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Josefina L. Martínez, Ctxt. Contexto y Acción

Tomando café con Marx
Una ola de sindicalización recorre los Starbucks de EE.UU., donde el 70% de la fuerza laboral son mujeres y un 48,2% son personas racializadas o de pueblos nativos

Poco antes del 8 de marzo, un artículo del Washington Post titulaba de forma sugerente: “Más tiendas de Starbucks quieren sindicalizarse. Mujeres y trabajadores no binaries están liderando la campaña”. Desde entonces, un centenar de tiendas de Starbucks han iniciado el proceso de sindicalización en Estados Unidos. Es una verdadera ola de sindicalismo desde abajo, diverso y militante, que no se veía en ese país desde los años 60 o incluso la década de los 30. ¿Y habéis visto los rostros de esta nueva clase obrera? Son muchas mujeres, personas LGTBI+, negras, latinas, africanas o asiáticas, con un promedio de edad de 20 o 22 años. La llaman generación “U”, por “Union” (sindicato). La rabia acumulada durante la pandemia por la falta de protocolos seguros, horarios flexibles que no permiten planificar la vida, una inflación que se come el salario, la imposibilidad de pagar un alquiler o poder estudiar, crearon un clima propicio para esta primavera de asociacionismo.

La chispa se encendió en diciembre en Búfalo, cuando la primera tienda de café logró sindicalizarse después de una huelga. En un país donde el neoliberalismo arrasó con la afiliación sindical durante décadas, encuestas como la de Gallup indican que actualmente casi el 70% de la población norteamericana ve de forma favorable a los sindicatos (un porcentaje que alcanza el 80% entre personas de 18 a 34 años).

Según un informe de la empresa Starbucks, el 70% de la fuerza laboral en sus tiendas norteamericanas son mujeres y un 48,2% son personas negras, de pueblos nativos o “personas de color”. Esto explica que sean ellas las que están al frente de esta lucha. Activistas que han sido impactadas por el movimiento feminista y las huelgas de mujeres, por la insurgencia del Black Lives Matter, las reivindicaciones del colectivo LGTBI y el movimiento ecologista de los últimos años. Es el caso de Jaz Brisack, una joven estudiante que, inspirada por los discursos del socialista Eugene Debs, fundador de la Industrial Workers of the World (IWW), se lanzó a organizar a sus compañeras de trabajo de forma clandestina en el Starbucks de Búfalo hace más de un año.

Un proceso igual de profundo se vive en algunos almacenes de Amazon, donde activistas como Chris Smalls o Angelika Maldonado han logrado organizar con mucho esfuerzo una campaña militante que ha derrotado al Goliat de la logística mundial. En el almacén de Staten Island, con 8.000 trabajadores, se ha formado el nuevo sindicato Amazon Labor Union (ALU) superando todos los obstáculos puestos por la empresa. Jimena Mendoza, editora de Left Voice en Nueva York, explica lo inédito de estos procesos de organización que “empezaron a fomentar muchísimo la unidad interracial y crearon redes dentro del almacén. Lo que han dicho los organizadores es que para algunas de las tácticas que emplearon se inspiraron en las del movimiento obrero de los años treinta, en las huelgas del acero, por ejemplo, y también utilizaron una práctica combativa”.

Eleanor Marx en Chicago

A fines del siglo XIX, el movimiento obrero norteamericano estaba en ebullición. Anarquistas y socialistas promovían la organización de nuevos sindicatos para luchar contra las agotadoras jornadas de diez o catorce horas en las fábricas y talleres. El 1 de mayo de ese año, la Federación Americana del Trabajo había convocado una jornada de protesta para exigir las 8 horas. 8 horas para trabajar, 8 horas para descansar y 8 horas para vivir. En esa lucha por la vida más allá del trabajo, estallaron en todo el país más de 5.000 huelgas. En Chicago, el 3 de mayo las manifestaciones fueron reprimidas, con el saldo de varios obreros muertos y gran cantidad de heridos. Como respuesta, los sindicatos convocaron una masiva concentración en la plaza Haymarket, a la que acudieron miles de trabajadores. La policía cargó nuevamente y, en medio de la confusión, un desconocido arrojó una bomba contra los uniformados. De forma inmediata, la policía descargó ráfagas hacia la multitud y desató una caza de brujas contra socialistas y anarquistas.

August Spies, Mihael Schwab, Adolph Fisher, George Engel, Louis Lingg, Albert Parsons, Samuel Fielden y Oscar Neebe fueron sometidos a un juicio fraudulento y orquestado. El montaje judicial fue escandaloso y se inició una campaña internacional por la liberación de los presos, algunos de los cuales ni siquiera habían estado en la manifestación. En noviembre de ese año Spies, Engel, Fisher y Parsons fueron ahorcados. Louis Lingg se había suicidado en prisión pocos días antes. En su funeral marcharon por las calles de Chicago más de 25.000 trabajadores. Los otros encausados pasaron varios años en prisión hasta que la farsa del juicio y las mentirosas acusaciones fueron desmentidas y recobraron la libertad. En honor a los “Mártires de Chicago”, se fijó el 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores.

Eleanor Marx, la hija menor de Karl Marx, había llegado a Estados Unidos en agosto de ese año, cuando la campaña por la liberación de los detenidos en Chicago estaba en pleno apogeo. En cada discurso que hizo en diferentes ciudades exigió su libertad. En la gira, se interesó en especial por la situación de las mujeres trabajadoras en Estados Unidos, investigando sobre sus condiciones laborales. El trabajo en las fábricas textiles y la industria del tabaco era degradante y precario. En muchos casos, las mujeres y sus familias dormían en el mismo lugar de trabajo. La explotación infantil era otra marca de nacimiento del pujante capitalismo norteamericano.

Eleanor Marx destacó en aquellos años por su papel como organizadora en Inglaterra, agrupando a aquellos entre los más explotados y oprimidos de la clase: las mujeres y trabajadores precarios no calificados. Sectores que eran considerados “inorganizables” por las cúpulas de los sindicatos. Y al mismo tiempo que apoyaba huelgas por salarios y por la reducción de la jornada laboral para conseguir una vida más allá del trabajo, promovía la lucha de fondo por terminar con el trabajo asalariado como tal.

Hace unas semanas se publicó en castellano ¡Trabajadores del mundo, uníos! (Bellaterra, 2022), una antología con escritos y documentos de la Primera Internacional fundada por Marx y Engels. La edición, prologada por Marcello Musto, permite acercarse a una historia viva de la primera organización mundial de la clase trabajadora. Muestra que su influencia crecía al calor de su intervención y apoyo a las luchas de trabajadores y trabajadoras en varios países, al mismo tiempo que se planteaba como objetivo acabar con toda forma de opresión y explotación.

Un siglo y medio después, las condiciones laborales en muchos centros de trabajo se asemejan más a aquellas del siglo XIX que a las promesas de “libertad” y “prosperidad” que el capitalismo aseguraba traer. Grandes multinacionales como Amazon y Starbucks invierten millones de dólares en campañas antisindicales, contratando a bufetes de abogados y consultoras para evitar que se formen nuevos sindicatos. Más cerca, también en España muchas empresas imponen un veto a la organización sindical mediante despidos y persecuciones, tal como lo viene denunciando la Plataforma de Represaliadxs Sindicales, que agrupa casos de diferentes centros de trabajo. O como pudimos ver hace unos meses en Cádiz, cuando el gobierno “progre” envió una tanqueta contra los huelguistas del metal.

A pocos días del 1 de mayo, frente a tantos que dieron por muerta a la clase obrera, bien vale decir: ¡larga vida a la clase obrera! Dirigir la mirada hacia lo que ocurre en las tiendas de Starbucks y los almacenes de Amazon, pero también hacia el campo andaluz, donde se organizan las jornaleras de Huelva, o hacia los suelos que limpian las trabajadoras del Guggenheim en Bilbao. Allí se encuentra una clase obrera feminizada, diversa y racializada dando pasos en su organización, en la lucha y en la solidaridad más allá de las fronteras. Y si los capitalistas siguen utilizando las mismas técnicas de represión antisindical que sus antepasados, lxs trabajadorxs también tienen el desafío de aprender de su propia historia de luchas y revoluciones. Claro que no todo siempre será igual. Hoy Eleanor Marx se sentaría a conspirar sobre cómo organizar una huelga con una joven trabajadora queer en Nueva York o con una jornalera marroquí. Y tomarían un café machiatto, claro está.

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As the West Goes to War, Crafting Peace Today (Talk)

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Josefina L. Martínez, La Izquierda Diario

“¡Trabajadores del mundo, uníos!” reúne documentos y resoluciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) en sus diferentes Congresos.

El libro, compilado por Marcello Musto, fue publicado en castellano en 2022 por Bellaterra. [1]

Hasta el momento, la edición más completa de documentos y actas de los Congresos de la AIT en castellano era la antología de Jacques Freymond. [2] Una obra exhaustiva, publicada en 1973 en dos tomos que suman casi 1200 páginas. Sin embargo, estaba agotada hace tiempo, por lo que muchos de esos escritos eran de difícil acceso. De ahí que sea una muy buena noticia la publicación de esta nueva antología que recupera muchos de los debates en el seno de la Internacional. El libro reúne minutas y documentos del Consejo General de la AIT con sede en Londres dirigido por Marx, junto con registros de intervenciones de diferentes delegados en los Congresos y Conferencias de la AIT entre 1866 y 1872 (incluye también documentos posteriores). En algunos casos se trata de materiales inéditos en castellano (24 resoluciones e intervenciones sobre un total de 80 fueron traducidas por primera vez).

Después de una detallada introducción por parte de Musto, los documentos ocupan casi 300 páginas y están organizados temáticamente en varias partes: 1) El discurso inaugural, 2) El programa político, 3) El trabajo, 4) Sindicatos y huelgas, 5) El movimiento y el crédito cooperativo, 6) Sobre la herencia, 7) La propiedad colectiva y el Estado, 8) Educación, 9) La Comuna de París, 10) El internacionalismo y la oposición a la guerra, 11) La cuestión irlandesa, 12) Sobre los Estados Unidos y 13) Organización política.

Musto destaca que la compilación responde a una meta precisa: “mostrar la forma económica y política de la sociedad futura que buscaban alcanzar los miembros de la Internacional”. La selección tiene el objetivo -explica- de destacar algunos puntos clave del debate teórico-político entre las diferentes tendencias y agrupamientos al interior de la Internacional. En particular entre los mutualistas proudhonianos, los comunistas afines a Marx y los anarquistas influenciados por Bakunin.

Es un aporte, también, la hipótesis que plantea acerca de las dimensiones organizativas de la Internacional a través de los años. En base a distintas fuentes, Musto elabora una serie de datos de afiliaciones a las secciones de la internacional, señalando los que habrían sido años de mayor auge en cada país. En su pico más alto, la Internacional habría alcanzado unos 150.000 afiliados, de los cuales 50.000 se encontraban en Inglaterra, más de 30.000 entre Francia y Bélgica, 30.000 en España, 25.000 en Italia, más de 10.000 en Alemania, unos cuantos miles en el resto de los países europeos y cerca de 4.000 en Estados Unidos. Estas cifras eran considerables para aquel momento, más teniendo en cuenta que en varios países se perseguía a los miembros de la Internacional o eran organizaciones ilegales. Desde el punto de vista de su composición, la Asociación afiliaba tanto a sindicatos como a asociaciones políticas o individuos. En el caso de Inglaterra, la presencia sindical era mayoritaria, mientras que en Francia y Bélgica se combinaba la afiliación sindical con la presencia de múltiples agrupamientos socialistas y mutualistas.

No pretendemos aquí dar cuenta de todos los hitos de la historia de la Internacional ni el conjunto de los debates que aborda Musto en la introducción. Nos gustaría destacar algunos ejes que pueden tener especial interés para la actualidad: la polémica de Marx con el sindicalismo y el cooperativismo, los debates sobre el Estado y la Comuna con el anarquismo y la cuestión de la organización y el partido mundial.

Sindicalismo, mutualismo y socialismo

La historia de la Internacional no se puede separar de la del movimiento obrero de su época. Desde su fundación el 28 de septiembre de 1864 en el Saint Martin’s Hall de Londres, la organización crece en influencia, al calor del desarrollo de importantes procesos huelguísticos. Trabajadores en huelga se dirigen a la Internacional para solicitar apoyo en sus luchas o se afilian a la misma, como es el caso de los obreros y obreras ovalistas de Lyon o los mineros de Fuveau. [3] Muchos trabajadores y trabajadoras apoyan la Internacional como un espacio para la coordinación entre obreros de diferentes países, con el fin de evitar que las patronales quiebren las huelgas, como intentaban hacerlo una y otra vez, contratando mano de obra extranjera. Esa búsqueda de una solidaridad de clase elemental a través de las fronteras se encuentra en los orígenes de la Internacional.

En los primeros años, se producen debates sobre la cuestión sindical y las huelgas, ya que algunos grupos se oponían a la lucha sindical. Esto será combatido desde el inicio por Marx y Engels. Al mismo tiempo, los documentos muestran la tensión constante con los sectores sindicalistas (en especial los dirigentes sindicales ingleses) que tienden a posiciones “economicistas”. Es decir, que querían restringir la organización a actuar como una plataforma de solidaridad activa con las luchas salariales, por la reducción de la jornada o mejores condiciones laborales, sin inmiscuirse en el terreno político. Por su parte, los sectores afines a Marx y Engels defienden una perspectiva política que tiene como objetivo la emancipación completa de la clase trabajadora y todos los oprimidos.

Otro gran foco del debate se produce con los mutualistas, que durante los primeros años eran una tendencia mayoritaria en la sección francesa y tenían peso en otras. Los seguidores de Proudhon promovían la expansión de cooperativas de producción y consumo, que serían financiadas por bancos cooperativos. De este modo, pronosticaban una paulatina superación de los elementos “negativos” de la sociedad capitalista, evitando el choque entre clases. Estaban en contra de impulsar huelgas (y mucho menos revoluciones) y eran claramente un ala moderada de la Internacional. Musto explica que “Marx desempeñó indudablemente un papel clave en la lucha para reducir la influencia de Proudhon en la Internacional. Sus ideas fueron claves para el desarrollo teórico de sus dirigentes y mostró una notable capacidad para afirmarlas ganando cada conflicto importante en la organización.” [4]

El Manifiesto inaugural, redactado por Marx, señalaba en este sentido que “el trabajo asalariado, como en sus días el trabajo esclavo y el trabajo del siervo, es solamente una forma social transitoria y subordinada, destinada a desaparecer frente al trabajo asociado”. Pero la experiencia de lucha de los años previos mostraba que “para poder liberar a las masas obreras, el cooperativismo necesita desarrollarse a escala nacional y contar con medios nacionales”. Algo que será resistido por los capitalistas, ya que “los señores de la tierra y los señores del capital emplearán siempre sus privilegios políticos en defender y perpetuar sus monopolios económicos.” “De ahí que el gran deber de las clases obreras sea conquistar el poder político”, concluye. [5]

También en polémica con el mutualismo, Marx había redactado las Instrucciones sobre diversos problemas a los delegados del Consejo Central provisional de 1866:

Para convertir la producción social en un sistema amplio y armónico de libre trabajo cooperativo, son necesarios cambios generales de carácter social, cambios que afecten a las condiciones generales de la sociedad y que solo podrán llevarse a cabo mediante el traspaso del poder organizado de la sociedad, es decir, del poder del Estado, desde las manos de los capitalistas y terratenientes a las manos de los productores mismos. [6]

La derrota de los mutualistas en la Internacional se terminará plasmando en las resoluciones del Congreso de Bruselas en septiembre de 1868, con la introducción de una serie de artículos programáticos que apuntan a la socialización de los medios de producción estratégicos, como las minas, los medios de transporte, los canales, carreteras, telégrafos junto con la gran propiedad agrícola. El Congreso proponía que esas propiedades colectivas fueran concedidas a asociaciones de trabajadores para “garantizar a la sociedad el funcionamiento racional y científico de los ferrocarriles, etcétera, a un precio tan próximo como sea posible a los gastos del trabajador.” Cabe destacar que las resoluciones incluían también la cuestión del medioambiente:

Considerando que el abandono de las forestas a individuos privados causa la destrucción de los bosques necesarios para la conservación de los manantiales, y, evidentemente, de la buena calidad del suelo, así como la salud y las vidas de la población, el Congreso piensa que los bosques deben seguir siendo propiedad de la sociedad. [7]

La Comuna y la cuestión del Estado

Las definiciones sobre el Estado se concretan a partir de la experiencia de La Comuna de Paris de 1871. A partir de entonces se establece mucho más claramente una delimitación estratégica no solo con los mutualistas sino también con los anarquistas o “autonomistas” seguidores de Bakunin.

Marx escribe en La Lucha de clases en Francia que “la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal como está y a servirse de ella para sus propios fines”. La Comuna se constituye en base a representantes electos, que podían ser revocados en cualquier momento, como un órgano a la vez ejecutivo y legislativo. Suprime el ejército permanente y la policía y decreta la separación de la Iglesia del Estado. En ese sentido La Comuna “quiebra el poder estatal moderno”. Su verdadero secreto estaba en que era “esencialmente un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación del trabajo.” [8] Por primera vez en la historia, señala Marx, simples obreros se atreven a desafiar los principios del orden burgués y muestran que podían llevar adelante su propio gobierno. Por eso “el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia” y toda la fuerza de la represión estatal capitalista se descarga sobre la comuna roja.

En la parte de la antología dedicada a “La propiedad colectiva y el Estado” se encuentran varios documentos interesantes que ilustran esta lucha política y teórica con los anarquistas en el seno de la Internacional después de la Comuna. Entre ellos, un extracto del texto escrito por Marx, Engels y Lafargue en polémica con Bakunin. [9] Después de plantear que este se proponía derrotar a un “Estado abstracto”, los autores polemizan con su idea de que es igual una república burguesa que un Estado revolucionario. Y apuntan que la experiencia de la Comuna de Lyon muestra lo fallido de la doctrina de Bakunin. Señalan, de forma irónica, que por más que los anarquistas proclamara la “abolición del Estado por decreto”, el Estado real, materializado en dos compañías de guardias nacionales, bastó para “obligar a Bakunin a salir corriendo hacia Ginebra”.

La ruptura con Bakunin se formaliza en el Congreso de la Haya (1872) donde se resuelve su separación de la Internacional, una vez constatadas las diferencias y la formación, por parte de los seguidores de Bakunin, de una organización paralela dentro de la Internacional que buscaba restringir sus objetivos. Su idea de un comunismo “sin transición” resultaba muy radical en su retórica, pero en realidad era un ataque directo a la necesidad una política revolucionaria por parte de la clase obrera.

En las resoluciones del Congreso de Saint-Imier, convocado por los grupos afines a Bakunin después del Congreso de La Haya, se afirmará que “toda organización política no puede ser otra cosa que la organización de la dominación, para beneficio de una clase y en detrimento de las masas; y que, si el proletariado buscaba tomar el poder se convertiría en una clase dominante y explotadora.” [10] Una condena absoluta a cualquier intento de la clase obrera por tomar el poder político que, por lo tanto, la condenaba a la impotencia de aceptar el estatus quo actual. Entre Marx y Bakunin había posiciones irreconciliables en lo que hacía a los objetivos, los métodos y las fuerzas sociales de la revolución tal como puede apreciarse en la serie de documentos publicados en la antología referidos a la organización política.

Por último, aunque se trata de una selección acotada, son también de gran interés los textos reunidos en la parte dedicada al debate sobre Irlanda y Estados Unidos. Estos muestran la posición internacionalista de Marx y Engels contra la opresión nacional, contra la esclavitud y el racismo. Sobre la cuestión de la mujer, aparecen algunas resoluciones, como la que plantea la formación de secciones de mujeres obreras y el documento “Sobre la emancipación e independencia de la mujer” presentado por algunos delegados al Congreso de Ginebra. Aunque sobre este tema la compilación de Freymond es un poco más completa, ya que reproduce los debates entre los diferentes delegados sobre el tema.

Una Internacional para una nueva clase obrera

Marcello Musto cierra la introducción del libro señalando las condiciones actuales donde se combinan crisis económicas, sociales y ecológicas, una creciente brecha social entre ricos y una mayoría empobrecida, así como vientos de guerra. Desde su punto de vista, esto plantea a la clase trabajadora la “urgente necesidad de reorganizarse sobre la base de dos características fundamentales de la Internacional: la multiplicidad de su estructura y el radicalismo de sus objetivos” y señala que para hacer frente a los desafíos del presente la nueva Internacional debe ser “plural y anticapitalista”.

En este punto, si partimos del hecho de que la composición social y cultural de la clase trabajadora es mucho más heterogénea que en el pasado (una clase obrera más extendida internacionalmente, feminizada, racializada y diversa) no podemos más que coincidir en que sus organizaciones tienen que expresar esa pluralidad. Basta mirar las novedosas experiencias de la clase obrera norteamericana, donde una nueva ola de sindicalismo desde abajo es protagonizada por jóvenes trabajadores y trabajadoras negras, latinas y LGTBI. Sectores en los que han tenido gran impacto movimientos sociales como el feminista o el Black Lives Matter.

Sin embargo, es necesario señalar también que la experiencia de más de 150 años de la clase obrera desde la fundación de la Primera Internacional plantea una articulación muy diferente entre sindicatos, consejos obreros y partidos revolucionarios, que la que podía haber en época de Marx. A comienzos del siglo XX irrumpieron nuevas experiencias de autoorganización, como fueron los consejos obreros o soviets, que permitieron expresar la pluralidad social y política de la clase trabajadora, a la vez que permitían mantener una libertad de tendencias políticas en su seno. Al mismo tiempo, la delimitación estratégica que comenzó en época de Marx con el anarquismo o las tendencias autonomistas, se enriquece en el siglo XX con las experiencias de las grandes revoluciones de la clase obrera, pero también con las múltiples traiciones de la socialdemocracia y el estalinismo. De todas estas lecciones no podemos hacer borrón y cuenta nueva. Se trata de experiencias y luchas políticas, que, junto a las conclusiones de la lucha de clases más actual, forman las bases para reorganizar ese partido internacional de la revolución socialista que necesitamos con tanta urgencia.

NOTAS AL PIE

[1] Originalmente fue publicado en inglés en el año 2015 por Bloomsbury con motivo de los 150 años de la fundación de la AIT.

[2] Jacques Freymond, La Primera Internacional, Tomos I y II, Ediciones Zero, 1973, Bilbao. Publicada originalmente en francés en 1962 con el título La première Internationale, una colección de textos dirigida por Jacques Freymond, compilados por Henri Burgelin, Knut Langfeld y Miklós Molnár.

[3] Jaques Freymond, La Primera Internacional, Ediciones Zero, 1973, Bilbao

[4] Ver Introducción, en: Marcello Musto (Ed.); ¡Trabajadores del mundo, uníos!, Bellaterra, 2022.

[5] Karl Marx, Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores, octubre de 1864. En: Marcello Musto (Ed.); ¡Trabajadores del mundo, uníos!, Bellaterra, 2022.

[6] Citado en Marcello Musto (Ed.); ídem.

[7] Resoluciones del Congreso de Bruselas (1868), VVAA, en: Marcello Musto, ídem.

[8] Karl Marx, Sobre la Comuna de París (Fragmentos de “La lucha de clases en Francia…”), en: Marcello Musto, ídem.

[9] Marx, Engels, Lafargue; La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de Trabajadores, publicado en francés en agosto de 1873.

[10] Ídem

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The Last Years of Karl Marx

On His Birthday, Let’s Celebrate the Old Man Karl Marx. Karl Marx’s final years of life are often overlooked as a period of intellectual and physical decline. But his thought remained vibrant to the end, as he addressed political questions that are still relevant to us today.

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As the West Goes to War, Crafting Peace Today

As Europe, broadly the West, goes to war and the media grimly predicts a third world war, this panel discussion asks pertinent questions about the meaning of this war for the working people of the world and in particular the rest of the world. The ‘third’ world or the ‘global south’ has historically been crucial in the construction of Europe as the dominant and civilized other. What are the geopolitical implications of the present war in Europe for the rest of the world? How does this war hinder the prospect of global peace and people’s security? What is the impact of the war on food security, energy security, and in general security of nations? Is there any necessity for the weaker and smaller nations and the working people to take side in the war? Must they support military alliances? Is this war, which includes weaponised policies of economic sanctions and discriminatory policies of protection of refugees, essential to save “democracy”? What, in fact, will be the definition of peace in this context? How can we articulate the politics of peace in this time?

The speakers of the panel discussion are :

Professor Marcello Musto, Professor of Sociological Theory, York University, Toronto.

Professor Sandro Mezzadra, Professor of Political Philosophy, University of Bologna, Italy.

Professor Ranabir Samaddar, Distinguished Chair in Migration and Forced Migration Studies, Calcutta Research Group, India.

Professor Paula Banerjee, Professor and Head in South and South-East Asian Studies, University of Calcutta & Calcutta Research Group, India will moderate the panel discussion.

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Zhan Jiong, Lao Gong Yun Dong Yu She Hui Zhu Yi

战争的经济原因

当政治科学探究战争背后的意识形态、政治、经济甚至心理动机,社会主义理论则令人信服地强调资本主义发展与战争蔓延之间的关系。

 

在第一国际的内部辩论中,主要领导者之一的塞萨尔·德巴普(César de Paepe)阐述了后来成为工人运动在这个问题上的经典立场:在资本主义生产制度下,战争是不可避免的。在当代社会,战争不是由君主或其他个人的野心造成的,而是由占主导地位的社会经济模式造成的。对于工人运动来说,文明的教训来自这样一种信念:任何战争都应被视为“一场内战”,工人之间的激烈冲突剥夺了他们幸存所必需的手段。

 

马克思在他的所有著作中都没有发展他关于战争的观点,也没有提出对战争采取正确态度的指导。在《资本论》里,马克思认为暴力是一种经济力量,“是每一个孕育着新社会的旧社会的助产婆”。但他并不认为战争是社会革命转型的关键捷径,他政治活动的一个主要目标是让工人们忠于国际团结的原则。

对恩格斯来说,战争是一个如此重要的问题,以至于成为他晚年一部作品的主题。恩格斯在《欧洲能否裁军?》中指出,在过去的二十五年里,每个大国都试图在军事和战备上超过对手。这导致了空前未有的武装规模,并使旧大陆趋近于一场“世界上还没有见过的毁灭性的战争”。恩格斯说:“常备军制度在整个欧洲已发展到极端,只要常备军不及时改组为以普遍武装人民为基础的民兵,那么,不是这种制度使各国人民担负不起军费重担而在经济上破产,就是它必然导致一场毁灭性的大战。”恩格斯在其分析中不忘强调,常备军的维持既出于外部军事目的,也出于内部政治目的。他们“与其说是防御国外的敌人,不如说是防御国内的敌人”,加强镇压无产阶级和工人斗争的力量。由于大众阶层通过税收和向国家提供军队而为战争付出了更多,因此工人运动应该争取“通过国际协议逐步缩短服现役的期限”和裁军,这是唯一有效的“和平保障”。

检验与崩溃

和平时期的理论争议很快便成为当时最重要的政治议题,工人的代表们拒绝支持战争,这是工人运动不得不面对的现实。在1870年的普法冲突中,社会民主党议员威廉·李卜克内西和奥古斯特·倍倍尔谴责了俾斯麦领导下的德意志的吞并计划,并投票反对战争信贷。他们“拒绝了为继续战争提供额外资金的法案”,这使得他们以叛国罪被判两年监禁,但也帮助工人阶级找到了另一种利用危机的方式。

 

随着欧洲主要列强继续其帝国主义扩张,关于战争的争论在第二国际的辩论中变得愈发重要。成立大会通过的一项决议将和平奉为“任何工人解放的不可或缺的先决条件”。“世界政策(Weltpolitik)”——这是一项德意志帝国在国际舞台上扩大势力的侵略政策——改变了地缘政治环境,反军国主义原则在工人运动中扎得更深,并影响了对武装冲突的讨论。战争的作用不再仅仅被视为开启革命机遇和加速体制崩溃(左翼的这一观点可以追溯到罗伯斯庇尔的“没有革命的革命”)。战争现在被视为一种危险,因为它对无产阶级造成了严重的后果,即饥饿、贫困和失业。

1907年,第二国际在斯图加特大会上通过了《关于军国主义与国际冲突》的决议,其中概括了所有已成为工人运动共同遗产的要点,包括投票反对增加军事开支的预算、对常备军的反感以及对民兵制度的偏爱等。随着时间的流逝,第二国际对和平的承诺越来越少,欧洲大多数社会主义政党最终都支持第一次世界大战。这一过程产生了灾难性的后果。大家都认为“进步的好处”不应被资本家们垄断,工人运动开始与统治阶级的扩张主义目标一致,并被民族主义意识形态所淹没。第二国际在战争面前完全无能为力,未能实现其主要目标之一:维护和平。

 

罗莎·卢森堡和列宁是对于战争的两个最强烈的反对者。卢森堡拓展了左派的理论理解,表明军国主义是支撑国家的关键。和其他共产主义领导者相比,她表现出了少有的信念和力量,她认为“对战争的战争!”的口号应该成为“工人阶级政治的基石”。正如卢森堡在《社会民主党的危机》中所写的那样,第二国际之所以崩溃,是因为它未能“让所有国家的无产阶级达成一致的战术和行动”。因此,自那时起,“无论身处和平还是战乱”,无产阶级的“主要目标”都应是“反对帝国主义与防止战争”。

列宁在第一次世界大战期间所写的《社会主义与战争》及其他著作里指出了两个基本问题。第一是关于“历史的伪造”,每当资产阶级试图把“进步性的、民族解放性质的战争”归咎于实际上是“掠夺”的战争时,发动战争的唯一目的就是决定哪个交战国将压迫最多的外国人民,并增加资本主义的不平等。第二是社会改良派掩盖了阶级斗争的矛盾,他们声称“从‘自己’国家的资产阶级靠掠夺其他民族、靠它的大国优越地位等等而攫取的利润中分得一点油水”。这本小册子中最著名的论点——革命者应该寻求“把帝国主义战争变为国内战争”——暗示那些真正想要“持久的民主的和平”的人们必须发动“针对当局政府和资产阶级的内战”。列宁相信,在战争时期始终进行着的阶级斗争“必然”会在群众中产生革命的精神。

分界线

第一次世界大战不仅在第二国际内部造成分裂,而且在无政府主义运动中也造成分裂。在冲突爆发后不久发表的一篇文章中,克鲁泡特金写道:“任何珍视人类进步理念的人,其任务就是粉碎德国对西欧的入侵。”意大利无政府主义者恩里科·马拉泰斯塔(Enrico Malatesta)在回复克鲁瓦特金时表示,“德国的胜利肯定意味着军国主义的胜利,但盟军的胜利也意味着俄英实现了对欧洲和亚洲的统治。”

 

在《十六国宣言》中,克鲁泡特金坚持认为,我们需要“抵抗侵略者,因为他摧毁了我们所有的解放希望”。协约国对德国的胜利将是较小的罪恶,且不会破坏现有的自由。另一边,马拉泰斯塔和他在《无政府主义国际反战宣言》上的同盟者宣称:“进攻的战争和防御的战争是没有区别的。”此外,他们补充说:“任何交战方都没有任何权利要求文明,正如它们也没有权利要求合法自卫一样。”

对战争的态度也在女权运动中引起了争论。在长期以来由男性垄断的工作岗位上,女性需要取代应征入伍的男性,这鼓励了沙文主义意识形态在新生的妇女参政运动中传播甚广。揭露两面派政府(一面呼吁抵御外敌,一面利用战争来打压基本的社会改革)是罗莎·卢森堡和当时的共产主义女权主义者最重要的成就之一。她们是第一批清醒而勇敢地走上这条道路的人,这条道路将向后代表明,反对军国主义的斗争对于反对父权制的斗争而言是至关重要的。后来,拒绝战争成为国际妇女节的一个独特部分,而反对那些可能爆发新冲突的战争预算,也成为了许多国际女权运动纲领的突出特点。

波拿巴不是民主

1854年,马克思谈到克里米亚战争,他在反对那些鼓吹反俄联盟的自由民主派时写道:“把同俄国的战争说成是自由同专制的战争同样是错误的。在这种情况下,波拿巴目前就会成为自由的代表人物。撇开这一点不谈,公开宣布的进行战争的全部目的正是要保持强国均势和维也纳条约——恰恰是那些要消灭民族的自由和独立的条约。”如果我们把这里的“波拿巴”换成“美国”、把“维也纳条约”换成“北约”,那么这些观点似乎是为今天而写。

 

那些同时反对俄罗斯和乌克兰民族主义以及北约扩张的人的想法,并没有显示出政治上的优柔寡断或理论上的模棱两可。最近几周,一些专家解释了冲突的根源,而那些提议不结盟政策的人们的立场才是尽快结束战争和确保最小伤亡的最有效方式。有必要根据两个要点来不断进行外交活动:缓和紧张局势和独立的乌克兰保持中立。

 

套用克劳塞维茨的名言,对左翼来说,战争不能是“政治的延续”。实际上,它只是证明了政治的失败。如果左翼希望卷土重来,并显示自己有能力利用自身历史来完成当下的任务,那么他们就需要在其旗帜上写下“反军国主义”和“拒绝战争”。

 

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لليسار إرث عميق في معارضة الحرب

مارسيلو موستو

نشر المقال في موقع جاكوبين بتاريخ 4 نيسان/أبريل 2022

لليسار تقليد عريق وغني في معارضة العسكرة يعود تاريخه إلى الحرب العالمية الأولى. وهذا التاريخ هو مصدر ممتاز لفهم أسباب الحرب في ظل الرأسمالية ولمساعدة اليساريين على الحفاظ على موقف واضح في معارضتها.

في وقت تبحث العلوم السياسية عن الدوافع الأيديولوجية والسياسية والاقتصادية وحتى النفسية وراء نشوب الحرب، قدمت النظرية الاشتراكية مساهمة فريدة من خلال توضيح العلاقة بين تطور الرأسمالية والحرب. لطالما نظّر اليسار ضد الحرب، كما توفر المواقف الأساسية للمنظّرين الاشتراكيين والمنظمات الاشتراكية طوال 150 سنة الماضية مورداً مفيداً لمعارضة العدوان الروسي على أوكرانيا، وفي الوقت عينه لمعارضة حلف شمال الأطلسي.

نادراً ما تكون للحروب- يجب عدم الخلط بينها وبين الثورات- أثراً ديموقرطياً الذي أمِلَ به منظرو الاشتراكية. في الواقع، لقد أُثبت في كثير من الأوقات أن الحروب هي أسوأ طريقة للقيام بالثورة، سواء بسبب التكلفة البشرية أو بسبب تدمير قوى الانتاج التي تتضمنها. إذا كان هذا الأمر صحيحاً في الماضي، فهو بات أكثر وضوحاً اليوم حيث تنتشر أسلحة الدمار الشامل على نطاق واسع.

الأسباب الاقتصادية للحرب

ضمن مناقشات الأممية الأولى، صاغ سيزار دو بايب، أحد قادتها الأساسيين، ما بات يعرف بالموقف الكلاسيكي للحركة العمالية حيال مسألة الحرب: أي، أن الحروب لا مهرب منها في ظل نظام الانتاج الرأسمالي. في المجتمع المعاصر، لا تنشأ الحروب بسبب طموحات الملوك أو الأفراد الآخرين إنما من النموذج الاقتصادي والاجتماعي المهيمن. جاء الدرس المستفاد من الحركة العمالية أن أي حرب يجب اعتبارها “حرباً أهلية”، [بمعنى تحويلها إلى] صدام شرس بين العمال وبين من حرمهم من الوسائل الضرورية للبقاء على قيد الحياة.

لم يطور ماركس على الإطلاق أي موقف ثابت أو منهجي بشأن الحرب في كتاباته. في كتاب رأس المال، الجزء الأول منه، حاجج أن العنف هو قوة اقتصادية، “قابلة كل مجتمع قديم حامل بمجتمع جديد”. لكنه لم يفكر بالحرب باعتبارها طريقاً مختصراً للتحويل الثوري للمجتمع، كان الهدف الأساسي لنضاله السياسي هو أن يلتزم العمال بمبدأ التضامن الأممي.

إلا أن الحرب كانت سؤالاً مهماً بالنسبة لفريدريك إنغلز لدرجة أنه خصص واحدة من كتاباته الأخيرة [1893]. في كتيبه المعنون: “هل يمكن نزع سلاح أوروبا؟” لاحظ أن السنوات الـ 25 الماضية، حاولت كل قوة عظمى التفوق على منافسيها لناحية الاستعدادات العسكرية للحرب. وقد شمل ذلك مستويات غير مسبوقة من إنتاج الأسلحة ما دفع بالقارة العجوز إلى أن تكون أقرب “إلى حرب تدميرية لم يشهدها العالم من قبل”.

وبحسب ما قاله إنغلز: “لقد جرى تطبيق نظام الجيوش الدائمة إلى أقصى الحدود في كل أنحاء أوروبا بحيث سيؤدي إما إلى خراب اقتصادي للشعوب بسبب كلفته الاقتصادية، أو أن يتحول إلى حرب إبادة شاملة”. وقد شدد على أنه يجري الحفاظ على نظام الجيوش الدائمة لأسباب تتعلق بالسياسات الداخلية وفي نفس الوقت لأسباب عسكرية خارجية. وأضاف إنغلز أن الهدف من هذه الجيوش “هو توفير الحماية ليس ضد العدو الخارجي بقدر ما هو حماية [الأنظمة] من العدو الداخلي”، وذلك من خلال تقوية القوى القمعية للبروليتاريا والنضالات العمالية. ولأن الطبقات الشعبية دفعت أكثر من أي فئة أخرى تكاليف الحرب، سواء من خلال الضرائب أو عبر تزويد القوى العسكرية بالمحاربين، على الحركة العمالية النضال من أجل “التخفيض التدريجي لمصطلح الخدمة [العسكرية] بموجب معاهدة دولية” ومن أجل نزع السلاح كسبيل وحيد وفعال لـ”ضمان السلام”.

الاختبارات والانهيارات

لم يمر وقت طويل قبل أن يتحول الجدال النظري في زمن السلم إلى أهم قضية سياسية في العصر. بداية، عارض ممثلو الحركة العمالية أي دعم للحرب حين اندلع النزاع الفرنسي البروسي (الصراع الذي سبق كومونة باريس) عام 1870. وأدان نائبا الحزب الاشتراكي الديمقراطي ويلهلم ليبكنخت وأوغوست بيبل أهداف ألمانيا البسماركية التوسعية وصوتا ضد اعتمادات الحرب. وكان قرارهما “رفض مشروع القانون للحصول على تمويل إضافي لمتابعة الحرب” وقد أدى موقفهما هذا إلى سجنهما لمدة عامين بتهمة الخيانة العظمى، إلا أنهما ساعدا في إظهار للطبقة العاملة طريقة بديلة للبناء على الأزمة.

وفي وقت استمرت القوى الأوروبية العظمى بتوسعها الامبريالي، اكتسب الجدال حول الحرب وزناً كبيراً في مناقشات الأممية الثانية. فجاء القرار الذي تبناه المؤتمر التأسيسي ليكرس السلام كـ”شرط مسبق لا غنى عنه لأي تحرر عمالي”.

ولأن السياسة العدوانية للإمبراطورية الألمانية (Weltpolitik) قد غيرت الوضع الجيوسياسي، غرست في الوقت عينه المبادئ المناهضة للعسكرة جذوراً عميقة في الحركة العمالية وأثرت على المناقشات حول النزاعات المسلحة. لم يعد ينظر إلى الحرب بكونها مجرد تسريع لانهيار النظام (فكرة يسارية تعود إلى أيام شعار ماكسيميليان روبسبيير: “لا ثورة من دون ثورة”). إنما بات ينظر إليها كخطر له نتائج كارثية على البروليتاريا، مثل الفقر والجوع والبطالة.

لخص القرار حول “العسكرة والصراعات الدولية”، الذي تبناه مؤتمر الأممية الثانية في شتوتغارت عام 1907، كل النقاط الأساسي التي باتت تراثاً للحركة العمالية. من بينها التصويت ضد اعتمادات الحرب التي تزيد الإنفاق العسكري، رفض الجيوش الدائمة، وتفضيل نظام الميليشيات الشعبية.

مع مرور السنوات، ومع تراجع التزام الأممية الثانية بالسلام، ومع حلول زمن الحرب العالمية الأولى، صوتت غالبية الأحزاب الاشتراكية لدعمها- هذا المسار كان له نتائج بالغة السوء. بحجة أن “فوائد التقدم” لا ينبغي أن يحتكرها الرأسماليون، جاءت الحركة العمالية حتى تشارك في الأهداف التوسعية للطبقات الحاكمة وأغرقت بالأيديولوجيا القومية. بهذا المعنى، أثبتت الأممية الثانية أنها عاجزة عن مواجهة الحرب، وتخلت عن هدفها في الحفاظ على السلام.

ضد هذا المشهد، كانت روزا لوكسمبورغ وفلاديمير لينين من أكثر المعارضين للحرب. بوضوح ومبدئية، أظهرت لوكسمبورغ كيف أن العسكرة هي العامود الفقري للدولة وناضلت حتى يصبح شعار “الحرب على الحرب” الشعار “الأساسي لسياسات الطبقة العاملة”. وكما كتبت في كتاب أزمة الاشتراكية الديمقراطية في ألمانيا، فإن الأممية الثانية قد انقسمت لأنها فشلت في “تحقيق تكتيك ونضال مشترك للبروليتاريا في كل الدول”. مذاك، أصبح “الهدف الأساسي” للبروليتاريا هو “محاربة الامبريالية وتجنب الحروب، خلال فترات السلام كما في الحرب”.

في كتيبه الاشتراكية والحرب– واحد من كتاباته خلال الحرب العالمية الأولى- كان للينين الفضل العظيم في إظهار مسألتين أساسيتين. الأولى متعلقة بـ”التزوير التاريخي” حيث مهما حاولت البرجوازية أن تعطي لما كان يحصل “معنى تقدمي للتحرر الوطني” في حين كانت في الواقع حروباً لـ”النهب”.

الثانية، كانت إخفاء التناقضات من قبل الاشتراكيين الإصلاحيين الذين استبدلوا الصراع الطبقي بادعاءات تتعلق “بفتات الفوائد التي تجنيها بواسطة البرجوازيات الوطنية خلال نهب الدول الأخرى”. أشهر أطروحة في كتيبه- أنه على الثوار رفع شعار “تحويل الحرب الامبريالية إلى حرب أهلية”- تفرض على الذين يريدون تحقيق “سلام ديمقراطي دائم” أن يناضلوا من أجل شن “حرب أهلية ضد حكوماتهم والبرجوازية”. كان لينين مقتنعاً بما أثبت التاريخ عدم دقته: أن أي صراع طبقي خلال الحرب سيؤدي “من دون شك” إلى خلق روح ثورية بين الجماهير.

خطوط التماس

لم تنتج الحرب العالمية الأولى انقسامات فقط ضمن الأممية الثانية إنما أيضاً وسط الحركة الأناركية. ففي مقال كتبه بعد نشوب النزاع، كتب بيتر كروبوتكين أن “مهمة أي شخص تعنيه فكرة التطور الإنساني هو أن يسحق الاجتياح الألماني لغربي أوروبا”.

في رده على كروبوتكين، حاجج الأناركي إريكو مالاتيستا أنه، وعلى الرغم من عدم كونه سلامياً وعلى الرغم من كامل المشروعية بحمل السلاح في حرب تحريرية، ليست الحرب العالمية- كما كانت تشدد البرجوازية- صراعاً من “أجل الصالح العالم ضد العدو المشترك” للديمقراطية إنما هي مثال إضافي لقمع الطبقة الحاكمة للجماهير العمالية. كان مدركاً أن “النصر الألماني سيؤدي من دون شك إلى انتصار العسكرة، ولكن كذلك انتصار الحلفاء يعني هيمنة روسية-بريطانية على أوروبا وآسيا”.

في بيان الـ 16، أيد كروبوتكين الحاجة إلى “مقاومة المعتدي عندما يشكل دماراً لكل آمالنا في التحرر”. فانتصار الوفاق الثلاثي ضد ألمانيا سيكون أهون الشرين ولن يسبب أي شيء لتقويض الحريات الموجودة. من جهة ثانية، أعلن مالاتيستا ورفاقه الموقعون على المانيفستو الأناركي الأممي المناهض للحرب: “لا يمكن التمييز بين الحروب الهجومية وتلك الدفاعية”. أكثر من ذلك، أضافوا: “أنه لا يحق لأي من المتحاربين الادعاء بالمطالبة بالحضارة، كما لا يحق لأي منهم التحجج بالدفاع المشروع عن النفس”. بالنسبة إلى مالاتيستا، وإيما غولدمان، وفريديناند نيوينهويس، والأغلبية العظمى من الحركة الأناركية، كانت الحرب العالمية الأولى حلقة أخرى في الصراع بين الرأسماليين من مختلف القوى الامبريالية، والتي كانت تحصل على حساب الطبقة العاملة. من دون “لكن” أو “إنما” أصروا على الشعار التالي: “لا أحد ولا قرش للجيش”، ورفضوا بشدة أي دعم، حتى غير مباشر، لاستمرار الحرب.

كما أثارت المواقف تجاه الحرب جدالاً داخل الحركة النسوية. شجعت حاجة النساء للحلول مكان الرجال المجندين في الوظائف- بأجور قليلة وظروف عمل استغلالية للغاية- لدعم الحرب من جزء كبير من الحركة المؤيدة لحق النساء بالاقتراع الحديثة الولادة. بعض القائدات ذهبن بعيداً بحيث رفعن العرائض المطالبة بتعديل القوانين بحيث يتاح للنساء التطوع في الجيش. رغم ذلك، استمرت العناصر الأكثر راديكالية في مناهضة الحرب. عملت النسويات الشيوعيات على فضح الحكومات المخادعة، والتي كانت تستغل الحرب للتراجع عن الإصلاحات الاجتماعية الأساسية.

كانت كلارا زيتكين وألكسندرا كولونتاي وسيلفيا بانكهورست، وطبعا روزا لوكسمبورغ من بين الأوائل اللواتي انطلقن بشكل واضح وشجاع على الطريق الذي سيظهر للأجيال الآتية كيف أن النضال ضد العسكرة كان أساسياً في النضال ضد البطريركية. لاحقاً، أصبح رفض الحرب عنصراً مميزاً من يوم المرأة العالمي، وظهرت معارضة موازنات الحرب عند اندلاع أي نزاع جديد بشكل بارز ضمن العديد من منصات الحركة النسائية العالمية.

مع صعود الفاشية واندلاع الحرب العالمية الثانية، تصاعد العنف بشكل أكبر. بعد أن هاجمت قوات أدولف هتلر الاتحاد السوفياتي عام 1941، أصبحت الحرب الوطنية الكبرى التي انتهت بهزيمة النازية عنصراً أساسياً في تشكل الوحدة الوطنية الروسية التي نجت بعد سقوط جدار برلين واستمرت حتى اليوم.

مع انقسام العالم إلى كتلتين، أدرك جوزف ستالين أن المهمة الأساسية للحركة الشيوعية العالمية كانت حماية الاتحاد السوفياتي. فجاء إنشاء منطقة عازلة من 8 دول من أوروبا الشرقية ركيزة أساسية لهذه السياسة. منذ عام 1961، وتحت قيادة نيكيتا خروتشيف، بدأ الاتحاد السوفياتي مساراً سياسياً جديداً بات معروفاً باسم “التعايش السلمي”. ورغم ذلك، إن هذه المحاولة في التعاون البنّاء كانت متجهة نحو الولايات المتحدة فقط، وليس إلى الدول “الاشتراكية القائمة فعليا”.

كان الاتحاد السوفياتي قد سحق الثورة المجرية بوحشية عام 1956. كما قام بالأمر عينه في تشيكوسلوفاكيا. فبمواجهة مطالب الدمقرطة خلال “ربيع براغ” قرر المكتب السياسي للحزب الشيوعي السوفياتي بالإجماع إرسال نصف مليون جندي وآلاف الدبابات. أوضح ليونيد بريجنيف القرار بالإشارة إلى ما سماه “السيادة المحدودة” لدول تحالف وارسو: “عندما تحاول القوى المعادية للاشتراكية تحويل تطور بعض الدول الاشتراكية نحو الرأسمالية، فإنها لا تصبح مشكلة للبلد المعني فحسب، إنما هي مشكلة مشتركة تعني كل الدول الاشتراكية”. وبحسب المنطق المعادي للديمقراطية، فإن تعريف ما كان وما لم يكن “اشتراكياً” يرجع بطبيعة الحال إلى القرار التعسفي للقادة السوفيات.

مع اجتياح أفغانستان عام 1979، بات الجيش الأحمر من جديد أداة أساسية لسياسة موسكو الخارجية، والتي استمرت بالمطالبة بالحق بالتدخل فيما وصفته بـ”المنطقة الأمنية الخاصة بها. لم تؤدِ هذه التدخلات العسكرية إلى تخفيض عام للتسلح فحسب إنما كذلك شوهت سمعة الاشتراكية وأضعفتها عالمياً. كان ينظر على نحو متزايد إلى الاتحاد السوفياتي على أنه قوة امبريالية تتصرف بطرق لا تختلف عن تلك التي تقوم بها الولايات المتحدة، والتي، دعمت سراً إلى هذا الحد أو ذاك الانقلابات وساعدت في الإطاحة بالحكومات المنتخبة ديمقراطياً في أكثر من 20 دولة في العالم.

أن تكون يسارياً يعني أن تكون ضد الحرب

مع نشوب الحرب الروسية-الأوكرانية، يواجه اليسار من جديد مسألة كيفية اتخاذ موقف حين تتعرض سيادة دولة للهجوم. من الخطأ أن ترفض حكومات مثل فنزويلا إدانة الاجتياح. وهذا ما سيجعل إدانة أعمال عدوانية مستقبلية ومحتملة تشنها الولايات المتحدة يبدو أقل مصداقية. يمكن تذكر كلمات لينين في الثورة الاشتراكية وحق الشعوب في تقرير مصيرها:

“إن حقيقة أن النضال من أجل التحرر الوطني ضد قوة امبريالية، يمكن أن تستعمله، في ظل ظروف معينة، قوة “عظمى” أخرى خدمة لمصالحها الامبريالية، يجب ألا يؤدي إلى حث الاشتراكية الديمقراطية على التخلي عن اعترافها بحق الشعوب بتقرير مصيرها”.

لقد أيد اليسار تاريخياً مبدأ حق الشعوب بتقرير مصيرها ودافع عن حق الدول في رسم حدودها انطلاقاً من الإرادة الصريحة لشعبها. وفي إشارة مباشرة إلى أوكرانيا، وفي نتائج المناقشة حول الحق بتقرير المصير، حاجج لينين:

“إذا انتصرت الثورة الاشتراكية في بتروغراد وبرلين ووارسو، فإن الحكومة الاشتراكية البولندية كالحكومتين الاشتراكيتين الروسية والألمانية، ستتخلى عن “الاحتفاظ القسري” للأوكرانيين، على سبيل المثال، داخل حدود الدولة البولندية”.

لماذا نقترح، إذاً، التنازل عن أي شيء مختلف للحكومة القومية بقيادة فلاديمير بوتين؟

من ناحية أخرى، استسلم الكثير من اليساريين لإغراء أن يكونوا- سواء مباشرة أو غير مباشرة، مشجعين على التحارب ومغذين لقيام “الوحدة الوطنية”. مثل هذا الموقف اليوم يزيل الفروق بين الأطلسية والسلامية. يظهر التاريخ أنه عندما لا تعارض الحرب، تفقد بذلك القوى التقدمية جزءاً أساسياً من سبب وجودها وينتهي بها الأمر إلى ابتلاع أيديولوجية المعسكر التي تناهضه. يحدث ذلك عندما تجعل الأحزاب اليسارية من وجوده افي الحكومة الدافع الأساسي لعملها السياسي- كما فعل الشيوعيون الإيطاليون في دعم تدخلات الناتو في كوسوفو وأفغانستان، أو كما يفعل الكثيرون اليوم مثل أونيداس بوديموس الذي انضم إلى الجوقة في البرلمان الاسباني المؤيدة لإرسال أسلحة إلى الجيش الأوكراني.

البونابرتية ليست الديمقراطية

خلال تحليله للحرب بالقرم، عام 1854، عارض ماركس الديمقراطيين الليبراليين الذين أيدوا التحالف المناهض لروسيا:

“من الخطأ وصف الحرب ضد روسيا بأنها حرب بين الحرية والاضطهاد. بغض النظر عن واقع أنه إذا كان الأمر هو كذلك، إن الحرية ستكون للغير الذين يمثلهم بونابرت، إن الهدف المعلن للحرب هو الحفاظ… على معاهدة فيينا- المعاهدة التي هي نفسها تلغي حرية واستقلال الأمم”.

إذا استبدلنا بونابرت بالولايات المتحدة ومعاهدات فيينا بالناتو، ستبدو هذه الملاحظات كما لو أنها كتبت اليوم.

في الخطاب المهيمن الحالي، غالباً ما يتهم أولئك الذين يعارضون القومية الروسية والأوكرانية، إضافة إلى معارضتها[ي] لتوسع الناتو، بالتردد السياسي أو بالسذاجة. ولكن هذا ليس هو واقع الحال. إن موقف أولئك الداعين إلى سياسة عدم الانحياز هو الطريقة الأكثر فعالية لإنهاء الحرب بأسرع وقت ممكن وضمان عدم سقوط المزيد من الضحايا. من الضروري مواصلة النشاط الديبلوماسي انطلاقاً من نقطتين أساسيتين: وقف التصعيد العسكري وحياد أوكرانيا المستقلة.

أكثر من ذلك، على الرغم من تزايد الدعم للناتو في كل أنحاء أوروبا منذ بدء اجتياح روسيا لأوكرانيا، فمن الضروري العمل بجدية أكبر للتأكد من أن الرأي العام لا يرى في أكبر آلة حرب وأكثرها عدوانية في العالم- أي الناتو- كحل لمشاكل الأمن العالمي. يجب التأكيد على أنها منظمة خطيرة وغير فعالة، بحيث تعمل، في سعيها إلى التوسع والسيطرة الأحادية، على زيادة التوترات المفضية إلى الحروب في العالم.

بالنسبة لليسار، لا يمكن أن تكون الحرب “استمراراً للسياسة بوسائل أخرى”، إذا استعدنا قول كارل فون كلاوزفيتز الشهير. في الواقع، إنها تدل فقط على فشل السياسة. إذا كان اليسار يرغب بأن يصبح مهيمناً وأن يظهر على أنه قادر على استعمال تاريخه لمهام الحاضر، عليه أن يكتب على راياته شعارات مثل “ضد العسكرة” و”لا للحرب!”.

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The Left Has a Long, Proud Tradition of Opposing War

While political science has probed the ideological, political, economic, and even psychological motivations behind the drive to war, socialist theory has made a unique contribution by highlighting the relationship between the development of capitalism and war. The Left has long theorized its opposition to war, and the main positions of socialist theorists and organizations over the past 150 years offer useful resources for opposing Russia’s aggression against Ukraine, as well as for continuing to oppose NATO.

Rarely have wars — not to be confused with revolutions — had the democratizing effect that the theorists of socialism hoped for. Indeed, they have often proved themselves to be the worst way of carrying out a revolution, both because of the human cost and because of the destruction of the productive forces that they entail. If this was true in the past, it is even more evident in contemporary societies where weapons of mass destruction are continually proliferating.

The Economic Causes of War

In the debates of the First International, César de Paepe, one of its principal leaders, formulated what would become the classical position of the workers’ movement on the question of war: namely, that wars are inevitable under the regime of capitalist production. In contemporary society, they are brought about not by the ambitions of monarchs or other individuals but by the dominant social-economic model. The lesson for the workers’ movement came from the belief that any war should be considered “a civil war,” a ferocious clash between workers that deprived them of the means necessary for their survival.

Karl Marx never developed any consistent or systematic position on war in his writings. In Capital, volume 1, he argued that violence was an economic force, “the midwife of every old society pregnant with a new one.” But he did not think of war as a crucial shortcut for the revolutionary transformation of society, and a major aim of his political activity was to commit workers to the principle of international solidarity.

War was such an important question for Friedrich Engels that he devoted one of his last pieces of writing to it. In his pamphlet “Can Europe Disarm?”, he noted that in the previous twenty-five years, every major power had tried to outdo its rivals militarily and in terms of war preparations. This had involved unprecedented levels of arms production and brought the old continent closer to “a war of destruction such as the world has never seen.”

According to Engels, “The system of standing armies has been carried to such extremes throughout Europe that it must either bring economic ruin to the peoples on account of the military burden, or else degenerate into a general war of extermination.” He emphasized that standing armies were maintained just as much for reasons of domestic politics as they were for external military purposes. They were intended “to provide protection not so much against the external enemy as the internal one,” Engels wrote, by strengthening the forces to repress the proletariat and workers’ struggles. As popular layers paid more than anyone else the costs of war, through taxes and the provision of troops to the state, the workers’ movement should fight for “the gradual reduction of the term of [military] service by international treaty” and for disarmament as the only effective “guarantee of peace.”

Tests and Collapse

It was not long before a peacetime theoretical debate turned into the foremost political issue of the age. Initially, representatives of the workers’ movement opposed any support for war when the Franco-Prussian conflict (the one that preceded the Paris Commune) erupted in 1870. The Social Democratic deputies Wilhelm Liebknecht and August Bebel condemned the annexationist objectives of Bismarck’s Germany and voted against war credits. Their decision to “reject the bill for additional funding to continue the war” earned them a two-year prison sentence for high treason, but it helped to show the working class an alternative way to build on the crisis.

As the major European powers kept up their imperialist expansion, the controversy on war acquired ever greater weight in the debates of the Second International. A resolution adopted at its founding congress had enshrined peace as “the indispensable precondition of any emancipation of the workers.”

As the Weltpolitik — the aggressive policy of imperial Germany to extend its power in the international arena — changed the geopolitical setting, anti-militarist principles sank deeper roots in the workers’ movement and influenced the discussions on armed conflicts. War was no longer seen only as hastening the breakdown of the system (an idea on the Left going back to Maximilien Robespierre’s slogan, “no revolution without revolution.”) It was now viewed as a danger because of its grievous consequences for the proletariat in the shape of hunger, destitution, and unemployment.

The resolution “On Militarism and International Conflicts,” adopted by the Second International at its Stuttgart congress in 1907, recapitulated all the key points that had become the common heritage of the workers’ movement. Among these were a vote against budgets that increased military spending, antipathy to standing armies, and a preference for a system of people’s militias.

As the years passed, the Second International commitment to peace lessened, and by the time of World War I, the majority of European socialist parties voted to support it — a course of action that had disastrous consequences. Arguing that the “benefits of progress” should not be monopolized by the capitalists, the workers’ movement came to share the expansionist aims of the ruling classes and was swamped by nationalist ideology. In this sense, the Second International proved completely impotent in the face of the war, ceding its own aim to preserve peace.

Against this backdrop, it was Rosa Luxemburg and Vladimir Lenin who were two of the most vigorous opponents of the war. Articulate and principled, Luxemburg demonstrated how militarism was a key vertebra of the state and worked to make the “War on war!” slogan “the cornerstone of working-class politics.” As she wrote in The Crisis of German Social Democracy, the Second International had imploded because it failed “to achieve a common tactic and action by the proletariat in all countries.” From then on, the “main goal” of the proletariat should therefore be “fighting imperialism and preventing wars, in peace as in war.”

In Socialism and the War — among other writings penned during World War I — Lenin’s great merit was to identify two fundamental questions. The first concerned the “historical falsification” at work whenever the bourgeoisie tried to attribute a “progressive sense of national liberation” to what were in reality wars of “plunder.”

The second was the masking of contradictions by the social reformists who had replaced the class struggle with a claim on “morsels of the profits obtained by their national bourgeoisie through the looting of other countries.” The most celebrated thesis of this pamphlet — that revolutionaries should seek to “turn imperialist war into civil war” — implied that those who really wanted a “lasting democratic peace” had to wage “civil war against their governments and the bourgeoisie.” Lenin was convinced of what history would later show to be inaccurate: that any class struggle consistently waged in time of war would “inevitably” create a revolutionary spirit among the masses.

Lines of Demarcation

World War I produced divisions not only in the Second International but also in the anarchist movement. In an article published shortly after the outbreak of the conflict, Peter Kropotkin wrote that “the task of any person holding dear the idea of human progress is to squash the German invasion in Western Europe.”

In a reply to Kropotkin, the Italian anarchist Errico Malatesta argued that, although he was not a pacifist and thought it legitimate to take up arms in a war of liberation, the world war was not — as bourgeois propaganda asserted — a struggle “for the general good against the common enemy” of democracy but yet another example of the ruling-class subjugation of the working masses. He was aware that “a German victory would certainly spell the triumph of militarism, but also that a triumph for the Allies would mean Russian-British domination in Europe and Asia.”

In the Manifesto of the Sixteen, Kropotkin upheld the need “to resist an aggressor who represents the destruction of all our hopes of liberation.” Victory for the Triple Entente against Germany would be the lesser evil and do less to undermine the existing liberties. On the other side, Malatesta and his fellow-signatories of The Anarchist International Antiwar Manifesto declared, “No distinction is possible between offensive and defensive wars.” Moreover, they added that “none of the belligerents has any right to lay claim to civilization, just as none of them is entitled to claim legitimate self-defense.” For Malatesta, Emma Goldman, Ferdinand Nieuwenhuis, and the great majority of the anarchist movement, World War I was a further episode in the conflict among capitalists of various imperialist powers, which was being waged at the expense of the working class. With no “ifs” or “buts,” they stuck with the slogan “no man and no penny for the army,” firmly rejecting even indirect support for the pursuit of war.

Attitudes to the war also aroused debate in the feminist movement. The need for women to replace conscripted men in jobs — for much lower wages, in conditions of overexploitation — encouraged support for war in a sizable part of the newborn suffragette movement. Some of its leaders went so far as to petition for laws allowing the enlistment of women in the armed forces. Yet more radical, antiwar elements persisted. Communist feminists worked to expose duplicitous governments, which were using the war to roll back fundamental social reforms

Clara Zetkin, Alexandra Kollontai, Sylvia Pankhurst, and of course Rosa Luxemburg were among the first to embark lucidly and courageously on the path that would show successive generations how the struggle against militarism was essential to the struggle against patriarchy. Later, the rejection of war became a distinctive part of International Women’s Day, and opposition to war budgets at the outbreak of any new conflict featured prominently in many platforms of the international feminist movement.

With the rise of fascism and the outbreak of World War II, violence escalated still further. After Adolph Hitler’s troops attacked the Soviet Union in 1941, the Great Patriotic War that ended with the defeat of Nazism became such a central element in Russian national unity that it survived the fall of the Berlin Wall and has lasted until our own days.

With the postwar division of the world into two blocs, Joseph Stalin taught that the main task of the international communist movement was to safeguard the Soviet Union. The creation of a buffer zone of eight countries in Eastern Europe was a central pillar of this policy. From 1961, under the leadership of Nikita Khrushchev, the Soviet Union began a new political course that came to be known as “peaceful coexistence.” However, this attempt at constructive cooperation was geared only to the United States, not to the other countries of “actually existing socialism.”

The Soviet Union had already brutally crushed the Hungarian Revolution in 1956. Similar events took place in 1968 in Czechoslovakia. Faced with demands for democratization during the “Prague Spring,” the Politburo of the Communist Party of the Soviet Union decided unanimously to send in half a million soldiers and thousands of tanks. Leonid Brezhnev explained the action by referring to what he called the “limited sovereignty” of Warsaw Pact countries: “When forces that are hostile to socialism try to turn the development of some socialist country toward capitalism, it becomes not only a problem of the country concerned, but a common problem and concern of all socialist countries.” According to this antidemocratic logic, the definition of what was and was not “socialism” naturally fell to the arbitrary decision of the Soviet leaders.

With the invasion of Afghanistan in 1979, the Red Army again became a major instrument of Moscow’s foreign policy, which continued to claim the right to intervene in what it described as its own “security zone.” These military interventions not only worked against a general arms reduction but served to discredit and globally weaken socialism. The Soviet Union was increasingly seen as an imperial power acting in ways not unlike those of the United States, which, since the onset of the Cold War, had more or less secretly backed coups d’état and helped to overthrow democratically elected governments in more than twenty countries around the world.

To Be on the Left Is to Be Against War

With the onset of the Russian-Ukrainian war, the Left is once again confronted with the question of how to position itself when a country’s sovereignty is under attack. It is a mistake for governments like Venezuela’s to refuse condemnation of the invasion. This will make denunciations of possible future acts of aggression by the United States appear less credible. We might recall Lenin’s words in The Socialist Revolution and the Right of Nations to Self-Determination:

The fact that the struggle for national liberation against one imperialist power may, under certain circumstances, be utilized by another “Great” Power in its equally imperialist interests should have no more weight in inducing Social Democracy to renounce its recognition of the right of nations to self-determination.

The Left has historically supported the principle of national self-determination and defended the right of individual states to establish their frontiers on the basis of the express will of the population. Making direct reference to Ukraine, in Results of the Discussion on Self-Determination, Lenin argued:

If the socialist revolution were to be victorious in Petrograd, Berlin, and Warsaw, the Polish socialist government, like the Russian and German socialist governments, would renounce the “forcible retention” of, say, the Ukrainians within the frontiers of the Polish state.

Why suggest, then, that anything different should be conceded to the nationalist government led by Vladimir Putin?

“The Left has historically supported the principle of national self-determination.”

On the other hand, all too many on the Left have yielded to the temptation to become — directly or indirectly — cobelligerents, fueling a new union sacrée. Such a position today serves increasingly to blur the distinction between Atlanticism and pacifism. History shows that, when they do not oppose war, progressive forces lose an essential part of their reason for existence and end up swallowing the ideology of the opposite camp. This happens whenever left parties make their presence in government the essential element of their political action — as the Italian Communists did in supporting the NATO interventions in Kosovo and Afghanistan, or as does much of today’s Unidas Podemos, which joins the chorus of the Spanish parliament in favor of sending weapons to the Ukrainian army.

Bonaparte Is Not Democracy

Reflecting on the Crimean War, in 1854 Marx opposed liberal democrats who exalted the anti-Russian coalition:

It is a mistake to describe the war against Russia as a war between liberty and despotism. Apart from the fact that if such be the case, liberty would be for the nonce represented by a Bonaparte, the whole avowed object of the war is the maintenance . . . of the Vienna treaties — those very treaties which annul the liberty and independence of nations.

If we replace Bonaparte with the United States and the Vienna treaties with NATO, these observations seem as if written for today.

In today’s discourse, those who oppose both Russian and Ukrainian nationalism, as well as the expansion of NATO, are often accused of political indecision or simple naivete. But this is not the case. The position of those who propose a policy of nonalignment is the most effective way of ending the war as soon as possible and ensuring the smallest number of victims. It is necessary to pursue ceaseless diplomatic activity based on two firm points: de-escalation and the neutrality of independent Ukraine.

Furthermore, although support for NATO across Europe appears strengthened since Russia’s invasion of Ukraine, it is necessary to work harder to ensure that public opinion does not see the largest and most aggressive war machine in the world — NATO — as the solution to the problems of global security. It must be shown that it is a dangerous and ineffectual organization, which, in its drive for expansion and unipolar domination, serves to fuel tensions leading to war in the world.

For the Left, war cannot be “the continuation of politics by other means,” to quote Carl von Clausewitz’s famous dictum. In reality, it merely certifies the failure of politics. If the Left wishes to become hegemonic and to show itself capable of using its history for the tasks of today, it needs to write indelibly on its banners the words “anti-militarism” and “No to war!”

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El factor discriminatorio sobre la guerra en la historia de la izquierda

El pensamiento socialista ha ofrecido su contribución más interesante para comprender el fenómeno de la guerra al resaltar el fuerte vínculo entre el desarrollo del capitalismo y la propagación de la guerra. Los líderes de la Primera Internacional señalaron que las guerras no son provocadas por las ambiciones de los monarcas, sino que están determinadas por el modelo socioeconómico dominante. La lección de civilización del movimiento obrero nació de la convicción de que toda guerra debía ser considerada «como una guerra civil». En El Capital, Marx afirmó que la violencia era un poder económico, “la partera de toda vieja sociedad que está preñada de una nueva”. Sin embargo, no concibió la guerra como un atajo necesario para la transformación revolucionaria y utilizó una parte sustancial de su militancia política para vincular a la clase obrera con el principio de la solidaridad internacionalista.

Con la expansión imperialista por parte de las principales potencias europeas, la controversia sobre la guerra asumió un peso cada vez más importante en el debate de la Segunda Internacional. En su congreso de fundación se aprobó una moción que sancionaba la paz como «primera condición indispensable de toda emancipación obrera». Sin embargo, con el paso de los años, se esforzó cada vez menos en promover una política concreta de acción a favor de la paz y la mayoría de las fuerzas reformistas europeas terminaron apoyando la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias de esta decisión fueron desastrosas. El movimiento obrero compartió los objetivos expansionistas de las clases dominantes y se vio contaminado por la ideología nacionalista. Para Lenin, sin embargo, los revolucionarios debían “transformar la guerra imperialista en guerra civil”, ya que quienes querían una paz verdaderamente “democrática y duradera” debían eliminar a la burguesía y los gobiernos coloniales.

La «Gran Guerra» también provocó divisiones en el movimiento anarquista. Kropotkin postuló la necesidad de «resistir a un agresor que representa el aniquilamiento de todas nuestras esperanzas de emancipación». La victoria de la Triple Entente contra Alemania fue el mal menor para no comprometer el nivel de libertad existente. Por el contrario, Malatesta expresó el convencimiento de que la responsabilidad del conflicto no podía recaer en un único Gobierno y que «no se debe hacer distinción entre guerra ofensiva y defensiva».

Cómo comportarse ante la guerra también provocó el debate en el movimiento feminista. La necesidad de reponer a los hombres enviados al frente, en puestos antes monopolizados por ellos, favoreció la difusión de una ideología chovinista incluso en el movimiento sufragista. Oponerse a quienes agitaban el coco del agresor para desmontar reformas sociales fundamentales fue uno de los logros más significativos de Rosa Luxemburgo y de las feministas comunistas de la época. Señalaron que la batalla contra el militarismo era un elemento esencial de la lucha contra el patriarcado.

Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la URSS se vio envuelta en la Gran Guerra Patriótica que más tarde se convirtió en un elemento central de la unidad nacional rusa. Al dividir el mundo en dos bloques, Stalin creía que la principal tarea del movimiento comunista internacional era salvaguardar la URSS. El establecimiento de una zona tapón de ocho países en Europa del Este fue un elemento central de esta política. Con Jruschov se inauguró un ciclo político que tomó el nombre de Coexistencia Pacífica. Sin embargo, este intento de «colaboración constructiva» se llevó a cabo exclusivamente en las relaciones con los EEUU y no con los países del «socialismo real». En 1956, la URSS ya había reprimido sangrientamente la revuelta húngara. Acontecimientos similares tuvieron lugar en Checoslovaquia en 1968. El PCUS respondió enviando medio millón de soldados contra las reivindicaciones de democratización que florecieron con la «Primavera de Praga». Brezhnev explicó su intervención siguiendo un principio que se definió como «soberanía limitada». Con la invasión de Afganistán en 1979, el Ejército Rojo volvió a convertirse en la principal herramienta de la política exterior de Moscú, que siguió reivindicando el derecho a intervenir en lo que creía que era su «zona de seguridad». La combinación de estas intervenciones militares no solo perjudicó el proceso de reducción general de armamentos, sino que también contribuyó a desacreditar y debilitar el socialismo a nivel mundial. La URSS se percibía, cada vez más, como una potencia imperial que actuaba de formas no muy diferentes a las de los EEUU. El fin de la Guerra Fría no ha disminuido la injerencia en la soberanía territorial de los países concretos, ni ha aumentado el nivel de libertad de cada pueblo en cuanto a poder elegir el régimen político por el que pretende ser gobernado.

Cuando Marx escribió sobre la Guerra de Crimea en 1854, afirmó, en oposición a los demócratas liberales que elogiaban a la coalición antirrusa: “Es un error definir la guerra contra Rusia como un conflicto entre la libertad y el despotismo. Aparte de que, si esto fuera cierto, la libertad estaría actualmente representada por un Bonaparte, el objetivo manifiesto de la guerra es el mantenimiento de los tratados de Viena, es decir, lo que anula la libertad e independencia de las naciones”. Si reemplazamos a Bonaparte con los EEUU y los tratados de Viena con la OTAN, estas observaciones parecen escritas hoy.

La tesis de quienes se oponen tanto al nacionalismo ruso como al ucraniano y a la expansión de la OTAN no contiene ninguna indecisión política ni ambigüedad teórica. Debe perseguirse una incesante iniciativa diplomática, basada en dos puntos esenciales: la desescalada y la neutralidad de una Ucrania independiente.

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William Clare Roberts, Political Science Quarterly

In The Last Years of Karl Marx, Marcello Musto provides an affectionate and careful journey through the final two years of Marx’s life. These years are, as Musto notes (p. 5), frequently neglected in full biographies. Marx prepared almost nothing for publication during these years—only a short (but important) preface to the Russian edition of the Manifesto of the Communist Party. This was due, partly, to illness. He spent almost all of 1882 traveling—to the Isle of Wight, Algeria, and various spas in France and Switzerland—in search of relief from bronchitis and pleurisy. Moreover, these years were dominated by the deaths of his two Jennys: his wife in December of 1881, and his eldest daughter in the first days of 1883.
Despite this, Musto treats these years as intellectually fruitful. Because he was not publishing, reconstructing Marx’s intellectual life entails reporting on his reading notes. These are voluminous, even in these years of illness and grief, and the recitation of their contents can be a bit tedious. Despite Musto’s effort to inject some theoretical interest, the massive “annotated year‐by‐year timeline of world events”—from 91 BCE to the Treaty of Westphalia—that Marx produced late in 1881 (pp. 99–102) seems to have been a way of literally marking time as his wife succumbed to liver cancer.
However, Marx was also regularly corresponding with friends, family members, and activists in the international socialist movement, and his letters are a richer source of insight into theoretical and political questions. The Paris Commune of 1871 had dwarfed all the earlier experiments with communist colonies and cooperative factories. The workers had asserted their right to one of the great cities of Europe and governed it for two months. The destruction of the Commune, however, demonstrated a new that the city was dependent upon the countryside, and that a militant urban proletariat was helpless without the support of a revolutionary peasantry.
Marx, therefore, extended his research “to new areas” (p. 25), oriented above all by the possibility and prospects of social revolution in the countryside. This dovetailed with the development of revolutionary socialism in Russia, and with the question of whether or how the Russian peasant commune might play into this development. The most substantial chapter of Musto’s story treats Marx’s involvement with the Russian revolutionary movement and the questions about Russian social development that occupied populists and socialists.
At the same time, Marx was also involved in the creation and growth of working‐class political parties in France (pp. 44–48, 77–80), England (pp. 82–85), and Germany. (Musto’s book does not devote sustained attention to German Social Democracy. Engels corresponded much more actively than Marx with August Bebel, Eduard Bernstein, and Karl Kautsky, and this explains, even if it does not fully justify, this lacuna.) Musto repeatedly claims that Marx’s work in these years stands in sharp contrast with the “dogmatic, economistic, and Eurocentric” picture of Marx produced by the Marxist parties of the Second and Third Internationals (p. 4). His concluding thoughts on Marx are entitled, “What is certain is that I am not a Marxist” (pp. 118–21). Engels claimed that Marx declared this to his son‐in‐law Paul Lafargue, one of the chief propagators of Marx’s ideas in the French Parti Ouvrier. Musto’s book, however, convinces me that Marx
was very much a Marxist—not because he was actually dogmatic, economistic, and Eurocentric, nor because he actually agreed with the Lafargue and Guesde, but because Marx’s late research and correspondence presaged the debates and questions that would be the center of Marxist thought right up through 1917 and beyond. Even if this was not Musto’s intention, it is a valuable contribution.

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Iris Vilaró Gallur, Ab Origine Magazine

Pocs noms dins de la Història són més reconeguts que el de Karl Marx i, alhora, poques figures han estat tan poc estudiades com ell. Entre els seus adeptes, una minoria podrà admetre no haver llegit cap de les seves obres més enllà del Manifest Comunista, o ni tan sols haver fullejat algun dels volums d’El Capital. La llista d’obres consultades entre els seus detractors, possiblement serà encara més exigua, tractant-se d’una qüestió feixuga, perquè, com podem esgrimir raons contra quelcom desconegut?

Més que un nom, rere Karl Marx hi trobem un concepte abstracte, per la manca de coneixement personal i acadèmic que tenim del personatge, i per l’ús, aprofitament i retall despietat de les seves idees per a la defensa de certes postures ideològiques, polítiques i econòmiques al llarg de la Història més recent.

Marcello Musto pretén a través d’aquest llibre millorar la comprensió de la producció acadèmica de Marx, a partir de l’estudi paral·lel dels darrers dos anys de la seva vida personal, tenint com a fita principal esmenar dues de les principals interpretacions errònies de l’obra de Marx: que en els darrers anys de la seva vida havia deixat d’escriure, i que la seva perspectiva acadèmica era clarament eurocentrista.

La biografia del Vell Nick, o el Moro
Al llarg de la primera secció, Marcello Musto realitza un apropament profundament humà de Marx, descrivint amb gran riquesa de detalls l’anàlisi de la seva persona a través de l’estudi de les seves obres i manuscrits -publicats o no-, i pels testimonis escrits de la gent més propera, o inserint aquells sobrenoms pels quals era conegut dins dels seus cercles més íntims. Així, Karl Marx deixa de ser un element desdibuixat dins del discurs històric per a transmutar-se en un home envellit, singularment simpàtic, de gran enginy i major curiositat, sent impossible pel lector no connectar emocionalment a partir de l’esment de les seves passions i lectures en el context de les vicissituds personals que experimentà i que malauradament s’han invisibilitzat dins del discurs històric.

Certament, l’autor no tan sols ha sigut capaç de plasmar els aspectes més rellevants de la vida de Marx, sinó que demostra que l’estudi de la vida privada del pensador és quelcom imprescindible per a la comprensió de la seva erudició i accions al llarg de la seva vida. Així, a través de les seves pàgines descobrim que Karl Marx no va limitar la seva formació a la política o l’economia, sinó que els seus camps d’investigació foren extremadament diversos, tot i que enfocats en un mateix objectiu: la destrucció de les diferències de classe.

Si bé és cert que els pilars fonamentals de la recerca i producció ideològica i intel·lectual de Marx es van centrar en l’economia, la política i la qüestió social, al llarg del llibre se’ns exposa la seva recerca en ciències com la química, física, fisiologia, geologia, antropologia, les matemàtiques, la història, la filosofia, o el domini de llengües diverses com l’alemany, l’anglès, el rus o l’italià. Aquesta àmplia diversitat formativa és precisament una de les raons que esgrimeix Marcello Musto per a combatre la visió eurocentrista que s’ha volgut aplicar a Marx, atès que constantment podem trobar cites de la seva correspondència personal on defensava que per entendre les transformacions històriques reals calia estudiar els fenòmens individuals separadament, així com per la seva constant negativa a generar un model teòric general sobre l’aplicació del comunisme, comprenent que s’havia d’adaptar segons les especificitats de cada territori, però mostrant-se inflexible en un únic punt: la generació d’una nova societat més justa s’havia de produir a través de la revolució del proletariat, amb la fita de dominar l’esfera política i retornar la naturalesa comuna a tota propietat privada, sense això impliqués la uniformitat monòtona del qual se l’ha acusat al llarg del temps.

Per altra banda, Marcello Musto exposa de manera breu i clara que l’objectiu de Marx no era tant la fi del sistema capitalista, com la fi d’aquells aspectes que incidien en la diferència de classes: respecte a la migració, va demostrar que el trasllat forçat de mà d’obra generat pel capitalisme era un component principal de l’explotació burgesa i que la clau per combatre-la era la solidaritat de classe entre treballadors, independentment dels seus orígens o de qualsevol distinció entre mà d’obra local i importada. Per altra banda, constantment va defensar que el primer nivell classista era precisament la qüestió de la distinció i segregació de gèneres, així com l’estreta relació entre la problemàtica ecològica i el mode de producció capitalista.

La necessitat de la culminació del capitalisme per al seu enderrocament
És el segon apartat del llibre el que més interès pot generar en l’actualitat atès que, no tan sols exposa la perspectiva de Marx respecte a l’evolució del tarannà sociopolític i econòmic de Rússia per a fer-la una de les candidates més aptes pel desenvolupament de revolucions, sinó que permet constatar la vigència de certs aspectes dins del discurs històric del país.

L’interès de Marx per Rússia i l’obra econòmica de Txernixevski el van dur a comprendre el fet que el desenvolupament primari d’algunes societats, podia fer que en segons quines etapes de la història es posicionessin de forma endarrerida respecte al desenvolupament socioeconòmic i polític d’altres potències, com és el cas de Gran Bretanya, però que era precisament aquest fet el que permetia a la societat endarrerida rebre un coneixement teòric d’etapes intermèdies de la Història, com el desenvolupament del capitalisme, i tot realitzant el salt a una etapa posterior on la pretesa potència avançada encara no havia arribat: la revolució proletària des de les estructures feudals russes, que culminaria amb el retorn de la propietat comuna (obstxina). Amb tot, un dels aspectes que més va voler remarcar Marx en aquesta investigació va ser el fet que l’endarreriment econòmic i tecnològic no podien donar pas a una revolució o un canvi de sistema, si no es trobaven inherentment lligats a una naturalesa despòtica del poder.

El lector es pot sobtar que arribat a aquest punt del llibre, i després d’analitzar les bases dels aspectes negatius del capitalisme, es mostri que Marx considerava que era un episodi fonamental per al posterior desenvolupament històric del comunisme, i que fins i tot es podia valorar positivament la necessitat d’acceleració constant, tècnica i econòmica del sistema, fet que suposava també l’acceleració de l’arribada d’aquells corrents que havien d’acabar amb els diferents tipus d’opressió que patia la humanitat, i que incloïen qüestions com la desaparició de la distinció de gènere o origen ètnic. Amb tot, de la mateixa manera que era conscient que no es podia crear un model socialista universal sense tenir en compte les particularitats de cada territori, defensava, exposant el cas de Rússia, que si bé era necessària l’existència del capitalisme, no era una conditio sine quanum particular perquè els territoris fossin capaços d’arribar a models on s’hagués produït la destrucció final de les distincions de classe.

“Soc un ciutadà del món, i allà on em trobo, actuo”
La tercera secció ens permet comprendre l’evolució paral·lela de la popularitat i l’animadversió que Marx suscitava al seu entorn, i sens dubte Marcello Musto es mostra molt d’acord amb les asseveracions d’Engels que un coneixement real de l’obra de Marx no permetia la seva demonització absoluta -si bé era legítim no compartir-ne totes les idees-, però que comprenia perfectament que un dels elements que més enuig els hi causava era el fet que Marx no s’havia d’esforçar a propagar les seves idees: arreu del món la gent involucrada en els moviments internacionals i obreristes, i erudits dels més diversos àmbits s’apropaven per a conèixer què tenia a dir sobre qualsevol qüestió de la vida aquell ancià simpàtic.

Marcello Musto rescata un altre aspecte molt rellevant respecte al desenvolupament de l’obra de Marx mentre aquest encara era viu, i que queda especialment retratat en La Rebel·lió dels Animals de George Orwell: la despietada tendència a esquinçar les seves teories i hipòtesis per tal d’adaptar-les al paladar del públic; però especialment per al moldejament del discurs polític, per tal d’afavorir les fites de tirans que han emmetzinat la comprensió de les propostes de Karl Marx, per justificar innombrables barbàries.

També en aquest tercer apartat se’ns exposa de manera sintetitzada la senzilla raó de per què Marx va deixar diverses obres inacabades, entre d’elles El Capital: la manca de temps i de salut, així com el seu interès cap als més diversos temes, i la creixent popularitat de la seva figura -tant positiva com negativa-, o la necessitat constant de continuar corregint les seves anteriors obres, no van permetre la conclusió de bona part de la seva producció, sent el primer qüestionament crític que podem generar entorn de Karl Marx: si la seva ambició desmesurada i la seva set de coneixement no foren precisament els principals obstacles per a la culminació de la seva obra.

Finalment, el quart apartat del llibre de Marcello Musto estructura l’etapa final de la vida de Marx, marcada per la pèrdua de la seva muller, així com per les malalties que experimentava en carn pròpia, i aquells mals que les persones del seu entorn més proper no podien defugir. I aquí el lector avesat en la indagació històrica podrà experimentar el neguit d’acompanyar a Marx en els darrers moments de la seva vida, sense que el coneixement objectiu que la seva mort es va produir fa més d’un segle alleugeri el dol per la pèrdua.

Sens dubte, l’estudi i comprensió de l’obra de Karl Marx continua sent fonamental per a qualsevol que consideri necessari construir una alternativa al capitalisme. Però cal fer-ne una revisió del mètode, eliminant els prejudicis que no permeten un apropament correcte ni a la figura ni a l’obra, i prenent especial cura que la base del coneixement que tenim sobre Marx trenqui amb aquelles versions esbiaixades i pervertides que, no obstant, han arribat a ser més reconegudes que no pas l’obra original. Ja sigui per a recolzar-ne les idees o per a debatre-les, l’obra de Marcello Musto es torna imprescindible a l’hora d’abocar llum sobre un dels personatges més esmentats i poc estudiats de la Història

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Nicolás Arenas, Socialism and Democracy

The concept of alienation is probably one of the most slippery and controversial in Marxian theory. Since the publication of the Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 in 1932, Marxist intellectuals all over the world have tried to fathom this theoretical category from different perspectives without reaching any consensus about its role in Marx’s thought. In this regard, its labelling as an “individual” or “subjective” condition by authors such as Martin Heidegger, Erich Fromm and the French existentialists has led to a historical misunderstanding of the phenomenon and its implications, dismissing its comprehension as an objective social issue that embodies the very nature of the conflict between capital and labour. Under these precepts, Marcello Musto outlines a concise but rigorous argumentation to introduce a selection of Karl Marx’s writings on alienation, demonstrating that the concept exceeds Marx’s problematisation in the Manuscripts of 1844 and constitutes a key element in later works such as Grundrisse and Capital.
Starting with a short review of the history of the concept, Musto accounts for how the conceptualisation of alienation has changed over the centuries. From Hegel’s adoption of the term to Lukács’s elaborations on reification, alienation has been used interchangeably along with the concept of “estrangement” to denote the phenomenon through which the products of labour confront labour itself “as something alien, as a power independent of the producer” (Marx, quoted in Musto 2021: 6). In this sense, Musto notes the contrast between Hegel’s conception of alienation as an ontological manifestation of labour and Marx’s understanding of it as a historically situated condition that affects workers in the context of capitalist society. These distinctions are paramount to differentiate later conceptualisations made by thinkers related to the Frankfurt School and French existentialism, some of whom conceived of alienation as a subjective condition of the human consciousness, overlooking thus the social foundations and implications of the phenomenon. According to Musto, these misunderstandings around the concept were reinforced by theoretical systematisations such as the so-called “epistemological break” proposed by Socialism and Democracy, 2022Althusser, which establishes a separation between Marx’s Early Works (attributed to a “Young Marx”) and his Later Works (related to a “Mature Marx”). The dissemination of Marxian theory as a totality comprised the association of his early writings with a more philosophical approach that kept a strong filiation with Hegelianism, compared to the political economy perspective that characterised his later reflections including Capital. For Musto, these erroneous categorisations of Marx’s work and its continuity downplayed the theory of alienation, now confined to an early and more philosophical stage of a “young Hegelian Marx who had not yet developed Marxism” (Fetscher, quoted in Musto 2021: 17).
The misconceptions around the concept were reinforced after its institutionalisation by American sociology, states Musto, which “saw alienation as a problem linked to the system of industrial production, whether capitalist or socialist, and mainly affecting human consciousness” (27). The phenomenon was thus related to the individual’s maladjustment to social norms, a conception that led to the “theoretical impoverishment” of the concept due to its scientization and neutralisation under academic research specialisations. According to Musto, these reductive conceptions of Marx’s theory of alienation ignore the complex character of the phenomenon as a social and intellectual condition that cannot be detached from the objective determinations of the opposition between capital and living labour-power. In relation to this, Musto shows that Marx, in the Grundrisse and in Capital vol. 1, treats alienation as an objective condition. In the Grundrisse, Marx refers to the process in which the exchange of labour power and products occurs as something “alien and objective” to the workers, involving their subordination to relations that exist independently of them.
This argument probably comprises the first outlining of the notion of “commodity fetishism”, a process in which exchange value entails “the social connection between persons [that] is transformed into a social relation between things” (Marx, quoted in Musto 2021: 30).
Musto thus shows that the theory of alienation cannot be detached from Marx’s account of commodity fetishism.
The concept of fetishism plays a crucial role in Musto’s argumentation. As Musto points out, it does not seem a coincidence that Lukács’s concept of reification was coined based on Capital rather than the Manuscripts (which were not yet published when Lukács wrote History and Class Consciousness), even though reification has been historically related to the phenomenon of alienation. Accordingly, Musto contends that the elaborations by Marx on commodity fetishism in the first chapter of Capital comprise “one of the best accounts of alienation” Socialism and Democracy (33). In this sense, he argues that the displacement of the relation between producers to a relation between things is part of the same process through which the products of labour appear as something external (or “alien”) and independent to their producers. Therefore, what Lukács called reification presented alienation from the perspective of human relations, while the concept of fetishism addressed it in relation to commodities. In other terms, Marx’s elaborations on the processes of commodification are not necessarily separated from his reflections regarding the alien character of the products of labour, as “commodity fetishism did not replace alienation but was only one aspect of it” (34). This last remark is probably one of the most interesting considerations in Musto’s introduction, as it demonstrates not only how some of Marx’s categories have been distorted throughout history but also that his epistemological conceptions are even more consistent than some intellectuals have affirmed. Regarding this, the distinction between a Marx more focused on “subjective issues” in his earlier works, compared to the “materialistic” thinker that addressed the objective nature of exploitation and the formation of capital in his later works, leads to conceiving of his theory as entailing an epistemological excision between the subjective and the objective. However, some of the extracts from Grundrisse presented by Musto are clear about how Marx problematised the separation between the objective and subjective conditions in relation to living labour in the context of capitalist production. In this context, the alienation of the objective conditions of living labour capacity appears as a phenomenon determined by both objective and subjective factors, as “[t]he objective conditions of labour attain a subjective existence vis-à-vis living labour capacity” (Marx, quoted in Musto 2021: 30). Hence, the subjective and the objective are not two separate spheres in Marx’s epistemological perspective but two sides of the same coin. Although the author does not address in depth these epistemological aspects, his remarks throughout this book could influence significantly future philosophical discussions related to the supposed binarism between subjectivity and objectivity within the framework of Marxist theory and even to new ontological considerations regarding the dialectic between matter and idea.
In closing, Musto’s book constitutes a ground-breaking – and necessary – vindication of the comprehensive character of Marx’s thought and, particularly, of the concept of alienation as an objective social phenomenon manifested in the historical reality of production.
While the main attraction for readers could be Marx’s writings, Musto’s introduction reflects a fundamental commitment to delve Book Review 3into those texts from a critical and renewed perspective. In this way, his compilation and analysis offer not only a rigorous examination but also a political gesture that illuminates the urgency of revisiting those theoretical categories that will enable us to identify the obstacles to constructing a postcapitalist society.

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Carlos L. Garrido, Intervención y Coyuntura. Revista de Crítica Política

The Last Years of Karl Marx: An Intellectual Biography de Marcello
Musto ofrece una mirada esclarecedora a la obra y la vida de Karl Marx durante el período menos examinado de su vida. La oscilación de Musto entre la obra y la vida de Marx brinda a los lectores un atracción intelectual hacia la investigación en los últimos años de Marx, una tarea facilitada por la publicación reanudada en 1998 de Marx-Engels Gesamtausgabe (MEGA2) (que ah publicó 27 nuevos volúmenes y espera concluir con 114), y con una cálida imagen de la vida íntima de Marx que garantizara tanto risas como lágrimas.

Los últimos años de la vida de Marx fueron emocional, física e intelectualmente dolorosos. En este tiempo tuvo que soportar la extrema depresión de su hija Eleanor (se suicidaría en 1898); la muerte de su esposa Jenny, cuyo rostro dijo “revive los más grandes y dulces recuerdos de [su] vida”; la muerte de su amada primogénita, Jenny Caroline (Jennychen); y una enfermedad pulmonar que lo mantendría esporádicamente, pero por períodos sustanciales, alejado de su trabajo (96, 98, 122). Estas condiciones, entre otras interrupciones naturales
de un hombre de su talla en el movimiento obrero internacional, le imposibilitaron terminar sus proyectos, incluidos principalmente los volúmenes II y III de El Capital, y su tercera edición alemana de El Capital volumen I.

El tiempo que pasó con sus nietos y las pequeñas victorias que la lucha
socialista pudo lograr (por ejemplo, los más de 300 mil votos que recibieron los socialdemócratas alemanes en 1881 para el nuevo parlamento) le darían a él y a Jenny momentos ocasionales de alegría (98). Una faceta de su última vida que podría parecer sorprendente fue el inmenso placer que le proporcionaban las matemáticas. Como comentó Paul Lafargue sobre el tiempo en que Marx tuvo que soportar el deterioro de la salud de su esposa, “la única forma en que podía sacudirse la opresión causada por los sufrimientos de ella era sumergirse en las matemáticas” (97). Lo que comenzó como un «desvío [al] álgebra» con el propósito de corregir los errores que notó en los siete cuadernos que ahora conocemos como los Grundrisse, su estudio de las matemáticas terminó siendo una importante fuente de “consuelo moral” y en lo que “se refugió [durante] los momentos más angustiosos de su azarosa vida” (33, 97).

Independientemente de su fragilidad no oculta, dejó una plétora de
investigaciones rigurosas y notas sobre temas tan amplios como las luchas políticas en Europa, Estados Unidos, India y Rusia; ciencias económicas; campos matemáticos como cálculo diferencial y álgebra; antropología; historia; estudios científicos como geología, mineralogía
y química agraria; y más. Contra la difamación de ciertos ‘radicales’ en la academia burguesa que se alzan hundiendo una caricatura autoconjurada de un Marx ‘eurocéntrico’, ‘simpatizante del colonialismo’, ‘reduccionista’ y ‘económicamente determinista’, el estudio de Musto del último Marx muestra que “él era cualquier cosa menos eurocéntrico, economicista o obsesionado solo con el conflicto de clases” (4).

El texto de Musto también cubre la publicación de Lawrence Krader de 1972 de Los cuadernos etnológicos de Karl Marx , que contienen sus cuadernos sobre Ancient Society de Lewis Henry Morgan, The Aryan Village de John Budd Phear , Lectures on the Early History of Institutions de Henry Sumner Maine y The Origin of Civilization de John Lubbock. De estos definitivamente el más importante fue el texto de Morgan, que transformaría las opiniones de Marx sobre la familia de ser la “unidad social del antiguo sistema tribal” a ser el “germen no solo de la esclavitud sino también de la servidumbre” (27). El texto
de Morgan también reforzaría la visión que tenía Marx sobre el Estado desde su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel de 1843, en la cual el Estado es un “poder histórico (no natural) que subyuga a la sociedad, una fuerza que impide la plena emancipación del individuo” (31). La naturaleza del Estado, como pensaban Marx y Engels, y como afirmaba Morgan, es “parasitaria y transitoria” (Ibíd.). Los estudios del texto de Morgan y otros destacados antropólogos también serían retomados por Engels, quien, tomando de algunas notas de Marx, publicaría en 1884 The Origins of the Family, Private Property, and the
State, un texto seminal en el corpus del marxismo clásico.

Más desconocidos por los estudiosos del marxismo son las notas de Marx sobre el libro del antropólogo ruso Maksim Kovalevsky (uno de sus «amigos científicos» más cercanos) Communal Landownership: The Causes, Course and Consequences of its Decline. Su carácter poco estudiado se debe a que, hasta hace casi una década, sólo había estado disponible para quienes podían acceder al archivo B140 de la obra de Marx en el Instituto Internacional de Historia Social de Holanda. Esto cambió con la publicación en Bolivia de Karl Marx: Escritos sobre la Comunidad Ancestral, que contiene los “Cuadernos Kovalevsky” de Marx y una introducción por Álvaro García Linera. Aunque agradeció los estudios sobre la América precolombina (imperios azteca e inca) y
la India, Marx criticó las proyecciones de Kovalevsky de las categorías europeas a estas regiones, y “le reprochó por homogeneizar dos fenómenos distintos” (20). Como señala Musto, “Marx era muy escéptico sobre la transferencia de categorías interpretativas entre contextos históricos y geográficos completamente diferentes” (Ibíd.).

El estudio de los escritos políticos de Marx generalmente se ha limitado al 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1852), la “Crítica del Programa de Gotha” (1875) y La Guerra Civil en Francia (1871). El libro de Musto, en su espacio limitado, va más allá de estos textos habituales y destaca la importancia del papel de Marx en los movimientos socialistas en Alemania, Francia y Rusia. Esto incluye,
por ejemplo, su participación en el Programa Electoral francés de los
Trabajadores Socialistas (1880) y el Cuestionario de los Trabajadores. El programa incluía la participación de los propios trabajadores, lo que llevó a Marx a exclamar que este era “el primer movimiento obrero real en Francia” (46). El cuestionario de 101 puntos contenía preguntas sobre las condiciones de empleo y pago de los trabajadores y tenía como objetivo proporcionar una encuesta masiva de las condiciones de la clase trabajadora francesa.

Con respecto a los escritos políticos de Marx, el texto de Musto también incluye las críticas de Marx al destacado economista estadounidense Henry George; sus condenas al sinofóbico Dennis Kearney, líder del Partido de los Trabajadores de California; sus condenas del colonialismo británico en la India e Irlanda y sus
elogios al nacionalista irlandés Charles Parnell. En cada caso, Musto subraya la importancia que Marx le dio al estudio concreto de las condiciones únicas de cada lucha. No había una fórmula universal que se aplicara en todos los lugares y en todos los tiempos. Sin embargo, de todos sus compromisos políticos, el más importante de sus compromisos sería en Rusia, donde sus consideraciones sobre el potencial revolucionario de las comunas rurales (obshchina) tendría
una tremenda influencia en su movimiento socialista.

En 1869, Marx comenzó a aprender ruso “para estudiar los cambios que se estaban produciendo en el imperio zarista” (12). A lo largo de la década de 1870 se dedicó a estudiar las condiciones agrarias en Rusia. Como le dice Engels en broma en una carta de 1876 después de que Marx le recomendara acabar con Eugene Dühring,

“Puedes tumbarte en una cama caliente estudiando las condiciones
agrarias rusas en general y la renta de la tierra en particular, sin que
te interrumpan, pero se espera que deje todo lo demás a un lado
inmediatamente, que busque una silla dura, que beba un poco de vino
frío y que me dedique a ir tras el cuero cabelludo de ese tipo triste
Dühring.”

Fuera de sus estudios, tuvo en la más alta estima al filósofo socialista ruso Nikolai Chernyshevsky.[1] Dijo que estaba “familiarizado con gran parte de su escritura” y consideraba su trabajo como “excelente” (50). Marx incluso consideró “’publicar algo’ sobre la ‘vida y la personalidad de Chernyshevsky, para crear algún interés en él en Occidente’” (Ibíd.). En cuanto a la obra de Chernyshevsky, lo que más influyó en Marx fue su evaluación de que “en algunas partes del mundo, el desarrollo económico podría pasar por alto el modo de producción capitalista y las terribles consecuencias sociales que había
tenido para la clase trabajadora en Europa occidental” (Ibíd.).

Chernyshevsky sostuvo que:

“Cuando un fenómeno social ha alcanzado un alto nivel de desarrollo
en una nación, su progresión a esa etapa en otra nación más atrasada
puede ocurrir mucho más rápido que en la nación avanzada (Ibíd.).”

Para Chernyshevsky, el desarrollo de una nación ‘atrasada’ no necesitaba pasarpor todas las «etapas intermedias» requeridas para la nación avanzada; en cambio, argumentó que “la aceleración se da gracias al contacto que la nación atrasada tiene con la nación avanzada” (51). La historia para él era “como una abuela, terriblemente aficionada a sus nietos más pequeños. A los que llegaron tarde no [les dio] los huesos sino la médula” (53).

La evaluación de Chernyshevsky comenzó a abrir a Marx a la posibilidad de que, bajo ciertas condiciones, la universalización del capitalismo no era necesaria para una sociedad socialista. Esta fue una enmienda, no una ruptura radical (como han argumentado ciertos marxistas tercermundistas y teóricos de la transmodernidad como Enrique Dussel) con la interpretación marxista tradicional del papel necesario que juega el capitalismo en la creación, a través de sus contradicciones inmanentes, de las condiciones para la posibilidad del
socialismo.

En 1877, Marx escribió una carta no enviada al periódico ruso Patriotic Notes respondiendo a un artículo titulado “Karl Marx ante el tribunal del Sr. Zhukovsky” escrito por Nikolai Mikhailovsky, un crítico literario del ala liberal de los populistas rusos. En su artículo, Mikhailovsky argumentó
que

“Un discípulo ruso de Marx… debe reducirse a sí mismo al papel de un
espectador… Si realmente comparte los puntos de vista histórico-
filosóficos de Marx, debería estar complacido de ver a los productores
divorciados de los medios de producción, debería tratar este divorcio
como la primera fase de un proceso inevitable y, en el resultado final,
beneficioso (60).”

Sin embargo, este no fue un comentario que salió de la nada, la mayoría de los marxistas rusos en ese momento también pensaron que la posición marxista era que era necesario un período de capitalismo para que el socialismo fuera posible en Rusia. Además, Marx también había polemizado en el apéndice de la primera edición alemana de El Capital contra Alexander Herzen, un defensor de la opinión de que “el pueblo ruso [estaba] naturalmente predispuesto al comunismo” (61). Su carta no enviada, sin embargo, critica a Mikhailovsky por “transformar [su] esbozo histórico del génesis del capitalismo en Europa occidental en una teoría histórico-filosófica del curso general fatalmente impuesto a todos los pueblos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas en las que se encuentren” (64).

Es en este contexto que debe leerse la famosa carta de 1881 de la
revolucionaria rusa Vera Zasulich. En esta carta ella le hace la “pregunta de vida o muerte” de la cual su respuesta dependía el “destino personal de los socialistas revolucionarios [rusos]” (53). La pregunta se centró en si la obshchina rusa es “capaz de desarrollarse en una dirección socialista” (Ibíd.). Por un lado, una facción de los populistas argumentó que la obshchina era capaz de “organizar gradualmente su producción y distribución sobre una base colectivista” y que, por lo tanto, los socialistas “deben dedicar todas [sus] fuerzas a la liberación y el desarrollo de la comuna” (54). Por otro lado, Zasulich
menciona que quienes se consideraban “discípulos por excelencia” de Marx tenían la visión de que “la comuna está destinada a perecer”, que el capitalismo debe arraigarse en Rusia para que el socialismo sea una posibilidad (54).

Marx redactó cuatro borradores de respuestas a Zasulich, tres largas y la última breve que enviaría. En su respuesta, repitió el sentimiento que había expresado en su respuesta inédita al artículo de Mikhailovsky, que él había «restringido expresamente… la inevitabilidad histórica» del paso del feudalismo al capitalismo a «los países de Europa occidental» (65). Si el capitalismo echa raíces en Rusia, “no sería por alguna predestinación histórica” (66). Argumentó que era completamente posible para Rusia – a través de la obshchina – evitar el destino que la historia deparó a Europa Occidental. Si la obshchina, a través del
vínculo de Rusia con el mercado mundial, “se apropia[ra] de los resultados positivos del modo de producción [capitalista], está así en condiciones de desarrollar y transformar la forma todavía arcaica de su comuna rural, en lugar de ser destruida” (67).

En esencia, si las contradicciones internas y externas de la obshchina pudieran superarse mediante su incorporación de las fuerzas productivas avanzadas que ya se habían desarrollado en el capitalismo de Europa occidental, entonces la obshchina podría desarrollar un socialismo basado en su apropiación de las fuerzas productivas de una manera no antagónica a sus relaciones sociales comunistas. Por lo tanto, Marx, en el espíritu de Chernyshevsky, se pondría del lado de Zasulich sobre el potencial revolucionario de la obshchina y defendería
la posibilidad de que Rusia no solo se salte etapas, sino que incorpore los frutos productivos del capitalismo de Europa occidental mientras rechaza sus males. Este sentimiento se repite en el prefacio suyo y de Engels a la segunda edición rusa del Manifiesto del Partido Comunista, que sería publicado por separado en la revista populista rusa Voluntad del Pueblo.

El texto de Musto también proporciona una imagen excepcional de los 72 días en gran parte no examinados que Marx pasó en Argel, “el único tiempo de su vida que pasó fuera de Europa” (104). Este viaje se dio por recomendación de su médico, quien lo trasladaba constantemente en busca de climas más favorables a su estado de salud. Eleanor recordó que Marx se entusiasmó con la idea del viaje porque pensó que el clima favorable podría crear las condiciones para recuperar su salud y acabar con El Capital. Ella dijo que “si él hubiera sido más egoísta, simplemente habría dejado que las cosas siguieran su curso. Pero para él una cosa estaba por encima de todo: la devoción a la causa” (103).

El clima argelino no era el esperado y su condición no mejoraría hasta el punto de poder volver a su trabajo. No obstante, las cartas de su época en Argel aportan interesantes comentarios sobre las relaciones sociales que vio. Por ejemplo, en una carta a Engels menciona la altivez con la que el “colono europeo habita entre las ‘razas menores’, ya sea como colono o simplemente por negocios, generalmente se considera incluso más inviolable que el apuesto Guillermo I” (109). Tras haber visto “un grupo de árabes jugando a las cartas, ‘algunos vestidos con pretensiones, incluso ricamente’” y otros pobre, comentó en una carta a su hija Laura que “para un ‘verdadero musulmán’… tales accidentes, buena o mala suerte, no distingan a los hijos de Mahoma”, la atmósfera general entre los musulmanes era de “absoluta igualdad en sus relaciones sociales” (108-9).

Marx también comentó sobre las brutalidades de las autoridades francesas y sobre ciertas costumbres árabes, incluyendo en una carta a Laura una divertida historia sobre un filósofo y un pescador que “atraía mucho a su lado práctico” (110). Sus cartas desde Argel se suman a la plétora de otras evidencias contra la tesis, proveniente de la academia burguesa occidental pseudo-radical, de que Marx era un simpatizante del colonialismo europeo.

Poco después del regreso de su viaje, la salud de Marx continuó
deteriorándose. La combinación de su estado postrado en cama y la muerte de Jennychen hizo que sus últimas semanas fueran agonizantes. El carácter melancólico de esta época se captura en el último escrito que escribió Marx, una carta al Dr. Williamson que decía: “Encuentro algo de alivio en un terrible dolor de cabeza. El dolor físico es el único ‘aturdidor’ del dolor mental” (123). Un par de meses después de escribir esto, el 14 de marzo de 1883, Marx fallecería. Contando la angustia de la experiencia de encontrar muerto a su amigo y camarada de toda la vida, Engels escribió en una carta a Friedrich Sorge un dicho epicúreo que Marx repetía a menudo: «la muerte no es una desgracia para el que muere, sino para el que sobrevive» (124).

En resumen, sería imposible hacer justicia, en un espacio tan limitado, a un trabajo tan magnífico de erudición marxista. Sin embargo, espero haber podido aclarar algunas de las razones por las que Musto tiene razón al otorgar tanta importancia a este último período, a menudo pasado por alto, de la vida y obra de Marx.

Carlos L. Garrido es un estudiante cubanoamericano de posgrado e instructor de filosofía en la Universidad del Sur de Illinois, Carbondale. Sus enfoques de investigación incluyen el marxismo, Hegel y el socialismo estadounidense de principios del siglo XIX. Su trabajo académico ha aparecido en Critical Sociology, The Journal of American Socialist Studies, y Peace, Land, and Bread. Junto con varios editores de The Journal of American Socialist Studies, Carlos está trabajando actualmente en una antología en serie del socialismo estadounidense. Su trabajo popular teórico y político ha aparecido en Monthly Review Online, CovertAction Magazine, The International Magazine, El Instituto Marx-Engels del Peru, Countercurrents, Janata Weekly, Hampton Institute, Orinoco Tribune, Workers Today, Delinking, Electronicanarchy, Friends of Socialist China, Associazione Svizerra-Cuba, Arkansas Worker, Intervención y Coyuntura, Communions, China Environment News, Marxism-Leninism Today, y en Midwestern Marx, cual cofundo y donde se desempeña como miembro del consejo editorial. Como analista político con un enfoque en América Latina (especialmente Cuba) ha sido entrevistado por Russia Today y ha aparecido en docenas de entrevistas de radio en los EE. UU. y alrededor del mundo.

Nota* Este artículo se publicó primero en Ingles en Midwestern Marx,
Countercurrents, Orinoco Tribune, Arkansas Worker, y enMarxism-
Leninism Today: The Electronic Journal of Marxist Leninist Thought.

[1] Chernyshevsky fue el autor de What is to be Done (1863), título que VI Lenin retomaría en 1902.