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Marx definió al Estado como un poder de servidumbre social y una fuerza que impide la plena emancipación del individuo

La publicación en castellano del libro de Marcello Musto, Karl Marx, 1881-1883. El último viaje del Moro (México, Siglo XXI, 2020) y su traducción reciente al catalán (L’últim Marx. Una biografia política, Tigre de Paper, 2021) han reabierto el debate sobre el último período de la vida y la obra de Marx. La buena recepción de este libro en varios países –publicado en italiano en 2016, ya ha sido traducido en 15 idiomas– parece mostrar un renovado interés por nuevas lecturas de la obra del revolucionario alemán. Entrevistamos a Marcello Musto, autor de numerosos libros sobre la obra de Marx y catedrático de Sociología en la Universidad de York (Toronto).

¿A qué crees que se debe este retorno a la obra de Marx a comienzos del siglo XXI? ¿Y por qué concentrarnos ahora en el último período de su vida?

En los últimos años de su vida, Marx profundizó muchas cuestiones que, aunque a menudo subestimadas, o incluso ignoradas por los estudiosos de su obra, adquieren una importancia crucial para la agenda política de nuestro tiempo. Entre ellas está la ecología, la libertad individual en la esfera económica y política, la emancipación de género, la crítica al nacionalismo y las formas de propiedad colectiva no controladas por el Estado.

Además, Marx investigó a fondo las sociedades extra-europeas y se expresó sin ambages contra los estragos del colonialismo. Es un error sugerir lo contrario. Esto se ha hecho evidente gracias a los manuscritos inacabados de Marx, recién publicados por la edición histórico-crítica de sus obras completas – la Marx-Engels Gesamtusgabe (MEGA2)–, a pesar del escepticismo que todavía está de moda en ciertos sectores académicos. Así, treinta años después del fin de la Unión Soviética, es posible leer a un Marx muy distinto del teórico dogmático, economicista y eurocéntrico que ha sido criticado, durante tantos años, por quienes no habían leído su obra o lo habían hecho solo superficialmente.

Casi todas las biografías intelectuales de Marx publicadas hasta hoy han dado un peso excesivo al examen de sus escritos de juventud. Durante mucho tiempo, la dificultad de examinar los estudios de los últimos años de su vida ha obstaculizado el conocimiento de los importantes logros que él alcanzó. Todos los biógrafos de Marx han dedicado muy pocas páginas a su actividad después de la disolución de la Asociación Internacional de Trabajadores, en 1872, y han utilizado casi siempre el título genérico de “la última década” para resumir esta parte de su existencia, en lugar de profundizar en lo que realmente hizo durante ese período. Mi libro pretende contribuir a llenar este vacío.

 

Poniendo el foco en “el último Marx”, ¿qué aportan sus cuadernos sobre las sociedades precapitalistas y sus estudios etnológicos?

Entre 1881 y 1882, Marx hizo notables progresos teóricos en relación con la antropología, los modos de producción precapitalistas, las sociedades no occidentales, la revolución socialista y la concepción materialista de la historia. Él consideraba que el estudio de nuevos conflictos políticos y de nuevos temas y zonas geográficas era fundamental para su crítica del sistema capitalista. Esto le permitió abrirse a nuevas especificidades nacionales y considerar la posibilidad del desarrollo del movimiento comunista en formas diferentes de las que había pensado anteriormente.

Los denominados Cuadernos antropológicos de 1881 –que son una colección de resúmenes comentados del libro La sociedad antigua (1877) del antropólogo estadounidense Lewis Morgan y de otros textos de historia y de antropología– representan una de las investigaciones más significativas del período final de su vida. Este trabajo permitió a Marx adquirir información particularizada sobre las características sociales y las instituciones del pasado más remoto, que no estaban aún en su posesión cuando había publicado El capital, en 1867. Marx no se ocupó de la antropología por mera curiosidad intelectual, aunque sí con una intención exquisitamente teórico-política. Quería reconstruir, sobre la base de un correcto conocimiento histórico, la secuencia con la cual, en el curso del tiempo, se habían sucedido los diferentes modos de producción. Ésta le servía también para dar fundamentos históricos más sólidos a la posible transformación de tipo comunista de la sociedad.

Persiguiendo este objetivo, Marx se dedicó al estudio de la prehistoria, del desarrollo de los vínculos familiares, de la condición de las mujeres, del origen de las relaciones de propiedad, de las prácticas comunitarias existentes en las sociedades precapitalistas, de la formación y la naturaleza del poder estatal y del rol del individuo en la sociedad. Entre las consideraciones más sugerentes están sus notas sobre la acumulación de riqueza, donde se indicaba que “la propiedad privada de casas, tierras y rebaños está vinculada con la familia monógama”. Como se había argumentado ya en El Manifiesto del partido comunista (1848), esto representaba el punto de partida de la historia como “historia de la lucha de clases”.

También Marx prestó gran atención a las consideraciones de Morgan sobre la emancipación de las mujeres. El antropólogo americano había afirmado que las sociedades antiguas fueron más progresistas que las contemporáneas en cuanto al trato y al comportamiento hacia las mujeres. En la Antigua Grecia, el cambio de la descendencia por línea femenina a la masculina fue perjudicial para la posición y los derechos de la mujer y Morgan evaluó muy negativamente este modelo social. Para el autor de La sociedad antigua, los griegos seguían siendo “bárbaros, en el apogeo de su civilización, en el tratamiento del sexo femenino. La inferioridad les era inculcada como un principio, hasta el punto de que llegó a ser aceptada como un hecho por las mujeres mismas”. Pensando en contraste con los mitos del mundo clásico, en los Cuadernos antropológicos Marx agregó un agudo comentario: “La situación de las diosas del Olimpo muestra reminiscencias de una posición anterior de las mujeres. Más libre e influyente. La ansiosa de poder Juno, la diosa de la sabiduría que nace de la cabeza de Zeus”.

 

Quizás el único tema que se conoce del “último Marx” es el debate sobre la comuna rural rusa. ¿Es una muestra del pensamiento dialéctico, anti teleológico de Marx? ¿Cuáles fueron sus principales fuentes teóricas en este caso?

A partir de 1870, después de haber aprendido a leer en ruso, Marx se puso a estudiar muy seriamente los cambios socioeconómicos que acontecieron en Rusia. Así se produjo un encuentro fundamental con la obra de Nikolái Chernishevski –la principal figura del populismo (expresión que, en el siglo XIX, tenía sentido izquierdista y anticapitalista) de aquel país. Al estudiar la obra de Chernishevski, Marx descubrió ideas originales acerca de la posibilidad de que, en algunas partes del mundo, el desarrollo económico saltara el modelo productivo capitalista y las terribles consecuencias sociales que había tenido para la clase trabajadora de Europa occidental. Chernishevski había escrito que un fenómeno social cualquiera no tiene que atravesar necesariamente todos los momentos lógicos en la vida real de todas las sociedades. Por lo tanto, las características positivas de la comuna rural (obschina) debían ser preservadas, pero solo podrían asegurar el bienestar de las masas campesinas si se insertaban en un contexto productivo diferente. La obschina solo podría contribuir a una etapa incipiente de la emancipación social si se transformaba en el embrión de una organización social nueva y radicalmente distinta. Sin los descubrimientos científicos y las adquisiciones tecnológicas asociadas al ascenso del capitalismo, la obschina nunca se transformaría en un experimento de cooperativismo agrícola verdaderamente moderno. Sobre esta base, los populistas plantearon dos objetivos para su programa: impedir el avance del capitalismo en Rusia y utilizar el potencial emancipatorio de las comunas rurales preexistentes.

Aunque esto es desconocido por la mayoría de los estudiosos de Marx, la obra de Chernishevski fue muy útil para el autor de El capital. Cuando, en 1881, Vera Zasulich le preguntó si la obschina estaba destinada a desaparecer o había podido ser transformada en una forma de producción socialista, Marx tenía una visión muy crítica sobre los procesos de transición de las formas comunales del pasado hacia el capitalismo. Por ejemplo, al referirse a India, él afirmó que lo único que los británicos lograron fue “arruinar la agricultura nativa y duplicar la cantidad de hambrunas y su gravedad” y Marx no consideraba al capitalismo como una etapa obligatoria para Rusia. Él no pensaba que la obschina estaba predestinada a seguir el mismo destino que otras formas similares de Europa occidental en siglos anteriores, donde la transición de una sociedad fundada en la propiedad comunal a una sociedad fundada en la propiedad privada había sido más o menos uniforme. Al mismo tiempo, Marx no había alterado su juicio crítico de las comunas rurales rusas y, en su análisis, la importancia del desarrollo individual y de la producción social, al fin de construir una sociedad socialista, permaneció intacta. Para Marx las comunas rurales arcaicas no eran un foco de emancipación más avanzado para el individuo que las relaciones sociales que existían dentro del capitalismo.

 

Este debate se ha interpretado de variadas formas. Por ejemplo, desde una lectura “tercermundista” se ha propuesto un Marx que en sus últimos años rompe consigo mismo y cambia de sujeto revolucionario. ¿Cuál es su opinión sobre estas lecturas?

En los borradores de la carta a Vera Zasulich no existen indicios de un quiebre dramático de Marx con sus posturas anteriores, como han creído detectar algunos estudiosos como Haruki Wada y Enrique Dussel. Tampoco se puede compartir la mirada de los autores que han sugerido una lectura “tercermundista” del Marx tardío, según la cual los sujetos revolucionarios ya no son los obreros fabriles sino las masas del campo y la periferia.

En concordancia con sus principios teóricos, Marx no sugirió que Rusia u otros países donde el capitalismo todavía estaba infradesarrollado tuviesen que transformarse en el foco primordial de un estallido revolucionario. Ni tampoco pensaba que las naciones con un capitalismo más atrasado estuviesen más cerca del objetivo del socialismo que aquellos caracterizados por un desarrollo productivo más avanzado. En su opinión, no se debían confundir las rebeliones o luchas por la resistencia esporádicas con el establecimiento de un nuevo orden socioeconómico basado en el socialismo. La posibilidad que él había considerado en un momento muy particular de la historia de Rusia, cuando se dieron condiciones favorables para una transformación progresiva de las comunas agrarias, no podía elevarse al estatus de modelo general. Ni en la Argelia dominada por los franceses, ni en la India británica, por ejemplo, se observaban las condiciones especiales que Chernishevski había identificado, y la Rusia de principios de la década de 1880 no podía compararse con lo que pudiese llegar a ocurrir allí en tiempos de Lenin. El nuevo elemento en el pensamiento de Marx consistió en una apertura teórica, cada vez mayor, que le permitió contemplar otros caminos posibles al socialismo que anteriormente no había considerado seriamente o que había considerado inalcanzables.

Las consideraciones de Marx sobre el futuro de la obschina se encuentran en las antípodas de la equiparación del socialismo con las fuerzas productivas, una concepción marcada por tintes nacionalistas y simpatías colonialistas que se hizo presente en la Segunda Internacional y los partidos socialdemócratas. También difieren en gran medida del supuesto “método científico” de análisis social preponderante en el marxismo-leninismo del siglo XX.

La ausencia de cualquier tipo de rígido esquematismo y la capacidad de desarrollar una teoría revolucionaria dúctil –y nunca separada de su contexto histórico– es útil no sólo para una mejor comprensión del pensamiento de Marx, sino también para recalibrar la brújula de la acción política de las fuerzas de la izquierda transformadora contemporánea.

 

Al final de su vida, ya bastante enfermo, Marx hizo un viaje a Argelia, poco conocido en su biografía. ¿Qué aporta la mirada de Marx desde allí?

En un intento extremo por curar su enfermedad pulmonar, en busca de un clima templado, Marx llegó a África en febrero de 1882. Se estableció por 72 días en Argel y este fue el único período de su vida que pasó fuera de Europa.Lamentablemente, casi ningún biógrafo de Marx ha prestado particular atención a este viaje.

Las terribles condiciones de salud impidieron a Marx comprender a fondo la realidad argelina. Ni siquiera, como deseaba, le fue posible estudiar las características de la propiedad común entre los árabes. Él ya se había interesado por este tema en el curso de sus estudios sobre la propiedad agraria y las sociedades precapitalistas, que había iniciado en 1879. Entonces escribió que la individualización de la propiedad de la tierra, realizada a lo largo del dominio francés, había procurado no sólo un enorme beneficio económico a los invasores, sino también había favorecido el objetivo político de destruir las bases de la sociedad argelina.

Marx estaba muy afligido por haber tenido que abandonar, de manera forzosa, cualquier tipo de actividad intelectual laboriosa. Sin embargo, a pesar de sus dolencias, entre las observaciones más interesantes que logró resumir en las cartas redactadas en Argel destacan aquellas contra el colonialismo europeo. Él atacó furibundamente los violentos atropellos y las repetidas provocaciones de los franceses frente a cada acto de rebelión de la población local, subrayando que, en relación con los daños producidos por las grandes potencias en la historia de las ocupaciones coloniales, los británicos y los holandeses habían sido aún peores.

 

Para terminar: en los últimos años, Marx sigue abocado a la polémica con aquellos que piensan que es posible democratizar el Estado capitalista. ¿Qué piensas?

Al final de su vida, Marx volvió a estudiar el origen y las funciones del Estado. A través de los estudios del antropólogo Morgan y criticando al historiador británico Henry Maine, Marx se dedicó al análisis del papel desarrollado por el Estado en la fase de transición “de la barbarie a la civilización” y a las relaciones entre individuo y Estado. Las últimas anotaciones de Marx a propósito fueron en continuidad con sus elaboraciones más significativas del pasado. En De la crítica de la filosofía hegeliana del derecho público, de 1843, Marx había escrito que los franceses estaban en lo correcto al afirmar que “el Estado político tiene que desaparecer en la verdadera democracia” y en La guerra civil en Francia, publicada en 1871, él había representado el poder estatal como la “fuerza pública organizada para la esclavización social” o como la “máquina del despotismo de clase”.

De manera similar, en los Cuadernos antropológicos de 1881, Marx definió al Estado como un poder de servidumbre social y una fuerza que impide la plena emancipación del individuo. Además, en estos estudios muy poco conocidos, él insistió sobre el carácter parasitario y transitorio del Estado: “la existencia, supuestamente suprema e independiente, del Estado no es más que una apariencia. El Estado, en todas sus formas, es una excrecencia de la sociedad. Incluso su apariencia no se presenta hasta que la sociedad ha alcanzado un cierto grado de desarrollo y desaparecerá de nuevo en cuanto la sociedad llegue a un nivel hasta ahora inalcanzado”.

Estas reflexiones parecen muy alejadas de nuestro tiempo y de la necesidad de la intervención del Estado para mitigar el dominio indiscutible del mercado. Sin embargo, nunca hay que olvidar que la sociedad socialista teorizada por Marx no tiene nada que ver con el estatismo de los llamados “socialismos reales” del siglo XX y que Marx siempre dirigió una crítica aspérrima contra la izquierda que quisiera gobernar contentándose con hacer meros paliativos a las directrices económicas y sociales del liberalismo. También por esta razón, Marx sigue siendo indispensable para todos los que luchan por reconstruir una alternativa emancipadora y su crítica política del comunismo de Estado y de los socialismos compatibles con el liberalismo no es menos importante que su crítica económica del modo de producción capitalista.

 

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Kevin B. Anderson, New Politics. An Independent Socialist Journal

Marx’s last years, when he famously failed to complete all the volumes of Capital, were for a long time viewed as a period of illness and even senescence, even though he was only 64 years old at his death in 1883. Since the 1980s, however, this period has received increasing attention, centering on two areas of intense contemporary concern: gender and the family, and Indigenous and village communities at the peripheries of capitalism. The first of these issues was brought to light through Engels’s Origin of the Family, Private Property, and the State, published a year after Marx’s death on the basis of his notes on the Darwinian anthropologist Lewis Henry Morgan. For better or worse, Engels’s book is still considered in many quarters to be the classic Marxist treatise on the subject. The second of these topics was known through Marx’s 1881 letter to Russian revolutionary Vera Zasulich — and the lengthy notes he made at the time — on Russia’s communal villages as a possible source of resistance to capital and as a building block for a communist future. But few were aware of the full extent of Marx’s research on which these two texts, one of them not even written by Marx, were based.
After the publication by Lawrence Krader in the 1970s of Marx’s Ethnological Notebooks and other notebooks from his last years, interest in the Late Marx slowly increased. A few feminist Marxists like Raya Dunayevskaya and Adrienne Rich in the 1980s, and later, Heather Brown, engaged Marx’s notes on gender and the family and found them more nuanced and complex than the perspectives of Engels, who tied gender oppression in reductive fashion to the rise of private property and the state. Others in the 1970s-1980s like Hans-Peter Harstick, Teodor Shanin and, again, Dunayevskaya — and later on David Norman Smith and this writer, among others — developed notions of the late Marx as a global, anti-colonial, and multilinear thinker. They did so based upon the notes on Russia that surrounded the Zasulich letter and a wide range of other unpublished notes on communal villages and Indigenous communities in South Asia, North Africa, and the Americas.
Marcello Musto’s intellectual biography enriches the discussion of the late Marx, here in an attempt to examine systematically the entirety of Marx’s intellectual concerns and projects during his last years, roughly 1875-1883. The book departs somewhat from the usual focus of an intellectual biography by covering Marx’s illnesses and the toll he suffered from the death of his spouse and collaborator Jenny Marx in late 1881, and then that of his daughter Jenny Longuet in early 1883. But as Musto constantly reminds us, Marx soldiered on with his scholarly and political projects until the very end. Thus, even after months of convalescence in Algeria and elsewhere in 1882 as ordered by physicians, a case of pleurisy, and other travails, Marx nonetheless resumed serious intellectual work in late 1882, only months before his death. This included notes on physics, ecology, and British imperialist designs on Egypt.
The book’s title, specifying the years 1881-1883, is a bit misleading, but this is all to the good, as it is hard to grasp Marx’s very last years without looking at the late 1870s as well. The period 1879-81 is the focus of the first and strongest chapter in the book, “New Research Horizons.” Here, Musto recounts Marx’s notes in his last years on a number of studies in the natural sciences, especially chemistry, and mathematics. All this research took place, he notes, during the same period as one of Marx’s key texts in the critique of political economy: his 1880 notes on the academic socialist economist Adolph Wagner, wherein he clarified his concept of value.
Not limiting himself to theoretical issues, Musto also takes up Marx on political matters, especially Ireland and India. In another blow to the notion of Marx’s last years as ones of decline and inactivity, Musto details his intense involvement in the French socialist movement. Marx had a major influence on the program put forward in 1880 by the French Workers’ Party, one of whose planks called for the “emancipation” of “all human beings without distinction of race or sex” (cited on p. 45). Soon afterwards, he also composed the questions for a lengthy Enquête Ouvrière, also intended for French workers.
In this chapter, Musto also takes up Marx’s notebooks on non-Western, colonial, and precapitalist societies during the years 1879-81. He begins with the 1879 notes on agrarian communally-oriented societies in precolonial and colonial Latin America, India, and Algeria. These notes were based on the work of a young Russian interlocutor of Marx during his last years, Maxim Kovalevsky’s book on communal property. (By this time, Marx had become fluent in Russian, a language he began to learn around the time when, to his surprise, Capital was translated into Russian in 1872 and soon garnered far more attention than the book’s German edition.) In his notes on Kovalevsky’s book, Marx rejects the common (including among his later followers) “feudal” appellation for these societies in their precolonial phases, thus breaking away from the slavery-feudalism-capitalism schema he and Engels advanced in the 1840s in the German Ideology. (This may account for the fact that, unlike the notes on Wagner, those on Kovalevsky were never included in USSR-sponsored editions like the Marx-Engels Collected Works.) In addition, as Musto argues persuasively, Marx saw the future of these societies in a non-deterministic manner in “his refusal to believe that either Indian or Algerian society was destined to follow the same course of development as in Europe” (p. 22).
As also recounted in an important part of this chapter, Marx pursued these interests further in what are usually termed the Ethnological Notebooks of 1880-81, his notes on Morgan, Henry Sumner Maine and other anthropologists. In those on Morgan, Marx identifies with the U.S. anthropologist’s critique of previous scholars who saw the family rather than the clan or gens as originative. In the latter, descent tended to be matrilineal and women to have exercised enormous social power, a phase that preceded the consolidation of the patriarchal family. At the same time, Musto is largely in accord with Dunayevskaya and Brown in showing Engels’s treatment of these issues as overly schematic in its reduction of changes in gender relations to those in the economic sphere. However, while Morgan, Marx, and Engels devoted tremendous space to Indigenous American societies (especially the Iroquois of North America), more briefly comparing them to the Greeks and the Romans, Musto concentrates almost exclusively on the latter. This leaves aside what many, including this writer, have seen as the more emancipatory implications for the future of their accounts, albeit varying ones, of these First Peoples.
These kinds of issues come to the fore in a more focused way in chapter two, “Controversy Over Capitalism in Russia,” the whole of which is devoted to Marx’s well-known 1881 letter to Vera Zasulich and other of his writings concerning agrarian Russia from 1877-82. Here, Musto wrestles with a deep contradiction: On the one hand, Marx celebrated the development of the productive forces through capitalist industrialization, which involved uprooting those villages and creating a proletariat, as had occurred in Western Europe in what he termed primitive accumulation. On the other hand, he wrote in the 1880s that Russia might be able to build communism around its communal villages without passing through capitalism and having to see its early form of communism uprooted. If the second possibility were true, then, as Marx wrote in 1877, his Russian defenders like Nilolai Mikhailovsky made a serious error by “transforming [my] historical sketch of the genesis of capitalism in Western Europe into a historical-philosophical theory of the general course imposed upon all peoples, whatever the historical circumstances in which they find themselves” (cited on p. 64). As a whole, Musto presents this issue with perspicacity, writing of “the thesis, falsely attributed to [Marx], that the bourgeois mode of production was everywhere an inevitability” (p. 59) and finding an “ever greater theoretical openness” (p. 69) in Marx’s approach to these and other issues by his last years.
At the same time, Musto differs strongly with the main bent of Shanin’s 1983 collection, Marx and the Russian Road, which saw the late writings on Russia as a sharp break with his earlier perspectives, as in the Communist Manifesto, where he had celebrated the expansion of capitalism eastward as a painful but necessary form of progress. In his brief 1881 reply to Zasulich, in the notes surrounding it, and in the 1882 preface to a new Russian edition of the Manifesto, Marx theorized about Russia’s communal villages, not as destined for absorption by a progressive capitalism, but as a possible social base of a progressive resistance to both capitalist encroachments and the Tsarist autocracy. They could, if they mobilized, move toward the modern communism Marx envisioned, and they might be able to do so without passing through capitalism. This kind of thinking, the Shanin book suggests, explains why Marx counted many Russian Populists among his friends during his last years. However, contra Shanin, Marx did not envision an autarkic socialism in one country, even one as large as Russia. Instead, as he wrote in the 1882 preface to the Manifesto, success on the communist project in Russia would depend upon linkages to the Western labor movement in a wider revolution, in which the Russian village might nonetheless be the spark, “the starting point for communist development” (cited on p. 71). At this juncture of the argument, Musto seems to bend Marx in the opposite direction from Shanin. Rather than a possible starting point for a serious revolution, the Russian villages instead become a mere bit player: “In [Marx’s] view, sporadic rebellions or resistance struggles must not be confused with the establishment of a new social-economic order on a communist basis” (p. 69). This too is a one-sided view.
All of this impinges on a larger question, whether Marx’s studies in his final years of communal social relations in a number of agrarian or nomadic societies in South Asia, North Africa, and Indigenous America were linked to his Russia writings in the sense that he saw their precapitalist communal social forms also as possible loci of resistance to capital. Musto answers decisively in the negative, underlining the uniqueness of the Russian case and writing that Marx did not intend to create a “general model” out of these wider studies of communal social forms (p. 69). But what about an inclination in that direction rather than a model per se? Many commentators on the late Marx, including this writer, would not dismiss the possibility of a broader research and political project. In this view, Marx’s Ethnological Notebooks and similar late writings were concerned not only with social and economic development but also with real possibilities of resistance and revolution against capital outside Western Europe. It was in this sense that Dunayevskaya saw a return on Marx’s part to his 1850 concept of “Revolution in Permanenz.” It was also notable that Marx turned his attention eastward and southward in search of allies after the Western labor movement had been severely weakened in the wake of the repression of the Paris Commune and the break-up of the First International.
The rest of the book is more biographical, as it recounts Marx’s mounting health problems, the terrible blow inflicted on him in late 1881 by Jenny’s death, and other personal and family problems. Yet as Musto recounts, it was after his wife Jenny’s death that Marx completed a massive set of notes on European history, in the winter of 1881-82. These notes, still unpublished, are slated to fill an entire volume of the Marx-Engels Gesamtausgabe. Under doctor’s orders, Marx traveled to Algeria from February through May 1882 for convalescence, but the weather was cold and stormy and the trip did not improve his recurrent bronchitis and other problems. While he apparently followed his physician’s recommendation to avoid mental or physical strain, his letters from Algeria to family members show some keen and admiring descriptions of Arab society and culture. Still in weakened condition upon his return to London, by fall 1882 Marx was again engaging in research, as seen in his notes on physics, ecology, and Egypt. The notes on Egypt took up an October 1882 article on the impact of British imperialism, its financial pressures, and local despotism, at a time when Britain was moving to directly occupy Egypt in the wake of the Urabi nationalist revolt.
Given that Marx’s health irrevocably deteriorated from late 1882 until his death in March 1883, those on Egypt may have been his last set of research notes. When one considers these very late research notes alongside the fact that Marx’s last publication — dated January 1882 — was the preface to the Russian edition of the Manifesto that conceptualized Russia’s communal villages as a possible starting point for a European-wide communist revolution, it is no exaggeration to say that in his last years, Marx increasingly turned his attention eastward and southward, outside the areas of the world where the capitalist mode of production had penetrated the most deeply.
Musto’s study makes an invaluable contribution to our understanding of Marx in his last years, offering an angle from which to consider him that departs from the more usual focus on either the young Marx of alienation, dialectics, and humanism, or the “mature” Marx of the Grundrisse and Capital. Moreover, since Musto, as a biographer, surveys the whole of Marx’s intellectual and political projects during his last years, one gets for the first time a sense of how the various pieces fit together, or at least connected somehow.
This biographical focus also illustrates what some may consider a limitation of this study, that it is undertheorized. For example, the book never develops a real thesis or argument beyond the notion that Marx was an original thinker who worked in creative ways that have not been fully captured by the Marxist tradition or in previous biographies. But that would be a different book. As it stands, this study by Musto fills a huge gap in our understanding of Marx.

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B. Kiss Mátyás, Mérce

A félreértett Marx. Marcello Musto: Egy „másik” Marx
Marx a történelem talán legfélreértettebb szerzője. Nemcsak ellenségei, de gyakran hívei is alaposan félreolvasták. Marcello Musto szerint a félreértések legfőbb oka az életmű befejezetlensége. Marx életében viszonylag keveset publikált, s legtöbb írását félbehagyta. Még A tőke is „befejezetlen remekmű” – a gigantikus anyaggyűjtés után nem maradt ereje a hatalmas vállalkozás lezárására. Mindvégig új ismeretek beépítésére, szellemi horizontjának bővítésére törekedett. Önmagát rigorózusan felülbírálta, eredményeivel gyakran elégedetlen volt. Utóbb mégis dogmatikus és leegyszerűsítő rendszert hoztak létre írásai alapján. Az erőszakos vulgarizáció a kritikai filozófiát sekélyes világmagyarázattá változtatta, s éppen azt ölte ki a marxi gondolkodásból, ami korunk számára a legfontosabb: a fennálló rend könyörtelen bírálatát.
Musto leszámol a mítoszokkal és hazugságokkal. Tiszta és követhető érveléssel mutatja ki, hogy Marx nem az a vaskalapos gazdasági determinista, eurocentrikus filozófus, akinek a közvélekedés hiszi. Egy „másik” Marxot mutat meg: azt a Marxot, akinek nagyon is eleven mondanivalója van korunk számára. Filológiai alapossággal tárja föl gondolatvilágának alakulását, láthatóvá téve a folyamatot, melynek során az idős Marx hallgatólagosan felülbírálja néhány közismert ifjúkori tételét. Ám eközben mégsem esik át a ló túloldalára, s azon álláspontokat is cáfolja, melyek egyoldalúan akarják kijátszani egymás ellen az ifjú és idős Marx nézeteit, figyelmen kívül hagyva az életmű szerves alakulását.
A kötet nem szisztematikus monográfia, hanem hosszabb-rövidebb tanulmányok gyűjteménye. Musto mindjárt legelső írásában érthetővé teszi, hogy – Tamás Gáspár Miklós megfogalmazásával – miért filológiai „lidércnyomás” a marxi hagyaték. Egy másik fontos, elméleti alapozónak is kiváló tanulmányában az elidegenedés filozófiai jelentését járja körül. A könyv nemcsak a tudós, de a politikus Marxot, az Internacionálé szervezőjét is elénk állítja, ismét eloszlatva néhány tévhitet. A kötet utolsó részei az idős Marxot állítják a középpontba, aki immár végleg leszámol a történelem egyenes vonalú és eurocentrikus felfogásával, s eközben határozott antikolonialista állásfoglaláshoz jut el.
A könyv remek ugródeszka a marxi gondolatokkal ismerkedő olvasó számára, akárcsak Artner Annamária Marx 200 című, szintén az Eszmélet Zsebkönyvtárban megjelent műve. Míg Artner a gazdaságelméletre, Musto inkább a filozófiára (legfőképp a történelemfelfogásra) fókuszál. Nagy szükség van az ilyen könyvekre, hiszen Marx ma is elengedhetetlen a kapitalizmus alapvető logikájának megértéséhez, ahogy ezt számos jelentős baloldali gondolkodó bizonyította (Derridától és Žižektől egészen Tamás Gáspár Miklósig).

 

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Comitè De Redació, Catarsi

El passat 7 de setembre, es va celebrar al Casal Autogestionat de Ciutat Vella la presentació dels dos llibres de Marcello Musto recentment publicats, L’últim Marx (Tigre de Paper) i De regreso a Marx (Bellaterra Edicions). Es van presentar amb la forma d‘una conversa entre Xabier Gracia, membre del Seminari Taifa i del web Marxismocritico. Des de Catarsi, reproduïm el contingut en forma de relatoria, alhora que fem disponible l’àudio de la xerrada a través de Catarsi Debats, el repositori digital on hi trobareu xerrades, entrevistes i debats realitzats per la revista.

Dues crisis internacionals en menys d’una dècada deixen la teoria neoliberal i l’autoregulació de l’economia com una cosa que s’assembla més a una mística eclesiàstica que a una ciència amb la mínima rigorositat. D’aquest fet s’explica la recuperació de Marx en l’última dècada per ajudar-nos a entendre la societat en la qual vivim i a més, plantejar-ne la transformació.

Les lectures actuals estan canviant respecte als anys 50, 60 i 70. Ara es busca Marx en origen, defugint de les interpretacions de tercers a través de manuals. Xabier Gràcia (editor de Marxismo Crítico i del Seminari d’Economia Crítica Taifa), considera que estem en un moment molt bonic pel marxisme, es llegeix El capital a la vegada que apareixen nous escrits de Marx, gran part gràcies al treball exhaustiu de varis investigadors en les Mega2. Estan sorgint textos de Marx, sobretot dels últims anys de vida, amb un perfil més centrat en l’antropologia i la història. Emmarcats en aquesta cerca de trencar amb lectures del passat i anar a Marx en origen ens trobem en una conversa en obert entre Xabier Gràcia i Marcello Musto (sociòleg i professor a la Universitat de York) sobre els llibres L’últim Marx i De regreso a Marx editats recentment per Tigre de Paper i Bellaterra Edicions, respectivament.

En el marxisme de postguerra hi prevalen textos com la inacabada Ideologia alemanya (escrita entre 1845-1846), la Crítica de la Filosofia (1843-1844), La qüestió jueva (1844) i La Misèria de la filosofia (1847), textos de major popularitat i divulgació que El capital (1867). Quelcom fàcil d’entendre atès que aquests textos són més agraïts de llegir. Les lectures de l’actualitat qüestionen moltes interpretacions del passat. Alguns exemples són el pes del materialisme històric, un concepte que actualment es planteja si té vinculació amb Marx o bé és un afegit d’Engels. També inclouríem la divisió entre superestructura i estructura, en què es pressuposa una divisió dicotòmica entre economia i cultura on la primera afecta de forma unidireccional a la segona. O finalment, la centralitat que tenia l’alienació durant els anys seixanta per sobre del desenvolupament i tendències del capital, una lectura provinent de la filosofia que fàcilment feia caure en interpretacions psicologistes o individualistes del comportament, i no com un fenomen social. Venim d’una època en què s’han fet lectures simplistes i carregades de mecanicismes. En canvi, ara sembla que hi ha un gir de la filosofia a l’economia, a la vegada que s’afegeixen altres disciplines com l’antropologia, l’ecologia, la física, i la història dels països colonitzats i se’ns evidencia un Marx molt més complex, dubitatiu i més humanista.

Les recents obres de Musto parlen d’aquest Marx. Recuperen l’autor en origen i cerquen humanitzar-lo. Amb un to provocatiu ens explica que ha escrit els seus llibres gràcies al seus estudiants de la universitat i en contra d’aquests. Musto pretén trencar amb aquells que veuen Marx com un intel·lectual centrat en el conflicte Capital-Treball, un home gran, eurocèntric i una mica racista.

Més enllà de ser conegut a Alemanya com a director de la Neue Rheinische Zeitung: Organ der Demokratie (la Nova Gaseta Renana: Òrgan de Democràcia), va ser un home amb una gran participació política, especialment durant la I Internacional. Una organització i època que sovint magnifiquem. La I Internacional va ser una organització petita amb grans dificultats, i com explica Musto, si sobredimensionem fets del passat, ens queda una actualitat depriment sense possibilitats emancipatòries.

Així com l’organització tenia dificultats, la vida personal de Marx no van ser precisament un camí de roses. Ell va ser un home que ràpidament s’allunyaria de la dimensió més política, passaria grans parts de la seva vida malalt (ell i la seva família), en la precarietat, i només podia escriure en certs moments de la vida, així s’explica la gran quantitat d’escrits i projectes iniciats que mai arribaria a acabar. Se li afegia a aquest fet les difícils col·laboracions amb els partits polítics europeus amb qui mantenia una relació tensa i n’era molt crític. Els criticava per idealistes, per buscar solucions abstractes, acabades i universals. Traslladaria queixes com la Crítia al Programa de Gotha, una carta privada on critica durament els dirigents alemanys i que Engels només publicarà després de la mort de Marx.

La publicació post mortem serà la condició majoritària dels seus textos, dels quals encara ens en queden una gran quantitat per descobrir. Actualment s’han trobat al voltant de 200 quaderns escrits per ell, que contenen síntesis de llibres, comentaris i notes que deixava en els seus incansables estudis.

Va ser un autor que pretenia entendre-ho tot. Concebia el capitalisme en una escala mundial, volia observar com es modificaven les societats en les transformacions del sistema, com aquest sistema prenia una direcció internacional i multilineal. Musto, parafrasejant a Marx, diu «jo escric com una obra artística i no puc publicar la primera part si no ho tinc tot». Per aquest motiu trobem que reescriu i revisa les seves publicacions, realitza investigacions profundament rigoroses, i cerca la coherència entre textos. Per això, Marx va ser un mestre de l’obra inacabada. Té escrits sobre antropologia, ecologia, geografia, etc. També trobem com en els últims anys de vida mou la seva atenció del centre d’Europa —Anglaterra principalment— cap a altres parts del món, especialment Estats Units i Rússia. Busca estadístiques, es dedica a aprendre rus per comprendre les fonts primàries, entra en contacte amb els Populistes Russos (els anticapitalistes existents a finals del s. XIX), etc.

És així com Musto i Gràcia coincideixen amb la invalidesa que el pensament marxià fos eurocèntric. Els textos més coneguts ens expliquen història i processos de canvis i transformació del capitalisme a Europa, però les preocupacions del Marx vell i els seus estudis invaliden la idea que defensés l’existència d’una filosofia de la història vàlida per a totes les societats.

Per això podríem desmarcar l’autor de les expectatives etapistes que van traslladar-se en la II i III Internacional i que s’arrossegarien durant dècades, on s’esperaven processos lineals fins a arribar a la revolució socialista. A finals del. s. XIX i inicis del XX els principals partits comunits europeus interpretaven un etapisme que consistia en una primera revolució democràtico-burgesa i després ja arribaria la revolució socialista. Descartaven la possibilitat de vies particulars cap aquest socialisme aprofitant les formes de propietat comunal precapitalistes.

A causa del canvi de conjuntura des de la crisi de 2008, i ara amb la gestió capitalista d’aquesta crisi sanitària, la societat busca alternatives. En aquesta cerca, Marx es presenta com una oportunitat, ja que continua sent el pensador de la radicalitat, de la lluita per totes les formes d’emancipació i alliberament.
En contra aquesta idea, Marx simpatitzava amb les posicions dels Populistes russos, que no creien en l’etapisme, ni esperaven les condicions polítiques i materials per pal de fer la revolució, un fenomen que no arriba sol, sinó que es provoca. Aquestes simpaties i visió quedaran clarament plasmades en les conegudes cartes (1881) amb la populista russa Vera I. Zasulich on destaca la importància i pervivència de les formes de propietat comunal arcaica que es trobaven a Rússia. La importància de què es llegeix en Marx segons els interessos polítics del moment, ho veiem clarament exemplificat en la popularitat o no d’aquestes cartes depenent de la geografia. Aquestes cartes han tingut popularitat en els debats estratègics dels processos revolucionaris d’Amèrica Llatina al s. XX i inicis del XXI, on encara perviuen les formes de propietat comunal precapitalistes. Les lectures etapistes del marxisme oferien posicions on se’n podia extreure poc més que la democràcia, en canvi, de les lectures que veuen el potencial en les formes relacionals no-capitalistes, se n’extreia un potencial revolucionari .

Les mirades de l’autor alemany també passaran per Mèxic, denunciant les polítiques d’extermini. Edward Said parla de l’orientalisme de Marx en denunciar la presència colonial dels anglesos a l’Índia, com aquests havien empitjorat les condicions de l’agricultura i causar fams (una posició impopular, inclús entre els partits comunistes). Una posició similar tindria amb les colonitzacions franceses a Argèlia, on faria l’últim viatge de la seva vida, i en denunciaria la destrucció de les relacions comunals que es mantenien al país.

Arribant al final de la conversa entre Xabier Gràcia i Marcello Musto, intervé Miren Etxezarreta (Catedràtica Emèrita d’Economia a la Universitat Autònoma de Barcelona) que avisa: no cal tenir Marx com un mite, també hi ha una tendència a presentar un Marx desconegut que serà la clau de volta que tot ho desvetlla, no hem d’esperar que ell ho sabés tot.

Musto respon que cert, però no podem negar l’existència d’un nou Marx, bàsicament perquè hem begut en el passat dels seus textos filtrats i molt poc publicats. A l’Institut de Marxisme-Leninisme de Moscú hi havia vuitanta persones treballant en l’estudi de l’autor de Trèveris, a l’Institut de Berlín, quaranta persones. Això fa un total de cent vint persones treballant exclusivament en la seva obra, i parlem d’un autor que ha tingut un impacte teòric com no n’ha tingut cap altre. Amb aquesta situació es fa més que evident la pregunta ¿com és que tants anys després no s’ha publicat tot? Hi ha hagut molts anys un interès darrere per crear un mite que no era real, i descartar textos seus deliberadament per tal de convertir el marxisme en una ideologia de legitimació de l’acció estatal del bloc socialista.

Tot i això, és cert que no podem llegir els textos de Marx com si fossin una Bíblia, el mateix autor canviava constantment els seus escrits una vegada publicats, així que ens seria una tasca impossible. Però hem de reconèixer que és el socialista que més ens ha ajudat a entendre els fonaments del capitalisme, i les diferències entre aquest sistema i una societat diferent, i ara el podem entendre millor. Així, estem llegint l’actualitat sense incrustacions del passat amb idees que no tenen a veure amb ell, i per tant recuperant la possibilitat de desenvolupar una societat diferent.

A això, Xabier Gràcia hi afegeix que aquesta recuperació de Marx ha coincidit paradoxalment amb un reflux dels moviments emancipatoris. Però a causa del canvi de conjuntura des de la crisi de 2008, i ara amb la gestió capitalista d’aquesta crisi sanitària, la societat busca alternatives. En aquesta cerca, Marx es presenta com una oportunitat, ja que continua sent el pensador de la radicalitat, de la lluita per totes les formes d’emancipació i alliberament.

No hem d’estudiar Marx des d’una posició d’autoritat, sinó per aprendre a pensar, pensar amb Marx i fer-ho des de la seva visió, en què els resultats es converteixen en condicions i les condicions en resultats. Anar més enllà dels salaris i les formes de consciència que genera la societat mercantil, que no visualitzen les condicions d’explotació, pensar críticament el capitalisme, els impactes de la seva transformació a Occident i al Tercer món evidenciar les formes de consciència i mistificacions en les quals vivim. Hem de concebre aquest autor des d’un humanisme radical, que situa l’home al centre, i un teòric de la llibertat que té per objectiu que puguem exercir la llibertat des de les condicions de possibilitat.

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Rethinking Alternatives with Marx (Book launch)

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Juan Dal Maso, Left Voice

This book, published in English this year by Palgrave Macmillan, presents a selection of Marx’s texts on alienation.

The topic is particularly relevant today, when precarious living conditions and the generalization of remote work during the pandemic have once again raised the question of the impact of the production process (not only in an industrial context) on working class life, beginning with its effects on free time. In the United States, the “Great Resignation” is part of this phenomenon, as is the “Striketober” strike wave, and many other expressions of working-class struggles around the world.

The book is organized in two parts. First is an introductory study by the book’s editor, Marcello Musto, titled “Alienation Redux: Marxian Perspectives.” Musto presents Marx’s characterization of alienation, then traces its changes within the broader course of developing Marxist theory, addressing the various interpretations of the question in other traditions and various schools of 20th-century Marxism.

Part two comprises a set of Marx’s original writings, organized into three sections. The “Early Political and Philosophical Writings” section contains texts from 1844 to 1856, with passages from the Economic and Philosophic Manuscripts of 1844, The Holy Family, and The German Ideology, among others. It is followed by excerpts from the Grundrisse, from Marx’s unpublished critique of political economy from 1861–63, and from Theories of Surplus Value. The last section includes draft writings of Capital and passages from Capital itself, including excerpts from the 1863–65 manuscripts, and from the unpublished chapter 6.

The book’s selection of writings provides a clear idea of Marx’s treatment of alienation, and its place in his thought. This article is a review of the main arguments made by Musto in the introduction.

In the Beginning There Was Hegel
As Musto points out, the first systematic treatment of the question of alienation appears in Hegel, especially in Phenomenology of Spirit. Hegel’s concept of alienation was built on an idealist theory of the spirit, which was objectified in reality, giving rise to the separation between subject and object, which would later be overcome by the identity of both. But his work also contained certain materialistic aspects: highlighting the importance of work as a form of objectification of human activity. But Hegel lacked a sufficiently clear picture of the specificity of labor under capitalism, and thus identified alienation with objectification (the activity that produces or modifies material objects apart from the subject and ideas).

Ludwig Feuerbach used the category of alienation in reference to religious phenomena, to explain their materialistic foundations. In Marx’s writings, the term appears only rarely in the works published during his lifetime, and it was generally ignored by Marxists until György Lukács’ published History and Class Consciousness in 1923.

Rediscoveries and Distortions
In the widely-read History and Class Consciousness, Lukács addressed the question of alienation, using the term “reification” to explain how productive activity confronts workers as something objective and independent of their will. Compared to the definitions found in works of Marx available to Lukács at the time of writing, Lukács tended to address the subject through a more philosophical lens. Under Hegel’s influence, he linked alienation to objectification, and it’s no coincidence that the idea of the proletariat as an “identical subject-object of history” was so central to Lukács’s work.

Isaak Ilyich Rubin’s works are much more in line with classical Marxism, and therefore far removed from the theory of the identical subject-object. Central to his explanation of the Marxian theory of value was the question of commodity fetishism, which he saw not as a problem of consciousness, but as a necessary social process of the capitalist economy, stemming from the private character of production for the market. But as Musto points out, Rubin’s Essays on Marx’s Theory of Value remained largely unknown outside the USSR until the 1970s, when it was translated into English.

The publication in 1932 of Marx’s Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 sparked new debates on the concept of alienation among those in various schools of philosophy and social sciences with an interest in Marx’s thought, as well as among certain sectors of activists, and in a new sector of “humanist” reinterpretations of Marx’s thought.

In his Manuscripts, Marx defined alienation in terms of a process by which the product of labor becomes an external object for workers, but also a power that confronts them as something foreign and hostile. He detailed four aspects of alienation experienced by workers in bourgeois society: (1) alienation from the product of their labor; (2) alienation from their labor activity, which they perceive as something directed against them; (3) alienation from their “species being” (from their own body and physical and spiritual faculties); and (4) alienation from other human beings.

While for Hegel, alienation was inherent in objectification, Marx conceived it as a specific characteristic of labor under capitalism. Thus, it was also not consistent to reinterpret the Manuscripts as a critique of human alienation in general, regardless of the class question. Incidentally, it should also be noted that in Hegel, the concept of self-production of human beings through their labor (as in his well-known master-slave dialectic) which was related to his readings of British political economy, and which Marx defended in his Manuscripts. But while he agreed with some aspects of Hegel’s elaborations on the question of labor, Marx pointed out that they were subordinated to an analysis of alienation that was especially focused on the alienation of abstract thought, which would be resolved by overcoming objectivity. For this reason, Marx considered Feuerbach’s materialism more satisfactory, though his interpretation of Hegel was not very sophisticated.

Musto adequately summarizes the scope and limitations of Marx’s text:

To underline the importance of the concept of alienation in the Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 for a better understanding of Marx’s development cannot involve drawing a veil of silence over the huge limits of this youthful text. Its author had scarcely begun to assimilate the basic concepts of political economy, and his conception of communism was no more than a confused synthesis of the philosophical studies he had undertaken until then. Captivating as they are, especially in the way they combine philosophical ideas of Hegel and Feuerbach with a critique of classical economic theory and a denunciation of working-class alienation, the Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 are only a very first approximation, as is evident from their vagueness and eclecticism. They shed major light on the course Marx took, but an enormous distance still separates them from the themes and argument not only of the finished 1867 edition of Capital, Volume One, but also of the preparatory manuscripts for Capital, one of them published, that he drafted from the late 1850s on. In contrast to analyses that either play up a distinctive “Young Marx” or try to force a theoretical break in his work, the most incisive readings of the concept of alienation in the Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 have known how to treat them as an interesting, but only initial, stage in Marx’s critical trajectory. Had he not continued his research but remained with the concepts of the Paris manuscripts, he would probably have been demoted to a place alongside Bruno Bauer (1809–1882) and Feuerbach in the sections of philosophy manuals devoted to the Hegelian Left.1
Musto later reconstructs and discusses 20th century characterizations of alienation, notably including Heidegger’s “state of falling,” linked to the loss of authenticity of being in the experience of the world, which was far removed from the alienation of Marx. In Marcuse’s work, Musto underlines an identification of alienation and objectification, as well as a shift from the question of liberation from work to that of libido. In Adorno and Horkheimer, alienation appears as an estrangement related to social control and the manipulation of mass culture. Other interpretations, like those of Erich Fromm, influenced by psychoanalysis, addressed the question of alienation as characteristic of the individual subjective experience. In contrast, existentialist and neo-Hegelian interpretations of the question, from Sartre to Jean Hippolyte, presented it as characteristic of the experience of human self-consciousness throughout history.

Existentialist interpretations, as well as others such as Hannah Arendt’s, only addressed the question of the “self-alienation” or alienation of the individual from other human beings, without taking into account the other aspects discussed by Marx in his critique of the capitalist economy.

Musto identifies three broad positions among Marxists on the question of the Manuscripts in the postwar years: (1) those who considered them a transitional text of little importance; (2) those who separate the “Young Marx” from the “Mature Marx,” supporting one or the other based on interpretations that contrast the Manuscripts with Capital; and (3) those who view Marx’s theoretical trajectory as consistent, attributing to him a kind of monographic unity through the question of alienation.

Musto points out the one-sidedness of these three positions, highlighting the importance of stepping on solid ground in the interpretation of Marx’s work. Such an interpretation must base itself on how the question of alienation changes in relation to Marx’s understanding of the capitalist economy and the resulting development of his critique of political economy. It is also necessary to differentiate it from other positions that emerged in the 1960s, such as those of Guy Debord, Jean Baudrillard, or, from a more conservative perspective, U.S. sociology.

Between Disalienation and Autonomy
The question of alienation was addressed in important Marxist debates during the 20th century. I would like to elaborate on two such debates, which, though Musto doesn’t specifically reference them, are particularly illuminating. The first is the appropriation of the theme of alienation by dissident communists in Eastern countries. They sought to use their readings of the Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 (and, more generally, Marx’s critique of alienation and commodity fetishism) to develop a critique of various aspects of Stalinism. In particular, this critique was aimed against the systems of government reliant on bureaucracy and police surveillance, against productivism and the “despotic” methods of factories, and against the promotion of uncritical conceptions of reality. Karel Kosik’s Dialectics of the Concrete, Mihailo Markovic’s Dialectics of Praxis, and Gajo Petrovic’s Marxism versus Stalinism are representative of this breed of interpretation, with their differences and points of convergence. After the end of Stalinism, these reflections may seem anachronistic or too specific, but I believe that to be a mistake. Any discussion about what socialism should look like necessarily involves a balance sheet and a critique of Stalinism. In addition to the theoretical, programmatic, and political legacy of Trotsky and the Left Opposition, we should also consider the contributions of those who confronted Stalinism with a “return to Marx,” which seemed to them at the time to be the only alternative at hand, in the absence of clear political continuity as a result of the repression of the Left Opposition.

Another important theoretical lineage to this story are the schools of operaismo and autonomism. Originally akin to the interpretations of Galvano Della Volpe, this tradition was always against the Hegelianizing interpretations of Marxism, while theorizing a less classically Marxist relationship between class struggle and technological progress. For operaismo, as Mario Tronti explained in Workers and Capital, capitalist development was the result of the struggle of the working class. This point of view relativizes the “foreign and hostile” character of the production process for the worker; instead, it emphasizes the struggle against the capitalist command of labor and for workers’ control of production. Later, these themes were reinterpreted by Antonio Negri, under the influences of poststructuralism and the theories of “cognitive capitalism.” Negri amplified the notion of “general intellect” developed by Marx in his fragment on machines (some passages of which are included in this compilation) to a power that unfolds as affective, communicative, and cognitive labor. Paradoxically, this position results in a defense of the progressiveness of capitalist development, much less critical than that of Marx, who underlined the contradictions between the advances of science and technology and the capitalist mode of production. In Marx, these contradictions are an expression of class contradiction, characterized by the extraction of surplus value and the impossibility of freeing the labor force without changing the system by revolutionary means. Let us go back to Marx to see how he addressed this problem.

Alienation and Capitalist Exploitation
In Capital and its preparatory manuscripts, as well as in the unpublished chapter 6, Marx develops a notion of alienation that is more closely linked to a clearer theory of capitalist exploitation and the extraction of surplus value.

As Musto points out,

Until the late 1850s, there were no more references to the theory of alienation in Marx’s work. Following the defeat of the 1848 revolutions, he was forced to go into exile in London; once there, he concentrated all his energies on the study of political economy and, apart from a few short works with a historical theme, did not publish another book. When he began to write about economics again, however, in the Foundations of the Critique of Political Economy (1857–58), better known as the Grundrisse, he more than once used the term “alienation.” This text recalled in many respects the analyses of the Economic and Philosophic Manuscripts of 1844, although nearly a decade of studies in the British Library had allowed him to make them considerably more profound.2
In the Grundrisse, Marx directly associates the question of alienation with commodity exchange, just as, in the unpublished chapter 6 of Capital, he refers to the process of the personification of things and the reification of people. But he goes further, positing that capital subordinates to its own interest not only the worker’s immediate activity, but also the cooperative production process itself, as well as scientific and technological advances in the production,improvement and development of machinery. These matters are also addressed in Capital when Marx defines the phenomenon of commodity fetishism.

Marx explains commodity fetishism as a necessary process of capitalist production:

This Fetishism of commodities has its origin, as the foregoing analysis has already shown, in the peculiar social character of the labour that produces them. As a general rule, articles of utility become commodities, only because they are products of the labour of private individuals or groups of individuals who carry on their work independently of each other. The sum total of the labour of all these private individuals forms the aggregate labour of society. Since the producers do not come into social contact with each other until they exchange their products, the specific social character of each producer’s labour does not show itself except in the act of exchange. In other words, the labour of the individual asserts itself as a part of the labour of society, only by means of the relations which the act of exchange establishes directly between the products, and indirectly, through them, between the producers. To the latter, therefore, the relations connecting the labour of one individual with that of the rest appear, not as direct social relations between individuals at work, but as what they really are, material relations between persons and social relations between things. It is only by being exchanged that the products of labour acquire, as values, one uniform social status, distinct from their varied forms of existence as objects of utility. This division of a product into a useful thing and a value becomes practically important, only when exchange has acquired such an extension that useful articles are produced for the purpose of being exchanged, and their character as values has therefore to be taken into account, beforehand, during production. From this moment the labour of the individual producer acquires socially a two-fold character. On the one hand, it must, as a definite useful kind of labour, satisfy a definite social want, and thus hold its place as part and parcel of the collective labour of all, as a branch of a social division of labour that has sprung up spontaneously. On the other hand, it can satisfy the manifold wants of the individual producer himself, only in so far as the mutual exchangeability of all kinds of useful private labour is an established social fact, and therefore the private useful labour of each producer ranks on an equality with that of all others. The equalisation of the most different kinds of labour can be the result only of an abstraction from their inequalities, or of reducing them to their common denominator, viz. expenditure of human labour power or human labour in the abstract. The two-fold social character of the labour of the individual appears to him, when reflected in his brain, only under those forms which are impressed upon that labour in every-day practice by the exchange of products. In this way, the character that his own labour possesses of being socially useful takes the form of the condition, that the product must be not only useful, but useful for others, and the social character that his particular labour has of being the equal of all other particular kinds of labour, takes the form that all the physically different articles that are the products of labour, have one common quality, viz., that of having value.

The notion of commodity fetishism addresses the topics discussed by Marx in his previous writings on alienation, but in a more complex manner. In the Manuscripts, Marx focused on the process by which labor, the products of labor, and other people become foreign and hostile to the worker, sharpening his critique of the dehumanization imposed by private property. In Capital, Marx maintains the idea that the labor process and its products appear to the worker as something foreign and independent of his will, just as his relationship with other people is established through commerce, but now ties the idea more concretely to the question of exploitation. The separation of the working class from the means of production causes workers to see the means of production as something foreign and external to themselves. This is the prerequisite for the extraction of surplus value, because “free” workers must sell their labor power to capitalists and, in this process, produce the value necessary to pay their own wages and the surplus value that is the basis of capitalist profit.

Let us return to Musto’s argument:

Two elements in this definition mark a clear dividing line between Marx’s conception of alienation and the one held by most of the other authors we have been discussing. First, Marx conceives of fetishism not as an individual problem but as a social phenomenon, not as an affair of the mind but as a real power, a particular form of domination, which establishes itself in market economy as a result of the transformation of objects into subjects. For this reason, his analysis of alienation does not confine itself to the disquiet of individual women and men, but extends to the social processes and productive activities underlying it. Second, for Marx fetishism manifests itself in a precise historical reality of production, the reality of wage labour; it is not part of the relation between people and things as such, but rather of the relation between man and a particular kind of objectivity: the commodity form.3
In both the Grundrisse and Capital, Marx has a much more complex view of capitalism and, therefore, a much clearer materialist understanding of the phenomenon of alienation. His vision of society and revolutionary change also becomes more complex. Hence, in Capital, Marx points out that capitalism appropriates the advances of science, technology, and the organization of labor for its own benefit, but at the same time creates conditions for communism, such as cooperation in the labor process, the development and application of technologies, the appropriation of the forces of nature that can be used for production, the creation of machinery that can only be used jointly by several workers, the economization of the means of production, and the tendency to create a world market.

Why Communism Is Necessary
This book is a good introduction to the topic of alienation in Marx that contributes to a clear understanding of the scope and limits of his treatment of the matter. In this regard, Musto’s preliminary study is very effective.

Musto debates both those who minimize the importance of the issue, and those who say that it is the main theme of Marx’s thought. He shows how Marx’s ideas on the problem become much clearer and more solid as he gains a better understanding of capitalism itself.

But at the same time, Musto makes this argument in order to explain Marx’s revolutionary political thought. Alienation is not a problem of the human being in general, or of the individual conscience, or any form of abstract objectification. Marx’s approach shows the contradictory process between the creation of conditions for the construction of a communist society, which are inherent to capitalist development of the productive forces, and the orientation of production and reproduction toward extracting surplus value and realizing capitalist profit.

Capitalism creates the conditions necessary for the fight for communism, but that is all it does. It must be subverted through socialist revolution, overcoming the resistance of the exploiting and oppressing classes, to establish a society based on free cooperation, collective property, and the search for the broadest freedoms for the people.

Originally published in Spanish on November 11, 2021, in Ideas de Izquierda.

Translation by Marisela Trevin

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Juan Dal Maso, La Izquierda Diário

A propósito de Karl Marx’s Writings on Alienation, editado e introducido por Marcello Musto.
Este libro, publicado en inglés este año por Palgrave Macmillan, recoge una selección de textos de Marx sobre la temática de la alienación.

El tema parece particularmente pertinente en un contexto en que la precarización de las condiciones de vida así como la generalización del teletrabajo durante la pandemia volvieron a poner en discusión los efectos que el proceso de producción (en sentido amplio, no solo industrial) tiene sobre la vida de la clase trabajadora en sus múltiples aspectos, empezando por la afectación del tiempo libre. El fenómeno de la “great resignation” o “Big Quit”, es decir la renuncia masiva en trabajos mal pagos y que no garantizan condiciones básicas de seguridad e higiene, en Estados Unidos, es parte también de este panorama, al que se suma la oleada de huelgas conocida como Striketober, y otros procesos de lucha de la clase trabajadora en todo el mundo.

El libro está organizado en dos partes. La primera está conformada por el estudio introductorio de Marcello Musto, titulado “Alienation Redux: Marxian perspectives”. Este texto presenta las características principales del tratamiento de la cuestión de la alienación en Marx, con sus cambios respectivos a medida en que avanza su trayectoria teórica, así como discute las diversas lecturas de la cuestión en otras tradiciones y diversas vertientes del marxismo del siglo XX.

La segunda parte del libro se compone de un conjunto de escritos de Marx, organizados en tres secciones. La sección “Early Political and Philosophical Writings” contiene textos de 1844 a 1856, que incluyen pasajes de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, La Sagrada Familia y La ideología alemana, entre otros. Sigue una sección con textos de los Grundrisse y su manuscrito sobre crítica de la economía política de 1861-63, así como de Teorías de la Plusvalía. La última sección se compone de textos preparatorios de El capital y pasajes de El capital mismo, incluyendo fragmentos de los manuscritos de 1863-65 y del capítulo VI Inédito.

A través de esta selección de textos, puede lograrse una idea clara del tratamiento de la problemática de la alienación y su lugar en el pensamiento de Marx. En este artículo, repasaremos los principales argumentos planteados por Musto en la Introducción.

En el principio, Hegel
El primer tratamiento sistemático de la cuestión de la alienación aparece en Hegel, especialmente en su Fenomenología del espíritu. En el caso de Hegel, la cuestión estaba relacionada con una teoría idealista del espíritu que se objetivizaba en la realidad, dando lugar a una separación entre sujeto y objeto que luego era superada a través de la conquista de la identidad entre ambos. Pero también tenía ciertos ribetes materialistas, destacando la importancia del trabajo como forma de objetivación de la actividad humana. Sin embargo, al no tener una concepción suficientemente clara de la especificidad del trabajo bajo el capitalismo, Hegel identificó alienación y objetivación (es decir la actividad que produce o modifica los objetos materiales distintos del sujeto y de las ideas).

Ludwig Feuerbach retomó la categoría para hacer referencia al fenómeno religioso y explicar sus bases materialistas. Marx utilizó poco el término en los trabajos publicados durante su vida y en general fue ignorado por el marxismo hasta la aparición de Historia y consciencia de clase de Lukács.

Redescubrimientos y distorsiones
En su célebre obra de 1923, Lukács retomó el argumento de la alienación, utilizando el término “reificación”, con el que explicaba el hecho de que la actividad productiva se presenta al trabajador como algo objetivo e independiente de su voluntad. Esta visión se inclinaba, por influencia de Hegel, a asimilar alienación con objetivación y no es casual que la idea del proletariado como “sujeto-objeto idéntico de la historia” fuera central para Lukács, dada la tendencia a conceder al tema una portada filosófica más amplia que la que podía desprenderse de las obras de Marx publicadas hasta ese momento. Más apegado al marxismo clásico y lejos de la teoría del sujeto-objeto idéntico, Isaak Ilich Rubin puso en el centro de su explicación de la teoría marxista del valor la cuestión del fetichismo de la mercancía, no como un problema de la consciencia sino como un proceso social necesario de la economía capitalista, relacionado con el carácter privado de la producción para el mercado. Pero su obra Ensayos sobre teoría marxista del valor se mantuvo mayormente desconocida fuera de la URSS hasta los años ´70, en que fue traducida al inglés.

La publicación en 1932 de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Marx fue el evento que dio impulso a los debates sobre el concepto de alienación tanto para quienes investigaban el pensamiento de Marx como entre diversas tendencias de la filosofía y las ciencias sociales, así como en ciertos sectores militantes, junto con las relecturas en clave humanista del pensamiento de Marx.

En los Manuscritos, Marx definía la alienación en términos de un proceso por el cual el producto del trabajo se volvía un objeto externo para el trabajador, pero también como un poder que se le volvía en contra como algo extraño y hostil y señalaba cuatro aspectos de la alienación del trabajador en la sociedad burguesa: 1) Respecto del producto de su trabajo. 2) Respecto de su actividad laboral, que percibe como algo dirigido contra él. 3) Respecto de su ser genérico (de su propio cuerpo y facultades físicas y espirituales). 4) Respecto de los demás seres humanos.

Mientras para Hegel la alienación era algo inherente a la objetivación, Marx la concebía como una característica específica del trabajo bajo el capitalismo. Por esta razón, tampoco resultaba consistente releer los Manuscritos en clave de una crítica de la alienación humana en general, independientemente de la cuestión de clase. Aclaremos de paso que en Hegel había una concepción de autoproducción del ser humano por el trabajo, que se hace patente en su célebre dialéctica del amo y el esclavo, cuestión que estaba relacionada con sus lecturas de la economía política británica y que Marx reivindicaba en sus Manuscritos. Pero Marx señalaba a su vez que estos aspectos acertados del pensamiento de Hegel sobre la cuestión del trabajo quedaban subordinados a una concepción en la que el análisis de la alienación se centraba especialmente en la alienación del pensamiento abstracto que se resolvía en una superación de la objetividad, por lo cual consideraba más adecuada la solución de Feuerbach hacia el materialismo, aunque este tuviese una lectura de Hegel poco sofisticada.

Musto sintetiza bien los alcances y limitaciones de este texto de Marx:

Subrayar la importancia del concepto de alienación en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 para una mejor comprensión del desarrollo de Marx no puede suponer correr un velo de silencio sobre los enormes límites de este texto juvenil. Su autor apenas había comenzado a asimilar los conceptos básicos de la economía política, y su concepción del comunismo no era más que una síntesis confusa de los estudios filosóficos que había realizado hasta entonces. Por muy cautivadores que sean, sobre todo por la forma en que combinan ideas filosóficas de Hegel y Feuerbach con una crítica de la teoría económica clásica y una denuncia de la alienación de la clase obrera, los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 son sólo una primera aproximación, como se desprende de su vaguedad y eclecticismo. Arrojan una luz importante sobre el curso que tomó Marx, pero una enorme distancia los separa todavía de los temas y el argumento no sólo de la edición terminada de 1867 del Libro Primero de El Capital, sino también de sus manuscritos preparatorios, uno de ellos publicado, que redactó desde finales de la década de 1850. A diferencia de los análisis que, o bien hacen hincapié en un “joven Marx” distintivo, o bien intentan forzar una ruptura teórica en su obra, las lecturas más incisivas del concepto de alienación en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 han sabido tratarlos como una etapa interesante, pero solo inicial, en la trayectoria crítica de Marx. Si no hubiera continuado sus investigaciones, sino que se hubiera quedado con los conceptos de los manuscritos de París, probablemente habría sido degradado a ocupar un lugar junto a Bruno Bauer (1809-1882) y Feuerbach en las secciones de los manuales de filosofía dedicadas a la izquierda hegeliana [1].

Posteriormente, Musto reconstruye y discute otras concepciones de la alienación características del siglo XX, entre las que destaca la de Heidegger, con su idea del “estado de caída” ligado a la pérdida de autenticidad del ser en la experiencia del mundo, muy alejada de la cuestión tal como fuera tratada por Marx. En Marcuse, Musto señala una identificación de alienación y objetivación así como un desplazamiento de la cuestión de la liberación del trabajo a la de la líbido; mientras en Adorno y Horkheimer la alienación aparece como un extrañamiento relacionado con el control social y la manipulación de la cultura de masas. Otra lectura como la de Erich Fromm, influenciado por el psicoanálisis, retomó la cuestión de la alienación como algo característico de la experiencia subjetiva individual, mientras las relecturas existencialistas y neohegelianas de la cuestión, desde Sartre a Jean Hippolyte, la presentaron como algo característico de la experiencia de la autoconsciencia humana a lo largo de toda la historia.

Las lecturas existencialistas, así como otras como la de Hannah Arendt, tomaban solamente la cuestión de la “auto-alienación” o alienación del individuo respecto de los demás seres humanos, sin tomar en cuenta los demás aspectos señalados por Marx en su crítica inicial de la economía capitalista.

Entre las posiciones marxistas de los años de la segunda posguerra que discutieron sobre los Manuscritos, Musto destaca tres: 1) quienes los consideran un texto de transición sin mayor importancia; 2) quienes dividen al “Joven Marx” del “Marx Maduro”, tomando partido por uno u otro, desde lecturas que contraponen los Manuscritos con El capital; 3) quienes ven una continuidad en toda la trayectoria teórica de Marx, otorgándole una especie de unidad monográfica a través de la cuestión de la alienación.

Musto señala la unilateralidad de estas tres posiciones, afirmando la importancia de pisar terreno firme en cuanto a la interpretación de la obra de Marx, a partir de constatar cómo se modifica la cuestión de la alienación en relación con su comprensión de la economía capitalista y la consiguiente elaboración de la crítica de la economía política, diferenciándola asimismo de otras posiciones que surgieron en los años ‘60, como las de Guy Debord, Jean Baudrillard o desde el lado conservador la sociología norteamericana.

Entre la desalienación y la autonomía
La cuestión de la alienación ha estado presente en importantes debates del marxismo durante el siglo XX. En este caso me interesa comentar dos en los que Musto no se detiene especialmente, pero pueden considerarse contenidos en el recorrido que traza. Un caso importante de apropiación de la temática de la alienación fue el de los comunistas disidentes en los países del Este. Buscaron apoyarse en las lecturas de los Manuscritos económico-filosóficos y más en general en la crítica de Marx a la alienación y el fetichismo de la mercancía, para hacer una crítica del estalinismo en diversos niveles, especialmente contra el sistema de gobierno basado en la burocracia y la vigilancia policial, el productivismo y los métodos “despóticos” en las fábricas y la promoción de una concepción acrítica de la realidad. Casos como los de Karel Kosik con su Dialéctica de lo concreto, Mihailo Markovic con su Dialéctica de la praxis o Gajo Petrovic con su Marxismo contra stalinismo son representativos de este tipo de lecturas, con sus diferencias y puntos de contacto. Caído el estalinismo, podría parecer que son reflexiones anacrónicas o demasiado específicas, pero creo que verlo de esa forma sería un error. Cualquier discusión sobre cómo tiene que ser el socialismo implica un balance y una crítica del estalinismo y allí, además del legado teórico, programático y político de Trotsky y la Oposición de Izquierda, también pueden hacer su aporte quienes tuvieron que enfrentar al estalinismo desde una “vuelta a Marx” que se les aparecía en ese momento como la única alternativa cercana, ante la falta de continuidad de las tradiciones oposicionistas producto de la represión.

La otra gran vertiente relacionada con el rechazo de la alienación, pero sin utilizar el concepto de la misma forma que los marxismos humanistas, es la del operaismo primero y el autonomismo después, que sigue teniendo peso en los debates actuales. Cercana en sus orígenes a las lecturas de Galvano Della Volpe, esta tradición fue siempre reactiva a las lecturas hegelianizantes del marxismo. Pero también sostenía una concepción distinta de la del marxismo clásico sobre la relación entre lucha de clases y avance tecnológico. Para el operaismo, como sintetizaba Mario Tronti en Obreros y Capital, el desarrollo capitalista era consecuencia de la lucha de la clase obrera. Esta visión relativizaba de manera sutil el carácter “extraño y hostil” del proceso de producción para el trabajador y hacía hincapié en el desarrollo de la conflictividad fabril contra el comando capitalista del trabajo. Posteriormente, Antonio Negri, influenciado por el postestructuralismo y las teorías del “capitalismo cognitivo” hizo una relectura de estos temas, amplificando la noción de general intellect planteada por Marx en su fragmento sobre las máquinas (del que se incluyen pasajes en esta compilación) a una potencia que se despliega como trabajo afectivo, comunicativo y cognitivo. Contradictoriamente, esta posición termina en una reivindicación de la progresividad del desarrollo capitalista menos crítica que la de Marx, ya que este señalaba la contradicción entre los avances de la ciencia y la técnica y el modo de producción capitalista, como expresión de la contradicción de clase caracterizada por la extracción de plusvalor y la imposibilidad de liberar a la fuerza de trabajo sin cambiar el sistema por medios revolucionarios. Volvamos a Marx, para ver cómo pensó este problema.

Alienación y explotación capitalista
En El capital y sus manuscritos preparatorios, así como en el capítulo VI inédito, Marx desarrolla la noción de alienación mucho más ligada a una teoría más clara de la explotación capitalista y la extracción de plusvalor.

Señala Musto:

Hasta fines de la década de 1850, no hubo más referencias a la teoría de la alienación en las obras de Marx. Después de la derrota de las revoluciones de 1848, se vio forzado a exiliarse en Londres, donde una vez instalado, concentró todas sus energías en el estudio de la economía política y, aparte de algunos muy breves trabajos de temas históricos, no publicó otro libro. Cuando comenzó a escribir sobre economía otra vez, de todos modos, en sus Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política (1857-58), más conocidos como los Grundrisse, más de una vez utilizó el término “alienación”. Este texto retomó en varios aspectos los análisis de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, aunque cerca de una década de estudio en la Biblioteca del Museo Británico le permitieron hacerlos considerablemente más profundos [2].

En los Grundrisse, Marx relaciona directamente la cuestión de la alienación con la del intercambio de mercancías, así como en el capítulo VI inédito de El capital hace referencia al proceso de personificación de las cosas y cosificación de las personas. Pero avanza más aún planteando que el capital subordina a su propio interés no solo la actividad inmediata del trabajador sino también el proceso de cooperación en la producción, los avances científicos y tecnológicos aplicados a la producción y la mejora y desarrollo de la maquinaria. Estas cuestiones entran también en juego cuando Marx define en El Capital el fenómeno del fetichismo de la mercancía.

Marx explica el fetichismo de la mercancía como un proceso necesario de la producción capitalista:

Ese carácter fetichista del mundo de las mercancías se origina, como el análisis precedente lo ha demostrado, en la peculiar índole social del trabajo que produce mercancías. Si los objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. El complejo de estos trabajos privados es lo que constituye el trabajo social global. Como los productores no entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho intercambio. O en otras palabras: de hecho, los trabajos privados no alcanzan realidad como partes del trabajo social en su conjunto, sino por medio de las relaciones que el intercambio establece entre los productos del trabajo y, a través de los mismos, entre los productores. A éstos, por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas. Es sólo en su intercambio donde los productos del trabajo adquieren una objetividad de valor, socialmente uniforme, separada de su objetividad de uso, sensorialmente diversa. Tal escisión del producto laboral en cosa útil y cosa de valor sólo se efectiviza, en la práctica, cuando el intercambio ya ha alcanzado la extensión y relevancia suficientes como para que se produzcan cosas útiles destinadas al intercambio, con lo cual, pues, ya en su producción misma se tiene en cuenta el carácter de valor de las cosas. A partir de ese momento los trabajos privados de los productores adoptan de manera efectiva un doble carácter social. Por una parte, en cuanto trabajos útiles determinados, tienen que satisfacer una necesidad social determinada y con ello probar su eficacia como partes del trabajo global, del sistema natural caracterizado por la división social del trabajo. De otra parte, sólo satisfacen las variadas necesidades de sus propios productores, en la medida en que todo trabajo privado particular, dotado de utilidad, es pasible de intercambio por otra clase de trabajo privado útil, y por tanto le es equivalente. La igualdad de trabajos toto coelo [totalmente] diversos sólo puede consistir en una abstracción de su desigualdad real, en la reducción al carácter común que poseen en cuanto gasto de fuerza humana de trabajo, trabajo abstractamente humano. El cerebro de los productores privados refleja ese doble carácter social de sus trabajos privados solamente en las formas que se manifiestan en el movimiento práctico, en el intercambio de productos: el carácter socialmente útil de sus trabajos privados, pues, sólo lo refleja bajo la forma de que el producto del trabajo tiene que ser útil, y precisamente serlo para otros; el carácter social de la igualdad entre los diversos trabajos, sólo bajo la forma del carácter de valor que es común a esas cosas materialmente diferentes, los productos del trabajo.

La figura del fetichismo de la mercancía recoge los temas tratados por Marx en sus anteriores escritos sobre la alienación, pero los complejiza. En los Manuscritos, el eje estaba puesto en el proceso por el cual el trabajo, los productos del trabajo y las demás personas se volvían frente al trabajador como algo extraño y hostil, con lo cual Marx hacía hincapié en la crítica de la deshumanización impuesta por la propiedad privada. En El capital, Marx mantiene esta idea de que el proceso de trabajo y sus productos se aparecen al trabajador como algo ajeno e independiente de su voluntad, así como su relación con las otras personas se establece a través de la relación mercantil, pero vinculada más concretamente con la cuestión de la explotación. La separación de la clase trabajadora respecto de los medios de producción, que se le aparecen como algo ajeno, es el prerrequisito de la extracción de plusvalor, dado que los trabajadores “libres” deben vender su fuerza de trabajo a los capitalistas y en ese proceso producen el valor necesario para pagar sus propios salarios y el plusvalor que está en la base de la ganancia capitalista.

Volvamos al argumento de Musto:

Dos elementos en esta definición marcan una clara línea divisoria entre la concepción de la alienación de Marx y la sostenida por la mayor parte de los autores sobre los que hemos estado discutiendo. Primero, Marx concibe el fetichismo no como un problema individual sino como un fenómeno social, no como un asunto de la mente sino como un poder real, una forma particular de dominación, que se establece en la economía capitalista como resultado de la transformación de los objetos en sujetos. Por esta razón, sus análisis de la alienación no se limitan al malestar de los hombres y las mujeres individuales, sino que se extienden a todos los procesos sociales y las actividades productivas que le subyacen. Segundo, para Marx el fetichismo se manifiesta en una precisa realidad histórica de la producción, la realidad del trabajo asalariado; no es parte de la relación entre las personas y las cosas como tal, sino más bien de la relación entre los seres humanos y una forma particular de objetividad: la forma-mercancía [3].

Tanto en los Grundrisse como en El capital, Marx ya tiene una visión mucho más compleja del capitalismo y por lo tanto una comprensión materialista mucho más clara del fenómeno de la alienación. Se hace más compleja su visión de la sociedad y del cambio revolucionario. De allí que, en El capital, Marx señale que el capitalismo se apropia de conquistas de la ciencia, la técnica y la organización del trabajo para su propio beneficio, pero al mismo tiempo crea condiciones para el comunismo, tales como la cooperación en el proceso de trabajo, el desarrollo y aplicación de tecnologías, la apropiación de las fuerzas de la naturaleza útiles para la producción, la creación de maquinaria que solamente puede emplearse en común por varios trabajadores, la economización de los medios de producción y la tendencia a crear un mercado mundial.

Por qué es necesario el comunismo
Este libro es una buena contribución para introducirse al tema de la alienación en Marx y también para lograr una comprensión clara de los alcances y límites que tiene en su tratamiento.

Musto debate contra quienes le quitan importancia a la cuestión, así como contra quienes dicen que es el tema principal de la teoría de Marx y señala que la reflexión sobre el problema se vuelve mucho más clara y sólida en la medida en que Marx tiene una mejor comprensión del funcionamiento del capitalismo.

Pero al mismo tiempo, pone esa argumentación en función de explicar el pensamiento político revolucionario de Marx. La alienación no es un problema del ser humano en general, ni de la consciencia individual ni de toda forma de objetivación en abstracto. Por eso, el enfoque de Marx muestra el proceso contradictorio entre la creación de condiciones para la construcción de una sociedad comunista en base al desarrollo de las fuerzas productivas y la orientación de la producción y reproducción hacia la extracción de plusvalor y realización de la ganancia capitalista.

El capitalismo crea las condiciones necesarias para la lucha por el comunismo, pero no más que eso. Debe ser subvertido a través de la revolución socialista, venciendo la resistencia de las clases explotadoras y opresoras, para establecer un régimen social basado en la cooperación, la propiedad colectiva y la búsqueda de las más amplias libertades para las personas.

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Barry Healy, Green Left

Karl Marx died in 1883. In the more than 20 biographies written about him, most depict his final years as spent quietly waiting to die.

Certainly he had enough personal and family health problems to justify retiring into contemplation.

For example, in their authoritative 1933 biography Karl Marx: Man and fighter, Boris Nicolaievsky and Otto Maenchen-Helfen said that after a bout of illness in 1873, “Marx never regained his old capacity for work”.

Marx, they said, “remained the insatiable reader that he had always been; he continued indefatigably making extracts from what he read, he went on collecting material, but he no longer had the capacity to organise it”.

More recent biographies, such as Mary Gabriel’s Love and Capital or Jonathan Sperber’s Karl Marx: A Nineteenth Century Life, while touching lightly on this period, continue in the same vein.

Kevin Anderson’s Marx at the Margins successfully interrogates Marx’s late intellectual trajectory, but leaves out the personal story.

Marcello Musto has stepped in to round out the account in this short, four chapter-long intellectual and personal biography. And what a story it is.

Musto presents Marx’s studies, political interventions, correspondence, personal life, diseases, sorrows, and journeys during his last decade. It is true that Marx did not publish much of consequence during this time, but he never stopped investigating social formations and other subjects.

After his death, mountains of notes were left for Frederich Engels and Eleanor Marx to trawl through. From this material Engels produced the second and third volumes of Capital and the famous segment of the Dialectics of Nature, entitled The Origin of the Family, Private Property and the State.

All these notes have now become public, via the Marx-Engels Collected Works project, known as MEGA2.

Marx read and took notes on a wide range of disciplines such as agricultural chemistry, physiology and physics. When illnesses fogged his mind he turned to mathematical calculus for relief, resulting in his Mathematical Manuscripts.

He also studied anthropology, collected into his Ethnological Notebooks (from which Engels extracted). He researched ancient history, the history of banking and modern history, which are compiled into the Chronological Extracts.

The Extracts, Musto says, are “an annotated year-by-year timeline of world events from the first century BC on, summarising their causes and salient features”.

All the while, he corresponded with workers’ organisations and leaders around the world. Not bad for an aging, infirm revolutionary.

The German edition of Capital sold out in 1881 and the publisher suggested a revised edition, but Marx never got around to providing it. Musto says Marx was preoccupied by his wife Jenny’s final illness, he wanted to see how the 1880’s British industrial struggles would develop and he had started to study the development of US capitalism and it was leading him into new thinking.

It was Marx’s preparedness to allow new facts to broaden his theories that prevented him from being a rigid dogmatist, Musto believes, something that he believes succeeding generations of Marxists have suffered from.

Marx’s flexibility of thought is probably best illustrated in his response to the 1881 letter from Russian revolutionary Vera Zasulich, in which she asked him for his opinion on the Russian peasant village communes. She asked if Russian revolutionaries should organise among the peasants or look to the then-minute Russian working class.

Marx took the question very seriously and drafted multiple answers. He taught himself Russian to research Russian statistics and read Russian novels to understand the culture.

In his answer to Zasulich, Marx states that his analysis of capitalism in Western Europe need not apply to Russia. He says of the peasant form of collective property that “the special study I have made of it … has convinced me that the commune is the fulcrum for social regeneration in Russia.”

Marx drafted a letter to another Russian populist, Nicholai Mikhailovsky, in which he said that “events of striking similarity, taking place in different historical contexts” often lead to totally “disparate results”. This reads like an early formulation of what came to be known as the theory of Combined and Uneven Development, which holds that worldwide events, such as economic depressions or wars, can cause a variety of effects.

Musto gives a detailed account of Marx’s journey to Algeria in early 1882, to repair his health and research common land ownership among Arabs.

He was afflicted by weakness that dogged him his whole time there. He did research some social practices, observed the racist behaviour of the colonial police and wrote some witty letters home about how he had cut his beard and hair because of the heat. He slowly made his way home to Britain, but was shocked by the death of his daughter, Jenny, from cancer. Marx died not long after, quietly at home.

Musto’s combination of personal biography and intellectual appraisal makes for inspiring reading. He argues very well that Marx’s ideas cannot be limited to a simplistic formula, but are living and dynamic.

A disappointment is his brief treatment of Marx’s friendship and correspondence with the zoologist Edwin Ray Lankester. Lankester was a socialist who engaged with Marx in what Musto describes as a “prolific intellectual exchange”.

But little of this interaction is presented, in fact it occupies less than a page. John Bellamy Foster has examined this relationship in his book The Return of Nature.

Bellamy Foster argues that it was vital to the ecological underpinning in Marx’s works. In effect, Marxism should be seen as a philosophy of nature as much as a philosophy of social revolution.

Apart from that one quibble, Musto’s work has much to recommend it. It smashes any attempt to force Marxism into a rigid economic determinism.

Rather, Musto says, Marx looked to “the specificity of historical conditions, the multiple possibilities that the passing of time offered, and the centrality of human intervention in the shaping of reality and the achievement of change”.

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The Last Years of Karl Marx (Book launch)

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Por que Marx decidiu aprender russo no final da vida? (Interview)

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Marx e as sociedades pré-capitalistas (Interview)

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O último Marx (1881-1883) (Interview)

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Joan Manuel Tresserras, NacióDigital

1. El 1881 F.D. Niewenhuis, un dels líders de la Lliga Socialdemòcrata dels Països Baixos, va preguntar a K. Marx quines mesures hauria de prendre un govern revolucionari per assegurar l’èxit del socialisme. Marx va considerar absurda una pregunta tan general, però va respondre que el que calgui fer en un moment qualsevol del futur “dependrà absolutament de les condicions històriques reals en què calgui actuar”. Els detalls de l’episodi i el seu context es poden trobar al llibre de Marcello Musto L’últim Marx.

Una biografia política, editada en català per Tigre de paper Edicions. La resposta de Marx sembla elemental. És l’abecedari de la política: partir de l’anàlisi concreta de cada situació concreta. Però, vistes les pretensions de la direcció de la CUP en el recent debat d’obertura del curs polític al Parlament, potser val la pena insistir-hi. La gesticulació i la lírica radical són una cosa; la denúncia, la canalització del malestar i la mobilització d’energies socials en són una altra; i la recerca responsable de propostes i d’accions que tradueixin aquella energia i les posicions de poder assolides en resultats polítics concrets i tangibles en són, encara, una altra.

2. Tanmateix, tot i les bufonades habituals de la triple dreta (costa saber si desbarren a consciència o sense voler), el premi a la bajanada durant el debat se’l va endur Salvador Illa. Les maneres volien ser esforçadament educades. Però el contingut de les seves afirmacions el mantenia a molts anys llum de la realitat. Aquesta mena de lletanies com ara que “la gent el que vol és passar pàgina” (del procés i de l’octubre del 2017) o que “el referèndum divideix” indiquen una actitud paternalista, conservadora i antidemocràtica. Aquestes sentències semblen fruit d’una temptativa maldestra de justificar la complicitat amb l’estratègia repressiva d’estat plantejada per la dreta extrema i l’extrema dreta espanyoles. Del PSC fundat el 1978, el 2017 en quedava més aviat poc.

Després de l’aval a la ferotge repressió contra els que van voler votar, ja no en queda res. Només la sucursal catalana del PSOE, amb l’aspiració de narcotitzar una part significativa de l’electorat català davant del permanent abús de poder que s’exerceix, des de l’estat, sobre la població i les institucions catalanes. Que Salvador Illa encara no hagi estat capaç de prendre distància respecte a la política repressiva engegada pel PP és un llast pesadíssim pel seu partit i per l’efectivitat de la taula de negociació. Es poden entendre el pànic i els moments de pusil·lanimitat de Pedro Sánchez a Madrid davant d’una dreta capaç d’imposar la seva concepció rància d’Espanya a l’interior del PSOE i a molts segments les seves bases electorals. Però que, amb la correlació de forces existent a Catalunya, Salvador Illa faci el mateix a Barcelona, resulta decebedor i clarificador alhora. Independentment dels efectes electorals que acabi tenint, suposa la renúncia a disposar d’una política pròpia capaç de vincular-se d’alguna manera al tronc històric del catalanisme.

3. Encara són fresques les commemoracions de l’1 i 3 d’octubre del 2017, les grans victòries polítiques del moviment popular català a favor de la independència. I mentre escric, de la mà del president Puigdemont i de l’exili, el sistema judicial espanyol ha tornat a fer el ridícul –una vegada més- davant la justícia europea. El jutge Pablo Llarena sintetitza amb precisió les característiques del conjunt d’un sistema judicial ancorat en el franquisme i pendent de ser reformat amb criteris democràtics: incompetència professional i obcecació política. La potineria reaccionària de tants jutges li hauria de fer veure a Pedro Sánchez que l’amnistia es l’instrument més immediat i inequívoc que té a l’abast per parar els peus a la dreta enquistada en els aparells de l’estat. Si no ho fa, si no els hi planta cara amb determinació des del compromís democràtic del seu govern, no només li continuaran boicotejant els tímids intents de regeneració política sinó que acabaran devorant-lo. I, si això últim passa, la causa no haurà estat la intransigència del republicanisme independentista català, sinó la seva transigència impassible amb la dreta franquista i la monarquia corrupta que l’empara.