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¡Leer a Karl Marx!

Durante tres décadas, las políticas e ideologías neoliberales han sido casi incontestables en todo el mundo. Sin embargo, la crisis económica de 2008, las profundas desigualdades que existen en nuestra sociedad -en particular entre el Norte y el Sur Globales- y los dramáticos problemas ambientales de nuestro tiempo han instado a distintos académicos, analistas económicos y políticos a reabrir el debate sobre el futuro de capitalismo y la necesidad de una alternativa. Es en este contexto que hoy, en casi todas partes del mundo, con ocasión del bicentenario del nacimiento de Marx, hay un “renacimiento de Marx”; un retorno a un autor que en el pasado fue asociado erróneamente con el marxismo-leninismo dogmático y, luego, descartado precipitadamente tras la caída del Muro de Berlín.

Volver a Marx no solo es indispensable para comprender la lógica y la dinámica del capitalismo. Su obra es también una herramienta muy útil que proporciona un examen riguroso que aborda por qué fracasaron los experimentos socioeconómicos previos para reemplazar el capitalismo por otro modo de producción. Una explicación de estos fracasos es fundamental para nuestra búsqueda contemporánea de alternativas.

Immanuel Wallerstein (www.iwallerstein.com), actualmente investigador sénior en la Universidad de Yale, New Haven – EE. UU., es uno de los sociólogos vivos más importantes y uno de los académicos más idóneos con quién hablar sobre la relevancia actual de Marx. Veterano lector de Marx, su obra se ha visto influenciada por las teorías del revolucionario nacido en Trier el 5 de mayo de 1818. Wallerstein es autor de más de 30 libros, que han sido traducidos a varios idiomas, incluido su afamado The Modern World-System, publicado en cuatro volúmenes entre 1974 y 2011. Le entrevistó Marcello Musto, profesor asociado de Teoría Sociológica en la Universidad de York, Canadá, amigo y colaborador de Sin Permiso.

Marcello Musto: Profesor Wallerstein, 30 años despu és del fin del llamado “socialismo realmente existente”, continúa habiendo publicaciones, debates y conferencias en todo el mundo sobre la vigencia y capacidad explicativa del presente de Karl Marx. ¿Es sorprendente? ¿O cree que las ideas de Marx continuan teniendo relevancia para aquellos que buscan una alternativa al capitalismo?

Immanuel Wallerstein: Hay una vieja historia acerca de Marx: se le arroja por la puerta principal y vuelve a colarse por la ventana trasera. Eso es lo que ha sucedido una vez más. Marx es relevante porque tenemos que lidiar con cuestiones sobre las que todavía tiene mucho que decir y porque lo que dijo es diferente de lo que la mayoría de otros autores han argumentado sobre el capitalismo. Muchos columnistas y académicos, no solo yo, encuentran a Marx extremadamente útil y hoy atraviesa por una nueva fase de popularidad, a pesar de lo que se predijo en 1989.

La caída del Muro de Berlí n liberó a Marx de las cadenas de una ideología que tenía poco que ver con su concepción de la sociedad. El panorama polí tico tras la implosión de la Unión Sovi ética ayudó a liberar a Marx del papel de mascarón de proa de un aparato de estado. ¿ Qu é tiene la interpretación del mundo de Marx que continúa atrayendo la atención?

Creo que cuando las personas piensan en la interpretación del mundo de Marx resumida en un concepto, piensan en la “lucha de clases”. Cuando leo a Marx a la luz de los problemas actuales, la lucha de clases significa para mi la lucha necesaria de lo que llamo la Izquierda Global, que creo busca representar al 80% de la población mundial en términos de ingresos, contra la Derecha Global, que representa tal vez al 1 por ciento de la población. La lucha es por el otro 19 por ciento por conseguir su apoyo y evitar que apoye a la otra parte.

Vivimos en una era de crisis estructural del sistema mundial. El sistema capitalista existente no puede sobrevivir, pero nadie puede saber con certeza qué lo reemplazará. Estoy convencido de que hay dos posibilidades: una es lo que llamo el “Espíritu de Davos”. El objetivo del Foro Económico Mundial de Davos es establecer un sistema que mantenga las peores características del capitalismo: la jerarquía social, la explotación y, por encima de todo, la polarización de la riqueza. La alternativa es un sistema que debe ser más democrático y más igualitario. La lucha de clases es el intento fundamental de condicionar que reemplazará al capitalismo en el futuro.

Su reflexión sobre la clase media me recuerda la idea de hegemonía de Antonio Gramsci, pero creo que tambi én se trata de comprender cómo motivar a la mayoría de la gente, el 80 por ciento que usted menciona, a participar en política. Esto es particularmente urgente en el llamado Sur global, donde se concentra la mayoría de la población mundial y, dónde, en las ú ltimas d écadas, a pesar del aumento dramático de las desigualdades producidas por el capitalismo, los movimientos progresistas son mucho má s débiles que antes. En estas regiones, la oposición a la globalización neoliberal a menudo se ha canalizado hacia el apoyo a los fundamentalismos religiosos y los partidos xenó fobos. Cada vez má s vemos como este fenómeno tambi én se produce en Europa.

La pregunta es: ¿nos ayuda Marx a entender este nuevo escenario? Algunos estudios publicados recientemente han ofrecido nuevas interpretaciones de Marx que podrían contribuir a abrir otras “ventanas traseras” en el futuro, para usar su expresión. Revelan un autor que extendió a otros campos su examen de las contradicciones de la sociedad capitalista má s allá del conflicto entre el capital y el trabajo. De hecho, Marx dedicó gran parte de su tiempo al estudio de las sociedades no europeas y al papel destructivo del colonialismo en la periferia del capitalismo. De manera consistente, contrariamente a las interpretaciones que equiparan la concepción de Marx del socialismo con el desarrollo de las fuerzas productivas, las preocupaciones ecológicas ocuparon un lugar destacado en su obra.

Finalmente, Marx estaba muy interesado en muchos otros temas que los académicos a menudo ignoran cuando hablan de él. Entre ellos se encuentran el potencial de la tecnologí a, la crítica del nacionalismo, la búsqueda de formas colectivas de propiedad no controladas por el Estado y la necesidad de libertad individual en la sociedad contemporá nea: todas ellas cuestiones fundamentales de nuestro tiempo. Pero además de estas nuevas facetas de Marx, que sugieren que el renovado inter és en su pensamiento es un fenó meno destinado a perpetuarse en los pró ximos añ os, ¿podría indicar tres de las ideas más reconocidas de Marx que cree que vale la pena reconsiderar hoy?

Ante todo, Marx nos explicó mejor que nadie que el capitalismo no es la forma natural de organizar la sociedad. En La pobreza de la filosofía, publicada cuando tenía solo 29 años, ya se burlaba de los economistas políticos burgueses que sostenían que las relaciones capitalistas “son leyes naturales, independientes de la influencia del tiempo”. Marx escribió que para ellos “ha habido historia, ya que en las instituciones del feudalismo encontramos unas relaciones de producción bastante diferentes de las de la sociedad burguesa”, pero que no aplicaron la historia al modo de producción que defendían; sino que representaron el capitalismo como algo “natural y eterno”. En mi libro El capitalismo histórico, traté de defender que el capitalismo es lo que ha ocurrido históricamente, a diferencia de una idea vaga y poco clara defendida por algunos economistas políticos convencionales. Argumenté varias veces que no hay otro capitalismo que el capitalismo histórico. Para mí es tan simple como eso y le debemos mucho a Marx.

En segundo lugar, quiero enfatizar la importancia del concepto de “acumulación primitiva”, es decir, la desposesión del campesinado de su tierra que esta en los orígenes del capitalismo. Marx entendió muy bien que este era un proceso clave para establecer la dominación de la burguesía. Tuvo lugar al comienzo del capitalismo y sigue teniendo lugar en la actualidad.

Finalmente, invitaría a una mayor reflexión sobre el tema “la propiedad privada y el comunismo”. En el sistema establecido en la Unión Soviética, en particular bajo Stalin, el estado poseía la propiedad, pero eso no significaba que la gente no fueran explotada u oprimidas. Lo era. Hablar de ‘socialismo en un solo país’, como hizo Stalin, nunca se le ocurrió a nadie antes, incluido a Marx. La propiedad pública de los medios de producción es una posibilidad. También pueden ser de propiedad cooperativa. Pero tenemos que saber quién produce y quién recibe la plusvalía si queremos establecer una sociedad mejor. Eso tiene que ser completamente reorganizado, en comparación con el capitalismo. Para mi, es la pregunta clave.

En 2018 celebramos el bicentenario del nacimiento de Marx y aparecen nuevos libros y películas dedicados a su vida. ¿Hay algú n período de su biografía que le parezca más interesante?

Marx tuvo una vida muy difícil. Sufrió personalmente la pobreza de verdad y tuvo la suerte de tener un camarada como Friedrich Engels que lo ayudó a sobrevivir. Marx tampoco tuvo una vida emocional fácil y su tenacidad a la hora de llevar a cabo lo que él pensaba que era el trabajo de su vida -comprender como funciona el capitalismo-, es admirable. Eso es lo que creía que tenía que hacer. Marx no quiso explicar la antigüedad ni definir cómo sería el socialismo en el futuro. Esas no fueron las tareas que se impuso. Quiso entender el mundo capitalista en el que vivía.

Durante toda su vida, Marx no fue simplemente un erudito aislado entre los libros del Museo Británico de Londres, sino que siempre fue un militante revolucionario involucrado en las luchas de su época. Debido a su activismo, fue expulsado de Francia, B élgica y Alemania en su juventud. Tambi én se vio obligado a exiliarse en Inglaterra cuando fueron derrotadas las revoluciones de 1848. Promovió periódicos y revistas y siempre apoyó los movimientos obreros de todas las maneras que pudo. Más tarde, de 1864 a 1872, se convirtió en el dirigente de la Asociación Internacional de Trabajadores, la primera organización transnacional de la clase obrera y, en 1871, defendió la Comuna de París, el primer experimento socialista de la historia.

Es verdad. Es esencial recordar la militancia de Marx. Como ha subrayado recientemente en el libro Workers Unite! , jugó un papel extraordinario en la International, una organización de personas que estaban físicamente distantes entre sí, en un momento en que no existían mecanismos de comunicación fáciles. La actividad política de Marx también incluyó el periodismo. Lo ejerció durante gran parte de su vida, como una forma de llegar a un público más amplio. Trabajó como periodista para obtener ingresos, pero vio sus contribuciones como una actividad política. En ningún caso quiso ser neutral. Siempre fue un periodista comprometido.

En 2017, con motivo del centenario de la Revolución Rusa, algunos académicos han vuelto a comparar a Marx con algunos de sus pretendidos seguidores que estuvieron en el poder durante el siglo XX. ¿Cuál es la principal diferencia entre Marx y ellos?

Los escritos de Marx son esclarecedores y mucho más sutiles y variados que algunas de las interpretaciones simplistas de sus ideas. Siempre es bueno recordar su famosa boutade: “Si esto es marxismo, yo no soy marxista”. Marx siempre estuvo dispuesto a lidiar con la realidad del mundo, no como muchos otros que dogmáticamente impusieron sus puntos de vista. Marx cambió de parecer a menudo. Estaba constantemente a la búsqueda de soluciones para los problemas a los que el mundo se estaba enfrentando. Por eso sigue siendo un guía tan útil y de tanta ayuda.

Para concluir, ¿ qué le gustaría decir a la generación más joven que aún no se ha encontrado con Marx?

Lo primero que tengo que decirles a los jóvenes es que tienen que leerlo. Que no lea sobre él, sino que lean directamente a Marx. Pocas personas, a pesar de las muchas que hablan de él, han leído de verdad a Marx. Lo mismo ocurre con Adam Smith. En general, solo se lee sobre estos clásicos. La gente aprende sobre ellos a través de resúmenes de otros autores. Quieren ahorrar tiempo pero, de hecho, ¡es una pérdida de tiempo! Uno debe leer a personas interesantes y Marx es el erudito más interesante de los siglos XIX y XX. No hay dudas al respecto. Nadie es comparable en términos de la cantidad de cosas que escribió, ni por la calidad de sus análisis. Por lo tanto, mi mensaje a la nueva generación es que vale mucho la pena descubrir a Marx, pero hay que leerle, leerle y leerle. ¡Leer a Karl Marx!

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Marx Attacks: el pensador vuelve a ser capital

Karl Marx fue expulsado sin miramientos por la puerta principal del siglo XX, y vuelve a entra por la ventana de atrás en el XXI.

No literalmente, claro. No ha salido del cementerio londinense de Highgate desde el 14 de marzo de 1883. Una brigada de sociólogos, filósofos y politólogos han cogido la excavadora y se han puesto a retirar los escombros que le echaron encima sus archienemigos, los idólatras que tienen a ‘El Capital’ como las Tablas de la Ley y los dictadores que perpetraron crímenes de Estado en su nombre.

Y los investigadores sociales que buscan la fórmula ‘Marx sin aditivos’ –David Harvey, Slavoj Zizek, Alain Badiou, Ronaldo Munck, Samir Amin o Alberto Garzón, entre ellos–, están contagiando el interés a una juventud que no ve el futuro ni en sueños (“Di una conferencia titulada ‘Por qué soy marxista’ en la Complutense y se desbordó la sala grande de la facultad de Comunicación, unos mil estudiantes –cuenta a modo de barómetro el coordinador federal de Izquierda Unida–. Es algo que no se veía desde la Transición”).

Razones para el rescate

¿Marx? ¿Ahora? Observen las fotos de arriba. Son trabajadores que no viven decentemente de su sueldo. La diferencia es que los de la imagen inferior crecieron con la red de seguridad del Estado del bienestar –tejida en un siglo de luchas a contrapelo de la clase dominante– y pueden saltar al vacío en cualquier momento. “Si insertamos las descripciones de las condiciones laborales en las fábricas de ropa de Bangladés o en los talleres de mano esclava de Los Ángeles en el capítulo de Marx sobre la jornada laboral de ‘El Capital’, no notaremos la diferencia”, informa David Harvey, profesor de Antropología en la City University de Nueva York y autor de ‘Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo’.

170 años antes de que el Banco Mundial confirmara que el 1% posee el 83% de la riqueza y que el 56% vive con menos de ocho euros al día, el viejo Karl escribió en el ‘Manifiesto Comunista’: “Os horrorizáis de que queramos abolir la propiedad privada, pero en la sociedad establecida, la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros”. Para añadir: “Existe [la propiedad privada] por el hecho de que NO existe para las nueve décimas partes”. Ni Warren Buffet, la segunda mayor fortuna del mundo (66,5 millones de euros), niega que exista el conflicto. “Hay lucha de clases –ha dicho el magnate de Omaha–, y es la mía, la de los ricos, la que va ganando”.

Apocalipsis zombi

Pero no hay que ir a Bangladés o a Shenzhen, de donde salen la mayoría de trapos y ‘smartphones’ que llevamos encima. En España, donde el Gobierno del PP se ufana de que el PIB crece a ritmos del 3% y el paro ha caído del 26% al 16%, uno de cada cinco paisanos está en riesgo de pobreza. Y para remate, la socialdemocracia se puso de perfil durante el rescate de las instituciones financieras y se dedicó a los asuntos internos. “Nuestro paisaje político recuerda a un apocalipsis zombi –compara el filósofo César Rendueles, autor de ‘Sociofobia’–. Problemas que imaginábamos muertos y enterrados, como la lucha de clases, han resucitado con una violencia salvaje”. Y el historiador Josep Fontana, profesor emérito de la Universitat Pompeu Fabra, pone la nota metodológica: “Cuando la ortodoxia neoliberal presumía de haber superado el marxismo, la crisis del 2008 mostró que nos hacía falta para hacer frente a una situación que aún dura”.

¿Violencia, qué violencia?

Desde la caída del Muro de Berlín, esa “ortodoxia neoliberal” de la que habla Fontana tuvo pista para que aterrizara con viento de cola la idea de que la privatización de los recursos, la riqueza y la competitividad son fenómenos naturales, mientras que la acción colectiva y la abolición de la propiedad privada son abstracciones que solo pueden imponerse mediante la violencia extrema. Marx era un proscrito y punto. Nadie tenía interés en desmentir su relación íntima con el Gulag estalinista, los campos de reeducación chinos y la represión de la Stasi.

“¿Estaba la idea cristiana ligada en un principio a la de Inquisición?”, se pregunta el filósofo Alain Badiou. Y en todo caso, ¿qué entienden por violencia extrema? El crítico cultural británico Terry Eagleton aclara: “El capitalismo ha aportado una prosperidad incalculable, pero a un coste humano aterrador. […] Ha sido incapaz de generar bienestar económico sin crear en paralelo bolsas inmensas de privación”. Y con su sorna inglesa, remata: “Tal vez no importe mucho, porque el modo de vida capitalista amenaza con destruir el planeta por completo”.

Karl no leía el ‘Daily Mail’

Reduciendo la complejidad del pensamiento de Marx a una dosis homeopática, hay acuerdo en que: 1/  fue el primero –¿y único?– en formular una crítica del capitalismo; 2/ fue profético en terrenos no abordados por el marxismo del siglo XX, y 3/ subrayó que la revolución socialista no significa partir cráneos con objetos contundentes. Legó a la posteridad una surtida caja de herramientas que, según Alberto Garzón, “es más válida que las teorías keynesianas o neoclásicas para comprender hechos económicos como las crisis y la globalización, y fenómenos políticos como la irrupción de la extrema derecha”.

Entre la juventud inflamada y la madurez, que transcurrió entre las poco belicosas paredes de la biblioteca del British Museum, Marx cambió de opinión sin complejos. Pero tenía una convicción inamovible: la prosperidad capitalista –”en su época eran cuatro los burgueses opulentos en Inglaterra, Francia, Bélgica y la Westfalia prusiana”, aclara el economista egipcio Samir Amin – se expandiría por toda Europa y el mundo en un tiempo muy breve (“entre el fin de las guerras napoleónicas y la primera guerra mundial”, calcula Amin). Se equivocó (“Él nunca tuvo que vérselas con la Fox News o el ‘Daily Mail'”, bromea Eagleton).

Con altos y bajos, parece que el sistema se las ha ingeniado para obtener el consentimiento de la mayoría de ciudadanos, si hacía falta, disfrazándose de humanismo –’capitalismo consciente’–, ecologismo –’capitalismo verde’– y progresismo (“Hollywood y Silicon Valley”, pone como ejemplos Nancy Fraser, profesora Ciencia Política de la New School for Social Research de Nueva York). “Estamos totalmente formateados por el sistema”, concluye Amin.

El economista egipcio alerta, uf, que el camino a la justicia social es muuuy largo, y que no basta con un pellizco de educación y mucha propaganda. “Unos avances revolucionarios asientan condiciones materiales y morales para nuevos avances revolucionarios”. Es lo que Amin rescata de regímenes inaceptables como los de la URSS – “Marx advirtió que la primera revuelta victoriosa contra el capitalismo heredería toda la mierda (sic) del sistema de explotación del que procede”–, y de los sangrientos procesos de independencia de los no alineados (“Congo ha pasado de tener nueve universitarios a tres millones”). El profesor egipcio, a diferencia del prusiano, prevé “un siglo o dos más” de oprobio.

Davos o igualdad

Mientras no llega el respiro para precarios, uberizados, mujeres, desempleados, inmigrantes, jóvenes y pensionistas, según el sociólogo neoyorquino Immanuel Wallerstein, estamos en una encrucijada. “Hay dos posibilidades: 1/ el ‘espíritu de Davos’, cuyo objetivo es mantener las peores características del capitalismo (la jerarquía social, la explotación y la polarización de la riqueza), y 2/ una alternativa más democrática, igualitaria y ecológica”. Para emprender el segundo camino, a su juicio, es imprescindible tener a mano la biblioteca marxiana.

Una idea que urge repescar, dice Marcello Musto, profesor de Teoría Política de la York University de Toronto, es la de ‘libertad individual’, muy distinta de la de libertad de circulación de capitales y mercancías. “Marx apostaba como pocos pensadores por el libre desarrollo de la individualidad, argumentando contra el derecho burgués (que oculta la disparidad social detrás de la igualdad legal) que el derecho debería ser desigual”, explica el napolitano.

El frutero tunecino

David Harvey, en ese aspecto, escoge un párrafo profético del prusiano: “El libre desarrollo del individuo condiciona, a la larga, la eliminación de las restricciones sobre la actividad autónoma”. Difícil de tragar en seco, ¿eh? Pero hay un ejemplo formidable en Mohamed Bouazizi  , el frutero tunecino que se inmoló en el 2010 cuando le confiscaron su parada ambulante. Fue una acción “individual” que prendió la traca de las primaveras árabes, fallidas a primera vista pero, según Samir Amin, importantes porque no ha cambiado el sistema “pero sí a los pueblos” (avances para futuros avances, ¿recuerdan?). Eso es lo que dice Marx en ‘Elementos fundamentales para la crítica de la economía política’: “La oposición a la tendencia expansiva del capitalismo vendrá del proletariado que el propio sistema genera”.

La idea discutida

Y llegamos a la idea que pone los pelos de punta a buena parte de los economistas de orden: la ‘lucha de clases’. “La teoría, basada en dos clases claramente definidas –una que explota y otra que es explotada– es una simplificación ridícula a la vista de la heterogeniedad de las sociedades modernas”, opina José García Montalvo, catedrático de Economía de la UPF y uno de los pocos que vio llegar la crisis. Antón Costas, catedrático de Economía Aplicada, no la niega, pero está más preocupado por “el conflicto redistributivo entre mayores y jóvenes”. Y la politóloga Nancy Fraser reclama una versión ampliada que se comprometa con el “feminismo, la ecología y el poscolonialismo”.

El debate está calentito. Para la acción hace falta “audacia”, recomienda Amin. Y un eslógan adaptado a los tiempos: “Proletarios y pueblos oprimidos del mundo, uníos”.

Ya ven. Karl Marx es (ahora) un pensador capital. Puede que hasta ‘hipster’.

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Marx, un joven de 200 años

Si la juventud eterna de un autor consiste en la capacidad para seguir estimulando nuevas ideas, podemos decir que Marx se mantiene joven después de 200 años. Y dejó muchos de sus textos más famosos incompletos. Los volúmenes II y III de ‘El Capital’ fueron editados póstumamente por Engels, mientras que los ‘Manuscritos económicos y filosóficos de 1844’, ‘La ideología alemana’ o los ‘Elementos fundamentales para la crítica de la economía política’ –concebidos como borradores– aparecieron casi un siglo después de su publicación. Por lo tanto, la reanudada publicación de la edición histórico-crítica de sus obras completas –Marx-Engels-Gesamtausgabe (MEGA)– es de especial valor para una evaluación general de la obra de Marx.

Desde 1998, han aparecido 26 volúmenes impresos y otros están en preparación. Contienen versiones más fieles de algunas obras, todos los borradores preparatorios de ‘El Capital’ y unos 200 cuadernos que incluyen extractos y reflexiones sobre libros que leyó a lo largo de los años. Constituyen su taller teórico crítico que indica el complejo itinerario de su pensamiento. Estos materiales nos muestran un autor muy diferente del que numerosos críticos o seguidores autodenominados presentaron durante tantos años.

Preocupación ecológica

Por ejemplo, los manuscritos del llamado Marx tardío revelan un autor que extendió su examen de las contradicciones de la sociedad capitalista más allá del conflicto entre el capital y el trabajo a otros dominios. De hecho, en el periodo menos conocido de su vida dedicó gran parte de su tiempo al estudio de las sociedades no europeas y al papel destructivo del colonialismo. Contrariamente a las interpretaciones que equiparan la concepción de Marx del socialismo con el desarrollo de las fuerzas productivas, otros cuadernos demuestran que las preocupaciones ecológicas ocuparon un lugar destacado en su trabajo.

Las obras completas permiten asegurar que, entre los grandes pensadores políticos y económicos, Marx es el que más cambió en los últimos años. Algunos manuscritos muestran su interés por cuestiones que hoy son fundamentales y que a menudo ignoran cuando hablan de él: el potencial de la tecnología, la crítica del nacionalismo, la búsqueda de formas colectivas de propiedad no relacionadas con el control estatal y la necesidad de la libertad individual. Los avances de la investigación sugieren que quedan muchas caras de Marx por explorar.

No es un clásico embalsamado

Finalmente, el cambio en el panorama político también contribuye a su renacimiento. La implosión de la URSS ayudó a liberar a Marx del papel de mascarón de proa para un aparato de Estado. Al mismo tiempo, relegar a Marx a la posición de un clásico embalsamado solo para la Academia sería un error, como lo sería su transformación en la fuente doctrinal del socialismo realmente existente de muchos marxistas. Volver a Marx no solo es indispensable para comprender la lógica del capitalismo. También ofrece un examen riguroso de por qué fallaron los experimentos previos para reemplazar el capitalismo por otros modos de producción. Las crisis económicas, la desigualdad y los dramáticos problemas ambientales han instado a reabrir el debate sobre el futuro y la necesidad de una alternativa. Muchos de los que lean hoy sus libros, una vez más o por primera vez, observarán que su análisis es más actual que nunca.

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Cartas por la revolución

Karl Marx y Friedrich Engels se conocieron en Colonia en noviembre de 1842, cuando éste último visitó la redacción de la Gazzetta Renana y conoció a su joven director. El comienzo de su asociación teórica, sin embargo, tuvo lugar solo en 1844, en París.A diferencia de Marx, Engels, hijo de un propietario de una industria textil, ya había tenido la oportunidad de viajar a Inglaterra, verificando en persona los efectos de la explotación capitalista en el proletariado. Su artículo sobre la crítica de la economía política, impreso en los Anales de Franco-Alemanes, despertó un gran interés en Marx, quien en ese momento decidió dedicar todas sus energías a esta disciplina. Los dos comenzaron una colaboración teórica y política que duró por el resto de sus vidas.En 1845, cuando el gobierno francés expulsó a Marx debido a su militancia comunista, Engels lo siguió a Bruselas. Ese mismo año también apareció una de las pocas obras escritas en común, una crítica del idealismo de los jóvenes hegelianos, titulada La Sagrada Familia, y los dos redactaron ​​un voluminoso manuscrito – La ideología alemana – que luego se dejó a la “crítica roedora de los ratones”. Posteriormente, en conjunto con los primeros movimientos de 1848, Marx y Engels publicaron lo que se convertiría en el texto político más leído en la historia de la humanidad: El manifiesto del partido comunista.

En 1849, después de la derrota de la revolución, Marx se vio obligado a mudarse a Inglaterra y Engels se unió a él poco después. El primero se instaló en Londres, mientras que el segundo se fue a trabajar a 300 kilómetros de distancia, en Manchester, donde comenzó a dirigir el negocio familiar. De 1850 a 1870, año en que Engels se retiró del salió del negocio y, finalmente, pudo reunirse con su amigo en la capital británica, ellos dieron vida al período más intenso de su correspondencia, discutiendo, varias veces por semana, los principales acontecimientos políticos y económicos de la su época. La gran parte de las 2.500 cartas intercambiadas entre las dos fechas se remonta a este período de veinte años, con la adición de otras 1.500 enviadas por ellos a militantes e intelectuales de casi veinte países (ver infografía aquí). Completan esta impresionante correspondencia unas 10. 000 cartas enviadas a Marx y Engels por terceros y otras 6.000 cartas de las cuales, incluso si no se han localizado, hay evidencia de su existencia. Es un tesoro precioso, en el que se encuentran ideas que, a veces, no podían desarrollarse completamente en sus escritos.

Pocos relatos del siglo XIX pueden presumir de referencias tan eruditas como las que surgen de las misivas de los dos revolucionarios comunistas. Marx leía en ocho idiomas y Engels dominó hasta doce; sus textos se distinguen por la alternancia de los muchos modismos utilizados y por las citas cultas, incluidas aquellas en latín y griego antiguo. Los dos humanistas también fueron grandes amantes de la literatura. Marx conocía el teatro de Shakespeare de memoria y nunca se cansaba de hojear sus volúmenes de Esquilo, Dante y Balzac. Engels fue durante mucho tiempo el presidente del Instituto Schiller en Manchester y adoraba a Ariosto, Goethe y Lessing. Junto con el debate permanente sobre los acontecimientos internacionales y las posibilidades revolucionarias, hubo numerosos intercambios relacionados con los principales descubrimientos de la tecnología, la geología, la química, la física, matemáticas y antropología. Para Marx, Engels siempre constituyó un confronto indispensable y la voz crítica que debía ser consultada cada vez que era necesario tomar posición sobre un tema controvertido.

En algunos períodos, hubo una división real del trabajo entre ellos. De los 487 artículos firmados por Marx, entre 1851 y 1862, para el New York Tribune, el periódico más difundido en los Estados Unidos, casi la mitad fueron escritos por Engels. Marx informó al público estadounidense sobre los acontecimientos políticos más relevantes del mundo y las crisis económicas, mientras que Engels relató las muchas guerras en curso y sus posibles resultados. Al hacerlo, permitió que su amigo pudiera dedicar más tiempo a completar su investigación sobre economía.

Desde el punto de vista humano, su relación fue incluso más extraordinaria que la intelectual. Marx confió a Engels todas sus dificultades personales, comenzando con la terrible pobreza y los muchos problemas de salud que lo atormentaron durante décadas. Engels se prodigó con total abnegación para ayudar a su amigo y a su familia, haciendo siempre todo lo que estaba a su alcance para garantizarles una existencia digna y facilitar la finalización de El capital. Marx le estuvo constantemente agradecido por el apoyo, como se muestra por lo que escribió en una noche de agosto de 1867, unos pocos minutos después de terminar la corrección de los borradores del libro I: “te lo debo sólo a ti que esto haya sido posible”.

A partir de septiembre de 1864, la redacción de la magnum opus de Marx también se retrasó debido a su participación en las actividades de la Asociación Internacional de Trabajadores. Había asumido la gran carga de su dirección desde el principio, pero incluso Engels, tan pronto como pudo, puso sus habilidades políticas al servicio de los trabajadores. La noche del 18 de marzo de 1871, cuando tuvieron la noticia de que “el asalto al cielo” había tenido éxito y que en París había nacido la primera Comuna socialista en la historia de la humanidad, comprendieron que los tiempos podían cambiar más rápido de lo que ellos mismos esperaban.

Incluso después de la muerte de la esposa de Marx en 1881, cuando los médicos le impusieron diversos viajes fuera de Londres, para tratar de curar mejor sus enfermedades, los dos nunca dejaron de escribirse. A menudo usaban los sobrenombres afectivos con los que eran llamados por sus compañeros de lucha: el Moro y el General – Marx por el color negro de su barba y pelo, Engels por su gran experiencia en materia de estrategia militar.

Poco antes de su muerte, Marx le pidió a su hija Eleanor que le recordara a Engels “hacer algo” con sus manuscritos inconclusos. Él respetó su voluntad y, justo después de esa tarde de marzo de 1883, cuando lo vio por última vez, emprendió un trabajo ciclópeo. Engels sobrevivió a Marx durante 12 años, la mayoría de los cuales fueron empleados para hacer que las notas de los libros II y III de El Capital, que su amigo no pudo completar, se publicaran.

En ese período de su vida, extrañaba muchas de las cosas de Marx y, entre ellas, también su constante intercambio epistolar. Engels catalogó cuidadosamente sus cartas, recordando los años en que, fumando una pipa, solía escribir una por noche. Las releía a menudo, en algunas circunstancias con un poco de melancolía, recordando los muchos momentos de su juventud, durante los cuales, sonriendo y burlándose uno del otro, se habían esforzado en prever dónde estallaría la próxima revolución. Pero nunca abandonó la certeza de que muchos otros continuarían su trabajo teórico y que millones, en todos los rincones del mundo, continuarían luchando por la emancipación de las clases subalternas.

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La escritura de El capital

De los Grundrisse al análisis crítico de las teorías de la plusvalía
En el período 1857-1859 no hubo señal del tan anticipado movimiento revolucionario, que Marx suponía nacería de la mano de la crisis y, por ello, abandonó el proyecto de escribir un volumen en torno a la crisis de ese momento. Tampoco pudo terminar el trabajo con el que había estado luchando por muchos años, porque era consciente de encontrarse todavía muy lejos de una conceptualización definitiva de los problemas analizados en el manuscrito. Por lo tanto, los Grundrisse se quedaron simplemente como un esbozo, del que (después de haber elaborado con cuidado el ‘Capítulo sobre el dinero’) publicó en 1859 un libro corto sin resonancia pública, la Contribución a la crítica de la economía política. Pensado como la primera entrega de su trabajo planeado, este texto incluía un primer capítulo corto, ‘La mercancía’, distinguiendo entre valor de uso y valor de cambio, así como un segundo capítulo más largo, ‘El dinero o la circulación simple’, que se refiere a teorías del dinero como unidad de medida. Marx informó en el prólogo que estos dos capítulos, junto con un tercero, ‘el capital en general’, constituían la primera sección del primer libro de un plan general de seis: ‘Consideraré el sistema de la economía burguesa en la siguiente secuencia: el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado; el Estado, el comercio exterior, el mercado mundial’ (Marx [1859] 2000: 3).

Tras un intenso período de conflictos políticos, durante el cual Marx escribe Herr Vogt (1860), y después de muchas dificultades económicas y de salud, que volvieron a atormentarlo, en agosto de 1861 Marx se dedicó de nuevo a la crítica de la economía política. Reanudó su trabajo con tal intensidad que para junio de 1863 ya había redactado 23 voluminosos cuadernos de apuntes dedicados a la transformación del dinero en capital, al capital comercial y, sobre todo, a las diferentes teorías con las que los economistas habían tratado de explicar la plusvalía (1). Su objetivo era completar la Contribución a la crítica de la economía política.

Los planes de Marx no habían cambiado dos años después: todavía tenía la intención de escribir seis libros, cada uno dedicado a una de las cuestiones que había enumerado en 1859 (2). Sin embargo, entre el verano de 1861 y marzo de 1862, Marx trabajó en un nuevo capítulo, ‘El capital en general’, que tenía la intención de incluir como un tercer capítulo en su plan de publicación. En el manuscrito preparatorio, que hacía parte de los primeros cinco de los veintitrés cuadernos compilados a finales de 1863, se concentró en el proceso de producción del capital y, más específicamente, en: 1) la transformación del dinero en capital; 2) plusvalía absoluta; y 3) plusvalía relativa (3). Algunas de estas cuestiones, ya tratadas en los Grundrisse, fueron ahora presentadas con una riqueza y precisión analíticas mayores.

Un alivio momentáneo de los enormes problemas económicos que lo acosaron durante años le permitió a Marx dedicar más tiempo y hacer avances teóricos significativos. A finales de octubre de 1861 le escribió a Engels que «las circunstancias se han aclarado finalmente, así que he puesto de nuevo al menos un suelo fijo bajo los pies». Su trabajo con el New-York Tribune le aseguraba «dos libras a la semana» (Marx a Engels, 30 de octubre de 1861, Marx and Engels 1985a: 323). También había finalizado un acuerdo con Die Presse, el diario vienés de tendencias liberales, que con sus 30.000 suscriptores era el más difundido de los diarios austriacos, además de uno de los más populares en alemán. Durante el último año había «empeñado todo lo que no estaba clavado al piso» y lo difícil de la situación había deprimido seriamente a su esposa. Pero, ahora, el doble compromiso prometía ponerle fin a «la agobiante situación que llevaba su familia», permitiéndole «completar su libro».

Sin embargo, en diciembre le contó a Engels que se había visto forzado a dejar pagarés con el carnicero y el tendero, y que su deuda con varios acreedores alcanzaba las 100 libras (Marx a Engels, 9 de diciembre de 1861, Marx and Engels 1985a: 332). Por todas estas preocupaciones, su investigación procedía muy lentamente: «En estas circunstancias era efectivamente imposible completar rápidamente dichos asuntos teóricos». Pero le avisa a Engels que «[la cosa] se hace mucho más popular y el método esta mucho menos oculto en comparación con el primero» (Ibid.: 333).

Con este dramático trasfondo Marx intentó pedir dinero prestado a su madre, así como a otros familiares y al poeta Carl Siebel [1836-1868]. En una carta a Engels a finales de diciembre le explicó que estos eran intentos de evitar estar molestándolo constantemente; en cualquier caso, todos resultaron improductivos. Y el acuerdo con Die Presse tampoco estaba funcionando, pues estos estaban imprimiendo (y pagando por) la mitad de los artículos que Marx les enviaba. Como respuesta a los buenos deseos de año nuevo de su amigo, le confesó que, si el nuevo llegase a ser como el anterior, «preferiría irse al infierno» (Marx a Engels, 27 de diciembre de 1861, Marx and Engels 1985a: 337-338).

Las cosas tomaron un rumbo incluso peor cuando el New-York Tribune, enfrentando limitaciones financieras asociadas con la Guerra Civil, tuvo que reducir el número de sus corresponsales extranjeros. El último artículo de Marx para el periódico se publicó el 10 de marzo de 1862. De ahí en adelante, tuvo que arreglárselas sin lo que había sido su principal fuente de ingreso desde el verano de 1851. Este mismo mes, el propietario de la casa, amenazando con enviar a un oficial judicial, les dio un ultimátum para el pago de la renta atrasada, por lo cual la familia Marx tuvo que recurrir nuevamente a la oficina de préstamos para evitar ser «citados todos a juicio, sin distinción» (Marx a Engels, 3 de marzo de 1862, Marx and Engels 1985a: 344). Él mismo afirmó que «no vale la pena llevar una vida así de asquerosa» y se vio obligado a retrasar sus estudios económicos. Algunos días después añadió: «No puedo avanzar con mi libro ordenadamente, pues el trabajo se ve interrumpido o incluso suspendido, a menudo durante semanas enteras, por las contrariedades domésticas» (Marx a Engels, 15 de marzo de 1862, Marx and Engels 1985a: 352).

Durante este periodo, Marx se abocó a una nueva área de investigación: Teorías de la plusvalía (4). Se había planeado que esta fuera la quinta (5) y última parte del extenso tercer capítulo sobre el ‘Capital en general’. A lo largo de 10 cuadernos, Marx diseccionó minuciosamente la manera en la que los principales economistas habían lidiado con la cuestión de la plusvalía; su idea básica era que: «Todos los economistas incurren en la misma falta: en vez de considerar la plusvalía puramente en cuanto tal, la consideran a través de las formas específicas de la ganancia y la renta de la tierra» (Marx 1980a: 33).

En el cuaderno VI, Marx comienza con una crítica de los fisiócratas. Primero que todo, los reconoce como «los verdaderos padres de la economía moderna» (Marx 1980a: 37), pues fueron ellos los que sentaron «las bases para el análisis de la producción capitalista», (Marx 1980a: 38) y buscaron el origen no en «la esfera de la circulación» (en la productividad del dinero, como pensaban los mercantilistas), si no en «la esfera de la producción». Entendieron «la tesis de que sólo es productivo el trabajo que arroja una plusvalía» (Marx 1980a: 38). Por otra parte, al estar incorrectamente convencidos de que «el trabajo agrícola es el único trabajo productivo» (Marx 1980a: 39) consideraban que «la renta de la tierra [es] la única forma de plusvalía que […] existe» (Marx 1980a: 39). Limitaron su análisis a la idea de que la productividad de la tierra le permitía al hombre producir lo que «alcanzara solamente para permitirle a él subsistir» (Marx 1980a: 41). De acuerdo con esta teoría, entonces, la plusvalía aparece como un «don natural» (Marx 1980a: 41).

En la segunda parte del cuaderno VI, en la mayoría de los cuadernos VII, VIII y IX, Marx se concentró en Adam Smith. Este no compartía la falsa idea de los fisiócratas de que «el creador de plusvalía es solamente un determinado tipo de trabajo real, el trabajo agrícola» (Marx 1980a: 76). De hecho, uno de los méritos más grandes de Smith, a ojos de Marx, es haber entendido que, en el proceso del trabajo específico de la sociedad burguesa, «una parte del trabajo vivo es apropiada gratuitamente, sin retribución alguna» (Marx 1980a: 72) por parte del capitalista; o, de nuevo, que «se cambia (desde el punto de vista del trabajador) más trabajo por menos trabajo y (desde el punto de vista del capitalista) menos trabajo por más» (Marx 1980a: 78). La limitación de Smith, sin embargo, fue su incapacidad de distinguir «la plusvalía en cuanto tal […] de las formas específicas que reviste en la ganancia y en la renta del suelo» (Marx 1980a: 73). Este calculó la plusvalía, no en relación con la parte del capital de la que proviene, sino como «un remanente sobre el valor global del capital desembolsado» (Marx 1980a: 79s.) incluyendo la parte que el capitalista gasta para comprar materia prima.

Marx puso muchas de estas reflexiones por escrito durante una estadía de tres semanas con Engels, en Manchester, en abril de 1862. A su retorno, le contó a Lassalle:

En lo que respecta a mi libro, no estará listo antes de dos meses. Durante los últimos años, para no morir de hambre, he tenido que hacer los más desagradables oficios, y, a menudo durante meses enteros, no he podido escribir línea alguna sobre la ‘cosa’. Y a esto se ha de sumar esa peculiaridad mía de que cuando tengo frente a mí algo que escribí cuatro semanas atrás, lo encuentro insuficiente y debo reescribirlo por completo. (Marx a Lassalle, 28 de abril de 1862, Marx and Engels 1985a: 356)

Marx reanudó el trabajo obstinadamente y extendió su investigación, hasta principios de junio, a otros economistas tales como Germain Garnier [1754-1821] y Charles Ganilh [1758-1836]. Se concentró entonces más profundamente en la pregunta por el trabajo productivo e improductivo, enfatizando de nuevo particularmente en Smith, quien, a pesar de una falta de claridad en algunos respectos, había planteado la distinción entre estos conceptos. Desde el punto de vista del capitalista, el trabajo productivo

Es el trabajo asalariado, que, al ser cambiado por la parte variable del capital (la parte del capital invertido en salarios) no solo reproduce esta parte del capital (o el valor de su propia fuerza de trabajo), sino que produce, además, una plusvalía para el capitalista. Solamente así se convierte la mercancía o el dinero en capital, produce como capital. Solamente es productivo el trabajo asalariado que produce capital. (Marx 1980a: 137)

El trabajo improductivo, por otra parte, es «el trabajo que no se cambia por capital, sino que se cambia directamente por un ingreso, es decir, por el salario o la ganancia» (Marx 1980a: 141). De acuerdo con Smith, la actividad de los soberanos (y de los oficiales legales y militares que los rodeaban) no producía valor, y en este sentido era comparable a los oficios de los sirvientes domésticos. Éste, señaló Marx,

es el lenguaje de una burguesía todavía revolucionaria, que aún no ha sometido [a su férula] a toda la sociedad, al Estado, etc. Estas ocupaciones trascendentales y venerandas, como las de soberano, juez, oficial, sacerdote, etc., y la totalidad de los viejos estamentos ideológicos de los que salen los eruditos, los profesores y los curas, aparecen económicamente equiparados al enjambre de sus propios lacayos y bufones, sostenidos por ellos y la riqueza ociosa, por la nobleza de la tierra y los capitalistas ociosos. (Marx 1980a: 278)

En el cuaderno X, Marx se volcó a un análisis riguroso del Tableau économique de François Quesnay [1694-1774] (Marx a Engels, 18 de junio de 1862, Marx and Engels 1985a: 381), al que alabó enormemente, describiéndolo como «una idea verdaderamente genial, sin disputa la idea más genial que a la economía política se le puede reconocer, hasta ahora» (Marx 1980a: 317).

Mientras tanto, las circunstancias económicas de Marx seguían siendo desesperadas. A mediados de junio le escribió a Engels: «Mi esposa me dice todos los días que desearía estar ya en la tumba con los niños, y en realidad no puedo tomárselo a mal, pues las humillaciones, tormentos y espantos que se sufren en esta situación son en efecto indescriptibles» (Marx a Engels, 18 de junio de 1862, Marx and Engels 1985a: 381). Ya en abril la familia había tenido que empeñar de nuevo todas sus posesiones que apenas poco antes había reclamado de la casa de empeño. La situación era tan extrema que Jenny se decidió a vender algunos de los libros de la biblioteca personal de su esposo, aunque no pudo encontrar a nadie que quisiera comprarlos.

A pesar de todo, Marx consiguió «trabajar duro» y le compartió una nota de satisfacción a Engels a mediados de junio: «extrañamente, mi materia gris anda mejor bajo toda esta miseria que lo que lo ha hecho por muchos años» (Marx a Engels, 18 de junio de 1862, Marx and Engels 1985a: 380). Continuando con su investigación, compiló los cuadernos XI, XII y XIII a lo largo del verano; se concentraban en la teoría de la renta, que había decidido incluir como un «capítulo extra» (Marx a Engels, 2 de agosto de 1862, Marx and Engels 1985a: 394) del texto que estaba preparando para publicación. Marx examinó críticamente las ideas de Rodbertus [1805-1875], y luego se dedicó a un análisis extenso de las doctrinas de David Ricardo [1772-1823] (6).

Negando la existencia de la renta absoluta, Ricardo había abierto un lugar tan solo a la renta diferencial relacionada con la fertilidad y la ubicación de la tierra. En esta teoría, la renta era un exceso: no podía ser nada más. Para Marx, Ricardo no podría haber afirmado lo contrario, pues esto hubiera contradicho su «concepto del valor [como] siendo igual a cierta cantidad de tiempo de trabajo»; hubiera tenido que admitir que no es el tiempo de trabajo, sino algo diferente, lo que determina el valor (Marx 1980b: 111) y que el producto agrícola era vendido constantemente por encima de su precio de costo, que calculaba como la suma del capital adelantado y la ganancia promedio (Marx a Engels, 2 de agosto de 1862, Marx and Engels 1985a: 396). La concepción de Marx de la renta absoluta, por el contrario, estipulaba que «bajo ciertas circunstancias históricas […] los precios de las materias primas se ven encarecidos por la propiedad sobre la tierra» (Marx a Engels, 2 de agosto de 1862, Marx and Engels 1985a: 398).

En la misma carta a Engels Marx escribió que era «un verdadero milagro» que «hubiera sido capaz de avanzar tanto con [su] trabajo teórico» (ibid.: 394). El propietario de la casa había amenazado de nuevo con enviar a los oficiales, mientras que algunos comerciantes a los que les adeudaba hablaban de retenerle las provisiones y tomar acción legal en su contra. Una vez más se había dirigido a Engels por ayuda, confiándole que si no hubiera sido por su esposa e hijos hubiera «preferido mudar[se] a un cuarto en un albergue para indigentes que estar apretando [el bolsillo de Engels] constantemente» (Marx a Engels, 7 de agosto de 1862, Marx and Engels 1985a: 399). En septiembre, Marx le escribió a Engels que era posible que el siguiente año tomara un trabajo en «una empresa ferroviaria inglesa» (Marx a Engels, 10 de septiembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 417). En diciembre le repitió a Ludwig Kugelmann [1828-1902] que las cosas se habían puesto tan desesperadas que había «decidido convertirse en un [hombre] ‘práctico’», pero su postulación fue rechazada; le fue comunicado que, debido a su mala letra, no podía ocupar ese puesto. Al recibir la noticia, Marx comentó, con su típico sarcasmo: «¿He de llamarla mala o buena suerte?» (Marx a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 436).

Mientras tanto, a principios de noviembre le había confiado a Ferdinand Lassalle [1825-1864] que se había visto forzado a suspender el trabajo «alrededor de 6 semanas», y que estaba «avanzando […] con interrupciones». «Sin embargo», añadió, «se llevará a término por completo» (Marx a Lassalle, 7 de noviembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 426). Durante este tiempo, Marx llenó otros dos cuadernos, XIV y XV, con un análisis crítico extenso de varios teóricos económicos. Mostró en ellos que Thomas Robert Malthus [1766-1834], para quien la plusvalía provenía de «que el vendedor vende la mercancía en más de lo que vale», representaba un retorno al pasado en la economía teórica, pues derivaba la ganancia del intercambio de mercancías (Marx 1980c: 13). Acusó también a James Mill [1773 -1836] de malinterpretar las categorías de plusvalía y ganancia; señaló la confusión producida por Samuel Bailey [1791-1870] al no distinguir entre la medida inmanente del valor y el valor de la mercancía; y argumentó que John Stuart Mill [1806-1873] no se dio cuenta de que «la tasa de plusvalía y la tasa de ganancia» eran dos cantidades diferentes (Marx 1980c: 172) la última determinada no solo por el nivel de los salarios, sino también por otras causas que no se pueden atribuir directamente a ella.

Marx prestó también atención especial a varios economistas que se oponían a la teoría de Ricardo, como el socialista Thomas Hodgskin [1787-1869]. Finalmente, se dedicó al texto anónimo Revenue and Its sources [El ingreso y sus fuentes] (en su opinión, un ejemplo perfecto de «economía vulgar» que traducía en un lenguaje «doctrinario», pero «apologético», «el punto de vista de la clase dominante, del capitalista») (Marx 1980c: 403). Con el estudio de este libro, Marx concluyó su análisis de las teorías de la plusvalía que llevaron a cabo los principales economistas del pasado, y comenzó a examinar el capital comercial, o el capital que no crea plusvalía, sino que la distribuye (7). Su polémica en contra del «capital a interés» podría «posar como socialismo», pero Marx no tenía tiempo para este «ánimo reformista» que no «enfrentaba la producción capitalista real», sino que «atacaba apenas una de sus consecuencias». Para Marx, por el contrario:

La total cosificación, inversión y el absurdo del capital como capital a interés —en el que, sin embargo, no hace más que manifestarse bajo su forma más tangible la naturaleza interior de la producción capitalista, el absurdo de esta— es el capital que rinde compounded interest [interés compuesto] y que aparece como un Moloch reclamando el mundo entero como víctima sacrificada en sus altares, pero que, impulsado por una misteriosa fatalidad, no logra nunca satisfacer, sino que ve siempre contrarrestadas sus justas aspiraciones, nacidas de su propia naturaleza. (Marx 1980c: 406)

Marx continuó, en la misma línea:

Es, por tanto, el interés, y no la ganancia, lo que aparece, así, en cuanto tal, [y, por lo tanto, se lo toma] como el ingreso creado por el capital e inherente [a él]. Bajo esta forma es, pues, como los economistas vulgares lo conciben también. En esta forma se esfuma toda mediación y se redondea y se culmina la forma fetichista del capital, como la representación del capital-fetiche. Esta forma surge necesariamente cuando se desglosa la propiedad jurídica del capital de su propiedad económica y la propiedad y la apropiación de una parte de la ganancia afluye, bajo el nombre de interés, a un capital en sí o al propietario de [un] capital totalmente desglosado del proceso de producción.

Para el economista vulgar, que pretende prestar el capital como fuente independiente de valor, de creación de valor, esta forma [representa], naturalmente, una [manera de] devorar que se ha descubierto, una forma en que la fuente de la ganancia es irreconocible y el resultado del proceso capitalista cobra existencia independiente, al margen de este proceso. En D-M-D´ aparece todavía [una] mediación. En D-D´ tenemos la forma carente de concepto del capital, la inversión y cosificación de la relación de producción elevada a su máxima potencia. (Marx 1980c: 410)

Después de los estudios sobre el capital comercial, Marx se ocupó de lo que puede considerarse la tercera fase de los manuscritos económicos de 1861-1863. Esto comenzó en diciembre de 1862, con la sección ‘Capital y ganancia’ en el cuaderno XVI que Marx señaló como el «tercer capítulo» (Marx 1980d: 1598-1675). Aquí planteó un esquema de la distinción entre plusvalía y ganancia. En el cuaderno XVII, también compilado en diciembre, volvió a la pregunta por el capital comercial (siguiendo las reflexiones del cuaderno XV (Ibid.:1682-1773) y al flujo de dinero en la reproducción capitalista. A final de año, Marx le envió un reporte del progreso a Kugelmann, informándolo de que la «segunda parte», o la «continuación de la primera entrega», un manuscrito que equivalía a «alrededor de 30 páginas impresas», estaba «finalmente completo». Cuatro años después del primer esquema en la Contribución a la crítica de la economía política, Marx revisaba ahora la estructura de su trabajo proyectado. Le contó a Kugelmann que se había decidido por un nuevo título, usando El capital por primera vez, y que el nombre con el que había trabajado en 1859 iba a ser apenas el «subtítulo» (Marx a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 435).

Más allá de esto, seguía trabajo de acuerdo con el plan original: lo que se proponía escribir era lo que sería «el tercer capítulo de la primera parte, o sea el capital en general» (8). El volumen, en las etapas finales de su preparación, incluiría «lo que los ingleses llaman ‘los principios de la economía política’». Junto a lo que ya había escrito en la entrega de 1859, habría de constituir la «quintaesencia» de su teoría económica. Sobre la base de los elementos que se preparaba para publicar, le contó a Kugelmann, otros podrían fácilmente desarrollar una continuación «(con la excepción, tal vez, de la relación entre las diferentes formas de Estado y las varias estructuras económicas de la sociedad)». Marx pensó que sería capaz de producir una «copia limpia» (Marx a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 435) (9) del manuscrito en el año nuevo, tras lo cual planeaba llevarlo a Alemania en persona. Luego, tenía pensado «concluir la presentación del capital, competencia y crédito». En la misma carta a Kugelmann comparó los estilos de escritura del texto publicado en 1859 y del trabajo que estaba preparando entonces: «En el primer cuaderno, en todo caso, el método de presentación era muy poco popular. Esto tenía que ver en parte con la naturaleza abstracta del tema […] Esta parte es más fácil de entender porque se ocupa de relaciones más concretas». Para explicar la diferencia, casi como forma de justificación, añadió:

Los intentos científicos de revolucionar una ciencia nunca pueden ser realmente populares. Pero cuando se ha establecido una base científica, la popularización se vuelve más fácil. Si los tiempos se vuelven más turbulentos, uno sería tal vez capaz de elegir los colores y tintes que ofrecería una presentación popular de estos objetos de estudio. (Marx a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 436)

Un par de días después, al inicio del nuevo año, Marx enumeró con mayor detalle las partes que habrían constituido su trabajo. En un esquema en el cuaderno XVIII indicó que la ‘primera sección [Abschnitt]’, ‘El proceso de producción del capital’, sería dividida de la siguiente manera:

1) Introducción. La mercancía. El dinero.
2) Conversión del dinero en capital
3) La plusvalía absoluta. […]
4) La plusvalía relativa […]
5) Combinación de plusvalía absoluta y relativa. […]
6) Retroconversión de la plusvalía en capital. […]
7) Resultado del proceso de producción. […]
8) Teorías sobre la plusvalía. […]
9) Teorías sobre el trabajo productivo e improductivo.
(Marx 1980a: 383)

Marx no se limitó a la ‘primera sección’, sino que esbozó un esquema de lo que habría de ser la ‘tercera sección’ de su trabajo: ‘Capital y ganancia’. Esta parte, que ya indicaba algunas cuestiones que habrían de estar en El capital, Libro III, se dividía de la siguiente manera:

1) Conversión de la plusvalía en ganancia. La tasa de ganancia, a diferencia de la tasa de plusvalía.
2) Conversión de la ganancia en ganancia media. […]
3) Teorías de A[dam] Smith y Ricardo sobre la ganancia y los precios de producción.
4) Renta. […]
5) Historia de la llamada ley ricardiana de la renta.
6) Ley del descenso de la tasa de ganancia. […]
7) Teorías sobre la ganancia. […]
8) Desdoblamiento de la ganancia en ganancia industrial e interés. […]
9) El ingreso y sus fuentes […]
10) Movimientos de reflujo del dinero en el proceso total de la producción capitalista.
11) La economía vulgar.
12) Conclusión. Capital y trabajo asalariado.
(Marx 1980a: 383-384) (10)

En el cuaderno XVIII, compuesto en enero de 1863, Marx continuó sus análisis del capital mercantil. Haciendo un sobrevuelo por el pensamiento de George Ramsey [1855-1935], Antoine-Elisée Cherbuliez [1797-1869] y Richard Jones [1790-1855], incluyó algunas adiciones al estudio de cómo habían explicado la plusvalía distintos economistas.

Las dificultades financieras de Marx persistieron durante este periodo y de hecho empeoraron a principios de 1863. Le escribió a Engels que sus «intentos de recaudar dinero en Francia y Alemania han fracasado», que nadie le proveería comida a crédito, y que «los niños no tenían ni ropa ni zapatos para salir» (Marx a Engels, 8 de enero de 1863, Marx and Engels 1985a: 442). Dos semanas después estaba al borde del abismo. En otra carta a Engels le confió que le había propuesto a su compañera de vida lo que ahora se veía como inevitable:

Mis dos hijas mayores van a recibir empleo como institutrices para la familia Cunningham. Lenchen entrará en servicio en otro lugar, y yo, junto a mi esposa y la pequeña Tussy, iremos a vivir en el mismo albergue en donde el rojo Wolff vivió con su familia. (Marx a Engels, 13 de enero de 1863, Marx and Engels 1985a: 445).

Al mismo tiempo habían aparecido nuevos problemas de salud. En las dos primeras semanas de febrero, a Marx se le «prohibió estrictamente leer, escribir y fumar». Sufría de «una especie de inflamación del ojo, combinada con afecciones muy molestas de los nervios de la cabeza». Pudo retornar a sus libros solo a mediados del mes, cuando le confesó a Engels que durante los largos días de inactividad había estado tan alarmado que «se dejó llevar por toda clase de fantasías psicológicas de lo que se sentiría estar ciego o loco» (Marx a Engels, 13 de febrero de 1863, Marx and Engels 1985a: 453). Tan sólo una semana después, habiéndose recuperado de los problemas visuales, desarrolló un nuevo desorden hepático que estaría destinado a molestarlo por mucho tiempo. Dado que el doctor Allen, su médico regular, le hubiera impuesto un «ciclo completo de tratamiento», Marx le pidió a Engels que le pidiera al doctor Eduard Gumpert (11) la recomendación de un «remedio casero» (Marx a Engels, 21 de febrero de 1863, Marx and Engels 1985a: 460) más simple.

En este periodo, aparte de momentos breves en los que estudió maquinarias, Marx tuvo que suspender sus exhaustivos estudios económicos. Sin embargo, en marzo se decidió a «recuperar el tiempo perdido trabajando duro’ (Marx a Engels, 24 de marzo de 1863, Marx and Engels 1985a: 461). Compiló dos cuadernos, XX y XXI, que se ocupaban de la acumulación, la subsunción real y normal del trabajo al capital, y la productividad del capital y el trabajo. Sus argumentos se correlacionaban con el tema fundamental de su investigación en ese tiempo: la plusvalía.

A finales de mayo le escribió a Engels que en las semanas previas había estado estudiando también la cuestión polaca (12) en el Museo Británico: «Lo que hice fue, por un parte, llenar mis vacíos (diplomáticos e históricos) sobre el asunto ruso-prusiano-polaco, y, por otra, leer y sacar extractos de toda clase de literatura en torno a la parte que he trabajado sobre la economía política» (Marx a Engels, 29 de mayo de 1863, Marx and Engels 1985a: 474). Estas notas de trabajo, escritas entre mayo y junio, fueron incluidas en ocho cuadernos adicionales, A a H, que contienen cientos de páginas más resumiendo los estudios económicos de los siglos XVIII y XIX (13). Marx informó también a Engels que, sintiéndose «relativamente capaz de trabajar», estaba determinado a «quitarse el peso de encima» y por tanto tenía la intención de «pasar a limpio la economía política para la imprenta (y darle una retocada final)». Sin embargo, todavía sufría de un «hígado muy inflamado» (Marx a Engels, 29 de mayo de 1863, Marx and Engels 1985a: 474), y a mediados de junio, a pesar de haber «tragado azufre», no estaba «del todo bien» (Marx a Engels, 12 de junio de 1863, Marx and Engels 1985a: 479).

En todo caso, volvió al Museo Británico, y a mediados de junio le reportó a Engels que estaba de nuevo pasando «diez horas al día trabajando en economía». Estos eran precisamente los días en los que, analizando la reconversión de la plusvalía en capital, Marx preparó en el cuaderno XXII una revaloración del Tableau économique de Quesnay (Marx a Engels, 6 de julio de 1863, Marx and Engels 1985a: 485). Luego, compiló el último cuaderno en la serie que había comenzado en 1861 (el número XXIII), que consistía principalmente en notas y anotaciones suplementarias.

Al final de estos dos años de trabajo duro, y siguiendo un reexamen crítico de los principales teóricos de la economía política, Marx estaba más determinado que nunca a completar el trabajo más importante de su vida. Aunque no había solucionado definitivamente muchos de los problemas conceptuales y expositivos, su compleción de la parte histórica lo conminaba ahora a retornar a las preguntas teóricas.

La escritura de los tres volúmenes de El capital
Marx apretó los dientes y se embarcó en una nueva fase de sus labores. A partir del verano de 1963 comenzó la composición real de lo que habría de convertirse en su magnum opus (14). Hasta diciembre de 1865, se dedicó a ampliar las varias partes en las cuales había subdividido su escrito. Durante este período les dio forma, en ese orden: al primer borrador del Libro I; al manuscrito principal del Libro III, en el cual se encuentra la única exposición completa hecha por Marx sobre el proceso de la producción capitalista (Marx 2015); y a la versión inicial del Libro II, la cual contiene la primera representación general del proceso de circulación del capital. En lo que concierne al plan de seis libros que había indicado en 1859 en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, incluyó un número de cuestiones relacionadas con la renta y los salarios que iban a ser tratados originariamente en los libros 2 y 3 de ese plan general inicial. A mediados de agosto de 1863, Marx actualizó a Engels acerca de los pasos a seguir:

Con respecto a mi trabajo (el manuscrito para la imprenta), en un sentido va bien. En la última reelaboración, las cosas adoptan una forma llevaderamente popular, me parece […]. Por otra parte, a pesar de que escribo el día entero, no avanza tan rápidamente como lo quisiera, mi propia impaciencia, que ha sido puesta a la prueba de la paciencia por tanto tiempo. En todo caso, se vuelve 100% más fácil de entender que el No. 1 (15). (Marx a Engels, 15 de agosto de 1863, Marx a Engels 1985a: 488).

Marx continuó el ritmo furioso a lo largo del otoño, concentrándose en la escritura del Libro I. Sin embargo, su salud se deterioró rápidamente como resultado, y noviembre vio la aparición de lo que su esposa llamó la «terrible enfermedad» contra la cual él pelearía por muchos años de su vida. Se trataba de un caso de carbuncos (16), una horrible infección que se manifestaba en abscesos y en serios y debilitantes forúnculos en varias partes del cuerpo. Debido a una profunda úlcera que le siguió a un gran carbunco, Marx tuvo que someterse a una operación, y «su vida estuvo en riesgo por un buen tiempo». De acuerdo con la narración posterior de su esposa, la condición crítica duró «cuatro semanas» y le causó a Marx dolores severos y constantes, junto a «preocupaciones atormentadoras y todo tipo de sufrimiento mental», pues la situación financiera de la familia la mantenía «al borde del abismo» (Enzensberger 1999: 227). A principios de diciembre, cuando estaba en camino a la recuperación, Marx le contó a Engels que «había tenido un pie en la tumba’ (Marx a Engels, 2 de diciembre de 1863, Marx and Engels 1985a: 495), y dos días después que su condición física le sonaba como una «buena trama para una novela». De frente, parecía un hombre que «regalaba a su hombre interior con Porto, Bourdeaux, Stout, y cantidades enormes de carne. […]. Pero por detrás en su espalda, el hombre exterior, un maldito carbunco» (Marx a Engels, 4 de diciembre de 1863, Marx and Engels 1985a: 497).

En este contexto, la muerte de la madre de Marx lo obligó a viajar a Alemania para organizar la herencia. Su condición se deterioró de nuevo durante el viaje, y cuando estaba de vuelta tuvo que parar por un par de meses en donde su tío Lion Philips, en Zaltbommel, Holanda. Durante este tiempo, un carbunco más grande que cualquiera antes apareció en su pierna derecha, así como forúnculos enormes en su garganta y espalda. El dolor por causa de estos era tan grande que lo mantenía despierto durante la noche. En la segunda mitad de enero de 1864, le escribió a Engels que se sentía como «un verdadero Lázaro (alias Lassalle), asolado desde todas las esquinas» (Marx a Engels, 20 de enero de 1864, Marx and Engels 1985a: 507). Después de su regreso a Londres, su pésima condición física, debida a múltiples abscesos cutáneos y a la recaída en infecciones, perduró durante el inicio de la primavera y sólo le permitió volver a trabajar a mediados de abril, tras más de cinco meses de interrupción. Durante esta fase, siguió dedicándose al manuscrito del Libro I y es plausible que, justo en ese período, haya redactado el llamado ‘Capítulo VI inédito’, la única parte de la versión inicial que se conserva. Hacia finales de mayo aparecieron en su cuerpo nuevas masas purulentas que le causaron tormentos indescriptibles. Decidido a terminar el libro a toda costa, ignoró de nuevo al Dr. Allen y sus llamados a un «tratamiento de curso regular» que habría perturbado el trabajo que simplemente «tenía que ser llevado a cabo». Marx sentía todo el tiempo que «había algo mal», confesándole sus recelos a su amigo en Manchester: «[…] la enorme resolución que debo adoptar para trabajar en temas complejos pertenece también a este sentimiento de inadecuación. Perdonarás el término spinozista» (Marx a Engels, 26 de mayo de 1864, Marx and Engels 1985a: 530).

La llegada del verano no cambió estas precarias circunstancias. En los primeros días de julio, Marx se contagió de influenza y no pudo escribir (Marx a Engels, 1 de julio de 1864, Marx and Engels 1985a: 545). Y dos semanas después tuvo que guardar cama debido a una grave lesión pustulosa en su pene. Tan sólo después de unas vacaciones familiares en Ramsgate, en la última semana de julio y los primeros diez días de agosto, le fue posible continuar con su trabajo. Comenzó el nuevo periodo de escritura con el Libro III parte dos, ‘La conversión de la ganancia en ganancia promedio’, y luego la parte uno, ‘La conversión de la plusvalía en ganancia’ (que fue completada, muy probablemente, entre finales de octubre e inicios de noviembre de 1864). Durante este periodo participó asiduamente en las reuniones de la Asociación Internacional de Trabajadores, para la que escribió la conferencia inaugural y los estatutos en octubre. También en ese mes le escribió a Carl Klings [1828- ¿?], un trabajador metalúrgico en Sollingen que había sido miembro de la Liga de los Comunistas, contándole de sus varios percances y la razón de su inevitable lentitud, de la siguiente manera:

Estuve enfermo todo el año pasado (afectado por carbuncos y forúnculos). Si no fuera por esto, mi trabajo sobre economía política, El capital, ya habría sido publicado. Espero poder completarlo finalmente en un par de meses, y darle a la burguesía un golpeo teórico del que nunca se recupere. [P]uede usted fiarse de que la clase trabajadora siempre encontrará en mí a un paladín. (Marx a Carl Klings, 4 de octubre de 1864, Marx and Engels 1987: 4).

Habiendo reanudado el trabajo tras una pausa para cumplir con los deberes con la Internacional, Marx escribió la parte tercera del Libro III, titulado ‘La ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia’. Este trabajo fue acompañado por otro estallido de su enfermedad. «Otro carbunco apareció en noviembre bajo [su] pecho derecho» (Marx a Engels, 4 de noviembre de 1864, Marx and Engels 1987: 12) y lo confinó a la cama por una semana. Pero lo siguió aquejando cuando se «inclinaba hacia delante para escribir» (Marx a Engels, 14 de noviembre de 1864, Marx and Engels 1987: 22). Al mes siguiente, temiendo otro posible carbunco en su lado derecho, Marx decidió tratárselo él mismo. Le confesó a Engels que era reacio a consultar con el Dr. Allen, quien no sabía nada sobre su uso prolongado de un remedio basado en arsénico, y quien «se molestaría terriblemente por haber carbunculado tanto tiempo a sus espaldas» (Marx a Engels, 2 de diciembre de 1864, Marx and Engels 1987: 51).

De enero a mayo de 1865, Marx se dedicó de lleno al Libro II. Los manuscritos estaban divididos en tres capítulos, que se convirtieron eventualmente en las partes de la versión que Engels imprimió en 1885:1) Las metamorfosis del capital; 2) La rotación del capital; 3) Circulación y reproducción. En estas páginas, Marx desarrolló nuevos conceptos y conectó algunas de las teorías de los Libros I y III.

También en el nuevo año, sin embargo, los carbuncos continuaron persiguiendo a Marx, y alrededor de mediados de febrero ocurrió una nueva recaída en la enfermedad. Le contó a Engels que, a diferencia del año anterior, «su cabeza no había sido afectada» y que era «perfectamente capaz de trabajar» (Marx a Engels, 25 de febrero de 1865, Marx and Engels 1987: 107). Estos pronósticos probaron ser demasiado optimistas: ya a principios de marzo el «viejo mal [lo] estaba plagando en distintos lugares sensibles y molestos», haciendo[le] difícil sentarse (Marx a Engels, 4 de marzo de 1865, Marx and Engels 1987: 115). Además de los «forúnculos», que se mantuvieron hasta mediados del mes, la Internacional requirió una «cantidad de tiempo enorme». Sin embargo, Marx no dejó de trabajar en el libro, incluso si esto significaba que a veces «no [se iba] a la cama hasta las cuatro de la mañana» (Marx a Engels, 13 de marzo de 1865, Marx and Engels 1987: 129-130).

Un último incentivo para completar pronto las partes faltantes del libro fue el contrato con la editorial. Gracias a la intervención de Wilhelm Strohn, un viejo camarada de los días de la Liga Comunista, Otto Meißner [1819-1902], en Hamburgo, le había mandado una carta el 21 de marzo que incluía un acuerdo para publicar «el trabajo El capital: una contribución a la crítica de la economía política». El libro habría de tener «aproximadamente 50 signatures (17) de extensión [y] aparecer en dos volúmenes» (Marx and Engels 1985b: 361). El tiempo era corto, y ya a finales de abril Marx le escribió a Engels que se sentía «tan débil como un perro, en parte por trabajar hasta tarde en la noche […] y en parte por la basura del demonio que [había estado] tomando» (Marx a Engels, 22 de abril de 1865, Marx and Engels 1987: 148). A mediados de mayo apareció en su cadera izquierda un «carbunco repugnante, cerca de la parte inexpresable del cuerpo» (Marx a Engels, 13 de mayo de 1865, Marx and Engels 1987: 158). Una semana después los forúnculos estaban «todavía allí», aunque, afortunadamente, sólo «me molestan localmente, y no en la caja del cerebro». Hacía un buen uso del tiempo cuando era «capaz de trabajar», y le contó a Engels que estaba «trabajando como un caballo» (Marx a Engels, 20 de mayo de 1865, Marx and Engels 1987: 159).

Entre la última semana de mayo y el final de junio, Marx compuso un texto corto, Salarios, precio y ganancia (18). En este texto cuestionaba la tesis de John Weston [¿?] de que los incrementos de salario no eran favorables para la clase trabajadora, y que las demandas de los sindicatos por un pago mayor eran en realidad nocivos. Marx mostró que, por el contrario, «un aumento general de los salarios generaría una caída en la tasa general de ganancia, pero no afectaría los precios promedio de las mercancías, o su valor» (Marx and Engels 1985c: 144).

En el mismo periodo, Marx también escribió la parte cuatro del Libro III, llamándola ‘La conversión del capital-mercancía y del capital-dinero en capital comercial y capital monetario (mercantil)’. Al final de julio de 1865 le envió a Engels otro reporte del progreso:

Faltan todavía tres capítulos por escribir para completar la parte teórica (los tres primeros libros). Luego, falta todavía por escribir el Libro IV, el histórico-literario, que en comparación es para mí la parte relativamente más fácil, pues todas las cuestiones han sido resueltas en los tres primeros libros; el último es más bien una repetición en forma histórica. Sin embargo, no puedo decidirme a enviar a imprenta algo antes de tener la totalidad frente a mí. No importa las fallas que tenga, la ventaja de mis escritos es que son una totalidad artística, y esto sólo puede ser alcanzado con mi manera de nunca dejar que se impriman, antes de tenerlos completos frente a mí. (Marx a Engels, 31 de julio de 1865, Marx a Engels 1987: 173).

Un tiempo después, su fascinación por el arte se asomó en El capital. De hecho, Marx le aconsejó a Engels leer La obra maestra desconocida (1831) de Honoré de Balzac, definida por el mismo como «una pequeña obra maestra, llena de deliciosa ironía» (Marx a Engels, 25 de febrero de 1867, Marx and Engels 1987: 348). El protagonista de la obra era el genial pintor Frenhofer el cual, obsesionado por el deseo de pintar un cuadro del modo más preciso posible, sigue retocándolo en busca de la perfección, demorando así su terminación. A quienes le preguntaban qué le hacía falta para completar la obra, les respondía: «nada, pero esa nada es todo» (Balzac 2006: 217-218). A quienes le pedían que mostrara su lienzo, se negaba convencido: «no, no, debo mejorarla todavía. Anoche pensé haberla terminado […] Sin embargo, todavía no estoy satisfecho. Tengo dudas» (Ibid. 222-3). El personaje magistralmente creado por Balzac llega incluso a exclamar: «Ya son diez años de trabajo, pero ¿qué son diez años cuando se trata de luchar contra la naturaleza?» (Ibid. 224). Después añade: «Por un momento pensé que mi obra estaba terminada, pero está claro que me equivoqué en algunos detalles y no me quedaré tranquilo hasta despejar mis dudas» (Ibid. 230).

Con su habitual y sutil ingenio, es probable que Marx se haya identificado con el protagonista de este cuento. En una reconstrucción de este período, su yerno Paul Lafargue (1842-1911) relata que la lectura del cuento de Balzac le había causado «una profunda impresión [a Marx], porque describía en parte sus propios sentimientos» (Enzensberger 1999: 240). También Marx, según Lafargue, «trabajaba siempre con extrema escrupulosidad» (Ibid.) y no «estaba nunca satisfecho con su trabajo. Lo modificaba en forma continua y encontraba que la representación no se encontraba a la par con la imaginación» (Ibid.).

Cuando ciertos retrasos inevitables, así como una serie de eventos negativos, lo forzaron a reconsiderar su método de trabajo, Marx se preguntó si sería más útil producir primero una copia final del Libro I, de tal manera que la pudiera publicar inmediatamente, o si sería mejor terminar de escribir todos los libros que habría de contener el trabajo. En otra carta a Engels le dijo que «el único punto en cuestión» era si debía «dejar en limpio una copia del manuscrito y enviársela al librero, o terminar de escribir primero todo». Se decidió por la última solución, pero le aseguró a su amigo que su trabajo en los otros libros no sería una pérdida de tiempo:

[Dadas las circunstancias,] la cosa ha ido progresado tan rápidamente como hubiera sido posible para cualquiera, incluso sin consideraciones artísticas en lo absoluto. Dado que, además, tengo un límite máximo de 60 Druckbogen (19), es absolutamente necesario tener frente a mí la totalidad para saber cuándo ha de ser condensado y tachado, para que las partes individuales se encuentren de manera similar y proporcional dentro de los límites establecidos. (Marx a Engels, 5 de agosto de 1865, Marx and Engels 1987: 175).

Marx confirmó que no «ahorraría esfuerzo para terminar lo más pronto posible, pues la cosa pesaba como una pesadilla». Le impedía «hacer nada más», y estaba inclinado a sacarla de camino antes de un nuevo desorden político: «Sé que el tiempo no se mantendrá tan tranquilo como ahora para siempre» (Ibid.).

Aunque había decidido anteponer la compleción del Libro I, Marx no quería dejar lo que había hecho del Libro III en el aire. Entre julio y diciembre de 1865 redactó, aunque de manera fragmentaria, la quinta parte (‘Escisión de la ganancia en interés y ganancia empresarial. El capital que devenga interés’, la sexta parte (‘Transformación de la plus ganancia en renta de la tierra’) y parte siete (‘Los réditos y sus fuentes’) (20). La estructura que Marx le dio al Libro III entre el verano de 1864 y el final de 1865 era, por lo tanto, muy similar al esquema de 12 puntos de enero de 1863 incluido en el cuaderno XVIII de los manuscritos sobre las teorías de la plusvalía.

La ausencia de dificultades financieras que le había permitido a Marx continuar con su trabajo no habría de perdurar por mucho tiempo. Estas reaparecieron después de más o menos un año, y su salud empeoró también a lo largo del verano. Además de esto, sus responsabilidades con la Internacional fueron particularmente intensas en septiembre, en conexión con la primera conferencia convocada por la organización en Londres. En octubre, Marx visitó a Engels en Manchester, y al regresar a Londres tuvo que enfrentar más eventos terribles: su hija Laura había caído enferma, y el propietario de la casa estaba amenazando de nuevo con desalojar a su familia, enviando a los agentes judiciales, mientras que comenzaron a llegar «cartas amenazantes» de «toda esa otra chusma». Su esposa, Jenny, estaba «tan desolada» que, tal y como se lo puso a Engels, «no [tuvo] el valor de explicarle el verdadero estado de cosas» y «no [sabía] qué hacer». La única «buena noticia» fue la muerte de una tía de 73 años de Fráncfort, de la cual Marx esperaba recibir una parte -aunque pequeña, de la herencia (Marx a Engels, 8 de noviembre de 1865, Marx and Engels 1987: 193-194).

La compleción del volumen I
A principios de 1866, Marx se zambulló en la escritura de un nuevo borrador de El capital, volumen I. A mediados de enero puso al corriente de la situación a Wilhelm Liebknecht [1826-1900]:

«Indisposición, […] todo tipo de mala suerte, estar preso de las demandas de la ‘Asociación Internacional’, etc., han confiscado todos los momentos libres que tengo para escribir en limpio mi manuscrito». Sin embargo, pensaba que estaba cerca del final, y que sería «capaz de entregar el volumen I al librero para imprenta en marzo». Añadió que los «dos volúmenes [aparecerían] simultáneamente» (Marx a Wilhelm Liebknecht, 15 de enero de 1866, Marx and Engels 1987: 219).

En otra carta, enviada el mismo día a Kugelmann, habló de estar «ocupado con la escritura en limpio del texto doce horas al día» (Marx a Ludwig Kugelmann, 15 de enero de 1866, Marx and Engels 1987: 221), pero que esperaba enviarlo a la editorial en Hamburgo dentro de los próximos dos meses.

En contra de sus predicciones, sin embargo, todo el año se pasaría en una lucha contra los carbuncos, mientras su estado de salud empeoraba. A finales de enero, su esposa, Jenny, le informó al viejo camarada en armas Johann Philipp Becker [1809-1886] que su esposo «se [encontraba] afectado de nuevo por su antiguo, peligroso y excesivamente doloroso mal». Esta vez era, sin embargo, más «molesto» aún para él, porque interrumpió la «transcripción de su libro que apenas había comenzado». Desde su punto de vista, «este nuevo desencadenamiento [provenía] única y exclusivamente del excesivo trabajo y de las constantes desveladas» (Jenny Marx a Johann Philipp Becker, 29 de enero de 1866, Marx and Engels 1987: 570-571). Apenas unos días después, Marx fue golpeado por el ataque más virulento hasta ese entonces, y estuvo en peligro de perder la vida. Cuando se recuperó lo suficiente como para comenzar a escribir de nuevo, le escribió a Engels, confesándole:

Esta vez me salvé por un pelo. Mi familia no sabe cuán serio fue el caso. Si la cosa se repite tres o cuatro veces más en la misma forma, soy hombre muerto. Estoy asombrosamente molido y todavía me siento condenadamente débil, no en la mente, sino en el costado y la pierna. Los doctores tienen toda la razón en que el trabajo excesivo durante las noches es la causa principal de esta recaída. Pero no les puedo comunicar a estos señores las causas que me obligan a esta extravagancia, lo que por demás no tendría ningún sentido. En este momento tengo todavía todo tipo de pequeños nacidos en el cuerpo, que son dolorosos, pero de ninguna manera ya peligrosos. (Marx a Engels, 10 de febrero de 1866, Marx and Engels 1987: 223)

A pesar de una condición similar, seria y dolorosa, los pensamientos de Marx estaban mayormente dirigidos al trabajo enfrente suyo:

Lo que me causó más repugnancia fue la interrupción de mi trabajo, que había andado espléndidamente desde el primero de enero, cuando mis padecimientos del hígado se habían esfumado. Por supuesto, no había ni riesgo de ‘sentarse’. […] Pero sí me podía acostar, aunque fuera tan sólo por cortos intervalos durante el día. No pude avanzar con la parte realmente teórica; el cerebro estaba muy débil para eso. Por ello, amplié históricamente la sección sobre la ‘Jornada laboral’, lo que estaba por fuera de mi plan original. (Ibid.: 223-224)

Marx concluyó la carta con una frase que resumía muy bien este periodo de su vida: «Mi libro requiere todo mi tiempo de escritura» (Ibid.: 224). Cuán cierto fue esto en 1866. La situación, llegada ya al extremo, estaba ahora alarmando seriamente a Engels. Temiendo lo peor, intervino firmemente para persuadir a Marx de que no podía seguir de la misma manera:

Tienes que hacer por fin algo realmente razonable para librarte de esta historia de los carbuncos, incluso si el libro ha de aplazarse otros tres meses. La cosa se está poniendo verdaderamente muy seria, y si tu cerebro, como tú mismo lo dices, no está a la altura de los asuntos teóricos, dale entonces un poco de descanso de la teoría elevada. Deja por un tiempo los trabajos nocturnos y lleva una vida un poco más regular. (Engels a Marx, 10 febrero 1866, Marx and Engels 1987: 225-226)

Engels consultó inmediatamente al Dr. Gumpert (quien recomendó otra ronda de arsénico), pero hizo también sugerencias acerca de la compleción del libro. Quería asegurarse de que Marx hubiera abandonado la idea, nada realista, de escribir todo El capital antes de que alguna parte de éste fuera publicada. «¿No puedes arreglar las cosas», le preguntó, «para que al menos el primer volumen sea enviado primero a impresión y el segundo un par de meses después?» (Ibid.: 226) Tomando todo en cuenta, terminó su carta con una sabia observación: «¿De qué serviría que tal vez lleguen a estar listos un par de capítulos al final de tu libro y que ni siquiera el primer volumen llegue a ser impreso, si los eventos nos toman por sorpresa?».

Marx contestó a cada uno de los puntos de Engels, alternando entre tonos serios y jocosos. Con respecto al arsénico, escribió: «Dile o escríbele a Gumpert que me mande la receta con instrucciones de uso. Dado que tengo confianza en él, le debe a la mejor de las ‘economías políticas’ obviar la etiqueta profesional y tratarme desde Manchester» (Marx a Engels, 13 de febrero de 1866, Marx and Engels 1987: 227). En relación con sus planes de trabajo, escribió:

En lo que respecta a este ‘maldito’ libro, está así: va a estar listo a finales de diciembre. Tan sólo el tratado sobre la renta básica (el penúltimo capítulo), en su forma actual, ajusta casi un libro en sí mismo (21). Durante el día voy al museo, y escribo de noche. Tuve que arar a través de la nueva química agraria en Alemania, en particular en Liebig y Schönbein, que resulta más importante para este asunto que todos los economistas puestos juntos, así como el enorme material que los franceses han producido desde que me ocupé por última vez de este punto. Concluí mi investigación de la renta básica hace dos años, y se ha logrado mucho entre tanto; dicho sea de paso, confirmando mi teoría. La apertura de Japón (en general, de otra manera no leería libros de viajes si no estoy obligado profesionalmente a hacerlo) fue importante aquí. Así que apliqué el ‘shifting system’ contra mí mismo, tal y como los perros de las fábricas inglesas los utilizaron contra las personas mismas entre 1848 y 1850. (Ibid: 227)

Trabajo diurno en la biblioteca, para estar al tanto de los últimos descubrimientos, y trabajo nocturno en su manuscrito: esta fue la rutina de castigo a la que Marx se sometió en un esfuerzo para usar todas sus energías en completar el libro. Acerca del trabajo principal, le escribió a Engels: «Aunque está listo, el manuscrito (enorme en su forma actual) no es editable por nadie diferente a mí, incluso no por ti». Y procedió a darle una idea de las semanas precedentes:

Comencé el proceso de pasarlo a limpio y darle estilo exactamente el primero de enero, y la cosa iba bastante bien, dado que evidentemente me divierte lamer al infante hasta que esté limpio después de los largos dolores de parto. Sin embargo, el carbunco se interpuso de nuevo, de tal manera que no he podido seguir adelante con ello, sino únicamente llenar de datos aquello que estaba ya listo según el plan. (Ibid: 227)

Finalmente, Marx aceptó el consejo de Engels de alargar la agenda de publicación: «por cierto, estoy de acuerdo con tu punto de vista; le voy a llevar a Meißner el primer volumen en cuanto esté listo. Pero», añadió, «para poder terminarlo tengo que ser capaz, al menos, de sentarme» (Ibid).

De hecho, su salud seguía deteriorándose. A finales de febrero, dos nuevos carbuncos aparecieron en su cuerpo, y Marx intentó tratárselos él mismo. Le contó a Engels que usó «una navaja afilada» para deshacerse del que estaba más arriba, cercenando «el perro» por sí mismo. «La sangre infectada […] brotó, más bien saltó por los aires», y de ahí en adelante considero al carbunco como enterrado, aunque con necesidad de «algún cuidado». En lo que respecta al «de más abajo», escribió: «se está tornando tan maligno que está fuera de mi control […] Si esta porquería continúa así, tendré por supuesto que mandar por Allen, pues, dado el locus de este perro, soy incapaz de seguirlo y tratarlo yo mismo» (Marx a Engels, 20 de febrero de 1866, Marx and Engels 1987: 231).

Siguiendo este pavoroso recuento, Engels reprendió a su amigo más severamente que nunca: «Ningún ser humano puede soportar a largo plazo esta historia crónica con los carbuncos, sin mencionar que eventualmente pueda aparecer uno que adquiera tal forma que te mande al demonio. ¿Y qué pasaría entonces con tu libro y tu familia?» (Engels a Marx, 22 de febrero 1866, Marx and Engels 1987: 233)
Para darle a Marx algo de respiro, le dijo que estaba preparado para hacer cualquier sacrificio financiero necesario. Le sugirió un periodo de descanso total, rogándole que fuera «razonable»:

[…] Hazme a mí y a tu familia el único favor de dejarte curar. ¿Qué será de todo el movimiento si algo te pasara? Tal y como te estás comportando, a eso vamos a llegar. Para ser honesto, no voy a tener paz ni de día ni de noche hasta que te haya sacado de esta situación, y cada día que no oiga nada de ti voy a estar inquieto y voy a pensar que te estás poniendo peor. Nota bene: No deberías nunca más dejar que las cosas lleguen hasta el extremo de que un carbunco que ha ser rebanado no sea rebanado. Esto es altamente peligroso. (Ibid.: 233-234)

Finalmente, Marx se dejó persuadir de tomar un receso del trabajo. El 15 de marzo viajó a Margate, un lugar de descanso a orillas del mar en Kent, y a los diez días mandó un reporte acerca de sí mismo. «No leo nada, no escribo nada. El simple hecho de tener que tomar el arsénico tres veces al día lo obliga a uno a organizar su tiempo en función de las comidas y los paseos […]. Con respecto a la compañía aquí, simplemente no existe. Puedo cantar con el molinero del [rio] Dee (22): ‘No cuido de nadie y nadie cuida de mí’» (Marx a Engels, 24 de marzo de 1866, Marx and Engels 1987: 249)

A principios de abril, Marx le dijo a su amigo Kugelmann que estaba «muy recuperado». Pero se quejó de que, por causa de la interrupción, se habían perdido «otros dos meses, y más», y que la compleción de su libro «tendría que posponerse una vez más» (Karl Marx a Ludwig Kugelmann, 6 de abril de1866, Marx and Engels 1987: 262). Después de su regreso a Londres, el trabajo de Marx continuó detenido por otras semanas gracias a un ataque de reumatismo y otros problemas; su cuerpo estaba todavía exhausto y vulnerable. A pesar de que le reportó a Engels, a principios de junio, que «nada carbuncoso [había] aparecido de nuevo», (Marx a Engels, 7 de junio de 1866, Marx and Engels 1987: 281) no estaba contento de que su trabajo hubiera «progresado tan pobremente puramente debido a mi situación corporal». (Marx a Engels, 9 de junio de 1866, Marx and Engels 1987: 282). En julio, Marx tuvo que confrontar lo que se había convertido en tres enemigos habituales: el periculum in mora [peligro por la mora] de Livy, en la forma de deudas por la renta; los carbuncos, con uno que estaba a punto de aparecer; y un hígado enfermo.

En agosto le aseguró a Engels que, aunque su salud «fluctuaba de un día al otro», se sentía en general mejor: después de todo, «la sensación de estar de nuevo en forma para el trabajo hace mucho por un hombre» (Marx a Engels, 7 de agosto de 1866, Marx and Engels 1987: 303). Se veía «amenazado con carbuncos aquí y allá», y aunque «siguen desapareciendo» sin la necesidad de intervenciones urgentes, lo habían obligado a mantener sus «horas de trabajo dentro de los límites» (Karl Marx a Friedrich Engels, 23 de agosto de 1866, Marx and Engels 1987: 311). El mismo día le escribió a Kugelmann: «[…] no creo ser capaz de enviar a Hamburgo el manuscrito del primer volumen (se trata ahora de tres volúmenes) antes de octubre. Apenas puedo trabajar productivamente unas horas por día sin sentir inmediatamente los efectos en mi cuerpo […]» (Marx a Ludwig Kugelmann, 23 de agosto de 1866, Marx and Engels 1987: 312).

También esta vez estaba siendo Marx demasiado optimista. El constate flujo de fenómenos negativos a los que estaba expuesto diariamente en su lucha por sobrevivir lograron ser de nuevo un obstáculo para completar su texto. Más aún, tenía que invertir tiempo preciado en la búsqueda de maneras de extraer pequeñas sumas de dinero de la casa de empeño y en escapar al tortuoso círculo de pagarés en el que se había metido.

En una carta a mediados de octubre, Marx le expresó a Kugelmann el miedo de que, como resultado de su larga enfermedad, y de todos los gastos que esta había generado, no fuera capaz de «mantener a los acreedores a raya», y que la casa estuviera a «punto de caerse sobre su cabeza» (Marx a Ludwig Kugelmann, 13 de octubre de 1866, Marx and Engels 1987: 328). Por lo tanto, ni siquiera en octubre fue posible para él poner los últimos toques al manuscrito. Al describir el estado de cosas a su amigo en Hannover, y explicando las razones de la demora, Marx expuso el plan que tenía en ese entonces en mente:

Mis circunstancias (interrupciones corporales y sociales sin descanso) me exigen publicar primero el volumen I, y no ambos volúmenes, como era mi intención originalmente. Y probablemente se trate ahora de tres volúmenes. La obra entera se divide entonces en las siguientes partes:

Libro I: El proceso de producción del capital
Libro II: El proceso de circulación del capital
Libro III: El proceso global de la producción capitalista
Libro IV: Hacia una historia de la teoría

El volumen I incluye los dos primeros Libros. El Libro III, creo, llenará el volumen II, y el Libro IV, el volumen III. (Ibid.: 328)

Revisando el trabajo que había hecho desde la Contribución a la crítica de la economía política, publicado en 1859, Marx continuó:

Me pareció necesario comenzar de nuevo desde el principio del primer libro, es decir, resumir mi escrito, publicado por Duncker, en un capítulo acerca de la mercancía y el dinero. Me pareció necesario, no sólo en aras de la completitud, sino porque incluso la gente inteligente no captó la cosa del todo correctamente; es decir, algo debía fallar en la primera exposición, en especial con respecto al análisis de la mercancía (Ibid.: 328-329).

También el mes de noviembre estuvo marcado por una pobreza extrema. Refiriéndose a la terrible vida cotidiana, que no le daba un respiro, Marx le escribió a Engels: «Todo esto no sólo ha interrumpido ampliamente mi trabajo, sino que, por cuenta de tratar de recuperar en la noche el tiempo perdido durante el día, me ha salido un lindo carbunco cerca del pene». (Marx a Engels, 8 de noviembre de 1866, Marx and Engels 1987: 331). Pero no tardó en apuntar que «este verano y otoño no fue la teoría, sino motivos de salud y burgueses, lo que causó la demora». Si hubiera gozado de buena salud, hubiera sido capaz de completar el trabajo. Le recordó a Engels que ya habían pasado tres años desde que «el primer carbunco [había sido] rebanado», años en los que solo había tenido «cortos periodos» de respiro de la enfermedad (Marx a Engels, 10 de noviembre de 1866, Marx and Engels 1987: 332). Más aún, habiendo sido obligado a invertir tanto tiempo y energía en la lucha diaria contra la pobreza, en diciembre comentó: «Tan sólo lamento que las personas privadas no puedan enviar sus cuentas a la Corte de Bancarrota con la misma facilidad como los comerciantes» (Ibid.).

La situación no cambió durante todo el verano, y a finales de febrero de 1867 Marx le escribió a su amigo en Manchester (quien nunca había fallado en enviarle todo lo que podía): ‘Un tendero me va a enviar a las autoridades el sábado (pasado mañana), si no le pago al menos 5£ […]. El trabajo estará listo pronto, y lo estaría hoy mismo, si no se me hubiera acosado tanto en estos días» (Marx a Engels, 21 de febrero de 1867, Marx and Engels 1987: 347).

A finales de marzo, Marx fue finalmente capaz de darle a Engels la muy esperada noticia de que «había acabado el libro» (Marx a Engels, 27 de marzo 1867, Marx and Engels 1987: 350) (23). Ahora tendría que enviarlo a Alemania, y una vez más se veía forzado a acudir a su amigo para que reclamara «su ropa y reloj, que se [encontraban] en una casa de empeño»; de lo contrario no sería capaz de irse (Marx a Engels, 2 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 351).

Habiendo llegado a Hamburgo, Marx discutió con Engels el nuevo plan propuesto por Meißner:

Ahora quiere que el libro se publique en tres volúmenes. Es decir, está en contra de que concentre el último Libro (la parte histórico-literaria), como lo había planeado. Dijo que, desde el punto de vista de la publicación […] ésta es la parte que más se vendería. Yo le dije que, en este respecto, estaba a su total disposición. (Marx a Engels, 13 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 357).

Un par de días después le dio un reporte similar a Becker:

El trabajo completo aparecerá en tres volúmenes. El título es El capital. Crítica de la economía política. El volumen I incluye el Libro I: ‘El proceso de producción del capital’. Se trata, sin lugar a duda, del más terrible misil que se ha disparado jamás contra las cabezas de la burguesía (terratenientes incluidos). (Marx a Johann Philip Becker, 17 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 358)

Tras unos días en Hamburgo, Marx viajó a Hannover. Se quedó allí como huésped de Kugelmann, quien lo conoció finalmente después de años de relaciones puramente epistolares. Marx se hizo disponible allí en caso de que Meißner lo requiriera para ayudar con la corrección de pruebas. Le escribió a Engels que su salud se había «mejorado extraordinariamente». No había «rastro de la vieja dolencia» ni de su «problema de hígado», y «lo que, es más, [estaba] de buen humor» (Marx a Engels, 24 de abril de1867, Marx and Engels 1987: 361).

Su amigo le contestó desde Manchester:

Siempre se me hizo que este maldito libro, al que has estado cargando durante tanto tiempo, era el núcleo fundamental de toda tu mala suerte, y que nunca serías capaz de salir de ella hasta que te lo sacudieras de encima. Esta cosa eternamente inacabada te oprimía corporal, espiritual y financieramente hasta el suelo, y me puedo dar cuenta muy bien de que después de haberte sacudido esta pesadilla te sientes como un tipo completamente distinto. (Engels a Marx, 27 de abril de1867, Marx and Engels 1987: 362).

Marx quería informarles a otros acerca de la inminente publicación de su trabajo. Le escribió a Sigfrid Meyer [1840-1872], un socialista alemán, miembro de la Internacional, activo en la organización del movimiento de los trabajadores en Nueva York: «El volumen I está compuesto por el ‘Proceso de producción del capital’. […] El volumen II contiene la continuación y conclusión de la teoría, mientras que el volumen III, la historia de la economía política desde mediados del siglo XVII» (Marx a Sigfrid Meyer, 30 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 367). Su plan se mantuvo inalterado y, por tanto, los Libros II y III deberían haber salido juntos, como parte del volumen II.

Engels se involucró en la corrección del texto para publicación a mediados de junio. Le pareció que, comparado con la Contribución a la crítica de la economía política, «la dialéctica del argumento se había precisado fuertemente» (Engels a Marx, 16 de junio de1867, Marx and Engels 1987: 381). Marx se conmovió por esta aprobación: «Que estés satisfecho hasta este momento es más importante para mí que cualquier cosa que alguien más pueda decir de éste» (Marx a Engels, 22 de junio de 1867, Marx and Engels 1987: 383)

Sin embargo, Engels anotó que su exposición de la forma del valor era excesivamente abstracta y no suficientemente clara para una persona lectora promedio; también lamentó que fuera precisamente esta sección la que tenía «las marcas de los carbuncos algo estampadas» (Engels a Marx, 16 de junio de 1867, Marx and Engels 1987: 380). En respuesta, Marx se fue lanza en ristre contra la causa de sus tormentos físicos («Espero que la burguesía recuerde mis carbuncos hasta el último día de su vida») (Marx a Engels, 22 de junio de 1867, Marx and Engels 1987: 383) y se convenció de la necesidad de un apéndice presentando su concepción de la forma del valor de una manera más popular. Esa adición de veintidós páginas fue terminada a finales de junio.

Marx completó la corrección de pruebas a las 2:00 a.m. del primero de agosto de 1867. Unos minutos después le escribió a su amigo en Manchester: «Querido Fred: acabo de terminar de corregir la última página […]. Así que este volumen está listo. ¡Te debo sólo a ti que esto haya sido posible! […] ¡Te abrazo, lleno de agradecimiento!» (Marx a Engels, 24 de agosto de 1867, Marx and Engels 1987: 405)

Un par de días después, en otra carta a Engels, resumiría lo que consideraba como los dos pilares fundamentales del libro: «1. (en esto se basa toda comprensión de los hechos) el carácter doble, desde el principio del primer capítulo, del trabajo que se manifiesta ya sea en el valor de uso o el valor de cambio; 2. El tratamiento de la plusvalía, independientemente de sus formas particulares como ganancia, interés, renta básica, etc.» (Marx a Engels, 24 de agosto de 1867, Marx and Engels 1987: 407).

El capital fue puesto a la venta el 11 de septiembre de 1967 (ver: Marx [1867] 1983: 674). Siguiendo las modificaciones finales, el índice quedó como sigue:
Prefacio

  1. Mercancía y dinero
  2. Transformación del dinero en capital
  3. Producción de la plusvalía absoluta
  4. La producción de la plusvalía relativa
  5. Desarrollo complementario de la producción de la plusvalía absoluta y relativa
  6. El proceso de acumulación del capital

Apéndice a la Parte 1, 1: La forma del valor
(Marx [1867] 1983: 9-10).

A pesar del largo proceso de corrección y de la adición final, la estructura del trabajo sería expandida considerablemente en el transcurso de los años siguientes, y se le harían más modificaciones al texto. El volumen I, por lo tanto, continuaría absorbiendo una significativa energía por parte de Marx, incluso después de su publicación.

En búsqueda de la versión definitiva
Marx retornó al volumen II en octubre de 1867. Esto, sin embargo, trajo de nuevo dolores de hígado, insomnio, y la erupción de «dos pequeños carbuncos cerca del membrum». Tampoco desaparecieron las «incursiones desde afuera» ni las «complicaciones de la vida doméstica»; había una cierta amargura en su afirmación a Engels de que «mi enfermedad siempre se origina en la mente» (Marx a Engels, 19 de octubre de 1867, Marx and Engels 1987: 453). Como siempre, su amigo le ayudó, enviándole todo el dinero que podía junto con el deseo de que «ahuyentara los carbuncos» (Engels a Marx, 22 de octubre 1867, Marx and Engels 1987: 457). No fue lo que ocurrió, sin embargo, y a finales de noviembre Marx escribió para informar: «Mi estado de salud ha empeorado mucho, así que ni hablar de trabajar» (Marx a Engels, 27 de noviembre de 1867, Marx and Engels 1987: 477).

El nuevo año, 1868, comenzó más o menos como terminó el anterior. Durante las primeras semanas de enero Marx fue incapaz incluso de encargarse de su correspondencia. Su esposa, Jenny, le contó a Becker que su «pobre esposo está de nuevo en cama, encadenado de manos y pies por su grave y dolorosa dolencia, que se [estaba] volviendo peligrosa por su constante recurrencia» (Jenny Marx a Johann Philip Becker, después del 10 de enero de 1868, Marx and Engels 1987: 580). Algunos días después, su hija Jenny le reportó a Engels: «El Moro es de nuevo víctima de sus viejos enemigos, los carbuncos, y, gracias a la aparición del último, se siente muy enfermo, incluso cuando está sentado» (Laura Marx a Friedrich Engels, 13 de enero de 1868, Marx and Engels 1987: 583).

Marx comenzó a escribir de nuevo tan sólo hacia finales del mes, cuando le contó a Engels que «por dos o tres semanas» fue incapaz «de hacer ningún trabajo»; «sería desastroso», añadió, «si un tercer monstruo hubiera de aparecer» (Marx a Engels, 25 de enero de 1868, Marx and Engels 1987: 528).

Sin embargo, como era habitual, apenas podía volvía a sus investigaciones. En este período estaba mucho más interesado en profundizar sobre la historia y la agricultura y, para esto, compiló cuadernos con extractos de las obras de muchos autores. Entre estos, dedicó una enorme atención a la Introducción a la historia del ordenamiento de la marca, del poder, de la villa y la ciudad y del poder público (1854), del estadista e historiador del derecho Georg Ludwig von Maurer (1790-1872). Marx le comentó a Engels que había encontrado sus obras «extraordinariamente importantes» desde el momento que en ellas había sido «configurado en una forma completamente nueva […] no sólo la temprana edad media, sino todo el desarrollo posterior de las ciudades imperiales libres, de los propietarios que gozaban de inmunidad, del poder público, de la lucha entre los campesinos libres y los siervos de la gleba» (Marx a Engels, 25 de marzo de 1868, Marx and Engels 1987: 557).

Marx manifestó su aprobación por Maurer, ya que le había «demostrado, ampliamente, que la propiedad privada de la tierra habría surgido sólo posteriormente» (Marx a Engels, 14 de marzo de 1868, Marx and Engels 1987: 547). Por otra parte, dirigió comentarios irónicos a quienes se «sorprendían de encontrar las cosas más recientes entre las más antiguas- incluso igualitarias a un nivel que horrorizaría a Proudhon» (Marx a Engels, 25 de marzo de 1868, Marx and Engels 1987: 558).

En este mismo período, Marx profundizó también el estudio de las obras Historia de la agricultura, a saber: panorama histórico de los progresos en los conocimientos agícolas de los últimos cien años (1852), La naturaleza de la agricultura. Contribución a una teoría de la misma (1857) y Clima y reino vegetal en el tiempo: una contribución a la historia de ambos (1847), de Karl Fraas (1810-1875). De este último libro, considerado por Marx «muy interesante», apreció, de modo particular, la parte en la cual aparecía una «demostración de que, en una época histórica, el clima y la flora cambian». En cuanto a su autor, lo describe ante Engels como un «darwinista antes de Darwin, [ya que] hace surgir las especies mismas en épocas históricas». Le causaron también una impresión positiva sus consideraciones de tipo ecológico, a partir de las cuales se notaba su preocupación sobre «el cultivo [que,] al proceder de modo natural, en vez de ser dominado conscientemente (como burgués, obviamente, él no llegaba muy lejos), deja tras de sí desiertos». Para Marx, también desde este punto de vista, se manifestaba una «inconsciente tendencia socialista» (Ibid.:559).

El estado de salud de Marx continuó fluctuando. A finales de marzo le contó a Engels que su «estado era tal, que debería renunciar del todo a trabajar y pensar por algún tiempo». Pero añadió que esto sería «difícil» para él, «incluso si tuviera los medios para vagabundear» (Marx a Engels, 25 de marzo de 1868, Marx and Engels 1987: 557). La nueva interrupción llegó justo cuando estaba recomenzando el trabajo en la segunda versión del Libro II (después de una etapa de casi tres años desde la primera mitad de 1865). Completó los dos primeros capítulos en el curso de la primavera (Marx 2008a: 1-339), además de un grupo de manuscritos preparatorios (acerca de la relación entre plusvalía y la tasa de ganancia, la ley de la tasa de ganancia, y las metamorfosis del capital), que lo ocuparon hasta el final de 1868 (24).

Al final de abril de 1868, Marx le envió a Engels un nuevo esquema de su trabajo, con una referencia particular al «método por el que se desarrolla la tasa de ganancia» (Marx a Engels, 30 de abril de 1868, Marx and Engels 1988: 21). Fue esa la última vez que hizo referencia, en su correspondencia, a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. A pesar de las grandes crisis económicas que se presentaron a partir de 1873, este concepto, en el cual hizo un marcado enfasis en su momento -tanto que le dedica la totalidad de la tercera sección del Libro III de El capital (que fue redactado en 1864-1865)- no vuelve a ser mencionado por Marx, y se considera superado. En la misma carta dejó en claro que el volumen II habría de presentar el «proceso de circulación del capital sobre la base de las premisas desarrolladas» en el volumen I. Tenía la intención de exponer, de la manera más satisfactoria posible, las ‘determinaciones formales’ del capital fijo, del capital circulante y la transferencia del capital (y, por lo tanto, de investigar «la mezcla social de los diferentes capitales, de partes del capital y los ingresos (=m)». El volumen III habría entonces de investigar «la conversión de la plusvalía en sus diferentes formas y diferentes partes constitutivas» (Ibid.).

Sin embargo, los problemas de salud volvieron en mayo, y después de un periodo de silencio Marx le explicó a Engels que «dos carbuncos en el escroto hubieran puesto incluso a Sila [Lucius Cornelius Sila Félix] malhumorado» (Marx a Engels, 16 de mayo 1868, Marx and Engels 1988: 35). En la segunda semana de agosto le contó a Kugelmann de su esperanza de finalizar el trabajo «a finales de septiembre» de 1869 (Marx a Ludwig Kugelmann, 10 de agosto de 1868, Marx and Engels 1988: 82). Pero el otoño trajo una nueva aparición de carbuncos, y en la primavera de 1869, cuando Marx estaba todavía trabajando en el tercer capítulo del volumen II «Las relaciones reales del proceso de circulación y del proceso de reproducción» (Marx 2008b: 340-522). Su plan de finalizarlo a más tardar en 1869 parecía realista, puesto que la segunda versión del texto que había redactado a partir de la primavera de 1868 constituía un avance, tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo. Sin embargo, ese mismo año, su enfermedad hepática empeoró y sus achaques reaparecieron con regularidad peligrosa en los años siguientes y le impidieron completar nunca el volumen II.

Había también razones teóricas para la demora. Determinado a estar al tanto de las últimas noticias en el capitalismo, entre el otoño de 1868 y la primavera de 1869 Marx compiló numerosos extractos de textos sobre finanzas y mercados de dinero que aparecieron en The Money Market Review [La revista del mercado monetario], The Economist y publicaciones similares (25). Su interés por lo que ocurría al otro lado del Atlántico seguía creciendo y lo alentaba, constantemente, a la búsqueda de noticias actualizadas. Escribió a su amigo Meyer que para él hubiera sido «sumamente precioso» que le pudiera enviar «algo antiburgués sobre la propiedad de la tierra o sobre la economía agraria en los Estados Unidos». Le explicó que «dado que en el segundo volumen [hubiera] trata[do] la renta hipotecaria o el alquiler de tierras, este material hubiera sido especialmente bienvenido para contrarestar la Armonía de los intereses de H. Carey [1793-1879]» (Marx a S. Meyer, 4 de julio de 1868, Marx and Engels 1988: 61). Más aún, en el otoño de 1869, habiéndose enterado de nueva literatura (en realidad, insignificante) sobre algunos cambios en Rusia, decidió aprender ruso para poder estudiarla por sí mismo. Persiguió este nuevo interés con su rigor habitual, y a principios de 1870 Jenny le contó a Engels que «en vez de cuidarse, [Marx había comenzado] a estudiar ruso con todas sus fuerzas, saliendo poco, comiendo con poca frecuencia, y sólo mostró el carbunco bajo su brazo cuando ya estaba muy inflamado y endurecido» (Jenny Marx a Friedrich Engels, alrededor del 17 enero de 1870, Marx and Engels 1988: 551). Engels se apresuró a escribir a su amigo, tratando de persuadirlo de que, «en el interés del volumen II», necesitaba un «cambio de vida»; de lo contrario, si había «una constante repetición de dichas suspensiones», nunca sería capaz de terminar el libro (Engels a Marx, 19 de enero de 1870, Marx and Engels 1988: 408).

La predicción dio en el blanco. Al comienzo del verano, resumiendo lo que había sucedido en los meses previos, Marx le contó a Kugelmann que su trabajo había sido «retrasado por la enfermedad a lo largo del invierno», y que había «encontrado necesario concentrase en su ruso, porque, al lidiar con la cuestión de la tierra, se había vuelto esencial estudiar las relaciones de propiedad sobre la tierra en Rusia a partir de recursos primarios» (Marx a Ludwig Kugelmann, 27 de junio de 1870, Marx and Engels 1988: 528).

Después de todas las interrupciones y de un periodo de actividad política intensa para la Internacional derivado del surgimiento de la Comuna de París, Marx se volcó al trabajo de una nueva edición del volumen I. Insatisfecho de la manera en la que había explicado la teoría del valor, dedicó diciembre de 1870 y enero de 1872 a reescribir el apéndice de 1867, y esto lo llevó a reescribir también el primer capítulo mismo. El fruto de este trabajo fue el manuscrito conocido con el título Adiciones y cambios al Libro I de El capital (1871-1872) (Marx [1872] 1987: 1-55). Con ocasión de la revisión de la edición de 1867, Marx incorpora complementos y precisiones.

Algunos de ellos se refieren a la diferencia entre capital constante y variable, el plusvalor por el uso de la maquinaria y la tecnología. Además, ajustó la estructura interna del libro. En 1867 había dividido la obra en seis capítulos, mientras que en la nueva edición estos se convirtieron en siete secciones compuestas de 25 capítulos, cada uno de los cuales comprendía subdivisiones en parágrafos mucho más detallados. La reimpresión fue publicada en 1872, con una tirada de 3.000 ejemplares.

El año 1872 fue fundamental para la difusión de El capital puesto que en abril sale la traducción al ruso, la primera de una larga serie (26). Comenzada por German Lopatin (1845-1918) y posteriormente completada por el economista Nikolaj Danielson (1844-1918), fue valorada como «excelente» (Marx a N. Danielson, 28 de mayo de 1872, Marx and Engels 1989: 385) (27) por el mismo Marx. Leßner cuenta que «el acontecimiento [considerado una] importante señal de los tiempos se convirtió en una celebración para él, su familia y sus amigos» (Leßner 1996: 138)

En mayo, en una carta dirigida a Liebknecht, Jenny von Westphalen, que había compartido con las hijas la alegría de este éxito, así como las demás reivindicaciones de Marx, dejó en evidencia, con palabras tremendamente efectivas, cuánto pesaban las diferencias de género, incluso en la batalla común por el socialismo. En ella afirmaba que, en todos los conflictos existentes:

[…] a nosotras las mujeres nos toca la parte más dura, la más mezquina. El hombre se templa en el combate contra el mundo exterior, se templa cara a cara con los enemigos, mientras nosotras -así los enemigos sean una legión- debemos estar encerradas en la casa remendando calcetines. Esto no aleja las preocupaciones y las pequeñas miserias cotidianas consumen, lenta pero inexorablemente, la fuerza y la alegría de vivir. (Jenny Marx a W. Liebknecht, 26 de mayo de 1872, Marx and Engels 1989: 580)

Durante ese año tuvo inicio la publicación de la traducción al francés de El capital. Esta, confiada a Joseph Roy (?), qua había ya traducido algunos textos de Ludwig Feuerbach (1804-1872), debía ser publicada por el editor francés Maurice Lachâtre (1814-1900) en fascículos entre 1872 y 1875. Marx se había puesto de acuerdo con ellos sobre la posibilidad de impresión de una «edición popular económica» (Marx a L. Lafargue, 18 de diciembre de 1871, Marx and Engels 1989: 283) y, en efecto, les escribe: «aplaudo su idea de publicar la traducción en pequeños fascículos periódicos. De esta forma, la obra será fácilmente accesible a la clase obrera y esta valoración es para mí más importante que cualquier otra cosa». Sin embargo, consciente de que esa elección presentaba también «un revés […] de la medalla», Marx anticipó que este método haría «tremendamente difícil la lectura del primer capítulo» y existía el temor de que el público se desanimara «por la dificultad de avanzar». Para eludir este «inconveniente», él no podía «hacer más que advertir y preparar de antemano al lector que anhela la verdad: no existe un camino único en la ciencia y solo aquellos que no huyen al esfuerzo de escalar sus senderos escarpados pueden aspirar a alcanzar sus luminosas cimas» (Marx a L. Lachatre, 18 de marzo de 1872, Marx and Engels 1989: 344).

Iniciada la traducción, Marx tuvo que emplear mucho más tiempo que el previsto en corregir los borradores. De hecho, como informó a Danielson, Roy había «traducido con frecuencia demasiado literalmente», motivo por el cual se había visto obligado a reescribir pasajes enteros para que fueran apetecibles para el público francés» (Marx a N. Danielson, 28 de mayo de 1872, Marx and Engels 1989: 385). En mayo de 1872, su hija Jenny comunicó a la familia Kugelmann que su padre se «había visto obligado a hacer numerosas correciones, reescribiendo no sólo frases enteras sino hasta páginas completas» (Jenny Marx (hija) a L. Kugelmann, 3 de mayo de 1872, Marx and Engels 1989: 578). En una actualización del mes siguiente, agregó que la traducción era «tan insatisfactoria que, lamentablemente, el Moro se había visto obligado a reescribir la mayor parte del primer capítulo» (Jenny Marx (hija) a L. y G. Kugelmann, 27 de junio de 1872, Marx and Engels 1989: 582).

Sucesivamente, también Engels le comunicó a Kugelmann que «la traducción al francés le suponía a Marx un trabajo colosal» y que con frecuencia tenía que «comenzar nuevamente desde cero» (Engels a L. Kugelmann, 1 de julio de 1873, Marx and Engels 1989: 515). Al termino de la labor, Marx comentó que la tarea le había «implicado una tal pérdida de tiempo que personalmente hubiera preferido no participar, de ningún modo, en ninguna traducción» (Marx a F. Sorge, 27 de septiembre de 1877, Marx and Engels 1991: 276)

A pesar de estar tan ocupado en la traducción del texto, durante su revisión Marx decidió agregar algunas modificaciones y rectificaciones. Estas concernían, principalmente, a la sección dedicada al «proceso de acumulación del capital», pero también se relacionaban a algunos temas específicos como la distinción que quería hacer entre los conceptos de «concentración» y «centralización» del capital. En el posdata de la edición francesa, Marx no dudó en atribuirle un «valor científico independiente del original» (Marx 1996: 24) No es fortuito que en 1877, cuando apareció la posibilidad de una versión en inglés, Marx precisó a Sorge que el traductor habría debido «necesariamente […] cotejar la segunda edición alemana con la francesa», en la cual había agregado «algunas cosas nuevas y muchas otras [las había] descrito mejor» (Marx a F. Sorge, 27 de septiembre de 1877, Marx and Engels 1991: 276).

Refiriéndose a ella y resaltando, al mismo tiempo, los aspectos positivos y negativos, en cartas dirigidas a Danielson, en noviembre de 1878, Marx escribió que esta contenía «muchas variaciones e incorporaciones importantes», pero admitía también que se había visto obligado -sobre todo en el primer capítulo- a «aplanar» la exposición (Marx a N. Danielson, 15 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 343). Fue por este motivo que sintió la necesidad de aclarar que los capítulos ‘Mercancia y dinero’ y ‘La transformación del dinero en capital’ deberían ser «traducidos siguiendo exclusivamente el texto en alemán» (Marx a N. Danielson, 28 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 346) (28).

El borrador del Libro II de El capital fue dejado en un estado lejos de definitivo y presenta numerosos problemas teóricos. Los manuscritos del Libro III son de carácter mucho más fragmentado y Marx no alcanza tampoco a realizar una actualización que fuese coherente con el progreso de sus estudios (29). Hay que tener presente también que no alcanzó a terminar una revisión del Libro I que le permitiera incorporar las modificaciones y las partes complementarias que, en sus intenciones, hubieran mejorado su magnum opus (30). De hecho, ni la traducción al francés, de 1872-75, ni la tercera edición alemana, de 1881, pueden ser consideradas la versión definitiva que hubiera querido llevar a cabo.

De todas formas, el espíritu problemático con el cual Marx escribió y reconsideró su obra, demuestra la enorme distancia que lo separa de la representación de autor dogmático, propuesta ya sea por múltiples adversarios o por muchos de sus presuntos discípulos. Incluso en su estado incompleto, aquellos que quieran valerse de categorías teóricas esenciales para comprender el modo de producción capitalista, no pueden prescindir de leer, incluso hoy, el libro primero de El capital.

La ampliación de los estudios para el Libro II de El capital.
Entre 1877 y el comienzo de 1881, Marx escribió nueve versiones de diversas partes del Libro II de El capital. En marzo de ese año, empezó a redactar un índice bastante extenso de materiales recopilados previamente (Marx 2008c: 525-548). Luego, se concentró casi exclusivamente en la primera sección: ‘Las metamorfosis del capital y su ciclo’ (Marx 2008d: 550-697), realizando una descripción más completa del fenómeno de la circulación del capital. Más tarde, a pesar de que sus precarias condiciones de salud y la necesidad de llevar a cabo numerosos chequeos médicos volviesen el trabajo muy ocasional, Marx siguió ocupándose de varios temas, incluido el último capítulo titulado ‘Acumulación y reproducción ampliada’. A este período se remonta el llamado ‘Manuscrito VIII’ del Libro II (Marx 2008e: 698-828) en donde, además de la recapitulación de textos anteriores, Marx preparó nuevos borradores que consideraba útiles para la continuación de la obra. También entendió que había cometido, y repetido por largo tiempo, un error de interpretación al considerar que las representaciones monetarias fueran apenas un velo del contenido real de las relaciones económicas (Cfr. Otani, Vasina e Vollgraf 2008: 881).

En el verano de 1877, por causa «del insomnio y el consecuente estado caótico de los nervios que había alcanzado […] un nivel inquietante» (Marx a Engels, 18 de julio de 1877, Marx and Engels 1991: 242), Marx se vio obligado a programar, por enésima vez, un período de descanso. Tras varias consideraciones, le dijo a Engels que ese año tenía la intención de ir a Neuenahr, una pequeña localidad en Renania, no muy lejos de Tréveris.

Después de pasar unos días en Neuenahr, que definió como un pequeño pueblo «completamente aislado del mundo» (Marx a M. Barry, 15 de agosto de 1877, Marx and Engels 1991: 266), los doctores confirmaron lo que Marx había sospechado antes de partir: «el […] hígado ya no mostraba ningún indicio de agrandamiento, […] el verdadero mal [era] de tipo nervioso» (Marx a Engels, 17 de agosto de 1877, Marx and Engels 1991: 268). Los médicos le aconsejaron que se trasladara durante dos semanas a la Floresta Negra, «para respirar aire de montaña y bosque a alturas elevadas» (Ibid.) (31).

Una vez de nuevo en casa, y aunque su estado de salud no hubiese mejorado mucho, Marx volvió a sumergirse en sus manuscritos. Se quejó con Sorge por el «maldito insomnio que había sufrido durante el año y que lo había vuelto enormemente perezoso para escribir», a pesar de esforzarse en «dedicar todos los momentos posibles al trabajo» (Marx a F. Sorge, 27 de septiembre de 1877, Marx and Engels 1991: 275-276). En noviembre de 1877, Marx comunicó al joven banquero de Frankfurt Sigmund Schott (1852-1910) que estaba «adelantando simultáneamente varias partes del trabajo». Le dijo que había «comenzado El capital en una secuencia inversa a la que le había presentado al público, empezando por la tercera parte, la histórica (32). La única diferencia era que el primer volumen, escrito al final, había sido inmediatamente revisado para su impresión, mientras que los otros dos habían permanecido en su forma cruda (en estado bruto), necesariamente propia de toda investigación» (Marx a Engels, 3 de noviembre de 1877, Marx and Engels 1991: 287) (33).

En este período, Marx tampoco descuidó sus estudios, centrando su atención en los bancos y el comercio. Escribió extractos de la Historia de los bancos (1874) del economista italiano Pietro Rota (1846-1875), de la Historia del comercio bizantino (1808) y de la Historia del comercio de los griegos (1839), ambos escritos por el primer rector de la Universidad de Bonn Hullmann Karl (1765-1846), y de La historia natural del comercio (1872), escrita por el jurista y estadístico John Yeats (1822-1902) (34). A finales de marzo de 1878, Marx le escribió a Schott que había encontrado «muy útil» la lectura de un libro de A. Saling (?), editor de un anuario bursátil. Marx también leyó y escribió extractos de las obras del economista ruso Illarion Ignatevich Kaufman (1848-1916), en particular de la Teoría y práctica del sistema bancario (1873-1877). De esta obra criticó el «estilo pomposo» y «[su] apología» del capitalismo, a través de la cual su autor, aunque «de forma totalmente inconsciente, llegaba a demostrar […] la correlación entre […] el actual sistema de producción y lo que el filisteo condena como ‘abuso’, ‘ilícito’, etc.» (Marx a S. Schott, 29 de marzo de 1878, Marx and Engels 1991 : 304) (35). Durante el otoño, Marx continuó con el trabajo para ampliar el conocimiento sobre estos temas, examinando, entre otras muchas publicaciones, Papel moneda, la raíz de todos los males (1872), del economista Charles A. Mann (?), y Los principios de la ciencia bancaria (1873) de Rota.

Junto con estas investigaciones, Marx volvió a leer las más recientes publicaciones y a analizar los avances económicos que llegaban de Rusia y los Estados Unidos de América. Gracias a su amigo Danielson, en abril recibió «un montón de publicaciones ‘rusas’ desde San Petersburgo» (Marx a T. Allsop, 28 de abril de 1878, Marx and Engels 1991: 307). Entre los diversos autores estaba el jurista y filósofo Nikolaevič Čičerin (1828-1904), sobre cuya mediocridad Marx escribió: «evidentemente, desconoce los rudimentos de la economía política y se imagina que, si aparecen bajo su nombre, las trivialidades de la escuela de Bastiat se convierten en verdades originales e inmediatamente convincentes» (Marx a N. Danielson, 28 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 346). Más tarde, también le encargó a Danielson que redactara para él una síntesis de la política financiera rusa de los últimos quince años y un resumen de la productividad del trabajo agrícola.

En abril de 1876, Marx le había escrito a Sorge que, con el fin de continuar con el Libro II de El capital, necesitaría «ver personalmente lo que [se había impreso], [y fuera] utilizable, sobre la agricultura estadounidense y las relaciones de propiedad de la tierra, así como sobre el crédito (pánico [financiero], dinero y todo lo que [estaba] relacionado con esto)» (Marx a F. Sorge, 4 de abril de 1876, Marx and Engels 1991: 115) Fue también por esta razón que, en agosto, le pidió al librero londinense George Rivers (?) que le enviara «los catálogos de sus libros estadounidenses y antiguos» (Marx a G. Rivers, 24 de agosto de 1878, Marx and Engels 1991: 318). Poco después de recibirlos y consultarlos, Marx observó que «el campo más interesante para los economistas se encuentra, sin duda, en los Estados Unidos […]. Las transformaciones cuya implementación [había] requerido siglos en Inglaterra [se habían] realizado allí en unos pocos años». En este sentido, le aconsejó a su amigo Danielson que examinara con especial atención, no tanto las [transformaciones] que estaban en marcha en los «Estados más antiguos sobre el Atlántico, sino [en aquellos] más recientes» (Marx a N. Danielson, 15 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 344), como Ohio y California.

Era lo que él mismo había empezado a hacer. En mayo, de hecho, estudió el Primer informe anual de la Oficina de Estadísticas Laborales del estado de Ohio de 1877. En los meses siguientes, gracias a las publicaciones que Sorge seguía enviándole desde los Estados Unidos, Marx continuó en este campo adicional de investigación, examinando el estado de Pennsylvania y Massachusetts. Es posible que, en los libros de El capital aún por escribir, quisiera exponer las dinámicas del modo de producción capitalista de manera más extensa y en una escala cada vez más global. Si el capitalismo en Inglaterra representó el campo de observación para el Libro I, los Estados Unidos habrían podido representar la continuación que le hubiera permitido ampliar su investigación. Además, es de suponer que también estuviera interesado en verificar atentamente cómo el modo de producción capitalista se desarrollaba en diferentes contextos y períodos (Cfr. Vollgraf 2018: 64-65).

Sin embargo, entre la primavera y el verano de 1878, más que la economía política, estudió geología, mineralogía y química agrícola. Desde finales de marzo hasta principios de junio, Marx compiló resúmenes de varios textos, incluidos la Historia natural de las materias primas del comercio (1872) de Yeats, el Libro de la naturaleza (1848), del químico Friedrich Schoedler (1813-1884), los Elementos de química agraria y geología (1856), del químico y minerólogo James Johnston (1796-1855). Desde junio hasta principios de septiembre, en cambio, se puso a prueba con el Manual estudiantil de geología (1857), del geólogo Joseph Jukes (1811-1869). De ese libro trajo la mayoría de sus extractos que se enfocaron sobre la metodología científica, las fases de desarrollo de la geología como disciplina y su utilidad para la producción industrial y agrícola.

Estas nuevas investigaciones de Marx surgieron de la necesidad de aumentar las nociones sobre la renta, temática que, a mediados de los años sesenta, ya había tratado en la sexta sección del Libro III de El capital, titulada «Transformación de la plusganancia en renta de la tierra». Algunos de los resúmenes de estos textos de ciencias naturales le aclararon las materias estudiadas. Otros se enfocaron en los aspectos teóricos de los temas tratados y en la intención de utilizar las nuevas adquisiciones para finalizar el Libro III. De hecho, incluso Engels, recordó que Marx se ocupó de cuestiones como «prehistoria, agronomía, condiciones de la propiedad de la tierra rusa y estadounidense, geología (…) especialmente para elaborar la sección sobre la renta agrícola del Libro III de El capital en una forma exhaustiva nunca realizada» (Engels 1990: 341).

Mientras tanto, incluso durante el verano de 1878, Marx escribió que su «estado de salud requiere con urgencia» (Marx a S. Schott, 15 de julio de 1878, Marx and Engels 1991: 312) una nueva pausa. La hija Eleanor le dijo al periodista y militante alemán Carl Hirsch (1841-1900) que Marx estaba «sufriendo mucho, [porque] últimamente [había] trabajado demasiado» y, por lo tanto, tenía que «abstenerse absolutamente del trabajo por un tiempo» (E. Marx a C. Hirsch, 8 de junio de 1878, Marx and Engels 1991: 449).

En septiembre, reanudado el trabajo, Marx (también) leyó La reforma del sistema monetario (1869) del economista alemán Adolph Samter (1824-1883). Entre las citaciones de El capital presentes en este texto, estaba la frase «el oro y la plata son por naturaleza dinero», aunque en la página original Marx hubiera escrito que ellos «no son obviamente dinero». Molesto, le comentó a Engels que «en Alemania, el arte de saber leer parece estar cada vez más en peligro de extinción entre las clases ‘cultas’» (Marx a Engels, 18 de septiembre de 1878, Marx and Engels 1991: 329).

Por el contrario, los que conocieron a Marx quedaron profundamente impresionados por su erudición e ilimitada cultura. En diciembre de 1878, un corresponsal anónimo que lo entrevistó para el Chicago Tribune dijo «estar muy sorprendido por el profundo conocimiento que tiene Marx sobre los problemas estadounidenses de los últimos veinte años» (Marx, 1989: 569). En la Entrevista con Karl Marx (1879), los dos discutieron numerosos temas. Mostrando una gran ductilidad política, Marx comenzó aclarando que «varios puntos» del programa de los socialistas alemanes «no [tenían] significado fuera de Alemania». Explicó que en «España, Rusia, Inglaterra y los Estados Unidos» el movimiento obrero «[tenía] programas propios que, según el caso, [venían] adaptados a las dificultades particulares. Su único parecido consistía en el propósito final común» que Marx, más que definir «el poder de los trabajadores», como sugirió su entrevistador, llamó «la liberación del trabajo» (Ibid.: 578). A la pregunta «qué [había] logrado el socialismo hasta entonces», Marx centró su respuesta sobre dos cuestiones principales. Primero:

los [comunistas] han demostrado que la lucha general entre capital y trabajo tiene lugar en todas partes. […] Por lo tanto, han intentado llegar a un acuerdo entre los trabajadores de diferentes países. Esto se hizo aún más necesario a medida que los capitalistas se volvieron más y más cosmopolitas y, tanto en los Estados Unidos, como en Inglaterra, Francia y Alemania, habían contratado mano de obra extranjera y la habían utilizado contra los trabajadores locales. Inmediatamente surgieron conexiones internacionales entre los trabajadores de varios países: se evidenció que el comunismo no era un asunto local sino internacional que debía llevarse a cabo con la acción internacional de los trabajadores (Ibid.: 573).

Además, Marx volvió a afirmar que «las clases trabajadoras [habían] entrado en movimiento de forma espontánea», sin filántropos burgueses o sectas revolucionarias que decidieran en su nombre qué hacer. Asimismo, los comunistas «no [habían] inventado el movimiento», aunque sí les «aclaraban a los trabajadores su carácter y objetivos» (Ibid.).

Por otra parte, el periodista estadounidense le pidió que confirmara las frases que el sacerdote Josephus Cook le atribuía (1838-1901). Para el religioso evangelista, autor de varios libros sobre las ciencias populares y el socialismo, Marx había dicho que, en 1871, época de la Comuna de París, los revolucionarios eran «como mucho tres millones», pero, en los siguientes veinte años llegarían a ser «50 o 100 millones». Entonces, ellos se habrían «levantado contra el odiado capital (y) el pasado [habría] desaparecido como una aterradora pesadilla», borrado por un «incendio popular que [habría] estallado en cien lugares» (Ibid.: 576). Marx respondió que no había pronunciado «ni una palabra» de ese texto publicado en el periódico conservador francés Le Figaro. Declaró que nunca escribía «semejantes estupideces melodramáticas» y que, si hubiera tenido que «responder a todo lo que se [había] dicho y escrito sobre él, [habría] tenido que contratar veinte secretarias». Marx estaba interesado en la crítica del capitalismo, del cual reiteró que «este sistema [era] sólo una fase histórica que desaparecerá y dará paso a un orden social más elevado» (Ibid.: 577). A diferencia de los que asocian sus ideas con la concepción de un colapso inmediato e inevitable del capitalismo, Marx se declaró, «firmemente convencido» de la posible «puesta en práctica de sus teorías», pero – consciente de las características del modo de producción observado cuidadosamente por más de 35 años – agregó: «si no en este, por lo menos en el próximo siglo» (Ibid.: 569).

A principios de 1879, Marx se encontró con el político escocés de ascendencia noble, Mountstuart Elphinstone (1829-1906) a quien le reiteró un concepto análogo. Cuando Elphinstone lo provocó afirmando: «supongamos que su revolución haya tenido lugar y haya formado su gobierno republicano; el camino todavía es largo, muy largo, antes de realizar sus ideas y las de sus amigos», Marx respondió: «sin duda, pero todos los grandes movimientos se mueven lentamente. Sería sólo un paso hacia el mejoramiento de las cosas, así como su revolución de 1688 [la segunda Revolución Inglesa] fue sólo un paso en el curso de nuestro camino» (Enzensberger 1999: 380-381).

En noviembre de 1878, cuando Danielson, traductor ruso del Libro I de El capital, estaba a la espera de novedades sobre la continuación de este, Marx le informó que el «segundo volumen» no iría a imprenta «antes de finales de 1879» (Marx a N. Danielson, 15 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 343). En abril de 1879, Marx declaró que había sido informado que, a raíz de la promulgación de las leyes antisocialistas, la continuación de El capital no podría ser publicada «mientras el régimen actual persistiera en su severidad del momento» (Marx a N. Danielson, 10 de abril de 1879, Marx and Engels 1991: 354). Consciente de que aún estaba lejos de completar la obra, Marx comentó esta noticia, de por sí perjudicial, de manera casi positiva. Para su justificación, quiso aclarar las tres razones por las que consideraba útil dedicar aún más tiempo a completar el libro que había quedado suspendido desde 1867.

Primero que todo, dijo que quería esperar hasta que la crisis industrial en Inglaterra alcanzara su punto más alto. Incluso si, como en sus expectativas, hubiera pasado como «todas aquellas que la habían precedido» y hubiera empezado un «nuevo ‘ciclo industrial’, con todas sus diferentes fases de prosperidad», su curso y su «observación detallada [resultaban] de gran importancia para un estudioso de la producción capitalista» (Ibid).

En segundo lugar, Marx declaró que «la cantidad de documentos que [había] recibido de Rusia [y …] los Estados Unidos le daba el pretexto para seguir [sus] análisis, en lugar de terminarlas con la publicación» (Ibid.: 355). Afirmó que, «en cuanto al ritmo del progreso económico, los Estados Unidos [habían] superado en gran medida a Inglaterra, aún si [seguían] todavía rezagados al tamaño de la riqueza adquirida» (Ibid.: 358). Marx estaba muy interesado en seguir el desarrollo de las sociedades anónimas y los efectos económicos de la construcción de líneas ferroviarias (36). En sus evaluaciones, «en algunos de los estados en los que el capitalismo estaba confinado en pocos puntos de la sociedad», las líneas ferroviarias habían «permitido, o incluso obligado a crear, en un corto período de tiempo, una superestructura capitalista, ampliándola en dimensiones del todo desproporcionadas respecto a la parte preponderante de la sociedad» que seguía en sus formas tradicionales de producción. En los estados donde el capitalismo estaba menos desarrollado, el ferrocarril había «acelerado la desintegración social y política». Por el contrario, en los estados más avanzados «había acelerado el desarrollo definitivo de la producción capitalista» (Ibid: 356). Además, el desarrollo de estas grandes infraestructuras no sólo había garantizado «medios de transporte [más] aptos a los medios modernos de producción, sino que [había] sentado las bases para [el surgimiento de] gigantescas sociedades anónimas, [además de] establecer un nuevo comienzo para las […] empresas bancarias» (Ibid.). El transporte ferroviario había ofrecido «un impulso, nunca antes imaginado, para la concentración del capital». Por otra parte, había permitido un «fuerte crecimiento de la actividad cosmopolita del capital variable», que, según Marx, empezaba a «envolver al mundo a través de una red de estafas financieras y mutuo endeudamiento», es decir la «forma capitalista de la hermandad internacional» (Ibid).

Estos nuevos fenómenos requerían de tiempo para ser entendidos. Por eso, en junio de 1880, Marx le reiteró a Ferdinand Nieuwenhuis (1846-1919), el principal exponente de la Liga Socialdemocrática de los Países Bajos, que, en las «circunstancias políticas actuales, la noticia que «la segunda parte de El capital […] no podía [ser] publicada en Alemania […] [le] llegaba de forma grata». De hecho, justo en ese momento, «ciertos fenómenos económicos [habían] entrado en una nueva etapa de desarrollo y exigían un nuevo análisis» (Marx a F. Nieuwenhuis, 27 de junio de 1880, Marx and Engels 1992: 16).

Finalmente, como tercera y última razón a favor de un tiempo más largo para la conclusión del Libro Segundo estaban las disposiciones del médico que le había impuesto «reducir significativamente [su] jornada laboral» (Marx a N. Danielson, 10 de abril de 1879, Marx and Engels 1991: 356).

Ya en abril de 1879, Marx le había confesado a Danielson que, debido en parte al clima político en Alemania y Austria después de la promulgación de las leyes antisocialistas, él «no había podido hacer su viaje [anual] a Karlsbad [y por eso] nunca había estado realmente bien de salud» (Ibid.: 353). Además, las condiciones de su esposa Jenny empeoraban rápidamente e, incluso durante ese verano, fue necesario proporcionarle terapias complejas y atención constante.

Sin embargo, las dos semanas en Ramsgate, cuyo «aire […] le hacía extraordinariamente bien», lo pusieron de nuevo en forma y el 10 de septiembre le dijo a Engels que se había «recuperado mucho» (Marx a Engels, 10 de septiembre de 1879, Marx and Engels 1991: 388). De esa buena noticia también fue informado Danielson a quién Marx le contó que, después de una pausa de «vida rural y [de] suspensión de todo trabajo», durante el cual «ni siquiera [honró] el alimento intelectual» que este le había enviado, se sentía mejor y planeaba «poner[se] a trabajar con energía» (Marx a N. Danielson, 19 de septiembre de 1879, Marx and Engels 1991: 409). No obstante, él era muy consciente de la tarea extraordinariamente difícil que le esperaba. Además de la necesidad de volver a revisar algunas partes de sus manuscritos para perfeccionar su escritura, también existía la necesidad, aún más urgente, de abordar algunos complicados temas teóricos aún por resolver (37).

Engels también le informó de la mejoría de la salud de Marx a Becker, a quien le dijo: «Está más en forma que el año pasado, aunque todavía no está como debería. Hace mucho tiempo la Sra. Marx sufre de trastornos digestivos […] y rara vez se siente bien. El Libro Segundo avanza despacio y no seguirá rápidamente, hasta que un verano mejor del que acaba de transcurrir no le permita a M[arx] recuperarse de verdad» (Engels a J. Becker, 19 de diciembre de 1879, Marx and Engels 1991: 432). En 1885, dos años después de la muerte de Marx, le tocó al mismo a Engels ensamblar los diversos manuscritos sin terminar y mandarlos a imprimir.

«¡La lucha!»
En el transcurso de 1880, Marx se dedicó también al estudio del Tratado de economía política (1876) de Adolph Wagner (1835-1917), profesor de economía política en la Universidad de Berlín y defensor del socialismo de Estado. Durante su lectura, como de costumbre, Marx redactó un compendio de las principales partes de dicho texto, intercalando entre ellas una serie sustanciosa de comentarios críticos. En las Notas marginales al ‘Tratado de economía política’ de Wagner (1880), Marx observó que, incluso en el tipo de sociedad ideada por quienes, con sarcasmo, fueron clasificados como socialistas de la cátedra alemana, las contradicciones fundamentales del capitalismo se mantenían prácticamente inalteradas. Escribió, en efecto, que «donde el Estado es en sí mismo un productor capitalista, como en el caso de la explotación de yacimientos minerales, bosques, etc., su producto es ‘mercancía’ y posee, por lo tanto, el mismo carácter específico que cualquier otra mercancía» (Marx 1975: 200).

En sus anotaciones, Marx fijó su atención también en otras temáticas. Uno de sus intentos fue demostrar que Wagner no había comprendido la distinción entre valor y valor de cambio. Como consecuencia, no fue capaz de distinguir la teoría de Marx de la de David Ricardo (1772-1823) que se había «ocupado exclusivamente del trabajo como medida de la magnitud del valor» (Ibid.: 184). Según Wagner, el valor de uso y el valor de cambio se debían «deducir […] del concepto de valor» (Ibid.: 197); para Marx, por el contrario, debían ser examinados «a partir de un objeto concreto: la mercancía» (Marx 1975: 198).

A Wagner, que había afirmado que la teoría del valor de Marx era «la piedra angular de su sistema socialista» (38), Marx le contestó que en lugar de «adosarle […] demostraciones relacionadas con el futuro», debería haber presentado pruebas de lo que afirmaba sólo como principio teórico. Wagner había escrito erróneamente que «no [había] existido ningún proceso social de producción en las numerosas comunidades que [habían] precedido la aparición del capitalista privado». Marx lo desmintió mencionando los casos de la «antigua comunidad india, [y de] la comunidad familiar de los eslavos del sur» (Marx 1975: 185). También señaló que, «en las comunidades primitivas, donde los medios de subsistencia se producen de manera colectiva y se distribuyen entre los miembros de la comunidad, el producto común responde directamente a las necesidades vitales de cada miembro de la comunidad, de cada productor». En este caso, «el carácter social del producto, del valor de uso, es inherente a su carácter comunitario (común)» (Ibid.:199).

Marx también dirigió su atención a otras tesis de Wagner, quien había afirmado que «el beneficio capitalista [era] […] un elemento constitutivo del valor y no, como en la concepción socialista, sólo un gravamen impuesto al trabajador o un robo contra él». Sin embargo, Marx reiteró que él había demostrado que el capitalista «no se limita[ba] a ‘tomar’ o ‘robar’, sino que, por el contrario, imponía la producción de plusvalor». Era un mecanismo diferente, en el cual, cuando el capitalista «le paga al trabajador el valor real de su fuerza de trabajo, gana plusvalía». No obstante, en «este tipo de producción», esto constituía un «derecho», una no violación del intercambio de bienes y no significaba, como sostenía Wagner, que el «beneficio del capital [fuera] el elemento ‘constituyente’ del valor» (39).

Además, Marx transcribió otra declaración paradójica de Wagner en la que argumentaba que «Aristóteles erró al considerar no transitoria la economía esclavista», pero que Marx proponía una tesis errónea al «considerar transitoria» (Marx 1975: 185) la economía capitalista. Para el economista de Baviera, «la organización económica de hoy, [así como] su base legal […], es decir, la propiedad privada […] de la tierra y el capital», constituían una «institución esencialmente inmutable» (40).

Para Marx, por el contrario, representaba un modo de producción propio de un determinado período histórico y, por lo tanto, hubiera podido ser reemplazado por una forma radicalmente distinta de organización económica y política: una sociedad sin clases. Antes del verano, y después de otro año extremadamente difícil a causa de enfermedades y problemas familiares, Marx fue forzado por los doctores «a abstenerse, con urgencia, de cualquier trabajo». Además, las condiciones de salud de su esposa se habían «agravado repentinamente», hasta el punto de predecir «un desenlace fatal» (Marx a F. Nieuwenhuis, 27 de junio de 1880, Marx and Engels 1992: 30). Lo que Marx le había descrito a Sorge como una «grave enfermedad hepática» (Marx a F. Sorge, 30 de agosto de 1880 Marx and Engels 1992: 24) era, en realidad, un cáncer. Debido a las circunstancias, no era posible pensar en ningún viaje para un tratamiento en el extranjero, así que en agosto de 1880 toda la familia Marx, con excepción de Eleanor, regresó, durante casi mes y medio, a Ramsgate, donde alquilaron una cabaña. Después de dos semanas, Engels se unió a ellos. Marx le dijo a Danielson que, a parte el cuidado que se le debía dar a Jenny von Westphalen, el médico le había ordenado «curar [sus] nervios ‘haciendo nada’» (Marx a N. Danielson, 12 de septiembre de 1880, Marx and Engels 1992: 30).

Durante este período, el periodista liberal estadounidense John Swinton (1829-1901) se encontró personalmente con Marx y escribió un intenso perfil. En la entrevista, publicada el 6 de septiembre de 1880 en la portada de The Sun, Swinton lo presentó a los lectores norteamericanos como «uno de los hombres más extraordinarios de la época, que [había] jugado un papel inescrutable, y sin embargo poderoso, en la política revolucionaria de los últimos cuarenta años». De Marx escribió: «No tiene prisa y no conoce el reposo. Es un hombre con una mente poderosa […] siempre involucrado en proyectos ambiciosos […] y objetivos prácticos. Fue y sigue siendo el inspirador de muchos de los terremotos que han trastornado naciones y derribado tronos» (Swinton 1989: 583). Después de entrevistarlo, el periodista neoyorquino se convenció de que estaba en presencia de un hombre capaz de «analizar el mundo europeo país por país, destacando sus peculiaridades, desarrollos y personalidades, tanto las que actúan en la superficie, como aquellas que operan por debajo de ella» (Swinton 1989: 584).

Después de pasar un día completo con Marx, el periodista fue profundamente sorprendido por la vastedad de su conocimiento. Por la noche, pensando en «las incertidumbres y los tormentos del presente y el pasado», todavía conmocionado por el poder de las palabras escuchadas y «sumergiéndose en su profundidad», Swinton decidió preguntarle al gran hombre que tenía al frente por «la ley suprema del ser». Aprovechando un momento de silencio, «interrumpió al revolucionario y filósofo con esta fatídica pregunta: ‘¿Cuál es?’». Por un momento, tuvo la sensación de que la mente de Marx «estuviera divagando sobre sí misma […], mientras escuchaba el rugido del mar y observaba a la multitud inquieta en la playa. ‘¿Cuál es [la ley]?’ – le había preguntado. [Marx] respondió, con un tono profundo y solemne: ‘¡La lucha!’» (Ibid.: 585).

Referencias
1. Estos cuadernos abarcan un total de 1472 cuartillas. Ver el ‘Prólogo’ a la primera edición alemana del volumen II de El capital de Marx (Engels 2017 [1885]: 8).
2. También previamente, en los Grundrisse.
3. Se publicó en 1973, en un volumen suplementario (vol. 47) de la Marx-Engels Sochinenya [Obras completas]. La edición original alemana apareció solo en 1976 en MEGA2 vol. II/3.1.
4. Entre 1905 y 1910, Kautsky público los manuscritos en cuestión en una forma que se desviaba un poco de los originales.
5. Habría de seguir a: 1) la transformación del dinero en capital; 2) la plusvalía absoluta; 3) la plusvalía relativa; y 4) una sección (que nunca escribió) de cómo estas tres habían de ser consideradas en combinación.
6. Estos cuadernos hacen parte de Teorías de la plusvalía, vol. II.
7. Esto corresponde a los últimos cuadernos que hacen parte de Teorías de la plusvalía, vol. III.
8. Ver el índice de los Grundrisse, escrito en junio de 1858 e incluido en el Cuaderno M (el mismo de la ‘Introducción de 1857’), así como el borrador de índice para el tercer capítulo, escrito en 1860: Marx, ‘Borrador del plan del capítulo sobre el capital’, en Marx (1987: 511-517).
9. Esta afirmación parece indicar que Marx se dio cuenta de lo difícil que sería completar su proyecto original en seis libros. Ver (Heinrich 2009: 80).
10. El primer capítulo ya había sido esbozado en el Cuaderno XVI de los manuscritos económicos de 1861-63. Marx preparó un esquema del segundo en el Cuaderno XVIII.
11. Médico alemán que ejercía la profesión en Manchester. Era el médico personal de Friedrich Engels y también su amigo. [NT]
12. Ver las más de sesenta páginas contenidas en IISH [International Institute of Social History], Marx-Engels Papers, B 98. Sobre la base de esta investigación, Marx inició uno de sus muchos proyectos inacabados. Ver (Marx 1961).
13. IISH, Marx-Engels Papers, B 93, B 100, B 101, B 102, B 103, B 104 incluyen unas 535 páginas de notas. Se les debe añadir a éstas los tres cuadernos RGASPI f.1, d. 1397, d. 1691, d. 5583. Marx usó algo de este material para la compilación de los Cuadernos XXII y XXIII.
14. Ver Michael Heinrich (2011: 176-179), que argumenta que los manuscritos de este periodo deben tomarse, no como la tercera versión del trabajo que comenzó con los Grundrisse, sino como el primer borrador de El capital.
15. ‘No. 1.’: se refiere a la Contribución a la crítica de la economía política de 1859.
16. En años recientes, investigaciones en dermatología han revisado la discusión en torno a las causas de la enfermedad de Marx. Sam Shuster sugirió que sufría de hidradenitis supurativa (‘The nature and consequence of Karl Marx’s skin disease’, en British Journal of Dermatology, vol. 158 (2008), no. 1, pp. 1-3), mientras que Rudolf Happle y Arne Koenig aseguraron, aún menos plausiblemente (‘A lesson to be learned from Karl Marx: smoking triggers hidradenitis suppurativa’, British Journal of Dermatology, vol. 159 (2008) no. 1, pp. 255-6) que el culpable era su fuerte costumbre de fumar cigarros. Para la respuesta de Shuster a esta sugerencia, ver ibid., p. 256.
17. En términos editoriales una signature correspondía a 16 páginas, cincuenta signatures eran equivalentes a 800 páginas impresas.
18. Publicado en 1898 por Eleanor Marx, como Value, Price and Profit. Este título, comúnmente utilizado, fue la base de la traducción alemana que apareció el mismo año en Die Neue Zeit.
19. Druckbogen es el término alemán para signature, 60 es el equivalente a 960 páginas. Más adelante, Meißner indicó su disposición a modificar el contrato con Marx: ver (Marx a Engels, 13 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 357).
20. Engels siguió esta división al publicar El capital, Libro III, en 1894. Ver (Vollgraf, Jungnickel y Naron 2002: 35-78). Ver también los más recientes: (Vollgraf 2012a: 113-133); y (Roth 2012: 168-82). Para un estudio crítico de la edición de Engels, ver (Heinrich 1996-1997: 452-466) Un punto de vista diferente se encuentra en: (Krätke 2017) especialmente el capítulo final: ‘Gibt es ein Marx-Engels-Problem?’[‘¿Hay un problema Marx-Engels?’].
21. Marx incluyó luego la sección sobre la renta del suelo (básica) en la parte seis del Libro III: ‘La transformación de la plusvalía en ganancia’.
22. Canción popular tradicional inglesa Miller of the Dee.
23. Los más recientes estudios filológicos han demostrado que, contrario a lo que siempre se ha creído, el manuscrito original del Libro I -que se remonta al período 1863-64 y sobre el cual se ha sostenido por mucho tiempo que el único fragmento conservado es el ‘Capítulo IV inédito’- fue, de hecho, recortado y trasladado por Marx durante la preparación de la copia que sería mandada a la imprenta. Vease Vollgraf (2012b: 464-467).
24. Estos manuscritos han sido publicados recientemente en 2012 en Karl Marx, Ökonomische Manuskripte 1863-1868, en MEGA2, vol. II/4.3, pp. 78-234, y pp. 285-363. La última parte constituye el Manuscrito IV del volumen II y contiene nuevas versiones de la Parte 1, ‘La circulación del capital’, y la Parte 2, ‘Las metamorfosis del capital’.
25. Todavía sin publicar, estas notas están incluidas en los cuadernos IISH, Marx-Engels Papers, B 108, B 109, B 113 y B 114.
26. Ver en próxima aparición de M. Musto y B. Amini (eds.), The Routledge Handbook of Marx’s ‘Capital’: A Global History of Translation, Dissemination and Reception, London – New York, Routledge, 2019
27. Para más información al respecto véase (Uroeva 1974: 94 ss.).
28. Para un listado de las incorporaciones y modificaciones contenidas en la traducción al francés que no fueron incluídas en la tercera ni en la cuarta edición alemana -a saber, la versión canónica de El capital a partir de la cual fue traducida la versión italiana principal- véase Marx (1991: 732-783). Para una comparación sobre el mérito de esta edición véase Anderson (1985: 71-80) y D’Hondt (1985: 131-137).
29. La labor editorial desarrollada por Engels después de la muerte de su amigo, para mandar a imprenta las partes de El capital que este no alcanzó a completar, fue tremendamente compleja. Los varios manuscritos, borradores y fragmentos de los Libros II y III, escritos entre 1864 y 1881, corresponden, en los volúmenses de la MEGA, a alrededor de 2.350 páginas. Engels tuvo éxito en mandar a la imprenta el Libro II en 1885 y el Libro III en 1894, pero hay que tener presente que estos dos volúmenes fueron reconstruidos sobre la base de textos incompletos, con frecuencia desiguales y, además, al ser escritos en diferentes períodos, las opiniones de Marx resultan deformadas.
30. Ver, por ejemplo, la carta de Marx a N. Danielson del 13 de diciembre de 1881, en la cual afirmó: «Primero tengo que sanar y luego terminar el segundo volumen […]. Acompañaré a mi editor para hacer [en] la tercera edición las menores correcciones y adiciones posibles. […] una vez que estas 1.000 copias de la tercera edición hayan sido vendidas podré revisar el texto como lo hubiera hecho ahora si las circunstancias hubieran sido diferentes» (Marx and Engels 1992: 161)
31. Marx, Jenny y Eleanor se quedaron en este lugar del 4 al 20 de septiembre, pero no se recibieron cartas relativas a este período.
32. Se refiere a la teoría del plusvalor.
33. Con las palabras «tercera parte», Marx se refería a los estudios sobre la historia de las teorías económicas que empezó a principios de los años sesenta. La segunda se refería, por el contrario, a aquellos que Engels publicó luego como el Libros II y III de El capital. Véase la carta de Marx a L. Kugelmann,13 de octubre de 1866 (Marx and Engels 1987: 328). Sin embargo, hay que notar que en su carta a Schott, Marx proporcionó una representación del estado de sus manuscritos que no correspondía a la realidad. Carl-Erich Vollgraf declaró correctamente que partes sustanciales de las Teorías sobre la plusvalía aún no contenían «su interpretación elaborada de forma completa». Además, muchas páginas de este texto eran «no bien pensadas [y] pedantes» (Vollgraf 2018: 62).
34. Estos extractos se encuentran sobretodo en IISG, Marx-Engels Papers, B 129 e B 138.)
35. Cfr. IISG, Marx-Engels Papers, B 140, B 141 e B 146. Sobre los juicios de Marx sobre Kaufman cfr., tambien la carta a N. Danielson (Marx a N. Danielson, 10 de abril de 1879, Marx and Engels 1991: 358).
36. En este sentido, ver Musto (2016: 41-42)
37. Según M. Heinrich Marx entendió que, «con respecto a las teorías del crédito y la crisis, ya no era posible ignorar el rol del Estado, en particular de los bancos nacionales y el crédito público. De la misma manera, no era posible ignorar el rol del comercio internacional, de las tasas de cambio y los flujos de crédito internacional». Además, Marx se convenció de que, dado los enormes progresos registrados en los últimos años, su conocimiento de las «cuestiones tecnológicas» – que habían sido la base del Primer Libro de El capital – ya no era suficiente (Heinrich 2016:132).
38. A. Wagner, Lehrbuch der politischen Ökonomie [Tratado de economía política], Winter, Leipzig 1879, p. 45.
39. A. Wagner, Lehrbuch der politischen Ökonomie cit., pp. 45-6.
40. A. Wagner, Lehrbuch der politischen Ökonomie cit., p. 105.

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Introducción

1858-1953: Cien años de soledad
Habiendo abandonado los Grundrisse en mayo de 1858 para hacerle campo al trabajo en la Contribución a la crítica de la economía política, Marx utilizó partes de ellos en la composición de este último texto; pero luego casi nunca volvió a tomar nada de dichos manuscritos. De hecho, aunque era costumbre suya invocar sus propios estudios previos, e inclusive transcribir pasajes enteros de ellos, ninguno de los manuscritos preparatorios para El capital, con excepción de aquellos de 1861-1863, contiene referencia alguna a los Grundrisse. Permanecieron en medio de todos los demás borradores que él no tenía intención de utilizar por cuanto quedó cada vez más absorto en la resolución de problemas más específicos que aquellos que había tratado en los manuscritos.

No puede existir certeza acerca de este asunto, pero es probable que ni siquiera Friedrich Engels haya leído los Grundrisse. Como es bien sabido, Marx solamente logró completar el primer volumen de El capital para cuando falleció y los manuscritos inconclusos destinados a los volumenes segundo y tercero fueron seleccionados y ensamblados por Engels para su publicación. En el transcurso de aquella actividad, él debe haber examinado docenas de cuadernos que contenían esbozos preliminares de El capital, y es plausible suponer que, cuando estaba colocando algún orden en las montañas de papeles, haya hojeado los Grundrisse y concluído que se trataba de una versión prematura del trabajo de su amigo –anterior inclusive a la Contribución a la economía política de 1859– y que por consiguiente no podía ser utilizada para sus propósitos. Adicionalmente, Engels nunca mencionó los Grundrisse, ni en sus prefacios a los dos volumenes de El capital cuya impresión él supervisó personalmente, ni en ninguna de las cartas de su vasta correspondencia.

Después de la muerte de Engels, una gran parte de los textos originales de Marx fue depositada en el archivo del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en Berlín, en donde fueron tratados con la negligencia más absoluta. Los conflictos políticos en el interior del partido obstaculizaron la publicación del abundante material de importancia que Marx había dejado tras de sí; en realidad dichos conflictos condujeron a la disperción de los manuscritos y por largo tiempo hicieron imposible producir una edición completa de sus obras. Tampoco asumió nadie la responsabilidad de efectuar un inventario del legado intelectual de Marx, con el resultado de que los Grundrisse permanecieron enterrados junto con sus demás papeles.

La única parte de ellos que vio la luz durante este período fue la ‘Introducción’, que fue publicada por Karl Kautsky en 1903 en Die Neue Zeit [El nuevo tiempo], junto con una breve nota que la presentaba como un ‘borrador fragmentario’ fechado el 23 de agosto de 1857. Argumentando que se trataba de la introducción a la magna obra de Marx, Kautsky le dio el título Einleitung zu einer Kritik der politischen Ökonomie [Introducción a una crítica de la economía política] y sostuvo que ‘a pesar de su carácter fragmentario’ ella ‘ofrecía un gran número de nuevos puntos de vista’ (Marx 1903: 710 n. 1). En verdad el texto recibió considerable interés: las primeras versiones en otros idiomas fueron en francés (1903) y en inglés (1904), y pronto la obra se hizo aún más ampliamente conocida después de que Kautsky la publicara en 1907 como un apéndice a la Contribución a la crítica de la economía política. Siguieron más y más traducciones –incluyendo hacia el ruso (1922), el japonés (1926), el griego (1927) y el chino (1930) – hasta que se convirtió en una de las obras más comentadas de toda la producción teórica de Marx.

En tanto que la fortuna le sonreía a la ‘Introducción’, sin embargo, los Grundrisse permanecieron desconocidos por largo tiempo. Es difícil creer que Kautsky no hubiese descubierto la totalidad del manuscrito junto con la ‘Introducción’, pero él nunca mencionó nada al respecto. Un poco más tarde, cuando él decidió publicar algunos escritos previamente desconocidos de Marx entre 1905 y 1910, se concentró en una colección de materiales del período 1861-1863, a la cual le dio el título Teorías de la plusvalía.

El descubrimiento de los Grundrisse ocurrió en 1923, gracias a David Ryazanov, director del Instituo Marx-Engels (MEI) de Moscú y organizador de la Marx Engels Gesamtausgabe (MEGA), las obras completas de Marx y Engels. Luego de examinar el Nachlass en Berlín reveló la existencia de los Grundrisse en un informe dirigido a la Academia Socialista de Moscú acerca del legado literario de Marx y Engels:

Entre los papeles de Marx encontré otros ocho cuadernos de estudios económicos.

[…] El manuscrito puede fecharse a mediados de los años 1850 y contiene el primer borrador de la obra de Marx [El capital], cuyo título él aún no había fijado en aquel tiempo; [también] representa la primera versión de su Contribución a la crítica de la economía política (Ryazanov, 1925: 393-4).

‘En uno de aquellos cuadernos’, continúa diciendo Ryazanov, ‘Kaustky encontró la ‘Introducción’ a la Contribución a la crítica de la economía política’ – y considera los manuscritos preparatorios a El capital como elementos de ‘extraordinario interés por aquello que nos dicen acerca de la historia del desarrollo intelectual de Marx y de su método característico de trabajo e investigación’ (Ryazanov 1925: 394).

Bajo los términos de un acuerdo de publicación de la MEGA celebrado entre el MEI, el Instituto para la Investigación Social de Frankfurt y el SPD (el cual aún tenía la custodia del Marx y Engels Nachlass), los Grundrisse fueron fotografiados junto con muchos otros escritos sin publicar y comenzaron a ser estudiados por especialistas en Moscú. Entre 1925 y 1927 Pavel Veller del MEI catalogó todos los materiales preparatorios para El capital, el primero de los cuales fueron los propios Grundrisse. Para 1931 ya habían sido decifrados completamente y transcritos a máquina, y en 1933 una parte de ellos fue publicado en ruso como el ‘Capítulo sobre el dinero’, seguido dos años más tarde por una edición en alemán. Finalmente, en 1936, el Instituto Marx-Engels-Lenin (MELI, sucesor del MEI) adquirió seis de los ocho cuadernos de los Grundrisse, los cuales hicieron posible resolver los problemas editoriales restantes.

Por consiguiente, en 1939, el último manuscrito importante de Marx – un extenso trabajo perteneciente a uno de los períodos más fecundos de su vida – apareció en Moscú bajo el título que le había dado Veller: Grundrisse der Kritik der potilischen Ökonomie (Rohentwurf) 1857-1858. Dos años más tarde siguió un apéndice (Anhang) que incluía los comentarios de Marx de 1850-1851 acerca de los Principles of Political Economy and Taxation de Ricardo, sus notas sobre Bastiat y Carey, su propia tabla de contenidos para los Grundrisse, y el material preparatorio (Urtext) para la versión de 1859 de la Contribución a la crítica de la economía política. El prefacio de MELI a la edición de 1939 enfatizaba su excepcional valor: ‘el manuscrito de 1857-1858, publicado en su integralidad por primera vez en el presente volumen, marcó una etapa decisiva en la obra de Marx acerca de la economía’ (Instituto Marx-Engels-Lenin 1939: VII).

Aunque las directrices editoriales y la forma de publicación fueron similares, los Grundrisse no fueron incluídos en los volumenes de la MEGA sino que aparecieron en una edición separada. Más aún, la proximidad de la Segunda Guerra Mundial condujo a que la obra permaneciera virtualmente desconocida: los tres mil ejemplares se hicieron pronto muy escasos, y tan sólo unos pocos lograron cruzar las fronteras soviéticas. Los Grundrisse no aparecieron en las Sochineniya de 1928-1947, la primera edición rusa de las obras de Marx y Engels, y su primera reimpresión en alemán tuvo que esperar hasta 1953. Aunque es sorprendente que un texto tal como los Grundrisse fuese siquiera publicado durante el período de Stalin, con lo hereje que seguramente era respecto a los entonces indiscutibles cánones de diamat, el ‘materialismo dialéctico’ de estilo soviético, también deberíamos tener presente que se trataba en aquel entonces del más importante de los escritos de Marx que no circulaban en Alemania. Su eventual publicación en Berlín Oriental en treinta mil ejemplares constituyó parte de las celebraciones que marcaron el Karl Marx Jahr, el septuagésimo aniversario de la muerte de su autor y el 150avo de su nacimiento.

Escritos en 1857-1858, los Grundrisse sólo estuvieron disponibles para la lectura en todo el mundo a partir de 1953, luego de cien años de soledad.

500.000 circulando en el mundo
A pesar de la resonancia que tiene este importante nuevo manuscrito anterior a El capital, y a pesar del valor teórico que se le atribuye, las ediciones en otros idiomas aparecieron con lentitud. Otro extracto, después de la ‘Introducción’, fue el primero en generar interés: las ‘Formas que preceden a la producción capitalista’. Fue traducido al ruso en 1939, y luego del ruso al japonés en 1947-1948. Subsecuentemente, la edición separada en alemán de esta sección y una traducción al inglés ayudaron a asegurarle un amplio público lector: la primera, que apareció en 1952 como parte de la Kleine Bücherei des Marxismus-Leninismus [Pequeña Biblioteca del Marxismo-Leninismo], fue la base de las versiones húngara e italiana (1953 y 1954 respectivamente); en tanto que la última, publicada en 1964, ayudó a divulgarlo en los países de habla inglesa y, a través de traducciones en Argentina (1966) y España (1967), en el mundo de habla hispana.

El editor de esta edición inglesa, Eric Hobsbawm, añadió un prefacio que contribuyó a subrayar su importancia: Formaciones económicas pre-capitalistas, escribió, fue el ‘intento más sistemático’ por parte de Marx ‘de acometer el problema de la evolución histórica’, y ‘puede decirse sin vacilación que cualquier discusión histórica marxsista que no [lo] tenga en cuenta…debe ser resconsiderada a su luz’ (Hobsbawm 1964: 10). Más y más estudiosos alrededor del mundo comenzaron en verdad a ocuparse con este texto, el cual apareció en muchos otros países y suscitó por doquier importantes discusiones históricas y teóricas.

Las traducciones de los Grundrisse tomados en su conjunto comenzó a finales de la década de 1950. Su difusión constituyó un proceso lento aunque inexorable, el cual con el tiempo permitió una apreciación más completa de la obra de Marx y, en algunos aspectos, diferente. Los mejores intérpretes de los Grundrisse acometieron su lectura en el original, pero su estudio más amplio – entre estudiosos que no podían leer alemán y, por sobre todo, entre militantes políticos y estudiantes universitarios – sólo tuvo lugar después de su publicación en varios idiomas nacionales.

Los primeros en aparecer lo hicieron en Oriente: en Japón (1958-1965) y en China (1962-1978). Una edición rusa circuló en la Unión Soviética tan sólo en 1968-1969, como suplemento a la segunda edición aumentada de los Sochineniya (1955-1966). Su exclusión previa de ellas resultaba tanto más seria por cuanto había conducido a una ausencia similar de las Marx-Engels Werke (MEW) de 1956-1968, la cual reprodujo la selección de textos soviética. La MEW – la edición más ampliamente utilizada de las obras de Marx y Engels, así como la fuente de traducciones hacia la mayoría de los demás idiomas – se vio así privada de los Grundrisse hasta su eventual publicación bajo la forma de suplemento en 1983.

Los Grundrisse también comenzaron a circular en Europa Occidental a finales de la década de 1960. La primera traducción apareció en Francia (1967-1968), pero era de calidad inferior y tuvo que ser reemplazada por una más fidedigna en 1980. Una versión italiana vino luego entre 1968 y 1970, gracias a una iniciativa que, de manera significativa, provenía al igual que en Francia de una editorial independiente del Partido Comunista.

El texto fue publicado en español en la década de 1970. Si se excluye la versión de 1970-1971 publicada en Cuba, que fue de poco valor por cuanto se elaboró a partir de la versión francesa, y cuya circulación permaneció confinada a los límites de aquel país, la primera traducción española apropiada fue realizada en Argentina entre 1971 y 1976. Luego siguieron otras tres realizadas conjuntamente en España, Argentina y México, convirtiendo al Español en el idioma con el mayor número de traducciones de los Grundrisse.

La traducción inglesa fue precedida en 1971 por una selección de extractos, cuyo editor, David McLellan, aumentó las expectativas de los lectores hacia el texto: ‘los Grundrisse son mucho más que un borrador de El capital’ (McLellan 1971: 2); en verdad, más que cualquier otra obra, ‘contiene una síntesis de los diferentes hilos del pensamiento de Marx. … En cierto sentido, ninguna de las obras de Marx está completa, pero la más completa de ellas son los Grundrisse’ (McLellan 1971: 14-15). La traducción completa llegó finalmente en 1973, veinte años completos después de la edición original en alemán. Su traductor, Martin Nicolaus, escribió en un prefacio:

Aparte de su gran valor biográfico e histórico, ellos [los Grundrisse] añaden abundante material nuevo, y se yerguen como el único esbozo del proyecto completo político y económico de Marx… Los Grundrisse desafían y ponen a prueba toda interpretación seria de Marx concebida hasta el presente.
(Nicolaus, 1973: 7)

La década de 1970 también fue crucial para las traducciones en Europa Oriental. Eso se debió a que, tan pronto se le dio luz verde en la Unión Soviética, no quedó ningún obstáculo para su aparición en los países ‘satélites’: Hungría (1972), Checoeslovaquia (1971-1977 en Checo, 1974-1975 en Eslovaco) y Rumanía (1972-1974), así como en Yugoeslavia (1979). Durante aquel mismo período, dos ediciones danesas contrastantes fueron puestas en venta más o menos simultáneamente: una por parte de la casa editorial vínculada al Partido Comunista (1974-1978), la otra por un editor cercano a la Nueva Izquierda (1975-1977).

En la década de 1980, los Grundrisse también fueron traducidos en Irán (1985-1987), en donde constituyó la primera edición rigurosa de alguna extensión de las obras de Marx en farsi, y en una serie de países europeos adicionales. La edición eslovena data de 1985, y la polaca y la finlandesa de 1986 (esta última realizada con apoyo soviético).

Con la disolución de la Unión Soviética y el final de aquello que fue conocido como ‘socialismo actualemente existente’, el cual en realidad había sido una negación flagrante del pensamiento de Marx, se produjo un adormecimiento en la publicación de los escritos de Marx. No obstante, inclusive en los años en los cuales el silencio que rodeó a su autor tan sólo fue roto por las personas que lo consignaban con certeza absoluta al olvido, los Grundrisse continuaron a ser traducidos a otros idiomas. Las ediciones en Grecia (1989-1992), Turquía (1999-2003), Corea del Sur (2000) y Brasil (programada para 2008) convierten a la obra de Marx en la obra con mayor número de traducciones en las dos últimas décadas.

Con todo, los Grundrisse habían sido traducidos en su integralidad en 22 idiomas entre un total de 32 versiones diferentes. Si no se incluyen ediciones parciales, habrá sido impreso en mas de quinientos mil ejemplares una figura que sorprendería grandemente al hombre que la escribió tan sólo para resumir, en medio del mayor de los apuros, los estudios económicos que el había emprendido hasta la fecha.

Lectores e intérpretes
La historia de la recepción de los Grundrisse, así como de su difusión, está marcada por un punto de partida bastante tardío. A parte de los intríngulis asociados con su redescubrimiento, la razón determinante de esto ciertamente se encuentra en la complejidad del manuscrito mismo por su carácter fragmentario y toscamente esbozado, tan difícil de interpretar y verter a otros idiomas. En relación con esto, el reconocido estudioso Roman Rosdolsky observó:

En 1948, cuando por primera vez tuve la buena fortuna de ver una de las que entonces eran muy escasas copias… Quedó claro desde un principio que esta era una obra de fundamental importancia para la teoría marxsista. Sin embargo, su forma inusual y en alguna medida su oscura manera de expresión la hacía muy poco adecuada para alcanzar un amplio círculo de lectores.
(Rosdolsky 1977: xi)

Estas consideraciones llevaron a Rosdolsky a intentar una clara exposición y examen crítico del texto: el resultado fue su Zur Entstehungsgeschichte des Marxschen ‘Kapital’. Der Rohentwurf des ‘Kapital’ 1857-58 [Génesis y estructura de ‘El capital’ de Marx], que apareció en alemán en 1968 y que es la primera y la principal monografía dedicada a los Grundrisse. Traducida a numerosos idiomas, estimuló la publicación y circulación de la obra de Marx y ha tenido una considerable influencia en todos sus intérpretes subsiguientes.

El año 1968 fue significativo para los Grundrisse. Además del libro de Rosdolsky, el primer ensayo acerca de él en inglés apareció en el número de marzo-abril de la New Left Review: el ‘Marx desconocido’ de Martin Nicolaus, el cual tuvo el mérito de dar a conocer los Grundrisse más ampliamente y de resaltar la necesidad de una traducción completa. Mientras tanto en Alemania e Italia, los Grundrisse ganaron a algunos de los principales actores de la revuelta estudiantil, que se entusiasmaron con el contenido radical y explosivo a medida que avanzaron por sus páginas. La fascinación era irresistible especialmente entre los miembros de la Nueva Izquierda que se habían propuesto destronar la interpretación de Marx suministrada por el marxismo-leninismo.

Por otra parte, los tiempos también cambiaban en el Oriente. Luego de un período inicial en el cual los Grundrisse fueron casi completamente ignorados, o tratados con modestia el estudio introductorio de Vitali Vygodski – Istoriya odnogo velikogo otkrytiya Karla Marksa [La historia de un gran descubrimiento: cómo escribió Marx ‘El capital’], publicada en Rusia en 1965 y en la República Democrática Alemana en 1967 – tomó un enfoque radicalmente diferente. Lo definió como un «trabajo de genio» el cual ‘nos lleva dentro del «laboratorio creativo de Marx» y nos permite seguir paso por paso el proceso mediante el cual Marx elaboró su teoría económica’, y al cual era por lo consiguiente necesario prestarle debida atención (Vygodski 1974: 44).

En un plazo de pocos años, los Grundrisse se convirtieron en un texto clave de muchos marxistas influyentes. A parte de aquellos que ya se mencionaron, los estudiosos que se dedicaron especialmente con él fueron: Walter Tuchscheerer en la República Democrática Alemana, Alfred Schmidt en la República Federal Alemana, miembros de la Escuela Busdapest en Hungría, Lucien Sève en Francia, Kiyoaki Hirata en Japon, Gajo Petrović en Yugoslavia, Antonio Negri en Italia, Adam Schaff en Polonia y Allen Oakley en Australia. En general, se convirtió en una obra con la cual tenía que enfrentarse cualquier estudioso serio de Marx. Con numerosos matices, los intérpretes de los Grundrisse se dividieron entre aquellos que consideraban que se trataba de una obra autónoma conceptualmente completa en sí misma, y quienes veían en ella un manuscrito temprano que simplemente preparaba el terreno para ‘El capital’. El transfondo ideológico de las discusiones acerca de los Grundrisse – el núcleo de la disputa era la legitimidad o ilegitimidad de los caminos de aproximación a Marx, con sus enormes repercusiones políticas – favorecían el desarrollo de interpretaciones inadecuadas y de lo que hoy parecería intepretaciones risibles. Algunos de los más celosos comentaristas de los Grundrisse inclusive argumentaron que eran superiores teoricamente a ‘El capital’ a pesar de los diez años adicionales de intensa investigación que se fueron en la composición de este último. De manera similar, entre los principales detractores de los Grundrisse, hubo algunos que afirmaron que, a pesar de las importantes secciones que ayudaron a nuestra comprensión de la relación de Marx con Hegel y a pesar de los significativos pasajes sobre la alienación, dicha obra no añadía nada a lo que ya se sabía acerca de Marx.

No solamente existían lecturas opuestas de los Grundrisse, sino que también hubo no-lecturas de ellos – el ejemplos más impactante y representativo de ellas fue el de Louis Althusser. Incluso mientras él intentaba hacer hablar a los supuestos silencios de Marx, y leer ‘El capital’ en tal manera que ‘se hicieran visibles cuales quiera superviviencias invisibles que en él hubiesen’ (Althusser y Balibar 1979: 32), él se permitió omitir la conspicua masa de centenares de páginas escritas de los Grundrisse y de efectuar una división (que más tarde acaloradamente debatida) del pensamiento de Marx entre las obras de juventud y las obras de madurez sin haber tomado conocimiento del contenido y de la significancia de los manuscritos de 1857-58 .

Sin embargo, a partir de mediados de la década de 1970, los Grundrisse ganaron un número aún mayor de lectores e intérpretes. Aparecieron dos comentarios extensos de ellos, uno en japonés en 1974 (Morita y Yamada en 1974), los otros en alemán en 1978 (Projekt-gruppe Entwicklung des Marxschen Systems 1978), pero numerosos otros autores también escribieron acerca de ellos. Una cantidad de estudiosos lo consideraron un texto de especial importancia para uno de los debates más amplios relacionados con el pensamiento de Marx: su deuda intelectual con Hegel. Otros quedaron fascinados con las afirmaciones casi proféticas en los fragmentos que tratan de la maquinaria y automatización y también en Japon los Grundrisse fueron leídos como un texto altamente tópico para nuestra comprensión de la modernidad. En la década de 1980, comenzaron a aparecer los primeros estudios detallados en China, en donde el trabajo fue utilizado para iluminar la génesis de ‘El capial’, en tanto que en la Unión Soviética se publicó un volumen colectivo totalmente dedicado a los Grundrisse (Vv. Aa. 1987).

En años recientes, la perdurable capacidad de las obras de Marx para explicar (a la vez que criticar) el modo de producción capitalista ha generado un renovado interés de parte de numerosos estudiosos internacionales (ver Musto 2007). Si dicho resurgimiento perdura y si es acompañado por una nueva demanda por las ideas de Marx en el campo de la política, los Grundrisse resultaran ser una vez más uno de sus escritos capaces de atraer mayor atención.

Mientras tanto, con la esperanza de que ‘la teoría de Marx sea una fuente viva de conocimiento y de la práctica política que dicho conocimiento dirige’ (Rosdolsky 1977: xiv), la historia presentada aquí acerca de la difusión y recepción globales de los Grundrisse es ofrecida como un humilde reconocimiento de su autor y como un intento de reconstruir un capítulo aún no escrito de la historia del marxismo.

Apéndice 1: cuadro cronológico de traducciones de los Grundrisse

1939-41 Primera edición alemana
1953 Segunda edición alemana
1958-65 Traducción japonesa
1962-78 Traducción china
1967-68 Traducción francesa
1968-69 Traducción rusa
1968-70 Traducción italiana
1970-71 Traducción española
1971-77 Traducción checa
1972 Traducción húngara
1972-74 Traducción rumana
1973 Traducción inglesa
1974-75 Traducción eslovaca
1974-78 Traducción danesa
1979 Traducción al serbio/serbo-croata
1985 Traducción eslovena
1985-87 Traducción farsi
1986 Traducción al polonés
1986 Traducción al finés
1989-92 Traducción al griego
1999-2003 Traducción turca
2000 Traducción coreana
2008 Traducción portuguesa

 

Apéndice 2: unas cuantas puntualizaciones acerca del contenido y de la estructura de la parte III

La investigación acerca de los Grundrisse recopilada en las siguientes páginas fue emprendida en todos los países en donde la obra ha recibido una traducción completa. Los países que comparten un idioma común (Alemania, Austria y Suiza para el alemán; Cuba, Argentina, España y México para el español; Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá para el inglés; Brasil y Portugal para el portugués), en donde la difusión de los Grundrisse tuvo lugar más o menos en paralelo, han sido tratados en un único capítulo. De manera similar, los capítulos relacionados con los países en los cuales los Grundrisse fueron traducidos en más de un idioma (Checoslovaquia y Yugoslavia) incluyen la historia de la difusión en todos las lenguas concernidas. Adicionalmente, puesto que aquellos dos países ya no existen como tales, los títulos de los capítulos llevan los nombres que dichos países tenían cuando los Grundrisse fueron publicados allí.

La secuencia de capítulos sigue el orden cronológico de publicación de los Grundrisse. La única excepción es el capítulo sobre ‘Rusia y la Unión Soviética’, el cual viene inmediatamente después de ‘Alemania, Austria y Suiza’ debido a los estrechos vínculos existentes entre ambos y porque la primera publicación de los Grundrisse en alemán tuvo lugar en la Unión Soviética.

Cada capítulo contiene una bibliografía detallada, la cual se subdivide de la manera siguiente:

  1. Las ediciones completas de los Grundrisse
  2. Las principales ediciones parciales de los Grundrisse
  3. La literatura crítica acerca de los Grundrisse
  4. Donde fuese necesario, otras referencias bibliográficas

En la primera de estas divisiones, se añadió a veces información editorial acerca de la traducción y difusión de los diferentes textos. Cuando fueron añadidos por los autores dentro del texto, en gracia de la brevedad no fueron repetidos en la bibliografía. Los mismos criterios fueron adoptados para los nombres de los traductores de los Grundrisse o de sus ediciones parciales (los nombres de los traductores de los libros incluídos en ‘Literatura crítica acerca de los Grundrisse’ y ‘Otras referencias’ no fueron añadidas del todo) y para los nombres de las numerosas reseñas mencionadas.

Puesto que la investigación descubrió varios centenares de libros o de artículos que trataban de los Grundrisse, las consideraciones de espacio hicieron posible incluir en la bibliografía solamente: 1. las ediciones parciales de los Grundrisse que precedieron la edición completa y en raros casos, algunas ediciones de particular interés subsiguientes; 2. la literatura crítica mencionada por cada autor.

Todos los títulos de los libros y artículos no ingleses aparecen primero en el idioma original (transliterado en los casos del japonés, el chino, el farsi, el griego y el coreano) y luego en una traducción inglesa. En general, la traducción de títulos se ha dado en el texto, pero, si el capítulo en cuestión cita un libro o artículo siguiendo el sistema de referencia de Harvard (es decir, únicamente con el apellido del autor y el año de la publicación), la traducción puede ser hallada en la bibliografía. Finalmente, en el caso de libros y artículos ya traducidos al inglés, siempre han sido citados bajo el título de dicha traducción, inclusive si difiere de una literal.

Referencias
1. La versión rusa de este informe fue publicada en 1923.
2. Ver la tabla cronológica de traducciones en el Apéndice 1. A las traducciones completas arriba mencionadas deberían agregarse las selecciones en sueco (Karl Marx, Grunddragen i kitiken av den politiska ekonomin, Stockholm: Zenit/R&S, 1971) y Macedonio (Karl Marx, Osnovi na kitrikata na politickata ekonomija (grub nafrlok): 1857-1858, Skopje: Komunist, 1989), así como las traducciones de la Introducción y Las Formas que preceden la producción capitalista a un gran número de idiomas, desde el vietnamita al noruego, así como en árabe, neerlandés y búlgaro.
3. El total se ha calculado adicionando los tirajes verificados durante investigaciones realizadas en los países en cuestión.
4. Ver Sève (2004), quien recuerda cómo ‘con excepción de textos tales como la Introducción […] Althusser nunca leyó los Grundrisse, en el auténtico sentido de la palabra leer’ (p. 29). Adaptando el término de Gaston Bachelard ‘ruptura epistemológica’ (coupure epistémologique), el cual el propio Althusser tomó prestado y utilizó, Sève habla de una ‘ruptura bibliográfica artificial’ (coupure bibliographique) que condujo a las visiones más equivocadas acerca de su génesis y por consiguiente de su consistencia con el pensamiento maduro de Marx (p. 30).

Bibliography
Althusser, Louis and Balibar, Étienne (1979) Reading Capital, London: Verso.
Hobsbawm, Eric J. (1964) ‘Introduction’, in Karl Marx, Pre-Capitalist Economic Formations, London: Lawrence & Wishart, pp. 9-65.
Marx, Karl (1903) ‘Einleitung zu einer Kritik der politischen Ökonomie’, Die Neue Zeit, Year 21, vol. 1: 710–18, 741–5, and 772–81.
Marx-Engels-Lenin-Institut (1939), ‘Vorwort’ (Foreword), in Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie (Rohentwurf) 1857–1858, Moscow: Verlag für Fremdsprachige Literatur, pp. VII-XVI.
McLellan, David (1971) Marx’s Grundrisse, London: Macmillan.
Morita, Kiriro and Toshio Yamada, Toshio (1974) Komentaru keizaigakuhihan’yoko (Commentaries on the Grundrisse), Tokyo: Nihonhyoronsha.
Musto, Marcello (2007) ‘The Rediscovery of Karl Marx’, International Review of Social History, 52/3: 477-98.
Nicolaus, Martin (1973) ‘Foreword’, in Marx, Karl Grundrisse, Harmondsworth: Penguin Books, pp. 7-63.
Projektgruppe Entwicklung des Marxschen Systems (1978) Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie (Rohentwurf). Kommentar (Outlines of the Critique of Political Economy. Rough Draft. Commentary), Hamburg: VSA.
Rosdolsky, Roman (1977) The Making of Marx’s ‘Capital’, vol. 1, London: Pluto Press.
Ryazanov, David (1925) ‘Neueste Mitteilungen über den literarischen Nachlaß von Karl Marx und Friedrich Engels’ (Latest reports on the literary bequest of Karl
Marx and Friedrich Engels), Archiv für die Geschichte des Sozialismus und der Arbeiterbewegung, Year 11: 385-400.
Sève, Lucien (2004) Penser avec Marx aujourd’hui, Paris: La Dispute.
Vv. Aa. (1987) Pervonachal’ny variant ‘Kapitala’. Ekonomicheskie rukopisi K. Marksa 1857–1858 godov (The first version of Capital, K. Marx’s Economic Manuscripts of 1857–1858), Moscow: Politizdat.
Vygodski, Vitali (1974) The Story of a Great Discovery: How Marx Wrote ‘Capital’, Tunbridge Wells: Abacus Press.

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La Higuera: 50 años después, repensando el Che

Para visitar Vallagrande, el lugar donde Ernesto Che Guevara pasó las últimas semanas de su vida, hay que hacer un viaje muy largo. Primero hay que llegar a Santa Cruz, la ciudad más poblada de Bolivia y allí tomar uno de los viejos y maltratados autobuses que recorre una sinuosa carretera de montaña que se encuentra en muy mal estado.

Sin embargo, en estos días, Vallagrande está lleno de militantes (especialmente jóvenes) que vienen de muchas ciudades del país, así como de las más diversas naciones, con motivo del cincuenta aniversario de la desaparición del revolucionario latinoamericano.

Muchos se acercan al hospital Nuestro Señor de Malta, en cuya lavandería fue fotografiado y exhibido al público por última vez el cuerpo del Che, ya sin vida, pero con los ojos aún abiertos. Aquí, como en otras provincias de Bolivia, trabajan grupos de médicos cubanos que ejercen en Bolivia gracias a un proyecto solidario concebido por Fidel Castro después de la elección de Evo Morales que tiene como objetivo la creación de centros de salud para mejorar los estándares de atención y asistencia de la región.

A pocos kilómetros del centro de la ciudad se encuentra la fosa común – recientemente convertida en un museo – donde, en la noche entre el 10 y el 11 de octubre de 1967, el Che, al que se le habían amputado las manos, fue enterrado en secreto junto con otros seis guerrilleros de su columna. El lugar dista unos cientos de metros de la pequeña pista de la aviación y del cuartel militar desde el que los rangers bolivianos, asistidos por agentes de la CIA, llevaron a cabo las operaciones de rastreo para capturar a Guevara. Sus restos reaparecieron sólo después de treinta años, gracias a las investigaciones de un equipo cubano-argentino. Hoy se conservan en un mausoleo en Santa Clara, la ciudad donde, en diciembre de 1958, el Che dirigió la batalla decisiva que marcó el final del régimen de Fulgencio Batista y el triunfo de la revolución en Cuba.

Además de visitar estos dos lugares, quienes estos días llenan las calles de Vallagrande han participado en presentaciones de libros, debates, exposiciones fotográficas y una manifestación final, con la presencia de una amplia delegación cubana – incluyendo la familia Guevara (el programa de los eventos puede consultarse en: https://50aniversariochebo.bo).

Se tarda tres horas en viajar de Vallagrande a La Higuera. Sólo se puede llegar en jeep porque el camino que conduce a este pequeño pueblo de apenas cincuenta casas, situado a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, no está asfaltado y está lleno de curvas. Es un lugar desolado, todavía hoy lejos del mundo.

En el camino se tropieza con algunos campesinos. Cruzan la carretera llena de baches, caminando lentamente, tristes, con sus herramientas de trabajo a la espalda. No parece que haya cambiado mucho desde que el Che atravesó estos valles, en un intento de derrocar la dictadura militar del general René Barrientos.

Guevara eligió Bolivia no porque le guiara, como a veces se le atribuye injustamente, la idea de reproducir mecánicamente las estrategias políticas y militares aplicadas en Cuba. Estaba convencido, sin embargo, de la necesidad de alumbrar un proceso revolucionario que afectase a todo el Cono Sur. Un proyecto supranacional que desde Bolivia fuese capaz de extenderse a Perú y Argentina, para evitar que los Estados Unidos interviniesen y pudieran aniquilar un foco único, y por lo tanto más débil, de resistencia local. En el centro del continente y rodeada por cinco países, Bolivia parecía el lugar más adecuado donde iniciar la formación de un grupo de cuadros a los que confiar, una vez entrenados, la tarea de organizar los diferentes frentes de lucha en toda América Latina.

El Che fundó el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia con sólo 45 guerrilleros. En la introducción al Diario de Bolivia, Fidel Castro escribió: “ Impresiona profundamente la proeza realizada por este puñado de revolucionarios. La sola lucha contra la naturaleza hostil en que desenvolvían su acción constituye una insuperable página de heroísmo. Nunca en la historia un número tan reducido de hombres emprendió una tarea tan gigantesca”.

La muerte alcanzó a muchos de ellos de improviso, 11 meses después del inicio de la guerrilla. El 8 octubre de 1967, de hecho, el Che, sorprendido en la quebrada de Yuro junto con otros 16 compañeros, fue herido en la pierna izquierda y capturado después de tres horas de combate. Transportado a la vecina La Higuera, fue asesinado al día siguiente, por orden de Barrientos.

Después de la ejecución, el ejército boliviano se apoderó de la mochila de Che y de todos los documentos que había dentro. Los dos cuadernos con el Diario de Bolivia pudieron llegar rápidamente a Cuba. Por el contrario, otro grupo de textos cortos apareció mucho más tarde y se publicó en 1998 con el título Antes de morir: apuntes y notas de lectura. En estas páginas, Guevara copió los pasajes más importantes de sus lecturas y resumió algunos de los estudios que estaba haciendo, a pesar de las difíciles condiciones en que se encontraba. Estas notas fueron escritas durante los raros momentos de descanso y constituyen una prueba más de su extraordinaria determinación. Así, critica la falta de profundidad de análisis del sociólogo Charles Wright Mills, cuyo Los marxistas el Che leyó y resumió; lo definió como “un claro ejemplo de la intelectualidad liberal de la izquierda norteamericana”. György Lukács, por el contrario, le fue muy útil, ya que le ayudó a entender la “complejidad de la filosofía hegeliana”. Como guía para sus estudios de filosofía el Che utilizó el manual editado por el científico soviético Miguel Dynnik y el Antidüring de Engels, del que apreció más que cualquier otra cosa “sus pensamientos inconclusos sobre la dialéctica”. Dedica varias partes a la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, a veces criticada, pero que, en su opinión, era una “fuente de importancia esencial” sobre el nacimiento del poder soviético. Por último, Guevara también se dedicó al estudio de los autores locales y, al comentar un libro titulado Sobre el problema nacional y colonial de Bolivia, señala que defendía “una tesis interesante”, ya que consideraba ese país “como (un) Estado multinacional.”

Completan estas páginas de notas un guión de un proyecto de estudio sobre los diferentes modos de producción, desde los pre-capitalistas hasta el socialismo. En el se afirma que “Marx tenía razón” en relación a la pauperización del proletariado, pero también que “no previó el fenómeno imperialista. Actualmente los trabajadores de los países imperialistas son socios minoritarios del sistema” .

Además del estudio teórico, en sus últimas notas el Che copió tres poemas del escritor nicaragüense Rubén Dario. En los versos finales del último de ellos, Letanía de Nuestro Señor Don Quijote, se describe un personaje que, en muchos aspectos, es como él: “Caballero errante de los caballeros, (…) noble peregrino de los peregrinos, que santificaste todos los caminos, con el paso augusto de tu heroicidad, contra las certezas, contra las conciencias, y contra las leyes y contra las ciencias, contra la mentira, contra la verdad. (…) Que de fuerza alientas y de ensueños vistes, coronado de áureo yelmo de ilusión, que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón!

Eso es lo piensan de él todos los jóvenes que llegaron esta semana a La Higuera, para recordar al che y para dejar nuevas huellas en la ruta larga y difícil que él emprendió.

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La dureza del capital

El 11 de septiembre se cumplieron 150 años de ‘El Capital’. Esta es su historia.
La obra que, quizás más que ninguna otra, ha contribuido a cambiar el mundo en los últimos 150 años tuvo una gestación larga y muy difícil.

Marx comenzó a escribir El Capital solo muchos años después de comenzar sus estudios de economía política. Si ya desde 1844 había criticado la propiedad privada y el trabajo alienado de la sociedad capitalista, fue solo después del pánico financiero de 1857 —que comenzó en Estados Unidos y luego se extendió a Europa— cuando se sintió obligado a dejar a un lado su incesante investigación y comenzar a redactar lo que llamaba su “Economía”.

Crisis, los Grundrisse y pobreza. Con el inicio de la crisis, Marx anticipó el nacimiento de una nueva fase de convulsiones sociales y consideró que lo más urgente era proporcionar al proletariado la crítica del modo de producción capitalista, un requisito previo para superarlo. Así nacieron los Grundrisse, ocho cuadernos en los que examinó las formaciones económicas precapitalistas y describió algunas características de la sociedad comunista, subrayando la importancia de la libertad y el desarrollo de los individuos. El movimiento revolucionario que surgiría a causa de la crisis se quedó en una ilusión y Marx no publicó sus manuscritos, consciente de hasta qué punto estaba todavía lejos del dominio total de los temas a los que se enfrentaba. La única parte publicada, después de una profunda reelaboración del capítulo sobre el dinero, fue la Contribución a la crítica de la economía política, un texto distribuido en 1859 y revisado por una sola persona: Engels.

El proyecto de Marx era dividir su obra en seis libros. Deberían haberse dedicado al capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Pero en 1862, como resultado de la guerra de secesión estadounidense, el New York Tribune despidió a sus colaboradores europeos, Marx —quien trabajó para el periódico durante más de una década— y su familia volvieron a vivir en condiciones de terrible pobreza, las mismas que habían padecido durante los primeros años de su exilio en Londres. Solo tenía la ayuda de Engels, a quien escribía: “Todos los días mi esposa me dice que preferiría yacer en la tumba con las chicas y, en verdad, no puedo culparla dadas las humillaciones y sufrimientos que estamos padeciendo, realmente indescriptibles”. Su condición era tan desesperada que, en las semanas más negras, faltaba comida para las hijas y papel para escribir. Buscó empleo en una oficina de los ferrocarriles. El puesto, sin embargo, le fue negado debido a su mala letra. Por lo tanto, para hacer frente a la indigencia, la obra de Marx estuvo sujeta a grandes retrasos.

La plusvalía y el carbunco. En este periodo, en un largo manuscrito titulado Teorías sobre la plusvalía, llevó a cabo una profunda crítica de la manera en que todos los grandes economistas habían tratado erróneamente la plusvalía como ganancia o renta. Para Marx, sin embargo, era la forma específica por la cual se manifiesta la explotación en el capitalismo. Los trabajadores pasan parte de su jornada trabajando para el capitalista de forma gratuita. Este último busca de todas las formas posibles generar plusvalía por medio del trabajo excedente: “No basta con que el trabajador produzca en general, debe producir plusvalía”, es decir, servir a la autovaloración del capital. El robo de incluso unos pocos minutos de la comida o del descanso de cada trabajador significa transferir una enorme cantidad de riqueza a los bolsillos de los patrones. El desarrollo intelectual, cumplir las funciones sociales y los días festivos son para el capital “puras y simples fruslerías”. Après moi le déluge! (después de mí, el diluvio) era para Marx el lema de los capitalistas, aunque pudieran, hipócritamente, oponerse a la legislación sobre las fábricas en nombre de la “libertad plena del trabajo”. La reducción de la jornada laboral y el aumento del valor de la fuerza de trabajo fue, por tanto, el primer terreno de la lucha de clases.

En 1862, Marx eligió el título de su libro: El Capital. Creía que podía comenzar inmediatamente a redactarlo, pero a las ya graves vicisitudes financieras se sumaron problemas de salud. De hecho, lo que su esposa Jenny describió como “la terrible enfermedad” contra la cual Marx tendría que luchar muchos años de su vida era el carbunco, una horrible infección que se manifiesta en varias partes del cuerpo con una serie de abscesos cutáneos y una extensa y debilitante forunculosis. Marx fue operado y “su vida permaneció durante mucho tiempo en peligro”. Su familia estaba al borde del abismo.

El Moro (éste era su apodo) se recuperó y hasta diciembre de 1865 se dedicó a escribir lo que se convertiría en su auténtica obra magna. Además, desde el otoño de 1864 asistió asiduamente a las reuniones de la Asociación Internacional de Trabajadores, para la que escribió durante ocho años sus principales documentos políticos. Estudiar durante el día en la biblioteca, para ponerse al corriente de los nuevos descubrimientos, y seguir trabajando en su manuscrito de la noche a la mañana: esta fue la agotadora rutina a la que se sometió Marx hasta el agotamiento de todas sus energías y el agotamiento de su cuerpo.

Un todo artístico. Aunque había reducido su proyecto de seis a tres volúmenes sobre El Capital, Marx no quiso abandonar su propósito de publicarlos juntos. De hecho, le escribió a Engels: “No puedo decidir de qué prescindir antes de que todo esté frente a mí, sean cuales sean los defectos que puedan tener, este es el valor de mis libros: todos forman un todo artístico, alcanzable solo gracias a mi sistema de no entregarlo al impresor antes de tenerlo todo delante de mí”. El dilema de “corregir una parte del manuscrito y entregarlo al editor o terminar de escribir todo” fue resuelto por los acontecimientos. Marx sufrió otro ataque bestial de carbunclo, el más virulento de todos. A Engels le contó que había “perdido la piel”; los médicos le dijeron que la recaída fue por el exceso de trabajo y las continuas vigilias nocturnas. Marx se concentró en el libro uno: El proceso de producción del capital.

Los forúnculos siguieron atormentándolo y durante semanas Marx ni siquiera pudo sentarse. Intentó operarse. Se procuró una navaja y le dijo a Engels que intentó extirparse esa maldita cosa. Esta vez, la culminación de su obra no se postergó por la “teoría”, sino por “razones físicas y burguesas”.

En abril de 1867, el manuscrito fue finalmente terminado. Marx le pidió a su amigo de Manchester, que le ayudó durante 20 años, que le enviara dinero para poder recuperar “la ropa y el reloj que se encuentran en la casa de empeño”. Marx sobrevivió con el mínimo indispensable y sin esos objetos no podía viajar a Alemania, donde la imprenta esperaba por su obra.

La corrección del borrador duró todo el verano y Engels le señaló que la exposición de la forma del valor era demasiado abstracta y “se resentía de la persecución de los forúnculos”, Marx respondió, “espero que la burguesía se acuerde de mis forúnculos hasta el día de su muerte”.

El Capital fue puesto a la venta el 11 de septiembre de 1867. Un siglo y medio después, el texto figura entre los libros más traducidos, vendidos y discutidos en la historia de la humanidad. Para quienes quieran entender lo que realmente es el capitalismo y el porqué los trabajadores deben luchar por una “forma superior de sociedad cuyo principio fundamental sea el desarrollo pleno y libre de cada individuo”, El Capital es hoy más que nunca una lectura simplemente imprescindible.

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Como nació El Capital de Marx

La obra que, quizás más que ninguna otra, ha contribuido a cambiar el mundo en los últimos ciento cincuenta años, tuvo una gestación larga y muy difícil.

Marx comenzó a escribir El Capital sólo muchos años después de comenzar sus estudios de economía política. Si ya desde 1844 había criticado la propiedad privada y el trabajo alienado de la sociedad capitalista, fue sólo después del pánico financiero de 1857 -que comenzó en Estados Unidos y luego se extendió a Europa-, cuando se sintió obligado a dejar a un lado su incesante investigación y comenzar a redactar lo que llamaba su “Economía”.

La crisis, los Grundrisse y la pobreza
Con el inicio de la crisis, Marx anticipó el nacimiento de una nueva fase de convulsiones sociales y consideró que lo más urgente era proporcionar al proletariado la crítica del modo de producción capitalista, un requisito previo para superarlo. Así nacieron los Grundrisse, ocho gruesos cuadernos en los que, entre otras cosas, examinó las formaciones económicas precapitalistas y describió algunas características de la sociedad comunista, subrayando la importancia de la libertad y el desarrollo de los individuos. El movimiento revolucionario que creía que surgiría a causa de la crisis se quedó en una ilusión, y Marx no publicó sus manuscritos, consciente de hasta qué punto estaba todavía lejos del dominio total de los temas a los que se enfrentaba. La única parte publicada, después de una profunda reelaboración del “Capítulo sobre el dinero”, fue la Contribución a la crítica de la economía política , un texto distribuido en 1859 y que fue revisado por una sola persona: Engels.

El proyecto de Marx era dividir su obra en seis libros. Deberían haberse dedicado a: el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariada, el estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Sin embargo, cuando en 1862, como resultado de la guerra de secesión estadounidense, el New York Tribune despidió a sus colaboradores europeos, Marx -que había trabajado para el periódico estadounidense durante más de una década- y su familia volvieron a vivir en condiciones de terrible pobreza, las mismas que habían padecido durante los primeros años de su exilio en Londres. Sólo tenía la ayuda de Engels, a quien escribía: “Todos los días mi esposa me dice que preferiría yacer en la tumba con las chicas y, en verdad, no puedo culparla dadas las humillaciones y sufrimientos que estamos padeciendo, realmente indescriptibles”. Su condición era tan desesperada que, en las semanas más negras, faltaba comida para las hijas y papel para escribir. También buscó empleo en una oficina de los ferrocarriles inglesa. El puesto, sin embargo, le fue negado debido a su mala letra. Por lo tanto, para hacer frente a la indigencia, la obra de Marx estuvo sujeta a grandes retrasos.

La explicación de la plusvalía y el carbunco
Sin embargo, en este periodo, en un largo manuscrito titulado Teorías sobre la plusvalía, llevó a cabo una profunda crítica de la manera en que todos los grandes economistas habían tratado erróneamente la plusvalía como ganancia o renta. Para Marx, sin embargo, era la forma específica por la cual se manifiesta la explotación en el capitalismo. Los trabajadores pasan parte de su jornada trabajando para el capitalista de forma gratuita. Este último busca de todas las formas posibles generar plusvalía por medio del trabajo excedente: “No basta que el trabajador produzca en general, debe producir plusvalía”, es decir, servir a la autovaloración del capital. El robo de incluso unos pocos minutos de la comida o del descanso de cada trabajador significa transferir una enorme cantidad de riqueza a los bolsillos de los patrones. El desarrollo intelectual, el cumplimiento de las funciones sociales, y los días festivos son para el capital “puras y simples fruslerías”. “Après moi le déluge!” era también para Marx -aunque al tratar la cuestión ecológica (que abordó como pocos autores de su época)- el lema de los capitalistas, aunque pudieran, hipócritamente, oponerse a la legislación sobre las fábricas en nombre de la “libertad plena del trabajo”. La reducción de la jornada de trabajo, junto con el aumento del valor de la fuerza de trabajo, fue, por tanto, el primer terreno en el que tenía lugar la lucha de clases.

En 1862, Marx eligió el título de su libro: “El Capital”. Creía que podía comenzar inmediatamente a redactarlo de una forma definitiva, pero a las ya graves vicisitudes financieras se sumaron muy graves problemas de salud. De hecho, lo que su esposa Jenny describió como “la terrible enfermedad”, contra la cual Marx tendría que luchar muchos años de su vida. Sufría de carbunco, una horrible infección que se manifiesta al inicio en varias partes del cuerpo con una serie de abscesos cutáneos y una extensa y debilitante forunculosis. Debido a una pápula profunda, seguida por la aparición de una red de vesículas ulcerantes, Marx fue operado y “su vida permaneció durante mucho tiempo en peligro”. Su familia estaba más que nunca al borde del abismo.

El Moro (éste era su apodo), sin embargo, se recuperó y, hasta diciembre de 1865, se dedicó a escribir lo que se convertiría en su auténtica obra magna. Además, desde el otoño de 1864, asistió asiduamente a las reuniones de la Asociación Internacional de Trabajadores, para la que había escrito durante ocho años los principales documentos políticos. Estudiar durante el día en la biblioteca, para ponerse al corriente de los nuevos descubrimientos, y seguir trabajando en su manuscrito de la noche a la mañana: esta fue la agotadora rutina a la que se sometió Marx hasta el agotamiento de todas sus energía y el agotamiento de su cuerpo.

Un todo artístico
Aunque había reducido su proyecto inicial de seis libros a tres volúmenes sobre El Capital, Marx no quiso abandonar su propósito de publicarlos todos juntos. De hecho, le escribió a Engels: “No puedo decidir de que prescindir antes de que todo esté frente a mí, sean cuales sean los defectos que puedan tener, este es el valor de mis libros: todos forman un todo artístico, alcanzable sólo gracias a mi sistema de no entregarlo al impresor antes de tenerlo toda delante de mí”. El dilema de Marx – “corregir una parte del manuscrito y entregarlo al editor o terminar de escribir todo primero” – fue resuelto por los acontecimientos. Marx sufrió otro ataque bestial de carbunclo, el más virulento de todos, y su vida estuvo en peligro. A Engels le contó que había “perdido la piel”; los médicos le dijeron que las causas de su recaída eran el exceso de trabajo y las continuas vigilias nocturnas: “la enfermedad viene de la cabeza”. Como resultado de estos acontecimientos, Marx decidió concentrarse únicamente en el único Libro Uno, el relacionado con el “Proceso de Producción del Capital”.

Sin embargo, los forúnculos siguieron atormentándolo, y durante semanas. Marx ni siquiera podía sentarse. Incluso intentó operarse solo. Se procuró una navaja muy afilada y le dijo a Engels que había intentado extirparse aquella maldita cosa. Esta vez, la culminación de su obra no se vio postergada debido a la “teoría” sino por “razones físicas y burguesas”.

Cuando, en abril de 1867, el manuscrito fue finalmente terminado, Marx le pidió a su amigo de Manchester, que le había estado ayudando durante veinte años, que le enviara dinero para poder recuperar “la ropa y el reloj que se encuentran en la casa de empeño”. Marx había sobrevivido con el mínimo indispensable y sin esos objetos no podía viajar a Alemania, donde le esperaban para entregar el manuscrito a la imprenta.

La corrección del borrador duró todo el verano y Engels le señaló que la exposición de la forma del valor era demasiado abstracta y “se resentía de la persecución de los forúnculos”, Marx respondió, “espero que la burguesía se acuerde de mis forúnculos hasta el día de su muerte”.

El Capital fue puesto a la venta el 11 de septiembre de 1867. Un siglo y medio después de su publicación, figura entre los libros más traducidos, vendidos y discutidos en la historia de la humanidad. Para aquellos que quieren entender lo que realmente es el capitalismo, y porque los trabajadores deben luchar por una “forma superior de sociedad cuyo principio fundamental sea el desarrollo pleno y libre de cada individuo”, El Capital es hoy más que nunca una lectura simplemente imprescindible.

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Agustín Santella, Marxismo Critico

Entre los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, los marxismos atravesaron una crisis que parecía ser final. Sin dudas, el acontecimiento clave fue el derrumbe de los “socialismos reales”, que venían a condensar un desgaste de esperanzas emancipadoras.

Ninguna formación social perece sin agotar todas sus capacidades de desarrollo. En el caso de la experiencia socialista del siglo XX, alguna de estas capacidades se agotó. Decimos marxismos en plural, porque había una diferencia llamativa entre el marxismo oficial de los partidos de Estado de la URSS, el de China, pero mucho más respecto del marxismo intelectual académico de Francia, que era muy pujante. Perry Anderson ya escribió sobre la virtual muerte de esta influencia marxista en París hacia principios de los años ochenta. Sin embargo, en el ensayo sobre “Marx en Francia” editado en este libro por Marcello Musto, Jean-Numa Ducange afirma que hoy en Francia “ya no es posible mantenerse al día con todos los periódicos y revistas francesas que proclaman un ¨regreso a Marx¨” (p. 347). ¿Cómo es este regreso a Marx? ¿Qué marxismo sugiere esta nueva lectura? ¿Qué argumentos incorpora la nueva lectura para superar la actual crisis del marxismo?

Hay varios regresos a Marx. Algunos pueden simplemente mantener el Marx del marxismo del siglo XX, tal por ejemplo el marxismo real de los “socialismos reales”. Hay pocos de este tipo, aunque se lo tiene por el verdadero marxismo. En contraste, este libro presenta una persistencia renovada de Marx, especialmente en su primera sección de ensayos. La primera sección integra ensayos de destacados investigadores marxistas (entre ellos E. Meiksins Wood, R. Antunes, M. Lebowitz, el mismo M. Musto). La segunda sección refiere a la recepción reciente de las obras de Marx y Engels en distintas regiones del globo. El libro editado por Musto propone entonces una serie de lecturas nuevas, con direcciones interpretativas específicas, intencionadas, políticas las más de las veces. Pero en la segunda parte del libro tenemos la descripción sobre la evolución del estado de las publicaciones, y las interpretaciones destacadas en un conjunto representativo de países (América hispana, Brasil, mundo de habla inglesa, Francia, Alemania, Italia, Rusia, China, Corea del sur, Japón). Esta parte tiene un valor enorme para el lector interesado en las tendencias marxistas actuales. El libro contiene capítulos sobre la situación en China, Corea, Japón y Rusia, con informes de muy difícil acceso en castellano.

La primera parte tiene ensayos muy provocadores, pero de discusión fundamental. Abarcan una variedad de temáticas, negadas en el marxismo oficial del siglo XX. Posiblemente una idea general de este volumen sea la de una contraposición entre Marx y el marxismo real, entendido como “marxismo histórico” (Arrighi), o “marxismo de los partidos” (Wallerstein). Giovanni Arrighi definía el marxismo histórico no como una “traición” al marxismo, sino como una “formación histórica que se ajusta al despliegue efectivo del legado marxiano bajo circunstancias imprevistas por ese mismo legado” (New Left Review, 1990). Sin embargo, contraponía el marxismo histórico a las tesis fundamentales de Marx. Arrighi hace énfasis en el “sustitucionismo” que los partidos marxistas ejercieron en el poder del Estado en los socialismos reales.

El volumen incluye un capítulo muy impactante para esta discusión. Paresh Chattopadhyay ataca el “mito del socialismo del siglo XX”, en relación a los fundamentos de una teoría leninista del Estado socialista de transición. El error teórico de Lenin habría sido definir el socialismo como la propiedad estatal de los medios de producción. Esto constituiría un salto mortal desde Marx, que adaptaba la teoría primera a la realidad práctica de la toma del poder político. El socialismo en Marx expresaría la socialización de los medios de producción, o un “modo asociado de producción”. Para Marx no existía la distinción entre socialismo y comunismo. En ambos se expresa la negación tanto de la enajenación social en el capital como política en el Estado. La distinción leninista entre socialismo y comunismo como dos etapas no tenía fundamento en Marx. Esta argumentación entonces realiza una crítica de las revoluciones anticapitalistas del siglo XX por no ser estrictamente anticapitalistas. Si bien habla de los ejemplos fundamentales de Rusia y China, sugiere su aplicación a todas las revoluciones (p. 97). De todos modos, el autor no se expide en relación a las teorías del capitalismo de Estado, sino que las denomina descriptivamente “socialismo de Estado”. Este ensayo ilumina sin ambigüedad el tono general del libro: es preciso volver a Marx, no al marxismo “realmente existente”.

En este mismo sentido, se destaca el texto de Ellen Meiksins Wood, porque propone una visión histórica muy distinta de la tradición leninista. En forma de ensayo, la académica canadiense sostiene la actualidad de Marx a partir del hecho de que la universalización del capitalismo es un hecho reciente. Expone la paradoja acerca de un marxismo histórico preocupado por un sistema mundial no capitalista, bajo la teoría del imperialismo. Ella sostiene que el marxismo es más actual que nunca porque nunca habíamos vivido en el capitalismo universal.

Un sentido antiburocrático, esencialmente democrático social, se tiene en los ensayos de Musto y Antunes, pero también Comminel, centrados en la teoría de la alienación. Siguiendo la idea de “modo asociado de producción”, el socialismo intenta reponer la socialización basada en la libertad individual, una visión contraria a la centralidad del Estado en la vida social. Retomar la categoría de alienación permite dar cuenta del conjunto de las formas alienadas en la sociedad capitalista.

El volumen también publica ensayos sobre el “orientalismo”, esto es, el problema de los pueblos no occidentales, sobre feminismo y sobre ecología. Además del tema más clásico de las crisis económicas.

En la sección sobre la recepción actual se destacan los informes sobre China, Rusia, Corea y Japón, como hemos mencionado. En particular, respecto China, llama la atención el hecho de que el Partido Comunista siga haciendo propaganda en nombre del marxismo. Aquí podemos leer un informe con datos concretos sobre la investigación y publicaciones marxistas en ese país. El partido sigue controlando férreamente la lectura del marxismo, reprimiendo las disidencias. Aún así, se nombran algunas investigaciones críticas. En cuanto al contenido, llama la atención cómo el Partido justifica su giro hacia el capitalismo en nombre de la “libertad” y el “desarrollo de las personas”, siguiendo a Marx. Quizá estemos en presencia de un extremo de uso estatal de Marx, como no se había visto en el siglo XX.

El volumen incorpora un capítulo sobre América de habla hispana y otro sobre Brasil. Por supuesto que se resiente para el lector local un balance más amplio sobre la recepción actual de Marx en la Argentina, que ocupa dos páginas en el volumen. Francisco Sobrino menciona allí algunos destacados marxistas académicos, grupos, revistas e iniciativas de organizaciones políticas marxistas. El eje de selección estaría puesto en obras que discuten Marx, lo cual dejaría las que simplemente usan Marx como instrumental para otro tipo de trabajo de investigación. Pero en este plano, también se podría señalar, sin contradecir el sentido del capítulo comentado, que las nuevas lecturas de Marx han florecido en una diversas de grupos e investigadores, pero que no caracteriza el marxismo de Partido, férreamente alineado en la ortodoxia. El marxismo científico e intelectual se ha desarrollado por fuera de los aparatos políticos marxistas. Se profundiza entonces una división, que Perry Anderson había advertido, entre desarrollo de la teoría marxista y movimiento socialista.

Este libro tiene el valor enorme de proponer una serie de líneas firmes para una nueva lectura libertaria de Marx. Además, nos deja un actualizado informe sobre la actividad concreta de la publicación e investigación en gran parte del globo.

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Jaime Ortega Reyna, Andamios

Una vieja anécdota —probablemente falsa— nos servirá como intro- ducción para reseñar la última compilación que ha hecho Marcello Musto a propósito del filósofo de la “Tesis XI” titulada De regreso a Marx.

En la anécdota, un periodista francés le pregunta al histórico líder de la revolución China, el presidente Mao Tse-Tung, a su paso por París, sobre el alcance histórico de la Revolución francesa (aquella que tradicionalmente ubicamos en 1789): Mao responde que es aún muy pronto para saberlo.

De la misma manera en que Mao refería con mesura cualquier jui- cio sobre un acontecimiento lejano, quizá nosotros debamos también hacer lo mismo a propósito de “los regresos a Marx”. Justamente por- que han sido múltiples no podemos sino marcar desde un horizonte situado (el de América Latina) un distanciamiento con respecto a una hipótesis muy recurrente: que hemos vuelto a Marx a partir de la crisis económica de 2008. Lo marcamos por varias razones, la primera de ellas es que limitar la influencia de Marx a partir de un acontecimiento “económico” nos parece que limita las posibilidades del análisis de su obra y lo reduce a un hecho típicamente “derrumbista”, es decir, ajeno a la historia concreta de los pueblos; la segunda y más importante es que en América Latina al menos desde 1998-1999 (con el triunfo de Hugo Chávez) lentamente su nombre comenzó a ser reivindicado en el plano político y de alternativas de construcción de un orden social distinto al imperante. Mientras que en el norte global importantes pero inconexas protestas (ayer en Madrid y Nueva York, hoy en París) han posibilitado debilmente hablar de otro ordenamiento societal en nuestro continente, con todas las limitaciones imaginables, hemos asistido al ascenso de movimientos sociales que han devenido experiencias con- cretas de gestión de lo público y lo común, así como de la ocupación de gobierno de los Estados: revoluciones democráticas de los pueblos, efectivas, vigorosas, complejas y contradictorias, es decir, vivas. Esta di- ferencia la marcamos justamente porque pensamos que Marx ha sido, y es, un inspirador oculto de más de una de las grandes revueltas que han permitido abrir tímidas grietas en la muralla capitalista, al menos desde este nuestro lugar de enunciación.

Marcada esta diferencia podemos efectivamente trazar grandes rutas por las que avanza el Regreso a Marx, que nos presenta un conjunto muy variado y sugerente de autores. La compilación podemos dividirla artificialmente en tres segmentos. El primero va sobre temas clásicos del marxismo, uno segundo busca encarar el marxismo frente a nuevos problemas y un tercero busca dar un sucinto panorama de la produc- ción marxista alrededor del mundo.

Dentro del primer segmento podemos encontrar los textos de Mar- cello Musto y de Ricardo Antunes, que vuelven sobre el problema de la enajenación, uno para desarrollarlo en su versión clásica por el joven Marx y el otro para intentar poner al día esa noción en nuestro con- texto. Este tema es central para los desarrollos del marxismo durante el siglo xx, y ahora en condiciones de nuevas ediciones y de la publi- cación de inéditos es posible decir cosas nuevas. Es el fin del texto de Musto, quien busca desentrañar los sentidos del uso de alienación, así como algunas de las versiones que circularon en el siglo xx. Como se sabe, aquella noción causó muchos problemas para el marxismo que aspiraba a ser un conocimiento científico, pues seguía anudada a una noción bastante frágil de “esencia humana” supuestamente perdida ante el desarrollo del capitalismo. Junto a ella podemos ubicar otros temas clásicos en la literatura marxista que se desarrollan en variadas y sugerentes direcciones, por ejemplo, el tema de la libertad humana y el desarrollo de las capacidades, que se expone en un texto de George Comninel. Temas clásicos que vuelven y son planteados en nuevas condiciones, las de nuestro siglo xxi.

Un segundo segmento busca ampliar la mirada sobre temas que podríamos considerar “novedosos”. Por ejemplo, se incluye un texto de Kevin Anderson, un estudioso de habla inglesa, sobre el problema de la etnicidad y la manera en que Marx enfocó los procesos en “los márgenes” del centro capitalista. Aquí cabe destacar una continuidad no siempre dicha entre las formulaciones del grupo Pasado y Presente y José Aricó, que dispuso en español el material necesario para superar una lectura eurocéntrica de Marx. También Terrel Carver se avoca a desentrañar la manera en que Marx recibió la problemática del género: se trata de un esfuerzo filológico muy serio por demostrar que Marx no hizo caso omi- so de la situación de las mujeres en la sociedad capitalista. Por su parte, Michael Lebowitz busca establecer una estrategia radical que no apunte sólo a cambios menores del “sistema”. La recientemente fallecida Mei- kisis Wood abordó el tema de la “universalidad del capital”, que desde su punto de vista, apenas la hemos visto completarse en su totalidad, lo cual hace (al decir de ella) más actual el pensamiento de Marx con respecto al siglo xix o incluso al xx.

El último segmento busca dimensionar la producción del marxismo en el mundo, y es sin duda muy rico. En él se exploran brevemente las producciones en América Latina y España, el mundo de habla inglesa, Francia, Brasil, Italia, Japón, Corea, China y Rusia. Sin duda los textos podrán ser criticables desde el punto geográfico del que se coloque: podrán faltar obras, revistas no serán mencionadas, encuentros habrán sido poco visibilizados, etcétera; sin embargo, se trata de un esfuerzo importante, que permite ampliar miradas reducidas o provincianas, tan comunes en los medios académicos, particularmente europeos y estadounidenses, que suelen mirarse sólo a ellos mismos como la úni- ca producción relevante. Es necesario que la crítica se haga a partir de producciones que enriquezcan los panoramas presentados de manera breve. Los lectores encontrarán una gran riqueza temática, de autores, de obras y de revistas, destacamos la que refiere a Brasil, por la capa- cidad de síntesis que hacen los autores, y la colaboración de Jan Hoff sobre Alemania, que además de exponer argumentos de los debates teóricos ha sido autor de un importante libro (sólo en idioma alemán) sobre la historia del marxismo a nivel global, que será necesario tra- ducir pronto.

El conjunto de los diez trabajos que se presentan puede ser la base para futuras investigaciones, que coloquen en el centro las producciones en torno a Marx más que al marxismo, aunque difícilmente se pudieran separar en algunos casos, como en Italia con Gramsci, o en Francia con Althusser.

Indudablemente el conjunto del libro es un aporte para tejer las coordenadas actuales de discusión sobre Marx, pero también a partir de él. Su obra sigue siendo catalizadora de reflexiones y de creación de hipótesis, algunas vuelven sobre temas complejos, que han sido seria- mente cuestionados por el pensamiento filosófico y científico (como el de la enajenación) y otras siguen siendo aportes fundamentales (como el caso de los “límites naturales”). Marx sigue movilizando la imagina- ción de los que se arriesgan a plantear, tanto en planos epistemológicos como prácticos, posibilidades de un orden social distinto. El cruce entre la investigación y la práctica ha marcado derroteros y temas a profundizar, provocando con ello necesarias tensiones con la obra del filósofo del siglo xix que cimbró toda la historia del siglo xx y quizá aún pueda seguir acechando nuestras realidades.

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Antonio Oliva, Archivos

La obra de investigación, edición y difusión sobre la producción marxia-na, realizada por el filósofo y cientista político italiano Marcello Musto, es notable.

Abocado a un trabajo de exhumación, que trasciende ampliamente lo biográfico, y de relectura, no sólo en relación a las obras más conocidas de Marx sino también a los laberínticos avatares de edición de cada una de ellas a lo largo de dos siglos, Musto es hoy uno de los marxólogos con mayor herramental crítico para hablarnos de lo que podríamos llamar a esta altura “la ancha alameda de las relecturas de Marx a escala global”. Desde que los clásicos libros de Marx comenzaron a difundirse en el último cuarto del siglo XIX, la obra tuvo una difusión internacional (Marx, como Hobsbawm ha señalado hace ya muchos años, es uno de los pocos pensadores que ha sido traducido a todos los idiomas y dialectos del globo), y quizá sea este comienzo del siglo XXI cuando la obra no sólo ha ganado en extensión (en cantidad de lectores y lectoras) sino también en profundidad y actualidad de reflexión a escala mundial. Y es en este punto donde el nuevo libro editado y compilado por Marcello Musto tiene algo que ofrecer.

En efecto, De regreso a Marx es un libro colectivo que parece recordarnos, ensayo tras ensayo, que a la obra marxiana no se vuelve siempre desde un mismo punto de arranque, sino que cada relectura supone un debate político en juego y de interpretación que acompaña el movimiento real de las fuerzas sociales que pretenden emanciparse, en cada etapa del sistema capitalista. Y como consigna la introducción del mismo Musto, en esta etapa, abierta luego del derrumbe de los estados comunistas de Europa centro-oriental y de la URSS, y también de la inconmensurable reacción capitalista que le siguió a escala planetaria, la relectura y redescubrimiento de la obra de Marx se ha despojado de ciertos lastres de interpretación política como la lectura finisecular socialdemócrata y la censura estalinista, que nos permite hoy llegar a la obra desde un lugar políticamente mucho más desprejuiciado.

Con estas premisas, recordemos que los textos de Marcello Musto y de varios de los autores que participan del articulado del libro (Kevin Anderson, Paresh Chattopadhyay, Michael Lebowitz, Ricardo Antunes, Ellen Meiksins Wood o Terrell Carver) no son los primeros textos colectivos en los que par-ticipan. De hecho, en los últimos quince años una nueva modalidad apunta a descartar la obra de “autor” en el campo del marxismo y reemplazarla por trabajos que intentan pluralizar los alcances del pensamiento marxiano con resultados político-científicos dispares, pero dejando de lado la apropiación individual del resultado de los análisis. Así, el mismo Marcello Musto también participó y compiló un trabajo colectivo: Tras las huellas de un fantasma: La actualidad de Karl Marx (en 2005 en italiano y en 2011 en español). A su vez, varios de los ensayistas de De regreso a Marx, se han adscripto al proyecto Marx-Engels Gesamtausgabe 2 (MEGA 2), que siguiendo los pasos del proyecto del MEGA 1 iniciado por Riazanov en la Unión Soviética, se ha propuesto desde 2004, ahora con sede en Berlín, reeditar, prologar y exhumar la obra completa de Marx en diferentes etapas y con ediciones de alto contenido crítico.

El trabajo que nos ofrece la compilación de Marcello Musto está organi-zado en dos cuerpos, uno que escarba en las profundidades de los “temas actuales de Marx”, es decir el nomenclador de aspectos donde la obra mar-xiana todavía es útil para interpretar problemas actuales del capitalismo y su perspectiva emancipadora: las interpretaciones actualizadas de un Marx pensado por fuera de los países occidentales; la pertinencia o no de las lecturas socialistas y comunistas del sigo XX de la obra de Marx con respecto a la sociedad socialista futura; la necesidad de una lectura de Marx, en clave de una crítica de la economía política socialista que nos permita no mover “las barreras” del capitalismo actual, sino abolirlo; los desarrollos inquietantes que todavía nos propone el descubrimiento de la alienación por parte de un “Marx joven”; las posibles articulaciones teórico-políticas que podríamos encontrar en Marx para pensar socialismo y perspectiva de género; los persistentes llamados de atención sobre todo desde el Marx de los Grundrisse, a pensar las “crisis” del sistema vividas y analizadas por él, pero también a pensar las “crisis” contemporáneas dese la óptica de Marx; finalmente, la universalidad, como premisa ad hoc para comparar el pen-samiento de Marx con el de otros revolucionarios y pensadores.

Un segundo momento del trabajo de Musto, mucho más escueto pero también mucho menos pretencioso, contiene la intención política de balan-cear el alcance geográfico de la difusión desprejuiciada de Marx a lo largo de distintas experiencias nacionales o regionales. El mapa contiene un breve ensayo de Francisco Sobrino sobre la difusión de Marx en América Hispana (e incluye a España), en el que destaca brevemente la entrada de Marx en los diferentes países latinoamericanos desde fines del siglo XIX hasta la fecha, pero destacando sobre todo las publicaciones de los últi-mos años. Dicho texto ofrece un completo recorrido de análisis, aunque no una periodización sobre las etapas de difusión de Marx, las cuales podrían haber sido esbozadas, más allá de la carencia de espacio, para destacar las características salientes de cada una de ellas. Por su parte, Brasil, el mundo anglófono, Francia, Alemania, Italia, Rusia, China, Corea del Sur y Japón tienen también un espacio para la difusión de “sus” Marx respectivos, donde el carácter marcadamente político y no tan solo de estrategias “cul-turales de mercado” o de un ilusorio objetivismo denominado actualmente “historia de las ideas”, se traslucen en las diferentes experiencias de llegada y ampliación de la obra de Marx en dichas regiones.

Finalmente, De Regreso a Marx, es un texto que tiene sus zonas de va-cancia para todos aquellos que entienden que la historia de la difusión de la obra de Marx y de los “marxismos” (entendiéndolos como los concibe una vez más Eric Hobsbawm) no puede estar desgajada de las nutritivas luchas que, acompañando las del movimiento obrero y los trabajadores a lo largo de dos siglos, significó incorporar la obra marxiana, también para poder ir, ante nuevas realidades, más allá del pensamiento de Marx. En efecto, el trabajo compilado por Marcello Musto parece en algún punto llegar a una tierra incógnita, casi desconocida y en algunos trabajos de un persistente “no pasado” de lectura de la obra Marx. Así, los “marxismos”, que abogaron por comprender, criticar y ampliar el análisis de la realidad desde la piedra fundacional del Moro de Tréveris, parecen en el libro quedar confinados a un generalísimo colectivo de “los que lo deformaron” en los siglos pasados. Ojalá nuevas obras que incluyan lo mejor de esos “marxismos” (siempre en disputa como el movimiento real mismo) del pensamiento de Marx puedan ingresar a este tipo de balances indispensables.

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Modesto Emilio Guerrero, Agência Periodística de Información Alternativa

De regreso a un Marx siempre latente

De regreso a Marx. Nuevas lecturas y vigencia en el mundo actual , es un recorrido intelectual atrevido, por el interior de la más importante corriente de pensamiento social de base mundial del último siglo y medio.

Una exploración que le da continuidad nutritiva a muchas obras, entre ellas una previa del propio autor-compilador, Marcelo Musto, pero también al ya clásico Consideraciones sobre el marxismo occidental, de Anderson (1975), o Historia del Marxismo de Hobsbawm, Haupt, Marek, Ragionieri, Strada y Vivanti (1980), del mismo Hobsbawm en Cómo cambiar al mundo (2011); de Valentino Gerratana en Investigaciones sobre historia del marxismo (1975), o la obra francesa Marx Intempestivo de Daniel Bensaid (2003).

Una lista incontable de autores y obras se han dedicado, desde la última década del siglo XIX, a revisar y autocuestionar postulados originales de Marx y de Engels, por lo menos desde las polémicas en la 2ª Internacional. El propio pensamiento político en el joven Marx se conforma en medio de una durísima batalla de ideas con los Jóvenes Hegelianos, el anaquismo y los consagrados gurús del socialismo utópico.

No hay forma de separar las crisis del marxismo, como pensamiento rebelde, de la crisis permanente de la sociedad burguesa: actúa como la memoria de su insoportabilidad. Es la única corriente, que a menos de una década de la muerte de su principal creador y a 34 años de la primera construcción de un sistema político en su nombre, ya estaba atrapada en concepciones e ideologías ajenas a sus búsquedas y afirmaciones originales. El marxismo del siglo XX fue formateado en esas matrices.

Esta conpilación de autores y sus comentarios se distingue de lo último publicado por lo menos en dos aspectos: Primero, la cantidad de países y pensadores revisados y estudiados, aunque sea en pocas páginas por capítulo. Son 22 ensayos escritos desde las realidades de 12 países, sobre la revisión de 266 obras marxistas referenciadas, citadas o tratadas, para evaluar su actualidad en temas tan vigentes como la teoría de las crisis capitalistas, el género y las etnias, el caràcter universal del capital, las formas actuales de la alienación, la teoría sobre la libertad humana, el caràcter anticapitalista del cambio social en occidente y en oriente y la relación mítica entre Karl Marx y el socialismo practicado en el siglo XX.

De los 22 autores, 16 estudian los desafíos del marxismo en las metrópolis y desde ellas: EE.UU., China, Alemania, Francia, Canadá, Italia, Rusia, japón, aportando información tan valiosa como desconocida sobre la vida y el destino del marxismo en las sociedad donde menos se construye en su nombre, sin que ello haya impedido la capacidad de pensarlo y actualizarlo.

Los otros seis autores trabajan la vida intelectual y política del marxismo en Brasil, Corea del Sur, Argentina, Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile, Cuba, Puerto Rico, Ecuador, México y Perú.

La segunda distinción cualitativa es la tentación que despierta a quienes entendemos que Marx y el marxismo derivado, son mucho más que una portentosa contrucción intelectual del pensamiento social y filosófico, que es al mismo tiempo, una concepción del mundo y un movimiento internacional de clase, el más activo desde mediados del siglo XIX.

Sobre esa existencia compleja, se vuelven inevitables y metabólicamente necesarias sus crisis y revisiones recurrentes, pero ellas tendrán utilidad social sólo en la medida en que sirvan al objetivo emancipador de las clases explotadas.

No se conoce otra corriente de pensamiento que haya sobrevivido tanto reinventándose, a veces con crueldad, de las mutaciones y trastoques de la lucha social y la revisión crítica de sus propios objetos de estudio: la ley del valor, la alienación, la concepción materialista, la relación del hombre con la naturaleza, las estructuras sociales, las instituciones políticas, la globalización del sistema del capital, el carácter de la historia como construcción expansiva e ilimitada y los límite orgánicos a los espacios y recursos de sobrevivencia humana en el planeta.

En esas medidas, la diversidad de enfoques y recensos de lo recopilado en De regreso a Marx. Nuevas lecturas y vigencia en el mundo actual, despierta tentaciones y angustias.

Pudo ser útil al objetivo de la obra editada por Editorial Octubre, (Buenos Aires 2016), hurgar en la relación entre las transformaciones sociales, culturales e institucionales del mal llamado “ciclo progresista” latinoamericano, que ya anda por los 17 años de contradictoria existencia, y el abordaje marxista de sus autores latinoamericanos y los partidos que sostienen a Marx y el marxismo como un oráculo.

Por ejemplo, qué aportaron las obras concursantes en el Premio Internacional al Pensamiento Crítico “Simón Bolívar”, dedicado desde 2005 a explorar los aportes de la teoría social crítica a los grandes problemas contemporáneos de la humanidad. No es un dato menor que casi todas las obras presentadas, están escritas desde algún lugar del marxismo, y que la mayoría de las obras premiadas sean escritas por autores latinoamericanos. ¿En qué medida esa producción potenció la teoría marxista, o no le agregó nada?

Este libro reafirma que existe un Marx renaissance, como sostiene Musto, sin que esto haya alterado una sola fibra de los partidos y agrupaciones que lo invocan desde siempre y para siempre.