Alfonso M. Iacono, Il Tirreno
Cuando en 1989 los agoreros del neoliberalismo anunciaban con júbilo el fin de la historia y el triunfo definitivo del capitalismo, jamás imaginaron que 19 años más tarde, el fantasma de Karl Marx recorrería el corazón de Wall Street y de los principales centros de reproducción de la usura mundial, invocado por ellos mismos.
Hoy, con desesperación creciente, buscan en la obra del proscrito Marx, las claves para comprender la magnitud de la crisis actual del capitalismo, que desde 2008 sacude la economía global. Buscan una salida cosmética – que asegure los intereses del capital – en el contexto de una crisis multifacética que incluye los ámbitos económico, financiero, alimentario, energético y ambiental.
En forma paralela, un grupo de intelectuales de diversas partes del mundo, agrupados en la Fundación Internacional Marx Engels (IMES), trabaja desde hace años en una tarea largamente inconclusa: realizar una edición integral y científica de la obra de Marx y Friedrich Engels. La publicación de las obras completas de ambos pensadores, se inició en 1920 en la ex Unión Soviética, iniciativa conocida como Proyecto MEGA por sus siglas en alemán. En él participaron intelectuales soviéticos y alemanes, pero sucumbió producto de las purgas stalinistas y el auge del nazismo en Alemania. En 1975 se reanudó el denominado MEGA 2, que corrió la misma suerte con el fin de la Unión Soviética y los socialismos reales en 1989.
La IMES, nació en 1990 con el objetivo de retomar y concluir el proyecto MEGA 2, que contempla cuatro secciones con toda la obra de Marx y Engels, la correspondencia, El Capital y sus manuscritos preparatorios y más de doscientos cuadernos de apuntes en nueve lenguas, que son la base de la elaboración de Marx. En la actualidad, han sido publicados 52 volúmenes de un total de 114.
Para Marcello Musto, politólogo y filósofo italiano que conversó con Punto Final, Marx es un autor mal conocido. “La edición de su obra completa nos permitirá acceder a un Marx diferente al que nos presentaron muchos de sus seguidores y adversarios”, puntualizó. Musto es una de las figuras jóvenes actuales más importantes en el estudio y enseñanza del marxismo y se desempeña como académico del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de York en Toronto, Canadá. De visita en Chile, realizó una charla el 19 de julio en la Universidad Arcis, donde presentó el libro “Tras las Huellas de un Fantasma: la actualidad de Karl Marx”, del cual es compilador. El texto incluye las investigaciones filológicas más recientes de la obra íntegra de Marx y Engels, actualmente en proceso de edición.
Crisis cíclica y estructural
Marx analizó en profundidad el capitalismo y elaboró una teoría para superarlo y transitar hacia el socialismo. La aplicación de esta teoría en la ex Unión Soviética y los países de Europa del Este fracasó. En su opinión, ¿cuáles son las causas fundamentales de este fracaso?
Es importante precisar, que el objetivo esencial de Marx era entender el modo de producción capitalista, empresa monumental a la cual dedicó la mayor parte de su vida. Ello no significa que no le interesara analizar y dar algunas indicaciones sobre la sociedad comunista. Esos análisis sobre la etapa pos capitalista, constituyen un verdadero tesoro y los incorporó en los manuscritos preparatorios de El Capital y en otras notas, que hoy podemos conocer. En la experiencia de la ex Unión Soviética, la aplicación del marxismo respondió a una situación económica y social concreta de ese país, y ciertamente existieron diferencias con la teoría de Marx.
¿En qué ámbitos concretos?
En aspectos como la libertad, la distinción entre socialismo y comunismo, que Marx no planteó, y la idea de una organización política y económica bajo el dominio de la vanguardia del partido, que posteriormente también se transforma en la vanguardia del estado. Para Marx, la emancipación de los trabajadores debe ser obra de ellos mismos, algo muy distinto a lo que sucedió en los años grises del socialismo real.
Marx planteó el carácter cíclico y estructural de las crisis del capitalismo y la actual tiene un carácter multifacético que la hace más profunda que las anteriores. ¿Existe posibilidad de solución dentro del sistema, como pretenden los economistas neoliberales o enfrentamos el imperativo de construir una alternativa al capitalismo?
Con el análisis que hizo Marx, uno podría incluso burlarse de la superficialidad con que algunos economistas contemporáneos pretenden explicar la crisis. Plantear que es un fenómeno pasajero y reducir las causas a una simple falta de regulación de mercado y a la usura de algunos grupos económicos aislados, es simplemente ridículo. Enfrentamos una crisis estructural del capitalismo, que dada su profundidad no tiene solución dentro del sistema. Hay que entender que para el capital la crisis no es un problema sino una solución, que permite destruir las conquistas sociales y profundizar los niveles de explotación. La necesidad de superar la crisis la tienen los trabajadores, como decía Marx, para salir de la anarquía del capitalismo. Por ello, se requiere una alternativa al sistema, pero vivimos una paradoja: el poder ideológico dominante es tal, que frente al desastre ambiental y energético, se puede hablar del fin del mundo, pero no del fin del capitalismo.
Se necesita más que indignación
La crisis del sistema ha despertado la indignación de millones de personas en el mundo, que se movilizan contra el modelo. ¿Cómo visualiza el carácter de la lucha de los indignados en el mundo? ¿Luchan por más equidad y justicia dentro del sistema o existe el germen de una lucha por construir una alternativa al capitalismo?
Tengo un gran respeto por las movilizaciones contra el modelo en distintas partes del mundo, pero pienso que la lucha de los indignados no tiene un sentido anticapitalista. Los moviliza la indignación por las injusticias evidentes del sistema y difícilmente podría uno esperar algo más, luego de una derrota tan dramática como la de 1989. Vivimos un contexto complejo desde el punto vista político y teórico, parecido al que enfrentó Marx, con gran efervecencia política y fuerte presencia del anarquismo. Él fue muy crítico con estos movimientos porque consideraba que no eran la alternativa al capitalismo que él sentía necesaria. Hoy se habla mucho de la circulación, de cambiar la forma de moneda, de comercio justo, de banca solidaria. Es la misma polémica que Marx tuvo con Proudon, con el anarquismo iconoclasta que pensaba que modificando la circulación cambiaba el sistema. Si los movimientos sociales, que en la actualidad protestan contra el capitalismo quieren de verdad cambiar las condiciones económicas y sociales, construir una alternativa, necesitan a Marx.
Usted ha planteado que si la izquierda no quiere desaparecer, tiene que volver a saber interpretar las verdaderas causas de la crisis actual del capitalismo, y tener el coraje de proponer y experimentar las respuestas radicales necesarias para superarla. ¿Cuáles son esas respuestas radicales?
Si la izquierda se plantea realizar sólo transformaciones superficiales e insiste en defender y administrar los desastres del capitalismo, significará su autodestrucción y el fortalecimiento de la extrema derecha, que en la actualidad es muy fuerte en Europa. A diferencia de 1989, donde esa derrota afectó fundamentalmente a los partidos comunistas de la órbita soviética, será el principio del fin de los partidos socialistas y de la social democracia. Hay que oponerse al capitalismo y plantear una alternativa.
¿Es esa alternativa el socialismo?
Puede ser el socialismo, pero es esencial determinar las características de ese socialismo. Aspectos como el medio ambiente, la energía y la ecología deben ser fundamentales. También a la luz del estudio de las últimas notas de Marx pienso que debe existir una participación radical, una democracia – Marx utilizaba la expresión autogobierno de los productores -, que implica una participación política y económica del pueblo. En la democracia neoliberal, la esfera económica domina a la política y la ha privado del control democrático, a tal punto que un cambio de gobierno no altera las directrices de la política económica y social. Pienso que debemos hacer lo opuesto: la esfera política, de participación tiene que ser potenciada al máximo. Algunas experiencias de América Latina me parecen esperanzadoras, porque existe un movimiento social amplio y fuerte.
¿A qué experiencias se refiere?
Las nuevas constituciones políticas en Bolivia y Ecuador son un hecho importante. Visité Bolivia y vi un movimiento político social fuerte con conciencia, que en mi opinión constituye un elemento esencial para que podamos hacer algo distinto a la derecha. Es fundamental que los gobiernos de izquierda de estos países dialoguen con los movimientos sociales y transforman esta experiencia en algo plural, aceptando las diferentes culturas de izquierda. Si no lo hacen, enfrentarán serios problemas, lo que sería muy negativo para la izquierda de esos países, de América Latina e incluso para la izquierda mundial.
“La nueva edición crítica de la obra de Marx y Engels sobre la que giran los ensayos incluidos nos permite reflexionar sobre un Marx libre de todo dogmatismo, de toda prevención ideológica, y abierto a la problemática viva de nuestro tiempo”, dice Gabriel Vargas Lozano en el prólogo.
En la introducción Marcello Musto muestra las maneras del redescubrimiento de Marx. El libro luego divide tres secciones, una histórica filológica (Neuhaus, Hubmann), otra sobre el estado empírico de las investigaciones marxistas en el mundo (Omura, Xiaoping, Musto, Almeyra) y otra sobre interpretaciones nuevas de Marx (Haug, Kratke, Reuten, Arthut, Dussel, Bidet, Musto). Hay un exquisito apéndice donde Marcello Musto entrevista a Hobsbawm.
En la primer parte se muestra el sustrato material de la apertura de Marx. Este sustrato está representado por el enorme proyecto editorial de las obras completas de Marx y Engels, MEGA por sus siglas en alemán (Marx-Engels Gesamtuausgabe). El objetivo de este proyecto es publicar todos los registros escritos de ambos, no sólo obras terminadas sino borradores, anotaciones sobre otras obras, artículos periodísticos, notas de lectura, o correspondencia (se contaron “15.000 cartas a asociaciones, partidos y personas”, se dice en el prólogo al libro). Hay que recordar que la obra conocida actual de Marx y Engels se fue publicando progresivamente, todavía de manera inconclusa, a lo largo del siglo XX. Musto muestra en un cuadro los principales textos de Marx según año de publicación. 15 de estas 38 obras principales fueron publicadas después de 1900.
Sabemos que los tomos II y III de El Capital fueron editados por Engels después la muerte de Marx. Como demuestra Marcello Musto, mucha de la obra de Marx publicada posteriormente también sufrió o fue modelada según criterios ideológicos, teóricos y políticos que no eran los de Marx. Generalmente estos criterios apuntaron a la propaganda y difusión, en un proceso de sistematización o codificación de un pensamiento creativo, crítico y que adoptaba fases o contradicciones propias en un proceso de investigación. Sin embargo, probablemente a partir de las primeras presentaciones sistemáticas de Engels, fue llegando al público masivo un Marx “granítico”, “todopoderoso”, lleno de respuestas más que preguntas, un marxismo sin dudas, con leyes objetivas que explican todo.
La filología es un método útil para estar perspectiva de lectura crítica de textos que habían sido leídos como cerrados en sí mismos. Como dice Manfred Neuhaus en su contribución, “el punto decisivo, se podría decir el retorno al paradigma editorial antiguo, es el principio de la genética del texto: el imperativo absoluto no es ya generar un texto que se acerque lo más posible a las intenciones del autor sino documentar este texto en su génesis, o sea, desde el primer esbozo hasta la edición final” (p. 67). Esto debería interesar o relacionarse con la comprensión de un pensamiento en permanente construcción, basando antes en criterios de racionalidad autónoma que en principios de autoridad. El método científico crítico trasciende a su autor ya que para que funcione implica la comprensión crítica de sus practicantes. Entonces la filología interesa para saber cómo llegó un autor a tales resultados, con tales fuentes y materiales, en tales contextos. Las MEGA2 proveerán de estas fuentes no publicadas. Hubmann menciona algunos ejemplos. Mencionemos que Marx construyó el concepto de fetichismo de la mercancía leyendo estudios histórico religiosos como el de De Brosses, cuyo registro se encuentra en el volumen MEGA IV/1. Una profundización de la relación de las lecturas que hizo Marx con la génesis de su producción la hace Musto en su capítulo “Marx en Paris”. El carácter dinámico de la investigación se resalta como hipótesis de lectura de estos documentos inéditos: “no homogéneos y muy lejos de presentar una conexión estrecha entre las partes, los manuscritos son, más bien, la expresión evidente de un pensamiento en continuo movimiento” (p. 125).
La génesis de los intentos de unas obras completas de Marx Engels es una parte de la historia del marxismo como movimiento histórico. El primero fue hecho por Riazanov, luego desaparecido por el estalinismo (fueron las primeras MEGA). El segundo, más limitado, fue una edición de Alemania Oriental. Las MEGA2 surgen de ex miembros de las academias del Partido Comunista de éste país, en asociación con el IISG de Holanda (Instituto Internacional de Historia Social, archivo donde se conserva gran parte de los originales de Marx, Engels, Kautsky, y tantos otros), y grupos académicos de distintas universidades (rusos, japoneses, alemanes). Partiendo de aquí, dice Neuhaus, “los tres deseos relacionados con la continuación de los trabajos de la MEGA” eran la “despolitización, internacionalización y academización” (p. 71). Este punto es especialmente polémico.
Los capítulos de Omura y Xiaoping son extraños pero interesantes para los lectores latinoamericanos, ya que describen detallada y sintéticamente la expansión de la obra de Marx Engels en Japón y China. Omura ofrece una mensuración sobre las investigaciones de El capital en Japón, por ejemplo. Se gráfica una importante actividad intelectual crítica basada en Marx. Mas intrigante para nosotros latinoamericanos es el estado de la investigación marxiana en China, país que formalmente adhiere al comunismo todavía hoy. En su capítulo Wei Xiaoping sostiene que la edición de las MEGA2 ayudará a superar la versión dogmática del marxismo que se difundió en aquel país. Sostiene que esto empezó a cambiar desde 1978 en China, incorporándose lecturas en los contextos del marxismo académico y el marxismo occidental. No obstante sus conclusiones son ambiguas, y sugieren la posibilidad de un Marx que avale las reformas capitalistas en aquel país.
El libro incluye un capítulo de Guillermo Almeyra sobre la difusión y recepción de Marx en América Latina y Argentina en particular. Esta difusión muestra los límites de una aplicación no crítica mencionada por los demás autores. Refiriéndose al “enviado de Marx” a la Argentina (el belga valón Raymond Wilmart), escribe que “el delegado de la AIT sin duda fue el primero que introdujo el pensamiento de Marx en América Latina, pero estuvo muy lejos de utilizarlo para hacer un análisis de la sociedad en la estaba, ya que sus prejuicios eurocéntricos y su desconocimiento de las clases que conformaban la misma, así como de la historia de la lucha entre ellas, lo empujaron hacia el retorno al medio social con el que había roto cuando salió de su hogar convertido en blanquista” (p. 140).
Las conclusiones de Almeyra no solo son interesantes sino que actuales para una concepción marxiana abierta. “En resumen, es lícito afirmar que Marx entra en América Latina tardíamente en la obra de Mariátegui (cuyo marxismo viene de Gramsci vía Gobetti) y de pensadores como Bagú…” (p. 145). “Para Mariátegui la liberación de los indígenas y la realización de las tareas democráticas, como la revolución agraria, no podían ser obra de una burguesía nacional debilísima, prácticamente inexistente, sino de una revolución proletaria y campesina que planteara el socialismo…Mientras que el discípulo de Marx Ave Lallemant se despreocupaba del sujeto de la revolución y veía a ésta como el resultado d desarrollo y de las contradicciones en las fuerzas productivas, Mariátegui pone en primer plano al sujeto obrero y popular de la transformación revolucionaria y ve el triunfo socialista no como inevitable sino como una tarea a realizar” (p. 144). La cuestión del sujeto obrero y popular latinoamericano se sigue discutiendo vivamente en las izquierdas de nuestro continente.
La tercera sección es las más teórica, metodológica y filosófica. Sin dudas mantiene el hilo general del libro en torno de una concepción no dogmática de la obra de Marx. Lo hace en la discusión e interpretación de las relaciones entre dialéctica y crítica de la economía política, en las relaciones entre Hegel y Marx, o con la filosofía en general. “La obra de Marx sigue siendo todavía hoy contemporánea, porque puede entenderse no como dogma sino como un proyecto teórico-práctico abierto y de hecho como aportación crucial para la compresión teórica del emergente capitalismo de alta tecnología” (Haug, p. 150). Podemos entender que los autores de esta sección coinciden en que el método de Marx apunta a una dialéctica más allá de Hegel, que no solo lo invierte sino que lo desplaza desde otra concepción.
Así Haug cita a Bidet escribiendo que “una lectura rigurosamente dialéctica solo puede ser aquella que no lee el principio a la luz de lo que viene después” (162). Esto viene a cuento de la genealogía del mismo pensamiento de Marx (sus etapas), por un lado, pero fundamentalmente sobre su concepción de la dialéctica materialista. El desarrollo no tiene finalismo debido a que el movimiento de la contradicción no son formas del concepto (que se conoce a sí mismo) sino formas de la práctica social. De las implicaciones puede mencionarse una crítica a entender la crítica de la economía política como dialéctica del capital como el sujeto. Esto podría sostener según la línea hegeliana, suponiendo que la totalidad cognoscible está dada por el capital como sistema reproductivo. El desplazamiento materialista conduce a la práctica de la relación social del antagonismo, de por sí abierta tanto en la lógica como en la historia. El cierre hegeliano es la completitud del sistema de concepto a esencia, una lógica que se corresponde bien con la idea de que la historia racional es capitalista o técnico productiva (nos referimos que la visión tecnologicista supone el final de la historia en el principio).
Marcello Musto menciona a Michael Lebowitz y Moishe Postone como muestras destacadas de “interpretación general innovadora del pensamiento de Marx” (nota 74, p. 46). Ambos autores produjeron libros importantes de interpretación de las categorías de la crítica de la economía política marxianas. Pero podemos decir que ejemplifican la dualidad señalada arriba entre una problemática centrada sea en la clase trabajadora o en el capitalismo como sujetos históricos. En Más allá de El capital, Lebowitz señala críticamente la ausencia del libro del trabajo asalariado en El capital. Esta ausencia es la falta de construcción de una economía política del trabajo, o de los trabajadores. El problema sería que El capital no incorpora a la lucha de clases en su diseño expositivo.
Postone utilizó los Grundisse para desarrollar la categoría de valor y de capital como conceptos socio-históricos, dando un paso más en la crítica de las categorías económicas. Aquí el capital se convierte en el sujeto de la historia, incluso como lógica abstracta temporal con independencia de la subjetividad de las clases antagónicas. La lectura de Postone afina bastante en variados aspectos incluyendo la manera en que la lucha de clases modifica históricamente las formas del capital. El tiempo social abstracto de trabajo se convierte en la temporalidad histórica unidireccional. Puede subvertirse pero mediante una socialidad general posibilitada por el desarrollo capitalista.
La perspectiva de Lebowitz grosso modo se acerca a quienes de distintas maneras pusieron a la lucha del trabajo y los trabajadores en el mecanismo histórico de cambio más relevante. En la actualidad esta perspectiva a su vez insiste en la multidireccionalidad del proceso histórico. Dicho de otra manera, que la crisis del capitalismo como sistema histórico depende de la lucha subalterna que genera una nueva alternativa. La interpretación la mayoría de los capítulos del libro en la sección que se titula “El capital: la crítica inconclusa” abona esta perspectiva, o en todo caso la sección entera podría leerse desde esta dualidad. Esto es especialmente importante teniendo en cuenta que el debate por la alternativa se ha acrecentado en el contexto de la crisis internacional. El pensamiento abierto goza de amplia difusión, pero muchas veces sin bases teóricas sustentables. Frente a ello las interpretaciones marxistas ortodoxas se benefician de esta debilidad, pero insistiendo en que la estrategia revolucionaria “materialista” se sostiene por el conocimiento de las “leyes científicas objetivas”. Paradójicamente o no, este positivismo se combina y se combinado con cierto hegelianismo. Pero, como dice Arthur, “la crítica del capital es paralela a la crítica de Hegel” (p. 213).
È una notte freddissima e stellata quella che mi porta a Vallagrande.
Tutti sanno perché mi trovo qui. Sono venuto a visitare La ruta del Che, i luoghi dove Ernesto Guevara trascorse le ultime settimane della sua esistenza. Quelli che avevo cercato sull’atlante geografico di mio nonno nell’estate in cui lessi, per la prima volta, il Diario in Bolivia. Fuori dal centro abitato c’è la fossa comune – trasformata in museo – dove il Che, cui furono amputate anche le mani per testimoniarne in modo definitivo e certo la morte, venne seppellito con sei guerriglieri della sua colonna, nella notte tra il 10 e l’11 di ottobre del 1967.
Sono a bordo di un autobus vecchio e malridotto, come tutti quelli destinati a queste tratte remote, e condivido il lungo viaggio iniziato a Santa Cruz, su una strada di montagna e a tratti sterrata, con gente del posto che ritorna in paese dopo un faticosa domenica di mercato. Intorno a me gli sguardi incuriositi dei bambini avvolti in coperte colorate e i volti degli adulti segnati dalla stanchezza. Tutti sanno perché mi trovo lì. Sono venuto a visitare La ruta del Che, i luoghi dove Ernesto Guevara trascorse le ultime settimane della sua esistenza. Quelli che avevo cercato sull’atlante geografico di mio nonno nell’estate in cui lessi, per la prima volta, il Diario in Bolivia.
All’ingresso del paese c’è una grande statua di Gesù, sotto la quale, nonostante l’enorme ritardo della corriera e la temperatura sottozero, mi attende Anastasio Kohmann. Tedesco di nascita, giunse in Paraguay negli anni Sessanta, quando entrò giovanissimo in un ordine francescano. Espulso dal paese durante la dittatura fascista di Alfredo Stroessner, per il suo impegno sociale in favore delle comunità indigene guaranì, da allora vive qui. Non ha mai più abbandonato la “opzione preferenziale per i poveri” della Teologia della Liberazione e, da qualche anno, coordina le iniziative della Fondazione Che Guevara a Vallagrande. Chi conosce l’America latina sa bene che questa non è una contraddizione.
In precedenza, a Santa Cruz, avevo incontrato un uomo combattivo e di grande simpatia. Da sempre lo chiamano, a causa della sua bassa statura, el chato (il piccoletto). È un dottore che ha fatto il rivoluzionario e nella sua stanza i libri di medicina si alternano a quelli di marxismo. Alcuni di essi, ad esempio Un uomo di Oriana Fallaci, Senior Service di Carlo Feltrinelli o La ragazza che vendicò Che Guevara di Jürgen Schreiber, raccontano anche la storia della sua famiglia. Osvaldo Peredo, infatti, è il fratello di Inti e Coco, i rivoluzionari che accompagnarono il Che nella sua campagna di Bolivia (Inti, uno dei combattenti più vicini a Guevara, era il luogotenente delle operazioni militari) e, da molti anni, presidente della Fondazione Che Guevara in Bolivia.
Insieme, Anastasio e Osvaldo, mi guidano alla lavanderia dell’ospedale Nuestro Señor de Malta, nella quale il corpo del Che fu esposto al pubblico per l’ultima volta e venne fotografato, già privo di vita, ma con gli occhi ancora aperti. Qui, come in altri luoghi della zona, operano oggi gruppi di medici cubani giunti negli ultimi anni, in forza di un progetto di solidarietà voluto da Fidel Castro, allo scopo di realizzare nuovi e avanzati presidi sanitari che hanno notevolmente migliorato gli standard di cura e assistenza della regione.
Fuori dal centro abitato c’è la fossa comune – trasformata in museo – dove il Che, cui furono amputate anche le mani per testimoniarne in modo definitivo e certo la morte, venne seppellito in segreto, assieme ad altri sei guerriglieri della sua colonna, nella notte tra il 10 e l’11 di ottobre del 1967. Il luogo si trova poco distante dal comando militare e dal piccolo campo di aviazione presso i quali rangers boliviani e agenti della CIA guidarono le operazioni di rastrellamento dell’intero territorio per catturarlo. I suoi resti sono riapparsi soltanto dopo trent’anni, grazie alle ricerche del luogo esatto del seppellimento effettuate da un gruppo di antropologi cubani e argentini. Oggi sono conservati, in un mausoleo dedicato al Che, a Santa Clara, la città cubana dove, nel dicembre del 1958, egli aveva guidato la battaglia decisiva che segnò la vittoria della rivoluzione e la fine del regime di Fulgencio Batista.
Intorno all’ipotesi di recupero di questi luoghi, qualche settimana fa, rappresentanti dei governi argentino, boliviano e cubano si sono riuniti con l’ambizioso obiettivo di realizzare un itinerario delle tappe più significative della vita di Ernesto Guevara: la ruta del Che, appunto. È auspicabile che il progetto, già avviato in Argentina, prosegua ora anche in Bolivia, per sottrarre la memoria del Che al monopolio mercantile delle agenzie di viaggio.
Tra le montagne dell’America latina
Per giungere a La Higuera si impiegano circa tre ore. Ci si arriva solo in jeep perché la strada che conduce a questo minuscolo villaggio, di appena una cinquantina di abitazioni e a oltre 2.000 metri di altitudine, è del tutto priva d’asfalto e piena di tornanti. È un luogo desolato, lontano dal mondo.
Lungo il percorso incontro alcuni campesinos. Attraversano la strada sconnessa, camminando a passo lento. Mesti, con i loro arnesi da lavoro in spalla. Non sembra sia cambiato molto da quando il Che, entrato nel paese nei primi di novembre del 1966, durante la dittatura militare del generale René Barrientos, attraversò queste valli. Egli scelse la Bolivia non perché fosse guidato, come ingenuamente gli venne attribuito, dall’idea di riproporre meccanicamente, in un contesto diverso, le strategie politiche e militari attuate a Cuba. Né, tanto meno, per perseguire un obiettivo meramente nazionale, ma perché convinto della necessità di dover dare vita a un processo rivoluzionario che investisse tutto il Cono Sur. Un progetto sovranazionale, che dalla Bolivia si sarebbe poi rapidamente dovuto estendere anche a Perù e Argentina, quale unica possibilità per impedire agli Stati Uniti di intervenire e colpire a morte i singoli, e più deboli, focolai di resistenza locali. Questo era il suo progetto: “Creare due, tre… molti Vietnam”, come aveva scritto nell’articolo consegnato alla rivista Tricontinental qualche mese prima della sua morte. Per questa ragione, la Bolivia, al centro del continente e confinante con ben cinque paesi, gli sembrò il luogo più adatto dove poter avviare la formazione di un gruppo di quadri ai quali affidare, una volta addestrati, il compito di organizzare vari fronti di lotta in tutta l’America latina.
A fondare con lui l’Esercito di Liberazione Nazionale di Bolivia (ELN) vi furono soltanto 46 guerriglieri. Così Fidel Castro scrisse, nella Introduzione che accompagnò la pubblicazione del Diario in Bolivia: “Mai nella storia si è visto un numero così ridotto di uomini intraprendere un compito tanto gigantesco”. La morte arrivò inaspettata, 11 mesi dopo l’inizio della guerriglia. L’otto di ottobre del 1967 il Che, sorpreso in una gola chiamata la Quebrada del Yuro insieme ad altri 16 compagni, fu ferito alla gamba sinistra e catturato dopo tre ore di combattimento. Trasportato nella vicina La Higuera, fu assassinato il giorno seguente, per ordine di Barrientos e della CIA, dal militare Mario Terán, lo stesso che, nel 2006, sarà operato gratuitamente, riacquistando la vista, da uno dei medici cubani giunti in Bolivia, con il progetto di solidarietà Operación Milagro, in seguito all’elezione di Evo Morales. In proposito, il quotidiano Granma di L’Avana scrisse: “Quattro decenni dopo che Terán tentò di distruggere un sogno e un’idea, il Che è tornato a vincere un’altra battaglia. Ora Terán può di nuovo apprezzare il colore del cielo e della foresta e godere del sorriso dei suoi nipoti”.
Un’icona intramontabile
La notizia della morte del Che lasciò tutti increduli, ma le sue idee si diffusero con una rapidità che nella storia del Novecento ha pochi altri esempi ai quali poter essere confrontata. Ai suoi figli lasciò soltanto una lettera, nella quale, rivolgendo loro la raccomandazione a non dimenticare che “ognuno di noi, da solo, non vale nulla”, li esortò ad essere “sempre capaci di sentire nel più profondo qualsiasi ingiustizia commessa, contro chiunque, in qualsiasi parte del mondo”. Un messaggio che comparve sulle bandiere del movimento operaio internazionale e che, ancora oggi, parla alle giovani generazioni dell’intero pianeta.
Nel dicembre del 1964, il Che intervenne all’Assemblea generale dell’ONU. Parlò dell’America latina e della lotta di liberazione dei suoi popoli, esponendo la convinzione che essa non sarebbe avvenuta solo con il contributo di soggetti, pur importantissimi, come partiti e intellettuali progressisti. Accanto “agli operai sfruttati – disse – questa epopea che sta davanti a noi la scriveranno le masse affamate degli indios e dei contadini senza terra”. Ai più parvero enunciazioni di un novello Quijote, ad altri, anche a sinistra, parole di un visionario. Oggi, invece, dopo la sconfitta delle dittature militari che hanno martoriato un intero continente e con l’avanzare, in quegli stessi luoghi, di una partecipazione sociale – dalle organizzazioni indigene di Ecuador e Bolivia al Movimento dei Sem-Terra in Brasile – fino a pochi anni fa impensabile, l’eredità del suo pensiero si ripresenta più attuale che mai.
La ricchezza di Potosì, città della Bolivia, cominciò a essere conosciuta in Europa nel 1545, quando un gruppo di conquistadores spagnoli vi si insediò per sfruttare il tesoro conservato nel suo sottosuolo.
In pochi decenni, la città si ingrandì enormemente e, a ottanta anni dalla sua fondazione, divenne, con i suoi 160.000 abitanti (più di Parigi, Roma, Londra e Siviglia), il centro più popolato e ricco d’America.
La sua fama girò il globo intero. Si calcola che dalle sue cave siano stati estratti circa 50.000 tonnellate di argento, tante quanto ne sarebbero bastate per costruire un ponte fino alla Spagna. Fu la più grande miniera d’argento del mondo e produsse una quantità enorme di ricchezza giunta in Europa sul dorso dei lama, fino alle coste cilene, e da lì trasportata nelle stive dei galeoni iberici. Per i signori di Potosì tutto era d’argento e il nome della città divenne sinonimo di lusso: “vale un Potosì” scrisse Miguel de Cervantes nel Don Chisciotte della Mancia. Le comunità indigene, invece, furono sottomesse alla schiavitù e quando decine di migliaia di nativi cominciarono a morire per le condizioni disumane cui erano sottoposti nelle miniere, i colonizzatori presero a importare schiavi – oltre 30.000 – dall’Africa. Il numero esatto di morti complessive causate è incalcolabile. Di certo, l’arrivo della “civiltà europea” significò saccheggio e genocidio.
Dopo due secoli di sfruttamento, l’argento iniziò a scarseggiare, chi poté abbandonò Potosì e l’intera zona cadde nell’oblio. Nel 1987, la città fu dichiarata patrimonio dell’umanità dall’Unesco, ma – come ha scritto Eduardo Galeano in Le vene aperte dell’America latina – qui non rimasero che i fantasmi della ricchezza di un tempo.
La montagna che mangia gli uomini
Camminando per le strade di Potosì se ne avverte costantemente la presenza, inquietante come la sua storia, e da ogni suo angolo se ne scorge la vetta – poco meno di 4.800 metri. È il Cerro Rico, la montagna che mangia gli uomini. È imponente, rossastro, pieno di fori e abitato da figure, al suo cospetto minuscole, che si affannano a bucarlo e da camion che vanno su e giù per trasportane le sue pietre più preziose.
La zona alta della città è territorio di lavoratori. Circa 6.000 minatori – il numero varia a secondo delle congiunture economiche legate al prezzo dei metalli – sono accampati intorno alla cima del monte e vivono ancora dei suoi resti. Non più solo argento, ma zinco, rame, piombo e stagno. Lavorano in modo artigianale, con strumenti poveri e rudimentali, tramandandosi conoscenze antiche. Il loro è forse il mestiere più terribile del mondo. Non solo per quanto stanca, ma perché uccide. In qualsiasi istante, poiché non esiste sicurezza e non c’è che da affidarsi al Tio – la divinità alla quale i minatori offrono costantemente doni per essere protetti e assistiti dalla fortuna –; e col passare del tempo, perché nelle fauci del Cerro Rico ogni respiro è un passo verso la silicosi.
Le donne non sono benvenute nelle viscere della montagna. A essa possono avvicinarsi solo le palliri, le vedove dei minatori scomparsi che, per sopravvivere, hanno il diritto di raccogliere le pietre, che a volte cadono dai carrelli, nel tragitto tra l’ingresso della miniera e i camion che le trasportano. Si incontrano al mercato, dove, con tutti gli altri lavoratori, si recano per acquistare non solo gli attrezzi loro necessari, ma anche le foglie di coca, elemento indispensabile per lavorare un’intera giornata a quell’altitudine; le sigarette artigianali, che contengono eucalipto e aiutano la respirazione; e l’alcol puro (96°), che si consuma nelle pause del lavoro e consente di resistere in quelle condizioni estreme.
L’ingresso per l’inferno
Degli oltre 500 fori aperti, nei secoli, nel Cerro Rico, ne visito alcuni accompagnato da una guida e da un gruppo di minatori. A dispetto del gran caldo che c’è fuori, dopo alcune centinaia di metri, la temperatura scende sotto lo zero. Diverse stalattiti ostacolano il percorso, mentre l’acqua, in alcuni punti, giunge fino alle caviglie ed entra negli stivali logori. Proseguendo, alle zone più facilmente percorribili, che si trovano all’inizio, se ne alternano altre in cui bisogna camminare quasi inginocchiati, poiché i cunicoli, alti poco più di un metro, diventano sempre più piccoli e angusti. Se ci si ferma, prende il sopravvento lo sgomento. Eccetto il flebile chiarore emesso dalla lampada sistemata sul casco, tutt’intorno vi è il buio più totale e ci si sente immersi in un silenzio assoluto. Silenzio interrotto bruscamente solo dal passaggio dei carrelli, pesanti una tonnellata, colmi di minerali raccolti e trascinati, lungo le rotaie divenute quasi inservibili col passare degli anni, da quattro lavoratori per volta. In questi casi, bisogna muoversi con attenzione, cercando corridoi laterali o spingendo, più che si può, il proprio corpo contro il muro per facilitarne il passaggio.
Si cammina ancora e, in pochi minuti, la temperatura sale vertiginosamente. Ora è oltre i quaranta gradi. L’escursione termica è micidiale. La terra sotto i piedi non è più bagnata, ma arida. L’aria si fa pesante; manca l’ossigeno. La polvere è dappertutto, la si respira e ti entra negli occhi. Bisogna andare oltre, avanzare di qualche decina di metri, fino al fondo, dal quale, adesso, si sentono forte dei rumori. Qui ci sono i perforisti, quelli che hanno il lavoro più difficile: bucare le mura con il trapano e squarciare le pareti con la dinamite preparata artigianalmente. Lavorano quasi nudi, in condizioni terribili. Alcuni, utilizzando veri e propri ascensori per l’inferno, scendono fino a 240 metri di profondità, in tunnel minuscoli a stento attraversabili con il corpo. Alla ricerca di una vena di zinco, stagno o piombo. Per portarne in superficie il più possibile e poter ricevere la paga settimanale.
Al ritorno, il cammino è lungo. Il freddo penetra le ossa e lo si avverte ancor più che all’andata. E quando finalmente si scorge una luce in lontananza, il pensiero dell’uscita è ritorno alla vita. Sembra trascorsa un’eternità, ma l’orologio è li a ricordare che son passate soltanto tre ore. Il sole forte illumina e riscalda, mentre giungono altri mineros che si accingono a cominciare il loro turno. Nel guardare i loro volti, gentili ma induriti dal lavoro, non ci si può non domandare come sia possibile trascorrere ogni giorno per 30 anni in quell’inferno.
Un’economia semicoloniale
Nei decenni, il numero dei minatori boliviani si è ridotto significativamente ed è oggi pari a 70.000 unità, soltanto l’1,5% della popolazione attiva. Tuttavia, se si considera che producono il 25% delle esportazioni del paese, che, grazie a essi, altri 300.000 lavoratori trovano impiego nei trasporti, nella produzione di macchinari e nel commercio, e che costituiscono una delle punte più combattive del proletariato dell’America Latina, si comprende perché rappresentino ancora una componente essenziale della vita economica e sociale del paese più povero del sub-continente.
Nonostante la Bolivia sia il settimo produttore mondiale di argento e di piombo, la sua economia è ancora caratterizzata dalla mancanza di adeguati mezzi di sussistenza. Il 90% dei minatori lavorano, privi di diritti e di sicurezza sociale, in cooperative. Queste, però, realizzano solo il 20% delle estrazioni e il settore è fortemente controllato dalle multinazionali straniere: l’impresa giapponese San Cristóbal gestisce non solo l’85% del mercato del piombo, ma – assieme alla svizzera Sinchi Wayra – l’85% dello zinco e – sempre con la Sinchi Wayra e con la statunitense Panamerican Silver – anche il 75% delle estrazioni d’argento.
Questa presenza non ha generato alcun miglioramento per la ricerca, prova ne è il fatto che la maggior parte delle miniere utilizzate sono le stesse del periodo coloniale. Nulla è cambiato circa le infrastrutture, visto che il trasporto dei minerali avviene ancora sulla vecchissima rete ferroviaria costruita nel 1892. Tantomeno si è proceduti sulla strada dell’autonomia, poiché la Bolivia non raffina che una parte minuscola di argento e piombo e neanche un grammo di zinco. È costretta a limitarsi alla mera esportazione di materie prime, agli stessi stati dove hanno sede le imprese multinazionali che controllano il mercato.
Al paese non restano che le briciole dei numerosi milioni di dollari di ricavo annuale provenienti dal settore, anche perché le imprese straniere pagano solo l’8% di tasse, cifra inferiore non solo al 56% che versava la compagnia di stato Comibol, ma anche al 13,5% ceduto dai famigerati “baroni dello stagno” nei lontani anni Trenta.
A fronte di questa realtà e considerati i danni all’ambiente e la rapina di risorse non rinnovabili, c’è da augurarsi che la Bolivia proceda, senza tentennare, sulla strada della nazionalizzazione. Per mettere fine a un’economia semicoloniale e passare a una fase di modernizzazione ecologicamente sostenibile e rispettosa delle decisioni delle comunità indigene che vivono nei suoi territori.
Since the onset of global crisis in recent years, academics and economic theorists have been drawn to Marx’s analysis of the inherent instability of capitalism. The rediscovery of Marx is based on his continuing capacity to explain the present.
In the context of what some commentators have described as a “Marx renaissance”, the aim of this book, edited by Marcello Musto, is to make a close study of Marx’s principal writings in relation to the major problems of our own society, and to show why and how some of his theories constitute a precious tool for the understanding and critique of the world in the early twenty-first century.
Marcello Musto has produced an edited volume which provides not only a robust defence of the continuing relevance of Marx to our times but also new and challenging perspectives for those already accepting of such relevance. Musto, a Visiting Professor of Political Theory at York University (Toronto), has considerable experience in both areas, having previously edited Karl Marx’s Grundrisse 150 Years Later. Indeed, the depth and breadth of his knowledge of Marx’s texts can hardly be in doubt, as he has carried out extensive research on the latest historical-critical edition of the collected works of Marx and Engels, known as MEGA². Here this knowledge is demonstrated in Musto’s introduction which outlines some of the ways in which twentieth-century Marxism distorted Marx’s thought and why we should celebrate a revival of interest in the original texts. It also provides a useful chronology of Marx’s writings across his lifetime.
Marx for Today is split into two parts. Part One offers new interpretations of Marx’s writings and Part Two presents the ‘global reception’ of Marx across a range of countries including South Korea, China, France as well as Hispanic America. The first set of essays are likely to have a much wider appeal; Marxist scholars will find the shorter global reception surveys of useful reference, providing as they do a “who’s who” of those who have published on Marx in the last decade or so across the world.
The new interpretations in Part One offer a comprehensive look at Marx’s thought and feature a number of notable scholars such as Kevin Anderson, George Comninel, Terell Carver, Michael Lebowitz, Rick Wolff and Ellen Wood (whose chapter is in large part a reprint of a 1997 article). Stand-out contributions come from Anderson on Marx and non-western societies, nationalism and ethnicity, Musto himself in a chapter on alienation and Carver on Marx’s rhetoric. Rick Wolff also provides an excellent chapter outlining a Marxist approach to the global financial crisis and some suggestions for installing democracy in the workplace.
Anderson’s chapter challenges the view – common to post-colonial critics – that Marx was eurocentric, that he was unconcerned with race, nationalism and ethnicity and that he prescribed a single path to development. He shows another side to Marx, one which came to focus increasingly on and give support to resistance to colonialism in India, national liberation in Ireland and Poland, and anti-slavery movements in the U.S. Of particular interest is the existence of notes that Marx made in his last years of anthropological studies in India and elsewhere, many analysing communal forms of property and some of which have yet to be published.
Carver’s chapter urges us to read Marx as a ‘trouble-making journalist’ and explores the use of satire and scorn as a political strategy in his writings, in particular a little-known piece called ‘Herr Vogt’. Marx’s rhetorical flourishes, Carver argues, had a serious, if cryptic purpose: ‘the parodic qualities of the presentation – and subtle ironies of the covertly critical wit – misled many if not most readers into reproducing as truth the very “truths” that Marx was painstakingly … deconstructing as collective illusions.’ Similar rhetorical strategies, we are told, may be found in Jon Stewart’s “Daily Show” or Private Eye, if only in method.
What many of the contributions highlight is the importance of returning to Marx’s texts to see what he actually wrote, rather than relying on second-hand characterizations. The diversity of topics in this book suggests that there is still much to be salvaged from the original works. But nowhere are we told that there is one, “true” representation of the author; on the contrary, many of the chapters celebrate the multiplicity of Marxisms that exists to the present day. What would have been welcome in Part Two of the book on Marx’s ‘global reception’ is more of a joining-up of the Marxist intellectual scene with national histories – something that Sobrino manages well in his piece on Marxism in Hispanic America, a task perhaps made simpler due to the violent history of left-right political conflicts in the region.
I would recommend this book to those already familiar with some of Marx’s works. Though most of the chapters are accessible and the introduction provides an outline of Marx’s intellectual objectives, some prior knowledge of the texts will bring greater rewards for the reader.
‘Hoy, Marx no hablaría de dictadura del proletariado’
Marcello Musto – Marcello Musto recorre América Latina con la presentación del libro ‘Tras las huellas de un fantasma, la actualidad de Karl Marx’, para provocar el debate sobre el pensamiento marxista.
Una de las principales preocupaciones del investigador y académico italiano es la poca divulgación bibliográfica que se hizo de Karl Marx. Desde hace varios años se ha dado a la tarea de escudriñar los manuscritos y cartas del pensador, Friedrich Engels y sus amigos, y descubrir las ideas que no necesariamente fueron incorporadas en El capital, el libro básico de los estudios filosóficos y políticos sobre economía, capitalismo y clases sociales del autor prusiano del siglo XIX.
Quizás pueda resultar superfluo imaginar a Karl Marx (1818-1883) teorizando y planteando luchas en la actualidad, como en la Comuna de París. Sin embargo, nacido del análisis de Marcello Musto, un estudioso italiano de Marx, es posible. De paso por La Paz, éste se anima a decir que el autor del Manifiesto Comunista, junto a Friedrich Engels, no pensaría lo mismo ahora de la tesis de la “dictadura del proletariado”, tan utilizada en las movilizaciones de las izquierdas de hoy y de antes en el país.
“Pienso que hoy, Marx nunca diría dictadura del proletariado. Viendo lo que ha pasado en la Unión Soviética, no diría este concepto que ha utilizado algunas veces; que no tiene nada que ver con (lo que hicieron) los políticos stalinistas”, dice en una charla con Animal Político, en ocasión de la presentación de Tras las huellas de un fantasma, la actualidad de Karl Marx, libro junto a otros autores universales que editó, hace dos semanas en La Paz y Cochabamba.
Si es así, se desmitifica el concepto y el sentido de la dictadura del proletariado, retrucamos. “Sólo estuve pensando. Si Marx utilizaría este eslogan, lo haría después de algunos errores o una tragedia (como la) del movimiento obrero en la Europa oriental (Rumanía, Albania)”, responde Musto, aunque antepone a su afirmación su modestia.
Mijaíl Aleksándrovich Bakunin (1814-1876), considerado uno de los padres del anarquismo, ya había cuestionado el concepto de Dios y el Estado. “¿Qué significa el proletariado elevado a condición de clase dominante? ¿Acaso todo el proletariado estaría a la cabeza del Gobierno? Hay cerca de 40 millones de alemanes, ¿acaso todos ellos serán miembros del Gobierno? Todo el pueblo será director y no habrá Gobierno, no habrá Estado. Pero toda vez que haya Estado, habrá dirigidos, existirán esclavos”.
Marx había planteado la idea —sólo 12 veces usada en los escritos junto a Engels, según Musto— en su afán de promover el derrocamiento del régimen burgués y el establecimiento del proletariado en el poder tras la revolución socialista. “Ya hemos dicho que el primer paso de la revolución obrera será el ascenso del proletariado al poder, la conquista de la democracia”, dicta, por su parte, el Manifiesto Comunista.
“Marx tenía la idea de una sociedad organizada de manera democrática, con participación social, política y económica; utilizaba diferentes palabras para decir comunismo y socialismo: autogestión de los trabajadores”, recuerda Musto.
La dictadura del proletariado es algo que Marx ha mencionado por un periodo de lucha muy fuerte entre los capitalistas, las clases dominantes y los trabajadores, y el ejemplo más importante era la Comuna de París, en su análisis.
Más allá de eso, de la especulación nuestra sobre el sentido actual de la dictadura del proletariado, dice que Marx ha dicho dos cosas: “uno, no hay una única vía para hacer la revolución o cambiar las relaciones económicas; en una realidad homogénea, puede ser con elecciones democráticas (Holanda) o puede ser con la revolución (Alemania). Marx dijo que condiciones sociales diferentes y homogéneas no hay un modelo o una ley”.
Sin embargo, sus ideas no siempre fueron reproducidas como él las planteaba, quizás por eso nuestro interlocutor considera que el stalinismo, con la purga de ideas en los años 30, fue una de las causas de su escasa expansión. Joseph Stalin (1878-1953) planteaba el rigor del poder de la mayoría explotada sobre la minoría explotadora, pero sin una democracia plena para todos.
“El hecho de que la palabra ha sido tan importante en la Unión Soviética es porque el partido tenía que hacer el control de la sociedad, y después el Estado, porque el partido se ha hecho Estado”, considera Musto.
Ahora. Cree que, aún así, Marx ha regresado, y esa condición es insumo para el debate actual acerca de su pensamiento. Eso quiere decir que los estudiosos y las universidades han comenzado a desempolvar los escritos y otorgarle de nuevo el valor a sus pensamientos. “Marx ha regresado como investigador del capitalismo. El verdadero retorno de Marx es el retorno político, en periodistas, trabajadores y movimientos políticos”, dice el académico, profesor y PhD en Filosofía y Política de la Universidad de Nápoles, Italia.
Su preocupación está en la acción actual no siempre consecuente con el pensamiento de Marx y Engels. “Necesitamos un Marx verdadero en las luchas”, reclama, como personalizando al pensador con los movimientos sociales del mundo.
De gira académica por América Latina con la provocación de Tras las huellas de un fantasma…, Musto argumenta que en el orbe, como el capitalismo en la época de Marx que impedía la propagación de sus ideas, las condiciones son complicadas. “En gran parte del mundo estamos en una condición difícil, de defensa (de los derechos), porque hay un ataque a la condición de los trabajadores, como pasa en Europa”, dice.
Claro, hay movimientos dispersos, como los jóvenes en Seatle, Madrid o México, que si bien comienzan a cuestionar el sistema, no necesariamente comulgan con el pensamiento marxista. “No tienen ninguna idea de lo que es el anticapitalismo, una sociedad diferente. Cuestionan el sistema pero sin los instrumentos para lucharlo”.
“El anticapitalismo de Marx, el internacionalismo del Che Guevara o los pensamientos de Gramsci (Antoni, 1891-1937) sobre la tradición marxista del movimiento obrero, es lo que necesitamos”, afirma.
En ese su repaso de la reproducción del pensamiento marxista en la región, cita a Cuba, aunque el Che, con sentido autocrítico, alguna vez dijo que el marxismo allí fue menos pragmático, más dogmático y con influencia rusa. “Claro. Yo digo cómo podría haber sido diferente si vamos a pensar las condiciones en las cuales el marxismo y la lucha revolucionaria nacieron… Claro, Rusia tenía este sentido, esta intromisión mundial muy fuerte, estamos hablando de pocos años después de la muerte de Stalin. Principalmente tenía eso”, asiente el profesor de Ciencias Políticas de la York University, Toronto (Canadá).
¿Y puede decirse que Cuba es el ejemplo más claro del desarrollo del pensamiento marxista? “No lo sé. Claro que Marx estudió una realidad que era mucho más capitalista; veía las transformaciones de Europa y todo el mundo. Cuba tenía una condición diferente, como el marxismo tenía una condición diferente”, responde el estudioso marxista.
“Fidel Castro, un año después de la revolución (1959), cuando la revolución estuvo llegando a ser más socialista, dijo ‘hemos hecho algo más grande que nosotros mismos’”. Pero… Musto guarda fe en la irrupción de gobiernos de izquierda en América Latina, como los de Bolivia y Ecuador, especialmente. “En América Latina, hoy la izquierda es fuerte”, admite.
¿Y cree que Bolivia está recuperando ese pensamiento? “Yo pienso que sí, sobre todo… Para mí, no es importante que se recupere a aquella persona, sino el pensamiento verdaderamente anticapitalista”.
Musto siguió de cerca el llamado “proceso de cambio” boliviano, desde antes de la elección de Evo Morales. “Bolivia es un símbolo importante en el mundo, es como lo que era en los años 90 Chiapas, cuando no había nada en la izquierda, cuando no había esperanza…Bolivia representa un poquito eso, o cuando eran los movimientos estudiantiles de Francia e Italia en los 60”, dice.
Con un guiño a Morales y a sus acciones en el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS), sugiere una actitud concertadora para la gestión. “Bolivia tiene una responsabilidad hoy, que la pienso muy fuertemente. Si es tan fuerte, Bolivia tiene que hacer este proceso de cambio de la manera más abierta, más democrática posible. Yo sé que es muy difícil organizar el poder y en estas condiciones políticas y sociales, con esta derecha y con este ataque”.
De regreso a Canadá, Musto se ha cargado de muchos insumos en el país, entre libros, entrevistas y una charla con nosotros. Y recuerda lo que quiso Marx: “Yo no quiero ser un nuevo cocinero que da la receta de la cocina del futuro; no quiero ser como los socialistas utopistas, como los positivistas…”. Que así sea.
Perfil
Nombre: Marcello Musto
Nació: 14-04-1976
Profesión: Filósofo
Cargo: Profesor de la York University, Toronto (Canadá)
Estudios
Marcello Musto se muestra como un hombre sencillo y conversador. A la par de exponer sus análisis, siempre busca conocer el criterio de sus interlocutores acerca de la realidad política; así se alimenta de insumos para entender más la política.
Evo Morales y su gobierno tienen que ser abiertos
En medio de un bullicio de la consola de un restaurante francés, Le Comedié, en La Paz, el napolitano Marcello Musto también pide hablar con el periodista; pregunta sobre la situación del país y el proceso político que vive desde hace seis años. Expresa admiración por las luchas políticas y sociales que precedieron en el país, y se emociona al referirse a los cambios políticos.
— ¿Cómo concibe a Evo Morales?
— Cuando fue la elección, estuve muy feliz, por lo que representa el hombre; si no es sólo un hombre, fue un cambio radical en la sociedad boliviana. Espero que él y el proceso de cambio sean bien abiertos, que escuche, para la responsabilidad que requiere el país. El proceso tiene que ser algo participativo y democrático. Si Bolivia lo hace, lo va a hacer la izquierda mundial también.
— Llega al país en medio de una vigilia de indígenas del TIPNIS.
— Los conflictos que vive el país no afectan al Gobierno. Lo de la policía (el motín) tiene que ser rechazado con dureza. El TIPNIS es algo diferente.
— ¿Es posible un Estado Plurinacional?
— Absolutamente, es posible.
— ¿Cómo lo concibe?
— Una forma de democracia que es más sustancial y real que formal. Las constituciones de Bolivia y Ecuador son un avance muy significativo, porque la ley y la forma de la política y la jurisdicción del Estado tendrían que ser respetuosas de la diferencias.
— Pero ha descontento…
— No pienso que haya un descontento. El MAS y este Gobierno tienen apoyo popular muy fuerte. No pienso que si vamos a elecciones Morales pierda. Hay una derecha muy débil, como Ecuador, que no tiene un proyecto político. La izquierda debe intentar todas las posibilidades; los movimientos sociales deben entender los errores y dramas políticos del pasado.
— ¿Qué entiende por marxismo?
— La libertad. Porque en los siglos pasados hemos sufrido el increíble y dramático proceso de hegemonía cultural del capitalismo sobre el socialismo, en la sociedad americana sobre todo. La libertad está en el socialismo, esta alternativa de sociedad no empieza con Marx, sino con la lucha de los trabajadores.
Marcello Musto recorre América Latina con la presentación del libro ‘Tras las huellas de un fantasma, la actualidad de Karl Marx’, para provocar el debate sobre el pensamiento marxista.
Una de las principales preocupaciones del investigador y académico italiano es la poca divulgación bibliográfica que se hizo de Karl Marx. Desde hace varios años se ha dado a la tarea de escudriñar los manuscritos y cartas del pensador, Friedrich Engels y sus amigos, y descubrir las ideas que no necesariamente fueron incorporadas en El capital, el libro básico de los estudios filosóficos y políticos sobre economía, capitalismo y clases sociales del autor prusiano del siglo XIX.
Quizás pueda resultar superfluo imaginar a Karl Marx (1818-1883) teorizando y planteando luchas en la actualidad, como en la Comuna de París. Sin embargo, nacido del análisis de Marcello Musto, un estudioso italiano de Marx, es posible. De paso por La Paz, éste se anima a decir que el autor del Manifiesto Comunista, junto a Friedrich Engels, no pensaría lo mismo ahora de la tesis de la “dictadura del proletariado”, tan utilizada en las movilizaciones de las izquierdas de hoy y de antes en el país.
“Pienso que hoy, Marx nunca diría dictadura del proletariado. Viendo lo que ha pasado en la Unión Soviética, no diría este concepto que ha utilizado algunas veces; que no tiene nada que ver con (lo que hicieron) los políticos stalinistas”, dice en una charla con Animal Político, en ocasión de la presentación de Tras las huellas de un fantasma, la actualidad de Karl Marx, libro junto a otros autores universales que editó, hace dos semanas en La Paz y Cochabamba.
Si es así, se desmitifica el concepto y el sentido de la dictadura del proletariado, retrucamos. “Sólo estuve pensando. Si Marx utilizaría este eslogan, lo haría después de algunos errores o una tragedia (como la) del movimiento obrero en la Europa oriental (Rumanía, Albania)”, responde Musto, aunque antepone a su afirmación su modestia.
Mijaíl Aleksándrovich Bakunin (1814-1876), considerado uno de los padres del anarquismo, ya había cuestionado el concepto de Dios y el Estado. “¿Qué significa el proletariado elevado a condición de clase dominante? ¿Acaso todo el proletariado estaría a la cabeza del Gobierno? Hay cerca de 40 millones de alemanes, ¿acaso todos ellos serán miembros del Gobierno? Todo el pueblo será director y no habrá Gobierno, no habrá Estado. Pero toda vez que haya Estado, habrá dirigidos, existirán esclavos”.
Marx había planteado la idea —sólo 12 veces usada en los escritos junto a Engels, según Musto— en su afán de promover el derrocamiento del régimen burgués y el establecimiento del proletariado en el poder tras la revolución socialista. “Ya hemos dicho que el primer paso de la revolución obrera será el ascenso del proletariado al poder, la conquista de la democracia”, dicta, por su parte, el Manifiesto Comunista.
“Marx tenía la idea de una sociedad organizada de manera democrática, con participación social, política y económica; utilizaba diferentes palabras para decir comunismo y socialismo: autogestión de los trabajadores”, recuerda Musto.
La dictadura del proletariado es algo que Marx ha mencionado por un periodo de lucha muy fuerte entre los capitalistas, las clases dominantes y los trabajadores, y el ejemplo más importante era la Comuna de París, en su análisis.
Más allá de eso, de la especulación nuestra sobre el sentido actual de la dictadura del proletariado, dice que Marx ha dicho dos cosas: “uno, no hay una única vía para hacer la revolución o cambiar las relaciones económicas; en una realidad homogénea, puede ser con elecciones democráticas (Holanda) o puede ser con la revolución (Alemania). Marx dijo que condiciones sociales diferentes y homogéneas no hay un modelo o una ley”.
Sin embargo, sus ideas no siempre fueron reproducidas como él las planteaba, quizás por eso nuestro interlocutor considera que el stalinismo, con la purga de ideas en los años 30, fue una de las causas de su escasa expansión. Joseph Stalin (1878-1953) planteaba el rigor del poder de la mayoría explotada sobre la minoría explotadora, pero sin una democracia plena para todos.
“El hecho de que la palabra ha sido tan importante en la Unión Soviética es porque el partido tenía que hacer el control de la sociedad, y después el Estado, porque el partido se ha hecho Estado”, considera Musto.
Ahora. Cree que, aún así, Marx ha regresado, y esa condición es insumo para el debate actual acerca de su pensamiento. Eso quiere decir que los estudiosos y las universidades han comenzado a desempolvar los escritos y otorgarle de nuevo el valor a sus pensamientos. “Marx ha regresado como investigador del capitalismo. El verdadero retorno de Marx es el retorno político, en periodistas, trabajadores y movimientos políticos”, dice el académico, profesor y PhD en Filosofía y Política de la Universidad de Nápoles, Italia.
Su preocupación está en la acción actual no siempre consecuente con el pensamiento de Marx y Engels. “Necesitamos un Marx verdadero en las luchas”, reclama, como personalizando al pensador con los movimientos sociales del mundo.
De gira académica por América Latina con la provocación de Tras las huellas de un fantasma…, Musto argumenta que en el orbe, como el capitalismo en la época de Marx que impedía la propagación de sus ideas, las condiciones son complicadas. “En gran parte del mundo estamos en una condición difícil, de defensa (de los derechos), porque hay un ataque a la condición de los trabajadores, como pasa en Europa”, dice.
Claro, hay movimientos dispersos, como los jóvenes en Seatle, Madrid o México, que si bien comienzan a cuestionar el sistema, no necesariamente comulgan con el pensamiento marxista. “No tienen ninguna idea de lo que es el anticapitalismo, una sociedad diferente. Cuestionan el sistema pero sin los instrumentos para lucharlo”.
“El anticapitalismo de Marx, el internacionalismo del Che Guevara o los pensamientos de Gramsci (Antoni, 1891-1937) sobre la tradición marxista del movimiento obrero, es lo que necesitamos”, afirma.
En ese su repaso de la reproducción del pensamiento marxista en la región, cita a Cuba, aunque el Che, con sentido autocrítico, alguna vez dijo que el marxismo allí fue menos pragmático, más dogmático y con influencia rusa. “Claro. Yo digo cómo podría haber sido diferente si vamos a pensar las condiciones en las cuales el marxismo y la lucha revolucionaria nacieron… Claro, Rusia tenía este sentido, esta intromisión mundial muy fuerte, estamos hablando de pocos años después de la muerte de Stalin. Principalmente tenía eso”, asiente el profesor de Ciencias Políticas de la York University, Toronto (Canadá).
¿Y puede decirse que Cuba es el ejemplo más claro del desarrollo del pensamiento marxista? “No lo sé. Claro que Marx estudió una realidad que era mucho más capitalista; veía las transformaciones de Europa y todo el mundo. Cuba tenía una condición diferente, como el marxismo tenía una condición diferente”, responde el estudioso marxista.
“Fidel Castro, un año después de la revolución (1959), cuando la revolución estuvo llegando a ser más socialista, dijo ‘hemos hecho algo más grande que nosotros mismos’”. Pero… Musto guarda fe en la irrupción de gobiernos de izquierda en América Latina, como los de Bolivia y Ecuador, especialmente. “En América Latina, hoy la izquierda es fuerte”, admite.
¿Y cree que Bolivia está recuperando ese pensamiento? “Yo pienso que sí, sobre todo… Para mí, no es importante que se recupere a aquella persona, sino el pensamiento verdaderamente anticapitalista”.
Musto siguió de cerca el llamado “proceso de cambio” boliviano, desde antes de la elección de Evo Morales. “Bolivia es un símbolo importante en el mundo, es como lo que era en los años 90 Chiapas, cuando no había nada en la izquierda, cuando no había esperanza…Bolivia representa un poquito eso, o cuando eran los movimientos estudiantiles de Francia e Italia en los 60”, dice.
Con un guiño a Morales y a sus acciones en el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS), sugiere una actitud concertadora para la gestión. “Bolivia tiene una responsabilidad hoy, que la pienso muy fuertemente. Si es tan fuerte, Bolivia tiene que hacer este proceso de cambio de la manera más abierta, más democrática posible. Yo sé que es muy difícil organizar el poder y en estas condiciones políticas y sociales, con esta derecha y con este ataque”.
De regreso a Canadá, Musto se ha cargado de muchos insumos en el país, entre libros, entrevistas y una charla con nosotros. Y recuerda lo que quiso Marx: “Yo no quiero ser un nuevo cocinero que da la receta de la cocina del futuro; no quiero ser como los socialistas utopistas, como los positivistas…”. Que así sea.
Perfil
Nombre: Marcello Musto
Nació: 14-04-1976
Profesión: Filósofo
Cargo: Profesor de la York University, Toronto (Canadá)
Estudios
Marcello Musto se muestra como un hombre sencillo y conversador. A la par de exponer sus análisis, siempre busca conocer el criterio de sus interlocutores acerca de la realidad política; así se alimenta de insumos para entender más la política.
Evo Morales y su gobierno tienen que ser abiertos
En medio de un bullicio de la consola de un restaurante francés, Le Comedié, en La Paz, el napolitano Marcello Musto también pide hablar con el periodista; pregunta sobre la situación del país y el proceso político que vive desde hace seis años. Expresa admiración por las luchas políticas y sociales que precedieron en el país, y se emociona al referirse a los cambios políticos.
— ¿Cómo concibe a Evo Morales?
— Cuando fue la elección, estuve muy feliz, por lo que representa el hombre; si no es sólo un hombre, fue un cambio radical en la sociedad boliviana. Espero que él y el proceso de cambio sean bien abiertos, que escuche, para la responsabilidad que requiere el país. El proceso tiene que ser algo participativo y democrático. Si Bolivia lo hace, lo va a hacer la izquierda mundial también.
— Llega al país en medio de una vigilia de indígenas del TIPNIS.
— Los conflictos que vive el país no afectan al Gobierno. Lo de la policía (el motín) tiene que ser rechazado con dureza. El TIPNIS es algo diferente.
— ¿Es posible un Estado Plurinacional?
— Absolutamente, es posible.
— ¿Cómo lo concibe?
— Una forma de democracia que es más sustancial y real que formal. Las constituciones de Bolivia y Ecuador son un avance muy significativo, porque la ley y la forma de la política y la jurisdicción del Estado tendrían que ser respetuosas de la diferencias.
— Pero ha descontento…
— No pienso que haya un descontento. El MAS y este Gobierno tienen apoyo popular muy fuerte. No pienso que si vamos a elecciones Morales pierda. Hay una derecha muy débil, como Ecuador, que no tiene un proyecto político. La izquierda debe intentar todas las posibilidades; los movimientos sociales deben entender los errores y dramas políticos del pasado.
— ¿Qué entiende por marxismo?
— La libertad. Porque en los siglos pasados hemos sufrido el increíble y dramático proceso de hegemonía cultural del capitalismo sobre el socialismo, en la sociedad americana sobre todo. La libertad está en el socialismo, esta alternativa de sociedad no empieza con Marx, sino con la lucha de los trabajadores.
If an author’s eternal youth consists in his capacity to keep stimulating new ideas, then it may be said that Karl Marx has without question remained young.
After the fall of the Berlin Wall, conservatives and progressives, liberals and post-communists almost unanimously decreed Marx’s final disappearance, yet his theories have once again become highly topical – with a speed that is in many respects surprising. Since 2008, the ongoing economic crisis and the deep contradictions tearing capitalist society apart have aroused new interest in an author too hastily set aside after 1989, and hundreds of newspapers, magazines and TV or radio stations have featured Marx’s analyses in Capital and in the articles he wrote for the New-York Tribune, while he was observing the panic of 1857, i.e., the first international financial crisis of history.
After twenty years of silence, people in many countries are again writing and talking about Marx. In the English-speaking world, conferences and university courses on his thought are back in fashion. Capital is once more a bestseller in Germany, while a manga version of it has been brought out in Japan. In China a huge new edition of his collected works is being published (with translations from the German and not, as in the past, from Russian). In Latin America a new demand for Marx has made itself felt among people active in politics.
New Research Paths
This rediscovery has been accompanied on the academic front with the resumption of the new historical-critical German edition of the complete works of Marx and Engels, the MEGA². The new German edition is organized into four sections: (1) the written works and articles; (2) Capital and all its preparatory manuscripts; (3) the correspondence; and (4) the notebooks of excerpts. Of the 114 planned volumes, 58 have been published so far (18 since the resumption of the project in 1998). This project has been publishing many unfinished works of Marx in the state in which he left them, instead of with the editorial interventions that often marked them in the past.
Thanks to this important innovation as well as the publication for the first time of various notebooks, the Marx who emerges is in many respects different from the one presented by so many opponents and ostensible followers. The stony-faced statue who pointed the way to the future with dogmatic certainty on the squares of Moscow and Beijing has given way to the image of a deeply self-critical thinker, who, feeling the need to devote energy to further study and checking of his own arguments, left a major part of his lifetime work unfinished.
Various established interpretations of Marx’s work are therefore being opened up for discussion. For instance, the first hundred pages of The German Ideology – a text much debated in the twentieth century but nearly always considered complete – have now been published in chronological order and in their original form of seven separate fragments. It has been discovered that these were leftovers from other sections of the book on two Left Hegelian authors, Bruno Bauer and Max Stirner. The first edition published in Moscow in 1932, however, as well as the many later versions with only slight modifications, created the false impression of an opening ‘Chapter on Feuerbach’ in which Marx and Engels exhaustively set out the laws of historical materialism (a term never used by Marx) or – as the French Marxist Louis Althusser roundly put it – conceptualized ‘an unequivocal epistemological break’.
Another interesting aspect of this edition is the clearer distinction between the parts of the manuscript written by Marx and by Engels. This leads to a very different reading of certain passages that used to be thought of as an integrated whole. Take, for example, the sentence that various authors, in a spirit of either fierce criticism or ideological defence, have treated as one of Marx’s main descriptions of post-capitalist society: ‘society regulates the general production and thus makes it possible for me to do one thing today and another tomorrow, to hunt in the morning, fish in the afternoon, rear cattle in the evening, criticize after dinner…’. We now know that this came from the pen of Engels (then still under the influence of the French utopian socialists) and did not at all meet with the favour of his closest friend.
The philological acquisitions are also of importance for Marx’s magnum opus. Four new volumes of MEGA² published in the last ten years, which contain all the missing drafts of Volumes Two and Three of Capital (left uncompleted by Marx), allow us to reconstruct Engels’s entire process of selection, composition and correction in the editing of Marx’s manuscripts. We can thus see which of his several thousand alterations (a figure unthinkable until very recently) were the most significant in the long period of his labours between 1883 and 1894, and ascertain where he was able instead to stick with Marx’s original text – which, even in the case of the famous law of the tendency of the falling rate of profit, was clearly not meant to represent the final summation of his research.
Not Only a Classic
To relegate Marx to the position of an embalmed classic suitable only for specialist academic research would be a mistake on a par with his transformation into the doctrinal source of ‘actually existing socialism’. For in reality his analyses are more topical than ever. When Marx wrote Capital, the capitalist mode of production was still in a relatively early period of its development. Today, following the collapse of the Soviet Union and the spread of capitalism to new areas of the planet (first and foremost China), it has become a completely global system that is invading and shaping all (not only the economic) aspects of human existence. In these conditions, Marx’s ideas are proving to be more fertile than they were in his own time.
Moreover, today economics not only dominates politics, setting its agenda and shaping its decisions, but lies outside its jurisdiction and democratic control. In the last three decades, the powers of decision-making have passed inexorably from the political to the economic sphere. Particular policy options have been transformed into economic imperatives. This shunting of parts of the political sphere into the economy, as a separate domain impervious to change, involves the gravest threat to democracy in our times. National parliaments find their powers taken away and transferred to the market. Standard & Poor’s ratings and the Wall Street index – those mega-fetishes of contemporary society – carry incomparably more weight than the will of the people. At best political government can ‘intervene’ in the economy (when necessary to mitigate the destructive anarchy of capitalism and its violent crises), but they cannot call into question its rules and fundamental choices.
After twenty years in which paeans of praise for market society had to face only the vacuity of assorted postmodernisms, the new ability to survey the horizon from the shoulders of a giant such as Marx is a positive development not only for all the scholars interested in a serious understanding of our contemporary society, but also for anyone involved in the political and theoretical quest for a democratic alternative to capitalism.
Così come è accaduto di nuovo 150 anni dopo, nel 1857, gli Stati Uniti furono teatro dello scoppio di una grande crisi economica internazionale, la prima della storia. Tale avvenimento generò grande entusiasmo in uno dei suoi più attenti osservatori: Karl Marx.
Dopo il 1848, infatti, Marx aveva ripetutamente sostenuto che una nuova rivoluzione sarebbe avvenuta soltanto in seguito a una crisi e, quando questa giunse, si decise a riassumere gli intensi studi condotti dal 1850 presso il British Museum di Londra e a dedicarsi, nuovamente, al progetto di scrivere una critica dell’economia politica. Risultato di questo lavoro furono 8 voluminosi quaderni: i cosiddetti Grundrisse, ovvero la prima bozza de Il capitale.
Dopo quindici anni di assenza, questo importante testo è di nuovo disponibile in libreria (Lineamenti fondamentali di critica dell’economia politica, manifestolibri 2012, 60 € – 631 pp.) grazie alla ristampa dell’ottima traduzione, del 1977, di Giorgio Backhaus.
La tarda diffusione
Dopo la morte di Marx, i Grundrisse rimasero per lungo sconosciuti e quando furono dati alle stampe per la prima volta, a Mosca tra il 1939 e il 1941, rappresentarono l’ultimo importante manoscritto marxiano reso noto al pubblico. Tuttavia, la loro pubblicazione, a ridosso della Seconda Guerra Mondiale, fece sì che l’opera restasse praticamente sconosciuta. Le 3.000 copie realizzate divennero presto molto rare e solo pochissime di esse riuscirono a oltrepassare i confini sovietici. Per la loro ristampa si dovette attendere sino al 1953.
Essi cominciarono a circolare in Europa soltanto alla fine degli anni Sessanta, quando apparvero, dapprima in Francia (1967-68) e poi in Italia (1968-70), su iniziativa di case editrici indipendenti dai partiti comunisti. La traduzione inglese giunse soltanto nel 1973. Essa fu eseguita da Martin Nicolaus, che nella premessa al libro scrisse: “i Grundrisse sono il solo abbozzo dell’intero progetto economico-politico di Marx e mettono alla prova ogni seria interpretazione di Marx finora concepita”. D’altronde – già un decennio prima – Eric Hobsbawm aveva affermato che “qualsiasi discussione storica marxista che non aveva tenuto conto di quest’opera […] doveva essere riesaminata alla luce di essa”.
Lettori e interpreti
A partire dal 1968, i Grundrisse conquistarono alcuni dei protagonisti delle rivolte studentesche, che cominciarono a leggerli entusiasmati dalla dirompente radicalità delle loro pagine. Per lo più, essi esercitarono un fascino irresistibile tra quanti, soprattutto nelle file della nuova sinistra, erano impegnati a rovesciare l’interpretazione di Marx fornita dal marxismo-leninismo.
Pur con diverse sfumature, i vari interpreti si divisero tra quanti considerarono i Grundrisse un testo autonomo, cui potere attribuire piena compiutezza concettuale, e coloro che, invece, li giudicarono come un manoscritto prematuro e meramente preparatorio de Il capitale. Il retroterra ideologico delle discussioni sui Grundrisse (cuore della contesa era la fondatezza o meno della stessa interpretazione di Marx, con le conseguenti ed enormi ricadute politiche) favorì lo sviluppo di tesi interpretative inadeguate. Tra i commentatori più entusiasti di questo scritto, vi fu, infatti, chi ne sostenne la superiorità teorica rispetto a Il capitale, nonostante questo comprendesse i risultati di un ulteriore decennio di intensissimi studi. Allo stesso modo, tra i principali detrattori dei Grundrisse, non mancarono quanti affermarono che, nonostante i significativi brani sull’alienazione, essi non aggiungevano nulla a quanto già noto di Marx.
In generale, comunque, a partire dalla metà degli anni Settanta, i Grundrisse conquistarono un numero sempre maggiore di lettori e interpreti. Diversi studiosi videro in questo testo il luogo privilegiato per approfondire una delle questioni più dibattute del pensiero di Marx: il suo debito intellettuale nei confronti di Hegel. Altri, ancora, furono affascinati dalle profetiche enunciazioni racchiuse nei frammenti dedicati alle macchine e alla loro automazione.
Un testo per il presente
Oggi, a distanza di 150 anni dalla loro stesura, i Grundrisse mostrano la persistente capacità esplicativa del modo di produzione capitalistico da parte di Marx. In essi, il grande ruolo storico del capitalismo, ovvero la creazione di una società sempre più progredita e cosmopolita rispetto a quelle che la hanno preceduta, è perspicacemente delineato assieme alla critica degli ostacoli che esso frappone a un più compiuto sviluppo sociale e individuale. Inoltre, i Grundrisse hanno un valore straordinario perché racchiudono numerose osservazioni (tra queste quelle sul comunismo) che il loro autore non ebbe più modo di sviluppare negli scritti che riuscì a pubblicare in vita (com’è noto, Marx diede alle stampe solo il volume primo de Il capitale).
Se appare probabile che anche le nuove generazioni che si avvicineranno all’opera di Marx subiranno il fascino di questi avvincenti manoscritti, è certo che essi sono ancora molto utili per quanti, nel nostro tempo, vogliano interrogarsi, con serietà, sulle crisi del capitalismo e sulle trasformazioni del presente.
Scheda: I Grundrisse nel mondo
Complessivamente, i Grundrisse sono stati pubblicati integralmente in 22 lingue. Senza fare riferimento alle tante traduzioni parziali, essi sono stati stampati in circa 500.000 copie: un numero che sorprenderebbe molto colui che li redasse col solo fine di riepilogare, a se stesso e in tutta fretta, gli studi di economia svolti fino al momento della lorostesura.
Essi hanno continuato suscitare interesse anche dopo la caduta del muro di Berlino. Pubblicati in Grecia (1989-92), Turchia (1999-2003), Corea del sud (2000) e in lingua portoghese (Brasile 2011), sono stati l’opera di Marx che ha ricevuto il maggior numero di nuove traduzioni negli ultimi venti anni.
Marcello Musto, classe 1976, napoletano doc del centro antico, insegna Teoria Politica presso la York University di Toronto. Autore di numerosi saggi e testi relativi a Marx tradotti in varie lingue, è uno degli esperti più accreditati del pensiero marxista.
Ha in programma, fra le ultime iniziative, una serie di conferenze nelle Università dell’America Latina e sta collaborando alla pubblicazione di “Mega 2”, la prima edizione critica tedesca delle opere di Marx, edite e inedite, prevista in 114 volumi. Redattore di più testate di livello internazionale, contribuisce con il suo lavoro e con la pubblicazione di testi “agili di divulgazione” alla riflessione e all’informazione sul pensiero di Marx. Con il testo “Ripensare Marx e i marxismi” pubblicato da Carocci affronta solo la prima parte della biografia intellettuale del pensatore di Treviri. Il testo si inserisce nel rinnovato dibattito che pone di nuovo alla ribalta il Capitale e un Marx troppo frettolosamente gettato alle ortiche dopo la dissoluzione dell’Unione Sovietica. In Giappone riscuote successo la versione manga del Capitale, in Cina sono in corso di traduzione le sue opere complete, in Germania il Capitale è divenuto nuovamente un best seller e dal 5 al 9 luglio si è svolto a Londra il festival “Marxism 2012 – idee per cambiare il mondo”. È un Marx diverso quello proposto da Musto, per nulla accademico, ostile al socialismo di stato, creatore di un metodo aperto ad alleanze politiche e analitiche, legato più alla verità storica dei “fatti” che a una riduzione ideologica. Come in una nuova prospettiva democratica. E qui risiede l’attualità del suo pensiero e il ritornare a parlare di Marx in tempi di “crisi”.
Quando ha iniziato ad interessarsi a Marx?
Da quando ero studente all’Università; desideravo approfondire il suo pensiero, riscoprirlo, “ripulirlo” da ogni pregiudizio, liberarlo dalle ingiustizie compiute nei suoi confronti, senza osannarlo – errore compiuto da molti autori dogmatici – ma cercando di analizzare criticamente il suo percorso teorico.
Cosa avvicina di più Marx alla contemporaneità?
Sono tanti i punti di contatto. Quello di più stringente attualità riguarda il capitalismo e la sua crisi. Dopo la caduta del muro di Berlino, interrotti gli studi sul suo pensiero, si ritorna a riflettere su di lui durante la crisi finanziaria del 2008. Non a caso i maggiori quotidiani conservatori in Germania hanno pubblicato, proprio a partire dalla fine del 2007, gli articoli di Marx del 1857, per le innumerevoli convergenze e similitudini con l’attualità del momento. Poche biografie infatti ricordano che Marx è stato giornalista per un ventennio e per 12 anni il corrispondente dall’Europa del più diffuso quotidiano americano, il New Tribune, che vendeva più di 200mila copie al giorno. Testimone di tanti avvenimenti importanti, lo fu anche della prima grande crisi finanziaria, quella del 1857 appunto. Questa esperienza confermò al nostro autore il carattere ciclico e strutturale delle crisi, ma anche l’inconsistenza dell’idea di un mercato pensato come sistema razionale. Il mercato è “anarchico”.
Cosa vuol dire mercato anarchico?
Marx dice: “ Gli economisti che spiegano la crisi come l’eccesso di forme del capitalismo, assomigliano a quei filosofi -oggi scomparsi- che dicevano che la febbre è la causa di ogni malattia”. Non esiste il mito del mercato sempre autoregolato, non si legge questo dato neppure negli economisti classici, come Smith e Ricardo. In tempi di crisi il mercato non si autoregola, come nei tempi di espansione, anzi nella crisi il capitalismo distrugge e attraverso la distruzione cancella le forme di conquiste sociali che il mondo del lavoro compie.
Se volessimo tradurre in pratica i suoi insegnamenti, quale sarebbe la chiave di volta per superare la crisi?
Marx scrive il Capitale nel ’77 e dopo 5 anni nell’edizione francese già modifica alcune cose. Voglio dire che occorre apprendere il “metodo” marxiano. Il tema più importante è il “rapporto fra la sfera politica e la sfera economica”, non abbastanza al centro dei dibattiti politici perché se lo fosse sarebbero consequenziali interventi incisivi e modificanti. C’è molto in Marx sul rapporto economia/politica, della politica svuotata del suo peso, del meccanismo che trasferisce alla sfera economica la responsabilità delle decisioni. Pagine che possono descrivere l’oggi, il predominio non democratico dell’economia, della Banca Europea, delle scelte tecniche che poi non sono solo economiche ma politiche.
La sua rilettura di Marx come è stata accolta dai teorici vecchio stampo e dai giovani?.
Nell’ultimo libro che ho pubblicato mi confronto con colleghi di vari Paesi sulla “ricezione” di Marx. L’accoglienza è diversa. In America e nel mondo anglosassone, per esempio, esiste un interesse di carattere intellettuale: non essendoci un movimento operaio in senso classico non c’è cittadinanza politica di alcune idee. I giovani poi sono confusi e i movimenti come gli indignados o gli occupied street sono deboli teoricamente, vivono i fenomeni e Marx lo conoscono poco, di rimando. Il libriccino che ho pubblicato sull’alienazione semplice e veloce nella lettura ha questo scopo: divulgare, parlare del metodo di Marx.
E chi è più a destra, come ha reagito al suo lavoro?
Ho avuto diversi riscontri. Anche da Hobsbawm – 94 anni – un grande storico, autore di Come cambiare il mondo. Perché riscoprire l’eredità del marxismo. Spesso mi hanno invitato in ambienti conservatori e il libro è stato tradotto anche in giapponese; penso che chi è dell’altra sponda abbia meno pregiudizi e abbia fatta sua di più l’idea di un Marx incompiuto, critico e autocrito.
A quale progetto sta lavorando?
Marx ha scritto: “Non voglio scrivere ricette per l’osteria dell’avvenire come i positivisti o gli utopisti, voglio spiegare al capitalismo che sarà poi l’emancipazione dei lavoratori a cambiare le cose”. E nei Manoscritti dà indicazioni di come non doveva essere la società, il Post-modernismo. Sto cercando di sistemare in maniera rigorosa le sue indicazioni sul socialismo, sul post capitalismo e dimostrare come la sua critica ai socialismi esistenti al suo tempo si può in parallelo riportare per i movimenti presenti oggi. Proudhon è la banca equa e solidale, il socialismo di Stato è la Cina di oggi e la Russia di ieri. Sto studiando poi i manoscritti preparatori del Capitale, la seconda parte della sua vita, quando guarda all’India, alla Cina e fa distinguo importanti della varie società. Temi di grande attualità.