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Marx kései kutatásai az Európán kívüli társadalmakról

Bevezetés
Marx utolsó és nagyrészt még feltáratlan stúdiumai eloszlatják a mítoszt, miszerint utolsó éveiben Marx már nem írt semmi érdemlegeset. Marx munkásságának utolsó időszaka számára bizonyára nehéz volt, de egyszersmind elméletileg nagyon is jelentős. Az 1870-es évek végén Marx nemcsak folytatta korábbi kutatásait, hanem új területekre is kiterjesztette. Ezenfelül megvizsgált új politikai konfliktusokat (például a narodnyik mozgalom harcait Oroszországban a jobbágyság eltörlése után, vagy a gyarmati elnyomással szembeni ellenállást Indiában, Egyiptomban és Algériában), új elméleti kérdéseket (mint a közösségi földtulajdoné a prekapitalista társadalmakban, vagy a szocialista forradalom lehetősége a nem-kapitalista úton fejlődött országokban) és korábban általa nem tanulmányozott területeket (mint Oroszország, Észak-Afrika vagy India). Ehhez a korszakhoz tartoznak nemcsak A tőkéről szóló utolsó és befejezetlen kéziratai, hanem több tanulmány is a falusi közösségi földtulajdonról – különösen a Makszim Kovalevszkij munkásságáról írott kivonatok (1879–80) és az oroszországi obscsina jól ismert elemzése. Ezenkívül Marx megírta az Etnográfiai jegyzetfüzeteket (1880–1881),1 és még egyszer, életében utoljára, mélyen elmerült a történelemben, különösen India és Euró- pa történelmében. Mindezeknek a kérdéseknek a vizsgálata képessé tette őt arra, hogy árnyaltabb társadalomtudományi elképzeléseket dolgozzon ki, amelyeket befolyásoltak a Nyugat-Európán kívüli országok sajátságai.

A jelen tanulmány megkérdőjelezi Marxnak azt a régre visszanyúló, torzító bemutatását, mintha „eurocentrikus” és ökonomista gondolkodó lett volna, aki kizárólag az osztálykonfliktusokra fixálta a maga gondolkodását. Meg szeretném nyitni az olvasók előtt az utat, hogy vizsgálják meg újra Marx eszméit az antropológiáról, a nem nyugati társadalmakról és az európai gyarmatosítás bírálatáról tett kései megjegyzései fényében, s meg kívánom mutatni: hogyan kerülte el Marx a gazdasági determinizmusnak azt a csapdáját, amelybe oly sok követője később beleesett. Ahelyett, hogy merev módon alkalmazta volna a történelemre a gazdasági determinizmus sémáit, Marx rávilá- gított, milyen hatása van a társadalmi valóság alakítására, a változások elérésére a specifikus történelmi feltételeknek, és milyen központi szerepe van ebben a tudatos emberi beavatkozásnak is.

Marx, bár teljesen lekötötték intenzív elméleti tanulmányai, soha nem veszítette el érdeklődését korának gazdasági és nemzetközi politikai eseményei iránt sem. Amellett, hogy rendszeresen olvasta a fő „polgári” újságokat, megkapta és rendszeresen átnézte a német és francia munkásmozgalmi sajtót is. Miként egész életében, továbbra is kíváncsi volt a világra, és első osztályú tudással rendelkezett arról: mi történik a világban. A különböző országokban élő vezető politi- kai és szellemi figurákkal való levelezése gyakran új stimulusokat és mélyebb tudást adott neki egy sor különböző kérdésről.

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Marx y el papel del capitalismo en los países no europeos

LOS EFECTOS DEL COLONIALISMO INGLÉS EN LA INDIA
En las últimas décadas, en las universidades se ha difundido cada vez más una interpretación que se propone representar a Marx como un autor culpable de orientalismo, de economicismo y sin la capacidad de descifrar las contradicciones sociales sino es a través del único análisis del conflicto entre capital y trabajo. Muchos de ellos, teóricos de la escuela postmoderna, críticos del eurocentrismo y exponentes de los estudios post-coloniales, han sostenido estas tesis alcanzando un eco y éxito considerable. En verdad, una lectura no superficial de la obra de Marx – y la necesaria distinción entre ésta y el corpus dogmático de los manuales de marxismo-leninismo sobre los cuales algunas de estas tesis parecen sostenerse – muestran el perfil de un pensador completamente distinto de las representaciones tan en boga en la academia.

Algunas advertencias para leer a Marx con mayor atención han llegado también desde el fundador de la revista Subaltern Studies. En Dominance without Hegemony: History and power in colonial India, Ranajit Guha ha expresado su cuestionamiento a una posición que, paradójicamente, también fuera asumida por muchos de sus epígonos: “Algunos de los escritos de Marx – por ejemplo ciertos pasajes de sus tan conocidos escritos sobre la India- han sido seguramente leídos sin contextualización y de un modo distorsionado, al punto de reducir su valoración acerca de las posibilidades históricas del capital en adulaciones de un maníaco de la tecnología” (1997: 15). A su juicio, la de Marx era “una crítica que se distinguía inequívocamente del liberalismo”, aún más válida si se piensa que esta fue elaborada en la “fase ascendente y optimista” de este último, en la que “el capital crecía con fuerza y parecía que no hubiesen límites para su expansión y capacidad de transformar la naturaleza y la sociedad” (1997: 15-16). En síntesis, lo afirmado por Partha Chatterje en The politics of the governed: popular politics in most of the world – a saber, que gran parte de los “marxistas han creído, en general, que el influjo del capital sobre la comunidad tradicional fuese el símbolo inevitable del progreso histórico” (2004: 30)- es indiscutible. Sin embargo, sería erróneo extender esta posición a Marx y a su interpretación de la sociedad.

La convicción de que la expansión del modo de producción capitalista fuese un presupuesto fundamental para el nacimiento de la sociedad comunista atraviesa la obra entera de Marx. En el Manifiesto del partido comunista (1848), Marx y Engels reconocieron más de un mérito a la sociedad burguesa. Esta no solo había “destruido todas las condiciones de la vida feudal, patriarcales, idílicas” sino que también “ en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal”. Ellos no tuvieron dudas en declarar que “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario” (1974: 113). Explotando los descubrimientos geográficos y el nacimiento del mercado mundial, “ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países”(1974:114).

En “Futuros resultados de la dominación británica en la India” (1853), uno de los tantos artículos periodísticos aparecidos en el New York Tribune, él escribió que “Inglaterra debe asumir una doble misión en la India, una destructiva, otra regeneradora: aniquilar la vieja sociedad asiática y poner los fundamentos materiales de la sociedad occidental en Asia” (1973a: 78). El no albergaba ninguna ilusión en las características de fondo del capitalismo, sabiendo bien que la burguesía no había “realizado algún progreso sin arrastrar a individuos aislados y a pueblos enteros por la sangre y el lodo, la miseria y la degradación” (1973a: 82). No obstante, asimismo estaba convencido que el intercambio global y el desarrollo de las fuerzas productivas de los seres humanos, mediante la transformación de la producción en un “dominio científico sobre las fuerzas de la naturaleza”, crearían las bases para una sociedad distinta: “la industria y el comercio burgueses van creando esas condiciones materiales de un nuevo mundo” (1973a: 83).

Estas afirmaciones le valieron a Marx la acusación de Edward Said quien, en Orientalismo, no solo declaró que “los análisis económicos de Marx encajan perfectamente en una típica empresa orientalista”, sino que insinuó que éstos dependían del viejo prejuicio de la “desigualdad entre Este y Oeste” (2002: 213-4). El primero en poner en evidencia los errores de esta interpretación, demasiado circunscripta y facciosa, fue Sadiq Jalal al-Azm quien, en el artículo “Orientalism and Orientalism in reverse”, consideró “el informe de [de Said] de las observaciones y de los análisis de Marx, sobre procesos históricos y situaciones altamente complejas, como una farsa”. En su visión, “no había nada de específico, ni respecto de Asia ni del Oriente, en la amplia interpretación teórica de Marx”. Respecto de “la capacidad productiva, la organización social, el ascendente histórico, el poder militar y los desarrollos científicos y tecnológicos (…) Marx, como cualquier otro, conocía la superioridad de Europa moderna sobre Oriente. Sin embargo, acusarlo de (…) transformar este hecho contingente en una realidad necesaria para todos los tiempos era un absurdo” (al-Azm 1980: 14-15).

También Aijaz Ahmad en In Theory: Classes, Nations, Literatures, ha mostrado bien como “Said había descontextualizado citas, con poco sentido de lo que el pasaje citado representaba”en la obra de Marx, “simplemente para insertarlo en su archivo orientalista” (1992: 231, 223). El autor indio ha observado correctamente que “la denuncia de Marx de la sociedad pre-colonial en la India no era menos estridente que su denuncia del pasado feudal de Europa” (1992: 224). A su juicio, “para Marx la idea de un cierto papel progresivo del colonialismo estaba ligado de un papel progresivo del capital en relación a lo que existiera previamente, tanto dentro de Europa como fuera de esta”; “la destrucción del campesinado europeo en el curso de la acumulación original es descripta en tonos análogos” a los de las mutaciones que acaecieron en la India (1992: 227).

En cualquier caso, los artículos de Marx sobre la India de 1853 ofrecen una visión todavía muy parcial y simplificadora del colonialismo si las comparamos con las reflexiones que, posteriormente, elaboró sobre el tema. Las consideraciones sobre la presencia británica en la India fueron enmendadas algunos años después, cuando, escribiendo sobre la rebelión de los Sepoy de 1857 para el mismo cotidiano americano, en el artículo “Investigaciones sobre la tortura en la India”, Marx se alineó, con decisión, de parte de quienes intentaron “expulsar a los conquistadores extranjeros” (1973b: 140). Tomas de partidos análogas fueron muy frecuentes, sea en sus obras como en sus intervenciones políticas.

UNICAMENTE EN EUROPA OCCIDENTAL
Una de las exposiciones más analíticas acerca de los efectos positivos del proceso productivo capitalista se encuentra en el libro primero de El Capital (1867). A pesar de que era mucho más consciente, respecto el pasado, del carácter destructivo del capitalismo, en su obra magna Marx retomó las condiciones generales del capital – en particular de su “centralización”- que constituyen los presupuestos fundamentales para el posible nacimiento de la sociedad comunista. Estas eran: 1) cooperación laboral, 2) la contribución científico técnica en la producción, 3) la apropiación de las fuerzas de la naturaleza por la producción, 4) la creación de grandes máquinas operables tan solo en común por los obreros, 5) el ahorro de los medios de producción, 6) la tendencia a crear el mercado mundial.

Para Marx, el capitalismo había creado las condiciones para la superación de las relaciones económico-sociales originadas por sí mismo y, por lo tanto, el posible traspaso a la sociedad socialista. Así como en sus consideraciones sobre el perfil económico de las sociedades no europeas, el punto central de sus reflexiones consistía en el desarrollo del capitalismo desde el punto de vista de su derrocamiento. Marx reconoció que este modo de producción, no obstante lo despiadado de la explotación de los seres humanos, presentaba algunos elementos potencialmente progresivos, que permiten, mucho más que otras sociedades del pasado, la valoración de las potencialidades de los individuos singulares. Profundamente contrario al precepto productivista del capitalismo, así como al primado del valor de cambio y al imperativo de la producción de plusvalor, Marx valorizó la cuestión del aumento de la capacidad productiva en relación con el incremento de las facultades individuales. Como escribiera también en los Grundrisse, consideró al capitalismo como “un punto de pasaje necesario” (1971: 479) para que se pudiese desplegar las condiciones que permitieran al proletariado luchar, con esperanzas de triunfo, por la instauración de un modo de producción socialista.

Si Marx consideró que el capitalismo fuese una transición esencial que determina las condiciones históricas dentro de las que el movimiento obrero pudiesen luchar para una transformación comunista de la sociedad, en contraste, no pensó nunca que esta idea sea aplicada de un modo rígido y dogmático. Al contrario, él negó muchas veces -sea en textos publicados como en manuscritos inéditos- haber concebido una interpretación unidireccional de la historia en base a la cual los seres humanos a cumplir de cualquier modo el mismo camino y, por añadidura, a través de las mismas etapas.

En el curso de los últimos años de su vida Marx rebatió la tesis, atribuida erróneamente a él, de la inexorabilidad histórica del modo de producción burgués. Su total extrañeza respecto esta posición se expresó en ocasión del debate sobre el posible desarrollo del capitalismo en Rusia. Al escritor y sociólogo Nikolaj Michajlovskij, que lo había acusado de haber considerado el capitalismo como una etapa imprescindible también para la emancipación de Rusia, Marx replicó que en el primer libro de El Capital él había “pretendido solamente indicar la vía por la cual, en Europa occidental, el orden económico capitalista había surgido del seno del orden económico feudal”. Marx remitió a la lectura de un pasaje de la edición francesa (1872-75) de El Capital, en la que había sostenido que la base del recorrido entero de la separación de los productores de sus medios de producción había sido la “expropiación de los cultivadores”. Había añadido que este proceso se había “completado de un modo radical solo en Inglaterra (…) (y que) todos los otros países de Europa occidental recorrían el mismo movimiento” (1990: 173). Por lo tanto, había examinado tan solo el “viejo continente”, no el mundo entero.

En este horizonte espacial se encuadra la afirmación presente en el prefacio del primer libro de El Capital: “el país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro”. Marx escribió para el lector alemán, observando que a los habitantes de esta nación “nos atormenta, al igual que en los restantes países occidentales del continente europeo, no sólo el desarrollo de la producción capitalista, sino la falta de ese desarrollo”. A su juicio, al lado de las “miserias modernas” sobrevivía la opresión de “toda una serie de miserias heredadas, resultantes de que siguen vegetando modos de producción vetustos, meras supervivencias, con su cohorte de relaciones sociales y políticas anacrónicas” (1975: 7).

En Provincializing Europe: Postcolonial thought and historical difference, Dipesh Chakrabarty, en cambio, ha interpretado erróneamente este pasaje como un típico ejemplo de historicismo que sigue el principio “primero en Europa y luego en otro lugar”. Las “ambigüedades en la prosa de Marx” son presentadas como un prototipo de quienes consideran “la historia como una sala de espera, un período que es necesario para la transición al capitalismo en cualquier tiempo y lugar particular. Este es el período al cual (…) es frecuentemente consignado el tercer mundo” (2000: 65). En cualquier caso, en el ensayo “The fetish of “the West” in postcolonial theory”, Neil Lazarus ha observado con justicia que “no todas las narrativas históricas son teleológicas o historicistas” (2002: 63). En cuanto a Rusia, Marx compartió la opinión de Chernyshevski, según la cual aquel país habría podido “desarrollar sus propios fundamentos históricos y así, sin experimentar todas las torturas de ese régimen [capitalista], apropiarse, sin embargo, de todos sus frutos” (1990: 172). Marx afirmó que Michajlovskij había transfigurado su “esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Europa occidental, en una teoría histórico-filosófica sobre la evolución general, fatalmente impuesta a todos los pueblos, cualesquiera sean las circunstancias históricas en las que ellos mismos se encuentren”. Marx hizo notar que la correcta interpretación de los fenómenos históricos no podía garantizarse por “una teoría histórico-filosófica general, cuya suprema virtud consiste en ser supra-histórica” (1990: 174).

EL DEBATE SOBRE EL COMUNISMO EN RUSIA
Marx expresó las mismas convicciones en 1881, cuando la revolucionaria Vera Zasúlich lo interpeló sobre el futuro de la comuna [obscina] agrícola. Zasúlich le preguntó si esta última podría desarrollarse en forma socialista, o si estaba destinada a perecer, porque el capitalismo necesariamente se impondría en Rusia también. En su respuesta, Marx afirmó que en el primer libro de El Capital la “’fatalidad histórica’” del desarrollo del capitalismo -que introducía la “separación radical de los medios de producción del productor”- estaba “expresamente restringida a los países de la Europa occidental” (1980: 60).

Reflexiones aún más detalladas sobre el tema se encuentran en los borradores de la carta enviada a Zasúlich. En estos Marx puso de relieve la característica particular que albergaba la coexistencia entre la obscina y las formas económicas más avanzadas. Observó que Rusia era “contemporánea de una cultura superior, está ligada a un mercado del mundo donde predomina la producción capitalista… Al apropiarse los resultados positivos de este modo de producción está entonces en condiciones de desarrollar y transformar la forma todavía arcaica de su comuna rural en lugar de destruirla” (1980: 48-49). Los campesinos habrían podido “incorporar las adquisiciones positivas logradas por el sistema capitalista, sin pasar por sus horcas caudinas” (1980: 41).

Para quienes consideraban que el capitalismo debía ser una etapa irrenunciable también para Rusia, que sostenían que era imposible que la historia avance de a saltos, Marx preguntó de manera irónica si entonces Rusia, “para explotar las máquinas, los navíos de vapor, los ferrocarriles, etc.” debía “hacer como el Occidente”, esto es, “pasar por un largo período de incubación de la industria mecánica”. A su vez, planteó el problema de cómo habría sido posible “introducir en su país, en un abrir y cerrar de ojos, todo el mecanismo de los intercambios (bancos, sociedades de crédito, etc.) cuya elaboración costó siglos a Occidente” (1980: 32). Era evidente que la historia de Rusia, o cualquier otro país, no debía recorrer por fuerza todas las etapas que habían marcado la historia de Inglaterra u otras naciones europeas. Por tanto, también la transformación socialista de la obscina debería haberse cumplido sin pasar necesariamente por el capitalismo.

En la elaboración de sus reflexiones Marx estuvo muy influenciado por la obra de Nikolai Chernyshevski, en particular el ensayo Crítica de los prejuicios filosóficos contra la propiedad comunal (1859) . Aquí el autor ruso se había preguntado “si, dado un fenómeno social, éste debe pasar por todos los momentos lógicos de la vida real de toda sociedad” (1990: 239). Su respuesta había sido negativa. Chernyshevski había formulado dos conclusiones que contribuyeron a la definición de las reivindicaciones políticas de los populistas rusos y dotaron a éste de un fundamento científico:

  1. el estado superior de desarrollo coincide en la forma con su fuente.
  2. bajo la influencia del desarrollo superior que determinado fenómeno de la vida social ha alcanzado entre los pueblos más avanzados, este fenómeno puede desarrollarse velozmente entre otros pueblos y elevarse de un nivel inferior directamente a uno superior, pasando por encima de los momentos lógicos intermedios (1990: 239-40).

Cabe aclarar que las teorías de Chernyshevski se diferenciaban claramente de las de muchos pensadores eslavófilos de su momento. Con éstos, compartía ciertamente la denuncia de los efectos del capitalismo y la oposición a la proletarización del trabajo en el campo ruso. No obstante, él se oponía decididamente a las posiciones de la intelectualidad aristocrática que buscaba la conservación de las estructuras del pasado y nunca describió a la obscina como una organización idílica y típica solo de las poblaciones eslavas. Declaró, en cambio, que “tampoco tiene ningún motivo nuestro orgullo por el hecho de que este resto de la antigüedad primitiva se haya conservado” Para Chernyshevski su conservación en los países donde aún permanecían presentes “sólo testimonia la naturaleza lenta y perezosa del desarrollo histórico” (1990: 233-4).

Chernyshevski estaba fuertemente convencido que el desarrollo de Rusia no podía prescindir de las conquistas alcanzadas en Europa occidental. Las características positivas de las comunas rurales se preservaban, pero estas solo podrían asegurar el bienestar de las masas campesinas si fuesen insertas en contexto productivo diferente. La obscina podía aportar al inicio de una estadía de emancipación social del pueblo ruso solo si deviniese el embrión de una nueva organización económica de la sociedad radicalmente diversa de la preexistente. Junto con la posesión comunitaria de la tierra debía unirse también una forma colectiva de cultivo de la tierra y distribución de sus frutos. Además, sin los descubrimientos científicos nacidos en el capitalismo y las adquisiciones técnicas que le siguieron, la obscina no se convertiría nunca en una experiencia de cooperativismo agrícola verdadero y moderno. En Rusia, el proceso derivado de los procesos de industrialización – este era el punto clave- no debía causar las condiciones de explotación y miseria típicas del capitalismo.

Las posiciones de Chernyshevski tenían el mérito de oponerse a quienes concebían el desarrollo histórico como un progreso lineal e inmutable hacia una meta final inicialmente ya definida. El estudio de su obra fue de una gran utilidad para Marx.

EL COMUNISMO SEGÚN MARX
El modelo de sociedad comunista que tenía en mente Marx no era de hecho un modo primitivo de producción cooperativa o colectiva como el resultado de un individuo aislado, sino aquel derivado de una socialización de los medios de producción. En los últimos años de vida, había cambiado su juicio, más crítico, sobre las comunas rurales en Rusia y, en el proceso de su análisis, el desarrollo del individuo y de la producción social conservaban intactos su centralidad insustituible.

En las reflexiones sobre el caso ruso no se evidencia, entonces, ningún desgarro dramático respecto de sus convicciones previas. Los elementos de novedad respecto del pasado muestran, en cambio, la maduración de una posición teórico-política que le llevó a considerar como posibles para el pasaje al comunismo otras vías – también las diversas posibilidades respecto de los países europeos – nunca evaluadas hasta entonces, o bien hasta entonces consideradas irrealizables.

Marx afirmó que, “hablando en teoría”, era posible que la obscina pudiese “conservar su tierra desarrollando su base, la propiedad común de la tierra (…). puede convertirse en punto de partida directo del sistema económico al que tiende la sociedad moderna; puede cambiar de existencia sin empezar por suicidarse; puede apoderarse de los frutos con que la producción capitalista ha enriquecido a la humanidad sin pasar por el régimen capitalista” (1980: 40). La contemporaneidad con la producción capitalista ofrecía a la comuna agraria rusa “todas las condiciones del trabajo colectivo” (1980: 41).

Junto con su falta de disposición para aceptar la idea de que el progreso histórico estuviese predefinido, de igual modo, en escenarios económicos y políticos distintos, los progresos teóricos de Marx también se debieron a la evolución de sus elaboraciones sobre los efectos producidos por el capitalismo en los países económicamente más atrasados. No consideraba más, como había asegurado en 1853 en el New York Tribune, a propósito de la India, que “la industria y el comercio burgueses van creando esas condiciones materiales de un nuevo mundo” (1973a: 83). Años de estudios nuevos y observaciones detalladas de los cambios en el escenario político internacional, había contribuido a hacerlo madurar una visión colonialismo británico bien distinta de la que expresara cuando era un periodista de apenas treinta y cinco años. Los efectos producidos por el capitalismo en los países coloniales fueron evaluados de diferente manera. Refiriéndose a “las Indias Orientales” en uno de los borradores de la carta a Zasúlich, Marx escribió que “todo el mundo… sabe que allí la supresión de la propiedad común de la tierra no era más que un acto de vandalismo inglés, que empuja al pueblo indígena no hacia adelante sino hacia atrás” (1980: 52). En su opinión, los británicos habían sido capaces tan solo de “destruir la agricultura indígena y de duplicar el número y la intensidad de las carencias”. El capitalismo no traía progreso y emancipación como exageraban sus apologistas, sino tan solo la rapiña de los recursos naturales, devastación ambiental y nuevas formas de esclavitud y dependencia humana.

En suma, Marx retornó sobre la posible concomitancia entre el capitalismo y las formas comunitarias del pasado, conservadas en los países extra-europeos, también en 1882. En el prefacio a una nueva edición rusa del Manifiesto del partido comunista, redactada junto con Engels, el destino de la obscina fue puesto en común con el de las luchas proletarias en Europa:

En Rusia, al lado del florecimiento febril del fraude capitalista y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación, más de la mitad de la tierra es posesión comunal de los campesinos. Cabe, entonces, la pregunta: ¿podría la comunidad rural rusa —forma por cierto ya muy desnaturalizada de la primitiva propiedad común de la tierra— pasar directamente a la forma superior de la propiedad colectiva, a la forma comunista, o, por el contrario, deberá pasar primero por el mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico de Occidente? La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión es la siguiente: si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida para el desarrollo comunista (Marx y Engels 1974: 102).

La posición dialéctica alcanzada por Marx le permitió abandonar la idea según la cual el modo de producción socialista podría ser construido solo a través de determinadas etapas. Más aún, negó expresamente la necesidad histórica del desarrollo del capitalismo en cualquier parte del mundo. En su razonamiento no hay rastros de determinismo económico. Las consideraciones que desarrolló, con riqueza de argumentación, sobre el futuro de la obscina se encuentran en las antípodas de equiparar el socialismo con el desarrollo de las fuerzas productivas frenadas, que se realizaba, con acentos nacionalistas, tanto en el seno de los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional (en los que incluso había simpatías con el colonialismo) como en el movimiento comunista internacional del siglo veinte, con toda su reivindicación del “método científico” del análisis social.

Marx no cambió sus ideas respecto del perfil que habría de asumir la sociedad comunista. Guiado por la hostilidad hacia los esquematismos del pasado, así como hacia los nuevos dogmatismos que estaban creándose en su nombre, consideró posible el estallido de la revolución en lugares y formas no consideradas previamente. Para Marx el futuro estaba en las manos de la clase trabajadora y en su capacidad de determinar, con sus luchas y mediante sus propias organizaciones de masa, las alteraciones radicales sociales y el nacimiento de un sistema económico-político alternativo.

Bibliografía
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Marx y la función dialéctica del capitalismo

La importancia del desarrollo del capitalismo
La convicción de que la expansión del modo de producción capitalista era un prerrequisito básico para el advenimiento de la sociedad comunista está presente a lo largo de toda la obra de Marx. En una de sus primeras conferencias públicas, que dio en la Asociación de Trabajadores Alemanes de Bruselas y que incluyó en un manuscrito preparatorio titulado «Salario» (1847), Marx hablaba de «un aspecto positivo del capital, de la industria a gran escala, de la libre competencia, del mercado mundial». A los trabajadores que habían ido a escucharlo, les dijo:

No necesito explicarles en detalle cómo, sin estas relaciones de producción y sin que los medios de producción ⸻los medios materiales para la emancipación del proletariado y la cimentación de una nueva sociedad⸻ hubiesen sido creados, el proletariado tampoco hubiera logrado la unificación ni el desarrollo a través de los cuales es realmente capaz de revolucionar la vieja sociedad y de revolucionarse a sí mismo. (Marx [1847] 2010: 436)

En el Manifiesto del Partido Comunista, argumentó junto con Engels, que los intentos revolucionarios efectuados por la clase trabajadora durante la crisis final de la sociedad feudal habían sido condenados al fracaso, «debido al estado no-desarrollado, del proletariado de aquel entonces, así como a la ausencia de condiciones materiales para su emancipación […] que podían ser producidas únicamente por la inminente llegada de la época burguesa» (Marx and Engels [1848] 2010: 514). Sin embargo, le reconoció a dicho período más de un mérito: no solamente le había «puesto fin a todas las relaciones idílicas feudales y patriarcales» (486); sino que también «a la explotación, velada por ilusiones religiosas y políticas, le había sustituido la explotación desnuda, desvergonzada, directa y brutal» (487).

Engels y Marx no dudaron en declarar que «históricamente, la burguesía ha jugado un papel primordialmente revolucionario» (486). Al utilizar los descubrimientos geográficos y el mercado mundial naciente, le había «aportado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo en cada país» (488). Es más, en el transcurso de poco menos de un siglo, «la burguesía [había] creado fuerzas productivas más colosales y masivas que todas las generaciones precedentes juntas» (489). Esto fue posible tan pronto como hubo «sometido a todo el país al dominio de las ciudades» y hubiese redimido «a una parte considerable de la población de la idiotez de la vida rural» tan generalizada en la sociedad feudal europea (488) . Y aún más importante, la burguesía había «forjado las armas que le traerían la muerte a sí misma» y los seres humanos que las utilizarían: «la clase trabajadora moderna, los proletarios» (490); estos iban creciendo al mismo ritmo al cual se iba expandiendo la burguesía. Para Marx y Engels, «el avance de la industria cuya promotora involuntaria es la burguesía, reemplaza el aislamiento de los trabajadores, debido a la competencia, por su combinación revolucionaria, debida a la asociación» (496).

Marx desarrolló ideas similares en Las luchas de clase en Francia (1850), argumentando que únicamente el gobierno de la burguesía «arranca las raíces de la sociedad feudal y allana el terreno sobre el cual solo es posible la revolución proletaria» (Marx [1850] 2010: 56). También a comienzos de la década de 1850, cuando comentaba sobre los principales acontecimientos políticos de aquellos tiempos, teorizó adicionalmente sobre la idea de que el capitalismo era un prerrequisito necesario para el nacimiento de un nuevo tipo de sociedad. En uno de los análisis que escribió en estrecha colaboración con Engels para la Neue Rheinische Zeitung, dijo que en China

en ocho años, los bultos de género de algodón de la burguesía inglesa habían conducido al más antiguo e imperturbable reino de la tierra a la víspera de un terremoto social, el cual, en cualquier eventualidad, tendrá ciertamente las consecuencias más significativas para la civilización. (Marx and Engels [1850] 2010: 267)

Tres años después, en «Los resultados futuros del dominio inglés sobre India», afirmó: «Inglaterra tiene que cumplir una misión doble en India: una destructiva, la otra regeneradora ⸻la aniquilación de la vieja sociedad asiática y la construcción de los cimientos materiales de la sociedad occidental en Asia» (Marx [1853] 2010a: 217-218). No se hacía ilusiones en cuanto a los rasgos básicos del capitalismo, ya que estaba muy consciente de que la burguesía nunca había «realizado ningún progreso sin arrastrar individuos y gente por la sangre y el polvo, por la miseria y la degradación» (221). Pero también estaba convencido de que el comercio mundial y el desarrollo de las fuerzas productivas de los seres humanos, mediante la transformación de la producción material en la «dominación científica de los agentes naturales», estaban creando la base para una sociedad diferente: «la industria burguesa y el comercio [podrían] crear estas condiciones materiales de un mundo nuevo» (222).

Los puntos de vista de Marx acerca de la presencia inglesa en India fueron modificados pocos años después en un artículo para el New-York Tribune acerca de la rebelión de los cipayos, cuando él resueltamente se colocó del lado de aquellos que «intentaban expulsar a los conquistadores extranjeros» (Marx [1857] 2010: 341). Por otra parte, su juicio acerca del capitalismo fue reafirmado, con un filo más político, en el brillante «Discurso en el Aniversario del People’s Paper» (1856). Aquí, al recordar que hubo fuerzas industriales y científicas, sin precedente histórico alguno, que habían surgido al mundo con el capitalismo, él les dijo a los militantes presentes en el evento que «el vapor, la electricidad y la “mula de hilar” (de Crompton) automatizada son revolucionarios de una índole inclusive bastante más peligrosa que los ciudadanos Barbès, Raspail y Blanqui» (Marx [1856] 2010: 655).

En los Grundrisse, Marx repitió numerosas veces la idea de que ciertas «tendencias civilizadoras» (Marx [1857-1858]1973: 414) de la sociedad se manifestaron con el capitalismo. Mencionó la «tendencia civilizadora del comercio exterior» (256), así como la «tendencia propagandística (civilizadora)» de la «producción de capital», una propiedad «exclusiva» que nunca antes se había manifestado en «condiciones de producción más tempranas» (542). Inclusive fue tan lejos como para citar de manera apreciativa al historiador John Wade (1788-1875), quien, al reflexionar acerca de la creación de tiempo libre generado por la división del trabajo, había sugerido que «capital es tan solo otro nombre que se le da a la civilización» (585).

Sin embargo, al mismo tiempo Marx atacaba al capitalista por «usurpador» del «tiempo libre creado por los trabajadores para la sociedad» (634). En un pasaje muy cercano a las posiciones expresadas en el Manifiesto del Partido Comunista, en 1853, en las columnas del New-York Tribune, Marx escribió:

[…] la producción fundamentada en el capital crea, por una parte, industriosidad universal […y] por otra parte un sistema de explotación general de las cualidades naturales y humanas, un sistema de utilidad general […]. De este modo el capital crea la sociedad burguesa, así como la apropiación universal de la naturaleza y del vínculo social mismo por parte de los miembros de la sociedad. De allí la gran influencia civilizadora del capital; su producción de una etapa de la sociedad en comparación a la cual todas las etapas anteriores aparecen como desarrollos locales de la humanidad y como idolatría de la naturaleza. Por primera vez la naturaleza se convierte en un puro objeto para la humanidad, en una mera fuente de utilidad; deja de ser reconocida como un poder en sí misma. […] De acuerdo con esta tendencia, el capital impulsa todo hasta llegar más allá de las barreras nacionales y de los prejuicios, al igual que trasciende la adoración de la naturaleza, así como todas las satisfacciones tradicionales, confinadas, complacientes y arraigadas de las necesidades actuales, y las reproducciones de los antiguos modos de vida. Es destructivo con todo lo anterior y lo revoluciona constantemente, derrumbando todas las barreras que se interponen en el desarrollo de las fuerzas de producción, la expansión de las necesidades, el desarrollo multifacético de la producción y la explotación e intercambio de las fuerzas naturales y mentales. (Marx [1857-1858]1973: 409-410)

En la época de los Grundrisse, por consiguiente, la cuestión ecológica áun se hallaba en el trasfondo de las preocupaciones de Marx, subordinada a la cuestión del desarrollo potencial de los individuos.

Uno de los recuentos analíticos más positivos que hace Marx sobre los efectos de la producción capitalista se puede hallar en el volumen I de El capital. Aunque es mucho más consciente que en el pasado del carácter destructivo del capitalismo, su magna obra repite las seis condiciones generadas por el capital ⸻en particular su «centralización»⸻ que son los prerrequisitos fundamentales que establecen el potencial requerido para el nacimiento de la sociedad comunista. Dichas condiciones son: 1) el trabajo cooperativo; 2) la aplicación de la ciencia y la tecnología a la producción; 3) la apropiación de las fuerzas de la naturaleza por parte de la producción; 4) la creación de maquinaria de gran tamaño que tan solo pueda ser operada por los trabajadores de manera colectiva; 5) la economía de los medios de producción; y 6) la tendencia a crear el mercado mundial. Para Marx:

[…] de la mano de […] esta expropiación de numerosos capitalistas por parte de unos pocos, tienen lugar otros desarrollos en una escala cada vez mayor, tales como el crecimiento de la forma cooperativa del proceso de trabajo, la aplicación técnica consciente de la ciencia, la explotación planeada de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en formas en las cuales ellos tan solo pueden ser utilizados en común, la economía de todos los medios de producción a través de su uso como medios de producción de trabajo combinado y socializado, el entrecruzamiento de todos los pueblos en la red del mercado mundial, y, con esto, el crecimiento del carácter internacional del régimen capitalista.(Marx [1867-1890]: 750)

Marx sabía muy bien que, con la concentración de la producción en manos de cada vez menos patronos, «la masa de miseria, opresión, esclavitud, degradación y explotación» (750) estaba aumentando para las clases trabajadoras; pero también estaba consciente de que «la cooperación de los trabajadores asalariados es promovida enteramente por el capital que los emplea» (336). Él había llegado a la conclusión de que el extraordinario crecimiento de las fuerzas productivas bajo el capitalismo ⸻un fenómeno mayor que lo ocurrido en cualquiera de los modos de producción anteriores⸻ había creado las condiciones para superar las relaciones socioeconómicas que él mismo había generado, y por ende, para avanzar hacia una sociedad socialista. Al igual que en sus consideraciones acerca del perfil económico de las sociedades no europeas, el punto central del pensamiento de Marx aquí era la progresión del capitalismo hacia su propia deposición.

En el volumen III de El capital, escribió que la «usura» tenía un «efecto revolucionario» en la medida en que contribuía a la destrucción y la disolución de

formas de propiedad que brinda[ba]n una base firme para la articulación de la vida política [medieval] y cuya reproducción constante [era] una necesidad para aquella vida». La ruina de los señores feudales y de la pequeña producción significó «centralizar las condiciones del trabajo. (Marx [1894] 2010: 591-592)

En el volumen I de El capital, Marx escribió que «el modo capitalista de producción es una condición históricamente necesaria para la transformación del proceso de trabajo en un proceso social» (Marx [1867-1890]: 340). Tal como lo veía, «el poder socialmente productivo del trabajo se desarrolla como un regalo gratuito al capital, cada vez que los trabajadores son colocados bajo ciertas condiciones, y es el capital el que los coloca bajo dichas condiciones» (338). Marx sostuvo que las circunstancias más favorables para el comunismo tan solo se podían desarrollar con la expansión del capital:

Él [el capitalista] está fanáticamente empeñado en la valorización del valor; por consiguiente, obliga despiadadamente a la raza humana a que produzca por el bien de la producción. De esa manera impulsa el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad y la creación de aquellas condiciones materiales de la producción que son las únicas que pueden formar la base real de una forma superior de sociedad, una sociedad en la cual el principio de desarrollo libre y completo de cada individuo forma el principio rector. (Marx [1867-1890]: 588)

Subsiguientes reflexiones sobre el papel que cumple el modo de producción capitalista para hacer del comunismo una posibilidad histórica real, aparecen a todo lo largo de la crítica de la economía política de Marx. Por supuesto que él había entendido claramente ⸻tal como lo escribió en los Grundrisse⸻ que, si una de las tendencias del capital consiste en «crear tiempo disponible», subsiguientemente este «lo convierte en plusvalía» (Marx [1857-1858]1973: 708). Aun así, con dicho modo de producción, el trabajo es valorizado al máximo, en tanto que «la cantidad de trabajo necesario para la producción de un determinado objeto es […] reducida a un mínimo». Para Marx ese era un punto fundamental. El cambio que incorporaba «redundaría en beneficio del trabajo emancipado» y era «la condición de su emancipación» (701). De ese modo el capital

a pesar de sí mismo, sirve de instrumento en la creación de posibilidades del tiempo social disponible, con el fin de reducir a un mínimo decreciente el tiempo de trabajo de toda la sociedad y así, liberar tiempo de cada uno para su propio desarrollo. (708)

Marx también anotó que, para formar una sociedad en la cual el desarrollo universal de los individuos fuese lograble, era «necesario por encima de todo que el pleno desarrollo de las fuerzas de producción» se hubiese convertido en «la condición de producción» (542). Por consiguiente, él afirmó que la «gran cualidad histórica» del capital es:

[…] crear este trabajo excedente, trabajo superfluo desde el punto de vista del mero valor de uso, de la mera subsistencia; y su destino histórico [Bestimmung] está cumplido tan pronto como, por un lado, ha habido tal desarrollo de las necesidades que aquél trabajo excedentario arriba mencionado y que está más allá de la necesidad, se haya convertido en una necesidad general que surge de las mismas necesidades individuales ⸻y, por el otro lado, cuando la severa disciplina productiva del capital, actuando sobre generaciones sucesivas [Geschlechter], ha desarrollado una industriosidad general que es la propiedad general de la nueva especie [Geschlecht]⸻ y, finalmente, cuando el desarrollo de los poderes productivos del trabajo, que el capital incesantemente fustiga hacia adelante con su inagotable manía de riqueza y de las únicas condiciones en las cuales dicha manía puede ser realizada, han florecido hasta alcanzar la etapa en la cual la posesión y preservación de la riqueza general requiere un menor tiempo de trabajo de la sociedad como un todo, y en donde la sociedad trabajadora se relaciona científicamente con el proceso de su reproducción progresiva, su reproducción en abundancia constantemente mayor; y por ende en la cual ha cesado el trabajo en el que un ser humano hace lo que una cosa puede hacer. […] Es por esto por lo que el capital es productivo; es decir, una relación esencial para el desarrollo de las fuerzas productivas sociales. Solo deja de serlo cuando el desarrollo de estas fuerzas productivas encuentra un límite en el capital mismo. (325)

Marx reafirmó dichas convicciones en el texto «Resultados del proceso inmediato de producción». Habiendo recapitulado previamente los límites estructurales del capitalismo, ⸻sobre todo, que es un «modo de producción en contradicción e indiferencia para con el productor»⸻ se concentra en su «lado positivo» (Marx [1867] 1976b: 1037). En comparación con el pasado, el capitalismo se presenta a sí mismo como «una forma de producción no sujeta a un nivel de necesidades planteado anticipadamente, y que por consiguiente no predetermina el curso de la producción misma» (1037). Es precisamente el crecimiento de «las fuerzas productivas sociales del trabajo» el que explica «la significancia histórica de la producción capitalista en su forma específica» (1024).

Marx, entonces, en las condiciones socioeconómicas de su tiempo, consideraba fundamental el proceso de creación de «riqueza como tal, es decir, las implacables fuerzas productivas del trabajo social, el único que puede formar la base material de una sociedad humana libre» (990). Lo que era «necesario», era «abolir la forma contradictoria de capitalismo» (1065).

El mismo tema reaparece en el volumen III de El capital, cuando Marx subraya que la elevación de «las condiciones de producción a condiciones generales, comunitarias y sociales […] es traída por el desarrollo de las fuerzas productivas bajo la producción capitalista y por la manera y la forma en la cual aquel desarrollo es logrado» (Marx [1894] 2010: 263).

A la vez que sostenía que el capitalismo era el mejor sistema que hasta entonces había existido, en términos de la capacidad de expandir al máximo las fuerzas productivas, Marx también reconoció que ⸻a pesar de la despiadada explotación de los seres humanos⸻ tenía un número creciente de elementos progresistas que le permitían a las capacidades individuales llegar a una mayor plenitud que en sociedades anteriores.

Profundamente opuesto a la máxima productivista del capitalismo, a la primacía del valor de cambio y al imperativo de la producción de plusvalía, Marx consideró la cuestión de la productividad aumentada en relación con el crecimiento de las capacidades individuales. Fue así como señaló en los Grundrisse:

No solamente cambian las condiciones objetivas en el acto de la reproducción, por ejemplo, la aldea se convierte en ciudad, el bosque en un campo despejado para el cultivo, etc., sino que los productores cambian, también, en cuanto sacan a la luz nuevas cualidades en sí mismos, se desarrollan nuevas capacidades e ideas, nuevos modos de relación, nuevas necesidades y nuevos lenguajes. (Marx [1857-1858] 1973: 494)

Este desarrollo de las fuerzas productivas, mucho más intenso y complejo, generó «el más enriquecedor desarrollo de los individuos» (541) y «la universalidad de las relaciones» (542). Para Marx:
El incesante impulso del capital hacia la forma general de riqueza empuja al trabajo más allá de los límites de su necesidad natural, y crea de ese modo los elementos materiales para el desarrollo de la rica individualidad que es multifacética, tanto en su producción como en su consumo, y cuyo trabajo, por consiguiente, ya no aparece más como trabajo sino como el pleno desarrollo de la actividad misma, en la cual ha desaparecido la necesidad natural en su forma directa; porque una necesidad creada históricamente ha tomado el lugar de la necesidad natural. (325)

En suma, para Marx la producción capitalista ciertamente produjo «la alienación del individuo tanto de sí mismo como de los demás; pero también la universalidad y la extensión comprensiva de sus relaciones y capacidades» (162). Marx enfatizó este punto varias veces.
En los Manuscritos de 1861-1863, anotó que

una mayor diversidad de producción [y] una extensión de la esfera de las necesidades sociales y de los medios de su satisfacción […] también impele el desarrollo de la capacidad productiva humana y, por ende, la activación de las disposiciones humanas en direcciones nuevas. (Marx [1861-1863] 2010a: 199)

En Teorías de la plusvalía (1862-1863), Marx dejó muy en claro que el crecimiento sin precedentes de las fuerzas productivas generado por el capitalismo no solamente tenía efectos económicos, sino que «revolucionaba todas las relaciones políticas y sociales» (Marx [1861-1863] 2010b: 344). Y en el volumen I de El capital, escribió que «el intercambio de mercancías rompe a través de todas las limitaciones individuales y locales del intercambio directo de productos [pero] allí también desarrolla toda una red de conexiones sociales de origen natural [gesellschaftlicher Naturzusammenhänge] que se halla completamente por fuera del control de los agentes humanos» (Marx [1867] 1976a: 207). Es una cuestión de producción que tiene lugar «en una forma adecuada para el pleno desarrollo de la raza humana» (638) (Marx [1867-1890] 2010: 507).

Finalmente, Marx desarrolló una visión positiva de ciertas tendencias del capitalismo relacionadas con la emancipación de las mujeres y la modernización de las relaciones en la esfera doméstica. En el importante documento político «Instructions for the Delegates of the Provisional General Council. The Different Questions» [«Instrucciones para los delegados del Consejo General Provisional. Las diferentes cuestiones»], que redactó para el primer congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores [International Working Men’s Association] en 1866, escribió que «aunque bajo el capital esto fue distorsionado hasta convertirlo en una abominación […] el hacer que los niños y las personas jóvenes de ambos sexos cooperasen en el gran trabajo de la producción social [es] una tendencia progresista, sana y legítima» (Marx and Engels [1864-1868] 2010: 188).

Juicios similares pueden hallarse en el volumen I de El capital, donde escribió:

Por terrible y repugnante que aparezca la disolución de los antiguos lazos familiares dentro del sistema capitalista, la industria a gran escala, al asignar una parte importante en los procesos de producción organizados socialmente, por fuera de la esfera de la economía doméstica, a las mujeres, a los jóvenes y niños de ambos sexos, crea no obstante una nueva cimentación económica para una forma superior de la familia y de las relaciones entre los sexos. (Marx [1867] 1976a: 620-621; [1867-1890] 2010: 492)

Marx observó, además, que «el modo de producción capitalista completa la desintegración de la unión familiar primitiva que ataba a la manufactura con la agricultura cuando ambas se encontraban en una etapa subdesarrollada e infantil». Un resultado de ello fue una «preponderancia siempre creciente [de] la población urbana», «el motor histórico de la sociedad» que «la producción capitalista recoge y reúne en grandes centros» (637; 506).

Utilizando el método dialéctico, al cual recurrió con frecuencia en El capital y en sus manuscritos preparatorios, Marx argumentó que «los elementos para formar una nueva sociedad» estaban tomando forma a través de «la maduración [de] las condiciones materiales y la combinación social del proceso de producción» bajo el capitalismo (635; 504-505). Se estaban creando así las premisas materiales para «una nueva síntesis superior» (637; 506). Aunque la revolución nunca surgiría puramente a través de las dinámicas económicas, sino que siempre requeriría también del factor político, el advenimiento del comunismo «requiere que la sociedad posea una cimentación material, o una serie de condiciones materiales de existencia, las cuales a su vez son el producto natural y espontáneo [naturwüchsige Produkt] de un desarrollo histórico prolongado y tormentoso» (173; 90-91).

Tesis similares son presentadas en varios textos políticos cortos pero significativos; contemporáneos con o subsiguientes a la composición de El capital, lo cual confirma la continuidad del pensamiento de Marx. En Valor, precio y ganancia (1865), urgió a los trabajadores a que comprendieran que, «con todas las miserias que [el capitalismo] les impone, el presente sistema simultáneamente engendra las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para una reconstrucción económica de la sociedad» (Marx [1865] 2010: 149).

En la «Comunicación confidencial» (1870) enviada en nombre del Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores del comité de Brunswick del Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Alemania (SDAP), Marx sostuvo que «aunque la iniciativa revolucionaria probablemente venga de Francia, Inglaterra por sí misma puede servir como palanca para una seria revolución económica». Él lo explicó de la siguiente manera:

Es el único país en el cual ya no hay más campesinos y en donde la propiedad rural está concentrada en unas pocas manos. Es el único país en el cual la forma capitalista, ⸻es decir, el trabajo combinado en gran escala bajo amos capitalistas⸻ abarca virtualmente la totalidad de la producción. Es el único país donde la gran mayoría de la población consta de trabajadores asalariados. Es el único país en donde la lucha de clases y la organización de la clase trabajadora por parte de los sindicatos han alcanzado un cierto grado de madurez y universalidad. Es el único país en el cual, debido a su dominio en el mercado mundial, cada revolución en materia económica debe afectar de inmediato la totalidad del mundo. Si bien el latifundismo [landlordism] y el capitalismo son rasgos clásicos de Inglaterra, por otra parte, las condiciones materiales de su destrucción se encuentran más maduras aquí. (Marx [1870] 2010: 86)

En sus «Notas sobre el libro de Bakunin Estado y anarquía» [Statehood and Anarchy] las cuales contienen importantes indicaciones acerca de sus diferencias radicales con el revolucionario ruso en relación con los prerrequisitos para una sociedad alternativa al capitalismo, Marx reafirmó, también respecto del sujeto social que lideraría la lucha por el socialismo que

una revolución social está atada a unas condiciones históricas definidas en materia de desarrollo económico; esas son sus premisas. Tan solo es posible, por consiguiente, allí donde junto con la producción capitalista el proletariado industrial representa cuando menos una masa significativa de la población. (Marx [1874-75] 2010: 518)

En la «Crítica al programa de Gotha» [Critique of the Gotha Programme] (1875), en la cual rechazó aspectos de la plataforma para la unificación de la Asociación General de Trabajadores Alemanes (ADAV) y el Partido Social-Demócrata de los Trabajadores Alemanes, Marx propuso: «En proporción a la manera en que se desarrolle socialmente el trabajo y se convierta en una fuente de riqueza y cultura, la pobreza y la miseria se desarrollan entre los trabajadores, y la riqueza y la cultura entre los no-trabajadores». Y añadió: «Lo que debe hacerse aquí […] es demostrar concretamente de qué manera en la actual sociedad capitalista, las condiciones materiales, etc. han sido creadas finalmente y permiten e impulsan a los obreros a levantar esta maldición histórica» (Marx [1875] 2010: 82-83).

Finalmente, en el «Preámbulo al programa del Partido de los Trabajadores Franceses» (1880) [Preamble to the Programme of the French Workers’ Party], un texto corto que escribió tres años antes de su muerte, Marx enfatizó que una condición esencial para que los obreros estuviesen en capacidad de apropiarse los medios de producción era «la forma colectiva, cuyos elementos materiales e intelectuales están hormados por el desarrollo mismo de la sociedad capitalista» (Marx [1880] 2010: 340).

Es así como, en una continuidad que va desde sus formulaciones iniciales sobre la concepción materialista de la historia, en la década de 1840, hasta sus últimas intervenciones políticas de la década de 1880, Marx resaltó la relación fundamental entre el crecimiento productivo generado por el modo de producción capitalista y las precondiciones para la sociedad comunista para cuyo advenimiento debe luchar el movimiento de los trabajadores. La investigación que llevó a cabo en los últimos años de su vida, no obstante, le ayudó a revisar su convicción y le permitió evitar la caída en el economicismo que marcó el análisis de tantos de sus seguidores.

Una transición que no siempre es necesaria
Marx consideraba al capitalismo como un «punto de transición necesario» (Marx [1857-1858] 1973: 515) para que se desenvolvieran las condiciones que le permitirían al proletariado luchar con algunas posibilidades de éxito y establecer un modo de producción socialista. En otro pasaje de los Grundrisse, él repitió que el capitalismo era un «punto de transición» (540) hacia el progreso ulterior de la sociedad, el cual permitiría «el más alto desarrollo de las fuerzas de producción» y «el más enriquecedor desarrollo de los individuos» (541). Marx describió «las condiciones de producción contemporáneas» como «suspendiéndose a sí mismas y […] cimentando los presupuestos históricos para un nuevo estado de la sociedad» (461).

Con un énfasis que a veces proclama como un heraldo la idea de la predisposición capitalista a la autodestrucción , Marx declaró que «del mismo modo que el sistema de economía burguesa se ha desarrollado para nosotros solamente por grados, asimismo lo hace su negación, que es el resultado último» (712). Él dijo que estaba convencido de que «la última forma de servidumbre» (¡pero decir «última» era ⸻ciertamente⸻ ir demasiado lejos!)

[…] asumida por la actividad humana, aquella del trabajo asalariado, por un lado, del capital por el otro, es por consiguiente descartada como una piel y el descarte mismo es el resultado de un modo de producción correspondiente al capital; las condiciones materiales y mentales de la negación del trabajo asalariado y del capital, que ya son ⸻ellas mismas⸻ la negación de formas más tempranas de producción social no libre, constituyen en sí los resultados de su proceso de producción. La creciente incompatibilidad entre el desarrollo productivo de la sociedad y sus relaciones de producción existentes hasta el presente se expresa a sí misma en amargas contradicciones, crisis, espasmos. La violenta destrucción de capital, no por relaciones externas a él, sino más bien como una condición de su autopreservación, es la forma más impactante en la cual se le imparte el consejo de que se marche y libere el espacio para dar paso a un estado de producción social más elevado. (749-750)

En Teorías de la plusvalía puede hallarse confirmación adicional de que Marx consideraba al capitalismo como una etapa fundamental para el nacimiento de una economía socialista. En aquella obra expresó su acuerdo con el economista Richard Jones (1790-1855), para quien «el capital y el modo de producción capitalista» debían ser «aceptados» meramente como «una fase transicional en el desarrollo de la producción social». A través del capitalismo, escribe Marx, «se abre el prospecto de una nueva sociedad, hacia la cual el modo de producción burgués es solamente una transición» (Marx [1861-63] 2010b: 346).

Marx elaboró una idea similar en el volumen I de El capital y sus manuscritos preparatorios. En el famoso e inédito «Apéndice: resultado del proceso de producción inmediato», escribió que el capitalismo surgió a la vida siguiendo una «revolución económica completa»:

Por una parte, crea las condiciones reales para la dominación del trabajo por el capital, perfeccionando el proceso y proporcionándole el marco apropiado. Por otra parte, al desarrollar condiciones de producción y comunicación, y fuerzas de trabajo productivas antagonistas de los obreros involucrados en ellas, esta revolución crea las premisas reales de un nuevo modo de producción, uno que conlleva la abolición de la forma contradictoria del capitalismo. Crea, por ende, la base material de un proceso social novedosamente formado y, por consiguiente, de una nueva formación social. (Marx [1867] 1976b: 1065)

En uno de los capítulos finales del volumen I, «Tendencia histórica de la acumulación capitalista», afirmó:

[…] la centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en el cual se tornan incompatibles con el tegumento capitalista. Dicho tegumento estalla en pedazos. Resuena el toque de campana de difuntos por la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados. (Marx [1867-1890] 2010: 750)

Aunque Marx sostuvo que el capitalismo era una transición esencial, en la cual se creaban las condiciones históricas para que el movimiento de los obreros luchara para una transformación comunista de la sociedad, él no pensó que esa idea pudiera ser aplicada de una manera rígida y dogmática. Por el contrario, él negó más de una vez ⸻tanto en textos publicados como inéditos⸻ que él hubiese desarrollado una interpretación unidireccional de la historia, en la cual los seres humanos estuviesen por doquier destinados a seguir el mismo sendero y transitar por las mismas etapas.

En los años finales de su vida, Marx repudió la tesis, que equivocadamente se le atribuyó, de que el modo de producción burgués era históricamente inevitable. Su distancia con aquella posición fue expresada cuando se encontró arrastrado al debate sobre las posibilidades del desarrollo capitalista en Rusia. En un artículo titulado «Marx ante el tribunal de Yu. Zhukovsky», el escritor y sociólogo ruso Nikolai Mikhailovsky (1842-1904) lo acusó de considerar también al capitalismo como una etapa inevitable de la emancipación de Rusia (Mikhailovsky 1911). Marx replicó en una carta que le dirigió a la revista político-literaria Otechestvennye Zapiski [Anales de la patria], que en el volumen I de El capital él «no había hecho más que afirmar cuál era el trazado del sendero a través del que había surgido en Europa Occidental el orden económico capitalista del vientre del orden económico feudal» (Marx [1877] 1984: 135).

Marx se refirió a un pasaje en la edición francesa del volumen I de El capital (1872-1875), que sugería que la base de la separación de las masas rurales de sus medios de producción había sido «la expropiación de los productores agrícolas», pero que «solamente en Inglaterra» dicho proceso «había sido hasta entonces llevado a cabo de una manera radical», y que «todos los países de Europa Occidental [estaban] siguiendo el mismo curso» (Marx 1989: 634) . De acuerdo con eso, el objetivo de su examen era tan solo «el Viejo continente» y no el mundo entero.

Este es el horizonte espacial dentro del cual deberíamos entender la famosa afirmación del prefacio de la primera edición alemana de El capital, volumen I: «el país que está más desarrollado industrialmente tan solo le muestra, al menos desarrollado, la imagen de su propio futuro». Escribiendo para lectores alemanes, Marx observó que, «exactamente del mismo modo que el resto de la Europa Occidental continental, no solamente padecemos del desarrollo de la producción capitalista, sino también de lo incompleto que se encuentra dicho desarrollo». Desde su punto de vista, junto con «los males modernos», los alemanes estaban «oprimidos por toda una serie de males heredados, que surgen de la supervivencia pasiva de modos de producción arcaicos y pasados de moda, con su séquito de anacrónicas relaciones sociales y políticas» (Marx [1867-1890] 2010: 9).

Marx también mostró un enfoque flexible para con otros países europeos, ya que no pensaba que Europa fuese un todo homogéneo. En un discurso que dio el 28 de febrero de 1867 a la Sociedad Educativa de los Trabajadores Alemanes de Londres ⸻el cual más tarde fue publicado en Der Vorbote [El Heraldo] en Ginebra⸻, él argumentó que los proletarios alemanes tan solo podían llevar a cabo exitosamente una revolución porque «a diferencia de los trabajadores de otros países, no necesitan recorrer el prolongado período del desarrollo burgués» (Marx [1867] 2010: 415).

En lo concerniente a Rusia, Marx compartía el punto de vista de Mikhailovsky de que podría «desarrollar sus propios cimientos históricos y, de ese modo, sin tener que experimentar todas las torturas del régimen [capitalista], poder apropiarse de sus frutos» (Marx [1877] 2010: 199). Él acusó a Mikhailovsky de «transformar [su] esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Europa Occidental en una teoría histórico-filosófica del curso que fatalmente se impone sobre todos los pueblos, cualesquiera sean las circunstancias en las que se hallen» (200). Marx entonces planteó el punto general según el cual «acontecimientos de asombrosa similitud, que tienen lugar en diferentes contextos históricos, condujeron a resultados completamente dispares» (201). Por consiguiente, para comprender las transformaciones históricas era necesario estudiar por separado los fenómenos individuales; y tan solo después de ello sería posible interpretarlos adecuadamente. Su correcta interpretación nunca podría surgir «con la llave maestra de una teoría histórico-filosófica, cuya suprema virtud consistiera en ser suprahistórica» (201).

Marx expresó las mismas convicciones en 1881 cuando la revolucionaria Vera Zasúlich (1849-1919) solicitó sus puntos de vista acerca del futuro de la comuna rural [obshchina]. Ella quería saber si podía desarrollarse en una forma socialista, o si estaba condenada a perecer porque el capitalismo también se impondría necesariamente en Rusia. En su respuesta, Marx resaltó que en el volumen I de El capital él había «restringido expresamente […] la inevitabilidad histórica» del desarrollo del capitalismo ⸻que había efectuado «una separación completa del productor de los medios de producción»⸻ a los países de Europa Occidental (Marx [1881] 2010b: 360)

En los borradores preliminares de la carta Marx se adentra en las peculiaridades derivadas de la coexistencia de la comuna rural con formas económicas más avanzadas. Observa que Rusia es

[…] contemporánea con una cultura más adelantada, está vinculada a un mercado mundial dominado por la producción capitalista. Mediante la apropiación de los resultados positivos de su modo de producción se encuentra entonces en una posición que le permite desarrollar y transformar la forma aún arcaica de su comuna rural, en vez de destruirla. (Marx [1881] 2010b: 362)

El campesinado podía «incorporar de ese modo las adquisiciones positivas concebidas por el sistema capitalista sin pasar bajo sus Horcas Caudinas» (Marx [1881] 2010c: 368).

A quienes argumentaban que el capitalismo era una etapa inevitable también para Rusia, partiendo de la base de que era imposible que la historia avanzara a saltos, Marx les preguntó irónicamente si ello significaba que Rusia, «al igual que Occidente», había tenido «que pasar a través de un largo período de incubación en la industria de la ingeniería […] para poder utilizar máquinas, motores de vapor, ferrocarriles, etc.» de manera similar, ¿no había sido posible «introducir en un abrir y cerrar de ojos, la totalidad del mecanismo de cambio (bancos, instituciones de crédito, etc.) que le tomó a Occidente siglos engendrar?» (Marx [1881] 2010a: 349). Era evidente que la historia de Rusia, o de cualquier otro país no tenía que volver a recorrer inevitablemente todas las etapas experimentadas por Inglaterra u otras naciones europeas.

Por consiguiente, la transformación socialista de la obshchina también podía tener lugar sin que hubiera de pasar necesariamente por el capitalismo. Estas tesis no contradecían el «Prólogo» de la primera edición del volumen I de El capital, en donde Marx declaró que «inclusive cuando una sociedad ha comenzado a investigar las leyes naturales de su movimiento […] no puede ni brincarse las fases naturales de su desarrollo, ni suprimirlas por decreto. Puede sin embargo acortar y disminuir los dolores del parto» (Marx [1867] 1976a: 92; [1867-1890] 2010: 10).

Durante el mismo período, la investigación teórica de Marx acerca de las relaciones comunitarias precapitalistas, compiladas en sus Cuadernos etnográficos, estaban conduciéndolo en la misma dirección que aquella que resultaba evidente en su respuesta a Vera Zasúlich. Animado por su lectura del trabajo del antropólogo norteamericano Lewis Morgan (1818-1881), Marx escribió en tonos propagandísticos que «Europa y América», las naciones donde el capitalismo estaba más desarrollado, podían «tan solo aspirar a romper [sus] cadenas reemplazando la producción capitalista con producción cooperativa y la propiedad capitalista con una forma más elevada del tipo arcaico de propiedad, es decir, la propiedad comunista» (Marx [1881] 2010b: 362).

El modelo de Marx no era de ningún modo un «tipo primitivo de cooperativa o de producción colectiva» que resultase de «el individuo aislado», sino uno que derivaba de la «socialización de los medios de producción» (Marx [1881] 2010a: 351). Él no había cambiado su visión (completamente crítica) de las comunas rurales de Rusia y, en su análisis, el desarrollo de la producción individual y social preservó intacta su irremplazable centralidad.

En las reflexiones de Marx sobre Rusia, entonces, no hay ruptura dramática con sus ideas previas . Los nuevos elementos, en comparación con el pasado, incorporan una maduración de su posición teórico-política, la cual lo condujo a considerar otros caminos posibles hacia el comunismo que él anteriormente había tomado por irrealizables .

Marx aceptó que, «hablando de manera teórica», era posible que la obshchina

preservarse mediante el desarrollo de su base, la propiedad comunal de la tierra. Puede convertirse en un punto de partida directo hacia el sistema económico al cual tiende la sociedad moderna; puede pasar a una nueva hoja sin comenzar por cometer suicidio; puede ganar la posesión de los frutos con los cuales la producción capitalista ha enriquecido a la humanidad, sin pasar a través del régimen capitalista. (Marx [1881] 2010a: 354)

La existencia contemporánea de la producción capitalista le ofreció a la comuna rural «las condiciones materiales para tener el trabajo cooperativo organizado en una vasta escala» (Marx [1881] 2010c: 368).
La idea de que el desarrollo del socialismo pudiera ser posible en Rusia no tenía como único fundamento el estudio efectuado por Marx sobre la situación económica en aquel país. El contacto con los Populistas Rusos, al igual que su relación con los Communards de París una década antes, le ayudó a tornarse cada vez más abierto a la posibilidad de que la historia fuese testigo no solamente de una sucesión de modos de producción, sino también de la irrupción de acontecimientos revolucionarios y de las intersubjetividades que los producen. Se sintió llamado a poner aún más atención a las especificidades históricas y al desarrollo desigual de las condiciones políticas y económicas que existían entre diferentes países y contextos sociales.

Más allá de su indisposición a aceptar que un desarrollo histórico predefinido pudiese aparecer de la misma manera en diferentes contextos económicos y políticos, los avances teóricos de Marx se debían a la evolución de su pensamiento acerca de los efectos del capitalismo en países económicamente atrasados. Él ya no sostenía, como lo había hecho en un artículo de 1853 sobre la India escrito para la New-York Tribune que «la industria y el comercio burgueses crean [las] condiciones de un nuevo mundo» (Marx [1853] 2010b: 222). Años de estudio detallado y observación estrecha de los cambios en la política internacional le habían ayudado a desarrollar una visión del colonialismo británico bastante diferente de la que había expresado como periodista a mediados de sus treinta años.

Los efectos del capitalismo en los países coloniales lucían ahora muy diferentes a sus ojos. Refiriéndose a las «Indias Orientales» en uno de los borradores de su carta a Zasulich, escribió que «todo el mundo […] se percata de que la supresión de la propiedad comunal allá no fue más que un acto de vandalismo inglés, que empujó al pueblo nativo hacia adelante y no hacia atrás» (Marx [1881] 2010c: 365) . Desde su punto de vista, «todo cuanto ellos [los británicos] lograron hacer fue arruinar la agricultura nativa y duplicar el número y la severidad de las hambrunas» (368) . El capitalismo no traía consigo el progreso y la emancipación, como se ufanaban sus apologistas, sino el saqueo de los recursos naturales, la devastación ambiental y nuevas formas de servidumbre y de dependencia humana.

Marx retornó en 1882 a la posibilidad de una concomitancia entre el capitalismo y formas de comunidad del pasado. En enero, en el prefacio a la nueva edición rusa del Manifiesto del Partido Comunista, que escribió juntamente con Engels, el destino de la comuna rural rusa está vinculado al de las luchas proletarias en Europa Occidental:

[…] en Rusia encontramos, cara a cara con el fraude capitalista, que se desarrolla rápidamente, y la propiedad burguesa de la tierra que apenas comienza a desarrollarse, que más de la mitad de la tierra es poseída en comunidad por los campesinos. La cuestión ahora es: ¿puede la obshchina rusa, una forma primigenia de propiedad comunal de la tierra, aunque esté sobremanera erosionada, pasar directamente a la forma más elevada de propiedad comunal comunista? ¿O debe, por el contrario, pasar primero por el mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico de Occidente? La única respuesta posible en la actualidad es: sí, si la revolución rusa se convierte en la señal de una revolución proletaria en Occidente, de manera que las dos se complementen mutuamente, la presente propiedad comunal rusa de la tierra puede servir como el punto de partida para el desarrollo comunista. (Marx and Engels [1882] 2010: 426)

En 1853 Marx ya había analizado los efectos producidos por la presencia económica de los ingleses en China en el artículo «Revolución en China y en Europa», escrito para la New-York Tribune. Marx pensó que era posible que la revolución en aquel país pudiera conducir a la «explosión de la largamente preparada crisis general, la cual, extendiéndose en el exterior, será prontamente seguida por revoluciones políticas en el Continente». Añadió que aquel sería un «curioso espectáculo, de China enviando desorden al mundo occidental en tanto que los poderes occidentales mediante la intervención de los vapores de guerra ingleses, franceses y norteamericanos están llevando el “orden” a Shanghái, Nanking y a las bocas del Gran Canal» (Marx [1853] 2010a: 98).

Además, las reflexiones de Marx sobre Rusia no son la única razón para que él pensara que los destinos de los diferentes movimientos revolucionarios, activos en países con disímiles contextos socioeconómicos, pudiesen llegar a estar entrelazados. Entre 1869 y 1870, en varias cartas y en una serie de documentos para la Asociación Internacional de Trabajadores ⸻tal vez con la mayor claridad y concisión en una carta a sus camaradas Sigfrid Meyer (1840-1872) y August Vogt (1817-1895)⸻ él asoció el futuro de Inglaterra («la metrópolis del capital») con el de la más atrasada Irlanda. La primera fue indudablemente «el poder que hasta ahora ha gobernado el mercado mundial» y por consecuencia «por ahora el país más importante para la revolución de los trabajadores»; era «adicionalmente, el único país en donde las condiciones materiales para la revolución se han desarrollado hasta un cierto estado de madurez» (Marx and Engels [1868-70] 2010: 475).

Sin embargo, «luego de haber estudiado la cuestión irlandesa durante años», Marx se había convencido de que «el golpe decisivo contra las clases gobernantes en Inglaterra» ⸻y, engañándose a sí mismo, «decisivo para el movimiento de los trabajadores alrededor del mundo»⸻ «no puede ser dado en Inglaterra, sino solamente en Irlanda». El objetivo más importante seguía siendo «apresurar la revolución social en Inglaterra», pero la «única manera de lograrlo» era «obtener la independencia de Irlanda» (Marx and Engels [1868-70] 2010: 473-476). En cualquier caso, Marx consideraba a la Inglaterra industrial-capitalista estratégicamente central para la lucha del movimiento de los trabajadores; la revolución en Irlanda, posible tan solo si la «unión forzada entre los dos países» se terminaba, sería una «revolución social» que se manifestaría a sí misma «en formas pasadas de moda» (Marx [1870] 2010: 88). La subversión del poder burgués en naciones en donde las formas modernas de producción tan solo estuvieran aun desarrollándose, no serían suficientes para conllevar la desaparición del capitalismo.

La posición dialéctica a la cual llegó Marx en sus años finales le permitió descartar la idea de que el modo socialista de producción solamente podía ser construido a través de ciertas etapas fijas . La concepción materialista de la historia que él desarrolló está lejos de ser la secuencia mecánica a la cual han reducido numerosas veces su pensamiento. No puede ser asimilada a la idea de que la historia humana es una sucesión progresiva de modos de producción, meras fases preparatorias anteriores a la inevitable conclusión: el nacimiento de una sociedad comunista.

Más aún: él negó explícitamente la necesidad histórica del capitalismo en cada parte del mundo. No existe traza de determinismo económico en su pensamiento. En el famoso «Prólogo» de la Contribución a la crítica de la economía política (1859) él hizo una lista tentativa de la progresión de «los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno» como el final de la «prehistoria de la sociedad humana» (Marx [1859] 2010: 263-264) y frases similares pueden ser halladas en otros escritos. No obstante, esta idea representa tan solo una pequeña parte de la obra más amplia de Marx sobre la génesis y el desarrollo de diferentes formas de producción. Su método no puede ser reducido al determinismo económico.

Sus consideraciones ricamente argumentadas sobre el futuro de la obshchina son polos opuestos de la idea de equiparar al socialismo con el desarrollo de las fuerzas productivas, un punto de vista que fue sostenido, con tonalidades nacionalistas, en el interior de la Segunda Internacional, en partidos socialdemócratas (en donde inclusive brotaron actitudes simpatizantes con el colonialismo), así como en el movimiento comunista internacional del siglo XX con sus llamados al uso de un supuesto «método científico» de análisis social.

Marx no cambió sus ideas básicas acerca del perfil de la futura sociedad comunista, tal como lo esbozó desde los Grundrisse en adelante, sin jamás perderse complaciéndose en descripciones abstractas. Guiado por la hostilidad hacia los esquematismos del pasado, y hacia los nuevos dogmatismos que se alzaban en su nombre, él pensó que sería posible que la revolución estallara en formas y condiciones que nunca habían sido consideradas.

Para Marx el futuro seguía en las manos de la clase trabajadora, en su capacidad de traer transformaciones sociales a través de sus luchas y organizaciones de masas, y de dar a luz un sistema económico-político alternativo.

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La nueva geografía política de la izquierda radical europea

La crisis económica y política que atraviesa Europa ha provocado, aparte del avance de fuerzas populistas, xenófobas y de extrema derecha, grandes luchas de resistencia y manifestaciones de protesta contra las medidas de austeridad impuestas por la Comisión Europea y llevadas a cabo por los gobiernos nacionales.

Esto ha favorecido, sobre todo en la parte meridional del continente, el renacer de fuerzas radicales de izquierda, así como su considerable éxito electoral. Grecia, España, Portugal, Irlanda y, en menor medida, otros países han sido el teatro de imponentes movilizaciones masivas contra las políticas neoliberales. En Grecia, entre 2010 y 2015 se declararon más de 40 huelgas generales.

En España, el 15 de mayo de 2011 tuvo inicio una gran rebelión, en la cual participaron millones de ciudadanos y de la que surgió el movimiento después definido con el nombre de Indignados. Los manifestantes alcanzaron a ocupar durante unas buenas cuatro semanas la Puerta del Sol, la plaza principal de Madrid. Pocos días después, una contraparte análoga se despegó en Atenas, en la plaza Syntagma. En ambos países, estas luchas sociales, de hecho, crearon las premisas para la sucesiva consolidación de las fuerzas de izquierda.

Por otra parte, sin embargo, las organizaciones sindicales, aun cuando estaban favorecidas por un bagaje común –en los países europeos las medidas adoptadas tras la crisis causaron los mismos desastres sociales–, no tuvieron la voluntad política para construir una plataforma reivindicativa única ni para articular una serie de movilizaciones a escala continental. La única excepción parcial está representada por la huelga general, proclamada el 14 de noviembre de 2012, en España, Italia, Portugal, Chipre y Malta, también apoyada por iniciativas de solidaridad en Francia, Grecia y Bélgica.

Durante este periodo, en la orilla política, la izquierda anticapitalista persistió en su proceso de reconstrucción y recomposición de las fuerzas de campo. Nacieron de hecho formaciones inspiradas por el pluralismo y capaces de juntar el más amplio abanico de sujetos políticos, garantizando al mismo tiempo mayor democracia interna a través del principio de “una cabeza un voto”.

Ya en 1999 surgieron el Bloque de Izquierda en Portugal, donde habían confluido las fuerzas más significativas que se encontraban a la izquierda del Partido Comunista Portugués, y La Izquierda (DL) en Luxemburgo. En 2004, Synaspismos y un rango de otras fuerzas anticapitalistas en Grecia se unieron para formar Syriza, la coalición de la izquierda radical (aunque su fusión en un verdadero partido político no ocurrió hasta 2012).

En mayo de 2004 fue fundado el Partido de la Izquierda Europea, en el cual, inicialmente, se asociaron 15 partidos entre comunistas, socialistas y ecologistas, con el intento de construir un sujeto político alrededor de un programa común de las principales fuerzas de la izquierda antagonista en el continente. Actualmente hacen parte de éste organizaciones políticas de 20 países.1 Dicha agrupación fue precedida, pocos meses antes, por la creación de la Alianza de la Izquierda Verde Nórdica, en la cual confluían siete partidos de Europa septentrional.

Junto a la mayor coalición del Partido de la Izquierda Europea, estaba además la Izquierda Anticapitalista Europea, una formación menor, nacida en 2000, en la cual habían confluido más de 30 partidos trotskistas, a menudo de reducidas dimensiones. Sus principales promotores fueron el Bloque de Izquierda en Portugal, la Izquierda Unitaria-Los Rojo-Verdes en Dinamarca y el Nuevo Partido Anticapitalista en Francia. En el Parlamento europeo, los representantes de estas fuerzas se adhirieron al grupo de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica.2

Algunos años después, la salida, casi contemporánea, de los componentes más radicales del Partido Socialdemócrata Alemán y del Partido Socialista (PS) francés3 –que asumieron rápidamente posiciones más hacia la izquierda que los grupos dirigentes del Partido del Socialismo Democrático, en Alemania, y del Partido Comunista Francés– favoreció el nacimiento, en 2007, de DL en Alemania y, en 2008, del Frente de Izquierda en Francia. En este último país, la transformación, en 2009, de la Liga Comunista Revolucionaria en Nuevo Partido Anticapitalista puede ser explicada según la misma exigencia, advertida también por las fuerzas más típicamente clasistas del comunismo europeo, de poner en el centro de la propia iniciativa política las nuevas contradicciones, cada vez más relevantes, generadas por la exclusión social y la necesidad de abrirse a una generación más joven de militantes.

Al mismo tiempo nacieron en Italia Izquierda, Ecología y Libertad, donde el componente moderado del Partido de la Refundación Comunista se fusionó con un grupo de disidentes de los Demócratas de Izquierda y la Federación de la Izquierda, una alianza entre el Partido de la Refundación Comunista y otros movimientos políticos menores. En Suiza, un proceso similar se dio en 2010, con la fundación de La Izquierda.

El mismo camino fue tomado en Inglaterra, pero con resultado adverso, primero con el Partido del Respeto, en 2004, y después con la Izquierda Unida, en 2013. También al otro lado del Bósforo se emprendió el mismo proceso. En 2012, el movimiento kurdo se asoció con varias organizaciones de la izquierda turca para fundar el Partido Democrático del Pueblo, que se convertiría rápidamente en la cuarta fuerza de Turquía, con 10.7 por ciento en las elecciones de noviembre de 2015.4

En 2014 surgieron Izquierda Unida, en Eslovenia, y Podemos, en España, caso del todo particular porque nació con ambiciones de trascender la tradicional definición de partido de izquierda. Esta última formación, no obstante, tras presentarse por primera vez a las elecciones europeas, también adhirió al grupo de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica. En octubre de 2015, finalmente, en Irlanda fue fundada la coalición electoral Alianza Anti-austeridad-Pueblo antes que Beneficio, que puso fin al largo conflicto entre el PS y la Alianza Pueblo antes que Beneficio.5

El modelo plural –tan diferente del partido monolítico, inspirado por el principio del centralismo democrático, utilizado por el movimiento comunista del siglo XX– se extendió con velocidad por la mayoría de las fuerzas de izquierda radical europea. Los experimentos más exitosos no fueron tanto los procesos federativos que se limitaron a una mera reunificación de pequeños grupos y organizaciones ya existentes, sino las recomposiciones guiadas, en cambio, por la necesidad de incluir la vasta y dispersa red de subjetividades sociales, capaces de articular diferentes prácticas de conflicto. Esta elección se mostró como la vencedora en cuanto logró atraer nuevas fuerzas, incluidos jóvenes, y reconquistando militantes desilusionados, y favoreció, finalmente, la consolidación electoral de los nuevos partidos generados.

En las elecciones alemanas de 2009, Die Linke ganó 11.9 por ciento de los votos, 3 veces más que el 4 por ciento alcanzado por el Partido del Socialismo Democrático 7 años antes. En las elecciones presidenciales francesas de 2012, el candidato del Frente de Izquierda, Melenchon, obtuvo el mayor voto logrado por cualquier partido a la izquierda del Partido Socialista desde 1981. Y en el mismo año, Syriza comenzó el rápido ascenso que lo llevó a 16.8 por ciento en las elecciones de mayo, a 26.9 en junio y, por último, a 36.3 en enero de 2015, cuando, exclusivamente para un partido anticapitalista europeo desde la Segunda Guerra Mundial, formó un gobierno como el socio mayoritario.6

También se lograron excelentes resultados en la península ibérica, donde la Izquierda Plural Española (un nuevo bloque electoral encabezado por Izquierda Unida) cruzó el umbral de 10 por ciento en las elecciones europeas de 2014, y Podemos se situó dentro de 8 por ciento. El total de votos ganados por todas las fuerzas de izquierda (24.5) fue aún mayor en las elecciones generales de diciembre de 2015. En esa ocasión, Podemos alcanzó 12.6, la Unidad Popular, la última denominación adquirida por Izquierda Unida, 3.6 y varias listas electorales locales –entre ellas, En Común Podemos (Cataluña, 3.7), Commitment-We Can-It is Time (Valencia, 2.6), En Tide (Galicia, 1,6) y País Vasco Unido (08) que en conjunto han recaudado casi 9 por ciento de los votos–. Por otro lado, la coalición creada en el momento de las elecciones de junio de 2016, Unidos Podemos, sufrió una caída de tres puntos porcentuales: recibió 21.2 de los votos.

En cuanto a Portugal, la Coalición Democrática Unitaria totalizó 8.3 por ciento en las elecciones generales de octubre de 2015, mientras que el Bloque Izquierdo, con 10.2, obtuvo su mejor resultado, convirtiéndose en la tercera fuerza política en el país. Este resultado se confirmó en las elecciones presidenciales de enero de 2016, cuando el Bloque Izquierdo una vez más superó 10 por ciento.

Experimentos de izquierda plural –siempre, al fin y al cabo, caracterizada por una clara plataforma política antiliberal– rindieron frutos incluso en algunas elecciones administrativas. Lo demostraron los resultados regionales franceses de 2010 en Limousin, cuando la coalición Frente de la Izquierda y Nuevo Partido Anticapitalista alcanzó 19.1 en la segunda vuelta, y las recientes municipales en España, donde las listas Ahora Madrid y Barcelona en Comú, donde confluyeron Izquierda Unida y Podemos, conquistaron los dos municipios más importantes del país. En ambos casos, amplias alianzas, nacidas por el impulso protagónico de las bases, permitieron superar las diferencias existentes entre los grupos dirigentes a escala nacional.

Entre los resultados electorales más considerables, obtenidos en la última década por la izquierda radical, también se encuentran los obtenidos por partidos que decidieron no disolverse para fundirse con otras fuerzas políticas. Notables fueron la consolidación del PS en Holanda –16.6 en 2006–, sobre la estela de la oposición al referendo contra el Tratado sobre la Constitución Europea, y el éxito del Partido Progresista de los Trabajadores en Chipre, cuyo secretario general, Demetris Christofias, resultó vencedor en los comicios presidenciales de 2009 (33.2 en la primera vuelta y 53.3 en la segunda). Su mandato se destacó, sin embargo, por una clamorosa derrota: la incapacidad de poner fin al conflicto que divide la isla desde 1974 y la expresa sujeción, en materia económica, respecto a las imposiciones de la Troika.

Otro cambio que ha sacudido la geografía de la izquierda europea habría sido al menos tan impredecible hace unos años como lo fue la victoria gubernamental de Syriza en Grecia. En las elecciones de estilo primario celebradas en septiembre de 2015, 59.5 por ciento de los miembros del Partido Laborista británico y sus partidarios registrados votaron a favor de Jeremy Corbyn como su nuevo líder. En el país donde Tony Blair gobernó el gallinero hace 20 años, un anticapitalista autoproclamado ahora ocupa el primer puesto en el Partido Laborista, el más izquierdista de su historia. Este extraordinario giro de los acontecimientos representa otro ejemplo significativo del renacimiento de la izquierda. Después de su elección, Corbyn fue severamente atacado por el ala derecha del partido, y en junio de 2016, tras la renuncia de dos tercios de los miembros del gobierno en la sombra, más de 80 por ciento del Partido Laborista Parlamentario no votó a favor de él. En septiembre, en un nuevo concurso de líderes, fue reelegido como jefe del Partido Laborista, con 61.8 de los votos.

Finalmente, en febrero de 2016, Melenchon fundó La France Insoumise (Francia Insumisa). En pocos meses, este nuevo movimiento político, basado en los avales individuales de la plataforma política L’Avenir en commun (Para un futuro común) y no en la pertenencia a un partido o asociación, transformó la escena política francesa. En la primera ronda (abril de 2017) de las elecciones presidenciales, Melenchon obtuvo más de 7 millones de votos (19.6 por ciento), sólo 600 mil menos que Le Pen y sin calificar para la segunda ronda. Éste fue un resultado histórico para la izquierda radical francesa.

En el ámbito de la Unión Europea, el avance general de la izquierda radical se confirmó en las últimas elecciones europeas de 2014. Sus votos alcanzaron 12 millones 981 mil 378, u 8 por ciento, con un aumento de 1 millón 885 mil 574 en comparación con 2009.7 Incluso con el único criterio de número de diputados elegidos (6.9 por ciento, o 52 legisladores), la Izquierda Unida Europea/Izquierda Verde Nórdica es ahora la quinta fuerza política en el Parlamento Europeo, en comparación con la séptima en 2009.8 Por tanto, está detrás del Partido Popular Europeo (29.4), la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (25.4), los Conservadores y Reformistas Europeos (9.3) y la Alianza de Demócratas y Liberales por Europa (8.9); pero por delante de los Verdes/Alianza Libre Europea (6.6), Europa de la Libertad y Democracia Directa (6.4) y Europa de las Naciones y la Libertad (5.2).

Sin embargo, esos resultados positivos están empañados por algunos elementos negativos. En muchos países de Europa oriental, la izquierda radical tiene una posición todavía marginal, si no totalmente minoritaria.9 También está alejada de luchas sociales, está privada de arraigo en los territorios y en las organizaciones sindicales, es desconocida para las generaciones jóvenes y está puntualmente atravesada por sectarismos autolesivos de desgarradoras divisiones internas. En otras palabras, no tiene por el momento perspectiva de desarrollo.

Dicha situación se ha repetido en las elecciones. En seis naciones –Polonia, Rumania, Hungría, Bulgaria, Bosnia-Herzegovina, Estonia–, la izquierda radical recogió menos de 1 por ciento de los votos, mientras que en otras, como Croacia, Eslovaquia, Lituania y Letonia, ha alcanzado resultados poco superiores. Ésta sigue siendo muy débil también en Austria, Bélgica y Suiza, mientras que en Serbia se la identifica todavía con el Partido Socialista local, guiado largo tiempo por Slobodan Milošević.

Estamos en presencia, pues, de una realidad heterogénea. En los países de la península ibérica y del Mediterráneo –con la excepción de Italia–, en los últimos años la izquierda radical se expandió significativamente. En Grecia, España, Portugal o Chipre, sus fuerzas se consolidaron de forma estable y son reconocidas en el grupo de los principales actores políticos en los respectivos contextos nacionales. También en Francia, por otro lado, ésta conquistó un discreto papel social y político. Mientras, en Irlanda, el nacionalismo republicano y progresista, aunque moderado, de Nosotros Mismos (Sinn Fein), que alcanzó 22.8 por ciento de los votos en las europeas de 2014, plantó cara al avance de las fuerzas conservadoras.

En Europa central, la izquierda radical logró conservar una buena fuerza electoral en Holanda y Alemania –así a los buenos resultados en las urnas no correspondan significativos conflictos sociales–, pero su peso es limitado en otras partes. En los países nórdicos defendió la fuerza sobre la cual se apoyó después de 1989 (electoralmente alrededor de 10 por ciento), pero se mostró incapaz de atraer el difuso descontento popular, capturado casi en su totalidad por los partidos de derecha.

El problema principal de la izquierda antagonista sigue estando por ahora en el Este, donde, con la excepción del Partido Comunista de Bohemia y Moravia en República Checa y de Izquierda Unida en Eslovenia, ésta es casi inexistente e incapaz de trascender el espectro del “socialismo real”. Dadas las circunstancias, la expansión de la Unión Europea hacia el Levante ha movido definitivamente hacia la derecha el baricentro político del continente, como dan cuenta las rígidas posiciones extremistas asumidas por los gobiernos de Europa oriental durante la reciente crisis en Grecia y frente a la llegada de los pueblos fugados de los teatros bélicos.

¿Más allá del recinto de la eurozona?

La transformación de los partidos de la izquierda radical en organizaciones más amplias y pluralistas ha demostrado ser una receta útil para reducir su preexistente fragmentación, pero no es que haya resuelto los problemas de naturaleza política.

En Grecia, tras el nacimiento del gobierno de Alexis Tsipras, Syriza tenía la intención de llevar a cabo una ruptura con las políticas de austeridad adoptadas por todos los Ejecutivos de centro-izquierda, “técnicos” o de centro-derecha que se alternaron en el poder desde 2010. No obstante, a causa de la enorme deuda pública del Estado helénico, la concreta actuación de esta movida fue inmediatamente subordinada a una negociación con los acreedores internacionales.

Después de cinco meses de agotadoras conversaciones, durante las cuales el Banco Central Europeo dejó de proporcionar crédito al Banco Central en Atenas, causando que las sucursales de los bancos griegos se agotaran, los líderes de la eurozona impusieron un nuevo plan de rescate que contiene todas las disposiciones económicas a que Syriza se había opuesto firmemente. Desde 2010, el arco parlamentario de fuerzas políticas que ha aceptado el memorándum de Bruselas ha sido amplio. De izquierda a derecha, se han inclinado ante la inexorable lógica de la austeridad: la Nueva Democracia, Griegos Independientes, el Río, la Izquierda Democrática, el Movimiento Socialista Panhelénico y, finalmente, incluso Syriza.10 Ni siquiera la respuesta vigorosa en el referéndum consultivo del 5 de julio de 2015 (cuando 61.3 por ciento de los griegos dijo que la firma no respondía a las propuestas de la Troika) servía para lograr un resultado diferente.

Para evitar la salida de la eurozona, el gobierno de Tsipras permitió ulteriores sacrificios sociales, considerables privatizaciones del patrimonio público –que sería puesto en venta como mercancía en liquidación– y, más generalmente, un conjunto de medidas de austeridad funcionales sólo para los planes de los acreedores internacionales y no, en cambio, para el desarrollo de la economía del país.11

Por otro lado, una salida griega de la zona euro, un escenario que algunos preveían, pero sólo si las negociaciones con el eurogrupo fracasaban, habría catapultado al país a un estado de caos económico y profunda recesión. Habría sido necesario prepararse con mucha anticipación para tomar una decisión tan trascendental, sopesar con cuidado cada eventualidad y planear rigurosamente todas las contramedidas apropiadas. Sobre todo, habría sido necesario conquistar gran variedad de fuerzas sociales y políticas y contar con su apoyo.

El resultado de las negociaciones entre el gobierno de Tsipras y el eurogrupo hizo evidente el hecho de que, cuando un partido de izquierda gana las elecciones y quiere llevar a cabo políticas económicas distintas de las dominantes, las instituciones de Bruselas están listas para impedir que tal cosa ocurra. Si, a partir del decenio de 1990, la aceleración incontestada del credo neoliberal, por parte de las fuerzas de la socialdemocracia europea, tuvo como consecuencia la homologación de los programas de estos últimos y de los de los partidos de centro-derecha, hoy, en cambio, cuando un partido de la izquierda radical alcanza el poder, la Troika misma interviene para evitar la alternancia de los Ejecutivos contrarios a sus directrices económicas. Triunfar en los comicios ya no es suficiente. La Unión Europea se ha convertido en el baluarte del capitalismo neoliberal.

Tras el episodio griego ha habido una reflexión colectiva más profunda sobre la conveniencia de mantener a cualquier costo la moneda única. Se hacen esfuerzos para comprender cuáles son las mejores maneras de poner fin a las políticas económicas actuales, sin abandonar al mismo tiempo el proyecto de una nueva y diferente unión política europea. El referéndum británico de junio de 2016 sobre si retirarse de la Unión Europea infligió un duro golpe a Europa. La mayoría de los ciudadanos de Reino Unido votó a favor de abandonar la UE, dando así una razón ulterior a quienes argumentarían que fue un error afirmar que una elección similar constituiría un salto peligroso hacia el vacío.

Actualmente, la posición mayoritaria entre los partidos de la izquierda radical sigue siendo la de quienes sostienen, en continuidad con las posiciones asumidas durante los últimos años, que todavía es posible modificar las políticas europeas en el contexto existente; es decir, sin romper la unión monetaria alcanzada en 2002 con la entrada en vigor del euro.

A la cabeza de esta iniciativa está Syriza que, si bien tuvo la ocasión, después de haber alcanzado el gobierno, de elaborar y llevar a cabo soluciones alternativas –a pesar de haber estado bajo presión de las instituciones europeas, las cuales propendían por bloquear cualquier cambio– nunca consideró la opción de la “Grexit”. En septiembre de 2015, alcanzando 35.5 por ciento de los votos, Tsipras venció en las elecciones anticipadas, promovidas por él después del conflicto surgido con la parte de su partido contraria a la puesta en marcha de las medidas consideradas en el memorando, y regresó al gobierno con un grupo parlamentario cohesionado y ya no más expuesto al riesgo de disidencias internas.

Syriza, entonces, no obstante el aumento del abstencionismo (7 por ciento mayor respecto a las elecciones de 8 meses antes), y la reducción del número de votantes (unos 600 mil menos) comparado con el referendo de julio, logró conservar el consenso de una parte significativa del pueblo griego. Sin embargo, la confianza que éste volvió a darle será pronto puesta a prueba por los efectos de los recortes impuestos por el eurogrupo. No sería descabellado prever la emergencia de escenarios aún más inciertos que el actual.

En el verano de 2015, Syriza anunció su estrategia para evitar la pérdida de apoyo que sufrieron todas las demás partes que implantaron programas anteriores de rescate de la Troika. El gobierno griego habría tenido que negociar una reducción sustancial de la deuda pública para evitar el inicio de un nuevo ciclo deflacionario. Además, habría tenido que llevar a cabo una agenda paralela a la impuesta por Bruselas, tomando algunas medidas redistributivas que podrían limitar los efectos del memorando más reciente. Ambos proyectos, sin embargo, resultaron ser irrealizables. Después de la experiencia del gobierno de Tsipras, y dado que las instituciones de la UE rechazarán cualquier reestructuración de la deuda, ha quedado claro que la izquierda también debe estar preparada para una posible salida de la zona euro. Sin embargo, sería erróneo pensar en esto como el remedio para todos los males.

Aparte de Syriza, la opción de reformar la Unión Europea en el actual escenario es compartida por la mayoría de las principales fuerzas del Partido de Izquierda Europea, entre las cuales están La Izquierda en Alemania, el Partido Comunista Francés y la Izquierda Unida española. En este bloque se sitúa también Podemos, cuyo grupo dirigente se declaró convencido de que si al gobierno griego se unieran otros dispuestos a romper con las políticas de austeridad impuestas por la Troika podría abrirse un espacio para acabar con algo que parece hoy tan inalterable. El resultado de las recientes elecciones en Portugal –que asignó la mayoría a una alianza del todo impensable hasta hace poco, constituida por el Partido Socialista, el Bloque de Izquierda y la Coalición Democrática Unida–12 parece haber reforzado dicha esperanza.

Sin embargo, para otros, la “crisis griega” –en realidad, una de la democracia y del capitalismo neoliberal– parece comprobar, en cambio, el carácter irreformable de este modelo de Unión Europea. No tanto por las actuales relaciones de poder presentes en su interior, cada vez más desfavorables a las fuerzas anticapitalistas, que le siguen a la expansión hacia el Este sino, por el contrario, por su arquitectura general. Los inflexibles parámetros económicos impuestos de manera creciente a partir del Tratado de Maastricht han reducido inevitablemente, o en algunos casos casi anulado, las bastante más complejas y compuestas exigencias de la política.

En los últimos 25 años, las políticas neoliberales, cubiertas por un engañoso manto tecnocrático y no ideológico, han triunfado por doquier en Europa, asestando duros golpes a su modelo de welfare State. Los Estados nacionales se han encontrado con la privación gradual de algunos instrumentos de dirección político-económica, que habrían sido indispensables para llevar a cabo programas de inversión pública con miras a cambiar el curso de la crisis. Finalmente, se consolidó la práctica antidemocrática –afianzada hasta el punto de parecer natural– de asumir decisiones de gran relevancia sin contar con la aprobación popular.

Por tanto, en los últimos meses la fila de quienes consideran ilusoria la posibilidad de democratizar la eurozona, aun cuando expresan una posición que sigue siendo minoritaria, ha aumentado de manera notable. Junto a las fuerzas de la izquierda radical tradicionalmente euroescépticas, como el Partido Comunista Portugués, el Partido Comunista de Grecia o, en Escandinavia, la Lista unitaria-Los Rojo-Verdes en Dinamarca, se encuentra Unidad Popular. Nacida en Atenas en agosto de 2015, en su interior confluyeron muchos ex dirigentes y ex militantes de Syriza, contrarios a las decisiones de Tsipras de aceptar las imposiciones del eurogrupo. Esta formación, favorable al regreso del dracma, quedó fuera del parlamento helénico, después de haber conseguido sólo 2.8 por ciento de los votos en las últimas elecciones.

Por otra parte, diversos intelectuales y dirigentes políticos han manifestado explícitamente su posición contraria al euro.13 Lafontaine, por ejemplo, propuso un retorno, en forma flexible, al sistema monetario europeo; es decir, al acuerdo, en vigor antes que existiera el euro, que preveía una fluctuación controlada de los valores de varias monedas nacionales. El esfuerzo de encontrar soluciones inmediatas para poner fin al periodo de austeridad, donde se manifiesten nuevas e inaceptables coerciones, como las ejercidas sobre Grecia, debe, sin embargo, considerar todas sus implicaciones posibles. En el plano simbólico, el regreso al viejo sistema monetario podría ser percibido como un primer paso hacia la desaceleración del proyecto de unidad europea, mientras que en el plano político podría constituir un peligroso detonador de la ventaja de las fuerzas de la derecha populista.

Junto a las dos formaciones más claramente a favor y en contra de la “democratización del euro”, hay un área, más bien amplia, que vacilaría al proporcionar una respuesta clara a la pregunta: “¿Qué hacer si mañana sucediera en otro país lo que sucedió en Grecia?” Si bien se ha convertido en una preocupación común que, en el futuro, otros partidos o coaliciones de gobierno puedan estar sujetos al chantaje sufrido por Syriza, por otro lado, sin embargo, también está bastante difundido el temor de que, eclipsando la salida de la eurozona, la izquierda anticapitalista no tendría en cuenta el consenso de amplios sectores de la población, alarmados por la inestabilidad económica y la pérdida de poder adquisitivo de salarios y pensiones que conllevaría la inflación. Un típico ejemplo de esta incertidumbre está representado por los cambios de parecer de los últimos años del Bloque de Izquierda en Portugal y del Partido Socialista en Holanda.

El llamamiento a “un plan B en Europa”, promovido en 2015 por Melenchon, ha dado un nuevo estímulo a la discusión. Calificando la interferencia de la UE en Grecia como un verdadero “golpe de Estado”, propuso una comisión internacional permanente para diseñar las formas en que una alternativa al sistema monetario basado en el euro podría estar disponible si fuera necesario.14 La propuesta del plan B también fue utilizada por La France Insoumise en la reciente campaña electoral. Si en los próximos meses otras fuerzas sociales, partidos políticos e intelectuales aceptan esta posibilidad, la demanda de abandonar el euro podría en el futuro convertirse en la bandera de algo más que la derecha nacionalista.

Por tanto, el conflicto desencadenado en Syriza podría reproducirse en otras partes. Demuestran lo anterior en este momento las fibrilaciones internas del Frente de Izquierda en Francia y en La Izquierda en Alemania. Para la izquierda radical europea, pues, podría concretarse el riesgo de una nueva etapa de divisiones. Tal condición revela los límites de la forma plural que las fuerzas antagonistas se han procurado en los últimos años, que consisten en una falta de definición programática. De hecho, la diversidad de posiciones y de culturas políticas existente en las varias organizaciones que han dado vida a estas nuevas coaliciones requeriría un difícil, pero no imposible, acuerdo puntual sobre las estrategias por implantar.

Ulteriores tensiones recorren la izquierda radical europea también respecto a la relación que debe tenerse con las fuerzas socialdemócratas. El problema, presente a escala municipal y regional, involucra la constante incertidumbre sobre la conveniencia de la participación de experiencias de gobierno en alianza con éstas. El riesgo concreto es desempeñar un papel subalterno, aceptando, como en el pasado, compromisos “desde abajo” que dilapidarían el consenso hasta ahora conquistado y que dejarían a las derechas populistas el monopolio de la oposición social.

La opción del gobierno debe por tanto ser tenida en cuenta sólo si hay condiciones para llevar a cabo un programa económico en clara discontinuidad con las políticas de austeridad impuestas durante la última década. Tomar decisiones diferentes significaría no haber atesorado las lecciones de los años pasados, cuando la participación de los partidos de la izquierda radical en los Ejecutivos moderados, de impronta socialista, comprometió su credibilidad en la clase trabajadora, los movimientos sociales y los estratos sociales más débiles.

De frente a una tasa de desempleo que, en muchos países, se muestra con niveles nunca alcanzados durante la segunda posguerra, se vuelve prioridad el lanzamiento de un gran plan para el trabajo, sustentado por inversiones públicas, que tenga como principio guía el desarrollo sostenible. Éste deberá estar acompañado por un claro cambio de tendencia respecto a la precarización de contratos, que ha distinguido a todas las últimas reformas del mercado laboral, y por la introducción de una ley que indique un mínimo salarial bajo el cual no se pueda descender. Estas medidas podrían restituir a las generaciones jóvenes la posibilidad de organizar su futuro.

Debería ser puesta en marcha, además, la reducción del horario de trabajo y de la edad de pensión. Mediante estas acciones se restablecerían algunos elementos de justicia social, necesarios para derrocar la impronta neoliberal que constantemente ha aumentado el reparto desigual de la riqueza producida.

Para hacer frente a la dramática emergencia ocupacional, los partidos de la izquierda radical deberán hacer aprobar, en todos los países donde aún no existan, medidas aptas para instaurar un rédito de ciudadanía y algunas primordiales formas de asistencia a los estratos menos favorecidos –desde el derecho a la vivienda hasta los subsidios de transporte o el derecho a la educación gratuita– para contrastar así la pobreza y la cada vez más difundida exclusión social.

Paralelamente, se vuelve imprescindible dar un vuelco a los procesos de privatización que han caracterizado la contrarrevolución de las últimas décadas, restituyendo a la propiedad pública y al control universal todos los bienes comunes que pasaron de ser servicios para la colectividad a medios de generación de ganancias para pocos. La propuesta de Corbyn respecto al retorno a la nacionalización del sistema ferroviario inglés y la necesidad de invertir, por doquier en Europa, significativos recursos en la escuela y en la universidad pública muestran la dirección justa.

Respecto a los recursos necesarios para financiar tales reformas, éstos podrían ser obtenidos de los ingresos que deriven de la introducción de una tasa sobre los capitales y de un impuesto sobre las actividades no productivas de las grandes empresas, así como sobre las transacciones y los réditos financieros. Es evidente que, para realizar este plan, se considera como primer acto necesario la promoción de un referendo derogatorio del fiscal compact para acabar así con los vínculos impuestos por la Troika.

A escala continental, una verdadera alternativa es concebible sólo si una amplia coalición de fuerzas políticas y sociales es capaz de imponer un diálogo europeo para la reestructuración de la deuda pública.

Este escenario podrá ser realidad únicamente si la izquierda radical desarrolla, con más determinación y continuidad, campañas políticas y movilizaciones transnacionales, comenzando por el repudio a la guerra y la xenofobia, cuestión todavía más decisiva tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, y sosteniendo la extensión de todos los derechos sociales y civiles a los migrantes que llegan a territorio europeo.

Una política alternativa no da pie a atajos. No basta en realidad encomendarse a líderes carismáticos, pero tampoco la debilidad de los partidos de hoy justifica su destrucción por las instituciones del Estado.15 Es menester dar forma a nuevas organizaciones –pues la izquierda necesita de éstas tanto como las necesitó en la década de 1990–, que gocen de una presencia capilar en los puestos de trabajo, que propendan a la reunificación de las luchas, nunca tan fragmentadas como lo están hoy, y a unas clases trabajadoras y subalternas que, mediante sus estructuras territoriales, sean capaces de dar respuestas inmediatas, incluso antes de las mejoras generales introducidas por ley, a los dramáticos problemas causados por la pobreza y la exclusión social. Esto puede darse incluso reutilizando algunas formas de resistencia y solidaridad social aplicadas por el movimiento obrero en otros momentos históricos.

Se tendrán que redefinir además nuevas prioridades, en particular la puesta en práctica de una auténtica paridad de género y la minuciosa y concienzuda formación política de los militantes más jóvenes, teniendo como punto de referencia, en una época en la que la democracia es rehén de organismos tecnocráticos, la promoción de la participación desde abajo y la evolución del conflicto social.

Las iniciativas de la izquierda radical que en verdad pueden aspirar a cambiar el curso de los eventos tienen por delante una única vía: la de la reconstrucción de un nuevo bloque social capaz de dar vida a una oposición de masas a las políticas introducidas por el Tratado de Maastricht y, por consiguiente, de cambiar radicalmente las directrices económicas que hoy dominan en Europa.

Traducción: Felipe Uribe y Perla Valero

Notas
1. Para una lista de las fuerzas que componen el Partido de la Izquierda Europea véase http://www.european-left.org/about-el/member-parties
2. Por el contrario, no forman parte las formaciones de la Iniciativa de los Partidos Comunistas y de los Trabajadores, fundada en 2013, que comprende, a excepción del Partido Comunista de Grecia, su fuerza principal, 29 minúsculas formaciones ortodoxas y estalinistas.
3. El manifiesto Trabajo y Justicia Social-La Alternativa Electoral, de Oskar Lafontaine, fue constituido en 2005; y la fundación del Partido de Izquierda, guiado por Jean-Luc Mélenchon, anunciada en noviembre de 2008 (el congreso fundacional se celebró en febrero de 2009).
4. En las elecciones de junio de 2015, antes del inicio de la escalada de violencia y de atentados desencadenada por el presidente Recep Erdoğan, el resultado (13.1 por ciento) fue incluso más notorio.
5. Un mapa de las fuerzas de la izquierda radical europea obra en la publicación a cura de Birgit Daiber, Cornelia Hildebrandt, Anna Strienthorst, From revolution to coalition: radical left parties in Europe, Berlin: Rosa Luxemburg Foundation, 2012; y, más recientemente, en el número especial, a cura de Babak Amini, de la revista Socialism and Democracy, volumen 29, número 3, 2015, titulado The radical left in Europe.
6. El único otro ejemplo es el pequeño estado de Chipre, donde el Partido Progresista del Pueblo Trabajador formó un gobierno de coalición en 2009.
7. La mayoría de los datos en circulación sobre los resultados de las elecciones, incluidos los emitidos por la Unión Europea, se refieren a porcentajes del número de diputados elegidos, no del de votos emitidos. Una de las excepciones loables de esta práctica es Paolo Chiocchetti. Véase “La izquierda radical en las elecciones del Parlamento Europeo 2014: una primera evaluación” (en la publicación en línea editada por Cornelia Hildebrandt, Situación de la izquierda en Europa después de las elecciones de la UE: nuevos desafíos, Berlín: Rosa Luxemburg Stiftung, 2014), y The radical Left Party family en Europa Occidental, 1989-2015, Londres: Routledge, 2016.
8. A estos deben agregarse otros dos eurodiputados del Partido Comunista de Grecia, no pertenecientes al grupo EUL/NGL.
9. Se observa que los elegidos al Parlamento Europeo del GUE/NGL provienen sólo de la mitad de los 28 países que componen la Unión Europea.
10. El famoso eslogan de Margaret Thatcher “No hay alternativa” continúa materializándose, como un fantasma, incluso a la distancia de 30 años.
11. A propósito, véase el documento colectivo Preliminary report, a cura del Truth Committee on Public Debt, la comisión establecida el 4 de abril de 2015 por iniciativa del ex presidente del Parlamento griego Zoe Konstantopoulou: http://cadtm.org/IMG/pdf/Report.pdf El nuevo gobierno de Syriza decidió eliminar este importante reporte del sitio oficial del Parlamento griego.
12. En Portugal, tras la Revolución de los Claveles y la instauración de la república, los socialistas nunca habían negociado con fuerzas políticas a su izquierda.
13. Junto a los autores que empujan desde hace tiempo en esta dirección –entre las varias publicaciones disponibles, se recurre a Jacques Sapir, Faut-il sortir de l’Euro?, Paris: Le Seuil, 2012; y Heiner Flassbeck y Costas Lapavitsas, Against the Troika: crisis and austerity in the Eurozone, London: Verso, 2015–, hubo durante las últimas semanas varias intervenciones en la misma dirección. En una entrevista concedida al famoso semanario alemán Der Spiegel, intitulada “Krise in Griechenland: Lafontaine fordert Ende des Euro”, publicada el 11de julio de 2015, Lafontaine se adelantó declarando que “el euro ha caído”. En Italia, el prestigioso sociólogo Luciano Gallino, recientemente desaparecido, publicó en La Repubblica, con fecha 22 de septiembre de 2015, el artículo “Por qué Italia puede y debe salir del euro”. También en Portugal, e incluso antes de la crisis griega, el influyente Francisco Louçã, durante 12 dirigente principal del Bloque de Izquierda, después de haber publicado, junto con Joao Ferreira do Amaral, el volumen A Solução Novo Escudo, Alfragide: Lua de Papel, 2014, expresó posiciones siempre más críticas respecto a la situación presente, véase su artículo “Sair ou não sair do euro”, publicado el 27 de febrero de 2015 en el periódico Publico.
14. La primera reunión sobre el tema se celebró en París del 23 al 24 de enero de 2016, pero fue decepcionante tanto en términos de participación como en la calidad del debate.
15. Cuando se hizo con el poder, en enero de 2015, Syriza obtuvo casi 2 milones 250 mil, pero el número de sus inscritos rondaba sólo 36 mil. Tras asumir la responsabilidad de gobierno, las decisiones democráticamente tomadas por el partido griego fueron repetidamente reformadas o ignoradas.

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Comunismo

1. Le teorie dei primi socialisti.
In seguito alla Rivoluzione francese e con l’espansione della Rivoluzione industriale, in Europa cominciarono a circolare numerose teorie che avevano il duplice intento di fornire risposte alle domande di giustizia sociale disattese dalla prima e di correggere i drammatici squilibri economici provocati dalla seconda. Le conquiste democratiche ottenute dopo la presa della Bastiglia assestarono un colpo decisivo all’aristocrazia, ma lasciarono pressoché immutata la preesistente sperequazione di ricchezza tra il popolo e le classi dominanti. Il declino della monarchia e l’istituzione della repubblica in Francia non erano stati sufficienti a fare diminuire la povertà.

Fu questo il contesto nel quale sorse quel variegato arco di concezioni definite da Karl Marx e Friedrich Engels (1820-1895), nel Manifesto del partito comunista, «critico-utopistic[he]» . Esse furono ritenute «critiche», poiché coloro che le avevano sostenute si erano opposti, con sfumature diverse, all’ordine sociale esistente e avevano fornito «elementi di grandissimo valore per illuminare gli operai» . D’altro canto, però, si erano dimostrate «utopistiche» , dal momento che i loro fautori avevano presunto di potere realizzare una forma alternativa di organizzazione sociale facendo ricorso alla mera individuazione di idee e principî nuovi e non alla lotta della classe lavoratrice. Secondo Marx ed Engels, i pensatori che li avevano preceduti avevano creduto che CM senza rientro alla prima riga

all’attività sociale dove[sse] subentrare la loro attività inventiva personale, alle condizioni storiche dell’emancipazione del proletariato […] condizioni immaginarie, all’organizzazione del proletariato come classe in un processo graduale […] un’organizzazione della società da essi escogitata di sana pianta. La storia universale dell’avvenire si risolve[va], per essi, nella propaganda e nell’esecuzione pratica dei loro progetti di società.

Nel testo politico più letto della storia dell’umanità, Marx ed Engels avversarono anche molte forme di socialismo, sia del passato che a loro contemporanee. Esse vennero considerate, a seconda dei casi, socialismo «feudale», «piccolo-borghese», «borghese» o – in senso dispregiativo, per evidenziare la loro vuota «fraseologia filosofica» – «tedesco» . La gran parte degli autori di queste teorie era accomunata da due peculiarità. La prima era la convinzione di poter «restaurare gli antichi mezzi di produzione e di scambio e, con essi, i vecchi rapporti di proprietà e la vecchia società». La seconda, invece, ineriva il tentativo, posto in essere da altri, di «imprigionare nuovamente, con la forza, i moderni mezzi di produzione e di scambio nel quadro dei vecchi rapporti di proprietà» dai quali erano stati «spezza[ti]». Per queste ragioni, Marx scorse in queste concezioni una forma di socialismo «al contempo reazionario e utopistico».

L’etichetta di «utopisti» assegnata ai primi socialisti, in alternativa a quella di «socialismo scientifico», è stata sovente utilizzata in modo fuorviante e con intento spregiativo . Costoro, infatti, contrastarono l’organizzazione sociale del tempo in cui vissero e contribuirono, sia attraverso i loro scritti che con azioni concrete, alla critica dei rapporti economici esistenti. Dei suoi precursori Marx ebbe, comunque, rispetto . Di Claude-Henri de Saint-Simon (1760-1825) pose in risalto l’enorme divario che lo separava dai suoi rozzi interpreti . A Charles Fourier (1772-1837), pur giudicando come stravaganti «schizzi umoristici» una parte delle sue idee, Marx riconobbe il «grande merito» di avere compreso che l’obiettivo da raggiungere per la trasformazione del lavoro fosse la soppressione non solo del tipo di distribuzione esistente, ma «del modo di produzione» . Nelle teorie di Robert Owen (1771-1858) ravvisò molti elementi degni di interesse e anticipatori del futuro. In Salario, prezzo e profitto, Marx rilevava che Owen già all’inizio dell’Ottocento, in Osservazioni sull’effetto del sistema manifatturiero, aveva «richie[sto] una diminuzione generale della giornata lavorativa quale primo passo per preparare la liberazione della classe operaia» . Inoltre, egli aveva perorato, come nessun altro, la causa della produzione cooperativa.

Ciò nonostante, pur riconoscendo l’influenza positiva che Saint-Simon, Fourier e Owen avevano avuto sul nascente movimento operaio, Marx espresse nei loro confronti un giudizio complessivamente negativo. Egli criticò i suoi predecessori per aver ipotizzato di risolvere le problematiche sociali del tempo mediante la progettazione di chimere irrealizzabili e per aver consumato molto del loro tempo nell’irrilevante esercizio teorico di costruire «castelli in aria».

Marx non contestò solo le proposte da lui giudicate impraticabili o errate, ma stigmatizzò soprattutto l’idea che il cambiamento sociale avvenisse attraverso modelli aprioristici, metastorici e ispirati a una precettistica dogmatica. Anche l’enfasi moralistica dei primi socialisti fu oggetto di giudizio negativo . Negli Estratti e commenti critici a «Stato e anarchia» di Bakunin, Marx criticò il «socialismo utopistico [perché voleva] dare da bere al popolo nuove fantasie, invece di limitare la sua scienza alla conoscenza del movimento sociale fatto dal popolo stesso» . A suo avviso, le condizioni per la rivoluzione non potevano essere importate dall’esterno.

2. I limiti dei precursori.
Una delle tesi più comuni, tra quanti, dopo il 1789, continuarono a battersi per un nuovo e più giusto ordine sociale, non ritenendo esaurienti i pur fondamentali mutamenti politici seguiti alla fine dell’Ancien régime, si basava sul presupposto che tutti i mali della società sarebbero cessati nel momento in cui fosse stato instaurato un sistema di governo fondato sull’assoluta eguaglianza di tutti i suoi componenti.

Questa idea di comunismo primordiale e, per molti versi, dittatoriale fu il principio guida della Congiura degli eguali, la cospirazione promossa, nel 1796, per sovvertire il Direttorio francese. Nel Manifesto degli eguali, Sylvain Maréchal (1750-1803) argomentò che «poiché tutti [gli esseri umani] hanno gli stessi bisogni e le stesse facoltà», non avrebbero dovuto esserci che «una sola educazione e un solo [tipo di] nutrimento». «Perché – si domandava Maréchal – non dovrebbe bastare a ciascuno […] la stessa quantità e la stessa qualità di alimenti?» . Anche la figura di spicco della congiura del 1796, François-Noël Babeuf (1760-1797), era dell’idea che, tramite l’applicazione del «grande principio dell’uguaglianza […] [il] cerchio dell’umanità» si sarebbe esteso e, «gradualmente, frontiere, dogane e cattivi governi [sarebbero] scompar[si]».

Il tema della costruzione di una società basata su un regime di rigida uguaglianza economica riapparve, in Francia, nella pubblicistica comunista successiva alla Rivoluzione di luglio del 1830. In Viaggio a Icaria, un manifesto politico scritto sotto forma di romanzo, Étienne Cabet (1788-1856) indicò come modello una comunità nella quale non sarebbero esistiti né «proprietà, né soldi, [né] vendite, né acquisti» e dove gli esseri umani sarebbero stati «uguali in tutto» . In questa «seconda terra promessa» , la legge avrebbe regolato qualsiasi aspetto della vita: «ogni casa [avrebbe avuto] quattro piani» e «tutti [si sarebbero] vest[iti] allo stesso modo».

Auspici in favore dell’attuazione di relazioni rigidamente egualitarie si trovano anche nell’opera di Théodore Dézamy (1808-1850). Ne Il codice della comunità, egli prefigurò un mondo «diviso in comuni, i cui territori saranno il più possibile uguali, regolari e uniti»; al loro interno sarebbero esistiti «un’unica cucina» e un solo «dormitorio comune» per tutti i bambini. Tutta la cittadinanza avrebbe vissuto come «una sola famiglia, [in] una sola e unica casa».

Vedute analoghe a quelle tanto diffuse in Francia si affermarono anche in Germania. In L’umanità come è e come dovrebbe essere, Wilhelm Weitling (1808-1871) preconizzò che la soppressione della proprietà privata avrebbe automaticamente eliminato l’egoismo, da lui semplicisticamente considerato come la principale causa di tutti i problemi sociali. Secondo Weitling, l’introduzione della «comunanza dei beni» sarebbe stato «il mezzo di redenzione dell’umanità; [avrebbe] trasforma[to] la terra in paradiso» e avrebbe generato immediatamente «un’enorme sovrabbondanza».

Tutti i pensatori che propugnavano simili concezioni incorsero nel medesimo duplice errore. Essi diedero per scontato che l’adozione di un modello sociale basato sulla rigida uguaglianza potesse rappresentare la soluzione di tutti i problemi sociali. Inoltre, contro ogni legge economica, si persuasero che per istituire il tipo di ordinamenti che suggerivano sarebbe stato sufficiente imporre alcune misure dall’alto, i cui effetti non sarebbero stati successivamente alterati dall’andamento dell’economia.

Accanto a questa ingenua ideologia egualitaria, fondata sull’illusoria certezza di poter eliminare, con grande facilità, ogni disparità esistente tra gli esseri umani, tra i primi socialisti era alquanto diffusa anche un’altra convinzione. In molti ritennero che l’elaborazione teorica di migliori sistemi di organizzazione sociale fosse la condizione sufficiente per cambiare il mondo. Sorsero, così, numerosi progetti di riforma, minuziosamente corredati di dettagli e sfumature, con i quali i patrocinatori esposero le loro ipotesi di ristrutturazione della società. Nei loro intenti, andava prioritariamente ricercata la formula giusta, la quale, una volta scoperta, sarebbe stata accettata, di buon grado, dal senso comune dei cittadini e progressivamente attuata ovunque.

Di ciò fu convinto Saint-Simon che, ne L’organizzatore, scrisse: «[I]l vecchio sistema cesserà di agire soltanto quando le idee, circa i mezzi per sostituire con altre le istituzioni […] che ancora esistono, saranno state sufficientemente messe in chiaro, collegate e armonizzate fra di loro, e quando queste idee saranno state approvate dall’opinione pubblica» . Le vedute di Saint-Simon sulla società del futuro sorprendono, però, per la disarmante vaghezza. In Nuovo cristianesimo, egli affermò che la causa della «malattia politica della [sua] epoca» – quella che provocava «sofferenza a tutti i lavoratori utili alla società» e che faceva «assorbire dai sovrani una grande parte del salario dei poveri» – dipendeva dal «sentimento d’egoismo». Dal momento che tale sentimento era «divenuto dominante in tutte le classi e in tutti gli individui» , egli auspicava la nascita di una nuova organizzazione sociale fondata su un unico principio guida: «tutti gli uomini devono comportarsi tra loro come fratelli».

Fourier dichiarò che l’esistenza umana era basata su leggi universali le quali, una volta attuate, avrebbero garantito gioia e godimento in tutto il globo. Nella Teoria dei quattro movimenti, espose quella che non esitò a definire la «scoperta […] più importante di tutti i lavori scientifici realizzati da quando esiste il genere umano» . Fourier si oppose ai sostenitori del «sistema commerciale» e affermò che la società sarebbe stata libera solo nel momento in cui tutti i suoi componenti fossero ritornati a esprimere le loro passioni . Il principale errore del regime politico esistente al suo tempo consisteva, dunque, nella repressione della natura umana.

Infine, ad accomunare molti dei primi socialisti, oltre all’egualitarismo radicale e alla ricerca del migliore modello sociale possibile, vi era anche il loro adoperarsi per promuovere la nascita di piccole comunità alternative. Nello spirito dei loro organizzatori, queste comunità, liberate dalle sperequazioni economiche esistenti nelle società del tempo, avrebbero fornito un impulso decisivo per la diffusione dei principî socialisti e ne avrebbero dovuto agevolare l’affermazione.

Ne Il nuovo mondo industriale e societario, Fourier prefigurò un innovativo ordinamento comunitario, in base al quale i villaggi sarebbero stati «sostituiti da falangi industriali di circa 1.800 persone» . Gli individui sarebbero vissuti nei falansteri, ossia in grandi edifici dotati di spazi comuni, dove avrebbero potuto usufruire collettivamente di tutti i servizi loro necessari. Seguendo il metodo inventato da Fourier, quello della «passione sfarfallante», gli esseri umani avrebbero «svolazza[to] da piacere a piacere ed evita[to] gli eccessi». Avrebbero avuto brevissimi turni di impiego, di «due ore al massimo», grazie ai quali ciascuno avrebbe potuto esercitare «da sette a otto generi di lavoro attraenti nel corso della giornata».

L’individuazione di migliori forme di organizzazione sociale animò anche Owen che, nel corso della sua esistenza, diede vita a importanti esperimenti di cooperazione operaia. Prima a New Lanark in Scozia, dal 1800 al 1825, e poi a New Harmony negli Stati Uniti d’America, dal 1826 al 1828, egli cercò di dimostrare, con la prassi, come realizzare concretamente un ordine sociale più giusto. Ne Il libro del nuovo ordine morale, Owen propose, però, la suddivisione della società in otto classi, l’ultima delle quali, «comprendente le persone dai quaranta ai sessant’anni», avrebbe avuto il monopolio della «decisione finale». Egli auspicava, in modo alquanto ingenuo, che, attraverso l’istituzione di questo sistema gerontocratico, gli individui avrebbero condiviso, «senza contestazioni, la parte loro spettante nel governo della società» , dal momento che tutti, a turno e a tempo debito, avrebbero potuto esercitarlo.

Nel 1849, anche Cabet fondò la colonia di Icaria negli Stati Uniti d’America, a Nauvoo, nell’Illinois, ma il suo autoritarismo diede origine a numerosi conflitti interni alla comunità da lui fondata. Nelle leggi della «Costituzione icariana», egli propose come condizione della nascita della colonia la sua designazione, «per dieci anni, quale […] Direttore unico e assoluto, con il potere di dirigerla in base alla sua dottrina e alle sue idee, al fine di incrementare tutte le probabilità di successo».

Sia nel caso dei vagheggiati falansteri che in quello di sporadiche cooperative, o di stravaganti colonie comuniste, gli esperimenti ideati dai primi socialisti si rivelarono così inadeguati da non lasciare ipotizzare la loro diffusione su vasta scala. Queste sperimentazioni riguardarono un numero irrisorio di lavoratori e si distinsero, spesso, per la molto limitata partecipazione della collettività all’assunzione delle decisioni politiche. Inoltre, molti dei rivoluzionari che animarono tali esperienze, soprattutto quelli non inglesi, non compresero le fondamentali trasformazioni produttive in corso al loro tempo. Molti, tra i primi socialisti, non riuscirono a intuire il legame esistente tra lo sviluppo del capitalismo e il possibile progresso sociale per la classe lavoratrice. Esso dipendeva dalla capacità degli operai di appropriarsi della ricchezza da loro generata nel nuovo modo di produzione.

3. Dove e perché Marx scrisse sul comunismo.
Marx si assegnò un compito del tutto diverso rispetto a quello dei socialisti che l’avevano preceduto. La sua priorità fu quella di «svelare la legge economica del movimento della società moderna» . Egli si prefisse di realizzare una critica complessiva del modo di produzione capitalistico che sarebbe dovuta servire al proletariato, da lui considerato il principale soggetto rivoluzionario, per rovesciare il sistema economico-sociale esistente.

Inoltre, rifuggì dall’idea di potere essere l’ispiratore di un nuovo credo politico dogmatico. Si rifiutò di proporre la configurazione di un modello universale di società comunista, cosa da lui ritenuta teoricamente inutile e politicamente controproducente. Fu per tale ragione che, nel 1873, nel Poscritto alla seconda edizione del Libro primo del Capitale, Marx lasciò intendere che non era certo tra i suoi interessi «prescrivere ricette […] per l’osteria dell’avvenire» . Il senso di questa nota affermazione fu da lui ribadita qualche anno dopo, nel 1879-1880, anche nelle Glosse marginali al «Trattato di economia politica» di Adolf Wagner, allorquando, in risposta a una critica dell’economista tedesco Adolph Wagner (1835-1917), replicò categoricamente: «[N]on ho mai enunciato un “sistema socialista”».

Marx asserì analoghi convincimenti anche nei suoi scritti politici. Di fronte alla nascita della Comune di Parigi, ossia alla prima presa del potere da parte delle classi subalterne, commentò, in La guerra civile in Francia, che «la classe operaia non si aspettava miracoli dalla Comune. Essa non ha utopie belle e pronte da introdurre per decreto del popolo». Marx dichiarò che l’emancipazione del proletariato doveva «passare attraverso lunghe lotte e per una serie di processi storici che trasformeranno circostanze e uomini». Non si trattava, dunque, di «realizzare ideali, ma […] [di] liberare gli elementi della nuova società dei quali è gravida la vecchia società borghese che sta crollando».

Infine, Marx espresse concetti analoghi anche nel carteggio che ebbe con dirigenti del movimento operaio europeo. Quando, ad esempio, nel 1881 Ferdinand Nieuwenhuis (1846-1919), il maggiore esponente della Lega socialdemocratica in Olanda, gli chiese quali misure avrebbero dovuto essere adottate, dopo la presa del potere, da parte di un governo rivoluzionario per costruire la società socialista, Marx rispose che aveva sempre ritenuto simili domande «una sciocchezza». A suo avviso, «ciò che si [sarebbe] dov[uto] fare […] in un particolare momento del futuro, [sarebbe] dipe[so], in tutto e per tutto, dalle reali condizioni storiche in cui si [sarebbe] dov[uto] agire». Egli riteneva impossibile «risolvere un’equazione che non racchiud[esse] nei suoi termini gli elementi della soluzione»; rimase sempre convinto che «l’anticipazione dottrinaria e necessariamente fantasiosa del programma d’azione di una rivoluzione a venire serv[isse] soltanto a distrarre dalla lotta presente».

Il vastissimo carteggio con Engels costituisce la migliore testimonianza della coerenza di queste sue convinzioni. Nel corso della loro quarantennale collaborazione, i due amici si confrontarono su ogni possibile tematica, ma Marx non dedicò il minimo tempo alla discussione sul come avrebbe dovuto essere organizzata la società del domani.

Tuttavia, al contrario di quanto erroneamente sostenuto da molti suoi commentatori, Marx svolse, tanto nelle opere pubblicate quanto in quelle incompiute, numerose considerazioni sul comunismo – per quanto queste non ebbero mai intenti prescrittivi. Esse sono rintracciabili in tre differenti tipologie di scritti. Nella prima rientrano quelli in cui Marx criticò le idee dei socialisti a lui contemporanei ritenute teoricamente sbagliate e politicamente fuorvianti. Alcune parti dei Manoscritti economico-filosofici del 1844 e de L’ideologia tedesca; il capitolo sulla «Letteratura socialista e comunista» del Manifesto del partito comunista; le critiche alle posizioni di Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), disseminate nei Grundrisse, nell’Urtext e in Per la critica dell’economia politica; i testi contro l’anarchismo dei primi anni settanta; e le tesi contro Ferdinand Lassalle (1825-1864), contenute nella Critica al programma di Gotha, appartengono a questa categoria. A tutto ciò vanno aggiunti i commenti critici rivolti a Proudhon, agli anarchici aderenti all’Associazione internazionale dei lavoratori e a Lassalle che si trovano sparsi all’interno del copioso carteggio di Marx.

Il secondo tipo di testi in cui Marx delineò alcuni tratti della società comunista è costituito dagli scritti di lotta e di propaganda politica destinati alle organizzazioni della classe proletaria del suo tempo. A esse Marx volle fornire indicazioni più concrete sul profilo della società per la quale lottavano e sugli strumenti necessari per la sua costruzione. Rientrano in questa categoria il Manifesto del partito comunista, le risoluzioni, le relazioni e gli indirizzi redatti per l’Associazione internazionale dei lavoratori (1864-1872) – inclusi Salario, prezzo e profitto e –, nonché alcuni articoli giornalistici, conferenze pubbliche, discorsi, lettere a militanti e altri documenti brevi, quali, ad esempio, il Programma minimo del Partito Operaio Francese.

Infine, i testi nei quali Marx descrisse più diffusamente, nonché in forma più efficace, le possibili caratteristiche della società comunista furono quelli incentrati sul capitalismo. In significativi capitoli del Capitale e in importanti parti dei suoi numerosi manoscritti preparatori, in particolare nei ricchissimi Grundrisse, sono racchiuse alcune delle sue idee fondamentali sul socialismo. Furono proprio le osservazioni critiche nei confronti di specifici aspetti del modo di produzione esistente a generare le riflessioni sulla società comunista che, non a caso, in diverse pagine della sua opera, si susseguono alternandosi tra loro.

Un attento studio delle considerazioni sul comunismo, presenti in ognuno dei testi menzionati, permette di distinguere la concezione di Marx da quelle dei regimi che, nel XX secolo, dichiarando di agire in suo nome, perpetrarono, invece, crimini ed efferatezze. In tal modo, è possibile ricollocare il progetto politico marxiano nell’orizzonte che gli spetta: la lotta per l’emancipazione di quella che Saint-Simon definì «la classe più povera e più numerosa».

Le sue annotazioni sul comunismo non vanno valutate come il modello marxista al quale attenersi dogmaticamente , né, tantomeno, come le soluzioni che, secondo Marx, si sarebbero dovute applicare, in modo indifferenziato, in luoghi e tempi diversi. Tuttavia, questi brani costituiscono un cospicuo e preziosissimo tesoro teorico, ancora oggi utile, per ripensare l’alternativa al capitalismo.

4. Le manchevolezze degli scritti giovanili.
Diversamente da quanto è stato sostenuto in alcuni testi di propaganda marxista-leninista, le teorie di Marx non furono il frutto di un sapere innato, ma si svilupparono attraverso un lungo processo di maturazione concettuale e politica. L’intenso e defatigante studio di molte discipline, in primis dell’economia, e l’osservazione di concreti avvenimenti politici, in particolare quelli relativi alla Comune di Parigi, ebbero considerevole rilevanza per lo sviluppo delle sue riflessioni sulla società comunista.

Alcuni dei testi giovanili di Marx, rimasti in gran parte incompleti, da lui mai pubblicati, e sorprendentemente considerati da tanti suoi epigoni come quelli nei quali si trovano condensate le sue tesi più significative , mostrano, al contrario, tutti i limiti della sua iniziale concezione della società post-capitalista.

Nei Manoscritti economico-filosofici del 1844, Marx scrisse sull’argomento in termini molto astratti, non avendo ancora potuto approfondire le ricerche economiche e a causa della carente esperienza politica maturata al tempo. In alcune parti di tale testo, egli descrisse «il comunismo […] [come] negazione della negazione», quale un «momento della dialettica hegeliana»: «l’espressione positiva della proprietà privata soppressa» . In altre, invece, ispirandosi a Ludwig Feuerbach (1804-1872), rappresentò il comunismo, come

umanismo, in quanto compiuto naturalismo, e naturalismo, in quanto umani- smo […]; verace soluzione del contrasto dell’uomo con la natura e con l’uomo, la verace soluzione del conflitto fra esistenza ed essenza, fra oggettivazione e affermazione soggettiva, fra libertà e necessità, fra individuo e genere.

FINE
Diversi passaggi dei Manoscritti economico-filosofici del 1844 furono influenzati dalla matrice teleologica della filosofia della storia di Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). Suggestionato da quest’ultimo, Marx asserì che «l’intero movimento della storia […] [era stato] il reale atto di generazione del comunismo» ; che il comunismo sarebbe stato «la soluzione dell’enigma della storia, […] consapevole di essere questa soluzione».

Anche L’ideologia tedesca, redatta assieme a Engels e concepita come un progetto al quale avrebbero dovuto partecipare altri autori , contiene una famosa citazione che ha generato grande confusione tra gli esegeti di Marx. In una pagina di questo manoscritto incompiuto si legge che, mentre nella società capitalistica, con la divisione del lavoro, ogni essere umano «ha una sfera di attività determinata ed esclusiva»,

nella società comunista […], la società regola la produzione in generale e, in tal modo, mi rende possibile di fare oggi questa cosa, domani quell’altra; la mattina andare a caccia, il pomeriggio pescare, la sera allevare il bestiame, dopo pranzo criticare, così come mi vien voglia; senza diventare né cacciatore, né pescatore, né pastore, né critico .

Numerosi studiosi, marxisti e antimarxisti, hanno ingenuamente creduto che fosse questa, per Marx, la principale caratteristica della società comunista. Ciò fu possibile per la loro scarsa familiarità sia con Il capitale che con importanti testi politici di Marx. Questi autori non si accorsero, malgrado l’elevato numero di analisi e discussioni sorte intorno al manoscritto del 1845-1846, che questo passaggio era la riformulazione di una vecchia – e assai nota – idea di Charles Fourier , riproposta da Engels, ma bocciata da Marx .

Nonostante gli evidenti limiti, L’ideologia tedesca rappresentò un indubbio progresso rispetto ai Manoscritti economico-filosofici del 1844. Contro l’idealismo, privo di qualsiasi concretezza politica, degli esponenti della sinistra hegeliana, gruppo del quale egli aveva fatto parte fino al 1842, Marx chiarì che «non è possibile attuare una liberazione reale se non nel mondo reale e con mezzi reali». Il comunismo, pertanto, non doveva essere considerato come «uno stato di cose che debba essere instaurato, un ideale al quale la realtà dovrà conformarsi, [ma quale] movimento reale che abolisce lo stato di cose presente».

Ne L’ideologia tedesca, Marx abbozzò anche una prima descrizione del profilo economico della società futura. A suo avviso, se le precedenti rivoluzioni avevano prodotto soltanto «una nuova ripartizione del lavoro ad altre persone»,

il comunismo si distingue da tutti gli altri movimenti, fino a oggi conosciuti, in quanto rovescia la base di tutti i rapporti di produzione e le forme di relazione sviluppatesi fin qui e, per la prima volta, tratta coscientemente tutti i presupposti naturali come creazione degli uomini finora esistiti. Li spoglia del loro carattere naturale e li assoggetta al potere degli individui uniti. La sua organizzazione è, quindi, essenzialmente economica. È la creazione materiale delle condizioni di questa unione .

Marx asserì anche che «il comunismo è possibile empiricamente solo come azione dei popoli dominanti tutti in “una volta” e simultaneamente». A suo giudizio, ciò presupponeva sia lo «sviluppo universale delle forze produttive» che le «relazioni mondiali a esse connesse» . Inoltre, Marx affrontò, per la prima volta, anche un fondamentale tema politico, che avrebbe ripreso poi in futuro: quello dell’avvento del comunismo come fine della tirannia di classe. Egli affermò, infatti, che la rivoluzione avrebbe «aboli[to] il dominio di tutte le classi insieme con le classi stesse, poiché essa è compiuta dalla classe che nella società non conta più come classe, che non è riconosciuta come classe, che in seno alla società odierna è già l’espressione del dissolvimento di tutte le classi e nazionalità» . Marx continuò, assieme a Engels, a sviluppare le sue riflessioni sulla società post-capitalista nel Manifesto del partito comunista.

In questo testo, che, per la profondità di analisi dei mutamenti prodotti dal capitalismo, giganteggiava rispetto all’approssimativa letteratura socialista del tempo, le valutazioni più interessanti sul comunismo riguardavano i rapporti di proprietà. Egli osservò che la loro radicale trasformazione non sarebbe stata la «cosa che [avrebbe] propriamente caratterizz[ato] il comunismo», poiché anche gli altri nuovi modi di produzione comparsi nella storia avevano mutato i rapporti proprietari antecedentemente esistenti. Per Marx, diversamente da quanti dichiaravano, in maniera propagandistica, che i comunisti avrebbero impedito l’appropriazione personale dei prodotti del lavoro, «quel che contraddistingue il comunismo non è l’abolizione della proprietà in generale, bensì l’abolizione della proprietà borghese» , l’eliminazione della «facoltà di appropriarsi dei prodotti sociali […] per asservire lavoro altrui» . A suo avviso i comunisti potevano riassumere la «loro dottrina in quest’unica espressione: abolizione della proprietà privata».

Nel Manifesto del partito comunista, Marx fornì anche un elenco di dieci provvedimenti da realizzare, nei paesi economicamente più sviluppati, in seguito alla conquista del potere. Tra essi rientravano: «espropriazione della proprietà fondiaria e impiego della rendita fondiaria per le spese dello Stato ; […] accentramento del credito in mano allo Stato mediante una banca nazionale; […] accentramento di tutti i mezzi di trasporto in mano allo Stato; […] istruzione pubblica e gratuita di tutti i fanciulli»; ma anche la «abolizione del diritto di successione», una misura di matrice sansimoniana in seguito fermamente respinta da Marx.

Così come nel caso dei manoscritti redatti tra il 1844 e il 1846, si commetterebbe un errore se i principî elencati nel Manifesto del partito comunista, elaborati quando Marx era appena trentenne, venissero assunti come la compiuta descrizione della società post-capitalista da lui propugnata . La piena maturazione del suo pensiero necessitò di tanti altri anni di studio e di ulteriori esperienze politiche.

5. Comunismo come libera associazione.
Nel Libro primo del Capitale, Marx argomentò che il capitalismo è un modo di produzione sociale «storicamente determinato» , nel quale il prodotto del lavoro è trasformato in merce. In conseguenza di questa peculiarità, gli individui hanno valore solo in quanto produttori e «l’esistenza dell’essere umano» è asservita all’atto della «produ[zione] di merci» . Pertanto, è «il processo di produzione [a] padroneggi[are] gli esseri umani» , non viceversa. Il capitale «non si preoccupa della durata della vita della forza-lavoro» e non ritiene rilevante il miglioramento delle condizioni del proletariato. Quello che gli «interessa è unicamente […] il massimo [sfruttamento] di forza lavoro […], così come un agricoltore avido ottiene aumentati proventi dal suolo rapinandone la fertilità».

Nei Grundrisse, Marx ricordò che, poiché nel capitalismo, «lo scopo del lavoro non è un prodotto particolare che sta in […] rapporto con i bisogni […] dell’individuo, ma [è, invece,] il denaro […], la laboriosità dell’individuo non ha alcun limite» . In siffatta società «tutto il tempo di un individuo è posto come tempo di lavoro e [l’uomo] viene degradato a mero operaio, sussunto sotto il lavoro» . Ciò nonostante, l’ideologia borghese presenta questa condizione come se l’individuo godesse di una maggiore libertà e fosse protetto da norme giuridiche imparziali, in grado di garantire giustizia ed equità. Paradossalmente, malgrado l’economia sia giunta a un livello di sviluppo in grado di consentire a tutta la società di vivere in condizioni migliori rispetto al passato, «le macchine più progredite costringono l’operaio a lavorare più a lungo di quanto era toccato al selvaggio o di quanto lui stesso aveva fatto, [prima di allora,] con strumenti più semplici e rozzi».

Al contrario, il comunismo fu definito da Marx come «un’associazione di liberi esseri umani [einen Verein freier Menschen] che lavor[a]no con mezzi di produzione comuni e spend[o]no coscientemente le loro molteplici forze-lavoro individuali come una sola forza-lavoro sociale» . Definizioni simili sono presenti in numerosi manoscritti di Marx. Nei Grundrisse, egli scrisse che la società postcapitalista si sarebbe fondata sulla «produzione sociale» [gemeinschaftlichen Produktion] . Nei Manoscritti economici del 1863-1867, parlò del «passaggio del modo di produzione capitalistico al modo di produzione del lavoro associato [Produktionsweise der assoziierten Arbeit] . Nella Critica al programma di Gotha (1875), Marx definì l’organizzazione sociale «fondata sulla proprietà comune dei mezzi di produzione» come «società cooperativa» [genossenschaftliche Gesellschaft].

Nel Libro primo del Capitale, Marx chiarì che il «principio fondamentale» di questa «forma superiore di società» sarebbe stato il «pieno e libero sviluppo di ogni individuo» . Ne La guerra civile in Francia, espresse la sua approvazione per le misure adottate dai comunardi che lasciavano «presagire la tendenza di un governo del popolo per il popolo» . Più precisamente, nelle sue valutazioni circa le riforme politiche della Comune di Parigi, egli ritenne che «il vecchio governo centralizzato avrebbe dovuto cedere il passo, anche nelle province, all’autogoverno dei produttori». L’espressione venne ripresa negli Estratti e commenti critici a «Stato e anarchia» di Bakunin, dove specificò che un radicale cambiamento sociale avrebbe avuto «inizio con l’autogoverno della comunità» . L’idea di società di Marx è, dunque, l’antitesi dei totalitarismi sorti in suo nome nel XX secolo. I suoi testi sono utili non solo per comprendere il modo di funzionamento del capitalismo, ma anche per individuare le ragioni dei fallimenti delle esperienze socialiste fin qui compiute.

In riferimento al tema della cosiddetta libera concorrenza, ovvero l’apparente eguaglianza con la quale operai e capitalisti si trovano posti sul mercato nella società borghese, Marx dichiarò che essa era tutt’altro dalla libertà umana tanto esaltata dagli esegeti del capitalismo. Egli riteneva che questo sistema costituisse un grande impedimento per la democrazia e mostrò, meglio di chiunque altro, che i lavoratori non ricevono il corrispettivo di quello che producono . Nei Grundrisse, spiegò che quanto veniva rappresentato come uno «scambio di equivalenti» era, invece, «appropriazione di lavoro altrui senza scambio, ma sotto la parvenza dello scambio». Le relazioni tra le persone erano «determinate soltanto dai loro interessi egoistici». Questa «collisione di individui» era stata spacciata come la «forma assoluta di esistenza della libera individualità nella sfera della produzione e dello scambio».

Per Marx non vi era, in realtà, «niente di più falso», poiché, «nella libera concorrenza, non gli individui, ma il capitale è posto in condizioni di libertà» . Nei Manoscritti economici del 1861-63 egli denunciò che era «il capitalista a incassare questo pluslavoro – [che era] […] tempo libero [e] […] la base materiale dello sviluppo e della cultura in generale […] – in nome della società» . Nel Libro primo del Capitale, egli denunciò che la ricchezza della borghesia è possibile solo mediante la «trasformazione in tempo di lavoro di tutto il tempo di vita delle masse».

Nei Grundrisse, Marx osservò che nel capitalismo «gli individui sono sussunti dalla produzione sociale» , la quale esiste come qualcosa che è a «loro estraneo» . Essa viene realizzata solamente in funzione dell’attribuzione del valore di scambio conferito ai prodotti, la cui compravendita avviene soltanto «post festum» . Inoltre, «tutti i fattori sociali della produzione» , comprese le scoperte scientifiche che si palesano come «una scienza altrui, esterna all’operaio» , sono poste dal capitale. Lo stesso associarsi degli operai nei luoghi e nell’atto della produzione è «operato dal capitale» ed è, pertanto, «soltanto formale». L’uso dei beni creati da parte dei lavoratori «non è mediat[o] dallo scambio di lavori o di prodotti di lavoro reciprocamente indipendenti [, bensì] […] dalle condizioni sociali della produzione entro le quali agisce l’individuo» . Marx fece comprendere come l’attività produttiva nella fabbrica «riguarda[sse] solo il prodotto del lavoro, non il lavoro stesso» , dal momento che avveniva «in un ambiente comune, sotto vigilanza, irreggimentazione, maggiore disciplina, immobilità e dipendenza».

Nel comunismo, invece, la produzione sarebbe stata «immediatamente sociale […], il risultato dell’associazione [the offspring of association] che ripartisce il lavoro al proprio interno». Essa sarebbe stata controllata dagli individui come «loro patrimonio comune» . Il «carattere sociale della produzione» [gesellschaftliche Charakter der Produktion] avrebbe fatto sì che l’oggetto del lavoro fosse stato, «fin dal principio, un prodotto sociale e generale» . Il carattere associativo «è presupposto» e «il lavoro del singolo si pone, sin dalla sua origine, come lavoro sociale» . Come volle sottolineare nella Critica al programma di Gotha, nella società postcapitalistica «i lavori individuali non [sarebbero] più diventa[ti] parti costitutive del lavoro complessivo attraverso un processo indiretto, ma in modo diretto» . In aggiunta, gli operai avrebbero potuto creare le condizioni per una «scomparsa [del]la subordinazione servile degli individui alla divisione del lavoro» . Nel Libro primo del Capitale, Marx evidenziò che nella società borghese «l’operaio esiste in funzione del processo di produzione e non il processo di produzione per l’operaio» .

Inoltre, parallelamente allo sfruttamento dei lavoratori, si manifestava anche quello verso l’ambiente. All’opposto delle interpretazioni che hanno assimilato la concezione marxiana della società comunista al mero sviluppo delle forze produttive, il suo interesse per la questione ecologica fu rilevante . Marx denunciò, ripetutamente, che lo sviluppo del modo di produzione capitalistico determinava un aumento «non solo nell’arte di rapinare l’operaio, ma anche nell’arte di rapinare il suolo» . Per suo tramite, venivano minate entrambe le «fonti da cui sgorga ogni ricchezza: la terra e l’operaio».

Nel comunismo, viceversa, si sarebbero create le condizioni per una forma di «cooperazione pianificata», in virtù della quale «l’operaio si [sarebbe] spoglia[to] dei suoi limiti individuali e [avrebbe] sviluppa[to] la facoltà della sua specie» . Nel Libro secondo Marx scrisse che nel comunismo la società sarebbe stata in grado di «calcolare in precedenza quanto lavoro, mezzi di produzione e di sussistenza [avrebbe potuto] adoperare». Essa si sarebbe così differenziata, anche da questo punto di vista, dal capitalismo, sotto il quale «l’intelletto sociale si fa valere sempre soltanto post festum, [facendo] così intervenire, costantemente, grandi perturbamenti» . Anche in alcuni brani del Libro terzo, Marx offrì chiarimenti sulle differenze tra il modo di produzione socialista e quello basato sul mercato, auspicando la nascita di una società «organizzata come una associazione cosciente e sistematica» . Egli affermò che «è solo quando la società controlla efficacemente la produzione, regolandola in anticipo, che essa crea il legame fra la misura del tempo di lavoro sociale dedicato alla produzione di un articolo determinato e l’estensione del bisogno sociale che tale articolo deve soddisfare».

Nelle Glosse marginali al «Trattato di economia politica» di Adolf Wagner, infine, compare un’altra indicazione in proposito: «il volume della produzione» avrebbe dovuto essere «regolato razionalmente» . L’applicazione di questo criterio avrebbe consentito di abbattere anche gli sprechi dell’«anarchico sistema della concorrenza», il quale, nel ricorrere delle sue crisi strutturali, oltre a «determina[re] lo sperpero smisurato dei mezzi di produzione e delle forze-lavoro sociali» , non era in grado di risolvere le contraddizioni derivanti dall’introduzione dei macchinari, dovute essenzialmente «al loro uso capitalistico».

6. Proprietà collettiva e tempo libero.
Per ribaltare questo stato di cose, contrariamente a quanto credevano molti socialisti contemporanei a Marx, non bastava modificare la redistribuzione dei beni di consumo. Occorreva modificare alla radice gli assetti produttivi della società. Fu per questo che, nei Grundrisse, Marx annotò che «lasciare sussistere il lavoro salariato e, allo stesso tempo, sopprimere il capitale [era] una rivendicazione che si autocontraddice[va]» . Occorreva, viceversa, la «dissoluzione del modo di produzione e della forma di società fondati sul valore di scambio» . Nel discorso pubblicato con il titolo Salario, prezzo e profitto, egli ammonì gli operai affinché sulle loro bandiere non apparisse «la parola d’ordine conservatrice “Equo salario per un’equa giornata di lavoro”», ma il «motto rivoluzionario “Soppressione del sistema del lavoro salariato”».

Per di più, come si trova dichiarato nella Critica al programma di Gotha, nel modo di produzione capitalistico «le condizioni materiali della produzione [erano] a disposizione dei non operai sotto forma di proprietà del capitale e proprietà della terra, mentre la massa [era] soltanto proprietaria della [propria] forza lavoro» . Pertanto, era essenziale rovesciare i rapporti proprietari alla base del modo di produzione borghese. Nei Grundrisse, Marx ricordò che «le leggi della proprietà privata – ovvero la libertà, l’uguaglianza, la proprietà sul lavoro e la sua libera disposizione – si riversano nella mancanza di proprietà dell’operaio, nell’espropriazione del suo lavoro e nel suo riferirsi a esso come proprietà altrui» . In un intervento svolto, nel 1869, al Consiglio generale dell’Associazione internazionale dei lavoratori, Marx affermò che la «proprietà privata dei mezzi di produzione» serviva soltanto ad assicurare alla classe borghese il «potere con il quale essa [avrebbe] costr[etto] altri esseri umani a lavorare» per lei. Egli ribadì lo stesso concetto in un altro breve scritto politico, il Programma elettorale dei lavoratori socialisti, aggiungendo che «i produttori possono essere liberi solo quando sono in possesso dei mezzi di produzione» e che l’obiettivo della lotta del proletariato doveva essere la «restituzione alla comunità di tutti i mezzi di produzione».

Nel Libro terzo del Capitale, Marx osservò che, quando i lavoratori avrebbero instaurato un modo di produzione comunista, «la proprietà privata del globo terrestre da parte di singoli individui [sarebbe] appar[sa] così assurda come la proprietà privata di un essere umano da parte di un altro essere umano». Egli manifestò la sua più radicale critica verso l’idea di possesso distruttivo insita nel capitalismo, ricordando che «anche un’intera società, una nazione, o anche tutte le società di una stessa epoca prese complessivamente, non sono proprietarie della terra». Per Marx, gli esseri umani erano «soltanto […] i suoi usufruttuari» e, dunque, avevano «il dovere di tramandare alle generazioni successive [il mondo] migliorato, come boni patres familias».

Un diverso assetto della proprietà dei mezzi di produzione avrebbe mutato alla radice anche i tempi di vita della società. Nel Libro primo del Capitale, Marx disvelò, con inequivocabile chiarezza, le ragioni per le quali, nel capitalismo, «l’economia di lavoro mediante lo sviluppo della forza produttiva del lavoro non ha affatto lo scopo di accorciare la giornata lavorativa». Il tempo che il progredire della tecnica e della scienza renderebbe disponibile per i singoli viene, infatti, immediatamente convertito in pluslavoro. La classe dominante ha come unica ambizione quella di «ridurre il tempo di lavoro necessario per la produzione di una determinata quantità di merci» . Il suo solo scopo è quello di sviluppare la forza produttiva con il solo fine di «abbrevia[re] la parte della giornata lavorativa nella quale l’operaio deve lavorare per sé stesso, per prolungare […] la parte […] nella quale l’operaio può lavorare gratuitamente per il capitalista» . Questo sistema differisce dalla schiavitù o dalle corvées dovute al signore feudale, poiché «pluslavoro e lavoro necessario sfumano l’uno nell’altro» e rendono più difficilmente percettibile l’entità dello sfruttamento.

Nei Grundrisse, Marx mise bene in evidenza che è solo grazie a questo surplus del tempo di lavoro di tutti che si rende possibile il «tempo libero per alcuni» . La borghesia consegue l’accrescimento delle sue facoltà materiali e culturali solo grazie alla limitazione imposta a quello del proletariato. Lo stesso accade nelle nazioni capitalisticamente più avanzate, a discapito delle periferie del sistema. Nei Manoscritti economici del 1861-1863, Marx ribadì che il progresso della classe dominante è speculare alla «mancanza di sviluppo della massa lavoratrice» . Il tempo libero della prima «corrisponde al tempo asservito» dei lavoratori; «lo sviluppo sociale dell’una fa del lavoro di [questi] altr[i] la propria base naturale» . Questo tempo di pluslavoro degli operai non solo è il pilastro sul quale poggia la «esistenza materiale» della borghesia, ma crea la condizione anche per il suo «tempo libero, la sfera del [suo] sviluppo». Come meglio non si potrebbe dichiarare: «il tempo libero dell’una corrisponde al […] tempo soggiogato al lavoro […] dell’altra».

Per Marx, al contrario, la società comunista sarebbe stata caratterizzata da una diminuzione generalizzata dei tempi di lavoro. Nel documento Istruzioni per i delegati del Consiglio Generale provvisorio. Le differenti questioni, da lui predisposto per il primo congresso dell’Associazione internazionale dei lavoratori, enunciò che la riduzione della giornata lavorativa era la «condizione preliminare senza la quale [sarebbero] aborti[ti] tutti gli ulteriori tentativi di miglioramento e di emancipazione». Era necessario non solo «fare recuperare l’energia e la salute alla classe lavoratrice», ma anche «fornire a essa la possibilità di sviluppo intellettuale, di relazioni e attività sociali e politiche» . Nel Libro primo del Capitale, Marx argomentò che il «tempo per un’educazione da esseri umani, per lo sviluppo intellettuale, per l’adempimento di funzioni sociali, per rapporti socievoli, per la libera espressione delle energie vitali, fisiche e mentali», considerati dai capitalisti «fronzoli puri e semplici» , sarebbero stati gli elementi fondativi della nuova società. Il decremento delle ore destinate al lavoro – non solo del tempo di lavoro necessario per creare nuovo pluslavoro in favore della classe capitalista – avrebbe favorito, così appuntò Marx nei Grundrisse, «il libero sviluppo delle individualità», ovvero «la formazione e lo sviluppo artistico e scientifico […] degli individui, grazie al tempo divenuto libero e ai mezzi creati per tutti loro».

Sulla base di queste convinzioni, egli ravvisò nella «economia di tempo, e [nella] ripartizione pianificata del tempo di lavoro nei diversi rami di produzione, la prima legge economica alla base della produzione sociale» . Nelle Teorie sul plusvalore precisò, ancor più, che «la ricchezza non è niente altro che tempo disponibile». Nella società comunista l’autogestione dei lavoratori avrebbe dovuto assicurare una maggiore quantità di tempo che non doveva essere «assorbito dal lavoro immediatamente produttivo, [ma] dar[e] luogo al godimento, all’ozio e, pertanto, alla libera attività e al libero sviluppo» . In questo testo, così come nei Grundrisse, Marx citò un breve pamphlet intitolato La fonte e il rimedio delle difficoltà nazionali dedotte dai principi di economia politica in una lettera al signor John Russell, del quale condivideva pienamente la definizione di benessere formulata dall’anonimo autore: «una nazione si può dire veramente ricca, quando in essa invece di lavorare per 12 ore si lavora soltanto per sei.

La ricchezza reale non è l’imposizione del tempo di lavoro supplementare, ma è il tempo [che viene reso] disponibile a ogni individuo e a tutta la società, fuori da quello usato nella produzione immediata». La medesima idea si trova ribadita in un altro brano dei Grundrisse, nel quale Marx domandava retoricamente: «che cos’è la ricchezza se non l’universalità dei bisogni, delle capacità, dei godimenti, delle forze produttive degli individui? […] Che cos’è se non l’estrinsecazione assoluta delle [loro] doti creative?» . È evidente, dunque, che il modello socialista al quale egli guardava non contemperava uno stato di miseria generalizzata, ma il conseguimento di una maggiore ricchezza collettiva.

7. Ruolo dello Stato, diritti individuali e libertà.
Nella società comunista, accanto alle trasformazioni dell’economia, avrebbero dovuto essere ridefiniti anche il ruolo dello Stato e le funzioni della politica. Ne La guerra civile in Francia, Marx tenne a chiarire che, in seguito alla presa del potere, la classe lavoratrice avrebbe dovuto lottare per «estirpare le basi economiche sulle quali riposa l’esistenza delle classi e, quindi, il dominio di classe». Una volta che sarà «emancipato il lavoro, ogni essere umano div[errà] un lavoratore e il lavoro produttivo cess[erà] di essere l’attributo di una classe» . La nota affermazione «la classe operaia non può semplicemente impadronirsi della macchina statale così com’è» stava a significare, come Marx ed Engels spiegarono nell’opuscolo Le cosiddette scissioni nell’Internazionale, che il movimento operaio avrebbe dovuto tendere a trasformare «le funzioni governative […] in semplici funzioni amministrative» . Anche se con una formulazione alquanto concisa, negli Estratti e commenti critici a «Stato e anarchia» di Bakunin, Marx spiegò che «la distribuzione delle funzioni [governative avrebbe dovuto] diven[tare] un fatto amministrativo che non attribuisce alcun potere». In questo modo, si sarebbe potuto evitare, quanto più possibile, che l’esercizio degli incarichi politici generasse nuove dinamiche di dominio e soggezione.

Marx valutò che, con lo sviluppo della società moderna, «il potere dello Stato [aveva] assu[nto] sempre più il carattere di potere nazionale del capitale sul lavoro, di una forza pubblica organizzata di asservimento sociale, di uno strumento del dispotismo di classe» . Nel comunismo, al contrario, i lavoratori avrebbero dovuto impedire che lo Stato divenisse un ostacolo alla piena emancipazione degli individui. A essi Marx indicò la necessità che «gli organi meramente repressivi del vecchio potere governativo [fossero] amputati», mentre le sue «funzioni legittime» avrebbe[ro] dovuto essere «strappate da un’autorità che usurpava il primato della società […] e restituite agli agenti responsabili della società» . Nella Critica al programma di Gotha Marx chiarì che «la libertà consiste nel mutare lo Stato da organo sovrapposto alla società in organo assolutamente subordinato ad essa», chiosando con sagacia che «le forme dello Stato sono più o meno libere nella misura in cui limitano la “libertà dello Stato”».

In questo stesso testo, Marx sottolineò anche l’esigenza che, nella società comunista, le politiche pubbliche privilegiassero la «soddisfazione collettiva dei bisogni». Le spese per le scuole, le istituzioni sanitarie e gli altri beni comuni sarebbero «notevolmente aumentat[e] fin dall’inizio, rispetto alla società attuale, e [sarebbero] aument[ate] nella misura in cui la nuova società si verrà sviluppando» . L’istruzione avrebbe assunto una funzione di primario rilievo e, così come aveva ricordato ne La guerra civile in Francia, riferendosi al modello adottato dai comunardi parigini nel 1871, «tutti gli istituti di istruzione [sarebbero] stati aperti gratuitamente al popolo e liberati da ogni ingerenza sia della Chiesa che dello Stato». Solo così la cultura sarebbe «stata resa accessibile a tutti» e la scienza affrancata sia «dai pregiudizi di classe [che] dalla forza del governo».

Differentemente dalla società liberale, nella quale «l’eguale diritto» lascia inalterate le disuguaglianze esistenti, per Marx nella società comunista «il diritto [avrebbe] dov[uto] essere disuguale, invece di essere uguale». Una sua trasformazione in tal senso avrebbe riconosciuto, e tutelato, gli individui in base ai loro specifici bisogni e al minore o maggiore disagio delle loro condizioni, poiché «non sarebbero individui diversi, se non fossero disuguali». Sarebbe stato possibile, inoltre, determinare la giusta partecipazione di ciascuna persona ai servizi e alla ricchezza disponibile. La società che ambiva a seguire il principio «ognuno secondo le sue capacità, a ognuno secondo i suoi bisogni» aveva, davanti a sé, questo cammino complesso e irto di difficoltà. Tuttavia, l’esito finale non era garantito da «magnifiche sorti e progressive» e, allo stesso tempo, non era irreversibile.

Marx assegnò un valore fondamentale alla libertà individuale e il suo comunismo fu radicalmente diverso tanto dal livellamento delle classi, auspicato da diversi suoi predecessori, quanto dalla grigia uniformità politica ed economica, realizzata da molti suoi seguaci. Nell’Urtext , però, pose l’accento anche sull’«errore di quei socialisti, specialmente francesi», che, considerando «il socialismo [quale] realizzazione delle idee borghesi», avevano cercato di «dimostrare che il valore di scambio [fosse], originariamente […], un sistema di libertà ed eguaglianza per tutti, […] falsificato [… poi] dal capitale» . Nei Grundrisse, Marx etichettò come «insulsaggine [quella] di considerare la libera concorrenza quale ultimo sviluppo della libertà umana». Difatti, questa tesi «non significa[va] altro se non che il dominio della borghesia [era] il termine ultimo della libertà umana», idea che, ironicamente, Marx definì «allettante per i parvenus».

Allo stesso modo, egli contestò l’ideologia liberale secondo la quale «la negazione della libera concorrenza equivale alla negazione della libertà individuale e della produzione sociale basata sulla libertà individuale». Nella società borghese si rendeva possibile soltanto un «libero sviluppo su base limitata, sulla base del dominio del capitale». A suo avviso, «questo genere di libertà individuale [era], al tempo stesso, la più completa soppressione di ogni libertà individuale e il più completo soggiogamento dell’individualità alle condizioni sociali, le quali assumono la forma di poteri oggettivi […] [e] oggetti indipendenti […] dagli stessi individui e dalle loro relazioni».

L’alternativa all’alienazione capitalistica era realizzabile solo se le classi subalterne avessero preso coscienza della loro condizione di nuovi schiavi e avessero dato inizio alla lotta per una trasformazione radicale del mondo nel quale venivano sfruttati. La loro mobilitazione e la loro partecipazione attiva a questo processo non poteva arrestarsi, però, all’indomani della presa del potere. Avrebbe dovuto proseguire al fine di scongiurare la deriva verso un socialismo di Stato nei cui confronti Marx manifestò sempre la più tenace e convinta opposizione.

In una significativa lettera indirizzata, nel 1868, al presidente dell’Associazione generale degli operai tedeschi, Marx spiegò che «l’operaio non andava trattato con provvedimenti burocratici», affinché potesse obbedire «all’autorità e ai superiori; la cosa più importante era insegnargli a camminare da solo» . Egli non mutò mai questa convinzione nel corso della sua esistenza. Non a caso, come primo punto degli Statuti dell’Associazione Internazionale dei Lavoratori, da lui redatto, aveva posto: «l’emancipazione della classe lavoratrice deve essere opera dei lavoratori stessi». Aggiungendo, in quello immediatamente successivo, che la loro lotta non doveva «tendere a costituire nuovi privilegi e monopoli di classe, ma a stabilire diritti e doveri eguali per tutti» . Molti dei partiti e dei regimi politici sorti nel nome di Marx, utilizzando in modo strumentale e citando impropriamente il concetto di «dittatura del proletariato» , non hanno seguito la direzione da lui indicata. Tuttavia, ciò non vuol dire che non sia possibile provarci ancora.

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La teoria dell’alienazione in Marx

I. I limiti del “giovane Marx”
L’alienazione è stata una delle teorie più rilevanti e dibattute del XX secolo e la concezione che ne elaborò Marx assunse un ruolo determinante nell’ambito delle discussioni sviluppatesi sul tema. A favorire la diffusione di questa complessa tematica fu la pubblicazione, nel 1932, di un inedito appartenente alla produzione giovanile di Marx, i Manoscritti economico filosofici del 1844. In questo testo, che finì con l’assumere un ruolo determinante nell’ambito delle discussioni sviluppatesi sul tema, mediante l’introduzione della categoria di lavoro alienato (entfremdete Arbeit), Marx non solo traghettò la problematica dell’alienazione dalla sfera filosofica, religiosa e politica a quella economica della produzione materiale, ma fece di quest’ultima il presupposto fondamentale per comprendere e poter superare le prime . A differenza di molti dei suoi critici e presunti seguaci, Marx trattò l’alienazione sempre come un fenomeno storico e non naturale.

Tuttavia, le riflessioni contenute in questi appunti – scritti da un autore appena ventiseienne – sintetizzano un pensiero frammentario e ancora molto parziale, se rapportato al complesso della sua elaborazione teorica . Ciò nonostante, i Manoscritti economico filosofici del 1844 sono stati considerati, erroneamente, come il principale testo marxiano relativo alla teoria dell’alienazione ed è stato a partire da esso che numerosi autori hanno esteso oltremodo il significato di questo concetto, sino a renderlo generico e privo di quel potenziale critico e anticapitalista che gli era stato conferito da Marx.

Fu così per Herbert Marcuse che finì con identificare l’alienazione con l’oggettivazione in generale e non con la sua manifestazione nei rapporti di produzione capitalistici. Nel saggio Sui fondamenti filosofici del concetto di lavoro nella scienza economica, egli sostenne che il «carattere di peso del lavoro» non poteva essere ricondotto meramente a «determinate condizioni presenti nell’esecuzione del lavoro, alla sua organizzazione tecnico-sociale» , ma andava considerato come uno dei suoi tratti fondamentali. Per Marcuse esisteva una «negatività originaria del fare lavorativo», che egli reputava appartenere alla «essenza stessa dell’esistenza umana» . La critica dell’alienazione divenne, così, una critica della tecnologia e del lavoro in generale. Il superamento dell’alienazione fu ritenuto possibile soltanto attraverso il gioco, momento nel quale l’uomo poteva raggiungere la libertà negatagli durante l’attività produttiva: «un singolo lancio di palla da parte di un giocatore rappresenta un trionfo della libertà umana sull’oggettività che è infinitamente maggiore della conquista più strepitosa del lavoro tecnico» . In Eros e civiltà, Marcuse prese le distanze dalla concezione marxiana in modo netto. Egli affermò che l’emancipazione dell’uomo poteva realizzarsi solo mediante la liberazione dal lavoro (abolition of labor) e attraverso l’affermazione della libido e del gioco nei rapporti sociali.

Dopo la Seconda guerra mondiale, il concetto di alienazione approdò anche nell’ambito della psicoanalisi. Coloro che se ne occuparono partirono dalla teoria di Freud, per la quale, nella società borghese, l’uomo è posto dinanzi alla decisione di dovere scegliere tra natura e cultura e, per potere godere delle sicurezze garantite dalla civilizzazione , deve necessariamente rinunciare alle proprie pulsioni. Gli psicologi collegarono l’alienazione con le psicosi che si manifestano, in alcuni individui, proprio in conseguenza di questa scelta conflittuale. Conseguentemente, la vastità della problematica dell’alienazione venne ridotta ad un mero fenomeno soggettivo.

Diversamente dalla maggioranza dei suoi colleghi, Erich Fromm non separò mai le manifestazioni dell’alienazione dal contesto storico capitalistico e con i suoi scritti Psicoanalisi della società contemporanea e L’uomo secondo Marx si servì di questo concetto per tentare di costruire un ponte tra la psicoanalisi ed il marxismo. Tuttavia, Fromm affrontò questa problematica privilegiando sempre l’analisi soggettiva e la sua concezione di alienazione, riassunta come «una forma di esperienza per la quale la persona conosce se stessa come un estraneo» , risultò troppo circoscritta al singolo. La sua interpretazione della concezione dell’alienazione presente in Marx si basò sui soli Manoscritti economico-filosofici del 1844 e si caratterizzò per una profonda incomprensione della specificità e della centralità del concetto di lavoro alienato nel pensiero di Marx.

A partire dagli anni Quaranta, in un periodo caratterizzato dagli orrori della guerra, dalla conseguente crisi delle coscienze e, nel panorama filosofico francese, dal neohegelismo di Alexandre Kojeve, il fenomeno dell’alienazione fu affrontato anche da Jean-Paul Sartre e dagli esistenzialisti francesi . Tuttavia, anche in questa circostanza, la nozione di alienazione assunse un profilo molto più vago di quello esposto da Marx. Essa fu identificata con un indistinto disagio dell’uomo nella società, con una separazione tra la personalità umana e il mondo dell’esperienza e, significativamente, come condition humaine non sopprimibile. I filosofi esistenzialisti non fornirono una specifica origine sociale dell’alienazione, ma, tornando ad assimilarla con ogni fatticità (il fallimento dell’esperienza socialista in Unione sovietica favorì certamente l’affermazione di questa posizione), concepirono l’alienazione come un generico senso di alterità umana.

Se Marx aveva contribuito a sviluppare una critica della soggezione umana basata sull’opposizione ai rapporti di produzione capitalistici , gli esistenzialisti, invece, intrapresero una strada diversa, ovvero tentarono di riassorbire il pensiero di Marx, attraverso quelle parti della sua opera giovanile che potevano risultare più utili alle loro tesi, in una discussione priva di una specifica critica storica e, a tratti, meramente filosofica . Inoltre, alcune frasi dei Manoscritti economico-filosofici del 1844 furono estrapolate dal loro contesto e trasformate in citazioni sensazionali con lo scopo di dimostrare la presunta esistenza di un “nuovo Marx”, radicalmente diverso da quello fino ad allora conosciuto, perché intriso di teoria filosofica e ancora privo del determinismo economico che alcuni suoi commentatori attribuivano ad Il capitale, testo, a dire il vero, molto poco letto da quanti sostennero questa tesi. Anche rispetto al solo manoscritto del 1844, gli esistenzialisti francesi privilegiarono di gran lunga la nozione di autoalienazione (Selbstentfremdung), ovvero, il fenomeno per il quale il lavoratore è alienato dal genere umano e dai suoi simili, che Marx aveva trattato nel suo scritto giovanile, ma sempre in relazione all’alienazione oggettiva.

Negli anni Sessanta, l’esegesi della teoria dell’alienazione contenuta nei Manoscritti economico-filosofici del 1844 divenne il pomo della discordia rispetto all’interpretazione generale di Marx. In questo periodo venne concepita la distinzione tra due presunti Marx: il “giovane Marx” e il “Marx maturo” . Questa arbitraria ed artificiale contrapposizione fu alimentata sia da quanti preferirono il Marx delle opere giovanili e filosofiche (ad esempio la gran parte degli esistenzialisti), sia da quanti (tra questi Louis Althusser e quasi tutti i marxisti sovietici) affermarono che il solo vero Marx fosse quello de Il capitale. Coloro che sposarono la prima tesi considerarono la teoria dell’alienazione contenuta nei Manoscritti economico-filosofici del 1844 il punto più significativo della critica marxiana della società; mentre quelli che abbracciarono la seconda ipotesi mostrarono, spesso, una vera e propria «fobia dell’alienazione»; tentando, in un primo momento, di minimizzarne il rilievo e, quando ciò non fu più possibile, considerando il tema dell’alienazione come «un peccato di gioventù, un residuo di hegelismo» , successivamente abbandonato da Marx. I primi rimossero la circostanza che la concezione dell’alienazione contenuta nei Manoscritti economico-filosofici del 1844 era stata scritta da un autore appena agli albori dei suoi studi principali; i secondi, invece, non vollero riconoscere l’importanza della teoria dell’alienazione in Marx anche quando, con la pubblicazione di nuovi inediti, divenne evidente che egli non aveva mai smesso di occuparsene nel corso della sua esistenza e che essa, anche se mutata, aveva conservato un posto di rilievo nelle tappe principali dell’elaborazione del suo pensiero.

Sostenere, come affermarono in tanti, che la teoria dell’alienazione contenuta nei Manoscritti economico-filosofici del 1844 fosse il tema centrale del pensiero di Marx è un falso che denota soltanto la scarsa familiarità con la sua opera da parte di coloro che propesero per questa tesi. D’altro canto, quando Marx ritornò ad essere l’autore più discusso e citato nella letteratura filosofica mondiale proprio per le sue pagine inedite relative all’alienazione, il silenzio dell’Unione sovietica su questa tematica, e sulle controversie ad essa legate, fornisce uno dei tanti esempi di utilizzo strumentale dei suoi scritti in quel paese. Infatti, l’esistenza del fenomeno dell’alienazione in Unione sovietica, così come nei suoi paesi satelliti, fu semplicemente negata e tutti i testi che trattavano questa problematica vennero ritenuti sospetti. Secondo Henry Lefebvre: «nella società sovietica non poteva, non doveva più essere questione di alienazione. Il concetto doveva sparire, per ordine superiore, per la ragion di Stato» . E, così, fino agli anni Settanta, furono pochissimi gli autori che, nel cosiddetto “campo socialista”, scrissero opere in proposito.

II. La trasformazione del concetto
Nel frattempo, in Europa occidentale, la descrizione di una condizione di estraneazione generalizzata, prodotta da un controllo sociale invasivo e dalla manipolazione dei bisogni creata dalla capacità d’influenza dei mass-media, fu avanzata da Max Horkheimer e Theodor Adorno, i due esponenti di punta della scuola di Francoforte. In Dialettica dell’illuminismo, essi affermarono che «la razionalità tecnica di oggi non è altro che la razionalità del dominio. È il carattere coatto […] della società estraniata a se stessa» . In questo modo, essi avevano posto in evidenza come, nel capitalismo contemporaneo, persino la sfera del divertimento, un tempo libera ed alternativa al lavoro, fosse stata assorbita negli ingranaggi della riproduzione del consenso.

In ambito marxista, la riscoperta della teoria dell’alienazione si accompagnò al successo di Storia e coscienza di classe, il libro nel quale, già nel 1923, György Lukács aveva elaborato il concetto di reificazione (Verdinglichung o Versachlichung), ovvero il fenomeno attraverso il quale l’attività lavorativa si contrappone all’uomo come qualcosa di oggettivo ed indipendente e lo domina mediante leggi autonome ed a lui estranee. Nei tratti fondamentali, però, la teoria di Lukács era ancora troppo simile a quella hegeliana, poiché anche egli aveva concepito la reificazione come un “fatto strutturale fondamentale” . Così, quando dopo la comparsa della traduzione francese, nel 1960, questo testo tornò ad esercitare una grande influenza tra gli studiosi ed i militanti di sinistra, Lukács decise di ripubblicare il suo scritto in una nuova edizione introdotta da una lunga prefazione autocritica, nella quale, per chiarire la sua posizione, egli affermò: “Storia e coscienza di classe segue Hegel nella misura in cui, anche in questo libro, l’estraneazione viene posta sullo stesso piano dell’oggettivazione” .

In questo periodo, il concetto di alienazione entrò anche nel vocabolario sociologico nord-americano. L’approccio col quale venne affrontato questo tema fu, però, completamente diverso rispetto a quello prevalente in Europa. Infatti, nella sociologia convenzionale si tornò a trattare l’alienazione come una problematica che riguardava il singolo essere umano anziché le relazioni sociali, e la ricerca di soluzioni per un suo superamento fu indirizzata verso le capacità di adattamento degli individui all’ordine esistente, e non nelle pratiche collettive volte a mutare la società.

Nell’opera dei sociologi statunitensi, quindi, l’alienazione venne concepita come una manifestazione relativa al sistema di produzione industriale, a prescindere se esso fosse capitalistico o socialista, e come una problematica inerente soprattutto la coscienza umana. Questo approccio finì col mettere ai margini, o persino escludere, l’analisi dei fattori storico-sociali che determinano l’alienazione, producendo una sorta di iper-psicologizzazione dell’analisi di questa nozione, la quale, anche in questa disciplina, oltre che in psicologia, fu assunta non più come una questione sociale, ma quale patologia individuale, e la cui cura riguardava i singoli individui . Ciò determinò un profondo mutamento della concezione dell’alienazione. Se nella tradizione marxista essa rappresentava uno dei concetti critici più incisivi del modo di produzione capitalistico, in sociologia subì un processo di istituzionalizzazione e finì con l’essere considerata come un fenomeno relativo al mancato adattamento degli individui alle norme sociali.

A partire dagli anni Sessanta, esplose una vera e propria moda per la teoria dell’alienazione e, in tutto il mondo, apparvero centinaia di libri e articoli sul tema. Fu il tempo dell’alienazione tout-court. Il periodo nel quale autori, diversi tra loro per formazione politica e competenze disciplinari, attribuirono le cause di questo fenomeno alla mercificazione, alla eccessiva specializzazione del lavoro, all’anomia, alla burocratizzazione, al conformismo, al consumismo, alla perdita del senso di sé che si manifesta nel rapporto con le nuove tecnologie; e persino all’isolamento dell’individuo, all’apatia, all’emarginazione sociale ed etnica, e all’inquinamento ambientale.

Il concetto di alienazione sembrò riflettere alla perfezione lo spirito del tempo. La popolarità del termine e la sua applicazione indiscriminata diedero origine, però, ad una profonda ambiguità teorica . Così, nel giro di pochi anni, l’alienazione divenne una formula vuota che inglobava tutte le manifestazioni dell’infelicità umana e lo spropositato ampliamento della sua nozione generò la convinzione dell’esistenza di un fenomeno così tanto diffuso da apparire immodificabile.

Successivamente, la teoria dell’alienazione approdò anche alla critica della produzione immateriale. Con il libro La società dello spettacolo, divenuto dopo la sua uscita nel 1967 un vero e proprio manifesto di critica sociale per la generazione di studenti in rivolta contro il sistema, Guy Debord riprese alcune delle tesi già avanzate da Horkheimer e Adorno, secondo le quali nella società contemporanea anche il divertimento era stato sussunto nella sfera della produzione del consenso per l’ordine sociale esistente. Debord affermò che, nelle circostanze date, il non-lavoro non poteva più essere considerato come una sfera differente dall’attività produttiva.

Anche Jean Baudrillard utilizzò il concetto di alienazione per interpretare criticamente le mutazioni sociali intervenute con l’avvento del capitalismo maturo. In La società dei consumi (1970), egli individuò nel consumo il fattore primario della società moderna, prendendo così le distanze dalla concezione marxiana ancorata alla centralità della produzione. Secondo Baudrillard «l’era del consumo», in cui pubblicità e sondaggi di opinione creano bisogni fittizi e consenso di massa, era divenuta anche «l’era dell’alienazione radicale» . Le conclusioni politiche di questi autori furono, però, confuse e pessimistiche e, di certo, lontane da Marx e dalla sua individuazione della classe lavoratrice quale soggetto rivoluzionario di riferimento.

III. Alienazione e conflitto sociale
Gli scritti di Marx ebbero un ruolo fondamentale per coloro che tentarono di opporsi alle tendenze, manifestatesi nell’ambito delle scienze sociali, di mutare il senso del concetto di alienazione. L’attenzione rivolta alla teoria dell’alienazione in Marx, inizialmente incentrata sui Manoscritti economico-filosofici del 1844, si spostò, dopo la pubblicazione di ulteriori inediti, su nuovi testi e con essi fu possibile ricostruire il percorso della sua elaborazione dagli scritti giovanili ad Il capitale. Quando nel 1857, dopo una lunga pausa, Marx riprese a scrivere di economia nei Lineamenti fondamentali della critica dell’economia politica (i cosiddetti Grundrisse), egli tornò ad utilizzare il concetto di alienazione ripetutamente. La sua esposizione ricordava, per molti versi, quella dei Manoscritti economico-filosofici del 1844, anche se, grazie agli studi condotti nel frattempo, la sua analisi risultò essere molto più approfondita:

“il carattere sociale dell’attività, così come la forma sociale del prodotto e la partecipazione dell’individuo alla produzione, si presentano come qualcosa di estraneo e di oggettivo di fronte dagli individui; non come loro relazione reciproca, ma come loro subordinazione a rapporti che sussistono indipendentemente da loro e nascono dall’urto degli individui reciprocamente indifferenti. Lo scambio generale delle attività e dei prodotti, che è diventato condizione di vita per ogni singolo individuo, il nesso che unisce l’uno all’altro, si presenta ad essi stessi estraneo, indipendente, come una cosa. Nel valore di scambio la relazione sociale tra le persone si trasforma in rapporto tra le cose; la capacità personale in una capacità delle cose” .

Nei Grundrisse, la descrizione dell’alienazione acquisì maggiore spessore rispetto a quella compiuta negli scritti giovanili, essendo stata arricchita, nel tempo, dalla comprensione di importanti categorie economiche e da una più rigorosa analisi sociale. Accanto al nesso tra alienazione e valore di scambio, tra i passaggi più brillanti che delinearono le caratteristiche di questo fenomeno della società moderna figurano anche quelli in cui l’alienazione venne messa in relazione con la contrapposizione tra capitale e «forza-lavoro viva»:

“le condizioni oggettive del lavoro vivo si presentano come valori separati, autonomizzati di fronte alla forza-lavoro viva quale esistenza soggettiva […], sono presupposte come un’esistenza autonoma di fronte ad essa, come l’oggettività di un soggetto che si distingue dalla forza-lavoro vivo e le si contrappone autonomamente; la riproduzione e la valorizzazione, ossia l’allargamento di queste condizioni oggettive è perciò al tempo stesso la riproduzione e la nuova produzione di esse in quanto ricchezza di un soggetto che è estraneo, indifferente e si contrappone autonomamente alla forza-lavoro. Ciò che viene riprodotto e nuovamente prodotto non è soltanto l’esistenza di queste condizioni oggettive del lavoro vivo, ma la loro esistenza di valori autonomi, ossia appartenenti ad un soggetto estraneo, opposto a questa forza-lavoro viva. Le condizioni oggettive del lavoro acquistano un’esistenza soggettiva di fronte alla forza-lavoro viva – dal capitale nasce il capitalista” .

I Grundrisse non furono l’unico testo della maturità di Marx in cui ricorre, con frequenza, la problematica dell’alienazione. Un lustro dopo la loro stesura, infatti, essa riapparve in Il Capitale: Libro I, capitolo VI inedito, manoscritto nel quale l’analisi economica e quella politica dell’alienazione vennero messe in maggiore relazione tra loro: «il dominio dei capitalisti sugli operai non è se non dominio delle condizioni di lavoro autonomizzatesi contro e di fronte al lavoratore» . In queste bozze preparatorie de Il capitale, Marx pose in evidenza che nella società capitalistica, mediante «la trasposizione delle forze produttive sociali del lavoro in proprietà materiali del capitale» , si realizza una vera e propria «personificazione delle cose e reificazione delle persone», ovvero si crea un’apparenza in forza della quale «non i mezzi di produzione, le condizioni materiali del lavoro, appaiono sottomessi al lavoratore, ma egli ad essi» . In realtà, a suo giudizio:

“il capitale non è una cosa più che non lo sia il denaro. Nell’uno come nell’altro, determinati rapporti produttivi sociali fra persone appaiono come rapporti fra cose e persone, ovvero determinati rapporti sociali appaiono come proprietà sociali naturali di cose. Senza salariato, dacché gli individui si fronteggiano come persone libere, niente produzione di plusvalore; senza produzione di plusvalore, niente produzione capitalistica, quindi niente capitale e niente capitalisti! Capitale e lavoro salariato (come noi chiamiamo il lavoro dell’operaio che vende la propria capacità lavorativa) esprimono due fattori dello stesso rapporto. Il denaro non può diventare capitale senza scambiarsi preventivamente contro forza-lavoro che l’operaio vende come merce; d’altra parte, il lavoro può apparire come lavoro salariato solo dal momento in cui le sue proprie condizioni oggettive gli stanno di fronte come potenze autonome, proprietà estranea, valore esistente per sé e arroccato in sé stesso; insomma, capitale” .

Nel modo di produzione capitalistico il lavoro umano è diventato uno strumento del processo di valorizzazione del capitale, che «nell’incorporare la forza-lavoro viva alle sue parti componenti oggettive […] diventa un mostro animato, e comincia ad agire come se avesse l’amore in corpo» . Questo meccanismo si espande su scala sempre maggiore, fino a che la cooperazione nel processo produttivo, le scoperte scientifiche e l’impiego dei macchinari, ossia i progressi sociali generali creati dalla collettività, diventano forze del capitale che appaiono come proprietà da esso possedute per natura e si ergono estranee di fronte ai lavoratori come ordinamento capitalistico:

“le forze produttive […] sviluppate del lavoro sociale […] si rappresentano come forze produttive del capitale. […] L’unità collettiva nella cooperazione, la combinazione nella divisione del lavoro, l’impiego delle energie naturali e delle scienze, dei prodotti del lavoro come macchinario – tutto ciò si contrappone agli operai singoli, in modo autonomo, come qualcosa di straniero, di oggettivo, di preesistente, senza e spesso contro il loro contributo attivo, come pure forme di esistenza dei mezzi di lavoro da essi indipendenti e su di essi esercitanti il proprio dominio; e l’intelligenza e la volontà dell’officina collettiva incarnate nel capitalista o nei suoi subalterni, nella misura in cui l’officina collettiva si basa sulla loro combinazione, gli si contrappongono come funzioni del capitale che vive nel capitalista” .

È mediante questo processo, dunque, che, secondo Marx, il capitale diventa qualcosa di «terribilmente misterioso». Accade in questo modo che «le condizioni di lavoro si accumulano come forze sociali torreggianti di fronte all’operaio e, in questa forma, vengono capitalizzate» .

La diffusione, a partire dagli anni Sessanta, de Il Capitale: Libro I, capitolo VI inedito e, soprattutto, dei Grundrisse aprì la strada ad una concezione dell’alienazione differente rispetto a quella egemone in sociologia e in psicologia, la cui comprensione era finalizzata al suo superamento pratico, ovvero all’azione politica di movimenti sociali, partiti e sindacati, volta a mutare radicalmente le condizioni lavorative e di vita della classe operaia. La pubblicazione di quella che, dopo i Manoscritti economico-filosofici del 1844 negli anni Trenta, può essere considerata la “seconda generazione” di scritti di Marx sull’alienazione fornì non solo una coerente base teorica per una nuova stagione di studi, ma soprattutto una piattaforma ideologica anticapitalista allo straordinario movimento politico e sociale esploso nel mondo in quel periodo.

IV. Il feticismo della merce e l’alternativa della cooperazione
La più efficace descrizione dell’alienazione realizzata da Marx resta, comunque, quella contenuta nel celebre paragrafo Il carattere di feticcio della merce e il suo arcano in Il capitale. Al suo interno egli mise in evidenza che, nella società capitalistica, gli uomini sono dominati dai prodotti che hanno creato e vivono in un mondo in cui le relazioni reciproche appaiono «non come rapporti immediatamente sociali tra persone [… ma come], rapporti di cose tra persone e rapporti sociali tra cose» . Più precisamente:

“l’arcano della forma di merce consiste […] nel fatto che tale forma, come uno specchio, restituisce agli uomini l’immagine dei caratteri sociali del loro proprio lavoro, facendoli apparire come caratteri oggettivi dei prodotti di quel lavoro, come proprietà sociali naturali di quelle cose, e quindi restituisce anche l’immagine del rapporto sociale tra produttori e lavoro complessivo, facendolo apparire come un rapporto sociale fra oggetti esistenti al di fuori di essi produttori. Mediante questo quid pro quo i prodotti del lavoro diventano merci, come sensibilmente sovrasensibili, cioè cose sociali. […] Quel che qui assume per gli uomini la forma fantasmagorica di un rapporto fra cose è soltanto il rapporto sociale determinato che esiste fra gli uomini stessi. Per trovare un’analogia, dobbiamo involarci nella regione nebulosa del mondo religioso. Qui i prodotti del cervello umano paiono figure indipendenti, dotate di vita propria, che stanno in rapporto fra di loro e in rapporto con gli uomini. Così nel mondo delle merci fanno i prodotti della mano umana. Questo io chiamo il feticismo che si appiccica ai prodotti del lavoro appena vengono prodotti come merci, e che quindi è inseparabile dalla produzione delle merci” .

Il feticismo, infatti, non venne concepito da Marx come una problematica individuale, ma fu sempre considerato un fenomeno sociale . Non una manifestazione dell’anima, ma un potere reale, una dominazione concreta, che si realizza, nell’economia di mercato, in seguito alla trasformazione dell’oggetto in soggetto. Per questo motivo, egli non limitò la propria analisi dell’alienazione al disagio del singolo essere umano, ma analizzò i processi sociali che ne stavano alla base, in primo luogo l’attività produttiva. Per Marx, inoltre, il feticismo si manifesta in una precisa realtà storica della produzione, quella del lavoro salariato, e non è legato al rapporto tra la cosa in generale e l’uomo, ma da quello che si verifica tra questo e un tipo determinato di oggettività: la merce.

Nella società borghese le proprietà e le relazioni umane si trasformano in proprietà e relazioni tra cose. La teoria che, dopo la formulazione di Lukács, fu designata col nome di reificazione illustrava questo fenomeno dal punto di vista delle relazioni umane, mentre il concetto di feticismo lo trattava da quello delle merci. Diversamente da quanto sostenuto da coloro che hanno negato la presenza di riflessioni sull’alienazione nell’opera matura di Marx, essa non venne sostituta da quella del feticismo delle merci, perché questa ne rappresenta solo un suo aspetto particolare.

L’avanzamento teorico compiuto da Marx rispetto alla concezione dell’alienazione dai Manoscritti economico-filosofici del 1844 a Il capitale non consiste, però, soltanto in una sua più precisa descrizione, ma anche in una diversa e più compiuta elaborazione delle misure ritenute necessarie per il suo superamento. Se, nel 1844, Marx aveva considerato che gli esseri umani avrebbero eliminato l’alienazione mediante l’abolizione della produzione privata e della divisione del lavoro, ne Il capitale, e nei suoi manoscritti preparatori, il percorso indicato per costruire una società libera dall’alienazione divenne molto più complesso. Marx riteneva che il capitalismo fosse un sistema nel quale i lavoratori sono soggiogati dal capitale e dalle sue condizioni, ma egli era anche convinto del fatto che esso avesse creato le basi per una società più progredita e che l’umanità potesse proseguire il cammino dello sviluppo sociale generalizzando i benefici prodotti da questo nuovo modo di produzione. Secondo Marx, a un sistema che produce enorme accumulo di ricchezza per pochi e spoliazione e sfruttamento per la massa dei lavoratori, occorre sostituire «un’associazione di uomini liberi che lavorino con mezzi di produzione comuni e spendano coscientemente le loro molte forze-lavoro individuali come una sola forza-lavoro sociale» . Questo diverso tipo di produzione si differenzierebbe da quello basato sul lavoro salariato, poiché porrebbe i suoi fattori determinanti sotto il governo collettivo, assumendo un carattere immediatamente generale e trasformando il lavoro in una vera attività sociale. La sua creazione non è un processo meramente politico, ma investe necessariamente la trasformazione radicale della sfera della produzione. Come Marx scrisse in Il capitale. Libro III:

“di fatto, il regno della libertà comincia soltanto là dove cessa il lavoro determinato dalla necessità e dalla finalità esterna; si trova quindi, per sua natura, oltre la sfera della produzione materiale vera e propria. Come il selvaggio deve lottare con la natura per soddisfare i suoi bisogni, per conservare e per riprodurre la sua vita, così deve fare anche l’uomo civile, e lo deve fare in tutte le forme della società e sotto tutti i possibili modi di produzione. A mano a mano che egli si sviluppa, il regno delle necessità naturali si espande, perché si espandono i suoi bisogni, ma al tempo stesso si espandono le forze produttive che soddisfano questi bisogni. La libertà in questo campo può consistere soltanto in ciò: che l’uomo socializzato, cioè i produttori associati, regolano razionalmente questo loro ricambio organico con la natura, lo portano sotto il loro comune controllo, invece di essere da esso dominati come da una forza cieca; che essi eseguono il loro compito con il minore possibile impiego di energia e nelle condizioni più adeguate alla loro natura umana e più degne di essa” .

Questa produzione dal carattere sociale, insieme con i progressi tecnologici e scientifici e la conseguente riduzione della giornata lavorativa, crea le possibilità per la nascita di una nuova formazione sociale. In essa, il lavoro coercitivo e alienato, imposto dal capitale e sussunto dalle sue leggi, viene progressivamente sostituito da un’attività creativa e consapevole, non imposta dalla necessità e nella quale compiute relazioni sociali prendono il posto dello scambio indifferente e accidentale in funzione delle merci e del denaro . Non è più il regno della libertà del capitale, ma quello dell’autentica libertà umana dell’individuo sociale, descritto da Marx in alcune delle sue pagine più brillanti e, paradossalmente, più distanti dal cosiddetto “socialismo reale” eretto, arbitrariamente, in suo nome.

Con la diffusione de Il capitale e dei suoi manoscritti preparatori, la teoria dell’alienazione uscì dalle carte dei filosofi e dalle aule universitarie per divenire critica sociale e irrompere, attraverso le lotte operaie, nelle piazze. Il drammatico aumento di povertà, diseguaglianze e sfruttamento, prodotto su scala globale dal capitalismo degli ultimi decenni, impone che lì vi ritorni, il prima possibile, per non essere nuovamente confinata alle sole pagine dei libri.

References
1. Per una trattazione estesa di questo testo cfr. Marcello Musto, Ripensare Marx e i marxismi, Carocci, Roma 2011, pp. 308-12 e 51-4.
2. Per un’antologia completa dei testi marxiani sull’alienazione si rimanda a Marcello Musto (a cura di), Karl Marx. Scritti sull’alienazione, Donzelli, Roma 2018.
3. Herbert Marcuse, Sui fondamenti filosofici del concetto di lavoro nella scienza economica, in Id., Cultura e società, Einaudi, Torino 1969, p. 170.
4. Ivi, p. 171.
5. Ivi, p. 155.
6. Con questa espressione Marcuse si riferiva al lavoro fisico e al travaglio, non al lavoro tout court.
7. Cfr. Sigmund Freud, Il disagio della civiltà, Boringhieri, Torino 1971, p. 250.
8. Erich Fromm, Psicoanalisi della società contemporanea, Edizioni di comunità, Milano 1981, p. 121.
9. Sebbene i filosofi esistenzialisti si servirono spesso di questo concetto, nei loro testi esso non appare così diffusamente come, invece, generalmente si ritiene.
10. Cfr. George Lichtheim, Alienation, in David Sills (ed.), International Encyclopedia of the Social Sciences, vol. I, , Crowell – Macmillan Inc., New York 1968, pp. 264-8, che scrisse: «l’alienazione (che i pensatori romantici avevano attribuito all’aumentata razionalizzazione e specializzazione dell’esistenza) fu attribuita da Marx alla società e specificamente allo sfruttamento del lavoratore da parte del non-lavoratore, ovvero il capitalista. […] Diversamente dai pensatori romantici e dai loro predecessori illuministi del XVIII secolo, Marx attribuì questa disumanizzazione non alla divisione del lavoro per sé, ma alla forma storica che aveva preso sotto il capitalismo», p. 266.
11. Cfr. Ornella Pompeo Faracovi, Il marxismo francese contemporaneo, Feltrinelli, Milano 1972, p. 28; e István Mészáros, La teoria dell’alienazione in Marx, Editori Riuniti, Roma 1976, pp. 301-2.
12. Cfr. Marcello Musto, Ripensare Marx e i marxismi, op. cit., pp. 223-267.
13. Adam Schaff, L’alienazione come fenomeno sociale, Editori Riuniti, Roma 1979, pp. 27 e 53.
14. Eccezione di rilievo a questo atteggiamento fu lo studioso polacco Adam Schaff, che nel libro Il marxismo e la persona umana, Feltrinelli, Milano 1965, mise in evidenza come l’abolizione della proprietà privata dei mezzi di produzione non comportava la scomparsa automatica dell’alienazione, poiché anche nelle società “socialiste” il lavoro conservava il carattere di merce.
15. Henry Lefebvre, Critica della vita quotidiana, vol. I, Dedalo, Bari 1977, p. 62.
16. Max Horkheimer – Theodor W. Adorno, Dialettica dell’illuminismo, Einaudi, Torino 2010, p. 127.
17. György Lukács, Storia e coscienza di classe, Sugar, Milano 1971, p. 112
18. Ivi, p. XXV.
19. Per una critica delle conseguenze politiche di questa impostazione cfr. David Schweitzer – Felix Geyer, Introduction, in Id. (eds.), Alienation: Problems of Meaning, Theory and Method, Routledge, London 1981, che affermò «riallocando il problema dell’alienazione nell’individuo, anche la soluzione al problema tende a essere posto sull’individuo; ovvero, ci devono essere adattamenti e aggiustamenti individuali in conformità degli assetti e dei valori dominanti», p. 12. Eguale matrice culturale hanno tutte le presunte strategie di disalienazione, promosse dalle amministrazioni aziendali, che vanno sotto il nome di “relazioni umane”. Nel volume James W. Rinehart, The Tiranny of Work: Alienation and the Labour Process, Harcourt Brace Jovanovich, Toronto 1987, si ricorda come queste strategie, lungi dall’umanizzare l’attività lavorativa, sono funzionali alle esigenze padronali e mirano esclusivamente a intensificare il lavoro ed a ridurre i suoi costi per l’impresa.
20. Cfr. Richard Schacht, Alienation, Doubleday, Graden City 1970, il quale notò che «non c’era quasi alcuno aspetto della vita contemporanea che non sia stato discusso nei termini di “alienazione”», p. lix.
21. Cfr. David Schweitzer, Alienation, De-alienation, and Change: A critical overview of current perspectives in philosophy and the social sciences, in Giora Shoham (ed.), Alienation and Anomie Revisited, Ramot, Tel Aviv 1982, secondo cui «il vero significato di alienazione è spesso diluito fino al punto di un’assenza virtuale di significato», p. 57.
22. Cfr. Guy Debord, La società dello spettacolo, Baldini Castoldi Dalai, Milano 2008, pp. 70-1.
23. Jean Baudrillard, La società dei consumi, Il Mulino, Bologna 2010, p. 234.
24. Karl Marx, Grundrisse, La Nuova Italia, Firenze 1997, vol. I, pp. 97-8. Per un’analisi completa di questo testo si rimanda a Marcello Musto (a cura di), I Grundrisse di Karl Marx. Lineamenti fondamentali della critica dell’economia politica 150 anni dopo, ETS, Pisa 2015.
25. Karl Marx, Grundrisse, op. cit., vol. II, pp. 22-3.
26. Karl Marx, Il capitale: Libro I, capitolo VI inedito, La Nuova Italia, Firenze 1969, p. 20.
27. Ivi, p. 94.
28. Ivi, p. 90.
29. Karl Marx, Il capitale: Libro I, capitolo VI inedito, op. cit., p. 37.
30. Ivi, p. 39.
31. Ivi, p. 90.
32. Ivi, p. 96.
33. Karl Marx, Il capitale, vol. I, Editori Riuniti, Roma 1964, p. 105.
34. Ivi, pp. 104-5.
35. Su queste tematiche il contributo di Alfonso Maurizio Iacono è imprescindibile. Cfr., in particolare, The History and Theory of Fetishism, Palgrave, New York 2015.
36. Cfr. Adam Schaff, op. cit., pp. 149-50.
37. Karl Marx, Il capitale, op. cit., p. 110.
38. Karl Marx, Il capitale, vol. III, Editori Riuniti, Roma 1965, p. 933.
39. Cf. Alfonso Maurizio Iacono, The Ambivalence of Cooperation, in Marcello Musto (Ed.), Marx’s Capital after 150 Years: Critique and Alternative to Capitalism, Routledge, London 2019, in press.

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《资本论》的创作

一、关于剩余价值理论的批判性分析
《资本论》是马克思二十多年从事政治经济学研究的伟大成果。马克思于1843年开始研究经济学,1857年的金融危机促使他重新研究政治经济学,并写下了囊括八个笔记本的《大纲》。1859年出版《政治经济学批判。第一分册》,这是其工作计划的第一部分。该书包括第一章“商品”(区分使用价值和交换价值)和第二章“货币或简单流通”(探讨各种货币理论)。在序言中,马克思指出:“我考察资产阶级经济制度是按以下的顺序:资本、土地所有制、雇佣劳动;国家、对外贸易、世界市场。”

1861年8月,马克思再次展开对政治经济学的批判,而且没有改变原来的计划:他仍想写六本著作,每一本都专注于他在1859年列出的一个主题。截止到1863年6月,他写了23本笔记,内容涉及货币向资本的转化、商业资本,其中最重要的便是经济学家们的各种剩余价值学说。 从1861年夏到1862年3月,他都在写新的一章“资本一般”,并试图将它作为出版计划的第三章。到1863年末,马克思在其准备手稿(23本笔记中的前5本笔记)中关注了资本的生产过程,特别是:(1)货币向资本的转化;(2)绝对剩余价值;(3)相对剩余价值。 其中,某些在《大纲》中论述过的主题得到更丰富而准确的分析。

沉重经济负担的片刻缓解让马克思有更多时间投入到自己的研究中,以便做出重要的理论推进。1861年10月底,他写信给恩格斯说:“我的境况终于有所好转,我至少又重新感到自己脚踏实地。” 这时,他在为《纽约每日论坛》撰稿,并能获得每周两磅的报酬,同时也跟另一家报社签订了合同。但在12月,马克思告诉恩格斯自己已负债累累。由于这些烦恼,他的研究推进得很缓慢:“在当前情况下,要迅速完成这种理论性的东西实际上是不可能的。” 而当《纽约每日论坛》因内战导致的财务紧张而削减外国通信员时,事情变得更加糟糕。马克思为该报写的最后一篇文章准备于1862年3月10日。自此以后,他就失去了从1851年夏以来的主要收入来源。

1862年春,马克思开始了新的研究领域:剩余价值理论, 并计划将其作为第三章“资本一般”的第五部分 和最后一部分。在整整十个笔记本中,马克思细致分析了主要经济学家是如何解决剩余价值问题的。他的基本观点是“所有经济学家都犯了一个错误:他们不是纯粹地就剩余价值本身,二是在利润和地租这些特殊形式上来考察剩余价值。”
在第六笔记本中,马克思从批判重农主义者开始。首先,他将他们看作“现代经济学的真正鼻祖” ,因为他们“为分析资本主义生产奠定了基础” ,指出剩余价值并非来源于“流通领域”,而是来源于“生产领域”。他们认识到“这样一个基本论点:只有创造剩余价值的劳动才是生产的” 。但他们错误地将农业劳动看作是“惟一的生产劳动” ,将地租看作“剩余价值的惟一形式” 。他们的分析局限于这样一种观点,即土地的生产率“只够维持他本人的生活” 。因此,剩余价值看起来就像“自然的赐予” 。
在第六笔记本的后半部分和第七、八、九笔记本的大部分中,马克思集中关注了亚当·斯密。他没有犯重农主义者的错误,即“创造剩余价值的,仅仅是一个特定种类的实在劳动——农业劳动” 。马克思认为,斯密的最大贡献之一就是他已经认识到在资产阶级社会的特殊劳动过程中,资本家无偿占有了活劳动的一部分,或者从工人的立场来看,以较多的劳动同较少的劳动相交换,从资本家的立场来看,以较少的劳动同较多的劳动相交换。然而,斯密的局限在于他没有将“剩余价值本身”同“它在利润和地租上所具有的特殊形式”区别开来。 他不是将剩余价值同它所由产生的那部分资本联系起来看,而是看作“超出预付资本总价值的余额” ,包括资本家用来购买原料的部分。

在六月初,马克思将研究对象扩展到其他经济学家,比如,热尔曼·加尔涅 (Germain Garnier,1754 – 1821)和沙尔·加尼耳(Charles Ganilh,1758 – 1836)。然后,他进一步探究了生产劳动和非生产劳动,并再次关注了斯密。虽然斯密在某些方面还不够清晰,但已指出两者的区别。从资本家的角度来看,生产劳动“是雇佣劳动,它同资本的可变部分(花在工资上的那部分资本)相交换,不仅把这部分资本(也就是自己劳动能力的价值)再生产出来,而且,除此之外,还为资本家生产剩余价值。仅仅由于这一点,商品或货币才转化为资本,才作为资本生产出来。只有生产资本的雇佣劳动才是生产劳动。” 而非生产劳动是“不同资本交换,而直接同收入即工资或利润交换的劳动。” 在斯密看来,统治者的活动——以及统治者周围的法官、军官——不生产价值,而这是与对国家公务员的指责相适应的。马克思指出,这是还具有“革命性的资产阶级”说的话,还没有“把整个社会、国家等等置于自己支配之下”,“所有由这些卓越的历来受人尊敬的职业——君主、法官、军官、教士等等,所有由这些职业产生的各个旧的意识形态阶层,所有属于这些阶层的学者、学士、教士……在经济上被放在与他们自己的、由资产阶级以及有闲财富(土地贵族和有闲资本家)豢养的大批仆从和丑角同样的地位” 。

在第十笔记本中,马克思转向对弗朗西斯·魁奈(François Quesnay, 1694 – 1774)的《经济表》的分析, 并给予了高度评价,将其看作“一个极有天才的思想,毫无疑问是政治经济学至今所提出的一切思想中最有天才的思想” 。
同时,马克思的经济状况继续恶化,以致他的妻子不得不考虑卖掉他的一些书籍。尽管如此,马克思仍然“加紧工作”,并告诉恩格斯说:“奇怪的是,在种种困苦的包围之下,我的脑袋倒比前几年更好用了。” 当年夏天,他写了第十一、十二和十三笔记本。在这些笔记本中,马克思主要关注了地租理论,并决定将其作为正计划出版的一本书的增补。 马克思批判地考察了约翰·洛贝尔图斯(Johann Rodbertus,1805–1875)的思想,随后对大卫·李嘉图的学说做了大量分析。 李嘉图否定了绝对地租的存在,只承认同土地肥力和位置相关的级差地租。在这一理论中,地租是一种超额利润:它不可能是任何别的东西,因为那将与他的“等于一定量的劳动时间的价值概念”相矛盾。 他将不得不承认农产品经常是以高于其费用价格出售的,而他将费用价格算作预付资本和平均利润的总和。 与之相反,马克思的绝对地租理论认为,“土地私有制的确(在某种历史情况下)提高了原料的价格” 。

从1862年6月到12月,马克思写了第十四、十五笔记本。他对各个经济学家做了大量批判性的分析。他注意到托马斯·R·马尔萨斯(Thomas Robert Malthus,1766-1834),他的剩余价值源于卖家以高于商品价值的价格出售商品,这代表了经济理论向过去的倒退,因为他是从商品交换中得出利润。 马克思指责詹姆斯·穆勒(James Mill,1773 -1836)误解了剩余价值和利润;强调赛米尔·贝利(Samuel Bailey,1791-1870)因未能区分内在价值尺度和商品价值而造成混淆;批评约翰·S·穆勒(John Stuart Mill,1806-1873)没有意识到“剩余价值率和利润率”的区别 ,后者不仅由工资水平决定,而且由其他不直接作用于它的因素决定。

马克思同样特别关注了反对李嘉图理论的经济学家,例如社会主义者托马斯·霍吉斯金(Thomas Hodgskin,1787-1869)。最后,他对匿名文本《各种收入及其源泉》做了分析。他认为,这是一本“庸俗经济学”的完美例子,“他们把这些观念、动机翻译成学理主义的语言,但是他们是从进行统治的那一部分即资本家的立场出发的” 。通过对这本书的研究,马克思总结分析了过去主要经济学家提出的剩余价值理论,并开始考察商业资本,或者不创造却瓜分剩余价值的资本。 马克思认为,改良派对生息资本的反驳并没有“触动现实的资本主义生产,而只是攻击这种生产的一个结果” 。

随着对商业资本的研究,马克思进入到所谓的《1861-1863年经济学手稿》的第三阶段。这开始于1862年的12月,在第十六笔记本的“资本和利润”一节中,马克思标上了“第三章” 。这里马克思写了一个区分剩余价值和利润的提纲。在第十七笔记本中,他回到商业资本和资本主义再生产中的货币回流运动问题。在1862年底,马克思在给库格曼的信中说,第二部分或“第一册的续篇”(“大约有三十印张”)“现在已经脱稿”。现在,马克思对之前的研究计划做了修改,决定使用《资本论》这个新标题,而1859年的《政治经济学批判》这个名称“只作为是副标题” ,而且“它只包括本来应构成第一篇第三章的内容,即《资本一般》……这一卷的内容就是英国人称为‘政治经济学原理’的东西。这是精髓(同第一部分合起来),至于余下的问题(除了国家的各种不同形式对社会的各种不同的经济结构的关系以外),别人就容易在已经打好的基础上去探讨了” 。

马克思打算在1863年写一个手稿的“誊清本” ,并亲自带到德国去。然后再“结束资本、竞争和信用的阐述”。同时,他也对1859年的版本和正在准备的工作之间的写作风格做了比较:“第一分册的阐述方法当然很不通俗。部分原因在于对象的抽象性质,给我规定的有限的篇幅,以及著作的目的本身。第二部分就比较容易懂了,因为这一部分论述的是比较具体的关系。”他进一步补充道:“使一门科学革命化的科学尝试,从来就不可能真正通俗易懂。可是只要科学的基础一奠定,通俗化也就容易了。”

在新年伊始,马克思更详细地罗列了他的工作所包含的各个部分。他在第十八笔记本的一个目录中指出,“第一篇:资本的生产过程”可分为如下部分:
(1)导言。商品。货币。(2) 货币转化为资本。(3)绝对剩余价值。[…] (4) 相对剩余价值。[…] (5)绝对剩余价值和相对剩余价值的结合。[…] (6)剩余价值重新转化为资本。原始积累。韦克菲尔德的殖民理论。(7)生产过程的结果。[…] (8)剩余价值理论。(9)生产劳动与非生产劳动理论。

马克思并没有把自己局限于第一篇,而是起草了一份关于“第三篇:资本和利润”的目录。这一部分构成了《资本论》第三卷的主题,具体如下:
(1)剩余价值转化为利润。利润率与剩余价值率的区别。(2)利润转化为平均利润。[…](3)亚当·斯密和李嘉图的利润理论和生产价格理论。(4)地租。[…] (5)所谓的李嘉图地租规律史。(6)利润率下降的规律。(7)利润理论。[…] (8)利润分成产业利润和利息。[…](9)收入及其各种来源。[…] (10)资本主义生产总过程中的货币回流运动。(11)庸俗经济学。(12)结论。资本和雇佣劳动。

在1863年1月写的第十八笔记本中,马克思继续对商业资本展开分析。他在对经济学家们的剩余价值理论的研究中插入了一些增补,考察了乔治·拉姆赛(George Ramsay,1855-1935),安东·埃利泽·舍尔比利埃(Antoine-Elisée Cherbuliez,1797 -1869)和查理·琼斯(Richard Jones,1790-1855)的思想。

在这一时期,马克思的经济窘况依然存在,甚至在1863年初变得更糟了。他写信给恩格斯说自己处在深渊的边缘。同时,马克思又得了肝病,这注定会折磨他很长时间。

在此期间,除了对机器问题的研究,马克思不得不暂停对经济学的深入研究。但在三月份,他还是写了第二十和二十一两个笔记本,涉及到积累、劳动对资本实际从属和形式从属,以及资本与劳动的生产率问题。这些研究同马克思当时所研究的重要主题(剩余价值)紧密相关。

五月底,他告诉恩格斯,前几周他一直在英国博物馆研究波兰问题 :“我所做的是:努力填补自己在俄国—波兰—普鲁士事件方面的缺陷(外交的和历史的),此外,阅读与我所加工的那部分政治经济学有关的文献,并且作了摘要。” 这些写于五、六月间的笔记收录在另外八个笔记本(A-H)中,囊括了几百页的关于十八、十九世纪经济学研究的总结性内容。
六月中旬,马克思的身体刚有所好转,便重回英国博物馆继续工作。七月中旬,他告诉恩格斯他每天花十小时来研究经济学。在这段时间里,他分析了剩余价值转化为资本,并准备在第二十二笔记本中重写魁奈的《经济表》 。然后,他完成了第二十三笔记本,即自1861年开始写的一系列笔记本的最后一本笔记。该笔记主要由注释和补充性评论组成。
经过两年的辛勤工作和对主要经济学家的深层批判性考察,马克思比过去更加坚定地继续从事他的重要工作。虽然马克思还没有清晰解决许多概念性和阐释性问题,但现在他在思想史部分的工作的完成促使他重新回到理论问题上来。

二、《资本论》三卷的写作
马克思咬紧牙关开启他工作的新阶段。自1863年夏,马克思就开始了对这部鸿篇巨著的真正创作。 直到1865年12月,他都在全身心地投入于各个部分的诸版本的写作,包括准备《资本论》第一卷的草稿,第三卷的主体部分(这是马克思对资本主义生产总过程的惟一阐述) 和第二卷的最初版本(首次对资本的流通过程的一般概述)。对于《第一分册》序言中所提到的六册计划,马克思插入了一些原本打算在第二、三卷中加以阐述的关于地租和工资的主题。

1865年秋,马克思快速而全身心地写作第一卷。但结果是他的健康状况迅速恶化,从11月开始,马克思接连患上皮肤病和溃疡,使他饱受病痛的折磨直至第二年早春。1866年4月中旬,马克思才得以重新开始工作,并继续专注于第一卷的写作。似乎就在那时,马克思写了所谓的“直接生产过程的结果”这一草稿,这是保存下来的最初版本的惟一部分。

夏天的到来并没有改变马克思的危险状况。只是在拉姆斯盖特做了一次家庭度假之后,在七月的最后一周和八月上旬,马克思才继续进行他的工作。他开始写作《资本论》第三卷:先写了第二篇“利润转化为平均利润”,然后是第一篇“剩余价值转化为利润”(这很可能是在1864年10月末和11月初之间完成的)。在此期间,他积极参加了国际工人协会的会议,并在10月为大会写了就职演说和章程。 在因政治活动而短暂中断之后,马克思重新回到工作,写下了第三卷第三篇“利润率趋于下降的规律”。期间,他的病情再次复发。

从1865年1月到5月,马克思投入到第二卷的写作中。这些手稿包括三章内容:(1)资本形态变化;(2)资本周转;(3)流通和再生产。在这些手稿中,马克思发展了新的观点,并将第一卷和第三卷中的一些理论联系起来。后来,这些材料都成为恩格斯编辑出版《资本论》第二卷的部分内容。

然而,疾病仍没有停止折磨马克思,政治活动也占用了大量时间。尽管如此,马克思仍没有停止写作,即使这意味着他有时“直到四点钟才上床睡觉”。

促使马克思尽快完成《资本论》的最后一个动因就是出版商的合同。由于共产主义者同盟前成员威廉·施特罗恩(Wilhelm Strohn)的中介,奥托·迈斯纳(Otto Meisner,1819-1902)于3月21日从汉堡给马克思寄来一封信,信里包括一份出版“《资本论:政治经济学批判》”的合同,其中提到《资本论》“大约有50个印张 ,分两卷出版” 。
在1865年春末,马克思还写了第三卷的第四篇“商品资本和货币资本转化为商业经营资本和货币经营资本(商人资本)”。1865年7月底,他告诉恩格斯:“再写三章就可以结束理论部分(前三册)。然后还得写第四册,即历史文献部分。对我来说这是最容易的一部分,因为所有的问题都在前三册中解决了,最后这一册大半是以历史的形式重述一遍。但是我不能下决心在一个完整的的东西还没有摆在我面前时,就送出任何一部分。不论我的著作有什么缺点,它们却有一个长处,即它们是一个艺术的整体。”

当诸多不可避免的减缓和一系列负面事件迫使马克思重新考虑自己的工作方法时,他给恩格斯写信说,问题的关键在于是应把一部分手稿誊写清楚寄给出版商,还是先把整个著作完成?他更喜欢后一种解决方案,但他向恩格斯保证他在其他卷上的工作不会浪费时间:“工作进行得还是非常快,其他人就是丢开一切艺术上的考虑也未必能够如此。再加上规定我要以六十个印张为最大限度 ,因此我绝对有必要把整个东西放在面前,以便知道,要压缩和删节多少才能在给我指定的数量范围内均衡地和匀称地阐述各个部分。”

虽然马克思决定首先完成第一卷,但他不想搁置手头的第三卷的工作。在1865年7月到12月间,马克思片段式地写了第三卷的第五篇(“利润分为利息和企业主收入。生息资本”),第六篇(“超额利润转化为地租”)和第七篇(“各种收入及其源泉”)。 因此,马克思从1864年夏到1865年底写的第三卷的结构同1863年1月在涉及剩余价值理论的手稿第十八笔记本中所列的12条提纲是非常相近的。

经济困难的消失使马克思可以继续推进他的工作,但这种状况并没有持续多久。一年后,经济窘况重新出现,而且当年夏天,马克思的健康状况再次恶化。更重要的是,因筹备在伦敦召开的国际工人协会第一次大会,他在9月份的工作尤为繁重。

三、《资本论》第一卷的完成
在1866年初,马克思开始写作《资本论》第一卷的新草稿。一月中旬,他写信给威廉·李卜克内西(Wilhelm Liebknecht,1826-1900)说:“病痛[…]各种偶然事情使我不愉快,由于国际协会而忙绿等等,这一切迫使我把每一分钟的空闲时间都用来誊清我的手稿。”然而,马克思认为自己已接近尾声,他将“能在3月份亲自把第一卷带给出版商排印”。他补充说,《资本论》的“两卷”会“同时出版” 。在另一封同一天给库格曼的信里,马克思说自己“每天用十二个小时去誊清” ,希望能在两个月内拿给汉堡的出版商。

但事与愿违,他一整年都在跟疾病作斗争。2月份,马克思遭受了最严重的发病,甚至危及到他的生命。这种形势给恩格斯敲响了警钟。由于担心最坏的情况,他坚决说服马克思不能再以同样的方式继续下去了:“为了摆脱该死的痈,你的确应该采取一些合理的措施了,即使因此让书耽误三个月也无妨。事情确实会逐渐变得非常严重的,当你的脑子,如你自己所说的,不能胜任理论工作时,那你的确应该休息一下,别管这些高深的理论吧。放弃一段时间的夜间工作,过一过多少有点规律的生活。”
恩格斯立即咨询龚佩尔特(Gumpert)医生,医生建议了另一种治疗方案,同时他也就马克思的书提了一些建议。他想确保马克思已放弃在任何部分发表之前写完整部《资本论》的不现实的想法。他问道:“你能不能这样安排一下:至少将第一卷先送去付印,第二卷再晚几个月?”

马克思对恩格斯的每一点都作了答复。关于他的工作计划,他写道:
关于这本“可诅咒的”书,它的情况是:12月底已经完成。单是讨论地租的倒数第二章,按现在的结构看,就几乎构成一本书。 我白天去博物馆,夜间写作。德国的新农业化学,特别是李比希和申拜因,对这件事情比所有经济学家加起来还更重要;另一方面,自我上次对这点进行研究以后,法国人已提供了大量的材料,—这一切都必须下功夫仔细研究。两年以前,我结束了对地租所作的理论探讨。正好在这一时期,许多新东西出现了,并且完全证实了我的理论。关于日本的新资料(如果不是职业上的需要,通常我是绝不会看游记的)在这里也是很重要的。因此,就象1848-1850年英国狗厂主把“换班制度”用在同一些工人身上一样,我也把这个制度用在自己的身上。

为了及时了解最新发现,马克思白天在图书馆学习,晚上写作手稿:这是一个紧张的日程安排,他想把全部精力都用在完成这本书上。就主要任务而言,他告诉恩格斯:“手稿虽已完成,但它现在的篇幅十分庞大,除我以外,任何人甚至连你在内都不能编纂出版。”最后,他接受了恩格斯的建议,延长了出版计划:“我完全同意你的意见,一当第一卷完成,就立即寄给迈斯纳。” 事实上,马克思的健康状况持续恶化。为了给马克思一些救济,恩格斯准备做出任何经济上的牺牲,并建议他完全休息一段时间。马克思接受恩格斯的劝说。3月15日他旅行去了马尔吉特,肯特郡的一个海滨疗养地。

四月初,马克思告诉他的朋友库格曼他“好多了”。但是他却抱怨,由于中断工作,“又两个多月”过去了,他的书“又要延期了” 。回到伦敦之后,由于风湿病和其它麻烦,他又继续中断了几个星期;他的身体仍然疲惫和脆弱。尽管他在6月初跟恩格斯说“幸好没有再出现痈的征兆” ,但他的工作“由于纯粹身体的情况一直进展得不好” 。

七月,马克思向库格曼陈述了自己当时设想的计划:
我的情况迫使我只好先出版第一卷,而不是象我起初设想的那样两卷一起出版,而且现在看来总共可能有三卷。
全部著作分为以下几部分:
第一册 资本的生产过程。
第二册 资本的流通过程。
第三册 总过程的各种形式。
第四册 理论史。
第一卷包括头两册。
我想把第三册编作第二卷,第四册编作第三卷。

在回顾了自1859年出版《政治经济学批判。第一分册》以来的工作后,马克思继续说:
我认为在第一册中必须从头开始,也就是必须把我在敦克尔那里出版的书加以概括而编成专论商品和货币的一章。我所以认为需要这样做,不仅是为了叙述的完整,而且是因为即使很有头脑的人对这个题目也了解得不完全正确。显然,最早的叙述,特别是关于商品的分析,是不够清楚的。

1866年秋,马克思陷入赤贫窘境。他被迫每天都要花大量时间和精力同贫困作斗争。12月,他写道:“我只是苦于私人不能象商人那样名正言顺地向破产法庭提出破产声明。” 整个冬天这种情况都没有改变,在1867年2月末,马克思告诉恩格斯:“到星期六(后天)我要付给一个杂货铺老板起码五英镑,不然我的家产就要照他的要求被查封。[…]著作即将完成,如果不是近来受到各方面的打扰,本来今天就可以完工。”

1867年4月初,马克思终于能够给恩格斯一个期待已久的消息,即这本书完成了。现在他要带着它去德国,他又一次被迫向他的朋友求助,这样他就可以把他的“衣服和表” 从当铺取出来,否则他就不能离开了。
到达汉堡后,马克思同恩格斯讨论了迈斯纳提出的新计划:
他现在想把书分成三卷出版。尤其是,他反对照我原来打算的那样缩减最后一本书(历史文献部分)的篇幅。他说,考虑到书的销路问题[…]他的最大希望正是寄托在这一部分上。我告诉他,在这方面听凭他决定。
几天后,马克思给贝克尔写一封相似的信:
全书将分为三卷出版。书名是:《资本论。政治经济学批判》。
第一卷包括第一册:《资本的生产过程》。这无疑是向资产者(包括土地所有者在内)脑袋发射的最厉害的炮弹。

马克思在给齐格弗里特·迈耶尔(Sigfrid Meyer ,1840-1872)的信中写道:“第一卷包括《资本的生产过程》。[…]第二卷是理论部分的续篇和结尾,第三卷是十七世纪中叶以来的政治经济学理论史。”
六月中旬,恩格斯参与了出版文本的修订。他认为,与1859年的《第一分册》相比,“在辨证发展的明确性上,前进了一大步” 。对此,马克思深感鼓舞:“你到现在为止所表现的满意对我来说比世界上其他人可能作出的任何评价都更为重要。” 但是,恩格斯注意到马克思关于价值形式的阐述过于抽象,对一般读者来说不够清楚;他同样感到遗憾的是,恰恰这一重要的部分“带有一些受痈困扰的痕迹” 。在回复中,马克思诅咒了使其身体深受折磨的原因—“我希望资产阶级毕生都会记得我的痈” ,并说服自己增加一个附录,以便更加通俗地阐述他的价值形式思想。新增的二十页完成于六月末。

马克思于1867年8月1日凌晨2点完成论证校对。几分钟后,他给恩格斯写信说:“亲爱的弗雷德:这本书的最后一个印张刚刚校完。[…]这样,这一卷就完成了。其所以能够如此,我只有感谢你![…]我满怀感激的心情拥抱你!” 几天后,在给恩格斯的另一封信中,他总结了这本书的两个重点:“(1)在第一章就着重指出了按不同情况表现为使用价值或交换价值的劳动的二重性(这是对事实的全部理解的基础);(2)研究剩余价值时,撇开了它的特殊形态—利润、利息地租等等。”
1867年9月14日《资本论》出版发行。 经最后修订的目录内容如下:
序言
1.商品和货币
2.货币转化为资本
3.绝对剩余价值的生产
4.相对剩余价值的生产
5.绝对剩余价值和相对剩余价值的生产
6.资本的积累过程
第一部分附录,1:价值形式

尽管经过长时间的修改和最后的增补,《资本论》的结构在接下来几年里还是做了相当大的扩展,并对文本做了进一步的修改。因此,在第一卷出版后,马克思依然对它投入了大量精力。

四、追寻最后的版本
1867年10月,马克思回到第二卷的写作。当与此同时,马克思仍然深受各种疾病的困扰。11月底,马克思写信说:“我的健康状况已经大大恶化,根本谈不上工作了。”

1868年,马克思的健康状况持续反复。3月末,他告诉恩格斯他应该“把一切工作和思考都丢开一些时候”。但是他补充说这对他来说“办不到”,即使他“有钱去游荡”。 正当他重新开始写第二卷第二稿时,新的中断出现了。当年春,他完成前两章,并着手写一组准备手稿——涉及剩余价值与利润率之间的关系, 利润率规律和资本的形态变化——这些直到1868年末才完成。
在1868年4月末,马克思给恩格斯发了一份新的提纲,特别提及“利润率的阐述方法” 。他指出,第二册中“资本的流通过程将根据第一册中所阐述的前提来论述”。他打算以更好的方式论述固定资本、流动资本和资本周转的“形式规定”。因此,研究“各个资本、资本的各个组成部分和收入(=m)相互之间的社会交错现象。”然后第三卷将“剩余价值转化为它的各种不同的形式和彼此分离的组成部分” 。

然而,5月份健康问题又回来了。在8月的第二周,他告诉库格曼他希望在1869年“9月底”之前完成整个工作。 但秋天,痈又复发了。1869年春,当马克思仍在写作第二卷第三章时, 他的肝病又恶化了。在接下来的几年里,马克思一直遭受着各种不幸和麻烦,这致使他无法完成第二卷的工作。

这种推延也有理论上的原因。从1868年秋到1869年春,马克思决心了解资本主义的最新发展,他从《货币市场评论》、《经济学家》及类似刊物上摘录了大量关于金融和货币市场的文章。 此外,1869年秋,马克思发现了有关俄国变革的新文献,于是决定学习俄语以便进行研究。他以一贯的严谨追求着这种新兴趣,1870年初燕妮告诉恩格斯,“他不去关心自己的健康,却非常热心地研究起俄语来,很少外出,饮食不定时,在腋下的痈已经肿得很大并且变硬以后才给人看。” 恩格斯赶紧写信试图说服他“单是为了你的第二卷”,他需要“改变一下生活方式”;否则,如果“总是这样时断时续,反反复复”,他将永远无法完成这本书。

夏初,马克思告诉库格曼说,他的工作“整整中断了一个冬天”,而且他“发现有必要认真学习一下俄文,因为在探讨土地问题时,就不可避免地要从原文材料中去研究俄国的土地所有制关系” 。
经历了各种中断和伴随巴黎公社的建立而投入了一段时间的政治活动之后,马克思重新回到第一卷的新版本。他不满意对价值理论的阐述方式,于是从1871年12月到1872年1月重写了1867年的附录,因而也重写了第一章。 这次,除了一小部分的增补,马克思也修改了这本书的整个结构。
这些修改和重写也影响到了法文译本。从1872年的3月开始,马克思不得不修改草稿,这些草稿在1872年到1875年间被送给出版商。在修订过程中,马克思决定对基础文本做进一步修改,主要是关于资本积累的部分。在法文版的跋中,马克思强调它“在原本之外有独立的科学价值”。

虽然节奏没有以前快了—因为他的健康处于不稳定状态以及需要在某些领域拓展自己的知识—马克思在他生命的最后几年继续写作《资本论》。1875年,他为第三卷写了另一份手稿,即“关于剩余价值率和利润率的数学计算(Mehrwertrate und Profitrate mathematisch behandelt)” 。从1876年10月到1881年初,他准备了第二卷的新手稿 。马克思的一些书信表明,如果他不断吸收新的研究成果,也会更新第一卷。
马克思的这部巨著中所蕴含的批判精神恰恰揭示了他离那些自以为是的作家们有多远,这些人既包括他的大多数对手,也包括许多自诩为马克思的门徒的人。虽然它仍未完成 ,但是今天那些想用本质性的理论观念来批判资本主义生产方式的人们仍然不能放弃阅读马克思的《资本论》。

张福公 王鸽 译

参考书目
* 本文系作者直接供稿。译文有删节。
Karl Marx, A Contribution to the Critique of Political Economy, in MECW, vol. 29, p. 261.《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1998年,第411页。
这些笔记共计1472四开页。参见Friedrich Engels, ‘Preface to the First German Edition’, in Karl Marx, Capital, Volume II, in MECW, vol. 36, p. 6.
这些笔记本被忽视了100多年,直到1973年俄文版《马克思恩格斯全集》第47卷(补卷)最终出版。它的德文原版出版于1976年的MEGA2 vol.II/3.1。
Karl Marx to Friedrich Engels, 30 October 1861, in MECW, vol. 41, p. 323.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第199页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 9 December 1861, in MECW, vol. 41, pp. 332-333.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第209页。
在1905到1910年间,考茨基以某种稍微偏离原始文本的形式出版过相关的手稿。
它的前四部分包括:(1)货币转化为资本;(2)绝对剩余价值;(3)相对剩余价值;(4)关于如何将前三部分结合起来思考的小节——马克思实际没有写出来。
Karl Marx, Theories of Surplus-Value, vol. I, in MECW, vol. 30, p. 348.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第7页。(在英文版《马克思恩格斯文集》中,这些手稿是以较少使用的“1861-1863年经济学手稿”这一标题来命名的。)
Ibid., p. 352.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第15页。
Ibid., p. 354.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第16页。
Ibid., p. 354.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第19页。
Ibid., p. 355.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第19页
Ibid., p. 355.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第20页。
Ibid., p. 357.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第22页。
Ibid., p. 357.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第22页。
Ibid., p. 391.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第62页。
Ibid., p. 389.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第59页。
Ibid., p. 396.《马克思恩格斯全集》第33卷,北京:人民出版社,2004年,第67页。
Marx, Theories of Surplus Value, vol. I, in MECW, vol. 31, p. 8.《马克思恩格斯全集》第34卷,北京:人民出版社,2008年,第136页。
Ibid., p. 12.《马克思恩格斯全集》第34卷,北京:人民出版社,2008年,第141页。
Ibid., p. 197.《马克思恩格斯全集》第34卷,北京:人民出版社,2008年,第363-364页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 18 June 1862, in MECW, vol. 41, p. 381.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第251页。
Marx, Theories of Surplus Value, vol. I, in MECW, vol. 31, p. 240.《马克思恩格斯全集》第34卷,北京:人民出版社,2008年,第415页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 18 June 1862, in MECW, vol. 41, p. 380.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第251页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 2 August 1862, in MECW, vol. 41, p. 394.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第265页。
这些笔记本构成了《剩余价值理论》的第二卷。参见 Theories of Surplus Value, vol. II, in MECW 31. 《马克思恩格斯全集》第34卷,北京:人民出版社,2008年。
Ibid., p. 359.《马克思恩格斯全集》第34卷,北京:人民出版社,2008年,第268页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 2 August 1862, in MECW, vol. 41, p. 396.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第268页。
Ibid., p. 398.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第270页。
Karl Marx, Theories of Surplus Value, vol. III, in MECW, vol. 32, p. 215.《马克思恩格斯全集》第35卷,北京:人民出版社,2013年,第12页。
Ibid., p. 373.《马克思恩格斯全集》第35卷,北京:人民出版社,2013年,第207页。
Ibid., p. 450.《马克思恩格斯全集》第35卷,北京:人民出版社,2013年,第302页。
这些是构成《剩余价值理论》第三卷的最后笔记本。
《马克思恩格斯全集》第35卷,北京:人民出版社,2013年,第306页。
Karl Marx, Zur Kritik der politischen Ökonomie (Manuskript 1861-1863), in MEGA2, vol. II/3.5, pp. 1598-675.
Karl Marx to Ludwig Kugelmann, 28 December 1862, op. cit., p. 435.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第636页。
参见写于1858年6月的《大纲》索引,包括“M”笔记本(即“1857年导言”)以及1860年为第三章写的草稿索引,即马克思的“资本章计划草稿”,参见MECW, vol. 29, pp. 511-17.
Karl Marx to Ludwig Kugelmann, 28 December 1862, op. cit., p. 435.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第637页。
Karl Marx to Ludwig Kugelmann, 28 December 1862, in MECW, vol. 41, p. 436.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第637-638页。
Marx, Theories of Surplus Value, vol. III, in MECW, vol. 33, p. 347.
Marx, Theories of Surplus Value, vol. I, in MECW, vol. 33, pp. 346-7.马克思在《1861-1863年经济学手稿》第十六笔记本中已经对第一章做了概述,在第十八笔记本中准备了一个第二章的提纲。参见ibid., p. 299.
在阿姆斯特丹国际社会史研究所(IISH)的Marx-Engels Papers, B 98中有60多页的内容。基于这一研究,马克思开始了他的众多未完成的项目之一。参见 Karl Marx, Manuskripte über die polnische Frage (1863 – 1864). S-Gravenhage: Mouton, 1961.
Karl Marx to Friedrich Engels, 29 May 1863, in MECW, vol. 41, p. 474.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第346页。
参见IISH, Marx-Engels Papers, B 93, B 100, B 101, B 102, B 103, B 104(包含了535页笔记)以及收藏在俄罗斯国家社会史和政治史档案馆(RGASPI)的三个笔记本(包括RGASPI f.1, d. 1397, d. 1691, d. 5583)。马克思在第二十二和二十三笔记本中利用了其中的一些材料。
Karl Marx to Friedrich Engels, 6 July 1863, in MECW, vol. 41, p. 485.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1974年,第358页。
参见Michael Heinrich, ‘Entstehungs- und Auflösungsgeschichte des Marxschen Kapital’, pp. 176-9, in Werner Bonefeld and Michael Heinrich (eds.), Kapital & Kritik. Nach der ‘neuen’ Marx-Lektüre. Hamburg: VSA, 2011, pp. 176-9.海因里希认为,这一时期的手稿不应被看作是以《大纲》为开端的著作的第三版,而应该被看作《资本论》的第一草稿。
Karl Marx, Marx’s Economic Manuscript of 1864-1865, Fred Moseley (ed.). Leiden: Brill, 2015.
参见Marcello Musto, ‘Introduction’, in Musto (Ed.), Workers Unite! The International 150 Years Later (Editor), London–New York: Bloomsbury, 2014, pp. 1-68.
Karl Marx to Friedrich Engels, 13 March 1865, in MECW, vol. 42, pp. 129-30.
50印张相当于800页。
‘Agreement between Mr. Karl Marx and Mr. Otto Meissner, Publisher and Bookseller’, in MECW, vol. 20, p. 361.
Karl Marx to Friedrich Engels, 31 July 1865, in MECW, vol. 42, p. 173. 《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1972年,第135页。
这相当于960页。后来, 迈斯纳表示同意更改他同马克思的合约。参见Karl Marx to Friedrich Engels, 13 April 1867, in MECW, vol. 42, p. 357. 《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1972年,第291页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 5 August 1865, in MECW, vol. 42, p. 175.《马克思恩格斯全集》第30卷,北京:人民出版社,1972年,第138页。
恩格斯在1894年出版《资本论》第三卷时遵循了这一区分。参见Carl-Erich Vollgraf, Jürgen Jungnickel and Stephen Naron, ‘Marx in Marx’s Words? On Engels’ Edition of the Main Manuscript of Volume III of Capital, in International Journal of Political Economy, vol. 32 (Spring, 2002), no. 1, pp. 35-78.另参见最新研究:Carl-Erich Vollgraf, ‘Das Kapital – bis zuletzt ein “Werk im Werden”,’ in Marx-Engels Jahrbuch, vol. 2012/13, pp. 113-33
和Regina Roth, ‘Die Herausgabe von Band 2 und 3 des Kapital durch Engels’, in ibid., pp. 168-82. 对于恩格斯编辑的批判性评价,参见Michael Heinrich, ‘Engels’ Edition of the Third Volume of Capital and Marx’s Original Manuscript’, in Science & Society, vol. 60 (1996-1997), no. 4, pp. 452-66.一种不同的观点,参见Michael R. Krätke, Kritik der politischen Ökonomie Heute, VSA, Hamburg 2017, esp. the final chapter ‘Gibt es ein Marx-Engels-Problem?’
Karl Marx to Wilhelm Liebknecht, 15 January 1866, in MECW, vol. 42, p. 219.《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第499页。
Karl Marx to Ludwig Kugelmann, 15 January 1866, in MECW, vol. 42, p. 221. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第498页。
Friedrich Engels to Karl Marx, 10 February 1866, in MECW, vol. 42, pp. 225-6. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第179页。
Ibid., p. 226. 第179页。
马克思后来把关于地租的部分插入到第三卷第六篇“剩余利润转化为地租”中。
Karl Marx to Friedrich Engels, 13 February 1866, in MECW, vol. 42, p. 227. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第180-181页。
Ibid.,p. 227. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第181页。
Karl Marx to Ludwig Kugelmann, 6 April 1866, in MECW, vol. 42, p. 262. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第517页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 7 June 1866, in MECW, vol. 42, p. 281.《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第224页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 9 June 1866, in MECW, vol. 42, p. 282.《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第225页。
Karl Marx to Ludwig Kugelmann, 13 October 1866, in MECW, vol. 42., p. 328. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第535-536页。
Ibid., pp. 328-329.《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第536页。
《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第268页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 21 February 1867, in MECW, vol. 42, p. 347. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第279页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 2 April 1867, in MECW, vol. 42, p. 351. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第283页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 13 April 1867, in MECW, vol. 42, p. 357. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第291页。
Karl Mark to Johann Philip Becker, 17 April 1867, in MECW, vol. 42, p. 358.《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第542-543页。
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Friedrich Engels to Karl Marx, 16 June 1867, in MECW, vol. 42, p. 380.《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第308页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 22 June 1867, in MECW, vol. 42, p. 383.《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第310页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 16 August 1867, in MECW, vol. 42, p. 405. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第328-329页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 24 August 1867, in MECW, vol. 42, p. 407. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第331页。
Karl Marx, Das Kapital. Kritik der Politischen Ökonomie. Erster Band, Hamburg 1867, in MEGA2, vol. II/5, p. 674.
Ibid., pp. 9-10.
Karl Marx to Friedrich Engels, 27 November 1867, in MECW, vol. 42, p. 477. 《马克思恩格斯全集》第31卷,北京:人民出版社,1972年,第395页。
Karl Marx to Friedrich Engels, 25 March 1868, in MECW, vol. 42, p. 557. 《马克思恩格斯全集》第32卷,北京:人民出版社,1972年,第51页。
Karl Marx, ‘Manuskripte zum zweiten Buch des ‘Kapitals’ 1868 bis 1881′, in MEGA2, vol. II/11, pp. 1-339.《马克思恩格斯全集》中文第二版第46卷,北京:人民出版社,2003年,第29-57页。
这些文本已出版于Karl Marx, Ökonomische Manuskripte 1863-1868, in MEGA2, vol. II/4.3, pp. 78-234, and pp. 285-363. 最后一篇构成了第二卷的第四手稿,包含第一篇的新版本,“资本流通”和第二篇“资本形态变化”。
Karl Marx to Friedrich Engels, 30 April 1868, in MECW, vol. 43, p. 21. 《马克思恩格斯全集》第32卷,北京:人民出版社,1972年,第70页。
Ibid., p. 21. 《马克思恩格斯全集》第32卷,北京:人民出版社,1972年,第70-71页。
Karl Marx to Ludwig Kugelmann, 10 August 1868, in MECW, vol. 43, p. 82. 《马克思恩格斯全集》第32卷,北京:人民出版社,1972年,第545页。
Marx, ‘Manuskripte zum zweiten Buch des ‘Kapitals’ 1868 bis 1881′, in MEGA2, vol. II/11, pp. 340-522.《马克思恩格斯全集》第45卷,北京:人民出版社,2003年,第171-387页。
这些笔记还没有出版,都收录在IISH, Marx-Engels Papers, B 108, B 109, B 113 and B 114.
Jenny Marx to Friedrich Engels, ‘About 17 January 1870’, in MECW, vol. 43, p. 551. 《马克思恩格斯全集》第32卷,北京:人民出版社,1972年,第694页。
Friedrich Engels to Karl Marx, 19 January 1870, in MECW, vol. 43, p. 408. 《马克思恩格斯全集》第32卷,北京:人民出版社,1972年,第410页。
Karl Marx to Ludwig Kugelmann, 27 June 1870, in MECW, vol. 43, p. 528. 《马克思恩格斯全集》第32卷,北京:人民出版社,1972年,第672-673页。
Marx, Das Kapital. Kritik der Politischen Ökonomie. Ertser Band, Hamburg 1867, in MEGA2 vol. II/5, pp. 1-55.《马克思恩格斯全集》第44卷,北京:人民出版社,2001年,第47-102页。
1867年,马克思把这本书划分成几章。1872年,他又将这些章都变为节,并对每节做了更详细的划分。
Karl Marx, ‘Afterword to the French Edition’ to Capital, Volume I, in MECW, vol. 35, p. 24.
Karl Marx, ‘Manuskripte und redaktionelle Texte zum dritten Buch des “Kapitals”. 1871 bis 1895’, in MEGA², vol. II/14, pp. pp. 19-150.
Karl Marx, ‘Manuskripte zum Zweiten Buch des des “Kapitals”. 1876 bis 1881’, in MEGA², vol. II/11, pp. 525-828.
Karl Marx to Nikolai Danielson, 13 December 1881, in MECW, vol. 46, p. 161.《马克思恩格斯全集》第35卷,北京:人民出版社,1971年,第238页。
在马克思去世后,恩格斯对《资本论》的各个未完成部分的编辑工作是极其复杂的。值得注意是,这些文本都是基于马克思在其一生中的不同阶段写下的各种不完整的材料而进行的,其中的一些观点与《资本论》有所不同。无论如何,恩格斯出版了第二卷(1885)和第三卷(1894)。

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Marx militante

I. L’uomo giusto al posto giusto
L’Associazione Internazionale dei Lavoratori nacque il 28 settembre del 1864 presso la sala del St. Martin’s Hall, un edificio situato nel cuore di Londra, quel giorno gremito da 2.000 lavoratrici e lavoratori. Le organizzazioni operaie che fondarono l’Internazionale erano molto differenti tra loro. Il centro motore fu il sindacalismo inglese. I suoi dirigenti, quasi tutti riformisti, erano interessati soprattutto a questioni di carattere economico. Essi lottavano per il miglioramento delle condizioni dei lavoratori senza, però, mettere in discussione il capitalismo. Pertanto, concepirono l’Internazionale come uno strumento che avrebbe potuto favorire il loro obiettivo, impedendo l’importazione della mano d’opera dall’estero durante gli scioperi.

Un altro significativo ramo dell’organizzazione, a lungo dominante in Francia e forte anche in Belgio e nella Svizzera francese, fu quello dei mutualisti. Seguaci delle teorie di Pierre-Joseph Proudhon, essi si opponevano a qualsiasi tipo di coinvolgimento politico dei lavoratori, erano contrari allo sciopero come strumento di lotta ed esprimevano posizioni conservatrici rispetto all’emancipazione della donna. Fautori di un sistema cooperativo su base federalistica, ritenevano possibile modificare il capitalismo mediante un equo accesso al credito. Per queste ragioni, costituirono l’ala destra dell’Internazionale.

Accanto a queste due componenti, numericamente maggioritarie, il terzo gruppo, per ordine d’importanza, furono i comunisti, riuniti attorno alla figura di Karl Marx e attivi, con piccoli gruppi dalla sfera d’influenza molto circoscritta, in alcune città tedesche e svizzere, così come a Londra. Anticapitalisti, si opponevano al sistema di produzione esistente, rivendicando la necessità dell’azione politica per il suo rovesciamento.

Tra le file dell’Internazionale, al tempo della sua fondazione, erano presenti anche componenti che non avevano nulla a che fare con la tradizione socialista – come alcuni gruppi di esuli dei paesi dell’est Europa – ispirati da concezioni vagamente democratiche. Tra queste possono essere annoverati i seguaci di Giuseppe Mazzini, esponente di un pensiero interclassista orientato principalmente alle rivendicazioni nazionali, che concepiva l’Internazionale come un’associazione utile per diffondere generici appelli di riscatto ai popoli europei.

A completare il quadro dell’organizzazione, rendendone ancora più complesso l’equilibrio, vi furono anche vari gruppi di lavoratori francesi, belgi e svizzeri, che aderirono all’Internazionale portandovi le teorie più diverse e confuse, tra le quali anche alcune ispirate all’utopismo. Infine, mai associatasi all’Internazionale, seppure ruotasse nella sua orbita, vi era anche l’Associazione Generale dei Lavoratori Tedeschi, il partito diretto dai seguaci di Ferdinand Lassalle, che aveva una netta posizione antisindacale e concepiva l’azione politica esclusivamente nella rigida cornice dei confini nazionali.

Furono questi gli eterogenei gruppi fondatori dell’Internazionale e fu questo il variegato e complesso intreccio, di culture e di esperienze politiche e sindacali, che caratterizzò la sua nascita. Costruire l’impalcatura generale e saper compiere la sintesi politica di un’organizzazione così ampia, nonostante la sua forma federativa, si presentò, sin dall’inizio, come un compito molto arduo. Inoltre, tutte queste differenti tendenze, anche dopo aver aderito a un programma comune, continuarono a esercitare una notevole influenza, spesso centrifuga, nelle sezioni locali dove furono maggioritarie.

L’impresa politica di riuscire a far convivere tutte queste anime nella stessa organizzazione e, per giunta, con un programma così distante dalle impostazioni iniziali di ognuna di esse, fu indiscutibilmente opera di Marx. Le sue doti politiche gli permisero di conciliare ciò che appariva non conciliabile e assicurarono un futuro all’Internazionale, la quale, senza il suo protagonismo, avrebbe sicuramente condiviso lo stesso rapido oblio di tutte le altre numerose associazioni operaie che l’avevano preceduta (Collins e Abramsky 1965, 34) . Fu Marx a dare una chiara finalità all’Internazionale. Fu Marx a realizzare un programma politico non preclusivo eppure fermamente di classe, a garanzia di un’organizzazione che ambiva ad essere di massa e non settaria. Anima politica del suo Consiglio Generale, fu sempre Marx che redasse tutte le sue principali risoluzioni e compilò tutti i rapporti preparatori per i congressi (a eccezione di quello di Losanna del 1867, in quanto coincidente con il suo impegno nella revisione delle bozze di stampa di Il capitale). Egli fu “l’uomo giusto al posto giusto” (Eccarius 1864, 11), come scrisse il dirigente operaio tedesco Johann Georg Eccarius.

Tuttavia, diversamente da quanto sostenuto dalle tante ricostruzioni fantasiose, che lo raffigurarono come il fondatore dell’Internazionale, egli non fu tra gli organizzatori dell’assemblea tenutasi alla St. Martin’s Hall. Vi assistette, al contrario, da “personaggio muto” (Marx 1974c, 11). Nonostante l’iniziale posizione defilata, Marx seppe riconoscere immediatamente le potenzialità dell’evento e si mise subito al lavoro, affinché l’organizzazione potesse intraprendere e portare al successo il suo imponente compito. Grazie al prestigio che, pur circoscritto in piccoli ambiti, accompagnava il suo nome, egli fu nominato tra i 34 membri del Comitato Direttivo Provvisorio dell’Associazione, dal quale, conquistatane la fiducia nel giro di poco tempo, si vide affidare il compito di scrivere l’Indirizzo Inaugurale e gli Statuti Provvisori dell’Internazionale.

Secondo Marx, gli operai dovevano intendere che “i padroni della terra e del capitale non vogliono che una cosa: impiegare i loro privilegi politici per difendere e perpetuare i loro monopoli economici. Non certo vogliono favorire la via dell’emancipazione del lavoro, anzi, vogliono solo continuare a frapporle ogni sorta di ostacoli”. Pertanto: “la conquista del potere è politico è divenuto il grande dovere della classe operaia” (Marx 2014a, 30–31).

Fu grazie alla perspicacia di Marx che l’Internazionale divenne un organo di sintesi politica delle tendenze presenti nei diversi contesti nazionali. L’Internazionale fu capace di unificarle in un progetto di lotta comune, garantendo autonomia alle sezioni locali, ma non una totale indipendenza dal centro dirigente (Bravo 1979, 25). Le fatiche per tenere, di volta in volta, unita l’organizzazione furono estenuanti per Marx; soprattutto se si considera che la sua concezione anticapitalistica non era la posizione politica dominante all’interno dell’organizzazione. Tuttavia, nel tempo, a volte anche attraverso scontri e rotture, grazie all’incessante tenacia del suo operato, il pensiero di Marx divenne la dottrina egemone.

La sua elaborazione trasse non pochi benefici dalle lotte politiche di quegli anni. Il nuovo profilo delle mobilitazioni operaie; l’esperienza rivoluzionaria della Comune di Parigi; la prova, per lui inedita, di tenere insieme un’organizzazione politica, per di più di tale portata e complessità; le polemiche con le altre tendenze del movimento operaio, nate dalle varie questioni che si susseguirono nella vita dell’Associazione, spinsero nuovamente Marx oltre gli steccati dell’economia politica, alla quale si era completamente dedicato in seguito alla sconfitta della rivoluzione del 1848 e del conseguente riflusso delle forze più progressiste. Inoltre, egli fu sollecitato a sviluppare le sue idee, talvolta a rivederle, mettendo in discussione antiche certezze, ponendosi nuovi interrogativi ed elaborando, più concretamente in termini di definizione della società comunista, la sua critica al capitalismo.

2. La struttura e i primi sviluppi dell’Internazionale
Tanto nel corso della sua esistenza, quanto nei decenni successivi, l’Internazionale è stata rappresentata come un’organizzazione vasta e finanziariamente potente. Il numero dei suoi aderenti fu sempre stimato in eccesso, sia per un’insufficiente conoscenza della realtà, sia per le esagerazioni di alcuni dei suoi dirigenti, sia per giustificare la brutale repressione nei confronti dell’Internazionale. Il pubblico istruttore che, nel giugno del 1870, processò alcuni dei dirigenti francesi dell’Internazionale, dichiarò che l’organizzazione aveva oltre 800.000 membri in Europa (Testut 1870, 310). Un anno più tardi, dopo la sconfitta della Comune di Parigi, The Times affermò che essi erano 2.500.000. Mentre il suo principale studioso del tempo nel campo conservatore, Oscar Testut, si spinse addirittura a immaginare la soglia dei 5.000.000 di componenti (The Times 1871; Testut 1871).

In realtà, anche in Inghilterra, con l’unica eccezione degli operai siderurgici, la forza dell’Internazionale tra i proletari dell’industria fu sempre limitatissima (Collins e Abramsky 1965, 70; D’Hondt 1968, 475). Essi non divennero mai la maggioranza dell’Associazione, tantomeno dopo la sua espansione nei paesi dell’Europa meridionale. L’altro grande limite dell’Internazionale fu quello di non essere riuscita a coinvolgere il mondo del lavoro non qualificato.

Infine, l’Internazionale restò sempre un’organizzazione di soli occupati, i senza lavoro non entrarono mai a farne parte. Analoga fu la provenienza dei suoi dirigenti che, pur con alcune eccezioni, furono prevalentemente artigiani e intellettuali. Poter disporre di un resoconto dei mezzi dell’Internazionale è ugualmente complicato. A dispetto delle fantasiose descrizioni sulla presunta abbondanza delle sue risorse economiche, l’organizzazione ebbe una situazione finanziaria cronicamente instabile. La quota d’iscrizione per i singoli militanti era di uno scellino; mentre i sindacati avrebbero dovuto versare, in quanto soggetto collettivo, tre penny per ogni loro singolo membro. Le somme raccolte non superarono mai le poche decine di sterline annue, sufficienti appena a pagare il salario di 4 scellini a settimana per il segretario generale e l’affitto della sede, per la quale l’Internazionale fu spesso minacciata di sfratto per morosità.

In uno dei più importanti documenti della vita dell’organizzazione, Marx ne riassunse così le funzioni: “è compito dell’Associazione Internazionale dei Lavoratori di unificare i movimenti spontanei delle classi operaie e di dare loro uniformità, ma non di dirigerle o di imporre loro un qualsivoglia sistema dottrinario” (Marx 2014d, 37).

Nonostante la notevole autonomia concessa alle federazioni e alle singole sezioni locali, l’Internazionale, però, conservò sempre un luogo di direzione politica. Il suo Consiglio Generale, infatti, costituì l’organo in cui si compiva la sintesi tra le varie tendenze politiche e dal quale venivano emanate le linee direttive dell’organizzazione. Dall’ottobre del 1864 all’agosto del 1872, esso si riunì, con grande regolarità, per ben 385 volte. Nel corso dei tanti mercoledì sera durante i quali, in una stanza piena del fumo di sigari e pipe, si svolsero le sedute del Consiglio Generale, i suoi membri dibatterono di numerosissime problematiche, tra le quali: le condizioni lavorative degli operai, gli effetti dell’introduzione dei macchinari, gli scioperi da sostenere, il ruolo e l’importanza dei sindacati, la questione irlandese, i numerosi problemi di politica estera e, naturalmente, come costruire la società dell’avvenire. Il Consiglio Generale fu anche l’organismo che si occupò della stesura dei documenti dell’Internazionale. Circolari, lettere e risoluzioni furono le misure utilizzate correntemente, mentre manifesti, indirizzi e appelli furono i documenti eccezionali, diramati in circostanze particolari (Haupt 1978, 78).

La prima conferenza dell’organizzazione, tenutasi a Londra. Essa si svolse tra il 25 e il 29 di settembre, alla presenza di 30 delegati provenienti da Inghilterra, Francia, Svizzera e Belgio e di alcuni altri rappresentanti di Germania, Polonia e Italia. I delegati giunti a Londra nel settembre del 1865, infatti, fornirono notizie, soprattutto di carattere organizzativo, sui primi passi che l’Internazionale aveva cominciato a muovere nei loro paesi. In questa sede fu convocato, per l’anno successivo, il primo congresso generale, del quale furono stabiliti anche i temi da porre in discussione. Marx li riassunse in una lettera indirizzata a Hermann Jung, segretario corrispondente per la Svizzera dell’Internazionale:

“I. Questioni riguardanti l’Associazione: 1. Questioni della sua organizzazione; 2. Istituzioni per il mutuo soccorso per i soci dell’Associazione. (…)
II. Questioni sociali: 1. Lavoro cooperativo; 2. Limitazione del tempo di lavoro; 3. Lavoro delle donne e dei bambini; 4. Unioni di mestiere. II loro passato, presente e futuro; 5. Unificazione degli sforzi nella lotta tra capitale e lavoro con l’aiuto dell’Associazione internazionale; 6. Credito internazionale: fondazione di istituti di credito internazionale, loro forma e loro modalità di azione; 7. Imposte dirette e indirette; 8. Eserciti Permanenti e loro rapporti con la produzione.
III. Politica internazionale: Necessità di eliminare l’influenza moscovita in Europa mediante la realizzazione del diritto dei popoli all’autodeterminazione e la restaurazione della Polonia su basi democratiche e sociali.
IV. Questione filosofica: L’idea religiosa e i suoi rapporti con lo sviluppo sociale, politico e intellettuale” (Marx 1974b, 533-4).

Tra il 3 e l’8 settembre del 1866, la città di Ginevra ospitò il primo congresso dell’Internazionale. Vi presero parte 60 delegati provenienti da Inghilterra, Francia, Germania e Svizzera. L’organizzazione giunse a questo appuntamento con un bilancio molto positivo, avendo raccolto sotto le sue bandiere, due anni appena dopo la sua fondazione, oltre cento sindacati e organizzazioni politiche. I partecipanti del congresso si divisero sostanzialmente in due blocchi. Il primo, composto dai delegati inglesi, dai pochi tedeschi presenti e dalla maggioranza degli svizzeri, seguì le direttive del Comitato Centrale redatte da Marx, assente a Ginevra. Il secondo, del quale facevano parte francesi e una parte degli svizzeri di lingua francese, era costituito dai mutualisti. Al tempo, l’Internazionale era un’organizzazione in cui prevalevano le posizioni moderate. I mutualisti, infatti, guidati dal parigino Henri Tolain, prefiguravano una società in cui il lavoratore avrebbe dovuto essere al tempo stesso produttore, capitalista e consumatore. Essi consideravano la concessione del credito gratuito come la misura determinante per trasformare la società; si opponevano al lavoro femminile, condannato dal punto di vista morale e sociale; e avversavano qualsiasi interferenza dello Stato in materia di rapporti di lavoro (inclusa la riduzione legale della giornata lavorativa a otto ore), poiché erano convinti che essa avrebbe minacciato le relazioni private tra lavoratore e padrone e rafforzato il sistema vigente.

Sulla base delle deliberazioni predisposte da Marx, i dirigenti del Comitato Centrale presenti al congresso riuscirono ad arginare i mutualisti, numericamente forti, e ad acquisire risultati favorevoli rispetto all’importanza dell’intervento dello Stato. Nei confronti di quest’ultimo tema, nella parte dedicata al ‘Lavoro dei giovani e dei fanciulli (dei due sessi)’ del documento Istruzioni per i delegati del consiglio centrale provvisorio. Le singole questioni, Marx aveva chiarito che:

“non possiamo far ciò se non mediante leggi generali, che vengano attuate tramite il potere dello Stato. Facendo introdurre tali leggi, la classe operaia non accrescerà la forza del potere governativo. Come vi sono leggi per difendere i privilegi della proprietà, perché non dovrebbero esistere per impedirne gli abusi? Al contrario, tali leggi trasformerebbero il potere diretto contro di esse in loro proprio agente. La classe operaia, allora, tramite una misura generale farà quanto essa tenterebbe invano di compiere con un numero altissimo di sforzi individuali” (Marx 2014d, 36–37).

Queste rivendicazioni riformistiche, dunque, lungi dal rendere più forte la società borghese come credevano erroneamente Proudhon e i suoi seguaci, rappresentavano, invece, un punto di partenza indispensabile per l’emancipazione della classe operaia. Nelle istruzioni preparate da Marx per il congresso di Ginevra, infine, venne riconosciuta la funzione fondamentale del sindacato, contro la quale si erano espressi non solo i mutualisti, ma anche alcuni seguaci di Robert Owen in Inghilterra e, fuori dall’Internazionale, i lassalliani tedeschi :

“[La sua] attività non è soltanto legittima, ma necessaria. Non vi si può rinunciare, finché dura il sistema attuale; al contrario, esse devono generalizzare la loro azione attraverso la fondazione e l’unione di associazioni analoghe in ogni paese. D’altra parte, e senza poterlo prevedere, i sindacati hanno costituito centri organizzatori della classe operaia, come i comuni e le municipalità medievali avevano avuto una pari funzione per la classe borghese. Se esse sono indispensabili nella guerra di scaramucce tra lavoro e capitale, sono certo molto più importanti come forze organizzate di trasformazione del sistema del lavoro salariato e del predominio capitalistico”.

Nello stesso documento, però, Marx non aveva esentato dalle critiche i sindacati, ritenuti responsabili di essersi

“occupati troppo esclusivamente di lotte locali immediate contro il capitale e [di] non [aver] avuto sufficiente consapevolezza del loro potere d’azione contro il sistema della schiavitù del salariato. Si [erano] tenuti troppo lontani dal movimento generale sociale e politico” (Marx 2014d, 39).

Inoltre, tra le principali risoluzioni approvate al Congresso di Ginevra vi fu quella relativa a una questione ritenuta essenziale per la liberazione della classe operaia dal giogo del capitale: la limitazione della giornata lavorativa.

“Consideriamo la limitazione della giornata lavorativa la condizione preliminare senza la quale abortiranno tutti gli ulteriori tentativi di miglioramento e di emancipazione.

È necessario far recuperare l’energia e la salute alla classe lavoratrice, che costituisce la gran massa di ogni nazione. Non è meno necessario fornire a essa la possibilità di sviluppo intellettuale, di relazioni sociali e di attività sociale e politica” (Marx 2014d, 35).

La deliberazione dei delegati fu quella di promuovere “otto ore di lavoro come limite legale della giornata lavorativa”, una proposta che, come essi avevano ben previsto, col tempo sarebbe divenuta “lo stendardo comune di tutte le rivendicazioni delle classi operaie del mondo” (Marx 1974a, 576-7).

A partire dalla fine del 1866, gli scioperi si intensificarono in numerosi paesi europei. Organizzati da grandi masse di lavoratori, contribuirono alla presa di coscienza delle condizioni in cui erano costretti a vivere e furono il cuore pulsante di una nuova e significativa stagione di lotte. Queste mobilitazioni rappresentarono il primo momento di incontro e di coordinamento con l’Internazionale, che le sostenne con proclami e appelli di solidarietà, organizzò raccolte di denaro in favore degli scioperanti e promosse incontri per bloccare i tentativi di parte padronale volti a fiaccarne la resistenza.

Fu proprio per il ruolo concreto svolto, in questa fase, dall’Internazionale che i lavoratori cominciarono a riconoscerla come luogo di difesa dei loro interessi comuni e a richiederne l’adesione (Freymond 1962, XI). Dunque, nonostante le complicazioni derivanti dall’eterogeneità di paesi, lingue e culture politiche, l’Internazionale riuscì a riunire e coordinare più organizzazioni e numerose lotte nate spontaneamente. Il suo più grande merito fu quello di aver saputo indicare l’assoluta necessità della solidarietà di classe e della cooperazione internazionale, mutando, irreversibilmente, il carattere parziale degli obiettivi e delle strategie del movimento operaio.

Fu questo lo scenario che precedette il congresso del 1867, svoltosi nella città di Losanna, dal 2 all’8 settembre, con la partecipazione di 64 delegati provenienti da 6 paesi (questa volta giunsero anche un rappresentante dal Belgio e uno dall’Italia). Tra essi vi fu una consistente presenza di mutualisti, che imposero nell’agenda del congresso, tipici temi proudhoniani, quali la discussione sul movimento cooperativo e sull’uso alternativo del credito. La mancata partecipazione di Marx all’assise e la sua assenza dal Consiglio Generale durante le settimane in cui furono redatti i documenti preparatori, dovuta alla revisione delle ultime bozze di stampa di Il capitale, si ripercossero negativamente nei contenuti del congresso, i cui lavori rimasero circoscritti alle cronache dei progressi ottenuti dall’organizzazione nei vari paesi e ai dibattiti sulle tematiche preferite dai mutualisti.

3. La sconfitta dei mutualisti
Nell’Internazionale, sin dal tempo della sua nascita, le idee di Proudhon erano state egemoni in Francia e in altre regioni di lingua francese, quali la Svizzera romanda, la Vallonia e la città di Bruxelles. I mutualisti furono per quattro anni la parte più moderata dell’Internazionale. I sindacati inglesi, ovvero la componente maggioritaria dell’organizzazione, pur non condividendo le posizioni anticapitalistiche di Marx, non ebbero, sulle scelte politiche dell’organizzazione, l’effetto zavorra dei seguaci di Proudhon. Sulla base delle concezioni dell’anarchico francese, i mutualisti ritenevano che l’emancipazione economica dei lavoratori sarebbe stata raggiunta tramite la fondazione di cooperative di produzione, finanziate da una banca popolare centrale. Fermamente contrari all’intervento dello Stato in qualsiasi campo, si opponevano alla socializzazione della terra e dei mezzi di produzione e contrastavano la pratica dello sciopero.

Marx svolse, senza alcun dubbio, un ruolo centrale nel corso della lunga lotta per ridurre l’influenza di Proudhon all’interno dell’Internazionale. Le sue idee furono di fondamentale importanza per la maturazione teorica dei dirigenti dell’organizzazione e fu notevole la sua capacità politica per affermarle, vincendo tutti i principali scontri interni. Rispetto alla cooperazione, ad esempio, egli aveva già dichiarato nelle Istruzioni per i delegati del consiglio centrale provvisorio. Le singole questioni del 1866 che:

“per convertire la produzione sociale in un largo e armonioso sistema di libero lavoro cooperativo sono indispensabili cambiamenti sociali generali, trasformazioni delle condizioni generali della società, realizzabili soltanto con l’impiego delle forze organizzate della società, cioè del potere governativo, strappato dalle mani dei capitalisti e dei proprietari fondiari e posto nelle mani dei produttori.”

Raccomandando, inoltre, ai lavoratori “di interessarsi maggiormente della cooperazione di produzione che di quella di consumo: la seconda, infatti, tocca soltanto la superficie del sistema economico attuale, mentre l’altra lo attacca alla sua base” (Marx 2014d, 37).

Ancor più che Marx, però, coloro che resero marginale la dottrina proudhoniana nell’Internazionale furono gli stessi operai. Fu prima di tutto la proliferazione degli scioperi a convincere i mutualisti di quanto fossero sbagliate le loro concezioni. Furono le lotte proletarie a indicare loro che lo sciopero era la risposta immediata e necessaria per migliorare le condizioni esistenti, ma anche, al contempo, per rafforzare la coscienza di classe indispensabile per costruire la società del futuro. Furono le donne e gli uomini che in carne e ossa arrestarono la produzione capitalistica, per rivendicare diritti e giustizia sociale, a spostare i rapporti di forza nell’Internazionale e, ancora più significativamente, nella società. Furono i bronzisti di Parigi, i tessitori di Rouen e Lione, gli operai del carbone di St. Etienne coloro che, con una forza superiore a qualsiasi discussione teorica, convinsero i dirigenti internazionalisti francesi dell’esigenza di socializzare il suolo e l’industria. Fu, insomma, il movimento operaio a dimostrare, smentendo Proudhon, che era impossibile separare la questione economico-sociale da quella politica (Freymond 1962, XIV).

Il Congresso di Bruxelles, svoltosi tra 6 e il 13 settembre del 1868, alla presenza di 99 delegati provenienti da Francia, Inghilterra, Svizzera, Germania, Spagna (un unico delegato) e Belgio (con ben 55 rappresentanti), sancì il ridimensionamento dei mutualisti. Al suo culmine, vi fu il pronunciamento dei delegati a favore della proposta, avanzata da De Paepe, sulla socializzazione dei mezzi di produzione. La risoluzione votata – tra quelle che ebbero maggior rilievo in tutta la vita dell’Internazionale – rappresentò un decisivo passo in avanti nel percorso di definizione delle basi economiche del socialismo, questione che veniva ora trattata non più solamente negli scritti di singoli intellettuali, ma nel programma di una grande organizzazione transnazionale. Per ciò che concerne le miniere e i trasporti, il congresso dichiarò che:

“a) le cave, i bacini carboniferi e le altre miniere, così come le ferrovie, in una condizione normale della società dovranno appartenere alla comunità, rappresentata dallo Stato, ma uno Stato esso stesso soggetto alle leggi di giustizia;
b) che le cave, i bacini carboniferi e le altre miniere, e le ferrovie, verranno concessi dallo Stato non a compagnie di capitalisti, come accade oggi, ma ad associazioni di lavoratori legati per contratto a garantire alla società l’uso razionale e scientifico delle ferrovie, etc., a un costo quanto più possibile vicino alle spese di gestione. Il medesimo contratto obbligherà a riservare allo Stato il diritto di verificare i conti delle compagnie, prevenendo in tal modo qualsivoglia possibilità di ricostruire dei monopoli. Un secondo contratto dovrà garantire i diritti vicendevoli di ciascun membro delle compagnie nei confronti dei suoi colleghi lavoratori.”

Rispetto alla proprietà agricola, fu sancito che:

“l’evoluzione economica della società moderna creerà la necessità sociale di trasformare il suolo coltivabile in proprietà comune della società, e che la terra, per il vantaggio comune, verrà concessa a compagnie agricole a condizioni analoghe a quelle stabilite per le miniere e le ferrovie”.

Analoghe considerazioni vennero riservate a canali, strade e telegrafi:

“considerando che le vie e gli altri mezzi di comunicazione esigono una comune direzione sociale, il congresso ritiene che essi debbano restare proprietà comune della società”.

Non mancarono, infine, interessanti riflessioni intorno alla questione ambientale:

“considerando che l’abbandono delle foreste a individui privati causerebbe la distruzione dei boschi necessari alla conservazione delle fonti e, di conseguenza, alla buona qualità del terreno e così anche della salute e della vita delle popolazioni, il congresso ritiene che le foreste debbano restare proprietà della società” (Marx 2014c, 43–44).

A Bruxelles, dunque, vi fu il primo netto pronunciamento dell’Internazionale sulla necessità della socializzazione dei mezzi di produzione, attraverso l’utilizzo del potere pubblico . Ciò costituì un’importante vittoria del Consiglio Generale e la prima comparsa dei principi socialisti nel programma politico di una vasta organizzazione del movimento operaio.

Se il Congresso di Bruxelles del 1868 fu l’assise dalla quale prese inizio la svolta collettivista dell’Internazionale, quello dell’anno successivo, svoltosi tra il 5 e il 12 settembre del 1869 a Basilea, le diede definitivo compimento, sradicando il proudhonismo anche dalla sua terra madre, la Francia. Il nuovo testo, nel quale si affermava “che la società ha il diritto di abolire la proprietà privata della terra e renderla parte della comunità” (Burgelin, Langfeldt, e Molnár 1962, II:74), fu accolto anche dai delegati francesi. Dopo Basilea, l’Internazionale in Francia non fu più mutualista.

Il congresso di Basilea ebbe anche un altro motivo di interesse: la partecipazione del delegato Michail Bakunin. Non essendo riuscito a conquistare la direzione della Lega della Pace, nel settembre del 1868 egli aveva fondato a Ginevra l’Alleanza della Democrazia Socialista, organizzazione che, in dicembre, presentò domanda di adesione all’Internazionale.

La richiesta fu inizialmente respinta dal Consiglio Generale. L’Internazionale non poteva accettare al suo interno organizzazioni che continuassero a essere affiliate a un’altra parallela struttura trans-nazionale; inoltre, uno degli obiettivi del programma dell’Alleanza della Democrazia Socialista – “l’eguaglianza delle classi” (Bakunin 1973, 174) – era radicalmente distante da uno dei punti fondamentali di quello dell’Internazionale: l’abolizione delle classi. Dopo poco, però, l’Alleanza della Democrazia Socialista cambiò la parte del suo programma criticata dal Consiglio Generale e accettò di sciogliere la rete delle sue sezioni – molte delle quali, in realtà, non esistevano ed erano frutto della fantasia di Bakunin (Carr 2002, 360). Così, il 28 luglio 1869, la sezione ginevrina, composta da 104 membri, fu ammessa all’Internazionale (Carr 2002, 344) . Pur conoscendo bene Bakunin, Marx sottovalutò le conseguenze del suo ingresso nell’Internazionale. Il famoso rivoluzionario russo conquistò rapidamente una notevole influenza in varie sezioni svizzere, spagnole e francesi (e poi italiane, dopo la Comune di Parigi). Dopo aver finalmente sconfitto i mutualisti e lo spettro di Proudhon, Marx si trovò, da quel momento, a dover fronteggiare un rivale ancora più ostico, uno sfidante che formò una nuova tendenza – l’anarchismo collettivista – all’interno dell’organizzazione e che mirava a conquistarla.

4. La lotta per la liberazione dell’Irlanda
Il periodo compreso tra la fine degli anni Sessanta e l’inizio degli anni Settanta fu ricco di conflitti sociali. In questo arco temporale, molti dei lavoratori che presero parte alle proteste decisero di rivolgersi all’Internazionale, la cui fama andava diffondendosi sempre più, per richiedere il suo intervento a sostegno delle loro lotte. Il 1869 fu per l’Internazionale un anno di significativa espansione in tutt’Europa.

In questa fase furono particolarmente significative anche la nascita di alcune sezioni di lavoratori irlandesi in Inghilterra. Nell’analizzare la questione irlandese, Marx non solo continuò la battaglia politica – contro lo scetticismo dei dirigenti operai inglesi – affinché l’Internazionale assumesse una posizione radicale e non meramente “umanitaria”, del tipo “giustizia per l’Irlanda”, ma maturò anche una svolta importante rispetto alle sue precedenti concezioni. Scrisse, infatti, all’amico Ludwig Kugelmann:

“mi sono sempre più convinto – e adesso si tratta di inculcare questa convinzione nella classe operaia inglese – che essa, qui in Inghilterra, non potrà mai fare nulla di decisivo fino a quando non differenzierà, nel modo più categorico, la sua politica sull’Irlanda dalle vedute delle classi dominanti; fino a quando non solo farà causa comune con gli irlandesi, ma prenderà persino l’iniziativa per lo scioglimento dell’Unione [Anglo-irlandese] fondata nel 1801 e per la sua sostituzione con un libero rapporto federale. Ciò deve essere fatto non come un atto di simpatia verso l’Irlanda, ma come una rivendicazione fondata sull’interesse del proletariato inglese. Altrimenti, il popolo inglese rimane al guinzaglio delle classi dominanti perché con queste esso deve fare causa comune di fronte all’Irlanda. Ogni suo movimento nella stessa Inghilterra rimane paralizzato dal dissidio con gli irlandesi che, nella stessa Inghilterra, formano una parte considerevole della classe operaia. La prima condizione dell’emancipazione qui – il crollo dell’oligarchia terriera inglese – rimane impossibile, poiché la sua posizione non può essere presa d’assalto finché il suo avamposto in Irlanda resta sbarrato” (Marx 1975d, 691) .

Nel dicembre 1869, egli riassunse le convinzioni maturate circa il corretto rapporto tra la classe operaia inglese e la liberazione dell’Irlanda anche a Engels, al quale fece notare:

“per lungo tempo, ho creduto che fosse possibile abbattere il regime irlandese mediante l’ascesa della classe operaia inglese. Ho sempre sostenuto questo parere nella New-York Tribune. Uno studio più approfondito mi ha persuaso ora del contrario. La classe operaia inglese non farà mai nulla, finché non si sarà liberata dell’Irlanda. È dall’Irlanda che si deve fare leva. Per questo motivo, la questione irlandese è così importante per il movimento sociale in genere” (Marx 1975e, 448).

Inoltre, se Marx riteneva che l’Irlanda fosse determinante per l’Inghilterra, quest’ultima – definita “metropoli della proprietà fondiaria e del capitalismo nel mondo intero” – lo sarebbe stata, a suo modo di vedere, per l’intero continente e per lo sviluppo della rivoluzione proletaria in generale. Lo aveva comunicato chiaramente a Laura e Paul Lafargue, nel marzo del 1870:

“per accelerare lo sviluppo dell’Europa è necessario affrettare la catastrofe dell’Inghilterra ufficiale. A questo scopo bisogna colpire in Irlanda. È questo il suo punto più debole. Se cade l’Irlanda, l’impero britannico è finito e la lotta di classe in Inghilterra, fino a questo momento sonnacchiosa e lenta, assumerà forme violente” (Marx 1975a, 724).

Come era stato indicato nella Circolare privata del 28 marzo 1870, l’obiettivo dell’Internazionale doveva essere quello di “spingere avanti la rivoluzione sociale in Inghilterra”. Tuttavia, ciò sarebbe stato possibile soltanto se l’assetto politico che determinava “la schiavitù dell’Irlanda” (Marx 2014g, 204) fosse stato trasformato.

Nella lettera a Meyer e Vogt, questi temi furono ulteriormente trattati: “l’antagonismo tra inglesi e irlandesi (…) permette ai governi dei due paesi, ogni volta che lo ritengano opportuno, di togliere mordente al conflitto sociale sia aizzandoli l’uno contro l’altro, sia, in caso di necessità, mediante la guerra tra i due paesi”. Proprio ai due compagni d’oltreoceano Marx espose meglio che in qualsiasi altro scritto in merito le scelte politiche che si rendevano necessarie nella situazione esistenze:

“l’Inghilterra, in quanto metropoli del capitale, in quanto potenza fino ad oggi dominante il mercato mondiale, è per il momento il paese più importante per la rivoluzione operaia, oltre a ciò essa è l’unico paese, nel quale le condizioni materiali di tale rivoluzione si siano sviluppate fino a un grado di maturità. Perciò l’obiettivo più importante dell’Internazionale è quello di accelerare la rivoluzione sociale in Inghilterra. L’unico mezzo per accelerarla è di rendere indipendente l’Irlanda. Da qui trae origine, per l’Internazionale, il compito di mettere sempre in primo piano il conflitto tra Inghilterra e Irlanda, di prendere sempre aperta posizione a favore dell’Irlanda” (Marx 1975c, 720).

L’Internazionale, e in particolare il Consiglio Generale di Londra, dovevano far comprendere ai lavoratori britannici che “l’emancipazione nazionale dell’Irlanda” non poteva essere trattata come una “questione di astratta giustizia o di sentimenti umanitari”, così come veniva discussa da alcuni liberali illuminati o da esponenti religiosi. Si trattava, invece, di una fondamentale questione di solidarietà di classe e della “prima condizione per la loro stessa emancipazione sociale” (Marx 1975c, 720).

5. L’opposizione alla guerra franco-prussiana e la rivolta dei comunardi
Nell’estate del 1870, nel corso della preparazione del congresso, Marx scrisse a Hermann Jung, al quale inviò una dettagliata nota relativa ai temi da affrontare durante la prossima assise dell’Internazionale. In essa, egli elencò:

“I. [L]a necessità di abolire i debiti di Stato. Discussione sul diritto di risarcimento; II. [I]l nesso tra l’azione politica e il movimento sociale della classe operaia; III. Mezzi pratici per trasformare la proprietà fondiaria in proprietà comune (…); IV. Trasformazione delle banche in banche nazionali; V. Le condizioni della produzione cooperativa su scala nazionale; VI. [I]l dovere della classe operaia di collaborare alla realizzazione di una statistica generale del lavoro conformemente alle risoluzioni del congresso di Ginevra del 1866; VII. Riapertura della questione (…) sui mezzi per sopprimere la guerra”.

A questi punti, egli aggiunse la proposta del consiglio generale belga di prendere in considerazione “i mezzi pratici per formare sezioni di operai agricoli in seno all’Internazionale e per stabilire la solidarietà tra i proprietari agricoli e i [lavoratori] dagli altri settori industriali” (Marx 1975b).

Tuttavia, la guerra franco-prussiana, scoppiata il 19 luglio del 1870, impose la sospensione del congresso. Lo scoppio di una guerra al centro dell’Europa impose all’Internazionale un’assoluta priorità: aiutare il movimento operaio a esprimere una posizione indipendente e lontana dalle retoriche nazionalistiche del tempo. Nel Primo indirizzo sulla guerra franco-prussiana, Marx scrisse:

“mentre la Francia ufficiale e la Germania ufficiale si gettano in una lotta fratricida, gli operai della Francia e della Germania si scambiano messaggi di pace e di benvolere; questo solo grande fatto, che non ha parallelo nella storia del passato, apre la prospettiva di un futuro più sereno. Esso dimostra che, in contrapposto alla vecchia società, con le sue miserie economiche e col suo delirio politico, sta per sorgere una società nuova, la cui legge internazionale sarà la pace, perché la sua legge nazionale sarà dappertutto la stessa, il lavoro! Pioniere di questa nuova società è l’Associazione internazionale dei lavoratori” (Marx 2014b, 192–93).

Questo testo, pubblicato in 30.000 copie, 15.000 per la Germania e 15.000 per la Francia (stampate a Ginevra), costituì la più importante dichiarazione di politica estera mai pronunciata dall’Internazionale. Tuttavia, la sconfitta francese segnò la nascita di una nuova e più potente stagione degli stati nazionali e dello sciovinismo ideologico che l’accompagnò in tutt’Europa.

Era, questo, lo scenario temuto da Marx, prefigurato come possibile allorquando, nel Secondo indirizzo sulla guerra franco-prussiana, aveva scritto che “la presente tremenda guerra sarà soltanto l’annunciatrice di nuovi conflitti internazionali ancora più mortali, e [avrebbe portato] in ogni paese a nuovi trionfi dei signori della spada, della terra e del capitale sugli operai” (Marx 2014e, 195).

Dopo la cattura di Bonaparte, sconfitto a Sedan dai tedeschi, il 4 settembre 1870, venne proclamata in Francia la Terza Repubblica. Nel gennaio dell’anno seguente, la resa di Parigi, che era stata assediata per oltre quattro mesi, costrinse i francesi ad accettare le condizioni imposte da Bismarck. Ne seguì un armistizio che permise lo svolgimento di elezioni e la successiva nomina di Adolphe Thiers a capo del potere esecutivo, con il sostegno di una vasta maggioranza legittimista e orleanista. Nella capitale, però, in controtendenza con il resto della Francia, lo schieramento progressista-repubblicano vinse con una schiacciante maggioranza e il malcontento popolare fu più esteso che altrove. La chiara prospettiva di un governo che non avrebbe realizzato alcuna riforma sociale, e che voleva disarmare la città, animò la sommossa dei parigini. Essa si concluse con la cacciata di Thiers e con la nascita, il 18 marzo, della Comune di Parigi, il più importante evento politico della storia del movimento operaio del XIX secolo.

Se Bakunin aveva incitato gli operai a trasformare la guerra patriottica in guerra rivoluzionaria (Lehning 1977, XVI), a Londra, il Consiglio Generale rispose, in un primo momento, con il silenzio. L’organismo incaricò Marx di redigere un testo a nome dell’Internazionale, ma egli ne ritardò la pubblicazione. Le ragioni di questa attesa furono sofferte e complicate. Conoscendo bene i reali rapporti di forza in campo e le debolezze della Comune, Marx sapeva, sin dal principio, che essa era condannata alla sconfitta. Anzi, egli aveva tentato di mettere in guardia la classe operaia francese già dal settembre 1870. Nel Secondo indirizzo sulla guerra franco-prussiana, infatti, aveva affermato: “ogni tentativo di rovesciare il nuovo governo, nel corso della crisi attuale, con il nemico che quasi bussa alle porte di Parigi, sarebbe una follia disperata. I lavoratori francesi (…) non devono lasciarsi illudere dai ricordi del 1792” (Marx 2014e, 195).

Marx comprese che, quale fosse stato l’esito della rivoluzione, la Comune aveva aperto un nuovo capitolo nella storia del movimento operaio. Scrisse, infatti, a Kugelmann:

“questa insurrezione di Parigi, anche se sarà sopraffatta dai lupi, dai porci e dai volgari cani della vecchia società, è l’azione più gloriosa del nostro partito dopo l’insurrezione di giugno. Si confrontino questi parigini che danno l’assalto al cielo con i mansueti schiavi delle divinità celesti del sacro romano impero tedesco-prussiano, con le sue postume mascherate che puzzano di caserma, di chiesa, di piccola nobiltà rurale e soprattutto di filisteismo” (Marx 1990b, 198-9).

Una dichiarazione piena di fervore sulla vittoria della Comune avrebbe rischiato, però, di generare false aspettative tra i lavoratori di tutt’Europa e di contribuire, poi, alla diffusione di demoralizzazione e sfiducia. Marx decise, dunque, di ritardare la consegna del documento affidatogli e si assentò per diverse settimane dalle riunioni del Consiglio Generale. Le sue amare previsioni si avverarono presto e il 28 maggio, poco più di due mesi dopo la sua proclamazione, la Comune di Parigi fu repressa nel sangue. Due giorni dopo, Marx ritornò al Consiglio Generale e portò con sé un manoscritto intitolato La guerra civile in Francia. Letto e approvato all’unanimità, fu pubblicato (come d’abitudine per i documenti del Consiglio Generale) con in calce i nomi di tutti i suoi componenti e divenne, in poche settimane, il documento del movimento operaio che fece più scalpore in tutto l’Ottocento. Parlando della Comune di Parigi, Marx sostenne che:

“Le poche ma importanti funzioni che sarebbero ancora rimaste per un governo centrale, non sarebbero state soppresse, come venne affermato falsamente in malafede, ma adempiute da funzionari comunali, e quindi strettamente responsabili. L’unità della nazione non doveva essere spezzata, anzi doveva essere organizzata dalla Costituzione comunale, e doveva diventare una realtà attraverso la distruzione di quel potere statale che pretendeva essere l’incarnazione di questa unità indipendente e persino superiore alla nazione stessa, mentre non era che un’escrescenza parassitaria. Mentre gli organi puramente repressivi del vecchio potere governativo dovevano essere amputati, le sue funzioni legittime dovevano essere strappate a un’autorità che usurpava una posizione predominante sulla società stessa, e restituite agli agenti responsabili della società” (Marx 2014f, 169).

La Comune di Parigi era stata un esperimento politico del tutto innovativo:

“fu essenzialmente un governo della classe operaia, il prodotto della lotta della classe dei produttori contro la classe appropriatrice, la forma politica finalmente scoperta, nella quale si poteva compiere l’emancipazione economica del lavoro. Senza quest’ultima condizione, la Costituzione della Comune sarebbe stata una cosa impossibile e un inganno. Il dominio politico dei produttori non può coesistere con la perpetuazione del loro asservimento sociale. La Comune doveva dunque servire da leva per svellere le basi economiche su cui riposa l’esistenza delle classi, e quindi del dominio di classe. Con l’emancipazione del lavoro tutti diventano operai, e il lavoro produttivo cessa di essere un attributo di classe” (Marx 2014f, 171).

Per Marx, la nuova fase della lotta di classe inaugurata dalla Comune di Parigi avrebbe avuto successo – e, dunque, avrebbe prodotto cambiamenti radicali – solo mediante la realizzazione di un programma chiaramente anticapitalista:

“La Comune, essi esclamano, vuole abolire la proprietà, […] quella proprietà di classe che fa del lavoro di molti la ricchezza di pochi. Essa voleva l’espropriazione degli espropriatori. Voleva fare della proprietà individuale una realtà, trasformando i mezzi di produzione, la terra e il capitale, che ora sono essenzialmente mezzi di asservimento e di sfruttamento del lavoro, in semplici strumenti di lavoro libero e associato. […] Ma se la produzione cooperativa non deve restare una finzione e un inganno, se essa deve subentrare al sistema capitalista; se delle associazioni cooperative unite devono regolare la produzione nazionale secondo un piano comune, prendendola così sotto il loro controllo e ponendo fine all’anarchia costante e alle convulsioni periodiche che sono la sorte inevitabile della produzione capitalistica: che cosa sarebbe questo o signori, se non comunismo, «possibile» comunismo? La classe operaia non attendeva miracoli dalla Comune. Essa non ha utopie belle e pronte da introdurre per decreto del popolo. Sa che per realizzare la sua propria emancipazione, e con essa quella forma più alta a cui la società odierna tende irresistibilmente per i suoi stessi fattori economici, dovrà passare per lunghe lotte, per una serie di processi storici che trasformeranno le circostanze e gli uomini. La classe operaia non ha da realizzare ideali, ma da liberare gli elementi della nuova società dei quali è gravida la vecchia e cadente società borghese” (Marx 2014f, 172).

La Comune di Parigi fu repressa con brutale violenza dalle armate di Versailles. Durante la ‘settimana di sangue’ (21-28 maggio) vennero uccisi durante i combattimenti o giustiziati sommariamente circa 10.000 comunardi. Fu il massacro più violento della storia della Francia. I prigionieri catturati furono oltre 43.000 e di questi 13.500 di essi vennero condannati al carcere, ai lavori forzati, alla pena di morte o furono deportati.

Da questo momento, l’Internazionale fu nell’occhio del ciclone e venne ritenuta responsabile di ogni atto contro l’ordine costituito, al punto tale che Marx domandò ironicamente come mai non le fosse stata attribuita anche la colpa delle calamità naturali:

“dopo il grande incendio di Chicago, il telegrafo annunciava la medesima notizia su tutta la terra: era l’opera infernale dell’Internazionale, ed è in effetti strano che non si sia attribuito alla sua azione demoniaca l’uragano che ha devastato le Indie occidentali” (Marx 1968a, 461).

A nome del Consiglio generale, Marx fu costretto a passare intere giornate a rispondere alle falsificazioni sull’Internazionale e sulla sua persona scritte dai giornali: “in questo momento ho l’onore di essere l’uomo più calunniato e più minacciato di Londra” (Marx 1990c, 229). Intanto, i governi di tutt’Europa, preoccupati che, dopo Parigi, avrebbero potuto svilupparsi altre sollevazioni, intensificarono ancor di più i loro strumenti repressivi.

Nonostante i drammatici avvenimenti di Parigi e il furore della brutale repressione messa in atto da tutti i governi europei, la forza dell’Internazionale aumentò in seguito agli avvenimenti della Comune di Parigi. Anche se spesso circondata dalle menzogne scritte contro di essa dai suoi avversari, la parola “Internazionale” divenne, in questo periodo, nota a tutti. Sulle bocche dei capitalisti e della classe borghese fu sinonimo di minaccia all’ordine costituito, ma su quella delle operaie e degli operai assunse il significato di speranza in un mondo senza sfruttamento e ingiustizie (Haupt 1978, 28). La fiducia che ciò fosse realizzabile aumentò dopo la Comune. L’insurrezione parigina diede forza al movimento operaio, lo spinse ad assumere posizioni più radicali e a intensificare la militanza. Parigi mostrò che la rivoluzione era possibile, che l’obiettivo poteva e doveva essere la costruzione di una società radicalmente diversa da quella capitalistica, ma anche che, per raggiungerlo, i lavoratori dovevano dare vita a forme di associazioni politiche stabili e ben organizzate (Haupt 1978, 93–95). Questa enorme vitalità si manifestò ovunque. I partecipanti alle riunioni del Consiglio Generale raddoppiarono; mentre i giornali legati all’Internazionale incrementarono la loro diffusione e aumentarono di numero dopo la nascita di molte nuove testate.

6. La svolta politica della conferenza di Londra
In questo scenario, che non consentiva la convocazione di un nuovo congresso, a quasi due anni di distanza dall’ultimo, il Consiglio Generale decise di promuovere una conferenza nella città di Londra. Essa si svolse tra il 17 e il 23 settembre alla presenza di 22 delegati, giunti da Inghilterra (per la prima volta venne rappresentata anche l’Irlanda), Belgio, Svizzera e Spagna, più gli esuli francesi. Nonostante gli sforzi per rendere la conferenza il più rappresentativa possibile, si trattò, di fatto, di un Consiglio Generale allargato.

Sin dalla sua convocazione, Marx aveva annunciato che “nelle presenti circostanze la questione dell’organizzazione era la più importante”, ragione per la quale la conferenza si sarebbe concentrata “esclusivamente sulle questioni organizzative e politiche”, lasciando da parte le discussioni teoriche (Marx 1968b, 259). Egli ribadì questa decisione durante la prima sessione dei lavori:

“il Consiglio Generale ha convocato una conferenza per concertare coi delegati dei diversi paesi le misure da prendere per fermare i pericoli che l’Associazione corre in un gran numero di paesi e per procedere a un’organizzazione nuova, rispondente ai bisogni della situazione. In secondo luogo per elaborare una risposta ai vari governi che non cessavano di lavorare per l’annientamento dell’Associazione con tutti i mezzi a loro disposizione. E, infine, per risolvere definitivamente il conflitto svizzero” (Marx 1962a, 152).

Dare una nuova impronta all’organizzazione, difendere l’Internazionale dall’offensiva delle forze a lei ostili e porre un argine all’accresciuta influenza di Bakunin: furono queste, dunque, le priorità dell’assise di Londra. Per realizzare tali obiettivi, Marx fece ricorso a tutte le sue energie. Fu, di gran lunga, il delegato più attivo della conferenza, prendendo la parola ben 102 volte; osteggiò con successo le proposte che non rispondevano ai suoi piani; e riuscì a persuadere gli indecisi (Molnár 1963a, 127). A Londra si ebbe la conferma della sua statura all’interno dell’organizzazione. Egli non solo ne era la mente, colui che ne elaborava la linea politica, ma anche uno dei suoi militanti più combattivi e capaci.

La decisione di maggior rilievo assunta durante la conferenza, e per la quale essa venne poi ricordata, fu l’approvazione della risoluzione IX, avanzata da Vaillant. Il leader delle residue forze blanquiste, che avevano aderito all’Internazionale dopo la fine della Comune, propose la trasformazione di quest’ultima in un partito internazionale centralizzato e disciplinato, sotto la guida del Consiglio Generale. Nonostante alcune profonde divergenze – a dividere loro e Marx era, soprattutto, la tesi blanquista secondo la quale per fare la rivoluzione sarebbe bastato un nucleo ben organizzato di militanti –, Marx non esitò a stabilire un’alleanza con il gruppo di Vaillant. Con il loro supporto, infatti, non solo avrebbe potuto contrastare con maggior forza l’anarchismo politico che andava rafforzandosi all’interno dell’organizzazione, ma – questione ancora più importante – avrebbe avuto un fronte più ampio di consensi per far maturare i cambiamenti resisi necessari nella nuova stagione della lotta di classe. Una delle risoluzioni approvate alla conferenza di Londra stabilì:

“che la classe operaia, contro questo potere collettivo delle classi possidenti, può agire come classe soltanto allorquando si costituisce come partito politico autonomo, contrapposto a tutte le vecchie formazioni partitiche delle classi possidenti;
che questa costruzione della classe operaia in partito politico è indispensabile per il trionfo della rivoluzione sociale e del suo fine ultimo: l’abolizione delle classi;
che l’unione delle singole forze, che la classe operaia ha già in parte edificato tramite le sue lotte economiche, deve servire anche come leva per la sua battaglia contro il potere politico dei suoi sfruttatori”

La conferenza ribadì, così, a tutti i membri dell’Internazionale che il “movimento economico [della classe operaia] e la sua azione politica sono indissolubilmente uniti” (Marx e Engels 2014b, 239).
Se il Congresso di Ginevra del 1866 aveva sancito l’importanza del sindacato, la Conferenza di Londra del 1871 definì l’altro strumento fondamentale di lotta del movimento operaio: il partito politico . La deliberazione approvata a Londra, con l’invito a realizzare organizzazioni politiche in ogni paese e con il conferimento di poteri più ampi al Consiglio Generale, ebbe gravi ripercussioni nella vita dell’Associazione, che non era ancora pronta a sostenere una simile accelerazione e a passare da un modello flessibile a un altro politicamente uniforme (Freymond e Molnár 1966, 27).

In seguito alla conclusione della conferenza, Marx era convinto che le risoluzioni approvate a Londra avrebbero riscosso l’approvazione di quasi tutte le principali federazioni e sezioni locali. Tuttavia, egli dovette ben presto ricredersi. I militanti della Federazione del Giura – il gruppo svizzero dell’Internazionale guidato dagli anarchici – convocarono, per il 12 di novembre, il loro congresso nel piccolo comune di Sonvilier. L’iniziativa, alla quale Bakunin non poté prendere parte, fu significativa, poiché con essa nacque ufficialmente l’opposizione all’interno dell’Internazionale. Nella Circolare a tutte le federazioni dell’Associazione Internazionale dei Lavoratori, diramata alla fine dei lavori, Guillaume e gli altri partecipanti al congresso accusarono il Consiglio Generale di aver introdotto nell’organizzazione “il principio d’autorità” e di aver cambiato la struttura originaria, “trasforma[ndola] in un’organizzazione gerarchica, diretta e governata da un comitato”.

Gli svizzeri si dichiararono “contro ogni autorità direttrice, anche quando detta autorità fosse eletta e approvata dai lavoratori” e sottolinearono che nell’Internazionale doveva essere conservato il “principio dell’autonomia delle sezioni”, anche attraverso il ridimensionamento del Consiglio Generale in “un semplice ufficio di corrispondenza e di statistica” (Aa. Vv. 1962, 264–65). L’istanza finale fu la convocazione, al più presto, di un congresso.

Se la posizione della Federazione del Giura era stata messa in conto, Marx fu probabilmente sorpreso quando, nel 1872, segni di insofferenza e di ribellione alla sua linea politica giunsero da più parti. In molti paesi, le decisioni assunte a Londra furono giudicate come una pesante ingerenza nell’autonomia politica locale e, pertanto, un’inaccettabile imposizione. La federazione belga, che durante la conferenza aveva tentato di costruire una mediazione tra le parti, cominciò ad assumere una posizione molto critica nei confronti di Londra. Successivamente anche gli olandesi ne presero le distanze. Ancora più dure furono le reazioni in Europa meridionale, dove l’opposizione raccolse, rapidamente, notevoli consensi. La grande maggioranza degli internazionalisti iberici si schierò decisamente contro il Consiglio Generale e sposò le idee di Bakunin, anche perché più consoni a un paese in cui il proletariato industriale era presente solo nei principali centri e dove il movimento dei lavoratori era ancora molto debole e interessato, principalmente, alle rivendicazioni di carattere economico.

Anche in Italia gli esiti della Conferenza di Londra non raccolsero che pareri negativi. Coloro che non seguirono Mazzini, il quale raggruppò a Roma, dal 1° al 6 novembre del 1871, nel Congresso Generale delle Società Operaie Italiane, il blocco più moderato dei lavoratori italiani, aderirono alle posizioni di Bakunin. I partecipanti alla conferenza fondativa della Federazione Italiana dell’Internazionale, svoltasi a Rimini dal 4 al 6 agosto del 1872, assunsero la posizione più radicale contro il Consiglio Generale: non avrebbero partecipato al prossimo congresso dell’Internazionale, ma sarebbero stati presenti a Neuchatel, in Svizzera, dove proponevano di svolgere un “congresso generale antiautoritario” (Aa. Vv. 1979, 787). Di fatto, questo fu il primo atto dell’imminente scissione.

Le contestazioni contro il Consiglio Generale furono di diverso tipo ed ebbero, talvolta, anche solo motivazioni di carattere personale. Si venne così a formare una strana alchimia che rese la direzione dell’organizzazione ancora più problematica. Tuttavia, al di là del fascino esercitato dalle teorie di Bakunin in alcuni paesi e della capacità politica di Guillaume nel mettere insieme i vari oppositori, l’avversario principale della svolta avviata con la risoluzione sulla “Azione politica della classe operaia” fu un ambiente non ancora pronto a recepire il salto di qualità proposto da Marx. Nonostante le dichiarazioni di duttilità che l’accompagnarono, la svolta iniziata a Londra fu percepita da molti come una pesante imposizione. Il principio di autonomia delle varie realtà di cui si componeva l’Internazionale era considerato uno dei capisaldi dell’Associazione non solo dal gruppo più legato a Bakunin, ma dalla gran parte delle federazioni e delle sezioni locali. Fu questo l’errore di valutazione commesso di Marx e che accelerò la crisi dell’Internazionale (Freymond e Molnár 1966, 27–28).

7. La crisi dell’Internazionale
La battaglia finale giunse alla fine dell’estate del 1872. Dopo le vicende che, per tre anni, avevano stravolto il corso della sua storia – la guerra franco-prussiana, la violenta ondata repressiva seguita alla Comune di Parigi e i numerosi scontri interni – l’Internazionale poté, finalmente, riunirsi nuovamente a congresso. La sua quinta assise generale si svolse a L’Aia, tra il 2 e il 7 settembre. L’importanza decisiva dell’evento spinse Marx a parteciparvi di persona, accompagnato da Engels. Tutte le sessioni furono contraddistinte da un irriducibile antagonismo tra i due schieramenti che si contrapponevano. Il dibattito fu di gran lunga più povero di quello dei due congressi che l’avevano preceduto.

L’approvazione delle risoluzioni del congresso di L’Aia fu possibile solo grazie a una impropria composizione della sua platea. Per quanto spuria e, per molti versi, tenuta unita da fini strumentali, la coalizione di delegati che a L’Aia fu in minoranza rappresentava, in realtà, la parte più consistente dell’Internazionale (Guillaume 2004, 497–98; Freymond 1962, 25).

La decisione di maggior rilievo assunta da Marx a L’Aia fu l’introduzione della principale deliberazione politica della conferenza del 1871 nello statuto dell’Associazione. Al suo interno fu aggiunto un articolo, il 7a, in cui venne riassunta la risoluzione IX approvata a Londra. Se negli Statuti Provvisori del 1864 era stato affermato che “l’emancipazione economica della classe operaia è il grande scopo al quale ogni movimento politico è subordinato come mezzo”, l’integrazione del 1872 rispecchiava i nuovi rapporti di forza all’interno dell’organizzazione. La lotta politica non era più considerata un tabù, ma, anzi, lo strumento necessario per la trasformazione della società: “poiché i signori della terra e del capitale si servono dei loro privilegi politici per difendere e perpetuare il loro monopolio economico e asservire il lavoro, la conquista del potere politico diventa il grande dovere del proletariato” (Engels e Marx 2014, 221–22).

L’Internazionale era ormai molto differente rispetto a ciò che era stata ai tempi della sua fondazione. Le componenti democratico-radicali avevano abbandonato l’Associazione, dopo essere state messe all’angolo. I mutualisti erano stati sconfitti e le loro forze drasticamente ridotte. I riformisti non costituivano più la parte prevalente dell’organizzazione (tranne che in Inghilterra) e l’anticapitalismo era diventato la linea politica di tutta l’Internazionale, anche delle nuove tendenze che si erano formate nel corso degli ultimi anni. Anche se, durante l’esistenza dell’Internazionale, l’Europa era stata attraversata da una fase di grande prosperità economica, che aveva, in alcuni casi, reso meno difficile la loro condizione, gli operai avevano compreso che il loro stato sarebbe davvero cambiato solo con la fine dello sfruttamento dell’uomo sull’uomo e non attraverso rivendicazioni economiche volte a ottenere blandi palliativi alle condizioni esistenti. Inoltre, essi avevano cominciato a organizzare le loro lotte sempre più a partire dai propri bisogni materiali e non, come un tempo, in base alle iniziative dei vari gruppi cui appartenevano.

Lo scenario, d’altronde, era mutato radicalmente anche all’esterno dell’organizzazione. L’unificazione della Germania, avvenuta nel 1871, sancì l’inizio di una nuova era in cui lo stato-nazione si affermò definitivamente come forma d’identità politica, giuridica e territoriale. Il nuovo contesto rendeva poco plausibile la continuità di un organismo sovranazionale al quale le organizzazioni dei vari paesi, anche se munite di autonomia, dovevano cedere una parte consistente della direzione politica e una quota dei contributi dei propri iscritti. Inoltre, la differenza tra i movimenti e le organizzazioni esistenti nei vari paesi era aumentata, rendendo estremamente difficile al Consiglio Generale la realizzazione di una sintesi politica in grado di soddisfare le esigenze dei gruppi operanti nei singoli contesti nazionali.

La configurazione iniziale dell’Internazionale era, dunque, superata e la sua missione originaria si era conclusa. Non si trattava più di predisporre e coordinare iniziative di solidarietà su scala europea a sostegno degli scioperi, né di indire congressi per discutere dell’utilità delle organizzazioni sindacali o della necessità di socializzare la terra e i mezzi di produzione. Questi temi, ormai, erano divenuti patrimonio collettivo di tutte le componenti dell’organizzazione. Dopo la Comune di Parigi la vera sfida per il movimento operaio era la rivoluzione, ovvero come organizzarsi per porre fine al modo di produzione capitalistico e rovesciare le istituzioni del mondo borghese. Non era più questione di riformare la società esistente, ma di come costruirne una nuova (Freymond 1962, X). Per avanzare lungo questo nuovo cammino della lotta di classe, Marx riteneva improcrastinabile la costruzione, in ogni paese, di partiti politici della classe operaia.

Durante il congresso di L’Aia si susseguirono diverse votazioni, intorno alle quali si aprirono asperrime polemiche. La prima di esse riguardò l’articolo 7a. In seguito alla sua approvazione, la finalità della conquista del potere politico entrò ufficialmente nello statuto dell’Associazione, all’interno del quale venne anche indicato lo strumento indispensabile per conseguirlo: la costituzione del partito operaio.

La successiva decisione di conferire poteri più ampi al Consiglio Generale contribuì a rendere la situazione ancor più intollerabile per la minoranza. Da quel momento, al più importante organismo dell’Internazionale veniva demandato il compito di sorvegliare che in ogni paese vi fosse una “rigida osservazione dei principi e degli statuti e regolamenti generali dell’Internazionale” e gli veniva attribuito “il diritto di sospendere branche, sezioni, consigli o comitati federali e federazioni dell’Internazionale fino al successivo congresso” (Burgelin, Langfeldt, e Molnár 1962, II:374). Per la prima volta nella storia dell’Internazionale, durante la sua massima assise vennero votate anche delle espulsioni. A causare grande scalpore vi furono quelle di Bakunin e di Guillaume, proposte da una commissione che era stata incaricata di svolgere un’indagine sull’Alleanza della Democrazia Socialista.

Nella seduta mattutina del 6 settembre si consumò l’ultimo atto dell’Internazionale così come era stata concepita e costituita nel corso degli ultimi anni. Fu il momento più drammatico dell’intero congresso di L’Aia. Engels prese la parola e, tra lo stupore dei presenti, propose “che la sede del Consiglio Generale venisse trasferita a New York per l’anno 1872-1873 e che esso fosse formato da membri del consiglio federale americano” (Engels 1962, 355). Poche parole sconvolsero consolidate certezze. Il Consiglio Generale sarebbe stato spostato oltreoceano, lontanissimo dalle federazioni europee; Marx e altri “fondatori” dell’Internazionale non avrebbero più fatto parte del suo organismo centrale; essi sarebbero stati sostituiti da compagni i cui nomi erano a tutti ignoti. Furono in molti, anche nelle fila della maggioranza, a votare contro lo spostamento della sede a New York, avendo compreso che con questa decisione si sarebbe sancita la fine dell’Internazionale come struttura operativa.

Secondo Marx, era meglio rinunciare all’Internazionale piuttosto che vederla finire nelle mani dei suoi avversari e assistere alla sua mutazione in un’organizzazione settaria. La sua fine, che sarebbe certamente seguita al trasferimento del Consiglio Generale negli Stati Uniti, era di gran lunga preferibile alla prospettiva di un lento e dispendioso stillicidio di lotte fratricide. L’opposizione ai gruppi settari e a ridurre la lotta del movimento operaio a chiese di partito, numericamente inconsistenti, fu una costante delle riflessioni politiche sviluppate da Marx in questo periodo. Per Marx l’Internazionale doveva essere una

“organizzazione reale e militante della classe proletaria in tutti i paesi, solidale nella lotta comune contro i capitalisti, i proprietari fondiari e il loro potere di classe organizzato nello Stato. Perciò gli statuti dell’Internazionale riconoscono soltanto semplici associazioni operaie che perseguono tutte lo stesso scopo e accettano tutte lo stesso programma, un programma che si limita a tracciare le grandi linee del movimento proletario e ne lascia l’elaborazione teorica all’impulso dato dalle necessità stesse della lotta pratica, oltre che allo scambio di idee che si svolge nelle sezioni, ammettendo nei suoi organi e nei suoi congressi tutte le convinzioni socialiste” (Marx e Engels 2014a, 242–43).

Tuttavia, non appare convincente la tesi, suggerita da numerosi studiosi , che a determinare il declino dell’Internazionale sia stato il conflitto tra le sue due correnti o, ancora più inverosimilmente, quello tra due uomini, seppure dello spessore di Marx e Bakunin. Le ragioni della sua fine vanno cercate altrove. A rendere obsoleta l’Internazionale furono, soprattutto, i grandi cambiamenti intervenuti al suo esterno. La crescita e la trasformazione delle organizzazioni del movimento operaio, il rafforzamento degli Stati-nazione causato dall’unificazione nazionale dell’Italia e della Germania, l’espansione dell’Internazionale in paesi quali la Spagna e l’Italia contraddistinti da condizioni economiche e sociali profondamente differenti da quelle d’Inghilterra e Francia dove era nata l’Associazione, la definitiva virata moderata del sindacalismo inglese e la repressione seguita alla caduta della Comune di Parigi, agirono, in modo concomitante, a rendere la configurazione originaria dell’Internazionale inappropriata per le mutate condizioni storiche.

Nella complessità di questo scenario, nel quale prevalsero le tendenze centrifughe, pesarono, ovviamente, anche le vicende interne quanto quelle personali dei suoi protagonisti. La Conferenza di Londra, ad esempio, lungi dal costituire l’impresa salvifica che Marx si era illuso di aver compiuto, aggravò significativamente la crisi dell’organizzazione perché fu condotta in modo rigido, senza valutare adeguatamente gli umori esistenti all’interno dell’organizzazione e senza la lungimiranza necessaria per evitare il rafforzamento del gruppo diretto da Bakunin (Molnár 1963a, 144). Fu, di fatto, una vittoria di Pirro per Marx che, nel porre in atto un tentativo di risolvere i conflitti interni, finì, invece, per accentuarli. Tuttavia, le scelte assunte a Londra produssero solo un’accelerazione di un processo già in atto e inevitabile.

Infine, alle considerazioni di carattere storico, e a quelle relative alla dialettica interna dell’organizzazione, ne vanno aggiunte altre, di non minor peso, circa il suo principale protagonista. In una seduta della Conferenza di Londra del 1871, Marx aveva ricordato ai delegati come “il lavoro del Consiglio era divenuto immenso. Era obbligato a fare fronte a questioni generali e a questioni nazionali” (Marx 1962b, 217). L’Internazionale, inoltre, aveva di molto accresciuto la sua dimensione. Non era più l’organizzazione del 1864 che si reggeva su due gambe, una in Inghilterra e l’altra in Francia. Adesso era presente in tutti i paesi europei, ognuno dei quali aveva propri problemi e specifiche caratteristiche. L’arrivo degli esuli della Comune di Parigi nella capitale britannica aveva accentuato le difficoltà, dal momento che essi avevano portato con sé, insieme a nuove preoccupazioni, anche un bagaglio di idee diverse. La sintesi politica nel Consiglio Generale, in un’organizzazione divisa ovunque e lacerata dagli scontri interni, era diventata un’impresa sempre più ardua da sostenere. Un tremendo ammontare di lavoro, molto di più che al tempo della sua fondazione.

Dopo otto anni intensamente dedicati all’Internazionale, Marx era estremamente provato. Cosciente – prima fra tutte le sue preoccupazioni – della ritirata delle forze operaie che sarebbe seguita alla sconfitta della Comune di Parigi, decise di dedicare i suoi anni futuri al tentativo di completare Il capitale. Quando attraversò la Manica per recarsi in Olanda, sentiva che ad attenderlo c’era l’ultima grande battaglia politica da protagonista diretto.

Da spettatore silenzioso del primo incontro tenuto nel 1864 alla St. Martin’s Hall, nel 1872 Marx era divenuto il leader dell’Internazionale, riconosciuto come tale non solo dai delegati dei vari congressi e dai dirigenti del Consiglio Generale, ma dalla stessa opinione pubblica. Se, dunque, l’Internazionale doveva moltissimo a Marx, anche l’esistenza di quest’ultimo era profondamente mutata grazie a essa. Prima dell’Internazionale, egli era conosciuto solo in ristrette cerchie di militanti, mentre dopo la Comune di Parigi – certo anche grazie alla pubblicazione, nel 1867, del suo magnum opus – la fama del suo nome aveva iniziato a diffondersi tra i rivoluzionari di molti paesi europei, al punto che fu definito dalla stampa il “dottore del terrore rosso”. Inoltre, la responsabilità derivante dalla guida di questa organizzazione, che gli aveva consentito di analizzare più direttamente tante lotte sia economiche che politiche, fu di ulteriore stimolo alle sue riflessioni sul comunismo e, alla fine, la sua teoria anticapitalista risultò profondamente arricchita proprio grazie alle esperienze maturate nell’Internazionale.

Appunti
1. Per una più completa storia dell’Internazionale si rimanda a (Musto 2014)
2. In seguito il termine fu sostituito da quello di Consiglio Generale. Di seguito, nel testo, esso sarà sempre così indicato.
3. Ferdinad Lassalle era un sostenitore della “legge bronzea dei salari” e considerava gli sforzi per incrementare il salario come futili e quali una distrazione rispetto al compito primario dei lavoratori, ovvero quello di conquistare il potere politico nello Stato.
4. Sebbene l’Internazionale adottasse il principio di un delegato ogni 500 iscritti, la partecipazione dei delegati a tutti i suoi congressi fu sempre subordinata alle loro possibilità di prendervi parte.
5. Marx non partecipò a nessun congresso dell’Internazionale con l’eccezione di quello cruciale svoltosi a L’Aia nel 1872.
6. Questa svolta fu possibile grazie al cambio di orientamento politico delle sezioni belghe, le quali, nel congresso federale svoltosi in luglio, avevano abbracciato posizioni collettivistiche.
7. La traduzione fornita in questo volume è, però, errata e fuorviante. Nelle Cosiddette scissioni nell’Internazionale, Engels e Marx citano direttamente dal documento originale di Bakunin (“l’égalisation politique, économique et sociale des classes”) (Marx e Engels 2014a, 241–43)
8. A riguardo, Carr dichiarò: “il cavallo di legno era entrato nella cittadella troiana”.
9. In proposito cfr. anche le considerazioni di Marx contenute nella lettera di Marx a Sigfrid Meyer e August Vogt, del 9 aprile 1870 (Marx 1975c).
10. Al principio degli anni Settanta il movimento operaio era organizzato in partito politico solo in Germania e, pertanto, un uso molto confuso del termine prevalse sia tra i seguaci di Marx che tra quelli di Bakunin. Il termine “partito” fu adoperato in un modo piuttosto vago anche dallo stesso Marx. Per lui, secondo Rubel: “il concetto di partito […] corrisponde al concetto di classe”. È utile sottolineare, infine, che lo scontro consumatosi all’interno dell’Internazionale tra il 1871 e il 1872 non si concentrò sulla costruzione del partito politico (espressione pronunciata solo due volte alla Conferenza di Londra e cinque volte al Congresso di L’Aia), bensì, “[sull’]uso […] dell’aggettivo politico” (Rubel 1974, 183; Haupt 1978, 84).
11. L’opposizione si era già espressa in favore della riduzione del potere del Consiglio Generale al Congresso di Sonvilier, ma Marx dichiarò a L’Aia: “preferiamo piuttosto abolire il Consiglio Generale che vederlo ridotto al ruolo di una cassetta postale”, (Burgelin, Langfeldt, e Molnár 1962, II:354).
12. Per un analisi critica di questa posizione si veda Miklós Molnár (Molnár 1963b, 439).
13. Karl Marx a César De Paepe, 28 Maggio 1872: “attendo con impazienza il prossimo congresso. Sarà la fine della mia schiavitù. Diventerò di nuovo un uomo libero; non accetterò più incarichi amministrativi, né nel Consiglio Generale, né nel Consiglio Federale Britannico” (Marx 1990a, 487-8).

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Un europeo non eurocentrico

1. Gli effetti del colonialismo inglese in India
Negli ultimi decenni, in numerose università è andata sempre più diffondendosi un’interpretazione volta a rappresentare Marx come un autore colpevole di orientalismo, di economicismo e non in grado di decifrare le contraddizioni sociali se non attraverso la sola analisi del conflitto tra capitale e lavoro. In molti, tra teorici della scuola postmoderna, critici dell’eurocentrismo ed esponenti degli studi post-coloniali, hanno sostenuto queste tesi riscuotendo notevole eco e discreto successo. In realtà, una lettura non superficiale dell’opera di Marx – e la necessaria distinzione tra questa e il corpus dogmatico dei manuali di marxismo-leninismo, sui quali alcune di queste tesi sembrano basarsi – mostrano il profilo di un pensatore del tutto diverso dalle raffigurazioni oggi tanto in voga nell’accademia.

Moniti a leggere Marx con maggiore attenzione sono giunti anche dal fondatore della rivista Subaltern Studies. In Dominance without Hegemony: History and Power in Colonial India, Ranajit Guha ha espresso il suo biasimo per una posizione che, paradossalmente, è stata assunta anche da molti dei suoi epigoni: “alcuni degli scritti di Marx – ad esempio certi passaggi dei suoi così tanto conosciuti articoli sull’India – sono stati sicuramente letti senza contestualizzazione e in modo distorto, al punto da ridurre la sua valutazione circa le possibilità storiche del capitale ad adulazioni di un maniaco della tecnologia”. A suo giudizio, quella di Marx fu “una critica che si distingue[va] inequivocabilmente dal liberalismo”, tanto più valida se si considera che essa venne elaborata nell’epoca della “fase ascendente e ottimistica” di quest’ultimo, nel mentre “il capitale cresceva con forza e sembrava che non ci fossero limiti alla sua espansione e capacità di trasformare natura e società”. Insomma, quanto affermato da Partha Chatterjee in The Politics of the Governed: Popular Politics in Most of the World – ovvero che la gran parte dei “marxisti hanno, in generale, creduto che l’influsso del capitale sulla comunità tradizionale fosse il simbolo inevitabile del progresso storico” – è inconfutabile. Tuttavia, sarebbe errato estendere questa posizione anche a Marx e alla sua interpretazione della società.

La convinzione che l’espansione del modo di produzione capitalistico fosse un presupposto fondamentale per la nascita della società comunista attraversa l’intera opera di Marx. Nel Manifesto del partito comunista (1848), Marx ed Engels riconobbero più di un merito all’epoca borghese. Essa non solo aveva “distrutto tutte le condizioni di vita feudali, patriarcali, idilliache”, ma aveva anche sostituito allo “sfruttamento velato da illusioni religiose e politiche, (…) lo sfruttamento esplicito, senza pudori, diretto e brutale”. Essi non ebbero dubbi nel dichiarare che “la borghesia [aveva] avuto nella storia una funzione sommamente rivoluzionaria”. Sfruttando le scoperte geografiche e la nascita del mercato mondiale, aveva “reso cosmopolita la produzione e il consumo di tutti i paesi”.

In I risultati futuri della dominazione britannica in India (1853), uno dei tanti articoli giornalistici di Marx apparsi sul New-York Tribune, egli scrisse che “l’Inghilterra deve assolvere una doppia missione in India, una distruggitrice, l’altra rigeneratrice: annientare la vecchia società asiatica e porre le fondamenta materiali della società occidentale in Asia”. Egli non nutrì alcuna illusione sulle caratteristiche di fondo del capitalismo, ben sapendo che la borghesia non aveva “mai dato impulso al progresso senza trascinare gli individui nel sangue e nel fango, nella miseria e nella degradazione”. Tuttavia, fu altresì convinto che lo scambio globale e lo sviluppo delle forze produttive degli esseri umani, mediante la trasformazione della produzione in un “dominio scientifico dei fattori naturali”, avrebbero creato le basi per una società diversa: “l’industria borghese e il commercio [avrebbero] crea[to … le] condizioni materiali per un mondo nuovo”.

Queste asserzioni valsero a Marx le accuse di Edward Said, il quale, in Orientalismo, non solo dichiarò che “le analisi economiche di Marx [erano] del tutto compatibili con la visione d’insieme dell’orientalismo”, ma insinuò anche che esse “dipend[evano] dal vecchio pregiudizio di ineguaglianza tra Est e Ovest”. Il primo a mettere in evidenza gli errori di questa interpretazione, troppo circoscritta e faziosa, fu Sadiq Jalal al-Azm che, nell’articolo Orientalism and Orientalism in Reverse, bollò il “resoconto [di Said] delle vedute e delle analisi di Marx, su processi storici e situazioni altamente complessi, come una farsa”. A suo avviso, non c’era “nulla di specifico, né con l’Asia né con l’Oriente, nell’ampia interpretazione teorica di Marx”. Rispetto a “capacità produttive, organizzazione sociale, ascendente storico, potere militare e sviluppi scientifici e tecnologici, (…) Marx, come chiunque altro, conosceva la superiorità dell’Europa moderna sull’Oriente. Tuttavia, accusarlo di (…) trasformare questo fatto contingente in una realtà necessaria per tutti i tempi era assurdo”. Anche Aijaz Ahmad, in In Theory: Classes, Nations, Literatures, ha ben mostrato come Said avesse “decontestualizz[ato] citazioni, con scarso senso di cosa [rappresentasse] il passaggio citato” nell’opera di Marx, semplicemente per “inserir[le] nel [suo] archivio orientalista”.

L’autore indiano ha correttamente osservato che “la denuncia di Marx della società pre-coloniale in India non è più stridente della sua denuncia del passato feudale dell’Europa”. A suo giudizio, “per Marx l’idea di un certo ruolo progressivo del colonialismo era legato all’idea di un ruolo progressivo del capitale in confronto a ciò che era esistito precedentemente, tanto all’interno dell’Europa quanto al fuori di essa”; “la distruzione della classe contadina europea nel corso dell’accumulazione originaria [venne] descritta in toni analoghi” alle mutazioni intervenute in India.

In ogni caso, gli articoli di Marx sull’India del 1853 offrono una visione ancora molto parziale e semplicistica del colonialismo, se confrontati con le riflessioni che, successivamente, egli elaborò sull’argomento. Le considerazioni sulla presenza britannica in India vennero emendate qualche anno dopo, quando, scrivendo sulla ribellione dei Sepoy del 1857 per lo stesso quotidiano americano, nell’articolo Investigazione sulle torture in India, Marx si schierò, con decisione, dalla parte di quanti tentarono di “espellere i conquistatori stranieri”. Analoghe prese di posizione sono molto frequenti, sia nelle sue opere che nei suoi interventi politici.

2. “Unicamente nell’Europa occidentale”
Una delle esposizioni più analitiche circa gli effetti positivi del processo produttivo capitalistico si trova nel primo libro di Il capitale (1867). Nonostante fosse divenuto molto più consapevole, rispetto al passato, del carattere distruttivo del capitalismo, nel suo magnum opus egli riassunse le sei condizioni generate dal capitale – in particolare dalla sua “centralizzazione” – che costituiscono i presupposti fondamentali per la possibile nascita della società comunista. Esse erano: 1) la cooperazione lavorativa; 2) l’apporto scientifico-tecnologico fornito alla produzione; 3) l’appropriazione delle forze della natura da parte della produzione; 4) la creazione di grandi macchinari adoperabili soltanto in comune dagli operai; 5) il risparmio dei mezzi di produzione; 6) la tendenza a creare il mercato mondiale.

Per Marx, il capitalismo avrebbe creato le condizioni per il superamento dei rapporti economico-sociali da esso stesso originati e, pertanto, il possibile trapasso a una società socialista. Così come nelle sue considerazioni sul profilo economico delle società extra-europee, il punto centrale della sua riflessione consisteva nello sviluppo del capitalismo in vista del suo rovesciamento. Marx riconobbe che questo modo di produzione, nonostante lo spietato sfruttamento degli esseri umani, presentava alcuni elementi potenzialmente progressivi, tali da consentire, molto più che in altre società del passato, la valorizzazione delle potenzialità dei singoli individui. Profondamente avverso al dettame produttivistico del capitalismo, ovvero al primato del valore di scambio e all’imperativo della produzione di pluslavoro, Marx valutò la questione dell’aumento delle capacità produttive in relazione all’incremento delle facoltà individuali. Come scrisse anche nei Grundrisse, egli considerò il capitalismo come “un necessario punto di passaggio”, affinché potessero dispiegarsi le condizioni che avrebbero permesso al proletariato di lottare, con speranze di successo, per l’instaurazione di un modo di produzione socialista.

Se Marx ritenne che il capitalismo fosse una transizione essenziale, affinché si venissero a determinare le condizioni storiche entro le quali il movimento operaio potesse lottare per una trasformazione comunista della società, viceversa, non pensò mai che questa idea andasse applicata in modo rigido e dogmatico. Al contrario, egli negò più volte – sia in testi pubblicati che in manoscritti non dati alle stampe – di avere concepito un’interpretazione unidirezionale della storia, in base alla quale gli esseri umani erano destinati a compiere ovunque il medesimo cammino e, per giunta, attraverso le stesse tappe.

Nel corso degli ultimi anni della sua esistenza, Marx confutò la tesi, a lui erroneamente attribuita, della inesorabilità storica del modo di produzione borghese. La sua totale estraneità a questa posizione si espresse nel dibattito sul possibile sviluppo del capitalismo in Russia. Allo scrittore e sociologo Nikolaj Michajlovskij, che lo aveva accusato di aver considerato il capitalismo quale tappa imprescindibile anche per l’emancipazione della Russia, Marx replicò che nel primo libro di Il capitale egli aveva “prete[so] unicamente di indicare la via mediante la quale, nell’Europa occidentale, l’ordine economico capitalistico [era] usc[ito] dal grembo dell’ordine economico feudale”. Marx rinviò alla lettura di un passaggio dell’edizione francese (1872-75) di Il capitale, nel quale aveva sostenuto che la base dell’intero percorso di separazione dei produttori dai loro mezzi di produzione era stata “l’espropriazione dei coltivatori”. Egli aveva aggiunto che questo processo si era “compiuto in modo radicale solo in Inghilterra, (…) [e che] tutti gli altri paesi dell’Europa occidentale percorrevano lo stesso movimento”. Dunque, aveva preso in esame soltanto il ‘vecchio continente’, non il mondo intero.

È in questo orizzonte spaziale che va inquadrata l’affermazione presente nella prefazione al primo libro di Il capitale: “il paese industrialmente più sviluppato non fa che mostrare a quello meno sviluppato l’immagine del suo avvenire”. Marx scrisse per il lettore tedesco, osservando che gli abitanti di quella nazione erano “tormentati, come tutto il resto dell’Europa occidentale continentale, non solo dallo sviluppo della produzione capitalistica, ma anche dalla mancanza di tale sviluppo”. A suo giudizio, accanto alle “miserie moderne” sopravviveva l’oppressione di “tutta una serie di miserie ereditarie che sorg[eva]no dal vegetare di modi di produzione antiquati e sorpassati che ci sono stati trasmessi con il loro seguito di rapporti sociali e politici anacronistici”.

In Provincializing Europe: Postcolonial Thought and Historical Difference, Dipesh Chakrabarty ha, invece, erroneamente interpretato questo passaggio come un tipico esempio di storicismo che segue il principio “prima in Europa e poi altrove”. Le “ambiguità nella prosa di Marx” sono state presentate come un prototipo di quanti considerano la “storia come una stanza d’attesa, un periodo che è necessario per la transizione al capitalismo in qualunque tempo e luogo particolare. Questo è il periodo al quale (…) è spesso consegnato il terzo mondo”. In ogni caso, nel saggio The Fetish of “the West” in Postcolonial Theory, Neil Lazarus ha giustamente osservato che “non tutte le narrative storiche sono teleologiche o storiciste”.

Quanto alla Russia, Marx condivise l’opinione di Michajlovskij secondo la quale essa avrebbe potuto “appropiar[si] di tutti frutti (…) [del] regime capitalistico (…), sviluppando i suoi presupposti storici, (…) senza sperimentare la tortura di questo regime”. Egli contestò a Michajlovskij di aver trasfigurato il suo “schizzo della genesi del capitalismo nell’Europa occidentale in una teoria storico-filosofica della marcia universale fatalmente imposta a tutti i popoli, in qualunque situazione storica essi si trovino”. Marx fece notare che la corretta interpretazione dei fenomeni storici non poteva essere affidata alla “chiave universale di una teoria storico-filosofica, la cui virtù suprema consiste nell’essere metastorica”.

La problematica sollevata da Michajlovskij – che ignorava la vera posizione di Marx – prefigurò, però, uno dei limiti fondamentali che avrebbe caratterizzato il marxismo novecentesco. Al tempo, inoltre, queste idee già serpeggiavano tra i seguaci di Marx, sia in Russia che altrove. La critica di Marx a tale concezione fu tanto più importante perché, oltre che a essere rivolta al presente, anticipò quanto sarebbe accaduto successivamente.

3. Il dibattito sul comunismo in Russia
Marx espresse gli stessi convincimenti nel 1881, quando la rivoluzionaria Vera Zasulič lo interpellò circa il futuro della comune [Obščina] agricola. La Zasulič gli chiese se quest’ultima avesse potuto svilupparsi in forma socialista, o se era destinata a perire, perché il capitalismo si sarebbe necessariamente imposto anche in Russia. Nella sua risposta, Marx ribadì che nel primo libro di Il capitale egli aveva “espressamente limitato [la] ‘fatalità storica'” dello sviluppo del capitalismo – che introduceva la “separazione radicale dei mezzi di produzione dal produttore” – solamente “ai paesi dell’Europa occidentale”.

Riflessioni ancora più circostanziate al riguardo sono reperibili nelle bozze preparatorie della lettera spedita alla Zasulič. In esse Marx evidenziò la peculiare caratteristica dovuta alla coesistenza tra l’Obščina e le forme economiche più avanzate. Egli osservò che la Russia era “contemporanea a una cultura superiore [ed era] legata al mercato mondiale, in cui predomina la produzione capitalistica. Appropriandosi dei risultati positivi di questo modo di produzione, essa [era …] in grado di sviluppare e trasformare, invece di distruggere, la forma ancora arcaica della sua comune rurale”. I contadini avrebbero potuto “integrare le acquisizioni positive elaborate dal sistema capitalistico, senza dover passare sotto le sue forche caudine”.

A quanti ritenevano che il capitalismo dovesse rappresentare una tappa irrinunciabile anche per la Russia, poiché sostenevano che era impossibile che la storia procedesse per balzi, Marx domandò, in modo ironico, se, conseguentemente, anche la Russia, così “come l’Occidente”, avrebbe dovuto “attraversare un lungo periodo d’incubazione dell’industria meccanica per potere arrivare alle macchine, ai bastimenti a vapore e alle ferrovie”. Egli sollevò, a sua volta, l’interrogativo sul come sarebbe stato possibile “introdurre nel loro paese, in un batter d’occhio, tutto il meccanismo dello scambio (banche, società per azioni, etc.), la cui elaborazione [era] costata secoli all’Occidente”. Era evidente che la storia della Russia, o di qualsiasi altro paese, non doveva per forza ripercorrere tutte le tappe che avevano segnato la storia dell’Inghilterra o di altre nazioni europee. Quindi, anche la trasformazione socialista dell’Obščina avrebbe potuto compiersi senza passare necessariamente attraverso il capitalismo.

Il modello di società comunista che aveva in mente Marx non era affatto un modo “primitivo di produzione cooperativa o collettiva, [che era] il risultato dell’individuo isolato”, bensì quello derivante dalla “socializzazione dei mezzi di produzione”. Negli ultimi anni di vita, egli non aveva mutato il suo giudizio, complessivamente critico, sulle comuni rurali in Russia e, nel procedere della sua analisi, lo sviluppo dell’individuo e della produzione sociale avevano conservato intatta la loro insostituibile centralità.

Nelle riflessioni sul caso russo non si palesa, dunque, alcun drammatico strappo rispetto alle sue precedenti convinzioni. Gli elementi di novità, intervenuti rispetto al passato, riguardano, invece, la maturazione della sua posizione teorico-politica che lo portò a considerare come possibili, per il passaggio al comunismo, altre strade – anche al di fuori dei paesi europei – mai valutate prima di allora o, fino ad allora, ritenute irrealizzabili.

Marx affermò che, “teoricamente parlando”, era possibile che l’Obščina potesse “conservarsi sviluppando la sua base, la proprietà comune della terra (…). Essa può diventare il primo punto di partenza del sistema economico al quale tende la società moderna; può cambiare di pelle senza incontrare il suicidio. Può assicurarsi i frutti con i quali la produzione capitalistica ha arricchito l’umanità, senza passare per il regime capitalistico”. La contemporaneità con la produzione capitalistica offriva alla comune agraria russa “già pronte le condizioni materiali del lavoro cooperativo, organizzato su vasta scala”.

Al di là della sua indisponibilità ad accettare l’idea che uno sviluppo storico predefinito potesse manifestarsi, in egual modo, in scenari economici e politici distinti, i progressi teorici di Marx furono dovuti anche all’evoluzione delle sue elaborazioni sugli effetti prodotti dal capitalismo nei paesi economicamente più arretrati. Egli non riteneva più, come aveva asserito nel 1853 sul New-York Tribune, a proposito dell’India, che “l’industria e il commercio borghesi [avrebbero] crea[to… le] condizioni materiali per un mondo nuovo”. Lustri di nuovi e dettagliati studi e di attenta osservazione dei mutamenti intervenuti nello scenario politico internazionale, avevano concorso a fargli maturare una visione del colonialismo britannico ben diversa da quella espressa quando era un giornalista di appena trentacinque anni. Gli effetti prodotti dal capitalismo nei paesi colonizzati furono valutati in tutt’altro modo. Riferendosi “alle Indie Orientali”, in una delle bozze della lettera alla Zasulič, Marx scrisse che “tutti sa[peva]no che lì la soppressione della proprietà comune del suolo non [era] stata che un atto di vandalismo degli inglesi; non [aveva] spinto il popolo indigeno avanti, ma indietro”. A suo avviso, i britannici erano stati capaci solo di “distruggere l’agricoltura indigena e [di] raddoppiare il numero e l’intensità delle carestie”. Il capitalismo non arrecava progresso ed emancipazione come millantavano i suoi apologeti, ma solo rapina delle risorse naturali, devastazioni ambientali e nuove forme di schiavitù e di dipendenza umana.

Infine, Marx ritornò sulla possibile concomitanza tra capitalismo e forme comunitarie del passato, conservate nei paesi extra-europei, anche nel 1882. Nella Prefazione a una nuova edizione russa del Manifesto del partito comunista, redatta assieme a Engels, il destino dell’Obščina fu accomunato a quello delle lotte proletarie in Europa: “in Russia, accanto all’ordinamento capitalistico, che febbrilmente si va sviluppando, e assieme alla proprietà fondiaria borghese, che si sta formando solo ora, oltre la metà del suolo si trova sotto forma di proprietà comune dei contadini. Si presenta, quindi, il problema: la comunità rurale russa, questa forma – è vero – in gran parte già dissolta dell’originaria proprietà comune della terra, potrà passare direttamente a una più alta forma comunistica di proprietà terriera? Oppure essa dovrà attraversare, prima, lo stesso processo di dissoluzione che ha costituito lo sviluppo storico dell’Occidente? La sola risposta oggi possibile è questa: se la rivoluzione russa servirà come segnale a una rivoluzione operaia in Occidente, in modo che entrambe si completino, allora l’odierna proprietà comune rurale russa potrà servire da punto di partenza per un’evoluzione comunista”.

La posizione dialettica raggiunta da Marx gli consentì di abbandonare l’idea secondo la quale il modo di produzione socialista poteva essere costruito solo attraverso determinate tappe. Inoltre, egli negò espressamente la necessità storica dello sviluppo del capitalismo in ogni parte del mondo. Nei suoi ragionamenti non vi è traccia di determinismo economico. Le considerazioni che svolse, con ricchezza di argomentazioni, sul futuro dell’Obščina sono agli antipodi dell’equiparazione fra socialismo e sviluppo delle forze produttive affermatasi, con accenti nazionalistici, tanto in seno ai partiti socialdemocratici della Seconda Internazionale (presso i quali sorsero finanche simpatie verso il colonialismo), quanto, con richiami a un presunto ‘metodo scientifico’ dell’analisi sociale, nel movimento comunista internazionale del Novecento.

Marx non mutò le sue idee di base sul profilo che avrebbe assunto la società comunista. Guidato dall’ostilità verso gli schematismi del passato, così come verso i nuovi dogmatismi che stavano nascendo in suo nome, ritenne possibile lo scoppio della rivoluzione in luoghi e forme precedentemente poco considerati. Per Marx il futuro restava nelle mani della classe lavoratrice e nella sua capacità di determinare, con le sue lotte e attraverso le proprie organizzazioni di massa, rivolgimenti sociali e la nascita di un sistema economico-politico alternativo.

Bibliografia
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Edward Said, Orientalismo, Feltrinelli, Roma 2008 [1978].

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Journal Articles

The Writing of Capital

1. From the Grundrisse to the Contribution of 1859
Marx started to write Capital only many years after he had begun his rigorous studies of political economy. From 1843 onwards, he had already been working, with great intensity, towards what he would later define as his own ‘Economy’. It was the eruption of the financial crisis of 1857 that forced Marx to start his work. Marx was convinced that the crisis developing at international level had created the conditions for a new revolutionary period throughout Europe. He had been waiting for this moment ever since the popular insurrections of 1848, and now that it finally seemed to have come, he did not want events to catch him unprepared. He therefore decided to resume his economic studies and to give them a finished form.

This period was one of the most prolific in his life: he managed to write more in a few months than in the preceding years. In December 1857, he wrote to Friedrich Engels: ‘I am working like mad all night and every night collating my economic studies, so that I might at least get the outlines Grundrisse clear before the deluge.’

Marx’s work was now remarkable and wide-ranging. From August 1857 to May 1858, he filled the eight notebooks known as the Grundrisse, while as correspondent of the New-York Tribune (the paper with the largest circulation in the United States of America), he wrote dozens of articles on, among other things, the development of the crisis in Europe. Lastly, from October 1857 to February 1858, he compiled three books of extracts, called the Crisis Notebooks. Thanks to these, it is possible to change the conventional image of a Marx studying Hegel’s Science of Logic to find inspiration for the manuscripts of 1857-58. For at that time he was much more preoccupied with events linked to the long-predicted major crisis.

Unlike the extracts he had made before, these were not compendia from the works of economists but consisted of a large quantity of notes, gleaned from various daily newspapers, about major developments in the crisis, stock market trends, trade exchange fluctuations and important bankruptcies in Europe, the United States of America, and other parts of the world.

The Grundrisse were divided in three parts: a methodological ‘Introduction’, a ‘Chapter on Money’, in which Marx dealt with money and value, and a ‘Chapter on Capital’, that was centred on the process of production and circulation of capital, and addressed such key themes as the concept of surplus-value, and the economic formations which preceded the capitalist mode of production. Marx immense effort did not, however, allow him to complete the work. In late February 1858 he wrote to Ferdinand Lassalle: ‘the thing is proceeding very slowly because no sooner does one set about finally disposing of subjects to which one has devoted years of study than they start revealing new aspects and demand to be thought out further’.

There was no sign of the much anticipated revolutionary movement, which was supposed to be born in conjunction with the crisis. Marx also abandoned the project to write a volume on the current crisis. Nevertheless, he could not finish the work, on which he had been struggling for many years, because he was aware that he was still far away from a definitive conceptualization of the themes addressed in the manuscript. Therefore, the Grundrisse remained only a draft, from which – after he had carefully worked up the ‘Chapter on Money’ –, in 1859, he published a short book with no public resonance: A Contribution to the Critique of Political Economy.

2. Critical Analysis of Theories of Surplus-Value
In August 1861, Marx again devoted himself to the critique of political economy, working with such intensity that by June 1863 he had filled 23 sizeable notebooks on the transformation of money into capital, on commercial capital, and above all on the various theories with which economists had tried to explain surplus value. His aim was to complete A Contribution to the Critique of Political Economy, which had been meant as the first instalment of his planned work. The book published in 1859 contained a brief first chapter, ‘The Commodity’, differentiating between use value and exchange value, and a longer second chapter, ‘Money, or Simple Circulation’, dealing with theories of money as unit of measure. In the preface, Marx stated: ‘I examine the system of bourgeois economy in the following order: capital, landed property, wage-labour; the state, foreign trade, world market.’

Two years later, Marx’s plans had not changed: he was still intending to write six books, each devoted to one of the themes he had listed in 1859. However, from Summer 1861 to March 1862, he worked on a new chapter, ‘Capital in General’, which he intended to become the third chapter in his publication plan. In the preparatory manuscript contained in the first five of the 23 notebooks he compiled by the end of 1863, he focused on the process of production of capital and, more particularly, on: 1) the transformation of money into capital; 2) absolute surplus value; and 3) relative surplus value. Some of these themes, already addressed in the Grundrisse, were now set forth with greater analytic richness and precision.

A momentary alleviation of the huge economic problems that had beset him for years allowed Marx to spend more time on his studies and to make significant theoretical advances. In late October 1861 he wrote to Engels that ‘circumstances ha[d] finally cleared to the extent that [he had] at least got firm ground under [his] feet again’. His work for the New-York Tribune assured him of ‘two pounds a week’. Over the past year, he had ‘pawned everything that was not actually nailed down’, and their plight had made his wife seriously depressed. But now the ‘twofold engagement’ promised to ‘put an end to the harried existence led by [his] family’ and to allow him to ‘complete his book’.

Things took a further turn for the worse when the New-York Tribune, faced with financial constraints associated with the American Civil War, had to cut down on the number of its foreign correspondents. Marx’s last article for the paper appeared on 10 March 1862. From then on, he had to do without what had been his main source of income since the summer of 1851.

During the spring, Marx launched into a new area of research: Theories of Surplus Value. This was planned to be the fifth and final part of the long third chapter on ‘Capital in General’. Over ten notebooks, Marx minutely dissected how the major economists had dealt with the question of surplus value; his basic idea was that ‘all economists share the error of examining surplus-value not as such, in its pure form, but in the particular forms of profit and rent’.

In Notebook VI, Marx started from a critique of the Physiocrats. First of all, he recognized them as the ‘true fathers of modern political economy’, since it was they who ‘laid the foundation for the analysis of capitalist production’ and sought the origin of surplus value not in ‘the sphere of circulation’ – in the productivity of money, as the mercantilists thought – but in ‘the sphere of production’. They understood the ‘fundamental principle that only that labour is productive which creates a surplus value’. On the other hand, being wrongly convinced that ‘agricultural labour’ was ‘the only productive labour’, they conceived of ‘rent’ as ‘the only form of surplus value’. They limited their analysis to the idea that the productivity of the land enabled man to produce ‘no more than sufficed to keep him alive’. According to this theory, then, surplus value appeared as ‘a gift of nature’.

In the second half of Notebook VI, and in most of Notebooks VII, VIII and IX, Marx concentrated on Adam Smith. He did not share the false idea of the Physiocrats that ‘only one definite kind of concrete labour – agricultural labour – creates surplus value’. Indeed, in Marx’s eyes one of Smith’s greatest merits was to have understood that, in the distinctive labour process of bourgeois society, the capitalist ‘appropriates for nothing, appropriates without paying for it, a part of the living labour’; or again, that ‘more labour is exchanged for less labour (from the labourer’s standpoint), less labour is exchanged for more labour (from the capitalist’s standpoint)’. Smith’s limitation, however, was his failure to differentiate ‘surplus-value as such’ from ‘the specific forms it assumes in profit and rent’. He calculated surplus-value not in relation to the part of capital from which it arises, but as ‘an overplus over the total value of the capital advanced’, including the part that the capitalist expends to purchase raw materials.

In early June Marx extended his research to other economists such as Germain Garnier and Charles Ganilh. Then he went more deeply into the question of productive and unproductive labour, again focusing particularly on Smith, who, despite a lack of clarity in some respects, had drawn the distinction between the two concepts. From the capitalist’s viewpoint, productive labour

is wage labour which, exchanged against the […] part of the capital that is spent on wages, reproduces not only this part of the capital (or the value of its own labour capacity), but in addition produces surplus value for the capitalist. It is only thereby that commodity or money is transformed into capital, is produced as capital. Only that wage labour is productive which produces capital.

Unproductive labour, on the other hand, is ‘labour which is not exchanged with capital, but directly with revenue, that is, with wages or profit’. According to Smith, the activity of sovereigns – and of the legal and military officers surrounding them – produced no value and in this respect was comparable to the duties of domestic servants. This, Marx pointed out, was the language of a ‘still revolutionary bourgeoisie’, which had not yet ‘subjected to itself the whole of society, the state, etc.’:

illustrious and time-honoured occupations – sovereign, judge, officer, priest, etc. – with all the old ideological castes to which they give rise, their men of letters, their teachers and priests, are from an economic standpoint put on the same level as the swarm of their own lackeys and jesters maintained by the bourgeoisie and by idle wealth – the landed nobility and idle capitalists.

In Notebook X, Marx turned to a rigorous analysis of François Quesnay’s Tableau économique. He praised it to the skies, describing it as ‘an extremely brilliant conception, incontestably the most brilliant for which political economy had up to then been responsible’.

Meanwhile, Marx’s economic circumstances continued to be desperate. In mid-June, he wrote to Engels: ‘Every day my wife says she wishes she and the children were safely in their graves, and I really cannot blame her, for the humiliations, torments and alarums that one has to go through in such a situation are indeed indescribable.’ The situation was so extreme that Jenny made up her mind to sell some books from her husband’s personal library – although she could not find anyone who wanted to buy them.

Nevertheless, Marx managed to ‘work hard’ and he compiled Notebooks XI, XII and XIII in the course of the summer. They focused on the theory of rent, which he had decided to include as ‘an extra chapter’ in the text he was preparing for publication. Marx critically examined the ideas of Johann Rodbertus, then moved on to an extensive analysis of the doctrines of David Ricardo. Denying the existence of absolute rent, Ricardo had allowed a place only for differential rent related to the fertility and location of the land. In this theory, rent was an excess: it could not have been anything more, because that would have contradicted his ‘concept of value being equal to a certain quantity of labour time’; he would have had to admit that the agricultural product was constantly sold above its cost price, which he calculated as the sum of the capital advanced and the average profit. Marx’s conception of absolute rent, by contrast, stipulated that ‘under certain historical circumstances […] landed property does indeed put up the prices of raw materials’.

In a letter to Engels, Marx wrote that it was ‘a real miracle’ that he ‘had been able to get on with [his] theoretical writing to such an extent’. His landlord had again threatened to send in the bailiffs, while tradesmen to whom he was in debt spoke of withholding provisions and taking legal action against him. In September, Marx communicated to Engels that he might get a job ‘in a railroad office’ in the new year. In December, he repeated to Ludwig Kugelmann that things had become so desperate that he had ‘decided to become a “practical man”;’ nothing came of the idea, however. Marx reported with his typical sarcasm: ‘Luckily – or perhaps I should say unluckily? – I did not get the post because of my bad handwriting.’

During this span of time, Marx filled another two notebooks, XIV and XV, with extensive critical analysis of various economic theorists. He noted that Thomas Robert Malthus, for whom surplus value stemmed ‘from the fact that the seller sells the commodity above its value’, represented a return to the past in economic theory, since he derived profit from the exchange of commodities. Marx accused James Mill of misunderstanding the categories of surplus value and profit; highlighted the confusion produced by Samuel Bailey in failing to distinguish between the immanent measure of value and the value of the commodity; and argued that John Stuart Mill did not realize that ‘the rate of surplus value and the rate of profit’ were two different quantities, the latter being determined not only by the level of wages but also by other causes not directly attributable to it.

Marx also paid special attention to various economists opposed to Ricardian theory, such as the socialist Thomas Hodgskin. Finally, he dealt with the anonymous text Revenue and Its Sources – in his view, a perfect example of ‘vulgar economics’, which translated into ‘doctrinaire’ but ‘apologetic’ language the ‘standpoint of the ruling section, i.e. the capitalists’. With the study of this book, Marx concluded his analysis of the theories of surplus value put forward by the leading economists of the past and began to examine commercial capital, or the capital that did not create but distributed surplus value. Its polemic against ‘interest-bearing capital’ might ‘parade as socialism’, but Marx had no time for such ‘reforming zeal’ that did not ‘touch upon real capitalist production’ but ‘merely attacked one of its consequences’.

Following the studies of commercial capital, Marx moved on to what may be thought of as a third phase of the economic manuscripts of 1861-1863. This began in December 1862, with the section on ‘capital and profit’ in Notebook XVI that Marx indicated as the ‘third chapter’. Here Marx drew an outline of the distinction between surplus value and profit. In Notebook XVII, also compiled in December, he returned to the question of commercial capital (following the reflections in Notebook XV ) and to the reflux of money in capitalist reproduction.

At the end of the year, Marx gave a progress report to Kugelmann, informing him that ‘the second part’, or the ‘continuation of the first instalment’, a manuscript equivalent to ‘about 30 sheets of print’ was ‘now at last finished’. Four years after the first schema, in the Contribution to the Critique of Political Economy, Marx now reviewed the structure of his projected work. He told Kugelmann that he had decided on a new title, using Capital for the first time, and that the name he had operated with in 1859 would be ‘merely the subtitle’.

Otherwise he was continuing to work in accordance with the original plan. What he intended to write would be ‘the third chapter of the first part, namely Capital in General’. The volume in the last stages of preparation would contain ‘what Englishmen call ‘the principles of political economy’. Together with what he had already written in the 1859 instalment, it would comprise the ‘quintessence’ of his economic theory. Marx thought he would be able to produce a ‘fair copy’ of the manuscript in the new year, after which he planned to take it to Germany in person. Then he intended ‘to conclude the presentation of capital, competition and credit’ . A few days later, at the start of the new year, Marx listed in greater detail the parts that would have comprised his work. In a schema in Notebook XVIII, he indicated that the ‘first section (Abschnitt)’, ‘The Production Process of Capital’, would be divided as follows:

1) Introduction. Commodity. Money. 2) Transformation of money into capital. 3) Absolute surplus value. […] 4) Relative surplus value. […] 5) Combination of absolute and relative surplus value. […] 6) Reconversion of surplus value into capital. Primitive accumulation. Wakefield’s theory of colonization. 7) Result of the production process. […] 8) Theories of surplus value. 9) Theories of productive and unproductive labour.

Marx did not confine himself to the first volume but also drafted a schema of what was intended to be the ‘third section’ of his work: ‘Capital and Profit’. This part, already indicating themes that were to comprise Capital, Volume III was divided as follows:

1) Conversion of surplus value into profit. Rate of profit as distinguished from rate of surplus value. 2) Conversion of profit into average profit. […] 3) Adam Smith’s and Ricardo’s theories on profit and prices of production. 4) Rent. […] 5) History of the so-called Ricardian law of rent. 6) Law of the fall of the rate of profit. 7) Theories of profit. […] 8) Division of profit into industrial profit and interest. […] 9) Revenue and its sources. […] 10) Reflux movements of money in the process of capitalist production as a whole. 11) Vulgar economy. 12) Conclusion. Capital and wage labour.

In Notebook XVIII, which he composed in January 1863, Marx continued his analysis of mercantile capital. Surveying George Ramsay, Antoine-Elisée Cherbuliez and Richard Jones, he inserted some additions to the study of how various economists had explained surplus value.

Marx’s financial difficulties persisted during this period and actually grew worse in early 1863. At the same time, new health problems had appeared. He developed a new liver disorder that was destined to plague him for a long time to come. During this period, apart from brief moments when he studied machinery, Marx had to suspend his in-depth economic studies. In March, however, he resolved ‘to make up for lost time by some hard slogging’. He compiled two notebooks, XX and XXI, that dealt with accumulation, the real and formal subsumption of labour to capital, and the productivity of capital and labour. His arguments were correlated with the main theme of his research at the time: surplus value.

In late May, he wrote to Engels that in the previous weeks he had also been studying the Polish question at the British Museum. In May and June he collected working notes in eight additional notebooks (A to H), which contained hundreds of more pages summarizing economic studies of the eighteenth and nineteenth centuries. Marx also informed his friend that, feeling ‘more or less able to work again’, he was determined to ‘cast the weight off his shoulders’ and therefore intended to ‘make a fair copy of the political economy for the printers (and give it a final polish)’ . He returned to the British Museum and in mid-July reported to Engels that he had again been spending ‘ten hours a day working at economics’. These were precisely the days when, in analysing the reconversion of surplus value into capital, he prepared in Notebook XXII a recasting of Quesnay’s Tableau économique. Then he compiled the last notebook in the series begun in 1861 – no. XXIII – which consisted mainly of notes and supplementary remarks.

At the end of these two years of hard work, and following a deeper critical re-examination of the main theorists of political economy, Marx was more determined than ever to complete the major work of his life. Although he had not yet definitively solved many of the conceptual and expository problems, his completion of the historical part now impelled him to return to theoretical questions.

3. The Writing of the Three Volumes
Marx gritted his teeth and embarked on a new phase of his labours. From Summer 1863, he began the actual composition of what would become his magnum opus. Until December 1865, he devoted himself to the most extensive versions of the various subdivisions, preparing drafts in turn of Volume I, the bulk of Volume III (his only account of the complete process of capitalist production), and the initial version of Volume II (the first general presentation of the circulation process of capital). As regards the six-volume plan indicated in 1859 in the preface to A Contribution to the Critique of Political Economy, Marx inserted a number of themes relating to rent and wages that were originally to have been treated in volumes II and III.

Marx kept up the furious pace throughout the autumn, concentrating on the writing of Volume I. But his health rapidly worsened as a result, and November saw the appearance of what his wife called the ‘terrible disease’ against which he would fight for many years of his life. It was a case of carbuncles, a nasty infection that manifested itself in abscesses and serious, debilitating boils on various parts of the body. Because of one deep ulcer following a major carbuncle, Marx had to have an operation and ‘for quite a time his life was in danger’. According to his wife’s later account, the critical condition lasted for ‘four weeks’ and caused Marx severe and constant pains, together with ‘tormenting worries and all kinds of mental suffering’.

Marx was able to resume his planned work only towards the middle of April of 1866, after an interruption of more than five months. In that time, he continued to concentrate on Volume I, and it seems likely that it was precisely then that he drafted the so-called ‘Results of the Immediate Process of Production’, the only part of the initial version that has been preserved.

The arrival of summer did not change his precarious circumstances. Only in August Marx began the new period of writing with Volume III: Part Two, ‘The Conversion of Profit into Average Profit’, then Part One, ‘The Conversion of Surplus Value into Profit’ (which was completed, most probably, between late October and early November 1864). During this period, he assiduously participated in meetings of the International Working Men’s Association, for which he wrote the Inaugural Address and the Statutes in October.

Having resumed work after a pause for duties to the International, Marx wrote Part Three of Volume III, entitled ‘The Law of the Tendency of the Rate of Profit to Fall’. His work on this was accompanied with another flare-up of his disease. In November, ‘yet another carbuncle appeared below [his] right breast’ and confined him to bed for a week; it then continued to give him trouble when he ‘leaned forward to write’.

From January to May 1865, Marx devoted himself to Volume II. The manuscripts were divided into three chapters, which eventually became Parts in the version that Engels had printed in 1885: 1) The Metamorphoses of Capital; 2) The Turnover of Capital; and 3) Circulation and Reproduction. In these pages, Marx developed new concepts and connected up some of the theories in volumes I and III.

In the new year too, however, the carbuncle did not stop persecuting Marx, and around the middle of February, there was another flare-up of the disease. In addition to the ‘foruncles’ the International took up an ‘enormous amount of time’. Still, he did not stop work on the book, even if it meant that sometimes he ‘didn’t get to bed until four in the morning’. A final spur for him to complete the missing parts soon was the publisher’s contract. Otto Meisner in Hamburg had sent him a letter on 21 March that included an agreement to publish ‘the work Capital: A Contribution to the Critique of Political Economy’. It was to be ‘approximately 50 signatures in length [and to] appear in two volumes’.

In the final part of the spring, Marx also wrote Part Four of Volume III, entitling it ‘Conversion of Commodity-Capital and Money-Capital into Commercial Capital and Money-Dealing Capital (Merchant’s Capital)’. At the end of July 1865, he gave Engels another progress report:

There are 3 more chapters to be written to complete the theoretical part (the first 3 books). Then there is still the 4th book, the historical-literary one, to be written, which will, comparatively speaking, be the easiest part for me, since all the problems have been resolved in the first 3 books, so that this last one is more by way of repetition in historical form. But I cannot bring myself to send anything off until I have the whole thing in front of me. Whatever shortcomings they may have, the advantage of my writings is that they are an artistic whole, and this can only be achieved through my practice of never having things printed until I have them in front of me in their entirety.

When unavoidable slowdowns and a series of negative events forced him to reconsider his working method, Marx asked himself whether it might be more useful first to produce a finished copy of Volume I, so that he could immediately publish it, or rather to finish writing all the volumes that would comprise the work. He preferred the latter solution, but reassured Engels that he would ‘no spare no effort to complete as soon as possible’; the thing was a ‘nightmarish burden’ to him. It prevented him ‘from doing anything else’ and he was keen to get it out of the way before a new political upheaval: ‘I know that time will not stand still for ever just as it is now.’

Although he had decided to bring forward the completion of Volume I, Marx did not want to leave what he had done on Volume III up in the air. Between July and December1865, he composed, albeit in fragmentary form, Part Five (‘Division of Profit into Interest and Profit of Enterprise. Interest-Bearing Capital’), Part Six (‘Transformation of Surplus-Profit into Ground-Rent’) and Part Seven (‘Revenues and Their Sources’). The structure that Marx gave to Volume III between Summer 1864 and the end of 1865 was therefore very similar to the 12-point schema of January 1863 contained in Notebook XVIII of the manuscripts on theories of surplus value.

The lack of financial difficulties that had allowed Marx to forge ahead with his work was not to last long; they reappeared after a year or so had passed, and his health took another turn for the worse in the course of the summer. On top of this, his duties for the International were particularly intense in September, in connection with its first conference, in London.

4. The Completion of Volume I
At the beginning of 1866, Marx launched into the new draft of Capital, Volume I. In a letter sent to Kugelmann, he spoke of being ‘busy 12 hours a day writing out the fair copy’, but hoped to take it to the publisher in Hamburg within two months.

Contrary to his predictions, however, the whole year would pass in a struggle with the carbuncles. In February, Marx was struck by the most virulent attack yet and was in danger of losing his life. When he recovered enough to start writing again, he confided to Engels: ‘It was a close shave this time. My family did not know how serious the case was. If the matter recurs in that form three or four times more, I shall be a dead man’.

The situation was now seriously alarming Engels. Fearing the worst, he intervened firmly to persuade Marx that he could no longer go on in the same way. He wanted to be sure that Marx had given up the far from realistic idea of writing the whole of Capital before any part of it was published. ‘Can you not so arrange things,’ he asked, ‘that the first volume at least is sent for printing first and the second one a few months later?’ Marx replied that

this ‘damned’ book (…) was ready at the end of December. The treatise on ground rent alone, the penultimate chapter, is in its present form almost long enough to be a book in itself. (…) I had to plough through the new agricultural chemistry in Germany, in particular Liebig and Schönbein, which is more important for this matter than all the economists put together, as well as the enormous amount of material that the French have produced since I last dealt with this point. I concluded my theoretical investigation of ground rent 2 years ago. And a great deal had been achieved, especially in the period since then, fully confirming my theory incidentally.

Daytime study at the library, to keep abreast of the latest discoveries, and night-time work on his manuscript: this was the punishing routine to which Marx subjected himself in an effort to use all his energies for the completion of the book. On the main task, he wrote to Engels: ‘Although ready, the manuscript, which in its present form is gigantic, is not fit for publishing for anyone but myself, not even for you.’

In the end, he accepted Engels’s advice to spread out the publication schedule: ‘I agree with you and shall get the first volume to Meissner as soon as it is ready.’ ‘But,’ he added, ‘in order to complete it, I must first be able to sit.’ In fact, Marx’s health was continuing to deteriorate. Towards the end of February, two huge new carbuncles appeared on his body, and he attempted to treat them alone. He told Engels that he used a ‘sharp razor’ to get rid of the ‘upper one’, lancing ‘the cur’ all by himself.

Following this harrowing account, Engels rebuked his friend more severely than ever before. Finally, Marx let himself be persuaded to take a break from work. On 15 March he travelled to Margate, a seaside resort in Kent. Early in April, Marx told his friend Kugelmann that he was ‘much recovered’. But he complained that, because of the interruption, ‘another two months and more’ had been entirely lost, and the completion of his book ‘put back once more’.

In July, Marx had to confront what had become his three habitual enemies: Livy’s periculum in mora (danger in delay) in the shape of rent arrears; the carbuncles, with a new one ready to flare up; and an ailing liver. In describing the state of things to his friend Kugelmann, and explaining the reasons for the delay, Marx set out the plan he now had in mind:

My circumstances (endless interruptions, both physical and social) oblige me to publish Volume I first, not both volumes together, as I had originally intended. And there will now probably be 3 volumes. The whole work is thus divided into the following parts:
Book I. The Process of Production of Capital.
Book II. The Process of Circulation of Capital.
Book III. Structure of the Process as a Whole.
Book IV. On the History of the Theory.
The first volume will include the first 2 books. The 3rd book will, I believe, fill the second volume, the 4th the 3rd.

Reviewing the work, he had done since the Contribution to the Critique of Political Economy, which was published in 1859, Marx continued:

It was, in my opinion, necessary to begin again from the beginning in the first book, i.e., to summarize the book of mine published by Duncker in one chapter on commodities and money. I judged this to be necessary, not merely for the sake of completeness, but because even intelligent people did not properly understand the question, in other words, there must have been defects in the first presentation, especially in the analysis of commodities.

Extreme poverty also marked autumn season of 1866 and the beginning of 1867, but at the end of February 1867 Marx was able to give Engels the long-awaited news that the book was finished. Now he had to take it to Germany, and once again he was forced to turn to his friend so that he could redeem his ‘clothes and timepiece from their abode at the pawnbroker’s’; otherwise he would not have been able to leave.
Having arrived in Hamburg, Marx discussed with Engels the new plan proposed by Meissner:

He now wants that the book should appear in 3 volumes. In particular he is opposed to my compressing the final book (the historico-literary part) as I had intended. He said that from the publishing point of view […] this was the part by which he was setting most store. I told him that as far as that was concerned, I was his to command.

Capital, Volume I, was put on sale on 14 September 1867. Following the final modifications, the table of contents was as follows:

Preface
1. Commodity and money
2. The transformation of money into capital
3. The production of absolute surplus value
4. The production of relative surplus value
5. Further research on the production of absolute and relative surplus value
6. The process of accumulation of capital
Appendix to Part 1, 1: The form of value.

Despite the long correction process and the final addition, the structure of the work would be considerably expanded over the coming years, and various further modifications would be made to the text. Volume I therefore continued to absorb significant energies on Marx’s part even after its publication.

5. In Search of the Definitive Version
In October 1867, Marx returned to Volume II. But this brought a recurrence of his medical complaints: liver pains, insomnia, and the blossoming of ‘two small carbuncles near the membrum’. Nor did the ‘incursions from without’ or the ‘aggravations of home life’ leave off; there was a certain bitterness in his sage remark to Engels that ‘my sickness always originates in the mind’. As always, his friend helped out and sent all the money he could, together with a hope that it ‘drives away the carbuncles’. That is not what happened, though, and in late November Marx wrote to say: ‘The state of my health has greatly worsened, and there has been virtually no question of working’.

The new year, 1868, began much as the old one had ended. The state of Marx’s health continued to fluctuate. A new interruption came just as he was recommencing work on the second version of Volume II – after a gap of nearly three years since the first half of 1865. He completed the first two chapters in the course of the spring, in addition to a group of preparatory manuscripts – on the relationship between surplus value and rate of profit, the law of the rate of profit, and the metamorphoses of capital – which occupied him until the end of 1868.

At the end of April 1868, Marx sent Engels a new schema for his work, with particular reference to ‘the method by which the rate of profit is developed’. In the same letter, he made it clear that Volume II would present the ‘process of circulation of capital on the basis of the premises developed’ in Volume I. He intended to set out, in as satisfactory a manner as possible, the ‘formal determinations’ of fixed capital, circulating capital and the turnover of capital – and hence to investigate ‘the social intertwining of the different capitals, of parts of capital and of revenue (=m)’. Volume III would then ‘the conversion of surplus value into its different forms and separate component parts’.

In May, however, the health problems were back. In the second week of August, he told Kugelmann of his hope to finish the entire work by ‘the end of September’ 1869. But the autumn brought an outbreak of carbuncles, and in Spring 1869, when Marx was still working on the third chapter of Volume II, his liver too yet another turn for the worse. His misfortunes continued in the following years, with troublesome regularity, and prevented him from ever completing Volume II.

There were also theoretical reasons for the delay. From Autumn 1868 to Spring 1869, determined to get on top of the latest developments in capitalism, Marx compiled copious excerpts from texts on the finance and money markets that appeared in The Money Market Review, The Economist and similar publications. Moreover, in Autumn 1869, having become aware of new (in reality, insignificant) literature about changes in Russia, decided to learn Russian so that he could study it for himself. He pursued this new interest with his usual rigour, and in early 1870 Jenny told Engels that, ‘instead of looking after himself, [he had begun] to study Russian hammer and tongs, went out seldom, ate infrequently, and only showed the carbuncle under his arm when it was already very swollen and had hardened’. Engels hastened to write to his friend, trying to persuade him that ‘in the interests of the Volume II’ he needed ‘a change of life-style’; otherwise, if there was ‘constant repetition of such suspensions’, he would never finish the book.

The prediction was spot on. In early summer, summarizing what had happened in the previous months, Marx told Kugelmann that his work had been ‘held up by illness throughout the winter’, and that he had ‘found it necessary to mug up on [his] Russian, because, in dealing with the land question, it ha[d] become essential to study Russian landowning relationships from primary sources’.

After all the interruptions and a period of intense political activity for the International following the birth of the Paris Commune, Marx turned to work on a new edition of Volume I. Dissatisfied with the way in which he had expounded the theory of value, he spent December 1871 and January 1872 rewriting the first chapter. On this occasion, apart from a small number of additions, he also modified the entire structure of the book.

Corrections and reworking also affected the French translation. From March 1872, Marx had to work on correcting the drafts, which were then sent to the printer in instalments between 1872 and 1875. In the course of the revisions, he decided to make further changes to the basic text, mostly in the section on the accumulation of capital. In the postscript to the French edition, he did not hesitate to attach to it ‘a scientific value independent of the original’.

Although the rhythm was less intense than before – because of the precarious state of his health and because he needed to widen his knowledge in some areas – Marx continued to work on Capital during the final years of his life. In 1875, he wrote another manuscript for Volume III entitled ‘Relationship between Rate of Surplus-Value and Rate of Profit Developed Mathematically’, and between October 1876 and early 1881 he prepared new drafts of sections of Volume II . Some of his letters indicate that, if he had been able to feed in the results of his ceaseless research, he would have updated Volume I as well.

The critical spirit with which Marx composed his magnum opus reveals just how distant he was from the dogmatic author that both most of his adversaries and many self-styled disciples presented to the world. Unfinished though it remained, those who today want to use essential theoretical concepts for the critique of the capitalist mode of production still cannot dispense with reading Marx’s Capital.

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La escritura de El capital

De los Grundrisse al análisis crítico de las teorías de la plusvalía
En el período 1857-1859 no hubo señal del tan anticipado movimiento revolucionario, que Marx suponía nacería de la mano de la crisis y, por ello, abandonó el proyecto de escribir un volumen en torno a la crisis de ese momento. Tampoco pudo terminar el trabajo con el que había estado luchando por muchos años, porque era consciente de encontrarse todavía muy lejos de una conceptualización definitiva de los problemas analizados en el manuscrito. Por lo tanto, los Grundrisse se quedaron simplemente como un esbozo, del que (después de haber elaborado con cuidado el ‘Capítulo sobre el dinero’) publicó en 1859 un libro corto sin resonancia pública, la Contribución a la crítica de la economía política. Pensado como la primera entrega de su trabajo planeado, este texto incluía un primer capítulo corto, ‘La mercancía’, distinguiendo entre valor de uso y valor de cambio, así como un segundo capítulo más largo, ‘El dinero o la circulación simple’, que se refiere a teorías del dinero como unidad de medida. Marx informó en el prólogo que estos dos capítulos, junto con un tercero, ‘el capital en general’, constituían la primera sección del primer libro de un plan general de seis: ‘Consideraré el sistema de la economía burguesa en la siguiente secuencia: el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado; el Estado, el comercio exterior, el mercado mundial’ (Marx [1859] 2000: 3).

Tras un intenso período de conflictos políticos, durante el cual Marx escribe Herr Vogt (1860), y después de muchas dificultades económicas y de salud, que volvieron a atormentarlo, en agosto de 1861 Marx se dedicó de nuevo a la crítica de la economía política. Reanudó su trabajo con tal intensidad que para junio de 1863 ya había redactado 23 voluminosos cuadernos de apuntes dedicados a la transformación del dinero en capital, al capital comercial y, sobre todo, a las diferentes teorías con las que los economistas habían tratado de explicar la plusvalía (1). Su objetivo era completar la Contribución a la crítica de la economía política.

Los planes de Marx no habían cambiado dos años después: todavía tenía la intención de escribir seis libros, cada uno dedicado a una de las cuestiones que había enumerado en 1859 (2). Sin embargo, entre el verano de 1861 y marzo de 1862, Marx trabajó en un nuevo capítulo, ‘El capital en general’, que tenía la intención de incluir como un tercer capítulo en su plan de publicación. En el manuscrito preparatorio, que hacía parte de los primeros cinco de los veintitrés cuadernos compilados a finales de 1863, se concentró en el proceso de producción del capital y, más específicamente, en: 1) la transformación del dinero en capital; 2) plusvalía absoluta; y 3) plusvalía relativa (3). Algunas de estas cuestiones, ya tratadas en los Grundrisse, fueron ahora presentadas con una riqueza y precisión analíticas mayores.

Un alivio momentáneo de los enormes problemas económicos que lo acosaron durante años le permitió a Marx dedicar más tiempo y hacer avances teóricos significativos. A finales de octubre de 1861 le escribió a Engels que «las circunstancias se han aclarado finalmente, así que he puesto de nuevo al menos un suelo fijo bajo los pies». Su trabajo con el New-York Tribune le aseguraba «dos libras a la semana» (Marx a Engels, 30 de octubre de 1861, Marx and Engels 1985a: 323). También había finalizado un acuerdo con Die Presse, el diario vienés de tendencias liberales, que con sus 30.000 suscriptores era el más difundido de los diarios austriacos, además de uno de los más populares en alemán. Durante el último año había «empeñado todo lo que no estaba clavado al piso» y lo difícil de la situación había deprimido seriamente a su esposa. Pero, ahora, el doble compromiso prometía ponerle fin a «la agobiante situación que llevaba su familia», permitiéndole «completar su libro».

Sin embargo, en diciembre le contó a Engels que se había visto forzado a dejar pagarés con el carnicero y el tendero, y que su deuda con varios acreedores alcanzaba las 100 libras (Marx a Engels, 9 de diciembre de 1861, Marx and Engels 1985a: 332). Por todas estas preocupaciones, su investigación procedía muy lentamente: «En estas circunstancias era efectivamente imposible completar rápidamente dichos asuntos teóricos». Pero le avisa a Engels que «[la cosa] se hace mucho más popular y el método esta mucho menos oculto en comparación con el primero» (Ibid.: 333).

Con este dramático trasfondo Marx intentó pedir dinero prestado a su madre, así como a otros familiares y al poeta Carl Siebel [1836-1868]. En una carta a Engels a finales de diciembre le explicó que estos eran intentos de evitar estar molestándolo constantemente; en cualquier caso, todos resultaron improductivos. Y el acuerdo con Die Presse tampoco estaba funcionando, pues estos estaban imprimiendo (y pagando por) la mitad de los artículos que Marx les enviaba. Como respuesta a los buenos deseos de año nuevo de su amigo, le confesó que, si el nuevo llegase a ser como el anterior, «preferiría irse al infierno» (Marx a Engels, 27 de diciembre de 1861, Marx and Engels 1985a: 337-338).

Las cosas tomaron un rumbo incluso peor cuando el New-York Tribune, enfrentando limitaciones financieras asociadas con la Guerra Civil, tuvo que reducir el número de sus corresponsales extranjeros. El último artículo de Marx para el periódico se publicó el 10 de marzo de 1862. De ahí en adelante, tuvo que arreglárselas sin lo que había sido su principal fuente de ingreso desde el verano de 1851. Este mismo mes, el propietario de la casa, amenazando con enviar a un oficial judicial, les dio un ultimátum para el pago de la renta atrasada, por lo cual la familia Marx tuvo que recurrir nuevamente a la oficina de préstamos para evitar ser «citados todos a juicio, sin distinción» (Marx a Engels, 3 de marzo de 1862, Marx and Engels 1985a: 344). Él mismo afirmó que «no vale la pena llevar una vida así de asquerosa» y se vio obligado a retrasar sus estudios económicos. Algunos días después añadió: «No puedo avanzar con mi libro ordenadamente, pues el trabajo se ve interrumpido o incluso suspendido, a menudo durante semanas enteras, por las contrariedades domésticas» (Marx a Engels, 15 de marzo de 1862, Marx and Engels 1985a: 352).

Durante este periodo, Marx se abocó a una nueva área de investigación: Teorías de la plusvalía (4). Se había planeado que esta fuera la quinta (5) y última parte del extenso tercer capítulo sobre el ‘Capital en general’. A lo largo de 10 cuadernos, Marx diseccionó minuciosamente la manera en la que los principales economistas habían lidiado con la cuestión de la plusvalía; su idea básica era que: «Todos los economistas incurren en la misma falta: en vez de considerar la plusvalía puramente en cuanto tal, la consideran a través de las formas específicas de la ganancia y la renta de la tierra» (Marx 1980a: 33).

En el cuaderno VI, Marx comienza con una crítica de los fisiócratas. Primero que todo, los reconoce como «los verdaderos padres de la economía moderna» (Marx 1980a: 37), pues fueron ellos los que sentaron «las bases para el análisis de la producción capitalista», (Marx 1980a: 38) y buscaron el origen no en «la esfera de la circulación» (en la productividad del dinero, como pensaban los mercantilistas), si no en «la esfera de la producción». Entendieron «la tesis de que sólo es productivo el trabajo que arroja una plusvalía» (Marx 1980a: 38). Por otra parte, al estar incorrectamente convencidos de que «el trabajo agrícola es el único trabajo productivo» (Marx 1980a: 39) consideraban que «la renta de la tierra [es] la única forma de plusvalía que […] existe» (Marx 1980a: 39). Limitaron su análisis a la idea de que la productividad de la tierra le permitía al hombre producir lo que «alcanzara solamente para permitirle a él subsistir» (Marx 1980a: 41). De acuerdo con esta teoría, entonces, la plusvalía aparece como un «don natural» (Marx 1980a: 41).

En la segunda parte del cuaderno VI, en la mayoría de los cuadernos VII, VIII y IX, Marx se concentró en Adam Smith. Este no compartía la falsa idea de los fisiócratas de que «el creador de plusvalía es solamente un determinado tipo de trabajo real, el trabajo agrícola» (Marx 1980a: 76). De hecho, uno de los méritos más grandes de Smith, a ojos de Marx, es haber entendido que, en el proceso del trabajo específico de la sociedad burguesa, «una parte del trabajo vivo es apropiada gratuitamente, sin retribución alguna» (Marx 1980a: 72) por parte del capitalista; o, de nuevo, que «se cambia (desde el punto de vista del trabajador) más trabajo por menos trabajo y (desde el punto de vista del capitalista) menos trabajo por más» (Marx 1980a: 78). La limitación de Smith, sin embargo, fue su incapacidad de distinguir «la plusvalía en cuanto tal […] de las formas específicas que reviste en la ganancia y en la renta del suelo» (Marx 1980a: 73). Este calculó la plusvalía, no en relación con la parte del capital de la que proviene, sino como «un remanente sobre el valor global del capital desembolsado» (Marx 1980a: 79s.) incluyendo la parte que el capitalista gasta para comprar materia prima.

Marx puso muchas de estas reflexiones por escrito durante una estadía de tres semanas con Engels, en Manchester, en abril de 1862. A su retorno, le contó a Lassalle:

En lo que respecta a mi libro, no estará listo antes de dos meses. Durante los últimos años, para no morir de hambre, he tenido que hacer los más desagradables oficios, y, a menudo durante meses enteros, no he podido escribir línea alguna sobre la ‘cosa’. Y a esto se ha de sumar esa peculiaridad mía de que cuando tengo frente a mí algo que escribí cuatro semanas atrás, lo encuentro insuficiente y debo reescribirlo por completo. (Marx a Lassalle, 28 de abril de 1862, Marx and Engels 1985a: 356)

Marx reanudó el trabajo obstinadamente y extendió su investigación, hasta principios de junio, a otros economistas tales como Germain Garnier [1754-1821] y Charles Ganilh [1758-1836]. Se concentró entonces más profundamente en la pregunta por el trabajo productivo e improductivo, enfatizando de nuevo particularmente en Smith, quien, a pesar de una falta de claridad en algunos respectos, había planteado la distinción entre estos conceptos. Desde el punto de vista del capitalista, el trabajo productivo

Es el trabajo asalariado, que, al ser cambiado por la parte variable del capital (la parte del capital invertido en salarios) no solo reproduce esta parte del capital (o el valor de su propia fuerza de trabajo), sino que produce, además, una plusvalía para el capitalista. Solamente así se convierte la mercancía o el dinero en capital, produce como capital. Solamente es productivo el trabajo asalariado que produce capital. (Marx 1980a: 137)

El trabajo improductivo, por otra parte, es «el trabajo que no se cambia por capital, sino que se cambia directamente por un ingreso, es decir, por el salario o la ganancia» (Marx 1980a: 141). De acuerdo con Smith, la actividad de los soberanos (y de los oficiales legales y militares que los rodeaban) no producía valor, y en este sentido era comparable a los oficios de los sirvientes domésticos. Éste, señaló Marx,

es el lenguaje de una burguesía todavía revolucionaria, que aún no ha sometido [a su férula] a toda la sociedad, al Estado, etc. Estas ocupaciones trascendentales y venerandas, como las de soberano, juez, oficial, sacerdote, etc., y la totalidad de los viejos estamentos ideológicos de los que salen los eruditos, los profesores y los curas, aparecen económicamente equiparados al enjambre de sus propios lacayos y bufones, sostenidos por ellos y la riqueza ociosa, por la nobleza de la tierra y los capitalistas ociosos. (Marx 1980a: 278)

En el cuaderno X, Marx se volcó a un análisis riguroso del Tableau économique de François Quesnay [1694-1774] (Marx a Engels, 18 de junio de 1862, Marx and Engels 1985a: 381), al que alabó enormemente, describiéndolo como «una idea verdaderamente genial, sin disputa la idea más genial que a la economía política se le puede reconocer, hasta ahora» (Marx 1980a: 317).

Mientras tanto, las circunstancias económicas de Marx seguían siendo desesperadas. A mediados de junio le escribió a Engels: «Mi esposa me dice todos los días que desearía estar ya en la tumba con los niños, y en realidad no puedo tomárselo a mal, pues las humillaciones, tormentos y espantos que se sufren en esta situación son en efecto indescriptibles» (Marx a Engels, 18 de junio de 1862, Marx and Engels 1985a: 381). Ya en abril la familia había tenido que empeñar de nuevo todas sus posesiones que apenas poco antes había reclamado de la casa de empeño. La situación era tan extrema que Jenny se decidió a vender algunos de los libros de la biblioteca personal de su esposo, aunque no pudo encontrar a nadie que quisiera comprarlos.

A pesar de todo, Marx consiguió «trabajar duro» y le compartió una nota de satisfacción a Engels a mediados de junio: «extrañamente, mi materia gris anda mejor bajo toda esta miseria que lo que lo ha hecho por muchos años» (Marx a Engels, 18 de junio de 1862, Marx and Engels 1985a: 380). Continuando con su investigación, compiló los cuadernos XI, XII y XIII a lo largo del verano; se concentraban en la teoría de la renta, que había decidido incluir como un «capítulo extra» (Marx a Engels, 2 de agosto de 1862, Marx and Engels 1985a: 394) del texto que estaba preparando para publicación. Marx examinó críticamente las ideas de Rodbertus [1805-1875], y luego se dedicó a un análisis extenso de las doctrinas de David Ricardo [1772-1823] (6).

Negando la existencia de la renta absoluta, Ricardo había abierto un lugar tan solo a la renta diferencial relacionada con la fertilidad y la ubicación de la tierra. En esta teoría, la renta era un exceso: no podía ser nada más. Para Marx, Ricardo no podría haber afirmado lo contrario, pues esto hubiera contradicho su «concepto del valor [como] siendo igual a cierta cantidad de tiempo de trabajo»; hubiera tenido que admitir que no es el tiempo de trabajo, sino algo diferente, lo que determina el valor (Marx 1980b: 111) y que el producto agrícola era vendido constantemente por encima de su precio de costo, que calculaba como la suma del capital adelantado y la ganancia promedio (Marx a Engels, 2 de agosto de 1862, Marx and Engels 1985a: 396). La concepción de Marx de la renta absoluta, por el contrario, estipulaba que «bajo ciertas circunstancias históricas […] los precios de las materias primas se ven encarecidos por la propiedad sobre la tierra» (Marx a Engels, 2 de agosto de 1862, Marx and Engels 1985a: 398).

En la misma carta a Engels Marx escribió que era «un verdadero milagro» que «hubiera sido capaz de avanzar tanto con [su] trabajo teórico» (ibid.: 394). El propietario de la casa había amenazado de nuevo con enviar a los oficiales, mientras que algunos comerciantes a los que les adeudaba hablaban de retenerle las provisiones y tomar acción legal en su contra. Una vez más se había dirigido a Engels por ayuda, confiándole que si no hubiera sido por su esposa e hijos hubiera «preferido mudar[se] a un cuarto en un albergue para indigentes que estar apretando [el bolsillo de Engels] constantemente» (Marx a Engels, 7 de agosto de 1862, Marx and Engels 1985a: 399). En septiembre, Marx le escribió a Engels que era posible que el siguiente año tomara un trabajo en «una empresa ferroviaria inglesa» (Marx a Engels, 10 de septiembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 417). En diciembre le repitió a Ludwig Kugelmann [1828-1902] que las cosas se habían puesto tan desesperadas que había «decidido convertirse en un [hombre] ‘práctico’», pero su postulación fue rechazada; le fue comunicado que, debido a su mala letra, no podía ocupar ese puesto. Al recibir la noticia, Marx comentó, con su típico sarcasmo: «¿He de llamarla mala o buena suerte?» (Marx a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 436).

Mientras tanto, a principios de noviembre le había confiado a Ferdinand Lassalle [1825-1864] que se había visto forzado a suspender el trabajo «alrededor de 6 semanas», y que estaba «avanzando […] con interrupciones». «Sin embargo», añadió, «se llevará a término por completo» (Marx a Lassalle, 7 de noviembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 426). Durante este tiempo, Marx llenó otros dos cuadernos, XIV y XV, con un análisis crítico extenso de varios teóricos económicos. Mostró en ellos que Thomas Robert Malthus [1766-1834], para quien la plusvalía provenía de «que el vendedor vende la mercancía en más de lo que vale», representaba un retorno al pasado en la economía teórica, pues derivaba la ganancia del intercambio de mercancías (Marx 1980c: 13). Acusó también a James Mill [1773 -1836] de malinterpretar las categorías de plusvalía y ganancia; señaló la confusión producida por Samuel Bailey [1791-1870] al no distinguir entre la medida inmanente del valor y el valor de la mercancía; y argumentó que John Stuart Mill [1806-1873] no se dio cuenta de que «la tasa de plusvalía y la tasa de ganancia» eran dos cantidades diferentes (Marx 1980c: 172) la última determinada no solo por el nivel de los salarios, sino también por otras causas que no se pueden atribuir directamente a ella.

Marx prestó también atención especial a varios economistas que se oponían a la teoría de Ricardo, como el socialista Thomas Hodgskin [1787-1869]. Finalmente, se dedicó al texto anónimo Revenue and Its sources [El ingreso y sus fuentes] (en su opinión, un ejemplo perfecto de «economía vulgar» que traducía en un lenguaje «doctrinario», pero «apologético», «el punto de vista de la clase dominante, del capitalista») (Marx 1980c: 403). Con el estudio de este libro, Marx concluyó su análisis de las teorías de la plusvalía que llevaron a cabo los principales economistas del pasado, y comenzó a examinar el capital comercial, o el capital que no crea plusvalía, sino que la distribuye (7). Su polémica en contra del «capital a interés» podría «posar como socialismo», pero Marx no tenía tiempo para este «ánimo reformista» que no «enfrentaba la producción capitalista real», sino que «atacaba apenas una de sus consecuencias». Para Marx, por el contrario:

La total cosificación, inversión y el absurdo del capital como capital a interés —en el que, sin embargo, no hace más que manifestarse bajo su forma más tangible la naturaleza interior de la producción capitalista, el absurdo de esta— es el capital que rinde compounded interest [interés compuesto] y que aparece como un Moloch reclamando el mundo entero como víctima sacrificada en sus altares, pero que, impulsado por una misteriosa fatalidad, no logra nunca satisfacer, sino que ve siempre contrarrestadas sus justas aspiraciones, nacidas de su propia naturaleza. (Marx 1980c: 406)

Marx continuó, en la misma línea:

Es, por tanto, el interés, y no la ganancia, lo que aparece, así, en cuanto tal, [y, por lo tanto, se lo toma] como el ingreso creado por el capital e inherente [a él]. Bajo esta forma es, pues, como los economistas vulgares lo conciben también. En esta forma se esfuma toda mediación y se redondea y se culmina la forma fetichista del capital, como la representación del capital-fetiche. Esta forma surge necesariamente cuando se desglosa la propiedad jurídica del capital de su propiedad económica y la propiedad y la apropiación de una parte de la ganancia afluye, bajo el nombre de interés, a un capital en sí o al propietario de [un] capital totalmente desglosado del proceso de producción.

Para el economista vulgar, que pretende prestar el capital como fuente independiente de valor, de creación de valor, esta forma [representa], naturalmente, una [manera de] devorar que se ha descubierto, una forma en que la fuente de la ganancia es irreconocible y el resultado del proceso capitalista cobra existencia independiente, al margen de este proceso. En D-M-D´ aparece todavía [una] mediación. En D-D´ tenemos la forma carente de concepto del capital, la inversión y cosificación de la relación de producción elevada a su máxima potencia. (Marx 1980c: 410)

Después de los estudios sobre el capital comercial, Marx se ocupó de lo que puede considerarse la tercera fase de los manuscritos económicos de 1861-1863. Esto comenzó en diciembre de 1862, con la sección ‘Capital y ganancia’ en el cuaderno XVI que Marx señaló como el «tercer capítulo» (Marx 1980d: 1598-1675). Aquí planteó un esquema de la distinción entre plusvalía y ganancia. En el cuaderno XVII, también compilado en diciembre, volvió a la pregunta por el capital comercial (siguiendo las reflexiones del cuaderno XV (Ibid.:1682-1773) y al flujo de dinero en la reproducción capitalista. A final de año, Marx le envió un reporte del progreso a Kugelmann, informándolo de que la «segunda parte», o la «continuación de la primera entrega», un manuscrito que equivalía a «alrededor de 30 páginas impresas», estaba «finalmente completo». Cuatro años después del primer esquema en la Contribución a la crítica de la economía política, Marx revisaba ahora la estructura de su trabajo proyectado. Le contó a Kugelmann que se había decidido por un nuevo título, usando El capital por primera vez, y que el nombre con el que había trabajado en 1859 iba a ser apenas el «subtítulo» (Marx a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 435).

Más allá de esto, seguía trabajo de acuerdo con el plan original: lo que se proponía escribir era lo que sería «el tercer capítulo de la primera parte, o sea el capital en general» (8). El volumen, en las etapas finales de su preparación, incluiría «lo que los ingleses llaman ‘los principios de la economía política’». Junto a lo que ya había escrito en la entrega de 1859, habría de constituir la «quintaesencia» de su teoría económica. Sobre la base de los elementos que se preparaba para publicar, le contó a Kugelmann, otros podrían fácilmente desarrollar una continuación «(con la excepción, tal vez, de la relación entre las diferentes formas de Estado y las varias estructuras económicas de la sociedad)». Marx pensó que sería capaz de producir una «copia limpia» (Marx a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 435) (9) del manuscrito en el año nuevo, tras lo cual planeaba llevarlo a Alemania en persona. Luego, tenía pensado «concluir la presentación del capital, competencia y crédito». En la misma carta a Kugelmann comparó los estilos de escritura del texto publicado en 1859 y del trabajo que estaba preparando entonces: «En el primer cuaderno, en todo caso, el método de presentación era muy poco popular. Esto tenía que ver en parte con la naturaleza abstracta del tema […] Esta parte es más fácil de entender porque se ocupa de relaciones más concretas». Para explicar la diferencia, casi como forma de justificación, añadió:

Los intentos científicos de revolucionar una ciencia nunca pueden ser realmente populares. Pero cuando se ha establecido una base científica, la popularización se vuelve más fácil. Si los tiempos se vuelven más turbulentos, uno sería tal vez capaz de elegir los colores y tintes que ofrecería una presentación popular de estos objetos de estudio. (Marx a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, Marx and Engels 1985a: 436)

Un par de días después, al inicio del nuevo año, Marx enumeró con mayor detalle las partes que habrían constituido su trabajo. En un esquema en el cuaderno XVIII indicó que la ‘primera sección [Abschnitt]’, ‘El proceso de producción del capital’, sería dividida de la siguiente manera:

1) Introducción. La mercancía. El dinero.
2) Conversión del dinero en capital
3) La plusvalía absoluta. […]
4) La plusvalía relativa […]
5) Combinación de plusvalía absoluta y relativa. […]
6) Retroconversión de la plusvalía en capital. […]
7) Resultado del proceso de producción. […]
8) Teorías sobre la plusvalía. […]
9) Teorías sobre el trabajo productivo e improductivo.
(Marx 1980a: 383)

Marx no se limitó a la ‘primera sección’, sino que esbozó un esquema de lo que habría de ser la ‘tercera sección’ de su trabajo: ‘Capital y ganancia’. Esta parte, que ya indicaba algunas cuestiones que habrían de estar en El capital, Libro III, se dividía de la siguiente manera:

1) Conversión de la plusvalía en ganancia. La tasa de ganancia, a diferencia de la tasa de plusvalía.
2) Conversión de la ganancia en ganancia media. […]
3) Teorías de A[dam] Smith y Ricardo sobre la ganancia y los precios de producción.
4) Renta. […]
5) Historia de la llamada ley ricardiana de la renta.
6) Ley del descenso de la tasa de ganancia. […]
7) Teorías sobre la ganancia. […]
8) Desdoblamiento de la ganancia en ganancia industrial e interés. […]
9) El ingreso y sus fuentes […]
10) Movimientos de reflujo del dinero en el proceso total de la producción capitalista.
11) La economía vulgar.
12) Conclusión. Capital y trabajo asalariado.
(Marx 1980a: 383-384) (10)

En el cuaderno XVIII, compuesto en enero de 1863, Marx continuó sus análisis del capital mercantil. Haciendo un sobrevuelo por el pensamiento de George Ramsey [1855-1935], Antoine-Elisée Cherbuliez [1797-1869] y Richard Jones [1790-1855], incluyó algunas adiciones al estudio de cómo habían explicado la plusvalía distintos economistas.

Las dificultades financieras de Marx persistieron durante este periodo y de hecho empeoraron a principios de 1863. Le escribió a Engels que sus «intentos de recaudar dinero en Francia y Alemania han fracasado», que nadie le proveería comida a crédito, y que «los niños no tenían ni ropa ni zapatos para salir» (Marx a Engels, 8 de enero de 1863, Marx and Engels 1985a: 442). Dos semanas después estaba al borde del abismo. En otra carta a Engels le confió que le había propuesto a su compañera de vida lo que ahora se veía como inevitable:

Mis dos hijas mayores van a recibir empleo como institutrices para la familia Cunningham. Lenchen entrará en servicio en otro lugar, y yo, junto a mi esposa y la pequeña Tussy, iremos a vivir en el mismo albergue en donde el rojo Wolff vivió con su familia. (Marx a Engels, 13 de enero de 1863, Marx and Engels 1985a: 445).

Al mismo tiempo habían aparecido nuevos problemas de salud. En las dos primeras semanas de febrero, a Marx se le «prohibió estrictamente leer, escribir y fumar». Sufría de «una especie de inflamación del ojo, combinada con afecciones muy molestas de los nervios de la cabeza». Pudo retornar a sus libros solo a mediados del mes, cuando le confesó a Engels que durante los largos días de inactividad había estado tan alarmado que «se dejó llevar por toda clase de fantasías psicológicas de lo que se sentiría estar ciego o loco» (Marx a Engels, 13 de febrero de 1863, Marx and Engels 1985a: 453). Tan sólo una semana después, habiéndose recuperado de los problemas visuales, desarrolló un nuevo desorden hepático que estaría destinado a molestarlo por mucho tiempo. Dado que el doctor Allen, su médico regular, le hubiera impuesto un «ciclo completo de tratamiento», Marx le pidió a Engels que le pidiera al doctor Eduard Gumpert (11) la recomendación de un «remedio casero» (Marx a Engels, 21 de febrero de 1863, Marx and Engels 1985a: 460) más simple.

En este periodo, aparte de momentos breves en los que estudió maquinarias, Marx tuvo que suspender sus exhaustivos estudios económicos. Sin embargo, en marzo se decidió a «recuperar el tiempo perdido trabajando duro’ (Marx a Engels, 24 de marzo de 1863, Marx and Engels 1985a: 461). Compiló dos cuadernos, XX y XXI, que se ocupaban de la acumulación, la subsunción real y normal del trabajo al capital, y la productividad del capital y el trabajo. Sus argumentos se correlacionaban con el tema fundamental de su investigación en ese tiempo: la plusvalía.

A finales de mayo le escribió a Engels que en las semanas previas había estado estudiando también la cuestión polaca (12) en el Museo Británico: «Lo que hice fue, por un parte, llenar mis vacíos (diplomáticos e históricos) sobre el asunto ruso-prusiano-polaco, y, por otra, leer y sacar extractos de toda clase de literatura en torno a la parte que he trabajado sobre la economía política» (Marx a Engels, 29 de mayo de 1863, Marx and Engels 1985a: 474). Estas notas de trabajo, escritas entre mayo y junio, fueron incluidas en ocho cuadernos adicionales, A a H, que contienen cientos de páginas más resumiendo los estudios económicos de los siglos XVIII y XIX (13). Marx informó también a Engels que, sintiéndose «relativamente capaz de trabajar», estaba determinado a «quitarse el peso de encima» y por tanto tenía la intención de «pasar a limpio la economía política para la imprenta (y darle una retocada final)». Sin embargo, todavía sufría de un «hígado muy inflamado» (Marx a Engels, 29 de mayo de 1863, Marx and Engels 1985a: 474), y a mediados de junio, a pesar de haber «tragado azufre», no estaba «del todo bien» (Marx a Engels, 12 de junio de 1863, Marx and Engels 1985a: 479).

En todo caso, volvió al Museo Británico, y a mediados de junio le reportó a Engels que estaba de nuevo pasando «diez horas al día trabajando en economía». Estos eran precisamente los días en los que, analizando la reconversión de la plusvalía en capital, Marx preparó en el cuaderno XXII una revaloración del Tableau économique de Quesnay (Marx a Engels, 6 de julio de 1863, Marx and Engels 1985a: 485). Luego, compiló el último cuaderno en la serie que había comenzado en 1861 (el número XXIII), que consistía principalmente en notas y anotaciones suplementarias.

Al final de estos dos años de trabajo duro, y siguiendo un reexamen crítico de los principales teóricos de la economía política, Marx estaba más determinado que nunca a completar el trabajo más importante de su vida. Aunque no había solucionado definitivamente muchos de los problemas conceptuales y expositivos, su compleción de la parte histórica lo conminaba ahora a retornar a las preguntas teóricas.

La escritura de los tres volúmenes de El capital
Marx apretó los dientes y se embarcó en una nueva fase de sus labores. A partir del verano de 1963 comenzó la composición real de lo que habría de convertirse en su magnum opus (14). Hasta diciembre de 1865, se dedicó a ampliar las varias partes en las cuales había subdividido su escrito. Durante este período les dio forma, en ese orden: al primer borrador del Libro I; al manuscrito principal del Libro III, en el cual se encuentra la única exposición completa hecha por Marx sobre el proceso de la producción capitalista (Marx 2015); y a la versión inicial del Libro II, la cual contiene la primera representación general del proceso de circulación del capital. En lo que concierne al plan de seis libros que había indicado en 1859 en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, incluyó un número de cuestiones relacionadas con la renta y los salarios que iban a ser tratados originariamente en los libros 2 y 3 de ese plan general inicial. A mediados de agosto de 1863, Marx actualizó a Engels acerca de los pasos a seguir:

Con respecto a mi trabajo (el manuscrito para la imprenta), en un sentido va bien. En la última reelaboración, las cosas adoptan una forma llevaderamente popular, me parece […]. Por otra parte, a pesar de que escribo el día entero, no avanza tan rápidamente como lo quisiera, mi propia impaciencia, que ha sido puesta a la prueba de la paciencia por tanto tiempo. En todo caso, se vuelve 100% más fácil de entender que el No. 1 (15). (Marx a Engels, 15 de agosto de 1863, Marx a Engels 1985a: 488).

Marx continuó el ritmo furioso a lo largo del otoño, concentrándose en la escritura del Libro I. Sin embargo, su salud se deterioró rápidamente como resultado, y noviembre vio la aparición de lo que su esposa llamó la «terrible enfermedad» contra la cual él pelearía por muchos años de su vida. Se trataba de un caso de carbuncos (16), una horrible infección que se manifestaba en abscesos y en serios y debilitantes forúnculos en varias partes del cuerpo. Debido a una profunda úlcera que le siguió a un gran carbunco, Marx tuvo que someterse a una operación, y «su vida estuvo en riesgo por un buen tiempo». De acuerdo con la narración posterior de su esposa, la condición crítica duró «cuatro semanas» y le causó a Marx dolores severos y constantes, junto a «preocupaciones atormentadoras y todo tipo de sufrimiento mental», pues la situación financiera de la familia la mantenía «al borde del abismo» (Enzensberger 1999: 227). A principios de diciembre, cuando estaba en camino a la recuperación, Marx le contó a Engels que «había tenido un pie en la tumba’ (Marx a Engels, 2 de diciembre de 1863, Marx and Engels 1985a: 495), y dos días después que su condición física le sonaba como una «buena trama para una novela». De frente, parecía un hombre que «regalaba a su hombre interior con Porto, Bourdeaux, Stout, y cantidades enormes de carne. […]. Pero por detrás en su espalda, el hombre exterior, un maldito carbunco» (Marx a Engels, 4 de diciembre de 1863, Marx and Engels 1985a: 497).

En este contexto, la muerte de la madre de Marx lo obligó a viajar a Alemania para organizar la herencia. Su condición se deterioró de nuevo durante el viaje, y cuando estaba de vuelta tuvo que parar por un par de meses en donde su tío Lion Philips, en Zaltbommel, Holanda. Durante este tiempo, un carbunco más grande que cualquiera antes apareció en su pierna derecha, así como forúnculos enormes en su garganta y espalda. El dolor por causa de estos era tan grande que lo mantenía despierto durante la noche. En la segunda mitad de enero de 1864, le escribió a Engels que se sentía como «un verdadero Lázaro (alias Lassalle), asolado desde todas las esquinas» (Marx a Engels, 20 de enero de 1864, Marx and Engels 1985a: 507). Después de su regreso a Londres, su pésima condición física, debida a múltiples abscesos cutáneos y a la recaída en infecciones, perduró durante el inicio de la primavera y sólo le permitió volver a trabajar a mediados de abril, tras más de cinco meses de interrupción. Durante esta fase, siguió dedicándose al manuscrito del Libro I y es plausible que, justo en ese período, haya redactado el llamado ‘Capítulo VI inédito’, la única parte de la versión inicial que se conserva. Hacia finales de mayo aparecieron en su cuerpo nuevas masas purulentas que le causaron tormentos indescriptibles. Decidido a terminar el libro a toda costa, ignoró de nuevo al Dr. Allen y sus llamados a un «tratamiento de curso regular» que habría perturbado el trabajo que simplemente «tenía que ser llevado a cabo». Marx sentía todo el tiempo que «había algo mal», confesándole sus recelos a su amigo en Manchester: «[…] la enorme resolución que debo adoptar para trabajar en temas complejos pertenece también a este sentimiento de inadecuación. Perdonarás el término spinozista» (Marx a Engels, 26 de mayo de 1864, Marx and Engels 1985a: 530).

La llegada del verano no cambió estas precarias circunstancias. En los primeros días de julio, Marx se contagió de influenza y no pudo escribir (Marx a Engels, 1 de julio de 1864, Marx and Engels 1985a: 545). Y dos semanas después tuvo que guardar cama debido a una grave lesión pustulosa en su pene. Tan sólo después de unas vacaciones familiares en Ramsgate, en la última semana de julio y los primeros diez días de agosto, le fue posible continuar con su trabajo. Comenzó el nuevo periodo de escritura con el Libro III parte dos, ‘La conversión de la ganancia en ganancia promedio’, y luego la parte uno, ‘La conversión de la plusvalía en ganancia’ (que fue completada, muy probablemente, entre finales de octubre e inicios de noviembre de 1864). Durante este periodo participó asiduamente en las reuniones de la Asociación Internacional de Trabajadores, para la que escribió la conferencia inaugural y los estatutos en octubre. También en ese mes le escribió a Carl Klings [1828- ¿?], un trabajador metalúrgico en Sollingen que había sido miembro de la Liga de los Comunistas, contándole de sus varios percances y la razón de su inevitable lentitud, de la siguiente manera:

Estuve enfermo todo el año pasado (afectado por carbuncos y forúnculos). Si no fuera por esto, mi trabajo sobre economía política, El capital, ya habría sido publicado. Espero poder completarlo finalmente en un par de meses, y darle a la burguesía un golpeo teórico del que nunca se recupere. [P]uede usted fiarse de que la clase trabajadora siempre encontrará en mí a un paladín. (Marx a Carl Klings, 4 de octubre de 1864, Marx and Engels 1987: 4).

Habiendo reanudado el trabajo tras una pausa para cumplir con los deberes con la Internacional, Marx escribió la parte tercera del Libro III, titulado ‘La ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia’. Este trabajo fue acompañado por otro estallido de su enfermedad. «Otro carbunco apareció en noviembre bajo [su] pecho derecho» (Marx a Engels, 4 de noviembre de 1864, Marx and Engels 1987: 12) y lo confinó a la cama por una semana. Pero lo siguió aquejando cuando se «inclinaba hacia delante para escribir» (Marx a Engels, 14 de noviembre de 1864, Marx and Engels 1987: 22). Al mes siguiente, temiendo otro posible carbunco en su lado derecho, Marx decidió tratárselo él mismo. Le confesó a Engels que era reacio a consultar con el Dr. Allen, quien no sabía nada sobre su uso prolongado de un remedio basado en arsénico, y quien «se molestaría terriblemente por haber carbunculado tanto tiempo a sus espaldas» (Marx a Engels, 2 de diciembre de 1864, Marx and Engels 1987: 51).

De enero a mayo de 1865, Marx se dedicó de lleno al Libro II. Los manuscritos estaban divididos en tres capítulos, que se convirtieron eventualmente en las partes de la versión que Engels imprimió en 1885:1) Las metamorfosis del capital; 2) La rotación del capital; 3) Circulación y reproducción. En estas páginas, Marx desarrolló nuevos conceptos y conectó algunas de las teorías de los Libros I y III.

También en el nuevo año, sin embargo, los carbuncos continuaron persiguiendo a Marx, y alrededor de mediados de febrero ocurrió una nueva recaída en la enfermedad. Le contó a Engels que, a diferencia del año anterior, «su cabeza no había sido afectada» y que era «perfectamente capaz de trabajar» (Marx a Engels, 25 de febrero de 1865, Marx and Engels 1987: 107). Estos pronósticos probaron ser demasiado optimistas: ya a principios de marzo el «viejo mal [lo] estaba plagando en distintos lugares sensibles y molestos», haciendo[le] difícil sentarse (Marx a Engels, 4 de marzo de 1865, Marx and Engels 1987: 115). Además de los «forúnculos», que se mantuvieron hasta mediados del mes, la Internacional requirió una «cantidad de tiempo enorme». Sin embargo, Marx no dejó de trabajar en el libro, incluso si esto significaba que a veces «no [se iba] a la cama hasta las cuatro de la mañana» (Marx a Engels, 13 de marzo de 1865, Marx and Engels 1987: 129-130).

Un último incentivo para completar pronto las partes faltantes del libro fue el contrato con la editorial. Gracias a la intervención de Wilhelm Strohn, un viejo camarada de los días de la Liga Comunista, Otto Meißner [1819-1902], en Hamburgo, le había mandado una carta el 21 de marzo que incluía un acuerdo para publicar «el trabajo El capital: una contribución a la crítica de la economía política». El libro habría de tener «aproximadamente 50 signatures (17) de extensión [y] aparecer en dos volúmenes» (Marx and Engels 1985b: 361). El tiempo era corto, y ya a finales de abril Marx le escribió a Engels que se sentía «tan débil como un perro, en parte por trabajar hasta tarde en la noche […] y en parte por la basura del demonio que [había estado] tomando» (Marx a Engels, 22 de abril de 1865, Marx and Engels 1987: 148). A mediados de mayo apareció en su cadera izquierda un «carbunco repugnante, cerca de la parte inexpresable del cuerpo» (Marx a Engels, 13 de mayo de 1865, Marx and Engels 1987: 158). Una semana después los forúnculos estaban «todavía allí», aunque, afortunadamente, sólo «me molestan localmente, y no en la caja del cerebro». Hacía un buen uso del tiempo cuando era «capaz de trabajar», y le contó a Engels que estaba «trabajando como un caballo» (Marx a Engels, 20 de mayo de 1865, Marx and Engels 1987: 159).

Entre la última semana de mayo y el final de junio, Marx compuso un texto corto, Salarios, precio y ganancia (18). En este texto cuestionaba la tesis de John Weston [¿?] de que los incrementos de salario no eran favorables para la clase trabajadora, y que las demandas de los sindicatos por un pago mayor eran en realidad nocivos. Marx mostró que, por el contrario, «un aumento general de los salarios generaría una caída en la tasa general de ganancia, pero no afectaría los precios promedio de las mercancías, o su valor» (Marx and Engels 1985c: 144).

En el mismo periodo, Marx también escribió la parte cuatro del Libro III, llamándola ‘La conversión del capital-mercancía y del capital-dinero en capital comercial y capital monetario (mercantil)’. Al final de julio de 1865 le envió a Engels otro reporte del progreso:

Faltan todavía tres capítulos por escribir para completar la parte teórica (los tres primeros libros). Luego, falta todavía por escribir el Libro IV, el histórico-literario, que en comparación es para mí la parte relativamente más fácil, pues todas las cuestiones han sido resueltas en los tres primeros libros; el último es más bien una repetición en forma histórica. Sin embargo, no puedo decidirme a enviar a imprenta algo antes de tener la totalidad frente a mí. No importa las fallas que tenga, la ventaja de mis escritos es que son una totalidad artística, y esto sólo puede ser alcanzado con mi manera de nunca dejar que se impriman, antes de tenerlos completos frente a mí. (Marx a Engels, 31 de julio de 1865, Marx a Engels 1987: 173).

Un tiempo después, su fascinación por el arte se asomó en El capital. De hecho, Marx le aconsejó a Engels leer La obra maestra desconocida (1831) de Honoré de Balzac, definida por el mismo como «una pequeña obra maestra, llena de deliciosa ironía» (Marx a Engels, 25 de febrero de 1867, Marx and Engels 1987: 348). El protagonista de la obra era el genial pintor Frenhofer el cual, obsesionado por el deseo de pintar un cuadro del modo más preciso posible, sigue retocándolo en busca de la perfección, demorando así su terminación. A quienes le preguntaban qué le hacía falta para completar la obra, les respondía: «nada, pero esa nada es todo» (Balzac 2006: 217-218). A quienes le pedían que mostrara su lienzo, se negaba convencido: «no, no, debo mejorarla todavía. Anoche pensé haberla terminado […] Sin embargo, todavía no estoy satisfecho. Tengo dudas» (Ibid. 222-3). El personaje magistralmente creado por Balzac llega incluso a exclamar: «Ya son diez años de trabajo, pero ¿qué son diez años cuando se trata de luchar contra la naturaleza?» (Ibid. 224). Después añade: «Por un momento pensé que mi obra estaba terminada, pero está claro que me equivoqué en algunos detalles y no me quedaré tranquilo hasta despejar mis dudas» (Ibid. 230).

Con su habitual y sutil ingenio, es probable que Marx se haya identificado con el protagonista de este cuento. En una reconstrucción de este período, su yerno Paul Lafargue (1842-1911) relata que la lectura del cuento de Balzac le había causado «una profunda impresión [a Marx], porque describía en parte sus propios sentimientos» (Enzensberger 1999: 240). También Marx, según Lafargue, «trabajaba siempre con extrema escrupulosidad» (Ibid.) y no «estaba nunca satisfecho con su trabajo. Lo modificaba en forma continua y encontraba que la representación no se encontraba a la par con la imaginación» (Ibid.).

Cuando ciertos retrasos inevitables, así como una serie de eventos negativos, lo forzaron a reconsiderar su método de trabajo, Marx se preguntó si sería más útil producir primero una copia final del Libro I, de tal manera que la pudiera publicar inmediatamente, o si sería mejor terminar de escribir todos los libros que habría de contener el trabajo. En otra carta a Engels le dijo que «el único punto en cuestión» era si debía «dejar en limpio una copia del manuscrito y enviársela al librero, o terminar de escribir primero todo». Se decidió por la última solución, pero le aseguró a su amigo que su trabajo en los otros libros no sería una pérdida de tiempo:

[Dadas las circunstancias,] la cosa ha ido progresado tan rápidamente como hubiera sido posible para cualquiera, incluso sin consideraciones artísticas en lo absoluto. Dado que, además, tengo un límite máximo de 60 Druckbogen (19), es absolutamente necesario tener frente a mí la totalidad para saber cuándo ha de ser condensado y tachado, para que las partes individuales se encuentren de manera similar y proporcional dentro de los límites establecidos. (Marx a Engels, 5 de agosto de 1865, Marx and Engels 1987: 175).

Marx confirmó que no «ahorraría esfuerzo para terminar lo más pronto posible, pues la cosa pesaba como una pesadilla». Le impedía «hacer nada más», y estaba inclinado a sacarla de camino antes de un nuevo desorden político: «Sé que el tiempo no se mantendrá tan tranquilo como ahora para siempre» (Ibid.).

Aunque había decidido anteponer la compleción del Libro I, Marx no quería dejar lo que había hecho del Libro III en el aire. Entre julio y diciembre de 1865 redactó, aunque de manera fragmentaria, la quinta parte (‘Escisión de la ganancia en interés y ganancia empresarial. El capital que devenga interés’, la sexta parte (‘Transformación de la plus ganancia en renta de la tierra’) y parte siete (‘Los réditos y sus fuentes’) (20). La estructura que Marx le dio al Libro III entre el verano de 1864 y el final de 1865 era, por lo tanto, muy similar al esquema de 12 puntos de enero de 1863 incluido en el cuaderno XVIII de los manuscritos sobre las teorías de la plusvalía.

La ausencia de dificultades financieras que le había permitido a Marx continuar con su trabajo no habría de perdurar por mucho tiempo. Estas reaparecieron después de más o menos un año, y su salud empeoró también a lo largo del verano. Además de esto, sus responsabilidades con la Internacional fueron particularmente intensas en septiembre, en conexión con la primera conferencia convocada por la organización en Londres. En octubre, Marx visitó a Engels en Manchester, y al regresar a Londres tuvo que enfrentar más eventos terribles: su hija Laura había caído enferma, y el propietario de la casa estaba amenazando de nuevo con desalojar a su familia, enviando a los agentes judiciales, mientras que comenzaron a llegar «cartas amenazantes» de «toda esa otra chusma». Su esposa, Jenny, estaba «tan desolada» que, tal y como se lo puso a Engels, «no [tuvo] el valor de explicarle el verdadero estado de cosas» y «no [sabía] qué hacer». La única «buena noticia» fue la muerte de una tía de 73 años de Fráncfort, de la cual Marx esperaba recibir una parte -aunque pequeña, de la herencia (Marx a Engels, 8 de noviembre de 1865, Marx and Engels 1987: 193-194).

La compleción del volumen I
A principios de 1866, Marx se zambulló en la escritura de un nuevo borrador de El capital, volumen I. A mediados de enero puso al corriente de la situación a Wilhelm Liebknecht [1826-1900]:

«Indisposición, […] todo tipo de mala suerte, estar preso de las demandas de la ‘Asociación Internacional’, etc., han confiscado todos los momentos libres que tengo para escribir en limpio mi manuscrito». Sin embargo, pensaba que estaba cerca del final, y que sería «capaz de entregar el volumen I al librero para imprenta en marzo». Añadió que los «dos volúmenes [aparecerían] simultáneamente» (Marx a Wilhelm Liebknecht, 15 de enero de 1866, Marx and Engels 1987: 219).

En otra carta, enviada el mismo día a Kugelmann, habló de estar «ocupado con la escritura en limpio del texto doce horas al día» (Marx a Ludwig Kugelmann, 15 de enero de 1866, Marx and Engels 1987: 221), pero que esperaba enviarlo a la editorial en Hamburgo dentro de los próximos dos meses.

En contra de sus predicciones, sin embargo, todo el año se pasaría en una lucha contra los carbuncos, mientras su estado de salud empeoraba. A finales de enero, su esposa, Jenny, le informó al viejo camarada en armas Johann Philipp Becker [1809-1886] que su esposo «se [encontraba] afectado de nuevo por su antiguo, peligroso y excesivamente doloroso mal». Esta vez era, sin embargo, más «molesto» aún para él, porque interrumpió la «transcripción de su libro que apenas había comenzado». Desde su punto de vista, «este nuevo desencadenamiento [provenía] única y exclusivamente del excesivo trabajo y de las constantes desveladas» (Jenny Marx a Johann Philipp Becker, 29 de enero de 1866, Marx and Engels 1987: 570-571). Apenas unos días después, Marx fue golpeado por el ataque más virulento hasta ese entonces, y estuvo en peligro de perder la vida. Cuando se recuperó lo suficiente como para comenzar a escribir de nuevo, le escribió a Engels, confesándole:

Esta vez me salvé por un pelo. Mi familia no sabe cuán serio fue el caso. Si la cosa se repite tres o cuatro veces más en la misma forma, soy hombre muerto. Estoy asombrosamente molido y todavía me siento condenadamente débil, no en la mente, sino en el costado y la pierna. Los doctores tienen toda la razón en que el trabajo excesivo durante las noches es la causa principal de esta recaída. Pero no les puedo comunicar a estos señores las causas que me obligan a esta extravagancia, lo que por demás no tendría ningún sentido. En este momento tengo todavía todo tipo de pequeños nacidos en el cuerpo, que son dolorosos, pero de ninguna manera ya peligrosos. (Marx a Engels, 10 de febrero de 1866, Marx and Engels 1987: 223)

A pesar de una condición similar, seria y dolorosa, los pensamientos de Marx estaban mayormente dirigidos al trabajo enfrente suyo:

Lo que me causó más repugnancia fue la interrupción de mi trabajo, que había andado espléndidamente desde el primero de enero, cuando mis padecimientos del hígado se habían esfumado. Por supuesto, no había ni riesgo de ‘sentarse’. […] Pero sí me podía acostar, aunque fuera tan sólo por cortos intervalos durante el día. No pude avanzar con la parte realmente teórica; el cerebro estaba muy débil para eso. Por ello, amplié históricamente la sección sobre la ‘Jornada laboral’, lo que estaba por fuera de mi plan original. (Ibid.: 223-224)

Marx concluyó la carta con una frase que resumía muy bien este periodo de su vida: «Mi libro requiere todo mi tiempo de escritura» (Ibid.: 224). Cuán cierto fue esto en 1866. La situación, llegada ya al extremo, estaba ahora alarmando seriamente a Engels. Temiendo lo peor, intervino firmemente para persuadir a Marx de que no podía seguir de la misma manera:

Tienes que hacer por fin algo realmente razonable para librarte de esta historia de los carbuncos, incluso si el libro ha de aplazarse otros tres meses. La cosa se está poniendo verdaderamente muy seria, y si tu cerebro, como tú mismo lo dices, no está a la altura de los asuntos teóricos, dale entonces un poco de descanso de la teoría elevada. Deja por un tiempo los trabajos nocturnos y lleva una vida un poco más regular. (Engels a Marx, 10 febrero 1866, Marx and Engels 1987: 225-226)

Engels consultó inmediatamente al Dr. Gumpert (quien recomendó otra ronda de arsénico), pero hizo también sugerencias acerca de la compleción del libro. Quería asegurarse de que Marx hubiera abandonado la idea, nada realista, de escribir todo El capital antes de que alguna parte de éste fuera publicada. «¿No puedes arreglar las cosas», le preguntó, «para que al menos el primer volumen sea enviado primero a impresión y el segundo un par de meses después?» (Ibid.: 226) Tomando todo en cuenta, terminó su carta con una sabia observación: «¿De qué serviría que tal vez lleguen a estar listos un par de capítulos al final de tu libro y que ni siquiera el primer volumen llegue a ser impreso, si los eventos nos toman por sorpresa?».

Marx contestó a cada uno de los puntos de Engels, alternando entre tonos serios y jocosos. Con respecto al arsénico, escribió: «Dile o escríbele a Gumpert que me mande la receta con instrucciones de uso. Dado que tengo confianza en él, le debe a la mejor de las ‘economías políticas’ obviar la etiqueta profesional y tratarme desde Manchester» (Marx a Engels, 13 de febrero de 1866, Marx and Engels 1987: 227). En relación con sus planes de trabajo, escribió:

En lo que respecta a este ‘maldito’ libro, está así: va a estar listo a finales de diciembre. Tan sólo el tratado sobre la renta básica (el penúltimo capítulo), en su forma actual, ajusta casi un libro en sí mismo (21). Durante el día voy al museo, y escribo de noche. Tuve que arar a través de la nueva química agraria en Alemania, en particular en Liebig y Schönbein, que resulta más importante para este asunto que todos los economistas puestos juntos, así como el enorme material que los franceses han producido desde que me ocupé por última vez de este punto. Concluí mi investigación de la renta básica hace dos años, y se ha logrado mucho entre tanto; dicho sea de paso, confirmando mi teoría. La apertura de Japón (en general, de otra manera no leería libros de viajes si no estoy obligado profesionalmente a hacerlo) fue importante aquí. Así que apliqué el ‘shifting system’ contra mí mismo, tal y como los perros de las fábricas inglesas los utilizaron contra las personas mismas entre 1848 y 1850. (Ibid: 227)

Trabajo diurno en la biblioteca, para estar al tanto de los últimos descubrimientos, y trabajo nocturno en su manuscrito: esta fue la rutina de castigo a la que Marx se sometió en un esfuerzo para usar todas sus energías en completar el libro. Acerca del trabajo principal, le escribió a Engels: «Aunque está listo, el manuscrito (enorme en su forma actual) no es editable por nadie diferente a mí, incluso no por ti». Y procedió a darle una idea de las semanas precedentes:

Comencé el proceso de pasarlo a limpio y darle estilo exactamente el primero de enero, y la cosa iba bastante bien, dado que evidentemente me divierte lamer al infante hasta que esté limpio después de los largos dolores de parto. Sin embargo, el carbunco se interpuso de nuevo, de tal manera que no he podido seguir adelante con ello, sino únicamente llenar de datos aquello que estaba ya listo según el plan. (Ibid: 227)

Finalmente, Marx aceptó el consejo de Engels de alargar la agenda de publicación: «por cierto, estoy de acuerdo con tu punto de vista; le voy a llevar a Meißner el primer volumen en cuanto esté listo. Pero», añadió, «para poder terminarlo tengo que ser capaz, al menos, de sentarme» (Ibid).

De hecho, su salud seguía deteriorándose. A finales de febrero, dos nuevos carbuncos aparecieron en su cuerpo, y Marx intentó tratárselos él mismo. Le contó a Engels que usó «una navaja afilada» para deshacerse del que estaba más arriba, cercenando «el perro» por sí mismo. «La sangre infectada […] brotó, más bien saltó por los aires», y de ahí en adelante considero al carbunco como enterrado, aunque con necesidad de «algún cuidado». En lo que respecta al «de más abajo», escribió: «se está tornando tan maligno que está fuera de mi control […] Si esta porquería continúa así, tendré por supuesto que mandar por Allen, pues, dado el locus de este perro, soy incapaz de seguirlo y tratarlo yo mismo» (Marx a Engels, 20 de febrero de 1866, Marx and Engels 1987: 231).

Siguiendo este pavoroso recuento, Engels reprendió a su amigo más severamente que nunca: «Ningún ser humano puede soportar a largo plazo esta historia crónica con los carbuncos, sin mencionar que eventualmente pueda aparecer uno que adquiera tal forma que te mande al demonio. ¿Y qué pasaría entonces con tu libro y tu familia?» (Engels a Marx, 22 de febrero 1866, Marx and Engels 1987: 233)
Para darle a Marx algo de respiro, le dijo que estaba preparado para hacer cualquier sacrificio financiero necesario. Le sugirió un periodo de descanso total, rogándole que fuera «razonable»:

[…] Hazme a mí y a tu familia el único favor de dejarte curar. ¿Qué será de todo el movimiento si algo te pasara? Tal y como te estás comportando, a eso vamos a llegar. Para ser honesto, no voy a tener paz ni de día ni de noche hasta que te haya sacado de esta situación, y cada día que no oiga nada de ti voy a estar inquieto y voy a pensar que te estás poniendo peor. Nota bene: No deberías nunca más dejar que las cosas lleguen hasta el extremo de que un carbunco que ha ser rebanado no sea rebanado. Esto es altamente peligroso. (Ibid.: 233-234)

Finalmente, Marx se dejó persuadir de tomar un receso del trabajo. El 15 de marzo viajó a Margate, un lugar de descanso a orillas del mar en Kent, y a los diez días mandó un reporte acerca de sí mismo. «No leo nada, no escribo nada. El simple hecho de tener que tomar el arsénico tres veces al día lo obliga a uno a organizar su tiempo en función de las comidas y los paseos […]. Con respecto a la compañía aquí, simplemente no existe. Puedo cantar con el molinero del [rio] Dee (22): ‘No cuido de nadie y nadie cuida de mí’» (Marx a Engels, 24 de marzo de 1866, Marx and Engels 1987: 249)

A principios de abril, Marx le dijo a su amigo Kugelmann que estaba «muy recuperado». Pero se quejó de que, por causa de la interrupción, se habían perdido «otros dos meses, y más», y que la compleción de su libro «tendría que posponerse una vez más» (Karl Marx a Ludwig Kugelmann, 6 de abril de1866, Marx and Engels 1987: 262). Después de su regreso a Londres, el trabajo de Marx continuó detenido por otras semanas gracias a un ataque de reumatismo y otros problemas; su cuerpo estaba todavía exhausto y vulnerable. A pesar de que le reportó a Engels, a principios de junio, que «nada carbuncoso [había] aparecido de nuevo», (Marx a Engels, 7 de junio de 1866, Marx and Engels 1987: 281) no estaba contento de que su trabajo hubiera «progresado tan pobremente puramente debido a mi situación corporal». (Marx a Engels, 9 de junio de 1866, Marx and Engels 1987: 282). En julio, Marx tuvo que confrontar lo que se había convertido en tres enemigos habituales: el periculum in mora [peligro por la mora] de Livy, en la forma de deudas por la renta; los carbuncos, con uno que estaba a punto de aparecer; y un hígado enfermo.

En agosto le aseguró a Engels que, aunque su salud «fluctuaba de un día al otro», se sentía en general mejor: después de todo, «la sensación de estar de nuevo en forma para el trabajo hace mucho por un hombre» (Marx a Engels, 7 de agosto de 1866, Marx and Engels 1987: 303). Se veía «amenazado con carbuncos aquí y allá», y aunque «siguen desapareciendo» sin la necesidad de intervenciones urgentes, lo habían obligado a mantener sus «horas de trabajo dentro de los límites» (Karl Marx a Friedrich Engels, 23 de agosto de 1866, Marx and Engels 1987: 311). El mismo día le escribió a Kugelmann: «[…] no creo ser capaz de enviar a Hamburgo el manuscrito del primer volumen (se trata ahora de tres volúmenes) antes de octubre. Apenas puedo trabajar productivamente unas horas por día sin sentir inmediatamente los efectos en mi cuerpo […]» (Marx a Ludwig Kugelmann, 23 de agosto de 1866, Marx and Engels 1987: 312).

También esta vez estaba siendo Marx demasiado optimista. El constate flujo de fenómenos negativos a los que estaba expuesto diariamente en su lucha por sobrevivir lograron ser de nuevo un obstáculo para completar su texto. Más aún, tenía que invertir tiempo preciado en la búsqueda de maneras de extraer pequeñas sumas de dinero de la casa de empeño y en escapar al tortuoso círculo de pagarés en el que se había metido.

En una carta a mediados de octubre, Marx le expresó a Kugelmann el miedo de que, como resultado de su larga enfermedad, y de todos los gastos que esta había generado, no fuera capaz de «mantener a los acreedores a raya», y que la casa estuviera a «punto de caerse sobre su cabeza» (Marx a Ludwig Kugelmann, 13 de octubre de 1866, Marx and Engels 1987: 328). Por lo tanto, ni siquiera en octubre fue posible para él poner los últimos toques al manuscrito. Al describir el estado de cosas a su amigo en Hannover, y explicando las razones de la demora, Marx expuso el plan que tenía en ese entonces en mente:

Mis circunstancias (interrupciones corporales y sociales sin descanso) me exigen publicar primero el volumen I, y no ambos volúmenes, como era mi intención originalmente. Y probablemente se trate ahora de tres volúmenes. La obra entera se divide entonces en las siguientes partes:

Libro I: El proceso de producción del capital
Libro II: El proceso de circulación del capital
Libro III: El proceso global de la producción capitalista
Libro IV: Hacia una historia de la teoría

El volumen I incluye los dos primeros Libros. El Libro III, creo, llenará el volumen II, y el Libro IV, el volumen III. (Ibid.: 328)

Revisando el trabajo que había hecho desde la Contribución a la crítica de la economía política, publicado en 1859, Marx continuó:

Me pareció necesario comenzar de nuevo desde el principio del primer libro, es decir, resumir mi escrito, publicado por Duncker, en un capítulo acerca de la mercancía y el dinero. Me pareció necesario, no sólo en aras de la completitud, sino porque incluso la gente inteligente no captó la cosa del todo correctamente; es decir, algo debía fallar en la primera exposición, en especial con respecto al análisis de la mercancía (Ibid.: 328-329).

También el mes de noviembre estuvo marcado por una pobreza extrema. Refiriéndose a la terrible vida cotidiana, que no le daba un respiro, Marx le escribió a Engels: «Todo esto no sólo ha interrumpido ampliamente mi trabajo, sino que, por cuenta de tratar de recuperar en la noche el tiempo perdido durante el día, me ha salido un lindo carbunco cerca del pene». (Marx a Engels, 8 de noviembre de 1866, Marx and Engels 1987: 331). Pero no tardó en apuntar que «este verano y otoño no fue la teoría, sino motivos de salud y burgueses, lo que causó la demora». Si hubiera gozado de buena salud, hubiera sido capaz de completar el trabajo. Le recordó a Engels que ya habían pasado tres años desde que «el primer carbunco [había sido] rebanado», años en los que solo había tenido «cortos periodos» de respiro de la enfermedad (Marx a Engels, 10 de noviembre de 1866, Marx and Engels 1987: 332). Más aún, habiendo sido obligado a invertir tanto tiempo y energía en la lucha diaria contra la pobreza, en diciembre comentó: «Tan sólo lamento que las personas privadas no puedan enviar sus cuentas a la Corte de Bancarrota con la misma facilidad como los comerciantes» (Ibid.).

La situación no cambió durante todo el verano, y a finales de febrero de 1867 Marx le escribió a su amigo en Manchester (quien nunca había fallado en enviarle todo lo que podía): ‘Un tendero me va a enviar a las autoridades el sábado (pasado mañana), si no le pago al menos 5£ […]. El trabajo estará listo pronto, y lo estaría hoy mismo, si no se me hubiera acosado tanto en estos días» (Marx a Engels, 21 de febrero de 1867, Marx and Engels 1987: 347).

A finales de marzo, Marx fue finalmente capaz de darle a Engels la muy esperada noticia de que «había acabado el libro» (Marx a Engels, 27 de marzo 1867, Marx and Engels 1987: 350) (23). Ahora tendría que enviarlo a Alemania, y una vez más se veía forzado a acudir a su amigo para que reclamara «su ropa y reloj, que se [encontraban] en una casa de empeño»; de lo contrario no sería capaz de irse (Marx a Engels, 2 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 351).

Habiendo llegado a Hamburgo, Marx discutió con Engels el nuevo plan propuesto por Meißner:

Ahora quiere que el libro se publique en tres volúmenes. Es decir, está en contra de que concentre el último Libro (la parte histórico-literaria), como lo había planeado. Dijo que, desde el punto de vista de la publicación […] ésta es la parte que más se vendería. Yo le dije que, en este respecto, estaba a su total disposición. (Marx a Engels, 13 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 357).

Un par de días después le dio un reporte similar a Becker:

El trabajo completo aparecerá en tres volúmenes. El título es El capital. Crítica de la economía política. El volumen I incluye el Libro I: ‘El proceso de producción del capital’. Se trata, sin lugar a duda, del más terrible misil que se ha disparado jamás contra las cabezas de la burguesía (terratenientes incluidos). (Marx a Johann Philip Becker, 17 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 358)

Tras unos días en Hamburgo, Marx viajó a Hannover. Se quedó allí como huésped de Kugelmann, quien lo conoció finalmente después de años de relaciones puramente epistolares. Marx se hizo disponible allí en caso de que Meißner lo requiriera para ayudar con la corrección de pruebas. Le escribió a Engels que su salud se había «mejorado extraordinariamente». No había «rastro de la vieja dolencia» ni de su «problema de hígado», y «lo que, es más, [estaba] de buen humor» (Marx a Engels, 24 de abril de1867, Marx and Engels 1987: 361).

Su amigo le contestó desde Manchester:

Siempre se me hizo que este maldito libro, al que has estado cargando durante tanto tiempo, era el núcleo fundamental de toda tu mala suerte, y que nunca serías capaz de salir de ella hasta que te lo sacudieras de encima. Esta cosa eternamente inacabada te oprimía corporal, espiritual y financieramente hasta el suelo, y me puedo dar cuenta muy bien de que después de haberte sacudido esta pesadilla te sientes como un tipo completamente distinto. (Engels a Marx, 27 de abril de1867, Marx and Engels 1987: 362).

Marx quería informarles a otros acerca de la inminente publicación de su trabajo. Le escribió a Sigfrid Meyer [1840-1872], un socialista alemán, miembro de la Internacional, activo en la organización del movimiento de los trabajadores en Nueva York: «El volumen I está compuesto por el ‘Proceso de producción del capital’. […] El volumen II contiene la continuación y conclusión de la teoría, mientras que el volumen III, la historia de la economía política desde mediados del siglo XVII» (Marx a Sigfrid Meyer, 30 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 367). Su plan se mantuvo inalterado y, por tanto, los Libros II y III deberían haber salido juntos, como parte del volumen II.

Engels se involucró en la corrección del texto para publicación a mediados de junio. Le pareció que, comparado con la Contribución a la crítica de la economía política, «la dialéctica del argumento se había precisado fuertemente» (Engels a Marx, 16 de junio de1867, Marx and Engels 1987: 381). Marx se conmovió por esta aprobación: «Que estés satisfecho hasta este momento es más importante para mí que cualquier cosa que alguien más pueda decir de éste» (Marx a Engels, 22 de junio de 1867, Marx and Engels 1987: 383)

Sin embargo, Engels anotó que su exposición de la forma del valor era excesivamente abstracta y no suficientemente clara para una persona lectora promedio; también lamentó que fuera precisamente esta sección la que tenía «las marcas de los carbuncos algo estampadas» (Engels a Marx, 16 de junio de 1867, Marx and Engels 1987: 380). En respuesta, Marx se fue lanza en ristre contra la causa de sus tormentos físicos («Espero que la burguesía recuerde mis carbuncos hasta el último día de su vida») (Marx a Engels, 22 de junio de 1867, Marx and Engels 1987: 383) y se convenció de la necesidad de un apéndice presentando su concepción de la forma del valor de una manera más popular. Esa adición de veintidós páginas fue terminada a finales de junio.

Marx completó la corrección de pruebas a las 2:00 a.m. del primero de agosto de 1867. Unos minutos después le escribió a su amigo en Manchester: «Querido Fred: acabo de terminar de corregir la última página […]. Así que este volumen está listo. ¡Te debo sólo a ti que esto haya sido posible! […] ¡Te abrazo, lleno de agradecimiento!» (Marx a Engels, 24 de agosto de 1867, Marx and Engels 1987: 405)

Un par de días después, en otra carta a Engels, resumiría lo que consideraba como los dos pilares fundamentales del libro: «1. (en esto se basa toda comprensión de los hechos) el carácter doble, desde el principio del primer capítulo, del trabajo que se manifiesta ya sea en el valor de uso o el valor de cambio; 2. El tratamiento de la plusvalía, independientemente de sus formas particulares como ganancia, interés, renta básica, etc.» (Marx a Engels, 24 de agosto de 1867, Marx and Engels 1987: 407).

El capital fue puesto a la venta el 11 de septiembre de 1967 (ver: Marx [1867] 1983: 674). Siguiendo las modificaciones finales, el índice quedó como sigue:
Prefacio

  1. Mercancía y dinero
  2. Transformación del dinero en capital
  3. Producción de la plusvalía absoluta
  4. La producción de la plusvalía relativa
  5. Desarrollo complementario de la producción de la plusvalía absoluta y relativa
  6. El proceso de acumulación del capital

Apéndice a la Parte 1, 1: La forma del valor
(Marx [1867] 1983: 9-10).

A pesar del largo proceso de corrección y de la adición final, la estructura del trabajo sería expandida considerablemente en el transcurso de los años siguientes, y se le harían más modificaciones al texto. El volumen I, por lo tanto, continuaría absorbiendo una significativa energía por parte de Marx, incluso después de su publicación.

En búsqueda de la versión definitiva
Marx retornó al volumen II en octubre de 1867. Esto, sin embargo, trajo de nuevo dolores de hígado, insomnio, y la erupción de «dos pequeños carbuncos cerca del membrum». Tampoco desaparecieron las «incursiones desde afuera» ni las «complicaciones de la vida doméstica»; había una cierta amargura en su afirmación a Engels de que «mi enfermedad siempre se origina en la mente» (Marx a Engels, 19 de octubre de 1867, Marx and Engels 1987: 453). Como siempre, su amigo le ayudó, enviándole todo el dinero que podía junto con el deseo de que «ahuyentara los carbuncos» (Engels a Marx, 22 de octubre 1867, Marx and Engels 1987: 457). No fue lo que ocurrió, sin embargo, y a finales de noviembre Marx escribió para informar: «Mi estado de salud ha empeorado mucho, así que ni hablar de trabajar» (Marx a Engels, 27 de noviembre de 1867, Marx and Engels 1987: 477).

El nuevo año, 1868, comenzó más o menos como terminó el anterior. Durante las primeras semanas de enero Marx fue incapaz incluso de encargarse de su correspondencia. Su esposa, Jenny, le contó a Becker que su «pobre esposo está de nuevo en cama, encadenado de manos y pies por su grave y dolorosa dolencia, que se [estaba] volviendo peligrosa por su constante recurrencia» (Jenny Marx a Johann Philip Becker, después del 10 de enero de 1868, Marx and Engels 1987: 580). Algunos días después, su hija Jenny le reportó a Engels: «El Moro es de nuevo víctima de sus viejos enemigos, los carbuncos, y, gracias a la aparición del último, se siente muy enfermo, incluso cuando está sentado» (Laura Marx a Friedrich Engels, 13 de enero de 1868, Marx and Engels 1987: 583).

Marx comenzó a escribir de nuevo tan sólo hacia finales del mes, cuando le contó a Engels que «por dos o tres semanas» fue incapaz «de hacer ningún trabajo»; «sería desastroso», añadió, «si un tercer monstruo hubiera de aparecer» (Marx a Engels, 25 de enero de 1868, Marx and Engels 1987: 528).

Sin embargo, como era habitual, apenas podía volvía a sus investigaciones. En este período estaba mucho más interesado en profundizar sobre la historia y la agricultura y, para esto, compiló cuadernos con extractos de las obras de muchos autores. Entre estos, dedicó una enorme atención a la Introducción a la historia del ordenamiento de la marca, del poder, de la villa y la ciudad y del poder público (1854), del estadista e historiador del derecho Georg Ludwig von Maurer (1790-1872). Marx le comentó a Engels que había encontrado sus obras «extraordinariamente importantes» desde el momento que en ellas había sido «configurado en una forma completamente nueva […] no sólo la temprana edad media, sino todo el desarrollo posterior de las ciudades imperiales libres, de los propietarios que gozaban de inmunidad, del poder público, de la lucha entre los campesinos libres y los siervos de la gleba» (Marx a Engels, 25 de marzo de 1868, Marx and Engels 1987: 557).

Marx manifestó su aprobación por Maurer, ya que le había «demostrado, ampliamente, que la propiedad privada de la tierra habría surgido sólo posteriormente» (Marx a Engels, 14 de marzo de 1868, Marx and Engels 1987: 547). Por otra parte, dirigió comentarios irónicos a quienes se «sorprendían de encontrar las cosas más recientes entre las más antiguas- incluso igualitarias a un nivel que horrorizaría a Proudhon» (Marx a Engels, 25 de marzo de 1868, Marx and Engels 1987: 558).

En este mismo período, Marx profundizó también el estudio de las obras Historia de la agricultura, a saber: panorama histórico de los progresos en los conocimientos agícolas de los últimos cien años (1852), La naturaleza de la agricultura. Contribución a una teoría de la misma (1857) y Clima y reino vegetal en el tiempo: una contribución a la historia de ambos (1847), de Karl Fraas (1810-1875). De este último libro, considerado por Marx «muy interesante», apreció, de modo particular, la parte en la cual aparecía una «demostración de que, en una época histórica, el clima y la flora cambian». En cuanto a su autor, lo describe ante Engels como un «darwinista antes de Darwin, [ya que] hace surgir las especies mismas en épocas históricas». Le causaron también una impresión positiva sus consideraciones de tipo ecológico, a partir de las cuales se notaba su preocupación sobre «el cultivo [que,] al proceder de modo natural, en vez de ser dominado conscientemente (como burgués, obviamente, él no llegaba muy lejos), deja tras de sí desiertos». Para Marx, también desde este punto de vista, se manifestaba una «inconsciente tendencia socialista» (Ibid.:559).

El estado de salud de Marx continuó fluctuando. A finales de marzo le contó a Engels que su «estado era tal, que debería renunciar del todo a trabajar y pensar por algún tiempo». Pero añadió que esto sería «difícil» para él, «incluso si tuviera los medios para vagabundear» (Marx a Engels, 25 de marzo de 1868, Marx and Engels 1987: 557). La nueva interrupción llegó justo cuando estaba recomenzando el trabajo en la segunda versión del Libro II (después de una etapa de casi tres años desde la primera mitad de 1865). Completó los dos primeros capítulos en el curso de la primavera (Marx 2008a: 1-339), además de un grupo de manuscritos preparatorios (acerca de la relación entre plusvalía y la tasa de ganancia, la ley de la tasa de ganancia, y las metamorfosis del capital), que lo ocuparon hasta el final de 1868 (24).

Al final de abril de 1868, Marx le envió a Engels un nuevo esquema de su trabajo, con una referencia particular al «método por el que se desarrolla la tasa de ganancia» (Marx a Engels, 30 de abril de 1868, Marx and Engels 1988: 21). Fue esa la última vez que hizo referencia, en su correspondencia, a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. A pesar de las grandes crisis económicas que se presentaron a partir de 1873, este concepto, en el cual hizo un marcado enfasis en su momento -tanto que le dedica la totalidad de la tercera sección del Libro III de El capital (que fue redactado en 1864-1865)- no vuelve a ser mencionado por Marx, y se considera superado. En la misma carta dejó en claro que el volumen II habría de presentar el «proceso de circulación del capital sobre la base de las premisas desarrolladas» en el volumen I. Tenía la intención de exponer, de la manera más satisfactoria posible, las ‘determinaciones formales’ del capital fijo, del capital circulante y la transferencia del capital (y, por lo tanto, de investigar «la mezcla social de los diferentes capitales, de partes del capital y los ingresos (=m)». El volumen III habría entonces de investigar «la conversión de la plusvalía en sus diferentes formas y diferentes partes constitutivas» (Ibid.).

Sin embargo, los problemas de salud volvieron en mayo, y después de un periodo de silencio Marx le explicó a Engels que «dos carbuncos en el escroto hubieran puesto incluso a Sila [Lucius Cornelius Sila Félix] malhumorado» (Marx a Engels, 16 de mayo 1868, Marx and Engels 1988: 35). En la segunda semana de agosto le contó a Kugelmann de su esperanza de finalizar el trabajo «a finales de septiembre» de 1869 (Marx a Ludwig Kugelmann, 10 de agosto de 1868, Marx and Engels 1988: 82). Pero el otoño trajo una nueva aparición de carbuncos, y en la primavera de 1869, cuando Marx estaba todavía trabajando en el tercer capítulo del volumen II «Las relaciones reales del proceso de circulación y del proceso de reproducción» (Marx 2008b: 340-522). Su plan de finalizarlo a más tardar en 1869 parecía realista, puesto que la segunda versión del texto que había redactado a partir de la primavera de 1868 constituía un avance, tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo. Sin embargo, ese mismo año, su enfermedad hepática empeoró y sus achaques reaparecieron con regularidad peligrosa en los años siguientes y le impidieron completar nunca el volumen II.

Había también razones teóricas para la demora. Determinado a estar al tanto de las últimas noticias en el capitalismo, entre el otoño de 1868 y la primavera de 1869 Marx compiló numerosos extractos de textos sobre finanzas y mercados de dinero que aparecieron en The Money Market Review [La revista del mercado monetario], The Economist y publicaciones similares (25). Su interés por lo que ocurría al otro lado del Atlántico seguía creciendo y lo alentaba, constantemente, a la búsqueda de noticias actualizadas. Escribió a su amigo Meyer que para él hubiera sido «sumamente precioso» que le pudiera enviar «algo antiburgués sobre la propiedad de la tierra o sobre la economía agraria en los Estados Unidos». Le explicó que «dado que en el segundo volumen [hubiera] trata[do] la renta hipotecaria o el alquiler de tierras, este material hubiera sido especialmente bienvenido para contrarestar la Armonía de los intereses de H. Carey [1793-1879]» (Marx a S. Meyer, 4 de julio de 1868, Marx and Engels 1988: 61). Más aún, en el otoño de 1869, habiéndose enterado de nueva literatura (en realidad, insignificante) sobre algunos cambios en Rusia, decidió aprender ruso para poder estudiarla por sí mismo. Persiguió este nuevo interés con su rigor habitual, y a principios de 1870 Jenny le contó a Engels que «en vez de cuidarse, [Marx había comenzado] a estudiar ruso con todas sus fuerzas, saliendo poco, comiendo con poca frecuencia, y sólo mostró el carbunco bajo su brazo cuando ya estaba muy inflamado y endurecido» (Jenny Marx a Friedrich Engels, alrededor del 17 enero de 1870, Marx and Engels 1988: 551). Engels se apresuró a escribir a su amigo, tratando de persuadirlo de que, «en el interés del volumen II», necesitaba un «cambio de vida»; de lo contrario, si había «una constante repetición de dichas suspensiones», nunca sería capaz de terminar el libro (Engels a Marx, 19 de enero de 1870, Marx and Engels 1988: 408).

La predicción dio en el blanco. Al comienzo del verano, resumiendo lo que había sucedido en los meses previos, Marx le contó a Kugelmann que su trabajo había sido «retrasado por la enfermedad a lo largo del invierno», y que había «encontrado necesario concentrase en su ruso, porque, al lidiar con la cuestión de la tierra, se había vuelto esencial estudiar las relaciones de propiedad sobre la tierra en Rusia a partir de recursos primarios» (Marx a Ludwig Kugelmann, 27 de junio de 1870, Marx and Engels 1988: 528).

Después de todas las interrupciones y de un periodo de actividad política intensa para la Internacional derivado del surgimiento de la Comuna de París, Marx se volcó al trabajo de una nueva edición del volumen I. Insatisfecho de la manera en la que había explicado la teoría del valor, dedicó diciembre de 1870 y enero de 1872 a reescribir el apéndice de 1867, y esto lo llevó a reescribir también el primer capítulo mismo. El fruto de este trabajo fue el manuscrito conocido con el título Adiciones y cambios al Libro I de El capital (1871-1872) (Marx [1872] 1987: 1-55). Con ocasión de la revisión de la edición de 1867, Marx incorpora complementos y precisiones.

Algunos de ellos se refieren a la diferencia entre capital constante y variable, el plusvalor por el uso de la maquinaria y la tecnología. Además, ajustó la estructura interna del libro. En 1867 había dividido la obra en seis capítulos, mientras que en la nueva edición estos se convirtieron en siete secciones compuestas de 25 capítulos, cada uno de los cuales comprendía subdivisiones en parágrafos mucho más detallados. La reimpresión fue publicada en 1872, con una tirada de 3.000 ejemplares.

El año 1872 fue fundamental para la difusión de El capital puesto que en abril sale la traducción al ruso, la primera de una larga serie (26). Comenzada por German Lopatin (1845-1918) y posteriormente completada por el economista Nikolaj Danielson (1844-1918), fue valorada como «excelente» (Marx a N. Danielson, 28 de mayo de 1872, Marx and Engels 1989: 385) (27) por el mismo Marx. Leßner cuenta que «el acontecimiento [considerado una] importante señal de los tiempos se convirtió en una celebración para él, su familia y sus amigos» (Leßner 1996: 138)

En mayo, en una carta dirigida a Liebknecht, Jenny von Westphalen, que había compartido con las hijas la alegría de este éxito, así como las demás reivindicaciones de Marx, dejó en evidencia, con palabras tremendamente efectivas, cuánto pesaban las diferencias de género, incluso en la batalla común por el socialismo. En ella afirmaba que, en todos los conflictos existentes:

[…] a nosotras las mujeres nos toca la parte más dura, la más mezquina. El hombre se templa en el combate contra el mundo exterior, se templa cara a cara con los enemigos, mientras nosotras -así los enemigos sean una legión- debemos estar encerradas en la casa remendando calcetines. Esto no aleja las preocupaciones y las pequeñas miserias cotidianas consumen, lenta pero inexorablemente, la fuerza y la alegría de vivir. (Jenny Marx a W. Liebknecht, 26 de mayo de 1872, Marx and Engels 1989: 580)

Durante ese año tuvo inicio la publicación de la traducción al francés de El capital. Esta, confiada a Joseph Roy (?), qua había ya traducido algunos textos de Ludwig Feuerbach (1804-1872), debía ser publicada por el editor francés Maurice Lachâtre (1814-1900) en fascículos entre 1872 y 1875. Marx se había puesto de acuerdo con ellos sobre la posibilidad de impresión de una «edición popular económica» (Marx a L. Lafargue, 18 de diciembre de 1871, Marx and Engels 1989: 283) y, en efecto, les escribe: «aplaudo su idea de publicar la traducción en pequeños fascículos periódicos. De esta forma, la obra será fácilmente accesible a la clase obrera y esta valoración es para mí más importante que cualquier otra cosa». Sin embargo, consciente de que esa elección presentaba también «un revés […] de la medalla», Marx anticipó que este método haría «tremendamente difícil la lectura del primer capítulo» y existía el temor de que el público se desanimara «por la dificultad de avanzar». Para eludir este «inconveniente», él no podía «hacer más que advertir y preparar de antemano al lector que anhela la verdad: no existe un camino único en la ciencia y solo aquellos que no huyen al esfuerzo de escalar sus senderos escarpados pueden aspirar a alcanzar sus luminosas cimas» (Marx a L. Lachatre, 18 de marzo de 1872, Marx and Engels 1989: 344).

Iniciada la traducción, Marx tuvo que emplear mucho más tiempo que el previsto en corregir los borradores. De hecho, como informó a Danielson, Roy había «traducido con frecuencia demasiado literalmente», motivo por el cual se había visto obligado a reescribir pasajes enteros para que fueran apetecibles para el público francés» (Marx a N. Danielson, 28 de mayo de 1872, Marx and Engels 1989: 385). En mayo de 1872, su hija Jenny comunicó a la familia Kugelmann que su padre se «había visto obligado a hacer numerosas correciones, reescribiendo no sólo frases enteras sino hasta páginas completas» (Jenny Marx (hija) a L. Kugelmann, 3 de mayo de 1872, Marx and Engels 1989: 578). En una actualización del mes siguiente, agregó que la traducción era «tan insatisfactoria que, lamentablemente, el Moro se había visto obligado a reescribir la mayor parte del primer capítulo» (Jenny Marx (hija) a L. y G. Kugelmann, 27 de junio de 1872, Marx and Engels 1989: 582).

Sucesivamente, también Engels le comunicó a Kugelmann que «la traducción al francés le suponía a Marx un trabajo colosal» y que con frecuencia tenía que «comenzar nuevamente desde cero» (Engels a L. Kugelmann, 1 de julio de 1873, Marx and Engels 1989: 515). Al termino de la labor, Marx comentó que la tarea le había «implicado una tal pérdida de tiempo que personalmente hubiera preferido no participar, de ningún modo, en ninguna traducción» (Marx a F. Sorge, 27 de septiembre de 1877, Marx and Engels 1991: 276)

A pesar de estar tan ocupado en la traducción del texto, durante su revisión Marx decidió agregar algunas modificaciones y rectificaciones. Estas concernían, principalmente, a la sección dedicada al «proceso de acumulación del capital», pero también se relacionaban a algunos temas específicos como la distinción que quería hacer entre los conceptos de «concentración» y «centralización» del capital. En el posdata de la edición francesa, Marx no dudó en atribuirle un «valor científico independiente del original» (Marx 1996: 24) No es fortuito que en 1877, cuando apareció la posibilidad de una versión en inglés, Marx precisó a Sorge que el traductor habría debido «necesariamente […] cotejar la segunda edición alemana con la francesa», en la cual había agregado «algunas cosas nuevas y muchas otras [las había] descrito mejor» (Marx a F. Sorge, 27 de septiembre de 1877, Marx and Engels 1991: 276).

Refiriéndose a ella y resaltando, al mismo tiempo, los aspectos positivos y negativos, en cartas dirigidas a Danielson, en noviembre de 1878, Marx escribió que esta contenía «muchas variaciones e incorporaciones importantes», pero admitía también que se había visto obligado -sobre todo en el primer capítulo- a «aplanar» la exposición (Marx a N. Danielson, 15 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 343). Fue por este motivo que sintió la necesidad de aclarar que los capítulos ‘Mercancia y dinero’ y ‘La transformación del dinero en capital’ deberían ser «traducidos siguiendo exclusivamente el texto en alemán» (Marx a N. Danielson, 28 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 346) (28).

El borrador del Libro II de El capital fue dejado en un estado lejos de definitivo y presenta numerosos problemas teóricos. Los manuscritos del Libro III son de carácter mucho más fragmentado y Marx no alcanza tampoco a realizar una actualización que fuese coherente con el progreso de sus estudios (29). Hay que tener presente también que no alcanzó a terminar una revisión del Libro I que le permitiera incorporar las modificaciones y las partes complementarias que, en sus intenciones, hubieran mejorado su magnum opus (30). De hecho, ni la traducción al francés, de 1872-75, ni la tercera edición alemana, de 1881, pueden ser consideradas la versión definitiva que hubiera querido llevar a cabo.

De todas formas, el espíritu problemático con el cual Marx escribió y reconsideró su obra, demuestra la enorme distancia que lo separa de la representación de autor dogmático, propuesta ya sea por múltiples adversarios o por muchos de sus presuntos discípulos. Incluso en su estado incompleto, aquellos que quieran valerse de categorías teóricas esenciales para comprender el modo de producción capitalista, no pueden prescindir de leer, incluso hoy, el libro primero de El capital.

La ampliación de los estudios para el Libro II de El capital.
Entre 1877 y el comienzo de 1881, Marx escribió nueve versiones de diversas partes del Libro II de El capital. En marzo de ese año, empezó a redactar un índice bastante extenso de materiales recopilados previamente (Marx 2008c: 525-548). Luego, se concentró casi exclusivamente en la primera sección: ‘Las metamorfosis del capital y su ciclo’ (Marx 2008d: 550-697), realizando una descripción más completa del fenómeno de la circulación del capital. Más tarde, a pesar de que sus precarias condiciones de salud y la necesidad de llevar a cabo numerosos chequeos médicos volviesen el trabajo muy ocasional, Marx siguió ocupándose de varios temas, incluido el último capítulo titulado ‘Acumulación y reproducción ampliada’. A este período se remonta el llamado ‘Manuscrito VIII’ del Libro II (Marx 2008e: 698-828) en donde, además de la recapitulación de textos anteriores, Marx preparó nuevos borradores que consideraba útiles para la continuación de la obra. También entendió que había cometido, y repetido por largo tiempo, un error de interpretación al considerar que las representaciones monetarias fueran apenas un velo del contenido real de las relaciones económicas (Cfr. Otani, Vasina e Vollgraf 2008: 881).

En el verano de 1877, por causa «del insomnio y el consecuente estado caótico de los nervios que había alcanzado […] un nivel inquietante» (Marx a Engels, 18 de julio de 1877, Marx and Engels 1991: 242), Marx se vio obligado a programar, por enésima vez, un período de descanso. Tras varias consideraciones, le dijo a Engels que ese año tenía la intención de ir a Neuenahr, una pequeña localidad en Renania, no muy lejos de Tréveris.

Después de pasar unos días en Neuenahr, que definió como un pequeño pueblo «completamente aislado del mundo» (Marx a M. Barry, 15 de agosto de 1877, Marx and Engels 1991: 266), los doctores confirmaron lo que Marx había sospechado antes de partir: «el […] hígado ya no mostraba ningún indicio de agrandamiento, […] el verdadero mal [era] de tipo nervioso» (Marx a Engels, 17 de agosto de 1877, Marx and Engels 1991: 268). Los médicos le aconsejaron que se trasladara durante dos semanas a la Floresta Negra, «para respirar aire de montaña y bosque a alturas elevadas» (Ibid.) (31).

Una vez de nuevo en casa, y aunque su estado de salud no hubiese mejorado mucho, Marx volvió a sumergirse en sus manuscritos. Se quejó con Sorge por el «maldito insomnio que había sufrido durante el año y que lo había vuelto enormemente perezoso para escribir», a pesar de esforzarse en «dedicar todos los momentos posibles al trabajo» (Marx a F. Sorge, 27 de septiembre de 1877, Marx and Engels 1991: 275-276). En noviembre de 1877, Marx comunicó al joven banquero de Frankfurt Sigmund Schott (1852-1910) que estaba «adelantando simultáneamente varias partes del trabajo». Le dijo que había «comenzado El capital en una secuencia inversa a la que le había presentado al público, empezando por la tercera parte, la histórica (32). La única diferencia era que el primer volumen, escrito al final, había sido inmediatamente revisado para su impresión, mientras que los otros dos habían permanecido en su forma cruda (en estado bruto), necesariamente propia de toda investigación» (Marx a Engels, 3 de noviembre de 1877, Marx and Engels 1991: 287) (33).

En este período, Marx tampoco descuidó sus estudios, centrando su atención en los bancos y el comercio. Escribió extractos de la Historia de los bancos (1874) del economista italiano Pietro Rota (1846-1875), de la Historia del comercio bizantino (1808) y de la Historia del comercio de los griegos (1839), ambos escritos por el primer rector de la Universidad de Bonn Hullmann Karl (1765-1846), y de La historia natural del comercio (1872), escrita por el jurista y estadístico John Yeats (1822-1902) (34). A finales de marzo de 1878, Marx le escribió a Schott que había encontrado «muy útil» la lectura de un libro de A. Saling (?), editor de un anuario bursátil. Marx también leyó y escribió extractos de las obras del economista ruso Illarion Ignatevich Kaufman (1848-1916), en particular de la Teoría y práctica del sistema bancario (1873-1877). De esta obra criticó el «estilo pomposo» y «[su] apología» del capitalismo, a través de la cual su autor, aunque «de forma totalmente inconsciente, llegaba a demostrar […] la correlación entre […] el actual sistema de producción y lo que el filisteo condena como ‘abuso’, ‘ilícito’, etc.» (Marx a S. Schott, 29 de marzo de 1878, Marx and Engels 1991 : 304) (35). Durante el otoño, Marx continuó con el trabajo para ampliar el conocimiento sobre estos temas, examinando, entre otras muchas publicaciones, Papel moneda, la raíz de todos los males (1872), del economista Charles A. Mann (?), y Los principios de la ciencia bancaria (1873) de Rota.

Junto con estas investigaciones, Marx volvió a leer las más recientes publicaciones y a analizar los avances económicos que llegaban de Rusia y los Estados Unidos de América. Gracias a su amigo Danielson, en abril recibió «un montón de publicaciones ‘rusas’ desde San Petersburgo» (Marx a T. Allsop, 28 de abril de 1878, Marx and Engels 1991: 307). Entre los diversos autores estaba el jurista y filósofo Nikolaevič Čičerin (1828-1904), sobre cuya mediocridad Marx escribió: «evidentemente, desconoce los rudimentos de la economía política y se imagina que, si aparecen bajo su nombre, las trivialidades de la escuela de Bastiat se convierten en verdades originales e inmediatamente convincentes» (Marx a N. Danielson, 28 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 346). Más tarde, también le encargó a Danielson que redactara para él una síntesis de la política financiera rusa de los últimos quince años y un resumen de la productividad del trabajo agrícola.

En abril de 1876, Marx le había escrito a Sorge que, con el fin de continuar con el Libro II de El capital, necesitaría «ver personalmente lo que [se había impreso], [y fuera] utilizable, sobre la agricultura estadounidense y las relaciones de propiedad de la tierra, así como sobre el crédito (pánico [financiero], dinero y todo lo que [estaba] relacionado con esto)» (Marx a F. Sorge, 4 de abril de 1876, Marx and Engels 1991: 115) Fue también por esta razón que, en agosto, le pidió al librero londinense George Rivers (?) que le enviara «los catálogos de sus libros estadounidenses y antiguos» (Marx a G. Rivers, 24 de agosto de 1878, Marx and Engels 1991: 318). Poco después de recibirlos y consultarlos, Marx observó que «el campo más interesante para los economistas se encuentra, sin duda, en los Estados Unidos […]. Las transformaciones cuya implementación [había] requerido siglos en Inglaterra [se habían] realizado allí en unos pocos años». En este sentido, le aconsejó a su amigo Danielson que examinara con especial atención, no tanto las [transformaciones] que estaban en marcha en los «Estados más antiguos sobre el Atlántico, sino [en aquellos] más recientes» (Marx a N. Danielson, 15 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 344), como Ohio y California.

Era lo que él mismo había empezado a hacer. En mayo, de hecho, estudió el Primer informe anual de la Oficina de Estadísticas Laborales del estado de Ohio de 1877. En los meses siguientes, gracias a las publicaciones que Sorge seguía enviándole desde los Estados Unidos, Marx continuó en este campo adicional de investigación, examinando el estado de Pennsylvania y Massachusetts. Es posible que, en los libros de El capital aún por escribir, quisiera exponer las dinámicas del modo de producción capitalista de manera más extensa y en una escala cada vez más global. Si el capitalismo en Inglaterra representó el campo de observación para el Libro I, los Estados Unidos habrían podido representar la continuación que le hubiera permitido ampliar su investigación. Además, es de suponer que también estuviera interesado en verificar atentamente cómo el modo de producción capitalista se desarrollaba en diferentes contextos y períodos (Cfr. Vollgraf 2018: 64-65).

Sin embargo, entre la primavera y el verano de 1878, más que la economía política, estudió geología, mineralogía y química agrícola. Desde finales de marzo hasta principios de junio, Marx compiló resúmenes de varios textos, incluidos la Historia natural de las materias primas del comercio (1872) de Yeats, el Libro de la naturaleza (1848), del químico Friedrich Schoedler (1813-1884), los Elementos de química agraria y geología (1856), del químico y minerólogo James Johnston (1796-1855). Desde junio hasta principios de septiembre, en cambio, se puso a prueba con el Manual estudiantil de geología (1857), del geólogo Joseph Jukes (1811-1869). De ese libro trajo la mayoría de sus extractos que se enfocaron sobre la metodología científica, las fases de desarrollo de la geología como disciplina y su utilidad para la producción industrial y agrícola.

Estas nuevas investigaciones de Marx surgieron de la necesidad de aumentar las nociones sobre la renta, temática que, a mediados de los años sesenta, ya había tratado en la sexta sección del Libro III de El capital, titulada «Transformación de la plusganancia en renta de la tierra». Algunos de los resúmenes de estos textos de ciencias naturales le aclararon las materias estudiadas. Otros se enfocaron en los aspectos teóricos de los temas tratados y en la intención de utilizar las nuevas adquisiciones para finalizar el Libro III. De hecho, incluso Engels, recordó que Marx se ocupó de cuestiones como «prehistoria, agronomía, condiciones de la propiedad de la tierra rusa y estadounidense, geología (…) especialmente para elaborar la sección sobre la renta agrícola del Libro III de El capital en una forma exhaustiva nunca realizada» (Engels 1990: 341).

Mientras tanto, incluso durante el verano de 1878, Marx escribió que su «estado de salud requiere con urgencia» (Marx a S. Schott, 15 de julio de 1878, Marx and Engels 1991: 312) una nueva pausa. La hija Eleanor le dijo al periodista y militante alemán Carl Hirsch (1841-1900) que Marx estaba «sufriendo mucho, [porque] últimamente [había] trabajado demasiado» y, por lo tanto, tenía que «abstenerse absolutamente del trabajo por un tiempo» (E. Marx a C. Hirsch, 8 de junio de 1878, Marx and Engels 1991: 449).

En septiembre, reanudado el trabajo, Marx (también) leyó La reforma del sistema monetario (1869) del economista alemán Adolph Samter (1824-1883). Entre las citaciones de El capital presentes en este texto, estaba la frase «el oro y la plata son por naturaleza dinero», aunque en la página original Marx hubiera escrito que ellos «no son obviamente dinero». Molesto, le comentó a Engels que «en Alemania, el arte de saber leer parece estar cada vez más en peligro de extinción entre las clases ‘cultas’» (Marx a Engels, 18 de septiembre de 1878, Marx and Engels 1991: 329).

Por el contrario, los que conocieron a Marx quedaron profundamente impresionados por su erudición e ilimitada cultura. En diciembre de 1878, un corresponsal anónimo que lo entrevistó para el Chicago Tribune dijo «estar muy sorprendido por el profundo conocimiento que tiene Marx sobre los problemas estadounidenses de los últimos veinte años» (Marx, 1989: 569). En la Entrevista con Karl Marx (1879), los dos discutieron numerosos temas. Mostrando una gran ductilidad política, Marx comenzó aclarando que «varios puntos» del programa de los socialistas alemanes «no [tenían] significado fuera de Alemania». Explicó que en «España, Rusia, Inglaterra y los Estados Unidos» el movimiento obrero «[tenía] programas propios que, según el caso, [venían] adaptados a las dificultades particulares. Su único parecido consistía en el propósito final común» que Marx, más que definir «el poder de los trabajadores», como sugirió su entrevistador, llamó «la liberación del trabajo» (Ibid.: 578). A la pregunta «qué [había] logrado el socialismo hasta entonces», Marx centró su respuesta sobre dos cuestiones principales. Primero:

los [comunistas] han demostrado que la lucha general entre capital y trabajo tiene lugar en todas partes. […] Por lo tanto, han intentado llegar a un acuerdo entre los trabajadores de diferentes países. Esto se hizo aún más necesario a medida que los capitalistas se volvieron más y más cosmopolitas y, tanto en los Estados Unidos, como en Inglaterra, Francia y Alemania, habían contratado mano de obra extranjera y la habían utilizado contra los trabajadores locales. Inmediatamente surgieron conexiones internacionales entre los trabajadores de varios países: se evidenció que el comunismo no era un asunto local sino internacional que debía llevarse a cabo con la acción internacional de los trabajadores (Ibid.: 573).

Además, Marx volvió a afirmar que «las clases trabajadoras [habían] entrado en movimiento de forma espontánea», sin filántropos burgueses o sectas revolucionarias que decidieran en su nombre qué hacer. Asimismo, los comunistas «no [habían] inventado el movimiento», aunque sí les «aclaraban a los trabajadores su carácter y objetivos» (Ibid.).

Por otra parte, el periodista estadounidense le pidió que confirmara las frases que el sacerdote Josephus Cook le atribuía (1838-1901). Para el religioso evangelista, autor de varios libros sobre las ciencias populares y el socialismo, Marx había dicho que, en 1871, época de la Comuna de París, los revolucionarios eran «como mucho tres millones», pero, en los siguientes veinte años llegarían a ser «50 o 100 millones». Entonces, ellos se habrían «levantado contra el odiado capital (y) el pasado [habría] desaparecido como una aterradora pesadilla», borrado por un «incendio popular que [habría] estallado en cien lugares» (Ibid.: 576). Marx respondió que no había pronunciado «ni una palabra» de ese texto publicado en el periódico conservador francés Le Figaro. Declaró que nunca escribía «semejantes estupideces melodramáticas» y que, si hubiera tenido que «responder a todo lo que se [había] dicho y escrito sobre él, [habría] tenido que contratar veinte secretarias». Marx estaba interesado en la crítica del capitalismo, del cual reiteró que «este sistema [era] sólo una fase histórica que desaparecerá y dará paso a un orden social más elevado» (Ibid.: 577). A diferencia de los que asocian sus ideas con la concepción de un colapso inmediato e inevitable del capitalismo, Marx se declaró, «firmemente convencido» de la posible «puesta en práctica de sus teorías», pero – consciente de las características del modo de producción observado cuidadosamente por más de 35 años – agregó: «si no en este, por lo menos en el próximo siglo» (Ibid.: 569).

A principios de 1879, Marx se encontró con el político escocés de ascendencia noble, Mountstuart Elphinstone (1829-1906) a quien le reiteró un concepto análogo. Cuando Elphinstone lo provocó afirmando: «supongamos que su revolución haya tenido lugar y haya formado su gobierno republicano; el camino todavía es largo, muy largo, antes de realizar sus ideas y las de sus amigos», Marx respondió: «sin duda, pero todos los grandes movimientos se mueven lentamente. Sería sólo un paso hacia el mejoramiento de las cosas, así como su revolución de 1688 [la segunda Revolución Inglesa] fue sólo un paso en el curso de nuestro camino» (Enzensberger 1999: 380-381).

En noviembre de 1878, cuando Danielson, traductor ruso del Libro I de El capital, estaba a la espera de novedades sobre la continuación de este, Marx le informó que el «segundo volumen» no iría a imprenta «antes de finales de 1879» (Marx a N. Danielson, 15 de noviembre de 1878, Marx and Engels 1991: 343). En abril de 1879, Marx declaró que había sido informado que, a raíz de la promulgación de las leyes antisocialistas, la continuación de El capital no podría ser publicada «mientras el régimen actual persistiera en su severidad del momento» (Marx a N. Danielson, 10 de abril de 1879, Marx and Engels 1991: 354). Consciente de que aún estaba lejos de completar la obra, Marx comentó esta noticia, de por sí perjudicial, de manera casi positiva. Para su justificación, quiso aclarar las tres razones por las que consideraba útil dedicar aún más tiempo a completar el libro que había quedado suspendido desde 1867.

Primero que todo, dijo que quería esperar hasta que la crisis industrial en Inglaterra alcanzara su punto más alto. Incluso si, como en sus expectativas, hubiera pasado como «todas aquellas que la habían precedido» y hubiera empezado un «nuevo ‘ciclo industrial’, con todas sus diferentes fases de prosperidad», su curso y su «observación detallada [resultaban] de gran importancia para un estudioso de la producción capitalista» (Ibid).

En segundo lugar, Marx declaró que «la cantidad de documentos que [había] recibido de Rusia [y …] los Estados Unidos le daba el pretexto para seguir [sus] análisis, en lugar de terminarlas con la publicación» (Ibid.: 355). Afirmó que, «en cuanto al ritmo del progreso económico, los Estados Unidos [habían] superado en gran medida a Inglaterra, aún si [seguían] todavía rezagados al tamaño de la riqueza adquirida» (Ibid.: 358). Marx estaba muy interesado en seguir el desarrollo de las sociedades anónimas y los efectos económicos de la construcción de líneas ferroviarias (36). En sus evaluaciones, «en algunos de los estados en los que el capitalismo estaba confinado en pocos puntos de la sociedad», las líneas ferroviarias habían «permitido, o incluso obligado a crear, en un corto período de tiempo, una superestructura capitalista, ampliándola en dimensiones del todo desproporcionadas respecto a la parte preponderante de la sociedad» que seguía en sus formas tradicionales de producción. En los estados donde el capitalismo estaba menos desarrollado, el ferrocarril había «acelerado la desintegración social y política». Por el contrario, en los estados más avanzados «había acelerado el desarrollo definitivo de la producción capitalista» (Ibid: 356). Además, el desarrollo de estas grandes infraestructuras no sólo había garantizado «medios de transporte [más] aptos a los medios modernos de producción, sino que [había] sentado las bases para [el surgimiento de] gigantescas sociedades anónimas, [además de] establecer un nuevo comienzo para las […] empresas bancarias» (Ibid.). El transporte ferroviario había ofrecido «un impulso, nunca antes imaginado, para la concentración del capital». Por otra parte, había permitido un «fuerte crecimiento de la actividad cosmopolita del capital variable», que, según Marx, empezaba a «envolver al mundo a través de una red de estafas financieras y mutuo endeudamiento», es decir la «forma capitalista de la hermandad internacional» (Ibid).

Estos nuevos fenómenos requerían de tiempo para ser entendidos. Por eso, en junio de 1880, Marx le reiteró a Ferdinand Nieuwenhuis (1846-1919), el principal exponente de la Liga Socialdemocrática de los Países Bajos, que, en las «circunstancias políticas actuales, la noticia que «la segunda parte de El capital […] no podía [ser] publicada en Alemania […] [le] llegaba de forma grata». De hecho, justo en ese momento, «ciertos fenómenos económicos [habían] entrado en una nueva etapa de desarrollo y exigían un nuevo análisis» (Marx a F. Nieuwenhuis, 27 de junio de 1880, Marx and Engels 1992: 16).

Finalmente, como tercera y última razón a favor de un tiempo más largo para la conclusión del Libro Segundo estaban las disposiciones del médico que le había impuesto «reducir significativamente [su] jornada laboral» (Marx a N. Danielson, 10 de abril de 1879, Marx and Engels 1991: 356).

Ya en abril de 1879, Marx le había confesado a Danielson que, debido en parte al clima político en Alemania y Austria después de la promulgación de las leyes antisocialistas, él «no había podido hacer su viaje [anual] a Karlsbad [y por eso] nunca había estado realmente bien de salud» (Ibid.: 353). Además, las condiciones de su esposa Jenny empeoraban rápidamente e, incluso durante ese verano, fue necesario proporcionarle terapias complejas y atención constante.

Sin embargo, las dos semanas en Ramsgate, cuyo «aire […] le hacía extraordinariamente bien», lo pusieron de nuevo en forma y el 10 de septiembre le dijo a Engels que se había «recuperado mucho» (Marx a Engels, 10 de septiembre de 1879, Marx and Engels 1991: 388). De esa buena noticia también fue informado Danielson a quién Marx le contó que, después de una pausa de «vida rural y [de] suspensión de todo trabajo», durante el cual «ni siquiera [honró] el alimento intelectual» que este le había enviado, se sentía mejor y planeaba «poner[se] a trabajar con energía» (Marx a N. Danielson, 19 de septiembre de 1879, Marx and Engels 1991: 409). No obstante, él era muy consciente de la tarea extraordinariamente difícil que le esperaba. Además de la necesidad de volver a revisar algunas partes de sus manuscritos para perfeccionar su escritura, también existía la necesidad, aún más urgente, de abordar algunos complicados temas teóricos aún por resolver (37).

Engels también le informó de la mejoría de la salud de Marx a Becker, a quien le dijo: «Está más en forma que el año pasado, aunque todavía no está como debería. Hace mucho tiempo la Sra. Marx sufre de trastornos digestivos […] y rara vez se siente bien. El Libro Segundo avanza despacio y no seguirá rápidamente, hasta que un verano mejor del que acaba de transcurrir no le permita a M[arx] recuperarse de verdad» (Engels a J. Becker, 19 de diciembre de 1879, Marx and Engels 1991: 432). En 1885, dos años después de la muerte de Marx, le tocó al mismo a Engels ensamblar los diversos manuscritos sin terminar y mandarlos a imprimir.

«¡La lucha!»
En el transcurso de 1880, Marx se dedicó también al estudio del Tratado de economía política (1876) de Adolph Wagner (1835-1917), profesor de economía política en la Universidad de Berlín y defensor del socialismo de Estado. Durante su lectura, como de costumbre, Marx redactó un compendio de las principales partes de dicho texto, intercalando entre ellas una serie sustanciosa de comentarios críticos. En las Notas marginales al ‘Tratado de economía política’ de Wagner (1880), Marx observó que, incluso en el tipo de sociedad ideada por quienes, con sarcasmo, fueron clasificados como socialistas de la cátedra alemana, las contradicciones fundamentales del capitalismo se mantenían prácticamente inalteradas. Escribió, en efecto, que «donde el Estado es en sí mismo un productor capitalista, como en el caso de la explotación de yacimientos minerales, bosques, etc., su producto es ‘mercancía’ y posee, por lo tanto, el mismo carácter específico que cualquier otra mercancía» (Marx 1975: 200).

En sus anotaciones, Marx fijó su atención también en otras temáticas. Uno de sus intentos fue demostrar que Wagner no había comprendido la distinción entre valor y valor de cambio. Como consecuencia, no fue capaz de distinguir la teoría de Marx de la de David Ricardo (1772-1823) que se había «ocupado exclusivamente del trabajo como medida de la magnitud del valor» (Ibid.: 184). Según Wagner, el valor de uso y el valor de cambio se debían «deducir […] del concepto de valor» (Ibid.: 197); para Marx, por el contrario, debían ser examinados «a partir de un objeto concreto: la mercancía» (Marx 1975: 198).

A Wagner, que había afirmado que la teoría del valor de Marx era «la piedra angular de su sistema socialista» (38), Marx le contestó que en lugar de «adosarle […] demostraciones relacionadas con el futuro», debería haber presentado pruebas de lo que afirmaba sólo como principio teórico. Wagner había escrito erróneamente que «no [había] existido ningún proceso social de producción en las numerosas comunidades que [habían] precedido la aparición del capitalista privado». Marx lo desmintió mencionando los casos de la «antigua comunidad india, [y de] la comunidad familiar de los eslavos del sur» (Marx 1975: 185). También señaló que, «en las comunidades primitivas, donde los medios de subsistencia se producen de manera colectiva y se distribuyen entre los miembros de la comunidad, el producto común responde directamente a las necesidades vitales de cada miembro de la comunidad, de cada productor». En este caso, «el carácter social del producto, del valor de uso, es inherente a su carácter comunitario (común)» (Ibid.:199).

Marx también dirigió su atención a otras tesis de Wagner, quien había afirmado que «el beneficio capitalista [era] […] un elemento constitutivo del valor y no, como en la concepción socialista, sólo un gravamen impuesto al trabajador o un robo contra él». Sin embargo, Marx reiteró que él había demostrado que el capitalista «no se limita[ba] a ‘tomar’ o ‘robar’, sino que, por el contrario, imponía la producción de plusvalor». Era un mecanismo diferente, en el cual, cuando el capitalista «le paga al trabajador el valor real de su fuerza de trabajo, gana plusvalía». No obstante, en «este tipo de producción», esto constituía un «derecho», una no violación del intercambio de bienes y no significaba, como sostenía Wagner, que el «beneficio del capital [fuera] el elemento ‘constituyente’ del valor» (39).

Además, Marx transcribió otra declaración paradójica de Wagner en la que argumentaba que «Aristóteles erró al considerar no transitoria la economía esclavista», pero que Marx proponía una tesis errónea al «considerar transitoria» (Marx 1975: 185) la economía capitalista. Para el economista de Baviera, «la organización económica de hoy, [así como] su base legal […], es decir, la propiedad privada […] de la tierra y el capital», constituían una «institución esencialmente inmutable» (40).

Para Marx, por el contrario, representaba un modo de producción propio de un determinado período histórico y, por lo tanto, hubiera podido ser reemplazado por una forma radicalmente distinta de organización económica y política: una sociedad sin clases. Antes del verano, y después de otro año extremadamente difícil a causa de enfermedades y problemas familiares, Marx fue forzado por los doctores «a abstenerse, con urgencia, de cualquier trabajo». Además, las condiciones de salud de su esposa se habían «agravado repentinamente», hasta el punto de predecir «un desenlace fatal» (Marx a F. Nieuwenhuis, 27 de junio de 1880, Marx and Engels 1992: 30). Lo que Marx le había descrito a Sorge como una «grave enfermedad hepática» (Marx a F. Sorge, 30 de agosto de 1880 Marx and Engels 1992: 24) era, en realidad, un cáncer. Debido a las circunstancias, no era posible pensar en ningún viaje para un tratamiento en el extranjero, así que en agosto de 1880 toda la familia Marx, con excepción de Eleanor, regresó, durante casi mes y medio, a Ramsgate, donde alquilaron una cabaña. Después de dos semanas, Engels se unió a ellos. Marx le dijo a Danielson que, a parte el cuidado que se le debía dar a Jenny von Westphalen, el médico le había ordenado «curar [sus] nervios ‘haciendo nada’» (Marx a N. Danielson, 12 de septiembre de 1880, Marx and Engels 1992: 30).

Durante este período, el periodista liberal estadounidense John Swinton (1829-1901) se encontró personalmente con Marx y escribió un intenso perfil. En la entrevista, publicada el 6 de septiembre de 1880 en la portada de The Sun, Swinton lo presentó a los lectores norteamericanos como «uno de los hombres más extraordinarios de la época, que [había] jugado un papel inescrutable, y sin embargo poderoso, en la política revolucionaria de los últimos cuarenta años». De Marx escribió: «No tiene prisa y no conoce el reposo. Es un hombre con una mente poderosa […] siempre involucrado en proyectos ambiciosos […] y objetivos prácticos. Fue y sigue siendo el inspirador de muchos de los terremotos que han trastornado naciones y derribado tronos» (Swinton 1989: 583). Después de entrevistarlo, el periodista neoyorquino se convenció de que estaba en presencia de un hombre capaz de «analizar el mundo europeo país por país, destacando sus peculiaridades, desarrollos y personalidades, tanto las que actúan en la superficie, como aquellas que operan por debajo de ella» (Swinton 1989: 584).

Después de pasar un día completo con Marx, el periodista fue profundamente sorprendido por la vastedad de su conocimiento. Por la noche, pensando en «las incertidumbres y los tormentos del presente y el pasado», todavía conmocionado por el poder de las palabras escuchadas y «sumergiéndose en su profundidad», Swinton decidió preguntarle al gran hombre que tenía al frente por «la ley suprema del ser». Aprovechando un momento de silencio, «interrumpió al revolucionario y filósofo con esta fatídica pregunta: ‘¿Cuál es?’». Por un momento, tuvo la sensación de que la mente de Marx «estuviera divagando sobre sí misma […], mientras escuchaba el rugido del mar y observaba a la multitud inquieta en la playa. ‘¿Cuál es [la ley]?’ – le había preguntado. [Marx] respondió, con un tono profundo y solemne: ‘¡La lucha!’» (Ibid.: 585).

Referencias
1. Estos cuadernos abarcan un total de 1472 cuartillas. Ver el ‘Prólogo’ a la primera edición alemana del volumen II de El capital de Marx (Engels 2017 [1885]: 8).
2. También previamente, en los Grundrisse.
3. Se publicó en 1973, en un volumen suplementario (vol. 47) de la Marx-Engels Sochinenya [Obras completas]. La edición original alemana apareció solo en 1976 en MEGA2 vol. II/3.1.
4. Entre 1905 y 1910, Kautsky público los manuscritos en cuestión en una forma que se desviaba un poco de los originales.
5. Habría de seguir a: 1) la transformación del dinero en capital; 2) la plusvalía absoluta; 3) la plusvalía relativa; y 4) una sección (que nunca escribió) de cómo estas tres habían de ser consideradas en combinación.
6. Estos cuadernos hacen parte de Teorías de la plusvalía, vol. II.
7. Esto corresponde a los últimos cuadernos que hacen parte de Teorías de la plusvalía, vol. III.
8. Ver el índice de los Grundrisse, escrito en junio de 1858 e incluido en el Cuaderno M (el mismo de la ‘Introducción de 1857’), así como el borrador de índice para el tercer capítulo, escrito en 1860: Marx, ‘Borrador del plan del capítulo sobre el capital’, en Marx (1987: 511-517).
9. Esta afirmación parece indicar que Marx se dio cuenta de lo difícil que sería completar su proyecto original en seis libros. Ver (Heinrich 2009: 80).
10. El primer capítulo ya había sido esbozado en el Cuaderno XVI de los manuscritos económicos de 1861-63. Marx preparó un esquema del segundo en el Cuaderno XVIII.
11. Médico alemán que ejercía la profesión en Manchester. Era el médico personal de Friedrich Engels y también su amigo. [NT]
12. Ver las más de sesenta páginas contenidas en IISH [International Institute of Social History], Marx-Engels Papers, B 98. Sobre la base de esta investigación, Marx inició uno de sus muchos proyectos inacabados. Ver (Marx 1961).
13. IISH, Marx-Engels Papers, B 93, B 100, B 101, B 102, B 103, B 104 incluyen unas 535 páginas de notas. Se les debe añadir a éstas los tres cuadernos RGASPI f.1, d. 1397, d. 1691, d. 5583. Marx usó algo de este material para la compilación de los Cuadernos XXII y XXIII.
14. Ver Michael Heinrich (2011: 176-179), que argumenta que los manuscritos de este periodo deben tomarse, no como la tercera versión del trabajo que comenzó con los Grundrisse, sino como el primer borrador de El capital.
15. ‘No. 1.’: se refiere a la Contribución a la crítica de la economía política de 1859.
16. En años recientes, investigaciones en dermatología han revisado la discusión en torno a las causas de la enfermedad de Marx. Sam Shuster sugirió que sufría de hidradenitis supurativa (‘The nature and consequence of Karl Marx’s skin disease’, en British Journal of Dermatology, vol. 158 (2008), no. 1, pp. 1-3), mientras que Rudolf Happle y Arne Koenig aseguraron, aún menos plausiblemente (‘A lesson to be learned from Karl Marx: smoking triggers hidradenitis suppurativa’, British Journal of Dermatology, vol. 159 (2008) no. 1, pp. 255-6) que el culpable era su fuerte costumbre de fumar cigarros. Para la respuesta de Shuster a esta sugerencia, ver ibid., p. 256.
17. En términos editoriales una signature correspondía a 16 páginas, cincuenta signatures eran equivalentes a 800 páginas impresas.
18. Publicado en 1898 por Eleanor Marx, como Value, Price and Profit. Este título, comúnmente utilizado, fue la base de la traducción alemana que apareció el mismo año en Die Neue Zeit.
19. Druckbogen es el término alemán para signature, 60 es el equivalente a 960 páginas. Más adelante, Meißner indicó su disposición a modificar el contrato con Marx: ver (Marx a Engels, 13 de abril de 1867, Marx and Engels 1987: 357).
20. Engels siguió esta división al publicar El capital, Libro III, en 1894. Ver (Vollgraf, Jungnickel y Naron 2002: 35-78). Ver también los más recientes: (Vollgraf 2012a: 113-133); y (Roth 2012: 168-82). Para un estudio crítico de la edición de Engels, ver (Heinrich 1996-1997: 452-466) Un punto de vista diferente se encuentra en: (Krätke 2017) especialmente el capítulo final: ‘Gibt es ein Marx-Engels-Problem?’[‘¿Hay un problema Marx-Engels?’].
21. Marx incluyó luego la sección sobre la renta del suelo (básica) en la parte seis del Libro III: ‘La transformación de la plusvalía en ganancia’.
22. Canción popular tradicional inglesa Miller of the Dee.
23. Los más recientes estudios filológicos han demostrado que, contrario a lo que siempre se ha creído, el manuscrito original del Libro I -que se remonta al período 1863-64 y sobre el cual se ha sostenido por mucho tiempo que el único fragmento conservado es el ‘Capítulo IV inédito’- fue, de hecho, recortado y trasladado por Marx durante la preparación de la copia que sería mandada a la imprenta. Vease Vollgraf (2012b: 464-467).
24. Estos manuscritos han sido publicados recientemente en 2012 en Karl Marx, Ökonomische Manuskripte 1863-1868, en MEGA2, vol. II/4.3, pp. 78-234, y pp. 285-363. La última parte constituye el Manuscrito IV del volumen II y contiene nuevas versiones de la Parte 1, ‘La circulación del capital’, y la Parte 2, ‘Las metamorfosis del capital’.
25. Todavía sin publicar, estas notas están incluidas en los cuadernos IISH, Marx-Engels Papers, B 108, B 109, B 113 y B 114.
26. Ver en próxima aparición de M. Musto y B. Amini (eds.), The Routledge Handbook of Marx’s ‘Capital’: A Global History of Translation, Dissemination and Reception, London – New York, Routledge, 2019
27. Para más información al respecto véase (Uroeva 1974: 94 ss.).
28. Para un listado de las incorporaciones y modificaciones contenidas en la traducción al francés que no fueron incluídas en la tercera ni en la cuarta edición alemana -a saber, la versión canónica de El capital a partir de la cual fue traducida la versión italiana principal- véase Marx (1991: 732-783). Para una comparación sobre el mérito de esta edición véase Anderson (1985: 71-80) y D’Hondt (1985: 131-137).
29. La labor editorial desarrollada por Engels después de la muerte de su amigo, para mandar a imprenta las partes de El capital que este no alcanzó a completar, fue tremendamente compleja. Los varios manuscritos, borradores y fragmentos de los Libros II y III, escritos entre 1864 y 1881, corresponden, en los volúmenses de la MEGA, a alrededor de 2.350 páginas. Engels tuvo éxito en mandar a la imprenta el Libro II en 1885 y el Libro III en 1894, pero hay que tener presente que estos dos volúmenes fueron reconstruidos sobre la base de textos incompletos, con frecuencia desiguales y, además, al ser escritos en diferentes períodos, las opiniones de Marx resultan deformadas.
30. Ver, por ejemplo, la carta de Marx a N. Danielson del 13 de diciembre de 1881, en la cual afirmó: «Primero tengo que sanar y luego terminar el segundo volumen […]. Acompañaré a mi editor para hacer [en] la tercera edición las menores correcciones y adiciones posibles. […] una vez que estas 1.000 copias de la tercera edición hayan sido vendidas podré revisar el texto como lo hubiera hecho ahora si las circunstancias hubieran sido diferentes» (Marx and Engels 1992: 161)
31. Marx, Jenny y Eleanor se quedaron en este lugar del 4 al 20 de septiembre, pero no se recibieron cartas relativas a este período.
32. Se refiere a la teoría del plusvalor.
33. Con las palabras «tercera parte», Marx se refería a los estudios sobre la historia de las teorías económicas que empezó a principios de los años sesenta. La segunda se refería, por el contrario, a aquellos que Engels publicó luego como el Libros II y III de El capital. Véase la carta de Marx a L. Kugelmann,13 de octubre de 1866 (Marx and Engels 1987: 328). Sin embargo, hay que notar que en su carta a Schott, Marx proporcionó una representación del estado de sus manuscritos que no correspondía a la realidad. Carl-Erich Vollgraf declaró correctamente que partes sustanciales de las Teorías sobre la plusvalía aún no contenían «su interpretación elaborada de forma completa». Además, muchas páginas de este texto eran «no bien pensadas [y] pedantes» (Vollgraf 2018: 62).
34. Estos extractos se encuentran sobretodo en IISG, Marx-Engels Papers, B 129 e B 138.)
35. Cfr. IISG, Marx-Engels Papers, B 140, B 141 e B 146. Sobre los juicios de Marx sobre Kaufman cfr., tambien la carta a N. Danielson (Marx a N. Danielson, 10 de abril de 1879, Marx and Engels 1991: 358).
36. En este sentido, ver Musto (2016: 41-42)
37. Según M. Heinrich Marx entendió que, «con respecto a las teorías del crédito y la crisis, ya no era posible ignorar el rol del Estado, en particular de los bancos nacionales y el crédito público. De la misma manera, no era posible ignorar el rol del comercio internacional, de las tasas de cambio y los flujos de crédito internacional». Además, Marx se convenció de que, dado los enormes progresos registrados en los últimos años, su conocimiento de las «cuestiones tecnológicas» – que habían sido la base del Primer Libro de El capital – ya no era suficiente (Heinrich 2016:132).
38. A. Wagner, Lehrbuch der politischen Ökonomie [Tratado de economía política], Winter, Leipzig 1879, p. 45.
39. A. Wagner, Lehrbuch der politischen Ökonomie cit., pp. 45-6.
40. A. Wagner, Lehrbuch der politischen Ökonomie cit., p. 105.

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Introducción

1858-1953: Cien años de soledad
Habiendo abandonado los Grundrisse en mayo de 1858 para hacerle campo al trabajo en la Contribución a la crítica de la economía política, Marx utilizó partes de ellos en la composición de este último texto; pero luego casi nunca volvió a tomar nada de dichos manuscritos. De hecho, aunque era costumbre suya invocar sus propios estudios previos, e inclusive transcribir pasajes enteros de ellos, ninguno de los manuscritos preparatorios para El capital, con excepción de aquellos de 1861-1863, contiene referencia alguna a los Grundrisse. Permanecieron en medio de todos los demás borradores que él no tenía intención de utilizar por cuanto quedó cada vez más absorto en la resolución de problemas más específicos que aquellos que había tratado en los manuscritos.

No puede existir certeza acerca de este asunto, pero es probable que ni siquiera Friedrich Engels haya leído los Grundrisse. Como es bien sabido, Marx solamente logró completar el primer volumen de El capital para cuando falleció y los manuscritos inconclusos destinados a los volumenes segundo y tercero fueron seleccionados y ensamblados por Engels para su publicación. En el transcurso de aquella actividad, él debe haber examinado docenas de cuadernos que contenían esbozos preliminares de El capital, y es plausible suponer que, cuando estaba colocando algún orden en las montañas de papeles, haya hojeado los Grundrisse y concluído que se trataba de una versión prematura del trabajo de su amigo –anterior inclusive a la Contribución a la economía política de 1859– y que por consiguiente no podía ser utilizada para sus propósitos. Adicionalmente, Engels nunca mencionó los Grundrisse, ni en sus prefacios a los dos volumenes de El capital cuya impresión él supervisó personalmente, ni en ninguna de las cartas de su vasta correspondencia.

Después de la muerte de Engels, una gran parte de los textos originales de Marx fue depositada en el archivo del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en Berlín, en donde fueron tratados con la negligencia más absoluta. Los conflictos políticos en el interior del partido obstaculizaron la publicación del abundante material de importancia que Marx había dejado tras de sí; en realidad dichos conflictos condujeron a la disperción de los manuscritos y por largo tiempo hicieron imposible producir una edición completa de sus obras. Tampoco asumió nadie la responsabilidad de efectuar un inventario del legado intelectual de Marx, con el resultado de que los Grundrisse permanecieron enterrados junto con sus demás papeles.

La única parte de ellos que vio la luz durante este período fue la ‘Introducción’, que fue publicada por Karl Kautsky en 1903 en Die Neue Zeit [El nuevo tiempo], junto con una breve nota que la presentaba como un ‘borrador fragmentario’ fechado el 23 de agosto de 1857. Argumentando que se trataba de la introducción a la magna obra de Marx, Kautsky le dio el título Einleitung zu einer Kritik der politischen Ökonomie [Introducción a una crítica de la economía política] y sostuvo que ‘a pesar de su carácter fragmentario’ ella ‘ofrecía un gran número de nuevos puntos de vista’ (Marx 1903: 710 n. 1). En verdad el texto recibió considerable interés: las primeras versiones en otros idiomas fueron en francés (1903) y en inglés (1904), y pronto la obra se hizo aún más ampliamente conocida después de que Kautsky la publicara en 1907 como un apéndice a la Contribución a la crítica de la economía política. Siguieron más y más traducciones –incluyendo hacia el ruso (1922), el japonés (1926), el griego (1927) y el chino (1930) – hasta que se convirtió en una de las obras más comentadas de toda la producción teórica de Marx.

En tanto que la fortuna le sonreía a la ‘Introducción’, sin embargo, los Grundrisse permanecieron desconocidos por largo tiempo. Es difícil creer que Kautsky no hubiese descubierto la totalidad del manuscrito junto con la ‘Introducción’, pero él nunca mencionó nada al respecto. Un poco más tarde, cuando él decidió publicar algunos escritos previamente desconocidos de Marx entre 1905 y 1910, se concentró en una colección de materiales del período 1861-1863, a la cual le dio el título Teorías de la plusvalía.

El descubrimiento de los Grundrisse ocurrió en 1923, gracias a David Ryazanov, director del Instituo Marx-Engels (MEI) de Moscú y organizador de la Marx Engels Gesamtausgabe (MEGA), las obras completas de Marx y Engels. Luego de examinar el Nachlass en Berlín reveló la existencia de los Grundrisse en un informe dirigido a la Academia Socialista de Moscú acerca del legado literario de Marx y Engels:

Entre los papeles de Marx encontré otros ocho cuadernos de estudios económicos.

[…] El manuscrito puede fecharse a mediados de los años 1850 y contiene el primer borrador de la obra de Marx [El capital], cuyo título él aún no había fijado en aquel tiempo; [también] representa la primera versión de su Contribución a la crítica de la economía política (Ryazanov, 1925: 393-4).

‘En uno de aquellos cuadernos’, continúa diciendo Ryazanov, ‘Kaustky encontró la ‘Introducción’ a la Contribución a la crítica de la economía política’ – y considera los manuscritos preparatorios a El capital como elementos de ‘extraordinario interés por aquello que nos dicen acerca de la historia del desarrollo intelectual de Marx y de su método característico de trabajo e investigación’ (Ryazanov 1925: 394).

Bajo los términos de un acuerdo de publicación de la MEGA celebrado entre el MEI, el Instituto para la Investigación Social de Frankfurt y el SPD (el cual aún tenía la custodia del Marx y Engels Nachlass), los Grundrisse fueron fotografiados junto con muchos otros escritos sin publicar y comenzaron a ser estudiados por especialistas en Moscú. Entre 1925 y 1927 Pavel Veller del MEI catalogó todos los materiales preparatorios para El capital, el primero de los cuales fueron los propios Grundrisse. Para 1931 ya habían sido decifrados completamente y transcritos a máquina, y en 1933 una parte de ellos fue publicado en ruso como el ‘Capítulo sobre el dinero’, seguido dos años más tarde por una edición en alemán. Finalmente, en 1936, el Instituto Marx-Engels-Lenin (MELI, sucesor del MEI) adquirió seis de los ocho cuadernos de los Grundrisse, los cuales hicieron posible resolver los problemas editoriales restantes.

Por consiguiente, en 1939, el último manuscrito importante de Marx – un extenso trabajo perteneciente a uno de los períodos más fecundos de su vida – apareció en Moscú bajo el título que le había dado Veller: Grundrisse der Kritik der potilischen Ökonomie (Rohentwurf) 1857-1858. Dos años más tarde siguió un apéndice (Anhang) que incluía los comentarios de Marx de 1850-1851 acerca de los Principles of Political Economy and Taxation de Ricardo, sus notas sobre Bastiat y Carey, su propia tabla de contenidos para los Grundrisse, y el material preparatorio (Urtext) para la versión de 1859 de la Contribución a la crítica de la economía política. El prefacio de MELI a la edición de 1939 enfatizaba su excepcional valor: ‘el manuscrito de 1857-1858, publicado en su integralidad por primera vez en el presente volumen, marcó una etapa decisiva en la obra de Marx acerca de la economía’ (Instituto Marx-Engels-Lenin 1939: VII).

Aunque las directrices editoriales y la forma de publicación fueron similares, los Grundrisse no fueron incluídos en los volumenes de la MEGA sino que aparecieron en una edición separada. Más aún, la proximidad de la Segunda Guerra Mundial condujo a que la obra permaneciera virtualmente desconocida: los tres mil ejemplares se hicieron pronto muy escasos, y tan sólo unos pocos lograron cruzar las fronteras soviéticas. Los Grundrisse no aparecieron en las Sochineniya de 1928-1947, la primera edición rusa de las obras de Marx y Engels, y su primera reimpresión en alemán tuvo que esperar hasta 1953. Aunque es sorprendente que un texto tal como los Grundrisse fuese siquiera publicado durante el período de Stalin, con lo hereje que seguramente era respecto a los entonces indiscutibles cánones de diamat, el ‘materialismo dialéctico’ de estilo soviético, también deberíamos tener presente que se trataba en aquel entonces del más importante de los escritos de Marx que no circulaban en Alemania. Su eventual publicación en Berlín Oriental en treinta mil ejemplares constituyó parte de las celebraciones que marcaron el Karl Marx Jahr, el septuagésimo aniversario de la muerte de su autor y el 150avo de su nacimiento.

Escritos en 1857-1858, los Grundrisse sólo estuvieron disponibles para la lectura en todo el mundo a partir de 1953, luego de cien años de soledad.

500.000 circulando en el mundo
A pesar de la resonancia que tiene este importante nuevo manuscrito anterior a El capital, y a pesar del valor teórico que se le atribuye, las ediciones en otros idiomas aparecieron con lentitud. Otro extracto, después de la ‘Introducción’, fue el primero en generar interés: las ‘Formas que preceden a la producción capitalista’. Fue traducido al ruso en 1939, y luego del ruso al japonés en 1947-1948. Subsecuentemente, la edición separada en alemán de esta sección y una traducción al inglés ayudaron a asegurarle un amplio público lector: la primera, que apareció en 1952 como parte de la Kleine Bücherei des Marxismus-Leninismus [Pequeña Biblioteca del Marxismo-Leninismo], fue la base de las versiones húngara e italiana (1953 y 1954 respectivamente); en tanto que la última, publicada en 1964, ayudó a divulgarlo en los países de habla inglesa y, a través de traducciones en Argentina (1966) y España (1967), en el mundo de habla hispana.

El editor de esta edición inglesa, Eric Hobsbawm, añadió un prefacio que contribuyó a subrayar su importancia: Formaciones económicas pre-capitalistas, escribió, fue el ‘intento más sistemático’ por parte de Marx ‘de acometer el problema de la evolución histórica’, y ‘puede decirse sin vacilación que cualquier discusión histórica marxsista que no [lo] tenga en cuenta…debe ser resconsiderada a su luz’ (Hobsbawm 1964: 10). Más y más estudiosos alrededor del mundo comenzaron en verdad a ocuparse con este texto, el cual apareció en muchos otros países y suscitó por doquier importantes discusiones históricas y teóricas.

Las traducciones de los Grundrisse tomados en su conjunto comenzó a finales de la década de 1950. Su difusión constituyó un proceso lento aunque inexorable, el cual con el tiempo permitió una apreciación más completa de la obra de Marx y, en algunos aspectos, diferente. Los mejores intérpretes de los Grundrisse acometieron su lectura en el original, pero su estudio más amplio – entre estudiosos que no podían leer alemán y, por sobre todo, entre militantes políticos y estudiantes universitarios – sólo tuvo lugar después de su publicación en varios idiomas nacionales.

Los primeros en aparecer lo hicieron en Oriente: en Japón (1958-1965) y en China (1962-1978). Una edición rusa circuló en la Unión Soviética tan sólo en 1968-1969, como suplemento a la segunda edición aumentada de los Sochineniya (1955-1966). Su exclusión previa de ellas resultaba tanto más seria por cuanto había conducido a una ausencia similar de las Marx-Engels Werke (MEW) de 1956-1968, la cual reprodujo la selección de textos soviética. La MEW – la edición más ampliamente utilizada de las obras de Marx y Engels, así como la fuente de traducciones hacia la mayoría de los demás idiomas – se vio así privada de los Grundrisse hasta su eventual publicación bajo la forma de suplemento en 1983.

Los Grundrisse también comenzaron a circular en Europa Occidental a finales de la década de 1960. La primera traducción apareció en Francia (1967-1968), pero era de calidad inferior y tuvo que ser reemplazada por una más fidedigna en 1980. Una versión italiana vino luego entre 1968 y 1970, gracias a una iniciativa que, de manera significativa, provenía al igual que en Francia de una editorial independiente del Partido Comunista.

El texto fue publicado en español en la década de 1970. Si se excluye la versión de 1970-1971 publicada en Cuba, que fue de poco valor por cuanto se elaboró a partir de la versión francesa, y cuya circulación permaneció confinada a los límites de aquel país, la primera traducción española apropiada fue realizada en Argentina entre 1971 y 1976. Luego siguieron otras tres realizadas conjuntamente en España, Argentina y México, convirtiendo al Español en el idioma con el mayor número de traducciones de los Grundrisse.

La traducción inglesa fue precedida en 1971 por una selección de extractos, cuyo editor, David McLellan, aumentó las expectativas de los lectores hacia el texto: ‘los Grundrisse son mucho más que un borrador de El capital’ (McLellan 1971: 2); en verdad, más que cualquier otra obra, ‘contiene una síntesis de los diferentes hilos del pensamiento de Marx. … En cierto sentido, ninguna de las obras de Marx está completa, pero la más completa de ellas son los Grundrisse’ (McLellan 1971: 14-15). La traducción completa llegó finalmente en 1973, veinte años completos después de la edición original en alemán. Su traductor, Martin Nicolaus, escribió en un prefacio:

Aparte de su gran valor biográfico e histórico, ellos [los Grundrisse] añaden abundante material nuevo, y se yerguen como el único esbozo del proyecto completo político y económico de Marx… Los Grundrisse desafían y ponen a prueba toda interpretación seria de Marx concebida hasta el presente.
(Nicolaus, 1973: 7)

La década de 1970 también fue crucial para las traducciones en Europa Oriental. Eso se debió a que, tan pronto se le dio luz verde en la Unión Soviética, no quedó ningún obstáculo para su aparición en los países ‘satélites’: Hungría (1972), Checoeslovaquia (1971-1977 en Checo, 1974-1975 en Eslovaco) y Rumanía (1972-1974), así como en Yugoeslavia (1979). Durante aquel mismo período, dos ediciones danesas contrastantes fueron puestas en venta más o menos simultáneamente: una por parte de la casa editorial vínculada al Partido Comunista (1974-1978), la otra por un editor cercano a la Nueva Izquierda (1975-1977).

En la década de 1980, los Grundrisse también fueron traducidos en Irán (1985-1987), en donde constituyó la primera edición rigurosa de alguna extensión de las obras de Marx en farsi, y en una serie de países europeos adicionales. La edición eslovena data de 1985, y la polaca y la finlandesa de 1986 (esta última realizada con apoyo soviético).

Con la disolución de la Unión Soviética y el final de aquello que fue conocido como ‘socialismo actualemente existente’, el cual en realidad había sido una negación flagrante del pensamiento de Marx, se produjo un adormecimiento en la publicación de los escritos de Marx. No obstante, inclusive en los años en los cuales el silencio que rodeó a su autor tan sólo fue roto por las personas que lo consignaban con certeza absoluta al olvido, los Grundrisse continuaron a ser traducidos a otros idiomas. Las ediciones en Grecia (1989-1992), Turquía (1999-2003), Corea del Sur (2000) y Brasil (programada para 2008) convierten a la obra de Marx en la obra con mayor número de traducciones en las dos últimas décadas.

Con todo, los Grundrisse habían sido traducidos en su integralidad en 22 idiomas entre un total de 32 versiones diferentes. Si no se incluyen ediciones parciales, habrá sido impreso en mas de quinientos mil ejemplares una figura que sorprendería grandemente al hombre que la escribió tan sólo para resumir, en medio del mayor de los apuros, los estudios económicos que el había emprendido hasta la fecha.

Lectores e intérpretes
La historia de la recepción de los Grundrisse, así como de su difusión, está marcada por un punto de partida bastante tardío. A parte de los intríngulis asociados con su redescubrimiento, la razón determinante de esto ciertamente se encuentra en la complejidad del manuscrito mismo por su carácter fragmentario y toscamente esbozado, tan difícil de interpretar y verter a otros idiomas. En relación con esto, el reconocido estudioso Roman Rosdolsky observó:

En 1948, cuando por primera vez tuve la buena fortuna de ver una de las que entonces eran muy escasas copias… Quedó claro desde un principio que esta era una obra de fundamental importancia para la teoría marxsista. Sin embargo, su forma inusual y en alguna medida su oscura manera de expresión la hacía muy poco adecuada para alcanzar un amplio círculo de lectores.
(Rosdolsky 1977: xi)

Estas consideraciones llevaron a Rosdolsky a intentar una clara exposición y examen crítico del texto: el resultado fue su Zur Entstehungsgeschichte des Marxschen ‘Kapital’. Der Rohentwurf des ‘Kapital’ 1857-58 [Génesis y estructura de ‘El capital’ de Marx], que apareció en alemán en 1968 y que es la primera y la principal monografía dedicada a los Grundrisse. Traducida a numerosos idiomas, estimuló la publicación y circulación de la obra de Marx y ha tenido una considerable influencia en todos sus intérpretes subsiguientes.

El año 1968 fue significativo para los Grundrisse. Además del libro de Rosdolsky, el primer ensayo acerca de él en inglés apareció en el número de marzo-abril de la New Left Review: el ‘Marx desconocido’ de Martin Nicolaus, el cual tuvo el mérito de dar a conocer los Grundrisse más ampliamente y de resaltar la necesidad de una traducción completa. Mientras tanto en Alemania e Italia, los Grundrisse ganaron a algunos de los principales actores de la revuelta estudiantil, que se entusiasmaron con el contenido radical y explosivo a medida que avanzaron por sus páginas. La fascinación era irresistible especialmente entre los miembros de la Nueva Izquierda que se habían propuesto destronar la interpretación de Marx suministrada por el marxismo-leninismo.

Por otra parte, los tiempos también cambiaban en el Oriente. Luego de un período inicial en el cual los Grundrisse fueron casi completamente ignorados, o tratados con modestia el estudio introductorio de Vitali Vygodski – Istoriya odnogo velikogo otkrytiya Karla Marksa [La historia de un gran descubrimiento: cómo escribió Marx ‘El capital’], publicada en Rusia en 1965 y en la República Democrática Alemana en 1967 – tomó un enfoque radicalmente diferente. Lo definió como un «trabajo de genio» el cual ‘nos lleva dentro del «laboratorio creativo de Marx» y nos permite seguir paso por paso el proceso mediante el cual Marx elaboró su teoría económica’, y al cual era por lo consiguiente necesario prestarle debida atención (Vygodski 1974: 44).

En un plazo de pocos años, los Grundrisse se convirtieron en un texto clave de muchos marxistas influyentes. A parte de aquellos que ya se mencionaron, los estudiosos que se dedicaron especialmente con él fueron: Walter Tuchscheerer en la República Democrática Alemana, Alfred Schmidt en la República Federal Alemana, miembros de la Escuela Busdapest en Hungría, Lucien Sève en Francia, Kiyoaki Hirata en Japon, Gajo Petrović en Yugoslavia, Antonio Negri en Italia, Adam Schaff en Polonia y Allen Oakley en Australia. En general, se convirtió en una obra con la cual tenía que enfrentarse cualquier estudioso serio de Marx. Con numerosos matices, los intérpretes de los Grundrisse se dividieron entre aquellos que consideraban que se trataba de una obra autónoma conceptualmente completa en sí misma, y quienes veían en ella un manuscrito temprano que simplemente preparaba el terreno para ‘El capital’. El transfondo ideológico de las discusiones acerca de los Grundrisse – el núcleo de la disputa era la legitimidad o ilegitimidad de los caminos de aproximación a Marx, con sus enormes repercusiones políticas – favorecían el desarrollo de interpretaciones inadecuadas y de lo que hoy parecería intepretaciones risibles. Algunos de los más celosos comentaristas de los Grundrisse inclusive argumentaron que eran superiores teoricamente a ‘El capital’ a pesar de los diez años adicionales de intensa investigación que se fueron en la composición de este último. De manera similar, entre los principales detractores de los Grundrisse, hubo algunos que afirmaron que, a pesar de las importantes secciones que ayudaron a nuestra comprensión de la relación de Marx con Hegel y a pesar de los significativos pasajes sobre la alienación, dicha obra no añadía nada a lo que ya se sabía acerca de Marx.

No solamente existían lecturas opuestas de los Grundrisse, sino que también hubo no-lecturas de ellos – el ejemplos más impactante y representativo de ellas fue el de Louis Althusser. Incluso mientras él intentaba hacer hablar a los supuestos silencios de Marx, y leer ‘El capital’ en tal manera que ‘se hicieran visibles cuales quiera superviviencias invisibles que en él hubiesen’ (Althusser y Balibar 1979: 32), él se permitió omitir la conspicua masa de centenares de páginas escritas de los Grundrisse y de efectuar una división (que más tarde acaloradamente debatida) del pensamiento de Marx entre las obras de juventud y las obras de madurez sin haber tomado conocimiento del contenido y de la significancia de los manuscritos de 1857-58 .

Sin embargo, a partir de mediados de la década de 1970, los Grundrisse ganaron un número aún mayor de lectores e intérpretes. Aparecieron dos comentarios extensos de ellos, uno en japonés en 1974 (Morita y Yamada en 1974), los otros en alemán en 1978 (Projekt-gruppe Entwicklung des Marxschen Systems 1978), pero numerosos otros autores también escribieron acerca de ellos. Una cantidad de estudiosos lo consideraron un texto de especial importancia para uno de los debates más amplios relacionados con el pensamiento de Marx: su deuda intelectual con Hegel. Otros quedaron fascinados con las afirmaciones casi proféticas en los fragmentos que tratan de la maquinaria y automatización y también en Japon los Grundrisse fueron leídos como un texto altamente tópico para nuestra comprensión de la modernidad. En la década de 1980, comenzaron a aparecer los primeros estudios detallados en China, en donde el trabajo fue utilizado para iluminar la génesis de ‘El capial’, en tanto que en la Unión Soviética se publicó un volumen colectivo totalmente dedicado a los Grundrisse (Vv. Aa. 1987).

En años recientes, la perdurable capacidad de las obras de Marx para explicar (a la vez que criticar) el modo de producción capitalista ha generado un renovado interés de parte de numerosos estudiosos internacionales (ver Musto 2007). Si dicho resurgimiento perdura y si es acompañado por una nueva demanda por las ideas de Marx en el campo de la política, los Grundrisse resultaran ser una vez más uno de sus escritos capaces de atraer mayor atención.

Mientras tanto, con la esperanza de que ‘la teoría de Marx sea una fuente viva de conocimiento y de la práctica política que dicho conocimiento dirige’ (Rosdolsky 1977: xiv), la historia presentada aquí acerca de la difusión y recepción globales de los Grundrisse es ofrecida como un humilde reconocimiento de su autor y como un intento de reconstruir un capítulo aún no escrito de la historia del marxismo.

Apéndice 1: cuadro cronológico de traducciones de los Grundrisse

1939-41 Primera edición alemana
1953 Segunda edición alemana
1958-65 Traducción japonesa
1962-78 Traducción china
1967-68 Traducción francesa
1968-69 Traducción rusa
1968-70 Traducción italiana
1970-71 Traducción española
1971-77 Traducción checa
1972 Traducción húngara
1972-74 Traducción rumana
1973 Traducción inglesa
1974-75 Traducción eslovaca
1974-78 Traducción danesa
1979 Traducción al serbio/serbo-croata
1985 Traducción eslovena
1985-87 Traducción farsi
1986 Traducción al polonés
1986 Traducción al finés
1989-92 Traducción al griego
1999-2003 Traducción turca
2000 Traducción coreana
2008 Traducción portuguesa

 

Apéndice 2: unas cuantas puntualizaciones acerca del contenido y de la estructura de la parte III

La investigación acerca de los Grundrisse recopilada en las siguientes páginas fue emprendida en todos los países en donde la obra ha recibido una traducción completa. Los países que comparten un idioma común (Alemania, Austria y Suiza para el alemán; Cuba, Argentina, España y México para el español; Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá para el inglés; Brasil y Portugal para el portugués), en donde la difusión de los Grundrisse tuvo lugar más o menos en paralelo, han sido tratados en un único capítulo. De manera similar, los capítulos relacionados con los países en los cuales los Grundrisse fueron traducidos en más de un idioma (Checoslovaquia y Yugoslavia) incluyen la historia de la difusión en todos las lenguas concernidas. Adicionalmente, puesto que aquellos dos países ya no existen como tales, los títulos de los capítulos llevan los nombres que dichos países tenían cuando los Grundrisse fueron publicados allí.

La secuencia de capítulos sigue el orden cronológico de publicación de los Grundrisse. La única excepción es el capítulo sobre ‘Rusia y la Unión Soviética’, el cual viene inmediatamente después de ‘Alemania, Austria y Suiza’ debido a los estrechos vínculos existentes entre ambos y porque la primera publicación de los Grundrisse en alemán tuvo lugar en la Unión Soviética.

Cada capítulo contiene una bibliografía detallada, la cual se subdivide de la manera siguiente:

  1. Las ediciones completas de los Grundrisse
  2. Las principales ediciones parciales de los Grundrisse
  3. La literatura crítica acerca de los Grundrisse
  4. Donde fuese necesario, otras referencias bibliográficas

En la primera de estas divisiones, se añadió a veces información editorial acerca de la traducción y difusión de los diferentes textos. Cuando fueron añadidos por los autores dentro del texto, en gracia de la brevedad no fueron repetidos en la bibliografía. Los mismos criterios fueron adoptados para los nombres de los traductores de los Grundrisse o de sus ediciones parciales (los nombres de los traductores de los libros incluídos en ‘Literatura crítica acerca de los Grundrisse’ y ‘Otras referencias’ no fueron añadidas del todo) y para los nombres de las numerosas reseñas mencionadas.

Puesto que la investigación descubrió varios centenares de libros o de artículos que trataban de los Grundrisse, las consideraciones de espacio hicieron posible incluir en la bibliografía solamente: 1. las ediciones parciales de los Grundrisse que precedieron la edición completa y en raros casos, algunas ediciones de particular interés subsiguientes; 2. la literatura crítica mencionada por cada autor.

Todos los títulos de los libros y artículos no ingleses aparecen primero en el idioma original (transliterado en los casos del japonés, el chino, el farsi, el griego y el coreano) y luego en una traducción inglesa. En general, la traducción de títulos se ha dado en el texto, pero, si el capítulo en cuestión cita un libro o artículo siguiendo el sistema de referencia de Harvard (es decir, únicamente con el apellido del autor y el año de la publicación), la traducción puede ser hallada en la bibliografía. Finalmente, en el caso de libros y artículos ya traducidos al inglés, siempre han sido citados bajo el título de dicha traducción, inclusive si difiere de una literal.

Referencias
1. La versión rusa de este informe fue publicada en 1923.
2. Ver la tabla cronológica de traducciones en el Apéndice 1. A las traducciones completas arriba mencionadas deberían agregarse las selecciones en sueco (Karl Marx, Grunddragen i kitiken av den politiska ekonomin, Stockholm: Zenit/R&S, 1971) y Macedonio (Karl Marx, Osnovi na kitrikata na politickata ekonomija (grub nafrlok): 1857-1858, Skopje: Komunist, 1989), así como las traducciones de la Introducción y Las Formas que preceden la producción capitalista a un gran número de idiomas, desde el vietnamita al noruego, así como en árabe, neerlandés y búlgaro.
3. El total se ha calculado adicionando los tirajes verificados durante investigaciones realizadas en los países en cuestión.
4. Ver Sève (2004), quien recuerda cómo ‘con excepción de textos tales como la Introducción […] Althusser nunca leyó los Grundrisse, en el auténtico sentido de la palabra leer’ (p. 29). Adaptando el término de Gaston Bachelard ‘ruptura epistemológica’ (coupure epistémologique), el cual el propio Althusser tomó prestado y utilizó, Sève habla de una ‘ruptura bibliográfica artificial’ (coupure bibliographique) que condujo a las visiones más equivocadas acerca de su génesis y por consiguiente de su consistencia con el pensamiento maduro de Marx (p. 30).

Bibliography
Althusser, Louis and Balibar, Étienne (1979) Reading Capital, London: Verso.
Hobsbawm, Eric J. (1964) ‘Introduction’, in Karl Marx, Pre-Capitalist Economic Formations, London: Lawrence & Wishart, pp. 9-65.
Marx, Karl (1903) ‘Einleitung zu einer Kritik der politischen Ökonomie’, Die Neue Zeit, Year 21, vol. 1: 710–18, 741–5, and 772–81.
Marx-Engels-Lenin-Institut (1939), ‘Vorwort’ (Foreword), in Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie (Rohentwurf) 1857–1858, Moscow: Verlag für Fremdsprachige Literatur, pp. VII-XVI.
McLellan, David (1971) Marx’s Grundrisse, London: Macmillan.
Morita, Kiriro and Toshio Yamada, Toshio (1974) Komentaru keizaigakuhihan’yoko (Commentaries on the Grundrisse), Tokyo: Nihonhyoronsha.
Musto, Marcello (2007) ‘The Rediscovery of Karl Marx’, International Review of Social History, 52/3: 477-98.
Nicolaus, Martin (1973) ‘Foreword’, in Marx, Karl Grundrisse, Harmondsworth: Penguin Books, pp. 7-63.
Projektgruppe Entwicklung des Marxschen Systems (1978) Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie (Rohentwurf). Kommentar (Outlines of the Critique of Political Economy. Rough Draft. Commentary), Hamburg: VSA.
Rosdolsky, Roman (1977) The Making of Marx’s ‘Capital’, vol. 1, London: Pluto Press.
Ryazanov, David (1925) ‘Neueste Mitteilungen über den literarischen Nachlaß von Karl Marx und Friedrich Engels’ (Latest reports on the literary bequest of Karl
Marx and Friedrich Engels), Archiv für die Geschichte des Sozialismus und der Arbeiterbewegung, Year 11: 385-400.
Sève, Lucien (2004) Penser avec Marx aujourd’hui, Paris: La Dispute.
Vv. Aa. (1987) Pervonachal’ny variant ‘Kapitala’. Ekonomicheskie rukopisi K. Marksa 1857–1858 godov (The first version of Capital, K. Marx’s Economic Manuscripts of 1857–1858), Moscow: Politizdat.
Vygodski, Vitali (1974) The Story of a Great Discovery: How Marx Wrote ‘Capital’, Tunbridge Wells: Abacus Press.

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Introduzione

1. Le origini del concetto.
L’alienazione può essere annoverata tra le teorie più rilevanti e dibattute del XX secolo e la concezione che ne elaborò Marx assunse un ruolo determinante nell’ambito delle discussioni sviluppatesi sul tema. Tuttavia, diversamente da come si potrebbe immaginare, il percorso della sua affermazione non è stato affatto lineare e le pubblicazioni di alcuni inediti di Marx, contenenti riflessioni sull’alienazione, hanno rappresentato significativi punti di svolta per la trasformazione e la diffusione di questa teoria.

Nel corso dei secoli, il termine alienazione fu utilizzato più volte e con mutevoli significati. Nella riflessione teologica esso designò il distacco dell’uomo da dio; nelle teorie del contratto sociale servì a indicare la perdita della libertà originaria dell’individuo; mentre nell’economia politica inglese venne adoperato per descrivere la cessione della proprietà della terra e delle merci. La prima sistematica esposizione filosofica dell’alienazione avvenne solo all’inizio dell’Ottocento e fu opera di Georg W. F. Hegel (1770-1831). Nella Fenomenologia dello spirito (1807), infatti, egli ne fece la categoria centrale del mondo moderno e adoperò i termini di Entäusserung (rinuncia) ed Entfremdung (estraneità, scissione) per rappresentare il fenomeno mediante il quale lo spirito diviene altro da sé nell’oggettività. Tale problematica ebbe grande importanza anche presso gli autori della Sinistra hegeliana e la concezione di alienazione religiosa elaborata da Ludwig Feuerbach (1804-1872) nell’Essenza del cristianesimo (1841), ovvero la critica del processo mediante il quale l’uomo si convince dell’esistenza di una divinità immaginaria e si sottomette a essa, contribuì in modo significativo allo sviluppo del concetto.

Successivamente, l’alienazione scomparve dalla riflessione filosofica e nessuno tra i maggiori autori della seconda metà dell’Ottocento vi dedicò particolare attenzione. Lo stesso Marx impiegò il termine in rarissime occasioni nelle opere pubblicate nel corso della sua esistenza, e questo tema risultò del tutto assente anche nel marxismo della Seconda Internazionale (1889-1914) .

Tuttavia, a cavallo tra i due secoli, alcuni pensatori elaborarono alcuni concetti che, successivamente, furono associati a quello di alienazione. Nei libri La divisione del lavoro sociale (1893) e Il suicidio (1897), ad esempio, Émile Durkheim (1858-1917) formulò la nozione di «anomia», con la quale intese indicare quell’insieme di fenomeni che si manifestavano nelle società in cui le norme preposte a garantire la coesione sociale entravano in crisi in seguito al forte sviluppo della divisione del lavoro. I mutamenti sociali intervenuti nel XIX secolo, con le enormi trasformazioni del processo produttivo, costituirono anche lo sfondo delle riflessioni dei sociologi tedeschi. Nella Filosofia del denaro (1900), Georg Simmel (1858-1918) dedicò grande attenzione al predominio delle istituzioni sociali sugli individui e all’impersonalità dei rapporti umani, mentre in Economia e società (1922) Max Weber (1864-1920) si soffermò sui concetti di «burocratizzazione» e di «calcolo razionale» nelle relazioni umane, considerati l’essenza del capitalismo. Questi autori, però, reputarono tali fenomeni come eventi inevitabili e le loro considerazioni furono sempre guidate dalla volontà di rendere migliore l’ordine politico e sociale esistente, e non certo da quella di sovvertirlo con un altro.

2. La riscoperta dell’alienazione.
La riscoperta della teoria dell’alienazione avvenne grazie a György Lukács (1885-1971). In Storia e coscienza di classe (1923), riferendosi ad alcuni passaggi del libro I di Il capitale (1867) di Marx, in particolare al paragrafo dedicato al «carattere di feticcio della merce» (Der Fetischcharakter der Ware), egli elaborò il concetto di reificazione (Verdinglichung o Versachlichung), ovvero il fenomeno attraverso il quale l’attività lavorativa si contrappone all’uomo come qualcosa di oggettivo e indipendente e lo domina mediante leggi autonome e a lui estranee. Nei suoi tratti fondamentali, però, la teoria di Lukács era ancora troppo simile a quella hegeliana, poiché anch’egli concepì la reificazione come un «fatto strutturale fondamentale» . Così, quando negli anni sessanta, soprattutto dopo la comparsa della traduzione francese del suo libro , questo testo tornò a esercitare una grande influenza tra gli studiosi e i militanti di sinistra, Lukács decise di ripubblicare il suo scritto in una nuova edizione introdotta da una lunga Prefazione autocritica, nella quale, per chiarire la sua posizione, affermò: «Storia e coscienza di classe segue Hegel nella misura in cui […] l’estraneazione viene posta sullo stesso piano dell’oggettivazione» .

Un altro autore che, nel corso degli anni venti, prestò grande attenzione a queste tematiche fu Isaak Ilijč Rubin (1886-1937). Nel suo scritto Saggi sulla teoria del valore di Marx (1924), egli sostenne che la teoria del feticismo costituiva «la base dell’intero sistema economico di Marx e, in particolare, della sua teoria del valore» . Per l’autore russo, la reificazione dei rapporti sociali rappresentava «un fatto reale del capitalismo» , ovvero consisteva in «una vera e propria “materializzazione” dei rapporti di produzione, e non di una semplice “mistificazione” o di un’illusione ideologica. Si tratta[va] di uno dei caratteri strutturali dell’economia nella società attuale. […] Il feticismo non [era] solo un fenomeno della coscienza sociale, ma dell’essere sociale stesso» . Nonostante queste intuizioni, lungimiranti se si considera il periodo in cui furono scritte, l’opera di Rubin non riuscì a favorire la conoscenza della teoria dell’alienazione, poiché, essendo stata tradotta in inglese soltanto nel 1972, conobbe una tarda ricezione in Occidente.

L’evento decisivo che intervenne a rivoluzionare in maniera definitiva la diffusione del concetto di alienazione fu la pubblicazione, nel 1932, dei Manoscritti economico-filosofici del 1844 (1844), un inedito appartenente alla produzione giovanile di Marx. Da questo testo emerse il ruolo di primo piano conferito alla teoria dell’alienazione durante un’importante fase dello sviluppo della sua concezione: la scoperta dell’economia politica . Marx, infatti, mediante la categoria di lavoro alienato (entfremdete Arbeit) non solo traghettò la problematica dell’alienazione dalla sfera filosofica, religiosa e politica a quella economica della produzione materiale, ma fece di quest’ultima anche il presupposto per potere comprendere e superare le prime . Nei Manoscritti economico-filosofici del 1844, l’alienazione venne descritta come il fenomeno attraverso il quale il prodotto del lavoro «sorge di fronte al lavoro come un ente estraneo, come una potenza indipendente dal producente» . Per Marx, «l’espropriazione dell’operaio nel suo prodotto non ha solo il significato che il suo lavoro diventa un oggetto, un’esistenza esterna, bensì che esso esiste fuori di lui, indipendente, estraneo a lui, come una potenza indipendente di fronte a lui, e che la vita, da lui data all’oggetto, lo confronta estranea e nemica» .

Accanto a questa definizione generale, Marx elencò quattro differenti tipi di alienazione che indicavano come nella società borghese il lavoratore fosse alienato: a) dal prodotto del suo lavoro, che diviene un «oggetto estraneo e avente un dominio su di lui»; b) dall’attività lavorativa, che viene percepita come «rivolta contro lui stesso […] [e] a lui non appartenente»; c) dal genere umano, poiché la «essenza specifica dell’uomo» è trasformata in «un’essenza a lui estranea»; e d) dagli altri esseri umani, ovvero rispetto «al lavoro e all’oggetto del lavoro» realizzati dai suoi simili.

Per Marx, diversamente da Hegel, l’alienazione non coincideva con l’oggettivazione in quanto tale, ma con una precisa realtà economica e con uno specifico fenomeno: il lavoro salariato e la trasformazione dei prodotti del lavoro in oggetti che si contrappongono ai loro produttori. La diversità politica tra le due interpretazioni è enorme. Contrariamente a Hegel, che aveva rappresentato l’alienazione quale manifestazione ontologica del lavoro, Marx concepì questo fenomeno come la caratteristica di una determinata epoca della produzione, quella capitalistica, ritenendone possibile il superamento mediante «l’emancipazione della società dalla proprietà privata» . Considerazioni analoghe furono sviluppate nei quaderni di appunti contenenti gli estratti dall’opera Elementi di economia politica (1821) di James Mill (1773-1836):

il […] lavoro sarebbe libera manifestazione della vita e dunque godimento della vita. Ma nelle condizioni della proprietà privata esso è alienazione della vita; infatti io lavoro per vivere, per procurarmi mezzi per vivere. Il mio lavoro non è vita. In secondo luogo: nel lavoro sarebbe quindi affermata la peculiarità della mia individualità, poiché vi sarebbe affermata la mia vita individuale. Il lavoro sarebbe dunque vera e attiva proprietà. Ma nelle condizioni della proprietà privata la mia individualità è alienata al punto che questa attività mi è odiosa, è per me un tormento e solo la parvenza di un’attività, ed è pertanto anche soltanto un’attività estorta ed impostami soltanto da un accidentale bisogno esteriore, e non da un bisogno necessario interiore. Dunque, anche in queste frammentarie e, talvolta, esitanti formulazioni giovanili, Marx trattò l’alienazione sempre da un punto di vista storico e mai naturale.

3. Le altre concezioni dell’alienazione.
Ci sarebbe voluto ancora molto tempo, però, prima che una concezione storica, e non ontologica, dell’alienazione potesse affermarsi. La maggior parte degli autori che, nei primi decenni del Novecento, si occupò di questa problematica lo fece sempre considerandola un aspetto universale dell’esistenza umana. In Essere e tempo, Martin Heidegger (1889-1976) affrontò il problema dell’alienazione dal versante meramente filosofico e considerò questa realtà come una dimensione fondamentale della storia. La categoria da lui utilizzata per descrivere la fenomenologia dell’alienazione fu quella di «decadimento» (Verfallen) , cioè la tendenza dell’Esserci (Dasein) – che nella filosofia heideggeriana indica la costituzione ontologica della vita umana – a perdersi nell’inautenticità e nel conformismo del mondo che lo circonda. Per Heidegger, «questo stato presso il “mondo” significa l’immedesimazione nell’essere-assieme dominato dalla chiacchiera, dalla curiosità e dall’equivoco» . Un territorio, dunque, completamente diverso dalla fabbrica e dalla condizione operaia che furono al centro delle preoccupazioni e dell’elaborazione di Marx. Inoltre, questa condizione di «decadimento» non fu considerata da Heidegger come una condizione «negativa e deplorevole, che il progredire della civiltà umana avrebbe potuto un giorno annullare» , ma come una caratteristica ontologica, «un modo esistenziale dell’essere-nel-mondo» . Heidegger tentò anche di alterare lo stesso significato della concezione marxiana di alienazione. Nella Lettera sull’«umanismo» (1947) egli elogiò Marx, affermando che in lui la «alienazione raggiunge[va] una dimensione essenziale della storia» .

Tuttavia, questa posizione non corrisponde al vero poiché non è presente in nessuno degli scritti di Marx.
Anche Herbert Marcuse (1898-1979), che diversamente da Heidegger conosceva bene l’opera di Marx , identificò l’alienazione con l’oggettivazione in generale e non con la sua manifestazione nei rapporti di produzione capitalistici. Nel saggio Sui fondamenti filosofici del concetto di lavoro nella scienza economica (1932), egli sostenne che il «carattere di peso del lavoro» non poteva essere ricondotto meramente a «determinate condizioni presenti nell’esecuzione del lavoro, alla sua organizzazione tecnico-sociale», ma andava considerato come uno dei suoi tratti fondamentali:

quando è all’opera, il lavoratore è «presso la cosa», sia che stia dietro una macchina, o che progett[i] piani tecnici, o che prenda delle misure organizzative, o che studi problemi scientifici, o che istruisc[a] gli uomini, ecc. Nel suo fare si lascia guidare dalla cosa, si assoggetta e ubbidisce alle sue leggi, anche quando domina il suo oggetto […]. In ogni caso non è «presso di sé» […], è presso «l’altro da sé», anche quando questo fare dà compimento alla propria vita liberamente assunta. Questa alienazione ed estraneazione dell’esistenza […] è, per principio, ineliminabile.

Per Marcuse, quindi, esisteva una «negatività originaria del fare lavorativo», che egli reputava appartenere alla «essenza stessa dell’esistenza umana» . La critica dell’alienazione divenne, così, una critica della tecnologia e del lavoro in generale. Il superamento dell’alienazione fu ritenuto possibile soltanto attraverso il gioco, momento nel quale l’uomo poteva raggiungere la libertà negatagli durante l’attività produttiva: «un singolo lancio di palla da parte di un giocatore rappresenta un trionfo della libertà umana sull’oggettività che è infinitamente maggiore della conquista più strepitosa del lavoro tecnico» .

In Eros e civiltà (1955), Marcuse prese le distanze dalla concezione marxiana in modo netto. Affermò che l’emancipazione dell’uomo poteva realizzarsi solo mediante la liberazione dal lavoro (abolition of labor) e attraverso l’affermazione della libido e del gioco nei rapporti sociali. La possibilità di superare lo sfruttamento, mediante la nascita di una società basata sulla proprietà comune dei mezzi di produzione, venne da lui accantonata, poiché il lavoro in generale, non solo quello salariato, venne considerato come

lavoro per un apparato che essi [la grande maggioranza della popolazione] non controllano, che opera come un potere indipendente. A questo potere gli individui, se vogliono vivere, devono sottomettersi, ed esso diventa tanto più estraneo quanto più si specializza la divisione del lavoro. […] Lavorano in uno stato di alienazione […] [in] assenza di soddisfazione [e] negazione del principio del piacere.

La norma cardine contro cui gli esseri umani avrebbero dovuto ribellarsi era il principio di prestazione (performance) imposto dalla società. Secondo Marcuse, infatti,

il conflitto tra sessualità e civiltà si acuisce con lo sviluppo del dominio. Sotto la legge del principio di prestazione, corpo e anima vengono ridotti a strumenti di lavoro alienato; come tali possono funzionare soltanto se rinunciano alla libertà di quel soggetto-oggetto libidico che originalmente l’organismo umano è, e desidera essere. […] L’uomo esiste come strumento di prestazione alienata .

Dunque, egli concluse che la produzione materiale, anche se organizzata in modo equo e razionale, «non potrà mai rappresentare un regno di civiltà e di soddisfazione […]. È la sfera al di fuori del lavoro che determina la libertà e la realizzazione» . L’alternativa proposta da Marcuse fu l’abbandono del mito prometeico caro al giovane Marx, per approdare a un orizzonte dionisiaco: la «liberazione dell’eros» . Diversamente da Sigmund Freud (1856-1939), il quale nel Disagio della civiltà (1930) aveva sostenuto che un’organizzazione non repressiva della società avrebbe comportato una pericolosa regressione del livello di civiltà raggiunto nei rapporti umani , Marcuse era convinto che se la liberazione degli istinti fosse avvenuta in una «società libera», altamente tecnologizzata e al servizio dell’uomo, essa avrebbe favorito non solo «uno sviluppo del progresso» , ma anche creato «nuovi e duraturi rapporti di lavoro» .

In questo evolversi del suo pensiero, una significativa influenza fu esercitata dalle idee di Charles Fourier (1772-1837) il quale, nella Teoria dei quattro movimenti (1808), si era opposto ai sostenitori del «sistema commerciale», verso i quali utilizzò in senso dispregiativo l’epiteto di «civilizzati», e aveva sostenuto che la società sarebbe stata libera solo nel momento in cui tutti i suoi componenti fossero ritornati a esprimere le loro passioni. Queste erano per lui ben più importanti della «ragione», in nome della quale erano stati compiuti «tutti i massacri di cui la storia ha trasmesso il ricordo» . Secondo Fourier, il principale errore per un regime politico consisteva, dunque, nella repressione della natura umana. L’«armonia» sarebbe stata possibile solo se gli individui avessero potuto sprigionare, come quando si trovavano allo stato naturale, tutti i loro istinti.

Quanto a Marcuse, giunto a perorare la necessità di opporsi al dominio tecnologico in generale, le indicazioni che egli fornì sul modo in cui una nuova società avrebbe potuto prendere corpo furono più che vaghe. La critica dell’alienazione non rispondeva più allo scopo di contrastare i rapporti di produzione capitalistici e Marcuse approdò, alla fine, a una riflessione così pessimistica sulle possibilità di un cambiamento sociale da includere persino la classe operaia tra i soggetti che operavano in difesa del sistema.

La prefigurazione di un’estraneazione generalizzata, prodotta da un controllo sociale invasivo e dalla manipolazione dei bisogni creata dalla capacità d’influenza dei mass-media , fu teorizzata anche da Max Horkheimer (1895-1973) e Theodor Adorno (1903-1969), altri due esponenti di punta della Scuola di Francoforte. In Dialettica dell’illuminismo (1947), essi affermarono che «la razionalità tecnica di oggi non è altro che la razionalità del dominio. È il carattere coatto […] della società estraniata a sé stessa» . Essi ponevano in evidenza come, nel capitalismo, persino la sfera del divertimento, un tempo libera e alternativa al lavoro, fosse stata assorbita negli ingranaggi della riproduzione del consenso.

Dopo la seconda guerra mondiale, il concetto di alienazione approdò anche alla psicoanalisi. Coloro che se ne occuparono partirono dalla teoria di Freud, per la quale, nella società borghese, gli esseri umani sono posti dinanzi alla decisione di dovere scegliere tra natura e cultura. Per potere godere delle sicurezze garantite dalla civilizzazione, essi dovevano necessariamente rinunciare alle proprie pulsioni: «di fatto l’uomo primordiale stava meglio, poiché ignorava qualsiasi restrizione pulsionale. In compenso la sua sicurezza di godere a lungo di tale felicità era molto esigua. L’uomo civile ha barattato una parte della sua possibilità di felicità per un po’ di sicurezza» . Gli psicologi collegarono l’alienazione con le psicosi che si manifestano, in alcuni individui, proprio in conseguenza di questa scelta conflittuale. Conseguentemente, la vastità della problematica dell’alienazione venne ridotta a un fenomeno meramente soggettivo.

L’esponente che più si occupò di alienazione, in questa disciplina, fu Erich Fromm (1900-1980). Diversamente dalla maggioranza dei suoi colleghi, egli non separò mai le manifestazioni dell’alienazione dal contesto storico capitalistico e, con i suoi scritti Psicanalisi della società contemporanea (1955) e L’uomo secondo Marx (1961), si servì di questo concetto per tentare di costruire un ponte tra la psicoanalisi e il marxismo. Tuttavia, anche Fromm affrontò questa problematica privilegiando sempre l’analisi soggettiva e la sua concezione di alienazione, che riassunse come «una forma di esperienza per la quale la persona conosce sé stessa come un estraneo» , rimase troppo circoscritta al singolo. Inoltre, la sua interpretazione della concezione dell’alienazione in Marx si basò sui soli Manoscritti economico-filosofici del 1844 e si caratterizzò per una profonda incomprensione della specificità e della centralità del concetto di lavoro alienato nel pensiero di Marx. Questa lacuna impedì a Fromm di conferire il dovuto risalto all’alienazione oggettiva, ovvero quella dell’operaio nell’attività lavorativa e rispetto al prodotto del suo lavoro, e lo portò a sostenere, proprio per aver trascurato l’importanza dei rapporti produttivi, tesi che appaiono persino ingenue:

Marx credeva che la classe operaia fosse la più estraniata […], non previde fino a che punto l’alienazione doveva diventare il destino della grande maggioranza della popolazione […]. L’impiegato, l’addetto alle vendite, il dirigente, sono oggi anche più alienati del lavoratore manuale specializzato. L’attività di quest’ultimo dipende ancora dall’espressione di certe qualità personali quali l’abilità specifica, l’attendibilità, ecc; ed egli non è costretto a vendere la sua «personalità», il suo sorriso, le sue opinioni in un affare.

Anche Jean-Paul Sartre (1905-1980) e gli esistenzialisti francesi si occuparono di alienazione . A partire dagli anni quaranta, in un periodo caratterizzato dagli orrori della guerra, dalla conseguente crisi delle coscienze e, nel panorama francese, dal neohegelismo di Alexandre Kojève (1902-1968) , il fenomeno dell’alienazione fu assunto come riferimento ricorrente sia in filosofia che in narrativa . Tuttavia, anche in questa fase, la nozione di alienazione assunse un profilo molto più generico rispetto a quello esposto da Marx. Essa fu identificata con un indistinto disagio dell’essere umano nella società, con una separazione tra la personalità umana e il mondo dell’esperienza e, significativamente, come condition humaine non sopprimibile. I filosofi esistenzialisti non fornirono una specifica origine sociale dell’alienazione, ma, tornando ad assimilarla con ogni fattualità, concepirono l’alienazione come un senso generico di alterità umana (il fallimento del «socialismo reale» in Unione Sovietica favorì certamente l’affermazione di questa posizione).

In una delle opere più significative di questa tendenza filosofica, i Saggi su Marx e Hegel (1955), Jean Hyppolite (1907-1968) espose questa posizione nel modo seguente:

[l’alienazione] non ci pare riducibile immediatamente al solo concetto di alienazione dell’uomo nel capitale, come lo intende Marx. Questo è solo un caso particolare di un problema più universale, che è quello dell’autocoscienza umana che, incapace di pensarsi come un «cogito» separato, si trova solamente nel mondo che edifica, negli altri io che riconosce e che, a volte, misconosce. Ma questo modo di ritrovarsi nell’altro, questa oggettivazione, è sempre più o meno una alienazione, una perdita di sé e nello stesso tempo un ritrovarsi. Così oggettivazione e alienazione sono inseparabili e la loro unità non può essere altro che l’espressione di una tensione dialettica che si vede nel movimento stesso della storia .

Marx aveva contribuito a sviluppare una critica della soggezione umana basata sull’opposizione ai rapporti di produzione capitalistici . Gli esistenzialisti, invece, intrapresero una strada diversa, ovvero tentarono di riassorbire il pensiero di Marx, attraverso quelle parti della sua opera giovanile che potevano risultare più utili alle loro tesi, in una discussione priva di una specifica critica storica e a tratti meramente filosofica.

4. Il dibattito sul concetto di alienazione negli scritti giovanili di Marx.
Nella discussione sull’alienazione che si sviluppò in Francia, il ricorso alle teorie di Marx fu molto frequente. Tuttavia, in questo dibattito, spesso furono esaminati soltanto i Manoscritti economico-filosofici del 1844 e non vennero prese in considerazione neanche le parti del libro I di Il capitale in base alle quali Lukács aveva costruito la sua teoria della reificazione negli anni venti. Inoltre, alcune frasi dei Manoscritti economico-filosofici del 1844 furono completamente estrapolate dal contesto e vennero trasformate in citazioni sensazionali aventi lo scopo di dimostrare la presunta esistenza di un «nuovo Marx», radicalmente diverso da quello fino ad allora conosciuto, perché intriso di teoria filosofica e ancora privo del determinismo economico che alcuni suoi commentatori attribuivano a Il capitale – testo, a dire il vero, molto poco letto da quanti sostennero questa tesi. Anche rispetto al solo manoscritto del 1844, gli esistenzialisti francesi privilegiarono di gran lunga la nozione di autoalienazione (Selbstentfremdung), cioè il fenomeno per il quale il lavoratore è alienato dal genere umano e dai suoi simili, che Marx aveva trattato nel suo scritto giovanile, ma sempre in relazione all’alienazione oggettiva.

Lo stesso clamoroso errore fu commesso da un esponente di primo piano del pensiero filosofico-politico del dopoguerra. Nell’opera Vita Activa (1958), infatti, Hannah Arendt (1906-1975) costruì la propria interpretazione del concetto di alienazione in Marx solo in base ai Manoscritti economico-filosofici del 1844, e per giunta privilegiando, tra le tante tipologie di alienazione indicate da Marx, esclusivamente quella soggettiva:

l’espropriazione e l’alienazione del mondo coincidono; e l’età moderna, contro le stesse intenzioni dei suoi protagonisti, cominciò con l’alienare dal mondo certi strati della popolazione. […] L’alienazione del mondo, quindi, e non l’alienazione di sé, come pensava Marx, è stata la caratteristica distintiva dell’età moderna .

A dimostrazione della sua scarsa attenzione verso le opere della maturità di Marx, dovendo segnalare i passi dai quali si potesse evincere come Marx aveva «una certa consapevolezza delle indicazioni nel senso dell’alienazione mondana nella economia capitalistica», la Arendt rimandò all’articolo giornalistico giovanile Dibattiti sulla legge contro i furti di legna, e non alle decine di pagine in proposito, certamente ben più significative, contenute nel libro I di Il capitale e nei suoi manoscritti preparatori. La sua sorprendente conclusione fu che: «nell’insieme dell’opera di Marx queste considerazioni occasionali [avevano] un ruolo secondario, mentre una parte di primo piano [era] giocata dall’estremo soggettivismo moderno» . Dove e in che modo, nella sua analisi della società capitalistica, Marx avesse privilegiato «l’alienazione di sé» resta un mistero di cui la Arendt non fornì spiegazione nel suo scritto.

Negli anni sessanta, l’esegesi della teoria dell’alienazione contenuta nei Manoscritti economico-filosofici del 1844 divenne il pomo della discordia rispetto all’interpretazione generale di Marx. In questo periodo venne concepita la distinzione tra due presunti Marx: il «giovane Marx» e il «Marx maturo». Questa arbitraria e artificiale contrapposizione fu alimentata sia da quanti preferirono il Marx delle opere giovanili e filosofiche (ad esempio la gran parte degli esistenzialisti), sia da quanti (tra questi Louis Althusser, 1918-1990, e quasi tutti i marxisti sovietici) affermarono che il solo vero Marx fosse quello di Il capitale.

Coloro che sposarono la prima tesi considerarono la teoria dell’alienazione contenuta nei Manoscritti economico-filosofici del 1844 il punto più significativo della critica marxiana della società; mentre quelli che abbracciarono la seconda ipotesi mostrarono, spesso, una vera e propria «fobia dell’alienazione», tentando, in un primo momento, di minimizzarne il rilievo e, quando ciò non fu più possibile, considerando il tema dell’alienazione come «un peccato di gioventù, un residuo di hegelismo» , successivamente abbandonato da Marx. I primi rimossero la circostanza che la concezione dell’alienazione contenuta nei Manoscritti economico-filosofici del 1844 era stata scritta da un autore ventiseienne e appena agli albori dei suoi studi principali; i secondi, invece, non vollero riconoscere l’importanza della teoria dell’alienazione in Marx anche quando, con la pubblicazione di nuovi inediti, divenne evidente che egli non aveva mai smesso di occuparsene nel corso della sua esistenza e che essa, anche se mutata, aveva conservato un posto di rilievo nelle tappe principali dell’elaborazione del suo pensiero.

Sostenere, come affermarono in tanti, che la teoria dell’alienazione contenuta nei Manoscritti economico-filosofici del 1844 fosse il tema centrale del pensiero di Marx è un falso che denota soltanto la scarsa familiarità con la sua opera da parte di coloro che propesero per questa tesi . D’altro canto, quando dopo la seconda guerra mondiale Marx diventò l’autore più discusso e citato nella letteratura filosofica mondiale proprio per le sue pagine inedite relative all’alienazione, il silenzio dell’Unione Sovietica su questa tematica, e sulle controversie a essa legate, fornì un esempio della strumentalizzazione dei suoi scritti in quel paese. L’esistenza dell’alienazione in Unione Sovietica, e nei suoi paesi satelliti, fu semplicemente negata e tutti i testi che trattavano questa problematica vennero ritenuti sospetti. Secondo Henri Lefebvre (1901-1991), «nella società sovietica non poteva, non doveva più essere questione di alienazione. Il concetto doveva sparire, per ordine superiore, per la ragion di Stato» . E, così, fino agli anni settanta, furono pochissimi gli autori che, nel «campo socialista», scrissero delle opere in proposito.

Infine, anche affermati autori europei sottovalutarono la complessità del fenomeno. Lucien Goldmann (1913-1970) si illuse circa il possibile superamento dell’alienazione nelle condizioni economico-sociali del tempo e dichiarò, nel suo libro Ricerche dialettiche (1958), che essa sarebbe scomparsa, o regredita, grazie al mero effetto della pianificazione. Secondo Goldmann, «la reificazione è invero un fenomeno strettamente legato alla assenza di pianificazione e alla produzione per il mercato». Il socialismo sovietico a Est e le politiche keynesiane in Occidente avrebbero portato «al risultato di una soppressione della reificazione nel primo caso, [e] di un affievolimento progressivo nel secondo» . La storia ha dimostrato la fallacia delle sue previsioni.

5. Il fascino irresistibile della teoria dell’alienazione.
A partire dagli anni sessanta esplose una vera e propria moda per la teoria dell’alienazione e, in tutto il mondo, apparvero centinaia di libri e articoli sul tema . Fu il tempo dell’alienazione tout court. Il periodo durante il quale numerosi autori, diversi tra loro per formazione politica e competenze disciplinari, attribuirono le cause di questo fenomeno alla mercificazione, alla eccessiva specializzazione del lavoro, all’anomia, alla burocratizzazione, al conformismo, al consumismo, alla perdita del senso di sé che si manifesta nel rapporto con le nuove tecnologie, e persino all’isolamento dell’individuo, all’apatia, all’emarginazione sociale ed etnica, e all’inquinamento ambientale.

Il concetto di alienazione sembrò riflettere alla perfezione lo spirito del tempo e costituì anche il terreno d’incontro, nell’elaborazione della critica alla società capitalistica, tra il marxismo filosofico e anti-sovietico e il cattolicesimo più democratico e progressista. La popolarità del concetto e la sua applicazione indiscriminata, però, crearono una profonda ambiguità terminologica . Così, nel giro di pochi anni, l’alienazione divenne una formula vuota che inglobava tutte le manifestazioni dell’infelicità umana e lo spropositato ampliamento della sua nozione generò la convinzione dell’esistenza di un fenomeno tanto esteso da apparire immodificabile.

Con il libro La società dello spettacolo (1967) di Guy Debord (1931-1994), divenuto poco dopo la sua uscita un vero e proprio manifesto di critica sociale per la generazione di studenti in rivolta contro il sistema, la teoria dell’alienazione approdò alla critica della produzione immateriale. Riprendendo le tesi già avanzate da Horkheimer e Adorno, secondo le quali nella società contemporanea anche il divertimento era stato sussunto nella sfera della produzione del consenso per l’ordine sociale esistente, Debord affermò che il non-lavoro non poteva più essere considerato come una sfera differente dall’attività produttiva:

mentre nella fase primitiva dell’accumulazione capitalistica «l’economia politica non vede nel proletario che l’operaio», che deve ricevere il minimo indispensabile per la conservazione della sua forza-lavoro, senza mai considerarlo «nei suoi svaghi, nella sua umanità»; questa posizione delle idee della classe dominante si rovescia non appena il grado di abbondanza raggiunto nella produzione di merci esige un surplus di collaborazione dall’operaio. Questo operaio, improvvisamente lavato dal disprezzo totale che gli è chiaramente espresso da tutte le modalità di organizzazione e di sorveglianza della produzione, si ritrova ogni giorno al di fuori di essa trattato apparentemente come una persona grande, con una cortesia premurosa, sotto il travestimento del consumatore. Allora l’umanesimo della merce prende a proprio carico «gli svaghi e l’umanità» del lavoratore, semplicemente perché l’economia politica può e deve ora dominare queste sfere .

Per Debord, se il dominio dell’economia sulla vita sociale si era inizialmente manifestato attraverso una «degradazione dell’essere in avere», nella «fase presente» si era verificato uno «slittamento generalizzato dell’avere nell’apparire» . Tale riflessione lo spinse a porre al centro della sua analisi il mondo dello spettacolo: «nella società lo spettacolo corrisponde a una fabbricazione concreta dell’alienazione» , il fenomeno mediante il quale «il principio del feticismo della merce […] si compie in grado assoluto» . In queste circostanze, l’alienazione si affermava a tal punto da diventare persino un’esperienza entusiasmante per gli individui. Spinti da questo nuovo oppio del popolo al consumo e a «riconoscersi nelle immagini dominanti» , essi si allontanavano sempre più dai propri desideri ed esistenze reali:

lo spettacolo è il momento in cui la merce è pervenuta all’occupazione totale della vita sociale. […] La produzione economica moderna allarga la sua dittatura estensivamente e intensivamente. […] A questo punto della «seconda rivoluzione industriale», il consumo alienato diventa per le masse un dovere supplementare che si aggiunge a quello della produzione alienata.

Sulla scia di Debord, anche Jean Baudrillard (1929-2007) utilizzò il concetto di alienazione per interpretare criticamente le mutazioni sociali intervenute con l’avvento del capitalismo maturo. In La società dei consumi (1970), egli individuò nel consumo il fattore primario della società moderna, prendendo così le distanze dalla concezione marxiana ancorata alla centralità della produzione. Secondo Baudrillard «l’era del consumo», in cui pubblicità e sondaggi di opinione creano bisogni fittizi e consenso di massa, era divenuta anche «l’era dell’alienazione radicale»:

la logica della merce si è generalizzata, in quanto oggi non regola solamente i processi di lavoro e i prodotti materiali, ma anche l’intera cultura, la sessualità, le relazioni umane, fino ai fantasmi e alle pulsioni individuali. […] Tutto è spettacolarizzato, cioè evocato, provocato, orchestrato in immagini, segni e modelli consumabili.

Le sue conclusioni politiche, però, furono piuttosto confuse e pessimistiche. Dinanzi a una grande stagione di fermento sociale, egli accusò «i contestatori del maggio francese» di essere caduti nella trappola di «super-reificare gli oggetti e il consumo dando loro un valore diabolico»; e criticò «i discorsi sull’alienazione, tutta la derisione operata dalla Pop e dall’antiarte», per aver creato una «requisitoria [che] fa parte del gioco: è il miraggio critico, l’antifiaba che corona la favola» . Dunque, lontano dal marxismo, che vedeva nella classe operaia il soggetto sociale di riferimento per cambiare il mondo, Baudrillard chiuse il suo libro con un appello messianico, tanto generico quanto effimero: «attenderemo le irruzioni brutali e le disgregazioni improvvise che, in maniera tanto imprevedibile, ma certa, quanto il maggio del 1968, manderanno in frantumi questa messa bianca» .

6. La teoria dell’alienazione nella sociologia nord-americana.
Negli anni cinquanta, il concetto di alienazione era entrato anche nel vocabolario sociologico nord-americano. L’approccio col quale venne affrontato questo tema fu, però, completamente diverso rispetto a quello prevalente in Europa. Nella sociologia convenzionale si tornò a trattare l’alienazione come problematica inerente il singolo essere umano , non le relazioni sociali, e la ricerca di soluzioni per un suo superamento fu indirizzata verso le capacità di adattamento degli individui all’ordine esistente, non nelle pratiche collettive volte a mutare la società.

Anche in questa disciplina regnò a lungo una profonda incertezza circa una chiara e condivisa definizione dell’alienazione. Alcuni autori valutarono questo fenomeno come un processo positivo, perché ritenuto un mezzo di espressione della creatività dell’uomo, e inerente la condizione umana in generale . Altra caratteristica diffusa tra i sociologi statunitensi fu quella di considerare l’alienazione come qualcosa che scaturiva dalla scissione tra l’individuo e la società . Seymour Melman (1917-2004), infatti, individuò l’alienazione nella separazione tra la formulazione e l’esecuzione delle decisioni e la considerò un fenomeno che colpiva tanto gli operai quanto i manager . Nell’articolo Una proposta per misurare l’alienazione (1957), che inaugurò un dibattito sul concetto di alienazione nella rivista «American Sociological Review», Gwynn Nettler (1913-2007) adoperò lo strumento dell’inchiesta nell’intento di stabilirne una definizione. Tuttavia, lontanissimo dalla tradizione delle rigorose indagini sulle condizioni lavorative condotte dalle organizzazioni del movimento operaio, il questionario da lui formulato sembrò ispirarsi più ai canoni del maccartismo del tempo che non a quelli della ricerca scientifica .

Nettler, infatti, rappresentando le persone alienate come soggetti guidati da «un coerente mantenimento di atteggiamenti ostili e impopolari nei confronti del familismo, dei mezzi di comunicazione di massa, dei gusti di massa, dell’attualità, dell’istruzione popolare, della religione convenzionale, della visione teleologica della vita, del nazionalismo e del sistema elettorale» , identificò l’alienazione con il rifiuto dei principi conservatori della società statunitense.

La pochezza concettuale presente nel panorama sociologico nord-americano mutò in seguito alla pubblicazione (1959) del saggio Sul significato dell’alienazione, di Melvin Seeman (1918-…). In questo breve articolo, divenuto rapidamente un riferimento obbligato per tutti gli studiosi dell’alienazione, egli catalogò quelle che riteneva fossero le sue cinque forme principali: la mancanza di potere; la mancanza di significato (cioè la difficoltà dell’individuo a comprendere gli eventi in cui è inserito); la mancanza di norme; l’isolamento; l’estraniazione da sé . Questo elenco mostra come anche Seeman considerasse l’alienazione sotto un profilo primariamente soggettivo.

Robert Blauner (1929-2016), nel libro Alienazione e libertà (1964), sposò il medesimo punto di vista. L’autore statunitense definì l’alienazione una «qualità dell’esperienza personale che risulta da specifici tipi di disposizioni sociali» , anche se lo sforzo profuso nella sua ricerca lo portò a rintracciarne le cause nel «processo di lavoro in organismi giganteschi e nelle burocrazie impersonali che saturano tutte le società industriali» .

Nell’ambito della sociologia nord-americana, quindi, l’alienazione venne concepita come una manifestazione relativa al sistema di produzione industriale, a prescindere se esso fosse capitalistico o socialista, e come una problematica inerente soprattutto la coscienza umana . Questo approccio finì col porre ai margini, o persino escludere, l’analisi dei fattori storico-sociali che determinano l’alienazione, producendo una sorta di iper-psicologizzazione di questa nozione. Essa venne assunta anche in questa disciplina, oltre che in psicologia, non più come una questione sociale, ma quale una patologia individuale la cui cura riguardava i singoli individui.

Ciò determinò un profondo mutamento della concezione dell’alienazione. Se nella tradizione marxista essa rappresentava uno dei concetti critici più incisivi del modo di produzione capitalistico, in sociologia subì un processo di istituzionalizzazione e finì con l’essere considerata come un fenomeno relativo al mancato adattamento degli individui alle norme sociali. Allo stesso modo, smarrì il carattere normativo che aveva in filosofia (anche negli autori che ritenevano l’alienazione come un orizzonte insuperabile) e si trasformò in un concetto a-valutativo, dal quale era stato rimosso l’originario contenuto critico.

Altro effetto di questa metamorfosi della nozione di alienazione fu il suo impoverimento teorico. Da fenomeno complessivo, relativo alla condizione lavorativa, sociale e intellettuale dell’uomo, fu ridotto a una categoria limitata, parcellizzata in funzione delle indagini accademiche . I sociologi americani affermarono che questa scelta metodologica avrebbe consentito di liberare l’indagine sull’alienazione dalle sue connotazioni politiche e di conferire a essa obiettività scientifica. In realtà, questa presunta svolta apolitica ebbe forti ed evidenti implicazioni ideologiche, poiché dietro la bandiera della de-ideologizzazione e della presunta neutralità dei valori si celava il sostegno ai valori e all’ordine dominante.

La differenza tra la concezione marxista dell’alienazione e quella dei sociologi statunitensi non consisteva, quindi, nel fatto che la prima era politica e la seconda scientifica, quanto, invece, che i teorici marxisti erano portatori di valori completamente diversi da quelli egemoni, mentre i sociologi statunitensi sostenevano quelli dell’ordine sociale esistente, abilmente mascherati come i valori eterni del genere umano . In sociologia, dunque, il concetto di alienazione conobbe un vero e proprio stravolgimento e giunse a essere utilizzato proprio dai difensori di quelle classi sociali contro le quali era stato a lungo rivolto.

7. Il concetto di alienazione in Il capitale e nei suoi manoscritti preparatori.
Gli scritti di Marx ebbero, ovviamente, un ruolo fondamentale per coloro che tentarono di opporsi alle tendenze, manifestatesi nell’ambito delle scienze sociali, di mutare il senso del concetto di alienazione. L’attenzione rivolta alla teoria dell’alienazione in Marx, inizialmente incentrata sui Manoscritti economico-filosofici del 1844, si spostò, dopo la pubblicazione di ulteriori inediti, su nuovi testi e con essi fu possibile ricostruire il percorso della sua elaborazione dagli scritti giovanili a Il capitale.

Nella seconda parte degli anni quaranta, Marx non aveva più adoperato frequentemente la parola alienazione. Le uniche eccezioni furono alcuni passaggi polemici, soprattutto nei confronti di esponenti della sinistra hegeliana, contenuti in La sacra famiglia (1845), L’ideologia tedesca (1845-46) e Il manifesto del partito comunista (1848), testi che furono scritti con la collaborazione di Engels.

In Lavoro salariato e capitale (1849), una raccolta di articoli redatti in base agli appunti utilizzati per una serie di conferenze tenute alla Lega operaia tedesca di Bruxelles nel 1847, Marx ripropose la teoria dell’alienazione. Tuttavia, non potendosi rivolgere al movimento operaio con una nozione che sarebbe parsa troppo astratta, evitò di utilizzare questa parola. Scrisse che il lavoro salariato non rientrava nell’«attività vitale» dell’operaio, ma rappresentava, piuttosto, un momento di «sacrificio della sua vita». La forza-lavoro era una merce che il lavoratore era costretto a vendere «per poter vivere» e «il prodotto della sua attività non [era] lo scopo della sua attività»:

l’operaio che per dodici ore tesse, fila, tornisce, trapana, costruisce, scava, spacca le pietre, le trasporta, ecc., considera egli forse questo tessere, filare, trapanare, tornire, costruire, scavare, spaccar pietre per dodici ore come manifestazione della sua vita, come vita? Al contrario. La vita incomincia per lui dal momento in cui cessa questa attività, a tavola, al banco dell’osteria, nel letto. Il significato delle dodici ore di lavoro non sta per lui nel tessere, filare, trapanare, ecc., ma soltanto nel guadagnare ciò che gli permette di andare a tavola, al banco dell’osteria, a letto. Se il baco da seta dovesse tessere per campare la sua esistenza come bruco, sarebbe un perfetto salariato.

Sino alla fine degli anni cinquanta, nell’opera di Marx non vi furono altri riferimenti alla teoria dell’alienazione. In seguito alla sconfitta delle rivoluzioni del 1848, egli fu costretto all’esilio a Londra e durante questo periodo, per concentrare tutte le sue energie negli studi di economia politica, con l’eccezione di alcuni brevi lavori di carattere storico, non pubblicò alcun libro. Quando riprese a scrivere di economia, nei Lineamenti fondamentali della critica dell’economia politica (1857-58), meglio noti col nome di Grundrisse , tornò a utilizzare il concetto di alienazione ripetutamente. Esso ricordava, per molti versi, quello esposto nei Manoscritti economico-filosofici del 1844, anche se, grazie agli studi condotti nel frattempo, la sua analisi risultò molto più approfondita:

il carattere sociale dell’attività, così come la forma sociale del prodotto e la partecipazione dell’individuo alla produzione, si presentano come qualcosa di estraneo e di oggettivo di fronte agli individui; non come loro relazione reciproca, ma come loro subordinazione a rapporti che sussistono indipendentemente da loro e nascono dall’urto degli individui reciprocamente indifferenti. Lo scambio generale delle attività e dei prodotti, che è diventato condizione di vita per ogni singolo individuo, il nesso che unisce l’uno all’altro, si presenta ad essi stessi estraneo, indipendente, come una cosa. Nel valore di scambio la relazione sociale tra le persone si trasforma in rapporto sociale tra le cose; la capacità personale, in una capacità delle cose.

Nei Grundrisse, dunque, la descrizione dell’alienazione acquisì maggiore spessore rispetto a quella compiuta negli scritti giovanili, perché arricchita dalla comprensione di importanti categorie economiche e da una più rigorosa analisi sociale. Accanto al nesso tra alienazione e valore di scambio, tra i passaggi più brillanti che delinearono le caratteristiche di questo fenomeno della società moderna figurano anche quelli in cui l’alienazione viene messa in relazione con la contrapposizione tra capitale e «forza-lavoro viva»:

le condizioni oggettive del lavoro vivo si presentano come valori separati, autonomizzati di fronte alla forza-lavoro viva quale esistenza soggettiva […], sono presupposte come un’esistenza autonoma di fronte ad essa, come l’oggettività di un soggetto che si distingue dalla forza-lavoro viva e le si contrappone autonomamente; la riproduzione e la valorizzazione, ossia l’allargamento di queste condizioni oggettive è perciò al tempo stesso la riproduzione e la nuova produzione di esse in quanto ricchezza di un soggetto che è estraneo, indifferente e si contrappone autonomamente alla forza-lavoro. Ciò che viene riprodotto e nuovamente prodotto non è soltanto l’esistenza di queste condizioni oggettive del lavoro vivo, ma la loro esistenza di valori autonomi, ossia appartenenti ad un soggetto estraneo, opposto a questa forza-lavoro viva. Le condizioni oggettive del lavoro acquistano un’esistenza soggettiva di fronte alla forza-lavoro viva – dal capitale nasce il capitalista.

I Grundrisse non furono l’unico testo della maturità di Marx in cui la problematica dell’alienazione ricorre con frequenza. Un lustro dopo la loro stesura essa ritornò in Il capitale. Libro I, capitolo VI inedito, manoscritto nel quale l’analisi economica e quella politica dell’alienazione vennero messe in una più stretta relazione: «il dominio dei capitalisti sugli operai non è se non dominio delle condizioni di lavoro autonomizzatesi contro e di fronte al lavoratore» . In questa bozza preparatoria del libro I de Il capitale, Marx pose in evidenza che nella società capitalistica, mediante «la trasposizione delle forze produttive sociali del lavoro in proprietà materiali del capitale» , si realizza una vera e propria «personificazione delle cose e reificazione delle persone», ovvero si crea un’apparenza in forza della quale «non i mezzi di produzione, le condizioni materiali del lavoro, appaiono sottomessi al lavoratore, ma egli ad essi» . In realtà, a suo giudizio,

il capitale non è una cosa più che non lo sia il denaro. Nell’uno come nell’altro, determinati rapporti produttivi sociali fra persone appaiono come rapporti fra cose e persone, ovvero determinati rapporti sociali appaiono come proprietà sociali naturali di cose. Senza salariato, dacché gli individui si fronteggiano come persone libere, niente produzione di plusvalore; senza produzione di plusvalore, niente produzione capitalistica, quindi niente capitale e niente capitalisti! Capitale e lavoro salariato (come noi chiamiamo il lavoro dell’operaio che vende la propria capacità lavorativa) esprimono due fattori dello stesso rapporto. Il denaro non può diventare capitale senza scambiarsi preventivamente contro forza-lavoro che l’operaio vende come merce; d’altra parte, il lavoro può apparire come lavoro salariato solo dal momento in cui le sue proprie condizioni oggettive gli stanno di fronte come potenze autonome, proprietà estranea, valore esistente per sé e arroccato in sé stesso; insomma, capitale.

Nel modo di produzione capitalistico il lavoro umano è diventato uno strumento del processo di valorizzazione del capitale, che «nell’incorporare la forza-lavoro viva alle sue parti componenti oggettive […] diventa […] un mostro animato, e comincia ad agire come se “avesse l’amore in corpo”» . Questo meccanismo si espande su scala sempre maggiore, fino a che la cooperazione nel processo produttivo, le scoperte scientifiche e l’impiego dei macchinari, ossia i progressi sociali generali creati dalla collettività, diventano forze del capitale che appaiono come proprietà da esso possedute per natura e si ergono estranee di fronte ai lavoratori come ordinamento capitalistico:

le forze produttive […] sviluppate [X?] del lavoro sociale […] si rappresentano come forze produttive del capitale. […] l’unità collettiva nella cooperazione, la combinazione nella divisione del lavoro, l’impiego delle energie naturali e delle scienze, dei prodotti del lavoro come macchinario – tutto ciò si contrappone agli operai singoli, in modo autonomo, come qualcosa di straniero, di oggettivo, di preesistente, senza e spesso contro il loro contributo attivo, come pure forme di esistenza dei mezzi di lavoro da essi indipendenti e su di essi esercitanti il proprio dominio; e l’intelligenza e la volontà dell’officina collettiva incarnate nel capitalista o nei suoi subalterni, nella misura in cui l’officina collettiva si basa sulla loro combinazione, gli si contrappongono come funzioni del capitale che vive nel capitalista .

È mediante questo processo, dunque, che, secondo Marx, il capitale diventa qualcosa di «terribilmente misterioso». Accade in questo modo che «le condizioni di lavoro si accumulano come forze sociali torreggianti di fronte all’operaio e, in questa forma, vengono capitalizzate» .

La diffusione, a partire dagli anni sessanta, di Il capitale, libro I, capitolo VI inedito e, soprattutto, dei Grundrisse aprì la strada a una concezione dell’alienazione differente rispetto a quella egemone in sociologia e in psicologia, la cui comprensione era finalizzata al suo superamento pratico, ovvero all’azione politica di movimenti sociali, partiti e sindacati, volta a mutare radicalmente le condizioni lavorative e di vita della classe operaia. La pubblicazione di quella che, dopo i Manoscritti economico-filosofici del 1844 negli anni trenta, può essere considerata la «seconda generazione» di scritti di Marx sull’alienazione fornì non solo una coerente base teorica per una nuova stagione di studi sull’alienazione, ma soprattutto una piattaforma ideologica anticapitalistica al formidabile movimento politico e sociale esploso nel mondo in quel periodo. Con la diffusione di Il capitale e dei suoi manoscritti preparatori, la teoria dell’alienazione uscì dalle carte dei filosofi e dalle aule universitarie per irrompere, attraverso le lotte operaie, nelle piazze e diventare critica sociale.

8. Il feticismo delle merci.
Una delle migliori descrizioni dell’alienazione realizzate da Marx è quella contenuta nel celebre paragrafo del libro I del Capitale intitolato Il carattere di feticcio della merce e il suo arcano. Al suo interno egli mise in evidenza che, nella società capitalistica, gli uomini sono dominati dai prodotti che hanno creato e vivono in un mondo in cui le relazioni reciproche appaiono «non come rapporti immediatamente sociali tra persone […] [ma come], rapporti di cose tra persone e rapporti sociali tra cose» . Più precisamente:

l’arcano della forma di merce consiste […] nel fatto che tale forma, come uno specchio, restituisce agli uomini l’immagine dei caratteri sociali del loro proprio lavoro, facendoli apparire come caratteri oggettivi dei prodotti di quel lavoro, come proprietà sociali naturali di quelle cose, e quindi restituisce anche l’immagine del rapporto sociale tra produttori e lavoro complessivo, facendolo apparire come un rapporto sociale fra oggetti esistenti al di fuori di essi produttori. Mediante questo quid pro quo i prodotti del lavoro diventano merci, come sensibilmente sovrasensibili, cioè cose sociali. […] Quel che qui assume per gli uomini la forma fantasmagorica di un rapporto fra cose è soltanto il rapporto sociale determinato che esiste fra gli uomini stessi. Per trovare un’analogia, dobbiamo involarci nella regione nebulosa del mondo religioso. Qui i prodotti del cervello umano paiono figure indipendenti, dotate di vita propria, che stanno in rapporto fra di loro e in rapporto con gli uomini. Così nel mondo delle merci fanno i prodotti della mano umana. Questo io chiamo il feticismo che si appiccica ai prodotti del lavoro appena vengono prodotti come merci, e che quindi è inseparabile dalla produzione delle merci .

Da questa definizione emergono delle precise caratteristiche che tracciano un chiaro spartiacque tra la concezione dell’alienazione in Marx e quella della gran parte degli autori che si occuparono di questa tematica. Il feticismo non venne concepito da Marx come una problematica individuale, ma fu sempre considerato un fenomeno sociale. Esso non è una manifestazione dell’anima, ma un potere reale, una dominazione concreta, che si realizza nell’economia di mercato, in seguito alla trasformazione dell’oggetto in soggetto. Per questo motivo, egli non limitò la propria analisi dell’alienazione al disagio del singolo essere umano, ma analizzò i processi sociali che ne stavano alla base, in primo luogo l’attività produttiva. Per Marx, inoltre, il feticismo si manifesta in una precisa realtà storica della produzione, quella del lavoro salariato, e non è legato al rapporto tra la cosa in generale e l’essere umano, ma da quello che si instaura tra questi e un tipo determinato di oggettività: la merce.

In conseguenza di questa peculiarità del capitalismo, gli individui hanno valore solo in quanto produttori e «l’esistenza dell’uomo» è asservita all’atto della «produ[zione] di merci» . Pertanto, è «il processo di produzione [a] padroneggia[re] gli uomini» , non viceversa. Il capitale «non si preoccupa della durata della vita della forza-lavoro» e non ritiene rilevante il miglioramento delle condizioni del proletariato. Quello che gli «interessa è unicamente […] il massimo [sfruttamento] di forza lavoro» .

Nella società borghese le proprietà e le relazioni umane si trasformano in proprietà e relazioni tra cose. La teoria che, dopo la formulazione di Lukács, fu designata col nome di reificazione illustrò questo fenomeno dal punto di vista delle relazioni umane, mentre il concetto di feticismo lo trattò da quello delle merci. Diversamente da quanto sostenuto da coloro che hanno negato la presenza di riflessioni sull’alienazione nell’opera matura di Marx, essa non venne sostituita da quella del feticismo delle merci, perché questa ne rappresenta solo un aspetto particolare.

L’avanzamento teorico compiuto da Marx rispetto alla concezione dell’alienazione dai Manoscritti economico-filosofici del 1844 a Il capitale non si limitò, però, soltanto a una sua più precisa descrizione. Esso riguardò anche una diversa e più compiuta elaborazione delle misure considerate necessarie per il suo superamento. Se nel 1844 Marx aveva considerato che gli esseri umani avrebbero eliminato l’alienazione mediante l’abolizione della produzione privata e della divisione del lavoro, in Il capitale, e nei suoi manoscritti preparatori, il percorso indicato per costruire una società libera dall’alienazione divenne molto più complesso.

Marx riteneva che il capitalismo fosse un sistema nel quale i lavoratori sono soggiogati dal capitale e dalle sue condizioni, ma era anche convinto che esso avesse creato le basi per una società più progredita e che l’umanità potesse proseguire il cammino dello sviluppo sociale generalizzando i benefici prodotti da questo nuovo modo di produzione. Una delle esposizioni più analitiche, nell’opera di Marx, circa gli effetti positivi del processo produttivo capitalistico si trova nel libro I di Il capitale.

Nonostante egli fosse divenuto molto più consapevole, rispetto al passato, del carattere distruttivo del capitalismo, nel suo magnum opus riassunse le sei condizioni generate dal capitale – in particolare dalla sua «centralizzazione» (Koncentration) – che costituiscono i presupposti fondamentali per la possibile nascita della società comunista. Esse sono: 1) la cooperazione lavorativa; 2) l’apporto scientifico-tecnologico fornito alla produzione; 3) l’appropriazione delle forze della natura da parte della produzione; 4) la creazione di grandi macchinari adoperabili soltanto in comune dagli operai; 5) il risparmio dei mezzi di produzione; 6) la tendenza a creare il mercato mondiale. Per Marx,

con l’espropriazione di molti capitalisti da parte di pochi, si sviluppano su scala sempre crescente la forma cooperativa del processo di lavoro, la consapevole applicazione tecnica della scienza, lo sfruttamento metodico della terra, la trasformazione dei mezzi di lavoro in mezzi di lavoro utilizzabili solo collettivamente, l’economia di tutti i mezzi di produzione mediante il loro uso come mezzi di produzione del lavoro sociale e combinato, mentre tutti i popoli vengono via via intricati nella rete del mercato mondiale e così si sviluppa, in misura sempre crescente, il carattere internazionale del regime capitalistico .

Marx sapeva bene che, con la concentrazione della produzione nelle mani di pochi padroni, per le classi lavoratrici sarebbero aumentati «la miseria, la vessazione, l’asservimento, la degenerazione, lo sfruttamento» , ma era altresì consapevole che la «cooperazione degli operai salariati [era] un […] effetto del capitale» . Egli era giunto alla convinzione che lo straordinario incremento delle forze produttive generato dal capitalismo, fenomeno che si manifestava in modo maggiore rispetto a tutti i modi di produzione precedentemente esistiti, avrebbe creato le condizioni per il superamento dei rapporti economico-sociali da esso stesso originati e, pertanto, il trapasso a una società socialista.

9. Comunismo, emancipazione e libertà.
Secondo Marx, a un sistema che produce enorme accumulo di ricchezza per pochi e spoliazione e alienazione per la massa dei lavoratori, occorre sostituire «un’associazione di uomini liberi che lavorino con mezzi di produzione comuni e spendano coscientemente le loro molte forze-lavoro individuali come una sola forza-lavoro sociale» . Nel libro I di Il capitale egli chiarì che il «principio fondamentale» di questa «forma superiore di società» sarebbe stato il «pieno e libero sviluppo di ogni individuo» .

Nei Grundrisse scrisse che nella società postcapitalista la produzione sarebbe stata «immediatamente sociale […], il risultato dell’associazione (the offspring of association) che ripartisce il lavoro al proprio interno». Essa sarebbe stata controllata dagli individui come «loro patrimonio comune» . Il «carattere sociale della produzione» («gesellschaftliche Charakter der Produktion») avrebbe fatto sì che l’oggetto del lavoro fosse stato, «fin dal principio, un prodotto sociale e generale». Il carattere associativo «è presupposto» e «il lavoro del singolo si pone, sin dalla sua origine, come lavoro sociale» . Come sottolineò nella Critica del programma di Gotha (1875), nella società postcapitalistica «i lavori individuali non [sarebbero] più diventa[ti] parti costitutive del lavoro complessivo attraverso un processo indiretto, ma in modo diretto» . In aggiunta, gli operai avrebbero potuto creare le condizioni per una «scomparsa [del]la subordinazione servile degli individui alla divisione del lavoro» .

Nel libro I di Il capitale, Marx evidenziò che nel comunismo si sarebbero create le condizioni per una forma di «cooperazione pianificata», in virtù della quale «l’operaio si [sarebbe] spoglia[to] dei suoi limiti individuali e [avrebbe] sviluppa[to] la facoltà della sua specie» . Nel libro II, scrisse che nel comunismo la società sarebbe stata in grado di «calcolare in precedenza quanto lavoro, mezzi di produzione e di sussistenza adoperare». Sarebbe stato un altro elemento di distinzione capitalismo, sistema nel quale «l’intelletto sociale si fa valere sempre soltanto post festum, [facendo] così intervenire, costantemente, grandi perturbamenti» . La produzione socialista si differenzierebbe da quella basata sul lavoro salariato, poiché porrebbe i suoi fattori determinanti sotto il governo collettivo, assumendo un carattere immediatamente generale e trasformando il lavoro in una vera attività sociale.

È una concezione di società agli antipodi della «guerra di tutti contro tutti» teorizzata da Thomas Hobbes (1588-1679). In riferimento al tema della cosiddetta libera concorrenza, ovvero l’apparente eguaglianza con la quale operai e capitalisti si trovano posti sul mercato nella società borghese, Marx dichiarò che essa era tutt’altro dalla libertà umana tanto esaltata dagli esegeti del capitalismo. Egli ritenne che questo sistema costituiva un grande impedimento per la democrazia e mostrò che i lavoratori non ricevono il corrispettivo di quello che producono. Nei Grundrisse, spiegò che quanto veniva rappresentato come uno «scambio di equivalenti» era, invece, «appropriazione di lavoro altrui senza scambio, ma sotto la parvenza dello scambio» . Le relazioni tra le persone erano «determinate soltanto dai loro interessi egoistici». Questa «collisione di individui» era stata spacciata come la «forma assoluta di esistenza della libera individualità nella sfera della produzione e dello scambio». Per Marx non vi era, in realtà, «niente di più falso», poiché, «nella libera concorrenza, non gli individui, ma il capitale è posto in condizioni di libertà» . Nei Manoscritti economici del 1861-1863 egli denunciò che era «il capitalista a incassare questo pluslavoro – [che era …] tempo libero [e …] la base materiale dello sviluppo e della cultura in generale […] – in nome della società» . Nel libro I di Il capitale, denunciò che la ricchezza della borghesia è possibile solo mediante la «trasformazione in tempo di lavoro di tutto il tempo di vita delle masse» .

Sempre nei Grundrisse, Marx osservò che nel capitalismo «gli individui sono sussunti dalla produzione sociale» , la quale esiste come qualcosa che è a «loro estraneo» . Essa viene realizzata solamente in funzione dell’attribuzione del valore di scambio conferito ai prodotti. Inoltre, «tutti i fattori sociali della produzione» , comprese le scoperte scientifiche che si palesano come «una scienza altrui, esterna all’operaio» , sono posti dal capitale. Lo stesso associarsi degli operai nei luoghi e nell’atto della produzione è «operato dal capitale» ed è, pertanto, «soltanto formale». L’uso dei beni creati da parte dei lavoratori «non è mediat[o] dallo scambio di lavori o di prodotti di lavoro reciprocamente indipendenti [, bensì …] dalle condizioni sociali della produzione entro le quali agisce l’individuo» . Marx sosteneva che l’attività produttiva nella fabbrica «riguarda solo il prodotto del lavoro, non il lavoro stesso» , dal momento che avviene «in un ambiente comune, sotto vigilanza, irreggimentazione, maggiore disciplina, immobilità e dipendenza» .

Per ribaltare questo stato di cose, contrariamente a quanto credevano molti socialisti contemporanei a Marx, non sarebbe bastato modificare la redistribuzione dei beni di consumo. Occorreva modificare alla radice gli assetti produttivi della società. Fu per questo che, nei Grundrisse, Marx annotò che «lasciare sussistere il lavoro salariato e, allo stesso tempo, sopprimere il capitale [era] una rivendicazione che si autocontraddice[va]» . Occorreva, viceversa, la «dissoluzione del modo di produzione e della forma di società fondati sul valore di scambio» . Nel discorso pubblicato con il titolo Salario, prezzo e profitto (1865), egli ammonì gli operai affinché sulle loro bandiere non apparisse «la parola d’ordine conservatrice “Equo salario per un’equa giornata di lavoro”», ma il «motto rivoluzionario “Soppressione del sistema del lavoro salariato”» .

Per di più, come dichiarato nella Critica del programma di Gotha, nel modo di produzione capitalistico «le condizioni materiali della produzione [erano] a disposizione dei non operai sotto forma di proprietà del capitale e di proprietà della terra, mentre la massa [era] soltanto proprietaria della [propria] forza lavoro» . Pertanto, era essenziale rovesciare i rapporti proprietari alla base del modo di produzione borghese. Nei Grundrisse, Marx ricordò che «le leggi della proprietà privata – ovvero la libertà, l’uguaglianza, la proprietà sul lavoro e la sua libera disposizione – si riversano nella mancanza di proprietà dell’operaio, nell’espropriazione del suo lavoro e nel suo riferirsi a esso come proprietà altrui» .

In un intervento pronunciato, nel 1869, al Consiglio generale dell’Associazione internazionale dei lavoratori, Marx affermò che la «proprietà privata dei mezzi di produzione» serviva soltanto ad assicurare alla classe borghese il «potere con il quale essa [avrebbe] costr[etto] altri esseri umani a lavorare» per lei. Egli ribadì lo stesso concetto in un altro breve scritto politico, il Programma elettorale dei lavoratori socialisti (1880), aggiungendo che «i produttori possono essere liberi solo quando sono in possesso dei mezzi di produzione» e che l’obiettivo della lotta del proletariato deve essere la «restituzione alla comunità di tutti i mezzi di produzione» .

Nel libro III di Il capitale, Marx osservò che quando i lavoratori avrebbero instaurato un modo di produzione comunista «la proprietà privata del globo terrestre da parte di singoli individui [sarebbe] appar[sa] così assurda come la proprietà privata di un essere umano da parte di un altro essere umano». Egli manifestò la sua più radicale critica verso l’idea di possesso distruttivo insita nel capitalismo, ricordando che «anche un’intera società, una nazione, o anche tutte le società di una stessa epoca prese complessivamente, non sono proprietarie della terra». Per Marx, gli esseri umani erano «soltanto […] i suoi usufruttuari» e, dunque, avevano «il dovere di tramandare alle generazioni successive [il mondo] migliorato, come boni patres familias» .

Un diverso assetto della proprietà dei mezzi di produzione avrebbe mutato alla radice anche i tempi di vita della società. Nel libro I di Il capitale, Marx disvelò, con inequivocabile chiarezza, le ragioni per le quali, nel capitalismo, «l’economia di lavoro mediante lo sviluppo della forza produttiva del lavoro non ha affatto lo scopo di accorciare la giornata lavorativa». Il tempo che il progredire della tecnica e della scienza renderebbe disponibile per i singoli viene, infatti, immediatamente convertito in pluslavoro. La classe dominante ha come unica ambizione quella di «ridurre il tempo di lavoro necessario per la produzione di una determinata quantità di merci» . Il suo unico scopo è quello di sviluppare la forza produttiva con il solo fine di «abbrevia[re] la parte della giornata lavorativa nella quale l’operaio deve lavorare per sé stesso, per prolungare […] la parte […] nella quale l’operaio può lavorare gratuitamente per il capitalista» . Questo sistema differisce dalla schiavitù o dalle corvée dovute al signore feudale, poiché «pluslavoro e lavoro necessario sfumano l’uno nell’altro» e rendono più difficilmente percettibile l’entità dello sfruttamento.

Nei Grundrisse, Marx mise bene in evidenza che è solo grazie a questo surplus del tempo di lavoro di tutti che si rende possibile il «tempo libero per alcuni» . La borghesia consegue l’accrescimento delle sue facoltà materiali e culturali solo grazie alla limitazione imposta a quello del proletariato. Lo stesso accade nelle nazioni capitalisticamente più avanzate, a discapito delle periferie del sistema. Nei Manoscritti del 1861-1863, Marx ribadì che il progresso della classe dominante è speculare alla «mancanza di sviluppo della massa lavoratrice» . Il tempo libero della prima «corrisponde al tempo asservito» dei lavoratori; «lo sviluppo sociale dell’una fa del lavoro di [questi] altr[i] la propria base naturale» . Questo tempo di pluslavoro degli operai non solo è il pilastro sul quale poggia la «esistenza materiale» della borghesia, ma crea la condizione anche per il suo «tempo libero, la sfera del [suo] sviluppo». Come meglio non avrebbe potuto dichiarare: «il tempo libero dell’una corrisponde al […] tempo soggiogato al lavoro […] dell’altra» .

Per Marx, al contrario, la società comunista sarebbe stata caratterizzata da una diminuzione generalizzata dei tempi di lavoro. Nel documento Istruzioni per i delegati del Consiglio Generale provvisorio. Le differenti questioni (1867), da lui predisposto per il primo congresso dell’Associazione internazionale dei lavoratori, enunciò che la riduzione della giornata lavorativa era la «condizione preliminare senza la quale [sarebbero] aborti[ti] tutti gli ulteriori tentativi di miglioramento e di emancipazione». Era necessario non solo «fare recuperare l’energia e la salute alla classe lavoratrice», ma anche «fornire a essa la possibilità di sviluppo intellettuale, di relazioni e attività sociali e politiche» . Nel libro I di Il capitale, Marx argomentò che il «tempo per un’educazione da esseri umani, per lo sviluppo intellettuale, per l’adempimento di funzioni sociali, per rapporti socievoli, per la libera espressione delle energie vitali, fisiche e mentali», considerati dai capitalisti «fronzoli puri e semplici» , sarebbe stato l’elemento fondativo della nuova società. Il decremento delle ore destinate al lavoro – non solo del tempo di lavoro necessario per creare nuovo pluslavoro in favore della classe capitalista – avrebbe favorito, così appuntò Marx nei Grundrisse, «il libero sviluppo delle individualità», ovvero «la formazione e lo sviluppo artistico e scientifico […] degli individui, grazie al tempo divenuto libero e ai mezzi creati per tutti loro» .

Sulla base di queste convinzioni, egli ravvisò nella «economia di tempo, e [nella] ripartizione pianificata del tempo di lavoro nei diversi rami di produzione, la prima legge economica alla base della produzione sociale» . Nelle Teorie sul plusvalore (1862-63) precisò, ancor più, che «la ricchezza non è niente altro che tempo disponibile». Nella società comunista l’autogestione dei lavoratori avrebbe dovuto assicurare una maggiore quantità di tempo che non doveva essere «assorbito dal lavoro immediatamente produttivo[, ma] dar[e] luogo al godimento, all’ozio e, pertanto, alla libera attività e al libero sviluppo» .

In questo testo, così come nei Grundrisse, Marx citò un breve pamphlet intitolato La fonte e il rimedio delle difficoltà nazionali dedotte dai principi di economia politica in una lettera al signor John Russell (1821), del quale condivise pienamente la definizione di benessere formulata dall’anonimo autore: «una nazione si può dire veramente ricca, quando in essa invece di lavorare per 12 ore si lavora soltanto per sei. La ricchezza reale non è l’imposizione del tempo di lavoro supplementare, ma è il tempo [che viene reso] disponibile a ogni individuo e a tutta la società, fuori da quello usato nella produzione immediata» . La medesima idea si trova ribadita in un altro brano dei Grundrisse, nel quale Marx domandò retoricamente: «che cos’è la ricchezza se non l’universalità dei bisogni, delle capacità, dei godimenti, delle forze produttive degli individui? […] Che cos’è se non l’estrinsecazione assoluta delle [loro] doti creative?» . È evidente, dunque, che il modello socialista al quale egli guardava non contemperava uno stato di miseria generalizzata, ma il conseguimento di una maggiore ricchezza collettiva.

Per Marx, vivere in una società non alienata significava costruire un’organizzazione sociale nella quale si conferiva un valore fondamentale alla libertà individuale. Il suo comunismo fu radicalmente diverso tanto dal livellamento delle classi, auspicato da diversi suoi predecessori, quanto dalla grigia uniformità politica ed economica, realizzata da molti suoi seguaci. Nell’Urtext (1858), però, pose l’accento anche sull’«errore di quei socialisti, specialmente francesi», che, considerando «il socialismo [quale] realizzazione delle idee borghesi», avevano cercato di «dimostrare che il valore di scambio [fosse], originariamente […], un sistema di libertà ed eguaglianza per tutti, […] falsificato […] [poi] dal capitale» . Nei Grundrisse Marx etichettò come «insulsaggine [quella] di considerare la libera concorrenza quale ultimo sviluppo della libertà umana».

Difatti, questa tesi «non significa[va] altro se non che il dominio della borghesia [era] il termine ultimo della libertà umana», idea che, ironicamente, Marx definì «allettante per i parvenus». Allo stesso modo, egli contestò l’ideologia liberale secondo la quale «la negazione della libera concorrenza equivale alla negazione della libertà individuale e della produzione sociale basata sulla libertà individuale». Nella società borghese si rendeva possibile soltanto un «libero sviluppo su base limitata, sulla base del dominio del capitale». A suo avviso, «questo genere di libertà individuale [era], al tempo stesso, la più completa soppressione di ogni libertà individuale e il più completo soggiogamento dell’individualità alle condizioni sociali, le quali assumono la forma di poteri oggettivi [… e] oggetti indipendenti […] dagli stessi individui e dalle loro relazioni» . Come scrisse nel libro III di Il capitale (1894):

di fatto, il regno della libertà comincia soltanto là dove cessa il lavoro determinato dalla necessità e dalla finalità esterna; si trova quindi, per sua natura, oltre la sfera della produzione materiale vera e propria. Come il selvaggio deve lottare con la natura per soddisfare i suoi bisogni, per conservare e per riprodurre la sua vita, così deve fare anche l’uomo civile, e lo deve fare in tutte le forme della società e sotto tutti i possibili modi di produzione. A mano a mano che egli si sviluppa, il regno delle necessità naturali si espande, perché si espandono i suoi bisogni, ma al tempo stesso si espandono le forze produttive che soddisfano questi bisogni. La libertà in questo campo può consistere soltanto in ciò: che l’uomo socializzato, cioè i produttori associati, regolano razionalmente questo loro ricambio organico con la natura, lo portano sotto il loro comune controllo, invece di essere da esso dominati come da una forza cieca; che essi eseguono il loro compito con il minore possibile impiego di energia e nelle condizioni più adeguate alla loro natura umana e più degne di essa .

Questa produzione dal carattere sociale, insieme con i progressi tecnologici e scientifici e la conseguente riduzione della giornata lavorativa, crea le possibilità per la nascita di una nuova formazione sociale, in cui il lavoro coercitivo e alienato, imposto dal capitale e sussunto dalle sue leggi, viene progressivamente sostituito da un’attività creativa e consapevole, non imposta dalla necessità; e nella quale compiute relazioni sociali prendono il posto dello scambio indifferente e accidentale in funzione delle merci e del denaro. Non è più il regno della libertà del capitale, ma quello dell’autentica libertà umana.

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