde, lacônico, que vive aqui desde que nasceu, já está acostumado. O cenário onde acontece nossa conversa é surreal. Eu jamais havia visto nada igual. Eu continuo olhando ao meu redor e percebo o quanto são verdadeiras as coisas que li sobre este lugar. Estou rodeado de uma série de prédios abandonados. Velhas fábricas, abandonadas durante décadas, com a aparência de gigantescas ruínas, corroídas pelo tempo e intempéries. Prédios destripados, cacos de vidro espalhados por toda parte, máquinas cobertas por gelo e neve. Um deserto habitado apenas por cães vadios, dependentes de drogas sem abrigo e outras pessoas marginalizadas na sociedade. Estou em Detroit: a cidade fantasma. Um dos exemplos mais impactantes da outra América, aquela que nunca aparece nas aveludadas séries televisivas ambientadas em Manhattan ou nos filmes tridimensionais produzidos em Hollywood.

Chamavam-na de Cidade Motor

Se a arqueologia industrial era uma ciência, então Detroit seria sua prova irrefutável. E, no entanto, a sua história inclui o desenvolvimento e o esplendor. Conhecida como a Cidade Motor – a partir de onde surgiu a marcaMotown, tomada da famosa discografia de soul e rhythm and blues –, Detroit foi durante décadas o principal centro automotivo do mundo. Em 1902, a cidade deu à luz o Cadillac. E aqui, um ano mais tarde, Henry Ford abriu fábricas onde, em 1908, veio a primeira edição do Modelo T, o primeiro carro produzido em linha de montagem. A General Motors abriu nesse ano e a Chrysler logo depois, em 1925. Em suma, tudo sobre a indústria automobilística nos Estados Unidos começou em Detroit.

Nas asas do progresso, a cidade cresceu consideravelmente. Na segunda década do século XX, a população dobrou e Detroit tornou-se a quarta maior aglomeração urbana do país. Uma parte importante dos seus novos habitantes veio dos estados do sul. Constituía um setor que era um grupo de afro-americanos à procura de trabalho (só neste período Detroit atingiu mais de 120.000 habitantes), que esteve envolvido no fenômeno conhecido como a “primeira grande migração”.

A expansão não tem a ver só com o mundo das quatro rodas. Com a explosão da Segunda Guerra Mundial, o principal centro de Michigan foi transformado, de acordo com o slogan cunhado por Franklin Roosevelt, no “grande arsenal da democracia”. Detroit desenvolveu-se rapidamente devido à produção de armas e sabe-se que contribuiu com a guerra mais do que qualquer outra cidade norte-americana (após o ataque a Pearl Harbor, foram deslocados muitos trabalhadores de ambos os sexos). Graças a essa expansão, na década seguinte, o número de habitantes atingiu o seu máximo: 1.865.000, em 1956. Ilustres professores e os principais jornalistas da época a glorificaram como o melhor exemplo do fim da luta de classes; símbolo da meta alcançada, por grandes massas de trabalhadores, de entrar nas filas da classe média e se beneficiar dos prazeres do aburguesamento.

Muita coisa aconteceu desde então! Com os anos 60, começou o declínio, que se acelerou após as crises do petróleo de 1973 e 1979. Detroit tem agora apenas 700.000 habitantes, o menor número nos últimos cem anos. A espiral descendente parece não ter fim. De fato, na primeira década do século XXI, a cidade perdeu um quarto de sua população total, que continua a diminuir progressivamente: a cada 20 minutos uma família reúne seus pertences, se manda para um novo destino e deixa Detroit para trás.

100.000 terrenos vazios

Eu continuo minha jornada pelos bairros e é como estar em um lugar habitado por fantasmas. Em seu perímetro, existem mais de 100 mil terrenos baldios e casas abandonadas. Estas últimas em ruínas ou em uma situação instável. Nos próximos quatro anos teriam de ser demolidas dez mil casas, mas faltam recursos para fazê-lo. O sentimento que permeia toda a cidade é desolador, pois, muitas vezes, em todo um bloco de casas, há apenas uma ainda habitada. Detroit é totalmente deserta e seus espaços vazios caberiam todos em Boston ou San Francisco. Para contrariar este estado de extrema desolação, a administração local está tentando concentrar a população em determinadas áreas e transformar outras em fazendas. Na verdade, a crise expôs esse cenário ainda mais sombrio. A cidade está à beira da falência e do colapso econômico, e recentemente aboliu os últimos serviços públicos, incluindo o ônibus, que é o único meio de transporte para os menos favorecidos, e a iluminação noturna nas áreas periféricas.

A situação social não é melhor do que a ambiental. Em Detroit, uma em cada três pessoas é pobre, uma condição que afeta mais da metade das crianças. O grau de segregação racial ainda é muito elevado. Mais de 80% da população é afro-americana e vive no centro, enquanto os trabalhadores ‘brancos’, ou melhor, a última parte deles, os que ainda não conseguiram sair, se mudaram para os subúrbios protegidos por lojas de departamento. A prova de que, com uma diferença correspondente no tempo, o racismo que fez desta cidade o teatro de guerra da revolta violenta de julho 1967 – quando Lyndon Johnson enviou tanques que causaram 43 mortes, 7.200 prisões e a destruição de mais de 2.000 edifícios – ainda não foi erradicado.

A taxa de criminalidade é uma das mais altas do país e, ironicamente, mesmo que o carro tenha nascido exatamente nestas ruas, não há na América um lugar mais caro para comprar o seguro. O desemprego real atinge 50% e o dinheiro investido no grande cassino, que ocupa a principal artéria do centro, tem produzido uma única transformação: a de criar uma legião de desesperados que, a cada dia ou noite, apegados à amarga ilusão de salvação pessoal, fazem fila nas máquinas caça-níqueis para jogar suas últimas esperanças e as poucas poupanças ainda disponíveis.

Sucata para a China

Em 2009, golpeadas pela crise, a General Motors e a Chrysler declararam falência, enquanto a Ford padece de uma dura recessão. As ajudas às Big Three, por parte da administração de Bush e também de Obama, no final da década passada, totalizaram 80 bilhões de dólares. Tais ajudas foram acompanhadas por drástica “reestruturação”, ou seja, demissões, cortes de salários e mais precarização. Em outras palavras, têm servido para ampliar ainda mais o modelo desenvolvido por empresas como a American Axle & Manufacturing, fundada em 1994 com o objetivo de fornecer, a baixo custo, componentes automotivos para a General Motors e a Chrysler.

Apesar de a empresa registrar lucros enormes, muitos de seus funcionários, contratados por hora, têm visto, como em fevereiro do ano passado, como se rescindem seus contratos. Depois de uma greve contra o corte salarial de 28 a 14 dólares por hora, uma outra fábrica de Detroit demitiu todos os seus trabalhadores e fechou as portas. Assim, com instituições abertas nos últimos anos pela American Axle & Manufacturing no México, no Brasil e na Polônia, em uma recente declaração, supostamente filantrópica, um de seus futuros presidentes nos ilumina o futuro: “construir a Ásia é a nossa prioridade”. O próximo capítulo dessa história será escrito na China, onde, de fato, a empresa opera com duas novas fábricas desde 2009.

No fundo, Detroit nos fala não só do século XX, mas das mudanças de hoje e do que o futuro reserva. O epílogo da história nos conta que o desemprego e a pobreza são o resultado das ordens econômicas que impediram conquistas e melhorias tecnológicas de serem postas a serviço da comunidade. Isso mostra que as fábricas estão vazias, não porque não há trabalho, mas porque a produção foi transferida para locais onde os custos trabalhistas são mais baixos e a luta pelo reconhecimento dos direitos sociais é mais fraca.

A noite cai rapidamente no inverno de Detroit. Perto da saída da estrada, algumas pessoas pedem esmolas. Mais tarde, no coração do que foi outrora a zona industrial, pode ser visto um incêndio. Um grupo de jovens que busca desmantelar os restos de uma fábrica para depois enviá-los, por via marítima, ao Oriente. Por estes restos são pagos dois dólares e meio por quilo e são os últimos objetos úteis de que se pode conseguir algo para chegar ao fim do mês. Eles representam um dos principais produtos de exportação norte-americanos para a China, e Detroit é a cidade que mais os oferece. Eles servem para construir em outro lugar o que antes estava aqui. Para criar a infraestrutura que permitirá um maior lucro aos patrões. A exploração gerada por uma maior parcela da mais-valia, para usar as palavras de outro tempo. No entanto, não há ilusões. Com as novas fábricas, surgirão novos conflitos e novas esperanças.

Traduzido por Daniela Mouro.

Categories
Journalism

Alienados de todo el mundo, uníos

La alienación ha sido una de las teorías más debatidas del siglo XX. La primera exposición filosófica del concepto tuvo lugar ya en 1807 por parte de Georg W. F. Hegel. En su Fenomenología del espíritu, constituye la categoría central del mundo moderno y usó el término para representar el fenómeno por el que el espíritu se objetiva. Con todo, en la segunda mitad del siglo XIX, la alienación desapareció de la reflexión filosófica y ninguno de los grandes prensadores le prestó atención.

El redescubrimiento de esta teoría en 1932 con la publicación de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, un texto inédito de la producción juvenil de Karl Marx donde, mediante la categoría del «trabajo alienado», traslada la problemática de la esfera filosófica a la económica. La alienación fue así descrita como el fenómeno por el que el producto del trabajo se manifiesta «como un ente extraño, como una potencia independiente del productor». Contrariamente a Hegel, quien la había representado como una manifestación ontológica del trabajo, que coincidía con la objetivación en cuanto tal, Marx concibió este fenómeno como la característica de una determinada época de la producción: la capitalista.

Las concepciones no Marxistas

Sin embargo, todavía tuvo que pasar mucho tiempo antes de que una concepción histórica, no ontológica, de la alienación se consolidara. De hecho, la mayor parte de autores que trataron esta problemática en las primeras décadas del siglo XX, lo hicieron considerándola un aspecto universal de la existencia humana. En Ser y tiempo, por ejemplo, Martin Heidegger la consideró una dimensión fundamental de la historia, la tendencia del Ser-Ahí (Dasein) a perderse en la inautenticidad y el conformismo del mundo que lo circunda. Herbert Marcuse también identificó la alienación con la objetivación en general y no con su manifestación en las relaciones de producción capitalistas. A su juicio, existía una «negación originaria en el acto del trabajo» que pertenecía a la «esencia misma de la existencia humana». De este modo, la crítica de la alienación devino una crítica de la tecnología y del trabajo en general. Su superación se consideró posible sólo mediante la afirmación de la libido y el juego en las relaciones sociales, únicos momentos en que el hombre alcanzaba la libertad que le era negada durante la actividad productiva.

En la segunda mitad del siglo XX el concepto de alienación también llegó al psicoanálisis. Los que la abordaron partían de la teoría de Freud, para quien, en la sociedad burguesa, el hombre se enfrenta a la decisión de elegir entre naturaleza y cultura y, para poder disfrutar de la seguridad garantizada por la civilización, debe necesariamente renunciar a las propias pulsiones. Los psicólogos asociaron la alienación con las psicosis que se manifiestan, en algunos individuos, precisamente a causa de esta elección conflictiva. Por consiguiente, la vastedad de la problemática de la alienación quedó reducida a un mero fenómeno subjetivo.

Tras las principales elaboraciones no marxistas de la alienación también hubo la de los existencialistas franceses. Después de la segunda postguerra, esta problemática fue incorporada por ellos como referencia recurrente tanto en filosofía como en narrativa. De este modo, la alienación adquirió un perfil muy genérico, identificada con una indistinta desazón del hombre en la sociedad, con una separación entre la personalidad humana y el mundo de la experiencia y, por tanto, como una condition humaine no suprimible.

El irresistible encanto de la teoría de la alienación

A partir de los años sesenta irrumpió una auténtica moda por la teoría de la alienación, y en todo el mundo aparecieron centenares de libros sobre el tema. Fueron los tiempos de la alienación tout-court. El período en que numerosos autores, distintos entre sí por su formación política y disciplinas, atribuyeron las causas de este fenómeno a la mercantilización, a la excesiva especialización del trabajo, a la burocratización, al conformismo, al consumismo, a la pérdida del sentido propio que se manifestaba en la relación con las nuevas tecnologías; e incluso al aislamiento del individuo, a la apatía, a la marginación social y étnica, o a la contaminación ambiental. Sin embargo, la popularidad del concepto y su uso indiscriminado crearon una profunda ambigüedad terminológica. En pocos años, la alienación se transformó en una fórmula vacía que abarcaba todas las manifestaciones de la infelicidad humana y su desatinado uso generó la convicción en la existencia de un fenómeno igualmente inmodificable.

Con el libro de Guy Debord La sociedad del espectáculo, uno de los manifiestos de la generación del 68, la teoría de la alienación llegó a la crítica de la producción inmaterial. Retomando algunas tesis avanzadas por Max Horkheimer y Theodor Adorno en Dialéctica del iluminismo, según las cuales en la sociedad contemporánea la diversión también había sido subsumida en la esfera de la producción de consenso por el orden social existente, Debord afirmó que cuando el capitalismo está más desarrollado el obrero es «aparentemente tratado como una verdadera persona, con cortesía premurosa, porqué la economía política puede y debe dominar los pasatiempos y la humanidad del trabajador». Esta reflexión lo llevó a colocar en el centro de su análisis al mundo del espectáculo: «en la sociedad actual el espectáculo corresponde a una fabricación concreta de la alienación». De este modo, para el teórico francés, la alienación se afirmaba hasta el extremo de constituir una experiencia entusiasta para los individuos que, guiados por este nuevo opio del pueblo al consumo y a «reconocerse en las imágenes dominantes», se alejaban aun más de sus propios deseos y existencias reales.

Jean Baudrillard también utilizó el concepto de alienación para interpretar las mutaciones sociales ocurridas con la llegada del capitalismo maduro. En La sociedad de consumo, de 1970, señaló el consumo como factor determinante de la sociedad moderna. Según Baudrillard, «la era del consumo», en que la publicidad y los sondeos crean necesidades ficticias, se había transformado también en «la era de la alienación radical: la lógica de la mercancía se ha generalizado, y hoy no sólo regula los procesos de trabajo y de producción material, sino también toda la cultura, la sexualidad y las relaciones humanas. Todo se torna espectáculo, es decir, evocación, provocación, orquestación en imágenes, símbolos y modelos consumibles».

En los años cincuenta el concepto de alienación había entrado también en el vocabulario sociológico norteamericano. Sin embargo, el tema se afrontó desde una óptica completamente distinta a la prevaleciente en Europa. La sociología convencional volvió a tratar la alienación como problemática inherente al ser humano individual y no a las relaciones sociales, y la búsqueda de soluciones para su superación se dirigió hacia la capacidad de adaptación de los individuos al orden existente en lugar de hacia las prácticas colectivas encaminadas a cambiar la sociedad. Esta aproximación acabó por marginar, e incluso excluir, el análisis de los factores histórico-sociales que determinan la alienación, produciendo una suerte de hiper-psicologización del análisis del concepto, que también fue asumida por la sociología, además de la psicología, no como una cuestión social, sino como una patología individual cuya curación era una cuestión individual.

El profundo cambio en el concepto de alienación que se había manifestado en las ciencias sociales fue encauzado por la publicación de nuevos textos marxianos inéditos, en especial los Grundrisse, los manuscritos preparatorios del Capital, y por las célebres páginas sobre el «fetichismo de las mercancías» contenidas en el primer volumen de la obra magna de Marx. La comprensión de la alienación volvió a dirigirse hacia su superación práctica, es decir, la acción política de los movimientos sociales, partidos y sindicatos encaminada a cambiar radicalmente las condiciones de trabajo y de vida del proletariado. Con la difusión de estos textos, la teoría de la alienación trascendió las aulas universitarias y los documentos filosóficos para irrumpir en las calles y convertirse en crítica social mediante las luchas obreras.

En los tiempos del neoliberalismo

La victoria del neoliberalismo ha trastornado completamente este escenario. En los últimos 20 años se han sucedido significativos cambios políticos y económicos que han visto aumentar dramáticamente la brecha entre la acumulación de riqueza de una élite cada vez más reducida y la creciente marginalidad y pauperización de las clases trabajadoras.

Después de haber sido protagonista indiscutible del siglo XX, el mundo del trabajo ha pasado a ser un actor mudo del debate político y cultural contemporáneo, en parte debido a la mayor dificultad que encuentran las fuerzas sindicales en representar y organizar nuevas generaciones y trabajadores emigrantes, en un contexto en que las relaciones laborales han sido forzadas a formas cada vez más precarias, flexibles y privadas de derechos. Contemporáneamente, los movimientos globales de protesta se han significado, hasta ahora, por una reivindicación genérica de mayor igualdad social, a la que a menudo le ha faltado una reflexión adecuada sobre la centralidad del trabajo, sus nuevas problemáticas y transformaciones radicales.

En una era en que la producción, a pesar de las tesis que a finales del siglo pasado anunciaron con gran clamor el «fin del trabajo», asume nuevamente los estándares de explotación e injusticia social del siglo XIX (acontecimientos como el de las fábricas chinas de la multinacional Foxconn actualmente son moneda corriente en todo el mundo) es de esperar que la crítica de la alienación retorne entre las banderas y las reivindicaciones del nuevo movimiento obrero. En definitiva, el río todavía lleva agua.

Traducción por: Carlos Soriano

Categories
Interviews

Marcello Musto – Rainews24 – 15 Maggio 2012 : intervista sulla attualità di Marx

Marcello Musto – Rainews24 – 15 Maggio 2012: Intervista sulla attualità di Marx

{youtube}kzmGoXL-yZ8{/youtube}

 

Categories
Journalism

L’Ecuador sceglie ancora la rivoluzione di Correa

Nel decennio 1996-2006, le stanze del Palacio Nacional di Quito hanno assistito al brusco alternarsi di ben sette diversi presidenti della repubblica. Da quando è comparso sulla scena politica Rafael Correa, invece, rieletto ieri alla guida del paese, per la terza volta consecutiva e col 56,7% dei voti, l’Ecuador ha intrapreso una stagione di inedita stabilità. Nessuno, infatti, dalla seconda metà dell’Ottocento, ha governato quanto lui.

L’incertezza politica era stata accompagnata dalla crisi economica. Scoppiata alla fine degli anni Novanta, essa causò un’inflazione record (oltre il 60%) e determinò una forte svalutazione del Sucre, poi sostituito, nel 2000, con il dollaro, ancora oggi moneta ufficiale. Anche questi, però, sono ricordi lontani. La piccola repubblica andina si è trasformata in un paese dall’economia dinamica, con una crescita annua che supera il 7% e un tasso di disoccupazione che è sceso al punto più basso della sua storia. Al punto che, in tempi di crisi globale, già quindicimila migranti, partiti negli scorsi decenni per la Spagna, sono ritornati a cercare fortuna in patria.

Tale svolta è stata favorita, senz’altro, dalla decisione, assunta da Correa, di rifiutare il pagamento di una porzione del debito pubblico che, dai 241 milioni di dollari del 1970, era giunto a oltre 17 miliardi nel 2006. L’eliminazione della parte ritenuta illegittima, ovvero quella contratta in forma fraudolenta o che non aveva prodotto alcun beneficio per la popolazione, ha consentito di risparmiare 7 miliardi di dollari, inclusi gli interessi. Una somma, questa, che non solo ha evitato l’adozione di politiche di austerità e di (contro)riforme strutturali (vedi il caso della Grecia), ma ha anche reso possibile l’aumento della spesa sociale, passata, con Correa, dal 12 al 25% del bilancio pubblico.

Il cambiamento intrapreso ha riguardato anche un altro dogma del neoliberalismo: le privatizzazioni. Negli ultimi anni, la nazionalizzazione di alcune imprese petrolifere e la ridefinizione delle imposte da versare allo stato, da parte di quelle rimaste private, ha generato un entrata di 2 nuovi miliardi di dollari per l’erario. Fondi che hanno permesso la creazione di bonus contro la povertà e per il sostegno agli alloggi popolari (tra i 35 e i 50 dollari al mese), di cui si avvalgono numerosi ecuadoriani.

Sono questi i risultati alla base della elevata partecipazione alle urne e del successo di Alianza Pais, il partito fondato nel 2006 e oggi in possesso della maggioranza dei 137 scranni parlamentari. Sono usciti, invece, nettamente sconfitti dalle urne tutti gli oppositori di Correa. Il principale esponente della destra, presentatasi divisa al voto, Guillermo Lasso, membro dell’Opus Dei ed ex presidente del Banco de Guayaquil, capitale commerciale dell’Ecuador, ha raccolto un magro 23% e non è riuscito a fare breccia nell’elettorato popolare. Mentre Alberto Acosta, in passato figura di spicco di Alianza Pais, ministro dell’Energia e delle Miniere nel 2007 e, poi, presidente dell’Assemblea nazionale che, l’anno successivo, licenziò la nuova costituzione del paese, non è andato oltre il 3,2%. La coalizione della Unità Plurinazionale delle Sinistre da lui guidata, tra i cui attori principali vi è il partito indigenista Pachakutik, non è stata capace di spiegare come si sorreggerebbe la spesa sociale se, come proposto, si mettesse fine alle politica estrattivista attuata da Correa.

Dunque, la Revolución Ciudadana prosegue e il neo eletto presidente ha vinto la sua battaglia personale contro i media conservatori, tutti fortemente schierati contro di lui. Inoltre, il successo nelle elezioni di domenica dà nuova linfa vitale all’Alleanza bolivariana per le Americhe (ALBA), progetto di collaborazione politica ed economica che comprende Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia, Nicaragua e un paio di piccoli stati caraibici, nato nel 2004, in opposizione al trattato di libero commercio (ALCA) promosso dagli Stati Uniti. Alla luce del cattivo stato di salute di Hugo Chavez, rientrato proprio ieri a Caracas, Correa va affermandosi come il prossimo leader di questo blocco e la sua visibilità internazionale è in aumento, come dimostrato, di recente, in occasione dell’asilo politico offerto al fondatore di WikiLeaks, Julian Assange, a oggi ancora rifugiato presso l’ambasciata ecuadoriana di Londra.

Nonostante i richiami al “Socialismo del XXI secolo”, Correa non è certo un pericoloso rivoluzionario. La sua politica continuerà nel solco dell’indipendenza da Washington e seguirà l’impianto “sviluppista” intrapreso dagli altri governi progressisti latinoamericani, con una particolare attenzione alla redistribuzione sociale. Non poco, di questi tempi.

Categories
Journalism

Viaggio a Detroit, la città fantasma

Un ragazzo avanza solitario sul bordo della carreggiata che collega l’aeroporto al centro abitato. Indossa il tipico giubbotto sportivo americano sul cui retro appaiono, in genere, vistosamente impressi, il nome di una squadra di basket o la bandiera a stelle e strisce. Il suo reca, invece, una sola parola, di cinque lettere: Black.

Lo avvicino per parlargli e per chiedergli notizie sul luogo nel quale mi trovo. Mi risponde, laconico, che lui vive qui da quando è nato; che vi si è abituato. Lo scenario che fa da sfondo alla nostra conversazione è surreale. Non avevo mai visto nulla del genere. Continuo a guardarmi intorno e mi accorgo di quanto corrispondano a verità le cose lette su questo posto. Sono circondato da un numero infinito di edifici abbandonati. Vecchie fabbriche, incustodite da decenni, che hanno assunto le sembianze di giganteschi relitti, corrosi dal tempo e dalle intemperie. Immobili sventrati, vetri in pezzi sparsi ovunque, macchinari ricoperti dal ghiaccio e dalla neve. Un deserto abitato soltanto da cani randagi, tossicodipendenti, senza casa e altri soggetti ai margini della società. Sono a Detroit: la città fantasma. Uno degli esempi più eclatanti dell’altra America, quella che non viene mai mostrata nelle ovattate serie televisive ambientate a Manhattan o nelle pellicole tridimensionali prodotte a Hollywood.

La chiamavano Motor City

Se l’archeologia industriale fosse una scienza, Detroit ne sarebbe, allora, la sua prova incontestabile. Eppure, la sua storia annovera sviluppo e splendore. Conosciuta come la Motor City – da cui nacque anche il soprannome Motown, utilizzato dalla celebre casa discografica di soul e rhythm and blues -, Detroit costituì per decenni il principale centro automobilistico del globo. Nel 1902, la città salutò la nascita della Cadillac. E fu proprio qui, un anno più tardi, che Henry Ford inaugurò gli stabilimenti dai quali, nel 1908, uscì il primo esemplare di Modello T, la prima vettura della storia prodotta attraverso la catena di montaggio. La General Motors aprì quello stesso anno e la Chrysler seguì, poco dopo, nel 1925. Insomma, tutto ciò che aveva a che fare con l’industria automobilistica negli Stati Uniti cominciò nelle stanze di Detroit.

Sulle ali del progresso, la città si ampliò in maniera considerevole. Nella seconda decade del Novecento, la popolazione raddoppiò e Detroit divenne il quarto agglomerato urbano più numeroso del paese. Una fetta consistente dei suoi nuovi abitanti vi era giunta dagli stati del sud. Parte di quella schiera di afroamericani in cerca di lavoro (nella sola Detroit, in questo periodo, ne arrivarono oltre 120.000), che si rese protagonista di quel fenomeno denominato la “prima grande migrazione”.

L’espansione non riguardò soltanto il mondo delle quattro ruote. In seguito allo scoppio della Seconda Guerra Mondiale, il principale centro del Michigan si trasformò, secondo lo slogan coniato da Franklin Roosevelt, nel “grande arsenale della democrazia”. Detroit si sviluppò rapidamente in funzione della produzione di armi ed è noto che contribuì alla guerra più di ogni altra città americana (dopo l’attacco di Pearl Harbor furono moltissimi i lavoratori – donne comprese – che vi si trasferirono). Anche grazie a questa espansione, nel decennio successivo il numero di residenti toccò il suo picco: ben 1.865.000 nel 1956. Illustri professori e stimati giornalisti del tempo la glorificarono quale migliore esempio della fine della lotta di classe in America; come l’emblema del tentativo riuscito, da parte di grandi masse di lavoratori, di entrare nelle file della classe media e di poter beneficiare dei piaceri dell’imborghesimento.

Quanta acqua è passata sotto i ponti da allora! Con gli anni Sessanta cominciò l’inizio del declino, che si fece, poi, più rapido in seguito alle crisi petrolifere del 1973 e del 1979. Oggi Detroit conta appena 700.000 abitanti, il minor numero degli ultimi cento anni. La spirale verso il basso pare sia destinata a non arrestarsi. Nel primo decennio del XXI secolo, infatti, la città ha perso addirittura un quarto della sua popolazione totale e continua a precipitare a ritmo costante: ogni venti minuti un’altra famiglia racimola tutte le sue cose, le spedisce verso una nuova destinazione e si lascia alle spalle Detroit.

100.000 lotti vuoti

Continuo il mio giro per i suoi quartieri ed è come trovarmi in un luogo abitato da spettri. Nel suo perimetro ci sono più di 100.000 lotti vuoti e case abbandonate. Queste ultime sono in rovina o pericolanti. Diecimila dovrebbero essere demolite nei prossimi quattro anni, ma mancano i soldi per farlo. La sensazione che si respira percorrendola è desolante, poiché spesso, in un intero isolato, è rimasta soltanto una casa ancora abitata. Detroit è talmente vuota che nei suoi spazi sgombri potrebbero entrarvi Boston o l’intera San Francisco. Per contrastare questo stato di estrema desolazione, l’amministrazione comunale sta tentando di concentrare la popolazione in determinate aree e di trasformarne altre in aziende agricole. In realtà, la crisi ha reso questo scenario ancora più lugubre. La città, sull’orlo della bancarotta, è in dissesto finanziario e di recente sono stati tagliati gli ultimi servizi pubblici, inclusi il bus – unico mezzo di trasporto per i ceti meno abbienti – e le luci notturne nelle zone periferiche.

La situazione sociale non è migliore di quella ambientale. A Detroit, una persona su tre vive in povertà, condizione che colpisce più della metà dei minori. Il livello di segregazione razziale è ancora altissimo. Oltre l’80% della popolazione è di origine afroamericana e vive in centro; mentre gli operai “bianchi”, o meglio l’ultima parte di coloro che non sono ancora riusciti a partire, si sono spostati in sobborghi protetti e vicini ai grandi magazzini. Segno che, con i dovuti distinguo tra i tempi, il razzismo che fece di questa città il teatro di guerra della violenta rivolta del luglio del 1967 – quando Lyndon Johnson inviò i carri armati che provocarono 43 morti, 7.200 arresti e la distruzione di oltre 2.000 edifici – non è stato ancora del tutto sradicato. Il tasso di criminalità è uno dei più alti del paese e, ironia della sorte, nonostante l’automobile sia nata proprio in queste strade, non esiste in America posto più caro dove stipulare un’assicurazione. La disoccupazione reale è giunta al 50% e i soldi investiti nel grande casinò, che ora occupa la principale via del centro, non hanno prodotto che un unico cambiamento, quello di creare una legione di disperati che, ogni sera, nella amara illusione della salvezza personale, si mette in fila di fronte alle tante slot machine, per giocarsi le ultime speranze rimaste e i pochi dollari ancora disponibili.

Rottami verso la Cina

Nel 2009, sotto i colpi della crisi, la General Motors e la Chrysler dichiararono bancarotta, mentre la Ford fu duramente colpita dalla recessione. Gli aiuti ricevuti dalle Big Three alla fine dello scorso decennio, dall’amministrazione Bush così come da quella Obama, ammontano a 80 miliardi di dollari. Le misure furono accompagnate da pesanti “ristrutturazioni”, ovvero licenziamenti, tagli salariali e maggiore precarietà. In poche parole, esse sono servite a estendere sempre più il modello portato avanti da compagnie quali la American Axle & Manufacturing, fondata, nel 1994, allo scopo di fornire, a costi ridotti, parti di automobili alla General Motors e alla Chrysler. Molti dei suoi dipendenti, già impiegati con contratti a ore, nonostante l’azienda registrasse ottimi profitti, nel febbraio dello scorso anno si sono visti togliere anche quelli. A seguito di uno sciopero contro il dimezzamento della paga da 28 a 14 dollari l’ora, un’altra fabbrica di Detroit licenziò tutti i suoi lavoratori e chiuse i battenti. E così, accanto agli stabilimenti aperti, negli ultimi anni, dalla American Axle & Manufacturing, in Messico, Brasile e Polonia, una recente dichiarazione, dai presunti toni filantropici, di uno dei suoi presidenti ci illumina sul futuro: “costruire l’Asia è la nostra massima priorità”. Il prossimo capitolo di questa storia si scriverà in Cina, dove, infatti, la ditta opera, dal 2009, in due nuove fabbriche.

In fondo, Detroit non racconta solo del Novecento, ma testimonia anche i mutamenti dell’oggi e ciò che ci attende in futuro. L’epilogo della sua storia ci dice quanto disoccupazione e povertà siano conseguenza di quei dettami economici che hanno impedito che conquiste e miglioramenti tecnologici fossero messi al servizio della collettività. Ci mostra che le fabbriche sono vuote non perché il lavoro non esiste più, ma perché la produzione è stata spostata altrove, in luoghi dove il costo del lavoro è più basso e la lotta per il riconoscimento dei diritti sociali è oggi più debole.

Fa scuro in fretta a Detroit d’inverno. In prossimità dell’uscita dall’autostrada alcune persone chiedono l’elemosina. Più avanti – nel cuore di quella che un tempo era la zona industriale – si intravede un fuoco. Lo ha acceso un gruppo di giovani intento a smantellare i resti di una fabbrica che saranno poi spediti, via mare, verso oriente. Questi rottami di ferro vengono pagati due dollari e mezzo per libbra e sono gli ultimi oggetti utili da cui ricavare qualcosa per sbarcare il lunario. Rappresentano uno dei principali prodotti dell’esportazione statunitense in Cina e Detroit è la città che ne offre di più al mondo. Servono a costruire altrove ciò che prima era qui. A creare le infrastrutture che permetteranno un guadagno maggiore per i padroni. Uno sfruttamento generato da un saggio del plusvalore più grande, per usare parole di altri tempi. Non si illudano, però. Con le nuove fabbriche sorgeranno anche nuovi conflitti e nuove speranze.

Categories
Reviews

Antonio Negri, Uninomade

1. Cominciai a lavorare sui Grundrisse negli anni ’60. Quando cominciai ero comunista da parecchio tempo, non ancora marxista. Avevo lavorato molto su Kant, Hegel, e il neokantismo, Max Weber, Lukacs e poi, infine, all’inizio degli anni ’60, avvicinandomi ai 30 anni, avevo cominciato a leggere Il Capitale.

Già prima ero passato attraverso le interpretazioni alla moda del giovane Marx: i Frühschriften li avevo letti e discussi (in Francia, in Italia, in Germania – non si può immaginare l’intensità delle emozioni sollevate da quella “scoperta”!) nel clima di un certo esistenzialismo umanistico. Ne trassi le stesse ambivalenti (se non equivoche) impressioni che avevo avute studiando il marxismo sartriano. Di conseguenza non avevo avuto difficoltà a cogliere una certa ragionevolezza nella “cesura epistemologica” che Althusser aveva proclamato. Questa cesura non rappresentava per me un elemento né rilevante né decisivo dal punto di vista filologico: lo era piuttosto (come d’altronde voleva Althusser) dal punto di vista di un’ermeneutica politica e polemica “situata” (come, appunto, in un Kampf-platz) del pensiero rivoluzionario, nell’epoca delle ultime smanie dell’hegelismo dialettico – in occidente come in oriente. Il materialismo marxiano mi sembrava divenire “intero” proprio passando attraverso questa rottura – rottura anti-umanista, nel senso che le illusioni dell’umanesimo borghese sarebbero state a quel punto definitivamente scacciate – e soprattutto nel senso che la dialettica hegeliana era effettivamente messa da parte. Per noi, educati nell’hegelismo e alle infinite variazioni della “coscienza infelice”, questo passaggio era necessario: costituiva una propedeutica alla militanza rivoluzionaria.

La lettura de Il Capitale mi risultò comunque assai difficile. Certo la mia lettura de Il Capitale non fu quella di un filologo, di un accademico e neppure quella di un “marxista” diplomato. Era piuttosto quella di un militante comunista che voleva appropriarsi di un metodo sovversivo di ricerca e di un programma di azione. Marx e Il Capitale dovevano essermi utili per fare politica tra gli operai, non solo per comprendere le contraddizioni e le crisi del capitale ma per trasformarle in occasioni di lotta nelle fabbriche e nella società. Quando, dopo Il Capitale, mi misi a leggere i Grundrisse, vi riconobbi subito una nuova potenza, inaspettata ma attesa. Era un processo genealogico quello al quale ero introdotto. Avevo già cominciato a fare “conricerca” con gli operai per comprendere quali fossero le condizioni nelle quali la lotta di classe si svolgeva: con i Grundrisse compresi meglio che fare “ricerca operaia” era anche applicare Marx, il suo metodo, era riscoprire Marx, reinventarlo. Anch’io mi sono sempre chiesto, come fa Eric Hobsbawm – a partire dalla constatazione che un mezzo secolo dopo la morte di Marx i Grundrisse erano ancora sconosciuti – anch’io mi sono chiesto quanti (in più di quelli che lo erano) sarebbero diventati marxisti (e se lo sarebbero diventati in maniera diversa da come i non-lettori dei Grundrisse lo erano stati) – qualora avessero potuto leggere i Grundrisse contemporaneamente a Il Capitale. Per la maniera nella quale noi li conoscemmo, ci fu impossibile separare i Grundrisse non solo da Il Capitale ma dal loro ruolo di operatori politici che le letture di Marx dovevano nutrire.

2. Hobsbawm ha detto dei Grundrisse – che si tratta di una “specie di stenografia intellettuale privata che è a volte impenetrabile”. Credo che questo giudizio sia del tutto inesatto: è vero che vi sono pagine incomplete, e talora semplicemente degli schemi, ma non è corretto concludere che il testo (neppure in parte) sia incomprensibile. Al contrario. Certo, è un testo difficile ma vi sono elementi centrali – tutt’altro che difficili da cogliere – che ne reggono il filo discorsivo. Su di essi torneremo presto. È vero tuttavia che, anche se posti in luce meno drammatica, i Grundrisse hanno rappresentato una svolta grossa nelle continue letture e riletture del pensiero marxiano, e hanno imposto una serie di nuovi divisioni nella sua interpretazione. Vi è stato chi ha considerato i Grundrisse come un testo delirante, scritto sulla base dello shock fortissimo del rilevamento della prima crisi globale del capitalismo – e tuttavia ispirazione frustrata da un conseguente fallimento politico. Vi sono altri che hanno piuttosto considerato i Grundrisse come una nuova fonte interpretativa per il materialismo dialettico, quello più ufficiale ed ortodosso. E poi ci sono quelli che hanno ritenuto i Grundrisse del tutto omologabili a Il Capitale. Io credo che, visti in maniera più realistica e politicamente adeguata, i Grundrisse vadano letti – nella loro collocazione storica dentro la evoluzione del pensiero marxiano – come una genealogia non tanto (o non solo) de Il Capitale ma soprattutto come sorgente di metodo e di invenzione di una politica rivoluzionaria. Se la questione è posta in questi termini e, nel contempo, abbiamo dimenticato le belle favole hegeliane della teleologia dialettica, Althusser non dovrebbe scandalizzarsi se a questo punto assumiamo un “Marx intero”. Nei Grundrisse si deve dunque leggere il percorso di un processo di costituzione della lotta di classe: Hans Jürgen Krahl, nel mezzo del ’68 francofortese, lo aveva compreso perfettamente. In questa prospettiva i Grundrisse sono il progetto di rivoluzione che il “lavoro vivo” costruisce dall’interno della struttura della produzione capitalista. I Grundrisse sono insieme una “pratica teorica” che assume la rivolta del “lavoro vivo” nella crisi – considerando questa crisi come occasione rivoluzionaria – ed anche, come ben sottolinea Enrique Dussel, un motore generativo delle categorie di analisi dello sviluppo capitalistico. Insomma, nei Grundrisse (come con verisimiglianza videro gli uomini del ’68) si può riconoscere un centro dinamico del pensiero marxiano, sia della sua storia logica che del progetto rivoluzionario. Da questo punto di vista i Grundrisse hanno costituito un appoggio assolutamente centrale alla critica di ogni delega di conoscenze e di compiti, pretesi di avanguardia, alla Teoria; alla critica di ogni concezione di “rivoluzione dall’alto”, imposta al movimento reale; e piuttosto un’affermazione della “rivoluzione dal basso” come potenziale di una autonoma forza costituente del comunismo. Solo il proletariato può costruire programma.

3. In Karl Marx’s Grundrisse. Foundations of the critique of political economy 150 years later (Routledge, Oxford e New York, 2008), silloge che Marcello Musto ha raccolto per celebrare, appunto, quell’anniversario, l’approccio è opportunamente diviso in tre parti. Nella prima si considerano le letture critiche che, dei Grundrisse, hanno rilevato le linee concettuali più importanti (teoria del valore e del plusvalore, alienazione ed emancipazione, principi del materialismo storico, ecc.); nella seconda si studia la vita di Marx, autore giornalistico ed interprete della prima crisi economica globale nel 1857-58; nella terza si descrive e si analizza la straordinaria recezione – una disseminazione, appunto – dei Grundrisse nel mondo. Questo lavoro è condotto con rigore e completezza.

A noi interessa sottolineare alcuni aspetti della lettura che Musto (in buona compagnia con quel che ne dice Michale R. Krätke) fa del rapporto di Marx alla crisi – alla “meravigliosa crisi che avevamo previsto”, dice Marx. Già Sergio Bologna, nella nostra giovinezza, ci aveva offerto un insuperabile affresco di questo periodo (“Moneta e crisi: Marx corrispondente del New York Daily Tribune”, in Bologna, Carpignano, Negri, Crisi, Organizzazione operaia, Feltrinelli, Milano, 1974). I due elementi da sottolineare, nell’analisi rinnovata in questo volume, ci sembrano l’insistenza sul fatto che l’analisi marxiana non segue semplicemente l’evento critico ma ne coglie gli aspetti categoriali, il dispositivo teorico immanente – nella fattispecie quello che scava il legame moneta-crisi, misura-produzione, produzione-sfruttamento. Ora, e questo è il secondo elemento, proprio perché questa immanenza della crisi monetaria a quella sociale (al rapporto di classe) è tanto profonda, proprio per questo ogni crisi andrà considerata in maniera singolare (come rilevante dalla particolare determinazione della lotta di classe che le sottostà) ed ogni continuità critica del capitale andrà considerata secondo criteri di discontinuità. 1857-58: crisi di sovrapproduzione – certo; ma ogni altra crisi non è a questa omologabile e dipende piuttosto dalla condizione effettuale dei rapporti di classe nei quali essa si dà. Misure e limiti, causalità e casualità non sono norme astratte ma dispositivi della ricerca (sulle lotte, sulle determinazioni della lotta di classe) ogni volta riscoperti. Differenze, rapporti ineguali, corrispondenze non rigide regolano a questo punto il metodo. Vi è un antideterminismo forte nei Grundrisse, fin dall’inizio, dall’approccio alla crisi, dall’invenzione e dalla prima sperimentazione del metodo: questo mi sembra un notevole apporto, iscritto in questo volume.

Metodo della discontinuità dunque, un universo plurale da scoprire. È molto importante questa definizione – essa ci permette di riaprire la ricerca nella continuità della ricerca stessa, di condurla in termini di sperimentazione. Forschung, Darstellung – ma poi di nuovo Forschung e Neue Darstellung – quando si dice Forschung si dice scavare l’esperienza da lì dentro, sempre pronti a trovarvi del nuovo – il metodo critico (meglio, sovversivo) costruisce un missile a più stadi ed ogni stadio porta più lontani e mette nelle condizioni di costruire concetti più intensi ed estesi. Così, avanzando la ricerca dentro lo sviluppo capitalistico, la vita è sempre più investita dal processo produttivo e il metodo permette al ricercatore di estendere i suoi ritrovamenti molto in avanti rispetto alle determinazioni genetiche della ricerca stessa – ed oggi di arrivare ad analizzare le conseguenze biopolitiche come quelle ecologiche che ne vengono, in un interessante contributo di J.B. Foster. Proprio per questo la concettualizzazione diviene sempre più ricca, in termini analitici ed anche progettuali – ed il marxismo è un’opera aperta. Marcello Musto fa un esempio che, senza dubbio, risulta estremamente efficace: esso riguarda la categoria del “comune”. Considerata la radicale diversità tra il comune come “dipendenza” fra individui all’inizio dell’incivilimento (in tribù, famiglie, ecc.) e il comune nel capitalismo maturo, dove l’indipendenza delle singolarità è integrata da una dipendenza sociale che si esprime nella divisione del lavoro… bene, solo se assumiamo la crisi come motore di trasformazione ontologica, il metodo di Marx, formatosi nella crisi, diviene capace di “sorvolo” e quindi (come voleva Deleuze) di astrazioni determinate.

4. Come dicevamo più sopra, ci sono (e son ben illustrate nel volume curato da Musto) delle linee principali che, enucleate nei Grundrisse, ne esaltano il carattere di opera politica “comunista”. Il punto fondamentale consiste nel fatto che il denaro ci sia dato come immediatezza del valore. È così che Marx lo coglie. Rispetto a Il Capitale, qui non si parte dalla merce ma dal denaro; non si parte quindi dal valore d’uso per eccellenza (che è il “lavoro vivo”) ma già dal suo sfruttamento capitalistico; non si parte dal denaro solo come misura dello sfruttamento ma già dal denaro come regola sovradeterminata dell’antagonismo prodotto dallo sfruttamento; non dal denaro come forma esclusiva di espressione di valore ma dal processo di socializzazione del capitale come suo presupposto. L’antagonismo di classe sta alla base di tutto il processo, ed il rapporto di sfruttamento rappresenta il contenuto dell’equivalente monetario, quanto il segno della sua crisi: è infatti la crisi che permette di cogliere questo fondamento (che non è altro dal rapporto sociale di capitale). Con ciò, il capitale è, da principio, disarcionato dal suo potere. “È assolutamente necessario che gli elementi violentamene separati, che sono essenzialmente omogenei, attraverso una violenta eruzione si mostrino come scissione di qualcosa che è essenzialmente omogeneo. L’unità si ristabilisce violentemente. Quando la scissione estrema porta ad eruzioni, gli economisti additano l’ unità essenziale e astraggono dall’alienazione” (Grundrisse, I, p. 68).

Non si può non essere d’accordo con Terrell Carver quando, nel suo articolo “Marx’s conception of alienation in the Grundrisse”, stabilisce con grande eleganza la connessione fra le varie forme linguistiche che (attorno al fondamentale concetto di “alienazione”) rappresentano la “scissione” operata dallo sfruttamento e indica la struttura critica economico-politica che quella scissione segnala; quindi la macchina antagonista che organizza la cellula elementare di questo rapporto. (E non si può non essere d’accordo nella sostanziale ricomposizione che egli opera delle varie formule usate da Marx, lungo tutto il corso della sua attività, per esprimere, appunto, quella cellula elementare). È alla stessa maniera che si deve apprezzare il disegno che percorre il capitolo di Joachim Bischoff e Christoph Lieber, “The concept of value in modern economy: on the relationship between money and capital in Grundrisse”. Perché qui la macchina antagonista del plusvalore (pv) – ovvero la legge del valore come legge dello sfruttamento – è vista agire come struttura plurale e dinamica di ricomposizione produttiva del processo di accumulazione capitalista e di comando sopra gli antagonismi che in esso insorgono. Struttura dinamica – perché solo nel capitalismo le relazioni di dominio riescono a funzionare progressivamente, mistificando lo sfruttamento in termini di produzione di ricchezza. Quanto al valore di scambio, esso non è semplice segno di circolazione ma motore di produzione; e le forme borghesi di soluzione del conflitto di classe rappresentano un universo ontologicamente consistente – tutto ciò contro ogni concezione catastrofista, contro ogni pretesa di autodistruzione o semplicemente nella prospettiva di una decrescita necessaria dello sviluppo capitalista. Ma, dall’altra parte, struttura plurale: la legge del valore funziona infatti anche come strumento fondamentale nel regolare la competizione (mercantile). Marx è ben lontano da ogni illusione che il mercato funzioni solo in termini ideali. No, il mercato c’è (ed oggi, aggiungo, il funzionamento del capitale finanziario lo dimostra abbondantemente); non ci sono invece quei mostri sempre reinventati e sempre riproposti per generare impotenza nei lavoratori: un capitalismo monopolistico di Stato (che tutto stringe e comanda) e neppure un capitale sociale che sempre ricompone e sussume in forma totalitaria ogni singolare processo di accumulazione. Il capitale non è un Leviathan ma un “rapporto sociale”, subordinato alla lotta di classe. Nella legge del valore si articolano quindi scambi ed equivalenze, scontri e progressioni – in maniera sempre plurale ed antagonista. È questo antagonismo che definisce la legge del valore – e cioè la mostra non come un modello di misura temporale ma come rapporto sempre inconcluso fra potere di accumulazione del capitale e potenza produttiva del lavoro vivo.

5. Il tentativo più esplicito di dare ai Grundrisse un carattere innovativo che renda l’insegnamento marxiano adeguato all’analisi del presente è, nel volume che consideriamo, quello di Moishe Postone, “Rethinking Capital in light of the Grundrisse”. L’attacco al “marxismo tradizionale”, è noto come Postone lo conduce: egli ritiene che il marxismo tradizionale consideri il lavoro come standpoint della critica del capitale; propone invece di considerare il percorso critico marxiano nel rapporto contradditorio che si stringe fra le forme della vita sociale e le forme di ricchezza: esse procedono insieme e insieme vengono modificandosi. Le pagine del “Frammento sulle macchine” dei Grundrisse vengono assunte come chiave di volta della dimostrazione: la legge del tempo-misura del valore viene infatti meno nella trasformazione tecnologica che segue al modo di produzione della “grande industria” (l’ultimo a lui noto). La gerarchia che si stendeva tra il lavoro manuale e lavoro intellettuale, e la qualità produttiva e valorizzante di queste figure della forza lavoro, man mano si rovesciano nel corso della rivoluzione tecnologica, e la legge del valore finisce per essere utilizzata come arma ideologica nella gestione politica del capitale da parte della borghesia. Ecc., ecc.. Insomma, nella polemica contro il marxismo tradizionale, sembra di sentir recitata parte della Bibbia del postoperaismo, quella analitica. Altrettanto vale quando Postone analizza le categorie marxiane utilizzate nei Grundrisse ed insiste nel considerarne il carattere come specificamente storico e tendenziale.

Più dubbio diviene il discorso di Postone quand’egli – accentuando la “duplicità” delle categorie marxiane (quella di forza-lavoro come capitale variabile o come classe, è esemplare) – pretende che non vi sia soluzione strutturale (rivoluzionaria?) al determinarsi storico della “sussunzione reale” della società nel capitale. Già Panzieri e Tronti (alla fine degli anni ’50) sottolineavano questa situazione, denunciando in essa un “incantesimo del metodo” (dualistico, dialettico negativo) e un conseguente “blocco della ricerca”. Se tutto è stato assorbito nel capitale, come si definisce la determinazione rivoluzionaria, come sorge la “diversità essenziale” della classe? Postone risponde che la sola conclusione di questo sviluppo logico consiste nella catastrofe (ma anche, paradossalmente, nella realizzazione) finale dello sviluppo capitalistico: l’estinzione del proletariato ne seguirà. Occorre purtroppo osservare che con ciò si estingue anche l’apporto di Postone al rilevamento delle novità introdotte dai Grundrisse – l’incontro con le tesi dell’operaismo sfiorisce nel rinnovamento dell’orizzonte, a volte pessimistico, a volte utopico, della scuola di Francoforte! In che cosa consiste questo punto di vista? Nella convinzione, senza sosta ripetuta, che le contraddizioni strutturali del capitale non possono essere ricondotte ai conflitti di classe. Qui non abbiamo più a che fare con il “marxismo tradizionale” ma, puramente e semplicemente, con la filosofia socialdemocratica. Qui si perde l’elemento più specifico del marxismo dei Grundrisse – la sua determinazione ontologica, espressa sempre da nuove forme di soggettività di classe. Fuori di ogni determinismo tecnologico, proprio in nome delle forme di vita che l’analisi di volta in volta assume nella ricerca, risorge infatti la potenza trasformatrice della lotta di classe. Nella sussunzione reale della società nel capitale – insegna il futurismo marxiano dei Grundrisse – si rivela la nuova qualità della soggettività rivoluzionaria: General Intellect in quanto parte del capitale, da un lato; e dall’altro, moltitudine (e cioè insieme cooperativo di singolarità sociali produttive) in quanto classe che rompe il “blocco” dell’attività rivoluzionaria – qui si ritrova, trasformata, la duplicità ontologica della forza lavoro.

Non è infatti possibile – stabilizzata la condizione analitica fissata dai Grundrisse, nel presente della sussunzione reale della società – pensare un dislocamento dell’analisi, un suo salto in avanti, che non sia legato ad una forza, ad un soggetto che questo salto opera. Così finisce davvero quella dialettica che, come Althusser aveva ben visto, castrava il progetto rivoluzionario. Solo la soggettività politica di classe, non come elemento esterno allo sviluppo del capitalismo ma come forza che si muove “dentro e contro” il capitale – insegnano i Grundrisse – permette infatti di leggere al presente la lotta di classe contro il denaro-capitale-crisi.

Categories
Reviews

Alfio Neri, Carmilla. Letteratura, immaginario e cultura d’opposizione

Ripensare Marx e i marxismi

Il modo di leggere Marx è cambiato negli ultimi anni. Gli scritti sono (quasi) sempre quelli ma sono intervenuti due fattori nuovi che hanno cambiato molte cose. Innanzitutto, i nuovi equilibri geopolitici hanno reso obsolete le letture legate agli schieramenti della guerra fredda.

Inoltre siamo molto vicini alla (speriamo) definitiva edizione delle opere complete di Marx ed Engels. In questo momento, l’intricata matassa dei testi pubblicati in vita (pochi) e delle opere rimaste manoscritte (tante) è ora, finalmente, disponibile. La fine della guerra fredda e la pubblicazione integrale di tutto (o quasi) quello che Marx ha scritto ci permettono di leggere in modo nuovo l’intera sua opera. Il punto di partenza è, comunque, un paradosso: in settanta anni il paese del socialismo scientifico non ha avuto il tempo di terminare un’edizione filologicamente scientifica delle opere complete del suo massimo ispiratore.

Negli ultimi anni è stato fatto molto per sbrogliare l’intricata matassa degli scritti di Marx e il lavoro filologico di Musto è uno dei più interessanti. Sulla base delle recenti acquisizioni ottenute con la nuova edizione storico-critica delle opere complete di Marx ed Engels (Marx-Engels-Gesamtausgabe, MEGA), Musto ricostruisce con rigore e acume tutta una serie di tappe della biografia intellettuale di Marx e della sua opera. Questo lavoro di attenta lettura mette in luce l’enorme distanza tra la teoria critica di Marx e il dogmatismo dei marxismi che, dalla fine Ottocento ad oggi, sono seguiti. Si tratta di un lavoro importante che sta aprendo nuove prospettive di notevole spessore teorico.

La chiave di volta della vicenda sta, probabilmente, nella straordinaria vicenda della pubblicazione dei suoi scritti. La storia edizione dell’opera omnia di Marx, su adeguati criteri filologici, è sconcertante. Il primo tentativo, assolutamente prometeico, si ebbe dopo la Rivoluzione Russa e terminò con la deportazione e la morte di Rjazanov, il suo principale curatore. Ripeto, nel paese della dittatura del proletariato, il filologo che curava la pubblicazione del suo massimo teorico, scomparve in un campo di concentramento verso la fine degli anni Trenta, dopo avere iniziato il suo lavoro. La pubblicazione delle opere complete di Marx ed Engels fu ritentata con l’apporto della Germania dell’Est negli anni Sessanta. Dopo una breve interruzione legata al crollo del sistema sovietico, l’edizione delle opere complete sta chiudendosi ora con la pubblicazione degli ultimissimi inediti (sulle vicissitudini della pubblicazione cfr. pp. 189-202, sulle ultime acquisizioni cfr. pp. 205-216).

Qualche problema era sorto fin dall’inizio. La contingenza storica è sicuramente presente. Chiaramente hanno influito lo stalinismo, il crollo dell’Urss ma anche le lotte ai vertici della socialdemocrazia tedesca. Però una parte importante di questo ritardo risiede, anche, nella profonda incompiutezza dell’opera. Marx aveva una prospettiva teorica titanica. Rispetto al lavoro svolto, le opere pubblicate in vita furono poche. Alla sua morte, gli scritti incompiuti erano molti, ma molti di più, di quelli pubblicati in vita. Vista nel suo insieme l’opera è immensa ma soprattutto è drammaticamente incompiuta, frammentaria e talvolta contraddittoria. Lo sforzo di comprensione di Marx terminò per la scomparsa dell’uomo empirico, non perché il suo pensiero avesse trovato la quiete.

Ripetiamolo, Marx aveva in mente un piano di ricerca colossale. Di questo progetto ne fu portata a termine solo un’esigua parte. Dopo la sua morte, Engels cercò di costruire, in modo redazionale, un’opera quanto più possibile organica. Per farlo provò a legare fra loro un’ampia serie di redazioni non definitive scritte in tempi diversi. Engels era in buona fede e anche per questo i suoi contemporanei diedero credito a questa lettura unitaria. Inoltre questi materiali erano in genere dei frammenti molto voluminosi con un elevato livello d’elaborazione teorica a cui mancava un’intelaiatura generale. Insomma quello che Engels diceva di Marx sembrava ragionevole.

Engels aveva in mente un approccio dialettico e positivista. Attorno a questa impostazione presentava e organizzava le opere del suo grande amico. Questo modello teorico, una forma non banale di materialismo dialettico, aveva il grande vantaggio di essere molto vicino alle scienze naturali dell’epoca. Aveva però anche il difetto di legare in un insieme falsamente omogeneo frammenti di epoche diverse fra loro in parziale contrasto. Di fatto il suo lavoro redazionale (e anche lo spirito della sua epoca) fecero leggere l’opera del suo amico dentro un’ottica positivista abbastanza lontana da molta parte della sua produzione.

Negli anni seguenti, il pensiero di Marx venne diffuso sulla base di opuscoli, sintesi e compendi che erano a loro volta il prodotto di riassunti di edizioni ampiamente rimaneggiate e censurate. Banalizzata per ottenere un effetto propagandistico, la forma manualistica utilizzata si traduceva in un grave impoverimento del patrimonio teorico originario. Il risultato fu una teoria schematica ed elementare, un evoluzionismo intriso di determinismo economico che, già ai primi del Novecento, era incapace di comprendere la propria epoca. Dopo molte vicende, il paradosso assoluto fu raggiunto in epoca staliniana. Le trasformazioni politiche e sociali e la lotta ai vertici del partito stabilizzarono una teoria dogmatica, assolutamente inflessibile. Questo monolite diceva di ispirarsi all’opera di un autore i cui scritti erano non pubblicati e che il regime, che a lui si ispirava in modo ferreo e indiscutibile, prudentemente non rendeva pubblici per evitare spiacevoli discussioni. In questi anni Marx cessò di essere una proficua guida per l’azione per diventare una sistematica giustificazione a posteriori dei satrapi di turno.

Oggi, l’edizione su adeguati criteri scientifici delle opere complete di Marx ci permette di rileggere tutta la storia del marxismo con occhi diversi. La distanza rende possibile vedere le stesse cose con un diverso punto di vista e formulare nuove questioni a vecchi problemi. Inoltre oggi, finalmente, abbiamo sotto gli occhi (quasi) tutto quello che Marx aveva scritto; gli scritti troppo rivoluzionari che i vertici della socialdemocrazia tedesca avevano occultato e quelli poco marxisti che l’URSS staliniano non aveva mai avuto il coraggio di pubblicare.

La tesi di fondo di Musto è che Marx non è un autore monolitico. Ci sono molti temi ricorrenti ma non c’è un’intuizione straordinaria molto precoce che si sviluppa in modo lineare nel corso del tempo. Al contrario, Marx è un autore plurale, dominato da vari interessi che si evolvono nel corso del tempo; un autore non dogmatico che in momenti diversi ha opinioni differenti su importanti questioni teoriche. Come studioso incontra l’economia politica dopo avere studiato la filosofia, la storia, il diritto. Come rivoluzionario vive vicende personali drammatiche fino a che si trova in esilio a Londra, nel punto nevralgico del capitalismo. Pensa di tornare appena possibile alle lotte, poi esaurito il ciclo del quarantotto, inizia a studiare il mondo nuovo che si sta formando. Marx nella disgrazia ha anche fortuna perché il caso lo ha portato nel centro del capitalismo mondiale. Poteva finire ucciso sulle barricate, prigioniero in carcere, dimenticato in un qualche lavoro impiegatizio negli Stati Uniti e invece diventa uno dei più importanti pensatori di tutti i tempi.

Anche teoricamente molte cose sono ancora da studiare. Fino a pochi decenni fa, il gigantesco lavoro di scavo fatto nei lunghi anni che precedono la pubblicazione del primo libro de Il capitale era ancora ignoto. In quegli anni oscuri Marx affrontava questioni e problemi e offriva soluzioni provvisorie in seguito ampiamente rielaborate. In questo senso, tutta l’opera è da considerarsi come una rete di riflessioni fra loro inter-comunicanti. L’idea di Engels, quella di una via a senso unico che termina in un’unica teoria monolitica, è in contrasto con storia del testo che mostra invece un’enorme varietà di analisi.

Sono importanti anche le acquisizioni filologiche che si sono accumulate negli ultimi decenni. I Manoscritti economico-filosofici del 1844 non sono un’opera a sé stante ma solo una serie di quaderni di appunti parzialmente incompleta (ne manca uno). Questi scritti furono pubblicati congiuntamente nello stesso volume dando l’impressione di essere le bozze di un libro destinato alla pubblicazione dallo stesso Marx (cfr 45-77). L’edizione venne fatta all’inizio dell’era staliniana e precedette di qualche anno l’eliminazione fisica di Rjazanov, il curatore. Questo testo fittizio ebbe una storia molto importante perché la sua fortuna fu essenzialmente politica. Per decenni fu l’arma teorica usata dalla sinistra antistalinista per contrapporsi, in un’ottica rivoluzionaria, al Marx de Il capitale, all’epoca egemonizzato da una lettura determinista e sostanzialmente staliniana (cfr. pp. 225-272).

Qualcosa di simile si può dire anche de L’ideologia tedesca. Per prima cosa va detto che non è un testo unitario. Diede questa impressione perché fu pubblicato in un unico volume. In realtà si trattava di saggi separati che avevano delle importanti connessioni interne. Inoltre l’assenza di altre rielaborazioni filologiche contribuì molto a dare questa falsa impressione di unitarietà. Al contrario, il lavoro degli ultimi decenni ha evidenziato una serie di seri problemi testuali, ad esempio, come la presenza di alcuni brani che, probabilmente, non sono di Marx. Si tratta di fogli volanti inseriti nel manoscritto (potevano sembrare degli incisi) la cui provenienza era assolutamente incerta.

Complessivamente il lavoro filologico è andato molto avanti ma non è terminato. Anche quando i testi sono adeguatamente ricostruiti lo sforzo di interpretazione non è detto che abbia già dato tutti i risultati possibili. Per esempio è già venuto il momento di procedere ad una nuova edizione dei Grundrisse (un punto di partenza lo offre lo stesso Musto alle pp. 76-105 ma anche alle pp. 151-186). Un’altra questione da riprendere in mano è quella delle crisi periodiche del capitalismo visto che Marx non scrive mai esplicitamente che il capitalismo è destinato a crollare. La questione è importante perché la teoria del crollo, la tesi della fine incombente della società capitalistico-borghese, fu proclamata dalla seconda internazionale l’essenza più intima del socialismo scientifico. «Le affermazioni di Marx volte a delineare i principi dinamici del capitalismo e, più in generale, a descriverne la tendenza di sviluppo, furono trasformate in leggi storiche universalmente valide, dalle quali fare discendere, sin nei minimi particolari, il corso stesso degli eventi» (p.193). Di fatto la fine del capitalismo, che per Marx era desiderabile, per i marxisti, diventa “scientificamente inevitabile”. Rimanendo sempre sul terreno de Il capitale, occorre ancora esaminare nel dettaglio i cinquemila (5.000!) interventi che il vecchio Engels opera sul secondo libro del capitale. Molti interventi sono semplici correzioni ma la quantità è assolutamente enorme. Non voglio tediare. Dico solo che, altre volte, il lavoro di individuazione del testo ha permesso di mettere in evidenza che certe cose che sembravano scontate in realtà non lo erano.

Un capitolo interessante riguarda le traduzioni italiane del Manifesto del partito comunista. Per tutti gli anni Ottanta dell’Ottocento, Marx fu un autore quasi ignoto in Italia (in ogni caso il leader anarchico Carlo Cafiero pubblicò nel 1879 il Compendio del Capitale di Marx come strumento teorico di formazione politica). La prima traduzione fu de il Manifesto è del 1889. Si trattava di un lavoro di bassa qualità di Leonida Bissolati, una specie di popolarizzazione del testo di Marx con alcuni brani tradotti letteralmente. Nel 1891 l’importante leader anarchico Pietro Gori pubblicò presso Flaminio Fantuzzi, un editore anarchico, una traduzione in italiano di un’edizione francese del 1885. Solo l’anno dopo uscì la traduzione del Manifesto del partito comunista di Pompeo Bettini fatta su un edizione tedesca del 1883. Questa traduzione, più volte ristampata nei decenni seguenti, fu l’edizione di riferimento del marxismo italiano tanto da dare avvio al processo di formazione della terminologia marxista italiana. La vicinanza di queste date indica che fino alla fine dell’Ottocento la contrapposizione anarchici/marxisti era molto meno marcata di quanto non si creda oggi. Pietro Gori, uno dei massimi leader anarchici dell’epoca, traduceva il Manifesto per usarlo come strumento di propaganda anarchica. Anche qui non vorrei insistere troppo. Mi sembra evidente che lo stereotipo della contrapposizione frontale sia palesemente da abbandonare.

Di quel Marx a cui molti fra noi erano abituati, rimane molto. Il testo (meglio, i testi) sono ancora quasi tutti lì. La vera novità è che hanno preso la forma enigmatica del frammento. Gli spunti si moltiplicano. Le ipotesi di lavoro e le soluzioni prendono nuove forme. Non si è più di fronte al barbuto granitico personaggio delle piazze sovietiche che presidiava alla purezza di una dottrina inattaccabile, scientifica e assolutamente certa. Finito il dogmatismo rimane il Marx insuperato critico del capitalismo e anche, paradossalmente, il teorico del socialismo che ripudia anche l’idea di un “socialismo di Stato”. La mia netta impressione è che il meglio delle prossime letture debba ancora venire. Il lavoro di Musto è un concreto passo in avanti in questa direzione.